search

Seis aceitunas engordan como un bife chico. ¿Podía ser eso? Lo había leído de refilón en la revista que sostenía la señora de campera esquí desteñida, todo el viaje en subte sentada junto a ella. Una nota sobre mitos en las dietas con recuadros insólitos del tipo un vaso grande de coca engorda tanto como un helado mediano, cincuenta gramos de maní, lo que medio litro de cerveza; seis aceitunas, un bife chico, y así. ¿Podía ser eso? Nunca había entendido del todo el funcionamiento de las calorías, nunca le había hecho falta. ¿Sería una chantada? Según la china lo de las calorías no era determinante; a veces influía, pero en general dependía de cada cuerpo y tipo de alimento.

Caminaba con apuro por la explanada de la estación de Chacarita. El encuentro inminente con Espina la llevó a preguntarse, ahora sí, si no había ella aportado también lo suyo para que precipitara. ¿Qué opinaría la china de lo que estaba por hacer? ¿Qué estaba? Nada: encontrarse con Javier Espina para que le pasara una copia de su próxima película, tal vez ir a tomar un café. Espina le había escrito después de meses de no tener noticias suyas para preguntarle si podía traducir unos subtítulos. A ella le hubiera bastado con que él le mandara el texto en español por correo, a lo sumo un enlace para ver la película, pero algo la llevó a decirle que sí, que encantada, que por qué no se juntaban. Dudó si despedirse con un beso, un abrazo o saludos. Este último le parecía demasiado formal, y los anteriores implicaban una idea de contacto físico inapropiado. Remató, simplemente, con un “gracias”. Espina contestó cuatro días más tarde. Escueto, dijo que podía hacerle una copia. Ella respondió bueno, si no es molestia, y nuevamente la duda de cómo terminar: pedirle que se lo dejara en casa era cualquiera; en la recepción del colegio, frío y distante; y si le decía de ir a tomar algo, demasiado. Dijo que podían cruzarse en algún momento a la tarde durante la semana, ella salía del colegio a las tres y pasaba cerca de la estación de Chacarita. A él le pareció bien, pero apenas preguntó cuándo, a ella se le nubló la agenda mental de los días por venir. De repente esa semana estaba complicada, pero la siguiente seguro que sí. Diez días de silencio y Espina, nada. Fue ella quien reanudó la correspondencia disculpándose, diciendo que esa semana también estaba ocupadísima, pero que la siguiente seguro, seguro. A los pocos días Espina mandó un correo en blanco, sin asunto, nada, y ella contestó si el jueves a las cuatro en la estación de Chacarita estaba bien para él. El martes Espina escribió para confirmar y le dejó su nuevo número de celular por cualquier cosa. El jueves, en el recreo del mediodía, ella le escribió un mensaje diciéndole que estaba complicada, perdón, mejor lo dejamos para otro momento. En realidad no pasaba nada fuera de lo común, salvo una pelea inexplicable con Adrián a la mañana y una ansiedad que iba en aumento a medida que se acercaba la hora de encontrarse. Incluso poniendo “momento” en vez de “día”, esperaba disipar esa niebla que se había vuelto demasiado espesa. Espina se mostró paciente, interesado, o por ahí no se hacía tanto problema y se estaba fumando sola todo el enrosque. Tras algunas idas y vueltas, volvieron a quedar a la misma hora en el mismo lugar, también un jueves. Este jueves. Un mes y medio, veinte correos y catorce mensajes de texto después, ahí estaba.

Había sido un rapto proponer verse, reconocía ahora, pero tampoco un rapto de los graves. Lo grave: era tardísimo, cuatro y veinte pasadas. Se había permitido llegar con algo de retraso, y diez, y cuarto, pero se le había ido la mano y ahora, sin encontrarlo bajo la arcada principal de la estación, sentía remordimientos. ¿Y si él se había hartado y se había ido? Escaneaba la cara y el aspecto de los que iban y venían con el mismo interés maníaco e inconstante que les dedicaba a las tapas de los diarios y revistas exhibidos en el quiosco del hall. No podía evitar descubrir errores de tipeo o faltas gramaticales, así como detectaba fallas orgánicas en ciertos cuerpos: una mujer tan petisa y obesa que parecía más ancha que alta, un tipo al que le faltaba un brazo y llevaba la manga libre del abrigo enroscada alrededor del cuello, otro con la cara picada como de viruela mal curada o piel quemada por una olla de aceite hirviendo que se le había venido encima de chico. Aunque se había repetido como un mantra que lo que estaba haciendo no estaba mal, que lo que estaba haciendo no estaba mal, que lo que estaba haciendo no estaba mal, lo que estaba haciendo igualmente un poco mal hacía que se sintiera por el solo hecho de haber estado escribiéndose con Espina, de haber quedado en encontrarse, de haber vuelto sobre sus pasos en ese campo minado cuando pensaba que todo había quedado guardado a cientos de metros bajo tierra en una bóveda de hormigón armado como un residuo nuclear. Sumado a la desconsideración de estar llegando tan tarde, la culpa salía a borbotones desde una napa corporal subterránea.

¿Hasta dónde era lo más lejos que se podía huir tomando un tren en la estación de Chacarita? General Lemos. Le tocaron el hombro desde atrás. No tuvo dudas de que era él; la certeza estaba dada por el alboroto repentino de su sangre. Espina tenía o aparentaba tener esa cara de fastidio masculino de pocas pulgas por el retraso. Ella, en vez de disculparse, preguntó si estaba todo bien con un descaro que sorprendió, porque en algún punto parecía destinado a provocar discordia, a hacer que esto de encontrarse se desmoronara por su propio peso en un abrir y cerrar de ojos. Espina retrocedió hasta la línea reglamentaria. Sí, dijo entre dientes. Fue cálido y rotundo y dio por saldada la cuestión. Había algo en la disposición de su boca medio abierta y el brillo que irradiaban sus ojos, la nariz grande, desproporcionada, que no le quedaba nada mal. Había algo, sí. Después de haberlo tenido tan presente en sus pensamientos las últimas semanas, después de haber pasado tantos meses desde la última vez que se habían visto, había tenido que calibrar la imagen que se había hecho de él en la cabeza con la del hombre que tenía enfrente. Supuso que a él también le estaría pasando algo similar y tensó sus facciones, en el que creía era el gesto que mejor le sentaba. La última vez que se habían visto era verano y habían terminado tan cerca el uno del otro, tan cerca, que apenas llegaba a verle los pómulos, los ojos, partes del pelo, mientras él le daba un beso profundo que ella no supo ni quiso rechazar.

Espina la descolocó al preguntarle qué tenía que hacer, si no tenía tiempo para acompañarlo a un lugar cerca, podían ir caminando. Ella dijo que sí, que no; que sí, estaba libre y que no, no tenía nada que hacer hasta las siete. Cruzaron la avenida hasta la entrada del cementerio municipal. A esa hora, como a lo largo de todo el día, todos los días de la semana, había personas entrando y saliendo de esta ciudadela mortuoria, deambulando por sus barrios populares y aristocráticos. A ella la idea de dar un paseo por ahí la alivió; era una escenografía inocente para neutralizar un encuentro intrépido. Qué había de malo en dar un paseo con un hombre que la había besado seis meses atrás, un hombre en el que pensaba de vez en cuando, un hombre al que quería volver a ver aunque estaba dispuesta a pararlo en seco si volvía a intentar algo. No estaban yendo a acostarse, apenas a dar una vuelta, ni siquiera a tomar un trago. Y si no había nada de malo, por qué se sentía esa mezcla de culpa y excitación.

Preguntó si era al cementerio a donde tenían que ir. Espina dijo que al cementerio, sí, pero no al municipal, sino a un pequeño cementerio británico que estaba justo del otro lado del predio. Tenía que sacarle una foto a una tumba en particular, para mandársela a un director de cine amigo. Un encargo un poco fastidioso que venía posponiendo hacía semanas, porque le quedaba un poco trasmano venir hasta Chacarita. Siguieron de largo por los negocios de venta de flores y coronas, caminaron frente al portón y después por la vereda desierta que bordeaba el predio del cementerio municipal. Espina llevaba una camisa a cuadros, un saco grueso y un pantalón oscuro que había conocido tiempos mejores. Ella se había preocupado por vestirse con ropa de todos los días: ese pantalón de vestir negro algo ceñido, el saquito verde, los zapatos que Adrián le había traído de su último viaje, y su abrigo favorito de ese invierno, un sobretodo impermeable negro con capucha. Era ropa que usaba para ir a trabajar un día cualquiera, pero había algo en el modo en que la había combinado. O tal vez fuera simplemente el toque inusual de delineador en sus ojos, el pelo suelto con su nuevo flequillo medio salvaje cortado en diagonal. Había algo, sí. Lo notó esa mañana en el colegio, por la avidez con que la miraron un par de colegas y alumnos de cuarto y quinto.

Filtrado por las copas de los árboles inmensos de avenida Elcano, el sol parecía no dar nunca sobre las baldosas con la intensidad suficiente para secar la perenne humedad. El margen opuesto de la curva interminable que la avenida daba alrededor del cementerio estaba flanqueado por las vías del tren que salían de la estación hacia el oeste. Del otro lado de las vías y del alambrado se veía un barrio de casas bajas que desde ahí parecía inaccesible, aunque, más avanzado el recorrido, ella descubriría un puente peatonal de hierro. Hablaban al ritmo que caminaban bordeando el paredón del cementerio municipal. Un diálogo fluido y caudaloso que saltaba de tema en tema: determinar si estaba haciendo lo que se decía frío o si la temperatura todavía estaba dentro del límite de lo agradable, cuál de los libros que un amigo en común había publicado era el preferido de cada uno, lo agotador que se volvía el trabajo en la escuela estas semanas después de las vacaciones de invierno, un viaje a un festival en Corea del Sur que Espina había tenido que rechazar.

Espina dijo que se la veía cambiada; o sea que se acordaba de su cara en detalle. Ella preguntó si cambiada para bien o para mal y él: para bien, claro que para bien. Y sus labios se amoldaron en esa semisonrisa que dejaba apenas al descubierto un par de dientes. Sus cejas se arquearon y los ojos se clavaron en los de ella, mientras abría las manos para poner énfasis en sus palabras y alcanzar un pico inesperado de elocuencia. Como sea: todo el tiempo hablaban mientras caminaban. Diez minutos de paso sostenido junto al paredón del cementerio municipal, cada tanto una entrada secundaria, un portón con candado, nada más. En un momento ella empezó a inquietarse. ¿Dónde la estaba llevando? No es que sospechara de las intenciones de Espina –aunque, si lo pensaba bien, ¿qué sabía sobre él, en realidad? Pero si les pasaba algo, si un desconocido de la nada les salía al cruce, muy fuerte iban a tener que gritar para que alguien los escuchara. De un momento a otro tendrían que estar por llegar, dijo Espina con un aplomo despreocupado y aventurero, como si estuviera listo para agarrarla del brazo, entrar a la estación Artigas y saltar sobre el primer tren que viniera para ir lejos, bien lejos, aunque muy lejos no hubieran podido llegar; apenas, con suerte, hasta los bordes del segundo cordón.

No dejaba de ser curioso, decía ahora, que el cementerio de la Chacarita hubiera sido emplazado en lo que en una época fueron los márgenes de la ciudad y ahora estuviera en su corazón mismo. ¿Por qué había despejado el resto de la tarde hasta las siete, si solo pensaba encontrarse con él para que le pasara un devedé, a lo sumo un café rápido cerca de la estación? ¿Quién hacía las preguntas? ¿Era una parte de ella que la reprobaba, o era la voz de Adrián haciéndose eco? La culpa volvió a emanar, y esta vez llegó hasta la superficie, porque sintió un calor en el cuello y en la cara, señal de que se había sonrojado como si la hubieran descubierto robando algo. Ya no sabía bien qué pensar, qué quería, qué tenía que hacer. Miró la hora en el celular y empezó a escribirle algo cariñoso a Adrián. Se arrepintió y guardó el teléfono con el mensaje a medias en el bolsillo del abrigo.

La curvatura de la avenida reducía tanto la visibilidad que fue de improviso que se toparon con la entrada del Cementerio Alemán. Espina dijo que faltaban apenas unos metros más, y antes de llegar al final –o al principio– de Elcano, en el extremo oeste del predio gigantesco de la Chacarita, frente a la estación, primera parada del convoy a Lemos, llegaron al Cementerio Británico y entraron por una puerta enrejada. No había nadie a la vista y avanzaron hasta la altura de la capilla. Era un parque, un verdadero jardín de paz con sus callejuelas surcando las parcelas cuidadas, los monumentos austeros, y un silencio acechado por el ruido lejano de los autos y colectivos que pasaban por la avenida. Cada tanto el tren que frenaba en la estación, el arrullo intermitente de los pájaros. Era una pradera detrás del arcoíris, un oasis en la ciudad tumultuosa. Ella se dejaba llevar; Espina parecía saber a dónde iban. Tenía que sacarle una foto a una tumba que habían visitado con un amigo inglés diez años atrás, la tumba del abuelo. Se acordaba de que era entrando a la izquierda, contra el paredón, pero no mucho más. Sabía el nombre y el apellido; podrían ir directamente y averiguarlo en la oficina de administración, pero no tendría la misma gracia, dijo.

Vagabundeaban con la mirada en las lápidas, descubriendo nombres e inscripciones. Eran las únicas personas a la vista; la labor reciente de los cuidadores se materializaba en un rastrillo y una pala apoyada contra un árbol, la manguera de riego prolijamente ovillada, la canilla que goteaba indecisa, el césped cortado al ras, una carretilla vacía y, adentro, una regadera metálica. La mayoría de los árboles eran pinos, tilos y de otras especies que no hubiera sabido nombrar. ¿Sería Espina esa clase de hombre que sabe los nombres de árboles y plantas? De la noche en que la besó en el patio de la productora se acuerda sobre todo del calor de sus labios, de cómo a ella le latía desbocadamente el cuerpo y le temblaba la pierna izquierda, y del olor dulzón de las flores de verano. Jazmines, debían de ser.

La calle principal de asfalto estaba atravesada por unas callecitas de gravilla más angostas, que a su vez eran atravesadas por unos pasajes todavía más angostos, pasillos de una plaza, podría decirse. Cuando caminaban por ahí se rozaban un poco, o Espina frenaba para dejarla pasar, y ella sentía la mirada de él –mucho menos discreta que sus semisonrisas– recorriéndole la espalda, la nuca, el cuello, las manos. Se detuvieron frente al sepulcro poblado de hiedra de la familia Hermosilla. Les llamó la atención la placa de Nemesia C de Hermosilla. 19 de diciembre de 1865 – 4 de mayo de 1958 junto a la de Sara Hermosilla. 16/11/1896 – 10/5/1958. Una era mucho mayor que la otra, pero murieron con seis días de diferencia. Como si luego de la muerte de la madre, la hija, de sesenta y tres, hubiera muerto de tristeza, dijo ella. O por ahí tuvieron un accidente en la ruta y la madre murió de inmediato y la hija estuvo una semana agonizando, dijo Espina, que enseguida se dejó llevar por un tal Peter Doherty muerto el 20 de noviembre de 1938. Y después, por un tal Alejandro Rendina, muerto a los dos días de nacer, en febrero de 1968. Espina dijo que la muerte de un bebé le resultaba algo desconsoladamente triste y purísimo a la vez. 

Espina señaló un banco de madera sobre el que daba el sol de esa tarde de invierno. ¿Hacía cuánto que no se acostaba con un hombre que no fuera Adrián? ¿Estaba bien? ¿En eso consistía estar enamorada, o apenas estaba cumpliendo con las normas de lealtad de la pareja? ¿Cinco años con Adrián equivaldrían a tres o cuatro meses con un tipo como Espina, como las aceitunas y el bife chico? Un fin de semana eterno de tres meses antes de que te dejara por la protagonista de su próxima película. Y eso qué tenía que ver. Para cortar camino, cruzaron sobre una hilera de parcelas por una parte del terreno en el que no había lápidas ni inscripciones. La tierra estaba removida como si acabaran de enterrar a alguien o de retirar viejos restos. Al pisar, percibieron que el suelo tenía una consistencia distinta. No estaba asentado ni compactado y las pisadas se hundían más de lo normal.

Cementerio de Disidentes, así se los llamaba. El primero estuvo en lo que hoy sería la esquina de Juncal y Esmeralda. Lo estrenó un tal John Adams, carpintero de treinta años. Antes de eso, en estas tierras, a los que no eran católicos se los enterraba a orillas del río. Además de los británicos, también lo usaron alemanes, yanquis, franceses y judíos. Enseguida quedó colmado y se abrió un segundo, el Victoria, que se repartieron entre los británicos, los yanquis y los alemanes. El Victoria quedaba en lo que hoy es Pasco y Alsina. Ella conoce, la abuela vivía a dos cuadras. ¿Viste la plaza? Bueno, hasta hace cien años fue un cementerio. Pero la ciudad creció y los vecinos reclamaron el traslado. Entonces les cedieron estos terrenos traseros de la Chacarita: uno para los británicos y demás anglosajones, y otro para los alemanes. Mientras tanto, el Victoria quedó abandonado. Pasaron las décadas y se convirtió en un baldío. Tiempo después hicieron la plaza. Las sepulturas que no fueron reclamadas, o las de aquellas familias que no podían pagar el traslado, siempre que estuvieran a más de un metro y medio de profundidad, fueron dejadas intactas. Hace unos años, en la plaza estaban haciendo obras de renovación, y cuando levantaron el arenero, encontraron una lápida de mármol de la tumba de una niña de diez meses de familia alemana, y huesos, collares, botellas.

Se puso a revolver en la cartera rastreando cigarrillos. Era el primero del día. No pudo aguantarse contarle que la médica china a la que iba, que se llamaba Alejandra pero era china-china, le había dicho que tenía que fumar uno o dos por día, no más, ya bastante fuego en los pulmones tenía ella. Algo que, por otra parte, no era para nada malo, aclaró. Cada vez que iba a lo de la china, preguntaba, le sacaba conversación. Todo lo que decía sobre salud, sobre la vida en general, le resultaba valioso, portador de cierta sabiduría. Desde que había aprendido a manejar los vicios, Espina había descubierto que el tabaco era el peor, y a su vez el más inofensivo. Fumarse un cigarrillo, dijo añorando.

Espina preguntó cómo iban las clases. De repente, hablarle del trabajo en el colegio, o que él demostrara interés por sus cosas hizo que su rutina cobrara una tonalidad distinta, más vivaz. Le agradaba tenerlo cerca. La hacía sentir apaciguada, expandida, inspirada consigo misma, y no le parecía descabellado creer que a él le pasaba otro tanto. Le preguntó si estaba traduciendo algo y ella se apuró a inventar que sí, un libro de ensayos bastante complejo que le estaba llevando más tiempo del pensado. Tal vez estando cerca de Espina viviría con mayor intensidad, y dejaría de postergar lo verdaderamente importante. Entonces él le preguntó por los alumnos, cómo se llevaba con eso de estar al frente de un curso de adolescentes, y ella empezó a decir que bien, tenía sus momentos más o menos insufribles, pero le gustaba. Él era bastante desastre en el secundario, pero si hubiera tenido una profesora como ella, dijo, hubiera aprendido inglés nomás para complacerla, y se le escapó una de esas semisonrisas.

Justo detrás del banco en el que estaban sentados, se escondía la lápida de la familia Byrding, partida en dos por el ímpetu del tronco de un árbol que había ido creciendo, lenta, milimétricamente, a lo largo de los años. Podía contar con los dedos de la mano las veces que se habían visto cara a cara, pero en cada una de ellas había descubierto una nueva faceta de Espina. De a poco empezó a intuir que detrás de ese dandi mujeriego se escondía algo auténtico y frágil, un poco malcriado pero incandescente. Por el modo en que desenvolvía su cuerpo, se la notaba a la defensiva esperando que en algún momento él intentara un acercamiento. La vez que la besó, un observador imparcial, externo, un juez de línea o un jurado del boxeo de la seducción, no podría afirmar que ella lo rechazó. Pero tampoco que cumplió su papel en la ceremonia del beso. Más bien, que se dejó besar hasta que Espina se apartó apenas, para tomar aire, y entonces, roto el encantamiento, ella dijo que tenía que irse, que esto estaba mal, muy mal, que ella estaba de novia, que por favor la entendiera. Dijo varias veces perdón y por favor mientras él la acompañaba hasta la puerta.

Hubo un tiempo, cuando recién empezaba con el cine, en que trabajó para el festival de la ciudad. Le tocaba acompañar a los invitados extranjeros día y noche durante su estadía. Un año le tocó asistir a Keith Reitzal, un director inglés medio de culto. Muy jovial a pesar de que tenía cuarenta años más que él, era divertido y poco demandante. Salvo una mañana, la anteúltima, en que Reitzal pidió que por favor lo acompañara a un sitio de “importancia vital”. Tomamos el subte en el Abasto y nos bajamos en Estación Lacroze. Pensé que se le había antojado comer una porción en alguna de las pizzerías de la zona, o tal vez hacer una visita a la Chacarita para ver la tumba de Gardel o de Gatica. Pero cruzamos por adelante de las rejas del cementerio municipal y seguimos caminando por la misma vereda por la que vinimos hoy. Me sorprendía verlo caminar tan seguro y decidido por un recoveco de la ciudad en el que yo nunca había estado. Le recomendé que nos tomáramos un taxi, podía ser una zona peligrosa, pero Reitzal se negaba. Estaba decidido, necesitaba ir caminando, tal como había hecho la vez anterior. ¿Así que ya estuvo por acá, usted, una vez? Años antes, el mismo festival le había dedicado una retrospectiva. Esta no es mi primera visita a la ciudad, pero temo que sea la última, dijo. Caminaba más rápido que yo. Tenía que esforzarme para seguirle el ritmo. Empecé a preocuparme por el estado del viejo, que parecía a punto de quedarse sin aire en cualquier momento. Cuando finalmente llegamos al Cementerio Británico, entramos y me llevó directo hasta una parcela al fondo a la izquierda, sobre la calle que corre junto al paredón. Y ahí nos topamos con la inscripción en una lápida de un nombre idéntico al suyo. Nombre, apellido: Keith Reitzal. Su abuelo paterno. Un ingeniero inglés destinado a la filial argentina de una empresa naviera que había venido con la mujer y sus tres hijos. Mi padre era el menor, tenía dos años. Al poco tiempo el abuelo tuvo un accidente fatal en el puerto. La abuela de Keith al principio decidió seguir en el país: la empresa les dio una pensión muy generosa y la casa en la que vivían era una pequeña mansión. Pero se le hizo muy difícil sin manejar el idioma, sola y con tres hijos, y volvieron. Hubo tentativas de repatriar los restos, pero vino la guerra y después, después…, contó Reitzal agitando las manos con ese ademán usado para graficar los proyectos de “importancia vital” que se van desdibujando en el tiempo. Su padre siempre hablaba de la tumba de su propio padre en la Argentina con un dolor solo paliado por tratarse de un cementerio británico, como si estos sitios fueran embajadas extranjeras de la muerte, pequeños países neutrales que conforman una red de diplomacia fúnebre internacional.

