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Aquella noche teníamos invitados en casa e Inés llevaba alterada toda la semana. Localizaba recetas innovadoras en Internet, las imprimía y me sepultaba la mesa de trabajo bajo montañas de folios. Soy psiquiatra y me gusta el orden y no soporto la invasión de mis espacios sin motivo justificado. No obstante, fui razonable e intenté que Inés se pusiese en la piel de uno de mis pacientes. ¿Cómo se sentiría si llegase a una consulta y encontrase un montón de papeles desperdigados por la sala? Yo sabía que mis tácticas persuasivas habían dejado de surtir efecto el día en el que dejó de ser mi paciente y se convirtió en mi esposa, pero al final conseguí que recogiese todo antes de iniciar la consulta con el paciente de los viernes, un adicto al trabajo en fase avanzada.

En los últimos años solíamos rehusar las invitaciones a las casas de nuestros amigos y, por ende, nuestros amigos dejaron de brindárnoslas y de aceptar las nuestras, cada vez más esporádicas. Desde que nacieron las gemelas disponíamos de poco tiempo para reuniones sociales. Pero hacía tres meses, cuando las niñas cumplieron siete mágicos años, decidimos que era hora de retomar los encuentros abandonados por el cuidado de las pequeñas. Empezamos a salir con más asiduidad. Éramos unos padres responsables, se podría decir.

Aquella noche habíamos invitado a una pareja algo mayor que nosotros, pero la diferencia de edad casi no se percibía. No tenían hijos. Manteníamos una cierta amistad desde hacía tanto tiempo que ya ni nos acordábamos. De hecho, Inés era medio prima de Eduardo, que había conocido a su esposa Adela en nuestra boda. Adela había sido compañera mía de facultad y de alguna juerga universitaria nunca más mencionada.

Dos semanas antes, Adela me había llamado por teléfono desde el hospital para invitarme a cenar con ellos en su nuevo adosado. Cuando se lo conté, Inés se puso como loca y solo pensaba en devolverles la invitación. Recuerdo que aquella vez, en casa de Adela y Eduardo, no paró de adular la comida y la decoración. Lo hacía de manera burda y como a trompicones, jurando que aquellos muebles estilo colonial, elegidos por nuestros amigos, no diferían ni un ápice de los auténticos que ella y yo habíamos visto en nuestro viaje de novios a Tailandia.

Durante la cena en su casa hablamos de muchas cosas poco trascendentes. A veces conversábamos solo los hombres. Otras veces le preguntaba a Adela por sus casos y ella se interesaba por los míos. Nos gustaba intercambiar experiencias y anécdotas de chiste en las que los pacientes salían muy mal parados. Luego acabábamos discutiendo sobre lo que Adela calificaba de privilegios feudales de la psiquiatría privada frente a la pública. Adela tenía una forma de hablar chispeante y afilada que me seguía atrayendo con fuerza a pesar del paso del tiempo. Eduardo, entretanto, se aburría. Lo pillé en más de una ocasión bostezando sin tapujos. Supongo que se creía con derecho. Miraba al reloj de pared y en el fondo deseaba que nos acabásemos el vino. Inés aprovechaba para levantarse y dirigirse sola a la cocina, acarreando los platos sucios como si se tratase de su propia casa. Adela la dejaba hacer, ni le prestaba atención. Inés parecía, más que mi mujer, una sirvienta.

Tardamos en marcharnos. Eduardo se había espabilado, pretendía enseñarme su colección de plumas estilográficas. Me aseguró que en la nueva casa por fin disponía del espacio suficiente para exponerlas en una vitrina encargada a medida. Sus colecciones no me interesaban lo más mínimo. El coleccionismo era para mí algo catalogable entre las tendencias obsesivas. Miré al suelo mientras me mostraba un ejemplar nacarado y me fijé en que el cordón de uno de sus zapatos estaba suelto, pero no se lo advertí.

Una vez en la puerta, las mujeres se besaron con ruido y Eduardo y yo nos dimos un fuerte apretón de manos que acabó en un amago de abrazo. Pensé que esa sería la despedida definitiva, sin embargo, en el último momento, Inés se volvió a mirar de cerca los geranios de una jardinera, cuyo color apenas se distinguía en la oscuridad de la madrugada. Hube de volver sobre mis pasos. Adela insistía en que Inés debía llevarse un esqueje e Inés insistía aún más en que por favor no se molestase, pero acabó aceptando la rama con todo género de aspavientos. Entretanto temí muchas veces que Eduardo volviera a la carga con sus plumas, pero en su expresión ya solo se manifestaba el deseo de ponerse el pijama y meterse en su gran cama de estilo colonial.

Soy consciente de que, desde aquella noche, Inés únicamente pensaba en la visita de Adela y Eduardo a nuestra casa. Cuando nos subimos al coche y arranqué, calculando por dónde convenía tomar la salida, la observé, allí, sentada a mi lado, cómo sonreía con los ojos muy abiertos pero sin distinguir nada. Parecía un beato esperanzado ante un pelotón de fusilamiento. Con la mano derecha se aferraba con fuerza al esqueje del geranio. Me percaté de que se había pillado la falda con la puerta del coche sin darse cuenta. No nos dirigimos la palabra en todo el trayecto de vuelta. Inés estaba como ensimismada, a pesar de no haber bebido demasiado vino, y yo solo conducía, intentando concentrar la atención en mis pacientes, a quienes cada vez tenía más abandonados.

Cuando aparqué frente a la verja de nuestra casa, Inés apoyó su cara en mi hombro, estalló en lágrimas y me dio muchas veces las gracias. Al principio me asusté, repasé mentalmente qué tipo de trastorno psicótico mal curado podía provocar esa actitud. Luego se calmó, paró de llorar y me pidió permiso para organizar una cena e invitar a Eduardo y a Adela. Accedí, más porque quería acabar con la escena que porque me hiciese ilusión. Me observó con los ojos enrojecidos y alucinados a un tiempo y dejó caer su mirada en el horizonte nocturno, como antes. Estuve unos segundos contemplando su perfil. Ya no lo recordaba. Cómo le caían los rizos sobre la frente. No quería salir del coche, ni irme a ninguna parte.

Los días siguientes todo fue como la seda. Los pacientes parecían estar dispuestos a abrazar de nuevo la cordura y dejar de contar desgracias. Quizás fuera porque las noches se acortaban y les daba menos tiempo a maquinar suicidios. Pensé que, si todos ellos se curaban, yo no ganaría mucho y me vería obligado a buscar otros clientes más tarados aún. O tal vez creciera mi fama a nivel mundial y me viera en la necesidad de empezar a estudiar inglés para atender a las celebridades de Hollywood, sus ataques de grandeza y sus depresiones. Cuando me imaginaba esas cosas, la consulta se pasaba volando.

Al mismo tiempo, las gemelas metían menos bulla porque el verano se aproximaba y cada vez salían más a jugar al jardín. Inés me aseguraba que ella se ocuparía de todo lo referente a la preparación de la cena, que yo no tendría que mover un dedo. Por mi parte, no se lo había preguntado ni tampoco me había ofrecido a hacer nada, pero ella no se cansaba de insistir. Cuando la consulta se vaciaba, Inés pasaba las horas muertas con los codos sobre la mesa, estudiando páginas en Internet sobre protocolo en las comidas o sobre cómo doblar las servilletas de manera que emulasen pájaros. Más tarde intentaba ponerlo en práctica con las mantelerías que guardábamos en los armarios del salón y las servilletas no se tenían en pie. Algunas noches yo apagaba la luz de la mesilla y ella seguía al otro lado del tabique, tecleando términos en Google, con diez pantallas abiertas al mismo tiempo. Llegué a pensar que se metía en páginas de contactos y conversaba con desconocidos ansiosos de darle sus teléfonos y de preguntarle por el color de su ropa interior. Me recordó a una paciente que, dos años después de creer superada su adicción a los chats, todavía aseguraba que el hombre de su vida estaba allí, esperándola al otro lado del portátil.

El día de la cena empezó mal. El esqueje que Adela le había regalado a Inés caía torcido y sin vida fuera del vaso. Al verlo, a Inés le entró un ataque de histeria y la tuve que obligar a echarse unos minutos sobre la butaca destinada a mis pacientes. El reposabrazos estaba desgastado. Me pareció penoso e indigno de una consulta de la categoría de la mía. Inés estaba convencida de que la muerte del esqueje era un mal presagio y yo le aseguraba que no, que no, pero tampoco la sacaba de ahí. Se empecinaba en la obligación de comprar un geranio sin falta y regalárselo a Adela. A mí los geranios me parecían de una vulgaridad total. En una de esas, me ofrecí a ayudarla en algo, a preparar algo juntos como si fuese un proyecto común, y a ella se le fue pasando el disgusto. Habría preferido administrarle un Tranxilium, pero me arriesgaba a correr la suerte contraria y destapar la caja de los truenos.

Mi plan de ayuda y cooperación se resumía en acercarme al centro, dejar el coche en doble fila con los intermitentes encendidos y comprar algo en alguna tienda de delicatessen, pero Inés dispuso en la cocina cuchillos, tablas y robots de los que yo ignoraba por completo la existencia y el funcionamiento, y me metió el delantal por la cabeza como se le coloca un collar a un perro. Mi idea de la comida precocinada era para ella una aberración ultrajante y una falta de respeto a nuestros amigos. A mí me dio un poco de vergüenza todo aquello, el delantal y las manos sucias. Me acordé de esos programas de cocina en los que un ama de casa con ansias maternales mal encauzadas intenta enseñar sin éxito a un soltero cómo se pela una patata. Por suerte, con aquellos estupendos robots me tocó hacer muy poco y lo que me resultaba más pesado o pringoso se lo acababa endosando a Inés.

En plena faena, las niñas entraron en la cocina y pidieron merienda. Me miraron, se miraron y rieron. Sus risas no hacían ruido. Sonaban a hojas secas que crujiesen al pisarlas. No sé si reían por verme con el delantal o si solo estaban contentas porque aquella noche se iban a dormir a casa de su tía.

Inés preparó unos bocadillos y las niñas se los comieron mientras yo les aleccionaba sobre la importancia de la amistad entre hermanas. Me parecía crucial que las niñas empezasen a tomar conciencia de sus estados anímicos y les hablaba mucho de esos temas con la intención de evitar males futuros. Además, me había aburrido de sacarle bolitas al melón. Las gemelas me escuchaban con atención, luego mordisqueaban el bocadillo, se miraban y se reían y se oía el ruido como de crujidos. Inés no me hacía ni caso. Estaba demasiado ocupada. Fregaba cacharros que al minuto siguiente volvía a manchar.

Aunque no llegaron a acabarse la merienda, a Inés le entró prisa por dejarlas en casa de mi hermana. Me quité el delantal y me fui a vestir. Tuve que peinarlas yo solo. La coleta de una se ladeaba hacia la izquierda. La coleta de la otra, hacia la derecha y, como se parecen tanto, mi falta de destreza me puso en evidencia. Las miré en el espejo y les acaricié sus coletas maltrechas. Ellas se escabulleron. Me miré yo al espejo y a continuación cerré los ojos. Me imaginé en otro lugar, uno remoto, y volví a abrir los ojos y seguía estando allí. Tiré del cajón de las medicinas y calculé si faltaban más de la cuenta. Luego salí de casa.

Metí a las gemelas a regañadientes en el coche. En el último momento habían decidido que no iban, que querían quedarse con papá y mamá y que no querían que los otros mayores (Eduardo y Adela, se entiende) entrasen en casa. A mí me dio la risa y me sentí satisfecho de haber formado semejantes personalidades con tal capacidad de aserción. Pensé en volver sobre mis pasos y anunciarle a Inés con gesto serio que, visto cómo se lo estaban tomando las niñas, lo más conveniente era anular la cena. Luego temí que reaccionase violentamente y acabase con sus propias hijas. Sonreí con maldad.

Conduje deprisa por la carretera. Las niñas no hablaban. Cada una miraba de forma simétrica a los coches que adelantábamos o que nos adelantaban. Al llegar, mi hermana se extrañó, me esperaba una hora más tarde según había quedado por teléfono con Inés. Pareció contrariada.

—Es igual —dijo luego.

Me propuso entrar y tomar algo con ella.

—Hace mucho que no hablamos —dijo mi hermana—. Hay café recién hecho en la cocina.

Dudé de si quería que pasase su hermano o un psiquiatra. Podría recomendarle varios muy buenos.

—He de irme —dije yo—. Inés me está esperando y aún queda mucho por preparar.

No me disculpé. Tampoco acordamos la hora en la que iría a buscar a las gemelas al día siguiente. Quise decir adiós a las niñas, pero antes de que me diese cuenta ya habían desaparecido y supuse que estarían en alguna habitación haciéndole trastadas a la gata.

A la vuelta me metí por unas calles desconocidas para mí. De hecho no recordaba mucho aquel barrio y empezaba a hacerse de noche. Pensé que me iba a perder y que, si me perdía, llegaría tarde a la cena y que, si llegaba tarde a la cena, Inés sería capaz de ponerse a llorar delante de nuestros invitados. En marcha, agarré el volante con la mano izquierda y abrí la guantera con la derecha. El GPS no estaba en su sitio. Solo paquetes de Kleenex que nunca se usaban y varios CD de canciones infantiles. Al cerrar la guantera perdí el equilibrio y di un giro brusco con el volante. No acabé subiéndome a la mediana de milagro.

En la calle no había nadie a quien preguntar. Al girar la esquina vi un bar abierto, aparqué y bajé del coche. Entré con intención de preguntarle a alguien cómo salir de aquel barrio, pero en vez de eso, pedí un vino y me senté en un taburete al lado de la barra. Miré el reloj y comprobé que tenía tiempo de sobra para tomarme otro vino más.

El camarero me sirvió el primero de los dos vinos que iba a pedir. Su cara me resultaba familiar. Conforme bebía mi copa, caí en la cuenta de que era clavado al número uno de mi promoción, un chico llamado Ignacio Alcalde, muy inteligente y trabajador, pero marcado por un tic desagradable en la boca. Con ese gesto incontrolado, nadie le auguraba un futuro en esta profesión en la que los pacientes no te quitan ojo y es obligado cuidar las apariencias. Yo había perdido la pista de Ignacio hacía muchos años, hasta que llegué, sin saber muy bien cómo, al bar y me topé con aquel camarero. Sin problemas podía ser él, el mejor médico de la promoción del 78, desde entonces extraviado.

Dejé el vino a medio beber y pregunté por la salida. Me asustaba pensar que Ignacio había acabado allí y quise marcharme de inmediato. Pedí la cuenta como si me encontrara en un restaurante y el camarero me miró extrañado, dudando de si le estaba preguntando por el importe o además quería el ticket de la máquina. Pagué y el camarero o Ignacio me dio las explicaciones pertinentes para tomar la salida. Tenía una voz grave y cascada, en todo distinta de la que yo recordaba y eso me tranquilizó por un momento. Luego pensé que el tabaco, entre otros factores, podía cambiar el tono de una voz.

Arranqué el coche y encontré la salida a la primera. Intenté visualizar el nombre del bar, por si alguna vez volvía a pasar por allí a la luz del día. Me había quedado unos segundos contemplando el rótulo iluminado antes de entrar, pero ahora era incapaz de acordarme. Se había levantado algo de viento y sobre uno de los parabrisas descansaba una hoja picuda, que no dejaba de brillar con un reflejo azul. El móvil sonó. Metí quinta y luego saqué a tientas el teléfono del bolsillo de la americana. La hoja picuda desapareció como una mariposa espantada por un cachorro. Era un mensaje de Inés. Decía dónde estás, date prisa o empezaremos sin ti.

Como por instinto, levanté el pie del acelerador y dejé de adelantar al coche que me precedía.

Caminando, caminando y ni te acuerdas: eso es lo que le dice siempre. Bueno, no exactamente en esos términos. Generalmente se trata de un reclamo más directo: no llamaste a Pacheco, no revisaste el contrato de Supercable, no llevaste el carro al taller, se te pasó la hora de la cena, te olvidaste de nuestro aniversario de bodas o de comprar el champú que te pedí. Ella no espera respuestas y Benjamín sabe que sería inútil contestar. También sabe que tras esa letanía de pequeños olvidos se alza, liso e implacable como un tepuy, el verdadero reproche, existencial, imperdonable. El de no recordar. Hay una enorme diferencia entre olvidar y no recordar.

Un reproche que, por supuesto, nunca ha sido pronunciado directamente. El peso acusador de lo que Benjamín no recuerda –o pretende no recordar– desencadenaría tamaño terremoto en todas las capas geológicas que amontonaron con paciencia durante años hasta formar un terreno estable donde pueden soportarse mutuamente. Benjamín no se acuerda del futuro que quedó en el pasado, de ese futuro glorioso, brillante como el sol, cuyos contornos desaparecían misteriosamente a medida que se adentraban en él. Treinta y cinco años es suficiente tiempo para comprobarlo.

Lo peor es no recordar, dice ella sin decirlo, pues habla tan solo del mecánico y del champú. Se te olvida todo, dice. La vida que me prometiste (eso no lo dice). Caminar y caminar no lo resuelve, dice, y últimamente es todo lo que haces.

Como si no supiera que Benjamín se puso a caminar por orden del médico. El santo remedio para la edad que tiene, el colesterol alto, el hígado perezoso, las arterias obstruidas y el corazón tan poco activo como el dueño de esos órganos estropeados. Así que se acostumbró a caminar. Ahora su mujer sospecha que le gusta hacerlo y esto no lo puede permitir; no es justo, mientras ella vive con la desdicha de acordarse a diario de ese luminoso futuro común que se desdibujó en el presente y nada más.

–Ya basta de caminar tanto, Benjamín. ¡Abre la puerta por favor! Mauricio viene hoy a cenar con tus nietos, nunca sabe qué hacer con los chicos cuando le toca cuidarlos, hay que decir que se volvieron insoportables desde el divorcio, se les nota la educación de su madre (mejor no hablo de ella) y Sandrita está durmiendo, así que tienes que dar un salto a la panadería. Y podrías poner la mesa también, ¿qué te parece? Siempre yo sola con todo. Y tú, ¡caminando y caminando!

Los guijarros crujen bajo sus pies y el aire de primavera rebosa del trinar de invisibles pájaros. Benjamín sube el volumen; desde muy lejos le llega el relincho de un caballo. Un sonido delicioso.

