Luego de juntar las botellas de cerveza en las barracas del aserradero, los hermanos caminaron hacia el bosque que había detrás de su casa para comer moras silvestres hasta que sus panzas reventaran y las puntas de los dedos se les tiñeran de púrpura.

–Mírame. –Ben se arrodilló, formó un arma con la mano y apuntó a un gorrión apoyado en una rama–. ¡Pum!

El pájaro levantó vuelo entre los árboles. Cuando los muchachos estaban en el bosque, Ben pasaba un largo rato hablando sobre armas de aire comprimido.

–No los asustes –dijo Henry. La mamá de ellos tenía tres jaulas en la cocina –una con pinzones, una con pericos y otra con un loro gris– y a Henry le agradaba pasar un dedo por la reja para acariciarles los vientres o sentir las punzadas de los picos. Cada mañana, a Henry le parecía, trataban de escapar. Con la primera luz los podía oír aletear, chillar y golpearse contra las jaulas metálicas. Al mediodía se aquietaban, y a la tarde dormían. Siempre había barullo en la cocina a la mañana, con los pájaros y la máquina de café y los hermanos.

–No es de verdad –dijo Ben. Se puso enfrente de Henry y apuntó el arma hacia su ojo morado–. ¡Pum!

Henry se estremeció y miró para otro lado.

–Bombachudo –dijo Ben. Así les decía su padre a los hombres que no respetaba. Siempre que Henry escuchaba la palabra recordaba la ropa interior de su madre, de color caramelo y que terminaba más arriba del ombligo. Ben recogió dos ramitas y las hizo girar entre los dedos como si fuesen nunchakus, mientras daba golpes circulares con sus piernas. Apuntó una ramita al ojo inflamado de Henry.

–¿Todavía te duele?

Era la primera vez que Ben aludía al asunto.

–No –mintió Henry.

El área que rodeaba el ojo era de un púrpura oscuro, y por la mañana, cuando Henry se había acercado al espejo y empujado el párpado hacia arriba, había descubierto en su córnea una telaraña de sangre. Aquel día Ben había permanecido del otro lado del cerco de la escuela, mirando a través del alambre tejido a los muchachos que gritaban maricón y perseguían a Henry por el campo, en dirección a los árboles. Henry pensaba que en el bosque habría muchos lugares donde esconderse. Una parte de él creía que si conseguía pasar la línea de los árboles, podría desaparecer o subir hasta las ramas altas de los perennes como una criatura alada.

–Es por acá –dijo Ben cuando llegaron a una bifurcación del camino. Buscaban una cueva que habían descubierto el día anterior, más allá de un claro y un arroyo. A Henry no le permitían cruzar el agua porque no era un gran nadador, pero Ben sabía cómo llevarlo a que hiciera cosas, como meterse seis maníes en la nariz. Henry los había resoplado casi todos, pero debió ir a la guardia de la clínica por los dos últimos.

Esta vez llevaban fósforos, robados de la guantera del auto de su madre. La cueva había estado oscura como boca de lobo y Henry se había rajado su remera favorita mientras se arrastraba para salir luego de que un grito de Ben le aturdiera los tímpanos. Ben solo se estaba mofando, pero en la oscuridad absoluta de la cueva Henry se había imaginado la piel áspera de un oso frotándose con su mejilla.

Ahora se podía ver el arroyo, serpenteando entre árboles cubiertos de musgo, y Ben corrió hacia allí, vadeó, alcanzó la otra orilla y salió empapado. Se quitó la remera y, antes de ponérsela de nuevo, la escurrió y alisó las arrugas de la tela sobre el pecho. “Necesitamos una antorcha”, gritó desde el otro lado, mientras juntaba puñados de pasto seco y ramitas del suelo. Henry estudió la longitud del arroyo buscando un lugar de cruce seguro. El agua era profunda por tramos, arremolinándose un poco en torno a las rocas. Henry cruzó por una línea de grandes piedras, pisando con mucho cuidado las resbalosas rocas verdes. Procuraba no pensar en la idea de caer al agua y que su cuerpo fuese arrastrado hasta el océano. Cada verano, el primer día que pasaban en el lago, su padre le tomaba el tiempo en su reloj pulsera mientras Ben nadaba a lo largo de la orilla. El padre comparaba el resultado con el del año anterior y anotaba los números en una libretita que cabía en el bolsillo de su camisa. Henry se quedaba en la orilla y miraba, apoyado en la pierna de su padre, dejando que el cuerpo se le relajase, los brazos colgando como si estuviera enfermo o muy cansado. Cuando Ben volvía a la orilla, su padre sacaba un trozo de lápiz para anotar y le daba palmadas en la espalda, mientras Henry se secaba las gotas que caían sobre él.

Cuando Henry llegó a la entrada de la cueva, Ben se adentraba a gatas, la antorcha apagada debajo del brazo. Henry se apresuró a seguirlo y chocó con la cola de Ben sin querer. “Déjame espacio, ¿quieres?”, dijo Ben, tirando unas patadas. Una de ellas dio a Henry en la nariz y le provocó un estornudo y un espasmo de dolor en el ojo.

El túnel que llevaba a la cueva era estrecho y, mientras se arrastraban, sus cuerpos bloqueaban la luz de afuera por completo.

–¿Qué pasa si hay osos? –dijo Henry, imaginando que un pelaje tocaba su piel.

–El agujero es muy chico, tonto. –Ben amortiguaba la voz.

La roca húmeda abrazaba a los hermanos, que se deslizaban ciegos por el pasaje, hasta que de repente desaparecieron las paredes. El aire se volvió lozano, fresco y amplio. Henry tanteó en el espacio oscuro y no sintió nada. Se sentaron en el vacío por un rato, en silencio, cerca uno del otro, sus rodillas juntas. Henry procuró aquietar su respiración para que pareciera normal; la cueva exageraba hasta el más mínimo sonido. Ben encendió un fósforo, el resplandor delicado titilando, apenas alumbrando el pequeño círculo entre ambos. Lo llevó hacia la antorcha y la llama se agitó antes de extinguirse. Encendió un segundo fósforo y la antorcha prendió, resplandeciendo y llenando el espacio con un humo que olía como la paja cuando arde.

–¡Mierda! –La cara de Ben se desfiguraba a la luz extraña del fuego mientras movía la antorcha–. Esto es genial.

La cueva era un círculo casi perfecto con paredes de roca pulida y un suelo polvoriento e irregular.

–Genial –dijo Henry, pero el nudo en el pecho no se iba mientras miraba las nítidas sombras moverse en la cara de Ben.

A pocos metros de los hermanos, algo se desprendió del techo y cayó cerca de sus pies. Se acercaron y examinaron el bulto negro, antes de levantar la mirada y encontrar una negra alfombra que se estremecía sobre ellos. Antes de que Henry comprendiera lo que había visto, Ben tiró la antorcha y corrió fuera de la cueva. En la oscuridad ahora completa, la impresión golpeó a Henry como un rodillazo en el estómago: el techo de la cueva estaba lleno de grandes arañas negras. Henry se precipitó hacia el túnel, pero no había luz adelante. Por un segundo, se preguntó si no se había confundido, si no estaba internándose más y más en la cueva. Sus brazos temblaban mientras se agarraba a la oscuridad procurando orientarse. Se chocó con algo suave, tanteó y sintió la trama rígida, el jean de la campera de Ben, sus hombros huesudos. Henry empujó la espalda de su hermano, pero Ben había clavado los talones, bloqueando la salida con el cuerpo. La garganta de Henry se angostó y produjo un gemido ahogado, un ruido como de animal. “Benny, déjame salir”. Todo el cuerpo de Henry temblaba y las lágrimas corrían por sus mejillas. “Por favor”. Sus gritos se volvieron aullidos frenéticos, haciendo eco en la cueva como si no fuesen ya suyos. Se revolvía como una de las aves enjauladas al alba. Y entonces, de repente, todo cedió: la luz se derramó sobre el cuerpo de Henry y él salió de la boca del túnel, revolcándose en el suelo, sacudiendo los brazos y manoteándose el cuerpo.

–Sácamelas –gritó Henry–. Sácalas.

–No tienes nada –dijo Ben, doblado, riendo tan fuerte que lloraba. Se secó las lágrimas de las mejillas y las manos sucias dejaron en su cara marcas de barro de guerrero. Aunque sabía que estaba a salvo, Henry no podía parar de gritar, sus ojos salvajes y amplios hacia el bosque circundante. Ben lo tomó de los hombros y lo sacudió.


*Corrección: Maximiliano Papandrea

 

Existe el destino de las corbatas, como existe el destino de los grandes elefantes asiáticos

Manuel Vilas

 

8 de enero de 2018

No las soporto. Las quemaría en una hoguera sucia, de gasoil, sin sándalo ni rituales. Sus estampados son dementes. Combinan unicornios y gallinas, enredaderas y rosas, diamantes y palos de golf. Sus fondos son siempre chillones: azul zafiro, amarillo pollito, naranja calabaza… Representan toda una época, los gloriosos 70 y 80 españoles, cuando los mejores restaurantes eran humo, vino, chuletón y carcajada. Las corbatas de mi padre empujan hacia los abrazos, la guasa, la camaradería y los güisquis. Hacia esa diversión masculina que tanto ayuda a cerrar buenos negocios. Por supuesto, son de seda italiana, tejidas en los más distinguidos talleres de Milán. Sus dibujos forman filigranas, simetrías infinitas dignas de Escher, cosidas por artistas que conocen la fina línea que separaba la originalidad del ridículo. Corbatas azules y lisas, como las mías, son propias de hombres con el alma congelada. El imaginario del sufrimiento solo nos interesa a los tarados.

Mi padre ama la luz y los focos: le encanta protagonizar las reuniones, convocar las cenas y, sobre todo, solucionar los problemas ajenos. Lo pidas o no te facilitará la mejor radioterapia si sufres un cáncer de pulmón o encontrará tus maletas si se pierden en Nueva York tras una ciclogénesis explosiva. Después, por supuesto, exigirá gratitud eterna. Un hombre así solo puede llevar corbatas que luzcan como un castillo de fuegos artificiales. Desde que cumplió 80 años las ha abandonado, va al despacho con camisas de cuadros y barbour, como si fuera a cazar gansos, y se ha empeñado en regalármelas. Lo hace, como todo en su vida, con orden y criterio: cada lunes a las ocho de la mañana, envueltas con mimo en papel de seda, deja dos sobre mi mesa. Son 244, acumuladas durante decenas de Navidades, cumpleaños y juntas de accionistas. A veces imagino sus cientos de dibujos y colores tendidos en el suelo, creando un mosaico cegador, digno de un museo del espanto.

Soy incapaz de llevarlas. Entrar a la oficina con una corbata amarilla me avergüenza tanto como ir en chándal. Me refiero a uno viejo, gris y ancho. A un chándal de yonki, no a unas mallas Nike pegadas a la piel, que en nuestros tiempos pueden vestirse hasta en los desayunos del Ritz. Por supuesto un macho alfa como él, pese a encontrarse en plena senectud, no puede callarse y siempre ha criticado mi timidez, que identifica con mi falta de espíritu comercial.

Es el fundador del bufete y su presidente honorario. Un hombre hecho a sí mismo desde el dolor de la posguerra. No sé si pasó hambre, tampoco si su padre llevó alguna vez corbata. Aunque yo dirija el negocio desde hace más de 10 años nunca me he atrevido a pedirle que me ceda su despacho. Sigo en mi cuartucho interior, lleno de papeles hasta el techo. Las reuniones ocurren en la sala de juntas que completa su estancia, bajo sus fotos con dos Reyes, cinco presidentes del gobierno y D. Alfredo Di Stéfano. No son complementos inútiles: los clientes confían en los abogados de rancio abolengo. Por ahora hemos soportado la crisis y hemos mantenido a sus mejores clientes, pese a la competencia salvaje. Trabajo un promedio de doce horas al día. He duplicado mis dioptrías y he abandonado a mis amigos, que solo me escriben en Navidades, pero por supuesto la cuenta de resultados brilla con esplendor gracias a mi padre.

He decidido esconder las corbatas a mi mujer, amontonándolas al fondo de mi armario, sin preocuparme de que su seda italiana se arrugue. No tengo coraje para, simplemente, tirarlas a la basura. Si hubieran sido de tergal lo habría hecho pero, ¿cómo iba a desperdiciar metros y metros de seda italiana, tan antigua y suave? Las corbatas no solo ocupan espacio en el armario, también en mi subconsciente. Ni siquiera me planteo colgarlas de mi cuello, pero me causan una ansiedad continua, instalada en el pecho, en el estómago, en los pulmones, hartos de tabaco.

 

12 de enero de 2018

Mi padre no atacó  el primer día. Se limitó a observar, a esperar que me confiara, como un felino salvaje. Hoy, viernes, a las 12 de la mañana, dejando así tiempo para la culpa festiva, se ha plantado en el área de trabajo, ha agarrado mi corbata azul y, delante de todos los empleados, ha dicho:

-¿Qué? ¿Te avergüenzas de tu padre?

-No, estoy muy orgulloso de ti. ¿Por qué me dices eso, papá?

-Por nada, hombre, por nada. Regalaré las corbatas a quien las aprecie.

-Es la costumbre, siempre llevo las mismas. Las tuyas me encantan. Son muy originales.

-No mientas, siempre has sido un soso. Tienes casi cincuenta años y no sabes ni vender una escoba.  

 

17 de enero de 2018

Como una de las claves de mi vida ha sido evitar los conflictos, comprender a los demás, decidí llevar dos al despacho y ponérmelas en cuanto entro a la oficina. Son las más discretas: lunares amarillos sobre fondo azul y unas discretas locomotoras de vapor sobre un naranja desvaído. Tan noble empeño solo sirve para evidenciar mi falta de carácter. Me pongo tan nervioso que ni siquiera me escondo en el baño. Frente a los empleados deshago el nudo de mi corbata lisa y me planto la de mi padre, sin abrocharme el último botón ni enderezar la camisa. Queda colgando, como la corbata de un payaso. El primer día soltó una carcajada. Hoy me ha llamado al despacho y, mirándome a los ojos, ha dicho:

-Si no te gustan mis corbatas, no las lleves y asume las consecuencias, pero no me hagas quedar por tonto –mientras tanto la ansiedad recorría, con su velocidad habitual, la boca y los pulmones para plantarse en el estómago. He salido de su despacho en silencio, con las locomotoras echando un humo negro, que mancha su belleza infantil.

 

18 de enero de 2018

Ha llegado al mediodía y le ha regalado dos corbatas al viejo Tomás, un abogado insoportable que sestea por las tarde y solo sirve para hacer reverencias a clientes que cada día le desprecian más. Ya no besa las manos a las señoras, gracias a Dios. Sé que, como siempre, estoy perdido. Una de las causas del desvarío ha sido empeñarme en repetir exactamente los mismos hábitos, sin darme cuenta que los buenos propósitos nada pueden contra las inercias de un padre con proporciones bíblicas.

Acabo de tomar una decisión. No sé si se dirige hacia el futuro o hacia el pasado. Siempre creemos que progresamos, lo necesitamos para seguir viviendo. Debemos construir una épica, creer que avanzamos, aunque solo demos vueltas alrededor del vacío. Ese paso ha sido salir de casa sin corbata –es lo más moderno, en Sillicon Valley solo las llevan los paletos, le he dicho a mi mujer y a mi hijo-, esconder una de las suyas en la funda del ordenador y anudarla en el ascensor de la oficina, evitando así la vergüenza de pasear por mi barrio con una corbata estampada con margaritas azules. Los empleados murmuraron y ríeron los primeros días, o tal vez no, siempre he sido un poco paranoico. Lo más probable es que, como casi siempre, ni me miraran: para ellos el jefe sigue siendo el jefe. Si me respetan no es porque cada día 28 pago las nóminas. Me respetan porque soy su hijo. Sangre de su sangre, aunque menos roja, más aguada. Incluso le miran, buscando su asentimiento, cuando les pido que hagan horas extras.

5 de marzo de 2018

Uno de los negocios del despacho es la administración de comunidades de propietarios. Hoy he asistido a una junta que se ha alargado hasta las dos de la madrugada. ¿Alguien sabe lo que es aguantar a diez vecinos gritándose entre sí durante dos horas, sin descanso, desahogando toda la ira que les causa su familia, su trabajo y su vejez? No podéis saberlo, queridos lectores, aunque lo creáis no conocéis el auténtico horror. Creéis que los psicópatas son los asesinos gringos que veis en las series de Netflix, pero no. Los psicópatas auténticos son los presidentes de comunidades de propietarios. Mi padre nunca perdía la sonrisa: conocía al ser humano mejor que yo, sabía que no estaba regido por la razón sino por las emociones, que las goteras no tienen importancia porque busca cariño y reconocimiento. Sus corbatas multicolores, su eterna simpatía, se lo daban. Una contabilidad perfecta no regala el mismo amor que un trozo de trapo lleno de paramecios. Salí al frescor de la noche, estaba tan cansado que solo me apetecía meterme entre las sábanas. No me quité la corbata y regresé con ella a casa. Mi mujer no sabía nada. Él me las daba a escondidas, como si fuesen parte de un alijo de droga.

-Qué corbata tan bonita –dijo desde la cama, medio dormida. Como encendió la lámpara de la mesilla, se levantó, empezó a preguntarme sobre la junta e incluso me preparó un vaso de leche caliente con miel, decidí confiar en ella y le enseñé el fondo de mi armario, lleno de colores destellantes, inmunes al polvo.   

-Son preciosas, obras de arte. ¿Por qué están aquí, escondidas? –dijo mientras las alisaba sobre nuestra cama. Mañana las planchamos.

-No me agobies, por favor. Ya sabes que el estilo de mi padre no es el mío…

-Tienes que alegrarte la vida. Llévalas, quien renuncia a su padre renuncia a sí mismo –dijo en voz baja, mirándome a los ojos-. Además tu padre es mucho mejor comercial que tú. Tal vez aprendas, hombre. Ya es hora de que asumas tu responsabilidad y le dejes disfrutar de sus nietos.

Me puse el pijama, tomé un lexatin y dormí dos horas, repletas de pesadillas. Al día siguiente no fui a trabajar. Llamé a mi padre y le dije, con los nervios en la boca, que estaba enfermo. Pasé el día caminando por la Gran Vía, arriba y abajo, con la cabeza gacha y las manos en el bolsillo de la gabardina. Solo pensaba en un tema: mi padre, mi padre, mi padre, mi padre. A las cinco de la tarde entré en el museo del jamón. Pedí un montado y una clara con limón. Frente al espejo manchado de grasa vi mi rostro de cuarenta y siete años comido por las arrugas. No podía seguir así. O le aceptaba o me iba del despacho, tal vez a un templo budista de Nepal, porque no podía permitirme la pobreza al borde de la cincuentena. De repente, como caída del cielo, vino la respuesta. Soy mi padre, no puedo evitarlo, la lucha no tiene sentido. Soy mi padre, soy mi padre, me repetía mientras bajaba las escaleras del metro, sacaba la tarjeta de transporte y esperaba la llegada del tren. En el vagón decidí llevarlas todos los días. Incluso la amarilla con flores de lis azules, digna de un heredero al trono de Francia pasado de cocaína. No se puede luchar contra la genética.

12 de marzo de 2018

El inicio ha sido difícil, pero la costumbre ayuda. Mi padre se hizo el despistado durante los primeros días, pero cuando vio que la progresión se consolidaba se acercó a mi despacho y señaló su corbata con la mayor sonrisa de su vida:

-Preciosa, una de mis favoritas.

Me ha convocado a una comida con D. Fermín, un aristócrata dueño de cotos de caza donde matan perdices las mejores escopetas de España. Hasta entonces para él yo era una especie de gerente, carente del alma que se necesita para las auténticas decisiones. No dijo nada sobre la preciosa corbata morada con bolas de navidad, pese a estar en primavera, que llevaba. Pero mi padre me dejó hablar, permitió que Fermín se interesara por los avances del despacho y dijo que a la próxima comida iría yo solo. Fue el inicio del cambio. Incluso viene menos a la oficina. Se ha apuntado a un taller de pintura y anteayer dijo que el despacho le venía grande, que tal vez habría que pensar en un cambio. Todo ha mejorado en mi vida: he vuelto al gimnasio, mi mujer me toca el paquete por la mañana y mi hijo me dice cuánto me quiere cada noche. Por supuesto sigo llevando cada día sus corbatas. Cada mañana, mientras me lavo los dientes, repito el mantra: soy mi padre, no puedo evitarlo. Los superhéroes, antes de tomar conciencia de sus poderes, suelen vivir un periodo de penurias, compuesto por trompazos y lamentos. Ese periodo ha durado cuarenta y siete años. Soy el primero con sienes plateadas.