Desde la muerte de su padre, Reitzal había tenido entre sus planes viajar al país, pero nunca había encontrado la oportunidad. No iba a venir únicamente para visitar una tumba. Hasta que lo invitaron al festival. Entonces todavía era joven y había llegado caminando solo. En cambio esta segunda vez, me confesó, aunque sonara curioso, había aceptado venir a presentar una película suya, algo que a su edad casi no hacía, únicamente para poder volver a estar parado delante de la tumba de su abuelo. ¿Y entonces?, preguntó ella. Reitzal se quedó unos minutos callado, dijo Espina. Al viejo se le ensombreció la expresión, pero transmitía paz. Me aguanté lo que pude, pero en un momento le pregunté si prefería que lo dejara solo. Lo que menos quería en ese momento, dijo, era estar solo, que le hiciera el favor de sacarlo de ahí, que ni el sol ni la muerte son algo que pueden mirarse de frente por demasiado tiempo. Antes de salir del cementerio, Reitzal levantó la vista hacia una inscripción en latín. Le pregunté qué significaba y me dijo, en inglés, algo así como: “El que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá”. Paramos un taxi y me pidió de ir a tomar un trago. Tenía antojo de una bebida alemana hecha a base de hierbas, pero lo más parecido que encontramos fue fernet, que tomó puro, con hielo, y después otro, y después un taxi para llegar a tiempo a las preguntas del público en el cine donde estaban proyectando su película. Habían pasado por lo menos diez años, se había encontrado con Keith en varios festivales por el mundo, pero él nunca había vuelto a Buenos Aires. Hace poco le había pedido si por favor podía ir a sacar una foto de la tumba de su abuelo. Lo necesitaba para la tapa de un libro autobiográfico que estaba escribiendo. Una tumba con mi nombre en la otra punta del mundo, creo que es la imagen apropiada para la autobiografía de un viejo de setenta y ocho años, dijo, pero Espina no terminaba de decidirse si le parecía genial o simplemente macabro.

Con el transcurrir de la tarde, ella sentía que estaban cada vez más cerca, pero al menos sus cuerpos permanecían en el mismo lugar que al sentarse. Espina, siempre erguido, movía los brazos cuando hablaba y se le iluminaban los ojos. Cada tanto se refregaba la nariz, se rascaba enérgicamente el pelo. Tenía algo en los gestos, en la postura, en el modo en que estaba presente, una gracia que podía doblegar cualquier resistencia. En un momento, acercó la mano para espantarle un mosquito, y ella se replegó por acto reflejo y él le dijo “tranquila”. Era lindo Espina. Al darle un sobre con el devedé copiado, ahí sí, se arrimó un poco. Un par de noches más adelante, al ver la película sola en la cama, no va a poder evitar acordarse de sus labios tibios, del galopar desbocado de su pulso, de la fuerza que tuvo que hacer mentalmente para que su pierna no empezara a golpetear contra el suelo, del aroma dulzón de los jazmines, pero también de esta tarde en el cementerio vacío, escondidos en un recoveco de la ciudad, hablando mientras el tiempo transcurría despreocupadamente, como si se hubieran tomado un tren para teletransportarse a un pueblo perdido en el norte de Europa por una hora y media.

Cada dos por tres pensaba que antes de despedirse esa tarde Espina iba a intentar besarla, y recapitulaba mentalmente una serie de reparos detrás de los que planeaba escudarse. Por favor, por favor. En realidad, solo uno: que estaba, hacía años, con un hombre. Lo tenía tan en la punta de la lengua, que aunque Espina se quedó en el molde, ella, sin poder controlarse, lo dijo en voz alta. Él quiso saber si es que vivían juntos, y ella atolondrada dijo “vivimos juntos”. Ella había querido decir que habían vivido juntos, que habían vivido, en el pasado, juntos, que no había resultado y que ahora seguían juntos pero sin vivir, pero él entendió que vivía con alguien en el presente, vivimos juntos, un malentendido gramatical que iba a llevarles mucho tiempo desenredar. Porque iban a volver a verse, una vez, y otra, pero en ese momento ninguno de los dos lo sabía. Preguntó qué tal el Cementerio Alemán. Era parecido a este pero más prolijo y cuidado. Por qué no la llevaba a conocer. Estaba por cerrar, tal vez más adelante pudieran repetir la excursión, dijo él. Supuso que ahora volver caminando con él en silencio hasta Chacarita iba a resultar incómodo. Mejor decir que estaba apurada y tomarse un taxi. ¿Lo había dicho por compromiso eso de que quería volver a verla? Ella encantada hubiera aceptado, hubiera firmado ahí mismo, aunque no le gustaba mentirle a Adrián, y contarle que iba de paseo con Espina por rincones secretos de la ciudad no estaba entre las posibilidades. ¿O sí? Algo iba a tener que hacer.

Como si tuviera en claro que un beso, en estas circunstancias, era lo único que no podían darse, esta vez Espina se había mostrado cauto y despreocupado, sin avanzar, o avanzando de una forma imperceptible, milimétrica. Eso a ella le generó una mezcla de alivio y decepción. ¿Y si ya no se sentía atraído por ella? Se puso de pie y, frotándose los brazos, dijo que le había entrado frío en los huesos, que mejor volvieran, se estaba haciendo tarde.

1

Conocí a Olegario y a su hijo William en la cantina del pueblo. Yo llevaba semanas huyendo. Viajaba de un lugar a otro, ebrio. Dormía en el coche, comía cuando me daba hambre. Me daba igual a qué pueblo llegaba; en el fondo todos me parecían iguales: una plaza con kiosco, una iglesia, una cantina, calles empedradas.

Olegario me habló en inglés. No soy gringo, le dije. Tenía unos cincuenta años, llevaba sombrero, bigote zapatista y botas vaqueras, pero vestía una camiseta sin mangas de los Raiders de Oakland. ¿Puedo invitarle un trago?, dijo. Le respondí que sí y llamó al Labios, un muchacho de unos quince años que tenía una rajada rosa que le partía en dos la boca y el paladar. Tráele otra copa al amigo, ordenó. ¿Qué está tomando?, me dijo. Lo que sea.

El Labios miró al dueño, un anciano flaco que jugaba dominó en la esquina y que se llamaba Cristino. El viejo aprobó con la cabeza y apuntó mi trago en un cartón que también usaba para llevar las cuentas del juego.

Yo no quería hablar, pero eso no desanimó a Olegario. Me contó que había nacido en ese pueblo pero que desde muy joven se había ido a California. Había regresado para presentar a su primer nieto con la Virgen de Talpa. Decía que le había hecho el milagro. Dos milagros, en realidad: le había dado un nieto y había regresado sano a su hijo de Irak.

Milagros, pensé. Diego, pensé. Luego me acabé la cuba y mordí los hielos.

El hijo entró poco después. Tenía una botella de cerveza en la mano y ya se tambaleaba. Lo reconocí: era el cholo que había visto en la plaza persiguiendo muchachas en una moto. Se subía a las banquetas, las embestía y se reía de ellas cuando corrían. Como si tuviera gracia. Es mi Willy, dijo el padre, apretándole el cuello y la cabeza con el antebrazo. El hijo se zafó del abrazo, me dijo mucho gusto y se carcajeó cuando golpeó su cerveza contra mi vaso y la espuma se derramó sobre mi mano.

El Labios llegó de inmediato a trapear.

Willy tenía los tics de un cocainómano: fruncía la nariz al beber, parpadeaba, interrumpía las conversaciones de los demás. Cuando se acabó su cerveza, sacó cincuenta dólares y le ordenó al Labios que sirviera una ronda a todos. Déjalo, dijo el padre, yo pago, y le guardó el billete en el bolsillo, pero Willy gritó en inglés yo hago con mi dinero lo que me da la puta gana. Estaba rojo y una vena le punzaba en la cabeza. Me lo gané con mi trabajo, ¿no?

El Labios recogió del suelo el billete arrugado y se lo llevó a Cristino.

No sé cuánto bebimos. Sólo recuerdo que se hizo de noche. Y que Cristino giraba un foco, trepado en una silla, y que la habitación se iluminaba se oscurecía se iluminaba se oscurecía, hasta que todo era luz, y que alguien pateaba una cerveza, no sé si yo, y el Labios trapeaba y Olegario decía no importa amigo, no llore, por dentro todo se me oscurecía, en el cielo solo había grises y negros y la luz amarilla de un puesto de tacos, y yo solo pensaba en Diego.

Tampoco recuerdo cuánto conté, pero Olegario me decía confía en la Virgen, ella cuidó a mi hijo en Irak. Yo llamé a William y le pregunté cómo había sobrevivido, porque los hijos siempre se nos mueren, y él me dijo que primero había estado en Australia y en la costa de África, y que luego regresó dos semanas a los States, así dijo, y que luego se fueron a echar bala, y que entraron a Bagdad a buscar a Sadam y que las cosas fueron más fáciles de lo que pensaban, porque el cabrón se había ido, y que entonces se dedicaron a buscarlo en todas partes y a matar cabrones.

Olegario empezó a incomodarse con las cosas que contaba su hijo, y en un momento le dijo que no exagerara. Will se rio: No dad, we were just picking flowers. Luego se fue a orinar y Olegario se disculpó conmigo. Está viendo a una psicóloga del ejército, me dijo. Es algo muy normal.

Will me preguntó después si había visto en YouTube los videos que graban los terroristas cuando explotan los tanques del ejército americano. Yo le dije que sí, y él se puso a hablar de esos videos, no entendía cómo alguien podía planear algo así y grabarlo con toda tranquilidad, y me dijo que lo peor de todo eran los momentos previos. En la pantalla aparece un tanque sobre un descampado y uno ya sabe lo que pasará, yo he visto cómo termina, dijo con los ojos hundidos, el tanque avanza como si fuera un recorrido rutinario, los de adentro no se imaginan que alguien los graba, y mucho menos que nosotros lo vemos, nadie sabe en qué momento pasará. Eso es lo peor de todo, dijo, y luego emuló el ruido de una explosión que hizo que todos en la cantina voltearan.

Olegario se puso rojo. Volteaba a ver a los demás, especialmente a Cristino, que miraba todo desde su partida de dominó. No te hace bien estar pensando en eso, Willy, dijo el padre. Eso ya pasó. Cumpliste con tu deber.

Hablas como los hombres de traje, gritó Will. Manoteaba con la botella de cerveza entre los dedos. Quieren decirme cómo comportarme pero nunca se ensucian las manos, gritó. La cerveza escupía espuma y se chorreaba y caía sobre el piso de madera de Cristino. ¿Tú qué sabes, papá?, decía a centímetros de su cara. Olegario se fue encorvando, cada vez más avergonzado. Gracias a Dios estás bien, dijo. La Virgen te cuidó. Cuál pinche Virgen, gritó Will, y luego dijo en español la Virgen vale para una chingada, o la Virgen mis huevos o la Virgen me pela la verga.

Entonces Cristino, que había dejado las fichas de dominó, dijo más respeto muchacho, y William dijo pinche viejo jodido, usted no se meta, y Cristino dijo ustedes no pueden venir a hacer lo que quieran, aprendan a respetar, y Will comenzó a insultarlo en inglés, dijo tantos fuck you que Cristino ordenó que lo sacaran, y los compañeros de dominó del viejo, tres rancheros gordos, se acercaron al soldado y él les aventó una botella en la cabeza.

2

En un blog encontré el testimonio de Raymond Cross, otro soldado en Irak. La traducción es mía:

“Después de la operación en el campo de entrenamiento de los terroristas, hicimos una misión de reconocimiento. Entre los cadáveres de los hijos de puta que se estaban preparando para explotar nuestros tanques y aviones, incluso para volar trenes y autobuses con civiles inocentes, reconocí a un hombre.

Lo moví con la bota; no se movió. Entonces me agaché y le toqué el cuello.

Lo había visto dos o tres semanas antes, durante una misión después del bombardeo a una aldea de terroristas. Cuando entramos aún había humo y pequeños fuegos, todavía flotaba el polvillo blanco que queda después de los bombardeos. El hombre apareció entre los escombros, con la barba y la cara sucias. Buscaba a gritos a alguien y quiso acercarse a Panda, pero le apuntamos a la cabeza y el cabrón se detuvo. Amigo, amigo, repitió con las manos levantadas. Danny lo revisó y comprobó que no estaba limpio.

Se acercó al sargento y empezó a hablarle en iraquí. No entendíamos qué decía, y el traductor no venía con nosotros, pero parecía realmente desesperado. Después empezó a llorar y a jalarse el pelo y a gritar y dijo varias veces niños niños, en inglés. Luego empezó a dar vueltas entre los escombros y se perdió.

Cuando terminó la misión —no había nadie en lo que quedaba de la aldea— y regresábamos a la tanqueta, lo volvimos a ver. Estaba llorando sobre el cuerpo de un niño pequeño, quizá de ocho o nueve años, que yacía sobre una carreta con melones destripados de los que salía el único olor dulce de la tarde. El niño tenía una camiseta de Ronaldinho, el futbolista del Barcelona, y unas chancletas azules que colgaban entre los pequeños dedos de sus pies.

Entonces nos vio y comenzó a insultarnos.”

3

Después del entierro, Amalia se fue con su hermana. Se encerró en un cuarto oscuro y no quiso verme. Yo no podía dormir en nuestra cama. Me despertaba a las horas acostumbradas —doce, tres y cinco de la mañana—, como si aún tuviera que voltear a Diego para que le circulara la sangre. Fui a su cuarto y vi su cama vacía, con el barandal que impedía que se cayera. La gravedad pesaba más sobre su cuerpo. Entre las sombras vi la silla en la que Amalia se sentaba a platicarle cosas aunque él no pudiera entenderle. Vi la grúa y el arnés que usábamos para moverlo cuando creció, la silla de ruedas, plegada e inmóvil, la percha de la que colgaban el suero y la sonda nasogástrica.

Pensé que con los días se le pasaría, pero Amalia se negaba a verme. Su hermana me decía que no quería comer y que pasaba todo el día llorando y viendo fotografías de Diego. Yo intenté sacarla de ese cuarto, hacerla comer, pero ella me acusó, desde el otro lado de la puerta, de no sufrir lo suficiente. Hasta parece que querías deshacerte de él, dijo.

Durante años soñé que Amalia y yo íbamos a una playa o a una montaña, y que no necesitábamos pedir una respuesta que nadie podía darnos, soñé que podíamos dormir todo lo que quisiéramos sin temer que la muerte se metiera al sueño; que estábamos solos otra vez y que ella quedaba embarazaba. Y ahí estaba yo, llorando a media noche en esa habitación vacía que aún olía a medicinas, temiendo que ella se volviera loca, y sin terminar de entender lo que nunca entenderé: quién era nuestro hijo, ese extraño por el que nos desvivimos durante doce años, por qué logró sobrevivir tanto tiempo y por qué ahora nos hacía tanta falta alguien que quizá nunca supo que existíamos.

4

No creo en Dios, pero la Biblia me sigue pareciendo un libro a la altura de mis dudas.

Hay una escena en el Génesis, no sé si costumbrista o celestial, en la que tres desconocidos visitan a Abrahán y Sara, nómadas en el desierto. Después de refrescarse bajo una sombra y de tomar cuajada y leche de cabra, una voz que por efecto milagroso es al mismo tiempo la de Yahvé, el único, y la de los tres hombres, dice: Sara tendrá un hijo.

Sara, que está escuchando la conversación a sus espaldas, piensa que ya tiene 99 años, ya ni le baja la regla, y solo puede reírse. ¿De qué se ríe Sara?, pregunta Yahvé (o los tres huéspedes). No me estaba riendo, dice Sara, y en el texto se abre un paréntesis explicativo, uno de esos paréntesis que son como bombas de succión:

 (“Es que tuvo miedo”.)

Hay algo de esta parquedad que me hiere. ¿Es lo único que puede decirse de una mujer marchita que por fin puede tener un hijo? Como si no supiéramos que ser padre significa esencialmente vivir con miedo: ¿Y si le pasa algo? ¿Y si me muero?

¿Cómo sobrevivirá?

La historia bíblica sigue, y después de una vida tan breve o tan larga como 105 versículos, Dios pide a Abrahán que mate a su hijo. Con un cuchillo. En un monte.

Dios pide que queme su cadáver.

(Y el narrador, otra vez, apenas dice que estuvieron así tres días: tres días en tres palabras).

El final ya lo sabemos, porque en las buenas narraciones, especialmente en las bíblicas, el final está anunciado en la primera frase: era una prueba de Dios.

Yo podría decir que tengo una enfermedad congénita. La primera vez no lo sabía y ya conocemos el final: Diego, mi hijo. Amalia y yo nos hicimos pruebas y los médicos dijeron adelante, pueden embarazarse otra vez, pero a las quince semanas se confirmó que el bebé también venía mal. Una prueba de Yahvé, diría el narrador del Génesis, y después callaría. No, dije yo mirando a mi hijo inmóvil, pensando en mis genes envenenados. Y después de visitar a un médico para que lo matara, Amalia se encerró en una habitación oscura y no quiso hablarme.

Fue la primera vez.

5

Tres años después regresé al pueblo. Durante ese tiempo soñé varias veces que estaba en la cantina de Cristino. Soñaba con William, sobre todo soñaba con su voz. Insolente. Violenta. Rencorosa. Y sus palabras se mezclaban con mis dolores y con imágenes de dunas frías en el desierto de Irak y con el silencio de Amalia, y con un tanque que se convertía en ataúd.

El único hotel del pueblo estaba ocupado por un grupo de gringos. Mientras buscaba hospedaje en una casa, vi a Olegario en una carnicería. Estaba con otros dos hombres, parientes seguramente, que intentaban filetear un trozo de carne o un hígado o un páncreas o un riñón de vaca.

Me acerqué a saludarlo y no me reconoció. Le recordé cómo nos habíamos conocido. Él sonrió un momento y asintió con la cabeza. ¿Cómo está Willy?, dije. ¡Te acuerdas!, dijo, y luego agachó la cabeza. Con una mano aplastó el trozo de carne. Le encajó un enorme cuchillo y lo abrió por la mitad. Era muy roja pero no sangraba.

Imaginé que sobrellevaba tres juicios por violencia doméstica y dos más por conducir ebrio, que padecía insomnio recurrente, que las pastillas no le quitaban las sombras de sus amigos muertos. O quizá una noche tropezó en las escaleras de un edificio en llamas y mató a su bebé, o se estrelló en moto contra el muro de una escuela, o se volvió yonqui, o esperaba la muerte en una cárcel del condado de Orange por traficar órganos de niños guatemaltecos.

Regresó a Irak y lo mataron, dijo Olegario.

Después de un rato en silencio, le invité una cerveza. Cruzamos la plaza y entramos a la cantina. Cristino, que estaba en su lugar habitual, saludó a Olegario con la cabeza. A mí me miró sin reconocerme. Luego dio la orden de que nos sirvieran.

El Labios ya no estaba.

Mi hermana está saliendo con un tipo que se hizo famoso por participar en un reality en Estados Unidos. Lo conoció en el café donde ella trabaja, en Los Ángeles, que es donde vive desde que en 2002 me dijo que acá no aguantaba más y se fue. Lo atendió como atendía a todos sus clientes, y cuando el tipo ya se había ido, sus compañeras saltaron a su alrededor y una de ellas le dijo «¿No lo reconociste? Era Ozzy, el de Survivor.» Ella nunca había visto el programa (yo tampoco), salvo por algunos episodios sueltos de una de las primeras temporadas, así que mi hermana no entendió en ese momento de qué se trataba todo el asunto de Survivor ni por qué sus compañeras podían estar emocionadas por alguien tan rancio como un ex participante de un reality show.

Al día siguiente, Ozzy volvió y mi hermana hubiera querido atenderlo como atendía a todos sus clientes, pero esa vez no pudo reprimir un comentario sobre el libro de tiburones que él estaba hojeando y que ella conocía bien (yo le había regalado ese libro en su cumpleaños de quince; un librero me había dicho que era un clásico, con información dura pero apto para aficionados, y pronto se convirtió en el preferido de ella y en el primero de una colección de veinte títulos sobre el tema). Mi hermana me dijo que había sentido cierta emoción al ver que alguien más en el mundo tenía ese libro, sólo eso, y que su emoción no tenía nada que ver con que ese alguien fuera Ozzy el de Survivor porque para ella Survivor no significaba nada. Y yo me acordé de una nota que había leído en una revista: los hijos de Ricky Martin recién ahora, que tienen casi siete años, descubrieron quién «es» su padre: «¿Tú eres Ricky Martin?», le preguntaron asombrados después de ver por primera vez uno de sus shows entre el público y no desde un costado del escenario.

O sea que mi hermana no tenía nada que decir sobre Ozzy el de Survivor, pero sí hablaba mucho de Ozzy el chico que iba casi todos los días al café y que le parecía irresistible: lindo, con cara de buena gente, sencillo y muy amable. Poco a poco, y a pesar de la timidez de los dos, habían ido encontrando coincidencias y excusas para verse cuando ella salía del trabajo.

Todo lo que mi hermana me había ido contando de él a partir de entonces me hacía pensar que eran el uno para el otro, en especial por el hecho de que las máximas expectativas en la vida de los dos eran alcanzables y eso los volvía personas propensas a ser felices.

Un día mi hermana me dijo que estaba enamorada. Completamente enamorada, dijo. «¿Y él?», le pregunté, preocupada, porque el enamoramiento era un estado que suele dejarla demasiado vulnerable. Ella me dijo que sólo cuando el sentimiento es recíproco una puede estar enamorada y serena al mismo tiempo. Y entonces recordé que el amor también la vuelve un poco cursi.

Yo había googleado «Ozzy» y «Survivor» en cuanto ella me lo mencionó por primera vez. Vi varias de sus fotos, como para hacerme una idea de su aspecto, y leí unas notas sueltas y comentarios de algunos foros para tratar de averiguar qué clase de persona era (sabía que mi hermana jamás haría una cosa así y a mí me parecía un desperdicio no aprovechar la ventaja que nos daba el hecho de que él fuera muy conocido). Me preocupaba un poco imaginar a mi hermana, así como es ella, tan cándida a veces, adentro de la vida de un casi famoso.

Enseguida descubrí que Ozzy era un personaje bastante popular del reality, no sólo un concursante más, que la mayoría de los seguidores del ciclo tenían una opinión sobre él, y lo más extraño: que casi todos opinaban lo mismo, incluso cuando algunos tomaban ciertos rasgos como virtudes y estaban a su favor y otros, por esos mismos motivos, estaban en su contra.

En ese rápido rastreo descubrí también que Ozzy en realidad se llamaba Oscar, que había nacido en Guanajuato, México, y que no había estado en una sino en tres ediciones del programa. Al parecer, después de su primera participación se convirtió en una especie de concursante estrella, un favorito del público, que votaba por él cada vez que los productores del ciclo decidían hacer una temporada especial en la que volvían algunos antiguos «náufragos». Entonces, y después de su primera aparición en Survivor: Cook Islands, volvió como parte de Survivor Micronesia: Fans vs. Favorites y al final formó parte de la edición Survivor: South Pacific.

El premio del programa, que se lleva un único ganador entre los veinte participantes, es de un millón de dólares. Él nunca ganó el premio y sólo la primera vez llegó a la final, aunque en las otras dos ediciones formó parte del «jurado» (el grupo de los últimos siete participantes recién expulsados que debe votar y elegir al ganador). Dos veces, la primera y la última, ganó el premio de cien mil dólares de «Survivor favorito»: el único que se entrega por el voto del público. Al parecer, para la audiencia Ozzy era la máxima expresión del superviviente, y lo premiaban por ser todo un Robinson capaz de trepar árboles como si fuera un mono, de aguantar la respiración bajo el agua por más de tres minutos y de atrapar con un arpón peces de más de un kilo. Además ganaba todas las pruebas físicas a las que debían someterse los participantes para ganar «inmunidad» o «recompensas». Así era como lograba avanzar mucho en el juego, pero al parecer su falta de malicia, su arrogancia y su incapacidad para manipular a los demás y para adelantarse a una traición lo dejaban siempre afuera del gran premio. Claro que todo esto era lo que, para sus fans, lo convertía en el auténtico «ganador moral» del juego. Para sus detractores, era lo que lo volvía un pusilánime atlético y descerebrado. Survivor despierta grandes pasiones en el público de Estados Unidos y, en contra y a favor de Ozzy (y de cualquier otro personaje más o menos llamativo), se usaban estas y otras expresiones incluso más entusiastas o crueles.

