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En el fondo de cieno y guijas de la laguna descansaba el cuerpo de un hombre, los ojos abiertos, como si mirase el sol líquido de un cielo inferior. Un pequeño pez negro y amarillo nadaba al lado de la pierna; otro hurtaba mordiscos a la oreja. Hacía tiempo que yacía ahí, abajo, y su forma quieta era ya parte del paisaje de agua. El semblante parecía estar en paz, pero una curva de asco se borraba y volvía a dibujársele en los labios. El pelo y las algas se mecían al vaivén suave del oleaje. Mientras el fango lo cubría, el cuerpo fue cambiando poco a poco; los ojos, que al principio estaban ahuecados, resalían de la cara hinchada. No quedaba color en las pupilas, que sólo habrían visto oscuridad. El vientre se puso enorme y una noche, del fondo negro, subió el cuerpo lentamente; su huella se borró del fango, y la carne salió al aire y fue llevada por las olas hasta la orilla.

El comisario de la policía de Flores se inclinó sobre el cuerpo con un pañuelo apretado a la nariz. Pocas cosas le disgustaban tanto como una muerte sin motivo, y sus ojos inyectados buscaban, lentamente, algún indicio de violencia. Nada descubrió; sólo las huellas de las manos de los pescadores que lo hallaron y lo sacaron del agua, y las mordidas de los peces en la cara y las manos, cerradas en puño. El comisario ordenó que las abrieran: en una, no había nada; la otra tenía un poco de tierra y una piedra. Por la estatura parecía que era un extranjero. El comisario irguió la cabeza y dobló el pañuelo.

Richard Ward, norteamericano, de cincuenta años, había llegado hacía nueve meses al Petén. Había comprado un terreno a orillas de la laguna de Itzá, donde hizo construir una casita. Tenía la intención de retirarse a vivir allí con su mujer, Lucy, que aguardaba sus noticias en Wisconsin para reunirse con él. Dos semanas antes de que el cuerpo fuera encontrado, Richard Ward había sido visto en algún almacén de Flores, y después había desaparecido. Su sirviente, Rafael Colina, fue conducido a la comisaría, donde lo interrogaron inútilmente. En vano se registró su choza, en el terreno de Ward. Lo tuvieron preso algunas horas, y después de darle los palos rutinarios, le dejaron salir.

Lucy Ward llegó a Flores un húmedo domingo de septiembre. Era gorda, con cierta gracia en los miembros. En la comisaría le entregaron la cajita con las cenizas: «37», se leía en la tapa; «Sr. R. Ward». Un auto de la policía la llevó hasta el terreno, donde la esperaba Rafael.

Recorrió la propiedad, examinando el paisaje con los ojos atentos de quien mira un cuadro abstracto que no llega a comprender; se dio cuenta, con sorpresa, de que le gustaba. Entró a ver la casita, y decidió pasar allí la noche. Más tarde, antes de dormirse, pensó en su esposo, y le agradeció el haber encontrado ese lugar. Probaría a vivir allí algún tiempo.

Desde el principio fue como si la ausencia de compañía humana, que había temido extrañar, hubiera sido suplida por la vida febril de las plantas, por la actividad de los insectos, y por la presencia tenue de Rafael. Poco a poco iba descubriendo los pequeños milagros de la selva, y aprendió a aceptar las inconveniencias; las hormigas ubicuas, el sudor eterno, los mosquitos del crepúsculo y del amanecer.

Por las noches, después de la cena, salía a sentarse en la mecedora, y se quedaba oyendo las voces de la tierra con su metálico ritmo adormecedor. De día le gustaba andar entre los árboles por un sendero angosto que su esposo había abierto. Caminaba hasta cansarse, y se tendía entre las lianas para quedar respirando el olor suave de ramas y hojas muertas. A veces cogía alguna mariposa rara, o cortaba flores sin nombre.

Una noche de lluvia incesante, el ruido del agua en el techo de palma no le dejaba dormir, y por primera vez la inquietó la muerte de su esposo. El miedo fue entrando en ella como el agua que comenzaba a colarse en el cuarto. Una gota gruesa cayó junto a la almohada; empujó la cama al centro del cuarto. Relampagueaba. Poco antes de quedar por fin dormida vio, a la luz de un resplandor, a Rafael que la miraba desde la puerta. Abrió y cerró los ojos. Pensó en alargar la mano para encender un fósforo, pero comprendió con alivio que se había engañado; la cara era una mancha en la madera. Respiró profundamente y se hundió en el sueño.

Por la mañana, el sol ya en lo alto, abrió los ojos y oyó a Rafael que trabajaba en la cocina. El aire era dulce con el olor a maíz. Agujas de sol entraban por las rendijas, se oía una mosca que zumbaba. Hizo la cama y se vistió para salir.

Buenas, le dijo Rafael, enseñando los dientes amarillos. Lucy salió de la cocina y fue a sentarse al corredor.

Rafael puso la bandeja en la mesita al lado de la silla. Estaba sirviendo café cuando ella volvió la cabeza para mirar a lo lejos y dijo en voz baja: Estaba pensando en don Ricardo. Él la vio con sorpresa un instante; apartó los ojos e irguió la cabeza. Don Ricardo, dijo. La luz jugaba sobre la laguna. Lucy anduvo hasta la punta del muelle y se tendió sobre una toalla a tomar el sol. Pensaba en el pasado como en algo vacío e impreciso; la memoria se derretía en el calor.

El sol le quemaba la cara. Oyó a Rafael que empujaba su cayuco al agua, y se incorporó para verle remar junto al muelle.

Voy a ver si hay pescado, le dijo, y siguió remando hacia la otra orilla.

Se acostó de bruces. Estuvo mirando las flores blancas bajo el agua, y después cerró los ojos para dejar de pensar. El calor se hizo intenso. Se tiró al agua y nadó de arriba abajo frente al muelle. Volvió a salir y dejó que la secara el sol. Se dirigía a la casa, cuando la puerta abierta en la choza entre los plátanos le llamó la atención. Miró para atrás –el agua quieta– y anduvo a pasos rápidos hasta la puerta. Asomó la cabeza a la sombra interior.

En una esquina descubrió una gran olla de barro, elevada del suelo por algunas piedras; debajo había cenizas y ascuas muertas. Se detuvo helada en el centro del cuarto. Cerca de su cara, suspendido en el aire, un enorme sapo la observaba. Abrió la boca, y Lucy distinguió el bote de vidrio y el hilo que pendía de lo alto. El sapo se movió, apoyando cuatro dedos en el vidrio. El miedo se convertía en lástima. Tocó el bote con la uña, y el sapo subió y bajó los párpados. La tapa había sido agujereada con un clavo, y en el fondo había briznas verdes y una mosca. Lo hizo girar, y acercó la cara para examinar las manchas en la piel del sapo.

Se oyó un lejano ruido hueco de madera. Miró por la puerta el cayuco a media laguna. Rafael remaba de pie, un golpe a la derecha, uno a la izquierda, sin quitar la vista de la orilla. Lucy sintió un hilo que le corrió por la espalda, y vio que el pelo le escurría. Salió de la choza; en el suelo de tierra quedó una figura de gotas de agua.

Esa tarde Rafael le sirvió un cocido de pescado. Ella lo probó sin gusto, y dejó el plato casi intacto. Rafael le preguntó si algo estaba mal con la comida. No, la comida estaba bien; el sol le había arruinado el apetito. En cuanto Rafael se retiró a la choza a dormir la siesta, Lucy entró en la cocina a arreglarse un plato de fruta.

Tendría que hablar con Rafael. Era una crueldad lo que hacía con el sapo. Recordó la piel tortuosa, los ojos tristes tras el vidrio. Sentada en el corredor, estuvo mirando la laguna; pensaba en las cenizas de su esposo.

Dejó la mecedora y anduvo en silencio –había silencio en la tarde– hasta la puerta entreabierta de la choza. Rafael, en cuclillas de espaldas a ella, jugaba con el sapo que había sacado del bote, acosándolo con una vara. El sapo, arrinconado, se hinchaba en amenaza; sobre sus ojos saltaban puntas negras como cuernos.

Retrocedió algunos pasos y llamó con voz fuerte:

¡Rafael!

Rafael se levantó de un salto y sacó la cabeza.

Disculpa, le dijo ella. Necesitaba unos limones. ¿Tal vez podrías ir a la tienda?

Cuando Rafael desapareció por el camino de la aldea, Lucy descorrió el pasador y empujó la puerta. El sapo estaba otra vez en el bote. Desenroscó la tapa, puso el bote en el suelo, y, con el pie, hizo salir al sapo por la puerta. Echó el cerrojo y regresó al corredor. El sol se acercaba al horizonte.

Rafael volvió al oscurecer. No había limones, dijo al pasar frente a ella, y siguió andando hacia la choza. Lucy se quedó mirándolo, meciéndose en la silla. Lo vio abrir la puerta, entrar, y de pronto volver a salir, como si alguien lo hubiera empujado. Buscó de parte a parte por el suelo; tras las matas que rodeaban la choza, al pie de los plátanos, en el arriate del sendero, entre las cañas. Volvió a buscar en la choza, y después se detuvo a la puerta, mirando hacia afuera.

¿Qué pasa?, le gritó Lucy. Lo vio acercarse, baja la cabeza.

 Alguien se metió en mi casa.

Los mosquitos le picaban. ¿Alguien? ¿Cuándo? Rafael miró para atrás. ¿No vio a nadie?

La luna estaba llena, el aire no se movía. Antes de la cena, Lucy salió a mirar el cielo desde la orilla. Sabía que Rafael se resentía por la mentira. Por un momento tuvo el deseo de confesar la culpa, pero por lo pronto el silencio le pareció lo mejor.

La mesa estaba servida. Se terminó el pescado, aunque sin ganas; quería complacerlo. (Ahora sentía lástima por él). Le pidió perdón, en voz baja. Rafael se sirvió su plato y le dio las buenas noches. Cuando la vela se apagó en la choza, Lucy entró en su cuarto.

A media noche un peso en el vientre le hizo despertarse.

Lo sintió subir por el pecho. Era algo frío; ahora andaba por el cuello, y se detuvo en la boca. No podía moverse; sus miembros eran pesados. Y entonces vio al sapo que se hinchaba…

Arrojó las sábanas y saltó de la cama. Un líquido amargo le raspaba el paladar; quería sacarlo. Encendió una linterna y corrió al baño. Se arqueó. Dejó correr el agua y se mojó la cabeza. Se sentó en la alfombra, y después no pudo levantarse. Miraba en el espejo la luz de la linterna.


*El agua quieta by Rodrigo Rey Rosa. Copyright © 1989, Rodrigo Rey Rosa.

Con qué manos podría Edgardo haber cazado un animal, si él no tenía manos ni para el amor, mucho menos para la muerte. Se había vuelto un nulo mequetrefe, sentado todo el día frente a la televisión o en la computadora criando vacas, armando ciudades, conquistando pueblos, robando oro, alimentando a zoológicos enteros mientras al jardín se lo comía la maleza. Con qué manos podría haber matado un animal si sólo mataba monstruos y demás engendros, cables y teclado de por medio. Pero así, en la realidad, ¿matar un bicho duro como ese? Era increíble.

Entró a la cocina muerto de sudor aquella mañana bien temprano y lo tiró sobre la mesa. El caparazón resbaló en la fórmica vieja, y él, cambiando la voz, imitando no sé bien a quién, me dijo:

–Mujer: toma, prepáralo.

El animal tenía los ojos cerrados, yo lo creí vivo y grité no más de verlo sobre la mesa de la cocina, llenándolo todo con la tierra que todavía le quedaba en las pezuñas.

–Saca ese bicho de ahí –dije enfurecida, pero Edgardo, triunfal, en su papel de cazador, no hizo más que reírse con las manos puestas a cada lado de la cadera, como si llevara un par de pistolas de plata, un vaquero de esos que tanto admiraba en su infancia. O uno de sus avatares electrónicos con los que solía disfrazarse para salir a matar en los pasillos de ciudades virtuales. Estaba metido en su papel. –Ja, ja, ja –reía falsamente. Yo ya había dejado de gritar cuando se dio media vuelta, vaquero que acaba de ganar un duelo, y regresó al jardín a seguir luchando contra la maleza. Por fin había decidido limpiar el terreno, abandonar momentáneamente sus juegos.

En este juego yo era su contrincante y había perdido. Mi castigo era ese animal duro como un tanque de guerra que descansaba sobre la mesa. Era como si me hubiese dicho: Ah, ¿no querías campo, pues? Como si me hubiese gritado: ¿No querías volver al pueblo donde naciste? Entonces me dije que el duelo no había terminado y recordé los cuentos de Antonia mientras preparaba los animales que papá traía del monte, hacía tantos años en esta misma casa. Las manos grandes de Antonia degollándolos, sacándoles la piel, arrancándoles los intestinos largos como un chicle infinito. Yo jugaba con ese chicle, y con los pequeños corazones hasta que de pronto todo comenzó a darme asco. A cierta edad fuimos conscientes de que eran las entrañas de los animales, esos que antes papá había matado a fuerza de balas, cuchillos o palazos. Desde entonces me dije que sólo comería pechugas cortadas por otros, puestas en bandejas blancas y separadas la una de la otra con hojas de plástico transparentes. Pechugas rosadas, delgadas, blandas, donde todo vestigio de sangre o vísceras hubiese sido borrado a fuerza de limpieza y agua hirviendo. Toda huella de salvajismo, borrada a fuerza de cloro y hormonas. Mi vida en la ciudad fue vida de pechugas hasta que dejaron de venderlas; o hasta que ya no pudimos comprarlas, da igual. Edgardo se quedó sin trabajo y yo ya estaba demasiado gorda para desfiles o fotos, nadie recordaba que estuve a punto de ganar el Miss Venezuela. Entonces comenzó nuestro declive. El castigo por haberme empeñado en volver a este pueblo era tener que abandonar los filetes cortados por otros o la macrobiótica forzada. Enfrentarme a ese animal acorazado.

«El duelo no había terminado», me dije. Por eso llevé a ese animal horrible hasta la batea. Dispuesta a ganar, le clavé el cuchillo más grande que había en aquella cocina con lo cual me fue imposible comprobar si antes de mi cuchillada, el pobre bicho presentaba algún otro signo de violencia. ¿Cómo lo habría matado, Edgardo, que no tenía pistolas, ni cuchillos, ni palos, tan sólo un rastrillo oxidado y un machete que apenas sabía usar para cortar el monte?

Lo había visto regresar al fondo del jardín, junto al barranco. Lo había visto desde la ventana abandonar su papel de cazador machista y retomar el de granjero, rastrillo y machete en mano. Desapareció de mi vista en ese punto en el que se suponía que debíamos construir las casuchas para los champiñones o cualquier cosa que se pudiera vender. La idea había sido cultivar y vender, pero los días pasaban entre el sopor de mis pastillas y la letanía de sus eternos juegos. Pastillas para dormir, para despertarme, para no comer, laxantes, anticonceptivos. Juegos para construir, para destruir, para arrasar y matar. La sangre saltó espesa como aceite, recuerdo. Negra. El caparazón se quebró mucho más fácil de lo que pensaba. Los ojitos seguían cerrados como si nada. Mis manos eran guiadas por mi memoria, por mis recuerdos de Antonia desollando animales. Lo demás, no lo recuerdo. Las vísceras y todo eso… Sólo el placer, la húmeda sensación de la carne por dentro. Un calorcito en las manos que me llevó directo a los días de mi infancia. No era sangre, no, eran los corazoncitos que vibraban en mis palmas de niña.

Miré la batea salpicada de un rojo casi negro y pensé que con qué manos, por dios, podría Edgardo haber cazado un animal como ese, si él no tenía manos ni para limpiar la maleza que amenazaba con tragarnos, incluso a su hijo que aquel fin de semana había venido a pasarlo con nosotros. Había venido obligado, Toño. Luego de un viaje de dos horas, la madre lo había traído hasta acá con un pequeño morral. Bajó del carro con su eterna mala cara y sus audífonos. Edgardo le pidió que al menos se quitara los audífonos para saludarlo. Tenía 13 años y no le hacía ninguna gracia venir a internarse en este campo con nosotros. Se aburría.

–Que te ayude en el jardín –le dije.

–¿Cómo se te ocurre? –me dijo como si fuese algo antinatural, como si más lógico fuera que Toño se internara en sus juegos o sus mensajes– Ya conseguiré a alguien de los alrededores –continuó antes de irse al fondo del terreno, allí dónde nacía el abismo del valle. ¿A qué había venido ese niño? Seguía en su rutina de juegos y correos como si no estuviera aquí, mientras el padre se partía el lomo limpiando.

El duelo no había terminado, me decía yo al tiempo que limpiaba la carne púrpura. Sí, yo había querido venirme, abandonar la mediocridad de Maturín, esa ciudad lluviosa que no nos ofrecía nada, me decía mientras ponía la carne en un nido blanco de sal y trataba de recordar la receta. Edgardo había aceptado sin reparos: cultivar champiñones le parecía el negocio del siglo, sólo hacía falta mierda y unas casuchas húmedas y frías. Lo demás lo haría el clima, el aire frío que daba vueltas entre la montaña y el valle. No lo pensó dos veces, cuando le propuse venirnos y enseguida se le ocurrió lo de los champiñones. El pueblo nunca le había gustado, era verdad. En la farmacia donde me compraba las pastillas siempre tenían a Pink Floyd como música de fondo y eso a Edgardo le parecía una mala señal. En la película que se iba armando en su cabeza éramos una pareja de citadinos que llegan a un pueblo maldito. Pronto comenzaría a salir sangre de los grifos o cosas por el estilo. No es normal, había dicho, esa música en medio de frascos y aspirinas. Sólo por Pink Floyd en la farmacia y la cara del farmaceuta dispuesto a vender cualquier tipo de pastillas sin récipes, ya Edgardo preveía nuestra ruina. Postergaba los champiñones. Sin embargo, no se fijó en aquel animal que había encontrado mientras limpiaba las hojas y el monte. No percibió sus ojitos ya cerrados. Estoy segura que no lo mataron las manos de Edgardo, delicadas, acostumbradas tan sólo a manipular teclados y el control remoto del televisor.

Asar al animal en el grill del horno y no como lo hubiese hecho papá, allá afuera, en la parrilla que ahora estaba tejida de enredaderas.

En la película que yo comenzaba a armarme en la cabeza, las enredaderas nos tejerían piernas y brazos hasta impedirnos salir de esta casa, tejida también en verde. No moriríamos de inanición, sino de abstinencia. Al lexotanil o cualquier otro ansiolítico; a Ages of Empires o cualquier otro videojuego. Tejidos. Toño ni se daría cuenta por los audífonos, por estar ocupado con los mensajes que enviaba y recibía a cada rato, porque era capaz de llegar a un estado de abstracción en el que el hambre o cualquier otra necesidad podían pasar desapercibidas e incluso desaparecer. Sin embargo, apenas lo llamé a comer aquel mediodía, vino corriendo.

–Se fue la luz –dijo como de paso y eso lo explicó todo.

El lugar en que debían ser construidas las casuchas para los champiñones había sido despejado a medias, pero Edgardo tenía el aspecto de quien había limpiado una hectárea completa a pulmón. Estaba sentado en una piedra y se secaba continuamente el sudor con la manga de la camisa, la espalda encorvada y la mirada perdida. El vaquero solitario se había quedado sin vaquero y ahora era sólo solitario. No le dije nada y él tampoco me habló, parecía que la extenuación le impedía hablar. Le di una botella de agua y preparé el terreno para mi victoria: un mantel sobre la tierra, los cubiertos, una botella de jugo y en el centro el trofeo. La carne sobre el plato reluciente, acompañada de arroz y plátano. Con las manos a cada lado de la cadera, como si en lugar de estas caderas inmensas tuviera un par de pistolas de plata, triunfal, le dije:

–Hombre: toma, cómetelo.