Mis corbatas lisas, o con leves estampados geométricos, están en el fondo del armario, arrugadas. Nadie pregunta por ellas. La asistenta un día las planchó y las colocó junto a las de mi padre, pero volví a tirarlas al fondo. Me encantaría regalárselas a mi hijo, pero prefiero que se quede las de mi padre. Incluso en su mundo poshumano, dominado por los robots y la noche eterna de la contaminación, triunfará quien asume su pasado.

El Tamagotchi de mi hijo tenía sida. La mascota virtual aparecía reproducida en la pequeña pantalla LCD en no más de treinta píxeles, pero su enfermedad era evidente. Tenía ese aspecto de los enfermos de sida. Estaba más flaco que antes. Algunos de sus píxeles se habían apagado y las pupilas de sus ojos enormes eran más pequeñas, lo que le daba una mirada vacía.

Le había comprado a Luke el Tamagotchi, que se llamaba Meemoo, solo unas pocas semanas atrás. En realidad él había pedido un gatito, pero Gabby no quería un gato en la casa. “Un gato traerá pájaros muertos y toxoplasmosis”, dijo, apoyando protectoramente sus manos abiertas en su panza hinchada.

Un Tamagotchi parecía la mejor salida: algo que despertara empatía en Luke y que él pudiese cuidar, que le enseñara los rudimentos del cuidado de una mascota para cuando el bebé hubiera nacido. El libro decía que la empatía es una de las cosas que a Luke le resultarían difíciles. Le daría trabajo leer expresiones faciales. El Tamagotchi solo tenía tres caras distintas, así que sería una buena manera de practicar.

Juntos, Luke y yo miramos a Meemoo enroscado en un rincón de su pantalla. A veces Meemoo se levantaba, rengueaba hasta el rincón opuesto y dejaba un montoncito de algo. Ignoro qué era ese algo, o de qué orificio salía; la resolución no era tan buena como para distinguirlo.

—Lo estás alimentando demasiado —le dije a Luke. Él lo negó, aunque se había pasado horas sentado en el sillón apretando botones, así que estoy seguro de que lo había hecho.

No hay mucho más que hacer con un Tamagotchi.

Leí el manual de instrucciones que venía con Meemoo. Sus necesidades eran simples: comida, agua, sueño, juego. Se suponía que Meemoo daba señales cuando requería cualquiera de estas cosas. El trabajo de Luke como cuidador de Meemoo consistía en apretar el botón apropiado en el momento apropiado. El manual decía que la sobrealimentación, la subalimentación, la falta de ejercicio y la tristeza podían enfermar a un Tamagotchi. Una pequeña calavera negra con huesos cruzados aparecería en la pantalla cuando esto ocurriese, y apretando el botón A dos veces, luego B, se podría administrar un remedio. Las instrucciones advertían que a menudo sería necesario darle dos o tres dosis del remedio, dependiendo de cuán enfermo estuviese el Tamagotchi.

Volví a revisar la pantalla de Meemoo y no había ninguna calavera con huesos cruzados.

En las instrucciones se leía que si el Tamagotchi muere, uno puede resetearlo insertando un lápiz por el agujero que hay en el dorso. Una nueva criatura nacería.

Cuando por fin Luke se fue a dormir y ya no podía verme acosando a su mascota virtual, encontré el agujero en el dorso de Meemoo y le clavé la punta del lápiz. Pero cuando lo di vuelta Meemoo seguía ahí, tan enfermo como antes. Se lo clavé algunas veces más y después probé con un alfiler, por si no estaba llegando bien al fondo. Pero no se reseteaba.

Me pregunté qué pasaría si Meemoo se muriera, ahora que el botón de reseteo no funcionaba. ¿Una falla había despojado al Tamagotchi de Luke de su inmortalidad? ¿Tenía solo una oportunidad en la vida? Creo que eso lo hacía mucho más especial y en cierta manera me volvió más tenaz en la busca de una cura para Meemoo.

Conecté a Meemoo a mi computadora, una nueva característica que viene con esta generación de Tamagotchis. Esperaba que apareciera en pantalla un asistente que ayudara a hacer un diagnóstico y lo resolviera todo.

Una ventana de Tamagotchi surgió de pronto en mi computadora. Había muchas criaturas mutantes de grandes ojos y que se sacudían llamándome la atención, incluyendo a otro Meemoo, que aparecía como en el dibujo de la caja, antes de enfermarse. Una de las opciones en la pantalla era “sincronizar tu Tamagotchi”.

Cuando lo hice, el limitado mundo de Meemoo, con sus píxeles grises y cuadrados, se convirtió en mi pantalla en una animación tridimensional a todo color. El espacio vacío en el cual vivía Meemoo se reveló como un jardín de invierno lleno de plantas improbables que crecían bajo un sol Tamagotchi rosa pálido. En el medio de este mundo, recostado en la alfombra, estaba Meemoo.

Lucía terriblemente mal. En esta versión cabal de la habitación de Tamagotchi, Meemoo parecía una cosa arrugada. Tenía los pies resecos y despellejados. Sus ojos, antes de un blanco brillante y con nítidos reflejos, estaban amarillentos y opacos. Había costras alrededor de la nariz. Me pregunté qué clase de mente desquiciada podía haber creado un juguete para niños que fuese capaz de llegar a un deterioro tan abyecto.

Hice clic en cada botón disponible hasta encontrar el botiquín medico. Desde allí se podía arrastrar y soltar pastillas en el Tamagotchi. Supongo que Meemoo debía comerlas o absorberlas, pero simplemente se quedaban alrededor de él, como si Meemoo se negase a tomar el remedio.

Probé con Meemoo el mismo truco que hago con Luke para que tome el remedio. Lo mezclé con comida. Arrastré una pata de pollo de la tienda de alimentos y la coloqué encima del remedio, con la esperanza de que Meemoo se levantara y comiera las dos cosas. Pero se quedó echado allí, mirándome con la boca un poco abierta. Su aspecto de enfermo era tan convincente que me pareció sentir su mal aliento saliendo de la pantalla.

Envié un sarcástico correo electrónico a los creadores de Meemoo en el que describía su estado y preguntaba qué debía hacer para que recuperase la salud.

Una semana más tarde no había recibido respuesta y Meemoo estaba aún peor que antes. Le habían aparecido unas manchitas de un gris pálido en el cuerpo. Cuando lo conecté otra vez a mi computadora, esas manchitas se revelaron como profundas llagas rojas. Y por el modo en que el sol Tamagotchi se reflejaba en ellas, uno podía deducir que estaban húmedas.

Fui a una juguetería y les mostré el Tamagotchi.

—Nunca vi a uno que hiciera algo así —me dijo una muchacha desde el otro lado del mostrador—. Debe ser algo que hacen los nuevos.

Un día, al regresar del trabajo, me sorprendió que Luke hubiera invitado a una amiga a jugar. La amiga se llamaba Becky y también tenía un Tamagotchi. Gabby intentaba que Luke invitase a alguien al menos una vez por semana para ayudarlo a socializar.

El Tamagotchi de Becky me dio una idea.

Esta generación de Tamagotchis tenía la capacidad de conectarse con otros Tamagotchis. Si uno ponía su Tamagotchi a menos de un metro del de su amigo, las mascotas virtuales podían jugar o bailar juntas. A lo mejor, si yo conectaba los dos Tamagotchis, el botón de remedios en el de Becky podía curar a Meemoo.

Al principio Luke se resistió violentamente a darme a Meemoo, aunque yo insistía en que solo quería ayudarlo. Pero cuando soborné a Luke y a Becky con galletitas de chocolate y un paquete de papas fritas, ambos accedieron.

Cuando Gabby volvió de colgar la ropa limpia estaba furiosa.

—¿Por qué les diste a los niños papas fritas y chocolate? —me dijo, tirando al suelo la canasta vacía—. Estoy a punto de servir la cena.

—Déjame tranquilo un segundo —le dije. No había tiempo para explicaciones. Solo tenía unos minutos antes de que los niños reclamaran sus juguetes y me estaba dando trabajo hacer que los Tamagotchis se encontraran; quizás el virus había afectado la conexión Bluetooth de Meemoo.

Finalmente, cuando puse los conectores uno junto al otro, hicieron un sonido agudo al mismo tiempo y los dos personajes aparecieron en ambas pantallas. Me maravilla cuán gratificante fue eso.

Meemoo parecía enfermo también en la pantalla de Becky. Apreté A dos veces y después B para suministrar el remedio. No pasó nada.

Probé de nuevo. Pero los dos Tamagotchis seguían ahí parados. Uno sano, el otro enfermo. Sin hacer nada.

Luke y Becky volvieron con los dedos aceitosos y las caras marrones de chocolate. Les dije que se limpiaran las manos en los pantalones antes de jugar con los Tamagotchis. Estaba a punto de desconectarlos, pero cuando advirtieron que tenían el personaje del otro en su pantalla se entusiasmaron y fueron a la mesa de la cocina para jugar juntos.

Serví un vaso de cerveza para mí y media copa de vino para Gabby (su límite diario), y después, al descubrir a un costado las papas fritas, me agarré la bolsa.

Más tarde, cuando había terminado la cerveza y era hora de que la madre de Becky la pasara a buscar, Becky me extendió su Tamagotchi.

—¿Puedes arreglarme a Weebee? —preguntó.

El Tamagotchi rosa de Becky ya presentaba los primeros síntomas de la enfermedad de Meemoo: los rasgos macilentos y grisáceos, la postura encorvada, el letargo.

Mientras oía que la mamá de Becky estacionaba el auto, comencé a apretar los botones de remedio, sabiendo que no iban a funcionar.

—Solo necesita descansar un poco —le dije—. Déjalo tranquilo hasta mañana y todo estará bien.

Habían invitado a Luke a una fiesta de cumpleaños. Normalmente era Gabby quien lo llevaba a las fiestas, pero ella se sentía mal; estaba teniendo un primer trimestre particularmente malo esta vez. Entonces me convenció de que fuera yo, aunque odio las fiestas de niños.

Advertí que muchos otros niños de la fiesta tenían Tamagotchis abrochados a la trabilla de sus faldas y pantalones. A cada rato interrumpían el juego para levantar sus Tamagotchis y controlar que estuvieran bien, y de vez en cuando apretaban un botón para satisfacer alguna de sus necesidades.

—Estos Tamagotchis están locos, ¿no? —le comenté a otro papá que estaba parado al borde del jardín, de brazos cruzados.

—Sí —sonrió.

—El de mi hijo se enfermó —le dije—. Esta mañana se le cayó uno de los brazos. ¿Puedes creerlo?

El papá se me acercó, súbitamente serio.

—No serás el papá de Luke, ¿no?

—Sí, lo soy —le dije.

—Tuve que comprar un nuevo Tamagotchi gracias a ti.

Arrugué el ceño y sonreí, pensando que no podía estar diciéndomelo en serio, pero mi gesto pareció molestarle.

—Becky Willis estuvo en tu casa, ¿no es cierto? —continuó—. Su mascota contagió a la mascota de Matty porque se sientan juntos en clase. La mascota de mi hijo se murió. No sé si pedirte que me pagues el nuevo.

Lo miré fijo a los ojos buscando alguna señal de que estuviera bromeando, pero no la había.

—No sé qué decir —le dije. La verdad es que no lo sabía. Pensé que estaba loco, especialmente por la manera en que se refería a los Tamagotchis como “mascotas”, como si fueran mascotas reales, no solo treinta píxeles en una pantalla LCD con pocas más funciones que mi reloj de alarma—. A lo mejor, el tuyo tenía otra cosa. El de Luke no se murió.

El otro papá sacudió la cabeza y resopló, y después se volvió para mirarme de costado, formando un pliegue en su cuello regordete.

—No lo habrás traído, ¿no? —dijo.

—Bueno, Luke lo lleva a todos lados —dije.

—¡Por dios! —dijo y después literalmente pasó corriendo por encima de una partida de Twister para agarrar el Tamagotchi de su hijo y asegurarse de que estuviera a salvo. Tuvo una discusión con su hijo cuando se lo desprendió de la trabilla del pantalón, mientras le decía que lo iba a guardar en el auto por seguridad. Hacían tanto ruido que la madre del niño que cumplía años fue a calmarlos. El papá se acercó para hablarle en voz baja y, mientras él hablaba, ella dirigió la mirada al suelo, luego a mí, luego a Luke.

Ella atravesó el jardín hacia mí.

—Hola. No nos conocemos —dijo, mientras me ofrecía la mano con una sonrisa agradable—. Soy Lillian, la mamá de Jake. —Nos dimos la mano y le dije que era un gusto conocerla—. Estamos por hacer el juego del paquete —dijo.

—Ah, qué bien.

—Sí, y me preocupa que los otros niños se contagien de… —Abrió la boca, para mostrar sus dientes apretados, y asintió buscando mi comprensión, para evitar la vergüenza de decirlo en voz alta.

—Es un juguete nada más —le dije.

—De todos modos, preferiría…

—Haces que parezca…

 —Si no te molesta…

Sacudí la cabeza ante la locura de la situación, pero accedí a ocuparme del tema.

Cuando le dije a Luke que debía llevarme a Meemoo por un minuto, se puso como loco. Dio un pisotón y puso la mano en forma de garra y gritó: “¡Supertejón!”.

Cuando Luke se convierte en Supertejón, cualquiera en un radio de dos metros sale lastimado. Supertejón es feroz. Sus afiladas uñas rasgan antebrazos. Su pasión es sacarte los ojos.

—Bueno, bueno —dije, retrocediendo y levantando las manos para defenderme—. Puedes quedarte con Meemoo, pero entonces tendré que llevarte a casa.

Luke arrugó tanto la nariz y el ceño que apenas conseguía verle los ojos oscuros.

—Te vas a perder la torta de cumpleaños —agregué.

Luke relajó sus garras y me entregó a Meemoo con un gruñido. Meemoo estaba caliente y me pregunté si se debía a las manos transpiradas de Luke o a que el Tamagotchi había levantado fiebre.

Tomé a Luke de la mano y lo llevé hasta la ronda que algunas mamás preparaban para el juego del paquete, mientras hacía desaparecer a Meemoo en el bolsillo. Senté a Luke y le expliqué qué iba a ocurrir y qué debía hacer. Un niño delgado al que se le habían caído los dos dientes delanteros nos miró a mí y a Luke, preguntándose qué tramábamos.

Tuve que esperar hasta el lunes para revisar los correos electrónicos en el trabajo. No había noticias de los creadores de Tamagotchi. Durante el almuerzo, mientras salpicaba salsa boloñesa sobre el teclado, puse en el buscador de Google “Tamagotchi” junto con cada sinónimo de “virus”. No pude encontrar nada que no fuese las habituales indicaciones de darle los remedios cuando aparecía la calavera con los huesos cruzados.

A media tarde, cuando estaba en la penúltima reunión del día, un anuncio por altavoz me pidió que me comunicara con recepción. Cuando se oye un anuncio por altavoz todos saben que se trata de una emergencia, y cuando es para mí, todos saben que tiene que ver con Luke. Me fui del salón de reuniones y corrí hasta mi escritorio, esforzándome para no mirar todas las cabezas que se volvían hacia mí.

Gabby estaba en espera. Cuando recepción la comunicó, ella estaba llorando. Luke había tenido uno de sus episodios. Corto esta vez, para él, solo ocho minutos, pero desde que había recobrado el sentido el lado derecho de su cuerpo estaba paralizado. Esto era algo nuevo. Me aterraba que sus episodios estuvieran cambiando, que estuvieran evolucionando de algún modo. Le dije a Gabby que se calmara y que me iba para ahí enseguida.

Cuando llegué a casa la ambulancia seguía estacionada fuera, pero el equipo estaba guardando los instrumentos.

—Está bien —me dijo uno de los hombres de la ambulancia mientras yo corría por el camino de entrada.

La parálisis de Luke había durado quince minutos una vez terminado el episodio, pero ahora podía moverse de nuevo con normalidad, salvo por una flojera en el borde de la boca que le hacía arrastrar las palabras. El hombre de la ambulancia dijo que esto ocurre a veces y que no teníamos de qué preocuparnos.

Abracé a Luke, enterré mis labios en su cabello abundante y le di un beso en un costado de la cabeza, deseando que viviéramos en un mundo en que los besos arreglaran cerebros. Acaricié su espalda, esperando encontrar tal vez un pequeño botón de reseteo, hundido en un agujero, algo que pudiese apretar para empezar de nuevo, que borrase todos los garabatos de la pizarra y la dejara en blanco otra vez.

Gabby estaba sentada al borde de un sillón tomándose la panza.

—¿Estás bien? —le pregunté.

Ella asintió, sacó un pañuelo de la manga del cárdigan y se limpió la nariz. El mayor temor de Gabby era que los problemas de Luke no fueran solo de él, sino más bien de la fábrica que lo había hecho. ¿Y si todos los hijos que teníamos juntos venían con el mismo defecto de diseño?

Todos los médicos nos habían dicho que la probabilidad de que ocurriera dos veces era mínima, aunque imagino que nunca podríamos relajarnos por completo. Sabía que mucho después de que hubiera nacido nuestro segundo hijo, los dos seguiríamos buscando las señales del diagnóstico que al comienzo habían parecido tan inocentes en Luke.

Llegó a casa una carta del colegio en la que se prohibían los Tamagotchis. Se habían muerto los Tamagotchis de otros tres niños y no podían ser resucitados.

—La gente me señala cuando a la mañana dejo a Luke en el colegio —me dijo Gabby. Se frotaba las sienes con los dedos.

La situación había ido demasiado lejos. Meemoo se tenía que ir.

Cuando fui a decirle a Luke que tenía que despedirse de Meemoo, estaba sentado al borde del arenero dando inyecciones a la arena con una pajita amarilla.

—¡No! —me ladró y puso su cara disgusto. Aferró a Meemoo con el puño y se cruzó de brazos.

Gabby salió con su libro.

—¿Me puedes ayudar, por favor? —le pregunté.

—Te podrías ocupar tú esta vez, para variar —me dijo.

Traté de sobornar a Luke con una galletita pero se enojó todavía más. Traté de mentirle, le dije que necesitaba llevar a Meemoo al hospital para que lo curasen, pero había perdido su confianza. Al final solo me quedaba una opción. Le dije a Luke que tenía que ordenar los juguetes en el jardín o le iba a confiscar a Meemoo por dos días enteros. Sabía que Luke nunca iba a ordenar los juguetes. La parte del cerebro a cargo de ordenar debía de estar en la zona dañada. Pero cumplí mi papel y se lo volví a pedir un par de veces y, cuando se enfureció todavía más, dando pisotones y pateando cosas, comencé a contar.

—¡No cuentes! —dijo, reconociendo lo definitivo de una cuenta regresiva.

—Vamos —le dije—. Te quedan dos segundos. Recoge los juguetes y te puedes quedar con Meemoo.

Si hubiese ordenado los juguetes, me habría maravillado tanto como para permitirle conservar a Meemoo, con sida y todo.

—Tres… dos…

—¡Para de contar! —gritó Luke, y luego el temido—: ¡Supertejón!

Los dedos de Luke se curvaron hasta adoptar esa forma familiar y terrible y vino por mí. Yo logré esquivarlo, pero tropecé con un balde.

—Uno y medio… Uno… Vamos, te queda solo un segundo. —Una parte de mí debía de estar disfrutándolo, porque no podía contener la risa.

—Basta —dijo Gabby—. Eres cruel.

—Tiene que aprender —le dije—. Vamos, Luke, tienes todavía una fracción de segundo. Comienza a ordenar los juguetes ahora y podrás quedarte con Meemoo.

Luke rugió y arremetió con el Supertejón contra mí, contra mis brazos y mi cara. Lo agarré por la cintura y lo di vuelta como para tenerlo de espaldas. Supertejón me hundió las garras en los nudillos mientras yo luchaba por arrebatarle a Meemoo de su otra mano.

Para cuando conseguí sacarle a Meemoo, ya tenía tres cortes con forma de media luna en los nudillos y dolían una barbaridad.

