¡Amigo! El cielo está opaco, el aire frío, el día triste. Un cuento alegre…, así como para distraer las brumosas y grises melancolías, helo aquí:

Había en una ciudad inmensa y brillante un rey muy poderoso, que tenía trajes caprichosos y ricos, esclavas desnudas, blancas y negras, caballos de largas crines, armas flamantísimas, galgos rápidos, y monteros con cuernos de bronce que llenaban el viento con sus fanfarrias. ¿Era un rey poeta? No, amigo mío: era el Rey Burgués.

Era muy aficionado a las artes el soberano, y favorecía con gran largueza a sus músicos, a sus hacedores de ditirambos, pintores, escultores, boticarios, barberos y maestros de esgrima.

Cuando iba a la floresta, junto al corzo o jabalí herido y sangriento, hacía improvisar a sus profesores de retórica, canciones alusivas; los criados llenaban las copas del vino de oro que hierve, y las mujeres batían palmas con movimientos rítmicos y gallardos. Era un rey sol, en su Babilonia llena de músicas, de carcajadas y de ruido de festín. Cuando se hastiaba de la ciudad bullente, iba de caza atronando el bosque con sus tropeles; y hacía salir de sus nidos a las aves asustadas, y el vocerío repercutía en lo más escondido de las cavernas. Los perros de patas elásticas iban rompiendo la maleza en la carrera, y los cazadores inclinados sobre el pescuezo de los caballos, hacían ondear los mantos purpúreos y llevaban las caras encendidas y las cabelleras al viento.

El rey tenía un palacio soberbio donde había acumulado riquezas y objetos de arte maravillosos. Llegaba a él por entre grupos de lilas y extensos estanques, siendo saludado por los cisnes de cuellos blancos, antes que por los lacayos estirados. Buen gusto. Subía por una escalera llena de columnas de alabastro y de esmaragdina, que tenía a los lados leones de mármol como los de los tronos salomónicos. Refinamiento. A más de los cisnes, tenía una vasta pajarera, como amante de la armonía, del arrullo, del trino; y cerca de ella iba a ensanchar su espíritu, leyendo novelas de M. Ohnet, o bellos libros sobre cuestiones gramaticales, o críticas hermosillescas. Eso sí: defensor acérrimo de la corrección académica en letras, y del modo lamido en artes; ¡alma sublime amante de la lija y de la ortografía!

¡Japonerías!¡Chinerías! Por moda y nada más. Bien podía darse el placer de un salón digno del gusto de un Goncourt y de los millones de un Creso: quimeras de bronce con las fauces abiertas y las colas enroscadas, en grupos fantásticos y maravillosos; lacas de Kioto con incrustaciones de hojas y ramas de una flora monstruosa, y animales de una fauna desconocida; mariposas de raros abanicos junto a las paredes; peces y gallos de colores; máscaras de gestos infernales y con ojos como si fuesen vivos; partesanas de hojas antiquísimas y empuñaduras con dragones devorando flores de loto; y en conchas de huevo, túnicas de seda amarilla, como tejidas con hilos de araña, sembradas de garzas rojas y de verdes matas de arroz; y tibores, porcelanas de muchos siglos, de aquellas en que hay guerreros tártaros con una piel que les cubre hasta los riñones, y que llevan arcos estirados y manojos de flechas.

Por lo demás, había el salón griego, lleno de mármoles: diosas, musas, ninfas y sátiros; el salón de los tiempos galantes, con cuadros del gran Watteau y de Chardin; dos, tres, cuatro, ¿cuántos salones?

Y Mecenas se paseaba por todos, con la cara inundada de cierta majestad, el vientre feliz y la corona en la cabeza, como un rey de naipe.

Un día le llevaron una rara especie de hombre ante su trono, donde se hallaba rodeado de cortesanos, de retóricos y de maestros de equitación y de baile.

–¿Qué es eso? –preguntó.

–Señor, es un poeta.

El rey tenía cisnes en el estanque, canarios, gorriones, censotes en la pajarera: un poeta era algo nuevo y extraño.

–Dejadle aquí.

Y el poeta:

–Señor, no he comido.

Y el rey:

–Habla y comerás.

Comenzó:

–Señor, ha tiempo que yo canto el verbo del porvenir. He tendido mis alas al huracán; he nacido en el tiempo de la aurora; busco la raza escogida que debe esperar con el himno en la boca y la lira en la mano, la salida del gran sol. He abandonado la inspiración de la ciudad malsana, la alcoba llena de perfumes, la musa de carne que llena el alma de pequeñez y el rostro de polvos de arroz. He roto el arpa adulona de las cuerdas débiles, contra las copas de Bohemia y las jarras donde espumea el vino que embriaga sin dar fortaleza; he arrojado el manto que me hacía parecer histrión, o mujer, y he vestido de modo salvaje y espléndido: mi harapo es de púrpura. He ido a la selva, donde he quedado vigoroso y ahíto de leche fecunda y licor de nueva vida; y en la ribera del mar áspero, sacudiendo la cabeza bajo la fuerte y negra tempestad, como un ángel soberbio, o como un semidiós olímpico, he ensayado el yambo dando al olvido el madrigal.

»He acariciado a la gran naturaleza, y he buscado al calor del ideal, el verso que está en el astro en el fondo del cielo, y el que está en la perla en lo profundo del océano. ¡He querido ser pujante! Porque viene el tiempo de las grandes revoluciones, con un Mesías todo luz, todo agitación y potencia, y es preciso recibir su espíritu con el poema que sea arco triunfal, de estrofas de acero, de estrofas de oro, de estrofas de amor.

»¡Señor, el arte no está en los fríos envoltorios de mármol, ni en los cuadros lamidos, ni en el excelente señor Ohnet! ¡Señor! El arte no viste pantalones, ni habla en burgués, ni pone los puntos en todas las íes. Él es augusto, tiene mantos de oro o de llamas, o anda desnudo, y amasa la greda con fiebre, y pinta con luz, y es opulento, y da golpes de ala como las águilas, o zarpazos como los leones. Señor, entre un Apolo y un ganso, preferid el Apolo, aunque el uno sea de tierra cocida y el otro de marfil.

»¡Oh, la Poesía!

»¡Y bien! Los ritmos se prostituyen, se cantan los lunares de la mujeres, y se fabrican jarabes poéticos. Además, señor, el zapatero critica mis endecasílabos, y el señor profesor de farmacia pone puntos y comas a mi inspiración. Señor, ¡y vos lo autorizáis todo esto!… El ideal, el ideal…

El rey interrumpió:

–Ya habéis oído. ¿Qué hacer?

Y un filósofo al uso:

–Si lo permitís, señor, puede ganarse la comida con una caja de música; podemos colocarle en el jardín, cerca de los cisnes, para cuando os paseéis.

–Sí, –dijo el rey– y dirigiéndose al poeta:

–Daréis vueltas a un manubrio. Cerraréis la boca. Haréis sonar una caja de música que toca valses, cuadrillas y galopas, como no prefiráis moriros de hambre. Pieza de música por pedazo de pan. Nada de jerigonzas, ni de ideales. Id.

Y desde aquel día pudo verse a la orilla del estanque de los cisnes, al poeta hambriento que daba vueltas al manubrio: tiririrín, tiririrín…, ¡avergonzado a las miradas del gran sol! ¿Pasaba el rey por las cercanías? ¡Tiririrín, tiririrín…! ¿Había que llenar el estómago? ¡Tiririrín! Todo entre las burlas de los pájaros libres, que llegaban a beber rocío en las lilas floridas; entre el zumbido de las abejas, que le picaban el rostro y le llenaban los ojos de lágrimas, ¡tiririrín…! ¡Lágrimas amargas que rodaban por sus mejillas y que caían a la tierra negra!

Y llegó el invierno, y el pobre sintió frío en el cuerpo y en el alma. Y su cerebro estaba como petrificado, y los grandes himnos estaban en el olvido, y el poeta de la montaña coronada de águilas, no era sino un pobre diablo que daba vueltas al manubrio, tiririrín.

Y cuando cayó la nieve se olvidaron de él, el rey y sus vasallos; a los pájaros se les abrigó, y a él se le dejó al aire glacial que le mordía las carnes y le azotaba el rostro, ¡tiririrín!

Y una noche en que caía de lo alto la lluvia blanca de plumillas cristalizadas, en el palacio había festín, y la luz de las arañas reía alegre sobre los mármoles, sobre el oro y sobre las túnicas de los mandarines de las viejas porcelanas. Y se aplaudían hasta la locura los brindis del señor profesor de retórica, cuajados de dáctilos, de anapestos y de pirriquios, mientras en las copas cristalinas hervía el champaña con su burbujeo luminoso y fugaz. ¡Noche de invierno, noche de fiesta! Y el infeliz cubierto de nieve, cerca del estanque, daba vueltas al manubrio para calentarse ¡tiririrín, tiririrín! Tembloroso y aterido, insultado por el cierzo, bajo la blancura implacable y helada, en la noche sombría, haciendo resonar entre los árboles sin hojas la música loca de las galopas y cuadrillas; y se quedó muerto, tiririrín…, pensando en que nacería el sol del día venidero, y con él el ideal, tiririrín…, y en que el arte no vestiría pantalones sino manto de llamas, o de oro… Hasta que al día siguiente, lo hallaron el rey y sus cortesanos, al pobre diablo de poeta, como gorrión que mata el hielo, con una sonrisa amarga en los labios, y todavía con la mano en el manubrio.

¡Oh, mi amigo! El cielo está opaco, el aire frío, el día triste. Flotan brumosas y grises melancolías…

Pero ¡cuánto calienta el alma una frase, un apretón de manos a tiempo! ¡Hasta la vista!

Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Ella lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.

Durante tres meses —se habían casado en abril— vivieron una dicha especial. Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.

La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso —frisos, columnas y estatuas de mármol— producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.

En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.

No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.

Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.

—No sé —le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja—. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada… Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.

Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada

El Almohadón De Plumas Y Otros Relatos Horacio Quiroga vez que caminaba en su dirección.

Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.

—¡Jordán! ¡Jordán! —clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.

Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.

—¡Soy yo, Alicia, soy yo!

Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.

Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.

Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.

—Pst… —se encogió de hombros desalentado su médico—. Es un caso serio… poco hay que hacer…

—¡Sólo eso me faltaba! —resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.

Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.

Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.

Alicia murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.

—¡Señor! —llamó a Jordán en voz baja—. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.

Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.

—Parecen picaduras —murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.

—Levántelo a la luz —le dijo Jordán.

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La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.

—¿Qué hay? —murmuró con la voz ronca.

—Pesa mucho —articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.

Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandós. Sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.

Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca —su trompa, mejor dicho— a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin duda su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa.

En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.

Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.

A pesar de que la mía es historia, no la empezaré por el arca de Noé y la genealogía de sus ascendientes como acostumbraban hacerlo los antiguos historiadores españoles de América, que deben ser nuestros prototipos. Tengo muchas razones para no seguir ese ejemplo, las que callo por no ser difuso. Diré solamente que los sucesos de mi narración pasaban por los años de Cristo de 183… Estábamos, a más, en cuaresma, época en que escasea la carne en Buenos Aires, porque la iglesia, adoptando el precepto de Epicteto, sustine, abstine (sufre, abstente), ordena vigilia y abstinencia a los estómagos de los fieles, a causa de que la carne es pecaminosa, y, como dice el proverbio, busca a la carne. Y como la iglesia tiene ab initio y por delegación directa de Dios el imperio inmaterial sobre las conciencias y estómagos, que en manera alguna pertenecen al individuo, nada más justo y racional que vede lo malo.

Los abastecedores, por otra parte, buenos federales, y por lo mismo buenos católicos, sabiendo que el pueblo de Buenos Aires atesora una docilidad singular para someterse a toda especie de mandamiento, sólo traen en días cuaresmales al matadero, los novillos necesarios para el sustento de los niños y de los enfermos dispensados de la abstinencia por la Bula, y no con el ánimo de que se harten algunos herejotes, que no faltan, dispuestos siempre a violar los mandamientos carnificinos de la iglesia, y a contaminar la sociedad con el mal ejemplo.

Sucedió, pues, en aquel tiempo, una lluvia muy copiosa. Los caminos se anegaron; los pantanos se pusieron a nado y las calles de entrada y salida a la ciudad rebosaban en acuoso barro. Una tremenda avenida se precipitó de repente por el Riachuelo de Barracas, y extendió majestuosamente sus turbias aguas hasta el pie de las barrancas del Alto. El Plata, creciendo embravecido, empujó esas aguas que venían buscando su cauce y las hizo correr hinchadas por sobre campos, terraplenes, arboledas, caseríos, y extenderse como un lago inmenso por todas las bajas tierras. La ciudad, circunvalada del norte al este por una cintura de agua y barro, y al sur por un piélago blanquecino en cuya superficie flotaban a la ventura algunos barquichuelos y negreaban las chimeneas y las copas de los árboles, echaba desde sus torres y barrancas atónitas miradas al horizonte como implorando misericordia al Altísimo. Parecía el amago de un nuevo diluvio. Los beatos y beatas gimoteaban haciendo novenarios y continuas plegarias. Los predicadores atronaban el templo y hacían crujir el púlpito a puñetazos. Es el día del juicio, decían, el fin del mundo está por venir. La cólera divina rebosando se derrama en inundación. ¡Ay de vosotros, pecadores! ¡Ay de vosotros, unitarios impíos que os mofáis de la iglesia, de los santos, y no escucháis con veneración la palabra de los ungidos del Señor! ¡Ay de vosotros si no imploráis misericordia al pie de los altares! Llegará la hora tremenda del vano crujir de dientes y de las frenéticas imprecaciones. Vuestra impiedad, vuestras herejías, vuestras blasfemias, vuestros crímenes horrendos, han traído sobre nuestra tierra las plagas del Señor. La justicia del Dios de la Federación os declarará malditos.

Las pobres mujeres salían sin aliento, anonadadas del templo, echando, como era natural, la culpa de aquella calamidad a los unitarios.

Continuaba, sin embargo, lloviendo a cántaros, y la inundación crecía acreditando el pronóstico de los predicadores. Las campanas comenzaron a tocar rogativas por orden del muy católico Restaurador, quien parece no las tenía todas consigo. Los libertinos, los incrédulos, es decir, los unitarios, empezaron a amedrentarse al ver tanta cara compungida, oír tanta batahola de imprecaciones. Se hablaba ya, como de cosa resuelta, de una procesión en que debía ir toda la población descalza y a cráneo descubierto, acompañando al Altísimo, llevado bajo palio por el Obispo, hasta la barranca de Balcarce, donde millares de voces, conjurando al demonio unitario de la inundación, debían implorar la misericordia divina.

Feliz, o mejor, desgraciadamente, pues la cosa habría sido de verse, no tuvo efecto la ceremonia, porque bajando el Plata, la inundación se fue poco a poco escurriendo en su inmenso lecho sin necesidad de conjuro ni plegarias.

Lo que hace principalmente a mi historia es que por causa de la inundación estuvo quince días el matadero de la Convalecencia sin ver una sola cabeza vacuna, y que en uno o dos, todos los bueyes de quinteros y aguateros se consumieron en el abasto de la ciudad. Los pobres niños y enfermos se alimentaban con huevos y gallinas, y los gringos y herejotes bramaban por el beef-steak y el asado. La abstinencia de carne era general en el pueblo, que nunca se hizo más digno de la bendición de la iglesia, y así fue que llovieron sobre él millones y millones de indulgencias plenarias. Las gallinas se pusieron a seis pesos, y los huevos a cuatro reales, y el pescado carísimo. No hubo en aquellos días cuaresmales promiscuaciones ni excesos de gula; pero en cambio se fueron derecho al cielo innumerables ánimas y acontecieron cosas que parecen soñadas.

No quedó en el matadero ni un solo ratón vivo de muchos millares que allí tenían albergue. Todos murieron o de hambre o ahogados en sus cuevas por la incesante lluvia. Multitud de negras rebusconas de achuras, como los caranchos de presa, se desbandaron por la ciudad como otras tantas harpías prontas a devorar cuanto hallaran comible. Las gaviotas y los perros, inseparables rivales suyos en el matadero, emigraron en busca de alimento animal. Porción de viejos achacosos cayeron en consunción por falta de nutritivo caldo; pero lo más notable que sucedió fue el fallecimiento casi repentino de unos cuantos gringos herejes que cometieron el desacato de darse un hartazgo de chorizos de Extremadura, jamón y bacalao, y se fueron al otro mundo a pagar el pecado cometido por tan abominable promiscuación.

Algunos médicos opinaron que si la carencia de carne continuaba, medio pueblo caería en síncope por estar los estómagos acostumbrados a su corroborante jugo; y era de notar el contraste entre estos tristes pronósticos de la ciencia y los anatemas lanzados desde el púlpito por los reverendos padres contra toda clase de nutrición animal y de promiscuación en aquellos días destinados por la iglesia al ayuno y la penitencia. Se originó de aquí una especie de guerra intestina entre los estómagos y las conciencias, atizada por el inexorable apetito y las no menos inexorables vociferaciones de los ministros de la iglesia, quienes, como es su deber, no transigen con vicio alguno que tienda a relajar las costumbres católicas; a lo que se agregaba el estado de flatulencia intestinal de los habitantes, producido por el pescado y los porotos y otros alimentos algo indigestos.

Esta guerra se manifestaba por sollozos y gritos descompasados en la peroración de los sermones y por rumores y estruendos subitáneos en las casas y calles de la ciudad o dondequiera concurrían gentes. Alarmóse un tanto el gobierno, tan paternal como previsor, el Restaurador, creyendo aquellos tumultos de origen revolucionario y atribuyéndolos a los mismos salvajes unitarios, cuyas impiedades, según los predicadores federales, habían traído sobre el país la inundación de la cólera divina; tomó activas providencias, desparramó sus esbirros por la población, y por último, bien informado, promulgó un decreto tranquilizador de las conciencias y de los estómagos, encabezado por un considerando muy sabio y piadoso para que a todo trance y arremetiendo por agua y todo se trajese ganado a los corrales.

En efecto, el decimosexto día de la carestía, víspera del día de Dolores, entró a nado por el paso de Burgos al matadero del Alto una tropa de cincuenta novillos gordos; cosa poca por cierto para una población acostumbrada a consumir diariamente de doscientos cincuenta a trescientos, y cuya tercera parte al menos gozaría del fuero eclesiástico de alimentarse con carne. ¡Cosa extraña que haya estómagos privilegiados y estómagos sujetos a leyes inviolables y que la iglesia tenga la llave de los estómagos!

Pero no es extraño, supuesto que el diablo con la carne suele meterse en el cuerpo y que la iglesia tiene el poder de conjurarlo: el caso es reducir al hombre a una máquina cuyo móvil principal no sea su voluntad sino la de la iglesia y el gobierno. Quizá llegue el día en que sea prohibido respirar aire libre, pasearse y hasta conversar con un amigo, sin permiso de autoridad competente. Así era, poco más o menos, en los felices tiempos de nuestros beatos abuelos que por desgracia vino a turbar la revolución de Mayo.

Sea como fuera, a la noticia de la providencia gubernativa, los corrales del Alto se llenaron, a pesar del barro, de carniceros, achuradores y curiosos, quienes recibieron con grandes vociferaciones y palmoteos los cincuenta novillos destinados al matadero.

—Chica, pero gorda —exclamaban—. ¡Viva la Federación! ¡Viva el Restaurador! Porque han de saber los lectores que en aquel tiempo la Federación estaba en todas partes, hasta entre las inmundicias del matadero y no había fiesta sin Restaurador como no hay sermón sin Agustín. Cuentan que al oír tan desaforados gritos las últimas ratas que agonizaban de hambre en sus cuevas, se reanimaron y echaron a correr desatentadas conociendo que volvían a aquellos lugares la acostumbrada alegría y la algazara precursora de abundancia.

El primer novillo que se mató fue todo entero de regalo al Restaurador, hombre muy amigo del asado. Una comisión de carniceros marchó a ofrecérselo a nombre de los federales del matadero, manifestándole in voce su agradecimiento por la acertada providencia del gobierno, su adhesión ilimitada al Restaurador y su odio entrañable a los salvajes unitarios, enemigos de Dios y de los hombres. El Restaurador contestó a la arenga rinforzando sobre el mismo tema y concluyó la ceremonia con los correspondientes vivas y vociferaciones de los espectadores y actores. Es de creer que el Restaurador tuviese permiso especial de su Ilustrísima para no abstenerse de carne, porque siendo tan buen observador de las leyes, tan buen católico y tan acérrimo protector de la religión, no hubiera dado mal ejemplo aceptando semejante regalo en día santo.

Siguió la matanza, y en un cuarto de hora cuarenta y nueve novillos se hallan tendidos en la playa del matadero, desollados unos, los otros por desollar. El espectáculo que ofrecía entonces era animado y pintoresco aunque reunía todo lo horriblemente feo, inmundo y deforme de una pequeña clase proletaria peculiar del Río de la Plata. Pero para que el lector pueda percibirlo a un golpe de ojo, preciso es hacer un croquis de la localidad.

El matadero de la Convalecencia o del Alto, sito en las quintas al sud de la ciudad, es una gran playa en forma rectangular colocada al extremo de dos calles, una de las cuales allí se termina y la otra se prolonga hacia el este. Esta playa, con declive al sud, está cortada por un zanjón labrado por la corriente de las aguas pluviales, en cuyos bordes laterales se muestran innumerables cuevas de ratones y cuyo cauce recoge, en tiempo de lluvia, toda la sangrasa seca o reciente del matadero. En la junción del ángulo recto hacia el oeste está lo que llaman la casilla, edificio bajo, de tres piezas de media agua con corredor al frente que da a la calle y palenque para atar caballos, a cuya espalda se notan varios corrales de palo a pique de ñandubay con sus fornidas puertas para encerrar el ganado.

Estos corrales son en tiempo de invierno un verdadero lodazal en el cual los animales apeñuscados se hunden hasta el encuentro y quedan como pegados y casi sin movimiento. En la casilla se hace la recaudación del impuesto de corrales, se cobran las multas por violación de reglamentos y se sienta el juez del matadero, personaje importante, caudillo de los carniceros y que ejerce la suma del poder en aquella pequeña república por delegación del Restaurador. Fácil es calcular qué clase de hombre se requiere para el desempeño de semejante cargo. La casilla, por otra parte, es un edificio tan ruin y pequeño que nadie lo notaría en los corrales a no estar asociado su nombre al del terrible juez y a no resaltar sobre su blanca cintura los siguientes letreros rojos: «Viva la Federación», «Viva el Restaurador y la heroína doña Encarnación Ezcurra», «Mueran los salvajes unitarios». Letreros muy significativos, símbolo de la fe política y religiosa de la gente del matadero. Pero algunos lectores no sabrán que la tal heroína es la difunta esposa del Restaurador, patrona muy querida de los carniceros quienes, ya muerta, la veneraban como viva por sus virtudes cristianas y su federal heroísmo en la revolución contra Balcarce. Es el caso que en un aniversario de aquella memorable hazaña de la mazorca, los carniceros festejaron con un espléndido banquete en la casilla a la heroína, banquete al que concurrió con su hija y otras señoras federales, y que allí, en presencia de un gran concurso, ofreció a los señores carniceros en un solemne brindis su federal patrocinio, por cuyo motivo ellos la proclamaron entusiasmados patrona del matadero, estampando su nombre en las paredes de la casilla donde se estará hasta que lo borre la mano del tiempo.