Un par de veces había intentado que mi hermana me hablara de Ozzy y su experiencia en el programa, y en especial de lo que pudiera pensar sobre su incapacidad para ganar el millón, pero ella se negaba a hablar de Ozzy el de Survivor. De hecho, con el tiempo empezó a llamarlo Oscar. A ella no le interesaba nada que tuviera que ver con el paso de él por la tele. Incluso parecía sentir cierto rechazo por esa parte de él. Pero se negaba a reconocerlo abiertamente.

Fue más o menos por la época en que ella empezó a llamarlo Oscar cuando yo decidí que ya era tiempo de ver Survivor.

No podía viajar, con mi sueldo era imposible pensar en comprar un pasaje a Estados Unidos. Pero el hecho de que él hubiera pasado tantas horas en televisión siendo «él mismo» en un reality me daba la oportunidad de conocer en acción al tipo con el que mi hermana pasaba cada vez más tiempo. Las últimas veces que hablamos él estaba ahí, ni dijo nada ni nunca se dejó ver en el Skype, pero yo supe que estaba ahí. Una vez mi hermana le pidió que bajara el volumen del televisor; otra vez, entre risas, le dijo que se quedara quieto (quizá le estuviera haciendo cosquillas); y la última vez vi una de sus manos, que pasó rápidamente frente al monitor para agarrar unos papeles del escritorio.

Cuando podía darme cuenta de lo que estaba pasando cerca de mi hermana (no porque ella me lo dijera directamente sino por algún otro indicio), mi sensación respecto de la distancia que nos separaba se volvía más angustiante. Porque yo no había visto ni había estado jamás en esos lugares desde los que me hablaba. No conocía la cafetería donde trabajaba, ni el departamento que alquilaba junto con una de las chicas del trabajo, ni la escuela donde estaba estudiando repostería (mi hermana siempre había tenido una gran mano para la cocina y desde hacía un tiempo había decidido convertir esa disposición natural en una actividad más oficial y, con suerte, lucrativa). Creo que Ozzy el de Survivor había tenido algo que ver con que mi hermana, siempre tan reacia a todo lo relacionado con agendas escolares y metas de estudio (había sido una batalla campal lograr que terminara el secundario), se inscribiera en una escuela de cocina de mucho prestigio y estuviera siendo tan consecuente con sus clases. Incluso estoy segura de que fue él quien pagó la matrícula y hasta las cuotas mensuales. Mi hermana me lo negaba todo. Pero era una pésima mentirosa. Usaba detalles para volver las cosas más creíbles, tantos detalles que alguno, en algún momento, terminaba delatándola. Quizá porque mi principal instinto era protegerla nunca le hice saber que la había descubierto en una mentira. Y cuando la becaron en la academia de cocina (beca que jamás le habrían concedido a una inmigrante que no tiene los papeles en regla) no fue la excepción. Lo que hice fue felicitarla y quedarme pensando que si Ozzy estaba haciendo esas cosas por ella era porque la relación se estaba volviendo muy seria. También pensé que la propuesta de casamiento debía estar cerca. Él le compraría un anillo, se pondría de rodillas durante alguna cena romántica, y muy pronto serían fiancés. Era extraño que los yanquis tuvieran tan arraigada la idea de las tres etapas: noviazgo, compromiso, matrimonio. Y aunque Ozzy había nacido en México, había pasado toda su vida en Estados Unidos y seguramente esos hábitos ya eran también parte de él.

No fue fácil conseguir completa, y en una calidad decente, Survivor: Cook Islands, debut de Ozzy en el programa.

La temporada arranca con los veinte participantes y el conductor en un barco. Mientras los concursantes se tiran por la borda antes de que termine el tiempo para nadar hasta las balsas en las que deberán remar hacia las islas desiertas donde van a pasar los siguientes treinta y nueve días, el conductor explica que es la primera vez que las cuatro tribus con las que arranca el juego representarán etnias distintas. Ozzy forma parte de la tribu de latinos. Además hay una tribu de afro-americanos, otra de asiático-americanos y una de caucásicos.

Esa temporada fue filmada entre junio y agosto de 2006, y con ocho años menos Ozzy era un chico de pelo corto y enrulado, piel aceitunada y cuerpo ágil, que casi no sonreía y hablaba poco, aunque muy pronto se las ingenió para ponerse al frente de su tribu. Uno de sus tres compañeros, al verlo trepar a una palmera para conseguir cocos, dijo que le parecía estar frente a una imagen de El libro de la selva. «Pensé que era Mowgli subiendo por los árboles.» También pescaba con gran facilidad usando lo que llamaban un arpón hawaiano, dirigió la construcción del refugio (fabricado con bambú y hojas de palmera) y diseñó una trampa para cazar gallinas salvajes. Pero sus compañeros no confiaban completamente en él, no sabían explicar por qué, pero no confiaban en él. Yo creo que debía ser porque Ozzy no parecía tener sentido del humor, se tomaba a sí mismo y todo lo que hacía muy en serio, parecía obsesionado por ganar cada desafío y era autosuficiente al punto de resultar irritante.

Creí que iba a llevarme al menos una semana ver los catorce episodios de esa temporada. Pero la curiosidad y la misma dinámica del programa (perfectamente diseñado para generar tensión e intriga) hicieron que me pasara todo el sábado en casa. A las dos de la mañana ya había visto hasta la reunión posfinal. Además de un dolor de cabeza insoportable, tenía una idea bastante clara de qué habían visto en Ozzy sus seguidores.

Unas aspirinas y una buena noche de sueño me depositaron en el domingo recuperada y con más interés que antes en hablar con el famoso novio de mi hermana y en saber cómo se sentía tras haber perdido el gran premio por apenas cuatro votos contra cinco (el ganador fue Yul, un abogado de origen coreano que dominó el juego desde el punto de vista social). La gran final (que es cuando se leen los votos del jurado y se anuncia el ganador) se filmó en un set de la CBS en Nueva York. Ahí estaban reunidos (y ya recuperados de la mugre, el hambre y las lesiones que arrasan físicamente a todos los participantes) los veinte concursantes de esa temporada, y tanto ellos como el conductor y el público tenían varias preguntas generales sobre cómo o por qué había pasado esto o aquello, pero todos tenían también una única gran pregunta para Ozzy: ¿cómo era posible que un chico de ciudad, de más de veinte años, mexicano y que en ese entonces trabajaba como camarero, pareciera haber nacido para vivir y sobrevivir en una isla desierta? Ozzy, siempre serio, escuchó la pregunta sin hacer una mueca y respondió lo único que nadie esperaba y con lo que nadie supo qué hacer: «Siempre leí mucho», dijo. Yo aplaudí. Sentada sola, en el living de casa, frente a la notebook encendida donde el joven Ozzy hablaba de su primer amor, Robinson Crusoe, y de cómo desde chico había fantaseado con ser abandonado en una isla desierta, aplaudí.

En ese momento tuve ganas de llamar a mi hermana y pedirle, por primera vez, hablar directamente con Ozzy. Quería felicitarlo por la respuesta, pero también quería preguntarle qué otros libros habían sido importantes para él (después de todo, Robinson Crusoe no dejaba de parecerme una respuesta obvia. (Esa noche estaba cansada, pero decidí que la próxima vez que habláramos le diría a mi hermana que ya era momento de que me presentara a su novio («quisiera conocerlo un poco», sería mi excusa.)

Descubrí que la temporada Survivor Micronesia: Fans vs. Favorites (la segunda en la que participó Ozzy) estaba completa en YouTube.

Durante dos días, al volver de la escuela donde estaba haciendo una suplencia de un tercer grado, me sentaba frente a mi computadora a mirar el programa. Me sentía completamente atrapada. Era lo único que tenía ganas de hacer, era lo único en lo que lograba concentrarme. Tenía una opinión sobre Ozzy y sobre cada participante, sobre cada alianza, sobre cada eliminado en el consejo tribal. Me emocionaban las pruebas por recompensa o inmunidad. Los fans (una tribu de diez personas que nunca antes habían jugado el juego) me parecían ingenuos, torpes, fuera de lugar. Esperaba ansiosa los momentos en que las cámaras volvían a la tribu de los favoritos (Ozzy y otros nueve ex participantes), donde hasta las conversaciones más banales tenían una potencial repercusión en el desarrollo del juego y donde todos eran extremadamente autoconscientes y desconfiados.

El viernes a la noche, mientras yo terminaba de mirar la final, y veía y retrocedía para volver a ver a Ozzy haciendo sus comentarios sobre las dos finalistas antes de emitir su voto por el millón de dólares, sonó el teléfono en casa. Supe que era mi hermana. Desde que me separé de Germán nadie más llama a casa a esa hora. «Conectate», dijo ella. Casi no me saludó, dijo «conectate» y cortó.

Últimamente chateábamos en Gmail. Así que abrí mi casilla y le mandé un mensajito para avisarle que ya estaba ahí. «Por Skype», me escribió. A mí no me gustaba usar Skype. Por supuesto todo era más cómodo y fluido que chateando, pero el problema era después. Terminar de chatear era escribir «Besos», o «Besooooos», o una frasecita del estilo de «Te extraño» o «Te quiero» (todo dependía de cómo hubiera sido la charla). Cortar el Skype, decirle «chau» a mi hermana, que estaba ahí, en la pantalla, moviéndose y llevándose la palma de la mano derecha a los labios para mandarme el beso con el que siempre se despedía, eso me daba miedo. Cortar la comunicación y quedarme frente a la pantalla en negro me parecía terrorífico. En mi cabeza me había fabricado la idea de que hacer eso era como darle al mundo la oportunidad de tragársela; que, del otro lado, el monitor oscuro se volvía una gran boca que se abría para tragarse a mi hermana llevándosela para siempre.

Cuando nos conectamos, y en cuanto la cara de mi hermana apareció en el monitor, me di cuenta de que había estado llorando. Le pregunté si estaba bien. Ella me sonrió, una sonrisa débil, y dijo: «Lo invitaron de nuevo al programa.»

Cuando a mi hermana le pasaban cosas buenas, yo me alegraba. Me alegraba muchísimo, incluso. Pero cuando esas buenas noticias por algún motivo se truncaban o se volvían en su contra, entonces también me alegraba. Y me daba mucha vergüenza que me pasara eso. Sabía que era pura envidia, y de la peor, y también que era el resultado de una idea que jamás le confesaría a nadie: no creía que existiera ningún motivo para que a ella le fuera mejor que a mí. En esos momentos también me daba cuenta de que seguía resentida porque ella se había ido cuando acá en el país se caía todo a pedazos. Yo me quedé, pensaba a veces, y aguantar es mucho más meritorio que irse a un lugar donde todo es más fácil.

No había nadie en el mundo a quien yo quisiera más que a mi hermana y no había ninguna otra persona que despertara en mí sentimientos tan bajos como el rencor y la envidia. No entendía por qué me pasaba eso, ni me lo perdonaba, y hacía grandes esfuerzos por reprimirlo. Sin embargo, cuando vi su desconsuelo porque Ozzy había recibido una invitación de la CBS para una nueva temporada especial de Survivor, sentí que de alguna retorcida manera aquello me resultaba un giro justo.

«No es tan grave», le dije. Y ella se largó a llorar como cuando éramos chicas. Después de calmarse, me explicó que la temporada se llamaría Blood vs. Water y que cada uno de los ex participantes elegidos por el público debían concursar junto a un ser querido. Ozzy quería que mi hermana fuera con él. «Pero vos no sos pariente de sangre, ni siquiera están casados», fue lo único que se me ocurrió decir intentando parecer que me ponía de su parte. Pero ella me dijo que dos de los que ya habían aceptado participarían junto a sus novios. Al parecer, para los productores de Survivor, «sangre» y «seres queridos» eran lo mismo. Yo no estoy de acuerdo.

No necesité preguntárselo para saber que mi hermana ya le había dicho a Ozzy que ella no quería participar. Me faltaba saber cómo había reaccionado él. «Está furioso», dijo mi hermana, y empezó a llorar otra vez. «Dice que ése es su lugar preferido en el mundo, que ahí es feliz. Es ridículo, estamos hablando de un programa de tele.» Yo intenté explicarle que él seguramente no se estaba refiriendo al programa en sí mismo sino a los lugares donde el programa se filmaba (en general, islas paradisíacas en medio del Pacífico) y en los que Ozzy parecía realmente en su elemento. «Vos no lo conocés», dijo mi hermana. Y yo seguí insistiendo con que ella tampoco iba a conocerlo del todo hasta que lo viera trepar árboles, nadar como un delfín, abrir cocos con un machete, y que recién entonces se iba a dar cuenta de que, haciendo eso, él era feliz. Eso y la competencia lo hacían feliz. Porque no era como ver a un tipo disfrutando de unas vacaciones exóticas, sino a alguien extremadamente competitivo peleando por ganar en un juego en el que se sabe bueno pero no imbatible y que puede superarse. «Todo el concepto del programa es su lugar en el mundo, ¿entendés?», le dije. «Y quizá es una buena idea que lo acompañes. Hasta podrían ganar.» Hubo un silencio. Mi hermana me miraba fijamente. Por un momento pensé que se había congelado la imagen. La conexión en mi casa era malísima. Pero entonces ella parpadeó. «Te odio», me dijo. Y en ese momento no estaba mirando mi imagen en su monitor sino que miró a la webcam para que yo sintiera sus ojos sobre los míos. «Los odio a los dos», dijo, y cortó.

Pantalla en negro y silencio. Tardé un rato en reaccionar. No terminaba de entender lo que había pasado. Esta vez, al verla llorar así, yo había logrado olvidarme de todo y aconsejarla para su bien, hasta me sentía orgullosa por haberla alentado a ir al programa. Después de todo, si llegaban a ganar era perderla completamente. Un novio y un millón de dólares eran suficiente para que no pensara nunca más en volver. Y yo, en el fondo, siempre estaba esperando que mi hermana quisiera volver. Entonces pensé que ella no estaba entendiendo realmente la situación, que estaba cometiendo un error grave y que yo tenía que ayudarla.

Me llevó toda la noche, pero encontré lo que necesitaba. Preparé un archivo con un compilado de YouTube que algún fan había armado con los mejores momentos de Ozzy en el programa, otro videíto de un minuto en el que Ozzy (entrevistado poco después de haber sido eliminado en Survivor: South Pacific) decía a cámara cuánto lo deprimía tener que volver a su vida, a la ciudad, a todo lo que él sentía que lo alejaba de su yo más verdadero. También había un tercer video en el que, durante su primera temporada, Ozzy festejaba por haber pasado tanto tiempo en la isla al grito de «treinta días, es increíble», y lo decía con una inesperada gran sonrisa y en español (nunca había hablado en español en el programa, y sabía que con mi hermana sólo hablaban en inglés). El último video lo había compilado yo misma y eran varios pasajes de Ozzy nadando, porque eso era lo mejor de lo mejor de Ozzy. Verlo nadar era hermoso. Y no era cuestión de admirar la técnica, o la velocidad, o la resistencia, era simplemente emocionante. Era como soltar a un gato de departamento, perezoso y lento, en un jardín desconocido y ver cómo instantáneamente se convierte en un animal salvaje.

Guardé los archivos como un adjunto en un mail en blanco y escribí en el asunto: «No te lo pierdas». Mandé el mail y me fui a dormir. Me sentía satisfecha conmigo misma. Había superado mis más bajos instintos y volvía a ser la persona que mi hermana se merecía, alguien que la aconsejaba por su bien y con el más generoso objetivo: su felicidad (y quizá incluso la de su «Oscar»). Me desperté cerca del mediodía. Era domingo. En la bandeja de entrada había un mail de mi hermana. No una respuesta al que yo le había mandado sino uno nuevo. Abrí el mail y vi que tampoco tenía texto sino un video adjunto sin título. Estuve un rato sentada frente a la computadora sin animarme a abrir el archivo. Tenía miedo de que mi hermana no hubiera entendido lo que yo había intentado decirle con mi mensaje y que ahora estuviera todavía más enojada. Por muy poco ya me había dicho «Te odio». ¿Qué había después de eso?

Prendí un cigarrillo y le di play. El video empezaba con una placa donde decía «Reality show», y seguía con varios fragmentos editados de grabaciones muy caseras. Ozzy ahora tenía el pelo bien corto y varios kilos más que el chico de la tele.

En todas las tomas mi hermana está usando ropa que no le conozco. En todas se están filmando uno al otro o alguien los filma a los dos juntos en situaciones muy domésticas. Un desayuno. La preparación de un cartel de bienvenida para alguien que ella nunca me mencionó y que tampoco supe de dónde estaría regresando. Un brindis por alguna cuestión importante para mi hermana de la que yo nunca supe nada. Ozzy abriendo los brazos y sonriendo a cámara en la entrada de un cine. Ella con la ropa mojada actuando un enojo mientras amenaza a cámara con un balde lleno de agua. Los dos tirados en un parque, sobre el pasto, mientras un perro de no sé quién pasa corriendo sobre ellos y los dos se retuercen de risa y se besan y saludan al que los está filmando. Los dos dormidos compartiendo el asiento de un bus. Los dos muy serios y elegantes caminando como parte del cortejo en la boda de alguien. Los dos en la cama, ella sosteniendo la cámara en alto para que tome sus caras en primer plano, ninguno habla pero sonríen, sonríen y respiran ligeramente agitados y se miran y al fin se dicen algo que no se escucha.

Hace días de esto y no supe nada más de ella. Todavía no le respondí. Estoy cansada de hablar y entender. Lo que hice fue cambiar la foto en todos mis perfiles, imposible que no la vea. Ahora hay una imagen de la gran fogata que hacen al final de cada episodio de Survivor para el consejo tribal, ese en el que los participantes deciden a qué miembro de la tribu van a eliminar del gran juego.


*Este cuento fue publicado en: Seres queridos © Vera Giaconi, 2017, Editorial Anagrama.

Cuando volvió del trabajo a su casa, Markus Kellmer se encontró con una mujer desnuda sobre la alfombra de su sala de estar. La cabellera desgreñada le recordó la forma en que de niño dibujaba los nidos de cornejas o las copas de los árboles, la piel relucía como si estuviera vidriada, y cuando Markus la volteó con cuidado a fin de hablarle y así poder enterarse tal vez de quién era y qué hacía en su apartamento, se dio cuenta de que estaba muerta.

Enseguida fue hasta la ventana y cerró las cortinas. En realidad era muy temprano para eso, afuera aún había luz. La primavera había empezado hacía apenas unos días y el sol solo se pondría dentro de una hora, más o menos a las seis. Pocas semanas antes, ya desparecía alrededor de las cuatro de la tarde, pero ahora los días habían aprendido un poco más, mantenían su luminosidad más tiempo y pronto serían sustituidos por el calor veraniego que ya llevaban dentro de sí.

En estos templados días de primavera, los rayos del sol vespertino eran siempre los que primero saludaban a Markus cuando este atravesaba el umbral de su vivienda. Impedirles la entrada le daba dolor de cabeza, como si la sala tuviera migraña. Pero no podía hacer otra cosa, a fin de cuentas estaba tirada ahí una mujer muerta sobre el suelo de su apartamento. Parecía como si alguien hubiera usado la piel de alrededor de su boca y de sus narinas para encender cerillas. Markus alzó el cadáver y lo sentó sobre un sillón. Enseguida volvió a caerse, sus articulaciones eran como gelatina, su cuerpo como un globo lleno de líquido. Lo intentó una vez más, pero el cadáver volvió a no quedarse sentado, sino que cayó hacia adelante como alguien que de repente debe vomitar, y la cabeza golpeó con un chasquido contra el parqué. El fuerte estallido devolvió a Markus a la realidad: fue de inmediato hasta el equipo de música y lo encendió. La música lo ayudaba a reflexionar mejor.

No podía dejar el cadáver tirado en el suelo, pues los cadáveres sufren cambios, su superficie no era tan estable como la de una persona viva. En el fondo, los cadáveres solo están más interesados en una única cosa: su propia disolución. Para desaparecer de la manera más completa posible, precisan un subsuelo con un marcado gusto por el intercambio, el suelo de un boque por ejemplo, o el de una ciénaga. Algo con lo que poder fundirse lentamente. Aquí en todo caso no había nada de eso, de modo que a Markus debía ocurrírsele algo. Tomó el mando a distancia y puso la música más fuerte.

Recordó que hacía poco había escondido detrás del radiador un gran modelo de avión en madera. Eso había sido la semana anterior, cuando lo visitaron sus padres y él quiso evitar que vieran el modelo. Detrás del radiador había mucho lugar, pero ¿entraría también el cuerpo de una mujer adulta en ese hueco? Markus buscó una cinta métrica y midió el cadáver. Bueno, había que hacer la prueba.

Se esforzó durante más de media hora, pero al final siempre asomaban la cabeza y mitad del torso. No obstante: un éxito parcial. Markus se quedó allí sentado durante un rato, el cuerpo recostado contra el marco de la puerta y la mirada perdida. ¿De qué habría muerto la mujer? Él no había descubierto marcas de ahorcamiento o derrames de sangre. Fuera lo que fuera, su cuerpo no parecía haber sufrido lastimaduras. Tal vez la habían envenenado. O había sido alguna causa natural. Pero era bastante joven, Markus calculó su edad entre veinticinco y treinta.

Se puso de pie, se estiró. No, se veía horrible. El modelo de avión había estado a salvo detrás del radiador, pero al cadáver lo vería cualquier persona que entrara en el living. Debía pensar en otro escondite.

Mientras que recorría en mente los diferentes rincones de su apartamento, tiró del cadáver para sacarlo de atrás del radiador. Como estaba desnudo, lo dañó en ciertas partes por tironear y arrastrarlo con impaciencia. Los tubos del radiador cortaron la piel pálida como si fuera manteca. Pero corrió poca sangre, pues el corazón había dejado de bombear y los vasos sanguíneos ya no estaban bajo presión. Así y todo, quedaron algunas manchas feas sobre el suelo y en el mismo radiador. Markus fue al baño y trajo un trapo mojado, con el cual limpió los tubos. Era primavera, y si dejaba que los líquidos corporales se secaran, el próximo invierno, cuando volviera a poner en uso el radiador, empezaría a oler espantosamente.

Tomó el cadáver por los brazos y lo arrastró de nuevo a la sala. Otra vez volvieron a quedar algunas huellas, en esta ocasión huellas largas y rojizas del arrastrado. Meneando la cabeza fue al baño, buscó un segundo trapo y se puso a fregar. A veces era lento de la cabeza, un verdadero pánfilo. Para que algo así no volviera a suceder, envolvió el cadáver en grandes toallas, desde la cabeza hasta los pies. De este modo era también mucho más fácil tirar de él por el suelo de parqué.

La música del equipo se calló, y un locutor mencionó cómo se llamaban el bajo, la batería y la flauta traversa por sus nombres reales.