—¡TE ODIO! —gritó Luke llorando. Entró corriendo en la casa como una tromba y cerró de un portazo.

—Te lo mereces —dijo Gabby, mirándome por encima de sus anteojos de sol.

No podía tirar a Meemoo sin más. Luke nunca me lo perdonaría. Podría convertirse en uno de esos momentos formativos, algo que podría torcerlo para siempre y ocasionarle toda clase de problemas de confianza en el futuro. En cambio, me propuse practicarle a Meemoo una eutanasia.

Si encerraba a Meemoo en el gabinete de medicinas del baño y le retiraba las cosas que lo ayudaban a sobrevivir (comida, juego, cariño y aseo), el sida se iría fortaleciendo cuanto más él se debilitara envuelto en sus emanaciones. El sida lo iba a derrotar. Y cuando Meemoo estuviera muerto, o bien se resetearía como un Tamagotchi saludable o bien moriría definitivamente. Si volvía a ser saludable, Luke podría conservarlo; si moría, Luke aprendería una lección valiosa sobre la mortalidad y yo le compraría otro para alegrarlo.

Era tentador espiar a Meemoo mientras estaba en el gabinete del baño, mirar sus momentos finales, pero el Tamagotchi tenía sensores que detectaban el movimiento. Podía interpretar mi atención como cuidado y ganar así un poder extra para resistir al virus que lo destruía. No, tenía que dejarlo solo, a pesar de las tentaciones.

La presencia de Meemoo dentro del gabinete del baño parecía transformar su apariencia externa. Pasó de ser un gabinete de medicinas a ser algo distinto… a ser otra cosa.

Después de dos días enteros, ya no pude resistir más. Estaba seguro de que Meemoo había sucumbido. Luke estaba determinado a presenciar el momento en que yo abriera el gabinete del baño y no tuve fuerzas para discutírselo.

—Está bien —le dije—. ¿Pero aprendiste que tienes que ordenar tus cosas?

—Devuélvemelo —dijo, malhumorado.

Abrí el gabinete y extraje el Tamagotchi. Meemoo estaba vivo.

Había perdido tres de sus miembros; solo le quedaba un brazo, que estaba extendido debajo de su cabeza. Un ojo se le había convertido en un puntito apenas visible. Su circunferencia pixelada estaba rota en algunos lugares, poros amplios a través de los cuales sin duda entraban y salían cosas invisibles.

—Esto es ridículo —dije—. Luke, lo lamento, pero vamos a tener que tirarlo.

Luke me arrebató el Tamagotchi y corrió gritando hacia Gabby. Estaba temblando, con la cara roja y transpirada.

—¿Qué hiciste ahora? —me reprochó Gabby.

Me sostuve la frente con las manos.

—Me rindo —dije y subí pesadamente las escaleras hasta el dormitorio.

Encendí el televisor y me puse a mirar un programa de cocina. Había algo tranquilizador en el modo en que el chef sellaba el atún sobre la sartén que permitió a mis pulsaciones aquietarse de a poco.

Gabby me llamó desde abajo.

—¿Puedes venir y traer a Luke? La cena está casi lista.

Bajé las escaleras rozando el borde de cada escalón, disfrutando de la presión en las plantas de mis pies. Salí de la casa en medias. Luke estaba enterrando una pelota de futbol en el arenero.

—Es hora de entrar, enanito —le dije—. La cena está lista. —Me ignoró.

—Vamos, entra, Luke —dijo Gabby a través de la ventana abierta. Y al oír  la voz de su madre, Luke se levantó, se sacudió la arena de los jeans y entró, evitándome cuidadosamente mientras pasaba.

Una gota de lluvia cayó en la punta de mi nariz. Las nubes estaban bajas y pesadas. Eran de esas nubes irregulares que tardan días en vaciarse. Cuando me di vuelta para entrar, advertí que Luke había dejado a Meemoo junto al arenero. Hice ademán de agacharme para buscarlo, pero me detuve, me paré, entré, y cerré la puerta.

Después de la cena, le tocaba a Gabby llevar a Luke a la cama. Preparé un té y me apoyé en la parte posterior del sillón, descansé los codos en el alféizar de la ventana e inhalé el vapor caliente de la taza. Afuera, la lluvia golpeaba el césped, hacía cráteres en el arenero y sacudía al Tamagotchi. Pensé cuán ridícula era la culpa que estaba sintiendo, pero por algún extraño sentido del deber seguí mirando, hasta que la lluvia lavó toda la luz del cielo.


*Corrección: Maximiliano Papandrea

La noticia la trajo Darío, el hijo del panadero. Supimos que algo había pasado en cuanto lo vimos parado en los pedales, acercándose bajo el sol del mediodía. Alguien dijo: “¿Y ese? ¡Si es Darío!”. Estábamos sentados en la terraza, agobiados por el aire caliente e inmóvil que se había instalado la última semana, y lo único que se oía era el murmullo a mar del ventilador. Frente a mí, Clara dormitaba con el vestido enrollado sobre los muslos huesudos y aquel pecho de pájaro embalsamado, raquítico, que se elevaba apenas lo suficiente para dejar entrar un poco de aire. Al lado estaba sentada mamá, toda de negro a pesar del bochorno de la canícula; tenía el pelo levantado con horquillas y su moño parecía una torre mal armada. Más lejos, la Gorda Teresa y su marido, Jesús. Los dos estrenaban ropa, como les gustaba hacer los días de fiesta patria; ella una solera y él una camisa que la Gorda le cosió con el resto de tela que le había sobrado. En eso pensaba yo, justo antes de que alguien, tal vez la propia Gorda, descubriera la bicicleta en el camino. “Sí, dijo Clara después, Darío”. Nos incorporamos un poco, sin fuerza para levantarnos de las reposeras. Mamá se persignó, y en la cara de todos se percibió el desasosiego de los malos augurios.

–Hilda, andá preparándole algo al pobre –dijo mi madre, y acompañó con un impulso de la cabeza.

Enganché los pies en las sandalias y me levanté con lentitud. Los huesos crujieron; había algo dentro del cuerpo que se resistía al movimiento, que amenazaba con quebrarse como una rama seca. Al pasar frente al ventilador, con su aire leve y tibio, me detuve un momento y dejé que el viento me golpeara la cara y empujara el pelo hacia atrás.

A medida que se fue acercando, pude oír el ruido de las llantas en el ripio. Yo lo esperaba en la puerta, con el vaso de limonada en la mano. Darío se detuvo a unos metros de la casa, apoyó un pie en el piso y saltó de la bicicleta, que cayó de lado levantando polvo. “Buenas, señora Hilda”, me dijo de lejos. Estaba hinchado de calor y los ojos se le perdían en la cara como dos orificios hechos a prepo. En la mano sostenía un paquete envuelto en papel marrón. El sol golpeaba con fuerza, y aunque me había resguardado en la línea de sombra que arrojaba el alero, volví a sentir el pelo pegado en la nuca y ese calor dañino que subía de la tierra.

–¿Qué traés ahí? –le pregunté.

Dio unos pasos hacia mí, como indeciso. No sabía si darme la noticia primero, el pobrecito.

–¿Tu madre no te dijo que te podés enfermar a estas horas?

No se animaba a acercarse del todo o bien no sabía qué decir, porque se quedó inmóvil bajo el rayo del sol, erguido y solemne como un soldado, mientras el sudor le chorreaba la cara y empapaba la camiseta.

–Traigo un pan dulce –dijo, y me ofreció el paquete con las dos manos.

Le hice una seña hacia el interior del porche:

–Vení, ¿no querés limonada?

Él asintió y se acercó con pasos temerosos. Me extendió el paquete y una vez que tuvo las manos libres se limpió la frente y los ojos con las palmas extendidas antes de aceptar el vaso. El paquete estaba hirviendo y a través del papel pude sentir el pan aplastado y pegajoso.

–Decile a tu madre que gracias –dije, pero no sé si me oyó, porque tenía la cara encajada hasta las cejas dentro del vaso y la garganta le hacía ruido al tragar.

Cuando terminó, levantó los ojos hacia mí y habló lento, todavía jadeante:

–Él está de vuelta –miró hacia abajo, dentro del vaso vacío, como si esperara algo. Luego revolvió la lengua, que yo imaginé fresca y húmeda, y pareció tomar impulso:–. Se lo dijo el señor Augusto a mi mamá y ella no le creyó pero él dice que lo vio todo el mundo, que está acá, y vivito y coleando. Eso fue lo que le dijo Augusto, y que viene para acá, y que mejor era avisarle a la señora Luisa o le podía dar un soponcio.

–Un soponcio.

–Sí, un soponcio –volvió a decir, y algo en los ojos le brilló, la fugaz ilusión de que una cosa terrible pudiera suceder.

–Bueno, yo le aviso. ¿Querés otro vaso?

Dudó, pero luego negó con la cabeza y miró en dirección de la bicicleta tirada en el camino.

–Gracias por el pan, decile a tu madre. Y vos no te preocupes que yo le aviso.

Eso pareció tranquilizarlo. Tal vez tuviera miedo de que lo arrastrara hasta la terraza y lo obligara a repetir esas mismas palabras frente a mi madre. Entonces el soponcio, un desmayo, un grito descontrolado de felicidad. Llanto, tal vez. Las manos alzadas al cielo, los ojos en blanco, la lengua dada vuelta, ahogando la garganta seca, descreída ya de milagros. Y Darío ahí, como un ángel con sus alas de metal calientes y herrumbradas.

A mí la noticia no me sorprendió; tampoco me había sorprendido la otra, la de su muerte lejana. Será porque desde chica me había acostumbrado a imaginarlo muerto, dentro de un cajón, no pálido ni frío, sino como dormido, con la cabeza rodeada de flores. Eso empezó el año en que a mi madre la internaron en el psiquiátrico de la Misericordia. Mi hermana y yo quedamos a cargo de Fabio. Clara era bebé; no se acuerda de nada. Pero yo sí recuerdo el frío, mi cuerpo tiritando bajo la sábana tensa y blanca. Tenía que bañarme antes de ir a la cama. Fabio dejaba que me enjabonara sola, pero se quedaba en el baño, vigilándome. Hasta ahora tengo que ducharme con la radio prendida para no recordar aquel silencio hecho solo de agua. Después él me envolvía en el toallón y me secaba. A veces, mientras intentaba dormirme, imaginaba a Fabio muerto con una corona de rosas; a veces el cajón era la bañera, a veces yo era la única que lo velaba.

Será por eso que no me sorprendió. Clara sí lo lloró de forma violenta, exagerando cada estertor de su pecho esquelético. Contó a quien quisiera oírla sobre el día en que Fabio la salvó del derrumbe en la cabaña de troncos y no sé cuántas veces la oí decir “Mi hermano era todo para mí”. Mamá, silenciosa y digna, se limitó a ponerse de luto, y todavía hoy, doce años después de aquel simulacro de entierro a distancia, la ropa negra y sufrida que se había impuesto seguía siendo su forma de mostrarle a todos que ella tenía una pena más profunda, más inolvidable que cualquier otra. Pero yo no; yo no me uní al coro de lamentos de las mujeres, la Gorda incluida, y en el fondo siempre pensé que lo único que mi hermano buscaba era librarse de nosotros, de mamá, más que nada, y que todos en el pueblo pensaran en él como en un ganador o un héroe. Ahora se convertía en algo mejor: un muerto resucitado que volvería cargado de grandes aventuras, de relatos sobre cómo la muerte casi lo toma desprevenido.

Me quedé parada en el zaguán mirando a Darío alejarse. En una mano tenía el paquete con el pan dulce, blando y apelmazado; en la otra, el vaso del chiquilín. Los hielos se habían derretido y aproveché para pasarme el vaso mojado por la frente y el escote. Esta vez le tocaba la bajada y apenas se lo veía, oculto tras una nube de polvo. Si pensé en algo, no lo recuerdo. A veces cuando se piensa en mucha cosa, da la sensación de no estar pensando en nada. Sólo sé que esperé ahí un buen rato. Esperé, digo, aun cuando no quedaban ni rastros de la bicicleta y la tierra comenzaba a asentarse, desprovista de misterio.

En la oscuridad fresca y enmohecida del comedor, temblaban las velas del altar. Las llamas habían manchado de tizne la pared y en medio de esas dos columnas negras colgaban rosarios, fotos de la Virgen, crucifijos, pequeños corazones sangrantes coronados de espinas. Más abajo, sobre el mueble, una colección de fotos de Fabio en casi todas las edades, rodeadas de flores de plástico, estampitas, oraciones que los parientes y amigos iban dejando. Si hasta era más lindo muerto que vivo. Si hasta podíamos quererlo más. ¿Cómo estaría ahora? Viejo. Tal vez herido, sin piernas, sin dedos, con un parche en el ojo. O ablandado por los años, desdentado, corroído por la intemperie y la mentira como una lata de arvejas abandonada. Pensé en la lata y me vi a mí misma disparándole en el pecho; tres agujeros bien redondos, mi puntería de antes. El rifle estaba guardado dentro del armario de caoba, abajo mismo del altar; sólo tenía que dar vuelta la llave y esperarlo en la entrada del potrero. Total nadie lo esperaba; nadie iría a buscarlo. Lo vi: una lata vieja y agujereada, y por los agujeros se iban los recuerdos, la posibilidad última de todo regreso.

Dejé el vaso en la cocina, pasé sin detenerme frente al ventilador, subí la escalera hacia la terraza, con la misma lentitud con la que había bajado, y volví a sentarme en la reposera. Con un pie empujé una sandalia que cayó seca sobre el piso; después la otra. Todos esperaron en silencio a que me descalzara.

–Nos mandan este pan –dije, y empecé a desenvolver el paquete sobre la falda.

–¡Hilda! –dijo mi madre.

A pesar del resplandor, tenía la cara tomada por la sombra.

El pan caliente y roto, surcado de grietas, parecía ahora un cerebro expuesto, una flor terrible y dolorosa.

–Que nos mandan este pan –repetí, firme– y me piden que vaya. Que la hija mayor se separó del marido y el tipo se llevó todo: los muebles, la plata, todo. Quedó arrasada.

–¿Y vos qué tenés que ver con eso?

Me encogí de hombros.

–No tienen a nadie más…

La Gorda fue a decir algo pero Jesús le hizo un gesto para que se callara. Levanté la vista. A lo lejos, en el extremo sur del camino, una figura negra, imperceptible aún para los demás, avanzaba lentamente hacia nosotros.

 

 

 

Montevideo, 2002

El odio que yo sentía por Agnes llevó directamente a que nuestra familia apareciera en Oprah. Me dirán: pero no, no la odiabas; solo era tu hermana mayor. Pero no era mi hermana mayor. Parecía mayor, pero yo le llevaba dos años. No importaba. La gente la tomaba por la más guapa, la mayor, la más inteligente. Poco importaba que yo sacara las mejores notas, que fuera tres cursos por delante. Poco importaba, por ejemplo, que Formípolis fuese idea mía.

Todo el mundo le dio crédito a Agnes por Formípolis, incluidos mis padres y el tío Hayward, pero se me ocurrió una noche mientras leía Kid’s Life con una linterna debajo de las mantas. Levanté una punta de la manta para ver a Agnes, que estaba sentada con las piernas cruzadas en el suelo de mi habitación, haciéndose trenzas en el pelo largo. Le dije:  

—¿Sabes lo que sería una buena idea, Agnes?

—¿Qué, Hannah?

—Que fabricáramos colonias de hormigas y las vendiéramos al doble de lo que cuestan.

Arrugó la nariz, con disgusto.

—Las hormigas dan grima.

Grima. Esa fue su palabra, textual. Pero al día siguiente se lo contó al tío Hayward. El tío Hayward había llegado hacía poco de la ciudad para calmar sus «nervios alterados», según los llamó. Las hormigas le parecieron una excelente idea. Encargó los formicarios, que incluían tierra y alimento especiales, una colonia plástica delgada y unas veinticinco hormigas Pogonomyrmex occidentalis por cada compra. Abrió una de las cuatro puertas del garaje y pasamos varios días barriendo y ordenando. Nos leyó las instrucciones para cuidar de las hormigas, y, si bien yo las entendí desde el principio, Agnes le hizo repetir todo por lo menos tres veces.

—¿Pero por qué se mueren tan rápido? —se quejó Agnes.

No le gustaba que las hormigas sólo vivieran un mes en las colonias, y la verdad es que a mí tampoco, pero mientras que yo consideraba que aquel hecho era una simple realidad, Agnes por poco no se cortaba las venas.

—Sin una reina —dijo el tío Hayward— no viven mucho tiempo.

De pie junto al congelador del garaje, suspiré y me rasqué el codo. Hayward era mi tío favorito, pero me exasperaba la paciencia que le tenía a Agnes. Continuó:

—La empresa a la que le encargamos las hormigas no nos deja encargar reinas.

—¿Y por qué no? —continuó Agnes, aunque el tío Hayward ya se lo había explicado a principios de esa semana.

—Porque podrían escaparse y causar daños ecológicos graves —dije—. Si serás tonta. —Se me daba bien citar panfletos textualmente. Era una capacidad fotográfica que sacaba de las casillas a mis profesores y compañeros—. Como las hormigas coloradas, por ejemplo, o las abejas asesinas en Texas.

Hayward me dio unas palmaditas en la cabeza de un modo que me hizo sentir menos inteligente de lo que sonaban mis palabras.

—A lo mejor, chicas, si aprenden algo con estos formicarios, pueden empezar a desenterrar hormigas ustedes mismas y encontrar una reina.

Me gustó la idea. Imaginé signos de dólares enormes y brillantes.

—No encargues más hormigas —le dije a Hayward—. De ahora en adelante las conseguiré yo.

Al principio, nuestros padres no vieron con buenos ojos el asunto de las colonias de hormigas. Hayward intercedió en nuestro favor.

—Es un proyecto de verano fabuloso. Las chicas van a aprender un montón.

Aunque papá respetaba a Hayward como hombre de negocios, no lo consideraba muy racional.

—No quiero que se me llene el garaje de hormigas —refunfuñó.

—El garaje ya está lleno de hormigas. Pero estas hormigas están en cajas bien cerradas.

Papá negó con la cabeza.

Hayward insistió:

—¿No quieres que las niñas aprendan responsabilidad fiscal? ¿Atención al cliente? ¿Respeto por las criaturas del Señor?

Papá siguió protestando.

Mamá le dijo:

—¿Qué más da, Brett? Total, nunca estás en casa.

Papá vendía equipamiento médico a hospitales en todo el país. Por su culpa nos estábamos volviendo «ricos pero insatisfechos», como a menudo decía mamá. En cuanto a ella, creía que criar hijos consistía en saludarnos cuando volvíamos del colegio y sentarse con nosotras en el sofá, done se quedaba mirando la televisión con los ojos vidriosos. Deseaba que sacáramos provecho del genio femenino de Oprah, la única persona negra a la que mamá se tomó en serio, con excepción de un niño llamado Eldridge que yo había conocido en el restaurante Jolly Cheezers y con el que había jugado en el pelotero. Durante todo el camino de vuelta a casa, mamá no dejó de felicitarse por no ser racista.

—Me dio mucha alegría que jugaras con ese niño —me dijo—. Me pareció fenomenal.

Durante la cena, se encendió como una bombilla y se lo contó a Papá. Él le dijo:

—Bien hecho, Marta, bien hecho.

Era la manera que tenía de alentarla cuando estaba pensando en otra cosa.

Pero sí, estaba Oprah, y mamá nos hablaba de las virtudes tratadas en el programa, y también estaba Springer, y mamá rechistaba y suspiraba y nos señalaba lo penosa que podía ser aquella gente de clase baja (los pobrecillos nunca han aprendido ni pizca de moral. En fin, no tienen tiempo para pensar en esas cosas). A pesar de su rechazo, no creo que mamá hubiera despegado los ojos de la brutalidad emitida por televisión si Agnes hubiera empezado a sangrar allí mismo por las orejas. También creo que, por entonces, Springer le parecía guapo. Una vez, Springer besó a una mujer no muy distinta de mamá, entrada en años y en carnes, que lloraba porque su marido había vuelto a engañarla. Con una inspiración apasionada, mamá me hundió los dedos en el antebrazo. Cuando me soltó, había largas marcas blancas de garras donde antes pasaba la sangre. Deseé que se convirtieran en moratones para poder contárselo al consejero escolar al día siguiente. Tal vez me invitaban al programa de Springer. O mejor, porque mi madre quedaría hecha polvo, me llamaba Oprah y me pedía que le contara mis terribles experiencias. Pero en pocos minutos mi brazo volvió a la normalidad.