Yo quería campo, sí. Quería volver al pueblo en el que nací.

El granjero, es decir, Edgardo, se secó el sudor de la frente, puso una sonrisita avara en los labios y se sentó. Parecíamos una pareja graciosa y compenetrada metida en el juego de la granja. Él comenzó a comer con el hambre que da el trabajo físico. Nunca había comido así, ni en sus días de contador, ni en sus noches de estratega constructor de civilizaciones. Nunca había cocinado yo con mejor sazón, ni en mis días de bulímica ni en mis noches de anoréxica.

Me senté en su piedra mientras él se comía los primeros bocados. Lo miraba sin mirarlo porque en verdad mis ojos estaban en las manos de Antonia, en su figura grande dando vueltas por este mismo terreno, tendiendo la ropa, descuartizando los animales de papá, echándonos cuentos todo el tiempo. Sus cuentos no eran de aparecidos sino de muertes, envenenamientos, abortos. Mamá nos prohibía escucharla, pero era imposible despegarnos de su falda. Antonia, sus manos, sus cuentos y sus recetas. Cuando pudo hablar, Edgardo me preguntó si yo no comería.

–Estoy en dieta –le dije.

–Tú y tus eternas dietas –me dijo y continuó comiendo.

Preferí irme antes de que la ilusión de la pareja graciosa se viniese otra vez abajo con alguno de mis gritos. Quise decir «Y tú, que te conformas con esa barriga que te cuelga», pero en cambio dije:

–Me voy, tengo que servirle la comida a Toño.

Quiso decirme: «¿De qué te sirvieron tus dietas?», pero en cambio dijo:

–Ya viene un muchacho que contraté para que me ayude a terminar de limpiar el terreno –O probablemente sólo quiso decir lo que dijo. Tal vez era verdad que yo todo el tiempo ponía palabras en su boca, frases que él ni siquiera pensaba decir. Lo cierto es que sin las gesticulaciones del vaquero, Edgardo parecía un actor de pacotilla y cualquier cosa que hubiese dicho sonaba a falsedad.

De regreso, le serví un plato repleto a Toño. Se había ido la luz, había dicho antes de sentarse a la mesa y dedicarse a almorzar calladamente. En la mesa sólo estaba su plato. Edgardo comía en el fondo del jardín, seguramente ya había terminado, y yo no pretendía probar ni un pedacito de ese bicho. Toño comió sin preguntar qué era lo que comía. Tan enajenado, seguro pensó que era cochino y apuró los bocados para poder sumergirse nuevamente en su mundo. Había traído un cargamento de baterías por si acaso, dijo.

La batea todavía tenía sangre, pequeñas goticas que habían salpicado aquí o allá y que no habían desaparecido con la primera limpieza. No saldría sangre de los grifos, pero sí de animales encontrados al azar. Con un pañito lleno de cloro me dediqué a borrar la sangre negra y dura. El tiempo también era una gota de sangre coagulada, todo estaba detenido aquel mediodía con cierto aire de acecho, pero a mí no me pareció extraño porque así era el tiempo en el campo, yo lo sabía desde siempre.

Ya le había ganado a Edgardo y a su animal. Ya lo había destripado y cocinado, ya había borrado las manchas de la batea, ya había puesto la armadura del bicho a secarse bajo el sol como lo hubiese hecho Antonia. Toño terminó de comer y se internó en sus juegos o en sus mensajes, en sus audífonos o en sus libros. Y yo me debatía entre servirme de aquella carne o acabar con un paquete de galletas de chocolate chips que tenía escondidas al fondo de la despensa, cuando entró un desconocido a la cocina por la puerta de atrás, que siempre estaba entre abierta. Bañado en sudor, con olor a palo quemado, gritó que se estaba muriendo Edgardo, que había que llevarlo a la medicatura, que corriera. Apenas hacía pausas entre las palabras, apenas podía respirar, el pecho le subía y le bajaba con violencia. Durante un minuto no pude precisar qué era lo que estaba oyendo, sólo me preguntaba que quién era ese hombre, que si sería un asalto, que seguro Toño con sus audífonos no estaba escuchando nada, que me matarían en esta cocina, que se llevarían todo lo que teníamos, pero Toño y Edgardo no escucharían nada. Un portazo, tal vez.

El desconocido me estremeció el antebrazo y repitió la estrofa apresurada. De pronto, la quietud del mediodía se quebró, mi estómago se cerró como un puño: ni carne ni galletas de chocolate chips. Correr.

Corrimos hacia el terreno desmalezado. Estaba cerca de la casa y sin embargo parecía tan lejos. Piedras, ramas, las manos de Antonia frenaban mi paso. Palabras, advertencias, la enredadera que se me tejía rápidamente entre las piernas. El desconocido era mucho más veloz, era ágil y brincaba por sobre los desniveles, las ramas, las matas. Una vez cerca de la piedra al lado de la cual el cuerpo de Edgardo se había desplomado, comenzó a gritar. Está muerto, me dije y detuve la carrera. Bajé la vista hacia el valle. Un barranco verde, un sembradío de naranjos desordenados, la maraña de unas ramas secas.

El muchacho me hacía señas para que lo ayudara a levantar el cuerpo, gritaba que había que llevarlo rápido, que parecía envenenado, que corriera.

–Vamos, corre –gritaba y agitaba las manos.

Yo no podía acercarme al soldado caído, al vaquero asesinado por la punta de una flecha emponzoñada, al granjero atacado por animales salvajes. Su cuerpo tirado en el campo limpio para los champiñones y la voz de Antonia dando una advertencia a mi padre: Comer sólo lo que uno mismo caza. No aprovecharse de la muerte ni de la cacería de los otros.

Con que manos podría Edgardo haber cazado un animal, si él no tenía manos ni para el amor, mucho menos para la muerte. Nunca debí pedirle que se saliera de su vida digital y entrara en ésta de tierra, mierda, serpientes y maleza. Me devolví en lugar de seguir corriendo hasta él. Pensé en Toño, en que nadie lo echaría de menos ni lo buscaría en la casa. Seguro no había escuchado los gritos, metido en su mundo. Quise buscarlo, sacarlo de su cuarto para que me ayudara con Edgardo, salvarlo a él también, pero mi pie trastabilló y caí ladera abajo, hacia el abismo, empujada por el peso de pistolas de plata.

Eli se negaba a dejarme parar hasta que cruzáramos la frontera de Utah. Era un clavo en el asiento del acompañante: dura, punzante, con los ojos azules que no paraba de saltar del velocímetro a la doble línea amarilla y vuelta al velocímetro. Dos ríos de maquillaje seco conectaban sus ojos con su mentón. Leon yacía en el asiento trasero donde yo lo había dejado. Tenía el hocico apoyado en una pila de libros de Carlos Castaneda. Sobre las cubiertas naranjas corrían hilitos de baba. Le temblaban las ancas cada vez que pasábamos sobre un pozo. Su mirada vidriosa y dolorida estaba fija en el hombro desnudo de Eli. Le habíamos limpiado la mayor parte de la sangre del pelaje color pizarra del lomo, pero aún le quedaban salpicaduras en la panza pálida. 

La ruta 89 cruza el monte bajo y el polvo de Nevada a lo largo de cincuenta kilómetros antes de doblar al norte por Kanab. En el portatazas traqueteaba una botella medio vacía de Popov. Eli la levantó del cuello.

—A lo mejor nos hace falta —dije.

Se detuvo pensativa, y luego se la bebió. Contra el cielo, los cables eléctricos se perdían en el horizonte, suspendidos entre torres transformadoras. Con toda probabilidad seguirían corriendo así hasta México, como bandidos.

Kanab tenía solo una estación de servicio, una Sinclair pequeña y limpia con una entrada bien fregada y surtidores verdes relucientes. Entré y aparqué. El aire era tan fresco que apenas olía a gasolina. Justo detrás de la tienda terminaba un pinar. «Tierra de la campeona estatal Lady Rams», decía el cartel de una ventana donde deberían haber estado los anuncios de cerveza. Puse el pie en la plataforma de concreto que sostenía el surtidor, pasé la tarjeta de crédito y saqué el inyector del enganche.

Elí salió a estirar las piernas. Mientras se inclinaba a izquierda y derecha, con los brazos encima de la cabeza, los pies descalzos en el pavimento, su torso largo le daba un aspecto sinuoso y ondulante. Se dirigió con un andar rígido, haciendo girar el cuello, al baño que estaba del otro lado de la tienda. «¿Por qué no te calzas?», quería gritarle, pero sabía que no me haría caso. Era un espíritu libre en materia de gérmenes, dinero, ropa interior e indicaciones. Todo lo demás le preocupaba.

Se le había pegado una mata de pelo al ruedo de su vestido naranja. Uno de los tirantes se le había deslizado sobre hombro. Le colgaba hasta el codo. La ropa siempre se le estaba cayendo, sin poder ocultar la muchacha que había debajo. Me dolían los brazos de conducir todo el día y de cargar a Leon.

Eli volvió con un montón de toallas de papel mojadas; la cara le brillaba de preocupación. Abrió la puerta polvorienta del Sentra y empezó tocar con cuidado la piel de Leo alrededor de la herida. Se la habíamos lavado con vodka y vendado como mejor pudimos con tela adhesiva y una camiseta limpia que estaba en mi bolso de gimnasia. La bala le había atravesado la cadera. Ignoraba si ese era un mal sitio para que un coyote recibiera un tiro: si tenían algún órgano ahí detrás.

—Mañana a esta ahora va a estar como nuevo —dije—. Se pondrá bien.

Eli no contestó. Siguió limpiándolo. Sus brazos delgados eran notablemente musculosos. No hacia ejercicio, pero estaba tensa todo el tiempo. Incluso dormida apretaba los dientes. Leon no se quejaba de que lo tocara. Nunca lo hacía; nunca gruñía, o siquiera resoplaba. Eli acercó sus labios cortados contra el hocico de Leon. Se miraron.

Se levantó una ráfaga de viento del norte y temblé al colocar el surtidor en su sitio. Subíamos a latitudes más frías. «A Montana», había dicho Eli cuando yo había salido del cañón con Leon en brazos, hecho una bola ensangrentada. Conocía allí a un veterinario, amigo de su padre. Al parecer, lo había visto curar a lobo con un balazo y en peor estado, y no nos denunciaría a control de animales.

—¿Todo bien por ahí? —preguntó la cajera, cuando entré a comprar agua y manteca de cacao. Era más bonita que la mayoría de las mujeres que trabajan en las estaciones de servicio. Bronceada, con pendientes de pluma y una sonrisa preocupada de madre.

Asentí. Me di cuenta de que tenía sangre seca en la camisa.

—Me he volcado el café.

Empezaron a aparecer montañas en el desierto. Primero rojas: lomas, colinas, columnas de roca. Le conté a Eli sobre la vez que mi padre nos llevó a Zion. Nos quedamos en un Travelodge de Hurricane. La habitación tenía HBO, y mi hermano y yo solo queríamos quedarnos dentro para ver la tele. Mi papá se cabreó tanto que rompió la pantalla de un puñetazo y volvimos a casa dos días antes de lo planeado. Eli trazaba triángulos en la ventana con el dedo mientras el paisaje amarillo-marrón se borroneaba. No me escuchaba. Apretaba los labios, ahora humectados por la manteca de cacao. A través del maquillaje que se había aplicado con descuido sobre la nariz asomaban unas pecas. Era hermosa de una manera demacrada y seca a la que nunca podía sobreponerme.

Leon orinó. El pis cayó con un siseo en el suelo, mojando la alfombrilla y los vasitos vacíos de poliestireno que había debajo de mi asiento. El olor dulzón y tóxico como a vinagre hizo que se me llenaran los ojos de lágrimas.

Eli se volvió y lo miró tratar de apartarse del pis. Leon tiró dos libros del asiento. Con una pata arañaba el aire. Tenía el cuarto trasero empapado, el pelaje húmedo apelmazado hasta la altura del hueso. Por la funda de plástico del asiento caían al suelo gotas amarillas.

—No pasa nada —dijo Eli—. No pasa nada.

Bajé la ventanilla y dejé que el aire seco me pegara en la cara. Nos incorporamos a la I-15: cuatro carriles anchos que iban hacia el norte directo hasta Butte. Evitaba mirar el espejo retrovisor. En un día o dos, tres como mucho, estaría de vuelta en casa, recién duchado, echado en el sofá con una cerveza fría, mirando tenis femenino. En la franja central de grava crecía una hierba marrón. Adelantábamos semirremolques que traqueteaban, escupiendo gasoil debajo de sus panzas oscuras.

Pasó una hora antes de que Eli volviera a hablar.

—Tiene que comer —dijo.

—Solo va a servir para que se cague —contesté.

Me miró como si fuera un insecto medio aplastado.

—Es una broma —dije—. En serio.

Tomé la salida y empecé a conducir de un lado a otro por las calles tranquilas de un pueblo mormón, entre hileras de casas de madera blancas con ribetes azules y adelante alfombras de césped cortado al ras como una cabeza militar. Pasamos una ferretería, una confitería. No sabía qué buscábamos. A Leon le gustaba comer gatos, y le gustaba comérselos vivos. Propuse que usáramos un poco de pienso para atraer uno al coche.

—No le veo la gracia —dijo Eli.

Encontramos un sitio con sombra donde aparcar detrás de The Country Kitchen, entre un vertedero de basura y un Mustang rojo encerado, quizá del gerente del restaurante: algún pez gordo. Me cambié la camisa, recogí los vasos empapados de pis con la que me había sacado y tiré todo en el vertedero. Eli dejó las ventanillas abiertas unos centímetros. Abrió la puerta trasera y le prometió a Leon que volveríamos enseguida. Me acerqué y me detuve al lado de ella. Me harían falta alfombrillas nuevas, quizá nuevas fundas de asientos. La cabeza de Eli me llegaba al mentón. Si alguna vez se marchaba, lo que no podría olvidar sería era el fresco olor a coral de su cuero cabelludo.

—Sé bueno —dijo, como si le hablara a su hijo—. Quieto.   

Leon levantó la cabeza de los libros, parpadeando. Sus ojos amarillos estaban más dilatados que de costumbre: le brillaban en medio del pelo blanco que los rodeaba. Tenía la boca bien cerrada. Sentía vergüenza, dolor. Cuando estaba contento, dejaba la boca abierta con los dientes al aire libre.

Maldito coyote. Tendí la mano para tocarle la cara. Sacudió las mandíbulas, tratando de morderme.

—Me cago en la leche.

Aparté la mano de un salto. Me había mordido una vez, de cachorro, y todavía conservaba dos pequeñas cicatrices bajo el pulgar. Ahora era cinco veces más grande. Tenía unos colmillos de un centímetro y medio y yo había visto lo que podían hacerle al cráneo de un gato. Me zumbaban los oídos. Quería pegarle. Me di la vuelta y me alejé caminando rápidamente hacia el restaurante.

Eli le murmuró algo, cerró la puerta con suavidad y me siguió adentro.

La camarera nos llevó a un reservado en un rincón. Cada uno de sus muslos era tan ancho como toda Eli. Llevaba un delantal sobre la ingle tan estirado como el suspensorio de un jugador de fútbol. Ojalá el Mustang fuera suyo. El recubrimiento de vinilo de los asientos crujió cuando me senté. Había manteles individuales de papel y un vasito con lápices de colores. Eli miró por la venta un campanario gris que apuñalaba el cielo. Llevaba el pelo rubio cortado todo de un mismo largo, a la altura del mentón. Tenía la cara demacrada y como grisácea, marcada por el agotamiento, físicamente exhausta, pero también encendida por ello, como si estuviera cobrando más vida.

Pidió un batido de cerezas y un filete.

—También tú necesitas comer —dije.

—Me como las patatas.

El campanario no tenía crucifijo, pero pertenecía a una iglesia, sin ninguna duda. Había oído que para entrar en una iglesia mormona había que ser mormón. Dudé de que fuera cierto, y, en tal caso, de lo que habría dentro. Sobre mi mantel dibujé a Richard Nixon en verde: bien enfadado y cachetón.

La camarera nos trajo el batido en una bandeja plateada. En el vaso flotaba una nube de nata batida. Eli puso toda su atención en la bebida. Los tendones del cuello se le tensaron mientras sorbía por la pajita. Tenía la piel del hombro derecho muy colorada a causa del sol que entraba por la ventanilla del coche.

—Despacio —dije—. Se te va a congelar el cerebro.

Cuando el vaso estuvo vacío, Eli dobló la pajita en tres, formando un triángulo. Llenó el triángulo de sal: una pirámide blanca. Tenía las uñas sucias de sangre seca.

—Trató de morderme —dije.

Eli rompió un cristal de sal con la uña del pulgar.

—Está asustado y le duele.

—Pues aquí lo van a matar. Todos esos cazadores.

Señalé con la cabeza la calle vacía.

Se oía una música country a poco volumen, y la camarera chasqueó los dedos al salir por la puerta batiente de metal que daba a la cocina. Mi hamburguesa venía servida con los ingredientes separados en el plato: lechuga, tomate, cebolla, pan, alineados junto a la carne. Eli me miró armar el sándwich y luego me miró comer. El filete que le habían puesto delante tenía la forma del estado de Nevada y era igual de árido. Me di cuenta de que Eli contaba los segundos mentalmente: tic, tic, tic. La camarera estaba apoyada en el mostrador al lado de los pasteles, mirándome también. Yo tragaba sin casi masticar.

Cuando llegó la cuenta, Eli no pidió una caja. Simplemente envolvió el filete en una servilleta de papel y se lo llevó, chorreando, en la mano. Dejé algo de propina y la seguí, con una sonrisa de disculpas.

Fuera había refrescado y flotaba el olor a cobre de los escapes. Se le puso la piel de gallina. Una gota de jugo de carne le cayó por la pantorrilla. Cuando habíamos salido de Phoenix hacía calor. Ahora el sol se ponía sobre las montañas de Wasatch. Las crestas nevadas creaban contra el cielo rosado un electrocardiograma que se extendía hacia el norte. La agarré del hombro, sintiendo los huesos.

—Fue Rod —dijo, abriendo la puerta trasera—. Sé que fue él.

Negué con la cabeza.

—Pueden haber sido un montón de personas.

—Fue Rod.

Le dio el filete a Leon. Le dije que tuviera cuidado, pero no fue necesario. Leon comió despacio, sin siquiera rozarle los dedos con los dientes. Agachaba la cabeza después de cada mordida, tragando la carne. Los bigotes se le mancharon de jugo. Me miró, satisfecho.

—Rod es un maricón —dije—. No tienen armas.

Leon terminó el filete y le limpió las manos a Eli con la lengua.

—Tienen gatos.

—Tenían.

No pude evitar reírme.

Eli exhaló de manera larga y lenta, y me imaginé en forma de cuadro dentro de su cabeza: lo bueno y lo malo, con trozos de conversación, cosas que había hecho, recuerdos incluidos de un lado y del otro. Lo malo seguía acumulándose.

—Todo esto lo hago por ti, sabes —dije—. Faltar al trabajo, conducir tanto tiempo. Es decir, Leon también me importa.

—Pues no parece —preguntó.

—Claro que me importa —El enfado me calentaba el pecho—. Pero es un animal salvaje.

Eli le acarició el cráneo, masajeándole la base de las orejas.

—¿Lo dejarías morir?

—Sabes que me refería a eso.

Pero a lo mejor sí. Nos había dado problemas desde el día en que lo habíamos llevado a casa. Nos meaba la cama, mordisqueaba los rodapiés, perdía pelo por todas partes. Siempre me encontraba pedazos de gato en el jardín: una pata al lado de la puerta, entrañas entre las plantas de tomates, un cráneo a medio comer sobre el felpudo de bienvenida. Empezaba a gruñir cada vez que le levantaba la voz a Eli.

Ahora apretó el hocico largo y peludo contra las manos de Eli y le lamió la muñeca.

—Ya casi llegamos, mi amor —susurró—. Apenas unas horitas más.