Durante la noche, Markus dejó el cadáver envuelto en la bañera. Al día siguiente, casi se quedó dormido, por haber confundido en sueños el timbre del despertador con el triste croar de despedida de una rana que era lanzada dentro de un pequeño cohete a una órbita geoestacionaria alrededor de la Tierra. Apenas si le quedó tiempo para un desayuno ligero, luego tomó el bus al trabajo. Regresó a su casa bien entrada la tarde.

Ya al ingresar notó el olor. No era muy fuerte, pero ahí estaba. Fue al baño. El cadáver descansaba como en la tarde anterior, solo que en la toalla que le cubría la cara se había formado una mancha, que por su forma recordaba un poco a una hoja de arce.

El día en la oficina había sido cansador, y en una situación normal a Markus le habría encantado tomarse un baño, estirarse sumergido en agua caliente moviendo los dedos gordos de los pies y dejar que todas las preocupaciones que pululaban en su cabeza se hundieran lentamente en las montañas de espuma chisporroteante. Hoy tal vez podía soportar tener que prescindir de este ritual diario de purificación, pero como solución a largo plazo esa situación no era tolerable bajo ningún concepto. En rigor, ahora ya estaba nervioso. Arrancó el cadáver de la bañera, lo hizo rodar hasta la habitación de al lado y limpió la bañera con la ducha de mano. Gastó casi toda la botella de limpiador de azulejos hasta que finalmente sintió que podía meterse desnudo dentro de la bañera sin demasiada sensación de asco.

Pero antes de tomarse un baño, se propuso meter el cadáver en un ropero medio vacío que estaba en su estudio. Curioso que no hubiera pensado antes en eso. A fin de cuentas, ya había alojado una vez en ese ropero un juego entero de persianas enrolladas (que tenían el aspecto de tubos de dinamita, con el hilo blanco sobresaliendo en la parte de arriba). El cadáver entraba bien en el armario, pero cada vez que Markus intentaba cerrar la puerta, se volcaba hacia adelante y debía atajarlo. El cuerpo lo abrazaba como en un reencuentro después de mucho tiempo. Al final, fijó sus muñecas con cinta adhesiva contra las paredes internas del armario y también le puso varias pasadas de cinta a la ranura de respiración en la parte inferior, hasta tener la sensación de que así el asunto podría funcionar al menos por un par de días.

No había estado ni tres minutos en el baño, jugando con la flor de la ducha, cuando escuchó el golpe. Cerró el agua y prestó atención. Todo en silencio, pero no sirvió de nada, pues ya intuía lo que había pasado. Medio desnudo salió del baño y volvió a su estudio.

Tan ridículo era el espectáculo que presentaba la mujer horriblemente contorsionada, con medio cuerpo adentro del armario y medio afuera, que Markus emitió una especie de estornudo con bufido, originado no por la exagerada estimulación de las membranas mucosas de su nariz, sino por su capacidad imaginativa.

Antes de poder enderezar el cadáver, tuvo primero que desdoblarlo, así es, efectivamente desdoblarlo, pues tenía… mi Dios, ni un contorsionista hubiera tenido resto para semejante posición corporal. Pero era un cadáver, se dijo él, no algo vivo. No se podía medir con la misma vara.

Tal vez era mejor si dejaba el cadáver como estaba, una bola confusa de brazos y piernas y con un tronco que ya sobresalía por varias costuras rotas. En todo caso, transportarlo de esta manera resultaba más fácil, aunque naturalmente ocupaba más espacio que si hubiera estado desdoblado.

La alfombra de la sala de Markus era del tipo antigua y venerable. Había soportado ya a varias generaciones, las pisadas de los pies infantiles se habían convertido sobre ella en los pesados pasos de la adultez y de la responsabilidad, había recibido a parejas de novios y a invitados de luto, su estampado había ocupado el pensamiento geométrico de unas veinte personas o tal vez más aun, había sobrevivido a guerras mundiales y a tiempos de euforia y de caos inspirador, en resumen: era una alfombra bajo la que no se podía esconder un cadáver así como así.

Markus lo sabía. Sabía todo esto y sin embargo… no se le ocurría ninguna otra solución. Había probado todo, el armario, el radiador, la bañera. Salvo levantar el cadáver y tirarlo de cabeza por la ventana, no le quedaban muchas opciones. Y además, el tiempo apremiaba.

Con ambas manos levantó la pesada alfombra y arrastró y golpeó con los pies al cadáver hasta la zona en que las maderas estaban un poco más desteñidas. Esas maderas que no habían sido tocadas ni por la luz ni por la gente eran sin dudas la parte más vulnerable e íntima de la casa. Demoró un rato, pero finalmente logró correr el cadáver hasta el sitio adecuado y extendió la alfombra sobre él. La sensación fue de gran alivio cuando el tejido pesado y denso, que olía a pasado y a cuero de zapato, se posó por entero sobre el cuerpo extraño y prácticamente lo hizo desparecer, como por arte de magia. Markus casi se puso a aplaudir fuerte con las manos.

La nueva colina de alfombra se veía un poco como el modelo tridimensional de un mapa topográfico. La elevación que producía el cadáver se correspondía por casualidad con el estampado concéntrico de la alfombra. Las partes más oscuras estaban ubicadas en el punto geográfico más elevado (el hombro, que siempre sobresalía un poco cuando el cadáver yacía de espaldas). El conjunto daba casi la impresión de haber sido organizado así adrede, con el objetivo de facilitar la orientación.

Esta solución era sin lugar a dudas la mejor hasta ahora. El único problema era pasar por arriba del cadáver, porque uno siempre se tropezaba sobre la empinada alfombra. De modo que Markus corrió su gran escritorio, que igualmente nunca había sido utilizado para algo sensato, desde su estudio a la sala, hasta que quedó exactamente sobre la alfombra. Al menos de esta forma no volvería a tropezarse. Y aunque así, colocada en medio de la pieza, la mesa no estaba en una posición muy ventajosa, quizá él comenzaría a sentarse con mayor frecuencia para seguir trabajando en sus pequeños esbozos poéticos, que le salían con tanta desenvoltura como la pena que también le producían de cara a su notoria inutilidad.

No se veía nada mal. Un pequeño montículo en medio de la habitación, y arriba la mesa. Si no podía inundarla de escritos, en algún momento desplegaría encima un largo mantel, que llegara hasta el suelo.

Listo, pensó Markus y fue a la cocina. Tenía que sí o sí brindar por las fatigas exitosamente superadas de los últimos dos días. Tras leer algunas etiquetas con la mente en blanco, se decidió por un cabernet sauvignon, una botella de contenido rojo oscuro.

Solo cuando estuvo de vuelta en la sala, donde la mesa ocupaba ahora una posición central imposible de no ver, confiriéndole al espacio un nuevo centro de gravedad emocional, Markus notó que había traído dos copas de vino. Con cada paso apenas tintineaban entre sí, suavemente agarradas por los dedos alrededor de sus cuellos delgados y vidriosos.


*This story is taken from: Die Liebe zur Zeit des Mahlstädter Kindes by Clemens J. Setz. © Suhrkamp Verlag Berlin 2011.

*Imagen: Fábio Magalhães

Mi hermana siempre decía que era mucho mejor tener un sobrino que tener un hijo. Supongo que nuestra madre habría estado de acuerdo. Según mi hermana, con un sobrino disfrutabas de todo lo bueno, de todas las alegrías de tener un niño cerca, pero sin ninguno de sus inconvenientes. El embarazo, por ejemplo. Y el parto. Los pañales. Despertar a medianoche. Y, cuando crecen, no tienes que reñirles, ni que educarlos, aseguraba mi hermana. La adolescencia, ese misterio, esa sangría. Puedes limitarte a darles todos los caprichos y a dejarte querer. Puedes comprar un pantalón, por ejemplo, pero no tienes la obligación de comprar todos los pantalones y de supervisarlos y de comprobar cómo se desgastan y cómo se quedan pequeños. Puedes ver cómo crecen los niños, sí, pero con distancia suficiente, a salvo de las explosiones y de los agujeros negros. Por no hablar del tiempo, del tiempo que se escapa, de la sensación de que la vida se desplaza lentamente hacia la nada como un barco a la deriva. Yo no podía estar menos de acuerdo con aquellas afirmaciones, aunque fingía que sí. Un barco a la deriva siempre es mejor que un barco que hace aguas por todas partes, que se va a pique, que ya se hunde sin remedio. Yo quería todos esos inconvenientes que enumeraba mi hermana. Yo quería planchar las rodilleras, limpiar culos, poner el termómetro, ir a las revisiones del pediatra. Dormir siempre mal, con una opresión en el pecho. Siempre es difícil llevarle la contraria a una hermana mayor.

Laura era hija de mi hermana, y por lo tanto era mi sobrina. Una niña frágil y fantasiosa que empezó a quedarse en mi casa una vez por semana, después del colegio, cuando acababa de cumplir cuatro años. Nació en octubre. Al principio nos pareció más conveniente que fuera los jueves, que pasara conmigo las tardes de los jueves. Recuerdo la tarde en que Laura, sentada en el sofá, señaló hacia el pasillo con una expresión de goce indudable, con esa mirada brillante que solo tienen los niños. Era la segunda o la tercera vez que venía a pasar la tarde conmigo, mi hermana aún no había llegado de la sesión y ya empezaba a hacerse de noche, aunque acabábamos de merendar. Seguí la dirección de la mirada de Laura, pero no había nada allí, nadie, solo mi triste pasillo en penumbra. El suelo estaba lleno de miguitas de pan. Entonces ella me miró fijamente y me dijo, entusiasmada: ¿No lo has visto? ¡Acaba de pasar un fantasma! ¡Estaba asustado como una paloma! Aquel día supe que me había ganado su confianza, porque ya era capaz de inventar junto a mí, de mentirme o de bromear o de ponerme a prueba. Hasta entonces había permanecido en silencio.

Después de las navidades mi hermana decidió que era mejor que su hija viniese a mi casa los viernes en lugar de los jueves. Ella, mi hermana, salía agotada de las sesiones, así que parecía preferible que fuesen los viernes por la tarde y que Laura se quedase a dormir conmigo. Mi apartamento solo tenía un dormitorio, pero conseguimos una cama plegable, ya no recuerdo cómo, tal vez la trajimos de la Torre, una cama diminuta con un colchón de apenas diez centímetros de espesor. Aquellos primeros viernes de invierno Laura durmió siempre de un tirón, exhausta por los juegos y la emoción de pasar la noche fuera de casa (nunca antes lo había hecho), tal vez también por el misterio de las actividades adultas y casi clandestinas de su madre. Tardó varios meses en despertarse por primera vez en mitad de la noche, como hacía en su casa de forma habitual, al menos según me contaba su madre. Uno de los momentos más felices de mi vida fue la primera vez que Laura empezó a gritar en mi apartamento a las tres o las cuatro de la mañana. En mi cama, en medio de un sueño profundo, me despertó un llanto infantil situado a solo dos metros de mí y durante unos segundos creí que quien lloraba era un bebé, mi hijo, un hijo o una hija inexistentes (no he tenido hijos, claro) y en medio de ese desconcierto, antes de ir a consolar a mi sobrina, lloré yo también, de alegría y de intuición y tal vez de rabia. Me sumergí en el llanto de Laura y buceé en él como en la idea de otra vida posible. Después me acerqué hasta su cama en la oscuridad y vi que gritaba dormida, con los ojos cerrados y el labio inferior tembloroso, los dedos rojos agarrados al borde del edredón. Le acaricié el pelo y se calmó poco a poco, como si mis dedos le hubieran inyectado alguna droga.

Aquellas estancias periódicas duraron dos años. Compré un cepillo de dientes, una almohada rosa con unos dibujos de animales, un pijama, juguetes, galletas de distintas formas y colores. En su casa dormía siempre con un oso de peluche que le había regalado Jaime, así que yo también le compré un muñeco para que tuviera algo a lo que aferrarse por las noches. Encontré un pato de tela que me cayó simpático desde el principio. Tenía la mirada vacía de los animales disecados o falsos, pero no daba demasiado miedo, porque no parecía real. No era sólido, había algo de gelatinoso en sus movimientos, solo me costó diez euros. Yo lo guardaba en el armario empotrado de mi habitación y todos los viernes por la mañana lo colocaba con cuidado debajo de mi almohada, y lo primero que hacía Laura cuando entraba a mi casa era correr hasta mi cama para destapar al muñeco y saludarlo. Ella creía que el pato pasaba toda la semana allí, que dormía conmigo. Le daba un poco de pena que el muñeco no tuviera niños con los que jugar. Supongo que mi vida le parecía previsible y aburrida, a pesar de todo. Cada vez que Laura veía al pato, saltaba y chillaba de alegría, como si a lo largo de la semana hubiese llegado a dudar de la fidelidad del muñeco, o de la mía. Le inventamos un nombre, Feldespato. ¿Qué tal estás, Feldespato? ¿Me has echado muchísimo de menitos?, decía Laura, mientras le acariciaba el pico naranja o le besaba las patas amarillas y lo llenaba de babas.

Me encantaba pasar los viernes con mi sobrina. La iba a buscar al colegio con el coche, y pasábamos la tarde escuchando música, pintando, en el parque o en el cine. Hacíamos carreras. Escondíamos objetos. Olíamos hojas y pinturas. Nos maquillábamos. Bailábamos alrededor de una hoguera imaginaria mientras tocábamos instrumentos invisibles. Al final de la tarde preparábamos la cena: le gustaba probar, subida a una silla, cada uno de los ingredientes que añadíamos a la pizza o a la ensalada. Antes de acostarla le leía un cuento. Mi colección de cuentos infantiles creció poco a poco y pasó a ocupar más espacio que mi propia biblioteca. Laura construía verbos a partir de sustantivos: decía «bicicletear», «cuentear», «peliculear», «bocadillar». También decía «mantar» en lugar de «arropar». Cuando estaba con ella el mundo cambiaba de significado y cada objeto se convertía en una acción de maravilla posible.

Perdí a Feldespato. Un viernes por la mañana, nada más despertarme, tuve una extraña intuición, como un hueco que se abría en mitad del pecho. De inmediato vi, o imaginé, la mirada indiferente del muñeco. Busqué primero en el armario, donde lo guardaba siempre, y después, como un acto reflejo, debajo de la almohada. A continuación rastreé sin éxito toda la casa, al principio de forma alocada y aleatoria, después de forma sistemática. Los nervios me llevaron a buscarlo en lugares que llevaba años sin recorrer, en la esquina más inverosímil, debajo de la cama y del sofá, en el trastero, en una gigantesca caja de cartón en la que guardaba cartas y papeles antiguos, fotografías familiares, apuntes de la universidad. Pasé revista a mi vida y me sorprendí de haber sido, no muchos años antes, otra persona. Me sentí culpable. Recordaba que había metido el muñeco en la lavadora el domingo anterior, con las sábanas de Laura, y recordaba haberlo tendido en la terraza, sujeto a la cuerda con una pinza que le atenazaba el ala derecha y le daba un aspecto de sometimiento, como una marioneta en espera de una mano que la llene y la anime. Sin embargo, no tenía la certeza de haberlo colocado de nuevo en el armario, en su sitio. Los gestos repetidos pierden nitidez, se amontonan como calcetines o como camisetas, de dos en dos o de tres en tres, al final es imposible distinguirlos. Por suerte, tenía tiempo y pasé por la tienda en la que había comprado el muñeco perdido. Tenían varios iguales, colocados uno junto a otro en una estantería, las patas colgando, sin vida, como niños que esperan su turno. Todos con la misma postura de cansancio, con la misma expresión de nada.

Antes de ir a buscar a Laura coloqué el pato nuevo debajo de la almohada. Me pareció idéntico al otro, indistinguible. A lo mejor había alguna diferencia, el ligero desgaste del que se había perdido, pero una niña de cuatro años no podía darse cuenta.

Cogí el coche y fui hasta el colegio. A esa hora era imposible aparcar y siempre dejaba el coche en doble fila. Las madres (casi todas eran madres) formaban un semicírculo en torno a la puerta. Los niños de primero de infantil salían de uno en uno y corrían hacia la libertad. Laura solía ser una de las últimas. Caminaba hacia mí sonriendo, pero sin precipitarse, como si ya tuviera una idea precisa del concepto de dignidad.

Cuando llegué a casa con ella, repitió su ritual de todas las semanas y corrió hacia mi cama. Levantó la almohada, sacó el muñeco y se lo quedó mirando. La alegría desapareció de su cara. Me miró a mí. Volvió a mirar al muñeco. Este no es Feldespato, dijo. ¿Dónde está Feldespato?

Tuve que explicarle lo que había pasado. Me disculpé una y otra vez. Es difícil ponerle excusas a una niña de cuatro años. Aún no conocen los códigos, y las explicaciones se enredan, parecen absurdas, no sirven. Pero a medida que hablaba me di cuenta de que ella sentía más curiosidad que decepción. No hubo ningún reproche, ni una sola lágrima. En vez de mirarme a mí, miraba a su nuevo muñeco. ¿Sabes una cosa?, me dijo, por fin. Tenemos que ponerle otro nombre. Ah, claro, respondí. Tiene que tener un nombre. Le sugerí varios: Patoso, Matías, Ánade, Bartolo, Juan Carlos. Ninguno le parecía adecuado. No tiene cara de Bartolo, decía, por ejemplo, mientras examinaba con atención los ojos alucinados del muñeco. Pasamos la tarde así, mirando un pato de tela. Laura se tomó el asunto con mucha seriedad. A mí me costaba aguantar la risa. ¿Cómo había sabido que se trataba de otro muñeco? Fue por la noche, después de que la ayudara a ponerse el pijama, cuando me anunció que ya había encontrado el nombre adecuado. Se llamará Patológica, me dijo. Me quedé sin habla. ¿De dónde habría sacado esa palabra? Porque no es un pato, no es exactamente un pato, dijo. Es una chica, una pata. (Tenía una forma muy graciosa de pronunciar algunos adverbios: no dijo «exactamente», claro, sino «sastamente»: «no es sastamente un pato».) Le dije que entonces tendría que llamarse Patalógica, y no Patológica. Se volvió a quedar pensativa. Se llama Patológica, concluyó, dando por cerrada la conversación.

El sábado, cuando mi hermana vino a buscar a Laura mi sobrina le contó a su madre las aventuras de la pata Patológica. «Lo mejor de todo», le dijo, «es que no tenemos ni idea de que ha pasado con el otro muñeco. ¿Habrá salido volando?». El domingo por la mañana sonó el timbre. La vecina de abajo traía bajo el brazo el muñeco originario, Feldespato. Al parecer había caído del tendedor a su terraza. A lo largo de la semana había pasado un par de veces por casa, pero no había dado conmigo. Se lo agradecí. Coloqué los dos patos, uno junto al otro, y traté de encontrar alguna diferencia entre ellos. Con un rotulador negro tracé una F en la etiqueta del pato que me había traído la vecina y una P en el que había comprado sólo tres días antes.

El viernes siguiente quise hacer un experimento. Coloqué bajo la almohada el muñeco que tenía una F en la etiqueta. Fui a buscar a Laura al colegio, y cuando entramos en mi apartamento ella fue hasta mi cama, retiró el muñeco de debajo de la almohada y se puso a gritar como una loca: ¡Ha vuelto Feldespato! ¡Ha vuelto Feldespato! ¿Dónde estabas, Feldespato?

Laura decía que Feldespato era un muñeco triste, y que Patológica era una muñeca que siempre estaba contenta. No tenía ningún problema para diferenciarlos. A partir de ese día empezó a dormir con los dos. Cuando se lo conté a mi hermana, me dijo que yo siempre había sido, desde la infancia, una persona muy despistada y, al mismo tiempo, con una enorme imaginación. Seguro que hay algo que los distingue, algo que hasta una niña de cuatro años es capaz de percibir, y sin embargo a ti se te escapa porque siempre estás pensando en otra cosa. Sentí que en esas palabras había algo de reproche. No quise discutir.

Dos años después, cuando acabó todo, Laura se fue a vivir con su padre a Salamanca. Le ofrecí los patos como regalo de despedida, pero no los quiso. Están acostumbrados a tu casa, me dijo, en Salamanca estarían los dos muy tristes y no sabrían que hacer. No les gustan las ciudades que no conocen. Además, seguro que los cuidas muy bien. Tuve que reprimirme para no llorar delante de la niña.

Sólo unos meses después desperté en mitad de la noche con la certeza de que me estaba ahogando. Encendí el televisor y traté de ver una película. Me comí una mandarina. Era viernes, así que al día siguiente no tenía que ir al despacho. Ya estaba amaneciendo cuando abrí la puerta del armario. Saqué los dos muñecos y les pasé la mano por la tripa de tela. Me fijé en las etiquetas y me di cuenta de que las letras, que los distinguían se habían emborronado. La P y la F parecían iguales, una mancha vertical. Me pregunté si Laura todavía sería capaz de distinguirlos, de decirme cuál era cuál. Me acordé de mi infancia, de mi hermana, de nuestra madre, de los veranos en la Torre, cuando nos bañábamos en una palangana enorme y llena de bichos. ¿Tu eres Patológica, verdad?, le dije a uno de los muñecos. Devolví al otro al fondo del armario. Espero haber acertado, pensé, mientras me metía en la cama. Me abracé al muñeco con fuerza hasta que me venció el sueño. Cuando desperté, casi ocho horas después, el trozo de tela seguía allí. Fui al cuarto de baño, cogí las tijeras con las que me cortaba las uñas (las mismas que había utilizado tantas veces para cortarle las uñas a Laura) y volví a la cama. Miré al muñeco, miré la etiqueta, llegué a sostenerla entre los dedos índice y pulgar de la mano derecha, pero no me decidí. ¿Y si me equivocaba?

Desde la audiencia has tenido más tiempo para estudiarla, pero no puedes hacerlo las veinticuatro horas. Hay gente en este mundo que todavía tiene trabajo, y el jefe de Jennifer pondría el grito en el cielo si se enterara de que la estuviste siguiendo a la enfermería. Probando las tabletas. Haciendo preguntas estúpidas. Arrastrándola al armario de suministros para un rapidito mientras algún veterano de guerra balbuceaba sus últimas palabras al otro lado de la pared. No; cuando te eliminan de ese rubro, te eliminan de por vida. Y no todas las ideas de Jennifer son buenas.

Así que durante la mayor parte de los últimos tres meses has limitado tu estudio a las horas domésticas, entreteniéndote solo en el departamento mientras ella está en el trabajo. Cocinaste linguini con camarones y chiles la noche que te despidieron, lasaña vegetariana la noche siguiente. Toda la primera semana limpiaste y aspiraste como un demonio. Jennifer te llamó su perra y los dos se rieron juntos. Vaticinó que pronto se les sincronizarían los períodos; te hizo cruzar los meñiques y prometerle que le prepararías un baño de espuma cada vez que te lo pidiera. Eso fue cuando todavía bullías de entusiasmo por la libertad y todas las tareas eran divertidas; entonces empezó el juego de roles. Ahora, algunas noches, cuando Jennifer está de turno, lo único que haces es meter la mano dentro del jogging para agarrarte las bolas y hacer planes online, en la oscuridad. En el Observatorio Lowell en Flagstaff, te dices a ti mismo entre dientes, cliqueando el mouse con la mano libre. En el Parque Nacional Saguaro, cerca de Tucson. De solo pensarlo se te moja la nuca. Se te seca la boca. Cuando resulta demasiado, vuelves a dominar el FIFA 12.

Noches enteras pasan así.