La perspectiva del matadero a la distancia era grotesca, llena de animación. Cuarenta y nueve reses estaban tendidas sobre sus cueros y cerca de doscientas personas hollaban aquel suelo de lodo regado con la sangre de sus arterias. En torno de cada res resaltaba un grupo de figuras humanas de tez y raza distintas. La figura más prominente de cada grupo era el carnicero con el cuchillo en mano, brazo y pecho desnudos, cabello largo y revuelto, camisa y chiripá y rostro embadurnado de sangre. A sus espaldas se rebullían, caracoleando y siguiendo los movimientos, una comparsa de muchachos, de negras y mulatas achuradoras, cuya fealdad trasuntaba las harpías de la fábula, y, entremezclados con ella, algunos enormes mastines olfateaban, gruñían o se daban de tarascones por la presa. Cuarenta y tantas carretas toldadas con negruzco y pelado cuero se escalonaban irregularmente a lo largo de la playa, y algunos jinetes, con el poncho calado y el lazo prendido al tiento, cruzaban por entre ellas al tranco o, reclinados sobre el pescuezo de los caballos, echaban ojo indolente sobre uno de aquellos animados grupos, al paso que más arriba, en el aire, un enjambre de gaviotas blanquiazules, que habían vuelto de la emigración al olor de carne, revoloteaban cubriendo con su disonante graznido todos los ruidos y voces del matadero y proyectando una sombra clara sobre aquel campo de horrible carnicería. Esto se notaba al principio de la matanza.

Pero a medida que adelantaba, la perspectiva variaba: los grupos se deshacían, venían a formarse tomando diversas actitudes y se desparramaban corriendo como si en medio de ellos cayese alguna bala perdida o asomase la quijada de algún encolerizado mastín. Esto era que, inter el carnicero en un grupo descuartizaba a golpe de hacha, colgaba en otro los cuartos en los ganchos a su carreta, despellejaba en éste, sacaba el sebo en aquél, de entre la chusma, que ojeaba y aguardaba la presa de achura, salía de cuando en cuando una mugrienta mano a dar un tarazcón con el cuchillo al sebo o a los cuartos de la res, lo que originaba gritos y explosión de cólera del carnicero y el continuo hervidero de los grupos, dichos y gritería descompasada de los muchachos.

—Ahí se mete el sebo en las tetas, la tía —gritaba uno.

—Aquél lo escondió en el alzapón —replicaba la negra.

—¡Che!, negra bruja, salí de aquí antes que te pegue un tajo —exclamaba el carnicero.

—¿Qué le hago, ño Juan? ¡No sea malo! Yo no quiero sino la panza y las tripas.

—Son para esa bruja: a la m…

—¡A la bruja! ¡A la bruja! —repitieron los muchachos—, ¡se lleva la riñonada y el tongorí!— y cayeron sobre su cabeza sendos cuajos de sangre y tremendas pelotas de barro.

Hacia otra parte, entre tanto, dos africanas llevaban arrastrando las entrañas de un animal; allá una mulata se alejaba con un ovillo de tripas y resbalando de repente sobre un charco de sangre, caía a plomo, cubriendo con su cuerpo la codiciada presa. Acullá se veían acurrucadas en hileras cuatrocientas negras destejiendo sobre las faldas el ovillo y arrancando uno a uno los sebitos que el avaro cuchillo del carnicero había dejado en la tripa como rezagados, al paso que otras vaciaban panzas y vejigas y las henchían de aire de sus pulmones para depositar en ellas, luego de secas, la achura.

Varios muchachos, gambeteando a pie y a caballo, se daban de vejigazos o se tiraban bolas de carne, desparramando con ellas y su algazara la nube de gaviotas que columpiándose en el aire celebraba chillando la matanza. Oíanse a menudo, a pesar del veto del Restaurador y de la santidad del día, palabras inmundas y obscenas, vociferaciones preñadas de todo el cinismo bestial que caracteriza a la chusma de nuestros mataderos, con las cuales no quiero regalar a los lectores.

De repente caía un bofe sangriento sobre la cabeza de alguno, que de allí pasaba a la de otro, hasta que algún deforme mastín lo hacía buena presa, y una cuadrilla de otros, por si estrujo o no estrujo, armaba una tremenda de gruñidos y mordiscones. Alguna tía vieja salía furiosa en persecución de un muchacho que le había embadurnado el rostro con sangre, y, acudiendo a sus gritos y puteadas, los compañeros del rapaz la rodeaban y azuzaban como los perros al toro y llovían sobre ella zoquetes de carne, bolas de estiércol, con groseras carcajadas y gritos frecuentes, hasta que el juez mandaba restablecer el orden y despejar el campo.

Por un lado, dos muchachos se adiestraban en el manejo del cuchillo tirándose horrendos tajos y reveses; por otro, cuatro, ya adolescentes, ventilaban a cuchilladas el derecho a una tripa gorda y un mondongo que habían robado a un carnicero; y no de ellos distante, porción de perros, flacos ya de la forzosa abstinencia, empleaban el mismo medio para saber quién se llevaría un hígado envuelto en barro. Simulacro en pequeño era éste del modo bárbaro con que se ventilan en nuestro país las cuestiones y los derechos individuales y sociales. En fin, la escena que se representaba en el matadero era para vista, no para escrita.

Un animal había quedado en los corrales, de corta y ancha cerviz, de mirar fiero, sobre cuyos órganos genitales no estaban conformes los pareceres porque tenía apariencias de toro y de novillo. Llególe su hora. Dos enlazadores a caballo penetraron al corral en cuyo contorno hervía la chusma a pie, a caballo y horquetada sobre sus ñudosos palos. Formaban en la puerta el más grotesco y sobresaliente grupo varios pialadores y enlazadores de a pie con el brazo desnudo y armados del certero lazo, la cabeza cubierta con un pañuelo punzó y chaleco y chiripá colorado, teniendo a sus espaldas varios jinetes y espectadores de ojo escrutador y anhelante.

El animal, prendido ya al lazo por las astas, bramaba echando espuma, furibundo, y no había demonio que lo hiciera salir del pegajoso barro donde estaba corno clavado y era imposible pialarlo. Gritábanlo, lo azuzaban en vano con las mantas y pañuelos los muchachos prendidos sobre las horquetas del corral, y era de oír la disonante batahola de silbidos, palmadas y voces tiples y roncas que se desprendía de aquella singular orquesta.

Los dicharachos, las exclamaciones chistosas y obscenas rodaban de boca en boca y, cada cual hacía alarde espontáneamente de su ingenio y de su agudeza excitado por el espectáculo o picado por el aguijón de alguna lengua locuaz.

—Hi de p… en el toro.

—Al diablo los torunos del Azul.

—Mal haya el tropero que nos da gato por liebre.

—Si es novillo.

—¿No está viendo que es toro viejo?

—Como toro le ha de quedar. ¡Muéstreme los c…, si le parece, c… o!

—Ahí los tiene entre las piernas. No los ve, amigo, más grandes que la cabeza de su castaño; ¿o se ha quedado ciego en el camino?

—Su madre sería la ciega, pues que tal hijo ha parido. ¿No ve que todo ese bulto es barro?

—Es emperrado y arisco como un unitario —y al oír esta mágica palabra todos a una voz exclamaron:

—¡Mueran los salvajes unitarios!

—Para el tuerto los h…

—Sí, para el tuerto, que es hombre de e…, para pelear con los unitarios.

—El matahambre a ¡Matasiete, degollador de unitarios. ¡Viva Matasiete!

—¡A Matasiete el matahambre!

—Allá va —gritó una voz ronca interrumpiendo aquellos desahogos de la cobardía feroz—. ¡Allá va el toro!

—¡Alerta! Guarda los de la puerta. ¡Allá va furioso como un demonio!

Y, en efecto, el animal acosado por los gritos y sobre todo por dos picanas agudas que le espoleaban la cola, sintiendo flojo el lazo, arremetió bufando a la puerta, lanzando a entrambos lados una rojiza y fosfórica mirada. Diole el tirón el enlazador sentando su caballo, desprendió el lazo de la asta, crujió por el aire un áspero zumbido y al mismo tiempo se vio rodar desde lo alto de una horqueta del corral, como si un golpe de hacha la hubiese dividido a cercén, una cabeza de niño cuyo tronco permaneció inmóvil sobre su caballo de palo, lanzando por cada arteria un largo chorro de sangre.

—Se cortó el lazo —gritaron unos—, allá va el toro —pero otros, deslumbrados y atónitos, guardaron silencio porque todo fue como un relámpago.

Desparramóse un tanto el grupo de la puerta. Una parte se agolpó sobre la cabeza y el cadáver palpitante del muchacho degollado por el lazo, manifestando horror en su atónito semblante, y la otra parte, compuesta de jinetes que no vieron la catástrofe, se escurrió en distintas direcciones en pos del toro, vociferando y gritando: —¡Allá va el toro! ¡Atajen! ¡Guarda! —Enlaza, Sietepelos. —¡Que te agarra, Botija! —Va furioso; no se le pongan delante. —¡Ataja, ataja, morado! —Dele espuela al mancarrón. —Ya se metió en la calle sola. —¡Qué lo ataje el diablo!

El tropel y vocería era infernal. Unas cuantas negras achuradoras, sentadas en hilera al borde del zanjón, oyendo el tumulto se acogieron y agazaparon entre las panzas y tripas que desenredaban y devanaban con la paciencia de Penélope, lo que sin duda las salvó, porque el animal lanzó al mirarlas un bufido aterrador, dio un brinco sesgado y siguió adelante perseguido por los jinetes. Cuentan que una de ellas se fue de cámaras, otra rezó diez salves en dos minutos, y dos prometieron a San Benito no volver jamás a aquellos malditos corrales y abandonar el oficio de achuradoras. No se sabe si cumplieron la promesa.

El toro, entre tanto, tomó hacia la ciudad por una larga y angosta calle que parte de la punta más aguda del rectángulo anteriormente descripto, calle encerrada por una zanja y un cerco de tunas, que llaman sola por no tener más de dos casas laterales y en cuyo apozado centro había un profundo pantano que tomaba de zanja a zanja. Cierto inglés, de vuelta de su saladero, vadeaba este pantano a la sazón, paso a paso, en un caballo algo arisco, y sin duda iba tan absorto en sus cálculos que no oyó el tropel de jinetes ni la gritería sino cuando el toro arremetía al pantano. Azoróse de repente su caballo dando un brinco al sesgo y echó a correr dejando al pobre hombre hundido media vara en el fango. Este accidente, sin embargo, no detuvo ni refrenó la carrera de los perseguidores del toro, antes al contrario, soltando carcajadas sarcásticas: —Se amoló el gringo; levántate, gringo —exclamaron, y, cruzando el pantano, amasaron con barro bajo las patas de sus caballos su miserable cuerpo. Salió el gringo, como pudo, después, a la orilla, más con la apariencia de un demonio tostado por las llamas del infierno que de un hombre blanco pelirrubio. Más adelante al grito de: ¡Al toro! ¡Al toro!, cuatro negras achuradoras que se retiraban con su presa se zambulleron en la zanja llena de agua, único refugio que les quedaba.

El animal, entre tanto, después de haber corrido unas veinte cuadras en distintas direcciones, azorando con su presencia a todo viviente, se metió por la tranquera de una quinta donde halló su perdición. Aunque cansado, manifestaba bríos y colérico ceño; pero rodeábalo una zanja profunda y un tupido cerco de pitas, y no había escape. Juntáronse luego sus perseguidores que se hallaban desbandados y resolvieron llevarlo en un señuelo de bueyes para que expiase su atentado en el lugar mismo donde lo había cometido.

Una hora después de su fuga el toro estaba otra vez en el matadero, donde la poca chusma que había quedado no hablaba sino de sus fechorías. La aventura del gringo en el pantano excitaba principalmente la risa y el sarcasmo. Del niño degollado por el lazo no quedaba sino un charco de sangre: su cadáver estaba en el cementerio.

Enlazaron muy luego por las astas al animal que brincaba haciendo hincapié y lanzando roncos bramidos. Echáronle uno, dos, tres piales; pero infructuosos: al cuarto quedó prendido de una pata; su brío y su furia redoblaron; su lengua, estirándose convulsiva, arrojaba espuma, su nariz, humo, sus ojos, miradas encendidas. —¡Desgarreten ese animal! exclamó una voz imperiosa. Matasiete se tiró al punto del caballo, cortóle el garrón de una cuchillada y gambeteando en torno de él con su enorme daga en mano, se la hundió al cabo hasta el puño en la garganta, mostrándola enseguida humeante y roja a los espectadores. Brotó un torrente de la herida, exhaló algunos bramidos roncos, vaciló y cayó el soberbio animal entre los gritos de la chusma que proclamaba a Matasiete vencedor y le adjudicaba en premio el matambre. Matasiete extendió, como orgulloso, por segunda vez el brazo y, el cuchillo ensangrentado y se agachó a desollarle con otros compañeros.

Faltaba que resolver la duda sobre los órganos genitales del muerto, clasificado provisoriamente de toro por su indominable fiereza; pero estaban todos tan fatigados de la larga tarea que la echaron por lo pronto en olvido. Mas de repente una voz ruda exclamó: —Aquí están los huevos —sacando de la barriga del animal y mostrando a los espectadores, dos enormes testículos, signo inequívoco de su dignidad de toro. La risa y la charla fue grande; todos los incidentes desgraciados pudieron fácilmente explicarse. Un toro en el matadero era cosa muy rara, y aun vedada. Aquél, según reglas de buena policía, debió arrojarse a los perros; pero había tanta escasez de carne y tantos hambrientos en la población, que el señor juez tuvo a bien hacer ojo lerdo.

En dos por tres estuvo desollado, descuartizado y colgado en la carreta el maldito toro. Matasiete colocó el matambre bajo el pellón de su recado y se preparaba a partir. La matanza estaba concluida a las doce, y, la poca chusma que había presenciado hasta el fin, se retiraba en grupos de a pie y de a caballo, o tirando a la cincha algunas carretas cargadas de carne.

Mas de repente la ronca voz de un carnicero gritó: —¡Allí viene un unitario! —y al oír tan significativa palabra toda aquella chusma se detuvo como herida de una impresión subitánea.

—¿No le ven la patilla en forma de U?. No trae divisa en el fraque ni luto en el sombrero.

—Perro unitario.

—Es un cajetilla.

—Monta en silla como los gringos.

—La Mazorca con él.

—¡La tijera!

—Es preciso sobarlo.

—Trae pistoleras por pintar.

—Todos estos cajetillas unitarios son pintores como el diablo.

—¿A que no te le animas, Matasiete?

—¿A que no?

—A que sí.

Matasiete era hombre de pocas palabras y de mucha acción. Tratándose de violencia, de agilidad, de destreza en el hacha, el cuchillo o el caballo, no hablaba y obraba. Lo habían picado: prendió la espuela a su caballo y se lanzó a brida suelta al encuentro del unitario.

Era éste un joven como de veinticinco años, de gallarda y bien apuesta persona, que mientras salían en borbotón de aquellas desaforadas bocas las anteriores exclamaciones, trotaba hacia Barracas, muy ajeno de temer peligro alguno. Notando, empero, las significativas miradas de aquel grupo de dogos de matadero, echa maquinalmente la diestra sobre las pistoleras de su silla inglesa, cuando una pechada al sesgo del caballo de Matasiete lo arroja de los lomos del suyo tendiéndolo a la distancia boca arriba y sin movimiento alguno.

—¡Viva ¡Matasiete! exclamó toda aquella chusma cayendo en tropel sobre la víctima como los caranchos rapaces sobre la osamenta de un buey devorado por el tigre.

Atolondrado todavía, el joven fue, lanzando una mirada de fuego sobre aquellos hombres feroces, hacia su caballo que permanecía inmóvil no muy distante, a buscar en sus pistolas el desagravio y la venganza. Matasiete, dando un salto le salió al encuentro, y con fornido brazo asiéndolo de la corbata lo tendió en el suelo tirando al mismo tiempo la daga de la cintura y llevándola a su garganta.

Una tremenda carcajada y un nuevo viva estertorio volvió a victoriarlo.

¡Qué nobleza de alma! ¡Qué bravura en los federales! Siempre en pandilla cayendo como buitres sobre la víctima inerte.

—Degüéllalo, Matasiete: quiso sacar las pistolas. Degüéllalo como al toro.

—Pícaro unitario. Es preciso tusarlo.

—Tiene buen pescuezo para el violín.

—Tocale el violín.

—Mejor es resbalosa.

—Probemos —dijo Matasiete, y empezó sonriendo a pasar el filo de su daga por la garganta del caído, mientras con la rodilla izquierda le comprimía el pecho y con la siniestra mano le sujetaba por los cabellos.

—No, no le degüellen exclamó de lejos la voz imponente del juez del matadero, que se acercaba a caballo.

—A la casilla con él, a la casilla. Preparen la mashorca y las tijeras. ¡Mueran los salvajes unitarios! ¡Viva el Restaurador de las leyes!

—¡Viva Matasiete!

—¡Mueran! ¡Vivan! —repitieron en coro los espectadores y atándole codo con codo, entre moquetes y tirones, entre vociferaciones e injurias, arrastraron al infeliz joven al banco del tormento como los sayones al Cristo.

La sala de la casilla tenía en su centro una grande y fornida mesa de la cual no salían los vasos de bebida y los naipes sino para dar lugar a las ejecuciones y torturas de los sayones federales del matadero. Notábase, además, en un rincón, otra mesa chica con recado de escribir y un cuaderno de apuntes y porción de sillas entre las que resaltaba un sillón de brazos destinado para el juez. Un hombre, soldado en apariencia, sentado en una de ellas, cantaba al son de la guitarra la resbalosa, tonada de inmensa popularidad entre los federales, cuando la chusma, llegando en tropel al corredor de la casilla, lanzó a empellones al joven unitario hacia el centro de la sala.

—A ti te toca la resbalosa —gritó uno.

—Encomienda tu alma al diablo.

—Está furioso como toro montaraz.

—Ya le amansará el palo.

—Es preciso sobarlo.

—Por ahora verga y tijera.

—Si no, la vela.

—Mejor será la mazorca.

—Silencio y sentarse exclamó el juez, dejándose caer sobre su sillón. Todos obedecieron, mientras el joven, de pie, encarando al juez, exclamó con voz preñada de indignación:

—Infames sayones, ¿qué intentan hacer de mí?

—¡Calma! —dijo sonriendo el juez—, no hay, que encolerizarse. Ya lo verás.

El joven, en efecto, estaba fuera de sí de cólera. Todo su cuerpo parecía estar en convulsión. Su pálido y amoratado rostro, su voz, su labio trémulo, mostraban el movimiento convulsivo de su corazón, la agitación de sus nervios. Sus ojos de fuego parecían salirse de la órbita, su negro y lacio cabello se levantaba erizado. Su cuello desnudo y la pechera de su camisa dejaban entrever el latido violento de sus arterias y, la respiración anhelante de sus pulmones.

—¿Tiemblas? —le dijo el juez.

—De rabia, porque no puedo sofocarte entre mis brazos.

—¿Tendrías fuerzas y valor para eso?

—Tengo de sobra voluntad y coraje para ti, infame.

—A ver las tijeras de tusar mi caballo: túsenlo a la federala. Dos hombres le asieron, uno de la ligadura del brazo, otro de la cabeza, y en un minuto cortáronle la patilla que poblaba toda su barba por bajo, con risa estrepitosa de sus espectadores.

—A ver —dijo el juez—, un vaso de agua para que se refresque.

—Uno de hiel te haría yo beber, infame.

Un negro petizo púsosele al punto delante con un vaso de agua en la mano. Diole el joven un puntapié en el brazo y el vaso fue a estrellarse en el techo, salpicando el asombrado rostro de los espectadores.

—Este es incorregible.

—Ya lo domaremos.

—Silencio —dijo el juez—, ya estás afeitado a la federala, sólo te falta el bigote. Cuidado con olvidarlo. Ahora vamos a cuentas.

—¿Por qué no traes divisa?

—Porque no quiero.

—¿No sabes que lo manda el Restaurador?

—La librea es para vosotros, esclavos, no para los hombres libres.

—A los libres se les hace llevar a la fuerza.

—Sí, la fuerza y la violencia bestial. Esas son vuestras armas, infames. El lobo, el tigre, la pantera también son fuertes como vosotros. Deberíais andar como ellos en cuatro patas.

—¿No temes que el tigre te despedace?

—Lo prefiero a que, maniatado, me arranquen como el cuervo, una a una las entrañas.

—¿Por qué no llevas luto en el sombrero por la heroína?

—¡Porque lo llevo en el corazón por la Patria, por la Patria que vosotros habéis asesinado, infames!

—¿No sabes que así lo dispuso el Restaurador?

—Lo dispusisteis vosotros, esclavos, para lisonjear el orgullo de vuestro señor y tributarle vasallaje infame.

—¡Insolente!, te has embravecido mucho. Te haré cortar la lengua si chistas.

—Abajo los calzones a ese mentecato cajetilla y a nalga pelada denle verga, bien atado sobre la mesa. Apenas articuló esto el juez, cuatro sayones, salpicados de sangre, suspendieron al joven y lo tendieron largó a largo sobre la mesa comprimiéndole todos sus miembros.

—Primero degollarme que desnudarme, infame canalla.

Atáronle un pañuelo por la boca y empezaron a tironear sus vestidos. Encogíase el joven, pateaba, hacía rechinar los dientes. Tomaban ora sus miembros la fl exibilidad del junco, ora la dureza del fi erro y su espina dorsal era el eje de un movimiento parecido al de la serpiente. Gotas de sudor fl uían por su rostro, grandes como perlas; echaban fuego sus pupilas, su boca espuma, y las venas de su cuello y frente negreaban en relieve sobre su blanco cutis como si estuvieran repletas de sangre.

—Átenlo primero —exclamó el juez.

—Está rugiendo de rabia —articuló un sayón.

En un momento liaron sus piernas en ángulo a los cuatro pies de la mesa volcando su cuerpo boca abajo. Era preciso hacer igual operación con las manos, para lo cual soltaron las ataduras que las comprimían en la espalda. Sintiéndolas libres el joven, por un movimiento brusco en el cual pareció agotarse toda su fuerza y vitalidad, se incorporó primero sobre sus brazos, después sobre sus rodillas y se desplomó al momento murmurando: —Primero degollarme que desnudarme, infame canalla.

Sus fuerzas se habían agotado; inmediatamente quedó atado en cruz y empezaron la obra de desnudarlo. Entonces un torrente de sangre brotó borbolloneando de la boca y, las narices del joven, y extendiéndose empezó a caer a chorros por entrambos lados de la mesa. Los sayones quedaron inmóviles y los espectadores estupefactos.

—Reventó de rabia el salvaje unitario —dijo uno.

—Tenía un río de sangre en las venas —articuló otro.

—Pobre diablo: queríamos únicamente divertirnos con él y tomó la cosa demasiado a lo serio exclamó el juez frunciendo el ceño de tigre. Es preciso dar parte, desátenlo y vamos.

 Verificaron la orden; echaron llave a la puerta y en un momento se escurrió la chusma en pos del caballo del juez cabizbajo y taciturno.

Los federales habían dado fi n a una de sus innumerables proezas.

En aquel tiempo los carniceros degolladores del matadero eran los apóstoles que propagaban a verga y puñal la federación rosina, y no es difícil imaginarse qué federación saldría de sus cabezas y cuchillas. Llamaban ellos salvaje unitario, conforme a la jerga inventada por el Restaurador, patrón de la cofradía, a todo el que no era degollador, carnicero, ni salvaje, ni ladrón; a todo hombre decente y de corazón bien puesto, a todo patriota ilustrado amigo de las luces y de la libertad; y por el suceso anterior puede verse a las claras que el foco de la federación estaba en el matadero.

Los diversos y exagerados rumores desparramados con motivo de la conducta que observé en compañía de Rigoletto, el jorobadito, en la casa de la señora X, apartaron en su tiempo a mucha gente de mi lado.Sin embargo, mis singularidades no me acarrearon mayores desventuras, de no perfeccionarlas estrangulando a Rigoletto.

Retorcerle el pescuezo al jorobadito ha sido de mi parte un acto más ruinoso e imprudente para mis intereses, que atentar contra la existencia de un benefactor de la humanidad.