Le rodea un mundo verde y vegetal, ahora como al principio, cuando se dirigió a los sitios con derecho común a la caminata: la Autopista cerrada los domingos, Los Caobos, El Parque del Este. Se compró un walkman y por un tiempo metía la panza y erguía la cabeza, como corresponde a quien forma parte de una comunidad saludable y deportiva, donde los exitosos hombres de negocios se ponen democráticamente el mismo short que los fracasados; reino de piernas largas y musculosas preparándose para un maratón, ceñidas mallas, impecables traseros, cuerpos brillantes de crema y sudor. Hasta que llegó el día inevitable en que se dio cuenta de que los demás corrían o trotaban, y aun los que caminaban como él, lo pasaban con facilidad, una y otra vez. Pisando fuerte el cemento de umbrosos senderos parecían dirigirse apurados hacia algún destino importante, desconocido para él. Benjamín, en cambio, solo daba vueltas. Se quedaba atrás, como siempre. Y eso le recordaba de alguna manera el reproche nunca pronunciado por su mujer, implacable como un tepuy. De modo que guardó el walkman en la gaveta, (siempre compras cosas y después no las usas) y optó por cederle definitivamente el carro y caminar a su trabajo, de ida y de vuelta.

–Me oíste, Benjamín, ¡basta ya! –dice ella–. ¡Ábreme esta puerta! Van a cerrar la panadería.

Benjamín aprieta el paso. Aún le queda camino por recorrer.

Su oficina se encuentra en el mismo viejo edificio donde él la instaló cuando este era nuevo, mucho antes de que la ciudad le pasara por encima y lo dejara olvidado al final de una calle peatonal, hoy invadida por buhoneros y artesanos ambulantes.

Caminar por allí implicaba perderse entre los tenderetes y bandejas, en el abigarramiento de joyas de plástico, perfumes de Taiwán, bluyines de contrabando y pantaletas de lycra con encaje. Benjamín remoloneaba hojeando libros de segunda mano y manoseadas revistas pornográficas desplegadas sobre la acera; a veces compraba dulce de leche o un kilo mal pesado de mandarinas a una joven mulata, cuyo bebé color puro chocolate dormía entre chucherías. Ella le hablaba con amabilidad, decía que están dulcitas las mandarinas, le decía “mi amor”, y el vendedor de revistas, alemán de pelo blanco y acento colombiano, compartía con él profundas reflexiones acerca de la situación del país con las cuales Benjamín no podía discrepar.

Aquí no existía pasado ni futuro alguno, mucho menos un futuro que ya pasó. Era fácil vagar sin metas ni equipaje por ese presente instantáneo, efímero y eterno a la vez, que se deshacía en gritos y revoloteo de colchas apenas se asomaban los agentes uniformados en la esquina quedando la calle súbitamente vacía con sus fachadas desconchadas, pipotes atestados de basura y remiendos de asfalto entre los adoquines; pero nada de esto era trágico ni definitivo: minutos después reaparecían los colores y se reanudaba el bullicio.

Muy pronto el camino de ida y vuelta a su oficina se convirtió en el placer de cada día. Benjamín lo mantenía en secreto, por supuesto. Sabía bien que no tenía ese derecho, mientras a Mauricio lo limpiara la arpía de su ex, y Sandrita se metiera ese polvo en la nariz que la ponía incoherente y chillona. Y ella, pobrecita, en la casa: sola y recordando.

Al fin terminaron por descubrirlo. Era inevitable. Tardaba en llegar al trabajo y le mentía a su vieja secretaria. Para colmo, atracaron a su cuñado allí mismo, en la salida de la Notaría. Le rompieron el saco, le quitaron la cartera y al parecer se enojaron bastante al abrirla, ya que fueron golpes y más golpes. De modo que su mujer y el doctor le prohibieron caminar por la calle: desde varios puntos de vista era malo para la salud.

Era un hecho indiscutible que su colesterol aumentó considerablemente y el ritmo cardíaco no se beneficiaba mucho con el inútil vagar de esas caminatas. De nada sirve, le decían, caminar con el paso tan lento. Ahora se preocupan: al parecer lo hace demasiado deprisa. A su edad, es peligroso; le puede dar un infarto.

–Benjamín, ¡abre ya la puerta! –voces de Sandra y de su mujer. Pero él se hace el loco, y camina, camina, camina, cada vez más rápido. Sus piernas se volvieron fuertes y la panza bajó de volumen; sin embargo, está sudado y jadeante, el corazón le retumba en el pecho. No importa, algún día tiene que llegar al final del recorrido. Por una vez en la vida está haciendo lo correcto: fijarse objetivos y alcanzarlos.

De hecho, todos ellos son responsables también. Le sugirieron esta solución y se mostraron complacidos cuando la Caminadora llegó a casa, aunque les extrañó un poco la inusual iniciativa que había demostrado al comprarla sin consultar a nadie. Años hacía que Benjamín, él solo, no se compraba ni una camisa. Él mismo no logra entender cómo descubrió aquel artefacto en una tienda por departamentos, ni cómo se dejó seducir de inmediato por las explicaciones del vendedor, quién –cosa rara–, ni cuenta se daba del poder de su propia mercancía. Casi sin proponérselo, Benjamín se hizo dueño de una máquina para caminar, la mejor del mercado, el último modelo. Menos mal que nunca sabrán cuánto le costó esta extravagancia.

Acto seguido convirtió al dormitorio de huéspedes (totalmente inútil, dicho sea de paso) en una especie de gimnasio privado. Allí, siguiendo penosamente las instrucciones del manual, instaló la Caminadora con su batería de altavoces y proyectores.

Comenzó a practicar con la velocidad más baja y desde el principio sintió una gran afinidad con ese ejercicio que parece haber sido diseñado especialmente para él. Hay un deje melancólicamente familiar en eso de caminar y caminar para quedarse siempre en el mismo sitio. Algo así había hecho durante toda su vida.

Con la salvedad de que ahora tiene algo más: la cinta de vídeo que vino con el paquete. Desde la primera proyección supo que algo nuevo e importante estaba irrumpiendo en su vida. La pared blanca frente a él se llenó de paisajes verdes que desfilaban de árbol en árbol entre fuentes cristalinas y parterres de flores, mientras los altavoces reproducían a la perfección el piar de los pájaros y el crujido de la grava bajo sus pasos. Estaba solo, maravillosamente solo, indiscutible rey de tanta belleza. Mandó instalar una cerradura Multilock a su improvisado gimnasio. Custodiaba la llave con recelo, hasta dormía con ella en el bolsillo de su pijama; tu padre se ha vuelto loco, dice ella, y la limpieza, ¿qué?

Él aclaraba con paciencia que encontró finalmente un sistema idóneo para caminar, y que necesitaba concentrarse para practicar. Estaba tan animado que su mujer frunció las cejas, sospechosa, pero se abstuvo de comentarios. Al fin y al cabo se trataba de una actividad saludable, aburrida y recomendada por el médico. No reconoció las señales de peligro.

Benjamín en cambio intuía que su vida adquiría una nueva dimensión, aunque tan sólo al cabo de dos o tres semanas advirtió ligeras alteraciones en el paisaje que recorría en el video. Al principio fueron ruidos inexplicables, sugiriendo apenas perceptibles presencias animales. Comenzó con aquella chicharra cuyo desagradable zumbido pertinaz lo acompañó durante un buen trecho del camino. Convencido de que ésta había encontrado una manera de escurrirse por la ventana, Benjamín interrumpió la sesión con el firme propósito de deshacerse del intruso y constató con asombro que el zumbido cesó en el mismo instante en que paró la cinta. Se trataba de una extraña coincidencia o de un insecto particularmente inteligente, pues reanudó su vuelo al reiniciarse el video. Nunca más había vuelto. Y Benjamín terminó por olvidarlo concentrándose en caminar –lo hacía cada vez más rápido y mejor– hasta el día en que se paró, pensativo, al borde del tercer estanque. Hubiese jurado que cada vez cuando pasaba por allí un imponente chorro cristalino brotaba en su centro; sin embargo, hoy la fuente estaba cerrada, el agua adquiría profundos tonos verdes y un pequeño pato silvestre jugueteaba en la orilla. Perplejo, Benjamín dejó que la cinta se rebobinara, luego la colocó desde el principio y volvió a sus propios pasos. Esta vez el chorro de agua brotaba a borbotones, no había duda sobre esto, pero el patito seguía en su sitio. Era extraño que nunca antes advirtiera su presencia.

Por primera vez se dio cuenta de que jamás había llegado más allá de aquel estanque, y sintió curiosidad. Prolongó la duración de sus caminatas, luego se empeñó en aumentar la velocidad. La cinta recompensó su esfuerzo: efectivamente, más lejos el paisaje cambiaba. Los árboles del parque comenzaron a rarificarse, y por ambos lados del camino aparecían ahora elaboradas verjas de hierro dejando entrever opulentas mansiones de dos y tres pisos en medio de sus jardines. Al tercer día llegó, jadeando de cansancio, a una casa particularmente hermosa, toda de madera recubierta de viña silvestre. Le pareció vagamente conocida. Deseó saber quien vivía allí, tocar el timbre y entrar, pero la ley de la Caminadora no permitía tales extravagancias. Sólo pudo seguir caminando lentamente, sin quitar los ojos de las ventanas que protegían su misterio con alegres cortinas amarillas y aguzaba el oído para captar la tenue risa de unos niños jugando en algún lugar del jardín. De pronto surgió el recuerdo: ella, joven y deslumbrante, recortando imágenes de revistas, el hogar soñado para su futuro común. En su fuero interno supo que no podía ser solamente una coincidencia, un azar del vídeo. Aquella casa estaba allí para él cual trampa divina.

Benjamín acusó el golpe. Tuvo que parar el ejercicio y la imagen se desvaneció, dejándolo sudado y resollando frente a la desoladora pared blanca del ex cuarto de huéspedes.

Aquella noche no pudo conciliar el sueño. Hasta los irregulares ronquidos de ella y los sonidos de parranda que se filtraban desde la habitación de Sandra aumentaban el estado de embeleso febril en el cual se encontraba sumido. No veía la hora de volver a ese lugar y a las cinco de la mañana ya estaba ataviado con su mono de gimnasia, ¿te caíste de la cama, o qué?

En un súbito impulso le propuso acompañarlo –ven conmigo, quiero mostrarte algo. Ella le dio la espalda, implacable con las extravagancias ¿A esta hora? Estás loco. De modo que Benjamín acarició brevemente los suaves rollos de goma espuma sobre la cabeza de su mujer y renunció a compartir su hallazgo con ella.

Menos mal: lo hubiera juzgado loco. De la tercera fuente brotaba con fuerza un chorro cristalino y en el estanque nadaba ahora toda una familia de patos, pero no hubo ni rastro de la casa cubierta de viña. En vano la buscó caminando rabiosamente. Atrás quedaron las verjas y las mansiones y una carretera de dos vías reemplazó al sendero en medio de un paisaje anodino y campestre. Suaves colinas azuladas ondulaban el horizonte. Sobre una de ellas estaba la ciudad, cual dibujo lejano. Al cabo de unos días desistió de buscar la casa y concentró todos sus esfuerzos en llegar allí.

Pero, ¿qué te pasa?, decía ella. Estás más distraído que nunca. Tienes la misma mirada vidriosa que Sandrita cuando estaba en esa institución. Y se te olvidó llamar al banco para mi tarjeta de crédito… Estás peor que nunca. Se te olvida todo. ¡Todo!

Esta vez era cierto: se le olvidaba todo. Pero estaba mejor que nunca. Con una secreta excitación Benjamín acariciaba la llave en el bolsillo de su pantalón y no veía la hora de reiniciar su sesión de ejercicios. Ahora caminaba varias veces al día y cada vez se encerraba más tiempo con la Caminadora. Por desgracia, la cinta de video estaba estudiada para promover un progresivo aumento del esfuerzo: no había manera de reiniciarla en cualquier punto del camino, de algún modo siempre se devolvía sola al inicio. Si quería llegar al final, donde la lejana ciudad se erguía sobre la colina o, ¿quién sabe? más lejos aún, tenía que volver cada vez al punto de partida, atravesar el parque, recorrer los estanques, el sendero, la urbanización de quintas… La carretera que seguía se le antojaba interminable.

Te has vuelto loco, decía ella. Mírate, como sales de allí. Pálido. Apenas puedes respirar del cansancio. El doctor dijo que es peligroso, no puedes hacer esto. Es peor que una prueba de esfuerzo. Nadie puede hacer pruebas de esfuerzo sin supervisión médica.

Era cierto. En algún lugar recóndito de la conciencia Benjamín sabe que debería bajar el ritmo. Sus piernas se han fortalecido pero el corazón reacciona bastante mal. Anoche sintió otro dolor en el pecho; tuvo que parar la máquina y se recostó, jadeante, al borde del camino, sin apartar la vista de las lejanas colinas hasta que estas se apagaron en la blancura del horizonte. La pared se le vino encima mientras trataba de incorporarse sobre la alfombra, en sus oídos el zumbido inexorable de la cinta que se rebobinaba otra vez hacia el inicio del trayecto.

Están aporreando la puerta ahora. Se oyen voces, la risita estúpida de Sandra, los gritos de los muchachos de Mauricio, sal papá, sal abuelo, ¡queremos comer!

–Benjamín, ¡ya basta! No importa la mesa, ya la puse yo misma, tan sólo sal. Viejo exagerado. Voy a vender esta maldita máquina, tan sólo te hace daño.

Benjamín acaba de llegar al pie de la primera colina e inicia la ansiada subida. El dolor vuelve, agudo, esta vez en el brazo izquierdo y le nubla un poco la vista, pero la ciudad no está tan lejos ya. Su última posibilidad de escape. Allí habrá otra calle donde los vendedores ambulantes desplegarán sobre la acera, sólo para él, sus efímeras maravillas. Tal vez otra oficina. Tal vez otra casa. Ojalá pase algún vehículo para darle un aventón, porque el tiempo apremia.

–Benjamín –ruega ella, ahora con voz de angustia– abre, Benjamín; Mauricio dice algo del cerrajero que ya está en camino. Benjamín anhela el asilo de la ciudad desconocida. Menuda sorpresa tendrán cuando terminen de tumbar la puerta.

Sabe que si llega a tiempo, no podrán quitarle la Caminadora. Ni nada más. Llegar al final es necesario, indispensable… Una meta, al fin. Si se ejercita lo suficiente, llegará. Es una mera cuestión de entrenamiento.

Con la vista fija en su meta, Benjamín aprieta el paso.

1

Conocí a Olegario y a su hijo William en la cantina del pueblo. Yo llevaba semanas huyendo. Viajaba de un lugar a otro, ebrio. Dormía en el coche, comía cuando me daba hambre. Me daba igual a qué pueblo llegaba; en el fondo todos me parecían iguales: una plaza con kiosco, una iglesia, una cantina, calles empedradas.

Olegario me habló en inglés. No soy gringo, le dije. Tenía unos cincuenta años, llevaba sombrero, bigote zapatista y botas vaqueras, pero vestía una camiseta sin mangas de los Raiders de Oakland. ¿Puedo invitarle un trago?, dijo. Le respondí que sí y llamó al Labios, un muchacho de unos quince años que tenía una rajada rosa que le partía en dos la boca y el paladar. Tráele otra copa al amigo, ordenó. ¿Qué está tomando?, me dijo. Lo que sea.

El Labios miró al dueño, un anciano flaco que jugaba dominó en la esquina y que se llamaba Cristino. El viejo aprobó con la cabeza y apuntó mi trago en un cartón que también usaba para llevar las cuentas del juego.

Yo no quería hablar, pero eso no desanimó a Olegario. Me contó que había nacido en ese pueblo pero que desde muy joven se había ido a California. Había regresado para presentar a su primer nieto con la Virgen de Talpa. Decía que le había hecho el milagro. Dos milagros, en realidad: le había dado un nieto y había regresado sano a su hijo de Irak.

Milagros, pensé. Diego, pensé. Luego me acabé la cuba y mordí los hielos.

El hijo entró poco después. Tenía una botella de cerveza en la mano y ya se tambaleaba. Lo reconocí: era el cholo que había visto en la plaza persiguiendo muchachas en una moto. Se subía a las banquetas, las embestía y se reía de ellas cuando corrían. Como si tuviera gracia. Es mi Willy, dijo el padre, apretándole el cuello y la cabeza con el antebrazo. El hijo se zafó del abrazo, me dijo mucho gusto y se carcajeó cuando golpeó su cerveza contra mi vaso y la espuma se derramó sobre mi mano.

El Labios llegó de inmediato a trapear.

Willy tenía los tics de un cocainómano: fruncía la nariz al beber, parpadeaba, interrumpía las conversaciones de los demás. Cuando se acabó su cerveza, sacó cincuenta dólares y le ordenó al Labios que sirviera una ronda a todos. Déjalo, dijo el padre, yo pago, y le guardó el billete en el bolsillo, pero Willy gritó en inglés yo hago con mi dinero lo que me da la puta gana. Estaba rojo y una vena le punzaba en la cabeza. Me lo gané con mi trabajo, ¿no?

El Labios recogió del suelo el billete arrugado y se lo llevó a Cristino.

No sé cuánto bebimos. Sólo recuerdo que se hizo de noche. Y que Cristino giraba un foco, trepado en una silla, y que la habitación se iluminaba se oscurecía se iluminaba se oscurecía, hasta que todo era luz, y que alguien pateaba una cerveza, no sé si yo, y el Labios trapeaba y Olegario decía no importa amigo, no llore, por dentro todo se me oscurecía, en el cielo solo había grises y negros y la luz amarilla de un puesto de tacos, y yo solo pensaba en Diego.

Tampoco recuerdo cuánto conté, pero Olegario me decía confía en la Virgen, ella cuidó a mi hijo en Irak. Yo llamé a William y le pregunté cómo había sobrevivido, porque los hijos siempre se nos mueren, y él me dijo que primero había estado en Australia y en la costa de África, y que luego regresó dos semanas a los States, así dijo, y que luego se fueron a echar bala, y que entraron a Bagdad a buscar a Sadam y que las cosas fueron más fáciles de lo que pensaban, porque el cabrón se había ido, y que entonces se dedicaron a buscarlo en todas partes y a matar cabrones.

Olegario empezó a incomodarse con las cosas que contaba su hijo, y en un momento le dijo que no exagerara. Will se rio: No dad, we were just picking flowers. Luego se fue a orinar y Olegario se disculpó conmigo. Está viendo a una psicóloga del ejército, me dijo. Es algo muy normal.

Will me preguntó después si había visto en YouTube los videos que graban los terroristas cuando explotan los tanques del ejército americano. Yo le dije que sí, y él se puso a hablar de esos videos, no entendía cómo alguien podía planear algo así y grabarlo con toda tranquilidad, y me dijo que lo peor de todo eran los momentos previos. En la pantalla aparece un tanque sobre un descampado y uno ya sabe lo que pasará, yo he visto cómo termina, dijo con los ojos hundidos, el tanque avanza como si fuera un recorrido rutinario, los de adentro no se imaginan que alguien los graba, y mucho menos que nosotros lo vemos, nadie sabe en qué momento pasará. Eso es lo peor de todo, dijo, y luego emuló el ruido de una explosión que hizo que todos en la cantina voltearan.