Encendí la calefacción y seguimos conduciendo hacia el norte. Clavé la aguja en ciento veinte por un rato —a saber qué diría si nos detenía un policía—, pero Eli no paraba de mirarme mal, así que subí a ciento treinta. Las enormes praderas vacías se cerraron a nuestro alrededor hasta que la única luz visible era la cuña de las luces altas. Yo estaba exhausto. Me dolía la cabeza. Tenía los muslos agarrotados por haber subido y bajado las cuestas del cañón, tropezando en la oscuridad. Leon se había escondido muy bien en un pozo entre dos rocas enormes. Yo lo había encontrado y lo había sacado de allí a cuestas. Al parecer Eli había olvidado ese detalle.

Estaba sentada con los pies subidos al asiento del pasajero, los brazos enlazados alrededor de las espinillas, los muslos contra el estómago. El mentón sobre las rodillas. Las luces del salpicadero teñían su cara de un verde borroso. Le temblaba el ojo izquierdo y la piel contraída indicaba la forma de unas arrugas futuras. Escuchamos la radio hasta que se interrumpió y se convirtió en estática. Sabía que había granjas y zonas de pastoreo a nuestro alrededor, pero daba la impresión de que el mundo podía acabar sin que nos enteráramos hasta la mañana siguiente.  

Esforzándome por mantenerme despierto, me imaginé a Eli desnuda. Allí donde estaba, en el asiento del pasajero, pero sin el vestido y la ropa interior. Los brazos delgados y musculosos en torno a las rodillas. La piel de las costillas arañada y con cardenales por andar dando tumbos en el cañón. Su cuerpo plegado sobre sí mismo, apretado contra sí mismo, del color del trigo.

Le puse una mano sobre la rodilla. La fui subiendo hasta sentir el encaje áspero de sus bragas. Se movió en señal de rechazo, apartándome la mano y bajándose el ruedo del vestido.

Vale, pensé. Vale vale vale.

Salt Lake City era un fantasma debajo de la autopista: edificios mudos que formaban los escalones desiguales de un horizonte urbano nocturno, el parpadeo lento de las luces del aeropuerto. El templo, con las torretas y la balaustrada, parecía un castillo perdido, varado en el continente erróneo. En la cima de una colina colgaba inmóvil una bandera estadounidense, iluminada desde abajo.

Al llegar a las afueras de la ciudad, las casas dieron paso a unos campos surcados por enormes regadores agazapados. Había uno encendido, que despedía arcos de bruma en la noche. El tiempo se aceleró y saltó hacia delante. Pensé en las mujeres que había conocido, los sitios a los que había ido, en bandidos, en lobos. El coche estaba tibio. Di una cabezada y me enderecé de un golpe.

—Tenemos que parar —dije—. Descansar un poco.

—Yo conduzco.

Cambiamos de lugar en una nueva estación de servicio. El dependiente nos miró a través de la ventanilla, con un mondadientes en los labios. Era negro. Negro en Utah. No podía ser fácil. El motel de al lado era una construcción baja y larga con veinte habitaciones dispuestas alrededor de un estacionamiento. «Thunderbird», decía el letrero azul de neón. Sabía que, con toda probabilidad, los colchones serían delgados, con muelles rotos y sábanas estarían manchadas, pero me hubiera dado lo mismo. Solo quería estirarme. Los ojos de Leon brillaban en el espejo retrovisor. Una parte de la lengua le colgaba entre los dientes, rosa como goma de mascar.

Eli conducía con las dos manos sobre el volante, a las dos y diez. Cada tanto se le movían sus labios. Se apretaban casi en un beso, después se estiraban sobre los dientes.

—¿Tendrá camas el veterinario? —pregunté.

—En su casa —dijo—. Duerme. Ya te despierto.

Dejé que mi cabeza cayera sobre el asiento. Olía a pelaje y meada. El motor murmuraba debajo de mí y me imaginé caballos gigantes y unos indígenas gigantes, de treinta metros de altura, atronando sobre las montañas oscuras. 

Cuando desperté el coche se había detenido. Estábamos parados en el arcén, rodeados por una pradera inmensa. Los faros estaban apagados. Pura negrura y, encima, un campo de estrellas. Parpadeé, tratando de tragar algo de humedad, aunque tenía la garganta reseca.

—Mira —susurró Eli.

Leon se había sentado, con las patas delanteras mal apoyadas en las cubiertas poco firmes de los libros. Apretaba el hocico contra la ventanilla. Su cuerpo flacucho —solo dos años, todavía un cachorro— se doblaba hacia el asiento donde reposaban sus cuartos traseros heridos. Tenía los ojos clavados en la figura menguante de la luna, como si esta supiera la respuesta de todos los sufrimientos.

Las negras colinas sureñas subían y bajaban como olas. El aliento de Leon empañaba el cristal.  

Aplastó las orejas largas contra el cráneo, abrió la boca y empezó a aullar. Fuerte y agudo, el sonido atravesó el techo y se extendió por la noche. Sostuvo la nota. Desgarradora. Desesperada. Tan fuerte que me dolieron los oídos.

—No —dije—. No ladres.

Le temblaron las ancas. Se resbaló y cayó contra la puerta.

Eli se había dado la vuelta en el asiento del conductor y se estiraba hacia él con la cara contorsionada, la piel del mismo color que la luna.

—¿Dónde estamos? —pregunté.

Se detuvo, mirándome fijo. En sus ojos desnudos había algo aterrador: quizá asco, o el comienzo del odio.

—Ve a dar una vuelta —dijo.

Me la quedé mirando sin decir nada. Unos mechoncitos de pelo se habían adherido al apoyacabezas, en perpendicular a ella, tensos por la electricidad.

—Por favor. Danos unos minutos solos.

Manoteé la puerta; jalé una y otra vez hasta que Eli se inclinó hacia mí, empujándome hacia atrás con el hombro, y quitó el pestillo. Abrí la puerta de un empellón. El aire frío me golpeó la cara. Me quedé de pie, aturdido, y a continuación me apoyé en el coche. Eli me miraba con los labios estirados, los tendones del cuello marcándosele contra la piel. Las uñas de Leon arañaban la funda plástica del asiento trasero.

—Se va a morir —dije, y cerré de un portazo.

Bajo mis zapatillas crujieron los guijarros. Me alejé de la carretera, bajé una zanja y subí al otro lado. Olía a nieve, árboles. Idaho, quizá. Pensé en caminar hasta encontrar un sitio donde caerme. De un lado y otro del cielo flotaban el Cinturón de Orión y El Carro. Imposible acordarme de otra constelación. Solo un amasijo de estrellas. 

«Cuán rápido la línea oscura crece, cuán

rápido aumentan las velas apagadas.»

Kavafis, “Velas”.

—Antes, las guerras servían para limpiar el mundo de gente. En tiempos de paz como ahora, esto se arregla cuando ocurre un desastre. No me mires así: es como te lo digo y punto.

La anciana señalaba la minúscula pantalla de la tele con un dedo torcido por la artrosis. Hacía tres meses que había aceptado trasladarse a la residencia y, al principio, no dejó de torturar a su hijo: necesitaba un televisor en la habitación que ocupaba ella sola, era urgente y vital, porque si se moría sin saber cómo acababa el juicio contra el torero infiel no se lo perdonaría jamás. Había días que le aseguraba que si no le satisfacía esa casi última voluntad, cuando muriese iría a buscarlo al infierno y le clavaría la dentadura en el antebrazo. «Te quedará la marca para siempre», lo amenazaba tocándolo con uno de los tres bastones que siempre tenía a su alcance, colgados de un sillón dispuesto para que, en principio, los invitados se sentaran cómodamente.

El hijo había tardado tres semanas en comprar el aparato y, desde entonces, funcionaba día y noche a un volumen muy alto porque la anciana estaba casi sorda. Se perdía el telediario del mediodía y el de la noche porque coincidían con la hora en que los residentes —ella se refería a ellos como «los carcamales»— comían y cenaban en el comedor, pero dedicaba toda la tarde y parte de la noche a los programas de cotilleo. El torero ya estaba en prisión. Su historia, que ya no tenía ningún interés, había sido sustituida por la de un cirujano que violaba a las pacientes después de anestesiarlas: cada nueva información era más truculenta que la anterior, cosa que aseguraba un inexorable incremento de la audiencia.

Esa tarde, la anciana exponía su teoría de la superpoblación mundial a Miguel, el único nieto que la visitaba. Iba una vez por semana, cuando salía de la peluquería canina y, después de encajar los comentarios de turno sobre la peste a perro que soltaba, aguantaba alguna disertación siempre relacionada con la emisión televisiva que tenían delante. Miguel sabía más cosas sobre el torero preso y el cirujano violador que de su abuelo, fallecido cuando él tenía tres años: si hubiese caído en ello alguna vez, se habría esforzado en sonreír, porque intentaba no dejarse vencer por el desánimo y la mala leche. Esa tarde el presentador explicaba que en Brasil un incendio en una discoteca había acabado con la vida de doscientas cincuenta y cinco personas. A la cifra había que sumar más de trescientos heridos, un tercio de los cuales se hallaba en estado grave o incluso crítico.

—Necesitan calamidades de este calibre, en esos países. Si no liquidan a unos cuantos de una tacada, no tienen suficiente comida para todos.

—Ya está bien, abuela. Sabes que no me gusta que digas esas cosas.

—Y a mí no me gusta que ocurran, pero tienen que ocurrir. Son imprescindibles.

Con la intención de pasar página, el nieto comenzó a hablar de su rutina. A las diez en punto ya levantaba la persiana de la peluquería canina —que se llamaba Miqui Manostijeras—, dispuesto a solucionar el primer reto capilar de la jornada.

—No sé qué le ves a eso de arreglar el pelo de los chuchos. ¿Seguro que te lavas bien antes de volver a casa?

—Sí, abuela, sí.

—Y yo que me lo creo.

Antes de abrir la tienda, Miguel había hecho la compra de la semana y había ido hasta el parque para pasear a Elvis. Miguel nunca le había hablado de su mascota a la abuela. Se había enamorado de ella poco después de que Nikki lo dejara. Era un perrito minúsculo, de mirada perspicaz y nervios a flor de piel, que veía en el escaparate de la tienda de mascotas del barrio de camino hacia la peluquería. Llevaba una semana coincidiendo con él cuando se dijo que si en tres días no se lo había llevado nadie, él se lo quedaría. «Un perro tan pequeño no puede dar muchos problemas», le dijo el dependiente la tarde en que se decidió a entrar en su establecimiento dispuesto a adoptar el animalito por un precio bastante razonable. Elvis venía de lejos. La raza se había empezado a criar en los cincuenta, basada en el «English toy terrier», uno de los animales de compañía favoritos de la nobleza rusa, y durante años sus amos habían conseguido mantener los perritos prácticamente en la clandestinidad: el comunismo no toleraba lujos de ningún tipo, y menos si estos eran de raíz occidental. El «English toy terrier» se transformó en el «pequeño perro ruso» (Русский той), que no tardó en dejar de cazar ratones —propósito inicial de la raza— y dedicarse a las monerías propias de un mamífero que apenas pesa dos kilos. Satisfacía con el mismo entusiasmo a niñas escuálidas, adolescentes que ya se habían dejado tentar por la furia del vodka, madres de mirada triste y padres de poblados bigotes, un intento de homenaje a Stalin que más bien parecía un guiño a la majestuosidad inútil de los leones marinos.

Gracias a Elvis, Miguel había ido superando el trago amargo de la ruptura con Nikki. Estaban juntos desde hacía cinco años y, si bien habían llegado a un punto de estancamiento innegable, jamás habría imaginado que ella tomaría la decisión de empezar de cero en Klagenfurt, una pequeña ciudad austriaca.

—Dame un poco de tiempo, Miguel —le había dicho cogiéndole la mano, como si fuera un niño—. Necesito saber que todavía sigo con vida.

Estaba convencido de que Nikki se marchaba a Klagenfurt con alguien. Deseaba que su estancia no fuese tan idílica como esperaba y que al cabo de un tiempo regresase a Barcelona con el rabo entre las piernas. Ella, que pensaba que tener un animal doméstico en un piso era un crimen, tampoco sabía nada de Elvis. Hablaba por teléfono con su ex una vez a la semana y a menudo Miguel y el perrito se miraban con ternura mientras la con-versación se iba volviendo más y más difícil. Nunca había ladrado: sus antepasados habían tenido que vivir al margen de la ley, siempre a punto de ser descubiertos por la policía comunista, y él, como la gran mayoría de sus congéneres, había heredado su predisposición silenciosa.

«Tener un perro y haberse quedado sin pareja es una combinación curiosa», se había dicho Miguel en alguna ocasión mientras paseaba a Elvis y notaba los ojos de alguna chica fijos en la mascota. El afecto instantáneo que podían sentir hacia el perrito podía derivar fácilmente en largos diálogos, que se iniciaban a partir de una pequeña anécdota vinculada con el animal y viraban poco después hacia aguas más personales. Miguel había apuntado algún teléfono en el móvil pero nunca se había atrevido a ponerse en contacto con las desconocidas. Las registraba precedidas por el nombre del perro, para no olvidar el vínculo que los unía. Cuando acumuló media docena, los borró, avergonzado: si alguna vez volvía con Nikki, esa lista podía acabar dándole problemas.

Hasta entonces, Elvis había resultado una compañía constante e inmejorable. Miguel se había acostumbrado a dormir con él y lo último que veía antes de acostarse era aquel par de ojos brillantes y solícitos, que seguían contemplándolo con devoción hasta que se dormía y que a menudo ya estaban abiertos cuando se levantaba.

—Buenos días, Elvis —le decía él.

El perro le prodigaba un áspero lametón en la mejilla y empezaba a mover el rabo.

Si hubiese logrado superar el asco hacia los animales, su abuela habría estado muy bien acompañada por un Elvis que quizá habría retrasado su ingreso en la residencia. Miguel lo imaginaba corriendo excitado por el piso, animando la lobreguez mórbida de las habitaciones, comiendo de un platito en el que habría mandado grabar su nombre —que sería Chispas o Petit, una elección poco creativa— o hasta sentado en su regazo, abrigado con una manta, mientras ella se distraía con cualquiera de los programas de televisión de baja exigencia que miraba piadosamente.

—Se ve que el rey ha ido a cazar elefantes a África y se ha lastimado. Estaba con la fulana —le habría dicho rascándole la cabeza con una de sus uñas largas e indestructibles—. Si yo fuera la reina, acabaría rápido con tanta desfachatez.

Cuando Miguel iba a la residencia y pasaba un rato con su abuela inventaba finales menos terribles para su vida. Desde que tenía a Elvis, le imaginaba una vejez plácida junto a una mascota servicial. Antes, cuando aún estaba con Nikki, la había embarcado mentalmente en un crucero por el Mediterráneo y allí le había hecho conocer a un anciano viudo como ella, a quien le iba como anillo al dedo un poco de compañía. Se habían enamorado durante el viaje y, ya en Barcelona, habían continuado viéndose, hasta que el hombre —un antiguo corredor de seguros esforzado y cumplidor— le proponía vivir juntos. Su abuela abandonaba el pisito de extrarradio y se instalaba en la torre del Maresme que el hombre tenía medio abandonada desde la muerte de su señora.

La residencia deprimía a Miguel y las historias que crecían en su interior le ayudaban a aislarse mientras su abuela se dejaba abducir por la tele. Era verdad que la tenían muy bien atendida y allí estaba bien, quizá incluso mejor que en casa, pero tres o cuatro años atrás le habría resultado imposible adaptarse. La percepción y la exigencia se le habían ablandado. Eso es lo que se decía su nieto, que no habría podido aguantar mucho rato en el salón comunitario, acompañado de ancianos que habían perdido la memoria y pasaban el rato mirando a un punto fijo y a la vez indeterminado de la pared. Tampoco se veía con fuerzas de jugar una partida de dominó con alguien a quien, de sopetón, le caía la dentadura sobre la mesa, y menos aún de comer al lado de un residente afectado por una extraña enfermedad mental que le hacía chillar palabras imprevisibles cada vez que una enfermera le acercaba una cucharada de comida a la boca. «¡Domingo!» «¡Tortuga!» «¡Nenúfar! «

Por un lado, las visitas a su abuela angustiaban a Miguel. Por otro, hacían que saliese de allí con más ganas de vivir que nunca: tenía que superar como fuese que Nikki le hubiera dejado y lo intentaba saliendo a cenar con amigos y amigas o haciendo horas extra en la peluquería canina con la intención de ahorrar dinero suficiente para disfrutar de unas vacaciones en Australia. Un lunes que había decidido ir al cine solo se encontró con una antigua compañera de instituto. Después de la película se fueron juntos a tomar una cerveza. Laura había trabajado hasta hacía poco en un laboratorio farmacéutico. La empresa acababa de ser fagocitada por una multinacional francesa que había decidido cerrar la sucursal española.

—Podría ir a trabajar cerca de París, pero no sé si fiarme de mis jefes: quizá dentro de unos meses cierren la otra fábrica —se lamentó al cabo de un rato, con un vodka con tónica en la mesa.

—Seguro que no —dijo Miguel: desconocía el estado del sector farmacéutico, pero se creía en la obligación de murmurar comentarios reconfortantes.

—¿Te imaginas que el año que viene, ya instalada en París, me dicen que si quiero conservar mi lugar de trabajo tengo que irme a Chequia? ¿Y si al cabo de otro año me acaban enviando a Pekín? Vaya favorcillo me harían.

Laura no se imaginaba formando una familia en la capital china, pero, para tener hijos, primero tenía que encontrar a alguien. Después de este último comentario, Miguel se quedó mirando fijamente su whisky con cola unos segundos, hasta que le explicó brevemente su historia con Nikki. Se habían conocido hacía cinco años en uno de los puestos de fruta del mercado. Habían empezado a hablar poco después, un día que hacían cola en la farmacia. Miguel ya tenía la peluquería de perros y no le ocultó su ocupación, aunque otras chicas habían puesto cara de circunstancias cuando les había contado a qué se dedicaba. Nikki y él se enrollaron enseguida y habían empezado a vivir juntos seis meses después de haberse conocido. Ella cambiaba a menudo de trabajo. Él esquilaba perros: abundaban los caniches y los fox terriers.

—Quizá no era una vida muy ambiciosa, lo reconozco, pero éramos felices.

El verano anterior habían viajado a Múnich. Nikki quedó prendada de un anillo de compromiso y así se lo hizo saber, primero con miradas dulces, más tarde con palabras elogiosas, arropadas con un romanticismo sincero. La tienda quedaba muy cerca de la pensión donde se hospedaban. Cada vez que pasaban por delante, ella miraba la joya, que resplandecía con moderna elegancia entre el resto de anillos, gargantillas y pendientes. Miguel comprendió que era el momento de tomar una decisión y una tarde que Nikki se había quedado dormida después de una visita agotadora al castillo del rey Luis II de Baviera, salió de puntillas de la habitación, bajó hasta la tienda y compró el anillo. Se lo entregaría al final de una cena de lujo. Ese tenía que ser el preludio de la boda.

—No sucedió como yo imaginaba.

—¿Qué pasó?

Laura agarró su vodka con tónica y no volvió a dejarlo sobre la mesa, sin haberlo probado, hasta que Miguel no contestó.

—Qué más da. Ahora vive en una pequeña ciudad austriaca. ¿Has oído a hablar de Klagenfurt? Necesita un poco de tiempo.

Aquella noche acabaron tarde. Tomaron otro combinado mientras agotaban todas las virtudes de la película que habían visto. Embravecidos por el alcohol y por el recuerdo de la historia de adulterio que se contaba en Tabú, ambientada en una casa perdida de la selva mozambiqueña, Miguel y Laura acabaron durmiendo en la misma cama después de siete minutos de sexo, observados por los comprensivos ojos de Elvis. Ni en los momentos más fogosos había soltado un solo ladrido.