Se han echado sobre mí la policía, los jueces y los periódicos. Y ésta es la hora en que aún me pregunto (considerando los rigores de la justicia) si Rigoletto no estaba llamado a ser un capitán de hombres, un genio o un filántropo. De otra forma no se explican las crueldades de la ley para vengar los fueros de un insigne piojoso, al cual, para pagarle de su insolencia, resultaran insuficientes todos los puntapiés que pudieran suministrarle en el trasero una brigada de personas bien nacidas.

No se me oculta que sucesos peores ocurren sobre el planeta, pero ésta no es una razón para que yo deje de mirar con angustia las leprosas paredes del calabozo donde estoy alojado a espera de un destino peor.

Pero estaba escrito que de un deforme debían provenirme tantas dificultades. Recuerdo (y esto a vía de información para los aficionados a la teosofía y la metafísica) que desde mi tierna infancia me llamaron la atención los contrahechos. Los odiaba al tiempo que me atraían, como detesto y me llama la profundidad abierta bajo la balconada de un noveno piso, a cuyo barandal me he aproximado más de una vez con el corazón temblando de cautela y delicioso pavor. Y así como frente al vacío no puedo sustraerme al terror de imaginarme cayendo en el aire con el estómago contraído en la asfixia del desmoronamiento, en presencia de un deforme no puedo escapar al nauseoso pensamiento de imaginarme corcoveado, grotesco, espantoso, abandonado de todos, hospedado en una perrera, perseguido por traíllas de chicos feroces que me clavarían agujas en la giba… Es terrible…, sin contar que todos los contrahechos son seres perversos, endemoniados, protervos…, de manera que al estrangularlo a Rigoletto me creo con derecho a afirmar que le hice un inmenso favor a la sociedad, pues he librado a todos los corazones sensibles como el mío de un espectáculo pavoroso y repugnante. Sin añadir que el jorobadito era un hombre cruel. Tan cruel que yo me veía obligado a decirle todos los días:

–Mirá, Rigoletto, no seas perverso. Prefiero cualquier cosa a verte pegándole con un látigo a una inocente cerda. ¿Qué te ha hecho la marrana? Nada. ¿No es cierto que no te ha hecho nada?…

–¿Qué se le importa?

–No te ha hecho nada, y vos contumaz, obstinado, cruel, desfogas tus furores en la pobre bestia…

–Como me embrome mucho la voy a rociar de petróleo a la chancha y luego le prendo fuego.

Después de pronunciar estas palabras, el jorobadito descargaba latigazos en el crinudo lomo de la bestia, rechinando los dientes como un demonio de teatro. Y yo le decía:

–Te voy a retorcer el pescuezo, Rigoletto. Escuchá mis paternales advertencias, Rigoletto. Te conviene…

Predicar en el desierto hubiera sido más eficaz. Se regocijaba en contravenir mis órdenes y en poner en todo momento en evidencia su temperamento sardónico y feroz. Inútil era que prometiera zurrarle la badana o hacerle salir la joroba por el pecho de un mal golpe. Él continuaba observando una conducta impura. Volviendo a mi actual situación diré que si hay algo que me reprocho, es haber recaído en la ingenuidad de conversar semejantes minucias a los periodistas. Creía que las interpretarían, más heme aquí ahora abocado a mi reputación menoscabada, pues esa gentuza lo que menos ha escrito es que soy un demente, afirmando con toda seriedad que bajo la trabazón de mis actos se descubren las características de un cínico perverso.

Ciertamente, que mi actitud en la casa de la señora X, en compañía del jorobadito, no ha sido la de un miembro inscripto en el almanaque de Gotha. No. Al menos no podría afirmarlo bajo mi palabra de honor.

Pero de este extremo al otro, en el que me colocan mis irreductibles enemigos, media una igual distancia de mentira e incomprensión. Mis detractores aseguran que soy un canalla monstruoso, basando esta afirmación en mi jovialidad al comentar ciertos actos en los que he intervenido, como si la jovialidad no fuera precisamente la prueba de cuán excelentes son las condiciones de mi carácter y qué comprensivo y tierno al fin y al cabo.

Por otra parte, si hubiera que tamizar mis actos, ese tamiz a emplearse debería llamarse Sufrimiento. Soy un hombre que ha padecido mucho. No negaré que dichos padecimientos han encontrado su origen en mi exceso de sensibilidad, tan agudizada que cuando me encontraba frente a alguien he creído percibir hasta el matiz del color que tenían sus pensamientos, y lo más grave es que no me he equivocado nunca. Por el alma del hombre he visto pasar el rojo del odio y el verde del amor, como a través de la cresta de una nube los rayos de luna más o menos empalidecidos por el espesor distinto de la masa acuosa. Y personas hubo que me han dicho:

–¿Recuerda cuando usted, hace tres años, me dijo que yo pensaba en tal cosa? No se equivocaba.

He caminado así, entre hombres y mujeres, percibiendo los furores que encrespaban sus instintos y los deseos que envaraban sus intenciones, sorprendiendo siempre en las laterales luces de la pupila, en el temblor de los vértices de los labios y en el erizamiento casi invisible de la piel de los párpados, lo que anhelaban, retenían o sufrían. Y jamás estuve más solo que entonces, que cuando ellos y ellas eran transparentes para mí. De este modo, involuntariamente, fui descubriendo todo el sedimento de bajeza humana que encubren los actos aparentemente más leves, y hombres que eran buenos y perfectos para sus prójimos, fueron, para mí, lo que Cristo llamó sepulcros encalados. Lentamente se agrió mi natural bondad convirtiéndome en un sujeto taciturno e irónico. Pero me voy apartando, precisamente, de aquello a lo cual quiero aproximarme y es la relación del origen de mis desgracias. Mis dificultades nacen de haber conducido a la casa de la señora X al infame corcovado.

En la casa de la señora X yo «hacía el novio» de una de las niñas. Es curioso. Fui atraído, insensiblemente, a la intimidad de esa familia por una hábil conducta de la señora X, que procedió con un determinado exquisito tacto y que consiste en negarnos un vaso de agua para poner a nuestro alcance, y como quien no quiere, un frasco de alcohol. Imagínense ustedes lo que ocurriría con un sediento. Oponiéndose en palabras a mis deseos. Incluso, hay testigos. Digo esto para descargo de mi conciencia. Más aun, en circunstancias en que nuestras relaciones hacían prever una ruptura, yo anticipé seguridades que escandalizaron a los amigos de la casa. Y es curioso. Hay muchas madres que adoptan este temperamento, en la relación que sus hijas tienen con los novios, de manera que el incauto –si en un incauto puede admitirse un minuto de lucidez– observa con terror que ha llevado las cosas mucho más lejos de lo que permitía la conveniencia social.

Y ahora volvamos al jorobadito para deslindar responsabilidades. La primera vez que se presentó a visitarme en mi casa, lo hizo en casi completo estado de ebriedad, faltándole el respeto a una vieja criada que salió a recibirlo y gritando a voz en cuello de manera que hasta los viandantes que pasaban por la calle podían escucharle:

–¿Y dónde está la banda de música con que debían festejar mi hermosa presencia? Y los esclavos que tienen que ungirme de aceite, ¿dónde se han metido? En lugar de recibirme jovencitos con orinales, me atiende una vieja desdentada y hedionda. ¿Y ésta es la casa en la cual usted vive?

Y observando las puertas recién pintadas, exclamó enfáticamente:

–¡Pero esto no parece una casa de familia sino una ferretería! Es simplemente asqueroso. ¿Cómo no han tenido la precaución de perfumar la casa con esencia de nardo, sabiendo que iba a venir? ¿No se dan cuenta de la pestilencia de aguarrás que hay aquí?

¿Reparan ustedes en la catadura del insolente que se había posesionado de mi vida?

Lo cual es grave, señores, muy grave.

Estudiando el asunto recuerdo que conocí al contrahecho en un café; lo recuerdo perfectamente. Estaba yo sentado frente a una mesa, meditando, con la nariz metida en mi taza de café, cuando, al levantar la vista distinguí a un jorobadito que con los pies a dos cuartas del suelo y en mangas de camisa, observábame con toda atención, sentado del modo más indecoroso del mundo, pues había puesto la silla al revés y apoyaba sus brazos en el respaldo de ésta. Como hacía calor se había quitado el saco, y así descaradamente en cuerpo de camisa, giraba sus renegridos ojos saltones sobre los jugadores de billar. Era tan bajo que apenas si sus hombros se ponían a nivel con la tabla de la mesa. Y, como les contaba, alternaba la operación de contemplar la concurrencia, con la no menos importante de examinar su reloj pulsera, cual si la hora que éste marcara le importara mucho más que la señalada en el gigantesco reloj colgado de un muro del establecimiento.

Pero, lo que causaba en él un efecto extraño, además de la consabida corcova, era la cabeza cuadrada y la cara larga y redonda, de modo que por el cráneo parecía un mulo y por el semblante un caballo.

Me quedé un instante contemplando al jorobadito con la curiosidad de quien mira un sapo que ha brotado frente a él; y éste, sin ofenderse, me dijo:

–Caballero, ¿será tan amable usted que me permita sus fósforos?

Sonriendo, le alcancé mi caja; el contrahecho encendió su cigarro medio consumido y después de observarme largamente, dijo:

–¡Qué buen mozo es usted! Seguramente que no deben faltarle novias.

La lisonja halaga siempre aunque salga de la boca de un jorobado, y muy amablemente le contesté que sí, que tenía una muy hermosa novia, aunque no estaba muy seguro de ser querido por ella, a lo cual el desconocido, a quien bauticé en mi fuero interno con el nombre de Rigoletto, me contestó después de escuchar con sentenciosa atención mis palabras:

–No sé por qué se me ocurre que usted es de la estofa con que se fabrican excelentes cornudos.

Y antes que tuviera tiempo de sobreponerme a la estupefacción que me produjo su extraordinaria insolencia, el cacaseno continuó:

–Pues yo nunca he tenido novia, créalo, caballero…, le digo la verdad…

–No lo dudo– repliqué sonriendo ofensivamente–, no lo dudo…

–De lo que me alegro, caballero, porque no me agradaría tener un incidente con usted…

Mientras él hablaba yo vacilaba si levantarme y darle un puntapié en la cabeza o tirarle a la cara el contenido de mi pocillo de café, pero recapacitándolo me dije que de promoverse un altercado allí, el que llevaría todas las de perder era yo, y cuando me disponía a marcharme contra mi voluntad porque aquel sapo humano me atraía con la inmensidad de su desparpajo, él, obsequiándome con la más graciosa sonrisa de su repertorio que dejaba al descubierto su amarilla dentadura de jumento, dijo:

–Este reloj pulsera me cuesta veinticinco pesos…; esta corbata es inarrugable y me cuesta ocho pesos…; ¿ve estos botines?, treinta y dos pesos, caballero. ¿Puede alguien decir que soy un pelafustán? ¡No, señor! ¿No es cierto?

–¡Claro que sí!

Guiñó arduamente los ojos durante un minuto, luego moviendo la cabeza como un osezno alegre, prosiguió interrogador y afirmativo simultáneamente:

–Qué agradable es poder confesar sus intimidades en público, ¿no le parece, caballero? ¿Hay muchos en mi lugar que pueden sentarse impunemente a la mesa de un café y entablar una amable conversación con un desconocido como lo hago yo? No. Y, ¿por qué no hay muchos, puede contestarme?

–No sé…

–Porque mi semblante respira la santa honradez.

Satisfechísimo de su conclusión, el bufoncillo se restregó las manos con satánico donaire, y echando complacidas miradas en redor prosiguió:

–Soy más bueno que el pan francés y más arbitrario que una preñada de cinco meses. Basta mirarme para comprender de inmediato que soy uno de aquellos hombres que aparecen de tanto en tanto sobre el planeta como un consuelo que Dios ofrece a los hombres en pago de sus penurias, y aunque no creo en la santísima Virgen, la bondad fluye de mis palabras como la piel del Himeto.

Mientras yo desencajaba los ojos asombrados, Rigoletto continuó:

–Yo podría ser abogado ahora, pero como no he estudiado no lo soy. En mi familia fui profesional del betún.

–¿Del betún?

–Sí, lustrador de botas…, lo cual me honra, porque yo solo he escalado la posición que ocupo. ¿O le molesta que haya sido profesional? ¿Acaso no se dice «técnico de calzado» el último remendón de portal, y «experto en cabellos y sus derivados» el rapabarbas, y profesor de baile el cafishio profesional?…

Indudablemente, era aquél el pillete más divertido que había encontrado en mi vida.

–¿Y ahora qué hace usted?

–Levanto quinielas entre mis favorecedores, señor. No dudo que usted será mi cliente. Pida informes…

–No hace falta…

–¿Quiere fumar usted, caballero?

–¡Cómo no!

Después que encendí el cigarro que él me hubo ofrecido, Rigoletto apoyó el corto brazo en mi mesa y dijo:

–Yo soy enemigo de contraer amistades nuevas porque la gente generalmente carece de tacto y educación, pero usted me convence…, me parece una persona muy de bien y quiero ser su amigo –dicho lo cual, y ustedes no lo creerán, el corcovado abandonó su silla y se instaló en mi mesa.

Ahora no dudarán ustedes de que Rigoletto era el ente más descarado de su especie, y ello me divirtió a punto tal que no pude menos de pasar el brazo por encima de la mesa y darle dos palmadas amistosas en la giba. Quedose el contrahecho mirándome gravemente un instante; luego lo pensó mejor, y sonriendo, agregó:

–¡Que le aproveche, caballero, porque a mí no me ha dado ninguna suerte!

Siempre dudé que mi novia me quisiera con la misma fuerza de enamoramiento que a mí me hacía pensar en ella durante todo el día, como en una imagen sobrenatural. Por momentos la sentía implantada en mi existencia semejante a un peñasco en el centro de un río. Y esta sensación de ser la corriente dividida en dos ondas cada día más pequeñas por el crecimiento del peñasco, resumía mi deleite de enamoramiento y anulación. ¿Comprenden ustedes? La vida que corre en nosotros se corta en dos raudales al llegar a su imagen, y como la corriente no puede destruir la roca, terminamos anhelando el peñasco que aja nuestro movimiento y permanece inmutable.

Naturalmente, ella desde el primer día que nos tratamos, me hizo experimentar con su frialdad sonriente el peso de su autoridad. Sin poder concretar en qué consistía el dominio que ejercía sobre mí, éste se traducía como la presión de una atmósfera sobre mi pasión. Frente a ella me sentía ridículo, inferior sin saber precisar en qué podía consistir cualquiera de ambas cosas. De más está decir que nunca me atreví a besarla, porque se me ocurría que ella podía considerar un ultraje mi caricia. Eso sí, me era más fácil imaginármela entregada a las caricias de otro, aunque ahora se me ocurre que esa imaginación pervertida era la consecuencia de mi conducta imbécil para con ella. En tanto, mediante esas curiosas transmutaciones que obra a veces la alquimia de las pasiones, comencé a odiarla rabiosamente a la madre, responsabilizándola también, ignoro por qué, de aquella situación absurda en que me encontraba. Si yo estaba de novio en aquella casa debíase a las arterias de la maldita vieja, y llegó a producirse en poco tiempo una de las situaciones más raras de que haya oído hablar, pues me retenía en la casa, junto a mi novia, no el amor a ella, sino el odio al alma taciturna y violenta que envasaba la madre silenciosa, pesando a todas horas cuántas probabilidades existían en el presente de que me casara o no con su hija. Ahora estaba aferrado al semblante de la madre como a una mala injuria inolvidable o a una humillación atroz. Me olvidaba de la muchacha que estaba a mi lado para entretenerme en estudiar el rostro de la anciana, abotagado por el relajamiento de la red muscular, terroso, inmóvil por momentos como si estuviera tallado en plata sucia, y con ojos negros, vivos e insolentes.

Las mejillas estaban surcadas por gruesas arrugas amarillas, y cuando aquel rostro estaba inmóvil y grave, con los ojos desviados de los míos, por ejemplo, detenidos en el plafón de la sala, emanaba de esa figura envuelta en ropas negras tal implacable voluntad, que el tono de la voz, enérgico y recio, lo que hacía era sólo afirmarla.

Yo tuve la sensación, en un momento dado, que esa mujer me aborrecía, porque la intimidad, a la cual ella «involuntariamente» me había arrastrado, no aseguraba en su interior las ilusiones que un día se había hecho respecto a mí. Y a medida que el odio crecía, y lanzaba en su interior furiosas voces, la señora X era más amable conmigo, se interesaba por mi salud, siempre precaria, tenía conmigo esas atenciones que las mujeres que han sido un poco sensuales gastan con sus hijos varones, y como una monstruosa araña iba tejiendo en redor de mi responsabilidad una fina tela de obligaciones. Sólo sus ojos negros e insolentes me espiaban de continuo, revisándome el alma y sopesando mis intenciones. A veces, cuando la incertidumbre se le hacía insoportable, estallaba casi en estas indirectas:

–Las amigas no hacen sino preguntarme cuándo se casan ustedes, y yo ¿qué les voy a contestar? Que pronto–. O si no: –Sería conveniente, no le parece a usted, que la «nena» fuera preparando su ajuar.

Cuando la señora X pronunciaba estas palabras, me miraba fijamente para descubrir si en un parpadeo o en un involuntario temblor de un nervio facial se revelaba mi intención de no cumplir con el compromiso, al cual ella me había arrastrado con su conducta habilísima. Aunque tenía la seguridad de que le daría una sorpresa desagradable, fingía estar segura de mi «decencia de caballero», mas el esfuerzo que tenía que efectuar para revestirse de esa apariencia de tranquilidad, ponía en el timbre de su voz una violencia meliflua, violencia que imprimía a las palabras una velocidad de cuchicheo, como quien os confía apuradamente un secreto, acompañando la voz con una inclinación de cabeza sobre el hombro derecho, mientras que la lengua humedecía los labios resecos por ese instinto animal que la impulsaba a desear matarme o hacerme víctima de una venganza atroz.

Además de voluntariosa, carecía de escrúpulos, pues fingía articular con mis ideas, que le eran odiosas en el más amplio sentido de la palabra. Y aunque aparentemente resulte ridículo que dos personas se odien en la divergencia de un pensamiento, no lo es, porque en el subconsciente de cada hombre y de cada mujer donde se almacena el rencor, cuando no es posible otro escape, el odio se descarga como por una válvula psíquica en la oposición de las ideas. Por ejemplo, ella, que odiaba a los bolcheviques, me escuchaba deferentemente cuando yo hablaba de las rencillas de Trotsky y Stalin, y hasta llegó al extremo de fingir interesarse por Lenin, ella, ella que se entusiasmaba ardientemente con los más groseros figurones de nuestra política conservadora. Acomodaticia y flexible, su aprobación a mis ideas era una injuria, me sentía empequeñecido y denigrado frente a una mujer que si yo hubiera afirmado que el día era noche, me contestara:

–Efectivamente, no me fijé que el sol hace rato que se ha puesto.

Sintetizando, ella deseaba que me casara de una vez. Luego se encargaría de darme con las puertas en las narices y de resarcirse de todas las dudas en que la había mantenido sumergida mi noviazgo eterno.

En tanto la malla de la red se iba ajustando cada vez más a mi organismo. Me sentía amarrado por invisibles cordeles. Día tras día la señora X agregaba un nudo más a su tejido, y mi tristeza crecía como si ante mis ojos estuvieran serruchando las tablas del ataúd que me iban a sumergir en la nada. Sabía que en la casa, lo poco bueno que persistía en mí iba a naufragar si yo aceptaba la situación que traía aparejada el compromiso. Ellas, la madre y la hija, me atraían a sus preocupaciones mezquinas, a su vida sórdida, sin ideales, una existencia gris, la verdadera noria de nuestro lenguaje popular, en el que la personalidad a medida que pasan los días se va desintegrando bajo el peso de las obligaciones económicas, que tienen la virtud de convertirlo a un hombre en uno de esos autómatas con cuello postizo, a quienes la mujer y la suegra retan a cada instante porque no trajo más dinero o no llegó a la hora establecida. Hace mucho tiempo que he comprendido que no he nacido para semejante esclavitud. Admito que es más probable que mi destino me lleve a dormir junto a los rieles de un ferrocarril, en medio del campo verde, que a acarretillar un cochecito con toldo de hule, donde duerme un muñeco que al decir de la gente «debe enorgullecerme de ser padre».

Yo no he podido concebir jamás ese orgullo, y sí experimento un sentimiento de vergüenza y de lástima cuando un buen señor se entusiasma frente a mí con el pretexto de que su esposa lo ha hecho «padre de familia». Hasta muchas veces me he dicho que esa gente que así procede son simuladores de alegría o unos perfectos estúpidos. Porque en vez de felicitarnos del nacimiento de una criatura debíamos llorar de haber provocado la aparición en este mundo de un mísero y débil cuerpo humano, que a través de los años sufrirá incontables horas de dolor y escasísimos minutos de alegría.

Y mientras la «deliciosa criatura» con la cabeza tiesa junto a mi hombro soñaba con un futuro sonrosado, yo, con los ojos perdidos en la triangular verdura de un ciprés cercano, pensaba con qué hoja cortante desgarrar la tela de la red, cuyas células a medida que crecía se hacían más pequeñas y densas. Sin embargo, no encontraba un filo lo suficientemente agudo para desgarrar definitivamente la malla, hasta que conocí al corcovado.

En esas circunstancias se me ocurrió la «idea» –idea que fue pequeñita al principio como la raíz de una hierba, pero que en el transcurso de los días se bifurcó en mi cerebro, dilatándose, afianzando sus fibromas entre las células más remotas– y aunque no se me ocultaba que era ésa una «idea» extraña, fui familiarizándome con su contextura, de modo que a los pocos días ya estaba acostumbrado a ella y no faltaba sino llevarla a la práctica. Esa idea, semidiabólica por su naturaleza, consistía en conducir a la casa de mi novia al insolente jorobadito, previo acuerdo con él, y promover un escándalo singular, de consecuencias irreparables. Buscando un motivo mediante el cual podría provocar una ruptura, reparé en una ofensa que podría inferirle a mi novia, sumamente curiosa, la cual consistía:

Bajo la apariencia de una conmiseración elevada a su más pura violencia y expresión, el primer beso que ella aún no me había dado a mí, tendría que dárselo al repugnante corcovado que jamás había sido amado, que jamás conoció la piedad angélica ni la belleza terrestre.

Familiarizado, como les cuento, con mi «idea», si a algo tan magnífico se puede llamar idea, me dirigí al café en busca de Rigoletto.

Después que se hubo sentado a mi lado, le dije:

–Querido amigo: muchas veces he pensado que ninguna mujer lo ha besado ni lo besará. ¡No me interrumpa! Yo la quiero mucho a mi novia, pero dudo que me corresponda de corazón. Y tanto la quiero que para que se dé cuenta de mi cariño le diré que nunca la he besado. Ahora bien: yo quiero que ella me dé una prueba de su amor hacia mí…, y esa prueba consistirá en que lo bese a usted. ¿Está conforme?

Respingó el corcovado en su silla; luego con tono enfático me replicó:

–¿Y quién me indemniza a mí, caballero, del mal rato que voy a pasar?

–¿Cómo, mal rato?

–¡Naturalmente! ¿O usted se cree que yo puedo prestarme por ser jorobado a farsas tan innobles? Usted me va a llevar a la casa de su novia y como quien presenta un monstruo, le dirá: «Querida, te presento al dromedario».

–¡Yo no la tuteo a mi novia!

–Para el caso es lo mismo. Y yo en tanto, ¿qué voy a quedarme haciendo, caballero? ¿Abriendo la boca como un imbécil, mientras disputan sus tonterías? ¡No, señor; muchas gracias! Gracias por su buena intención, como le decía la liebre al cazador. Además, que usted me dijo que nunca la había besado a su novia.

–Y eso, ¿qué tiene que ver?

–¡Claro! ¿Usted sabe acaso si a mí me gusta que me besen? Puede no gustarme. Y si no me gusta, ¿por qué usted quiere obligarme? ¿O es que usted se cree que porque soy corcovado no tengo sentimientos humanos?