Olegario se puso rojo. Volteaba a ver a los demás, especialmente a Cristino, que miraba todo desde su partida de dominó. No te hace bien estar pensando en eso, Willy, dijo el padre. Eso ya pasó. Cumpliste con tu deber.

Hablas como los hombres de traje, gritó Will. Manoteaba con la botella de cerveza entre los dedos. Quieren decirme cómo comportarme pero nunca se ensucian las manos, gritó. La cerveza escupía espuma y se chorreaba y caía sobre el piso de madera de Cristino. ¿Tú qué sabes, papá?, decía a centímetros de su cara. Olegario se fue encorvando, cada vez más avergonzado. Gracias a Dios estás bien, dijo. La Virgen te cuidó. Cuál pinche Virgen, gritó Will, y luego dijo en español la Virgen vale para una chingada, o la Virgen mis huevos o la Virgen me pela la verga.

Entonces Cristino, que había dejado las fichas de dominó, dijo más respeto muchacho, y William dijo pinche viejo jodido, usted no se meta, y Cristino dijo ustedes no pueden venir a hacer lo que quieran, aprendan a respetar, y Will comenzó a insultarlo en inglés, dijo tantos fuck you que Cristino ordenó que lo sacaran, y los compañeros de dominó del viejo, tres rancheros gordos, se acercaron al soldado y él les aventó una botella en la cabeza.

2

En un blog encontré el testimonio de Raymond Cross, otro soldado en Irak. La traducción es mía:

“Después de la operación en el campo de entrenamiento de los terroristas, hicimos una misión de reconocimiento. Entre los cadáveres de los hijos de puta que se estaban preparando para explotar nuestros tanques y aviones, incluso para volar trenes y autobuses con civiles inocentes, reconocí a un hombre.

Lo moví con la bota; no se movió. Entonces me agaché y le toqué el cuello.

Lo había visto dos o tres semanas antes, durante una misión después del bombardeo a una aldea de terroristas. Cuando entramos aún había humo y pequeños fuegos, todavía flotaba el polvillo blanco que queda después de los bombardeos. El hombre apareció entre los escombros, con la barba y la cara sucias. Buscaba a gritos a alguien y quiso acercarse a Panda, pero le apuntamos a la cabeza y el cabrón se detuvo. Amigo, amigo, repitió con las manos levantadas. Danny lo revisó y comprobó que no estaba limpio.

Se acercó al sargento y empezó a hablarle en iraquí. No entendíamos qué decía, y el traductor no venía con nosotros, pero parecía realmente desesperado. Después empezó a llorar y a jalarse el pelo y a gritar y dijo varias veces niños niños, en inglés. Luego empezó a dar vueltas entre los escombros y se perdió.

Cuando terminó la misión —no había nadie en lo que quedaba de la aldea— y regresábamos a la tanqueta, lo volvimos a ver. Estaba llorando sobre el cuerpo de un niño pequeño, quizá de ocho o nueve años, que yacía sobre una carreta con melones destripados de los que salía el único olor dulce de la tarde. El niño tenía una camiseta de Ronaldinho, el futbolista del Barcelona, y unas chancletas azules que colgaban entre los pequeños dedos de sus pies.

Entonces nos vio y comenzó a insultarnos.”

3

Después del entierro, Amalia se fue con su hermana. Se encerró en un cuarto oscuro y no quiso verme. Yo no podía dormir en nuestra cama. Me despertaba a las horas acostumbradas —doce, tres y cinco de la mañana—, como si aún tuviera que voltear a Diego para que le circulara la sangre. Fui a su cuarto y vi su cama vacía, con el barandal que impedía que se cayera. La gravedad pesaba más sobre su cuerpo. Entre las sombras vi la silla en la que Amalia se sentaba a platicarle cosas aunque él no pudiera entenderle. Vi la grúa y el arnés que usábamos para moverlo cuando creció, la silla de ruedas, plegada e inmóvil, la percha de la que colgaban el suero y la sonda nasogástrica.

Pensé que con los días se le pasaría, pero Amalia se negaba a verme. Su hermana me decía que no quería comer y que pasaba todo el día llorando y viendo fotografías de Diego. Yo intenté sacarla de ese cuarto, hacerla comer, pero ella me acusó, desde el otro lado de la puerta, de no sufrir lo suficiente. Hasta parece que querías deshacerte de él, dijo.

Durante años soñé que Amalia y yo íbamos a una playa o a una montaña, y que no necesitábamos pedir una respuesta que nadie podía darnos, soñé que podíamos dormir todo lo que quisiéramos sin temer que la muerte se metiera al sueño; que estábamos solos otra vez y que ella quedaba embarazaba. Y ahí estaba yo, llorando a media noche en esa habitación vacía que aún olía a medicinas, temiendo que ella se volviera loca, y sin terminar de entender lo que nunca entenderé: quién era nuestro hijo, ese extraño por el que nos desvivimos durante doce años, por qué logró sobrevivir tanto tiempo y por qué ahora nos hacía tanta falta alguien que quizá nunca supo que existíamos.

4

No creo en Dios, pero la Biblia me sigue pareciendo un libro a la altura de mis dudas.

Hay una escena en el Génesis, no sé si costumbrista o celestial, en la que tres desconocidos visitan a Abrahán y Sara, nómadas en el desierto. Después de refrescarse bajo una sombra y de tomar cuajada y leche de cabra, una voz que por efecto milagroso es al mismo tiempo la de Yahvé, el único, y la de los tres hombres, dice: Sara tendrá un hijo.

Sara, que está escuchando la conversación a sus espaldas, piensa que ya tiene 99 años, ya ni le baja la regla, y solo puede reírse. ¿De qué se ríe Sara?, pregunta Yahvé (o los tres huéspedes). No me estaba riendo, dice Sara, y en el texto se abre un paréntesis explicativo, uno de esos paréntesis que son como bombas de succión:

 (“Es que tuvo miedo”.)

Hay algo de esta parquedad que me hiere. ¿Es lo único que puede decirse de una mujer marchita que por fin puede tener un hijo? Como si no supiéramos que ser padre significa esencialmente vivir con miedo: ¿Y si le pasa algo? ¿Y si me muero?

¿Cómo sobrevivirá?

La historia bíblica sigue, y después de una vida tan breve o tan larga como 105 versículos, Dios pide a Abrahán que mate a su hijo. Con un cuchillo. En un monte.

Dios pide que queme su cadáver.

(Y el narrador, otra vez, apenas dice que estuvieron así tres días: tres días en tres palabras).

El final ya lo sabemos, porque en las buenas narraciones, especialmente en las bíblicas, el final está anunciado en la primera frase: era una prueba de Dios.

Yo podría decir que tengo una enfermedad congénita. La primera vez no lo sabía y ya conocemos el final: Diego, mi hijo. Amalia y yo nos hicimos pruebas y los médicos dijeron adelante, pueden embarazarse otra vez, pero a las quince semanas se confirmó que el bebé también venía mal. Una prueba de Yahvé, diría el narrador del Génesis, y después callaría. No, dije yo mirando a mi hijo inmóvil, pensando en mis genes envenenados. Y después de visitar a un médico para que lo matara, Amalia se encerró en una habitación oscura y no quiso hablarme.

Fue la primera vez.

5

Tres años después regresé al pueblo. Durante ese tiempo soñé varias veces que estaba en la cantina de Cristino. Soñaba con William, sobre todo soñaba con su voz. Insolente. Violenta. Rencorosa. Y sus palabras se mezclaban con mis dolores y con imágenes de dunas frías en el desierto de Irak y con el silencio de Amalia, y con un tanque que se convertía en ataúd.

El único hotel del pueblo estaba ocupado por un grupo de gringos. Mientras buscaba hospedaje en una casa, vi a Olegario en una carnicería. Estaba con otros dos hombres, parientes seguramente, que intentaban filetear un trozo de carne o un hígado o un páncreas o un riñón de vaca.

Me acerqué a saludarlo y no me reconoció. Le recordé cómo nos habíamos conocido. Él sonrió un momento y asintió con la cabeza. ¿Cómo está Willy?, dije. ¡Te acuerdas!, dijo, y luego agachó la cabeza. Con una mano aplastó el trozo de carne. Le encajó un enorme cuchillo y lo abrió por la mitad. Era muy roja pero no sangraba.

Imaginé que sobrellevaba tres juicios por violencia doméstica y dos más por conducir ebrio, que padecía insomnio recurrente, que las pastillas no le quitaban las sombras de sus amigos muertos. O quizá una noche tropezó en las escaleras de un edificio en llamas y mató a su bebé, o se estrelló en moto contra el muro de una escuela, o se volvió yonqui, o esperaba la muerte en una cárcel del condado de Orange por traficar órganos de niños guatemaltecos.

Regresó a Irak y lo mataron, dijo Olegario.

Después de un rato en silencio, le invité una cerveza. Cruzamos la plaza y entramos a la cantina. Cristino, que estaba en su lugar habitual, saludó a Olegario con la cabeza. A mí me miró sin reconocerme. Luego dio la orden de que nos sirvieran.

El Labios ya no estaba.

Jueves 6 de julio

Me pongo a escribir porque al fin tengo algo para contarte. El muchacho del quiosco hoy no me trajo el diario. Fui a quejarme. Camino al quiosco se me ocurrió la idea de pedirle que me traiga un ejemplar de cada uno de los diarios. ¿Cuántos son? Ni él lo sabe, así que nos ponemos a contarlos. Traígame todos los diarios, todos. Tendrías que haberle visto la cara al pobre.

Sábado 15 de julio

Es agotador. Empiezo a las ocho de la mañana. Paro para almorzar y después sigo hasta eso de las siete de la tarde. Leo los diarios como se leen los libros, en perfecto orden, de la primera hasta la última página. Tengo que hacerlo así para no saltearme nada. Al principio probé otros métodos. Por ejemplo, leer primero la sección política de cada uno de los diarios, después la sección deportes, después la de espectáculos, después las páginas internacionales. Pero no, el de ahora es el mejor método.

Domingo 20 de agosto

Lo siento pero tuve que tirar tu ropa. Es raro, no sentí gran culpa. Ya sé que te dije que la iba a donar, pero no tengo tiempo. La tiré. Hay días que este trabajo de los diarios me lleva doce horas y me deja sin fuerzas, sobre todo los fines de semana. Entonces dejo algo para el lunes. Generalmente el martes me reactualizo y aprovecho para ordenar. Como tiré la ropa, ahora tengo lugar en tu armario para guardar los diarios que ya leí. Cada vez que viene de visita, Ana dice que tengo que tirar los diarios. Para qué guardarlos, mamá. Tu olor ahora se mezcla con el olor a tinta de los diarios, pero no es un olor nuevo sino una pugna entre olores.

Viernes 1.° de septiembre

Leo en los diarios lo que nadie lee. A veces me digo que soy la única persona que ha leído tal o cual noticia abandonada en un rincón. A veces me digo que soy la razón por la que publican esas noticias insignificantes que no alteran nada en el curso del mundo. Deberías verme. Comparo las noticias. Copio en un cuaderno las más curiosas. A veces viene Ana y le pido que me ayude a cargar hasta tu armario las pilas que se me van amontonando.

Lunes 11 de septiembre

Desconfío de las noticias que salen en un solo diario. Desconfío de las noticias que salen iguales en todos los diarios. Solo creo en las noticias que salen diferentes en todos los diarios. Ayer viono Ana, le mostré el cuaderno y le leí la noticia del hombre al que le implantaron una segunda cabeza. Salió publicada en un solo diario, o sea que las mejores noticias son aquellas en las que no creo. Ana me dice que todo eso es mentira, que hay diarios que inventan cosas. Claro que sí. Después le pido no te vayas y le leo mi noticia favorita del último mes. En Holanda, un director de cine fue hallado culpable por el asesinato de cuatro actores que años atrás habían trabajado a sus órdenes. El asesino nunca pudo aceptar que sus actores siguieran apareciendo en otras películas hechas por otros directores. Cuando terminé de leer, Ana se largó a reír, tanto que terminó llorando y parecía triste. Le dije entonces que te extraño, que me encantaría leerte a vos las cosas que copio en el cuaderno. Tengo otras noticias que a veces, por las noches, hago de cuenta que te leo. Pero Ana se puso violenta y ya no quiso escucharme.

Domingo 29 de octubre

Hace mucho que Ana no aparece por aquí. La última vez le pedí que no viniera más los fines de semana porque son los días que tengo más trabajo. Sería muy útil que viniera los miércoles después de las seis de la tarde, pero no sé qué le pasa, no entiende razones.

Lunes 6 de noviembre

Ayer Ana me dijo que desde el mes pasado existe un diario nuevo. Yo no lo sabía y me enojé mucho. La verdad, no sé si me enojé por lo que me contó o porque ayer fue domingo y no quiero que nadie me moleste los fines de semana. Hoy fui al quiosco y les dije de todo. Al final me dieron la razón. Sí, señora, desde mañana también le mandamos el diario nuevo.

Viernes 10 de noviembre

Si vieras qué fácil es. Me fijo el número de teléfono. Llamo. Me fijo el nombre de la sección y el nombre de un periodista cualquiera y pido por él. No falla casi nunca. A veces me dicen que no, que es colaborador, entonces lo tacho de la lista. Pero los periodistas que ellos denominan redactores están allá todo el día. Hacen guardia como los médicos o como los policías. Es una obligación. Para que me hablen les pregunto idioteces y los entretengo. Ellos tienen que ser amables porque saben que una siempre puede quejarse a un superior. A esta altura ya les conozco a varios la voz. Los que escriben de política en su mayoría son hombres y tienen voz grave de fumadores. En espectáculos ocurre al revés, todas mujeres con voz de secretarias. Últimamente, cuando leo los artículos firmados por esos con los que hablo seguido, me parece estar oyéndolos.

Jueves 16 de noviembre

No sé si decírtelo. Conocí ayer a Sergio. Tanto nos hablaba Ana de Sergio. ¿Te acordás? Después dejó de hablar de él y yo no sabía si preguntarle. Después volvió a hablar de él, ya no sé si vos estabas, por ahí lo mencionaba como si fueran amigos. Anoche Ana vino con Sergio. No habla mucho ese muchacho. Parece educado, pero me parece que no es como te gustaría que fuera.

Martes 28 de noviembre

Ahora salió otro diario más. Esto complica las cosas porque además los diarios vienen cada vez más gruesos. Me estaba atrasando y por eso no te escribía, pero este fin de semana lo pasé sin dormir y ya me puse de nuevo al día.

Miércoles 29 de noviembre

Me olvidé: Ana se fue de viaje sin Sergio. Es raro porque no se fue de paseo, se fue a buscar un cargamento de no sé qué para el negocio de él. Creo que se fue a Brasil. Por las dudas mañana voy a leer con más atención las noticias de Brasil.

Lunes 11 de diciembre

Ana ya volvió y se fue de nuevo. Con la excusa de que tiene que viajar seguido ya no nos vemos, solo hablamos por teléfono. La semana pasada fui a ver al oftalmólogo porque desde hace algunos meses se me irritan los ojos. No te dije nada para no alarmarte. El problema no es que lea mucho, sino que me refriego los ojos con los dedos manchados de tinta. Eso dice el oftalmólogo y tiene razón. A veces las yemas de mis dedos están negras. Santo remedio desde que anteayer se me ocurrió usar un trapo húmedo y limpiarme las manos cada tanto.

Jueves 21 de diciembre

No lo puedo creer. Nuestra Ana hizo algo terrible. Me enteré por los diarios. Dicen que Sergio está libre, que es inocente y que no tiene nada que ver. Podría haber llamado Sergio, para avisarme. Tal vez no tenga mi número. Tal vez prefiere pasar por casa para explicar bien lo que pasó. Por las dudas no me muevo de acá, así me encuentra. Ahora Ana está en todos los diarios. Pero todos los diarios dicen lo mismo, así que no debería creerles. Voy a llamar y vas a ver que Ana me atiende y nos dice que todo fue un error, que hay otra que se llama igual que ella. ¿Y si atiende Sergio? Ahí no, ahí cuelgo.

Sábado 23 de diciembre

Ana volvió a salir hoy en todos los diarios, pero esta vez no se ponen tan de acuerdo. Sé más de ella ahora que en los últimos tiempos, cuando ya no me visitaba. Por primera vez estar con Ana no significa interrumpir la lectura.

Jueves 4 de enero

En una aldea de China una mujer dio a luz un perro. Lo que no entiendo es cómo ponen una noticia tan importante en una página perdida. Ayer estuve discutiendo con varios de ellos. El asunto es que pierdo la tarde hablando por teléfono y después tengo que recuperar terreno. Pero si siguen haciendo las cosas mal voy a tener que llamar más seguido. Antes esto no pasaba. Y lo peor es que ahora se hacen negar. Por ejemplo, uno de los que escriben sobre Ana ya no quiere atenderme. Antes hablábamos seguido. Ahora siempre me dicen que no está. No tendría que haberle contado quién soy. Al principio no me creyó, sabés, y me habló medio en broma. Escúcheme, le digo. Escúcheme bien. Y le conté la historia de Ana y Sergio, y le di el teléfono de ellos para que me creyera. ¿Cómo es el teléfono?, me preguntó. Y me lo hizo repetir.

Viernes 12 de enero

Voy a tener que pedirle al muchacho del quiosco que me ayude a ordenar los diarios en tu armario. Estuve haciendo cálculos y de acá a tres meses ya no va a haber lugar. Capaz que tiro un poco de ropa mía. Hay cosas que ya no uso.

Miércoles 24 de enero

Hoy me despertó la voz de Ana en el teléfono. ¿Qué hora es? Son las once de la mañana, me dice, ¿dormías? No le discutí porque la pobre está mal pero en mi reloj eran las siete menos diez. Parece que Ana volvió a su casa. Pero me dio otro teléfono y me dijo que me olvide del anterior. ¿Y Sergio? También tenemos que olvidarnos de Sergio. Hace mucho que no aparecés en los diarios, le digo. Entonces Ana se pone a llorar y dice necesito verte, quiero contarte lo que pasó. Por suerte pude responderle no vengas, no hace falta, para qué si ya lo sé todo por los diarios, y le corté.

Lunes 29 de enero

Ana insiste con los llamados. Ahora dice que Sergio fue el culpable, que la mandó de viaje y se hizo después el desentendido. Yo no sé qué pensar. Hace cuatro días que llamo al que escribía sobre Ana para contarle esta historia, para que me diga la verdad. Si hoy me vuelven a decir que no está, llamaré a otro diario.