A las cuatro de la madrugada, los gritos de Laura despertaron a Miguel.

—Hace tiempo, en otra pesadilla, también maté a alguien —le dijo ella.

Miguel, que acababa de ser consciente de su desnudez, aprovechó que Laura fue al baño para vestirse. No encontraba sus calzoncillos por ninguna parte y tuvo que coger otros del cajón y ponérselos apresuradamente, antes de que su antigua compañera de instituto volviese a la habitación.

—¿Estás bien? —le preguntó.

Todavía sin una sola pieza de ropa encima —tenía un cuerpo más atlético que el de Nikki—, Laura le dijo que sí y trató de explicarle la pesadilla: salía un testigo de Jehová, una vecina cotilla y dos policías, que la atosigaban primero en la entrada del edificio donde vivía y después, sin transición, apretujados en el salón de casa, señalaban la gran mancha de sangre que ensuciaba casi toda la alfombra.

—Había escondido al muerto de la pesadilla anterior, pero ni yo misma sabía dónde. Para encontrarlo debía esperar a que los policías, el testigo de Jehová y la vecina se fuesen, pero resultaba imposible convencerlos y uno de los agentes me agarraba del pelo y me decía que al día siguiente empezaría mi juicio.

Miguel escuchó la historia en silencio, sentado en la cama, iluminado por la luz blanquecina de la mesilla. Cuando hubo acabado, Laura le pidió un pijama y Miguel le dejó uno suyo. Elvis entró en la habitación y empezó a menear la cola.

Elvis, hoy tienes que irte —le dijo cuando se acercó a la cama.

—Es un perro precioso.

—Normalmente duerme conmigo, pero hoy no se puede quedar.

—Si quieres, me voy yo —le dijo Laura guiñándole un ojo.

Lo echaron y se desnudaron otra vez mientras se besaban con un punto de agresividad. A la mañana siguiente, Miguel se volvió loco intentando localizar los calzoncillos que había perdido por la noche, pero no hubo manera de encontrarlos. Hasta llegó a hurgar en el bolso de su antigua compañera de instituto, por unos segundos convencido de que tenía a una maniaca sexual en la ducha. Allí tampoco los encontró.

Tan pronto como ella se hubo marchado, puso patas arriba la habitación sin resolver el problema. Solo escuchó el resuello del minúsculo Elvis, que lo observaba desde un rincón del dormitorio con las orejas en punta y el hocico hacia el techo.

Al cabo de un par de semanas, Nikki anunció por teléfono a su expareja que a final de mes regresaría a casa. La noticia lo dejó pasmado: solo quedaban diez días. De repente, el paréntesis de Nikki en el extranjero le pareció corto. Si se marchaba de Klagenfurt significaba que se rendía, que la otra vida no era posible y, lo más importante, que había aceptado que Miguel era su camino. Así se lo expresó a Laura esa noche, desnudos en el sofá.

—Lo tendremos que dejar, ¿no? —preguntó ella. Y a continuación suspiró y hundió la cabeza entre los cojines.

Miguel estuvo a punto de disculparse, pero se frenó antes de decir nada. Intentó tragarse el silencio indescifrable del salón con los ojos cerrados. Si los abría, no podría evitar coincidir con las lágrimas de Laura o con la mirada expectante de Elvis.

Cuando ya se hubo ido, Miguel miró con lástima a su mascota. Había tomado una decisión: tenía que deshacerse de él antes del regreso de Nikki.

El dueño de la tienda de animales se lo puso fácil. Le encontró un nuevo amo en tres días. Aquella fue una de las semanas más complicadas en la vida de Miguel: no habría imaginado jamás que separarse de Elvis fuera a resultarle tan terrible. Había estado a punto de levantar el teléfono y cancelar todo media docena de veces, pero en el último momento desistió, convencido de que si era capaz de aquel sacrificio por Nikki (aunque ella no supiera nada del perro), jamás tendrían problemas.

El día que se despidió de su mascota, Miguel llamó a la peluquería canina y le dijo a su socio que tenía fiebre y debía guardar cama. Necesitó llorar un día entero. Cuando volvió al trabajo, todos los perros le recordaban al suyo. Estuvo a punto de perder los papeles cuando le tocó arreglar al pequinés de la señora Roig. Canijo y solícito, el animalito le lamió las manos cuando lo cogió para subirlo a la mesa donde lo esquilaría con pulso temblón y reprimiendo las lágrimas.

Esa misma noche, Miguel soñó que Elvis volvía a estar en casa. Ladraba para que saliera de la cama y él le hacía caso, todavía medio dormido, arreglándose el pijama. Después de besuquearle los pies, el perro metía el hocico en el espacio entre el cabecero y el suelo y sacaba los calzoncillos que había perdido la primera noche que había estado con Laura.

—!Muy bien, Elvis! —chillaba Miguel mientras los recogía.

Después de lamerle un dedo, el animal volvía a hurgar en el mismo sitio y sacaba un calcetín que Miguel no recordaba haber perdido. Todavía rescató otro antes de ofrecerle un papel arrugado y lleno de babas donde se podían leer los primeros tres o cuatro componentes de una lista de la compra.

—Cuántas cosas hay aquí debajo, ¿eh? ¡Estás hecho un detective! —le decía acariciándole la cabeza, mientras el pequeño forcejeaba con algo más.

Elvis sacaba una cajita azul y la dejaba a los pies de su amo, que la miraba boquiabierto. Allí dentro estaba el anillo de compromiso que Miguel había perdido poco después de volver de Múnich, mientras todavía buscaba una fecha propicia para la cena de lujo que precedería la entrega ceremoniosa y, si todo marchaba bien, el noviazgo. Había pasado dos semanas de infarto, intentando localizar la cajita sin que Nikki se diese cuenta. No la había encontrado. Había terminado rindiéndose, convencido de que un lunes o un martes se tomaría el día libre para subirse a un avión, comprar el anillo y volver a casa con el botín. Gracias a ese detalle, habría boda: él estaba convencido de ello. Nikki se había ido a Klagenfurt antes de que pusiese en práctica su redención.

En el sueño, Miguel no abría la cajita azul hasta que Elvis hacía un gesto afirmativo con el hocico, como dándole permiso para continuar. Cuando lo hacía, el anillo resplandecía con la elegancia moderna de Nikki.

—¿Quieres casarte conmigo? —decía.

Se levantó repitiendo la frase. Miguel encendió la luz apresuradamente e, incluso antes de levantar la persiana, antes incluso de ir al baño, desmontó la cama pieza por pieza. En un rincón, camuflados por el polvo, estaban los calzoncillos y la cajita azul. El vecino de arriba no dio ninguna importancia al grito de victoria, fresco e hiperbólico, que le llegó atenuado por las entrañas de su apartamento.

Lo primero que vio Nikki el día que llegó a casa fue la cajita azul encima de la mesa del salón, acompañada de un ramo de rosas rojas y de una nota en la que se leía «Te quiero». Salió del piso corriendo después de haber espiado el contenido. Miguel no esperaba una reacción tan eufórica. Mientras esquilaba un afgano amuermado en la peluquería, oyó el revuelo en la entrada. No pudo ni dejar las tijeras en la bandeja. Nikki se le echó encima y, mientras le besaba la cara —el gesto tenía algo de canino—, le dijo que ella también lo amaba y que quería casarse con él.

Celebraron una pequeña fiesta después de la ceremonia en el ayuntamiento. Allí estaban los padres de ambos, el hermano de Nikki, seis amigas de ella y cinco amigos de él —acompañados de las respectivas parejas, si las había—, el socio de la peluquería —Alejandro— y su abuela, que había podido salir de la residencia con la condición de que la acompañase una auxiliar que se emborrachó antes del postre bajo la mirada desdeñosa de la anciana. En una visita al baño, Miguel vio que tenía un mensaje por abrir en el móvil. Decía: «Felicidades. Laura». Lo borró inmediatamente después de leerlo, pero luego lo lamentó, porque no tenía el número de la antigua compañera de instituto guardado en la agenda. Quedaría como un imbécil, pero no podía dar marcha atrás: el mal ya estaba hecho. Se lavó las manos y regresó al gran comedor del restaurante navarro donde celebraban el convite.

Como no había tenido tiempo suficiente de ahorrar para ir a Australia, Miguel le propuso a Nikki una alternativa de viaje de novios menos espectacular. La generosa aportación de los padres de ambos les permitió replantearse su sueño. Finalmente, consiguieron billetes para Adelaida, con la intención de ir en coche hasta Brisbane. Desde allí bajarían hasta Sidney y pasarían por Canberra y Melbourne antes de coger un barco hasta Tasmania. Una vez hubieran recorrido la isla, volverían a Sidney, desde donde volarían a Yakarta, donde pasarían una noche antes de subirse a un avión con dirección a Estambul y, de allí, volverían a Barcelona.

Después de cortar el pastel y darse el último beso fotografiable, la anciana hizo un gesto a su nieto para que se le acercara y le pidió que no se marchara de viaje.

—Tengo un presentimiento —dijo—. Me parece que sucederá un desastre. Una calamidad.

Miguel le estampó un beso en la frente y le prometió que al cabo de un mes le llevaría un pequeño canguro de plástico que podría poner encima de la tele y que la vigilaría hasta cuando durmiese.

—Ya no necesito nada, hijo.

Cogió una de las manos de la abuela y le dio otro beso en la frente. El último.

A paso marcial, digno de un desfile de la caballería (dedos adentro, tacones fuera, rodillas a un lado, la pelvis baja), el mosquito Stasik volvía a casa arrastrándose. Le había pedido al veterinario, el condor Akop, que le vendase el sitio donde le había picado el chinche Mstislav: si no, no había quien anduviese, de lo mucho que picaba la zona afectada. 

Evidentemente, el mosquito Stasik soñaba con comer caliente.

Según se acercaba a su casa, sin embargo, oyó los gritos ahogados de su esposa la mosquita Tomka (“Sí, sí, ¡ahí lo tienes, ya lo tienes, aguanta!) y a alguien que decía con voz ronca: “No puedo”.

El mosquito Stasik se quedó de piedra. No obstante, el estupor le duró un segundo. Luego entró en casa y vio a Tomka arrancándole la barba a Zoya la hiena, pelo a pelo (lo que se dice una limpieza de cutis).

Preguntada por una comida caliente, Tomka le respondió a toda prisa: “¡Largo! Muerde el polvo”.

Muerde el polvo significaba arrastrarse por el barro, extraer, atacar, lavar, limpiar, cortar, derramar, encender, colocar, mezclar, etc. La comida tardaría cuarenta minutos en estar lista. Y para colmo lo más probable es que se quemase y le dejase arena entre los dientes.

Gracias por nada.

Suspirando amargamente bajo los sordos gritos de su mujer y los aullidos de la hiena Zoya, Stasik recibió de la tía Lida, la escarabajo, una preciada botella a la que llamaban “el último recurso”, y se bebió la dosis restante hasta agotar existencias.

Se olvidó de todo, menos de la insinuante minifalda de la cerdita Alla.

El mosquito Stasik sollozó, cantó su canción favorita. “De nuevo allá, donde el mar de luces… “ y, habiéndose olvidado de todas sus heridas, salió volando de casa en dirección a la piara.

Para cuando la mosquito Tomka escondió sus honorarios en una bota, y la hiena Zoya, con los ojos llenos de lágrimas, miraba alegremente su jeta rasurada, el mosquito Stasik rondaba con sus alas a la cerdita Alla. Esta se había repantingado como en su propia casa, ya sin mini alguna. Stasik, con voz estridente, le hizo las siguientes preguntas: a) si hacía tiempo que ella se veía con el chinche Mstislav y b), si sabía que Mstislav tenía una enfermedad fea, la caries, por lo que tendría que ir durante mucho tiempo a curas y ponerse fundas. 

Pero a la cerdita Alla le entró por un oído y le salió por el otro, ya que Stasik no era su único invitado: había allí más acompañantes, como los hijos ya mayorcitos de la mosca Domna Ivánovna, por ejemplo. Perfectamente instalados, volaban enfervorecidos por el sonido de su propio rock n´ roll interior, mientras la araña Afanasii daba una clase de macramé en una esquina, en exclusiva para los allí presentes.

La fiesta estaba en todo su apogeo, pero el mosquito Stasik se sentía solo.

Con idéntico paso marcial, digno de un desfile militar, rodillas afuera y pelvis abajo, solo que aún más hambriento, apareció por casa dispuesto a armarla. Y fue entonces cuando aspiró el maravilloso aroma de un plato caliente.

Resulta que Tomka lo había preparado todo, puesto la mesa y le estaba esperando enfundada en un delantal, como Penélope.

Y Stasik no pudo contener las lágrimas.

En febrero de 2001 encontramos exactamente lo que buscábamos: una casa de madera en las afueras de Miami con amplias ventanas junto a un canal que vertía sus aguas verdes en el Atlántico. Nos creíamos afortunados. Era una casa a buen precio en un lugar apacible y lejos de la ciudad. No teníamos vecinos excepto por los gatos. Tampoco insectos. La pintamos de amarillo, igual que el buzón de correos de lata que pusimos en la entrada, y reemplazamos todos los cristales de las ventanas: algunos estaban rotos; otros, simplemente rayados. Los sistemas eléctrico e hidráulico estaban impecables y también los pisos de madera; el trabajo de restauración fue en realidad muy poco. Yo misma pulí y barnicé los muebles de segunda mano que compramos, hice las cortinas y los visillos y bordé los almohadones. Allí vivimos unos siete meses hasta la muerte de Philip.

Mi Philip, todo sucedió tan rápido. Sin embargo, cuando pienso en ello, vuelvo a ver la precisión de los cortes, la sangre, lo correoso de la carne abierta. Todo regresa a mi memoria con espantosa pulcritud.

No era feliz, pero mis días por entonces eran tranquilos.

Mi marido se iba temprano por las mañanas y yo me pasaba las horas sentada en el porche mirando a los gatos con un libro sin abrir en el regazo. Deambulaban con desparpajo y las patas siempre enfangadas a causa de la tierra pantanosa de la zona. Quizá sea un modo tonto de expresarlo, pero eran para mí como hombrecitos paseándose al sol. Su curiosidad y su holgazanería me acompañaban. Eran unos siete (a veces, venían menos) y yo velaba por ellos.

Cuando nos mudamos, planté flores en el terreno y traté de organizar una pequeña huerta, pero nada prendía en esa tierra de arcilla mojada. Todo se pudrió al poco tiempo en nuestro pedazo de terreno en la península de la Florida. Nuestro jardín era un útero de barro infértil con un buzón de lata amarilla lleno de propaganda y cupones. Saboree el arco iris: caramelos Skittles. Cupón de descuento por U$D 0,99 válido hasta 1.04.2001.

‒Con razón estaba a buen precio, Jaime ‒dije mientras cargaba una bolsa con tierra fértil: estaba decidida a llenar nuestro jardín de plantas, aunque fuera en macetas‒; quiero decir, si se la compara con las otras casas de la zona, estaba muy bien.

Jaime era el dueño de la tienda. Era cubano y todavía atractivo, con su piel dorada y sus cabellos largos, a sus casi sesenta años. Le gustaba presentarse diciendo que había escapado del corazón del fucking Diablo para vivir in the very ass de uno de sus súcubos.

‒Ahora lo entiendo, Jaime; muy pocos querrían vivir en esa casa, en medio de esa tierra arcillosa.

Puede que mis palabras sonaran como una queja pero no lo eran. Solo hablaba por el gusto de conversar con alguien.

‒Oiga, ponga una hamaca y un juego de jardín de hierro forjado ‒me sugirió‒; ya verá cómo mejora y alegra. El jardín, quiero decir.

Sonreí un poco.

‒Y llévese un par de antorchas con citronella para las tardes.

‒No tenemos mosquitos.

Damn, están todos aquí, igual que esos muchachos.

Con Jaime hablábamos en castellano, salvo cuando se volvía hosco o grosero. Las malas palabras y los insultos los decía invariablemente en inglés. Era su modo de distanciarse de lo que creía que no correspondía a su carácter o a su posición social. Se consideraba a sí mismo como un caballero, aun cuando despotricaba a los gritos contra Fidel y mi compatriota desvergonzado, el Che.

‒Es que cuando me pongo con lo de la revolución cubana… Disculpe mi mal genio; soy de Cienfuegos, Miss.

«Soy de Cienfuegos», era su excusa, monolítica, invariable. Algún día tendré que conocer Cienfuegos para entender a este hombre, me decía a mí misma.

Jaime, los gatos y una pandilla de adolescentes ‒casi un decorado en el parking del almacén‒ eran lo único vivo en el paisaje de mis días. Los gatos eran siete; los adolescentes, unos nueve o diez. Había distinguido dos hembras entre los animales; en la pandilla de adolescentes había una sola. A los gatos les puse nombres: Nevermore, que era completamente negro, y Gondoliere, que tenía el pelaje rayado. Recuerdo también a Phileas Fogg, un perfecto sir ingles que sabía esperar a que se liberara la escudilla con la leche, y a Franky «Frankestein», el más viejo de todos. Tenía el labio leporino y artrosis. Y por supuesto, Philip. Mi Philip. En cambio, nunca supe el nombre de uno solo de esos muchachos. Tampoco el de ella: una rubia oxigenada de ojos grandes que no me quitaba la vista de encima. Su forma de mirar era casi un alarido. Sé que no es fácil comprender lo que digo. Pero no puedo, ni hubiera podido explicar más ni mejor a la chica. En cambio, ellos, los muchachos, eran ‒eso creía entonces‒ más fáciles de leer. Tenían la misma pinta que los chicos que dan problemas en las películas: jeans sucios y rotos, remeras con eslogan, zapatillas y gorras de béisbol, mucho olor a búfalo; siempre estaban mascando chicle y bebiendo cerveza a deshoras. Se movían en moto; el que yo creía que hacía las veces de líder tenía una Harley Davidson impecablemente cuidada en la que brillaba todo el sol del mediodía. Yo tenía un Focus rojo con tapizado de cuero color beige con el que iba y venía del almacén de Jaime. Era la primera vez que tenía un auto con cambios automáticos. Me gustaba conducir hasta lo de Jaime sin pensar demasiado, escuchando música country. Me sentía tan americana como cualquiera; más aún cuando cargaba las provisiones para nosotros y para los gatos en las bolsas de papel madera. El coche tenía la patente blanca LUK 620 con la inscripción en letras verdes «Florida, a sunny state», lo que es parcialmente cierto, porque en el sur de Florida suele llover y mucho. De hecho, ese lunes por la mañana Seguridad Civil había alertado de la proximidad de una tormenta tropical que podía convertirse en huracán.

Por temor al huracán, fui hasta el almacén e hice una compra como para una semana completa. Mientras Jaime leía el código de barra de los artículos, calculé que necesitaría hacer al menos tres viajes para cargar todas las provisiones en el baúl del coche. El cubano trabajaba solo, estaba de pésimo humor y tampoco tendría ganas de ayudarme. Le alcancé mi tarjeta de crédito.

‒Alguna vez le ofrecí dinero a esos fucking kids para que me ayudasen con las provisiones de los clientes ‒Jaime sacó las bolsas de debajo de la caja registradora‒. Pero, ¿usted cree que esa garbage tiene ganas de trabajar, Miss?

Unas diez veces le había dicho que era casada y otras veinte, le había recordado mi nombre. Pero Jaime seguía con su terco «Miss» y a secas.

Assholes, eso es lo que son; la chica, la peor de ellos, Miss.

No lo volvería a corregir. Ni ese lunes por la mañana ni nunca. Yo también estaba de pésimo humor. Mi marido estaría fuera toda la semana. Una convención de negocios para él en Las Vegas y la amenaza de un huracán para mí al sur de la soleada península de Florida.

‒¿No la podían hacer en Tampa u Orlando? ‒le había preguntado esa mañana.

‒Decisiones de la casa matriz.