La resistencia de Rigoletto me enardeció. Violentamente, le dije:

–Pero ¿no se da cuenta de que es usted, con su joroba y figura desgraciadas, el que me sugirió este admirable proyecto? ¡Piense, infeliz! Si mi novia consiente, le quedará a usted un recuerdo espléndido. Podrá decir por todas partes que ha conocido a la criatura más adorable de la tierra. ¿No se da cuenta? Su primer beso habrá sido para usted.

–¿Y quién le dice a usted que ése sea el primer beso que haya dado?

Durante un instante me quedé inmóvil; luego, obcecado por ese frenesí que violentaba toda mi vida hacia la ejecución de la «idea», le respondí:

–Y a vos, Rigoletto, ¿qué se te importa?

–¡No me llame Rigoletto! Yo no le he dado tanta confianza para que me ponga sobrenombres.

–Pero, ¿sabés que sos el contrahecho más insolente que he conocido?

Amainó el jorobadito y ya dijo:

–¿Y si me ultrajara de palabra o de hecho?

–¡No seas ridículo, Rigoletto! ¿Quién te va a ultrajar? ¡Si vos sos un bufón! ¿No te das cuenta? ¡Sos un bufón y un parásito! ¿Para qué hacés entonces la comedia de la dignidad?

–¡Rotundamente protesto, caballero!

–Protestá todo lo que quieras, pero escucháme. Sos un desvergonzado parásito. Creo que me expreso con suficiente claridad ¿no? Les chupás la sangre a todos los clientes del café que tienen la imprudencia de escuchar tus melifluas palabras. Indudablemente no se encuentra en todo Buenos Aires un cínico de tu estampa y calibre. ¿Con qué derecho, entonces, pretendés que te indemnicen si a vos te indemniza mi tontería de llevarte a una casa donde no sos digno de barrer el zaguán? ¡Qué más indemnización querés que el beso que ella, santamente, te dará, insensible a tu cara, el mapa de la desvergüenza!

–¡No me ultraje!

–Bueno, Rigoletto, ¿aceptás o no aceptás?

–¿Y si ella se niega a dármelo o quedo desairado?…

–Te daré veinte pesos.

–¿Y cuándo vamos a ir?

–Mañana. Cortáte el pelo, limpiáte las uñas…

–Bueno…, présteme cinco pesos…

–Tomá diez.

A las nueve de la noche salí con Rigoletto en dirección a la casa de mi novia. El giboso se había perfumado endiabladamente y estrenaba una corbata plastrón de color violeta.

La noche se presentaba sombría con sus ráfagas de viento encallejonadas en las bocacalles, y en el confín, tristemente iluminado por oscilantes lunas eléctricas, se veían deslizarse vertiginosas cordilleras de nubes. Yo estaba malhumorado, triste. Tan apresuradamente caminaba que el cojo casi corría tras de mí, y a momentos tomándome del borde del saco, me decía con tono lastimero:

–¡Pero usted quiere reventarme! ¿Qué le pasa a usted?

Y de tal manera crecía mi enfurecimiento que de no necesitarlo a Rigoletto lo hubiera arrojado de un puntapié al medio de la calzada.

¡Y cómo soplaba el viento! No se veía alma viviente por las calles, y una claridad espectral caída del segundo cielo que contenían las combadas nubes, hacía más nítidos los contornos de las fachadas y sus cresterías funerarias. No había quedado un trozo de papel por los suelos. Parecía que la ciudad había sido borrada por una tropa de espectros. Y a pesar de encontrarme en ella, creía estar perdido en un bosque.

El viento doblaba violentamente la copa de los árboles, pero el maldito corcovado me perseguía en mi carrera, como si no quisiera perderme, semejante a mi genio malo, semejante a lo malvado de mí mismo que para concretarse se hubiera revestido con la figura abominable del giboso.

Y yo estaba triste. Enormemente triste, como no se lo imaginan ustedes. Comprendía que le iba a inferir un atroz ultraje a la fría calculadora; comprendía que ese acto me separaría para siempre de ella, lo cual no obstaba para que me dijera a medida que cruzaba las aceras desiertas:

–Si Rigoletto fuera mi hermano, no hubiera procedido lo mismo.

Y comprendía que sí, que si Rigoletto hubiera sido mi hermano, yo toda la vida lo hubiera compadecido con angustia enorme. Por su aislamiento, por su falta de amor que le hiciera tolerable los días colmados por los ultrajes de todas las miradas. Y me añadía que la mujer que me hubiera querido debía primero haberlo amado a él. De pronto me detuve ante un zaguán iluminado:

–Aquí es.

Mi corazón latía fuertemente. Rigoletto atiesó el pescuezo y, empinado sobre la punta de sus pies, al tiempo que se arreglaba el moño de la corbata, me dijo:

–¡Acuérdese! ¡Usted es el único culpable! ¡Que el pecado…!

Fina y alta, apareció mi novia en la sala dorada.

Aunque sonreía, su mirada me escudriñaba con la misma serenidad con que me examinó la primera vez cuando le dije: «¿me permite una palabra, señorita?», y esta contradicción entre la sonrisa de su carne (pues es la carne la que hace ese movimiento delicioso que llamamos sonrisa) y la fría expectativa de su inteligencia discerniéndome mediante los ojos, era la que siempre me causaba la extraña impresión.

Avanzó cordialmente a mi encuentro, pero al descubrir al contrahecho, se detuvo asombrada, interrogándonos a los dos con la mirada.

–Elsa, le voy a presentar a mi amigo Rigoletto.

–¡No me ultraje, caballero! ¡Usted bien sabe que no me llamo Rigoletto!

–¡A ver si te callás!

Elsa detuvo la sonrisa. Mirábame seriamente, como si yo estuviera en trance de convertirme en un desconocido para ella. Señalándole una butaca dorada le dije al contrahecho:

–Sentáte allí y no te muevas.

Quedóse el giboso con los pies a dos cuartas del suelo y el sombrero de paja sobre las rodillas y con su carota atezada parecía un ridículo ídolo chino. Elsa contemplaba estupefacta al absurdo personaje.

Me sentí súbitamente calmado.

–Elsa –le dije–, Elsa, yo dudo de su amor. No se preocupe por ese repugnante canalla que nos escucha. Óigame: yo dudo…, no sé por qué…, pero dudo de que usted me quiera. Es triste eso…, créalo… Demuéstreme, deme una prueba de que me quiere, y seré toda la vida su esclavo.

Naturalmente, yo no estaba seguro de lo que quería expresar «toda la vida», pero tanto me agradó la frase que insistí:

–Sí, su esclavo para toda la vida. No crea que he bebido. Sienta el olor de mi aliento.

Elsa retrocedió a medida que yo me acercaba a ella, y en ese momento, ¿saben ustedes lo que se le ocurre al maldito cojo? Pues: tocar una marcha militar con el nudillo de sus dedos en la copa del sombrero.

Me volví al cojo y después de conminarle silencio, me expliqué:

–Vea, Elsa, y la única prueba de amor es que le dé un beso a Rigoletto.

Los ojos de la doncella se llenaron de una claridad sombría. Caviló un instante; luego, sin cólera en la voz, me dijo muy lentamente:

–¡Retírese!

–¡Pero!…

–¡Retírese, por favor…; váyase!…

Yo me inclino a creer que el asunto hubiera tenido compostura, créanlo…, pero aquí ocurrió algo curioso, y es que Rigoletto, que hasta entonces había guardado silencio, se levantó exclamando:

–¡No le permito esa insolencia, señorita…, no le permito que lo trate así a mi noble amigo! Usted no tiene corazón para la desgracia ajena. ¡Corazón de peñasco, es indigna de ser la novia de mi amigo!

Más tarde mucha gente creyó que lo que ocurrió fue una comedia preparada. Y la prueba de que yo ignoraba lo que iba a ocurrir, es que al escuchar los despropósitos del contrahecho me desplomé en un sofá riéndome a gritos, mientras que el giboso, con el semblante congestionado, tieso en el centro de la sala, con su bracito extendido, vociferaba:

–¡Por qué usted le dijo a mi amigo que un beso no se pide…, se da! ¿Son conversaciones esas adecuadas para una que presume de señorita como usted? ¿No le da a usted verguenza?

Descompuesto de risa, sólo atiné a decir:

–¡Calláte, Rigoletto; calláte!…

El corcovado se volvió enfático:

–¡Permítame, caballero…; no necesito que me dé lecciones de urbanidad!

Y volviéndose a Elsa, que roja de vergüenza había retrocedido hasta la puerta de la sala, le dijo:

–¡Señorita…, la conmino a que me dé un beso!

El límite de resistencia de las personas es variable. Elsa huyó arrojando grandes gritos y en menos tiempo del que podía esperarse aparecieron en la sala su padre y su madre, la última con una servilleta en la mano. ¿Ustedes creen que el cojo se amilanó? Nada de eso. Colocado en medio de la sala, gritó estentóreamente:

–¡Ustedes no tienen nada que hacer aquí! ¡Yo he venido en cumplimiento de una alta misión filantrópica!… ¡No se acerquen!

Y antes de que ellos tuvieran tiempo de avanzar para arrojarlo por la ventana, el corcovado desenfundó un revólver, encañonándolos.

Se espantaron porque creyeron que estaba loco, y cuando los vi así inmovilizados por el miedo, quedéme a la expectativa, como quien no tuviera nada que hacer en tal asunto, pues ahora la insolencia de Rigoletto parecíame de lo más extraordinaria y pintoresca.

Éste, dándose cuenta del efecto causado, se envalentonó:

–¡Yo he venido a cumplir una alta misión filantrópica! Y es necesario que Elsa me dé un beso para que yo le perdone a la humanidad mi corcova. A cuenta del beso, sírvanme un té con coñac. ¡Es una vergüenza cómo ustedes atienden a las visitas! ¡No tuerza la nariz, señora, que para eso me he perfumado! ¡Y tráigame el té!

¡Ah, inefable Rigoletto! Dicen que estoy loco, pero jamás un cuerdo se ha reído con tus insolencias como yo, que no estaba en mis cabales.

–Lo haré meter preso…

–Usted ignora las más elementales reglas de cortesía –insistía el corcovado–. Ustedes están obligados a atenderme como a un caballero. El hecho de ser jorobado no los autoriza a despreciarme. Yo he venido para cumplir una alta misión filantrópica. La novia de mi amigo está obligada a darme un beso. Y no lo rechazo. Lo acepto. Comprendo que debo aceptarlo como una reparación que me debe la sociedad, y no me niego a recibirlo.

Indudablemente…, si allí había un loco, era Rigoletto, no les quede la menor duda, señores. Continuó él:

–Caballero…, yo soy…

Un vigilante tras otro entraron en la sala. No recuerdo nada más. Dicen los periódicos que me desvanecí al verlos entrar. Es posible.

¿Y ahora se dan cuenta por qué el hijo del diablo, el maldito jorobado, castigaba a la marrana todas las tardes y por qué yo he terminado estrangulándole?


*Este cuento fue publicado por primera vez en: El jorbadito y otros cuentos, 1933. 

Del hambre, nuestra envidia era impotente y obtusa, como cada uno de nuestros sentidos. No teníamos fuerzas para los sentimientos, ni para hacer el trabajo algo más llevadero, tampoco para caminar, pedir o preguntar… Solo envidiábamos a los conocidos con los que aparecimos en este mundo. En concreto, a quienes les tocó en suerte un puesto en la oficina, el hospital o las cuadras, donde se libraban de las largas horas de trabajos forzados. De ese trabajo físico que tanto ensalzan los frontones de todos los campos como signo de nobleza y heroísmo. En una palabra: solo envidiábamos a Shestakov.

Solamente algo externo podía sacarnos de la apatía, apartándonos de una muerte que se aproximaba lenta y gradualmente. Una fuerza exterior, nunca interior. En nuestro fuero interno todo eran cenizas y vacío; todo nos daba igual, y no hacíamos planes para más allá del día siguiente. 

Por ejemplo, en ese momento todo lo que yo quería era escaparme al barracón y echarme en la litera. Y sin embargo, seguía de pie junto a la puerta de la tienda de provisiones. En aquella tienda solo podían comprar los condenados por causas comunes, así como los ladrones-reincidentes, que se contaban entre los “amigos del pueblo”.

En cambio, a nosotros no se nos había perdido nada allí, pero no había forma de apartar los ojos de las barras de pan color chocolate; el olor dulce y penetrante del pan recién hecho nos cosquilleaba la nariz: con semejante olor, nos bailaba hasta la cabeza. Yo estaba de pie, mirando el pan, sin saber cuándo reuniría las fuerzas para escaparme al barracón. Y en ese mismo momento me llamó Shestakov.

A Shestakov le conocía de Tierra Grande, de la prisión Butyrka, donde compartimos celda. No es que allí nos hiciésemos amigos: solo éramos conocidos. En la mina, Shestakov no trabajaba en la galería. Como era ingeniero geólogo, lo escogieron para trabajar en las expediciones geológicas, en lo que acabó resultando la oficina. A duras penas saludaba el afortunado a sus conocidos moscovitas. Aunque nosotros no nos enfadábamos: vaya usted a saber qué le habían encomendado. Además, cada uno va a lo suyo, etc.

–Venga, fuma –dijo Shestakov y me alargó un trozo de periódico, le echó majorka y encendió una cerilla, ¡una cerilla de verdad!

Encendí el pitillo.

–Tengo que hablar contigo –dijo Shestakov.

–¿Conmigo?

–Sí.

Nos alejamos tras los barracones, y nos sentamos en el linde de la vieja mina. Mis piernas en seguida se entumecieron, mientras que Shestakov se balanceaba despreocupadamente con sus nuevas botas reglamentarias, que olían ligeramente a aceite de bacalao. Llevaba los bajos de los pantalones metidos, dejando al descubierto unos calcetines con estampado de ajedrez. Yo contemplaba las piernas de Shestakov con genuina admiración, e incluso cierto orgullo: por lo menos había un hombre en nuestra celda que no llevaba harapos en las piernas.

La tierra bajo nuestros pies temblaba con explosiones sordas: así preparaban el terreno para el turno de noche. Los guijarros caían a nuestros pies, brillando como pájaros grises e imperceptibles.

–Seguimos haciendo un rodeo –dijo Shestakov.

–No tengas miedo, que no muerden. Los calcetines seguirán enteros.

–Yo no pienso en los calcetines –dijo Shestiakov y señaló con el dedo índice hacia el horizonte. ¿Cómo lo ves?

–Seguro que la palmamos –dije. Aunque, la verdad, me apetecía menos pensarlo.

–No qué va: yo no estoy dispuesto a morir.

–¿Y bien?

–Tengo un mapa –dijo con indolencia Shestakov–. Yo llevaré a los obreros, te recojo a ti y me dirijo a Fuentes Negras. Está a quince kilómetros de aquí. Me haré con un salvoconducto. Y huiremos en dirección al mar. ¿Conforme?

Él soltó todo aquello con un tonillo indiferente, como de chanza.    

– Pero, ¿y el mar? ¿Lo atravesamos a nado?

–Da igual. Por algo se empieza. No puedo vivir así. “Es mejor morir de pie que vivir de rodillas” –pronunció  solemne Shestakov. –¿Quién fue que lo dijo?

Y tanto, era una frase familiar. Pero no había fuerzas para recordar quién y cuándo había pronunciado esas palabras. Teníamos los libros totalmente olvidados. No creíamos en los libros. Yo me arremangué los pantalones, y le enseñé mis úlceras rojizas, fruto del escorbuto.       .

–Te curarás en el bosque –dijo Shestakov–, a base de bayas, vitaminas. Yo guío, que conozco el camino. Tengo un mapa…

Cerré los ojos y me puse a reflexionar. Desde aquel lugar al mar había tres caminos. En total, un mínimo de quinientos kilómetros. No solo yo, es que tampoco Shestakov llegaría. ¿Y si me llevaba como comida? No, por supuesto. Pero, ¿entonces por qué mentía? Si todo eso lo sabía tan bien como yo. Y de repente, tuve miedo  de Shestakov, el único de nosotros que se había colocado como especialista. ¿Quién le colocó y a qué precio? Si es que todo en esta vida se paga. Con la sangre ajena, con la vida ajena.

–De acuerdo –dije yo, abriendo los ojos– . Solo que necesito un suplemento alimenticio.

–¡Excelente, excelente!  Tendrás tu suplemento, por supuesto. Te traeré…, conservas. Nosotros tenemos acceso…

Hay muchas conservas en el mundo: cárnicas, de pescado, de frutas o verduras… Pero la más maravillosa de todas es láctea: la leche condensada. No tenía ningún sentido poner agua a hervir para bebérsela, no; estaba claro que había que tomársela a cucharadas. O bien untada en pan, o tragándosela poquito a poco de la lata. Así, uno se la comía lentamente, viendo cómo aquella masa clara y casi líquida amarilleaba, mientras la lata se embadurnaba con estrellitas de azúcar.

–Mañana –dije sin aliento, de pura felicidad– que sean de leche…

–Trato hecho: hay trato. De leche –y Shestakov se fue.

Volví al barracón, me tumbé y cerré los ojos. No era fácil pensar. Era una especie de proceso físico, y por primera vez la materialidad de nuestra psique comparecía ante mí, rotunda y palpable. Dolía pensar, pero había que hacerlo. Él nos recluta para huir y estamos perdidos: eso estaba más claro que el agua. Él pagará su puestazo en la oficina con nuestra sangre.. con mi sangre. A nosotros o nos matarán allí mismo, en Fuentes Negras, o nos traerán de regreso vivos y nos juzgarán, para añadirnos quince años más. Pero si es que él no puede ignorar que no hay salida. Pero la leche, ¡ay!, la leche condensada..

Me dormí, y en mi sueño famélico veía el bote de leche condensada de Shestakov: una lata prodigiosa con una etiqueta azul cielo. El bote era gigantesco, azul como el cielo nocturno. Como la lata estaba perforada en mil sitios, la leche rezumaba y goteaba como el amplio surtidor de la Vía Láctea. Y yo tocaba sin esfuerzo el cielo con las manos y me tomaba ávidamente la leche, tan dulce, estrellada y espesa.   

No recuerdo lo que hice aquel día ni cómo trabajé. Esperé y esperé, hasta que el sol se recostó en el oeste y los caballos relincharon, pues ellos adivinan mucho mejor que las personas cuándo la jornada laborable llega a su fin.

Al primer y estridente toque, me fui al barracón donde vivía Shestakov. Él me esperaba en el zaguán. Dos latas de leche le sobresalían por los bolsillos de su chaquetón.

Nos sentamos en la mesa del barracón, grande y bien limpia, y Shestakov sacó del bolsillo dos latas de leche condensada.

Agujereé la lata con la punta de un hacha. Un espeso chorro blanco goteó sobre la tapa y cayó sobre mi mano.

–Deberías hacer un segundo agujero por el aire–dijo Shestakov.

–Así está bien –dije, lamiendo mis dedos dulzones y sucios.

–Usemos la cuchara –dijo Shestakov, volviéndose hacia los trabajadores que nos rodeaban. Diez cucharas relucientes a fuerza de los lamidos se desplegaron sobre la mesa. Todos estaban de pie, observándome mientras comía. No era por falta de delicadeza ni por el deseo oculto de probarla: ninguno tenía la más mínima esperanza de que la compartiese. No había precedentes: su interés por la comida ajena era totalmente altruista. Además, yo ya sabía que era imposible no mirar la comida que desaparece por la boca de otra persona. Así que me senté para estar cómodo y me comí ambas latas sin pan, aclarándolas de cuando en cuando con agua fría. Luego, los espectadores se dispersaron: había terminado la representación. Shestakov me miraba con empatía.

–¿Sabes qué? –dije, lamiendo la cucharilla con avidez–.  Me lo he pensado mejor. Iros sin mí.

Shestakov lo comprendió y se fue sin decir palabra.

Fue, sin duda, una mísera venganza, débil como todos mis sentimientos. ¿Pero qué más podía hacer yo? ¿Avisar al resto? Si ni siquiera los conocía. Pero había que advertirlos: a Shestakov le dio tiempo de convencer a cinco. Huyeron durante una semana, a dos les mataron cerca de Fuentes Negras, y a los tres restantes les juzgaron al mes siguiente. El caso del propio Shestakov se consideró aparte “por razones productivas”. Rápidamente, se lo llevaron a otra parte. Medio año después me lo encontré en otra mina. No recibió una condena adicional por intentar escapar: las autoridades eran honradas con él, aunque podría haber sido muy diferente.

Él trabajaba en las prospecciones, estaba afeitado y bien alimentado, y sus calcetines ajedrezados seguían enteritos. No me saludó, pero fue por capricho. Dos latas de leche condensada no son nada del otro mundo, al fin y al cabo…

<1956>

De acuerdo con La esencia de la Salvación, de Eshin, los Diez Placeres no son nada más que una gota de agua en el océano comparados con los goces de la Tierra Pura. El suelo es allí de esmeralda y los caminos que la cruzan, de cordones de oro. No hay fronteras y su superficie es plana. Cincuenta mil millones de salones y torres trabajadas en oro, plata, cristal y coral se levantan en cada uno de los Recintos sagrados. Hay maravillosos ropajes diseminados sobre enjoyadas margaritas. Dentro de los salones y sobre las torres una multitud de ángeles toca eternamente música sagrada y entona himnos de alabanza al Buda Tathagata. Existen grandes estanques de oro y esmeralda en los jardines para que los fieles realicen sus abluciones. Los estanques de oro están rodeados de arena de plata y los de esmeralda, de arena de cristal. Hay plantas de loto en las fuentes que brillan con mil fuegos cuando el viento acaricia la superficie del agua. Día y noche el aire se colma con el canto de las grullas, gansos, pavos reales, papagayos y kalavinkas de dulce acento que tienen rostros de mujeres hermosas. Éstos y otras miríadas de pájaros cien veces alhajados elevan sus melodiosos cantos en alabanza a Buda. (Aun cuando sus voces resuenen dulcemente, esta inmensa colección de aves debe resultar extremadamente ruidosa.)

Las orillas de estanques y ríos están cubiertas de bosquecillos con preciosos árboles sagrados que poseen troncos de oro, ramas de plata y flores de coral. Su belleza se refleja en las aguas. El aire está colmado de cuerdas enjoyadas de las que cuelgan legiones de campanas preciosas que tañen por siempre la Ley Suprema de Buda, y extraños instrumentos musicales, que resuenan sin ser pulsados, se extienden en lontananza por el diáfano cielo.

Una mesa con siete joyas, sobre cuya resplandeciente superficie se encuentran siete recipientes colmados por los más exquisitos manjares, aparece frente a aquellos que sienten algún tipo de apetito. No es necesario llevarse a la boca estas viandas. Basta deleitarse con su aroma y colores. En tal forma, el estómago se satisface y el cuerpo se nutre mientras que el sujeto se mantiene espiritual y físicamente puro. Una vez terminada la merienda, los recipientes y la mesa desaparecen.

De la misma manera, el cuerpo se viste automáticamente sin necesidad de coser, lavar, teñir o zurcir.

Las lámparas tampoco son necesarias, pues el cielo está iluminado por una luz omnipresente. Además, la Tierra Pura goza de una temperatura moderada durante todo el año, haciendo innecesario refrescarse o abrigarse. Cien mil esencias tenues perfuman el aire y pétalos de loto caen en constante lluvia.

En el capítulo de «El Portal de Inspección» se nos enseña que, visto y considerado que los no iniciados no pueden adentrarse profundamente en la Tierra Pura, deben ocuparse en despertar sus poderes de «imaginación exterior» y, luego, en engrandecerlos continuamente. El poder de la imaginación permite escapar a las trabas de nuestra vida mundana y contemplar a Buda. Si estamos dotados de una rica y turbulenta fantasía, podremos concentrar nuestra atención en una sola flor de loto y, desde allí, expandirnos hacia infinitos horizontes.