Al principio, mamá dijo que la visita del tío Hayward sería «realmente fabulosa». Creo que supuso que él se pondría de su lado en todo, en particular en lo referente a su marido. Pero, aunque Hayward nos adoraba a Agnes y a mí, prestó poca atención a mis padres.

—Tus cosas son tus cosas —le dijo a mi madre, y cuando ella le contestó que su participación en la idea de Formípolis era «una muestra tremenda y estúpida de lo tremendamente inmaduro» que siempre había sido y seguía siendo, el tío Hayward solo se echó a reír. A papá no parecía molestarle la presencia de Hayward, aunque a veces murmuraba cosas como: «Hayward es un poco raro» y: «¿Pero a quién no le gusta la cerveza?». Esas declaraciones brotaban en momentos extraños, como cuando se estaba afeitando o se sentaba a leer el periódico. No se las decía a nadie en particular. Mamá afirmaba que el hecho de que papá hablara solo era la señal más clara de su megalomanía.

La semana antes del fin de curso, Agnes y yo recorrimos los pasillos pegando anuncios escritos a mano que ponían: “¡¡¡Formípolis!!!”. El nombre se me había ocurrido después de considerar muchísimas posibilidades: Formífico, Hormigas Amigas, Hormiguero Popular. A Agnes se le había ocurrido un nombre de cuarta, «Ciudad Hormiga», que Hayward fingió apreciar hasta que grité: ¡Formípolis! Agnes se echó a llorar. Hayward le dio una palmadita en la espalda y dijo cosas como: «A tu hermana no se le habría ocurrido si antes no decías “Ciudad Hormiga”», lo que era una mentira total, y «Los que tienen éxito se suben a los hombros de los gigantes», lo que la convirtió en una gigante y a mí en una enana total. Vi una hormiga que caminaba por el suelo frío. La pisé y, con el pie, dibujé una sonrisa con sus tripas.  

—¿Quedamos en Formípolis o no? —pregunté.

Hayward asintió con la cabeza, pero también se llevó un dedo a los labios. Entré a casa hecha una furia. Más tarde, por indicación de Hayward, mamá fue a verme a mi cuarto y me dijo que no debía molestarme porque Hayward le prestara más atención a Agnes.

—Es más pequeña y más sensible —dijo mamá. Pero lo que quería decir era: «Es más tonta y más bonita». Mandé a mamá a freír espárragos y quedé excluida de una cena de pollo frito. Papá me alcanzó un trozo a escondidas más tarde. Sabía que era mi plato favorito.

La semana siguiente al fin de curso, recibimos un montón de clientes. A las madres del barrio Hayward les parecía apuesto y les encantaba arrimársele, acariciarse las perlas que afloraban como tumores pálidos en sus cuellos y muñecas y ronronearle que había hecho algo «de lo más encantador» al ayudar a la divina Agnes y a («¿Cómo se llamaba? Ah, sí, claro») Hannah con aquel proyecto tan «adorable». No hice caso a esas distracciones. Con cada hora que pasaba me sentía más apegada a mis hormigas. Una cucharada de miel dispuesta en la entrada atrajo a una multitud de ellas desde el Triángulo de las Bermudas de nuestro césped. Los palitos de helado usados servían muy bien para transferirlas a unos frascos grandes. Les hice agujeros en las tapas con agujas, y a veces se veían las patitas que sobresalían por las hendiduras. «Puaj», dijo Agnes, «qué grima». A pesar de su estómago delicado, me ayudó a trasferir las hormigas a sus nuevos hogares. De vez en cuando las reventábamos con los dedos, o las aplastábamos con los palitos de helado, y luego guardábamos diez segundos en solemne silencio por cada pequeña muerte. Pero en general todo marchaba bien.

Durante uno de mis ensueños relacionados con las hormigas, al preguntarme qué cosas harían feliz a una hormiga y a otra perezosa, se me ocurrió lo de las Colonias Personalizadas. Se lo expliqué a un compañero de clase, un chico llamado Viktor que había venido en bicicleta desde el valle para ver qué estábamos haciendo.

—¿Y eso qué quiere decir? —me preguntó, agarrando un formicario y sacudiéndolo como si fuera una pizarra mágica.

—No hagas eso, por favor —dije—. Se ponen nerviosas.

—¿Qué significa “colonias personalizadas”?

—Bueno —le expliqué, feliz de encontrar un cliente interesado—, digamos que no quieres una colonia de hormigas cualquiera. Digamos que quieres una donde las hormigas estén más felices que las hormigas comunes y corrientes, como una especie de parque para las hormigas o algo por el estilo, o digamos que quieres una colonia con hormigas que trabajan a lo loco, tres veces más rápido o algo así. Me puedes hacer el pedido. En una semana te fabrico una colonia de hormigas feliz, o rápida, o nerviosa, o lo que sea.

A Viktor pareció gustarle la idea. Miró a mi hermana, que estaba sentada a mi lado, jugueteando con un lápiz y enfocándolo fijamente como si fuera de oro.

—¿Y hormigas cachondas? —dijo.

—Ay, Viktor —me reí— no digas esas cosas delante de Agnes.

Agnes se sonrojó y Viktor sonrió. Entonces me dijo:

—No me llamo Víctor. Me llamo Viktor.

—Fue lo que dije.

—No, no lo hiciste. Lo dices mal. Soy Vick-TOR, y tú dices VICK-tor.

Me quedé perpleja.

—¿Cuál es la diferencia?

—La diferencia —dijo Agnes— es TOR.

Empezaron a picarme los nudillos.

—Es ruso —dijo Viktor—. Soy descendiente directo del Zar.

—¿Qué zar? —le pregunté.

—¿Pero tú eres tonta o qué? —dijo Viktor. Agnes se rio.

—¿Eres su hermana mayor? —le preguntó a ella.

—Es dos años más chica que yo, Vick-TOR.

Viktor soltó un silbido.

—Quién lo hubiera dicho.

Lo cierto es que siempre me había gustado Viktor. Me gustaba que no hablara mucho en clase, y que, al parecer, algunos de los demás niños lo consideraran molesto. Lo trataban como me trataban a mí, igual que si le creciera una cabeza de vaca del hombro. También éramos flacos y pálidos los dos. Bajo cierta luz parecíamos translúcidos. Yo fantaseaba con que nuestros hijos saldrían de nuestra mansión entrecerrando los ojos debido a la luz del día, con pinta de gusanos y color hueso, amargados y muy listos.

Agnes, por supuesto, tenía las mejillas rosadas y pechos de verdad. Ella había tenido la regla un año antes que yo. La situación la hizo sentirse incómoda en su curso, según noté, pero también le dio una especie de atractivo sobrenatural. La primavera pasada yo había padecido la máxima deshonra de mi vida cuando, al descubrir sangre durante un recreo escolar, tuve que pedirle a mi hermana pequeña una toallita higiénica. Ella se portó bastante bien con respecto a ese asunto, pero nunca pude evitar sentir que, en la carrera hacia la feminidad, yo ni siquiera había entrado entre los suplentes.

Los chicos adoraban a Agnes, por supuesto. Algunos de ellos, de su clase o mayores, frenaban las bicicletas de un patinazo en nuestra entrada y miraban con timidez el garaje. Durante algunas semanas, usaron nuestra casa como el estacionamiento que está delante de Jolly Cheezers: se reían a carcajadas y gastaban bromas y hacían como que no se fijaban en Agnes, aunque cualquier idiota sabía que solo pensaban en ella. Agnes metía tierra en las colonias de plástico y los ignoraba con la misma eficiencia. Una vez, un chico bajito y con pinta de malcriado dijo, sin tratar de ocultar su voz aguda:

—No pueden ser hermanas. Hannah es más fea que un caballo —y luego lanzó un cohete de moco tan grande sobre la acera que los otros chicos exclamaron:

—¡Tremendo!

La cabeza de Agnes se volvió hacia mí y dijo:

—Son unos cerdos. No le caen bien a nadie.

Pero yo sabía que era mentira. Eran los más populares de la escuela. El hecho de que la persiguieran como misiles sensibles al calor solo significaba una cosa: ella era la chica más popular. Aquel verano, la vergüenza, como el calor, siguió espesándose.

Después de las primeras semanas, los interesados empezaron a escasear. El tío Hayward no correspondió a los avances de las madres y amas de casa solitarias, así que al cabo estas se retiraron a sus costosas viviendas. Algunos chicos seguían haciendo un alto en bicicleta, pero, al haber menos personas tras las que esconderse, se volvieron temerosos como corderitos y se empezaron a quedarse períodos de tiempo cada vez más cortos. Agnes y yo pasábamos la mayor parte del día en el garaje o en la entrada. Me salieron moratones en las rodillas y en las palmas de las manos por buscar hormigas en la acera. Para entonces teníamos muchos tarros repletos de ellas. Seguía sin encontrar una reina.

A pesar de mis protestas, el tío Hayward nos obligó a ralentizar la producción. Podíamos buscar reinas, dijo, pero no nos hacían falta más hormigas. También sugirió que guardáramos las hormigas en un lugar con más sombra.

—Se van a freír como tocino —advirtió.

Puse carteles en los rincones más frescos del garaje. Decían, en orden alfabético: «Colonias ansiosas», «Colonias felices», «Colonias laboriosas», «Colonias maravillosas», «Supercolonias».

Hayward preguntó:

—¿Cuál es la diferencia? Son todos iguales.

Sabía que eso era una tontería.

—No te creas —le dije—. Cada hormiga tiene una personalidad distinta.

Hayward se rio y me desordenó el pelo.

—No te lo tomes tan en serio, cariño.

Tuve que usar toda mi nueva benevolencia para apretar los dientes y sonreír.

Lo bueno, al principio, era que Viktor seguía pasando por casa. Un día le mostré la Colonia de Hormigas Cachondas que había creado (sin que Hayward lo supiera, claro). Cuando la levantó de mi puesto y miró a través de las paredes de plástico, se limitó a decir:

—Bah. No están cepillando.

Me reí, pese a mi orgullo herido. ¿Cómo iba a saber que debían cepillar? Le dije:

 —Llévatelo igual. Es un regalo.

Por primera vez, me miró directo a los ojos.

—Guau, ¿en serio? Gracias—. Agarró la colonia bajo el brazo y preguntó—: ¿Dónde está Agnes?

Fruncí el ceño.

—¿Qué más da?

Viktor chasqueó la lengua y miró a lo lejos.

—Estoy enamorado de ella —dijo con cara soñadora.

—Eres un imbécil —le grité, mucho más fuerte de lo necesario—. Ella es una imbécil y tú eres todavía más imbécil.

Viktor frunció el ceño.

—¿Pero qué te pasa? ¿Tienes envidia? ¿Tienes envidia de que tu hermana sea guapa? ¿Envidia por parecerte a una rata?

Hayward oyó los gritos y vino desde el jardín, donde estaba tomando el sol y escuchando la radio.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

—Ya me iba —dijo Viktor, y me devolvió la colonia de hormigas de un manotazo. La agarré; estaba punto de echarme a llorar.

—No quiero tu estúpida colonia. No son hormigas cachondas. Son hormigas estúpidas. Son las únicas hormigas que puedes hacer, Hannah.

Se alejó pedaleando.

Hayward dijo:

—¿Hormigas cachondas?

—Me odia —me lamenté. Hayward se sentó a mi lado y se dio una palmadita en la rodilla. Me senté encima y me limpié la cara. Era raro sentarse en las rodillas de un adulto. Llevaba años sin sentarme siquiera en las rodillas de mi padre.

—No te odia —dijo Hayward—. A lo mejor se ha encaprichado contigo. Así actúan los chicos.

Negué con la cabeza.

—A Viktor le gusta Agnes —dije—. A todos los chicos les gusta. Me dijo… —me eché a llorar de nuevo—… me dijo que era una rata.

Hayward me abrazó y me besó en la cabeza.

—Venga, vamos. No le crees, ¿no? No es verdad.

Su aliento olía a menta y cigarrillos.

—Le gusta Agnes —dije resueltamente—. Hayward me soltó y me levanté—. Es cierto. No tienes más que preguntarle a ella.

Hayward puso cara de preocupación.

—Agnes es muy pequeña —dijo.

—No para él.

—Tal vez debería decir algo.

Hayward me miró como si buscara mi aprobación.

—Claro que sí. Deberías.

Tenía la esperanza de que una conversación con el tío Hayward sobre chicos incomodara a Agnes. Al menos un poco.

Entonces Agnes apareció en su bicicleta y se puso a dar vueltas lentas por la entrada.

—¿Qué pasa? —me preguntó.

—Nada —dije.

—Busquemos una reina.

Desmontó y dejó que la bicicleta se estrellara contra la acera.

Me limpié la cara y asentí. Hasta Hayward ayudó. Me arrodillé delante de un hoyito del jardín por donde había visto salir hormigas y esperé. «Ahí abajo hay una reina», susurré. Iba a encontrarla, capturarla y crear una colonia de hormigas inmortal. Viktor leería sobre mí en los periódicos cuando me convirtiera en una entomóloga famosa y se arrepentiría de su horrible conducta. Me llamaría y yo me echaría a reír. Entonces le diría que… pero en ese momento vi una hormiga larga, rara y alada. Salía lentamente del pequeño agujero. Mi corazón dio un vuelco. Puse mi mano encima con cuidado.

—¡Tengo una! —grité—. ¡Tengo una reina!

Agnes estaba maravillada.

—Es genial —dijo, después de transferirla a una colonia. Yo estaba radiante. El tío Hayward me dio una palmadita en la espalda.

—¿Ves? —dijo—. La vida no es tan mala.

Me encogí de hombros. Pero, en ese momento, la vida parecía estupenda.

Esa noche, el teléfono sonó durante la cena. Papá odiaba que sonara el teléfono.

—Por el amor de Christopher —dijo, poniéndose de pie—. ¿Es que nadie puede cenar en paz sin que lo interrumpan?

—Podrías cancelar el sonido —sugirió mamá. Siempre sugería lo mismo.

—Podría ser Elías. —Esa era siempre la respuesta de papá. Elias era su jefe. Momentos después, papá regresó de la sala de estar—. Era un niño con voz de presumido que quería hablar con Agnes. Víctor o algo así.

—Viktor, papá —corrigió Agnes.

—¿No tienes diez años? —dijo papá—. ¿Qué es eso de las llamadas del sexo opuesto?

Agnes pareció cohibida.

—No lo sé. Nunca me habían llamado—. Me vio mirándola con enfado y dijo por encima de su tenedor cargado de guisantes—: ¿Qué pasa, Hannah? Para mí es un tonto.

—Ja —dije—. Para mí también. Lástima que esté enamorado de ti.

Mamá dijo:

—¿Es el niño ruso de tu clase, Hannah? Los rusos son fascinantes.

—No es ruso, mamá. Es un mentiroso.

—Hannah —me regañó—, no está bien negarle a alguien su herencia cultural.

Durante todo ese tiempo, Hayward permaneció sentado mirando a Agnes con la cara arrugada. Su preocupación aumentó cuando papá le entregó a Agnes una tarjeta con el nombre mal escrito de Viktor y su número de teléfono.

—¿Es una buena idea? —preguntó Hayward a la mesa—. Agnes tiene diez años. No sé si es muy buena idea. Sobre todo si este chico anda detrás de ella.

Adoré a Hayward por decir eso.

—Pero, por favor, Hayward —dijo papá—, ¿qué clase de niño de doce años podría siquiera reconocerse la polla en una rueda de identificación?

Mamá tomó aire.

—¡Brett, por favor! —Luego se acercó la ficha a los ojos—. ¡Oh! —jadeó encantada—. Es un número del centro. Deberías llamarlo, Agnes, e invitarlo a casa mañana. El pobre no respira ni una gota de aire fresco en ese barrio.

Hayward se cubrió la cara con las manos. Me di cuenta de que estaba de mi lado.

Más tarde esa noche, mientras papá roncaba delante del televisor y mamá se daba uno de sus largos baños con olor a melocotón, fui al garaje para leer cómics con mi linterna, sentada en el sofá viejo que Hayward había arrumbado en un rincón. Acababa de llegar a una gran escena en la que Formizilla aplastaba a todos los que han intentado hacerle daño, cuando la luz de la cocina cayó en un rectángulo amarillo sobre el capó del coche de papá. Hayward y Agnes entraron, y Hayward cerró suavemente la puerta. Me oculté de un salto con el cómic detrás del sofá y me quedé cruzada de piernas contra su armazón mohoso. Apagué la linterna. Por alguna razón, Hayward no encendió la lámpara del techo.

De camino al sofá, tropezaron con algunas cosas. Agnes dijo:

—Tengo miedo de la oscuridad.

El tío Hayward respondió en un susurro:

—No te preocupes, ya casi llegamos.

Se sentaron. Olí el polvo que se levantaba.

Al principio, me impresionó lo que Hayward le decía a Agnes:

—No está bien que ese muchacho te siga. Para nada.

—¿Porque está en la clase de Hannah?

—Bueno, por eso y porque quiere aprovecharse de ti.

Imaginé que Agnes estaba, como siempre, confundida por los comentarios de Hayward.

—Mira —dijo Hayward—, algunos chicos son buenos chicos. Algunos son malos. Viktor no es trigo limpio. No quiere tratarte bien, ¿me entiendes? Creo que tiene malas intenciones.

—Pero a Hannah le gusta —dijo Agnes. Después de una pausa, sugirió—: A lo mejor ella debería salir con él.

—Claro, claro. Hannah debería salir con él. Pero tú eres demasiado bonita para esos chicos.

Escuché, entonces, el sonido de un cuerpo que se acurrucaba contra el otro. A continuación, Hayward gruñó como si estuviera levantando algo. Mis ojos se iban ajustando a la oscuridad. Tardé un momento en darme cuenta de que Agnes estaba sentada en el regazo de Hayward; los dos tenían la cabeza vuelta hacia el otro lado.

En la oscuridad, la cabeza de Agnes parecía crecer en el hombro derecho de Hayward.

—Yo quiero tratarte bien —dijo.

—Siempre me tratas bien, tío Hayward.

—¿Quieres que te trate bien?

—Claro.

Para entonces la voz de Agnes sonaba más tensa, casi molesta. Luego ella dijo, como si quisiera cambiar rápidamente de tema:

—¿No es genial que Hannah haya encontrado una reina?

La voz de Hayward sonó amortiguada, como por el pelo de Agnes.

—No era una reina. No quería decírselo, pobrecita, pero no era más que una joven hormiga macho. A la reina hay que desenterrarla. Supongo que se parecen, pero no vas a encontrar a una reina dando vueltas por ahí.

—Oh —dijo Agnes—. Qué asco.

—Pero es nuestro pequeño secreto, ¿no? —susurró Hayward. Pude oír cómo la toqueteaba.

Los lóbulos de mis orejas se calentaron. Pensé en la hormiga alada, que parecía especial, pero no lo era. Me mordí el labio para no llorar a gritos. Quería creer que Hayward se equivocaba, pero una parte oscura de mí sabía que tenía razón.

—Eres una hermosura —dijo Hayward, y comenzó a besarle la nuca. No lo hacía de la misma forma que me había besado en la cabeza. No con los labios secos y juntos. Los arrugaba y succionaba, como cuando mamá presionaba una esponja húmeda sobre un plato.

—Me haces cosquillas —dijo Agnes. Pude ver que se retorcía.

—Quédate quietita un momento. Déjame que te trate bien—. Volvió a estirarse en el sofá—. Una hermosura. Una preciosidad.

Lo odié a más no poder. Una hermosura. Una preciosidad. Busqué algo a tientas, cualquier cosa, para herirlo, y lo que único encontré fue uno de mis frascos, lleno con unas trescientas hormigas. Abrí el frasco. La tapa chirrió y el aire se escapó con una especie de suspiro, mientras se extendía un olor amargo como de pis. Agnes dijo:

—¿Qué ha sido eso?

El tío Hayward jadeaba en su oído:

—Debería parar. Realmente debería parar.

Y ella dijo, como aburrida:

—Es un poco raro. Quiero volver a casa, tío Hayward.