Mi marido me dio un beso, cargó la valija en el baúl del coche y se fue. Simplemente. Se iría desde la oficina al aeropuerto. Una semana en Nevada y yo en la casa amarilla con los gatos, un libro sin abrir en el porche y las provisiones que tendría que recoger de la tienda de Jaime. Que si Castro, que si mi compatriota, el Che. El exilio, el triste exilio cubano en Miami, Miss. Todas las veces, como si él fuera el único exiliado latinoamericano en todo Estados Unidos. Cada vez que iba al almacén a comprar, ya fuera por fertilizantes o alimento balanceado para gatos, era igual. Yo tenía la impresión de que Jaime hablaba ‒mucho y mal‒ de la revolución cubana y, por supuesto, de los muchachos para callar algo. También ese lunes por la mañana, mientras facturaba los productos de mi compra.

‒Están practicando para maleantes. Loco debía estar el día aquel que quise emplear a alguno de ellos, porque… ‒Se mordió los labios y miró por la ventana: uno de los chicos se acercaba a la tienda‒. Son treinta y cinco dólares, Miss.

Ahora no solo repetía el Miss sino el precio cuando yo ya había pagado. Guardé mis provisiones sin hablar. Sentía la mirada del muchacho en la nuca, el silencio sospechoso de Jaime. Me fui con un par de bolsas al auto.

‒Hey, Miss; mire lo que se dejó aquí. ‒Me había olvidado una lata de atún y otra de merluza para mis hombrecitos junto a la caja‒. Está usted un poco distraída hoy. Ándese con cuidado, porque esto no es bueno.

Thanks, Jaime.

Regresé a la casa a darle de comer a mis gatos. Había hecho la compra, la había acomodado. Había llenado dos escudillas con leche y otras dos, con alimento balanceado. Todo listo y eran solo las once de la mañana del lunes.

Me senté con el libro en el regazo. No tenía ningún plan; excepto ver, luego de la cena, un documental de caza o pesca del canal Wild Life tumbada en el sofá.

Pero la lluvia se anticipó. El pronóstico había anunciado tormenta tropical a partir de las cinco de la tarde; comenzó a llover sobre el mediodía. El agua estuvo toda la tarde estallando arriba, afuera y sobre nuestra casa de madera. Había algo íntimo y extraño, de queja en ese ruido, como si la madera recordara el bosque al que había pertenecido.

La televisión no funcionaba. Tenía luz pero las señales del cable y del teléfono celular estaban caídas. También nuestro buzón de lata amarilla había sido derribado por el viento en algún momento de la tarde, y sobre el barro yacían desperdigados una decena de volantes con publicidades. Saboree el arco iris y esas cosas. ¿Qué otros desastres nos dejaría la tormenta? Nada me preocupaba más que los gatos ‒creo que no llegué ni siquiera a pensar en el vuelo de mi marido que salía hacia Las Vegas poco antes de la medianoche‒. ¿Dónde se guarecerían mis pobrecitos? ¿Y mi Philip? Era el más gordo y el más astuto. El pelo amarillento, los ojos azulados y su carácter histriónico me recordaron desde el primer día a Philip Seymour Hoffman, ¿dónde estabas esa noche, mi Philip? ¿Dónde te encontraron ellos? Cuando nos mudamos, quise tenerlo con nosotros en la casa. Compré una cesta y bordé una almohadilla celeste con sus iniciales ‒PSH‒, pero mi marido, no, que los gatos afuera. Philip nunca vivió con nosotros. Yo pensaba en mi Philip y en Nevermore y Gondoliere, en cada uno de ellos esa noche de tormenta, y también en las dos gatas hembras a quienes jamás bauticé, pero más que nada en Philip.

La monotonía del agua hizo que la noche llegara pronto.

Las ráfagas caían transparentes en la oscuridad. Para mí todo aquello era real e irreal a la vez. Como si mi cabeza hubiese estado cubierta por un tul y a través de la tela oyera las gotas y el viento. Con que esto era una tormenta tropical, pensaba desde mi cama con un libro ‒siempre el mismo‒ sin abrir. Todo a mí alrededor susurraba, igual que si muchas mujeres ancianas se contaran cosas horribles.

Yo pensaba estas cosas sin entender muy bien por qué. Y afuera, el viento, que a ochenta kilómetros por hora aceleraba hasta la sangre en mis venas.

Sobre las diez de la noche parecía que la tormenta iba a calmarse. El viento soplaba blando, un ruido como de naipes arrojados al aire. O quizá no. Quizá fuera solo mi imaginación de algún modo extrañamente vinculada a mi marido, a su convención de trabajo en Las Vegas –toda una semana fuera de casa para hablar de las estrategias en la comercialización de la fibra de vidrio entre máquinas tragamonedas y mesas de ruleta‒. Me levanté y fui a la cocina para hacerme un té caliente. Afuera todo era oscuro, y la oscuridad lo era todo hasta que la luz de algún relámpago ‒eran como largos colmillos brillantes que fulguraban en la boca de la noche‒ permitía entrever la constancia del agua sobre el barro. Abrí apenas la ventana de la cocina. El aire traía el olor salado del mar, de hierbas húmedas, de flores de hibiscos. El aire traía vida revuelta y aplastada en abundantes ráfagas frescas.

Y entonces los vi.

Primero solo a ella. Había levantado nuestro buzón de lata amarilla del suelo y lo traía en la mano, como quien sujeta un cetro. Caminaba en dirección del porche vestida de blanco. Los pies y el bajo del vestido embarrados. Parecía una sacerdotisa preparada para la ejecución del sacrificio. También una reina loca. Luego la seguía, él. Era un chico nuevo y cargaba una enorme mochila. Jamás lo había visto en el parking de Jaime. Definitivamente no era como los otros. No solo porque no parecía sacado de la misma película de chicos malos, sino porque había algo en la forma de caminar, en el modo de cargar la mochila que lo ablandaba. Él, sin lugar a dudas, no cuajaba en ese casting de malos, sucios y locos. Finalmente, cerrando filas, estaban ellos ‒los mugrientos de siempre, con sus gorras de béisbol y su olor a búfalo‒. Se abrieron en dos grupos. Luego se apostarían en los flancos de mi casa, contra los ventanales que daban a nuestra cocina. A mirar embobados y en silencio.

Cerré rápidamente la ventana.

En un instante, verifiqué que todas las ventanas y las puertas estuviesen aseguradas. Apagué las luces. Corrí a mi cuarto. El teléfono celular seguía sin señal. Si, al menos, hubiera podido llegar al coche y escapar. Estaba calculando mis posibilidades de salida por la ventana trasera cuando ella dijo:

‒Sabemos que está ahí, Miss.

EI miedo me recorrió el cuerpo como otra sangre. No respondí. Me quedé inmóvil unos segundos hasta que ella volvió a hablar.

‒Es que esta casa es nuestra. ¿A que sí?

El «a que sí» no fue para mí sino para el chico de la mochila y el resto de los muchachos; al menos, eso creo ahora. Regresé a la cocina y busqué el cuchillo más grande. Luego recordé que, lo habían dicho en un documental de caza del Wild Life Channel a propósito de la desolladura de las presas, un cuchillo más pequeño y más afilado puede ser más efectivo y es, sin lugar a dudas, más fácil de manejar.

Cambié de arma.

Otra vez silencio. Solo conseguía oír mi respiración agitada.

Ya no llovía, una luz tenue de estrellas me permitió ver a los chicos a ambos flancos de la casa contra los cristales de mis ventanas: las caras blancas, las bocas entreabiertas, las narices aplastadas contra los vidrios. Sus alientos empanaban los cristales. Sus ojos de perro mojado. Me pregunté qué verían ellos del interior de la casa desde esa oscuridad nocturna. Y luego, el golpe inesperado que hizo estallar el vidrio de la ventana de la cocina.

La Reina Loca, enmarcada en mi ventana de madera amarilla. El agua le había corrido el rímel y los ojos eran aún más grandes y más agónicos. Tenía el pelo largo suelto y los mechones delanteros, sujetos detrás de las orejas.

Recogió el vestido con modos de dama sureña para ingresar a mi casa por la ventana, como si siempre hubiese sido la suya. Detrás de ella, el nuevo, su fiel monaguillo con mochila de alpinista.

Volví a empuñar el cuchillo grande que había descartado en primer lugar. Ahora tenía dos cuchillos y estaba parapetada detrás de una silla. Era obvio, aunque en el momento me negaba a pensarlo, que si todos se decidían a entrar y atacarme no habría cuchillo ni parapeto posibles. Deseé como nunca, yo que he sido siempre cordero manso, una pistola.

Todo sucedió tan rápido.

Sin embargo, ahora cuando pienso en ello, vuelvo a ver la precisión de los cortes, la sangre, lo correoso de la carne abierta, las vísceras que escapan de las membranas, los huesos como husos. Todo regresa a mi memoria con lentitud. También las luces del coche, los gritos. Siempre acabo vomitando o con el estómago revuelto ante el recuerdo de esa noche. Me destroza los nervios pensar en Miami, en esos chicos, en mi marido, en todo lo que sucedió entonces.

Ya dentro de la casa, la chica encendió las luces. Conocía el lugar donde estaban las llaves; podía moverse con los ojos cerrados por el interior de mi casa. Sin decir palabra, el chico nuevo abrió la mochila. Extrajo: dos cuchillos grandes, un par de guantes descartables, dos bolsas de residuos, un gancho como los que usan los carniceros para colgar las medias reses en las cámaras. Y a Philip dentro de una tercer bolsa. Todo lo dispuso prolijamente sobre la mesa. Pensé que el gato estaba muerto. Me habría tapado la boca ‒quiero decir, ese fue mi impulso‒ pero tenía las manos ocupadas con los cuchillos. Además Philip no estaba muerto. Estaba drogado, supongo, como el resto de esos chicos tontos. Las bocas entreabiertas del gato y de esos muchachos que aplastaban sus narices en mis ventanas respiraban casi al unísono. ¿Por qué no entraron todos juntos a la casa? ¿Por qué se quedaron afuera? ¿Cuántas veces habían repetido esa idéntica ceremonia? Ella, la Reina Loca, adentro con algún novato y los otros, afuera, contemplando la escena con los ojos bovinos.

‒Enhébrale la pata al gancho y lo cuelgas en ese barral ‒ordenó la chica. Por su inglés supe que era sureña.

Hubiera querido gritar: «no lo hagas», pero las palabras no acudieron a mi boca. Solo di un par de pasos con los cuchillos hacia adelante, como una sonámbula armada. No me atreví a más que eso; no hubiera podido hacer más que eso. La Reina Loca decidió ahorrarse cualquier imprevisto. Hizo una seña a sus muchachos afuera y unos segundos después, todos estaban dentro de la casa.

‒Deje los cuchillos, Miss, y tengamos la noche en paz. Dos de los chicos me tomaron por las muñecas y un tercero me los quitó.

‒Así está mejor. ¿A que sí, Miss?‒ dijo la chica (también ella me llamaba «Miss», qué locura).

Me acarició. Tenía las manos ásperas y frías; olían a lluvia, pero el aliento era de alcohol y cigarrillo.

Hubiera querido insultarla o escupirle la cara. Tampoco pude.

‒Ahora, a lo nuestro; a trabajar ‒ordenó al chico nuevo‒. Tampoco vamos a estar aquí toda la noche. ¿A que no, chicos?

Las manos del nuevo temblaron un poco. ¿Podría contar con él? ¿Se rebelaría en el último minuto? ¿Tenía alguna posibilidad de escapar mi Philip? Las manos del nuevo temblaban ahora más. Eran manos comunes. Ni gruesas ni flacas, ni lampiñas ni velludas. Pero sí se notaba –era evidente‒ que eran manos blandas, como de estudiante, poco habituadas a las tareas manuales. ¿Cuánto pesaría Philip? Unos siete y ocho kilos, quizá diez –últimamente había engordado‒. Para el nuevo pesaba igual o más que un reno. No se atrevía con él. Herir o matar ‒un animal o un hombre, da igual‒ con tus propias manos no es lo mismo que hacerlo de un disparo, como esos soberbios cazadores del Wild Life Channel. Ahora lo sé: la carne se opone, se resiste. Los músculos son elásticos y fuertes. Él tenía que encontrar el modo de ensartar un gancho en la carne viva y peluda de un gato. Evitar el hueso, buscar las fibras debajo de la pelambre. La cabellera rubia de mi Philip.

No era una tarea fácil.

Philip luchaba cabeza abajo, todo lo que le permitían los efectos del narcótico, mientras el chico nuevo batallaba contra el miedo y el asco. Yo también debo de haber forcejeado con los muchachos que me sujetaban, porque luego, cuando todo hubo terminado, comprobé que tenía las muñecas con moretones. El nuevo, después de varios intentos, de arcadas contenidas y de gemidos de Philip, consiguió agujerear la carne del gato. En el muslo izquierdo.

Philip colgaba de una pierna y un hilo de sangre iba manchándole el pelaje lentamente. Como una bandera española invertida: amarillo, rojo y amarillo.

Lo peor no era estar indefensa. Lo peor no era estar en una casa alejada con unos chicos enajenados que, quién sabe por qué, estaban practicando un rito de iniciación sobre mi gato preferido. Lo peor era la incertidumbre, el miedo de saberse a merced de La Reina Loca y de quién sabe qué drogas y cuánto alcohol llevaría en sangre. ¿Para qué me querían a mí de testigo? ¿Por qué, de todos los lugares del mundo, tuvieron que elegir mi casa? ¿Era eso lo que sabía Jaime, que mi casa había sido el cuartel permanente de operaciones de estos chicos? Cuántas preguntas acudían a mí y ninguna tendría respuesta.

La Reina Loca ordenó al nuevo lamer un poco de la sangre que goteaba del animal. Ella misma puso el dedo en la herida del gato y se lo llevó a la boca. Se pintó los labios con la sangre. Luego dio varios giros, puso los ojos en blanco y todos esos muchachones oliendo a búfalo la celebraron con un extraño cántico y aplausos.

Nunca sabré qué pruebas suponía el rito de iniciación completo.

En mi interior, tenía la certeza de que el nuevo no las habría superado. Lo intuía porque sus ojos no tenían el brillo húmedo que tenían los ojos del resto de los secuaces, ni la furia de la Reina Loca. Yo quería creer que, a pesar de la sed de reconocimiento que tenía, todavía le quedaba un destello de bondad en los ojos. El nuevo era el único del grupo que era capaz de dudar ‒por miedo, asco, por lo que fuera‒, y la duda hace que uno conserve un dejo de humanidad. No, el nuevo no pasaría las pruebas. Confirmé mis sospechas cuando vi que era el primero en escapar.

Los faros de un coche brillaron en la cocina.

Era mi marido que regresaba. Se había dejado los documentos en casa. Olvidar su documento fue su forma inconsciente de dejar atrás su identidad. Él no era quien decía ser hacía ya mucho tiempo. Por supuesto, no iba a una convención de negocios; por supuesto, no iba solo. Lo único verdadero era que partía una semana a Las Vegas y que sin documentos no pudo comenzar su viaje. Y regresó a casa con ella ‒rubia oxigenada, de ojos grandes, casi una réplica envejecida de la Reina Loca‒ sentada con desparpajo en el asiento del acompañante. Yo no sé por qué a veces la vida hace ese juego de espejos deformados. Pero nada de eso pertenece a esta historia. O casi. Lo único que importa es decir que la luz de dos faros alcanzó para ahuyentarlos. Todos huyeron de pronto, desbandados como aves nocturnas con los primeros rayos del día; y el nuevo, el primero. Solo quedó Philip a medio morir en nuestra cocina y la mochila de alpinista.

Descolgué la pata de Philip del gancho y lo puse sobre nuestra mesa. No quedaba nada de su histrionismo, de la vivacidad de sus ojos azulados. Todo el pelaje amarillo ensangrentado. No tenía fuerzas ni para gemir, el pobrecito. Mi marido entró en la casa con los ojos turbios y los pies llenos de barro. ¿Que teníamos para decirnos que no fuera ya sabido por los dos?

Tomé el cuchillo, el pequeño y filoso como recomendaban en ese documental de caza. Mi marido no alcanzó a preguntar nada. Ni quiénes eran los chicos que seguramente vio correr, ni qué hacían allí, ni qué le había sucedido al gato. Ni siquiera pudo preguntar por la maldita mochila de alpinista con la que había tropezado. Di dos pasos hacia adelante y él retrocedió cuatro. Sin mediar palabra y sin dejar de mirarlo a los ojos y de una sola puñalada, abrí por completo el vientre del gato. Lo hice con tal fiereza que rayé también la madera de la mesa.

Además de las vísceras y la sangre, del vientre del animal salieron tres fetos mojados y de ojos fruncidos. Resultó que Philip tampoco era quien yo pensaba. Nadie lo es.

Mi marido contuvo la arcada. Luego se derrumbó sobre una silla. La mujer que lo esperaba en el coche hizo sonar dos veces la bocina. De algún modo, había dejado de importarnos. Fue como si la sangre de la gata se adueñara de nosotros: seguía escurriéndose desde la herida hasta el borde de la mesa y de allí hasta el suelo. ¿Cuántos minutos fueron necesarios para que Philip se convirtiera en un felpudo machucado? ¿En cuánto tiempo se habían perdido la vida de la gata y de sus fetos? Me miré las manos ensangrentadas y el cuchillo‒ ya no llovía, yo no sé qué olores traería entonces el viento, ni cuántos árboles o plantas la tormenta había arrancado de cuajo‒. La rubia seguía tocando la bocina del coche a intervalos rítmicos cada vez más apremiantes. Mi matrimonio no era lo que yo creía sino exactamente lo contrario. Y yo me decía a mí misma que lo único fértil y vivo de esa casa había sido arrasado por mis manos.


*Este cuento fue publicado en: La condición animal © 2016, Valeria Correa Fiz , Editorial Páginas de Espuma. 

Estas notas fueron encontradas en una carpeta de cuero, escritas en papeles sueltos de buena calidad. La carpeta estaba dentro de un viejo baúl, debajo de un tapado de piel de zorro comido por polillas, pequeños discos negros, varias agujas rotas, retazos de tela cosida hecha jirones y frascos medicinales vacíos, en un edificio declarado en ruinas, el último de varios que serían demolidos para dar lugar a viviendas modernas e higiénicas.

No pude haber nacido en ninguna otra ciudad más que en esta, una gran capital europea de arquitectura hermosa y llena de detalles: un castillo sobre el río, una extensión de cúpulas doradas y cobrizas con forma de cabezas de ajo, gárgolas, campanarios, trenes, postes de luz que parecen lunas atrapadas en vides negras, claraboyas como rocío sobre los edificios, fábricas, talleres, cabarets, un bosque de hierro, piedra, vidrio. Desde luego, no puedo imaginarme existiendo en un pueblo americano o siberiano, en un desierto, un valle. Sólo he visto lugares así en los libros, nunca he abandonado la ciudad en la que nací. Recibo muchas invitaciones para visitar casas de campo en países extranjeros, castillos, la costa, pero me asusta pensar que podría desaparecer al instante tras poner un pie fuera de esta ciudad, como una nube de smog.

Me siento en parte hierro forjado, en parte humano y, no voy a mentir, en parte alimaña.

Tengo ocho piernas, y la parte superior del cuerpo de un hombre normal. Cabello negro, nariz elegante y melancólicos ojos verdes, unos buenos dientes falsos hechos de colmillos de elefante; me hice extraer los verdaderos, como muchos caballeros de mi ciudad, para poder disfrutar de ricas comidas y bebidas sin visitas continuas al dentista. Hice que diseñaran mis dientes falsos para que fueran más afilados que los originales, más parecidos a colmillos. Muchos hombres, jóvenes y viejos, copiaron mi estilo.

Mi aspecto hace pensar en una araña, un paraguas, una marioneta.

Por cómo me muevo, parezco una mano grande con algunos dedos de más. Gracias a dios, sólo tengo un juego de genitales. La delicadeza y la sensación de tener uno entre cada pierna sería insoportable.