Martes 13 de febrero

En Hungría, durante un concierto, alguien del público disparó contra el violinista. La policía apresó al agresor y descubrió que era sordo. Acá los diarios se vuelven más gruesos y mi salud más flaca. Ya venía una semana demorada, pero los últimos días los pasé con dolores en el pecho y en las piernas, así que ahora estoy dos semanas atrasada. No veo la televisión ni enciendo la radio para no enterarme de lo que aún no leí. Te vas a reír: ayer hice un pedido al mercado y les dije que no envolvieran los huevos con ningún diario posterior al veinte de enero.

Martes 27 de febrero

Me doy cuenta de que Ana está mejor porque ya casi no me llama y ya no insiste en querer visitarme los fines de semana. Ayer vino por un rato y, de pronto, tuvo la idea de ayudarme a ordenar los diarios. Le dije que en tu armario ya no queda lugar ni olor a vos. Después me tropecé y casi me caigo. La pobre Ana se asustó. ¿Te mareaste? No, le digo. Total ya estoy acostumbrada a que me pase más seguido.

Lunes 5 de marzo

Esto empeora. Me sigo retrasando. De nuevo problemas de vista. Ayer, para colmo, me puse a leer un diario que ya había leído. No sé cómo pudo traspapelarse. Total que perdí una hora porque al principio no me di cuenta. Cuando llegué a la noticia de los cuatrillizos siameses, pegados los cuatro por la cabeza como un trébol de los que traen buena suerte, ahí recién me dijo esto ya lo leí, porque la verdad es que, salvo noticias así, el resto siempre parece lo mismo. Eso fue ayer porque hoy me dolió tanto la cabeza que bajé las persianas y me quedé a oscuras, sin leer. Te escribo apurada. Perdón.

Domingo 11 de marzo

Podés creer qué mala suerte que ayer me vengo a marear después de abrir mi armario, me caigo contra la puerta, el mueble se sacude todo y los últimos tres meses de diarios se derraman por el piso. Ya no sé qué leí y qué no leí. Tengo miedo de agarrar un diario y saltarme por error un día. La cosa es que perdí la cuenta, no me acuerdo por qué fecha iba, solo sé que a esta altura ya estoy muy demorada. Si sigo así voy a vivir leyendo diarios de un año atrás. Igualmente leo el horóscopo y el pronóstico del tiempo como si fueran del día de la fecha.

Martes 20 de marzo

Debo haberme salteado varios días porque de pronto no entiendo las noticias. En España pasan cosas raras. No sé dóndes antes leí esto. Cuando me duele mucho la cabeza solo puedo leer los títulos. No sé si te dije algo que ya me pasó otras veces. Vengo leyendo día a día un hecho, como una de esas novelas por entregas, y de repente el asunto desaparece. Me digo que es pasajero. Pasan los días y nada. ¿Adónde va a para toda esa gente que no es noticia? Nadie en los diarios me sabe decir qué fue de los cuatrillizos. Ya ni ganas de quejarme tengo.

Jueves 29 de marzo

En la India nació un chico con las manos al revés, con las uñas del lado de adentro y las palmas del lado de afuera. Después, por un momento, me pareció que eras vos en el diario. Aunque la foto está borrosa, el muchacho se te parece tanto que agarré la lupa para sacarme la duda. Lo que te contaba de España va de mal en peor. Ahora Ana dice que tiene una idea para solucionar mi retraso. Una amiga suya, enfermera, no consigue trabajo, entonces ella le propuso que me ayude con los diarios. Así, de a dos. Vamos a adelantar.

Sábado 7 de abril

No conozco persona más inútil que Violeta. Si sigue así tendré que echarla. Ana me pide que le tenga paciencia, que está sin trabajo y tiene un hijo de cinco años. Como no sirve para nada con los diarios, ayer la mandé a la cocina para que me prepare algo de comer.

Domingo 15 de abril

Ayer saliste mejor que el otro día. Lo que no entiendo es por qué publican tus fotos en tamaño tan pequeño. Ahora me la paso con la lupa para poder verte. Tuve que echar a Violeta. A veces viene Ana.

Lunes 30 de abril

Me lo rogaron las dos. Por eso le dije a Violeta que está bien, que puede volver, pero a condición de que no toque los diarios. Por las dudas echo llave a los armarios. Ya una vez la descubrí queriendo abrir el tuyo, entonces le pegué dos gritos y se fue corriendo. Pero si grito fuerte me mareo.

Jueves 17 de mayo

Me sigo mareando. Hasta sentada me mareo, como si día y noche estuviera a bordo de un barco.

Miércoles 20 de junio

Esta mañana me despertó un olor agrio que salía del armario. Todo apesta. Los diarios viejos se están pudriendo. No me rindo, pero nunca olí algo así. A veces por las noches me pongo a aullar.

Miércoles 4 de julio

Los diarios ahora vienen de curiosas formas: redondos, romboides, ovalados. El otro día un diario trajo una sola noticia: la misma noticia contada de cien maneras diferentes. Mi atraso ya no tiene solución. Igual no me rindo. Si miro con suma atención, si uso la lupa, en todas las fotos ocurren cosas muy extrañas a tus espaldas. Algunas fotos me dan arcadas. Ayer me desmayé. Lo de España me preocupa más y más. Voy a tener que echar perfume.

Lunes 20 de agosto

Querido papá, soy Ana. Recién ayer encontré este diario. Como ya sabrás, mamá murió hace dos jueves. Supongo que a ella le gustaría ver clausurado este diario con el recorte que voy a pegar a continuación. Pensar que estuve a punto de decirles a los de la funeraria que no pusieran ningún aviso. Después me dio pena. Pensé que acaso, de este modo, alguna vieja amiga podría enterarse. Que yo sepa, es la única vez que mamá salió en los diarios.

 

Este cuento forma parte de Lo inolvidable (Páginas de Espuma, 2010). 

Mi hermana siempre decía que era mucho mejor tener un sobrino que tener un hijo. Supongo que nuestra madre habría estado de acuerdo. Según mi hermana, con un sobrino disfrutabas de todo lo bueno, de todas las alegrías de tener un niño cerca, pero sin ninguno de sus inconvenientes. El embarazo, por ejemplo. Y el parto. Los pañales. Despertar a medianoche. Y, cuando crecen, no tienes que reñirles, ni que educarlos, aseguraba mi hermana. La adolescencia, ese misterio, esa sangría. Puedes limitarte a darles todos los caprichos y a dejarte querer. Puedes comprar un pantalón, por ejemplo, pero no tienes la obligación de comprar todos los pantalones y de supervisarlos y de comprobar cómo se desgastan y cómo se quedan pequeños. Puedes ver cómo crecen los niños, sí, pero con distancia suficiente, a salvo de las explosiones y de los agujeros negros. Por no hablar del tiempo, del tiempo que se escapa, de la sensación de que la vida se desplaza lentamente hacia la nada como un barco a la deriva. Yo no podía estar menos de acuerdo con aquellas afirmaciones, aunque fingía que sí. Un barco a la deriva siempre es mejor que un barco que hace aguas por todas partes, que se va a pique, que ya se hunde sin remedio. Yo quería todos esos inconvenientes que enumeraba mi hermana. Yo quería planchar las rodilleras, limpiar culos, poner el termómetro, ir a las revisiones del pediatra. Dormir siempre mal, con una opresión en el pecho. Siempre es difícil llevarle la contraria a una hermana mayor.

Laura era hija de mi hermana, y por lo tanto era mi sobrina. Una niña frágil y fantasiosa que empezó a quedarse en mi casa una vez por semana, después del colegio, cuando acababa de cumplir cuatro años. Nació en octubre. Al principio nos pareció más conveniente que fuera los jueves, que pasara conmigo las tardes de los jueves. Recuerdo la tarde en que Laura, sentada en el sofá, señaló hacia el pasillo con una expresión de goce indudable, con esa mirada brillante que solo tienen los niños. Era la segunda o la tercera vez que venía a pasar la tarde conmigo, mi hermana aún no había llegado de la sesión y ya empezaba a hacerse de noche, aunque acabábamos de merendar. Seguí la dirección de la mirada de Laura, pero no había nada allí, nadie, solo mi triste pasillo en penumbra. El suelo estaba lleno de miguitas de pan. Entonces ella me miró fijamente y me dijo, entusiasmada: ¿No lo has visto? ¡Acaba de pasar un fantasma! ¡Estaba asustado como una paloma! Aquel día supe que me había ganado su confianza, porque ya era capaz de inventar junto a mí, de mentirme o de bromear o de ponerme a prueba. Hasta entonces había permanecido en silencio.

Después de las navidades mi hermana decidió que era mejor que su hija viniese a mi casa los viernes en lugar de los jueves. Ella, mi hermana, salía agotada de las sesiones, así que parecía preferible que fuesen los viernes por la tarde y que Laura se quedase a dormir conmigo. Mi apartamento solo tenía un dormitorio, pero conseguimos una cama plegable, ya no recuerdo cómo, tal vez la trajimos de la Torre, una cama diminuta con un colchón de apenas diez centímetros de espesor. Aquellos primeros viernes de invierno Laura durmió siempre de un tirón, exhausta por los juegos y la emoción de pasar la noche fuera de casa (nunca antes lo había hecho), tal vez también por el misterio de las actividades adultas y casi clandestinas de su madre. Tardó varios meses en despertarse por primera vez en mitad de la noche, como hacía en su casa de forma habitual, al menos según me contaba su madre. Uno de los momentos más felices de mi vida fue la primera vez que Laura empezó a gritar en mi apartamento a las tres o las cuatro de la mañana. En mi cama, en medio de un sueño profundo, me despertó un llanto infantil situado a solo dos metros de mí y durante unos segundos creí que quien lloraba era un bebé, mi hijo, un hijo o una hija inexistentes (no he tenido hijos, claro) y en medio de ese desconcierto, antes de ir a consolar a mi sobrina, lloré yo también, de alegría y de intuición y tal vez de rabia. Me sumergí en el llanto de Laura y buceé en él como en la idea de otra vida posible. Después me acerqué hasta su cama en la oscuridad y vi que gritaba dormida, con los ojos cerrados y el labio inferior tembloroso, los dedos rojos agarrados al borde del edredón. Le acaricié el pelo y se calmó poco a poco, como si mis dedos le hubieran inyectado alguna droga.

Aquellas estancias periódicas duraron dos años. Compré un cepillo de dientes, una almohada rosa con unos dibujos de animales, un pijama, juguetes, galletas de distintas formas y colores. En su casa dormía siempre con un oso de peluche que le había regalado Jaime, así que yo también le compré un muñeco para que tuviera algo a lo que aferrarse por las noches. Encontré un pato de tela que me cayó simpático desde el principio. Tenía la mirada vacía de los animales disecados o falsos, pero no daba demasiado miedo, porque no parecía real. No era sólido, había algo de gelatinoso en sus movimientos, solo me costó diez euros. Yo lo guardaba en el armario empotrado de mi habitación y todos los viernes por la mañana lo colocaba con cuidado debajo de mi almohada, y lo primero que hacía Laura cuando entraba a mi casa era correr hasta mi cama para destapar al muñeco y saludarlo. Ella creía que el pato pasaba toda la semana allí, que dormía conmigo. Le daba un poco de pena que el muñeco no tuviera niños con los que jugar. Supongo que mi vida le parecía previsible y aburrida, a pesar de todo. Cada vez que Laura veía al pato, saltaba y chillaba de alegría, como si a lo largo de la semana hubiese llegado a dudar de la fidelidad del muñeco, o de la mía. Le inventamos un nombre, Feldespato. ¿Qué tal estás, Feldespato? ¿Me has echado muchísimo de menitos?, decía Laura, mientras le acariciaba el pico naranja o le besaba las patas amarillas y lo llenaba de babas.

Me encantaba pasar los viernes con mi sobrina. La iba a buscar al colegio con el coche, y pasábamos la tarde escuchando música, pintando, en el parque o en el cine. Hacíamos carreras. Escondíamos objetos. Olíamos hojas y pinturas. Nos maquillábamos. Bailábamos alrededor de una hoguera imaginaria mientras tocábamos instrumentos invisibles. Al final de la tarde preparábamos la cena: le gustaba probar, subida a una silla, cada uno de los ingredientes que añadíamos a la pizza o a la ensalada. Antes de acostarla le leía un cuento. Mi colección de cuentos infantiles creció poco a poco y pasó a ocupar más espacio que mi propia biblioteca. Laura construía verbos a partir de sustantivos: decía «bicicletear», «cuentear», «peliculear», «bocadillar». También decía «mantar» en lugar de «arropar». Cuando estaba con ella el mundo cambiaba de significado y cada objeto se convertía en una acción de maravilla posible.

Perdí a Feldespato. Un viernes por la mañana, nada más despertarme, tuve una extraña intuición, como un hueco que se abría en mitad del pecho. De inmediato vi, o imaginé, la mirada indiferente del muñeco. Busqué primero en el armario, donde lo guardaba siempre, y después, como un acto reflejo, debajo de la almohada. A continuación rastreé sin éxito toda la casa, al principio de forma alocada y aleatoria, después de forma sistemática. Los nervios me llevaron a buscarlo en lugares que llevaba años sin recorrer, en la esquina más inverosímil, debajo de la cama y del sofá, en el trastero, en una gigantesca caja de cartón en la que guardaba cartas y papeles antiguos, fotografías familiares, apuntes de la universidad. Pasé revista a mi vida y me sorprendí de haber sido, no muchos años antes, otra persona. Me sentí culpable. Recordaba que había metido el muñeco en la lavadora el domingo anterior, con las sábanas de Laura, y recordaba haberlo tendido en la terraza, sujeto a la cuerda con una pinza que le atenazaba el ala derecha y le daba un aspecto de sometimiento, como una marioneta en espera de una mano que la llene y la anime. Sin embargo, no tenía la certeza de haberlo colocado de nuevo en el armario, en su sitio. Los gestos repetidos pierden nitidez, se amontonan como calcetines o como camisetas, de dos en dos o de tres en tres, al final es imposible distinguirlos. Por suerte, tenía tiempo y pasé por la tienda en la que había comprado el muñeco perdido. Tenían varios iguales, colocados uno junto a otro en una estantería, las patas colgando, sin vida, como niños que esperan su turno. Todos con la misma postura de cansancio, con la misma expresión de nada.

Antes de ir a buscar a Laura coloqué el pato nuevo debajo de la almohada. Me pareció idéntico al otro, indistinguible. A lo mejor había alguna diferencia, el ligero desgaste del que se había perdido, pero una niña de cuatro años no podía darse cuenta.

Cogí el coche y fui hasta el colegio. A esa hora era imposible aparcar y siempre dejaba el coche en doble fila. Las madres (casi todas eran madres) formaban un semicírculo en torno a la puerta. Los niños de primero de infantil salían de uno en uno y corrían hacia la libertad. Laura solía ser una de las últimas. Caminaba hacia mí sonriendo, pero sin precipitarse, como si ya tuviera una idea precisa del concepto de dignidad.

Cuando llegué a casa con ella, repitió su ritual de todas las semanas y corrió hacia mi cama. Levantó la almohada, sacó el muñeco y se lo quedó mirando. La alegría desapareció de su cara. Me miró a mí. Volvió a mirar al muñeco. Este no es Feldespato, dijo. ¿Dónde está Feldespato?

Tuve que explicarle lo que había pasado. Me disculpé una y otra vez. Es difícil ponerle excusas a una niña de cuatro años. Aún no conocen los códigos, y las explicaciones se enredan, parecen absurdas, no sirven. Pero a medida que hablaba me di cuenta de que ella sentía más curiosidad que decepción. No hubo ningún reproche, ni una sola lágrima. En vez de mirarme a mí, miraba a su nuevo muñeco. ¿Sabes una cosa?, me dijo, por fin. Tenemos que ponerle otro nombre. Ah, claro, respondí. Tiene que tener un nombre. Le sugerí varios: Patoso, Matías, Ánade, Bartolo, Juan Carlos. Ninguno le parecía adecuado. No tiene cara de Bartolo, decía, por ejemplo, mientras examinaba con atención los ojos alucinados del muñeco. Pasamos la tarde así, mirando un pato de tela. Laura se tomó el asunto con mucha seriedad. A mí me costaba aguantar la risa. ¿Cómo había sabido que se trataba de otro muñeco? Fue por la noche, después de que la ayudara a ponerse el pijama, cuando me anunció que ya había encontrado el nombre adecuado. Se llamará Patológica, me dijo. Me quedé sin habla. ¿De dónde habría sacado esa palabra? Porque no es un pato, no es exactamente un pato, dijo. Es una chica, una pata. (Tenía una forma muy graciosa de pronunciar algunos adverbios: no dijo «exactamente», claro, sino «sastamente»: «no es sastamente un pato».) Le dije que entonces tendría que llamarse Patalógica, y no Patológica. Se volvió a quedar pensativa. Se llama Patológica, concluyó, dando por cerrada la conversación.

El sábado, cuando mi hermana vino a buscar a Laura mi sobrina le contó a su madre las aventuras de la pata Patológica. «Lo mejor de todo», le dijo, «es que no tenemos ni idea de que ha pasado con el otro muñeco. ¿Habrá salido volando?». El domingo por la mañana sonó el timbre. La vecina de abajo traía bajo el brazo el muñeco originario, Feldespato. Al parecer había caído del tendedor a su terraza. A lo largo de la semana había pasado un par de veces por casa, pero no había dado conmigo. Se lo agradecí. Coloqué los dos patos, uno junto al otro, y traté de encontrar alguna diferencia entre ellos. Con un rotulador negro tracé una F en la etiqueta del pato que me había traído la vecina y una P en el que había comprado sólo tres días antes.

El viernes siguiente quise hacer un experimento. Coloqué bajo la almohada el muñeco que tenía una F en la etiqueta. Fui a buscar a Laura al colegio, y cuando entramos en mi apartamento ella fue hasta mi cama, retiró el muñeco de debajo de la almohada y se puso a gritar como una loca: ¡Ha vuelto Feldespato! ¡Ha vuelto Feldespato! ¿Dónde estabas, Feldespato?

Laura decía que Feldespato era un muñeco triste, y que Patológica era una muñeca que siempre estaba contenta. No tenía ningún problema para diferenciarlos. A partir de ese día empezó a dormir con los dos. Cuando se lo conté a mi hermana, me dijo que yo siempre había sido, desde la infancia, una persona muy despistada y, al mismo tiempo, con una enorme imaginación. Seguro que hay algo que los distingue, algo que hasta una niña de cuatro años es capaz de percibir, y sin embargo a ti se te escapa porque siempre estás pensando en otra cosa. Sentí que en esas palabras había algo de reproche. No quise discutir.