Me agaché detrás de ellos y volteé el frasco justo encima de la oscura y pesada línea de los hombros del tío Hayward. Al segundo siguiente, los dos se pusieron de pie, y él empezó a gritar. El garaje se inundó de luz. Papá estaba parado en la cima de las escaleras, con la boca abierta. Cuando mis ojos se ajustaron a la luz, vi a Agnes de pie en su sitio, muy tranquila y parpadeando, con una parte de la camiseta levantada sobre su pecho derecho. Hayward se sacudía, se arrancaba la camisa y pedía ayuda.

—¿Qué está pasando aquí? —rugió papá.

—Hayward me estaba tratando bien —dijo Agnes, no sin asco. Las hormigas salían del frasco abierto hasta mis dedos y mi brazo. Papá se nos quedó mirando, en silencio. Hayward empezó a llorar y a retorcerse. Apareció mamá y los ruidos se hicieron fuertes y agudos. De alguna manera nos llevaron a Agnes y a mí adentro. Nos sentamos sin decir nada en el suelo de mi habitación. Agnes me quitó una hormiga del pelo y me preguntó si quería jugar a las cartas. Le dije que de acuerdo.

Fue la última vez que vimos a Hayward. Al día siguiente, mientras mamá, presa del pánico, hacía una cita tras otra con médicos para que atendieran a Agnes, papá tiró a la basura nuestras colonias de hormigas. Le pregunté si podía quedarme con una, la de la hormiga alada, y me dijo que no. Agnes intentó salir en mi defensa.

—Pero las hormigas me salvaron —dijo. Pero ni siquiera fue suficiente con su perfecto encanto. Papá no quería saber nada.

Agnes, por supuesto, estaba bien.

—Solo me besó el cuello y me tocó una teta —dijo.

—A mí también me besó —le conté, y también a mamá.

Mamá no parecía muy preocupada por mí. Escribió una carta a Oprah, describiendo que su hermano había abusado de su hija pequeña sin que ella se diera cuenta. «¡Y bajo mi propio techo, Oprah!». Uno de los representantes de Oprah llamó un par de semanas después y preguntó si acudiría a un programa especial: «Madres cegadas, hijas abusadas». Mamá estaba extática. Le pregunté si yo también iba salir en el programa. Me dijo que no.

En cualquier caso, papá y yo las acompañamos en avión a Chicago. Miramos el programa en un hotel elegante. Papá parecía avergonzado al verlas en la pantalla. Mamá estaba tan emocionada que no podía dejar de sonreír, incluso cuando Agnes le dijo a Oprah: «Después me tocó una teta y me besó el cuello».

Papá dijo:

—Tu madre parece psicótica.

Cuando regresaron, salimos a dar un paseo por el lago. Mamá y papá se sentaron en un banco del parque y se nos quedaron mirando desde lejos.

—¿Viste el programa? —me preguntó Agnes. Estaba de mal humor.

—Sí.

—¿Oíste lo que dije sobre ti?

Negué con la cabeza.

—A lo mejor lo cortaron. Les dije que me salvaste. Tú y las hormigas.

—¿En serio?

—Sí.

Seguimos caminando en silencio y pateando piedras.

—Supongo que para ti ha sido una mierda —le dije.

—No es para tanto. Me dio pena una de las chicas del programa. Un tipo le metió la salchicha.

—Puaj —dije. Nos reímos un poco.

—No puedo creer que hayan cortado lo que conté sobre ti —dijo.

No me fiaba completamente de mi ella, pero lo que dijo me hizo sentir más cariño. Aunque no le hubiera dicho a Oprah que yo era su heroína, al menos lo había admitido delante de mí. Siempre estaría en deuda por eso.

Nos paramos en el borde y dejamos que el agua nos lamiera las puntas de las sandalias.

—El agua huele a caca de pájaro —dije.

—Ojalá pudiera cortármelos y tirarlos a las olas.

Se estaba mirando los pechos.

No dije nada. No sabía si estaba actuando o no.

Volvimos al hotel y pedimos Coca-Cola y tiritas de pollo y patatas fritas con mucho kétchup al servicio de habitaciones. Cuando nos hartamos, Agnes y yo nos pusimos el pijama y nos lavamos los dientes. Mamá y papá fueron al bar de abajo, diciendo que volverían pronto.

—No le abran a nadie —advirtió mamá. La pesada puerta se cerró tras ellos.

Cuando nos quedamos solas, nos pusimos a pasar todos los canales que supuestamente no debíamos ver. En el gris áspero de uno de ellos, con la pantalla llena de una multitud de hormigas negras, se oían gemidos y se detectaban muslos por aquí, pechos por allá, piezas poco familiares de cuerpos temblorosos.

—Apágalo —dijo Agnes. Y lo hice.

No pensaba mosquearme porque a veces me diera órdenes. El hecho de que yo fuese su heroína significaba que ella merecía ser rescatada. En ese momento, no fue difícil aceptar la capitulación. Pero hubo otros, después, en que el enfado o la pena casi me movieron a admitir: Oye, te salvé pero por las razones equivocadas.


 

Este cuento está tomado de Sharma Shields, Favorite Monster, 2012, Autumn House Press.

Aquella noche teníamos invitados en casa e Inés llevaba alterada toda la semana. Localizaba recetas innovadoras en Internet, las imprimía y me sepultaba la mesa de trabajo bajo montañas de folios. Soy psiquiatra y me gusta el orden y no soporto la invasión de mis espacios sin motivo justificado. No obstante, fui razonable e intenté que Inés se pusiese en la piel de uno de mis pacientes. ¿Cómo se sentiría si llegase a una consulta y encontrase un montón de papeles desperdigados por la sala? Yo sabía que mis tácticas persuasivas habían dejado de surtir efecto el día en el que dejó de ser mi paciente y se convirtió en mi esposa, pero al final conseguí que recogiese todo antes de iniciar la consulta con el paciente de los viernes, un adicto al trabajo en fase avanzada.

En los últimos años solíamos rehusar las invitaciones a las casas de nuestros amigos y, por ende, nuestros amigos dejaron de brindárnoslas y de aceptar las nuestras, cada vez más esporádicas. Desde que nacieron las gemelas disponíamos de poco tiempo para reuniones sociales. Pero hacía tres meses, cuando las niñas cumplieron siete mágicos años, decidimos que era hora de retomar los encuentros abandonados por el cuidado de las pequeñas. Empezamos a salir con más asiduidad. Éramos unos padres responsables, se podría decir.

Aquella noche habíamos invitado a una pareja algo mayor que nosotros, pero la diferencia de edad casi no se percibía. No tenían hijos. Manteníamos una cierta amistad desde hacía tanto tiempo que ya ni nos acordábamos. De hecho, Inés era medio prima de Eduardo, que había conocido a su esposa Adela en nuestra boda. Adela había sido compañera mía de facultad y de alguna juerga universitaria nunca más mencionada.

Dos semanas antes, Adela me había llamado por teléfono desde el hospital para invitarme a cenar con ellos en su nuevo adosado. Cuando se lo conté, Inés se puso como loca y solo pensaba en devolverles la invitación. Recuerdo que aquella vez, en casa de Adela y Eduardo, no paró de adular la comida y la decoración. Lo hacía de manera burda y como a trompicones, jurando que aquellos muebles estilo colonial, elegidos por nuestros amigos, no diferían ni un ápice de los auténticos que ella y yo habíamos visto en nuestro viaje de novios a Tailandia.

Durante la cena en su casa hablamos de muchas cosas poco trascendentes. A veces conversábamos solo los hombres. Otras veces le preguntaba a Adela por sus casos y ella se interesaba por los míos. Nos gustaba intercambiar experiencias y anécdotas de chiste en las que los pacientes salían muy mal parados. Luego acabábamos discutiendo sobre lo que Adela calificaba de privilegios feudales de la psiquiatría privada frente a la pública. Adela tenía una forma de hablar chispeante y afilada que me seguía atrayendo con fuerza a pesar del paso del tiempo. Eduardo, entretanto, se aburría. Lo pillé en más de una ocasión bostezando sin tapujos. Supongo que se creía con derecho. Miraba al reloj de pared y en el fondo deseaba que nos acabásemos el vino. Inés aprovechaba para levantarse y dirigirse sola a la cocina, acarreando los platos sucios como si se tratase de su propia casa. Adela la dejaba hacer, ni le prestaba atención. Inés parecía, más que mi mujer, una sirvienta.

Tardamos en marcharnos. Eduardo se había espabilado, pretendía enseñarme su colección de plumas estilográficas. Me aseguró que en la nueva casa por fin disponía del espacio suficiente para exponerlas en una vitrina encargada a medida. Sus colecciones no me interesaban lo más mínimo. El coleccionismo era para mí algo catalogable entre las tendencias obsesivas. Miré al suelo mientras me mostraba un ejemplar nacarado y me fijé en que el cordón de uno de sus zapatos estaba suelto, pero no se lo advertí.

Una vez en la puerta, las mujeres se besaron con ruido y Eduardo y yo nos dimos un fuerte apretón de manos que acabó en un amago de abrazo. Pensé que esa sería la despedida definitiva, sin embargo, en el último momento, Inés se volvió a mirar de cerca los geranios de una jardinera, cuyo color apenas se distinguía en la oscuridad de la madrugada. Hube de volver sobre mis pasos. Adela insistía en que Inés debía llevarse un esqueje e Inés insistía aún más en que por favor no se molestase, pero acabó aceptando la rama con todo género de aspavientos. Entretanto temí muchas veces que Eduardo volviera a la carga con sus plumas, pero en su expresión ya solo se manifestaba el deseo de ponerse el pijama y meterse en su gran cama de estilo colonial.

Soy consciente de que, desde aquella noche, Inés únicamente pensaba en la visita de Adela y Eduardo a nuestra casa. Cuando nos subimos al coche y arranqué, calculando por dónde convenía tomar la salida, la observé, allí, sentada a mi lado, cómo sonreía con los ojos muy abiertos pero sin distinguir nada. Parecía un beato esperanzado ante un pelotón de fusilamiento. Con la mano derecha se aferraba con fuerza al esqueje del geranio. Me percaté de que se había pillado la falda con la puerta del coche sin darse cuenta. No nos dirigimos la palabra en todo el trayecto de vuelta. Inés estaba como ensimismada, a pesar de no haber bebido demasiado vino, y yo solo conducía, intentando concentrar la atención en mis pacientes, a quienes cada vez tenía más abandonados.

Cuando aparqué frente a la verja de nuestra casa, Inés apoyó su cara en mi hombro, estalló en lágrimas y me dio muchas veces las gracias. Al principio me asusté, repasé mentalmente qué tipo de trastorno psicótico mal curado podía provocar esa actitud. Luego se calmó, paró de llorar y me pidió permiso para organizar una cena e invitar a Eduardo y a Adela. Accedí, más porque quería acabar con la escena que porque me hiciese ilusión. Me observó con los ojos enrojecidos y alucinados a un tiempo y dejó caer su mirada en el horizonte nocturno, como antes. Estuve unos segundos contemplando su perfil. Ya no lo recordaba. Cómo le caían los rizos sobre la frente. No quería salir del coche, ni irme a ninguna parte.

Los días siguientes todo fue como la seda. Los pacientes parecían estar dispuestos a abrazar de nuevo la cordura y dejar de contar desgracias. Quizás fuera porque las noches se acortaban y les daba menos tiempo a maquinar suicidios. Pensé que, si todos ellos se curaban, yo no ganaría mucho y me vería obligado a buscar otros clientes más tarados aún. O tal vez creciera mi fama a nivel mundial y me viera en la necesidad de empezar a estudiar inglés para atender a las celebridades de Hollywood, sus ataques de grandeza y sus depresiones. Cuando me imaginaba esas cosas, la consulta se pasaba volando.

Al mismo tiempo, las gemelas metían menos bulla porque el verano se aproximaba y cada vez salían más a jugar al jardín. Inés me aseguraba que ella se ocuparía de todo lo referente a la preparación de la cena, que yo no tendría que mover un dedo. Por mi parte, no se lo había preguntado ni tampoco me había ofrecido a hacer nada, pero ella no se cansaba de insistir. Cuando la consulta se vaciaba, Inés pasaba las horas muertas con los codos sobre la mesa, estudiando páginas en Internet sobre protocolo en las comidas o sobre cómo doblar las servilletas de manera que emulasen pájaros. Más tarde intentaba ponerlo en práctica con las mantelerías que guardábamos en los armarios del salón y las servilletas no se tenían en pie. Algunas noches yo apagaba la luz de la mesilla y ella seguía al otro lado del tabique, tecleando términos en Google, con diez pantallas abiertas al mismo tiempo. Llegué a pensar que se metía en páginas de contactos y conversaba con desconocidos ansiosos de darle sus teléfonos y de preguntarle por el color de su ropa interior. Me recordó a una paciente que, dos años después de creer superada su adicción a los chats, todavía aseguraba que el hombre de su vida estaba allí, esperándola al otro lado del portátil.

El día de la cena empezó mal. El esqueje que Adela le había regalado a Inés caía torcido y sin vida fuera del vaso. Al verlo, a Inés le entró un ataque de histeria y la tuve que obligar a echarse unos minutos sobre la butaca destinada a mis pacientes. El reposabrazos estaba desgastado. Me pareció penoso e indigno de una consulta de la categoría de la mía. Inés estaba convencida de que la muerte del esqueje era un mal presagio y yo le aseguraba que no, que no, pero tampoco la sacaba de ahí. Se empecinaba en la obligación de comprar un geranio sin falta y regalárselo a Adela. A mí los geranios me parecían de una vulgaridad total. En una de esas, me ofrecí a ayudarla en algo, a preparar algo juntos como si fuese un proyecto común, y a ella se le fue pasando el disgusto. Habría preferido administrarle un Tranxilium, pero me arriesgaba a correr la suerte contraria y destapar la caja de los truenos.

Mi plan de ayuda y cooperación se resumía en acercarme al centro, dejar el coche en doble fila con los intermitentes encendidos y comprar algo en alguna tienda de delicatessen, pero Inés dispuso en la cocina cuchillos, tablas y robots de los que yo ignoraba por completo la existencia y el funcionamiento, y me metió el delantal por la cabeza como se le coloca un collar a un perro. Mi idea de la comida precocinada era para ella una aberración ultrajante y una falta de respeto a nuestros amigos. A mí me dio un poco de vergüenza todo aquello, el delantal y las manos sucias. Me acordé de esos programas de cocina en los que un ama de casa con ansias maternales mal encauzadas intenta enseñar sin éxito a un soltero cómo se pela una patata. Por suerte, con aquellos estupendos robots me tocó hacer muy poco y lo que me resultaba más pesado o pringoso se lo acababa endosando a Inés.

En plena faena, las niñas entraron en la cocina y pidieron merienda. Me miraron, se miraron y rieron. Sus risas no hacían ruido. Sonaban a hojas secas que crujiesen al pisarlas. No sé si reían por verme con el delantal o si solo estaban contentas porque aquella noche se iban a dormir a casa de su tía.

Inés preparó unos bocadillos y las niñas se los comieron mientras yo les aleccionaba sobre la importancia de la amistad entre hermanas. Me parecía crucial que las niñas empezasen a tomar conciencia de sus estados anímicos y les hablaba mucho de esos temas con la intención de evitar males futuros. Además, me había aburrido de sacarle bolitas al melón. Las gemelas me escuchaban con atención, luego mordisqueaban el bocadillo, se miraban y se reían y se oía el ruido como de crujidos. Inés no me hacía ni caso. Estaba demasiado ocupada. Fregaba cacharros que al minuto siguiente volvía a manchar.

Aunque no llegaron a acabarse la merienda, a Inés le entró prisa por dejarlas en casa de mi hermana. Me quité el delantal y me fui a vestir. Tuve que peinarlas yo solo. La coleta de una se ladeaba hacia la izquierda. La coleta de la otra, hacia la derecha y, como se parecen tanto, mi falta de destreza me puso en evidencia. Las miré en el espejo y les acaricié sus coletas maltrechas. Ellas se escabulleron. Me miré yo al espejo y a continuación cerré los ojos. Me imaginé en otro lugar, uno remoto, y volví a abrir los ojos y seguía estando allí. Tiré del cajón de las medicinas y calculé si faltaban más de la cuenta. Luego salí de casa.

Metí a las gemelas a regañadientes en el coche. En el último momento habían decidido que no iban, que querían quedarse con papá y mamá y que no querían que los otros mayores (Eduardo y Adela, se entiende) entrasen en casa. A mí me dio la risa y me sentí satisfecho de haber formado semejantes personalidades con tal capacidad de aserción. Pensé en volver sobre mis pasos y anunciarle a Inés con gesto serio que, visto cómo se lo estaban tomando las niñas, lo más conveniente era anular la cena. Luego temí que reaccionase violentamente y acabase con sus propias hijas. Sonreí con maldad.

Conduje deprisa por la carretera. Las niñas no hablaban. Cada una miraba de forma simétrica a los coches que adelantábamos o que nos adelantaban. Al llegar, mi hermana se extrañó, me esperaba una hora más tarde según había quedado por teléfono con Inés. Pareció contrariada.

—Es igual —dijo luego.

Me propuso entrar y tomar algo con ella.

—Hace mucho que no hablamos —dijo mi hermana—. Hay café recién hecho en la cocina.

Dudé de si quería que pasase su hermano o un psiquiatra. Podría recomendarle varios muy buenos.

—He de irme —dije yo—. Inés me está esperando y aún queda mucho por preparar.

No me disculpé. Tampoco acordamos la hora en la que iría a buscar a las gemelas al día siguiente. Quise decir adiós a las niñas, pero antes de que me diese cuenta ya habían desaparecido y supuse que estarían en alguna habitación haciéndole trastadas a la gata.

A la vuelta me metí por unas calles desconocidas para mí. De hecho no recordaba mucho aquel barrio y empezaba a hacerse de noche. Pensé que me iba a perder y que, si me perdía, llegaría tarde a la cena y que, si llegaba tarde a la cena, Inés sería capaz de ponerse a llorar delante de nuestros invitados. En marcha, agarré el volante con la mano izquierda y abrí la guantera con la derecha. El GPS no estaba en su sitio. Solo paquetes de Kleenex que nunca se usaban y varios CD de canciones infantiles. Al cerrar la guantera perdí el equilibrio y di un giro brusco con el volante. No acabé subiéndome a la mediana de milagro.

En la calle no había nadie a quien preguntar. Al girar la esquina vi un bar abierto, aparqué y bajé del coche. Entré con intención de preguntarle a alguien cómo salir de aquel barrio, pero en vez de eso, pedí un vino y me senté en un taburete al lado de la barra. Miré el reloj y comprobé que tenía tiempo de sobra para tomarme otro vino más.

El camarero me sirvió el primero de los dos vinos que iba a pedir. Su cara me resultaba familiar. Conforme bebía mi copa, caí en la cuenta de que era clavado al número uno de mi promoción, un chico llamado Ignacio Alcalde, muy inteligente y trabajador, pero marcado por un tic desagradable en la boca. Con ese gesto incontrolado, nadie le auguraba un futuro en esta profesión en la que los pacientes no te quitan ojo y es obligado cuidar las apariencias. Yo había perdido la pista de Ignacio hacía muchos años, hasta que llegué, sin saber muy bien cómo, al bar y me topé con aquel camarero. Sin problemas podía ser él, el mejor médico de la promoción del 78, desde entonces extraviado.

Dejé el vino a medio beber y pregunté por la salida. Me asustaba pensar que Ignacio había acabado allí y quise marcharme de inmediato. Pedí la cuenta como si me encontrara en un restaurante y el camarero me miró extrañado, dudando de si le estaba preguntando por el importe o además quería el ticket de la máquina. Pagué y el camarero o Ignacio me dio las explicaciones pertinentes para tomar la salida. Tenía una voz grave y cascada, en todo distinta de la que yo recordaba y eso me tranquilizó por un momento. Luego pensé que el tabaco, entre otros factores, podía cambiar el tono de una voz.

Arranqué el coche y encontré la salida a la primera. Intenté visualizar el nombre del bar, por si alguna vez volvía a pasar por allí a la luz del día. Me había quedado unos segundos contemplando el rótulo iluminado antes de entrar, pero ahora era incapaz de acordarme. Se había levantado algo de viento y sobre uno de los parabrisas descansaba una hoja picuda, que no dejaba de brillar con un reflejo azul. El móvil sonó. Metí quinta y luego saqué a tientas el teléfono del bolsillo de la americana. La hoja picuda desapareció como una mariposa espantada por un cachorro. Era un mensaje de Inés. Decía dónde estás, date prisa o empezaremos sin ti.