Los espacios entre mis otras piernas parecen axilas, pero un poco más firmes. Son peludos. Me saco el pelo con cera, para que haya menos ambigüedad al observar mi cuerpo desnudo. Cuido mucho de mis pies, cada uña está cubierta de esmalte brillante y transparente, cada planta bañada en polvo perfumado.

Mi ano está justo debajo de mí, mis nalgas son un círculo en el centro de mis piernas, como un sanitario sobre el que se sienta permanentemente mi torso. Me resulta mucho más fácil usar un orinal que un inodoro moderno, y los cafés que frecuento me proveen siempre de uno. Luego me limpio con una tela húmeda. Cuido mucho mi apariencia. Tengo trajes hechos especialmente a la medida de las proporciones de mi cuerpo, aunque algunos, incluyendo a mi doctor, han sugerido que me resultaría más cómodo usar una bata.

Nunca uso zapatos que no combinen, aunque algunos deben pensar que me gustaría, para exhibir mi vasta colección de calzado. Compro cuatro pares de cada zapato que quiero, y los uso todos a la vez.

Podría ser un arabesco de piedra que sale reptando de un edificio, o el artilugio complejo de un barbero, un fotógrafo o un matemático. Podría ser una de las tantas cosas que existen en la ciudad moderna, desempeño varios papeles en muchas fantasías.

Es imposible imaginar a mis padres, creo que simplemente surgí de la ciudad, salí de una rejilla humeante como Venus del océano. Hay muchos hombres en la ciudad, deformados por las armas y los cañones de la última guerra, a los que solo les quedan uno o dos miembros, o ninguno; de alguna manera son mis padres. Si no hay nada escandaloso en un hombre con un solo miembro, ¿qué hay de escandaloso en un hombre con ocho?

Cerca de mi departamento, en un pequeño vagón de madera afuera del metro, vive un soldado con un solo brazo y sin ningún otro miembro.  Siempre le daba monedas hasta que un día me preguntó si, en cambio, podía darle dos de mis piernas. Se rió, pero en sus ojos había tanta envidia, tanta avidez, que nunca más me detuve a darle nada. Me escapé corriendo sobre mis ocho pies, infinitamente valiosos, una abundancia de carne.

Según me contaron, me dejaron en la puerta de una iglesia, como una gárgola que se hubiera caído de la fachada. Me llevaron a un orfanato, pero yo era demasiado excepcional para estar mucho tiempo en un orfanato, pronto se corrió la voz sobre mí. Un puñado de mecenas amables y curiosos contrataron a una niñera para que me criara, tutores que me educaran, un doctor que velara por mi salud. Yo era el favorito entre las mujeres ricas. Nadie me poseía, me consideraban un hijo de la ciudad. Toda la gente importante me visitaba, me traía juguetes, libros, instrumentos musicales.

A pesar de que no estaba obligado a aprender alguna habilidad específica, o a resaltar mi diferencia con trucos extraños, como el enano de circo al que se le enseñan malabares y bailes, yo tocaba un poco el piano, tenía una bella voz y sabía aritmética. Pero sabía, desde muy temprana edad, que me dedicaría más que nada a placeres menos esforzados: comer, beber, leer, amar.

Mis piernas son algo débiles, largas pero un poco infantiles, a pesar de los ejercicios especialmente concebidos por mi doctor. Es necesario que camine con un bastón. Tengo uno con una araña plateada en el mango.

Muchas veces obligo a las mujeres a sentarse sobre mí a horcajadas, para no debilitarme demasiado. Duermo como lo hacen las flores, cerrado como un paraguas.

Tengo muchas amigas mujeres, y muchas me cortejan. Una de ellas, la esposa rica de un barón, mandó hacer para mí un tapado de piel de insectos. Hizo matar a cientos de abejas y tarántulas con la intención de seducirme, pero yo nunca había sentido tanta repulsión. Me importan profundamente las criaturas que otros desprecian: las arañas, las polillas, las ratas, los ratones, toda clase de insectos. Son mi especie.

Tengo dos ratas como mascotas, una blanca y una negra. Odilon y Claude, a quienes llevo conmigo a todas partes en una jaula de cuero y oro. Las alimento con almendras confitadas, pedazos de salchicha y naranjas. Me aprecian, les gusta trepar por mis numerosas extremidades, y yo mando hacer los trajes con algunos centímetros extra de género suelto para que puedan sentarse cómodamente entre mis piernas y la tela. La gente suele confundir sus contornos abultados con deformaciones adicionales de mi cuerpo, y se horrorizan cuando se mueven.

Soy la musa de la ciudad. Muchos artistas me han pintado, y hay una escultura de mi cuerpo –desnudo, excepto por un sombrero hongo– en un jardín público, sobre un pedestal que tiene tallado un poema escrito en mi honor.

Un arquitecto diseñó un pabellón de acero y cristal lleno de palmeras donde se puede tomar el té, que tiene una imagen en bronce de mi cabeza en la parte superior, y un teatro circular de mármol blanco y negro, donde el diseño de los arcos de mármol negro emula la forma de mis piernas.

También gano sumas considerables haciendo anuncios de absenta, loción para afeitar, obleas, agua con gas, botas, corbatas de moño, jabón, plumeros, joyas, trufas, seda, dulces de almendras, regaliz, máquinas de escribir, estudios de fotografía, pintura, hilo, té, perfume, café, aceite de bergamota, elásticos para las medias, galochas, ostras enlatadas, paraguas, cera para bigotes, medias de red, bastones, sombreros hongo y turrones.

Me niego a hacer anuncios de insecticida, aunque me lo han pedido varias veces. Cómo odio esos horribles negocios con ratas clavadas a la fachada, cajas de veneno, trampas para criaturas de todos los tamaños, algunas tan grandes que podrían atrapar a un niño desafortunado.

Cómo me gustan las cucarachas, los piojos, las pulgas, las palomas, las polillas, las ratas, los ratones, las arañas, los gorriones y, por supuesto, los cimex lectularius. Es gracias a mí que estos moradores de la ciudad tienen un lugar seguro. Usando mis amplios fondos creé un zoológico donde una selección de estas criaturas a las que llaman alimañas puede existir en fascinante proliferación, en un área cercada de la ciudad donde se construyeron túneles de vidrio para que los ciudadanos humanos puedan pasar sin molestias ni picaduras. Los visitantes les traen carne podrida, pan rancio, ropa y sábanas viejas. Para algunos es relajante, incluso adictivo, mirar a las criaturas propagarse, consumirse, morir; verlas existir en un espacio donde pueden vivir sin restricciones, sin veneno, sin escobas, trampas, felinos o perros.

Visto de lejos, mi zoológico parece una gran galería o una estación de tren. Tiene muchos techos de vidrio, y grandes frontones con frescos que muestran roedores o insectos. En la entrada hay una estatua de bronce de mí, con una rata en una mano y una polilla en la otra.

Me encanta el pabellón de las polillas, porque esas criaturas lo consumen todo. Las polillas están encerradas en una estructura que parece un invernadero. Cada mañana, un hombre con un traje como de apicultor abre uno de los paneles de vidrio y tira una bolsa de pan rancio y una pila de tapados. En esa profusión, los enjambres de polillas parecen franjas de tela marrón, o árboles tropicales extraños y siniestros, que se mecen con una brisa desconocida.

Dentro del pabellón de las ratas hay una maqueta en miniatura de nuestra ciudad, con los mismos edificios y calles, para que uno pueda mirar a las ratas, tan parecidas a los hombres, con sus manos y sus bigotes, hacer sus cosas: reproducirse, comer y digerir. Las cucarachas y los ratones se mantienen escondidos debajo de viejos colchones y sillones. Si uno golpea el vidrio de su jaula con un bastón o con el puño, se mueven de un escondite a otro, como tormentas de marrón y gris. Siempre llevo conmigo un par de prismáticos, para mirar las pulgas y las chinches.

El pabellón de las arañas es silencioso. Tiene tantas telarañas que, por su blancura, parece un paisaje ártico. Está siempre quieto, salvo por la comida de la mañana, cuando se sacrifican moscas y otras criaturas pequeñas. Para mí hay una gran diferencia entre una araña que necesita sangre, y por lo tanto debe matar, y el aplastamiento innecesario de arañas simplemente porque no nos gusta la apariencia de sus telarañas en nuestros alféizares. En el zoológico, el hilado de las telarañas es apenas perceptible para el observador, pero las arañas se comunican entre sí tocando sus telas como las cuerdas de un instrumento, una música armónica que se puede oír cuando todo lo demás está en silencio. Son arañas domésticas comunes, de los alféizares y las esquinas de mi ciudad. Algunas mujeres que creen en los augurios visitan el zoológico específicamente por las arañas, les rezan casi, les cuentan sus secretos y sus penas, como si sus palabras fueran a ser absorbidas por las telas. He oído que algunas mujeres jóvenes traen en estuches preciosos la pulpa de su menstruación para dársela a las arañas, creyendo que hacerlo les traerá amor, matrimonio, hijos, incluso la muerte. El cuidador del zoológico me ha mostrado esos estuches, parecidos a los que contienen anillos, pero manchados de sangre. Los guarda en su oficina, después de tirar los coágulos de sangre al pabellón de las arañas.

Yo también genero atenciones de ese estilo. Mujeres insatisfechas con sus maridos e incapaces de concebir vienen suplicando a mi departamento. A veces las ayudo, si los regalos que me traen son lo suficientemente exquisitos: una estola de piel, o un cajón de granadas o naranjas rojas envueltas en papel de oro, por ejemplo. Todos los niños que resultan de ello tienen mi rostro distinguido, pero ninguno tiene mis piernas múltiples. Algunas mujeres se ponían demasiado nerviosas o inquietas al verme desnudo, con mi falo extendido como una novena pierna. Las mujeres más capaces de tratar con una variedad de cuerpos diferentes eran las prostitutas. Me contaban sobre cientos de deformidades escondidas debajo de la ropa de los hombres. Nunca se sorprendían ni se escandalizaban. En público, yo pasaba la mayor parte del tiempo con actrices y cantantes de ópera. Tenía mi propio palco en todos los teatros y salas de ópera de la ciudad. Siempre usaba una capa negra y me sentaba al fondo del palco, escondido a medias en las sombras, para no desviar la atención de la obra. Era el hombre más famoso de mi ciudad, mi rostro estaba en todas partes. Era como un monumento tan grande que es visible desde cualquier lugar donde uno esté parado. Incluso habían escrito una ópera y un ballet sobre mí. El ballet se llamaba Hijo de Aracné. La ópera, La araña negra.

Me han pedido que suba al escenario, pero mi salud no me lo permite. Sería demasiado agotador, además de todas mis otras actividades.

Sin embargo, fue luego del estreno de Hijo de Aracné que caí en la desesperación. Para el pas de deux, un hombre y una mujer vestían tutús diseñados para parecer piernas múltiples (¡ah, ese equivalente femenino de mí que no existe!). ¡Cómo bailaban juntos, mientras yo afronto la vida solo! Compré una tarántula hembra en una casa de animales exóticos y la puse en una caja de cristal con forma de palacio, me acosté con cuatro prostitutas a la vez para estar inmerso en un revoltijo de piernas femeninas, y luego tomé prestado el traje de ballet e hice que una de las mujeres se lo pusiera, pero nada me satisfacía. Daba largos paseos nocturnos en mi carruaje. El carruaje mismo parecía una araña, e hice que diseñaran las cortinas de encaje para que parecieran telarañas. Yo seguía buscando; me parecía imposible que esta ciudad de fábricas, de tiendas especializadas –esta ciudad que podía producir cualquier cosa en grandes cantidades–, solo hubiera producido uno sólo de mi especie. Me detuve frente a las catedrales góticas y los balcones ornamentados, esperando que una amante parecida a mí bajara reptando de sus alturas.

Una de esas noches, conduciendo por un boulevard comercial donde las luces de las vidrieras permanecían encendidas toda la noche, divisé un muslo hermoso pero inhumano y le pedí a mi chofer que se detuviera. Era una tienda de máquinas de coser. La máquina de la vidriera tenía cuatro piernas, como plantas de hierro, un cuerpo de madera, un cuello curvado de metal como de cisne, una plataforma circular que hacía correr la tela, no muy diferente de la bandeja de un gramófono donde se coloca el disco, y una boca pequeña con un único diente de plata. Era una criatura moderna, inusual. ¡Qué hermosa música debía hacer! Su nombre era Florence, estaba escrito en la vidriera de la tienda. Florence. Me quedé ahí sentado en mi carruaje hasta que amaneció y abrió la tienda. Compré apresurado la máquina de la vidriera. Me preguntaron si quería que la desarmaran para llevar, pero hice que la colocaran así como estaba en mi carruaje. Conduje por la ciudad, mis piernas entrelazadas con las suyas, dos de mis pies apoyados en sus pedales con silueta de horma.

Los dueños de la tienda me dieron un catálogo de máquinas de coser; todos sus nombres eran cautivantes: Cleopatra, Condesa, Dolly Varden, Daisy, Elsa, Alexandra, Diamante, Gloria, Pequeña Joya, Godiva, Jennie June, Perla, Victoria, Titania, Princesa Beatrice, Penelope, Reina Mab, Emperatriz, Anita, Bernina, Pequeña Maravilla, pero ninguna lo era más que mi Florence, que iba sentada frente a mí.

De vuelta en mi departamento, intenté traerla a la vida. Puse un pañuelo de mi bolsillo debajo de su boca, le di de comer hilo de la mejor calidad, apreté el pedal, pero ella era terca. Me insultó con largas puntadas irregulares, líneas toscas sobre mi pañuelo. Lloré, la abracé con desesperación, besando el cuerpo metálico, pero ella estaba quieta y glacial.

Florence quería decirme que necesitaba una mujer que la asistiera, una dama de compañía. Le pedí a uno de mis sirvientes que llamara a una de las prostitutas que yo solía frecuentar y que la trajera en mi carruaje lo antes posible. Se llamaba Polina y su cabello negro y enrulado me recordaba a las piernas de Florence.

Luego de desnudarse, le dije que se sentara a la máquina y cosiera.

Ella apretó el pedal y se rió, tirándome un beso. Se levantó y trató de venir a sentarse conmigo en la otomana, pero le exigí que volviera a sentarse junto a Florence. Hizo una mueca de enojo y se quejó: qué utilidad tenía que supiera cómo usar una máquina de coser. Su Madama le arreglaba la ropa interior cuando esta se rasgaba. ¡No servía! Necesitaba una profesional, una costurera. Le dije a Polina que se fuera. Inmediatamente escribí un aviso para el diario y lo envié por telégrafo para que se publicara la mañana siguiente.

SE BUSCA

COSTURERA

Ay, aquellas pobres criaturas con gafas, que vivían en sótanos y áticos, alimentándose de sopas aguadas y latas abolladas de pescado, con las espaldas jorobadas, los dedos flacos y callosos. Sí, había algo de insecto en ellas. Entrevisté a muchas, y me decidí por una joven criatura, aún no deformada por su profesión. Su cabello era del mismo color castaño que el torso de madera de Florence. Hice que la midieran, y le encargué un vestido de encaje negro que tenía el mismo estampado que las piernas de Florence. Compré rollos de seda blanca, negra y dorada, para que Florence me hablara a través de ellos.

La chica se ruborizó cuando se puso el vestido, se veían sus pechos y su trasero a través de la tela. Me senté cerca y le pedí que se sentara con Florence y comenzara.

Ah, esas puntadas como marcas de lápiz labial sobre servilletas de papel, dulces poemas. La chica trabajó y trabajó, acariciando a Florence en una hermosa danza. Apreté las telas terminadas sobre mi pecho. No quería que la chica se detuviera, cerré las cortinas. Ambos nos hipnotizamos; no sé cuánto tiempo pasó, pero miré y miré, mientras le decía a la chica, respirando rápido, “¡No pares, no te detengas!”, hasta que ella colapsó, la tela se enredó y la boca de Florence se fue deteniendo hasta quedar inmóvil.

Florence, mi amante, había matado a la costurera. Mi estufa era más decorativa que utilitaria, una caja verde y negra con tantas figuras ornamentales y rostros como una sala de ópera. Yo comía en restaurantes, y no usaba la estufa más que para calentar azúcar, así que me llevó todo el día quemar los restos de la costurera, a la que corté en pequeños pedazos del tamaño de un mejillón, no sin antes quitarle el vestido, por supuesto, y colocarlo con cuidado sobre Florence, que era su verdadera dueña.

Muchas veces estuve tentado de llevar el cuerpo de la costurera a mi zoológico. ¡Ah, cómo la consumirían en un instante las ratas, las polillas y las pulgas!

Había pasado días, noches, en compañía de Florence y la costurera, sin noción del tiempo. Cuando el cuerpo de la costurera se quemó por completo, yo estaba hambriento, enormemente debilitado. Besé a Florence y fui a un restaurante. Comí mi comida rápido, estaba impaciente por volver junto a Florence, pero necesitaba otra costurera. No podía usar el mismo diario.

Esperé en mi carruaje cerca de una fábrica de ropa y cuando las chicas salieron para volver a casa, me acerqué y hablé con una que me atrajo; el mismo pelo castaño, el mismo tamaño que mi primera costurera, para poder reutilizar el vestido. Antes de empezar, le di a la chica una comida traída desde el restaurante, para que durara más tiempo, pero no tan pesada como para ponerla letárgica.

Leí los listones de tela, sus puntadas finas, rectas, un lenguaje misterioso y vigorizante, una gran novela de amor para mí. Me envolví en ella, sólo dejaba el departamento para comer, para buscar más costureras, para comprar más tela.

En honor a Florence, abrí un museo de máquinas de coser que, además, me proveería de un flujo constante de costureras. Lo llamé Museo Florentina, y era un edificio de hierro y cristal que parecía una magnífica telaraña. A mis mecenas les encantó la idea, aunque nunca habían cosido. Sería un reconocimiento al trabajo de las mujeres, y me dieron el dinero que necesitaba. El museo se planificó bajo mi dirección, y los fabricantes de máquinas de coser donaron modelos y aportaron más fondos.

Las costureras venían al museo los fines de semana de a montones, por la extraña curiosidad de ver máquinas diferentes de las que ellas usaban o porque tenían miedo de estar lejos de ellas. Nadie las amaba, de modo que dirigían su afecto hacia las mismas máquinas que las destruían. No tenían máquinas de coser en casa, no podían pagarlas. El simple hilo y aguja no les bastaba, así que venían a mi museo en sus horas libres, con sus corazones solitarios deseosos de ver un pedal, una rueda. Las máquinas habían desfigurado a las costureras, estas ponían toda su juventud y belleza en vestidos, cortinas y trajes. Era fácil reconocerlas: la piel pálida; los ojos cansados sobre semicírculos violeta, como anteojos de un color violento; la bizquera; los dedos consumidos, casi como agujas, escondidos en guantes baratos; las piernas temblorosas que habrían sido musculosas de tanto pedalear si hubieran tenido más carne para comer.

El museo tenía un café al que yo iba todos los fines de semana para tomar anís y pasteles de crema de pistacho y café en pequeñas tazas negras y doradas. Las costureras se sentaban a las mesas de hierro forjado con arabescos, balanceando las piernas. Usaban sombreros y zapatos hechos de cartón negro, y llevaban bolsitos llenos de pastillas de hierro y tónicos, que solían darles en la fábrica para mantenerlas con vida, y que ellas tomaban con el café.

–Si pudieras hacerme un corto trabajo de costura, tengo una máquina, unos pijamas de seda que se rasgaron, qué dedos tan finos tienes, te pagaré, por supuesto, y también te daré la cena, un buen filete, un pollo asado.

Perdían la noción del tiempo, no había relojes en mi departamento con este fin, las cortinas estaban cerradas, el aire era denso a causa de la estufa y las lámparas de gas. Las hacía trabajar durante días, y se hipnotizaban, al igual que yo, mirando cómo se movían las hermosas extremidades de hierro de Florence.