Dos años después, cuando acabó todo, Laura se fue a vivir con su padre a Salamanca. Le ofrecí los patos como regalo de despedida, pero no los quiso. Están acostumbrados a tu casa, me dijo, en Salamanca estarían los dos muy tristes y no sabrían que hacer. No les gustan las ciudades que no conocen. Además, seguro que los cuidas muy bien. Tuve que reprimirme para no llorar delante de la niña.

Sólo unos meses después desperté en mitad de la noche con la certeza de que me estaba ahogando. Encendí el televisor y traté de ver una película. Me comí una mandarina. Era viernes, así que al día siguiente no tenía que ir al despacho. Ya estaba amaneciendo cuando abrí la puerta del armario. Saqué los dos muñecos y les pasé la mano por la tripa de tela. Me fijé en las etiquetas y me di cuenta de que las letras, que los distinguían se habían emborronado. La P y la F parecían iguales, una mancha vertical. Me pregunté si Laura todavía sería capaz de distinguirlos, de decirme cuál era cuál. Me acordé de mi infancia, de mi hermana, de nuestra madre, de los veranos en la Torre, cuando nos bañábamos en una palangana enorme y llena de bichos. ¿Tu eres Patológica, verdad?, le dije a uno de los muñecos. Devolví al otro al fondo del armario. Espero haber acertado, pensé, mientras me metía en la cama. Me abracé al muñeco con fuerza hasta que me venció el sueño. Cuando desperté, casi ocho horas después, el trozo de tela seguía allí. Fui al cuarto de baño, cogí las tijeras con las que me cortaba las uñas (las mismas que había utilizado tantas veces para cortarle las uñas a Laura) y volví a la cama. Miré al muñeco, miré la etiqueta, llegué a sostenerla entre los dedos índice y pulgar de la mano derecha, pero no me decidí. ¿Y si me equivocaba?

Cómo me iba a servir de tales platos distantes

esas cosas, cuando habráse quebrado el propio

hogar, cuando no asoma ni madre a los labios.

Cómo iba yo a almorzar nonada.

César Vallejo

Nací entre frases de pésame, «ya todo se arreglará», «van a salir adelante», «un hijo siempre es una bendición», «todo ocurre por algo». Yo me pregunto: ¿Por qué no te pajeaste al lado? ¿O terminaste afuera? ¿Qué hacía un pendejo en uniforme escolar recibiendo a su hijo en el hospital? ¿Y una cabra chica a quien casi se le desgarra el útero por hacerse la grande? ¿No había una farmacia cerca? ¿No escucharon nunca el cuento de la semillita? ¿No podían tomarse la temperatura y enterarse del día de ovulación? Perros calientes; y les caí yo de regalo inesperado para siempre. Nací parado, a punto de asfixiarme, amenazando con rajarle las entrañas a mi mamá, obligando una cesárea de urgencia que nos salvó la vida a los dos. Después, como si fuésemos tres hermanos, compartimos la misma habitación, incluso la misma cama. En ese tiempo, ¿quién lloraba más, ustedes o yo? No los dejaba dormir con mis berridos. Mi papá dio sus pruebas globales en vacaciones, mi mamá rindió exámenes libres el año siguiente. A ninguno le fue bien en la prueba de ingreso a la universidad.

Pero ustedes no eran un par de adolescentes cualquiera, ustedes querían hacer la revolución, entonces yo era un doble obstáculo, para vivir su juventud y para hacer política. Nací escuchando música de la nueva trova, rock de los setenta, cultivando el oído con tanta melodía distorsionada. Las primeras palabras que aprendí fueron: valores, ideología, partido, pueblo. Todas palabras que imaginaba que mis padres pronunciaban en mayúsculas.

El verano siguiente papá se fue al sur por una reunión de las juventudes del partido, no supimos nada de él durante tres meses. Un vecino comenzó a rondar a mamá. Traía libros, escribían pancartas, iban a reuniones clandestinas ―a las que yo también asistía con mi cuaderno para colorear―. Una mañana la vino a buscar con un pañuelo que le tapaba la boca, lo llevaba tan mal puesto, que más que una estrategia de clandestinidad, me parecía un vulgar juego de seducción. Esa noche se quedó a dormir. A través del tabique de la habitación sentí los gemidos y las risas de dos personas que se gustan. En una artimaña evidente, regresó el día próximo con un regalo para mí, una pista de autos que hacía bastante ruido. Yo pensaba que un tren hubiese sido mejor, con sus pitos intermitentes y sus ruedas sinuosas. Cuando regresó papá, hubo una fuerte discusión de la que se enteraron todos los vecinos, eran lanzadas como boomerangs las grandes palabras de siempre: valores, compromiso, ideología, partido, pueblo. No sé si en ese orden, pero sí con esa frecuencia: valores, compromiso, ideología, partido, pueblo. Yo dibujaba una estrella con cinco puntas y hacía marcas en cada repetición.

Una vez, un padrastro con quien me había encariñado se apareció en la casa, pero con barba, peluca y acento uruguayo. Yo lo miraba de reojo, lo evocaba roncando en la cama de mamá, mientras ahora lo escuchaba haciéndose el estratega de alguna operación comando. De ahí en adelante, comenzamos a ser la familia cromosoma 21: dos madres, tres padres, cinco abuelos, tíos multiplicados por doquier. Viví en varias casas, en pensiones transitorias, en apartamentos abandonados.

Nada odiaba más que la palabra misión, significaba que mi padre o mi madre estarían fuera bastante tiempo. Ante mi resistencia y llantos, repetían la frase mágica: «órdenes del Partido», «órdenes del partido» decía yo, con minúscula. La frasecita aquella era la respuesta a todo: cambios de casa repentinos, ausencias, separaciones familiares, intercambio de parejas. Tiempo después, entre los muebles procedentes de alguna mudanza, leí la noticia de un atentado fallido y los nombres de las personas capturadas.  Comprendí, una tarde bochornosa, que mi padre estaba encarcelado en un cuarto angosto con el sol dando oblicuamente contra los cacharros. Creo que me desmayé mientras los niños sudaban en el espejismo de la canícula de las cuatro de la tarde. Nunca me atreví a verlo en prisión. Todos llegaban tras las visitas moviendo la cabeza, comentando lo delgado que estaba. Prefería mantener la imagen del hombre nervioso, que fumaba cigarros haciendo un arco con la mano en la frente. Tenía una foto de papá debajo de la almohada, y le hablaba en voz baja todas las noches.

Cuando salió libre se quedó en casa. Lo noté más suave en el trato con nosotros, los gestos, el tono de voz. «¿Qué pasa entre tú y mamá?», pregunté. Los dos se encogieron de hombros, ensayaban frases sin decir nada con sentido. Imagino que debe ser difícil que un hijo te mire con tanto desacierto esperando la respuesta de dos padres desorientados. Ella se asomó al pasillo, hizo café, me indicó un espacio en el sofá. Me contó que lo estaban intentando otra vez. «¿Qué cosa?», dije. «El estar juntos, ¿no te alegra?». Pero como era de esperar, la felicidad fue muy frágil. Un día mamá llegó solemne para anunciar: «Me voy un año a la Unión Soviética. A tu padre lo envían a Rumanía, es peligroso que siga acá, lo van a tomar preso de nuevo. Te quedarás con Marta, estarás bien con ella». La miré fijo sin entender qué sucedía en mi interior, cuando conté el segundo doce salí dando un portazo.

Pasé mis catorce años coleccionando billetes de rublos con letras en cirílico, estampillas con el rostro de Lenin, todo esto en la habitación de la amiga de mamá, que me acogió en su casa. Ustedes viajaban por todo el bloque socialista y me enviaban postales. Mi padre se reunió con el Josip Broz Tito o Mariscal Tito, recibí un sobre con el sello Socijalisticka Federativna Republika Jugoslavija y un billete de veinte dinares. Me hice coleccionista de billetes y estampillas por desesperación. Salía al camino del cartero con la respiración contenida, no alcanzaba a tocar el timbre y yo tendía la mano para recibir los sobres extranjeros con tres sellos y dos timbres de egreso e ingreso. Cada vez conocía más nombres, ciudades, países que localizaba en un mapamundi colgado en la pared. Cortaba la estampilla, la ponía en agua hasta soltar el pegamento y la incluía en un álbum de hojas de cartón y pliegos de papel diamante, intercalados.

Mientras picaba unas zanahorias para la cena, le pregunté a Marta cuál era su rol en el partido. «Cuidar a los niños de los camaradas que están en misión,», me respondió mientras tarareaba una canción de Silvio. Marta tenía una hija de diecisiete años, Lili. La contemplaba sin poder disimular mi fascinación por sus pestañas largas, sus piernas firmes. Ella me decía «Te voy a hablar con la verdad». Le pregunté por su papá, me indicó una imagen fotocopiada en la pared: el rostro borroso de un hombre con una frase al pie: «¿Dónde están?». Conocía la pancarta y no dije nada. De venganza, ella me reveló que yo era un «hijo del toque de queda» lo que no me causó mucha gracia.

Mi primera experiencia fue con Lili. Aún tengo la escena en la retina, buscando explosivos en la bodega del patio trasero para terminar desnudándonos a tirones. Nos unía una biografía atípica, con la inocencia propia de la niñez, pero atravesada por la decisión de nuestros padres de empuñar las armas. Le pregunté si tenía algún recuerdo de su padre, «ninguno», me respondió con rabia, mientras me pasaba una estaca. Hicimos una carpa arrimada a una pared de la bodega, juntamos palos, cachivaches y armamos  nuestro hogar. Aquél era un lugar aparte, con leyes propias. Un lugar donde no entraban las miradas de los padres ni la de las madres. Cuando Lili me desnudaba iba notando las pelusas  bajo mis  axilas y una línea larga y estrecha de pelos castaños que me descendía por la barriga hasta abajo. A veces yo tenía un olor ácido que ya era de adulto.  Me daba una especie de lección sobre palabras obscenas. Me conseguía revistas pornográficas y libros, me exigía que aprendiera de memoria algún poema del Siglo de oro que luego le susurraba al oído. Lili tenía un calendario en el que marcaba un día con un círculo y los siguientes cinco con una elipse. Esos días hacíamos maniobras al filo y me apartaba cuando yo pasaba la frontera. Siempre sentí que lo hizo como una misión más, pero con la dedicación de una disciplinada militante, mi aprendizaje amoroso estaba en sus manos.

Conformábamos una organización, ella era la jefa, yo el subordinado. Reñíamos contra los malos, que eran los militares, en función de los buenos, que eran nuestros padres. Después, nos abocábamos a las lecciones del deseo: cómo presionar la mano en el lugar secreto, oprimir el botón con movimientos circulares como si fuera el joystick de un Atari, dejar el dedo en esta posición, saber esperar, reconocer la apropiada humedad, dar besos con lengua sin rozar los dientes, buscar aquel intenso espasmo con los ojos cerrados en un prado.

Marta no preguntaba, ni siquiera creo que sospechara del tenor de nuestra convivencia, me veía como un niño de catorce años, y a su hija como una mujer de diecinueve. Además siempre estaba ocupada, atendiendo visitas, tecleando documentos. La recuerdo sentada en el suelo, con la máquina de escribir Olivetti sobre las piernas y los cigarrillos a mano, hablando con extranjeros, diplomáticos o intelectuales, en dos o tres idiomas distintos de los que transitaba de uno a otro con una mínima torsión en los labios. Debo reconocer que en algún punto me conmovía ese ambiente. Había ilusión en ese desfile de manos que apretaban documentos con firmeza y salían por la puerta principal. Más de algún visitante preguntaba si yo era “hijo de”. Marta asentía, me lanzaban una ojeada solemne,  yo sentía una mezcla de autocompasión y orgullo.

De regreso de su largo viaje ruso, que duró casi cuatro años, mamá venía casada con el vecino. Había cambiado su forma de vestir, usaba un gorro de piel y pañuelos de seda. No sabía si recibirla con un frío beso o abalanzarme sobre esta mujer tan bella. Fue difícil tener que simular ser una familia con un hombre que siempre me cayó mal. Yo, en ese entonces, era un temprano adolescente y sabía que cuando me sentaba en la mesa no me veían a mí, sino a mi padre. Su genética dominante hacía presente a un progenitor que brillaba por su ausencia. Pinchaba la comida con el tenedor y me la llevaba a la boca, con la cabeza hundida en el plato para evitar miradas ambivalentes. Así me blindaba de los que imaginaba eran sus pensamientos internos: «ahí está el hombre que la dejó embarazada, el que nunca envía dinero, el que nunca se sabe dónde está». El joven revolucionario se había convertido en un ordenado funcionario de alguna ONG ecologista en Estados Unidos, que continuamente quedaba cesante entre proyecto y proyecto o entre asesoría y asesoría. Cumplía unos meses viviendo con ellos cuando ocurrió el atentado a Pinochet, era un domingo, tomábamos once, un extra del noticiero 60 minutos nos sobresaltó. Mamá estudiaba cuál debería ser la reacción adecuada frente a su hijo, escondía su felicidad, su culposa felicidad. Se le escapó un «por fin le pasa algo a ese conchesumadre». Yo seguía concentrado en la marraqueta con mortadela. El vecino se daba vueltas lanzando frases iracundas: «tantos años adiestrándose, huevones flojos, seguro que usaron granadas caseras». Otro domingo gris, varios escoltas muertos, los ojos de hurón del nieto de Pinochet con unas magulladuras por las esquirlas de vidrio. En la noche se pronunciaban una y otra vez las palabras: guerrilla, Nicaragua, subversivos. No sé por qué sentía gran angustia y fui a ver a Lili, ella estaba también consternada, nos encerramos en la habitación, no hubo tiempo ni cabeza para pensar en precauciones. Solo había urgencia, estar dentro de ella, abstraernos de la historia. No miramos el calendario, necesitábamos protegernos del futuro.

Mi padre vino a mi graduación de cuarto medio, le habían quitado  la letra L del pasaporte y entraba por Policía Internacional más viejo, con la típica gordura gruesa de los gringos, ropa de buena calidad pero de otra época. En la cena posterior a todos los discursos, por fin tuve a mis padres juntos después de años. Les pedí que guardaran silencio, que no me interrumpieran.

“Es mi turno, me toca hablar a mí, los he escuchado por años”.

Les diré, a su juventud la confundió la revolución. Primero, los trajines de la emergencia diaria. Vivir entre bombas, hombres repartidos entre los escondites, metrallas nocturnas, estado de sitio, toque de queda, libros quemados. Pero saben, ustedes llegaron tarde a la revolución, veinte años después, insistiendo tozudamente en algo que no resultó, porque la naturaleza humana es imperfecta. ¿Hubo alguna vez igualdad entre los ciudadanos de un mismo país? ¿Hubo en todas las personas la misma fuerza y convicción de trabajar para los demás?

A la distancia, creo que se les mezcló la efervescencia de la juventud y la revolución hormonal. Ahora sospecho de su valentía, creo que corrieron riesgos innecesarios, pusieron en la «causa» sus problemas personales… Se creyeron los mesías del futuro, portando armas, vistiendo camuflados, hablando siempre del futuro en primera persona del plural. Jugaron a la guerra, pero con los soldados de plomo del damero familiar. El saldo para ustedes no fue tan malo, aprendieron idiomas, estudiaron posgrados con becas de organizaciones internacionales. Pero me parece que ambos pecaron de soberbia, arrojo, falso heroísmo. Debieron haber dado un paso al costado y dejar pasar la fila de muertos, ¿qué se iba a lograr con sus tímidos esfuerzos? En fin, cada quien tiene su mentira vital. No, no me miren así. Sí, confieso que hay algo de admiración, ¿pero por qué no vieron en mí a un soldado para sus tropas?

El tiempo que siguió no me dio tregua. Mi padre regresó a Estados Unidos, mi madre tuvo un accidente vascular que la dejo hemipléjica. Me sentaba junto a ella y contemplábamos el horizonte. Yo hablaba y hablaba. Tengo una sospecha de un mundo mejor. Alejémonos de la cocina. Distanciémonos de los vasos, las cucharas, tus fotos de jovencita guerrillera en el refrigerador. No, busquemos los boletos de bus, los mapas, las maletas con rueda, los manifiestos, los afiches del Che Guevara… Lili me telefoneó con un «parece que, ven urgente». En menos de una hora estaba en su casa. Me esperaba con un kit comprado en la farmacia. Me dio un beso desabrido y entró al baño. Sentado en la cama despliego el instructivo del test, dice que mide la presencia de una hormona en la orina llamada Gonadotrofina Coriónica Humana o de Subunidad hCG. Los cinco minutos de espera se me hacen infinitos. Pienso en mi infancia, en las postales, en Socijalisticka Federativna Republika Jugoslavija, en los «¿Dónde están?», en la marraqueta con mortadela, en la estampillas de Stalin, en la carpa del amor, en la máquina de escribir Olivetti. Lili viene hacia mí con la tira marcada con un signo positivo en rojo entre dos orificios, ; a mí que no me gustan las sumas ni las restas. Y claro una metralla de recriminaciones: ¿Por qué no me pajeé al lado? ¿O terminé afuera? ¿Por qué sigo siendo un perro caliente? Pienso en la enorme necesidad de ser hijo antes de ser padre. Siento una gran arcada y no sé en qué ideología disfrazar mi desgano de ser padre.

Lo encontré el otro día, mientras buscaba las aletas de buceo en el depósito. Ni siquiera me acordaba que lo había dejado allí. Estaba cubierto de polvo y tenía una telaraña delgada en el pelo. Se la quité. Seguía vestido con el pantalón azul y la chaqueta café con orejas de oso en la capucha. Los ojos cerrados, los brazos extendidos, buscaba un abrazo tal vez. O que lo alzara, siempre quería que lo llevara cargado. No recuerdo bien.

De lo que sí me acuerdo es que lo único que pedí fue que tuviera un botón para prender y apagar. Mientras sostenía la prueba de embarazo en mis manos, imaginé aquel cuerpo que se formaba dentro de mi cuerpo con un interruptor en el pecho. Algo sencillo, como con el que se prende y apaga la luz. De su mismo color de piel, para que no fuera una deformidad demasiado evidente, no quería que cualquiera pudiera hacer uso de él. Solo yo.

Aunque estábamos buscando tener un bebé el embarazó me tomó por sorpresa. ¿Feliz? Algo. Debo aceptar que la idea de tener un hijo no me era del todo desagradable. Desde que nos casamos supimos que esa era una de las metas de nuestra unión: formar una familia. Eso lo dijo el cura durante la ceremonia, eso nos repetían nuestros padres. Ellos nos pedían desde hacía tiempo los hiciéramos abuelos. Así que después de seis años decidimos dejar las pastillas anticonceptivas. Gracioso me suena hoy el “decidimos”, cuando realmente era yo la que me las tomaba, era yo la que sangraba cada mes, era yo la que iba a parir a la criatura. Pero estábamos juntos, porque éramos una pareja, y lo que estaba de moda entonces era que decir: “nosotros estamos embarazados”. Sonaba tan ridículo como decir: “nosotros tenemos una infección vaginal”. Pero bueno, nosotros estábamos embarazados y entusiasmados, aunque sorprendidos por lo rápido que había resultado todo.