A través de una observación microscópica y de cierta proyección astronómica, la flor de loto puede convertirse en los cimientos de una teoría del universo y en el agente por medio del cual nos será posible percibir la Verdad. En primer lugar, debemos saber que cada pétalo tiene ochenta y cuatro mil nervaduras, y que cada nervadura posee ochenta y cuatro mil luces. Más aún, la más pequeña de estas flores tiene un diámetro de doscientos cincuenta yojana. Presumiendo que el yojana del cual hablan las Sagradas Escrituras corresponde a setenta y cinco millas cada uno, podemos llegar a la conclusión de que una flor de loto de un diámetro de diecinueve mil millas no es de las más grandes.

Pues bien, esa flor tiene ochenta y cuatro mil pétalos y dentro de cada uno hay un millón de joyas resplandecientes con mil luces diferentes. Sobre el cáliz bellamente adornado de la flor se levantan cuatro alhajados pilares, cada uno de los cuales es cien billones de veces más grande que el Monte Sumeru, que sobresale en el centro del universo budista. Grandes tapices cuelgan de sus pilares. Cada uno de ellos está adornado con cincuenta mil millones de joyas que emiten ochenta y cuatro mil luces por unidad. Cada luz está compuesta de ochenta y cuatro mil tonos diferentes de oro.

La concentración en tales imágenes es conocida como «Pensamiento del asiento de Loto en el que se sienta Buda»; y el mundo que se vislumbra como fondo de nuestra historia es un mundo imaginado en esa escala.

El sacerdote del Templo de Shiga era un hombre de gran virtud. Sus cejas eran muy blancas y apenas podía con sus huesos. Recorría el templo de un lado a otro, apoyado en un bastón.

A los ojos de este sabio asceta el mundo sólo era un montón de basura. Había vivido retirado durante muchos años y el pequeño retoño de pino que había plantado con sus propias manos, al mudarse a su celda actual, era ya un gran árbol cuyas ramas se agitaban al viento. Un monje que había logrado abandonar el Mundo Fluctuante desde tanto tiempo atrás, debía sentir una gran seguridad respecto a su futuro.

Sonreía, compasivo, frente a nobles poderosos, y reflexionaba acerca de la imposibilidad que demostraba aquella gente en advertir que los placeres no eran sino sueños vacíos. Cuando contemplaba a alguna mujer hermosa, su única reacción era experimentar piedad por los hombres que aún habitan el mundo de las desilusiones y se sacuden en las olas del deseo carnal.

Cuando un hombre no responde a las motivaciones que regulan el mundo material, ese mundo parece sumergirse en un completo reposo. Para los ojos del Gran Sacerdote, el mundo sólo ofrecía reposo; estaba reducido a un dibujo, al mapa de cierta tierra extranjera. Cuando se ha alcanzado el estado de ánimo en el cual las pasiones indignas del mundo han desaparecido, también se olvida el temor. Es por esta razón que el Sacerdote no podía explicarse la existencia del Infierno. Sabía, más allá de toda duda, que el mundo no ejercía ya ningún poder sobre él, pero como carecía por completo de soberbia no se detenía a pensar que ello se debía a su enorme virtud.

En cuanto a su cuerpo, podía decirse que ya no tenía casi carne. Al bañarse se regocijaba viendo cómo sus huesos salientes estaban precariamente cubiertos por carne marchita. Habiendo su cuerpo alcanzado ese estado, podía avenirse a él como si perteneciera a otra persona. Un cuerpo en tales condiciones parecía estar más calificado para ser nutrido por la Tierra Pura que por alimentos y bebidas terrestres.

Soñaba noche a noche con la Tierra Pura y, al despertar, sólo sabía que subsistir en este mundo significaba estar atado a una triste ensoñación evanescente.

Cuando llegaba la época de admirar las flores, gran cantidad de gente venía de la capital con el objeto de visitar la villa de Shiga. Esto no molestaba al sacerdote, ya que hacía tiempo que había superado el estado en el que los ruidos del mundo pueden irritar la mente.

Abandonó su celda, en un atardecer de primavera, y caminó hacia el lago. Era la hora en que las sombras del crepúsculo avanzan lentamente sobre la brillante luz de la tarde. Ni el más leve movimiento agitaba la superficie del agua. El sacerdote se detuvo en la orilla y comenzó a practicar el sagrado rito de la Contemplación del Agua.

En aquel momento, un carruaje tirado por bueyes, perteneciente a todas luces a una persona de alto rango, rodeó el lago y se detuvo cerca del sacerdote. Su dueña, una dama de la Corte del distrito Kyögoku de la Capital, poseía el alto título de Gran Concubina Imperial. Esta dama deseaba contemplar el paisaje de Shiga en la recién llegada primavera y, al regresar, había hecho detener el carruaje. Alzó la cortina para echar una última mirada al lago.

El Gran Sacerdote miró, casualmente, en esa dirección y, de inmediato, se sintió abrumado por tanta belleza. Sus ojos se encontraron con los de la mujer y, como no hiciera nada por apartarlos, ella no trató de ocultarse.

Su liberalidad no era tanta como para permitir que los hombres la miraran con apasionamiento; pero reflexionó que los motivos de aquel austero y viejo asceta no podían ser los mismos que los de los hombres comunes.

La dama bajó la cortina tras algunos minutos. El carruaje echó a andar y, después de cruzar el Paso de Shiga, se encaminó lentamente por la ruta que conducía a la Capital. Cayó la noche. Hasta que el carruaje no fue más que un punto entre los árboles lejanos, el Gran Sacerdote permaneció como petrificado en el mismo lugar.

En un abrir y cerrar de ojos el mundo se había vengado del sacerdote con terrible saña. Todo cuanto había creído tan inexpugnable, caía en ruinas.

Volvió al templo, contempló la imagen de Buda e invocó su Sagrado Nombre. Pero las sombras opacas de los pensamientos impuros se cernían sobre él. Se dijo que la belleza de una mujer no era más que una aparición fugaz, un fenómeno temporal compuesto de carne perecedera. Sin embargo, aunque intentaba borrarla, la inefable belleza que había contemplado junto al lago pesaba ahora sobre su corazón con la fuerza de algo llegado desde una infinita distancia. El Gran Sacerdote no era lo suficientemente joven, ni física ni espiritualmente, como para creer que ese nuevo sentimiento era sólo una trampa que su carne le jugaba. La carne de un hombre, y lo sabía bien, no se agita tan rápidamente. Antes bien, tenía la sensación de haber sido sumergido en algún veneno sutil y poderoso que había alterado su espíritu.

El Gran Sacerdote no había quebrantado nunca su voto de castidad. La lucha interior librada en su juventud contra el deseo lo había llevado a considerar a las mujeres sólo como meros seres materiales. La única carne era la que existía realmente en su imaginación. Considerándola más como una abstracción ideal que como un hecho físico, confiaba en su fortaleza espiritual para subyugarla. En ese sentido, el sacerdote había triunfado. Nadie que lo conociera podría ponerlo en duda.

Pero el rostro de mujer que había levantado la cortina del carruaje era demasiado armonioso y refulgente como para ser designado como un mero objeto de la carne. El sacerdote no supo qué nombre darle. Sólo pudo reflexionar en que, para que tan portentoso hecho se produjera, algo hasta aquel momento oculto y al acecho en su interior, se había revelado finalmente. Ese algo no era sino este mundo, que hasta entonces había permanecido en reposo, y que, súbitamente, emergía de la oscuridad y comenzaba a agitarse.

Era como si hubiera permanecido, de pie, junto al camino que lleva a la capital, con las manos firmemente apretadas sobre los oídos, y hubiera visto cruzar con gran estrépito dos grandes carros tirados por bueyes. Al destaparse los oídos, bruscamente, el estruendo lo envolvía.

Percibir el flujo y reflujo de fenómenos transitorios, sentir su fragor rugiente en los oídos, era entrar dentro del círculo de este mundo. Para un hombre como el Gran Sacerdote, que no había admitido concesiones en su contacto con el mundo exterior, significaba someterse nuevamente a un estado de dependencia.

Aun leyendo las sutras exhalaba grandes suspiros de angustia. Pensó, entonces, que la naturaleza serviría para distraer su espíritu e intentó concentrarse en las montañas que, a través de la ventana de su celda, se destacaban en la distancia contra el cielo nocturno. Pero sus pensamientos, en vez de concentrarse en la belleza, se desvanecían como nubes y desaparecían.

Fijaba su mirada en la luna, pero sus pensamientos fluctuaban como antes, y cuando fue a inclinarse, nuevamente, frente a la Suprema Imagen, en un desesperado esfuerzo por recobrar la pureza de su mente, el rostro de Buda se transformó y se convirtió en las facciones de la dama del carruaje. Su universo había quedado aprisionado dentro de los límites de un estrecho círculo donde se enfrentaban el Gran Sacerdote y la Gran Concubina Imperial.

La Gran Concubina Imperial de Kyögoku olvidó rápidamente al viejo sacerdote que la observara con tanta atención en el lago de Shiga. Sin embargo, poco tiempo después llegó a sus oídos un rumor que le recordó el incidente. Uno de los habitantes del villorrio había sorprendido al Gran Sacerdote mirando cómo se perdía en la distancia el carruaje de la dama. Se lo había comentado a un caballero de la Corte que admiraba las flores de Shiga, agregando que, desde aquel día, el sacerdote se comportaba como quien ha perdido la razón.

La Concubina Imperial fingió no creer en tales habladurías, pero la virtud del sacerdote era conocida en toda la capital y el suceso sirvió para alimentar la vanidad de la dama.

Estaba verdaderamente cansada del amor que recibía de los hombres de este mundo. La Concubina Imperial tenía clara conciencia de lo hermosa que era y se inclinaba hacia otras disciplinas, como la religión, que trataran a su belleza y a su alto rango como cosas desprovistas de valor. El mundo la aburría soberanamente y, por ende, creía también en la Tierra Pura. Era inevitable que el Budismo Jödo, que rechazaba toda la belleza y el brillo del mundo visible como si fuera corrupción y contaminación, tuviera un atractivo especial para quien, como la Concubina Imperial, estaba tan desilusionada de la elegante superficialidad de la vida cortesana. Elegancia que, por otra parte, parecía anunciar inequívocamente los Últimos Días de la Ley y su degeneración.

Entre aquellos que consideraban al amor como su principal preocupación, la Concubina Imperial ocupaba un alto puesto como la personificación misma del refinamiento. El hecho de que jamás hubiera brindado su amor a hombre alguno no hacía sino acrecentar su fama. Aun cuando cumplía sus deberes para con el Emperador con el más absoluto decoro, nadie creía, ni por un momento, que estuviera enamorada de él. La Gran Concubina Imperial soñaba con una pasión al borde de lo imposible.

El Gran Sacerdote del Templo de Shiga era famoso por su virtud y todos en la Capital sabían hasta qué punto este anciano prelado había hecho abandono del mundo. Tanto más sorprendente era entonces el rumor de que había sido prendado por los encantos de la Concubina Imperial, y que, por ella, había sacrificado la vida eterna. Rehusar los goces de la Tierra Pura que estaban casi al alcance de su mano, equivalía al mayor sacrificio y a la más importante ofrenda.

La Gran Concubina Imperial se mostraba totalmente indiferente a los encantos de los nobles y jóvenes libertinos que abundaban en la Corte. Los atributos físicos de los hombres ya no representaban nada para ella. Su única ambición era encontrar a alguien que pudiera ofrecerle un amor fuerte y profundo.

Una mujer con tales aspiraciones se convierte en una criatura aterradora. Si hubiera sido sólo una cortesana, la habrían conformado las riquezas y la frivolidad. La Gran Concubina poseía todo lo que la riqueza del mundo puede brindar. El hombre que aguardaba tendría que ofrecerle, pues, los bienes del universo del futuro.

Los comentarios sobre el enamoramiento del Gran Sacerdote inundaron la Corte hasta que, finalmente, y en son de broma, la historia fue repetida hasta al mismo Emperador. Esta chismografía desagradaba a la Gran Concubina, que guardaba una actitud fría e indiferente. Comprendía perfectamente que existían dos motivos para que los cortesanos pudieran bromear libremente sobre un asunto cuyo comentario, normalmente, les estaría vedado. El primero, que, refiriéndose al amor del Gran Sacerdote, estaban halagando la belleza de la mujer que inspiraba aun a un eclesiástico de tan gran virtud, tamaña distracción y, en segundo término, todos sabían que el amor del anciano por la noble dama jamás podría ser correspondido.

La Gran Concubina Imperial reconstruyó mentalmente los rasgos del viejo sacerdote que había visto a través de la ventana del carruaje. No se parecía en absoluto a los rostros de ninguno de los hombres que la habían amado hasta entonces. Era extraño que el amor surgiera en el corazón de un hombre que no poseía ninguna condición como para ser amado. La dama recordó frases tales como «mi amor perdido y sin esperanzas» que eran usadas a menudo por los poetastros de Palacio cuando deseaban despertar eco en los corazones de sus indiferentes amadas. La situación del más desgraciado de aquellos elegantes resultaba envidiable frente a la del Gran Sacerdote. Sin embargo, a la Concubina Imperial los escarceos poéticos de tales jóvenes se le antojaron adornos mundanos, inspirados por la vanidad y totalmente desprovistos de sentimiento.

A esta altura, el lector comprenderá claramente que la Gran Concubina Imperial no era, como comúnmente se la creía, la personificación de la elegancia cortesana, sino una persona que encontraba en la evidencia de ser amada una verdadera razón de vivir. Pese a su alto rango era, antes que nada, una mujer, y todo el poder y la autoridad del mundo carecían de valor si no le brindaban tal evidencia. Los hombres que la rodeaban se entregaban a luchas sin fin para alcanzar el poder político. Ella soñaba con dominar el mundo por otros medios puramente femeninos.

Había conocido a muchas mujeres que habían tomado los hábitos, que se habían retirado del mundo. Tales mujeres la hacían reír. Cualquiera que sea la razón alegada por una mujer para abandonar el mundo, le es casi imposible desprenderse de sus posesiones. Sólo los hombres son verdaderamente capaces de abandonar cuanto poseen.

El viejo sacerdote del lago había dejado, en determinada etapa de su vida, el Mundo Fluctuante y sus placeres. Ante los ojos de la Concubina Imperial era más hombre que todos los nobles que poblaban la Corte. Y así como había abandonado una vez este Mundo Fluctuante, estaba dispuesto ahora, por ella, a renunciar también al mundo futuro.

La Concubina recordó la idea de la sagrada flor de loto que su profunda fe había impreso vívidamente en su mente. Pensó en el enorme loto con una anchura de doscientas cincuenta yojana. Aquella planta absurda se ajustaba más a sus gustos que las mezquinas flores flotantes de los estanques de la Capital. Por las noches, el susurro del viento entre los árboles del jardín le parecía insípido comparado con la música delicada que produce la brisa, en la Tierra Pura, cuando sacude las plantas sagradas.

Al recordar los extraños instrumentos que colgaban del cielo y tañían sin ser tocados, el sonido del arpa de Palacio sólo se le antojaba una despreciable imitación.

El Sacerdote del Templo de Shiga luchaba. En sus combates juveniles contra la carne, lo había sostenido siempre la esperanza de alcanzar el mundo futuro. Pero, en cambio, esta lucha desesperada de su vejez se asociaba con un sentimiento de pérdida irreparable.

La imposibilidad de consumar su amor por la Gran Concubina Imperial se le aparecía tan clara como el sol en el cielo. Al mismo tiempo, tenía perfecta conciencia de la imposibilidad de avanzar hacia la Tierra Pura, mientras permaneciera esclavo de aquel amor. El Gran Sacerdote había vivido en un estado de incomparable libertad y ahora, en un abrir y cerrar de ojos, se encontraba sin futuro y en la más completa oscuridad. El coraje que lo había acompañado durante las luchas de su juventud había tenido, quizás, sus raíces en su propio orgullo y confianza. En saber que se estaba privando voluntariamente del placer que tenía al alcance de la mano.

El Gran Sacerdote sentía miedo nuevamente. Hasta que aquel noble carruaje se aproximara a la orilla del lago Shiga, su convencimiento era que cuanto le esperaba ya no era sino la liberación del Nirvana. Ahora se encontraba, de pronto, frente a la oscuridad del mundo donde es imposible adivinar lo que nos acecha a cada paso.

En vano acudía a todas las formas de meditación religiosa. Ensayó la Contemplación del Crisantemo, la Contemplación del Aspecto Total y la Contemplación de las Partes; pero cada vez que intentaba concentrarse, el hermoso rostro de la Concubina aparecía ante sus ojos. Tampoco fue un remedio la Contemplación del Agua, pues invariablemente aparecían los bellos rasgos resplandecientes entre las ondas del lago.

Todo esto, sin duda, era sólo una consecuencia de su apasionamiento. Bien pronto, el sacerdote advirtió que la concentración le producía más mal que bien, y fue entonces cuando ensayó aliviar su espíritu por medio de la dispersión. Le asombraba constatar que la meditación lo hundía, paradójicamente, en una desilusión aún más profunda. A medida que su espíritu iba sucumbiendo bajo tal peso, el sacerdote decidió que antes de proseguir una lucha estéril, era mejor concentrar deliberadamente sus pensamientos en la figura de la Gran Concubina Imperial.

El Gran Sacerdote hallaba una nueva satisfacción al adornar su visión de la dama en las más variadas formas, como si se tratara de una imagen budista cubierta de diademas y baldaquines. Al hacerlo, el objeto de su amor se transformaba en un ser de creciente esplendor, distante e imposible. Esto le producía una alegría especial, seguramente porque lo contrario, el ver a la Gran Concubina Imperial como a una mujer común y corriente, era más peligroso. La revestía de todas las humanas fragilidades.

Mientras reflexionaba sobre este asunto, la verdad se hizo en su corazón. No veía en la Gran Concubina Imperial una criatura de carne y hueso, ni tampoco una visión. Era, en todo caso, un símbolo de la realidad, un símbolo de la esencia de las cosas. Resulta verdaderamente extraño perseguir esa esencia en la figura de una mujer. Y, sin embargo, existía un motivo. Aun al enamorarse, el sacerdote de Shiga no había perdido el hábito, adquirido tras largos años de contemplación, de esforzarse por alcanzar la esencia de las cosas a través de una constante abstracción. La Gran Concubina Imperial de Kyögoku se había identificado con la visión del inmenso loto de doscientos cincuenta yojana. Reclinada en el agua y sostenida por todas las flores de loto, la cortesana se volvía tan grande como el Monte Sumeru.

Cuanto más convertía su amor en un imposible, más profundamente traicionaba el sacerdote a Buda, pues a imposibilidad de su amor se encontraba aparejada con la imposibilidad de llegar a la iluminación. Y cuanto más advertía que su amor no podía tener esperanza, más crecía la fantasía que lo alimentaba y más se arraigaban sus pensamientos impuros. Mientras consideraba que su amor tenía alguna remota posibilidad, le había sido más fácil renunciar a él; pero ahora que la Gran Concubina se había convertido en una criatura fabulosa y totalmente inalcanzable, el amor del Gran Sacerdote se inmovilizaba como un gran lago de aguas calmas que cubría, inexorablemente, la superficie de la tierra.

Esperaba ver el rostro de su dama aún una vez más, pero temía que esa figura, que ahora se había vuelto una gigantesca flor de loto, se desvaneciera sin dejar rastros. Si aquello sucedía, el Gran Sacerdote se salvaría. Esta vez no dudaba de alcanzar la verdad. Y aquella mera perspectiva llenó al sacerdote de miedo y reverencia.

El melancólico amor del anciano había comenzado a crear curiosas estratagemas. Cuando, por fin, se decidió a visitar a la Gran Concubina, creyó en la ilusión de estar saliendo de una enfermedad que estaba marchitando su cuerpo. El caviloso sacerdote interpretó la alegría que acompañaba su determinación como el alivio de haber escapado finalmente a las trabas de su amor.

Ninguno de los servidores de la Gran Concubina halló nada extraño en el hecho de que un anciano sacerdote permaneciera de pie en un rincón del jardín, apoyado en su bastón y mirando tristemente la Residencia. Era frecuente encontrar a ascetas y mendigos frente a las grandes casas de la Capital, aguardando limosnas.

Una de las cortesanas mencionó el hecho a su señora. La Gran Concubina miró, casualmente, a través del postigo que la separaba del jardín. Bajo las sombras del verde follaje, un anciano sacerdote macilento y de raídas vestiduras negras, inclinaba la cabeza. La dama lo observó por algún tiempo, y cuando hubo reconocido al sacerdote del Lago de Shiga, su pálido rostro se volvió aún más demacrado.

Pasados algunos minutos de indecisión, impartió las órdenes necesarias para que la presencia del sacerdote en el jardín fuera ignorada.

Por primera vez el desasosiego hizo presa de ella. Había visto a mucha gente hacer abandono del mundo, pero ahora se encontraba por primera vez con alguien que renunciaba al mundo futuro. La visión resultaba siniestra y aterradora. Todos los placeres que había extraído su imaginación ante la idea del amor del sacerdote, desaparecieron en un segundo. Aunque aquel hombre hubiera renunciado al mundo futuro por ella, ahora comprendía que ese mundo jamás pasaría a sus propias manos.

La Gran Concubina Imperial contempló sus ropas elegantes y su hermoso cuerpo. Luego, miró hacia el jardín y observó al feo anciano andrajoso. El hecho de que pudiera existir alguna relación entre ambos tenía una extraña fascinación.

¡Qué diferente de la espléndida visión resultaba todo! El Gran Sacerdote parecía ahora una persona salida del Infierno mismo. Nada quedaba del hombre de virtuosa presencia que traía consigo el destello de la Tierra Pura. Su luz interior, que hacía evocar la gloria, se había desvanecido totalmente. Aun cuando se trataba del hombre del Lago de Shiga, era una persona completamente distinta.

Como la mayoría de los cortesanos, la Gran Concubina Imperial tendía a estar en guardia contra sus propias emociones, especialmente cuando se enfrentaba con algo que podía afectarla profundamente.

Al comprobar el amor del Gran Sacerdote, la invadió el descorazonamiento. La pasión consumada con la cual tanto había soñado durante años, adquiría una forma, preciso es reconocerlo, harto descolorida.

Cuando el sacerdote, apoyado en su bastón, llegó a la capital, casi había olvidado su fatiga. Penetró sigilosamente en las posesiones de la Gran Concubina Imperial en Kyögoku y observó desde el jardín. Tras aquellos postigos estaba la dama de sus pensamientos.

Al asumir su adoración una forma sin mácula, el mundo futuro comenzó a ejercer nuevamente su fascinación sobre el Gran Sacerdote. Nunca antes había vislumbrado la Tierra Pura con tanta intensidad. Su anhelo hacia ella se volvió casi sensual. Sólo debía pasar ahora por la formalidad de presentarse ante la Gran Concubina, declararle su amor y, de tal manera, librarse de una vez por todas de pensamientos impuros que lo ataban aún a este mundo. Faltaba ese único requisito para acercarse aún más a la Tierra Pura.

Le resultaba doloroso permanecer de pie, apoyado en el bastón. Los ardientes rayos del sol de mayo atravesaban las hojas y caían sobre su cabeza afeitada. Una y otra vez creyó perder el sentido. ¡Si tan sólo la dama advirtiera su propósito y lo invitara a saludarla para cumplir así con aquella formalidad! El Gran Sacerdote esperaba y, apoyado en su bastón, luchaba contra su creciente debilidad.

Finalmente llegó el crepúsculo. Nada sabía aún de la Gran Concubina, quien, por lógica, no podía conocer el pensamiento del sacerdote que, a través de ella, vislumbraba la Tierra Pura. Se limitaba a observarlo a través de los postigos. El sacerdote continuaba en el mismo sitio, inmóvil. La claridad nocturna iluminó el jardín.

La Gran Concubina Imperial se atemorizó. Presintió que cuanto veía en el jardín no era sino la encarnación de aquella «desilusión profundamente arraigada» de la que hablan las sutras. Quedó abrumada ante la posibilidad de merecer las penas del Infierno.