Pero llegó un punto en que mirar a las chicas languidecer de cansancio, ver cómo la máquina las consumía, sentir la tela cubierta de puntadas doradas, negras, verdes y rojas ya no fue suficiente. Quería estar involucrado en el proceso, ser tocado por Florence.

Me abrí la pierna con una navaja y le dije a la costurera que estaba sentada frente a Florence, una criatura débil con una fina trenza negra:

–Cóselo, querida. No, no hay necesidad de llamar a un médico, sólo cóselo, querida, en la máquina.

Sin limpiarme la sangre, coloqué una de mis piernas debajo, pálida y cubierta de vello negro, como un rollo de tela aplastado por el peso de alguien dormido, y le ordené a la costurera que cosiera, con la carne fría y metálica de Florence suspendida sobre mí. ¡Qué alivio, qué dicha, qué dolor con esa primera puntada!

Para mí, eran pinchazos de amor. No eran tan legibles ni tan parejas como las puntadas sobre la tela, pero eran igual de hermosas.

Enseguida mis ocho piernas estaban cubiertas de puntadas y cicatrices, como un muñeco de trapo. Los besos de Florence. La pérdida de sangre me debilitó en extremo.  Empecé a caminar con dos bastones en lugar de uno y empecé a tomar pastillas de hierro y tónicos, igual que las costureras. Casi no tenía apetito por la comida, estaba demasiado enamorado. Para mis visitas al zoológico compré una silla de ruedas que empujaba uno de mis sirvientes, pero más allá de eso, no salía de mi departamento, rechazaba invitaciones, ya no modelaba. Sólo mis criaturas del zoológico, pensé, entendían mi deseo ardiente de Florence, mi hambre interminable de la tela cubierta de sus puntadas, de sus puntadas sobre mi piel. Compré una bolsa de pelucas para las polillas, salchichas para las ratas y una jaula llena de gatitos para las pulgas. Las miré comer, y luego volví a casa.

Las pocas veces que recibía visitas entre medio de las costureras –para no levantar demasiadas sospechas, ya que antes había sido tan sociable– cubría a Florence con una tela. No quería que vieran algo que para mí era tan íntimo.

Deshacerme de las costureras usadas era agotador, compré una estufa más grande, con el argumento de que sufría el frío cada vez más. Ni siquiera podía pedir ayuda a mis sirvientes. Despedí a todos menos a uno, el que conducía mi carruaje. Cuando fui a ver al doctor, me rehusé a que me mirara las piernas; le dije que me había atacado el perro de una amiga. El doctor me respondió que tenía que dejar de verla de inmediato y mantenerme alejado de los perros. No podía permitirme perder más sangre, necesitaba más que el común de las personas a causa de mis miembros extra; mi corazón estaba sobreexigido.

Ay, sí que lo estaba, pero él no sabía hasta cuánto. Le dieron asco mis puntadas. ¿A qué horrible cirujano clandestino había acudido, y por qué? ¿Por qué no había ido a verlo a él, mi doctor de cabecera desde la infancia? Me dio un frasco de líquido antiséptico para ponerme en las heridas. Me juré no volver a visitarlo.

Tenía pilas de telegramas, invitaciones, cartas, diarios, pero lo único que leía era la tela de Florence, sí, y sus pinchazos de amor, creo que está empezando a amarme; yo la alimento, ella escribe y escribe

La última página termina con una mancha borrosa, es demasiado vieja para que el ojo desnudo pueda determinar si se trata de sangre, tinta o alcohol.

Fue durante una excursión por la selva cuando ocurrió lo de mi mujer. Caía un atardecer verde, poderoso, de esos con los que uno alardea delante de las visitas. («Cómo nos cubría el sol aquella tarde, ¿verdad? Lo pasamos de miedo»). Por lo demás, nuestra barca se deslizaba silenciosamente río arriba. Yo controlaba a cada minuto mi reloj de carillón. Es una costumbre.

—Niños, ¿veis a esas hormigas comiéndose a un nativo, allí, en la otra orilla?

—Sí, papá, las vemos bien —me respondieron mis criaturas.

Hacia dónde íbamos, en realidad no lo sé, pero me prometía para mí mismo una tarde feliz en compañía de Loretta y mis dos hijos gordos. Juntos, los cuatro, escuchando el chillido de los mandriles en la espesura; quizás permitiéndonos sentir algo de miedo (ese nudo pequeño y gobernable en la boca del estómago) cuando se hiciera de noche y aún no hubiéramos establecido un campamento base. Entonces, en hora, justo como mí me gusta, probablemente seríamos capaces de descubrir dos pupilas sinuosas, de fuego, que nos acechan en la oscuridad tras una línea de árboles. Podríamos hacer una hoguera. Disfrutar de las cosas en familia.

—¿Te gustan las bestias, cielo? ¿Lo estás pasando bien? —le pregunté con inocencia a mi mujer, mientras le acariciaba en círculos lascivos el hueso de la rodilla.

Pero Loretta no me contestó. Sentada en el extremo de la barca, miraba el río con admiración, con deseo, con sus pensamientos muy lejos de allí. A mí esto me parecía muy bien, porque incluso a la mujer de uno hay que dejarla en paz de vez en cuando.

Me olvidé del asunto sin esfuerzo, y más tarde dije:

—Mirad. Una tribu que reduce cabezas nos saluda allá a lo lejos. Sed educados, chicos. Juntad las manos, a la de tres.

Eso era todo más o menos. Lo normal. Aunque recuerdo que, mientras la barca avanzaba pegada a la orilla, oímos varias veces agitarse masas enteras de árboles, como si algo gigante estuviera acechando en la trocha y la selva lo encerrara por poco tiempo. Mis hijos se quejaban bastante del esmoquin que les había obligado a ponerse. Pero he de decir que con esa apostura, erguidos como embajadores, sudando copiosamente y espantando los mosquitos que trataban de picarles en la nuca, yo veía en ellos una dignidad propia de quien está en el mundo con los dos pies, bebe dry martinis y deja su oliva limpia y reluciente. Ahora sé que hice bien. Recuerdo que un poco antes de que Loretta se levantara para anunciarnos aquello, mi hijo más gordo me preguntó si podían tirarse al agua y acercarse a los caimanes. Mis dos hijos, aunque son obesos, tienen ideas peligrosas.

—Papá, ¿nos dejas tirarnos al agua para que nos dé un beso uno de esos cocodrilos tan chulos? —dijo, poniendo cara de reptil abandonado.

—No. No os dejo.

—Por favor, papá. ¡Por favor! —gritaron a la vez.

—He dicho que no. Mirad la selva, que es magnífica.

Vi entonces, fugazmente, el movimiento elegante de Loretta. Vi cómo se levantaba en equilibrio sobre la barca y se mesaba la cabellera pelirroja, se colocaba bien el escote del vestido blanco y nos miraba en su abandono y su locura.

—No os soporto —anunció.

—¿Cómo dices, cielo? —respondí.

—Que no os soporto. No lo aguanto más. Quiero una vida.

Y entonces Loretta se zambulló con limpieza en el agua y comenzó a nadar río adelante. Es verdad que a uno le puede vencer el pánico en esas ocasiones. Resulta fácil que te entren ganas de, por ejemplo, ponerte a golpear un muro con la cabeza hasta machacarte el cráneo. Pero a mí no. En aquel instante, lo que realmente pensé fue en todos esos secretos que no conocía de ella. La verdad es sencilla: siempre había creído que no sabía nadar. En otras salidas, no sé, al mar o a la piscina fantasmal de nuestros vecinos de Baltimore, Loretta nunca expresaba ganas de bañarse. Comía aceitunas negras, hacía recortables de lavadoras para entretenerse, pero lo de meterse en el agua ni se sugería. Incrédulo, en aquel momento pude ver cómo atravesaba el río a toda velocidad, igual que una campeona de competición, y se sumergía y se elevaba, y se perdía más allá de donde podíamos verla con una libertad indómita.

—Te vas a enfriar, cielo —grité absurdamente, creyendo que volvería.

Aquella tarde de excursión sólo ocurrieron un par de cosas más dignas de ser mencionadas. Lo confieso, me sentía confuso y deprimido. El reloj de carillón se había parado sin que tuviera explicación (eso es bastante terrible), y los árboles seguían agitándose de manera extraña a nuestro paso. Fuimos encontrando los restos de la ropa de Loretta abandonados en la corriente. Trozos del vestido blanco que no tardamos en amontonar en la cabecera de la barca. Últimos mensajes a su familia. Imaginé que en cualquier momento nos toparíamos con un charco de sangre flotando en la superficie del río, signo de que Loretta había sido devorada, o ella misma había mordido en el cuello a algún animal. Pienso que así, mis dos hijos y yo podríamos meter las manos en el agua, tocar un poco de la sangre dulce de Loretta y olerla por última vez. Eso sería bueno. Sería una señal de aceptación. En cambio, no pasó nada de eso, y poco después topé con la roca de la realidad. Otra masa de árboles amarillos se agitó violentamente, como hacía un rato. Contuve la respiración cuando un primate de quince metros arrancó un peñasco, derribó con el pie un par de troncos podridos y avanzó al horizonte, con mi mujer —estoy casi seguro, porque estaba desnuda— recogida con ternura en el puño. Loretta le daba órdenes y señalaba con el brazo un lugar fuera de la vista.  En fin: el mono gigante, si no asentía, al menos parecía conforme.

—¡Un mono, un mono! —gritaron mis dos hijos, sin comprender absolutamente nada—. Mamá tiene que verlo. ¡Un mono!

Tuve que mandarles callar. Me acerqué a ellos, les miré a los ojos fijamente (con la seriedad con la que a mí alguien me miró una vez) y entonces les ajusté las pajaritas. Después hice lo mismo con la mía. Sentí que era mi obligación hablarles con voz clara.       

—Dignidad, hijos míos. Ante todo, hay que tener dignidad —Pude notar cómo me envolvía un desamparo desconocido al decir estas palabras—. A mi señal, los tres vamos a elevar la mano al horizonte. Vamos a pensar, muy entregados, que estamos sujetando una copa de dry martini. El sol y la selva tienen que reflejarse el cristal. Es lo único que nos queda.

Adentramos la barca en la orilla una hora más tarde; por primera vez solos en la selva y en todo el mundo. Me preguntaba cuándo podría explicarles la realidad a mis dos chicos. También si Loretta estaría en alguna cueva milenaria, en la oscuridad, sentada a horcajadas en la palma del primate, estableciendo ciertas reglas de convivencia. No recuerdo cuándo llegó el momento de hacer una hoguera, pero les dije a mis pequeños que se comportaran a su gusto.

—Anda, id a cazar algo grande. Así os entretenéis un rato y dejáis a papá tranquilo.

—¡Bien! —gritaron ellos— ¿Podemos destriparlo?

—Podéis —consentí—. Pero no hagáis demasiado ruido.

Ellos se aflojaron las pajaritas con alivio, se les encendieron los ojos (por un momento me recordaron a los peores animales) y se arrastraron selva adentro sin más preámbulos. Cuando estuvieron lejos, fabriqué una hoguera con una provisión de ramas secas que guardábamos en la barca. En unos minutos, las llamas verdes y esqueléticas ya se alzaban ante mí, y me encontré mirando el fuego con una tristeza que hasta ahora no había conocido. Pensé incluso en saltar hacia las llamas y desaparecer. Aún las admiraba cuando, de pronto, percibí una agitación en la espesura.

—Niños —susurré—. Ya vale de jugar con bestias carnívoras. Venid aquí.

El rugido sonó a lo lejos; suave, cristalino, atravesando como una epidemia las ramas y la trocha y las rocas azuladas de los peñascos. Un rugido tan enorme y a la vez tan familiar que durante un segundo me asustó y me hizo coger un palo afilado y ponerme en guardia. Las piernas apenas me sostenían. Pronto me di cuenta de que no era el mono. De eso nada. Era Loretta la que acababa de rugir a la noche azul, desde algún lugar desconocido.

Y aquel rugido aterrador crecía.

Unas horas después, antes de que mis hijos volvieran junto a mí y nos durmiéramos abrazados, decidí firmar estúpidamente en uno de los árboles. Con mi navaja, temblando, grabé mi nombre y el de mi mujer. Después los encerré en un corazón, muy juntos, y bajo ellos, simplemente agachando la cabeza para que nadie pudiera ver cómo se me humedecían los ojos, escribí una fecha que ya era y sería siempre como cualquier otra.


 

*Este cuento fue publicado en: Antes de las jirafas, Páginas de espuma, 2011.

Yo iba en el colectivo, sentado junto a la ventanilla, mirando la calle. De pronto un perro empezó a ladrar muy fuerte, cerca de donde pasábamos. Lo busqué con la vista. Otros pasajeros hicieron lo mismo. El colectivo no iba muy lleno: todos los asientos ocupados, y unos pocos de pie; estos últimos eran los que más posibilidades tenían de verlo, por tener una perspectiva más alta y poder mirar por los dos lados. Aun sentado como iba yo, en el colectivo se dispone de una visión alta, la perspective cavaliére, lo que veían nuestros ancestros montados a caballo; es por eso que prefiero el colectivo al auto, en el que uno va hundido pegado al piso. Los ladridos venían de mi lado, el lado de la vereda, lo que era lógico. Aun así, no lo vi, y como íbamos rápido me hice a la idea de no verlo; ya habría quedado atrás. La módica curiosidad que había despertado era la que despertaba siempre la ocasión de un incidente o accidente, pero en este caso, salvo el volumen de los ladridos, no había grandes posibilidades de que hubiera pasado nada: los perros que la gente saca a pasear en la ciudad rara vez le ladran a nada que no sea otro perro. Así que la atención general dentro del colectivo ya se dispersaba… cuando volvió a encenderse, porque los ladridos seguían a más y mejor. Entonces lo vi. El perro corría por la vereda y le ladraba a nuestro colectivo, lo seguía, aceleraba para no quedarse atrás. Eso sí era rarísimo. Antes, en los pueblos, en las afueras de la ciudad, los perros corrían a los autos ladrándole a las ruedas, yo lo recordaba bien de mi infancia en Pringles. Pero eso había quedado atrás, se diría que los perros habían evolucionado, se habían habituado a la presencia de los autos. Además, este perro no le ladraba a las ruedas del colectivo sino al vehículo entero, levantaba la cabeza hacia las ventanillas. Arriba, todos miraban. ¿Acaso el dueño había subido al colectivo, olvidándose a su perro o dejándolo abandonado? ¿O habría subido alguien que había robado o agredido al dueño del perro? No. No había habido una parada reciente. El vehículo venía avanzando sin detenciones por la avenida Directorio desde hacía unas cuantas cuadras, y sólo en la que estábamos recorriendo el perro había iniciado la persecución. Hipótesis más barrocas, como que el colectivo hubiera atropellado a su dueño o dueña, o a un congénere, podíamos descartarlas porque nada de eso había pasado. Las calles despejadas de un domingo a la tarde no habrían hecho pasar desapercibido un accidente.

Era un perro bastante grande, gris oscuro, hocico en punta, a medio camino entre perro de raza y perro de la calle, aunque hoy en día ya no hay perros de la calle en Buenos Aires, por lo menos en los barrios por los que transitábamos. No era tan grande como para meter miedo de entrada, pero sí lo bastante como para resultar amenazante si se enojaba. Y éste parecía enojado, o más bien, quizás por el momento, desesperado, urgente. No era el impulso de agresión el que lo movía (por el momento, quizás) sino el apuro por alcanzar al colectivo, por hacerlo detener, o quién sabe qué.