Los libros que leí decían que un embarazo planeado podía tardar hasta un año en darse, así ambos estuvieran sanos. Entonces pensé: “Va, un año está bien. Quizás en un año logre convencerme por completo de querer ser mamá”.

Pero no tuve un año. No tuve ni dos meses. Apenas habíamos tirado, qué, ¿tres? ¿cuatro veces? Mientras miraba la prueba positiva solo deseaba desde lo más profundo de mi corazón que tuviera un botoncito. Porque cuando veía a otros niños y a otras mamás, muchas de ellas ojerosas y cansadas, pensaba que esa sería la solución a todo.

Ahí estaba, todo empolvado, metido en una caja con cobijas y su muñeco favorito. No quería que se sintiera solo. ¿Hace cuánto estaba en el depósito?

Al principio, cuando descubrí que podía apagarlo lo acomodaba en su cuna, como si estuviera durmiendo. Lo hacía por un par de horas, dos si mucho. Aprovechaba ese rato para dormir un poco. Todos te dicen que descanses mientras duerme el bebé, porque se supone que todos los bebés solo comen, cagan y duermen. Pero él era distinto. Lloraba mucho, hacía siestas de solo media hora y pedía comida todo el tiempo. La energía se me agotó rápido. A las dos semanas de nacido ya estaba más cansada que en toda mi vida.

El parto fue lo más fácil. De verdad no entiendo cual es toda la alharaca alrededor del parto. Sí, duele, claro. Pero lo pude manejar. Me concentré en respirar. Fue rápido. Había llegado hacía apenas unas cuantas horas a la clínica cuando la doctora me avisó que ya tenía diez centímetros de dilatación. No me alcanzaron a inyectar la anestesia. Yo la quería, por supuesto, pero todo fue tan de prisa que no llegó el anestesiólogo a tiempo. Cuando entró a mi cuarto la ginecóloga le dijo: “ya no”. Él me miró, se disculpó con una sonrisa rápida y se fue. Sentí ganas de pujar y pujé. Volví a pujar y entonces la doctora me avisó que ya estaba afuera la cabeza, que me aguantara las ganas de volver a pujar, que el resto lo hacían entre él y ella.

Lloró. Lloré. Lloramos. Mi marido estuvo al lado mío todo el rato. Me entregaron al niño para que lo pusiera contra mi pecho, lo que llaman contacto piel con piel. Era pequeño, estaba muy arrugado y envuelto en una gelatina blancuzca que lo hacía ver aún más extraterrestre. Todo fue muy rápido. Era mi hijo. ¿Era mi hijo? Era mi hijo, eso decían todos. “Mire ese bebé tan lindo”. Se lo llevaron, el papá fue detrás de él.

El niño tenía un mes cuando descubrí el botón. Fue accidental. No pensé que mis deseos se cumplieran con tanta facilidad. Nunca había escuchado hablar de un bebé que se pudiera apagar. Por eso la primera vez que ocurrió me asusté. Acababa de sacarlo de la tina y estaba secando sus axilas con la toalla cuando sentí que mi dedo gordo hundió una especie de bulto pequeño y escuché un click y él quedó cómo congelado. Me asusté, pero supe de inmediato que algo, alguien, había cumplido mi deseo. Volví a buscar la pequeña protuberancia debajo del brazo y la apreté de nuevo. Se volvió a mover, como siempre. A hacer los mismos ruidos pequeños con su boquita, a mover sus minúsculas manos. Terminé de vestirlo, lo acomodé en el moisés, le puse una cobija encima y volví a buscar el botón. Lo apagué y dormí un poco más de dos horas. Fui feliz.

Al principio no quise contarle a nadie acerca de mi descubrimiento. Solo lo usaba cuando estaba sola en la casa. Me permití dos horas diarias para dormir la primera semana. La segunda comencé a apagarlo también a la hora del almuerzo, así podía prepárame algo más que un sándwich de jamón y queso.

La tercera comencé a hacer uso del botón apenas mi esposo se iba a la oficina, para poder correr un rato en el parque. Regresaba, prendía al bebé, le daba de comer y lo bañaba, lo volvía a apagar para bañarme y dormir un rato. Luego lo prendía, le daba de comer y lo ponía bocarriba en su gimnasio para bebés un rato y después bocabajo, sobre la barriga, para que ejercitara los músculos. Lo volvía a apagar para almorzar y dormía otro rato. Luego lo prendía para montarlo en el coche y sacarlo a dar una vuelta. Esa rutina se me dio bien durante los primeros meses.

Levanté la caja. Olvidé las aletas. Decidí subirla al apartamento. Se veía apacible, pero estaba muy sucio y algo en mi corazón se sintió al verlo en ese estado. Con los cachetes negros de tierra, las manos cubiertas de polvo. La ropa olía a humedad. Pero él se veía bien. Agarré la aspiradora y se la pasé por todas partes. Lo saqué de la caja y sacudí las cobijas, también aspiré el interior de la caja y al perro de peluche. Busqué un trapo y lo humedecí para limpiarle la cara y las manos. Me quedé mirándolo un rato. Cómo me gustaba vestirlo con chaquetas que tuvieran orejas de oso redondas en la capucha. Se veía lindísimo así.

Un día mi marido llegó temprano de trabajar y me encontró dormida y con el bebé apagado en la cuna. Apenas lo vio, tan quieto, congelado, se aterró. Comenzó a sacudirme y a gritar: “¡Algo le pasó al bebé!”. Me asusté. Me senté en la cama y miré la cuna. Me calmé de inmediato. “Tranquilo, amor. Está apagado. Ya lo prendo”. Parecía que se le fueran a salir los ojos de las orbitas. Yo solo tomé al niño en brazos, apreté el botón y él comenzó a moverse tranquilo y a buscar mi seno. “Tiene hambre”. Mi esposo se sentó al borde de nuestra cama. Se agarraba la cabeza con incredulidad. Alimenté al bebé, le cambié el pañal y le puse la piyama. Mi marido no se movía aún. Esperé otro rato. El niño se durmió. Entonces por fin volteó a mirarme y me dijo: “¿O sea que el niño se pude prender y apagar?”. Esperaba que le dijera que lo que vio era mentira, que se lo había soñado, qué sé yo. “Sí, exacto. Tiene un botón en la axila. Lo apago cuando necesito descansar o comer. Pero no lo afecta. Él está divinamente. Míralo, es un bebé feliz”.

Pensé que me iba a reprochar, a decir que era una madre irresponsable, una loca. “¿Será que podemos dejarlo apagado el próximo fin de semana para ir a cine?”, preguntó con una sonrisa tímida.

Las cobijas y el muñeco estaban muy sucios y olían mal. A humedad. Decidí meterlos a la lavadora. Al fondo del gabinete donde guardo los detergentes encontré el jabón hipoalergénico con el que lavaba toda la ropa del bebé. Todavía tenía suficiente para un par de cargas. La ropa estaba igual de sucia, así que se la quité con cuidado y la eché a lavar también. Lo cubrí con el cobertor de la cama mientras tanto.

Comenzamos a apagarlo para salir a comer, ir a cine, visitar amigos, asistir a fiestas. En un principio acordamos que solo lo haríamos para casos especiales. De resto el bebé debía permanecer prendido. Después de hablar al respecto decidimos que el botón solo sería usado para ayudarnos como pareja. Para librarnos un poco de la falta de intimidad que sufrimos después de tenerlo, para unirnos más y darnos espacios para los dos.

La verdad es que yo seguí haciéndolo un par de veces al día sin contarle a nadie, para tener tiempo para cosas básicas como hacer ejercicio, arreglarme las uñas, ver una que otra serie, leer un libro, trabajar.

Cuando cumplió un año fuimos más osados. Lo dejamos apagado tres días y nos escapamos de vacaciones a la playa. Pasamos felices, como si nada hubiera cambiado. Al regresar comenzamos a hacer un uso más libre del botón. A veces desconectábamos a nuestro hijo por un par de días y dejábamos que la vida transcurriera como antes de que llegara él.

De la renovada diversión aparecieron los cuestionamientos. Mi esposo decidió que quería ver el mundo. Después de mucho analizar su vida, en las noches que yacíamos uno al lado del otro sin dormir ni hablar y con el pequeño apagado en el otro cuarto, descubrió que su más íntimo deseo era convertirse en un viajero porfesional, sin hogar ni rumbo fijo. Así que sin mayor preaviso un día me informó que planeaba irse a tener aventuras por el planeta durante dos años. Me dijo que me amaba, pero no quería que me quedara esperándolo, me pidió que rehiciera mi vida y encontrara mi felicidad.

Quedé tan devastada que se me olvidó volver a prender al niño. Después de unos cuantos meses decidí guardarlo en el closet y transformar su cuarto en un estudio. Colgué un televisor inmenso en la pared y conseguí un computador de pantalla gigante para el escritorio, puse una elíptica al lado de la ventana para hacer ejercicio todas las mañanas mientras veía algún programa por Netflix. En algún momento pasé al niño a la caja y la bajé al depósito. Pero ya no recuerdo hace cuánto. ¿Un par de años?

Apenas terminó el ciclo de la secadora procedí a volver a tender la caja con las cobijas y a vestir al chiquitín. Cuando ya estaba listo, con el pantalón azul y la chaqueta pensé que quizás ahora sería un buen momento para volver a encenderlo. Y eso hice. Busqué el botón. Oí el click. De inmediato mi hijo buscó abrazarme. Lo envolví con mis brazos. Se me había olvidado lo rico y caliente que se sentía su cuerpo contra el mío. Le puse la capucha del saco, como hacía cuando íbamos a salir al parque. Qué lindo se veía con esas orejas de oso. Cómo me gustaba vestirlo así.

“Mama”, dijo. “Mamamamamamamama”, repitió. Lo abracé de nuevo. Le besé las mejillas rosadas, regordetas. Busqué el botón. Lo apagué y lo volví a acomodar en su caja. Con el muñeco, por supuesto, para que no se sienta solo.

«Cuán rápido la línea oscura crece, cuán

rápido aumentan las velas apagadas.»

Kavafis, “Velas”.

—Antes, las guerras servían para limpiar el mundo de gente. En tiempos de paz como ahora, esto se arregla cuando ocurre un desastre. No me mires así: es como te lo digo y punto.

La anciana señalaba la minúscula pantalla de la tele con un dedo torcido por la artrosis. Hacía tres meses que había aceptado trasladarse a la residencia y, al principio, no dejó de torturar a su hijo: necesitaba un televisor en la habitación que ocupaba ella sola, era urgente y vital, porque si se moría sin saber cómo acababa el juicio contra el torero infiel no se lo perdonaría jamás. Había días que le aseguraba que si no le satisfacía esa casi última voluntad, cuando muriese iría a buscarlo al infierno y le clavaría la dentadura en el antebrazo. «Te quedará la marca para siempre», lo amenazaba tocándolo con uno de los tres bastones que siempre tenía a su alcance, colgados de un sillón dispuesto para que, en principio, los invitados se sentaran cómodamente.

El hijo había tardado tres semanas en comprar el aparato y, desde entonces, funcionaba día y noche a un volumen muy alto porque la anciana estaba casi sorda. Se perdía el telediario del mediodía y el de la noche porque coincidían con la hora en que los residentes —ella se refería a ellos como «los carcamales»— comían y cenaban en el comedor, pero dedicaba toda la tarde y parte de la noche a los programas de cotilleo. El torero ya estaba en prisión. Su historia, que ya no tenía ningún interés, había sido sustituida por la de un cirujano que violaba a las pacientes después de anestesiarlas: cada nueva información era más truculenta que la anterior, cosa que aseguraba un inexorable incremento de la audiencia.

Esa tarde, la anciana exponía su teoría de la superpoblación mundial a Miguel, el único nieto que la visitaba. Iba una vez por semana, cuando salía de la peluquería canina y, después de encajar los comentarios de turno sobre la peste a perro que soltaba, aguantaba alguna disertación siempre relacionada con la emisión televisiva que tenían delante. Miguel sabía más cosas sobre el torero preso y el cirujano violador que de su abuelo, fallecido cuando él tenía tres años: si hubiese caído en ello alguna vez, se habría esforzado en sonreír, porque intentaba no dejarse vencer por el desánimo y la mala leche. Esa tarde el presentador explicaba que en Brasil un incendio en una discoteca había acabado con la vida de doscientas cincuenta y cinco personas. A la cifra había que sumar más de trescientos heridos, un tercio de los cuales se hallaba en estado grave o incluso crítico.

—Necesitan calamidades de este calibre, en esos países. Si no liquidan a unos cuantos de una tacada, no tienen suficiente comida para todos.

—Ya está bien, abuela. Sabes que no me gusta que digas esas cosas.

—Y a mí no me gusta que ocurran, pero tienen que ocurrir. Son imprescindibles.

Con la intención de pasar página, el nieto comenzó a hablar de su rutina. A las diez en punto ya levantaba la persiana de la peluquería canina —que se llamaba Miqui Manostijeras—, dispuesto a solucionar el primer reto capilar de la jornada.

—No sé qué le ves a eso de arreglar el pelo de los chuchos. ¿Seguro que te lavas bien antes de volver a casa?

—Sí, abuela, sí.

—Y yo que me lo creo.

Antes de abrir la tienda, Miguel había hecho la compra de la semana y había ido hasta el parque para pasear a Elvis. Miguel nunca le había hablado de su mascota a la abuela. Se había enamorado de ella poco después de que Nikki lo dejara. Era un perrito minúsculo, de mirada perspicaz y nervios a flor de piel, que veía en el escaparate de la tienda de mascotas del barrio de camino hacia la peluquería. Llevaba una semana coincidiendo con él cuando se dijo que si en tres días no se lo había llevado nadie, él se lo quedaría. «Un perro tan pequeño no puede dar muchos problemas», le dijo el dependiente la tarde en que se decidió a entrar en su establecimiento dispuesto a adoptar el animalito por un precio bastante razonable. Elvis venía de lejos. La raza se había empezado a criar en los cincuenta, basada en el «English toy terrier», uno de los animales de compañía favoritos de la nobleza rusa, y durante años sus amos habían conseguido mantener los perritos prácticamente en la clandestinidad: el comunismo no toleraba lujos de ningún tipo, y menos si estos eran de raíz occidental. El «English toy terrier» se transformó en el «pequeño perro ruso» (Русский той), que no tardó en dejar de cazar ratones —propósito inicial de la raza— y dedicarse a las monerías propias de un mamífero que apenas pesa dos kilos. Satisfacía con el mismo entusiasmo a niñas escuálidas, adolescentes que ya se habían dejado tentar por la furia del vodka, madres de mirada triste y padres de poblados bigotes, un intento de homenaje a Stalin que más bien parecía un guiño a la majestuosidad inútil de los leones marinos.

Gracias a Elvis, Miguel había ido superando el trago amargo de la ruptura con Nikki. Estaban juntos desde hacía cinco años y, si bien habían llegado a un punto de estancamiento innegable, jamás habría imaginado que ella tomaría la decisión de empezar de cero en Klagenfurt, una pequeña ciudad austriaca.

—Dame un poco de tiempo, Miguel —le había dicho cogiéndole la mano, como si fuera un niño—. Necesito saber que todavía sigo con vida.

Estaba convencido de que Nikki se marchaba a Klagenfurt con alguien. Deseaba que su estancia no fuese tan idílica como esperaba y que al cabo de un tiempo regresase a Barcelona con el rabo entre las piernas. Ella, que pensaba que tener un animal doméstico en un piso era un crimen, tampoco sabía nada de Elvis. Hablaba por teléfono con su ex una vez a la semana y a menudo Miguel y el perrito se miraban con ternura mientras la con-versación se iba volviendo más y más difícil. Nunca había ladrado: sus antepasados habían tenido que vivir al margen de la ley, siempre a punto de ser descubiertos por la policía comunista, y él, como la gran mayoría de sus congéneres, había heredado su predisposición silenciosa.

«Tener un perro y haberse quedado sin pareja es una combinación curiosa», se había dicho Miguel en alguna ocasión mientras paseaba a Elvis y notaba los ojos de alguna chica fijos en la mascota. El afecto instantáneo que podían sentir hacia el perrito podía derivar fácilmente en largos diálogos, que se iniciaban a partir de una pequeña anécdota vinculada con el animal y viraban poco después hacia aguas más personales. Miguel había apuntado algún teléfono en el móvil pero nunca se había atrevido a ponerse en contacto con las desconocidas. Las registraba precedidas por el nombre del perro, para no olvidar el vínculo que los unía. Cuando acumuló media docena, los borró, avergonzado: si alguna vez volvía con Nikki, esa lista podía acabar dándole problemas.

Hasta entonces, Elvis había resultado una compañía constante e inmejorable. Miguel se había acostumbrado a dormir con él y lo último que veía antes de acostarse era aquel par de ojos brillantes y solícitos, que seguían contemplándolo con devoción hasta que se dormía y que a menudo ya estaban abiertos cuando se levantaba.

—Buenos días, Elvis —le decía él.

El perro le prodigaba un áspero lametón en la mejilla y empezaba a mover el rabo.

Si hubiese logrado superar el asco hacia los animales, su abuela habría estado muy bien acompañada por un Elvis que quizá habría retrasado su ingreso en la residencia. Miguel lo imaginaba corriendo excitado por el piso, animando la lobreguez mórbida de las habitaciones, comiendo de un platito en el que habría mandado grabar su nombre —que sería Chispas o Petit, una elección poco creativa— o hasta sentado en su regazo, abrigado con una manta, mientras ella se distraía con cualquiera de los programas de televisión de baja exigencia que miraba piadosamente.

—Se ve que el rey ha ido a cazar elefantes a África y se ha lastimado. Estaba con la fulana —le habría dicho rascándole la cabeza con una de sus uñas largas e indestructibles—. Si yo fuera la reina, acabaría rápido con tanta desfachatez.

Cuando Miguel iba a la residencia y pasaba un rato con su abuela inventaba finales menos terribles para su vida. Desde que tenía a Elvis, le imaginaba una vejez plácida junto a una mascota servicial. Antes, cuando aún estaba con Nikki, la había embarcado mentalmente en un crucero por el Mediterráneo y allí le había hecho conocer a un anciano viudo como ella, a quien le iba como anillo al dedo un poco de compañía. Se habían enamorado durante el viaje y, ya en Barcelona, habían continuado viéndose, hasta que el hombre —un antiguo corredor de seguros esforzado y cumplidor— le proponía vivir juntos. Su abuela abandonaba el pisito de extrarradio y se instalaba en la torre del Maresme que el hombre tenía medio abandonada desde la muerte de su señora.