Ya van cuatro meses desde que la administración le pidió como favor a Jennifer que cubriera un par de guardias nocturnas: una de las chicas nuevas estaba ausente por enfermedad, dijeron. Es sólo hasta que se sienta mejor, dijeron. Probablemente no sea por más de una o dos semanas. Pero ya casi es Navidad, la chica enferma se convirtió en la chica deprimida, y Jennifer sigue en esas guardias nocturnas de pesadilla sin señales de que las cosas vayan a cambiar pronto. Tenías la esperanza de que salir del call center trajera la oportunidad de hablar de un nuevo comienzo, tal vez en algún lugar donde la vida fuera más barata, con más chances de que brillara el sol. Pero no hubo tiempo para esa clase de charla. Seis veces por semana, ella sale de casa después del ocaso y vuelve antes del amanecer. El día es noche y la noche es día. Jennifer dice que le está afectando los sentidos, y también está afectando los tuyos. Tienes que adaptar tus patrones de sueño para estar despiertos al mismo tiempo. En el sendero apache, rodeado de las majestuosas Montañas de la Superstición.

Te aseguras de tener todo listo cuando llega del trabajo –luces apagadas, persianas cerradas– para que Jennifer pueda hacer de cuenta que es de noche. Se merece una bienvenida decente pero has aprendido a no molestarla en la puerta. No le gusta que la agobien. El trabajo que hace no puedes ni imaginarlo. Los últimos momentos de hombres y mujeres comunes, despojados de sí mismos. No es de extrañar que necesite unos minutos de soledad. Así que te quedas ahí en la cama, haciéndote el dormido, escuchándola moverse en la cocina, picando cosas de paquetes en la heladera y comiendo parada mientras afuera la noche se convierte en día. Luego se mete en la cama, te da un beso y se queda dormida, a veces completamente vestida. Si eso sucede, la desvistes despacio, cuidando de no hacer ningún movimiento brusco, quitándole el maquillaje con una toallita para el rostro. Pones su corpiño, bombacha y medias en la cesta de la ropa sucia y cuelgas su uniforme detrás de la puerta del dormitorio, listo para el día siguiente. Entonces cubres los cuerpos de ambos con el acolchado, le rodeas la cintura con los brazos y esperas a que llegue el cansancio. La mayoría de las veces, Jennifer duerme profundamente. A veces tú también.

Los sueños de Jennifer no le aclaran la mente, pero cuando abre los ojos se comporta como si el mundo fuera una moneda brillante recién encontrada en el suelo. Casi todos los días se despierta a eso de las dos, se da vuelta en la cama para mirarte y antes de que puedas hacer foco, susurra: ¿Lo hacemos, vaquero? Cuando está cansada, sus pupilas parecen ruedas de ruleta. Cuando está caliente, envuelve tus piernas con sus piernas cortas y te pregunta qué será hoy. ¿Barack Obama y Michelle en el Salón Oval? ¿Beyoncé y Jay-Z en su mansión de Los Ángeles? ¿Brangelina en su escondite del sur de Francia? Por lo general deciden juntos. Entonces llega el momento de los disfraces, media hora de lo que Jennifer llama rock n’roll en los mismos agujeros de siempre, y a eso de las tres los dos ya están durmiendo de nuevo. Se despiertan alrededor de las cinco, se tiran frente al televisor y comen un sándwich mientras miran telenovelas o un DVD. Un par de horas más tarde todo comienza de nuevo, y las siguientes diez horas son solo tuyas.

La semana pasada le dijiste a Jennifer que esto no podía continuar. Lo de estos ejecutivos es una burla, y le sugeriste que hiciera huelga. Este estilo de vida no es práctico. Le dijiste que habría problemas si las cosas seguían así hasta Hogmanay, la celebración de Año Nuevo en Escocia . ¿Qué iban a hacer con las campanas? ¿Mirar todo por Sky Plus? ¿Mirar el Big Ben la tarde siguiente, todo apagado, cantar Auld Lang Syne y hacer de cuenta que es otro año? Jennifer arrugó la nariz. Las comisuras de los labios se le curvaron hacia arriba. Entonces dijo: Deberíamos hacerlo durante el conteo. Tratar de coordinar, ya sabes, 3, 2, 1… Jennifer es una verdadera romántica. Las últimas semanas notaste algunas cosas que no viste antes, cuando tenías trabajo y todavía atendías el teléfono cuando sonaba. Si Jennifer duerme, te concentras en su respiración, tratando de imitarla con la tuya, preguntándote si se queda contigo solamente porque está demasiado cansada para dejarte. Si está despierta, le prestas atención a sus tics y sus hábitos. Sus deseos. Todavía sirves para algo, ¿verdad? En los baños para discapacitados del Sea Life Aquarium en Tempe. Vestidos de pies a cabeza de indios americanos en el Museo Heard.

Por los tiempos, sabes que ella casi nunca hace una parada en el camino de vuelta a casa. La fina capa de barro húmedo en sus botas prueba que usa siempre el mismo atajo a través del parque; el recorrido de puerta a puerta le lleva unos veintitrés minutos. El conteo de canciones reproducidas en su iPod muestra que de camino escucha los mismos discos: la abundancia de Born in the USA a la ida, el vacío de Nebraska a la vuelta. (Últimamente sólo escucha a Springsteen. Dice que escribió todas las canciones que quiere escuchar. En este asunto no están de acuerdo). No hay muchos negocios abiertos en ese trayecto a las seis de la mañana, pero incluso si los hubiera, te parece poco probable que se detuviera en cualquier lado antes de volver con su hombre. Su Daniel. Jennifer es una chica bastante puntual. Los números hablan por sí solos.

Segundos más, segundos menos, Jennifer tarda treinta y siete minutos todos los días en prepararse para el trabajo; lo sabes porque tienes un cronómetro en el teléfono. Esos treinta y siete minutos por lo general incluyen unos ocho para vestirse, dos de los cuales usa para ponerse las alhajas que le regalaste para su cumpleaños, para San Valentín, para la última Navidad. Unos seis minutos para sus deposiciones diarias. Tres para lavarse los dientes. Nueve minutos para ponerse un poco de rubor y delineador. Luego cuatro o cinco hablando sobre lo que piensas hacer mientras ella alimenta, baña y cambia a los que ella llama los zombies babeantes de Yorkhill. Es difícil recordar algo que sucedió hace tanto tiempo –fue al comienzo de la relación, hace ya dos o tres años–, pero cuando empezó en el hospicio, Jennifer era mucho más dócil.

En ese entonces hablaba de hacer un trabajo que fuera bueno para el alma. Cuando estaban con gente, le daba un cierto resplandor. Ahora ninguno de los dos socializa, ella trata de no pensar demasiado, los pacientes se han convertido en los zombies, y en casa todo es vestirse de Hitler y Eva Braun y hacer de cuenta que el departamento es el búnker y que llueven bombas aliadas en el exterior mientras logran tener sexo desesperado una última vez antes de que hagan efecto las falsas pastillas para suicidarse. Por su relato de lo que sucede en la enfermería, todos estos comportamientos parecen técnicas de supervivencia bastante esenciales. Jennifer dice que si uno lo piensa, en realidad las fantasías mejoran la calidad del cuidado que recibe la abuelita o el abuelito de alguien en sus últimos días en la tierra. Allá afuera, en el mundo, las fantasías salvan vidas. Así que lo mínimo que puedes hacer es prepararle un baño de espuma cada tanto y asegurarte de conseguir los disfraces por un precio razonable en eBay.

Durante algunas semanas después de la audiencia te diste el gusto de conversar acerca de cómo te gustaría contribuir con los costos de los disfraces, y también de algunas otras cosas mundanas como la hipoteca, el gas y la electricidad; prometiste revisar los diarios para buscar oportunidades. Le dijiste a Jennifer que mirarías los sitios de clasificados y te suscribirías para recibir alertas en el correo electrónico. Algunas veces le dijiste que ibas a encontrarte con tal o cual contacto para tomar una cerveza antes de la hora del cierre; la mayoría de las veces era mentira, pero Jennifer lo dejó pasar. No pedía detalles ni seguía preguntándote luego de que dijeras que habías tenido una entrevista en O2, o H&M, o donde fuera. Aun así, era obvio que no tenías deseos de volver a entrar en el mercado laboral. Barman. Mozo. Vendedor. Si sólo tenemos una vida, pensabas, ¿por qué molestarse con cualquiera de esas cosas?

El martes pasado, cuando Jennifer te preguntó por tus planes para el día, se te ocurrió esto: ¿Recuerdas cuando hablamos de ponerle una almohada en la cabeza a la tía Joan, en Arizona?, dijiste, tratando de descifrar su expresión. ¿Ocupar su casa? Bueno, tal vez no necesitemos a la tía Joan. Mira, encontré algo. Entonces le mostraste el sitio: 17: En el Centro de Ciencias de Arizona. 18: En mitad de la caminata en Squaw Peak, en la reserva de las montañas Phoenix. Esperabas que lanzara algo. Que hiciera una lista de las facturas que había pagado desde que Greg y los muchachos de la oficina central te habían liberado del opresor. No la habrías culpado si se hubiera marchado para no regresar jamás. Pero Jennifer es una maldita santa. Una chica mala. Te rodeó el cuello con los brazos, con su calor flotando en el aire entre sus cuerpos, y te mordió el lóbulo de la oreja, sujetando la piel entre los dientes unos segundos antes de soltarla. Usa tu imaginación, te dijo. Y eso es lo que has estado haciendo desde entonces.

A veces te preguntas cómo sería la vida si hubieras crecido antes de internet. ¿Qué hacía la gente? Tal vez miraban por la ventana, o se pasaban el día mirando el piso, seguros de que ahí afuera había vida, pero incapaces de demostrarlo. Qué suerte tienes de poder acceder a todas las maravillas del universo en un milisegundo. No hay excusas para el aburrimiento cuando hay más posibilidades que nunca para la imaginación humana. Ahí afuera hay una comunidad para todos. Amantes de las palomas de los ex estados yugoslavos. Cultivadores de calabazas de Yorkshire. Brujas y neopaganos del sur profundo. Para algunas personas tanta información resulta abrumadora. Ven el mundo, perciben lo pequeños que son y se desesperan. Pero tú eres uno de los que pueden pasarse un turno entero del hospicio bajando música gratis, mirando videos de hipopótamos bailando en YouTube y buscando lugares inusuales en países extranjeros para darle a la chica que amas una buena y dura demostración de afecto. El universo tiene los brazos abiertos para ambos. No hay motivos para tener miedo. Y como demuestran estas mágicas páginas virtuales, más allá de toda duda, todos tienen sus cositas. El eslogan de uno de los sitios dice: Un hogar lejos de casa para viajeros de mente abierta que aprecian las bellezas naturales de todo tipo.

El número 23 dice: Al anochecer, en el extraordinario Jardín Botánico del Desierto.

El número 31 dice: En una de las increíbles cuevas subterráneas en el Parque Nacional Kartchner Caverns (algún bromista agregó aquí una foto totalmente negra, cuya leyenda dice “Dentro de una cueva”).

Debajo de la lista completa de los 59 “lugares del desafío” hay enlaces a varios álbumes de fotos, cada uno con imágenes de parejas que se han fotografiado en algunos de los lugares del recorrido. La mayoría no logra hacer más de diez locaciones. Casi todas las imágenes son amateurs. No importa. Una instantánea, de una pareja de Copenhague, está tomada desde la perspectiva de una mujer montando a su marido a orillas del lago Havasu. En la foto se ven sus rodillas apoyadas en los brazos de él. Él está en el piso, mirando hacia arriba. La expresión del hombre no se parece a nada que hayas visto antes, y cuando se la muestras a Jennifer, ella se pregunta en voz alta a qué se dedicará. Si le habrá mentido a su jefe sobre para qué necesitaba tomarse un tiempo del trabajo, y si sus colegas sabrán sobre sus vacaciones. Entonces ella te empuja hacia el piso, mientras la presentación sigue mostrando a la pareja de Copenhague en una serie de ambiciosas posiciones en el Cañon de Chelly, luego en la reserva natural Out of Africa, luego en los estudios Old Tucson. En un video tienen puesto el mismo sombrero cowboy y se escapan desnudos de dos guardaparques. Jennifer insiste con la posición del perrito, los dos mirando la computadora. Empuja fuerte dándote la espalda.

Eso fue hace tres noches.

Esta noche, cuando salía para su turno, Jennifer te abrazó fuerte y te preguntó si tenías algo para ayudarla a pasar el descanso. Lo pensaste, observándola de cerca mientras tomaba sus llaves, se ponía el abrigo y salía por la puerta. Enfiló hacia la entrada. Entonces se detuvo en la acera. Miró hacia atrás. Apoyada en la puerta, la imaginaste como Marilyn Monroe y tú como JFK y dijiste: Número 43: Dentro de las vastas profundidades del Gran Cañón, con vistas espectaculares a aquello que el geólogo y explorador John Wesley Powell llamó alguna vez “el espectáculo más sublime de la naturaleza”. Jennifer volvió a mirar hacia la calle, sacudió la cabeza, sonrió. Mientras se alejaba, dijo: Alguien está excéntrico hoy. Luego se fue y la miraste irse. Tu Marilyn. Tu Coco Chanel. Tu Michelle Obama.

Jennifer siempre dijo que las primeras horas de su turno eran las peores, así que te aseguraste de que tuviera un mensaje de texto esperándola cuando por fin llegara su primer descanso corto; una ayuda para que la segunda mitad del turno pasara un poco más rápido. Decía En una de las mesas de la legendaria Pizzería Bianco (puntaje promedio de Trip Advisor: 4.0 de 5). Darnos de comer en la boca el uno al otro es opcional. Adjuntaste un jpg de Bob y Sue Hampton de Bournemouth, él sin nada más que un sombrero de chef, ella de moza en topless, los dos haciéndolo junto a un gran plato de antipasto. A las doce y diez de la noche llegó la respuesta. Se ve complicado. ¡Pero sabroso! Estoy dispuesta si tú lo estás… Después de eso le empezaste a mandar más sugerencias. No podías evitarlo.

Opción 1: EN EL LEJANO OESTE. Estilo 1880, en el famoso pueblo Rawhide del Lejano Oeste, viajando en el Carruaje Butterfield que cruza el pintoresco desierto de Sonora tirado por una mula. (Otras opciones incluyen casamiento de apuro, costo: 10 dólares, souvenir fotográfico incluido. Potenciales complicaciones: ¿Qué hacer con el guía? ¿Es posible alquilar un carruaje propio? ¿Y a tu madre le molestaría si nos casáramos en el exterior?).

Opción 2: EN EL CINE. En Monument Valley, vestidos como el excéntrico director John Ford, cuatro veces ganador del Oscar, y Mary, su amada esposa por cincuenta y nueve años. Sugerencias: usar un parche ocular, como Ford; reproducir escenas de las obras más destacadas de Ford. (Posibles problemas: ¿cómo hacer que Las uvas de la ira sea sexy? Considerar también: Qué verde era mi valle).

Opción 3: SANTOS Y PECADORES. En la Misión de San Xavier del Bac en Tucson, fundada en 1692. Vestidos de Pastor y de una participante entusiasta de la congregación. (NB: en un supuesto milagro presenciado por gente de toda el área de Tucson, aparentemente el Padre Ignacio José Ramírez y Arrellano continuó sudando durante horas después de su muerte. Luego lo canonizaron. ¿Podríamos incorporarlo de alguna manera, tal vez?).

Jennifer no respondió a ninguna de estas sugerencias, pero era cierto que ella prefería los dramas donde la mujer era dominante. O tal vez no respondió porque era una estupidez y habías llegado demasiado lejos y no tenía tiempo para esta clase de cosas porque estaba ocupada limpiándole el trasero a alguna viejita frágil y asustada que quizás tendría un ataque al corazón ahí mismo si supiera lo que estabas planeando hacer con su dulce y bondadosa enfermera. ¿Por qué Jennifer no respondía? Algo andaba mal. Así es. Así es. Se suponía que no tenías que llamarla cuando estaba de guardia, aun así tuviste que hacerlo. El celular estaba apagado. Por supuesto que estaba apagado. En lugar de dejarle un mensaje de voz, le escribiste otra vez: Te extraño. Estoy muy orgulloso de ti. Cuídate y nos vemos en casa, ¿ok?

Llegó once minutos más tarde de lo normal, de modo que supiste que algo andaba mal antes de verla llorar. Corrió a tus brazos desde el pasillo, ocultó la cabeza en tu hombro y la dejó ahí un largo rato. Cuando levantó la visa, su rostro era todo maquillaje corrido y miedo. No podía respirar. Dijiste, Vamos, vaquera, la levantaste y tambaleándote con ella en brazos, la cargaste por las escaleras. Ella se rio. La abrazaste con suavidad mientras te pegaba y decía, No puedes irte a ningún lado. Los besos suaves se convirtieron en intensos, y poco después los dos estaban tirados en la alfombra del dormitorio, enfrentados, dos cuerpos en la luz matutina. Tráeme pañuelos, Daniel, dijo ella. Así que se los trajiste. Luego subiste a prepararle un baño. Mientras lo hacías, pensaste que si todavía trabajaras en el call center, o en cualquier lado, no habría tiempo para esto. Jennifer habría llegado a casa, se habría secado las lágrimas mientras dormías, tratando de no despertarte antes de que sonara tu alarma. Te habrías levantado poco después, te habrías duchado y vestido deprisa, y habrías notado que algo andaba mal pero no tendrías tiempo de responder a eso, le prometerías que hablarían más tarde. Habrías ido a trabajar, preocupado por Greg, por los objetivos, por cuánto venden los otros en la oficina. Al volver a casa, Jennifer se estaría preparando para salir a su turno y no querría preocuparte, así que haría de cuenta que está bien, y antes de que pudieras notarlo, la sensación habría pasado. En el cañón Oak Creek, Sedona. Entre los pájaros, animales y plantas del Sud Oeste en el Parque Estatal del Arboreto de Boyce Thompson. En Paradise Valley. No, no quieres volver a trabajar nunca más. No quieres perder la oportunidad de estar ahí para ella. Solo pensarlo te da ganas de vomitar.

Pero todo está bien porque no tienes trabajo, estás aquí, disponible, y sabes cómo a ella le gusta, así que cargas la bañera con dos medidas de espuma de baño y dejas correr primero el agua fría un rato. La llenas hasta casi la mitad. Luego la llevas hasta el baño, le quitas el uniforme, depositando cada pieza con cuidado para que no se arrugue. Ella dice: Estoy despierta, para variar. Tú dices: Sí, lo sé. Le besas la clavícula, detrás de la oreja, te agachas y la besas entre los dedos de los pies. Ella hace de cuenta que te aparta. La dejas. Ha estado llorando todo el tiempo. La alzas de nuevo y la metes suavemente en la bañera. Su color cambia de rosado a blanco, las burbujas pululan a su alrededor y su cuerpo desparece debajo de ellas. Entonces vuelves al piso de abajo, a la heladera, descorchas una botella de vino blanco y regresas. Apoyas la botella y las copas limpias en el piso. ¿Quieres que te sirva? Le preguntas, y ella asiente. ¿Quieres llamar a tu madre?, le preguntas. Ella sacude la cabeza. Más tarde, dice. Entonces Jennifer te toca el brazo y te pide que te quedes.

Sirves las dos copas hasta la mitad.

Con un suspiro, Jennifer dice: No tendría que… quiero decir, pasa todo el tiempo pero… Victoria murió durante la noche. Le respondes: No sabía que les ponías nombres. Jennifer te golpea despacio, se ríe, toma una copa y dice: Tienen nombres cuando llegan, tonto. Y entonces se larga a llorar de nuevo.

Entre lágrimas te cuenta la historia de vida de esta mujer a la que nunca conociste y que Jennifer nunca antes había mencionado. Vivió una vida plena, viajó mucho y hablaba cuatro idiomas. Tenía tres hijos, incluyendo a uno llamado Samuel que murió de muerte súbita. Trabajaba en clubes polacos de jazz y una vez tocó el piano en el Royal Albert Hall. Vivió en Arizona con su segundo marido por seis años antes de volver a Glasgow, y le contó a Jennifer sobre sus amigos y familiares que se mudaron allí luego de la guerra. Ayer Victoria parecía estar bien, cuando le hizo un cumplido a Jennifer por sus mejillas rosadas. Con lo cual quería decir que se veía feliz. No es que nada de eso tenga importancia ahora, dice Jennifer. Sí que la tiene, dices. Le preguntas sobre Victoria arrodillado en la alfombra del baño. Le pasas despacio una esponja por los brazos y las piernas, luego por el abdomen, los hombros, hasta que parece incapaz de seguir hablando. Entonces le secas los ojos, la tomas de las manos y empiezas a hablar. Lo haces en voz baja.

Éste es el plan, dices. ¿Lista?

Jennifer asiente.

Mañana a la noche abriré el auto de Greg, manipularé los cables para encenderlo y aceleraré hasta el hospital para recogerte en mitad de tu turno. Tú apuñalarás a tu supervisor con una aguja infectada en el pasillo, luego saldrás violentamente por la puerta y saltarás al auto por la ventanilla. Entonces tomaremos la autopista, haciendo planes mientras avanzamos. Número 46: En la jaula de los leones en el zoológico de Phoenix. Número 49: En el pozo de las escaleras del Castillo de Montezuma, mirando a los turistas desde las torrecillas. Número 53: Al aire libre, a bordo de un barco en el lago Pleasant. Piensas mientras hablas. Luego conozco a un tipo en el puerto de los ferrys, ya lo tengo planeado, y mientras sale el sol le paso un fajo de billetes a cambio de pasaportes nuevos. Jennifer dice: ¿De dónde sacaste el dinero? Le aprietas la mano para recordarle que no haga preguntas. Me convierto en José, dices. Tú te conviertes en Rosita. Luego hacemos la fila con el resto de los pasajeros, y nos subimos a un crucero de lujo con destino a Nueva York. En el barco lo hacemos de frente a las pequeñas ventanas redondas, el agua, el mar. El calor sube de nuestros cuerpos. En Nueva York robamos otro coche y viajamos los tres mil kilómetros, o algo así, hasta Phoenix. Dormimos en el auto. Asaltamos estaciones de servicio en el camino con la pistola que nos dio nuestro hombre en el puerto. Tienes un talento natural. Amenazas a los empleados y tomas el dinero de la caja. Increíblemente, ninguno de estos lugares que asaltamos tiene cámaras de vigilancia. Jennifer hace una mueca pero te deja seguir. Sólo les disparamos a algunos pero no importa, porque la mayoría son viejos, o tratan mal a sus mujeres. Jennifer vuelve a apretarte la mano y dice: ¡Daniel! Sonríes. Bueno, bueno. En fin. Nadie nos sigue. Nos lleva dos semanas llegar a Phoenix pero cuando llegamos tenemos un gran sobrante de dinero. Jennifer dice: ¿Y entonces qué? Sonríes. ¡Y entonces nos dirigimos al sendero!

Jennifer toma de su copa, luego la deja a un lado y descansa la cabeza al costado de la bañera, de cara al techo. Suena bien, dice, mirándote con sus ojos de ruleta. ¿Pero y los pasajes para esa línea de cruceros? Agitas unos pasajes imaginarios delante de ella. Vamos. ¿Me olvidaría de algo tan importante? Ella te quita el aire de entre los dedos, se incorpora y lo besa. De verdad quiero irme de aquí, dice, y vuelve a temblarle la voz. Lo sé, le dices. Para evitar que vuelva a largarse a llorar, levantas la copa y dices, ¡Por Arizona!, pero chocas las copas con tanta fuerza que la de Jennifer se rompe, dejando cientos de pequeñas esquirlas en el agua.