La carrera seguía, junto con los ladridos. El colectivo, que en la esquina anterior había tenido que esperar un semáforo en rojo, aceleraba. Iba cerca de la vereda, por la que corría el perro; pero lo dejaba atrás. Ya estábamos casi en la otra bocacalle, y parecía inminente que la persecución cesara. Sin embargo, para nuestra sorpresa, al llegar a la esquina el perro cruzó y siguió por la vereda de la cuadra siguiente, acelerando él también, sin dejar de ladrar. No había mucha gente en la vereda, de otro modo el animal los habría llevado por delante, tan ciego iba, la mirada fija en las ventanillas del colectivo, los ladridos más y más fuertes, ensordecedores, cubrían el ruido del motor del colectivo, llenaban el mundo. Se hacía evidente algo que debería haber sido evidente desde el primer momento: el perro había visto (u olido) a alguien que viajaba en el colectivo, y era tras él que corría. Un pasajero, uno de nosotros… No sólo a mí se me había ocurrido esa explicación, porque los demás empezaron a mirarse, a dirigirse gestos de interrogación. ¿Alguno lo conocía? ¿Alguien sabía de qué se trataba? Un antiguo dueño, un ex conocido… Yo también miraba a mi alrededor, yo también me lo preguntaba. ¿Quién sería? En esos casos, en el último en que uno piensa es en uno mismo. Yo tardé bastante en caer. Fue indirecto. De pronto, llevado por un presentimiento todavía sin forma, miré adelante, por el parabrisas. Vio que a ruta estaba despejada: delante de nosotros se extendía casi hasta el horizonte una fila de luces verdes que prometían una marcha rápida sin interrupciones. Pero recordé, con una alarma que empezaba a encenderse, que no estaba en un taxi: el colectivo tenía paradas fijas cada cuatro o cinco cuadras; es cierto que si no había nadie en la parada, o nadie tocaba el timbre para bajar, no se detenía. Nadie se había acercado a la puerta trasera, por ahora. Y con suerte no habría nadie en la próxima parada. Todas estas reflexiones las hacía simultáneamente. La alarma dentro de mí seguía creciendo; ya estaba a punto de encontrar sus palabras y revelarse. La demoraba la urgencia misma de la situación. ¿El azar nos permitiría seguir sin detenernos hasta que el perro hubiera renunciado a su persecución? Volví a mirarlo; había apartado la vista de él apenas por una fracción de segundo. Seguía corriendo a la par, seguía ladrando como un poseído… y él también me miraba. Ahora yo lo sabía: era a mí al que le ladraba, a mí al que corría. El terror de las catástrofes más impensadas se apoderó de mí. Ese perro me había reconocido y venía por mí. Y aunque, en la presión del instante, ya me estaba jurando a mí mismo negarlo, negar todo, no admitir nada, en el fondo de mi conciencia sabía que él tenía razón y yo no. Porque una vez, en el pasado, yo me había portado mal con ese perro, lo había hecho objeto de una infamia realmente incalificable. Debo reconocer que nunca tuve principios morales muy sólidos. No voy a justificarme, pero hay alguna explicación en el combate incesante que debí librar para sobrevivir, desde mi más tierna edad. Esa lucha fue embotando los escrúpulos. Me he permitido acciones que no se permitiría ningún hombre decente. O quizás sí. Todos tienen sus secretos. Además, lo mío nunca fue tan grave. Nunca llegué al crimen. Y en realidad no olvidaba lo hecho, como haría un canalla auténtico. Vagamente, me prometía pagar de algún modo, nunca me había puesto a pensar cómo. Este reconocimiento del que yo era objeto, tan bizarro, este regreso de un pasado si no olvidado lo bastante sumergido como para parecerlo, era lo que menos había esperado. Había contado, me daba cuenta, con una cierta impunidad. Había dado por sentado, y quizás en mi lugar todos lo habrían hecho, que un perro tenía poco de individuo y casi todo de especie, y a ella se reintegraría por entero, hasta desaparecer. Y con esa desaparición se desvanecía mi culpa. La execrable traición que había ejercido sobre él lo había individualizado por un momento, sólo por un momento. Que ese momento persistiera, después de tantos años, me parecía sobrenatural y me espantaba. Al pensar en el tiempo que había pasado, asomó una esperanza, a la que me aferré: era demasiado. Un perro no vive tanto. Había que multiplicar por siete… Los pensamientos se agolpeaban en mi cabeza, entrechocándose con los ladridos sordos que seguían, y seguían creciendo. No, el tiempo transcurrido no era demasiado, no valía la pena que hiciera la cuenta y siguiera engañándome. Cualquier esperanza sólo podía venir de esa típica reacción psíquica de negación ante algo que nos afecta demasiado: “no puede ser, no puede estar pasando, lo estoy soñando, me equivoqué en la interpretación de los datos”. Esta vez no era la reacción psíquica: era la realidad. Tanto, que ahora evitaba mirarlo; le temía a su expresividad. Pero estaba demasiado nervioso para hacerme el indiferente. Miré hacia adelante; debí de ser el único en hacerlo porque todos los demás pasajeros iban pendientes de la carrera del perro. Hasta el chofer, que volvía la cabeza para mirar, o miraba por el espejo, y hacía un comentario risueño con los pasajeros de adelante; lo odié, porque con esas distracciones aminoraba la velocidad; de otro modo no podía explicarse que el perro siguiera a la par, ya llegando a la segunda bocacalle. ¿Pero qué importaba que siguiera a la par? ¿Qué podía hacer, más que ladrar? No iba a subirse al colectivo. Después del primer shock, yo empezaba a evaluar la situación más racionalmente. Ya había decidido negar que conocía a ese perro, y seguía firme en la decisión. Un ataque, que creía improbable (“perro que ladra no muerde”) me pondría en el papel de víctima y merecería la intervención de los testigos en mi favor, de la fuerza pública si era necesario. Pero, por supuesto, no le daría la ocasión. No pensaba bajar del colectivo hasta que no se hubiera perdido de vista, cosa que tendría que suceder tarde o temprano. El 126 va lejos, hasta Retiro, por un camino que al salir de la avenida San Juan se hace sinuoso, y era impensable que un perro pudiera seguir todo el trayecto. Me atreví a mirarlo, pero aparté la vista de inmediato. Nuestras miradas se habían cruzado, y en la de él no vi la furia que esperaba sino una angustia sin límite, un dolor que no era humano, porque un hombre no lo soportaría. ¿Tan grave era lo que yo le había hecho? No era momento de entrar en análisis. Y no valía la pena porque la conclusión siempre sería la misma. El colectivo seguía acelerando, cruzábamos la segunda bocacalle, y el perro, que se había retrasado, cruzaba también, pasando frente a un auto detenido por el semáforo; si ese auto hubiera venido en marcha habría cruzado igual, tan enceguecido iba. Me avergüenza decirlo, pero le deseé la muerte. No sería algo sin antecedentes; había una escena en una película en la que un judío en Nueva York reconocía, cuarenta años después, a un kapo de un campo de concentración, salía persiguiéndolo por la calle y lo mataba un auto. El recuerdo, al revés del efecto de alivio que suelen producir los antecedentes, me deprimió, porque aquello era una ficción, y hacía resaltar por contraste la calidad de real de lo mío. No quería volver a mirarlo, pero el sonido de los ladridos me indicó que se estaba quedando atrás. El colectivero, seguramente harto de la broma, estaba apretando a fondo el acelerador. Me atreví a volver la cabeza y mirar; no iba a llamar la atención porque todos en el colectivo estaban mirando; al contrario, si yo era el único en no mirar podía hacerme sospechoso. Además, pensé, quizás era mi última oportunidad de verlo; semejante casualidad no podía darse dos veces. Sí, se aquedaba atrás, decididamente. Me pareció más pequeño, más patético, casi ridículo. Los otros pasajeros empezaron a reírse. Era un perro viejo, gastado, quizás al borde de la muerte. Los años de rencor y amargura que este estallido dejaba adivinar habían dejado su huella. La carrera debía de estar matándolo. Pero no podía evitarlo, si había pasado tanto tiempo esperando el momento. Y efectivamente, no aflojaba. Aun sabiendo perdida la partida seguía adelante, corriendo y ladrando, ladrando y corriendo. Quizás, cuando perdiera de vista a lo lejos al colectivo, seguiría corriendo y ladrando, porque ya no podría hacer otra cosa, para siempre. Tuve una visión fugaz de su figura, en un paisaje abstracto (el infinito) y sentí pena, pero una pena tranquila, casi estética, como si la pena me viera a mí desde tan lejos como yo creía estar viendo al perro. ¿Por qué dirán que el pasado no vuelve? Todo había sucedido tan rápido que no me había dado tiempo a pensar. Yo siempre había vivido en el presente porque apenas si me daban las energías del cuerpo y la mente para asimilarlo y reaccionar, sólo me alcanzaba para lo inmediato, y apenas. Siempre sentí que estaban sucediendo demasiadas cosas todas juntas, que precisaba un esfuerzo sobrehumano, más fuerzas de las que tenía, para hacerme cargo del instante. De ahí que no me anduviera con remilgos éticos cuando debía sacarme algo de encima, así fuera por las malas. Debía desalojar lo que no fuera estrictamente necesario para mi supervivencia, conseguir algo de espacio, o de paz, a cualquier precio. Las heridas que eso pudiera provocar en otros no me preocupaban, porque sus consecuencias quedaban fuera del presente, es decir de mi vista. Ahora, una vez más, el presente se desembarazaba de un invitado molesto. El incidente me dejaba un sabor agridulce en la boca, por un lado el alivio de haber escapado por tan poco, por otro una comprensible amargura. Qué triste era ser un perro. Vivir con la muerte tan cerca, tan inexorable. Y más triste todavía ser este perro, que había salido de la resignada fatalidad del destino de la especie sólo para mostrar que la herida que había recibido una vez seguía sangrando. Su figura recortada en la luz del domingo porteño, agitándose sin cesar en su carrera y sus ladridos, había hecho el papel del fantasma, volviendo de la muerte, o más bien del dolor de la vida, para reclamar… ¿qué? ¿Una reparación? ¿Una disculpa? ¿Una caricia? ¿Qué otra cosa podía pretender? No podía querer vengarse, pues la experiencia debía de haberle enseñado de sobra que no podía nada contra el inexpugnable mundo humano. Sólo podía expresarse; lo había hecho, y no le había servido de nada, como no fuera extenuar su viejo corazón cansado. Lo había derrotado la expresión muda, metálica, de un colectivo en marcha alejándose, y una cara que lo miraba desde el otro lado del vidrio de una ventanilla. ¿Cómo me había reconocido? Porque yo también debía de haber cambiado mucho. Por lo visto me tenía muy presente, quizás mi imagen no se había borrado de su mente un solo instante todos esos años. Nadie sabe en realidad cómo opera el psiquismo de un perro. No había que descartar que hubiera sido el olor, en ese rubro se cuentan cosas increíbles de los animales. Por ejemplo una mariposa macho que huele a la hembra a kilómetros de distancia, atravesando los miles de olores que hay entre él y ella. Me dejaba ir a consideraciones ya desinteresadas, intelectuales. Los ladridos eran un eco, que modulaba, más alto, más bajo, como si viniera de otra dimensión. De pronto me sacó de mis pensamientos una intuición que sentí en todo el cuerpo. Me di cuenta de que me había apurado a cantar victoria. La acelerada del colectivo, que acaba de cesar, era la que daban siempre los choferes cuando tenían en vista una parada en la que debían detenerse. Aceleraban, calculando la distancia, y después levantaban el pie y dejaban que por inercia el colectivo llegara a la parada. Y en efecto, ya la velocidad disminuía, acercándose a la vereda. Me enderecé para mirar. En la parada había una señora mayor con un niño. El volumen de los ladridos volvía a crecer. ¿Era posible que el perro siguiera corriendo, que no hubiera renunciado? No miré, pero debía de estar muy cerca. Nosotros ya estábamos detenidos. El niño subió de un salto, pero la señora se tomaba su tiempo; el estribo alto de los colectivos les causaba problemas a las damas de su edad. Yo gritaba interiormente: ¡Apurate, vieja de mierda!, y seguía su maniobra con ansiedad. NO era mi estilo de hablar ni de pensar; me salía así por la nerviosidad, pero me corregí de inmediato. En realidad, no tenía por qué preocuparme. Todo lo que podía pasar era que el perro recuperara terreno, para después volver a perderlo. Lo peor que yo podía temer era que se pusiera a ladrar frente a mi ventanilla de un modo muy ostensible, y los otros pasajeros vieran que era a mí al que perseguía. Pero yo no tenía más que negar todo conocimiento de ese animal, y nadie me desmentiría. Bendije a las palabras, y a su superioridad sobre los ladridos. La vieja estaba subiendo el segundo pie al estribo, ya casi estaba arriba. Un vendaval de ladridos me aturdió. Miré al costado. Llegaba, veloz como el rayo, desmelenado, siempre sonoro. Era increíble su resistencia. A su edad, ¿era posible que no tuviera artrosis, como todos los perros viejos? Quizás estaba quemando sus últimos cartuchos; no debía de tener nada que ahorrar; encontrarme a mí, después de tantos años, expresarme su resentimiento, cerraba el círculo de su destino. Al principio (todo esto sucedía en una fragmentación loca de segundos) no entendí lo que pasaba, sólo capté una extrañeza. La localicé enseguida: no se había detenido frente a mi ventanilla, había seguido de largo. ¿Qué se proponía…? ¿Era posible que..,.? Ya había llegado a la altura de la puerta delantera y con la agilidad de una anguila giraba, saltaba, se escurría… ¡Estaba subiendo al colectivo! O mejor dicho, ya había subido, y sin necesidad de voltear a la vieja, que apenas había sentido un roce en las piernas, ya volvía a girar y casi sin disminuir la velocidad ni dejar de ladrar enfilaba por el pasillo… Ni el chofer ni los pasajeros habían tenido tiempo de reaccionar, los gritos ya se formaban en sus gargantas pero todavía no salían. Yo habría tenido que decirles: No se asusten, no es con ustedes la cosa, es conmigo… Pero yo tampoco había tenido tiempo de reaccionar, salvo para paralizarme y endurecerme en el espanto. Sí tuve tiempo para verlo, precipitándose hacia mí, y ya no pude ver otra cosa. De cerca, y de frente, su aspecto había cambiado. Era como si antes, desde la ventanilla, lo hubiera visto a través del recuerdo o de la idea que me hacía del daño que le había causado, mientras que allí dentro del colectivo, ya al alcance de la mano, veía su realidad. Lo veía joven, vigoroso, elástico, más joven que yo, más vital (en mí la vida había ido desagotándose todos estos años, como el agua de una bañadera), sus ladridos retumbaban en el interior con una fuerza intacta, los dientes blanquísimos en las fauces que ya se cerraban sobre mi carne, los ojos brillantes que no habían dejado por un instante de estar fijos en los míos.

Ahora huimos, nos escondemos en la oscuridad, nos alejamos de la luz del día. Pero no siempre fue así. Hubo un tiempo en que ellos fueron nues­tra plaga.

Los primeros leones aparecieron en los parques públi­cos. Siempre se refugiaban bajo la sombra nocturna, escon­diéndose donde los árboles espesaban y los pastos crecían lo suficiente como para ocultarlos.

Huían de nosotros, intuían que éramos los responsables de que su hábitat hubiese desaparecido, que fuimos quie­nes los llevamos a un cautiverio que pronto excedió su ca­pacidad para albergarlos.

En un principio nos llamó la atención la súbita disminu­ción de perros callejeros en la ciudad. Pasado un tiempo, comenzaron a aparecer sus huesos roídos, esparcidos cerca de los jardines públicos. Como siempre, no les pusimos atención hasta que fue tarde.

Si hubieran sido una especie en peligro de extinción como los gorilas, los pandas o los manatíes seguramente nuestros parques se habrían peleado por tener ejemplares en sus jaulas. Pero había sobrepoblación de leones.

Así que empezaron a lanzarlos a la calle.

El proceso fue así: a todos los zoológicos de la ciudad les llegó una orden de muy arriba que dictaba la eliminación de los leones excedentes con el argumento de lo caro que era mantener demasiados ejemplares de una especie tan conocida y de nulo interés para los visitantes.

Allá fueron docenas de felinos sacrificados con el propósito de mantener los presupuestos dentro de los límites de lo razonable.

La medida fue abandonada al poco tiempo ante la dificultad de eliminar un predador de tales dimensiones; los costos de semejante operación daban al traste con las intenciones de ahorro originales, sin considerar las protestas del departamento de limpia, cuyos trabajadores se negaban a disponer de los cuerpos felinos, ni el rechazo de los pepenadores ante el mal sabor de la carne de león.

Pero las órdenes se acatan, no se discuten.

Así fue como los primeros leones acabaron de garritas en la calle, eliminados clandestinamente en mitad de la noche, cerca de los parques públicos donde pudieran al menos depositar sus heces sin que se notara demasiado.

Es imposible saber con precisión cuántos ejemplares fueron abandonados a su suerte de esta manera. Los archivos que contenían las cifras oficiales fueron destruidos cuando estalló el escándalo político. Pero los cálculos más conservadores suponen que no debieron ser tantos como los medios amarillistas han querido hacernos creer.

El problema real es la altísima tasa de natalidad de los leones. Un macho adulto es capaz de copular hasta cien veces en un solo día.

Cien cópulas con cien eyaculaciones incluidas.

Más de una estaba destinada a tener éxito. Eso, sin pensar en la ausencia de depredadores naturales.

Aunque ignoramos en qué parques fueron liberados los primeros, ahora sabemos que por las noches emigraban a cuanta zona verde encontraban, hasta ocupar poco a poco todas las disponibles.

No descubrimos a nuestros nuevos vecinos hasta mucho tiempo después. Corredores matutinos, ancianos desocupados, niños, parejas de novios y vendedores de drogas que poblaban a toda hora los jardines públicos eran observados por atentos ojos ambarinos, cuyos dueños se ocultaban entre las sombras ofrecidas por los árboles.

Los felinos modificaron sus costumbres y se volvieron seres nocturnos. Perros y ratas fueron el componente principal de su nueva dieta. Alimento que, aunque modesto, jamás escaseó.

De no haber sido quizá por sus vistosas deposiciones, nadie habría notado nada raro.

Hasta el célebre accidente de los amantes.

Una pareja anónima de novios se internó en uno de los parques más grandes de la ciudad, buscaban entre los árboles una intimidad más barata que la de los hoteles de paso.

Se dice que, entregados a sus amores, no descubrieron a tiempo a un policía que se acercaba silencioso hasta ellos con la intención de sorprenderlos. El representante de la ley lo hubiera logrado de no haber sido por una leona hembra de ciento veinte kilos que, salida de entre las sombras, se abalanzó sobre él sin darle tiempo de soplar su silbato.

Aterrorizados, los novios huyeron de ahí semidesnudos.

Al día siguiente, los restos del policía y la ropa de los amantes fueron encontrados en medio de un gran charco hemático.

Los peritos de la policía aparecieron en el lugar del crimen y determinaron sin dudar que se trataba de un accidente laboral común.

A los dos días, en otro parque, un borracho amaneció despedazado. Y al día siguiente un jubilado del servicio postal fue mutilado: perdió las piernas mientras dormía una siestecilla.

Fue el principio de los ataques. Con seguridad las autoridades habrían hecho algo de no haber sido porque al cuarto día se hallaron los restos mordisqueados de un cadáver cuyas huellas digitales (las que quedaban) coincidían con las de un famoso asesino múltiple. Esta vez los muchachos de la policía determinaron suicidio y le achacaron las muertes anteriores. Después se dio carpetazo al asunto.

Y entonces, acaso envalentonados por la indiferencia oficial, los leones salieron de sus refugios a pasear cínicamente sus melenas por nuestras calles.

Sin hambre, son tan mansos como un gatito. Pero comen todo el día, por lo que era imposible saber en qué momento arrancarían de un mordisco el brazo de un vendedor de globos o se tragarían a un niño.

Eso sin hablar de sus heces.

Intentamos quejarnos, organizamos comités vecinales que exigían la inmediata eliminación de los felinos. Pero sólo hallamos oídos sordos en las autoridades, quienes consideraron que la solución más práctica –y económica– era evitar los parques públicos y cruzar la calle si se veía venir de frente un león.

Los medios ventilaron la noticia mientras tuvo interés, pero llegó el mundial de futbol y los más bien magros triunfos de la selección nacional mandaron a los leones al silencio mediático.

Y habrían permanecido olvidados de no haber sido porque, durante los festejos tumultuarios provocados por un empate ante la selección de Bolivia, una horda de leones atacó a los festejantes en el Ángel de la Independencia.

No se hicieron esperar las declaraciones del gobierno y de la oposición, ni los debates televisivos y los editoriales en los periódicos.

Mientras tanto, los leones seguían ampliando su nuevo hábitat. Pronto empezaron a mudarse a los camellones de mayor tamaño.

Cruzar la calle se convirtió en una hazaña peligrosa.

Los asesores del jefe de gobierno de la ciudad, más preocupados en colocar a su jefe entre los candidatos presidenciales que en dar una solución de fondo al problema, optaron por un arreglo inmediato de corto alcance y declararon a la ciudad entera reserva ecológica dedicada a la preservación de los leones, con la doble intención de calmar a la población y de añadir un atractivo turístico a la metrópoli.

Para entonces los felinos habían decidido ocupar cuanta área verde encontraran; en poco tiempo casas particulares, escuelas, instalaciones deportivas y panteones fueron invadidos por el nuevo patrimonio de la ciudad.

Uno podía despertar por la mañana y descubrir que a su jardín, fuera del tamaño que fuera, se había mudado una familia de leones buscando el desayuno. Normalmente los habitantes de las casas terminaban siendo devorados.

Huesos más grandes que los de perros y ratas empezaron a ensuciar las calles, muchos con jirones de carne aún pegados. En poco tiempo, enjambres de moscas panteoneras se volvieron parte del paisaje urbano.

Empezaron a correr rumores: que si atacaban en manadas, que si eran inteligentes, que si se estaban adueñando de la ciudad, que si no había manera de controlarlos. Las autoridades desmintieron todos, llamaron alarmistas a los medios y pidieron a la opinión pública tolerancia hacia sus nuevos vecinos.

Hasta que un día apareció el cadáver de un niño.

Amaneció, como si nada, en el centro del Zócalo, a los pies del astabandera. Esta vez, el gobierno de la ciudad no pudo desmentir nada porque las cámaras de los noticieros llegaron antes. Era una provocación oficial.

Sentimos miedo.

Los asesores del jefe de gobierno decidieron que si quería tener oportunidades de reposar el trasero en la silla presidencial, tendría que declarar una guerra sin tregua a los leones. Y así lo hizo.

Pero ya era tarde. No hubo programa emergente con que pudiera enfrentarse la plaga. Bomberos, policía y ejército poco lograron contra los miles de felinos que vivían en las calles.

Un día un león llegó hasta el centro del Zócalo y escupió con desprecio los restos de una cabeza. El cráneo resultó pertenecer al jefe de gobierno de la ciudad. Lo habían atacado en manada durante un acto oficial en la Alameda Central. Los leones habían tenido el cuidado de dejarla apenas reconocible. Sólo lo suficiente.

Después el león rugió, como proclamando su triunfo.

No necesitaba hacerlo, para entonces ya eran los dueños de las calles, de los parques, de los jardines, de todo.

Cada día son más y nosotros menos. Hemos tenido que refugiarnos en las sombras, mientras ellos duermen, ahora que han regresado al horario diurno. Nos escondemos en las sombras, buscamos robar algo de sus desperdicios para comer.

A veces los leones organizan cacerías en grupo para eliminarnos. Su olfato los guía hasta nuestros refugios. A veces logramos burlarlos, pero no siempre.

Pero donde cazan un hombre, aparece otro. Una vez que atrapan a éste, aparece otro más.

Hemos decidido recuperar nuestra ciudad, aunque sea de esta manera.

Ahora nosotros somos su plaga.


*Este cuento fue publicado en “Escenarios del fin del mundo” © Bernardo Fernández, Bef, c/o Schavelzon Graham Agencia Literaria www.schavelzongraham.com

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