La residencia deprimía a Miguel y las historias que crecían en su interior le ayudaban a aislarse mientras su abuela se dejaba abducir por la tele. Era verdad que la tenían muy bien atendida y allí estaba bien, quizá incluso mejor que en casa, pero tres o cuatro años atrás le habría resultado imposible adaptarse. La percepción y la exigencia se le habían ablandado. Eso es lo que se decía su nieto, que no habría podido aguantar mucho rato en el salón comunitario, acompañado de ancianos que habían perdido la memoria y pasaban el rato mirando a un punto fijo y a la vez indeterminado de la pared. Tampoco se veía con fuerzas de jugar una partida de dominó con alguien a quien, de sopetón, le caía la dentadura sobre la mesa, y menos aún de comer al lado de un residente afectado por una extraña enfermedad mental que le hacía chillar palabras imprevisibles cada vez que una enfermera le acercaba una cucharada de comida a la boca. «¡Domingo!» «¡Tortuga!» «¡Nenúfar! «

Por un lado, las visitas a su abuela angustiaban a Miguel. Por otro, hacían que saliese de allí con más ganas de vivir que nunca: tenía que superar como fuese que Nikki le hubiera dejado y lo intentaba saliendo a cenar con amigos y amigas o haciendo horas extra en la peluquería canina con la intención de ahorrar dinero suficiente para disfrutar de unas vacaciones en Australia. Un lunes que había decidido ir al cine solo se encontró con una antigua compañera de instituto. Después de la película se fueron juntos a tomar una cerveza. Laura había trabajado hasta hacía poco en un laboratorio farmacéutico. La empresa acababa de ser fagocitada por una multinacional francesa que había decidido cerrar la sucursal española.

—Podría ir a trabajar cerca de París, pero no sé si fiarme de mis jefes: quizá dentro de unos meses cierren la otra fábrica —se lamentó al cabo de un rato, con un vodka con tónica en la mesa.

—Seguro que no —dijo Miguel: desconocía el estado del sector farmacéutico, pero se creía en la obligación de murmurar comentarios reconfortantes.

—¿Te imaginas que el año que viene, ya instalada en París, me dicen que si quiero conservar mi lugar de trabajo tengo que irme a Chequia? ¿Y si al cabo de otro año me acaban enviando a Pekín? Vaya favorcillo me harían.

Laura no se imaginaba formando una familia en la capital china, pero, para tener hijos, primero tenía que encontrar a alguien. Después de este último comentario, Miguel se quedó mirando fijamente su whisky con cola unos segundos, hasta que le explicó brevemente su historia con Nikki. Se habían conocido hacía cinco años en uno de los puestos de fruta del mercado. Habían empezado a hablar poco después, un día que hacían cola en la farmacia. Miguel ya tenía la peluquería de perros y no le ocultó su ocupación, aunque otras chicas habían puesto cara de circunstancias cuando les había contado a qué se dedicaba. Nikki y él se enrollaron enseguida y habían empezado a vivir juntos seis meses después de haberse conocido. Ella cambiaba a menudo de trabajo. Él esquilaba perros: abundaban los caniches y los fox terriers.

—Quizá no era una vida muy ambiciosa, lo reconozco, pero éramos felices.

El verano anterior habían viajado a Múnich. Nikki quedó prendada de un anillo de compromiso y así se lo hizo saber, primero con miradas dulces, más tarde con palabras elogiosas, arropadas con un romanticismo sincero. La tienda quedaba muy cerca de la pensión donde se hospedaban. Cada vez que pasaban por delante, ella miraba la joya, que resplandecía con moderna elegancia entre el resto de anillos, gargantillas y pendientes. Miguel comprendió que era el momento de tomar una decisión y una tarde que Nikki se había quedado dormida después de una visita agotadora al castillo del rey Luis II de Baviera, salió de puntillas de la habitación, bajó hasta la tienda y compró el anillo. Se lo entregaría al final de una cena de lujo. Ese tenía que ser el preludio de la boda.

—No sucedió como yo imaginaba.

—¿Qué pasó?

Laura agarró su vodka con tónica y no volvió a dejarlo sobre la mesa, sin haberlo probado, hasta que Miguel no contestó.

—Qué más da. Ahora vive en una pequeña ciudad austriaca. ¿Has oído a hablar de Klagenfurt? Necesita un poco de tiempo.

Aquella noche acabaron tarde. Tomaron otro combinado mientras agotaban todas las virtudes de la película que habían visto. Embravecidos por el alcohol y por el recuerdo de la historia de adulterio que se contaba en Tabú, ambientada en una casa perdida de la selva mozambiqueña, Miguel y Laura acabaron durmiendo en la misma cama después de siete minutos de sexo, observados por los comprensivos ojos de Elvis. Ni en los momentos más fogosos había soltado un solo ladrido.

A las cuatro de la madrugada, los gritos de Laura despertaron a Miguel.

—Hace tiempo, en otra pesadilla, también maté a alguien —le dijo ella.

Miguel, que acababa de ser consciente de su desnudez, aprovechó que Laura fue al baño para vestirse. No encontraba sus calzoncillos por ninguna parte y tuvo que coger otros del cajón y ponérselos apresuradamente, antes de que su antigua compañera de instituto volviese a la habitación.

—¿Estás bien? —le preguntó.

Todavía sin una sola pieza de ropa encima —tenía un cuerpo más atlético que el de Nikki—, Laura le dijo que sí y trató de explicarle la pesadilla: salía un testigo de Jehová, una vecina cotilla y dos policías, que la atosigaban primero en la entrada del edificio donde vivía y después, sin transición, apretujados en el salón de casa, señalaban la gran mancha de sangre que ensuciaba casi toda la alfombra.

—Había escondido al muerto de la pesadilla anterior, pero ni yo misma sabía dónde. Para encontrarlo debía esperar a que los policías, el testigo de Jehová y la vecina se fuesen, pero resultaba imposible convencerlos y uno de los agentes me agarraba del pelo y me decía que al día siguiente empezaría mi juicio.

Miguel escuchó la historia en silencio, sentado en la cama, iluminado por la luz blanquecina de la mesilla. Cuando hubo acabado, Laura le pidió un pijama y Miguel le dejó uno suyo. Elvis entró en la habitación y empezó a menear la cola.

Elvis, hoy tienes que irte —le dijo cuando se acercó a la cama.

—Es un perro precioso.

—Normalmente duerme conmigo, pero hoy no se puede quedar.

—Si quieres, me voy yo —le dijo Laura guiñándole un ojo.

Lo echaron y se desnudaron otra vez mientras se besaban con un punto de agresividad. A la mañana siguiente, Miguel se volvió loco intentando localizar los calzoncillos que había perdido por la noche, pero no hubo manera de encontrarlos. Hasta llegó a hurgar en el bolso de su antigua compañera de instituto, por unos segundos convencido de que tenía a una maniaca sexual en la ducha. Allí tampoco los encontró.

Tan pronto como ella se hubo marchado, puso patas arriba la habitación sin resolver el problema. Solo escuchó el resuello del minúsculo Elvis, que lo observaba desde un rincón del dormitorio con las orejas en punta y el hocico hacia el techo.

Al cabo de un par de semanas, Nikki anunció por teléfono a su expareja que a final de mes regresaría a casa. La noticia lo dejó pasmado: solo quedaban diez días. De repente, el paréntesis de Nikki en el extranjero le pareció corto. Si se marchaba de Klagenfurt significaba que se rendía, que la otra vida no era posible y, lo más importante, que había aceptado que Miguel era su camino. Así se lo expresó a Laura esa noche, desnudos en el sofá.

—Lo tendremos que dejar, ¿no? —preguntó ella. Y a continuación suspiró y hundió la cabeza entre los cojines.

Miguel estuvo a punto de disculparse, pero se frenó antes de decir nada. Intentó tragarse el silencio indescifrable del salón con los ojos cerrados. Si los abría, no podría evitar coincidir con las lágrimas de Laura o con la mirada expectante de Elvis.

Cuando ya se hubo ido, Miguel miró con lástima a su mascota. Había tomado una decisión: tenía que deshacerse de él antes del regreso de Nikki.

El dueño de la tienda de animales se lo puso fácil. Le encontró un nuevo amo en tres días. Aquella fue una de las semanas más complicadas en la vida de Miguel: no habría imaginado jamás que separarse de Elvis fuera a resultarle tan terrible. Había estado a punto de levantar el teléfono y cancelar todo media docena de veces, pero en el último momento desistió, convencido de que si era capaz de aquel sacrificio por Nikki (aunque ella no supiera nada del perro), jamás tendrían problemas.

El día que se despidió de su mascota, Miguel llamó a la peluquería canina y le dijo a su socio que tenía fiebre y debía guardar cama. Necesitó llorar un día entero. Cuando volvió al trabajo, todos los perros le recordaban al suyo. Estuvo a punto de perder los papeles cuando le tocó arreglar al pequinés de la señora Roig. Canijo y solícito, el animalito le lamió las manos cuando lo cogió para subirlo a la mesa donde lo esquilaría con pulso temblón y reprimiendo las lágrimas.

Esa misma noche, Miguel soñó que Elvis volvía a estar en casa. Ladraba para que saliera de la cama y él le hacía caso, todavía medio dormido, arreglándose el pijama. Después de besuquearle los pies, el perro metía el hocico en el espacio entre el cabecero y el suelo y sacaba los calzoncillos que había perdido la primera noche que había estado con Laura.

—!Muy bien, Elvis! —chillaba Miguel mientras los recogía.

Después de lamerle un dedo, el animal volvía a hurgar en el mismo sitio y sacaba un calcetín que Miguel no recordaba haber perdido. Todavía rescató otro antes de ofrecerle un papel arrugado y lleno de babas donde se podían leer los primeros tres o cuatro componentes de una lista de la compra.

—Cuántas cosas hay aquí debajo, ¿eh? ¡Estás hecho un detective! —le decía acariciándole la cabeza, mientras el pequeño forcejeaba con algo más.

Elvis sacaba una cajita azul y la dejaba a los pies de su amo, que la miraba boquiabierto. Allí dentro estaba el anillo de compromiso que Miguel había perdido poco después de volver de Múnich, mientras todavía buscaba una fecha propicia para la cena de lujo que precedería la entrega ceremoniosa y, si todo marchaba bien, el noviazgo. Había pasado dos semanas de infarto, intentando localizar la cajita sin que Nikki se diese cuenta. No la había encontrado. Había terminado rindiéndose, convencido de que un lunes o un martes se tomaría el día libre para subirse a un avión, comprar el anillo y volver a casa con el botín. Gracias a ese detalle, habría boda: él estaba convencido de ello. Nikki se había ido a Klagenfurt antes de que pusiese en práctica su redención.

En el sueño, Miguel no abría la cajita azul hasta que Elvis hacía un gesto afirmativo con el hocico, como dándole permiso para continuar. Cuando lo hacía, el anillo resplandecía con la elegancia moderna de Nikki.

—¿Quieres casarte conmigo? —decía.

Se levantó repitiendo la frase. Miguel encendió la luz apresuradamente e, incluso antes de levantar la persiana, antes incluso de ir al baño, desmontó la cama pieza por pieza. En un rincón, camuflados por el polvo, estaban los calzoncillos y la cajita azul. El vecino de arriba no dio ninguna importancia al grito de victoria, fresco e hiperbólico, que le llegó atenuado por las entrañas de su apartamento.

Lo primero que vio Nikki el día que llegó a casa fue la cajita azul encima de la mesa del salón, acompañada de un ramo de rosas rojas y de una nota en la que se leía «Te quiero». Salió del piso corriendo después de haber espiado el contenido. Miguel no esperaba una reacción tan eufórica. Mientras esquilaba un afgano amuermado en la peluquería, oyó el revuelo en la entrada. No pudo ni dejar las tijeras en la bandeja. Nikki se le echó encima y, mientras le besaba la cara —el gesto tenía algo de canino—, le dijo que ella también lo amaba y que quería casarse con él.

Celebraron una pequeña fiesta después de la ceremonia en el ayuntamiento. Allí estaban los padres de ambos, el hermano de Nikki, seis amigas de ella y cinco amigos de él —acompañados de las respectivas parejas, si las había—, el socio de la peluquería —Alejandro— y su abuela, que había podido salir de la residencia con la condición de que la acompañase una auxiliar que se emborrachó antes del postre bajo la mirada desdeñosa de la anciana. En una visita al baño, Miguel vio que tenía un mensaje por abrir en el móvil. Decía: «Felicidades. Laura». Lo borró inmediatamente después de leerlo, pero luego lo lamentó, porque no tenía el número de la antigua compañera de instituto guardado en la agenda. Quedaría como un imbécil, pero no podía dar marcha atrás: el mal ya estaba hecho. Se lavó las manos y regresó al gran comedor del restaurante navarro donde celebraban el convite.

Como no había tenido tiempo suficiente de ahorrar para ir a Australia, Miguel le propuso a Nikki una alternativa de viaje de novios menos espectacular. La generosa aportación de los padres de ambos les permitió replantearse su sueño. Finalmente, consiguieron billetes para Adelaida, con la intención de ir en coche hasta Brisbane. Desde allí bajarían hasta Sidney y pasarían por Canberra y Melbourne antes de coger un barco hasta Tasmania. Una vez hubieran recorrido la isla, volverían a Sidney, desde donde volarían a Yakarta, donde pasarían una noche antes de subirse a un avión con dirección a Estambul y, de allí, volverían a Barcelona.

Después de cortar el pastel y darse el último beso fotografiable, la anciana hizo un gesto a su nieto para que se le acercara y le pidió que no se marchara de viaje.

—Tengo un presentimiento —dijo—. Me parece que sucederá un desastre. Una calamidad.

Miguel le estampó un beso en la frente y le prometió que al cabo de un mes le llevaría un pequeño canguro de plástico que podría poner encima de la tele y que la vigilaría hasta cuando durmiese.

—Ya no necesito nada, hijo.

Cogió una de las manos de la abuela y le dio otro beso en la frente. El último.

Dos semanas atrás te llamó, así, de la nada, y hoy es el día de la madre y vas a volver a verla. Querías empezar de la mejor forma posible, pero el sábado te acostaste tarde y borracho, y el domingo te despertás con un llamado de ella a las once y veinte de la mañana. Pregunta si vas a ir a almorzar como habían quedado. Decís que sí. Pregunta si vas a ir con Fernanda. Decís que no, que ya le habías dicho. Te pide que por favor no llegues tarde, y cortás. En los últimos días apareció el zumbido de que no haberla visto antes en todo este tiempo fue más que nada tu culpa, y empezaste a pensar cómo se habrá sentido ella. Y es que estar con ella es un truco que aprendiste de chico y desde que dejaste de serlo no volvió a salirte demasiado bien. Encima, cuando te esforzás por ser amable perdés la paciencia. Por algún motivo, sin embargo, confiás en que las cosas van a terminar de acomodarse solas durante el almuerzo. El viernes a la tarde le compraste un regalo y no pudiste acordarte cuándo había sido la última vez que lo habías hecho. También tenés algo que decirle; algunas frases para terminar de emparejar todo.

Es el mediodía del tercer domingo de octubre de un año que no tiene ni tendrá década. Te metés en la bañadera y enseguida entrás en una nada brumosa pero impecable, blanca como el decorado de una propaganda de crema o sal. No hay ningún ruido. Nadás en la pileta de la terraza de una torre de treinta pisos oscuros. Nadie. Apoyás la espalda contra los azulejos del fondo. Mirás para arriba: no hay luces ni ruidos. El agua es tan transparente que cuando desaparece no se nota. El suelo es de pasto y caminás como Kwan Chang Caine, como un Johnnie Walker en un prado escocés, hay ovejas blancas que ahora son una sola nube y abrís los ojos, tosés y escupís un poco de agua fría. No tenés idea de qué hora es porque en ese baño siempre es de madrugada. Escuchás el ruido del tránsito y cómo un vecino tira la cadena, se lava las manos y cierra la puerta del otro lado de la pared.

Algo que ves desde esa esquina sobre la avenida te resulta conocido. Es que un paso detrás de otro, como un autómata, caminaste las cuadras que separan tu departamento de la zona donde viviste con tu mamá y tu hermana hasta hace algunos años. Recién ahora, al recorrer esa distancia, te das cuenta de que no te habías alejado tanto en realidad. No te acordás de qué había antes sobre la avenida. Seguro no eran dos locutorios.

Para pasar por la puerta, tironeado por el deseo casi morboso de comprobar el paso del tiempo, solo tenés que doblar en la esquina y seguir media cuadra, pero te quedás quieto. Ya son las dos y diez en el reloj del celular. Tomás un taxi y cuando arranca tanteás los bolsillos buscando plata para pagar. Llegás y tenés que explicarle al guardia del edificio quién sos. No cree que ella tenga un hijo que él nunca vio en este tiempo. Hace que toqués el timbre. Piso catorce. Te pregunta si estuviste de viaje. Sonreís y escabullís la mirada: sobre la mesa desde la que preside el hall de entrada hay un celular de los más caros. Finalmente, la voz de un hombre desconocido dice por el portero eléctrico que podés pasar. En el ascensor te acomodás el pelo y la ropa frente al espejo. Te detenés en tu cara y pensás en tu hermana. De alguna forma sentís que la abandonaste. Por mucho tiempo, habían sido lo único que quedó en pie de esos primeros años en Buenos Aires, el peinado batido de tu mamá, tu papá flaco y con bigotes. Después vos y ella juntos dieron vueltas en las calesitas a las que los fueron subiendo, como un pasajero disputado por dos taxistas una noche desolada.

Pero todo eso ya pasó y ahora es más simple: solo tenés que compartir algunas comidas al año con las dos, un tipo y su familia, en un piso catorce con palier, la puerta abierta y detrás del ventanal del balcón la reserve ecológica y más atrás el río. Te asomás y no ves a nadie. Volvés a salir y tocás el timbre y esperás, pero nada. Das vueltas por el living y te inclinás para leer los lomos de los libros y ver sus caras sonrientes en los portarretratos. La cautela tensa tus movimientos como si todos los adornos estuvieran a punto de quebrarse en cualquier momento, o como si estuvieras entrando a robar en lo de una familia que se fue a pasar el día al country.