Como por instinto, levanté el pie del acelerador y dejé de adelantar al coche que me precedía.

Caminando, caminando y ni te acuerdas: eso es lo que le dice siempre. Bueno, no exactamente en esos términos. Generalmente se trata de un reclamo más directo: no llamaste a Pacheco, no revisaste el contrato de Supercable, no llevaste el carro al taller, se te pasó la hora de la cena, te olvidaste de nuestro aniversario de bodas o de comprar el champú que te pedí. Ella no espera respuestas y Benjamín sabe que sería inútil contestar. También sabe que tras esa letanía de pequeños olvidos se alza, liso e implacable como un tepuy, el verdadero reproche, existencial, imperdonable. El de no recordar. Hay una enorme diferencia entre olvidar y no recordar.

Un reproche que, por supuesto, nunca ha sido pronunciado directamente. El peso acusador de lo que Benjamín no recuerda –o pretende no recordar– desencadenaría tamaño terremoto en todas las capas geológicas que amontonaron con paciencia durante años hasta formar un terreno estable donde pueden soportarse mutuamente. Benjamín no se acuerda del futuro que quedó en el pasado, de ese futuro glorioso, brillante como el sol, cuyos contornos desaparecían misteriosamente a medida que se adentraban en él. Treinta y cinco años es suficiente tiempo para comprobarlo.

Lo peor es no recordar, dice ella sin decirlo, pues habla tan solo del mecánico y del champú. Se te olvida todo, dice. La vida que me prometiste (eso no lo dice). Caminar y caminar no lo resuelve, dice, y últimamente es todo lo que haces.

Como si no supiera que Benjamín se puso a caminar por orden del médico. El santo remedio para la edad que tiene, el colesterol alto, el hígado perezoso, las arterias obstruidas y el corazón tan poco activo como el dueño de esos órganos estropeados. Así que se acostumbró a caminar. Ahora su mujer sospecha que le gusta hacerlo y esto no lo puede permitir; no es justo, mientras ella vive con la desdicha de acordarse a diario de ese luminoso futuro común que se desdibujó en el presente y nada más.

–Ya basta de caminar tanto, Benjamín. ¡Abre la puerta por favor! Mauricio viene hoy a cenar con tus nietos, nunca sabe qué hacer con los chicos cuando le toca cuidarlos, hay que decir que se volvieron insoportables desde el divorcio, se les nota la educación de su madre (mejor no hablo de ella) y Sandrita está durmiendo, así que tienes que dar un salto a la panadería. Y podrías poner la mesa también, ¿qué te parece? Siempre yo sola con todo. Y tú, ¡caminando y caminando!

Los guijarros crujen bajo sus pies y el aire de primavera rebosa del trinar de invisibles pájaros. Benjamín sube el volumen; desde muy lejos le llega el relincho de un caballo. Un sonido delicioso.

Le rodea un mundo verde y vegetal, ahora como al principio, cuando se dirigió a los sitios con derecho común a la caminata: la Autopista cerrada los domingos, Los Caobos, El Parque del Este. Se compró un walkman y por un tiempo metía la panza y erguía la cabeza, como corresponde a quien forma parte de una comunidad saludable y deportiva, donde los exitosos hombres de negocios se ponen democráticamente el mismo short que los fracasados; reino de piernas largas y musculosas preparándose para un maratón, ceñidas mallas, impecables traseros, cuerpos brillantes de crema y sudor. Hasta que llegó el día inevitable en que se dio cuenta de que los demás corrían o trotaban, y aun los que caminaban como él, lo pasaban con facilidad, una y otra vez. Pisando fuerte el cemento de umbrosos senderos parecían dirigirse apurados hacia algún destino importante, desconocido para él. Benjamín, en cambio, solo daba vueltas. Se quedaba atrás, como siempre. Y eso le recordaba de alguna manera el reproche nunca pronunciado por su mujer, implacable como un tepuy. De modo que guardó el walkman en la gaveta, (siempre compras cosas y después no las usas) y optó por cederle definitivamente el carro y caminar a su trabajo, de ida y de vuelta.

–Me oíste, Benjamín, ¡basta ya! –dice ella–. ¡Ábreme esta puerta! Van a cerrar la panadería.

Benjamín aprieta el paso. Aún le queda camino por recorrer.

Su oficina se encuentra en el mismo viejo edificio donde él la instaló cuando este era nuevo, mucho antes de que la ciudad le pasara por encima y lo dejara olvidado al final de una calle peatonal, hoy invadida por buhoneros y artesanos ambulantes.

Caminar por allí implicaba perderse entre los tenderetes y bandejas, en el abigarramiento de joyas de plástico, perfumes de Taiwán, bluyines de contrabando y pantaletas de lycra con encaje. Benjamín remoloneaba hojeando libros de segunda mano y manoseadas revistas pornográficas desplegadas sobre la acera; a veces compraba dulce de leche o un kilo mal pesado de mandarinas a una joven mulata, cuyo bebé color puro chocolate dormía entre chucherías. Ella le hablaba con amabilidad, decía que están dulcitas las mandarinas, le decía “mi amor”, y el vendedor de revistas, alemán de pelo blanco y acento colombiano, compartía con él profundas reflexiones acerca de la situación del país con las cuales Benjamín no podía discrepar.

Aquí no existía pasado ni futuro alguno, mucho menos un futuro que ya pasó. Era fácil vagar sin metas ni equipaje por ese presente instantáneo, efímero y eterno a la vez, que se deshacía en gritos y revoloteo de colchas apenas se asomaban los agentes uniformados en la esquina quedando la calle súbitamente vacía con sus fachadas desconchadas, pipotes atestados de basura y remiendos de asfalto entre los adoquines; pero nada de esto era trágico ni definitivo: minutos después reaparecían los colores y se reanudaba el bullicio.

Muy pronto el camino de ida y vuelta a su oficina se convirtió en el placer de cada día. Benjamín lo mantenía en secreto, por supuesto. Sabía bien que no tenía ese derecho, mientras a Mauricio lo limpiara la arpía de su ex, y Sandrita se metiera ese polvo en la nariz que la ponía incoherente y chillona. Y ella, pobrecita, en la casa: sola y recordando.

Al fin terminaron por descubrirlo. Era inevitable. Tardaba en llegar al trabajo y le mentía a su vieja secretaria. Para colmo, atracaron a su cuñado allí mismo, en la salida de la Notaría. Le rompieron el saco, le quitaron la cartera y al parecer se enojaron bastante al abrirla, ya que fueron golpes y más golpes. De modo que su mujer y el doctor le prohibieron caminar por la calle: desde varios puntos de vista era malo para la salud.

Era un hecho indiscutible que su colesterol aumentó considerablemente y el ritmo cardíaco no se beneficiaba mucho con el inútil vagar de esas caminatas. De nada sirve, le decían, caminar con el paso tan lento. Ahora se preocupan: al parecer lo hace demasiado deprisa. A su edad, es peligroso; le puede dar un infarto.

–Benjamín, ¡abre ya la puerta! –voces de Sandra y de su mujer. Pero él se hace el loco, y camina, camina, camina, cada vez más rápido. Sus piernas se volvieron fuertes y la panza bajó de volumen; sin embargo, está sudado y jadeante, el corazón le retumba en el pecho. No importa, algún día tiene que llegar al final del recorrido. Por una vez en la vida está haciendo lo correcto: fijarse objetivos y alcanzarlos.

De hecho, todos ellos son responsables también. Le sugirieron esta solución y se mostraron complacidos cuando la Caminadora llegó a casa, aunque les extrañó un poco la inusual iniciativa que había demostrado al comprarla sin consultar a nadie. Años hacía que Benjamín, él solo, no se compraba ni una camisa. Él mismo no logra entender cómo descubrió aquel artefacto en una tienda por departamentos, ni cómo se dejó seducir de inmediato por las explicaciones del vendedor, quién –cosa rara–, ni cuenta se daba del poder de su propia mercancía. Casi sin proponérselo, Benjamín se hizo dueño de una máquina para caminar, la mejor del mercado, el último modelo. Menos mal que nunca sabrán cuánto le costó esta extravagancia.

Acto seguido convirtió al dormitorio de huéspedes (totalmente inútil, dicho sea de paso) en una especie de gimnasio privado. Allí, siguiendo penosamente las instrucciones del manual, instaló la Caminadora con su batería de altavoces y proyectores.

Comenzó a practicar con la velocidad más baja y desde el principio sintió una gran afinidad con ese ejercicio que parece haber sido diseñado especialmente para él. Hay un deje melancólicamente familiar en eso de caminar y caminar para quedarse siempre en el mismo sitio. Algo así había hecho durante toda su vida.

Con la salvedad de que ahora tiene algo más: la cinta de vídeo que vino con el paquete. Desde la primera proyección supo que algo nuevo e importante estaba irrumpiendo en su vida. La pared blanca frente a él se llenó de paisajes verdes que desfilaban de árbol en árbol entre fuentes cristalinas y parterres de flores, mientras los altavoces reproducían a la perfección el piar de los pájaros y el crujido de la grava bajo sus pasos. Estaba solo, maravillosamente solo, indiscutible rey de tanta belleza. Mandó instalar una cerradura Multilock a su improvisado gimnasio. Custodiaba la llave con recelo, hasta dormía con ella en el bolsillo de su pijama; tu padre se ha vuelto loco, dice ella, y la limpieza, ¿qué?

Él aclaraba con paciencia que encontró finalmente un sistema idóneo para caminar, y que necesitaba concentrarse para practicar. Estaba tan animado que su mujer frunció las cejas, sospechosa, pero se abstuvo de comentarios. Al fin y al cabo se trataba de una actividad saludable, aburrida y recomendada por el médico. No reconoció las señales de peligro.

Benjamín en cambio intuía que su vida adquiría una nueva dimensión, aunque tan sólo al cabo de dos o tres semanas advirtió ligeras alteraciones en el paisaje que recorría en el video. Al principio fueron ruidos inexplicables, sugiriendo apenas perceptibles presencias animales. Comenzó con aquella chicharra cuyo desagradable zumbido pertinaz lo acompañó durante un buen trecho del camino. Convencido de que ésta había encontrado una manera de escurrirse por la ventana, Benjamín interrumpió la sesión con el firme propósito de deshacerse del intruso y constató con asombro que el zumbido cesó en el mismo instante en que paró la cinta. Se trataba de una extraña coincidencia o de un insecto particularmente inteligente, pues reanudó su vuelo al reiniciarse el video. Nunca más había vuelto. Y Benjamín terminó por olvidarlo concentrándose en caminar –lo hacía cada vez más rápido y mejor– hasta el día en que se paró, pensativo, al borde del tercer estanque. Hubiese jurado que cada vez cuando pasaba por allí un imponente chorro cristalino brotaba en su centro; sin embargo, hoy la fuente estaba cerrada, el agua adquiría profundos tonos verdes y un pequeño pato silvestre jugueteaba en la orilla. Perplejo, Benjamín dejó que la cinta se rebobinara, luego la colocó desde el principio y volvió a sus propios pasos. Esta vez el chorro de agua brotaba a borbotones, no había duda sobre esto, pero el patito seguía en su sitio. Era extraño que nunca antes advirtiera su presencia.

Por primera vez se dio cuenta de que jamás había llegado más allá de aquel estanque, y sintió curiosidad. Prolongó la duración de sus caminatas, luego se empeñó en aumentar la velocidad. La cinta recompensó su esfuerzo: efectivamente, más lejos el paisaje cambiaba. Los árboles del parque comenzaron a rarificarse, y por ambos lados del camino aparecían ahora elaboradas verjas de hierro dejando entrever opulentas mansiones de dos y tres pisos en medio de sus jardines. Al tercer día llegó, jadeando de cansancio, a una casa particularmente hermosa, toda de madera recubierta de viña silvestre. Le pareció vagamente conocida. Deseó saber quien vivía allí, tocar el timbre y entrar, pero la ley de la Caminadora no permitía tales extravagancias. Sólo pudo seguir caminando lentamente, sin quitar los ojos de las ventanas que protegían su misterio con alegres cortinas amarillas y aguzaba el oído para captar la tenue risa de unos niños jugando en algún lugar del jardín. De pronto surgió el recuerdo: ella, joven y deslumbrante, recortando imágenes de revistas, el hogar soñado para su futuro común. En su fuero interno supo que no podía ser solamente una coincidencia, un azar del vídeo. Aquella casa estaba allí para él cual trampa divina.

Benjamín acusó el golpe. Tuvo que parar el ejercicio y la imagen se desvaneció, dejándolo sudado y resollando frente a la desoladora pared blanca del ex cuarto de huéspedes.

Aquella noche no pudo conciliar el sueño. Hasta los irregulares ronquidos de ella y los sonidos de parranda que se filtraban desde la habitación de Sandra aumentaban el estado de embeleso febril en el cual se encontraba sumido. No veía la hora de volver a ese lugar y a las cinco de la mañana ya estaba ataviado con su mono de gimnasia, ¿te caíste de la cama, o qué?

En un súbito impulso le propuso acompañarlo –ven conmigo, quiero mostrarte algo. Ella le dio la espalda, implacable con las extravagancias ¿A esta hora? Estás loco. De modo que Benjamín acarició brevemente los suaves rollos de goma espuma sobre la cabeza de su mujer y renunció a compartir su hallazgo con ella.

Menos mal: lo hubiera juzgado loco. De la tercera fuente brotaba con fuerza un chorro cristalino y en el estanque nadaba ahora toda una familia de patos, pero no hubo ni rastro de la casa cubierta de viña. En vano la buscó caminando rabiosamente. Atrás quedaron las verjas y las mansiones y una carretera de dos vías reemplazó al sendero en medio de un paisaje anodino y campestre. Suaves colinas azuladas ondulaban el horizonte. Sobre una de ellas estaba la ciudad, cual dibujo lejano. Al cabo de unos días desistió de buscar la casa y concentró todos sus esfuerzos en llegar allí.

Pero, ¿qué te pasa?, decía ella. Estás más distraído que nunca. Tienes la misma mirada vidriosa que Sandrita cuando estaba en esa institución. Y se te olvidó llamar al banco para mi tarjeta de crédito… Estás peor que nunca. Se te olvida todo. ¡Todo!

Esta vez era cierto: se le olvidaba todo. Pero estaba mejor que nunca. Con una secreta excitación Benjamín acariciaba la llave en el bolsillo de su pantalón y no veía la hora de reiniciar su sesión de ejercicios. Ahora caminaba varias veces al día y cada vez se encerraba más tiempo con la Caminadora. Por desgracia, la cinta de video estaba estudiada para promover un progresivo aumento del esfuerzo: no había manera de reiniciarla en cualquier punto del camino, de algún modo siempre se devolvía sola al inicio. Si quería llegar al final, donde la lejana ciudad se erguía sobre la colina o, ¿quién sabe? más lejos aún, tenía que volver cada vez al punto de partida, atravesar el parque, recorrer los estanques, el sendero, la urbanización de quintas… La carretera que seguía se le antojaba interminable.

Te has vuelto loco, decía ella. Mírate, como sales de allí. Pálido. Apenas puedes respirar del cansancio. El doctor dijo que es peligroso, no puedes hacer esto. Es peor que una prueba de esfuerzo. Nadie puede hacer pruebas de esfuerzo sin supervisión médica.

Era cierto. En algún lugar recóndito de la conciencia Benjamín sabe que debería bajar el ritmo. Sus piernas se han fortalecido pero el corazón reacciona bastante mal. Anoche sintió otro dolor en el pecho; tuvo que parar la máquina y se recostó, jadeante, al borde del camino, sin apartar la vista de las lejanas colinas hasta que estas se apagaron en la blancura del horizonte. La pared se le vino encima mientras trataba de incorporarse sobre la alfombra, en sus oídos el zumbido inexorable de la cinta que se rebobinaba otra vez hacia el inicio del trayecto.

Están aporreando la puerta ahora. Se oyen voces, la risita estúpida de Sandra, los gritos de los muchachos de Mauricio, sal papá, sal abuelo, ¡queremos comer!

–Benjamín, ¡ya basta! No importa la mesa, ya la puse yo misma, tan sólo sal. Viejo exagerado. Voy a vender esta maldita máquina, tan sólo te hace daño.

Benjamín acaba de llegar al pie de la primera colina e inicia la ansiada subida. El dolor vuelve, agudo, esta vez en el brazo izquierdo y le nubla un poco la vista, pero la ciudad no está tan lejos ya. Su última posibilidad de escape. Allí habrá otra calle donde los vendedores ambulantes desplegarán sobre la acera, sólo para él, sus efímeras maravillas. Tal vez otra oficina. Tal vez otra casa. Ojalá pase algún vehículo para darle un aventón, porque el tiempo apremia.

–Benjamín –ruega ella, ahora con voz de angustia– abre, Benjamín; Mauricio dice algo del cerrajero que ya está en camino. Benjamín anhela el asilo de la ciudad desconocida. Menuda sorpresa tendrán cuando terminen de tumbar la puerta.

Sabe que si llega a tiempo, no podrán quitarle la Caminadora. Ni nada más. Llegar al final es necesario, indispensable… Una meta, al fin. Si se ejercita lo suficiente, llegará. Es una mera cuestión de entrenamiento.

Con la vista fija en su meta, Benjamín aprieta el paso.

1

Conocí a Olegario y a su hijo William en la cantina del pueblo. Yo llevaba semanas huyendo. Viajaba de un lugar a otro, ebrio. Dormía en el coche, comía cuando me daba hambre. Me daba igual a qué pueblo llegaba; en el fondo todos me parecían iguales: una plaza con kiosco, una iglesia, una cantina, calles empedradas.

Olegario me habló en inglés. No soy gringo, le dije. Tenía unos cincuenta años, llevaba sombrero, bigote zapatista y botas vaqueras, pero vestía una camiseta sin mangas de los Raiders de Oakland. ¿Puedo invitarle un trago?, dijo. Le respondí que sí y llamó al Labios, un muchacho de unos quince años que tenía una rajada rosa que le partía en dos la boca y el paladar. Tráele otra copa al amigo, ordenó. ¿Qué está tomando?, me dijo. Lo que sea.

El Labios miró al dueño, un anciano flaco que jugaba dominó en la esquina y que se llamaba Cristino. El viejo aprobó con la cabeza y apuntó mi trago en un cartón que también usaba para llevar las cuentas del juego.

Yo no quería hablar, pero eso no desanimó a Olegario. Me contó que había nacido en ese pueblo pero que desde muy joven se había ido a California. Había regresado para presentar a su primer nieto con la Virgen de Talpa. Decía que le había hecho el milagro. Dos milagros, en realidad: le había dado un nieto y había regresado sano a su hijo de Irak.

Milagros, pensé. Diego, pensé. Luego me acabé la cuba y mordí los hielos.

El hijo entró poco después. Tenía una botella de cerveza en la mano y ya se tambaleaba. Lo reconocí: era el cholo que había visto en la plaza persiguiendo muchachas en una moto. Se subía a las banquetas, las embestía y se reía de ellas cuando corrían. Como si tuviera gracia. Es mi Willy, dijo el padre, apretándole el cuello y la cabeza con el antebrazo. El hijo se zafó del abrazo, me dijo mucho gusto y se carcajeó cuando golpeó su cerveza contra mi vaso y la espuma se derramó sobre mi mano.

El Labios llegó de inmediato a trapear.

Willy tenía los tics de un cocainómano: fruncía la nariz al beber, parpadeaba, interrumpía las conversaciones de los demás. Cuando se acabó su cerveza, sacó cincuenta dólares y le ordenó al Labios que sirviera una ronda a todos. Déjalo, dijo el padre, yo pago, y le guardó el billete en el bolsillo, pero Willy gritó en inglés yo hago con mi dinero lo que me da la puta gana. Estaba rojo y una vena le punzaba en la cabeza. Me lo gané con mi trabajo, ¿no?

El Labios recogió del suelo el billete arrugado y se lo llevó a Cristino.

No sé cuánto bebimos. Sólo recuerdo que se hizo de noche. Y que Cristino giraba un foco, trepado en una silla, y que la habitación se iluminaba se oscurecía se iluminaba se oscurecía, hasta que todo era luz, y que alguien pateaba una cerveza, no sé si yo, y el Labios trapeaba y Olegario decía no importa amigo, no llore, por dentro todo se me oscurecía, en el cielo solo había grises y negros y la luz amarilla de un puesto de tacos, y yo solo pensaba en Diego.