Le aprietas fuerte la mano y le dices: No te muevas.

Dos semanas atrás te llamó, así, de la nada, y hoy es el día de la madre y vas a volver a verla. Querías empezar de la mejor forma posible, pero el sábado te acostaste tarde y borracho, y el domingo te despertás con un llamado de ella a las once y veinte de la mañana. Pregunta si vas a ir a almorzar como habían quedado. Decís que sí. Pregunta si vas a ir con Fernanda. Decís que no, que ya le habías dicho. Te pide que por favor no llegues tarde, y cortás. En los últimos días apareció el zumbido de que no haberla visto antes en todo este tiempo fue más que nada tu culpa, y empezaste a pensar cómo se habrá sentido ella. Y es que estar con ella es un truco que aprendiste de chico y desde que dejaste de serlo no volvió a salirte demasiado bien. Encima, cuando te esforzás por ser amable perdés la paciencia. Por algún motivo, sin embargo, confiás en que las cosas van a terminar de acomodarse solas durante el almuerzo. El viernes a la tarde le compraste un regalo y no pudiste acordarte cuándo había sido la última vez que lo habías hecho. También tenés algo que decirle; algunas frases para terminar de emparejar todo.

Es el mediodía del tercer domingo de octubre de un año que no tiene ni tendrá década. Te metés en la bañadera y enseguida entrás en una nada brumosa pero impecable, blanca como el decorado de una propaganda de crema o sal. No hay ningún ruido. Nadás en la pileta de la terraza de una torre de treinta pisos oscuros. Nadie. Apoyás la espalda contra los azulejos del fondo. Mirás para arriba: no hay luces ni ruidos. El agua es tan transparente que cuando desaparece no se nota. El suelo es de pasto y caminás como Kwan Chang Caine, como un Johnnie Walker en un prado escocés, hay ovejas blancas que ahora son una sola nube y abrís los ojos, tosés y escupís un poco de agua fría. No tenés idea de qué hora es porque en ese baño siempre es de madrugada. Escuchás el ruido del tránsito y cómo un vecino tira la cadena, se lava las manos y cierra la puerta del otro lado de la pared.

Algo que ves desde esa esquina sobre la avenida te resulta conocido. Es que un paso detrás de otro, como un autómata, caminaste las cuadras que separan tu departamento de la zona donde viviste con tu mamá y tu hermana hasta hace algunos años. Recién ahora, al recorrer esa distancia, te das cuenta de que no te habías alejado tanto en realidad. No te acordás de qué había antes sobre la avenida. Seguro no eran dos locutorios.

Para pasar por la puerta, tironeado por el deseo casi morboso de comprobar el paso del tiempo, solo tenés que doblar en la esquina y seguir media cuadra, pero te quedás quieto. Ya son las dos y diez en el reloj del celular. Tomás un taxi y cuando arranca tanteás los bolsillos buscando plata para pagar. Llegás y tenés que explicarle al guardia del edificio quién sos. No cree que ella tenga un hijo que él nunca vio en este tiempo. Hace que toqués el timbre. Piso catorce. Te pregunta si estuviste de viaje. Sonreís y escabullís la mirada: sobre la mesa desde la que preside el hall de entrada hay un celular de los más caros. Finalmente, la voz de un hombre desconocido dice por el portero eléctrico que podés pasar. En el ascensor te acomodás el pelo y la ropa frente al espejo. Te detenés en tu cara y pensás en tu hermana. De alguna forma sentís que la abandonaste. Por mucho tiempo, habían sido lo único que quedó en pie de esos primeros años en Buenos Aires, el peinado batido de tu mamá, tu papá flaco y con bigotes. Después vos y ella juntos dieron vueltas en las calesitas a las que los fueron subiendo, como un pasajero disputado por dos taxistas una noche desolada.

Pero todo eso ya pasó y ahora es más simple: solo tenés que compartir algunas comidas al año con las dos, un tipo y su familia, en un piso catorce con palier, la puerta abierta y detrás del ventanal del balcón la reserve ecológica y más atrás el río. Te asomás y no ves a nadie. Volvés a salir y tocás el timbre y esperás, pero nada. Das vueltas por el living y te inclinás para leer los lomos de los libros y ver sus caras sonrientes en los portarretratos. La cautela tensa tus movimientos como si todos los adornos estuvieran a punto de quebrarse en cualquier momento, o como si estuvieras entrando a robar en lo de una familia que se fue a pasar el día al country.

Desnuda envuelta en una toalla, una rubia que no es tu hermana pasa al fondo del pasillo. Antes de cerrar la puerta de la habitación se da vuelta y se queda mirándote un segundo interminable, hasta que desde un costado aparece tu mamá y te abraza. Está igual: un poco más flaca, el pelo más rubio y con otro peinado, con ropa nueva y menos arrugas, pero igual. Te aleja, apoya sus manos en tus hombros, te mira y luego te aprieta. Vuelve a alejarte. Está llorando. Dice que está llorando de alegría. Metés la mano en el bolsillo de la campera y tanteás el paquete dentro de la bolsa. Se abrazan y se dan otro beso. Estás por abrir la boca, casi, y ella vuelve a alejarte, los ojos irritados, y dice que la sigas, que quiere mostrarte el departamento. Pero todos los cuartos están cerrados con llave. Dice que deben estar cambiándose y te muestra los baños: en uno todavía quedan restos de vapor, espuma y una bombacha bordó húmeda colgada de la canilla. Estornudás. Volvés a estornudar. Dice que debe ser por la alfombra y que mejor vayan a la cocina. Seguís estornudando, tanto que es como si lo hicieras a propósito, como si por algún motivo quisieras exagerar la sensación de incomodidad.

Mientras te limpiás la nariz ella pregunta si no le harías un favor. “¿Qué?”. Todos están ocupados preparándose y ella todavía tiene que bañarse y calculó mal y necesita más crema para la salsa, y encima no hay vino y a Gustavo no le gusta comer sin vino. Una puerta se abre y la voz de un hombre, la misma del portero eléctrico pero sin distorsión, le pregunta dónde está. Qué importa si no puede comer sin vino, que se lo vaya a buscar él: están solos y no sabés si van a poder volver a estarlo. Pero al mismo tiempo es como si algo te diera pudor, y vas. Pide que ya que estás saques a Lucky, que sale del lavadero estirando las articulaciones.

Es un barrio nuevo construido en tierras ganadas al río, un club de campo de torres: solo hay edificios enormes, separados unos de otros como si fueran demasiado pesados para ese suelo, rodeados de plazas impecables con árboles y bancos recién plantados. Fue en otra vida cuando tus mejores ideas se te ocurrían paseando a ese mismo perro por plazas derruidas, fumando por cuadras a las que ahora no te animás a volver. Desde afuera, el único supermercado de la zona parece un negocio de objetos de diseño. Atás al perro y te acercás a las puertas corredizas, que se abren solas. Un guardia te agarra del brazo y dice que no se pueden dejar perros atados en la vereda. Protestás, pero él se limita a señalar un cartel que dice que está prohibido atar perros y el nudo de la correa alrededor del poste.

Seguís hasta un coreano sobre la avenida a seis cuadras. Todo es más sucio y ruidoso y no hay problema con atar perros. Vas derecho hacia la heladera de lácteos. El olor a limpiador te hace picar la nariz. Comparás varias bodegas y agarrás dos botellas de vino tirando a caro. En la caja, la señora de adelante desparrama todos los productos sobre la cinta, avanza unos pasos y queda a la misma altura que la cajera, que apenas si puede verla. Sobre la tira de caucho negro hay una planta de lechuga, servilletas de papel, pan, un pedazo de carne de un corte que nunca comiste y dos vinos en envase de cartón. Pide que le avise antes de que sean veinte pesos. La cajera dice que van diecinueve con cuarenta, y uno de los vinos queda sin cobrar. Tiene todo lo demás en dos bolsas. No ves qué pasa con el otro vino —si al final lo agarra o lo deja—, porque mientras abre el monedero le dice a la cajera que la comida está muy cara, que cómo puede ser que la comida sea cara. Saca un billete de veinte arrugado, como si saliera de la mano de un chico que va de compras por primera vez, un billete que estuvo años enrollado en la trompa de un elefante de cerámica con piedras de fantasía. Mientras lo alisa, antes de dárselo, le pregunta a la cajera si tiene madre. Después le pregunta si no le da pena tener que trabajar el día de la madre. Y que tendrían que cambiar eso de día de la madre, dice.

Usa anteojos negros y unas bermudas que llegan justo hasta sus rodillas blancas y un poco fuera de escuadra. A la gente a veces se le nota en la postura del cuerpo cuando está a punto de decir ciertas cosas. Porque su mamá había perdido a su mamá —dijo así, dos veces “mamá”— de muy chiquita, y siempre la había pasado mal todos los días de la madre.

La cajera tiene la mirada perdida en las ofertas de carnicería, y a esta altura ya no debe ver más palabras sino signos de admiración y números a lo largo de las góndolas. Números y signos de admiración, en todas las inclinaciones posibles, en los carteles y etiquetas, y una luz que huele a lavandina cayendo del techo. La señora de todas formas sigue hablando: dice que hubo una época en que se llamaba “día de la familia” y que eso le parecía lo mejor. Apoyás la crema en la cinta: el cartón de vino no está. Costaba un décimo de cada botella que estás por comprar. Mientras pagás, mirás hacia afuera asustado, a ver si el perro sigue ahí. Volvés rápido, casi sin mover los brazos, como si al ser agitada en contacto con el exterior, la crema pudiera echarse a perder en cualquier momento.

Están todos sentados alrededor de la mesa. Le das un beso a tu hermana, un apretón de manos a Gustavo, un beso a cada una de sus hijas y otro al hijo menor, que aunque parezca mentira está usando una remera tuya. No decís nada. Es ella quien lo hace notar, como si eso de alguna forma los hermanara. Debe tener dieciséis o diecisiete, y es uno de esos adolescentes que ya no van a crecer mucho más. Es alto, flaco, tiene el pelo apenas largo y no puede saberse si se afeita o la barba todavía no le creció. En la mesa apenas habla. Te preguntás si tendrán algo más en común, seguro está usando muchas más cosas tuyas. Le decís a ella que tendría que haberte preguntado antes. Te mira mal solo un segundo y agarra tu mano. Te hace un elogio desmedido, casi absurdo, que más que avergonzarte te molesta. No decís nada y ella igual intenta darte un beso delante de todos. Te alejás y apenas alcanza a acariciarte. Sacás la mano. No podés evitarlo: es como que hay algo físico que en algún momento se echó a perder.

Encima vive con otro hombre. No es que te moleste, al contrario: sacando su primer comentario (“¿así que pintás?”), Gustavo enseguida te cayó bien. Y con dos vasos de vino pudiste recubrirte de una capa de genuina simpatía que lubrica tus movimientos con las personas. Te gusta cómo la trata, cómo le habla y los chistes que hace para cambiarle el humor luego de tus comentarios. Y lo que cuenta: que en la semana viajó a su campo y lo agarró un corte de ruta. Pero sobre todo el modo, el tono. Es imposible que a esta altura no te caiga mal cualquier comentario sobre el tema.

Resulta que más adelante había un micro, dice, que llevaba a un grupo que tenía que tocar esa noche en una ciudad en otra provincia. Estaban llegando tarde y se bajaron algunos músicos y otros que no tenían cara de músicos y yo también me bajé del auto para ver qué pasaba, y al rato dos de la banda se pusieron a tocar con los redoblantes de los piqueteros, todos cantaban y arengaban. Eran casi todos chicos, adolescentes y mujeres, dice, de todas las edades, más bien de treinta y pico en adelante, y cinco bicicletas dadas vueltas, con el asiento sobre el asfalto, que acumulaban dos kilómetros de autos y camiones a cada lado. Y después los músicos se sacaron una foto con la bandera, todos sonrientes. Que salga el escudo de la organización, gritó una mujer. Y otro dijo bueno, pero miren que el corte no se levanta.

Eran de un pueblo a tres kilómetros y estaban protestando porque iban a instalar una planta refinadora de algo por la zona. Los músicos tenían que seguir, no iban a llegar, y el productor del recital se acercó y pidió que los entendieran, que ellos apoyaban la causa, que apoyaban todas las causas. Que todavía más: esa campera que él tenía puesta, verde militar gastado, se la había regalado el Perro dos semanas atrás, y Gustavo hace un gesto para subrayar el absurdo. Ellos apoyaban la causa, repitió el productor, y les ofreció leer el petitorio en el escenario esa noche. Y les regaló varias copias del primer disco de la banda y algunas del segundo.

También están sus dos hijas. Sabés que una se llama Delfina y la otra Belén, pero no te acordás de cuál es cuál. Te lo dijeron al presentártelas —mirabas a la de la toalla— pero no llegaste a pronunciar sus nombres en voz alta y te distrajiste, el mantel cada vez más sucio. Las dos son rubias. Una tiene veintiséis, la otra veintitrés. Una de las dos dice algo acerca de los músicos, algo como que a todas las mujeres les gustan los músicos pero al final terminan casándose con los que tienen plata. Podría ser peor: podría haber dicho “pintores” o “artistas”, a secas. Gustavo contesta: en realidad, solo las tilingas. Se lo dice bien, como si todavía estuviera educándola.

La de veintitrés es la que parece más grande, te había contado tu mamá por teléfono con cierta picardía. Un poco te molesta esa complicidad que intenta generar; aunque, es cierto, si vivieras ahí con ellos podrías encontrártela cualquier madrugada en la cocina, en camisón, sentada sobre la mesada, las piernas blancas flexionadas a tu alrededor, la bombacha bordó corrida a un costado, la luz de la heladera abierta y los números verdes del reloj del microondas reflejados en el vidrio de la ventana. Y cuando te cuentan que le cambiaron el nombre al perro y ahora lo llaman Eliot, porque “les gusta más”. Todo bien con T. S. Eliot, con Eliot Ness, Billy Elliot, Elliott Smith, Elliott Murphy, Missy Elliott, pero no se le cambia el nombre a un perro, y de repente empezás a llamarlo cada vez más fuerte “¡Lakiii!… ¡Lakiii!”.

Te callás porque te miran todos menos tu hermana. Tras una seguidilla de gestos le encontrás un parecido con Belén y Delfina, sea quien sea cada una. Por un segundo pensás que la familia es algo que se contagia. Después notás que tu hermana está más cerca de ellas que de vos, y sentís que de algún modo no cumpliste bien con el rol de hermano mayor. Pero ya es tarde. Hay otro segundo en el que pensás que la relación con ella se parece a esa planta que dejaron los anteriores dueños en el balcón de tu departamento. Esa planta que no regás, ni siquiera en verano, y sin embargo se mantiene viva, y a veces hasta da algunas flores.

En el único rato en que volvés a estar a solas con ella, no sabés qué pasa, no podés darle el regalo. Sentís como si el envase estuviera roto o el producto fallado, y en tu cabeza todo salía perfecto. Empezás a toser y a estornudar y Gustavo se asoma por la puerta para ver qué está pasando. Te pregunta si estás bien y ella te frota con un repasador en la cara, con una servilleta de papel. Te dice que tenés que dejar de fumar, que te hace mal. Listo, querés irte. Ella dice “por favor”. Pensás que va a decir algo más, que va a pedirte algo, pero no, vuelve a decir “por favor” y se queda mirándote en silencio. Llueve fuerte y Gustavo ofrece llevarte. Si te negás, vas a terminar arruinándolo, lo sabés, y a fin de cuentas las cosas no salieron tan mal. Es que te gustaría poder controlarlo, pero es un remordimiento retorcido que no podés evitar: siempre que te vas sentís que deberías haberte quedado, y siempre que te quedás un rato más, sentís que ya tendrías que haberte ido.

Adentro del auto solo se escucha el ruido empañado de los limpiaparabrisas. Al frenar en un semáforo, Gustavo ve la bolsa que tenés en la mano y pregunta qué es. Decís que un regalo que te hicieron y no te gustó. Y qué bueno que te hizo acordar, porque te habías olvidado de que tenías pensado cambiarlo, y si no vas ahora no vas a hacerlo más. Él te dice que los domingos en general no se hacen cambios ni devoluciones, pero solo querés bajarte del auto, que no lo tome a mal, y le decís que vas a probar ahora que casi dejó de llover, que por favor te deje en la avenida. Antes de bajarte le das la mano y después un beso.

En la estación de servicio de la esquina hay autos haciendo cola para cargar nafta. Gente inflando gomas y llenando el tanque antes de volver a encerrarse hasta el lunes a la mañana. El domingo a la tarde todavía tiene esa melancolía indeleble de que al otro día hay que ir al colegio, sobre todo una tarde como esta, de mucha cita y poco pensamiento propio. Planeás ordenar un poco y terminar una botella de vino que hay que terminar, y en eso, en el palier del edificio, te encontrás con la del sexto sentada en la silla que usa el portero cuando no tiene nada que hacer.

Pasás al lado de ella en silencio porque después de bajar del auto quedaste algo retraído. Vive en el edificio desde antes de que llegaras, con sus dos hijos, un varón y una chica, de unos seis o siete años, que siempre gritan al bajar en el ascensor. Es de Brasil pero el ex es argentino, alguna vez cruzaste algunas palabras con él en la puerta de calle mientras esperaba que bajaran sus hijos. Por la expresión de ella, es como si estuviera esperando que se los traiga de vuelta. Tu papá siempre llegaba tarde cuando tenía que pasar a buscarlos: una, dos horas. Se te caen las llaves al piso y se da vuelta. Te mira callada, medio aturdida. Decís “hola” mientras apretás el botón del ascensor. Pero no responde, y decís que alguien debe haberlo dejado mal cerrado. Mirás por el hueco de la puerta y decís: “Deben estar descargando un piso de bolsas blancas de supermercado”. Pero ella no contesta y sigue con la mirada perdida en la puerta de calle. De repente se ladea y te dice, como si estuviera terminando una frase que había empezado a pensar o a decirse en voz alta justo antes de que entraras, que por suerte el exmarido acaba de llevarse a los hijos a dormir a su casa, que el varón está insoportable, a la mañana le pegó.

Hay algo en el desprecio hacia su hijo y el abatimiento que traslucen su voz y sus facciones, que te hace recorrerla de arriba abajo y notar por primera vez su cuerpo debajo de las calzas y la remera. Le decís que tu abuela, “la mamá de tu mamá”, era de las que decían eso de que “no hay nada más malo que pegarle a la madre”. Se ríe. Pensás que podrías atraerla insinuando una mezcla de ternura y vigor juvenil. Te parece que sería un trato justo, pero no se te ocurre qué decir y empezás a agitar el paquete. Te sobresaltás cuando detrás tuyo escuchás el ruido de la puerta de metal: son los viejitos del quinto que tardan un par de minutos en salir del edificio.

Suben juntos al ascensor y recién decís algo a la altura del cuarto. “Entonces ahora te quedaste sola…”. Siempre te generó una sensación extraña conocer un departamento del edificio en el que vivís, idéntico y a la vez tan distinto al tuyo. Aunque tal vez te dé impresión mirar de reojo hacia el cuarto de los chicos y ver las camas sin hacer, y en el piso ropa y un brazo negro de un muñeco articulado. “Hasta mañana a la tarde, por suerte, que vuelven del colegio”, dice ella, y abre la puerta, se baja, y se queda mirándote desde el pasillo. El camisón que ibas a regalarle a tu mamá le hubiera quedado bien, por ahí algo corto y un poco ajustado. Te gustaría decir algo sobre esta noche, sobre las noches de domingo que es mejor pasar con alguien que solo, decirle que tenés una botella de vino casi entera que hay que terminar, pero te quedás callado y ella dice, a pesar de que son las seis de la tarde, “que duermas bien”, y cierra la puerta de su lado del ascensor.

El living de tu departamento está vacío y revuelto, las luces prendidas. En la mesa hay tres libros abiertos, un cenicero lleno, fotos desordenadas, el celular y un vaso con rastros de vino oxidándose. Sobre la silla hay una camisa arrugada y en la otra un saquito de té seco que conserva la huella de un par de dedos nerviosos. En la calle no hay viento, ni autos, ni ruidos, apenas algunas luces prendidas de acuerdo a un patrón desconocido. Desde el séptimo piso, esa parte de la ciudad es como una maqueta la noche después de la presentación final.

En el borde de la bañadera hay un frasco de shampoo normal, otro de crema de enjuague, un libro con las puntas florecidas, dentífrico para encías sensibles, una taza de café y un cepillo de dientes. Hay sarro en las juntas de algunos azulejos, la cortina de hule enmohecida en las puntas. Hace frío y nunca podés hacer que la ventana cierre del todo. Estás en la bañadera, abrigado por el vapor y el agua caliente por segunda vez. Hay días que pasarías enteros ahí, abriendo cada tanto con un pie la canilla de agua caliente, corriendo con el otro apenas el tapón, para conservar lo más parecido a un atmósfera amniótica.

Pensás que sería bueno que lloviera. Acto seguido, como si te estuvieran cumpliendo un capricho por lástima, ves un relámpago y algunas gotas que golpean contra el vidrio esmerilado. Pensás en la brasileña, en que no debería ser tan difícil, y en que la próxima que te la cruces va a ser mejor tener algo planeado. Tal vez entrar a su departamento cuando no estén los chicos con la excusa de ver si no está filtrándose en el techo de su baño la humedad que emana de tu bañadera. Mientras tanto, por lo pronto, podrías invitar a alguna chica al cine. Pero no tenés idea de qué dan. Ni siquiera un nombre, un actor.

Cuando llegué a Bruselas empezaba a oírse en algunos medios de comunicación aquella idea del fin del sueño europeo. En general, la desconfianza había aumentado, así como la violencia en los transportes públicos, que siempre comenzaba cuando un pasajero le exigía a otro que bajara la música de su mp3 o su teléfono móvil. Un día, mientras volvía de visitar un estudio que se alquilaba en el barrio de Ixelles, dos grupos de más de treinta jóvenes se zurraban con botellas de cerveza Jupiler en las escaleras del edificio de la Bolsa. Rodaban hasta un puesto de patatas fritas y allí, en un angosto limbo de mayonesa, crudités y fricandela, empezaban a sangrar. Los dueños de los apartamentos a los que llamaba no dejaban de hacerme las preguntas más rebuscadas; un anciano llegó incluso a inquirirme por la frecuencia de mi vida sexual, y (susurró) si las chicas que solía llevar a mi casa eran «sensatas, lo que se dice sigilosas». Hacía años que andaba encadenado, igual que cualquier presidiario de tebeo, a una desagradable bola de inquilinato y mezquindad sin límites. Por suerte, durante una cena a la que fui invitado conocí a Elin. Era sueca. La acompañé a casa tras la reunión. Aunque el anfitrión nos había sentado juntos por ser ambos traductores, habíamos congeniado gracias a nuestro colosal desinterés hacia el resto de personas. Elin se había encargado de la edición de una de las obras de juventud de un candidato al Premio Nobel, un poeta egipcio o turco; la traté de usted, pues no estaba seguro de si ella había cumplido ya los cuarenta. Me dijo que tenía pensado trasladarse a algún lugar de Oriente Medio una temporada, así que me ofreció quedarme en su apartamento durante su ausencia. «Lo ocurrido», me dijo el día siguiente, mientras yo buscaba mis zapatos y ella se cerraba el albornoz, con un pecho todavía al aire, «no le da derecho a tutearme, por descontado». Bélgica era un país vagamente caótico y sin gobierno.