Después de haber llevado a la perdición a un sacerdote de tan gran virtud, no era, seguramente, la Tierra Pura cuanto podía esperar, sino, en cambio, el Infierno mismo con todos los terrores que ella tan bien conocía. El amor supremo con el cual soñara se había derrumbado. Ser amada así equivalía a una forma de condenación. Del mismo modo en que el Gran Sacerdote vislumbraba por su intermedio la Tierra Pura, la Gran Concubina contemplaba el horrible reino del Infierno a través del amor de aquel anciano.

Sin embargo, esta noble dama de Kyögoku era demasiado orgullosa como para sucumbir a sus temores sin luchar, y decidió poner en juego todos los recursos de su innata crueldad.

«El Gran Sacerdote», se dijo, «tendrá que sucumbir, tarde o temprano, al mareo.» Lo observó a través de los postigos esperando verlo en el suelo; pero, para su fastidio, la silenciosa figura continuaba inmóvil.

Gayó la noche y, a la luz de la luna, la figura del sacerdote se asemejaba a un montón de huesos blancos.

La dama, llena de temor, no podía conciliar el sueño. Dejó de mirar a través de los postigos y dio la espalda al jardín. Sin embargo, le parecía sentir constantemente la penetrante mirada del sacerdote.

Sabía que aquél no era un amor vulgar. Por temor a ser amada y, por ende, de terminar en el Infierno, la Gran Concubina Imperial rezaba con más fervor que nunca por la Tierra Pura. Una Tierra Pura propia e invulnerable que ansiaba conservar en su corazón. Era diferente a la del sacerdote y no tenía relación con su amor. No dudaba de que, si alguna vez la mencionaba ante el anciano, aquella interpretación personal se desintegraría inmediatamente.

El amor del sacerdote, se decía, no tenía nada que ver con ella. Era una aventura unilateral en la que sus sentimientos no tenían parte alguna. No había, pues, razón por la cual se la descalificara en su admisión en la Tierra Pura. Aun cuando el Gran Sacerdote perdiera el sentido y falleciera, ella se mantendría indemne. Sin embargo, a medida que avanzaba la noche y la temperatura se hacía más fría, su confianza comenzó a abandonarla.

El Sacerdote permanecía en el jardín. Cuando las nubes ocultaban la luna, se asemejaba a un extraño árbol viejo y nudoso.

La dama, consumida de angustia, insistía en que aquel anciano le era totalmente ajeno. Las palabras parecían explotar en su corazón. ¿Por qué, en nombre del Cielo, tenía que ocurrir esto?

En aquellos momentos, y por extraño que parezca, la Gran Concubina Imperial se había olvidado completamente de su belleza. Quizás fuera más correcto decir que se había visto obligada a hacerlo.

Finalmente, los tenues matices del amanecer irrumpieron en el cielo oscuro y la figura del sacerdote se destacó en la media luz. Todavía permanecía en pie. La Gran Concubina Imperial estaba derrotada. Llamó a una doncella y le ordenó invitar al sacerdote a dejar el jardín y a arrodillarse junto al postigo.

El Gran Sacerdote se hallaba en la frontera del olvido, donde la carne se desintegra. Ya no sabía si esperaba a la Gran Concubina Imperial o al mundo futuro. Aun cuando distinguió la figura de la doncella aproximándose desde la residencia en la pálida luz del amanecer, ni siquiera comprendió que cuanto había esperado con tantas ansias, se hallaba finalmente al alcance de su mano.

La doncella transmitió el mensaje de su señora. Al escucharlo, el sacerdote profirió un grito horrendo e inhumano. La doncella intentó guiarlo de la mano, pero él no se lo permitió y se dirigió hacia la casa con pasos increíblemente rápidos y seguros.

La oscuridad reinaba tras el postigo y resultaba imposible ver, desde fuera, a la Gran Concubina. El sacerdote cayó de rodillas y, cubriéndose el rostro con las manos, rompió a llorar. Estuvo allí por largo rato con el cuerpo sacudido por esporádicas convulsiones.

Entonces, en la semipenumbra del amanecer, una blanca mano emergió dulcemente del postigo. El sacerdote del Templo de Shiga la tomó entre las suyas y se la llevó a la frente y a las mejillas.

La Gran Concubina Imperial de Kyögoku tocó unos dedos extrañamente fríos. Al mismo tiempo, sintió algo húmedo y tibio. Alguien mojaba sus manos con tristes lágrimas.

Cuando los pálidos reflejos de la luz matutina comenzaron a iluminarla a través del postigo, la ferviente fe de la dama le infundió una maravillosa inspiración. No dudó ni por un instante de que aquella mano extraña era la de Buda.

Entonces, la gran visión surgió nuevamente en el corazón de la Concubina. El suelo de esmeraldas de la Tierra Pura; los millones de torres de siete joyas; los ángeles y su música; los estanques dorados con arenas de plata; los lotos resplandecientes y la dulce voz de las kalavinkas. Si aquella era la Tierra Pura que le tocaría en suerte —y en aquel momento no dudaba de que así sería—, ¿por qué no aceptar el amor del Gran Sacerdote?

Aguardó a que el hombre con las manos de Buda le rogara abrir el postigo que los separaba. Cuando se lo pidiera, ella levantaría tal barrera y su cuerpo incomparablemente hermoso aparecería frente a él como en su primer encuentro junto al lago. Ella lo invitaría a entrar.

La Gran Concubina Imperial esperó.

Pero el Gran Sacerdote del Templo de Shiga no dijo nada. No pidió nada.

Después de cierto tiempo, las viejas manos aflojaron su presión y los blancos dedos de la dama quedaron solos en la penumbra del amanecer. El Sacerdote se alejó. Un frío mortal descendió sobre el corazón de la Gran Concubina Imperial.

Pocos días después llegó a la Corte el rumor de que el espíritu del Gran Sacerdote había alcanzado la liberación final en su celda de Shiga. Al enterarse de tal noticia, la dama de Kyögoku se dedicó a copiar en rollos y rollos, con la más hermosa escritura, el pensamiento de las sutras.


*Este cuento fue publicado en: La perla y otros cuentos, Siruela, 2008.

Por las funciones que me tocó desempeñar en cierto momento de mi vida, debía cruzar regularmente varias veces por semana a una hora determinada el puente pequeño (por entonces no se había construido aún el Pont neuf) y al hacerlo me reconocían y me saludaban por lo general algunos obreros o gente del pueblo, aunque ninguno de manera más llamativa y constante que una vendedora muy bonita, cuya tienda se reconocía por un cartel que tenía dos ángeles; durante cinco o seis meses, cada vez que pasaba por allí, ella se inclinaba profundamente y me seguía con la vista todo lo que podía. Su comportamiento no me pasaba desapercibido, y yo también la miraba y me esmeraba por agradecerle. Una vez, hacia el final del invierno, cabalgué desde Fontainebleau a París, y cuando volví a atravesar el puente pequeño, la vendedora se asomó a la puerta de su tienda y me dijo mientras yo pasaba:

– ¡Señor mío, su servidora!

Respondí a su saludo y, dándome vuelta varias veces, vi que se había inclinado hacia adelante para seguirme con la mirada hasta donde pudiera. Detrás de mí venía un criado y un coche de correo, que planeaba enviar esa misma tarde de nuevo a Fontainebleau con cartas para determinadas damas. Siguiendo mis órdenes, el criado desmontó y fue hacia la joven mujer, con el objetivo de decirle en mi nombre que había notado su afición por mirarme y saludarme y que quería, si ella deseaba conocerme mejor, visitarla donde ella dijera.

Ella le respondió al criado que no podría haberle traído un mensaje más deseado y que iría donde yo la citara.

Mientras proseguíamos con la cabalgata, le pregunté al criado si conocía un sitio donde pudiera encontrarme con la mujer. Me respondió que él la llevaría a lo de cierta alcahueta, pero como este criado mío, Wilhelm de Courtral, era una persona muy aprensiva y escrupulosa, enseguida añadió que la peste ya se manifestaba en distintos sitios y que no solo mataba a personas del populacho más bajo y sucio, sino que ya habían muerto también un doctor y un canónigo, por lo que me aconsejaba hacer llevar el colchón, las frazadas y las sábanas desde mi propia casa. Tomé su consejo y me prometió prepararme una buena cama. Antes de apearnos, le dije que también llevara un buen lavabo, una pequeña botella con esencias aromáticas y algunos bollos y manzanas, además de ocuparse de que la pieza estuviera bien caliente, pues hacía tanto frío que los pies se me habían congelado en el estribo, y el cielo estaba cargado de nubes de nieve.

Por la noche fui al lugar y encontré a una mujer muy bonita de alrededor de veinte años sentada sobre la cama, mientras que la alcahueta, que llevaba la cabeza y su redonda espalda abrigadas con un manto negro, le hablaba afanosamente. La puerta estaba entornada, en el hogar ardía con mucho ruido una gran pila de leños nuevos, no me escucharon llegar y me quedé un momento parado en la puerta. La joven miraba tranquilamente las llamas con los ojos bien abiertos; había hecho un movimiento de cabeza como para alejar de sí a la vieja repugnante a millas de distancia, con lo que había provocado que brotara desde abajo de su pequeña cofia de dormir una parte de su oscura y densa cabellera, que ahora caía, ensortijándose en un par de rizos naturales, entre los hombros y el pecho sobre su camisón. Llevaba también unas enaguas cortas de lana verdosa y pantuflas en los pies. En ese instante, algún ruido me debe haber delatado, pues ella dio vuelta la cabeza y me ofreció su rostro, al que la tensión desmesurada de los rasgos le confería una expresión casi salvaje, sin la esplendorosa entrega que manaba de los ojos casi desorbitados y que brotaba a borbotones como llamas invisibles desde su boca muda. Me gustó en grado sumo; más rápido de lo que pudiera pensarse, la vieja se fue de la habitación y yo me senté junto a mi amiga. Cuando en la primera embriaguez de la sorpresiva posesión quise tomarme algunas libertades, ella se me sustrajo con una vehemencia indescriptiblemente vívida, tanto de la mirada como de su voz oscura. Pero al instante siguiente sentí que me abrazaba, aferrándose a mí menos fervorosamente con los labios y los brazos que con la mirada cada vez más perdida de sus ojos inagotables; enseguida pareció otra vez como si quisiera hablar, pero los labios estremecidos de besos no formaron ninguna palabra y la garganta temblorosa no dejó subir ningún sonido nítido, más allá de un sollozo entrecortado.

Ahora bien, yo había pasado una gran parte de ese día cabalgando por caminos helados, luego en la antecámara del rey había tenido un altercado muy enojoso y fuerte y más tarde, para mitigar mi mal humor, había no solo bebido sino también practicado vigorosamente esgrima con el mandoble, y así sucedió que en medio de esta encantadora y misteriosa aventura, cuando yacía con suaves brazos alrededor de la nuca y rociado de una aromática cabellera, me invadió un cansancio y casi un aturdimiento tan repentinos y fuertes que ya no pude recordar cómo había llegado a esa habitación, y por un momento hasta confundí a esa persona cuyo corazón latía tan cerca del mío con una muy distinta de tiempos pasados, para de inmediato caer en un sueño profundo.

Cuando volví a despertar, seguía siendo noche cerrada, pero de inmediato me di cuenta de que mi amiga no estaba conmigo. Alcé la cabeza y al débil brillo de los leños desmoronados y sin llama la vi parada junto a la ventana; había abierto uno de los postigos y miraba hacia afuera a través de la rendija. Luego se dio vuelta, notó que yo me había despertado y exclamó (aun puedo ver cómo sube el puño de su mano izquierda hasta la mejilla para echarse hacia atrás del hombro el pelo que se le había caído hacia adelante):

– ¡Falta mucho para que se haga de día, falta mucho!

Solo ahora noté bien lo grande y bonita que era, y no podía esperar el momento en que estuviera de vuelta a mi lado dando unos pocos pasos tranquilos y grandes con sus bellos pies, por los que subía resplandeciendo el brillo rojizo. Pero antes de eso se acercó de nuevo al hogar, se agachó hasta el suelo, tomó con sus radiantes brazos desnudos el último y pesado haz de leña que había quedado fuera y lo arrojó rápido sobre las brasas. Luego se dio vuelta, su rostro brillaba de llamas y alegría, tomó al pasar una manzana de la mesa y ya estaba a mi lado, con sus miembros aun revueltos por el fresco soplo del fuego, que enseguida quedó disipado por el estremecimiento de las llamas aun más potentes que brotaban desde su interior, y tomándome con la mano derecha al tiempo que sostenía con la izquierda la fruta mordida y fría, le ofreció a mi boca sus mejillas, sus labios y sus ojos. El último leño en el hogar ardió más fuerte que todos los otros. La llama lo aspiraba en su interior echando chispas, para luego dejarlo arder hacia las alturas violentamente, de modo que el brillo del fuego nos golpeaba como una ola que luego rompía contra la pared, haciendo que nuestras sombras abrazadas se precipitaran hacia las alturas y después volvieran a bajar. Una y otra vez chisporroteaba la dura madera, alimentando desde sus entrañas siempre nuevas llamas, que crecían ondulantes y desplazaban la pesada oscuridad con chorros y ráfagas de claridad rojiza. Pero de pronto la llama se hundió y una fría corriente de aire, silenciosa como una mano, abrió el postigo y dejó al desnudo el pálido y repugnante amanecer.

Nos sentamos, sabiendo que ya se había hecho de día. Pero lo de ahí afuera no se parecía a un día. No se parecía al despertar del mundo. Lo que había allí no tenía el aspecto de una calle. Ninguna cosa en particular resultaba reconocible: era un caos descolorido e inmaterial, en el que parecían moverse unas larvas atemporales en una determinada dirección. Desde algún lugar cualquiera y lejano, como salido del recuerdo, sonó un reloj de torre, y una brisa fría y húmeda, que no correspondía a ninguna hora, empezó a ingresar cada vez con mayor fuerza, de modo que nos apretamos el uno contra el otro, temblando. Ella se echó hacia atrás y fijó los ojos con toda su fuerza en mi cara; su garganta trepidaba, algo urgía por subir a través de ella y emergió hasta el borde de los labios, pero no salió ninguna palabra, ningún suspiro y ningún beso, sino algo no nacido que se parecía a esas tres cosas. La claridad iba en aumento a cada instante y la expresión múltiple de su rostro crispado se hacía cada vez más elocuente; de pronto unos pasos arrastrándose y unas voces se acercaron tanto a la ventana desde el exterior que ella se agachó y giró la cabeza hacia la pared. Eran dos hombres que pasaban; por un instante entró el brillo del pequeño farol que llevaba uno de ellos; el otro arrastraba un carro, cuya rueda chirriaba y crujía. Una vez que pasaron, me puse de pie, cerré el postigo y encendí una luz. Todavía quedaba media manzana: la comimos entre los dos, y luego le pregunté si podría verla una vez más, pues me iba de viaje el domingo. Esta pasada había sido la noche del jueves al viernes.

Me contestó que sin dudas lo deseaba con mayor anhelo que yo, pero que si no me quedaba todo el domingo, le sería imposible, pues solo podía verme en la noche del domingo al lunes.

Primero se me ocurrieron diversos impedimentos, de modo que esgrimí algunas dificultades que ella escuchó sin decir palabra, pero con una mirada indagadora sumamente dolorosa, al tiempo que su rostro se volvía tenebrosamente rígido y oscuro. Enseguida le prometí que por supuesto me quedaría el domingo, agregando que me presentaría ese día por la noche otra vez en este mismo sitio. Tras esta promesa me miró fijo y me dijo con una voz completamente ronca y entrecortada:

– Sé muy bien que por ti he venido a una casa de mala fama, pero lo he hecho por propia voluntad, porque quería estar contigo y para ello habría aceptado cualquier condición. Pero me sentiría como la última y más vil de las prostitutas callejeras si tuviera que regresar a este sitio una segunda vez. Lo he hecho por ti, porque eres para mí el que eres, porque eres Bassompierre, porque eres ese hombre en el mundo que mediante su presencia vuelve honorable esta casa para mí.

Había dicho “casa”, y por un momento fue como si hubiera tenido una palabra despreciable en la lengua; al pronunciarla, arrojó tal mirada a esas cuatro paredes, a esa cama y a la frazada que se había deslizado hasta el suelo, que bajo la ráfaga de luz que salió disparada de sus ojos todas esas cosas horribles y vulgares parecieron estremecerse y retroceder agachadas, como si la mísera pieza realmente se hubiera agrandado por un instante.

Luego agregó con un tono indeciblemente suave y festivo:

– ¡Que muera yo de manera miserable si además de mi marido y de ti le he pertenecido jamás a ningún otro y sienta deseo de cualquier otro en el mundo!

Ligeramente volcada hacia adelante con los labios semi abiertos y exhalando vida, pareció esperar algún tipo de respuesta, alguna confirmación de mi fe en ella, pero al no leer en mi rostro aquello que quería, su mirada indagadora y tensa se enturbió, sus pestañas batieron algunas veces y de pronto estaba junto a la ventana, dándome la espalda, la frente apretada con toda la fuerza contra el postigo, el cuerpo entero sacudido por un llanto silencioso pero tan espantosamente violento que las palabras se me murieron en la boca y no me animé a tocarla. Al final tomé una de sus manos, que colgaban como inánimes, y con las palabras más enfáticas que me inspiró la situación, logré después de un largo rato tranquilizarla lo suficiente como para que volviera a girar hacia mí su rostro bañado en lágrimas, hasta que de repente una sonrisa, brotando como una luz desde sus ojos y al mismo tiempo alrededor de los labios, consumió en un instante todas las huellas del llanto e inundó de brillo toda su cara. Ahora pasó a ser el juego más encantador que empezara de nuevo a hablar conmigo jugueteando infinitamente con la frase “¿Quieres verme otra vez? ¡Entonces te recibiré en lo de mi tía!”; diez veces repitió la primera parte, ya con dulce impertinencia, ya con desconfianza puerilmente fingida, para luego susurrarme la segunda parte al oído como si se tratase del mayor secreto y enseguida decírmela por sobre el hombro como si fuera la cita más natural del mundo, mientras encogía sus propios hombros y ponía la boca en punta, y finalmente repetirla pegándose a mi cuerpo, lisonjeándome y riéndose en mi cara. Me describió la casa con toda exactitud, tal como se le describe el camino a un niño que debe cruzar solo por primera la calle para ir a la panadería. Luego se irguió, se puso seria – y todo el poder de sus ojos relucientes se clavó en mí con tal fuerza, que fue como si también estuvieran en condiciones de atraer a una criatura muerta – y prosiguió:

– Te voy a esperar desde las diez hasta la medianoche y también más tarde y siempre, y la puerta de abajo estará abierta. Primero encontrarás un pequeño pasillo, no te detengas allí, pues a ese pasillo da la puerta de mi tía. Luego te vas a topar con una escalera, esa te llevará al primer piso, donde estaré yo.

Y cerrando los ojos, como si se hubiera mareado, echó la cabeza hacia atrás, abrió los brazos y me rodeó con ellos, enseguida se desprendió de mí y se envolvió en sus ropas, extraña y severa, y salió de la habitación, pues ya era pleno día.

Yo cumplí con mis tareas, envié por adelantado a una parte de mi gente con las cosas y ya a la tarde del día siguiente mi impaciencia era tan grande que poco después de las campanas nocturnas crucé el puente pequeño con mi criado Wilhelm, al que no le dejé llevar ninguna luz, para ver si al menos podía observar a mi amiga en su tienda o en la vivienda lindante y darle en el mejor de los casos una señal de mi presencia, aun cuando no me hiciera esperanzas de poder intercambiar con ella más que algunas palabras.

Para no llamar la atención, me quedé parado en el puente y mandé al criado a que se adelantase y estudiara la situación. Estuvo ausente un largo rato y al regresar tenía el gesto abatido y caviloso que yo le conocía de siempre a ese buen hombre cuando no había podido cumplir con éxito alguna de mis órdenes.

– La tienda está cerrada – dijo – y no parece haber nadie adentro. Tampoco se puede oír o ver a nadie en las habitaciones que dan hacia la calle. Al patio solo se puede entrar escalando un muro alto, y en su interior gruñe además un perro grande. Pero de las habitaciones del frente hay una que tiene luz, y por un resquicio se puede observar la parte interna de la tienda, solo que lamentablemente está vacía.

Malhumorado, quería ya emprender el regreso, pero igual pasé lentamente por delante de la casa una vez más; mi diligente criado volvió a echar un ojo a través de la rendija por la que afloraba el brillo de una luz y me susurró que en la pieza no estaba la mujer, pero sí el marido. Curioso por ver a ese tendero, al que no podía recordar haber visto siquiera una única vez en su tienda, y al que me imaginaba alternativamente como una persona gorda hasta la deformidad o como un viejito escuálido y decrépito, me acerqué a la ventana y cuál no sería mi asombro al ver que en la habitación bien amueblada y revestida en madera iba y venía un hombre de estatura inusual y muy buen porte que me llevaba sin duda una cabeza y que al darse vuelta me mostró una cara muy bella y grave, con una barba marrón que contenía algunas pocas hebras plateadas y una frente de una nobleza casi única, en la que las sienes formaban una superficie más amplia que la que jamás había visto en una persona. Aunque estaba solo en la pieza, su mirada igual cambiaba, los labios se movían y, deteniéndose aquí y allí en su deambular, parecía estar conversando en su imaginación con otra persona; una vez incluso movió un brazo, como para despachar una réplica con una superioridad un poco indulgente. Cada uno de sus gestos era de una gran desenvoltura y de un orgullo casi despreciativo, y mirando su solitario ir y venir no pude dejar de recordar con toda vivacidad la imagen de un prisionero muy distinguido que tuve que vigilar, al servicio del rey, durante su arresto en una de las torres del castillo de Blois. El paralelo me pareció aun más acabado cuando el hombre alzó su mano derecha y bajó la vista hacia los dedos curvados hacia arriba para observarlos con atención, y hasta con una severidad sombría. Pues casi con el mismo gesto había visto a menudo a aquel ilustre prisionero contemplando un anillo que llevaba en el índice de la mano derecha, del que nunca se separaba. El hombre en la habitación se acercó luego a la mesa, deslizó la esfera de cristal con agua delante de la luz de la vela y puso sus manos dentro del círculo de luz con los dedos estirados, como para examinarse las uñas. Luego sopló la vela y salió de la habitación, no sin dejarme un sentimiento vago y furioso de celos, porque mi deseo de su mujer siguió creciendo sin cesar, alimentándose como un fuego expansivo de todo lo que me salía al encuentro, incluyendo de manera confusa también esta aparición inesperada, que lo intensificó tanto como cada uno de los copos de nieve que ahora esparcía un viento húmedo y frío y que se me quedaban colgados de a uno en las pestañas y en las mejillas para luego derretirse.

El día siguiente transcurrió de la manera más inservible, no podía concentrarme bien en ningún negocio, compré un caballo que en realidad no me gustaba, me presenté después de la comida en lo del duque de Nemours y pasé algún tiempo allí jugando y conversando de las cosas más pueriles y desagradables. No se charló de otra cosa que no fuera la peste, que se expandía cada vez con mayor ímpetu por la ciudad, y a todos esos nobles no se les podía sacar más que relatos similares sobre el rápido enterramiento de los cadáveres, la paja que había que hacer quemar en las piezas de los difuntos a fin de disipar los vahos venenosos, y así; el más tonto de todos me pareció sin embargo el canónigo de Chandieu, que a pesar de estar gordo y sano como siempre, no podía contenerse y todo el tiempo bajaba su mirada bizca para contemplarse las uñas de los dedos, a ver si ya se observaba en ellas el sospechoso azulado con que suele anunciarse la enfermedad.