Tampoco recuerdo cuánto conté, pero Olegario me decía confía en la Virgen, ella cuidó a mi hijo en Irak. Yo llamé a William y le pregunté cómo había sobrevivido, porque los hijos siempre se nos mueren, y él me dijo que primero había estado en Australia y en la costa de África, y que luego regresó dos semanas a los States, así dijo, y que luego se fueron a echar bala, y que entraron a Bagdad a buscar a Sadam y que las cosas fueron más fáciles de lo que pensaban, porque el cabrón se había ido, y que entonces se dedicaron a buscarlo en todas partes y a matar cabrones.

Olegario empezó a incomodarse con las cosas que contaba su hijo, y en un momento le dijo que no exagerara. Will se rio: No dad, we were just picking flowers. Luego se fue a orinar y Olegario se disculpó conmigo. Está viendo a una psicóloga del ejército, me dijo. Es algo muy normal.

Will me preguntó después si había visto en YouTube los videos que graban los terroristas cuando explotan los tanques del ejército americano. Yo le dije que sí, y él se puso a hablar de esos videos, no entendía cómo alguien podía planear algo así y grabarlo con toda tranquilidad, y me dijo que lo peor de todo eran los momentos previos. En la pantalla aparece un tanque sobre un descampado y uno ya sabe lo que pasará, yo he visto cómo termina, dijo con los ojos hundidos, el tanque avanza como si fuera un recorrido rutinario, los de adentro no se imaginan que alguien los graba, y mucho menos que nosotros lo vemos, nadie sabe en qué momento pasará. Eso es lo peor de todo, dijo, y luego emuló el ruido de una explosión que hizo que todos en la cantina voltearan.

Olegario se puso rojo. Volteaba a ver a los demás, especialmente a Cristino, que miraba todo desde su partida de dominó. No te hace bien estar pensando en eso, Willy, dijo el padre. Eso ya pasó. Cumpliste con tu deber.

Hablas como los hombres de traje, gritó Will. Manoteaba con la botella de cerveza entre los dedos. Quieren decirme cómo comportarme pero nunca se ensucian las manos, gritó. La cerveza escupía espuma y se chorreaba y caía sobre el piso de madera de Cristino. ¿Tú qué sabes, papá?, decía a centímetros de su cara. Olegario se fue encorvando, cada vez más avergonzado. Gracias a Dios estás bien, dijo. La Virgen te cuidó. Cuál pinche Virgen, gritó Will, y luego dijo en español la Virgen vale para una chingada, o la Virgen mis huevos o la Virgen me pela la verga.

Entonces Cristino, que había dejado las fichas de dominó, dijo más respeto muchacho, y William dijo pinche viejo jodido, usted no se meta, y Cristino dijo ustedes no pueden venir a hacer lo que quieran, aprendan a respetar, y Will comenzó a insultarlo en inglés, dijo tantos fuck you que Cristino ordenó que lo sacaran, y los compañeros de dominó del viejo, tres rancheros gordos, se acercaron al soldado y él les aventó una botella en la cabeza.

2

En un blog encontré el testimonio de Raymond Cross, otro soldado en Irak. La traducción es mía:

“Después de la operación en el campo de entrenamiento de los terroristas, hicimos una misión de reconocimiento. Entre los cadáveres de los hijos de puta que se estaban preparando para explotar nuestros tanques y aviones, incluso para volar trenes y autobuses con civiles inocentes, reconocí a un hombre.

Lo moví con la bota; no se movió. Entonces me agaché y le toqué el cuello.

Lo había visto dos o tres semanas antes, durante una misión después del bombardeo a una aldea de terroristas. Cuando entramos aún había humo y pequeños fuegos, todavía flotaba el polvillo blanco que queda después de los bombardeos. El hombre apareció entre los escombros, con la barba y la cara sucias. Buscaba a gritos a alguien y quiso acercarse a Panda, pero le apuntamos a la cabeza y el cabrón se detuvo. Amigo, amigo, repitió con las manos levantadas. Danny lo revisó y comprobó que no estaba limpio.

Se acercó al sargento y empezó a hablarle en iraquí. No entendíamos qué decía, y el traductor no venía con nosotros, pero parecía realmente desesperado. Después empezó a llorar y a jalarse el pelo y a gritar y dijo varias veces niños niños, en inglés. Luego empezó a dar vueltas entre los escombros y se perdió.

Cuando terminó la misión —no había nadie en lo que quedaba de la aldea— y regresábamos a la tanqueta, lo volvimos a ver. Estaba llorando sobre el cuerpo de un niño pequeño, quizá de ocho o nueve años, que yacía sobre una carreta con melones destripados de los que salía el único olor dulce de la tarde. El niño tenía una camiseta de Ronaldinho, el futbolista del Barcelona, y unas chancletas azules que colgaban entre los pequeños dedos de sus pies.

Entonces nos vio y comenzó a insultarnos.”

3

Después del entierro, Amalia se fue con su hermana. Se encerró en un cuarto oscuro y no quiso verme. Yo no podía dormir en nuestra cama. Me despertaba a las horas acostumbradas —doce, tres y cinco de la mañana—, como si aún tuviera que voltear a Diego para que le circulara la sangre. Fui a su cuarto y vi su cama vacía, con el barandal que impedía que se cayera. La gravedad pesaba más sobre su cuerpo. Entre las sombras vi la silla en la que Amalia se sentaba a platicarle cosas aunque él no pudiera entenderle. Vi la grúa y el arnés que usábamos para moverlo cuando creció, la silla de ruedas, plegada e inmóvil, la percha de la que colgaban el suero y la sonda nasogástrica.

Pensé que con los días se le pasaría, pero Amalia se negaba a verme. Su hermana me decía que no quería comer y que pasaba todo el día llorando y viendo fotografías de Diego. Yo intenté sacarla de ese cuarto, hacerla comer, pero ella me acusó, desde el otro lado de la puerta, de no sufrir lo suficiente. Hasta parece que querías deshacerte de él, dijo.

Durante años soñé que Amalia y yo íbamos a una playa o a una montaña, y que no necesitábamos pedir una respuesta que nadie podía darnos, soñé que podíamos dormir todo lo que quisiéramos sin temer que la muerte se metiera al sueño; que estábamos solos otra vez y que ella quedaba embarazaba. Y ahí estaba yo, llorando a media noche en esa habitación vacía que aún olía a medicinas, temiendo que ella se volviera loca, y sin terminar de entender lo que nunca entenderé: quién era nuestro hijo, ese extraño por el que nos desvivimos durante doce años, por qué logró sobrevivir tanto tiempo y por qué ahora nos hacía tanta falta alguien que quizá nunca supo que existíamos.

4

No creo en Dios, pero la Biblia me sigue pareciendo un libro a la altura de mis dudas.

Hay una escena en el Génesis, no sé si costumbrista o celestial, en la que tres desconocidos visitan a Abrahán y Sara, nómadas en el desierto. Después de refrescarse bajo una sombra y de tomar cuajada y leche de cabra, una voz que por efecto milagroso es al mismo tiempo la de Yahvé, el único, y la de los tres hombres, dice: Sara tendrá un hijo.

Sara, que está escuchando la conversación a sus espaldas, piensa que ya tiene 99 años, ya ni le baja la regla, y solo puede reírse. ¿De qué se ríe Sara?, pregunta Yahvé (o los tres huéspedes). No me estaba riendo, dice Sara, y en el texto se abre un paréntesis explicativo, uno de esos paréntesis que son como bombas de succión:

 (“Es que tuvo miedo”.)

Hay algo de esta parquedad que me hiere. ¿Es lo único que puede decirse de una mujer marchita que por fin puede tener un hijo? Como si no supiéramos que ser padre significa esencialmente vivir con miedo: ¿Y si le pasa algo? ¿Y si me muero?

¿Cómo sobrevivirá?

La historia bíblica sigue, y después de una vida tan breve o tan larga como 105 versículos, Dios pide a Abrahán que mate a su hijo. Con un cuchillo. En un monte.

Dios pide que queme su cadáver.

(Y el narrador, otra vez, apenas dice que estuvieron así tres días: tres días en tres palabras).

El final ya lo sabemos, porque en las buenas narraciones, especialmente en las bíblicas, el final está anunciado en la primera frase: era una prueba de Dios.

Yo podría decir que tengo una enfermedad congénita. La primera vez no lo sabía y ya conocemos el final: Diego, mi hijo. Amalia y yo nos hicimos pruebas y los médicos dijeron adelante, pueden embarazarse otra vez, pero a las quince semanas se confirmó que el bebé también venía mal. Una prueba de Yahvé, diría el narrador del Génesis, y después callaría. No, dije yo mirando a mi hijo inmóvil, pensando en mis genes envenenados. Y después de visitar a un médico para que lo matara, Amalia se encerró en una habitación oscura y no quiso hablarme.

Fue la primera vez.

5

Tres años después regresé al pueblo. Durante ese tiempo soñé varias veces que estaba en la cantina de Cristino. Soñaba con William, sobre todo soñaba con su voz. Insolente. Violenta. Rencorosa. Y sus palabras se mezclaban con mis dolores y con imágenes de dunas frías en el desierto de Irak y con el silencio de Amalia, y con un tanque que se convertía en ataúd.

El único hotel del pueblo estaba ocupado por un grupo de gringos. Mientras buscaba hospedaje en una casa, vi a Olegario en una carnicería. Estaba con otros dos hombres, parientes seguramente, que intentaban filetear un trozo de carne o un hígado o un páncreas o un riñón de vaca.

Me acerqué a saludarlo y no me reconoció. Le recordé cómo nos habíamos conocido. Él sonrió un momento y asintió con la cabeza. ¿Cómo está Willy?, dije. ¡Te acuerdas!, dijo, y luego agachó la cabeza. Con una mano aplastó el trozo de carne. Le encajó un enorme cuchillo y lo abrió por la mitad. Era muy roja pero no sangraba.

Imaginé que sobrellevaba tres juicios por violencia doméstica y dos más por conducir ebrio, que padecía insomnio recurrente, que las pastillas no le quitaban las sombras de sus amigos muertos. O quizá una noche tropezó en las escaleras de un edificio en llamas y mató a su bebé, o se estrelló en moto contra el muro de una escuela, o se volvió yonqui, o esperaba la muerte en una cárcel del condado de Orange por traficar órganos de niños guatemaltecos.

Regresó a Irak y lo mataron, dijo Olegario.

Después de un rato en silencio, le invité una cerveza. Cruzamos la plaza y entramos a la cantina. Cristino, que estaba en su lugar habitual, saludó a Olegario con la cabeza. A mí me miró sin reconocerme. Luego dio la orden de que nos sirvieran.

El Labios ya no estaba.

Jueves 6 de julio

Me pongo a escribir porque al fin tengo algo para contarte. El muchacho del quiosco hoy no me trajo el diario. Fui a quejarme. Camino al quiosco se me ocurrió la idea de pedirle que me traiga un ejemplar de cada uno de los diarios. ¿Cuántos son? Ni él lo sabe, así que nos ponemos a contarlos. Traígame todos los diarios, todos. Tendrías que haberle visto la cara al pobre.

Sábado 15 de julio

Es agotador. Empiezo a las ocho de la mañana. Paro para almorzar y después sigo hasta eso de las siete de la tarde. Leo los diarios como se leen los libros, en perfecto orden, de la primera hasta la última página. Tengo que hacerlo así para no saltearme nada. Al principio probé otros métodos. Por ejemplo, leer primero la sección política de cada uno de los diarios, después la sección deportes, después la de espectáculos, después las páginas internacionales. Pero no, el de ahora es el mejor método.

Domingo 20 de agosto

Lo siento pero tuve que tirar tu ropa. Es raro, no sentí gran culpa. Ya sé que te dije que la iba a donar, pero no tengo tiempo. La tiré. Hay días que este trabajo de los diarios me lleva doce horas y me deja sin fuerzas, sobre todo los fines de semana. Entonces dejo algo para el lunes. Generalmente el martes me reactualizo y aprovecho para ordenar. Como tiré la ropa, ahora tengo lugar en tu armario para guardar los diarios que ya leí. Cada vez que viene de visita, Ana dice que tengo que tirar los diarios. Para qué guardarlos, mamá. Tu olor ahora se mezcla con el olor a tinta de los diarios, pero no es un olor nuevo sino una pugna entre olores.

Viernes 1.° de septiembre

Leo en los diarios lo que nadie lee. A veces me digo que soy la única persona que ha leído tal o cual noticia abandonada en un rincón. A veces me digo que soy la razón por la que publican esas noticias insignificantes que no alteran nada en el curso del mundo. Deberías verme. Comparo las noticias. Copio en un cuaderno las más curiosas. A veces viene Ana y le pido que me ayude a cargar hasta tu armario las pilas que se me van amontonando.

Lunes 11 de septiembre

Desconfío de las noticias que salen en un solo diario. Desconfío de las noticias que salen iguales en todos los diarios. Solo creo en las noticias que salen diferentes en todos los diarios. Ayer viono Ana, le mostré el cuaderno y le leí la noticia del hombre al que le implantaron una segunda cabeza. Salió publicada en un solo diario, o sea que las mejores noticias son aquellas en las que no creo. Ana me dice que todo eso es mentira, que hay diarios que inventan cosas. Claro que sí. Después le pido no te vayas y le leo mi noticia favorita del último mes. En Holanda, un director de cine fue hallado culpable por el asesinato de cuatro actores que años atrás habían trabajado a sus órdenes. El asesino nunca pudo aceptar que sus actores siguieran apareciendo en otras películas hechas por otros directores. Cuando terminé de leer, Ana se largó a reír, tanto que terminó llorando y parecía triste. Le dije entonces que te extraño, que me encantaría leerte a vos las cosas que copio en el cuaderno. Tengo otras noticias que a veces, por las noches, hago de cuenta que te leo. Pero Ana se puso violenta y ya no quiso escucharme.

Domingo 29 de octubre

Hace mucho que Ana no aparece por aquí. La última vez le pedí que no viniera más los fines de semana porque son los días que tengo más trabajo. Sería muy útil que viniera los miércoles después de las seis de la tarde, pero no sé qué le pasa, no entiende razones.

Lunes 6 de noviembre

Ayer Ana me dijo que desde el mes pasado existe un diario nuevo. Yo no lo sabía y me enojé mucho. La verdad, no sé si me enojé por lo que me contó o porque ayer fue domingo y no quiero que nadie me moleste los fines de semana. Hoy fui al quiosco y les dije de todo. Al final me dieron la razón. Sí, señora, desde mañana también le mandamos el diario nuevo.

Viernes 10 de noviembre

Si vieras qué fácil es. Me fijo el número de teléfono. Llamo. Me fijo el nombre de la sección y el nombre de un periodista cualquiera y pido por él. No falla casi nunca. A veces me dicen que no, que es colaborador, entonces lo tacho de la lista. Pero los periodistas que ellos denominan redactores están allá todo el día. Hacen guardia como los médicos o como los policías. Es una obligación. Para que me hablen les pregunto idioteces y los entretengo. Ellos tienen que ser amables porque saben que una siempre puede quejarse a un superior. A esta altura ya les conozco a varios la voz. Los que escriben de política en su mayoría son hombres y tienen voz grave de fumadores. En espectáculos ocurre al revés, todas mujeres con voz de secretarias. Últimamente, cuando leo los artículos firmados por esos con los que hablo seguido, me parece estar oyéndolos.

Jueves 16 de noviembre

No sé si decírtelo. Conocí ayer a Sergio. Tanto nos hablaba Ana de Sergio. ¿Te acordás? Después dejó de hablar de él y yo no sabía si preguntarle. Después volvió a hablar de él, ya no sé si vos estabas, por ahí lo mencionaba como si fueran amigos. Anoche Ana vino con Sergio. No habla mucho ese muchacho. Parece educado, pero me parece que no es como te gustaría que fuera.

Martes 28 de noviembre

Ahora salió otro diario más. Esto complica las cosas porque además los diarios vienen cada vez más gruesos. Me estaba atrasando y por eso no te escribía, pero este fin de semana lo pasé sin dormir y ya me puse de nuevo al día.

Miércoles 29 de noviembre

Me olvidé: Ana se fue de viaje sin Sergio. Es raro porque no se fue de paseo, se fue a buscar un cargamento de no sé qué para el negocio de él. Creo que se fue a Brasil. Por las dudas mañana voy a leer con más atención las noticias de Brasil.

Lunes 11 de diciembre

Ana ya volvió y se fue de nuevo. Con la excusa de que tiene que viajar seguido ya no nos vemos, solo hablamos por teléfono. La semana pasada fui a ver al oftalmólogo porque desde hace algunos meses se me irritan los ojos. No te dije nada para no alarmarte. El problema no es que lea mucho, sino que me refriego los ojos con los dedos manchados de tinta. Eso dice el oftalmólogo y tiene razón. A veces las yemas de mis dedos están negras. Santo remedio desde que anteayer se me ocurrió usar un trapo húmedo y limpiarme las manos cada tanto.

Jueves 21 de diciembre

No lo puedo creer. Nuestra Ana hizo algo terrible. Me enteré por los diarios. Dicen que Sergio está libre, que es inocente y que no tiene nada que ver. Podría haber llamado Sergio, para avisarme. Tal vez no tenga mi número. Tal vez prefiere pasar por casa para explicar bien lo que pasó. Por las dudas no me muevo de acá, así me encuentra. Ahora Ana está en todos los diarios. Pero todos los diarios dicen lo mismo, así que no debería creerles. Voy a llamar y vas a ver que Ana me atiende y nos dice que todo fue un error, que hay otra que se llama igual que ella. ¿Y si atiende Sergio? Ahí no, ahí cuelgo.

Sábado 23 de diciembre

Ana volvió a salir hoy en todos los diarios, pero esta vez no se ponen tan de acuerdo. Sé más de ella ahora que en los últimos tiempos, cuando ya no me visitaba. Por primera vez estar con Ana no significa interrumpir la lectura.

Jueves 4 de enero

En una aldea de China una mujer dio a luz un perro. Lo que no entiendo es cómo ponen una noticia tan importante en una página perdida. Ayer estuve discutiendo con varios de ellos. El asunto es que pierdo la tarde hablando por teléfono y después tengo que recuperar terreno. Pero si siguen haciendo las cosas mal voy a tener que llamar más seguido. Antes esto no pasaba. Y lo peor es que ahora se hacen negar. Por ejemplo, uno de los que escriben sobre Ana ya no quiere atenderme. Antes hablábamos seguido. Ahora siempre me dicen que no está. No tendría que haberle contado quién soy. Al principio no me creyó, sabés, y me habló medio en broma. Escúcheme, le digo. Escúcheme bien. Y le conté la historia de Ana y Sergio, y le di el teléfono de ellos para que me creyera. ¿Cómo es el teléfono?, me preguntó. Y me lo hizo repetir.

Viernes 12 de enero

Voy a tener que pedirle al muchacho del quiosco que me ayude a ordenar los diarios en tu armario. Estuve haciendo cálculos y de acá a tres meses ya no va a haber lugar. Capaz que tiro un poco de ropa mía. Hay cosas que ya no uso.

Miércoles 24 de enero

Hoy me despertó la voz de Ana en el teléfono. ¿Qué hora es? Son las once de la mañana, me dice, ¿dormías? No le discutí porque la pobre está mal pero en mi reloj eran las siete menos diez. Parece que Ana volvió a su casa. Pero me dio otro teléfono y me dijo que me olvide del anterior. ¿Y Sergio? También tenemos que olvidarnos de Sergio. Hace mucho que no aparecés en los diarios, le digo. Entonces Ana se pone a llorar y dice necesito verte, quiero contarte lo que pasó. Por suerte pude responderle no vengas, no hace falta, para qué si ya lo sé todo por los diarios, y le corté.

Lunes 29 de enero

Ana insiste con los llamados. Ahora dice que Sergio fue el culpable, que la mandó de viaje y se hizo después el desentendido. Yo no sé qué pensar. Hace cuatro días que llamo al que escribía sobre Ana para contarle esta historia, para que me diga la verdad. Si hoy me vuelven a decir que no está, llamaré a otro diario.