A cambio, yo me encargaría de la gata —Elin me tendió una especie de cartilla sanitaria del veterinario— y de las facturas de la luz y el agua. Además, me comprometía a asumir los gastos de limpieza, lo que significaba pagar las dos visitas al mes de Teresita, una señora filipina. «Carece de permiso de residencia. No quisiera privarla de uno de sus pocos trabajos. Es muy simpática y muy católica», dijo Elin abriendo mucho los ojos, como si la idea le resultara inconcebible, «y todo lo que gana lo manda a su familia en… ¿Manila, es realmente la capital de Filipinas? Tiene una llave de la casa».

Consagrado a mis trabajos de traducción, me las apañaba para no estar presente los días en que Teresita venía a limpiar, unas tres o cuatro horas a partir del mediodía. Por alguna razón aquello me hacía sentir incómodo, igual que cuando uno le da limosna a un tullido y se cuida de mirarle las pústulas. Nunca había tenido servicio doméstico, ni mi situación económica me lo hubiera permitido. Dejaba un par de billetes en la mesa de la cocina y salía a dar una vuelta, a ver la programación de la sala Ancienne Belgique o hasta una biblioteca pública en la que un grupo de holandeses vendía cocaína adulterada tras la sección de poesía extranjera.

De vez en cuando recibía un email de Elin preguntándome por la gata. El animal comía bien y dormía a todas horas, aunque seguía sin cobrarme ningún afecto. Le informé de las cartas del Ayuntamiento de Bruselas que estaban llegando a su nombre y que yo había abierto con su permiso. Aunque habíamos firmado un contrato reglamentario (yo necesitaba un domicilio para mis actividades profesionales; también comprobé la edad de Elin en la fotocopia de su pasaporte, tenía exactamente treinta y nueve años, diez más que yo), el ayuntamiento quería comprobar que la casa estaba habitada por las personas que rubricaban el contrato.

«De momento, no les abras», respondió escuetamente Elin en su siguiente correo electrónico.

(Ella sí había decidido tutearme).

«¿Quiere que no salga a la calle y que permanezca encerrado todo el día?», le escribí yo.

«La casa está también a nombre de mi marido», me explicó en el siguiente mail. (No me sorprendió). «En teoría, él vive allí con nosotros. Se llama Kees. Haz, por favor, lo que te digo».

No contesté. Me imaginé a su marido como uno de esos hombres trajeados que cada viernes llenaban las terrazas de los bares pijos junto a otros empleados de cualquier oficina ministerial (luego, los domingos, Kees cocinaría macarrones enfundado en un pantalón de pana. Ella seguiría amándolo, allá donde él estuviese.) 

Tampoco me encerré en casa de Elin, por supuesto, pero me preocupé cuando empezaron a tocar al timbre. Decidí alejar la mesa de trabajo de las ventanas del salón. En aquella época, yo estaba traduciendo a un autor polaco del siglo xix, fundamentalmente por las noches, entre las diez y las cuatro de la mañana. Antes de dormir, me asomaba al patio interior y, con el corazón en un puño, veía a la gata caminar alegremente por la barandilla del tercer piso. Desafiándome a cinco metros de altura.

Pero aquello continuó. Al principio llamaban a mediodía. Pasaron varios días hasta la siguiente ocasión, a media tarde, aunque ya no podía saber con certeza quién llamaba, si los funcionarios del ayuntamiento, algún conocido o —por qué no— el cartero. Al poco, empezaron a tocar el timbre cada mañana entre las ocho y las nueve, mientras yo estaba todavía en la cama. Me quejé por email a Elin; prometió que iba a ponerse en contacto con el ayuntamiento. Entretanto decidí trabajar en la cocina, en la parte trasera de la casa, cuyas ventanas daban a aquel oscuro patio interior de ladrillos.

Un día, aparté el ordenador y comencé a prepararme la comida. Le estaba dando vueltas a la extraña propensión del autor polaco a que sus personajes mantuvieran agotadoras, interminables cópulas cuando, de repente, mientras almorzaba, oí un crujido proveniente del pasillo de la entrada. Pensé que eran los funcionarios que forzaban la puerta. Me recompuse y carraspeé un par de veces (¿para infundirme valor?). Al asomarme a la escalera vi un par de piececitos descalzos que precedían a un cuerpo diminuto y femenino. Había olvidado por completo qué día era. Se detuvo junto al cajón de arena de la gata y me señaló con la misma mano en la que sostenía un par de bailarinas sin cordones. Empezó a reírse, se cubrió la boca con la otra mano y dijo:

—Me llamo Teresita —apoyó las zapatillas en el suelo, tendiéndome la mano. Hablaba en inglés—. ¿No es divertido? Sí, me llamo Teresita.

Le dije quién era yo. Sin inmutarse, se dirigió a la cocina y rebuscó algo en un barreño en el que yo nunca había reparado, lleno de productos de limpieza. Compuso una mueca insondable y se quedó mirando un reloj de Coca-Cola que había sobre el microondas. Eran las dos menos cuarto. Desde la mesa, yo la observaba con interés mientras terminaba mi sándwich de pollo. Lanzó un gritito:

—Quince minutos.

A continuación extrajo una servilleta de su bolso, un plátano y una botella de agua a medias. De un salto se aupó a una silla al otro lado de la mesa. Lo más probable es que le colgaran las piernas.

—Puede coger lo que quiera del frigorífico —le ofrecí—. Un refresco, cerveza, yogur… También tengo té —nada de aquello era cierto.

Se rió, negando con la cabeza.

—Un plátano está bien. Me gusta comer cada tarde un plátano —me dijo.

Cogí del armario un tenedor y un cuchillo y corté en trozos lo que quedaba de sándwich:

—¿Mucho trabajo? —pregunté.

Mucho trabajo, poco trabajo… Mucho trabajo, poco trabajo —contestó con una sonrisa y su particular entonación musical.

Me levanté por una manzana y comencé a pelarla.

—La semana que viene tal vez venga Elin —dije.

—Cariñosa. Oh, es tan cariñosa la señora Elin… —echó un trago y se quedó mirando a la gata, que acababa de entrar en la cocina atraída por aquel alboroto. El animal arqueó el lomo y agitó el rabo con sacudidas frenéticas, como si únicamente lo electrocutaran a la altura del ano. De manera inesperada tomó impulso y saltó a mi regazo. Pensé que la gata me atacaba; sin embargo, se quedó allí, estática. Apoyó la mandíbula inferior en el borde de la mesa. Teresita terminó su plátano y empezó a aplaudir.

—Es la primera vez —intenté explicarle—. Hasta ahora, nunca antes…

—¿Le gustan los gatos? —me preguntó, limpiándose las lágrimas de júbilo.

—Son una compañía muy buena. Pero también son independientes– ahí acababan todos mis conocimientos sobre esos animales.

—¿Le importa que fume?

Encendió un cigarro y se quedó mirándome, mientras me rodeaba una densa nube de humo de hachís.

—Tabaco aliñado —dije sonriéndole.

—¿Cómo dice?

—¿Le gustan los gatos?

—No, no, no —me respondió, con una mueca de repulsión—. Son sucios y hacen pipí por todas partes —al ilustrar con su brazo aquel «por todas partes» desparramó las cenizas del porro en la mesa.

Saltó de la silla para agarrar un vaso de cerveza Chouffe, que utilizó como cenicero. Sus pies eran los más pequeños que yo había visto nunca.

—¿Come siempre solo? —me preguntó.

—¿Solo?

—Usted solo. O usted solo y la gata, o usted solo y él —afirmó, señalando el ordenador sin tocarlo, como si se tratara de un artefacto explosivo.

—Sí.

Le sacó la lengua a la gata y me sonrió:

—No es bueno que un hombre coma solo. No es sano.

—A mí me gusta —repuse mecánicamente—, me gusta la tranquilidad.

—Pero la gente que come sola se vuelve hosca y dura —dio una larga bocanada y apagó el porro en el fondo del vaso de Chouffe—. Hay que hacerle justicia a la comida.

—¿Quién dice eso? —pregunté.

Permaneció callada y luego exclamó:

—¡Las dos en punto! ¡A trabajar!

Se calzó las bailarinas y empezó a corretear por todas partes. Llenó un par de cubos de agua caliente en la pila de la cocina y desapareció en el baño y luego al otro lado de las puertas del salón. Tras los cristales opacos, los movimientos de Teresita parecían hechos de una sustancia semejante al éter. Seguí trabajando en mi traducción: me hallaba encallado en la descripción de una suerte de Casa del Sueño que aparecía en la obra de aquel autor polaco. En una ciudad de la frontera, donde la nieve se extiende en febrero como una mortaja, se instala una dama rusa llamada Natalia, de soltera Golanova. Recluta a algunos hombres sin trabajo y los pone a limpiar un local en alquiler; son los únicos habitantes desempleados: tullidos, un grupo de finlandeses —que nadie sabe de dónde han salido— y varios enfermos de cáncer de pulmón. El resto de la población se pasa el día en la mina. Una tarde, dos mineros borrachos ayudan a colocar el letrero sobre una pared limpia y renovada: Casa del Sueño de Natalia Golanova. Chiflidos, aplausos, desconcierto. Se rumorea que la tal Natalia tiene la voz ronca y que domina la medicina y modifica el clima en su provecho. Bastan esos rumores para que algunos mineros rebusquen entre la pernera con las manos, pensando ya dónde derramar su goce. Sin embargo, en las habitaciones de la «Casa del Sueño de Natalia Golanova» (todas individuales) no se admiten mujeres. Sus camas son el último grito en descanso en San Petersburgo, reza un cartel colgado en la puerta. Y es cierto, es un descanso muy particular, en el que los trabajadores se deslizan como sobre una mullida cataplasma. No han transcurrido aún dos meses y los hombres ya se reúnen cada domingo en la Casa del Sueño de Natalia Golanova. Bajo el pórtico delantero se relatan sus sueños, la mayoría de los cuales no son más que extensos coitos donde el flexible cuerpo de Natalia sirve para que el autor interprete los destinos del Imperio ruso y de Polonia según las teorías psicofisiológicas en boga.

Eso me hizo recordar que había soñado con Elin, cuyas formas no podía recordar con exactitud. Y eso es siempre un motivo de insatisfacción.

Entonces Teresita irrumpió en la cocina. Llevaba la mano izquierda envuelta en un guante de plástico rosa, lo que provocaba que sus dedos rechonchos semejaran penes de seres minusválidos. Me observaba como quien supervisa a un niño enfermo que manipula un proyectil:

—¿Necesita algo? —pregunté.

—La puerta —dijo—. Están llamando.

Mis pensamientos quedaron en suspenso durante unos segundos. «La gente que come sola se vuelve hosca y dura», volví a repetirme.

—No vamos a abrir —sin darme cuenta la había incluido a ella.

—¿Quiere que abra yo?

—Si lo hace, usted y yo tendríamos un serio problema.

Le expliqué el asunto de las cartas, de los funcionarios y de los controles del ayuntamiento. Instintivamente dio un par de pasos atrás y se situó bajo el hueco del calentador. Se pasó el pulgar por los labios, meditando qué hacer o cómo reaccionar ante aquello. Seguía descalza.

Llené un vaso de agua y se lo tendí. Se lo bebió mirando al frente, como si tuviera las córneas resecas o sufriera hipertiroidismo. Dijo: «No me gusta», pero no aclaró el qué.

Hubo una segunda tanda de timbrazos.

—¿Me daría uno de esos cigarrillos, Teresita?

Lo encendí. Cuando le hube dado un par de caladas, me lo arrancó de entre los dedos y aspiró con los brazos en jarras.

—Puede quedarse todo el tiempo que quiera, si se queda más tranquila.

—¿Elin lo permite? —preguntó indignada, apagando el cigarrillo recién encendido y acumulando todo el rencor posible contra mí—. ¿Por qué está usted en esta casa?

Me acerqué a tranquilizarla. Le pasé un brazo por los hombros e intenté transmitirle afecto y confianza. Parecerle digno de aquella vivienda. ¿Cuántos años tendría Teresita: treinta y cinco, cincuenta y cinco? ¿Tendría hijos? Estaba empezando a odiar a Elin y a imaginar el encabezamiento del correo electrónico en el que le comunicaría que me negaba a pagar las labores de limpieza.

—El señor Kees es tan cariñoso… —dijo algo así como kitsch—. ¿Lo conoce? A veces me llama y tenemos largas conversaciones.

Tomé una decisión, harto de aquello:

—Déjelo por hoy, y no se preocupe por el dinero —saqué dos billetes de mi cartera—. Puede quedarse todo el tiempo que quiera, aquí no van a molestarla.

Se escurrió y encerró en el baño con su bolso. Pasaron varios minutos sin que se oyera nada. Durante ese intervalo, procedí a llenar un cuenco con pienso para la gata. Luego, aterrado, llamé a la puerta del baño. Abrió sin dirigirme la mirada, ataviada con su ropa de calle, con las zapatillas puestas y una diadema de brillantes en el pelo. Tenía la cara sonrosada, como si hubiera emergido de los vestuarios de un reputado club de tenis. Cogió el dinero que yo había dejado en la mesa de la cocina y se lo guardó en algún lugar bajo la blusa.

—Acompáñeme —me dijo de un modo autoritario.

Fui con ella hasta la puerta de entrada. Con un gesto de la mano, me indicó que abriera. Tras obedecer, me instó a que fuera hasta la esquina y controlase la presencia de algún funcionario del ayuntamiento en las inmediaciones. Salí, recorrí la calle hasta la estación de metro y volví sobre mis pasos. Frente a la casa, en la plazuela donde se hallaba el consulado de un país asiático desconocido y recién independizado, un sacerdote se estaba encarando con un mendigo negro que daba vueltas sobre sí mismo encima de unos patines. Hubo un amago de pelea hasta que el sacerdote nos vio a Teresita y a mí.

Teresita me dijo si podía preguntarme algo. La había encontrado sentada en el cordón de la acera.

—¿No siente vergüenza?

Quise preguntarle de qué hablaban Kees y ella. No hubo tiempo. Cuando me disponía a interrogarla sobre el contenido de sus conversaciones con el marido de Elin —si le leía el tarot, su carta astral o algún tipo de homilía—, se agarró a su bolso de imitación, dio la espalda a la plazuela y, con pasos muy veloces, recorrió la calle pegada a la pared. Cuando fue devorada por las escaleras mecánicas del metro de Bruselas, miré al otro lado de la plaza y vi cómo se me acercaban el cura y el negro. Al aproximarse, advertí que el sacerdote era en realidad otro indigente cubierto con una casulla andrajosa, como en una parodia post-punk. Comenzaron a correr, así que me precipité atropelladamente hacia la puerta y, nervioso, cerré con llave. Era cuestión de segundos que empezaran a tocar el timbre. Descolgué el telefonillo, concentrándome en la afonía metálica procedente de la calle: uno de ellos dijo «Buh» (como si quisiera asustar a un niño desvalido) y eructó. Tras unos pocos segundos el estallido de unas risotadas indicó que los mendigos parecían alejarse, igual que todo cuanto me importaba durante aquella época de hosca y dura soledad.


*Este cuento fue publicado en: Solitario empeño © Cristian Crusat, 2015, Pre-Textos.

¿Por qué no comprarles a Mike, Robert o Knosi? Pero los muchachos dicen que Mike, Robert y Knosi no tienen tiempo y que no hay otra opción, así que tenemos que volver a subir, de nuevo tenemos que ir al cuarto apestoso de Watan en el décimo piso, que huele a perro aunque no tiene ninguno, y donde las persianas están siempre bajas, cosa nada agradable. Sentado a la mesa, Watan pesa la hierba con su ridícula romana, agrega un poco y vuelve a pesar, y lo único que uno puede esperar es que no empiece de nuevo a recitar poemas persas, aunque por otro lado da lo mismo porque igual se pone a hablar. Y sabemos perfectamente lo que se viene, me refiero a la cuestión con las astillas de madera que le clavaron a su tío debajo de las uñas, y la cuestión con el huevo caliente que le introdujeron a su tío por atrás. Y después asiente de pronto, como si ahora viniera un chiste, pero solo nos cuenta que su padre era muy valiente, igual de valiente que él, Watan, pesando y pesando y contándonos sobre los panfletos que tenía que repartir en la escuela, pero también eso es algo que ya contó mil veces. Mil veces nos dibujó el símbolo con el alambre de púa y el clavel, y ahora nos pregunta si queremos que nos dibuje el símbolo del partido comunista. Le repreguntamos si no se acuerda del dibujo de ayer, pero él ni nos escucha. Ahora describe la película que estaba viendo en el cine cuando le dispararon a su padre, y eso es algo que conocemos en detalle, así como conocemos la repentina sensación que lo empujó a salir del cine, sabemos que su padre luego se desangró y que era un hombre valiente, esto es algo que mencionó por última vez hace dos minutos. Le decimos: queremos ir a una fiesta, Watan, no tenemos tanto tiempo.

Pregunta si queremos tomar un té.

Y nos hace un té y habla de mujeres, y uno casi podría pensar: ahora se va a poner bueno, pero enseguida notamos adónde lleva esto, y es rumbo a sus tías del Mar Caspio, en donde se alojó junto a su padre muerto, esas eran mujeres de verdad, como ya sabíamos, diez mujeres gordas que se golpeaban la cabeza de la tristeza.

Y Watan se ríe.

Watan se ríe solo, mientras trae el té y otra vez describe a su padre tendido en el sótano ya lavado y maquillado, y cómo lo enterraron luego en el jardín, es algo que sabemos de memoria. Le decimos: Watan, has enterrado a tu padre, y luego anduviste dando vueltas por el Mar Caspio, donde las mujeres se meten cubiertas al agua, y conociste a la pequeña Asfael, que era completamente distinta con su pelo corto. La seguiste por los campos, pasando los árboles de granadas y las chatarras de heladeras, y ella era casi como un muchacho y se sentaba sobre los muros, y cuando besaba, mordía. Pero ¿queremos escuchar todo eso de nuevo, Watan? ¿Queremos escuchar de nuevo cómo de pronto Asfael se fue y vinieron los policías y te pegaron en el estómago porque los habían visto juntos? ¿Y que pensaste que te iban a colgar de una grúa en el depósito de chatarra, y que los policías luego se fueron y al final no te colgaron de una grúa, y que Asfael salió de una heladera y se rio como si no hubiera tenido miedo? Más bien no, Watan, más bien no queremos oír eso de nuevo, no al menos por enésima vez, y por qué traes entonces hojas de parra rellenas y vuelves a hacer el viejo chiste llamando a las hojas de parra las bombachas de Eva. Mejor pesa la hierba, Watan, pesa la hierba.

Y Watan pesa y calla y luego dice: la guerra, y nosotros decimos: no, Watan, ahora menos guerra y más hierba, pues ¿qué es lo que nos falta saber? ¿Es que no sabemos que fuiste llamado a filas y te escapaste y tuviste que esperar tres días en una cueva a los traficantes de personas? ¿No sabemos que vino Asfael, que también quería huir, aun cuando los traficantes estaban en contra, y que al final estuvieron de acuerdo porque ella sacó dinero de su bolsillo? Y que los traficantes se presentaron todos como “Ali”, ¿no lo sabemos? ¿No sabemos que atravesaron las montañas nevadas a caballo y que de tanta nieve que había ya no podías ver nada? Le decimos: sí, Watan, lo sabemos bien, ya cabalgamos mil veces contigo a través de esas montañas, y mil veces nos preguntamos contigo si el caballo está yendo para adelante o para atrás, y si ya estaremos en el más allá. Hemos visto la nieve azulada y las grúas y el alambre de espino, que en realidad no eran eso, y sabemos que el más fuerte de los Ali te pegó, Watan, porque tenías tan poca fuerza. Hemos visto los helicópteros sobre los pueblitos montañeses, y cómo tuvieron que esconderse ustedes entre las cabras, y que tocaste tres veces el mojón de la frontera con Turquía para convencerte de que existía de verdad. Lo podemos recitar dormidos, Watan: eran veinte iraníes y se escondieron en un camión, detrás de unas alfombras, y a tu muchacha le sangró el pulgar y tuviste que besárselo, y ella quería oír todo el tiempo cuánto la amabas, pero tú ya no tenías fuerza para eso. Y alguien volcó el bidón en el que habían orinado y había sido el levantador de pesas de Zahedán, al que ya de todos modos no soportabas, pues siempre andaba mostrando el artículo de periódico con su foto y hablaba en voz muy alta de los premios que había ganado, incluso cuando se detenían en los restaurantes de la ruta, donde no tenían permitido hablar bajo ninguna circunstancia, ¿lo sabías? ¡Déjanos contártelo, Watan, porque lo sabemos muy bien! Asfael se acurrucó contra ti, dejándote sin aliento, y luego había un agujero en la lona y por primera vez volviste a ver casas, Watan, nosotros mismos las vemos.

Aahh, dice Watan, está bien, está bien, entiendo, pero ¿no quieren quizá un huevo caliente? ¿Quieren que les introduzcan un huevo caliente por atrás, como hicieron con mi tío? Y se pone de pie y hace como si fuera a hervir un huevo, pero después arquea una ceja, lo decía en broma, a lo que todos nosotros sonreímos al mismo tiempo, sí, ahora sonreímos casi un poco, pero en realidad no sonreímos, le decimos: por favor, Watan, pesa la hierba. Y él pesa la hierba, pero la charla le brota de adentro, viene desde su labio inferior. Hay una cosa que aún no nos ha contado, que es cómo se pescó sarna, tenía que rascarse el pecho con una cuchara hasta hacerse sangrar, ahí ya estaban en Estambul, Asfael y él, el invierno entero en una pieza diminuta esperando los pasaportes. Y se había tenido que dejar crecer la barba, para solo volver a afeitársela cuando llegara el momento de la foto, porque entonces la piel de abajo quedaba muy blanca y lisa y servía para simular que era más joven, pero a él le picaba también la barba y todo era un solo picor. Y además estaba Asfael, que calentaba el armario, aun cuando Ali había dicho que no había que calentar el armario, y que se habían peleado y que él quería dormir con ella pero ella solo dormiría con él si él la amaba, y que él no podía decir que la amaba. Y que le dijéramos cómo se podía amar a alguien de verdad cuando las persianas están siempre cerradas y el Ali del pan viene solo de vez en cuando, y cuando la única distracción es la televisión turca que solo emite de seis a nueve y principalmente películas de amor de las que uno no entiende nada, solo rababababab, que probablemente significaba te amo. Cómo amar a alguien ahí, que se lo dijéramos. Cómo amarla cuando al fin aparece el Ali mayor con el fotógrafo y dos mujeres dándoselas de rey en su tapado de piel, y aunque le toca a Asfael sus pechos casi inexistentes ella le sonríe amable porque quiere tener sus leños para la calefacción. Y ahí el Ali mayor dice que no usaban suficiente alcohol de quemar y que los iraníes no saben manejar el fuego, y quiere demostrar cómo se usa la estufa. Lo cual era en realidad gracioso, dice Watan, ¿no nos parecía gracioso? El Ali mayor salpicó la estufa con alcohol y tiró dentro un fósforo, se oyó una explosión y una nube gigantesca de hollín tiñó de negro el cuarto entero. Aunque lo que no fue muy gracioso es que el Ali mayor volvió a desaparecer, como castigo por su propia estupidez, y solo apareció con los pasaportes seis semanas más tarde, pero eso no quería contárnoslo, su intención no era ponerse pesado. Tampoco quería contar cómo ese Ali mayor lo siguió jodiendo y le dijo que en el aeropuerto debía decir que tenía un daño cerebral y que se quería hacer operar en Alemania. Y que de hecho dijo eso en el aeropuerto y que voló como turco a Alemania y que ahora se llamaba Amir Huschang Rahbarsare, lo cual sí era gracioso. Pero no quería contarnos eso, tampoco que el funcionario en la ventanilla frotó la fotografía de Asfael y comprobó que la habían cambiado, y que él, Watan, no pudo ayudarla y se quedó mirando el pulgar del funcionario y trató de decir alguna cosa sobre el clima, pero ella ya se había escapado y desapareció para siempre. Y lo que tampoco quería contarnos era que de pronto la amó de verdad, a no ser que quisiéramos escucharlo.