Todo esto me provocaba rechazo, me fui temprano a casa y me acosté en la cama, pero no me podía dormir, de la impaciencia volví a vestirme y me propuse ir a ver a mi amiga costara lo que costara, aun cuando tuviera que entrar por la fuerza con mi gente. Me acerqué a la ventana con la idea de despertar a mis criados, pero el helado aire nocturno me devolvió la sensatez y me di cuenta que este era el camino más seguro para arruinarlo todo. Aún vestido me arrojé a la cama y al final terminé durmiéndome.

El domingo transcurrió de modo similar hasta que se hizo de tarde; como llegué demasiado temprano a la calle indicada, me obligué a caminar de un lado al otro por una calleja aledaña, hasta que dieron las diez. Enseguida encontré la casa y la puerta que ella me había indicado, la puerta estaba abierta y detrás estaba el pasillo y la escalera. Pero la segunda puerta, arriba, a la que llevaba la escalera, estaba cerrada, si bien por debajo se veía una delgada franja de luz. De modo que ella estaba adentro y esperaba y acaso estuviera escuchando junto a la puerta del lado de adentro, tal como yo estaba del de afuera. Rasqué la madera con las uñas y entonces escuché pasos en el interior, que me parecieron los pasos vacilantes e inseguros de un pie descalzo. Por un rato contuve la respiración, luego empecé a golpear, pero escuché la voz de un hombre que preguntaba quién andaba ahí afuera. Me acurruqué en lo oscuro de la jamba de la puerta, sin emitir sonido alguno; la puerta permaneció cerrada y yo me deslicé en el mayor de los silencios, peldaño por peldaño, escaleras abajo, avancé a hurtadillas por el pasillo hasta el exterior y anduve yendo y viniendo por algunas calles con las sienes que me latían y los dientes apretados, ardiendo de impaciencia. Al final, volví a verme arrastrado hacia el frente de la casa, pero aún no quería entrar; sentía, sabía que ella alejaría al hombre, tenía que lograrlo, enseguida podríamos estar juntos. El callejón era estrecho; enfrente no había ninguna casa, sino el muro del jardín de un convento; me apoyé contra él y traté de adivinar desde enfrente cuál sería la ventana. En una de las ventanas del piso superior, que estaba abierta, se encendió de pronto el brillo como de una llama, que enseguida volvió a apagarse. Ahora creí verlo todo ante mí: ella había arrojado un leño grande en el hogar como aquella vez, y también como aquella vez estaba ahora parada en medio de la habitación, los miembros reluciendo por las llamas, o sentada en la cama escuchando y esperando. Desde la puerta la vería a ella, y a la sombra de su cuello y de sus hombros elevándose y hundiéndose en la parte translúcida de la pared. Enseguida estuve en el pasillo, llegué a la escalera: ahora tampoco la puerta estaba cerrada, sino entornada, y dejaba pasar el brillo oscilante también hacia un costado. Estiraba mi mano hacia el picaporte cuando creí escuchar en el interior los pasos y las voces de varios. Pero no quise creerlo, lo tomé por el trabajo de mi sangre en las sienes, en el cuello, y por el ardor del fuego en el interior. También en aquella ocasión las llamas habían hecho mucho ruido. Ahora ya había agarrado el picaporte, y tuve que comprender que adentro había personas, varias personas. Pero ya me daba lo mismo, pues sentía, sabía, que también ella estaba allí dentro, y que no bien abriera la puerta, podría verla, agarrarla y con mi brazo arrancarla tal vez de las manos de otros para atraerla hacia mí, ¡aun cuando tuviera que extirpar esa habitación para ella y para mí con mi espada y con mi puñal, recortándola de una multitud de gente que grita! Lo único que me parecía absolutamente intolerable era seguir esperando más tiempo.

Abrí la puerta de un golpe y vi, en medio de la habitación vacía, a un par de personas quemando paja que había sido usada como cama; a la luz de las llamas que iluminaban toda la habitación también vi paredes rasgadas, cuyos escombros yacían en el suelo, y, contra una pared, una mesa sobre la que había dos cuerpos desnudos, uno grande, con la cabeza cubierta, el otro más pequeño, extendido recto contra la pared, y al lado la sombra negra de unas formas finas, que subía juguetona y volvía a caer.

Bajé las escaleras a los tumbos y delante de la casa me choqué con dos sepultureros. Uno de ellos me puso su pequeño farol en la cara y me preguntó qué estaba buscando allí, el otro empujó su carro chirriante y crujiente contra la puerta de entrada. Saqué la espada, a fin de mantenerlos a distancia, y llegué a mi casa. De inmediato bebí tres o cuatro copas grandes de denso vino; tras haber descansado, emprendí al día siguiente el viaje a Lothringen.

Todos los esfuerzos que invertí tras mi regreso para averiguar algo sobre esta mujer fueron en vano. Incluso me dirigí a la tienda de los dos ángeles, pero la gente que ahora la ocupaba no sabía quiénes habían estado allí antes que ellos.

Basado en M. de Bassompierre, Journal de ma vie (Colonia, 1663) y Goethe, Conversaciones de emigrantes alemanes.


*Traducido con el apoyo del Instituto Goethe.

–¡Una señora pregunta por usted, Pavel Vasilich! –dijo el criado–. Hace una hora que espera.

Pavel Vasilich acababa de almorzar. Hizo una mueca de desagrado, y contestó:

–¡Al diablo! ¡Dile a esa señora que estoy ocupado!

–Esta es la quinta vez que viene. Asegura que es para un asunto de gran importancia. Está casi llorando.

–Bueno. ¿Qué vamos a hacerle? Que pase al gabinete.

Se puso, sin apresurarse, la levita, y, llevando en una mano un libro, y en la otra un portaplumas, para dar a entender que se hallaba muy ocupado, encaminóse al gabinete. Allí le esperaba la señora anunciada. Era alta, gruesa, colorada, con antiparras, de un aspecto muy respetable, y vestía elegantemente.

Al ver entrar a Pavel Vasilich, alzó los ojos al cielo y juntó las manos, como quien se dispone a rezar ante un icono.

–Naturalmente, ¿no se acuerda usted de mí? –comenzó con acento en extremo turbado–. Tuve el gusto de conocer a usted en casa de Trutzky. Soy la señora Murachkin.

–¡Ah, sí!… Tenga usted la bondad de sentarse. ¿En qué puedo serle útil?

–Mire usted, yo…, yo –balbuceó la dama, sentándose, y más turbada aún–. Usted no se acuerda de mí… Soy la señora Murachkin… Soy gran admiradora de su talento, y leo siempre, con sumo placer, sus artículos. No tengo la menor intención de adularle, ¡líbreme Dios! Hablo con entera sinceridad. Sí, leo sus artículos con mucho placer… Hasta cierto punto, no soy extraña a la literatura. Claro es que no me atrevo a llamarme escritora, pero… No he dejado de contribuir algo… He publicado tres novelitas para niños… Naturalmente, usted no las habrá leído… He trabajado también en traducciones… Mi hermano escribía en una revista importante de Petrogrado.

–Sí, sí… ¿Y en qué puedo serle útil a usted?

–Verá usted… –y bajó los ojos, poniéndose aún más colorada–. Conozco su talento y sus opiniones. Y quisiera saber lo que piensa… O, más bien, quisiera que me aconsejase… En fin, he escrito un drama, y antes de enviarlo a la censura, quisiera que usted me dijese…

Con mano trémula sacó un voluminoso cuaderno.

Pavel Vasilich no gustaba sino de sus propios artículos; los ajenos, cuando se veía obligado a escucharlos, le producían la impresión de un cañón, a cuyos disparos sirviera él de blanco. A la vista del gran cuaderno, se llenó de terror, y dijo:

–Bueno… Déjeme el drama, y lo leeré.

–¡Pavel Vasilich! –suplicó la señora, con voz suspirante y juntando las manos–. Ya sé que está usted muy ocupado y no puede perder ni un minuto. Tampoco se me oculta que en este momento está usted enviándome a todos los diablos; pero… Tenga usted la bondad de permitirme que le lea mi drama ahora, y le quedaré obligadísima.

–Tendría un gran placer, señora, en complacer a usted; pero… No tengo tiempo. Iba a salir.

–Pavel Vasilich –rogó la visitante, con lágrimas en los ojos–. Le pido a usted un sacrificio. Sé que soy osada, impertinente, pero ¡sea usted generoso! Mañana me voy a Kazán, y no quisiera irme sin saber su opinión. ¡Sacrifíqueme usted media hora… Sólo media hora!

Pavel Vasilich no era hombre de gran voluntad y no sabía negarse. Cuando vio a la señora disponerse a llorar y a prosternarse ante él, balbuceó:

–Bueno, acepto… Si no es más que media hora…

La señora Murachkin lanzó un grito de triunfo, se quitó el sombrero, se sentó, y empezó a leer.

Leyó, primeramente, cómo el criado y la criada hablaban largo y tendido de la señorita Ana Sergeyevna, que ha hecho edificar en la aldea una escuela y un hospital. Después del diálogo con el criado, la criada recita un monólogo conmovedor sobre la utilidad de la instrucción; luego, vuelve el criado, y refiere que su señor, el general, mira con malos ojos la actividad de su hija Ana Sergeyevna: quiere casarla con un oficial, y considera un lujo inútil la instrucción del pueblo. Después el criado y la criada se marchan, y entra Ana Sergeyevna en persona. Hace saber al público que se ha pasado en claro la noche, pensando en Valentín Ivanovich, hijo de un pobre preceptor, y mozo de nobles sentimientos, que mantiene a su padre enfermo. Valentín es un hombre instruidísimo, pero en extremo pesimista. No cree ni en el amor ni en la amistad, encuentra estúpida la vida y quiere morir. Ana Sergeyevna está decidida a salvarle.

Pavel Vasilich escuchaba y pensaba en su diván, en el que tenía la costumbre de descansar un poco después del almuerzo. De vez en cuando lanzaba a la señora Murachkin una mirada llena de odio.

–¡Que el diablo te lleve! –pensaba–. ¿Qué culpa tengo yo de que hayas escrito un drama estúpido? ¡Qué cuaderno. Dios mío! ¡No se acaba nunca! Miró el retrato de su mujer, colgado en la pared, y recordó que aquella le había encargado que comprase y llevase a la casa de campo cinco metros de cinta, una libra de queso y unos polvos para los dientes.

–¿Dónde he puesto yo la muestra de la cinta? –pensaba–. Creo que está en el bolsillo de la americana… Con tal que no se pierda… Las malditas moscas han manchado el retrato. Le tendré que decir a Olga que lo limpie… Esta endemoniada mujer, está leyendo ya la escena octava; el primer acto está, probablemente, tocando a su fin… Pobre señora, está muy gruesa para tener inspiración. ¡Qué idea más graciosa la de meterse a escribir dramas! Más valía que hiciera media o que cuidase a las gallinas…

–¿No le parece a usted este monólogo demasiado largo? –preguntó de pronto la señora Murachkin, levantando los ojos del cuaderno.

Él no había oído palabra de dicho monólogo, y, ante la pregunta inesperada, manifestó gran confusión.

–¡Nada de eso! Al contrario, me gusta mucho.

La señora Murachkin puso una cara gozosísima, radiante de dicha, y continuó leyendo:

«Ana. Os entregáis con exceso al análisis psicológico. Olvidáis demasiado el corazón y atribuís a la razón excesiva importancia. Valentín. ¿Y qué es el corazón? Es un concepto anatómico, un término convencional, sin sentido alguno para mí. Ana (Turbada). ¿Y el amor? ¿Diréis también, acaso, que no es sino el producto de la asociación de ideas?… Valentín (Con amargura). ¡No abramos las viejas heridas! (Una pausa). ¿En qué pensáis? Ana. Sospecho que no sois feliz».

Durante la lectura de la escena diez y seis, Pavel Vasilich bostezó de un modo en absoluto inesperado por él, y él mismo se asustó de su poca galantería.

Para disimularla, se apresuró a dar a su rostro la expresión del de un hombre que escucha con gran interés.

–La escena diez y siete –se dijo–, y el primer acto aún no se ha acabado. ¡Dios mío! Si esto se prolonga diez minutos más, no sé qué voy a hacer… ¡Es insoportable!

Al fin, la dramaturga, leyó con voz triunfante:

«¡Telón!»

Pavel Vasilich lanzó un suspiro de alivio y se dispuso a levantarse; pero la señora Murachkin volvió la página, y sin haberle dado tiempo para respirar, continuó leyendo:

«Acto segundo. La escena representa una calle de la aldea. A la derecha, la escuela; a la izquierda, el hospital. En la escalinata del hospital hay sentados campesinos y campesinas».

–¡Perdóneme! –interrumpió Pavel Vasilich–. ¿Cuántos actos son?

–¡Cinco! –respondió rápida la señora Murachkin, y, como si temiera que echase a correr, continuó a toda prisa:

«En la ventana de la escuela se encuentra Valentín. En el fondo, se ve a los campesinos salir y entrar en la taberna».

Como un condenado a muerte, que hubiera perdido toda esperanza de ser indultado, Pavel Vasilich no se hizo ya ilusiones, y se resignó. Sólo se preocupó de tener los ojos abiertos y de conservar en el rostro una expresión atenta. El momento dichoso de su porvenir, en que aquella señora acabase la lectura del drama y se fuera, le parecía muy lejano.

–Rim, run, run…, run, run, run –zumbaba sin tregua en su oído la voz de la señora Murachkin.

–Se me había olvidado tomar bicarbonato –pensaba–. Tengo que cuidarme el estómago… Antes de marcharme iré a ver a Smirnov… ¡Calla, un pajarito se ha parado en la ventana! Debe de ser un gorrión.

Sus párpados parecían de plomo, y hacía esfuerzos sobrehumanos para no dormirse. Bostezó y miró a la señora, que tomó, ante sus ojos soñolientos, formas fantásticas; comenzó a oscilar, y se convirtió en un ser tricéfalo, que llegaba al techo.

La señora leía: «Valentín. No, permitidme que me vaya. Ana (Asustada). ¿Por qué? Valentín (Aparte). ¡Se ha puesto pálida! (A ella). No, no me obliguéis a que os diga las verdaderas razones. ¡Prefiero morir a decíroslas! Ana (Tras una corta pausa). ¡No, no podéis partir!…»

La señora Murachkin empezó a inflarse, a inflarse. No tardó en parecerle a Pavel Vasilich una enorme montaña, que llenaba toda la estancia; luego, súbitamente, se hizo muy pequeñita, como una botella, y desapareció después, con la mesa que había ante ella. Pero siguió leyendo:

«Valentín (Sosteniendo en sus brazos a Ana). ¡Tú me has resucitado! ¡Tú me has enseñado el sentido de la vida! ¡Has sido, para mi alma seca, como una lluvia bienhechora! Pero ¡ay!, es demasiado tarde. Soy víctima de una enfermedad incurable».

Pavel Vasilich se estremeció y fijó una mirada vaga, estúpida, en la señora Murachkin. Durante un minuto la miró así, sin comprender nada, perdido en absoluto el sentido de la realidad.

«Escena undécima. Los mismos; después, el barón y el oficial de policía. Valentín. ¡Detenedme! Ana. ¡Y a mí también, le pertenezco! La amo más que a mi vida. El barón. Ana Sergeyevna, olvidáis el daño que vuestra conducta causará a vuestro noble padre…»

La señora Murachkin empezó nuevamente a inflarse, se hizo grande como una montaña, llenó toda la estancia. Entonces Pavel Vasilich, dirigiendo en torno suyo miradas salvajes, lanzó un alarido de terror, cogió de la mesa un pesado pisapapeles, y, con todas sus fuerzas, lo descargó sobre la cabeza de la señora Murachkin.

–¡Detenedme, la he matado! –dijo momentos después, cuando acudió la servidumbre.

El jurado dictó un veredicto de inculpabilidad.

En la Escuela Militar de Sankt Severin. Gimnasio. Con sus claras blusas de cutí, el curso está ordenado en dos filas bajo las grandes lámparas de gas. El profesor de gimnasia, un joven oficial de rostro moreno y endurecido, y ojos fríos e irónicos, ha ordenado ejercicios libres y está distribuyendo las secciones.

– ¡Primera sección, barra fija; segunda sección, paralelas; tercera sección, potro; cuarta sección, escalar! ¡En marcha!

Y los muchachos se dispersan rápidamente con sus ligeras zapatillas, protegidas con colofonia. Algunos se demoran en medio de la sala, dubitativos y enfadados a un tiempo. Son la cuarta sección, los malos gimnastas, a los que no les procura ninguna alegría el movimiento en los aparatos y que ya están hartos de las veinte flexiones, además de un poco confusos y exhaustos.

Sólo uno, uno que, por lo general, es siempre el último en tales ocasiones, Karl Gruber, está ya en las barras de escalar, colocadas en un rincón de la sala algo en penumbra, junto al hueco donde cuelgan las chaquetas de los uniformes que se han quitado. Ha agarrado la primera barra y tira de ella con una fuerza extraordinaria, de manera que oscila libremente en el lugar señalado para el ejercicio. Gruber no la suelta, da un salto y llega bastante arriba, las piernas entrelazadas en el extremo superior que, por lo general, nunca ha sido capaz de rozar, sujeto a la barra. Así a la sección y observa, eso parece, con especial deleite el asombrado enojo del pequeño suboficial polaco que le grita que baje. Pero en esta ocasión Gruber es incluso desobediente, y Jastersky, el suboficial rubio, acaba por gritarle:

– O baja usted o sube hasta arriba; de lo contrario, se lo digo al teniente coronel.

Entonces Gruber empieza a escalar, primero con fuerza, atropellado, levantando poco las piernas y mirando arriba con cierto miedo, despreciando el inconmensurable pedazo de barra que aún tiene por delante. Luego ralentiza sus movimientos, y, como si disfrutara de cada avance como de algo extrañamente grato, enfila hacia lo alto, como alguien acostumbrado a escalar. No repara en el nerviosismo del enojado suboficial, escala y escala, con la vista siempre hacia arriba, como si hubiera descubierto una salida en el techo de la sala y pretendiera alcanzarla. Toda la sección lo sigue con la mirada. Y también algunos de las otras secciones dirigen desde otros lugares su atención al escalador, que antes, jadeando, con el rostro todo rojo y ojos en blanco, apenas alcanzaba el primer tercio de la barra.

– ¡Bravo, Gruber! –grita alguien de la primera sección.

Entonces muchos vuelven la mirada y, durante un rato, la sala permanece en silencio; pero, justo en el momento en que todos están pendientes de la figura de Gruber, éste hace un movimiento arriba, en lo alto, debajo del techo, como si quisiera sacudirlo, y, como evidentemente no lo logra, deja todas esas miradas pegadas al desnudo gancho de hierro y se desliza a toda velocidad por la barra lisa, de manera que todos siguen aún mirando arriba cuando él, mareado y acalorado, lleva ya un rato abajo, mirándose las palmas abrasadas de las manos. Entonces uno de los compañeros que están más cerca le pregunta qué es lo que le ha sucedido hoy:

– ¿Acaso quieres que te pasen a la primera sección?

Gruber sonríe y parece querer responder algo, pero se lo piensa y rápidamente baja la vista. Y luego, mientras el barullo y el jaleo continúan, se retira hasta el rincón sin hacer ruido, se sienta y, temeroso, mira a su alrededor, respira el doble de rápido, vuelve a reír y se dispone a decir algo, pero ya nadie está pendiente de él. Sólo Jerome, que también es de la cuarta sección, ve que está mirándose otra vez las manos, muy inclinado sobre ellas, igual que alguien que quiere leer una carta con escasa luz. Y, pasado un rato, Jerome se acerca a él y pregunta:

– ¿Te has hecho daño?

Gruber se asusta:

– ¿Qué? –dice con su voz de siempre, chapoteando en saliva.

– ¡Déjame ver!

Jerome le coge una mano y la vuelve hacia la luz.

Está un poco excoriada en la palma.

– ¿Sabes? Tengo algo para esto –dice Jerome, al que siempre le mandan de casa tafetán inglés–, ven luego a verme.

Pero parece como si Gruber no hubiera escuchado; está mirando la sala, como si estuviera viendo algo indeterminado, tal vez no en la sala, tal vez fuera, detrás de las ventanas, aunque está oscuro, es tarde y es otoño.

En ese momento el suboficial grita, a su modo imperioso:

– Gruber.

Gruber no se mueve, sólo los pies, estirados, se remueven un poco, rígidos y torpes, por encima del parquet.

–¡Gruber! –grita el suboficial, y la voz le golpea.

El suboficial espera un rato y dice rápidamente y con voz ronca, sin mirar a quien acaba de llamar:

– Preséntese usted después de la clase, ya le…

Y la clase sigue.

– Gruber –dice Jerome inclinándose hacia su camarada, que se hunde aún más en el rincón–, te tocaba otra vez a ti, escalar, en la cuerda; ve, inténtalo, si no Jastersky te va a montar algún número, ¿sabes?

Gruber asiente. Pero, en lugar de levantarse, cierra los ojos de repente y se desliza bajo las palabras de Jerome como bajo una ola, se desliza hacia el fondo, despacio y en silencio, hacia el fondo de su asiento, y Jerome no sabe lo que sucede hasta que oye cómo la cabeza de Gruber restalla con fuerza contra la madera del respaldo y luego cae hacia delante.

– ¡Gruber! –grita con voz ronca.

Al principio nadie se da cuenta. Y Jerome sigue en pie con los brazos caídos gritando:

– ¡Gruber, Gruber!

No se le ocurre incorporarlo. Entonces alguien le golpea y le dice:

– Quita.

Otro lo aparta de un empujón y Jerome ve cómo levantan el cuerpo inerte.

Se lo llevan a algún sitio, probablemente a la habitación de al lado. El teniente coronel llega corriendo. Da órdenes muy breves con voz dura y muy alta. Sus órdenes cortan incisivamente el zumbido de los numerosos chicos que parlotean. Silencio. Sólo se percibe algún que otro movimiento, un balanceo en el aparato, un salto suave, una risa tardía de alguno que no sabe de qué se trata. Después, preguntas rápidas:

– ¿Qué? ¿Qué? ¿Quién? ¿Gruber? ¿Dónde?

Y más y más preguntas. Luego alguien dice en alto:

– Inconsciente.

Y el suboficial Jastersky, con el rostro encendido, echa a correr detrás del teniente coronel, gritando con malévola voz, temblando de rabia:

– Un cuentista, señor teniente coronel. Un cuentista.

El teniente coronel no le hace caso. Está mirando al frente, se muerde el bigote, con lo que la dura mandíbula sobresale aún más enérgica y puntiaguda. De vez en cuando, da una breve indicación. Los cuatro alumnos que llevan a Gruber y el teniente coronel desaparecen en la habitación. Poco después, los cuatro alumnos regresan. Un bedel cruza la sala. Los otros los miran boquiabiertos y acosan a preguntas a los cuatro:

– ¿Cómo está? ¿Qué le pasa? ¿Ha vuelto ya en sí?

Ninguno de ellos sabe nada en realidad. Y entonces el teniente coronel dice que continúe la clase y le cede el mando al sargento Goldstein. Así que vuelven a hacer gimnasia, en las paralelas, en la barra fija, y los pequeños gorditos de la tercera sección suben penosamente con las piernas bien abiertas al alto potro. Sin embargo, todos los movimientos son diferentes a los de antes, como si sobre todos los muchachos se hubiera posado algo que estuviera al acecho. Los balanceos en la barra fija se interrumpen de repente, y en las paralelas sólo se hacen un montón de ejercicios rutinarios. Las voces son menos confusas, y su susurro es más delicado, como si todos dijeran únicamente una sola palabra:

– Sssí, sssí, sssí…

Entretanto, el pequeño y espabilado Krix está escuchando tras la puerta de la habitación. El suboficial de la segunda sección lo echa de allí levantando la mano para darle un golpe en el trasero. Krix retrocede de un salto, como un gato, con los ojos astutos y brillantes. Ya sabe bastante. Y, pasado un rato, cuando nadie le observa, se lo cuenta a Pawlowich:

– Ha venido el médico del regimiento.