Martes 13 de febrero

En Hungría, durante un concierto, alguien del público disparó contra el violinista. La policía apresó al agresor y descubrió que era sordo. Acá los diarios se vuelven más gruesos y mi salud más flaca. Ya venía una semana demorada, pero los últimos días los pasé con dolores en el pecho y en las piernas, así que ahora estoy dos semanas atrasada. No veo la televisión ni enciendo la radio para no enterarme de lo que aún no leí. Te vas a reír: ayer hice un pedido al mercado y les dije que no envolvieran los huevos con ningún diario posterior al veinte de enero.

Martes 27 de febrero

Me doy cuenta de que Ana está mejor porque ya casi no me llama y ya no insiste en querer visitarme los fines de semana. Ayer vino por un rato y, de pronto, tuvo la idea de ayudarme a ordenar los diarios. Le dije que en tu armario ya no queda lugar ni olor a vos. Después me tropecé y casi me caigo. La pobre Ana se asustó. ¿Te mareaste? No, le digo. Total ya estoy acostumbrada a que me pase más seguido.

Lunes 5 de marzo

Esto empeora. Me sigo retrasando. De nuevo problemas de vista. Ayer, para colmo, me puse a leer un diario que ya había leído. No sé cómo pudo traspapelarse. Total que perdí una hora porque al principio no me di cuenta. Cuando llegué a la noticia de los cuatrillizos siameses, pegados los cuatro por la cabeza como un trébol de los que traen buena suerte, ahí recién me dijo esto ya lo leí, porque la verdad es que, salvo noticias así, el resto siempre parece lo mismo. Eso fue ayer porque hoy me dolió tanto la cabeza que bajé las persianas y me quedé a oscuras, sin leer. Te escribo apurada. Perdón.

Domingo 11 de marzo

Podés creer qué mala suerte que ayer me vengo a marear después de abrir mi armario, me caigo contra la puerta, el mueble se sacude todo y los últimos tres meses de diarios se derraman por el piso. Ya no sé qué leí y qué no leí. Tengo miedo de agarrar un diario y saltarme por error un día. La cosa es que perdí la cuenta, no me acuerdo por qué fecha iba, solo sé que a esta altura ya estoy muy demorada. Si sigo así voy a vivir leyendo diarios de un año atrás. Igualmente leo el horóscopo y el pronóstico del tiempo como si fueran del día de la fecha.

Martes 20 de marzo

Debo haberme salteado varios días porque de pronto no entiendo las noticias. En España pasan cosas raras. No sé dóndes antes leí esto. Cuando me duele mucho la cabeza solo puedo leer los títulos. No sé si te dije algo que ya me pasó otras veces. Vengo leyendo día a día un hecho, como una de esas novelas por entregas, y de repente el asunto desaparece. Me digo que es pasajero. Pasan los días y nada. ¿Adónde va a para toda esa gente que no es noticia? Nadie en los diarios me sabe decir qué fue de los cuatrillizos. Ya ni ganas de quejarme tengo.

Jueves 29 de marzo

En la India nació un chico con las manos al revés, con las uñas del lado de adentro y las palmas del lado de afuera. Después, por un momento, me pareció que eras vos en el diario. Aunque la foto está borrosa, el muchacho se te parece tanto que agarré la lupa para sacarme la duda. Lo que te contaba de España va de mal en peor. Ahora Ana dice que tiene una idea para solucionar mi retraso. Una amiga suya, enfermera, no consigue trabajo, entonces ella le propuso que me ayude con los diarios. Así, de a dos. Vamos a adelantar.

Sábado 7 de abril

No conozco persona más inútil que Violeta. Si sigue así tendré que echarla. Ana me pide que le tenga paciencia, que está sin trabajo y tiene un hijo de cinco años. Como no sirve para nada con los diarios, ayer la mandé a la cocina para que me prepare algo de comer.

Domingo 15 de abril

Ayer saliste mejor que el otro día. Lo que no entiendo es por qué publican tus fotos en tamaño tan pequeño. Ahora me la paso con la lupa para poder verte. Tuve que echar a Violeta. A veces viene Ana.

Lunes 30 de abril

Me lo rogaron las dos. Por eso le dije a Violeta que está bien, que puede volver, pero a condición de que no toque los diarios. Por las dudas echo llave a los armarios. Ya una vez la descubrí queriendo abrir el tuyo, entonces le pegué dos gritos y se fue corriendo. Pero si grito fuerte me mareo.

Jueves 17 de mayo

Me sigo mareando. Hasta sentada me mareo, como si día y noche estuviera a bordo de un barco.

Miércoles 20 de junio

Esta mañana me despertó un olor agrio que salía del armario. Todo apesta. Los diarios viejos se están pudriendo. No me rindo, pero nunca olí algo así. A veces por las noches me pongo a aullar.

Miércoles 4 de julio

Los diarios ahora vienen de curiosas formas: redondos, romboides, ovalados. El otro día un diario trajo una sola noticia: la misma noticia contada de cien maneras diferentes. Mi atraso ya no tiene solución. Igual no me rindo. Si miro con suma atención, si uso la lupa, en todas las fotos ocurren cosas muy extrañas a tus espaldas. Algunas fotos me dan arcadas. Ayer me desmayé. Lo de España me preocupa más y más. Voy a tener que echar perfume.

Lunes 20 de agosto

Querido papá, soy Ana. Recién ayer encontré este diario. Como ya sabrás, mamá murió hace dos jueves. Supongo que a ella le gustaría ver clausurado este diario con el recorte que voy a pegar a continuación. Pensar que estuve a punto de decirles a los de la funeraria que no pusieran ningún aviso. Después me dio pena. Pensé que acaso, de este modo, alguna vieja amiga podría enterarse. Que yo sepa, es la única vez que mamá salió en los diarios.

 

Este cuento forma parte de Lo inolvidable (Páginas de Espuma, 2010). 

Mi hermana siempre decía que era mucho mejor tener un sobrino que tener un hijo. Supongo que nuestra madre habría estado de acuerdo. Según mi hermana, con un sobrino disfrutabas de todo lo bueno, de todas las alegrías de tener un niño cerca, pero sin ninguno de sus inconvenientes. El embarazo, por ejemplo. Y el parto. Los pañales. Despertar a medianoche. Y, cuando crecen, no tienes que reñirles, ni que educarlos, aseguraba mi hermana. La adolescencia, ese misterio, esa sangría. Puedes limitarte a darles todos los caprichos y a dejarte querer. Puedes comprar un pantalón, por ejemplo, pero no tienes la obligación de comprar todos los pantalones y de supervisarlos y de comprobar cómo se desgastan y cómo se quedan pequeños. Puedes ver cómo crecen los niños, sí, pero con distancia suficiente, a salvo de las explosiones y de los agujeros negros. Por no hablar del tiempo, del tiempo que se escapa, de la sensación de que la vida se desplaza lentamente hacia la nada como un barco a la deriva. Yo no podía estar menos de acuerdo con aquellas afirmaciones, aunque fingía que sí. Un barco a la deriva siempre es mejor que un barco que hace aguas por todas partes, que se va a pique, que ya se hunde sin remedio. Yo quería todos esos inconvenientes que enumeraba mi hermana. Yo quería planchar las rodilleras, limpiar culos, poner el termómetro, ir a las revisiones del pediatra. Dormir siempre mal, con una opresión en el pecho. Siempre es difícil llevarle la contraria a una hermana mayor.

Laura era hija de mi hermana, y por lo tanto era mi sobrina. Una niña frágil y fantasiosa que empezó a quedarse en mi casa una vez por semana, después del colegio, cuando acababa de cumplir cuatro años. Nació en octubre. Al principio nos pareció más conveniente que fuera los jueves, que pasara conmigo las tardes de los jueves. Recuerdo la tarde en que Laura, sentada en el sofá, señaló hacia el pasillo con una expresión de goce indudable, con esa mirada brillante que solo tienen los niños. Era la segunda o la tercera vez que venía a pasar la tarde conmigo, mi hermana aún no había llegado de la sesión y ya empezaba a hacerse de noche, aunque acabábamos de merendar. Seguí la dirección de la mirada de Laura, pero no había nada allí, nadie, solo mi triste pasillo en penumbra. El suelo estaba lleno de miguitas de pan. Entonces ella me miró fijamente y me dijo, entusiasmada: ¿No lo has visto? ¡Acaba de pasar un fantasma! ¡Estaba asustado como una paloma! Aquel día supe que me había ganado su confianza, porque ya era capaz de inventar junto a mí, de mentirme o de bromear o de ponerme a prueba. Hasta entonces había permanecido en silencio.

Después de las navidades mi hermana decidió que era mejor que su hija viniese a mi casa los viernes en lugar de los jueves. Ella, mi hermana, salía agotada de las sesiones, así que parecía preferible que fuesen los viernes por la tarde y que Laura se quedase a dormir conmigo. Mi apartamento solo tenía un dormitorio, pero conseguimos una cama plegable, ya no recuerdo cómo, tal vez la trajimos de la Torre, una cama diminuta con un colchón de apenas diez centímetros de espesor. Aquellos primeros viernes de invierno Laura durmió siempre de un tirón, exhausta por los juegos y la emoción de pasar la noche fuera de casa (nunca antes lo había hecho), tal vez también por el misterio de las actividades adultas y casi clandestinas de su madre. Tardó varios meses en despertarse por primera vez en mitad de la noche, como hacía en su casa de forma habitual, al menos según me contaba su madre. Uno de los momentos más felices de mi vida fue la primera vez que Laura empezó a gritar en mi apartamento a las tres o las cuatro de la mañana. En mi cama, en medio de un sueño profundo, me despertó un llanto infantil situado a solo dos metros de mí y durante unos segundos creí que quien lloraba era un bebé, mi hijo, un hijo o una hija inexistentes (no he tenido hijos, claro) y en medio de ese desconcierto, antes de ir a consolar a mi sobrina, lloré yo también, de alegría y de intuición y tal vez de rabia. Me sumergí en el llanto de Laura y buceé en él como en la idea de otra vida posible. Después me acerqué hasta su cama en la oscuridad y vi que gritaba dormida, con los ojos cerrados y el labio inferior tembloroso, los dedos rojos agarrados al borde del edredón. Le acaricié el pelo y se calmó poco a poco, como si mis dedos le hubieran inyectado alguna droga.

Aquellas estancias periódicas duraron dos años. Compré un cepillo de dientes, una almohada rosa con unos dibujos de animales, un pijama, juguetes, galletas de distintas formas y colores. En su casa dormía siempre con un oso de peluche que le había regalado Jaime, así que yo también le compré un muñeco para que tuviera algo a lo que aferrarse por las noches. Encontré un pato de tela que me cayó simpático desde el principio. Tenía la mirada vacía de los animales disecados o falsos, pero no daba demasiado miedo, porque no parecía real. No era sólido, había algo de gelatinoso en sus movimientos, solo me costó diez euros. Yo lo guardaba en el armario empotrado de mi habitación y todos los viernes por la mañana lo colocaba con cuidado debajo de mi almohada, y lo primero que hacía Laura cuando entraba a mi casa era correr hasta mi cama para destapar al muñeco y saludarlo. Ella creía que el pato pasaba toda la semana allí, que dormía conmigo. Le daba un poco de pena que el muñeco no tuviera niños con los que jugar. Supongo que mi vida le parecía previsible y aburrida, a pesar de todo. Cada vez que Laura veía al pato, saltaba y chillaba de alegría, como si a lo largo de la semana hubiese llegado a dudar de la fidelidad del muñeco, o de la mía. Le inventamos un nombre, Feldespato. ¿Qué tal estás, Feldespato? ¿Me has echado muchísimo de menitos?, decía Laura, mientras le acariciaba el pico naranja o le besaba las patas amarillas y lo llenaba de babas.

Me encantaba pasar los viernes con mi sobrina. La iba a buscar al colegio con el coche, y pasábamos la tarde escuchando música, pintando, en el parque o en el cine. Hacíamos carreras. Escondíamos objetos. Olíamos hojas y pinturas. Nos maquillábamos. Bailábamos alrededor de una hoguera imaginaria mientras tocábamos instrumentos invisibles. Al final de la tarde preparábamos la cena: le gustaba probar, subida a una silla, cada uno de los ingredientes que añadíamos a la pizza o a la ensalada. Antes de acostarla le leía un cuento. Mi colección de cuentos infantiles creció poco a poco y pasó a ocupar más espacio que mi propia biblioteca. Laura construía verbos a partir de sustantivos: decía «bicicletear», «cuentear», «peliculear», «bocadillar». También decía «mantar» en lugar de «arropar». Cuando estaba con ella el mundo cambiaba de significado y cada objeto se convertía en una acción de maravilla posible.

Perdí a Feldespato. Un viernes por la mañana, nada más despertarme, tuve una extraña intuición, como un hueco que se abría en mitad del pecho. De inmediato vi, o imaginé, la mirada indiferente del muñeco. Busqué primero en el armario, donde lo guardaba siempre, y después, como un acto reflejo, debajo de la almohada. A continuación rastreé sin éxito toda la casa, al principio de forma alocada y aleatoria, después de forma sistemática. Los nervios me llevaron a buscarlo en lugares que llevaba años sin recorrer, en la esquina más inverosímil, debajo de la cama y del sofá, en el trastero, en una gigantesca caja de cartón en la que guardaba cartas y papeles antiguos, fotografías familiares, apuntes de la universidad. Pasé revista a mi vida y me sorprendí de haber sido, no muchos años antes, otra persona. Me sentí culpable. Recordaba que había metido el muñeco en la lavadora el domingo anterior, con las sábanas de Laura, y recordaba haberlo tendido en la terraza, sujeto a la cuerda con una pinza que le atenazaba el ala derecha y le daba un aspecto de sometimiento, como una marioneta en espera de una mano que la llene y la anime. Sin embargo, no tenía la certeza de haberlo colocado de nuevo en el armario, en su sitio. Los gestos repetidos pierden nitidez, se amontonan como calcetines o como camisetas, de dos en dos o de tres en tres, al final es imposible distinguirlos. Por suerte, tenía tiempo y pasé por la tienda en la que había comprado el muñeco perdido. Tenían varios iguales, colocados uno junto a otro en una estantería, las patas colgando, sin vida, como niños que esperan su turno. Todos con la misma postura de cansancio, con la misma expresión de nada.

Antes de ir a buscar a Laura coloqué el pato nuevo debajo de la almohada. Me pareció idéntico al otro, indistinguible. A lo mejor había alguna diferencia, el ligero desgaste del que se había perdido, pero una niña de cuatro años no podía darse cuenta.

Cogí el coche y fui hasta el colegio. A esa hora era imposible aparcar y siempre dejaba el coche en doble fila. Las madres (casi todas eran madres) formaban un semicírculo en torno a la puerta. Los niños de primero de infantil salían de uno en uno y corrían hacia la libertad. Laura solía ser una de las últimas. Caminaba hacia mí sonriendo, pero sin precipitarse, como si ya tuviera una idea precisa del concepto de dignidad.

Cuando llegué a casa con ella, repitió su ritual de todas las semanas y corrió hacia mi cama. Levantó la almohada, sacó el muñeco y se lo quedó mirando. La alegría desapareció de su cara. Me miró a mí. Volvió a mirar al muñeco. Este no es Feldespato, dijo. ¿Dónde está Feldespato?

Tuve que explicarle lo que había pasado. Me disculpé una y otra vez. Es difícil ponerle excusas a una niña de cuatro años. Aún no conocen los códigos, y las explicaciones se enredan, parecen absurdas, no sirven. Pero a medida que hablaba me di cuenta de que ella sentía más curiosidad que decepción. No hubo ningún reproche, ni una sola lágrima. En vez de mirarme a mí, miraba a su nuevo muñeco. ¿Sabes una cosa?, me dijo, por fin. Tenemos que ponerle otro nombre. Ah, claro, respondí. Tiene que tener un nombre. Le sugerí varios: Patoso, Matías, Ánade, Bartolo, Juan Carlos. Ninguno le parecía adecuado. No tiene cara de Bartolo, decía, por ejemplo, mientras examinaba con atención los ojos alucinados del muñeco. Pasamos la tarde así, mirando un pato de tela. Laura se tomó el asunto con mucha seriedad. A mí me costaba aguantar la risa. ¿Cómo había sabido que se trataba de otro muñeco? Fue por la noche, después de que la ayudara a ponerse el pijama, cuando me anunció que ya había encontrado el nombre adecuado. Se llamará Patológica, me dijo. Me quedé sin habla. ¿De dónde habría sacado esa palabra? Porque no es un pato, no es exactamente un pato, dijo. Es una chica, una pata. (Tenía una forma muy graciosa de pronunciar algunos adverbios: no dijo «exactamente», claro, sino «sastamente»: «no es sastamente un pato».) Le dije que entonces tendría que llamarse Patalógica, y no Patológica. Se volvió a quedar pensativa. Se llama Patológica, concluyó, dando por cerrada la conversación.

El sábado, cuando mi hermana vino a buscar a Laura mi sobrina le contó a su madre las aventuras de la pata Patológica. «Lo mejor de todo», le dijo, «es que no tenemos ni idea de que ha pasado con el otro muñeco. ¿Habrá salido volando?». El domingo por la mañana sonó el timbre. La vecina de abajo traía bajo el brazo el muñeco originario, Feldespato. Al parecer había caído del tendedor a su terraza. A lo largo de la semana había pasado un par de veces por casa, pero no había dado conmigo. Se lo agradecí. Coloqué los dos patos, uno junto al otro, y traté de encontrar alguna diferencia entre ellos. Con un rotulador negro tracé una F en la etiqueta del pato que me había traído la vecina y una P en el que había comprado sólo tres días antes.

El viernes siguiente quise hacer un experimento. Coloqué bajo la almohada el muñeco que tenía una F en la etiqueta. Fui a buscar a Laura al colegio, y cuando entramos en mi apartamento ella fue hasta mi cama, retiró el muñeco de debajo de la almohada y se puso a gritar como una loca: ¡Ha vuelto Feldespato! ¡Ha vuelto Feldespato! ¿Dónde estabas, Feldespato?

Laura decía que Feldespato era un muñeco triste, y que Patológica era una muñeca que siempre estaba contenta. No tenía ningún problema para diferenciarlos. A partir de ese día empezó a dormir con los dos. Cuando se lo conté a mi hermana, me dijo que yo siempre había sido, desde la infancia, una persona muy despistada y, al mismo tiempo, con una enorme imaginación. Seguro que hay algo que los distingue, algo que hasta una niña de cuatro años es capaz de percibir, y sin embargo a ti se te escapa porque siempre estás pensando en otra cosa. Sentí que en esas palabras había algo de reproche. No quise discutir.

Dos años después, cuando acabó todo, Laura se fue a vivir con su padre a Salamanca. Le ofrecí los patos como regalo de despedida, pero no los quiso. Están acostumbrados a tu casa, me dijo, en Salamanca estarían los dos muy tristes y no sabrían que hacer. No les gustan las ciudades que no conocen. Además, seguro que los cuidas muy bien. Tuve que reprimirme para no llorar delante de la niña.

Sólo unos meses después desperté en mitad de la noche con la certeza de que me estaba ahogando. Encendí el televisor y traté de ver una película. Me comí una mandarina. Era viernes, así que al día siguiente no tenía que ir al despacho. Ya estaba amaneciendo cuando abrí la puerta del armario. Saqué los dos muñecos y les pasé la mano por la tripa de tela. Me fijé en las etiquetas y me di cuenta de que las letras, que los distinguían se habían emborronado. La P y la F parecían iguales, una mancha vertical. Me pregunté si Laura todavía sería capaz de distinguirlos, de decirme cuál era cuál. Me acordé de mi infancia, de mi hermana, de nuestra madre, de los veranos en la Torre, cuando nos bañábamos en una palangana enorme y llena de bichos. ¿Tu eres Patológica, verdad?, le dije a uno de los muñecos. Devolví al otro al fondo del armario. Espero haber acertado, pensé, mientras me metía en la cama. Me abracé al muñeco con fuerza hasta que me venció el sueño. Cuando desperté, casi ocho horas después, el trozo de tela seguía allí. Fui al cuarto de baño, cogí las tijeras con las que me cortaba las uñas (las mismas que había utilizado tantas veces para cortarle las uñas a Laura) y volví a la cama. Miré al muñeco, miré la etiqueta, llegué a sostenerla entre los dedos índice y pulgar de la mano derecha, pero no me decidí. ¿Y si me equivocaba?