Y nosotros decimos: en el fondo, sinceramente, no, sobre todo no, porque ya nos da pesadillas, Watan, ¡pesa de una vez esa hierba! Y él pesa la hierba y dice: Uf, esta balanza está loca, se las doy así. Ahora sí nos entendemos, y le damos las gracias. Nos levantamos y por fin nos ponemos en marcha hacia la fiesta, aunque claro que antes Watan pregunta si puede venir con nosotros. Pero le decimos que desgraciadamente no, Watan, es una fiesta privada, lo lamentamos, pero seguro que lo entiendes, ¿no es cierto? Y él dice que lo entiende, y sin embargo se viene con nosotros, tiene que ir al quiosco y queda en la misma dirección, pero luego de habernos despedido en el quiosco notamos que no sigue atrás. Siempre que nos damos vuelta, se mueve en alguna sombra, y es muy rara la sensación que tenemos cuando finalmente llegamos a la fiesta. Delante de la puerta están las chicas a las que debíamos traerle la hierba, nos miran pero no parecen interesarse por nosotros, solo alzan la cabeza y preguntan: ¿qué es lo que viene ahí detrás de ustedes?

Y nosotros decimos: es Watan, le compramos su hierba.


*© Andreas Stichmann, 2013. 

Agradezco haber conocido las obras del escritor japonés Yasushi Inoue a una joven colega con la que en el último invierno pasé una tarde larga y ardua. Por aquella época vivía separado de mi mujer y de mi hijo desde hacía unos meses y había alquilado una pieza de hotel en una zona alta de la cordillera del Taunus. La culpa de la separación había sido toda de mi mujer, que me rezongaba constantemente desde que guardo memoria de nuestra relación. Y aparte mi amante tenía pechos más grandes. Solo que vivía a cientos de kilómetros, en Bremen. De modo que tenía suficiente tiempo y razones para reflexionar sobre todas las cosas posibles, por ejemplo también sobre las mujeres.

El día mencionado, la joven colega que me llamaría la atención sobre Inoue había aparecido por la mañana en mi oficina de la redacción. Conversamos sobre un texto que ella había escrito para el periódico. Había puesto especial empeño en componer la primera oración, sonaba magnífica, pero al analizarla con mayor detalle mostraba ser hueca. En líneas generales el manuscrito había salido mal, por razones que no solo se observan en gente que acaba de recibirse en la universidad, aunque en estos casos se den con marcada frecuencia. La autora no sabía lo que quería decir, aunque sabía muy bien cómo quería aparecer ella misma en el texto, cosa que había terminado decidiendo el vocabulario, la sintaxis y el contenido de su manuscrito. Tal vez solo había buscado no mostrar ningún punto débil, pero el resultado era el mismo. Mi tarea se refería de todos modos no a las causas, sino a las consecuencias.

Después de mostrarle a la joven colega que el texto no perdía nada si simplemente se tachaba la oración inicial, en cuya concepción era evidente que había invertido semanas de trabajo; después de señalarle esa y otras carencias y al final le recomendarle que considerase todo el asunto como un intento fracasado y empezara de nuevo, ella estalló en llanto. Algo parecido me había sucedido hacía años con una colaboradora a la que le resultaba difícil asumir que yo, siendo el más joven de ambos, sería a partir de ese momento el que impartiera las instrucciones, y probablemente movida por este sentimiento le había opuesto persistente resistencia a todos mis proyectos. Aquel llanto me había dejado mudo. En rigor, solo se trataba de la estructuración adecuada de determinados apuntes en los expedientes, pero de cara a los hombros delgados y temblorosos de la sollozante mujer, que me había dado la espalda como para ocultar sus lágrimas, me sentí de pronto un descorazonado y un rudo y en mi susto intenté consolarla. Más tarde entendí que con este truco ella solo había conseguido lo que quería.

Por eso esta vez las lágrimas de la joven colega no me impresionan mayormente. Supuse que lloraba para inducirme a publicar su manuscrito. Y de hecho sus lágrimas se secaron al instante cuando le prometí mandar su texto a componer, mientras que en su rostro asomó una sonrisa de liberación, aunque también un poco avergonzada. Si bien me enojaba el malicioso ataque a la tranquilidad de mi corazón, me consolé pensando que la publicación de ese texto intrascendente en un importante periódico ya garantizaba un castigo suficiente.

De este modo quedó restablecida la satisfacción de ambos lados y pasamos a entablar una charla inofensiva, durante cuyo desarrollo se me ocurrió la idea de proseguirla por la tarde. No me seducía regresar a mi habitación detrás de la montaña, e igual de poco me atraía la perspectiva de volver una vez más a pasarme las últimas horas de la tarde en la oficina de la editorial desierta, dejándome afligir por angustioso pensamientos sobre mi hogar tan cercano como inalcanzablemente lejano, donde sabía que estaban mi atónita mujer y mi entristecido hijo.

Así que invité a la joven colega a comer. Hacía tiempo que no conversaba con una mujer de veinticinco años. Creía aún recordar hasta cierto punto qué había sentido y pensado yo y cómo me había visto a mí mismo a esa edad, pero no tan bien como para poder imaginar lo que ahora, con casi cuarenta, encontraría en mi otro yo trece años más joven, si tan solo hubiera podido toparme con él. Esa posibilidad no existía, pero tal vez lograba a cambio mirar en el interior de esta joven mujer, y a través de este rodeo también un poco en mi propio pasado.

Este objetivo no se concretó, y en las largas horas de la tarde me reproché repetidas veces haberlo sabido desde el principio. Por ejemplo tenía muy en claro que ni siquiera con veinticinco años habría sido yo tan obstinado como para querer imponer la publicación de un manuscrito de cuya calidad no podía estar seguro y en contra el consejo de una persona más experimentada, al que si no hubiera acatado por ser inteligente, al menos por mostrarme recatado. Y por supuesto que sabía que una persona que por la mañana se me presenta como engreída y despótica, difícilmente se revele por la tarde como atenta y humilde.

Por otro lado, era una mujer. Aunque el fin de semana anterior yo había resuelto por casualidad el enigma de las mujeres, pensé que no podía perjudicarme recolectar más pruebas para mis nociones aún frescas, en caso de que mi otro propósito – la mirada retrospectiva sobre el pasado – no se dejase llevar a la práctica.

Por lo demás, querido lector, este texto debe ser un ensayo, cuyo objeto es un tema que a mí me ocupa desde hace tiempo y a usted desde hace alrededor de cinco minutos: cómo los autores se representan a sí mismos en sus textos. En caso de que usted crea que mi encuentro con la joven dama perseguía otro objetivo que yo le estoy ocultando, quiero decirle con toda claridad que en este punto se equivoca. En primer lugar, yo tenía ya una amante fija (aquella de los pechos inmensos) y, en segundo, dormía, cuando no estaba en Bremen, casi todos los días con mi mujer. A mí mismo todo esto no me parecía lo correcto, pero así eran las cosas a fin de cuentas, y sabe Dios que con eso me alcanzaba. Solo por seguridad hacía que en mi pieza de hotel tendieran la otra parte de la cama, pues ocupaba una pieza doble. Pero no, qué estoy diciendo: para nada hacía tender la otra parte de la cama, solo pensaba en si por las dudas no debía hacer que la tendieran, para luego tomar distancia de esa idea absurda. En efecto, así era.

De modo que bajo ninguna circunstancia tenía yo asociadas expectativas exorbitantes con el encuentro. Tuvo lugar en un pequeño sushi bar con cuatro mesas, que funcionaba como salita aledaña de un restaurante japonés, en cuyo espacioso comedor los teatrales cocineros preparaban la comida caliente en las mismas mesas en las que estaban sentados los comensales. Todo este restaurante japonés constituía a su vez una pequeña parte de un complejo cuya parte mayor estaba ocupada por un restaurante chino, aun cuando las relaciones entre japoneses y chinos sean en general desde hace algún tiempo poco amistosas. Pegado a los dos restaurantes estaba el hall de entrada de doble altura de un hotel, y a todo esto lo cubría la bóveda de una vidriada galería de compras en medio del centro de la ciudad de Frankfurt. A causa de este intrincado entorno, el pequeño bar siempre parecía estar de alguna forma apartado. Cuando entramos en él, afuera habían empezado a caer los copos de nieve, y el agua derretida de las botas de la gente enturbiaba el reflejo de las luces eléctricas sobre el suelo de mosaicos del pasaje.

Fue una tarde de larga duración. En secreto, me estuve preguntando todo el tiempo por qué no le ponía fin de una buena vez, y encontraba también diversas razones, que no eran en ningún caso especialmente halagüeñas ni para mí ni para la colega. Pero al igual que la joven mujer a la mañana, tampoco yo lograba decidirme ahora a permitir que quedase como malogrado lo que estaba malogrado. En su lugar, una vez que terminó la comida proseguimos nuestra insípida conversación, con fuerzas menguantes, en un rincón del lobby del hotel, bebiendo vino blanco y picando almendras saladas, mientras que una cantante aburrida, embutida en pantalones de polyester color rosa, despachaba melodías clásicas sobre un podio con el acompañamiento de un teclado electrónico. La noche terminaba como esos ríos que se secan en medio del desierto sin nunca llegar al mar.

Afuera la ciudad se había cubierto de una gruesa capa de nieve. Consideré esa nieve como una nieve que me hubiera hecho imposible, y si no completamente imposible al menos desmesuradamente difícil, llegar con neumáticos de verano a mi hotel pasando la montaña Feldberg. Aunque ya había tomado ese rumbo, tras algunas dudas hice girar el auto y lo dirigí, bajo enigmáticos pruritos de consciencia, hacia el este, a través de calles despobladas y sordas, hacia mi ex hogar, adentro de mi ex garage. De allí me dirigí a mi ex cama en el ex dormitorio de mi ex vivienda junto a mi ex mujer. Mirándolo desde una perspectiva actual, admito que en el final provisorio de esa noche agotadora había llegado de alguna manera a la meta (a diferencia de aquellos ríos que se secan en medio del desierto sin nunca llegar al mar), aun cuando conocía esta meta tan poco como conoce un río cualquiera el mar, o igual de mucho. Lo único que me parecía seguro era que mi ex mujer no iba a rezongar si yo me metía inesperadamente a la una y media de la madrugada con pies fríos bajo su frazada.

Más allá de eso, esa noche señaló no solo el principio de mi relación con las obras del escritor Inoue, sino también el tardío comienzo del duradero clima invernal en Alemania. Y cuando el sábado siguiente crucé junto a mi hijo a la isla de Föhr, podíamos estar contentos de que aún circulara algún ferry. Sobre el mar gris flotaban innumerables témpanos de hielo, los copos de nieve se precipitaban insistentemente contra las ventanillas del salón, y allí donde el barco se abría paso a través de la cerrada capa de hielo, era como si a la proa le pegara un puño gigantesco. El hombre que me alquilaba la casa no había exagerado al decir en verano que febrero era el mejor momento para ir a la isla.

Durante el día emprendíamos con mi hijo largos paseos, envueltos en gruesos abrigos. Cuando a la noche me sentaba frente al hogar y me peleaba por teléfono con mi ex mujer y con la lejana amante o escuchaba a la Luna, el niño se acostaba a mi lado y hacía rechinar los dientes mientras dormía. En una de nuestras excursiones por la playa, entre montañas de témpanos altos hasta las caderas (desde mi perspectiva, altos hasta el cráneo desde la de mi hijo) habíamos descubierto en un nicho el cadáver, en su mayor parte descompuesto, de un pato que había quedado cautivado por la helada. Una de las patas del animal seguía aún enredada en los restos de una red verde, y en su resquebrajada caja torácica se veía, como un guijarro solitario, su corazón negro y reseco.

Mi niño no podía dejar de mirar a la criatura muerta, y cuando al fin logró arrancarse del lugar, a los pocos pasos dio media vuelta y regresó allí otra vez. Estuvimos largo tiempo parados los dos juntos al lado del cadáver, rodeados por rugosos témpanos teñidos de marrón por el lodo, bajo un cielo amplio y abierto. Mi hijo me preguntó por la vida y por la muerte, como si yo estuviera informado sobre estas cosas, tanto como lo estaba sobre todas las otras. En sus mejillas había dos pequeñas lágrimas. La imagen de mi turbado hijo, cavilando junto a la helada tumba del pájaro, penetró en lo profundo de mi alma.

Todos los días le leía de los libros sobre ballenas que había elegido en la librería Wyker. Yo me había llevado una pila de literatura, incluido un pequeño volumen de Inoue: La escopeta de caza. Ese libro había llegado a mi oficina como un obsequio inesperado al día siguiente de mi larga tarde con la joven colega. En la primera página ella había escrito una dedicatoria, en la que para mi sorpresa calificaba la tarde anterior como “muy interesante”. Preferí ver en eso una confirmación de mi propia opinión al respecto más que su puesta en duda.

En aquel momento había terminado de leer la novela Musashi de Eiji Yoshikawa. También en ese libro había una dedicatoria: escrita por la mano de mi ex mujer, que me lo había regalado para Navidad, once años atrás. En cierto modo, la novela me había facilitado, al recorrerla por segunda vez después de tanto tiempo, la deseada mirada retrospectiva sobre el pasado. Si bien se me habían grabado varios pormenores de la acción ya en la primera lectura, ahora leí el libro como con otros ojos. Con el correr de los años había adquirido conocimientos que se parecían en algunos casos a los del autor, por lo que ahora descubrí en la novela cosas que antes me habían permanecido ocultas o inexplicables, a la vez que también podía en paralelo traer a la memoria mi mirada anterior. Pero al igual que una década atrás, me sentí tocado por las conclusiones de Yoshikawa, en las que compara la voluntad y las opiniones de las personas con el rumor de las olas: “… pero ¿quién conoce el alma del mar, cien pies abajo? ¿Quién conoce su profundidad?”.

Para los días en Föhr me había propuesto leer Shogun de James Clavell, pues ese libro trata sobre la misma época japonesa y se dirige, lo mismo que la obra de Yoshikawa y con el mismo éxito, a un público amplio, aunque de gusto occidental. Me habían estimulado a establecer la comparación, entre otras cosas, los comentarios realizados por un experto en Japón acerca de las historias de amor – muy distintas – en ambas novelas. Pero al mismo tiempo tenía sed de más literatura japonesa, así que resultaba apropiado tener en mi maleta el librito de Inoue. Es una novela corta, no llega a cien páginas. Reproduce fundamentalmente tres cartas, todas dirigidas al mismo hombre: una de su esposa, una de su amante y la tercera de la hija de esta última. Después de La escopeta de caza leí todos los libros de Inoue que pude conseguir, aunque lamentablemente solo un puñado ha sido traducido hasta ahora al alemán.

Siento la inclinación por decir que en los escritos de Inoue encontré las respuestas a muchas preguntas que me preocupaban por entonces. Pero lo que en verdad ocurrió es que los textos de Inoue me ayudaron a encarar mejor esas preguntas, ejerciendo un silencioso influjo sobre mi visión de las cosas, entre las cuales también se encuentra aquel tema que como usted, mi cortejado lector, ya sabe, es el objeto de este ensayo: la autorepresentación del autor en sus propios textos. Objetará usted que todo lo que hasta aquí he escrito sobre el asunto no puede ser tomado como un ensayo, sino en el mejor de los casos como algo distinto. Y no lo discuto. Pues hablando con sinceridad, yo no sé escribir ensayos. Una sola vez me torturé redactando uno, apareció en 1989 en el suplemento cultural de los sábados del Frankfurter Allgemeinen Zeitung y me valió, como bien puedo decir, un cierto reconocimiento, tal vez usted lo haya leído. En aquel momento, nadie negó que se tratara de un ensayo. Pero yo como su autor lo sé: solo me hice pasar por ensayista, acercando mi texto lo mejor que pude a un ensayo. Pero no lo era.

En lo que concierne a Inoue, la lectura de sus libros me insumió más tiempo que los doce días que pasé con mi hijo en la nevada isla del Mar del Norte. Entretanto había llegado la primavera, y yo había dejado de pensar en la larga tarde con la joven colega, a quien hacía tiempo que había perdido de vista y cuya vida se había cruzado con la mía únicamente aquel día de invierno. No se me hubiera ocurrido que era ella a quien yo debía agradecerle haber conocido a un autor que para mí significaba tanto como ningún otro en muchos años. Pero cuando un día volví a tomar La escopeta del cazador, mi mirada se topó con su dedicatoria.

Me acordaba de la tarde en el sushi bar precisamente como la he relatado; pero ahora todo eso me pareció sumamente extraño. ¿Cómo una persona que no compartía mis opiniones, que ni parecía siquiera haberlas entendido, había podido llevarme justamente a un autor que había calmado tantas de mis ansiedades? Aún recordaba por ejemplo que la colega había intentado darme lecciones sobre mi padre de manera realmente ridícula. También en las otras cosas su manera de pensar me había parecido de todo punto arrogante. Ahora que conocía a Inoue, no me podía explicar qué era lo que esa mujer podía haber aprendido de un autor como ese. Por supuesto que, como resulta obvio, durante la comida también habíamos hablado sobre Japón, y fue probablemente en ese contexto que ella mencionó La escopeta de caza. Pero luego volví a acordarme: el libro debía ser una prueba.

Se trataba del enigma de las mujeres. Que yo lo tenía resuelto es algo que con buen tino me guardé para mí. Mi silenciado pensamiento de base era: las mujeres son distintas. Admito que, así escrito, no suena excesivamente novedoso. Para los profanos puede incluso dar la impresión de que no he mencionado aquí la solución, sino otra vez solo el enigma. Pero a mi criterio, mi conclusión contiene algo revolucionario. Luego de haberlo pensado por una vez a fondo, me encontré en ese estado de ánimo en el que uno no usa sus conclusiones para echarlas como cebo a otras personas, sino que se ocupa de buscarles alimento a las conclusiones mismas. Y lo cierto es que lo encontraba en todas partes, por ejemplo en el viejo poema chino, de casi tres mil años de antigüedad, que dice: “El hombre listo construye el muro / La mujer lista destruye el muro”.

Habría sido absurdo recitarle justo a una mujer la sabiduría que ponía de manifiesto este verso del Shijing, mucho más si esa mujer era aquella joven colega, que estaba convencida de que toda la diferencia entre los géneros se limitaba a que las mujeres eran “sensibles” y los hombres no. No fue en última instancia alrededor de esta teoría de ella que dio vueltas nuestra lenta conversación. Entremedio, mi colega me había hecho desviar la mirada hacia los acontecimientos que tenían lugar en la mesa de al lado, donde cenaba un grupo de japoneses. Uno de ellos, un hombre pequeño que debía estar promediando los sesenta, parecía ser una personalidad importante, pues toda la atención de los más jóvenes se dirigía a él, mientras que él mismo se ocupaba casi exclusivamente de los alimentos que le iban trayendo uno después del otro. De las conversaciones que se entablaban a su alrededor, solo de vez en cuando pescaba una oración que lograba despertar su interés; entonces – y solo entonces – giraba la cabeza ligeramente en la dirección desde la que había llegado la frase. Pero su atención nunca duraba mucho, y enseguida bajaba la mirada hacia su plato.

No sé cómo ocurrió, si es que mi acompañante y yo de pronto entendíamos japonés o si, como resulta aún menos probable, los japoneses de la mesa de al lado empezaron a hablar en alemán, o si, como me parece lo más evidente, la situación tenía una cualidad supracultural, de modo que cualquiera debía poder entender lo que sucedía allí. Durante la comida, la mujer del hombre pequeño, que estaba sentada al lado, lo estuvo agobiando con consejos del tipo “¡De eso solo come la mitad!” o “Eso es ácido, ¿no prefieres dejarlo de lado?”. “Tienes razón, solo voy a comer la mitad; mejor no como nada de eso”, murmuraba sumisamente su marido en voz baja, como llamándose a razón, para luego volver a anunciar de cuando en cuando, como en un soliloquio: “¡Qué delicado! ¡Me lo como igual!”; y al final siempre terminaba comiendo todo lo que tenía en el plato.

Mi acompañante descubrió en el comportamiento del señor Tanizaki – pues tal era su nombre, como me enteré después – una inaudita piel de elefante, una falta de “sensibilidad” típicamente masculina, frente al amoroso esfuerzo de su esposa, que se desvivía de preocupación por la salud del señor Tanizaki. ¿Realmente debo exponer que la misma cuestión se me presentaba a mí bajo una luz completamente distinta? No, porque lo único que me interesa aquí es que en el transcurso de esta discusión, la joven colega mencionó la novela corta de Inoue: ese libro trataba según ella exactamente nuestro tema, describiendo de la manera más impresionante e irrefutable cómo las mujeres se hacían trizas contra la inaccesibilidad de los hombres.

Por supuesto que la novela describe en todo caso la ilusión de determinadas mujeres de hacerse más o menos trizas contra el carácter inaccesible de un hombre determinado. Muy poco se cuenta sobre el hombre, y ese poco casi exclusivamente desde la perspectiva de aquellas mujeres. Como las tres también opinan sobre las otras en sus cartas y cada una de ellas se engaña de manera dramática, al leerlo me pareció improbable que justo las mujeres hayan podido aprehender de verdad la esencia de aquel hombre. Ya por eso solo, cuando volví a recordar que el libro debía servir como prueba de una suposición, no pude considerarlo como una prueba válida, por ni hablar de que la joven colega había olvidado la circunstancia de que el autor del libro, y con él también las cartas de las mujeres que contenían sus páginas, era un hombre. Visto desde esta perspectiva, al que le debía agradecer haber conocido a la novela y a su autor era en última instancia a un simpático malentendido. Y sin embargo, hay una cosa en que le di a la joven colega toda la razón: se trataba de una obra de un maestro extraordinariamente sensible y, como me permito agregar, bondadoso.

A menudo he intentado en los meses siguientes rastrear en los libros de Inoue su personalidad como si fuera un espectro. Y al final también se me resolvió este enigma, ya lo habrá notado usted. En aquella época, mientras que los témpanos de hielo se derretían, también mi vida volvió a sufrir una extraña restructuración. De manera inexplicable, la costumbre de rezongar desapareció de mi mujer y pasó a mi lejana amante. Y en algún momento del verano siguiente, cuando ya vivía hacía tiempo de nuevo en mi casa, también mi hijo dejó de rechinar los dientes mientras dormía. ¿Fue todo nada más que un sueño? Ay, querido lector, seguro que usted no puede decírmelo.


*Copyright © Volker Zastrow, 1998.

* Traducido con el apoyo del Instituto Goethe.

The Short Story Project C | The Short Story Project INC 2018

Lovingly crafted by Oddity&Rfesty