Bueno, ya conocen a Pawlowich; con toda su cara, como si alguien le hubiera dado una orden, atraviesa la sala de sección a sección y dice bien alto:

– El médico del regimiento está dentro.

Y parece que también los suboficiales se interesan por la noticia. Cada vez con mayor frecuencia vuelven la vista hacia la puerta, los ejercicios se hacen cada vez más lentos, y un pequeño de ojos negros está en cuclillas en lo alto del potro, mirando fijamente, boquiabierto, a la habitación. Parece haber algo paralizante en el ambiente. Los más fuertes de la primera sección continúan esforzándose aún un poco, luchan, hacen círculos con las piernas, y Pombert, el atlético tirolés, dobla el brazo y se observa los músculos, que destacan tensos y poderosos a través del cutí. Sí, el pequeño y ágil Baum hace incluso varios círculos con el brazo y, de repente, ese brusco movimiento es el único en toda la sala, un gran círculo centelleante que adquiere un carácter inquietante en medio de la calma general. Y, de golpe, el muchachito se queda parado, se arrodilla con desgana y pone cara de no importarle nada. Pero también sus pequeños ojos apáticos se pegan a la puerta de la habitación.

Ahora se oye la canción de las llamas de gas y el movimiento del reloj de pared. Y entonces suena la campana que da la hora. Su tono es hoy extraño y singular; además, se para de un modo totalmente inesperado, se interrumpe en medio de sus palabras. Pero el suboficial Goldstein conoce sus obligaciones. Grita:

– ¡A sus puestos!

Nadie le escucha. Nadie puede recordar qué sentido tenían esas palabras… antes. ¿Cuándo?

– ¡A sus puestos! –grazna el sargento, y al instante gritan ya con él los demás suboficiales:

– ¡A sus puestos!

– Y también alguno de los alumnos dice como para sus adentros, como en sueños:

– ¡A sus puestos! ¡A sus puestos!

Pero en el fondo todos saben que siguen a la espera de algo. Y en ese momento se abre la puerta de la habitación; durante un rato, nada; luego sale el teniente coronel Wehl, con los ojos bien abiertos, airados, y el paso firme, que marca como en un desfile. Y dice con voz ronca:

– ¡A sus puestos!

A una velocidad indescriptible están ya todos formados.

Ninguno se mueve. Como si estuvieran en presencia de un mariscal. Y de pronto una orden:

– ¡Atención!

Una pausa, y luego, con voz seca y dura:

– Vuestro camarada Gruber acaba de fallecer. Un ataque al corazón. ¡En marcha!

Pausa.

Y, pasado un rato, la voz del alumno de servicio, encogida y suave:

‒ ¡Izquierda! ¡Marchen, compañía, marchen!

Sin dar un paso, muy despacio, la compañía se vuelve hacia la puerta. Jerome es el último. Nadie mira a ningún lado. El aire del pasillo llega frío y húmedo hasta los muchachos. A uno le parece que huele a fenol. Pombert hace un chiste perverso aludiendo al hedor. Nadie se ríe. De repente, Jerome nota que lo cogen por el brazo, como si lo embistieran. Krix se ha colgado de él. Le brillan los ojos y sus dientes refulgen, como si fuera a morder algo.

– Yo lo he visto –susurra jadeante, apretando el brazo de Jerome, con una sonrisa en su interior, meneándolo de un lado para otro. Apenas puede continuar–: Está completamente desnudo, y estaba muy flaco y estirado. Y le han puesto un sello en la planta de los pies…

Y luego reprime una risa, sardónica y picajosa; reprime una risa y le muerde la manga a Jerome.


*Este cuento fue publicado en: Los últimos y otros relatos, Alba Editorial, 2010.

Me hallaba una noche después de cenar en el Casino de San Esteban,1 en Ramleh. Mi amigo Alejandro A., que vivía en el Casino, nos había invitado a cenar con él a otro joven, muy cercano a nosotros, y a mí. Como no era una velada con música había venido muy poca gente, de manera que mis amigos y yo teníamos todo el local para nosotros.

Estuvimos hablando de diversas cosas y, como ninguno de nosotros era rico, la conversación derivó naturalmente sobre el dinero y sobre la independencia que da y a los placeres que le acompañan.   

Uno de mis amigos decía que le habría gustado tener 3.000.000 de francos y empezó a contar lo que habría querido hacer y, sobre todo, qué habría dejado de hacer si hubiera estado en posesión de esa enorme cantidad.   

Yo, más comedido, me contentaba con unos ingresos de 20.000 francos al año.    

Alejandro A. dijo:    

«Si hubiera querido, ahora sería no sé cuantas veces millonario, pero no me atreví».    

Estas palabras nos resultaron extrañas. Conocíamos bien la vida de nuestro amigo A. y no recordábamos que jamás se le hubiera presentado la ocasión de hacerse multimillonario, conque supusimos que no hablaba en serio y que vendría después una broma. Pero la cara de nuestro amigo estaba muy seria y le pedimos que nos explicara su enigmática frase.    

Vaciló por un instante y luego dijo:    

«Si estuviese en otra compañía, por ejemplo entre la llamada ‘gente bien’, no tendría que dar explicaciones, porque se reirían de mi. Pero nosotros estamos un poco más por encima de la ‘gente bien’, o sea que el perfecto desarrollo espiritual nos ha vuelto otra vez sencillos, pero sencillos sin ignorancia. Hemos dado un giro completo. Por eso, naturalmente, hemos vuelto al punto de partida. Los demás se han quedado a la mitad. No saben, ni siquiera imaginan, donde termina el camino».    

Estas palabras no nos asombraron en absoluto. Cada uno teníamos una extrema consideración para uno mismo y para los otros dos.

«Sí», repitió Alejandro, «si me hubiera atrevido sería multimillonario, pero me dio miedo.

«Es una historia que se remonta a hace diez años. No tenía entonces mucho dinero, como ahora, o mejor no tenía ninguno, pero de una u otra forma iba tirando y vivía pasablemente bien. Estaba en una casa de la calle Cherif Pachá2 que era de una viuda italiana. Tenía tres habitaciones bien amuebladas y un criado personal, además del servicio de la patrona que también estaba a mi disposición.   

«Una noche había ido al “Rossini” y después de escuchar muchas sandeces decidí salirme a la mitad e irme adormir, porque al día siguiente tenía que madrugar para ir de excursión a Abukir3 a donde me habían invitado.  

«Al llegar a mi cuarto empecé, como tenía por costumbre, a dar vueltas arriba y abajo pensando en todo lo del día. Pero como no había habido nada de interesante me entró sueño y me puse a dormir.    

«Debí de estar durmiendo hora y media o dos horas sin soñar, porque recuerdo que, sobre la una de la madrugada, me despertó un ruido de la calle y no me acordaba de ningún sueño. Debí quedarme otra vez dormido sobre la una y media, y entonces me pareció que en mi cuarto entraba una persona de mediana estatura, de unos cuarenta años. Llevaba un traje negro, bastante raído, y un sombrero de paja. En la mano izquierda llevaba una sortija con una gran esmeralda. Esto me llamó la atención porque contrastaba con su ropa. Tenía una barba negra muy canosa y una expresión extraña en sus ojos, una mirada entre burlona y melancólica. En general era un tipo bastante corriente; de esa gente que encuentras a menudo. Le pregunté qué quería de mí. No me respondió de repente, sino que me estuvo mirando unos minutos como sospechando de mi o como si estuviera examinándome para asegurarse de que no se había equivocado. Luego me dijo —el tono de su voz era humilde y servil— :   

«“Eres pobre, lo sé. He venido para decirte un modo de hacerte rico. Por donde la columna de Pompeyo,4 conozco un sitio donde está escondido un gran tesoro. Yo no quiero nada de este tesoro —sólo me quedaré con un cofrecito de hierro que encontrarás en el fondo. Todo lo demás será tuyo”.    

«“¿Y en qué consiste este gran tesoro?” pregunté.    

«“En monedas de oro” me dijo. “pero sobre todo en piedras preciosas. Hay diez o doce cofres de oro llenos de diamantes, de perlas y, creo,” —como si se esforzara en recordar— “que de zafiros”.    

«Pensé entonces por qué no iba él solo a coger lo que quería y qué necesidad tenía de mi. No me dejó explicarme. “Comprendo qué estás pensando. Por qué, dices, no voy a cogerlo yo mismo. Hay un motivo que me lo impide y que no puedo decirte. Hay algunas cosas que ni siquiera yo puedo hacer”. Cuando dijo “ni siquiera yo” brilló como un destello de sus ojos y una temible grandeza lo transformó por un segundo. Sin embargo, de pronto, recuperó sus modales humildes. “Por eso me darás una alegría si vienes conmigo. Necesito ineludiblemente a alguien y te estoy eligiendo a ti porque quiero tu bien. Ven a buscarme mañana. Te esperaré desde el mediodía hasta las cuatro de la tarde en la Plaza Chica, en el café que hay al lado de las ferreterías”.    

«Dicho esto desapareció.    

«A la mañana siguiente, cuando me desperté, al principio no me acordaba para nada del sueño. Pero después de lavarme y cuando me senté a desayunar, me vino a la memoria y me pareció bastante raro. “Ojalá fuera verdad” me dije, y enseguida lo olvidé.    

«Me fui a la gira campestre y me divertí mucho. Éramos muchos —unos treinta, entre hombres y mujeres. Nuestro buen humor era extraordinario; pero no os lo cuento con pelos y señales porque nos salimos del tema».    

En este punto mi amigo D. observó: «Y está de más. Porque yo, por lo menos, ya lo sé. Yo también, si no recuerdo mal, estaba en esa excursión».    

«¿Estabas? No te recuerdo» ¿No es la excursión que hizo Marcos G… antes de irse definitivamente a Inglaterra?»    

«Sí, efectivamente. Te acordarás de lo bien que lo pasamos. Buenos tiempos. O, mejor, tiempos pasados. Es lo mismo. Pero volviendo a la historia —regresé de la fiesta bastante cansado y muy tarde. Apenas tuve tiempo para cambiarme de ropa y de cenar y luego fui a casa de una familia amiga mía donde había una especie de timba de cartas y en la que estuve jugando hasta las dos y media de la madrugada. Gané 150 francos y volví a casa más que contento. Me acosté y me quedé traspuesto durmiéndome enseguida gracias al cansancio del día.    

«Nada más conciliar el sueño me sucedió algo extraño. Vi que había luz en la habitación, y no sabía por qué no la había apagado antes de acostarme, cuando veo venir desde el fondo de la habitación, del lado de la puerta —mi cuarto era bastante grande— a un hombre que reconocí de inmediato. Llevaba el mismo traje negro y el mismo viejo sombrero de paja. Pero parecía contrariado, y me dijo: “Te he estado esperando hoy desde el mediodía hasta las cuatro en el café. ¿Por qué no has venido? Te ofrezco hacer tu suerte ¿y no acudes corriendo? Te esperaré otra vez en el café hoy por la tarde, desde el mediodía hasta las cuatro. Y no vengas con nadie”. Luego desapareció como la otra vez.    

«Pero ahora me desperté aterrorizado. La habitación estaba a oscuras. Encendí la luz. El sueño había sido tan real, tan vivo que me quedé aturdido y confuso. Tuve la incertidumbre de ir a ver si la puerta estaba cerrada. Estaba cerrada, como siempre. Miré el reloj: eran las tres y media. Me había acostado a las tres.    

«No os oculto ni me avergüenzo en absoluto de deciros de que estaba muy asustado. Me daba miedo cerrar los ojos y dormirme otra vez y volver a ver a mi fantasmagórico visitante. Me senté en una silla muy nervioso. Sobre las cinco empezó a clarear. Abrí la ventana y vi la calle despertarse poco a poco. Algunas puertas se habían abierto y pasaban algunos lecheros madrugadores y los primeros carros del pan. La luz me tranquilizó un poco y me eché de nuevo quedándome dormido hasta las nueve.    

«A las nueve, cuando me desperté, me acordé del trajín de la noche y la impresión empezó a perder intensidad. No sabía por qué me había agitado tanto. Cauchemars5 tiene todo el mundo y yo he tenido muchas en mi vida. Por otra parte esto no era un cauchemar. Es cierto que había tenido dos veces el mismo sueño. Pero ¿por qué con este? Y ante todo ¿era verdad que lo había tenido dos veces? ¿Es que acaso no había soñado que había visto antes a este mismo hombre? Pero después de mucho recordar, deseché esta idea. Estaba seguro de que había tenido el sueño dos noches antes. Pero ¿qué tenía entonces de raro? El primer sueño parecía haber sido muy vivo y me había causado una fuerte impresión, por eso lo había vuelto a tener. Sin embargo aquí mi lógica fallaba un poco. Pues no recordaba que el primer sueño me hubiera impresionado. Durante todo el día siguiente no había pensado un instante en él. Durante la excursión y en la reunión de por la noche había pensado en todo menos en el sueño. ¿Y qué? ¿Es que no soñamos a menudo con personas que hace muchos años que no vemos? Parece que su recuerdo se nos queda en cierto modo grabado en la memoria y de repente se reaparece en sueños. De manera que ¿qué había de extraño en tener el mismo sueño después de veinticuatro horas, aunque durante el transcurso del día no me hubiera acordado en absoluto? Luego me dije que quizá hubiera leído algo sobre un tesoro escondido y que, sin darme cuenta, hubiera influido en mi mente, pero por más que pensaba no conseguía recordar semejante lectura.

«Al final me aburrí de estos pensamientos y empecé a vestirme. Tenía que ir a una boda y enseguida, con las prisas y con escoger la ropa, el sueño se borró enteramente de mi recuerdo. Después, fui a comer y, para pasar un poco el rato, me puse a leer una revista publicada en Alemania —el Ésperos,6 creo.

«Me fui a la boda, donde se había reunido toda la buena sociedad de la ciudad. Yo tenía entonces muchas relaciones, con lo que, después de la ceremonia, estuve repitiendo infinidad de veces, lo guapísima que estaba la novia, sólo que un poco pálida, lo majo y joven que era el novio, además de ser rico, y cosas así. La boda terminó hacia las once y media de la mañana, y luego me fui a la estación de Bulkeley a ver una casa de la que me habían hablado y que tenía que alquilar por encargo de una familia alemana de El Cairo que quería pasar el verano en Alejandría. La casa era realmente fresca y bien distribuida pero no tan grande como me habían dicho. Con todo, prometí a la dueña que yo recomendaría su casa como la más adecuada. La dueña se deshizo en agradecimientos y para conmoverme me contó todas sus desdichas, cómo y cuando había muerto el marido, que había visitado también Europa, que no era mujer para poner en alquiler su casa, que su padre había sido el médico de no sé que pachá, etc. Una vez cumplido este encargo, volví a la ciudad. Llegué a casa hacia la una de la tarde y comí con gran apetito. Cuando terminé el almuerzo y me tomé un café, salí para ir a casa de un amigo mío que vivía en un hotel cerca del café “Paraíso” para organizar algo para por la tarde. Era el mes de agosto y el sol abrasaba. Bajé despacio por la calle Cherif Pachá para no sudar. La calle a esa hora estaba, como siempre, desierta. Sólo me encontré con un abogado con el que tenía que preparar unos documentos para la venta de un pequeño terreno en Moharrem Bey. Era la última parcela de una finca bastante grande que había ido vendiendo poco a poco para cubrir así una parte de mis gastos. El abogado era una persona honrada y por eso lo había elegido. Pero era un pesado. Hubiera preferido que me robase un poco a que me aturdiera la cabeza con sus palizas. A la menor, empezaba una perorata interminable —me hablaba de derecho mercantil, traía a colación a Justiniano, recordaba viejos procesos en que había tomado parte en Esmirna, hacía el elogio de sí mismo, me explicaba mil cosas sin venir a cuento para nada y me agarraba de la chaqueta, cosa que odio. Tenía que soportar la tabarra de ese estúpido porque cuando se le agotaba el carrete de su sermón yo intentaba saber algo de la venta que para mi tenía un interés vital. Estos esfuerzos míos me desviaron de camino y seguí con él. Atravesamos, por la Plaza de los Cónsules, por la acera de la Bolsa, pasamos por el callejón que une la Plaza Mayor con la Plaza Chica y, por fin, cuando llegamos al centro de la Plaza Chica, había conseguido todas las informaciones que yo quería y mi abogado me dejó al acordarse que tenía que visitar a un cliente que vivía por allí. Me detuve un momento y lo vi alejarse mientras maldecía su cotorrería que en medio de semejante calor y semejante sol me había hecho desviarme de mi camino.    

«Me disponía a volver sobre mis pasos para ir a la calle del Café del Paraíso, cuando de pronto me chocó la idea de encontrarme en la Plaza Chica. Me pregunté a mi mismo el por qué y me acordé del sueño. “Es aquí donde me ha citado el famoso dueño del tesoro”, dije para mí mientras sonreía, y mecánicamente volví la cabeza hacia el sitio donde estaban unas ferreterías.     

«¡Horror! ¡Allí había un cafetín y allí estaba él sentado! Mi primera impresión fue como de vértigo y creí que me caía. Me apoyé en una caseta y volví a mirarlo. El mismo traje negro, el mismo sombrero de paja, el mismo aspecto, la misma mirada. Además me estaba observando sin pestañear. Mis nervios estaban tan tensos como si me hubieran echado por dentro hierro fundido. Sólo pensar que era pleno mediodía, que la gente pasaba indiferente como si no estuviese pasando nada extraordinario y que yo, solamente yo, supiera que estaba sucediendo la cosa más horrible, que ahí estaba sentado un fantasma que quizá tenía poderes y quizá venía de alguna esfera de lo desconocido — ¿de qué Infierno, de qué Érebo7?— me tenía paralizado y me eché a temblar. El fantasma no me quitaba los ojos de encima. Entonces me embargó el terror de que pudiera levantarse y acercarse a mi, de que pudiese hablarme y de que me llevara consigo; en este caso ¿qué fuerza humana habría podido ayudarme? Me subí a un coche y le dije al cochero una dirección, muy lejos, no recuerdo donde.    

«Cuando me recuperé un poco vi que casi había llegado a Sidi Gabir. Había recuperado un poco mi sangre fría y empecé a pensar en el asunto. Mandé al cochero que volviera a la ciudad. “Estoy loco”, pensaba, “indudablemente me he confundido. Sería alguien que se parecía al hombre del sueño. Tengo que volver para asegurarme. Lo más seguro es que se haya ido y eso demostraría que no era él, porque me había dicho que me esperaría hasta las cuatro”.    

«Mientras pensaba en todo esto había llegado hasta el teatro Zizinia; y allí, apelando a todo mi valor, mandé al cochero que me llevara a la Plaza Chica. Mi corazón, cuando llegué al café, palpitaba de tal manera que creía que me iba a estallar. Hice que el cochero se detuviera a cierta distancia. Le tiré del brazo con tanta fuerza que poco faltó para que se cayera del pescante porque veía que se acercaba demasiado al café y porque allí, porque allí estaba todavía el fantasma.    

«Entonces me puse a mirarlo fijamente intentando encontrar alguna diferencia con el hombre del sueño, como si no fuera suficiente para convencerme de que era él, el hecho es que yo estaba dentro de un coche mirándolo con toda atención, cosa de la que cualquier otro se habría asombrado y me habría pedido una explicación. Al contrario, él respondía a mi mirada con una mirada igual de escrutadora y con una expresión llena de intranquilidad por la decisión que yo estuviera dispuesto a tomar. Parecía adivinar mis pensamientos, como los había adivinado en el sueño, y para deshacer cualquier duda sobre su identidad volvió hacia mí su mano izquierda y me enseñó — con tal claridad me la enseñó que temí que el cochero se diera cuenta— la sortija de la esmeralda que tanta impresión me había causado en mi primer sueño.    

«Pegué un grito de terror y dije al cochero, que ya empezaba a inquietarse por la salud de su cliente, que fuera al Boulevard Ramleh.8 Mi único objetivo era alejarme. Cuando llegué al Boulevard Ramleh le dije que se dirigiera a San Esteban, pero como vi que el cochero dudaba y murmuraba algo me bajé y le pagué.  Paré otro coche y le mandé que fuera a San Esteban.    

«Llegué aquí fatal. Entré en el salón del Casino y me asusté al verme en el espejo. Estaba pálido como un cadáver. Afortunadamente el salón estaba vacío. Me tiré en un diván y empecé a pensar qué hacer. Volver a mi casa era imposible. Volver otra vez a aquella habitación donde había entrado de noche, como una Sombra sobrenatural, aquel a quien acababa de ver sentado en un café corriente bajo el aspecto de una persona de carne y hueso, estaba fuera de discusión. Era algo absurdo, porque estaba claro que tenía capacidad para llegar a encontrarme en cualquier sitio. Pero hacía ya bastante tiempo que mis pensamientos eran incoherentes.    

«Por fin tomé una decisión. Y fue recurrir a mi amigo G. V. que vivía entonces en Moharrem Bey».    

«Qué G. V.», pregunté, «Aquel chalado apasionado por los estudios de magia?»    

«Él precisamente —eso es lo que me decidió a elegirlo. Tengo un recuerdo vago y confuso de cómo tomé el tren, de cómo llegué a Moharrem Bey, de qué manera iba yo mirando a derecha e izquierda, como un loco, temiendo que el fantasma pudiese aparecer de nuevo a mi lado, y de cómo acabé en el cuarto de G. V. Sólo recuerdo con claridad que cuando me encontré a su lado empecé a llorar como un histérico y a temblar todo y a contarle mi horrible aventura. G. V. me tranquilizó y, medio en serio, medio en broma, me dijo que no tuviera miedo; que el fantasma no se atrevería a ir a su casa y que aunque fuera lo echaría inmediatamente. Me dijo que él conocía este tipo de apariciones sobrenaturales y que sabía la manera de conjurarlas. Por otra parte, me pedía que me convenciera de que no había motivo alguno de miedo, porque el espectro había venido a mí con un objetivo preciso: hacerse con el ‘cofre de hierro’ que él no podía coger, claro está, sin la ayuda de un ser humano. Este objetivo no lo había conseguido; y con mi terror, él ya se habría dado cuenta de que no tenía esperanzas de conseguirlo. Sin duda se habría ido a convencer a cualquier otro. V. sólo lamentaba que no le hubiera informado a tiempo para ir él en persona a ver al fantasma y hablar con él porque en la Historia de los Fantasmas, añadía, la aparición de estos espíritus o démones a la luz del día es muy rara. Sin embargo, todo esto no bastaba para tranquilizarme. Pasé una noche muy agitada y al día siguiente me desperté con fiebre. El desconocimiento por parte del médico y el estado de tensión de mi sistema nervioso me provocaron una fiebre cerebral de la que por poco me muero. Cuando me recuperé un poco, quise saber qué día era. Había caído enfermo un 3 de agosto y yo creía que sería el 7 o el 8. Era el 2 de septiembre.    

«Un corto viaje a una isla del Egeo aceleró y completó mi curación. Durante toda la enfermedad estuve en casa de mi amigo V., que me cuidó con todo el buen corazón que conocéis. Sin embargo, él estaba intranquilo consigo mismo porque no había tenido suficiente coraje para echar al médico y haberme curado por medios mágicos, cosa que, como yo mismo creo, al menos en este caso, me habría curado tan de prisa como el médico.    

«Esta ha sido, amigos míos, la ocasión que tuve de ser multimillonario –pero no tuve valor. No tuve valor y no me arrepiento».   

Aquí se detuvo Alejandro. Fue tanta la convicción y tanta la sencillez con la que había hecho su relato que nos impidió hacer el menor comentario. Además habían pasado veintisiete minutos de la medianoche. Y como el último tren para la ciudad salía a las doce y media, nos vimos obligados a despedirnos y marcharnos apresuradamente.


*A la luz del día, C.P. Cavafis / Είς τὸφῶς τῆς ἡμέρας. Κ.Π. Καβάφη, Edición y traducción: Pedro Bádenas de la Peña, Málaga 2007. Miguel Gómez Ediciones, ISBN: 978-84-88326-56-4