Desnuda envuelta en una toalla, una rubia que no es tu hermana pasa al fondo del pasillo. Antes de cerrar la puerta de la habitación se da vuelta y se queda mirándote un segundo interminable, hasta que desde un costado aparece tu mamá y te abraza. Está igual: un poco más flaca, el pelo más rubio y con otro peinado, con ropa nueva y menos arrugas, pero igual. Te aleja, apoya sus manos en tus hombros, te mira y luego te aprieta. Vuelve a alejarte. Está llorando. Dice que está llorando de alegría. Metés la mano en el bolsillo de la campera y tanteás el paquete dentro de la bolsa. Se abrazan y se dan otro beso. Estás por abrir la boca, casi, y ella vuelve a alejarte, los ojos irritados, y dice que la sigas, que quiere mostrarte el departamento. Pero todos los cuartos están cerrados con llave. Dice que deben estar cambiándose y te muestra los baños: en uno todavía quedan restos de vapor, espuma y una bombacha bordó húmeda colgada de la canilla. Estornudás. Volvés a estornudar. Dice que debe ser por la alfombra y que mejor vayan a la cocina. Seguís estornudando, tanto que es como si lo hicieras a propósito, como si por algún motivo quisieras exagerar la sensación de incomodidad.

Mientras te limpiás la nariz ella pregunta si no le harías un favor. “¿Qué?”. Todos están ocupados preparándose y ella todavía tiene que bañarse y calculó mal y necesita más crema para la salsa, y encima no hay vino y a Gustavo no le gusta comer sin vino. Una puerta se abre y la voz de un hombre, la misma del portero eléctrico pero sin distorsión, le pregunta dónde está. Qué importa si no puede comer sin vino, que se lo vaya a buscar él: están solos y no sabés si van a poder volver a estarlo. Pero al mismo tiempo es como si algo te diera pudor, y vas. Pide que ya que estás saques a Lucky, que sale del lavadero estirando las articulaciones.

Es un barrio nuevo construido en tierras ganadas al río, un club de campo de torres: solo hay edificios enormes, separados unos de otros como si fueran demasiado pesados para ese suelo, rodeados de plazas impecables con árboles y bancos recién plantados. Fue en otra vida cuando tus mejores ideas se te ocurrían paseando a ese mismo perro por plazas derruidas, fumando por cuadras a las que ahora no te animás a volver. Desde afuera, el único supermercado de la zona parece un negocio de objetos de diseño. Atás al perro y te acercás a las puertas corredizas, que se abren solas. Un guardia te agarra del brazo y dice que no se pueden dejar perros atados en la vereda. Protestás, pero él se limita a señalar un cartel que dice que está prohibido atar perros y el nudo de la correa alrededor del poste.

Seguís hasta un coreano sobre la avenida a seis cuadras. Todo es más sucio y ruidoso y no hay problema con atar perros. Vas derecho hacia la heladera de lácteos. El olor a limpiador te hace picar la nariz. Comparás varias bodegas y agarrás dos botellas de vino tirando a caro. En la caja, la señora de adelante desparrama todos los productos sobre la cinta, avanza unos pasos y queda a la misma altura que la cajera, que apenas si puede verla. Sobre la tira de caucho negro hay una planta de lechuga, servilletas de papel, pan, un pedazo de carne de un corte que nunca comiste y dos vinos en envase de cartón. Pide que le avise antes de que sean veinte pesos. La cajera dice que van diecinueve con cuarenta, y uno de los vinos queda sin cobrar. Tiene todo lo demás en dos bolsas. No ves qué pasa con el otro vino —si al final lo agarra o lo deja—, porque mientras abre el monedero le dice a la cajera que la comida está muy cara, que cómo puede ser que la comida sea cara. Saca un billete de veinte arrugado, como si saliera de la mano de un chico que va de compras por primera vez, un billete que estuvo años enrollado en la trompa de un elefante de cerámica con piedras de fantasía. Mientras lo alisa, antes de dárselo, le pregunta a la cajera si tiene madre. Después le pregunta si no le da pena tener que trabajar el día de la madre. Y que tendrían que cambiar eso de día de la madre, dice.

Usa anteojos negros y unas bermudas que llegan justo hasta sus rodillas blancas y un poco fuera de escuadra. A la gente a veces se le nota en la postura del cuerpo cuando está a punto de decir ciertas cosas. Porque su mamá había perdido a su mamá —dijo así, dos veces “mamá”— de muy chiquita, y siempre la había pasado mal todos los días de la madre.

La cajera tiene la mirada perdida en las ofertas de carnicería, y a esta altura ya no debe ver más palabras sino signos de admiración y números a lo largo de las góndolas. Números y signos de admiración, en todas las inclinaciones posibles, en los carteles y etiquetas, y una luz que huele a lavandina cayendo del techo. La señora de todas formas sigue hablando: dice que hubo una época en que se llamaba “día de la familia” y que eso le parecía lo mejor. Apoyás la crema en la cinta: el cartón de vino no está. Costaba un décimo de cada botella que estás por comprar. Mientras pagás, mirás hacia afuera asustado, a ver si el perro sigue ahí. Volvés rápido, casi sin mover los brazos, como si al ser agitada en contacto con el exterior, la crema pudiera echarse a perder en cualquier momento.

Están todos sentados alrededor de la mesa. Le das un beso a tu hermana, un apretón de manos a Gustavo, un beso a cada una de sus hijas y otro al hijo menor, que aunque parezca mentira está usando una remera tuya. No decís nada. Es ella quien lo hace notar, como si eso de alguna forma los hermanara. Debe tener dieciséis o diecisiete, y es uno de esos adolescentes que ya no van a crecer mucho más. Es alto, flaco, tiene el pelo apenas largo y no puede saberse si se afeita o la barba todavía no le creció. En la mesa apenas habla. Te preguntás si tendrán algo más en común, seguro está usando muchas más cosas tuyas. Le decís a ella que tendría que haberte preguntado antes. Te mira mal solo un segundo y agarra tu mano. Te hace un elogio desmedido, casi absurdo, que más que avergonzarte te molesta. No decís nada y ella igual intenta darte un beso delante de todos. Te alejás y apenas alcanza a acariciarte. Sacás la mano. No podés evitarlo: es como que hay algo físico que en algún momento se echó a perder.

Encima vive con otro hombre. No es que te moleste, al contrario: sacando su primer comentario (“¿así que pintás?”), Gustavo enseguida te cayó bien. Y con dos vasos de vino pudiste recubrirte de una capa de genuina simpatía que lubrica tus movimientos con las personas. Te gusta cómo la trata, cómo le habla y los chistes que hace para cambiarle el humor luego de tus comentarios. Y lo que cuenta: que en la semana viajó a su campo y lo agarró un corte de ruta. Pero sobre todo el modo, el tono. Es imposible que a esta altura no te caiga mal cualquier comentario sobre el tema.

Resulta que más adelante había un micro, dice, que llevaba a un grupo que tenía que tocar esa noche en una ciudad en otra provincia. Estaban llegando tarde y se bajaron algunos músicos y otros que no tenían cara de músicos y yo también me bajé del auto para ver qué pasaba, y al rato dos de la banda se pusieron a tocar con los redoblantes de los piqueteros, todos cantaban y arengaban. Eran casi todos chicos, adolescentes y mujeres, dice, de todas las edades, más bien de treinta y pico en adelante, y cinco bicicletas dadas vueltas, con el asiento sobre el asfalto, que acumulaban dos kilómetros de autos y camiones a cada lado. Y después los músicos se sacaron una foto con la bandera, todos sonrientes. Que salga el escudo de la organización, gritó una mujer. Y otro dijo bueno, pero miren que el corte no se levanta.

Eran de un pueblo a tres kilómetros y estaban protestando porque iban a instalar una planta refinadora de algo por la zona. Los músicos tenían que seguir, no iban a llegar, y el productor del recital se acercó y pidió que los entendieran, que ellos apoyaban la causa, que apoyaban todas las causas. Que todavía más: esa campera que él tenía puesta, verde militar gastado, se la había regalado el Perro dos semanas atrás, y Gustavo hace un gesto para subrayar el absurdo. Ellos apoyaban la causa, repitió el productor, y les ofreció leer el petitorio en el escenario esa noche. Y les regaló varias copias del primer disco de la banda y algunas del segundo.

También están sus dos hijas. Sabés que una se llama Delfina y la otra Belén, pero no te acordás de cuál es cuál. Te lo dijeron al presentártelas —mirabas a la de la toalla— pero no llegaste a pronunciar sus nombres en voz alta y te distrajiste, el mantel cada vez más sucio. Las dos son rubias. Una tiene veintiséis, la otra veintitrés. Una de las dos dice algo acerca de los músicos, algo como que a todas las mujeres les gustan los músicos pero al final terminan casándose con los que tienen plata. Podría ser peor: podría haber dicho “pintores” o “artistas”, a secas. Gustavo contesta: en realidad, solo las tilingas. Se lo dice bien, como si todavía estuviera educándola.

La de veintitrés es la que parece más grande, te había contado tu mamá por teléfono con cierta picardía. Un poco te molesta esa complicidad que intenta generar; aunque, es cierto, si vivieras ahí con ellos podrías encontrártela cualquier madrugada en la cocina, en camisón, sentada sobre la mesada, las piernas blancas flexionadas a tu alrededor, la bombacha bordó corrida a un costado, la luz de la heladera abierta y los números verdes del reloj del microondas reflejados en el vidrio de la ventana. Y cuando te cuentan que le cambiaron el nombre al perro y ahora lo llaman Eliot, porque “les gusta más”. Todo bien con T. S. Eliot, con Eliot Ness, Billy Elliot, Elliott Smith, Elliott Murphy, Missy Elliott, pero no se le cambia el nombre a un perro, y de repente empezás a llamarlo cada vez más fuerte “¡Lakiii!… ¡Lakiii!”.

Te callás porque te miran todos menos tu hermana. Tras una seguidilla de gestos le encontrás un parecido con Belén y Delfina, sea quien sea cada una. Por un segundo pensás que la familia es algo que se contagia. Después notás que tu hermana está más cerca de ellas que de vos, y sentís que de algún modo no cumpliste bien con el rol de hermano mayor. Pero ya es tarde. Hay otro segundo en el que pensás que la relación con ella se parece a esa planta que dejaron los anteriores dueños en el balcón de tu departamento. Esa planta que no regás, ni siquiera en verano, y sin embargo se mantiene viva, y a veces hasta da algunas flores.

En el único rato en que volvés a estar a solas con ella, no sabés qué pasa, no podés darle el regalo. Sentís como si el envase estuviera roto o el producto fallado, y en tu cabeza todo salía perfecto. Empezás a toser y a estornudar y Gustavo se asoma por la puerta para ver qué está pasando. Te pregunta si estás bien y ella te frota con un repasador en la cara, con una servilleta de papel. Te dice que tenés que dejar de fumar, que te hace mal. Listo, querés irte. Ella dice “por favor”. Pensás que va a decir algo más, que va a pedirte algo, pero no, vuelve a decir “por favor” y se queda mirándote en silencio. Llueve fuerte y Gustavo ofrece llevarte. Si te negás, vas a terminar arruinándolo, lo sabés, y a fin de cuentas las cosas no salieron tan mal. Es que te gustaría poder controlarlo, pero es un remordimiento retorcido que no podés evitar: siempre que te vas sentís que deberías haberte quedado, y siempre que te quedás un rato más, sentís que ya tendrías que haberte ido.

Adentro del auto solo se escucha el ruido empañado de los limpiaparabrisas. Al frenar en un semáforo, Gustavo ve la bolsa que tenés en la mano y pregunta qué es. Decís que un regalo que te hicieron y no te gustó. Y qué bueno que te hizo acordar, porque te habías olvidado de que tenías pensado cambiarlo, y si no vas ahora no vas a hacerlo más. Él te dice que los domingos en general no se hacen cambios ni devoluciones, pero solo querés bajarte del auto, que no lo tome a mal, y le decís que vas a probar ahora que casi dejó de llover, que por favor te deje en la avenida. Antes de bajarte le das la mano y después un beso.

En la estación de servicio de la esquina hay autos haciendo cola para cargar nafta. Gente inflando gomas y llenando el tanque antes de volver a encerrarse hasta el lunes a la mañana. El domingo a la tarde todavía tiene esa melancolía indeleble de que al otro día hay que ir al colegio, sobre todo una tarde como esta, de mucha cita y poco pensamiento propio. Planeás ordenar un poco y terminar una botella de vino que hay que terminar, y en eso, en el palier del edificio, te encontrás con la del sexto sentada en la silla que usa el portero cuando no tiene nada que hacer.

Pasás al lado de ella en silencio porque después de bajar del auto quedaste algo retraído. Vive en el edificio desde antes de que llegaras, con sus dos hijos, un varón y una chica, de unos seis o siete años, que siempre gritan al bajar en el ascensor. Es de Brasil pero el ex es argentino, alguna vez cruzaste algunas palabras con él en la puerta de calle mientras esperaba que bajaran sus hijos. Por la expresión de ella, es como si estuviera esperando que se los traiga de vuelta. Tu papá siempre llegaba tarde cuando tenía que pasar a buscarlos: una, dos horas. Se te caen las llaves al piso y se da vuelta. Te mira callada, medio aturdida. Decís “hola” mientras apretás el botón del ascensor. Pero no responde, y decís que alguien debe haberlo dejado mal cerrado. Mirás por el hueco de la puerta y decís: “Deben estar descargando un piso de bolsas blancas de supermercado”. Pero ella no contesta y sigue con la mirada perdida en la puerta de calle. De repente se ladea y te dice, como si estuviera terminando una frase que había empezado a pensar o a decirse en voz alta justo antes de que entraras, que por suerte el exmarido acaba de llevarse a los hijos a dormir a su casa, que el varón está insoportable, a la mañana le pegó.

Hay algo en el desprecio hacia su hijo y el abatimiento que traslucen su voz y sus facciones, que te hace recorrerla de arriba abajo y notar por primera vez su cuerpo debajo de las calzas y la remera. Le decís que tu abuela, “la mamá de tu mamá”, era de las que decían eso de que “no hay nada más malo que pegarle a la madre”. Se ríe. Pensás que podrías atraerla insinuando una mezcla de ternura y vigor juvenil. Te parece que sería un trato justo, pero no se te ocurre qué decir y empezás a agitar el paquete. Te sobresaltás cuando detrás tuyo escuchás el ruido de la puerta de metal: son los viejitos del quinto que tardan un par de minutos en salir del edificio.

Suben juntos al ascensor y recién decís algo a la altura del cuarto. “Entonces ahora te quedaste sola…”. Siempre te generó una sensación extraña conocer un departamento del edificio en el que vivís, idéntico y a la vez tan distinto al tuyo. Aunque tal vez te dé impresión mirar de reojo hacia el cuarto de los chicos y ver las camas sin hacer, y en el piso ropa y un brazo negro de un muñeco articulado. “Hasta mañana a la tarde, por suerte, que vuelven del colegio”, dice ella, y abre la puerta, se baja, y se queda mirándote desde el pasillo. El camisón que ibas a regalarle a tu mamá le hubiera quedado bien, por ahí algo corto y un poco ajustado. Te gustaría decir algo sobre esta noche, sobre las noches de domingo que es mejor pasar con alguien que solo, decirle que tenés una botella de vino casi entera que hay que terminar, pero te quedás callado y ella dice, a pesar de que son las seis de la tarde, “que duermas bien”, y cierra la puerta de su lado del ascensor.

El living de tu departamento está vacío y revuelto, las luces prendidas. En la mesa hay tres libros abiertos, un cenicero lleno, fotos desordenadas, el celular y un vaso con rastros de vino oxidándose. Sobre la silla hay una camisa arrugada y en la otra un saquito de té seco que conserva la huella de un par de dedos nerviosos. En la calle no hay viento, ni autos, ni ruidos, apenas algunas luces prendidas de acuerdo a un patrón desconocido. Desde el séptimo piso, esa parte de la ciudad es como una maqueta la noche después de la presentación final.

En el borde de la bañadera hay un frasco de shampoo normal, otro de crema de enjuague, un libro con las puntas florecidas, dentífrico para encías sensibles, una taza de café y un cepillo de dientes. Hay sarro en las juntas de algunos azulejos, la cortina de hule enmohecida en las puntas. Hace frío y nunca podés hacer que la ventana cierre del todo. Estás en la bañadera, abrigado por el vapor y el agua caliente por segunda vez. Hay días que pasarías enteros ahí, abriendo cada tanto con un pie la canilla de agua caliente, corriendo con el otro apenas el tapón, para conservar lo más parecido a un atmósfera amniótica.

Pensás que sería bueno que lloviera. Acto seguido, como si te estuvieran cumpliendo un capricho por lástima, ves un relámpago y algunas gotas que golpean contra el vidrio esmerilado. Pensás en la brasileña, en que no debería ser tan difícil, y en que la próxima que te la cruces va a ser mejor tener algo planeado. Tal vez entrar a su departamento cuando no estén los chicos con la excusa de ver si no está filtrándose en el techo de su baño la humedad que emana de tu bañadera. Mientras tanto, por lo pronto, podrías invitar a alguna chica al cine. Pero no tenés idea de qué dan. Ni siquiera un nombre, un actor.

Cuando Ferdinand Klingenreiter rogó silencio al público, compuesto por queridos amigos, familia y niños, para su Gran Ilusión, algunos se rieron y la mayoría siguió hablando. Las niñas de Stadelmann interrumpieron su cacería entre gritos de júbilo y se volvieron hacia el escenario. La más pequeña, Michaela, o Martina, o uno de esos nombres reservados para los chicos a los que se les añadía una a, gritó en un tono estridente y vivaracho al otro lado de la sala:

—Mamá, ¿dónde está el abuelito?

Klingenreiter le hizo una seña con la mano, estaba muy dulce con las trenzas y el tradicional dirdnl, y salió corriendo asustada hacia Stadelmann y se agarró a su brazo.

—Pero si es Freddie, cariño —aclaró la madre—, Freddie… el Fenomenal. Ahora mismo va a hacer magia.

Freddie el Fantástico habría sido lo correcto, pero a Klingenreiter no le importó, de hecho era su primera actuación, ¿cómo iba a haberse fijado alguien ya en su nombre artístico?

En general la sala estaba un poco más tranquila que antes, se oía el borboteo de la cafetera.

Klingenreiter miró hacia la mesa donde estaba sentado Felix. Más bien yacía ahí, pues el chico estaba hundido en la silla, con las manos en los bolsillos, la cabeza en la capucha y un ojo bajo el flequillo. Todo lo que Felix podía hacer desaparecer de su cuerpo, lo hacía desaparecer. El otro ojo miraba el refresco de cola o los palitos salados que había en vasos de plástico sobre el mantel de plástico. No cruzó la mirada con la de su tío abuelo.

El chico tenía la cabeza en otra parte. O simplemente preferiría no estar ahí.

A Ferdinand Klingenreiter no le importó. A lo largo de su vida, en su cabeza también rara vez los pensamientos hallaban el placer donde él los necesitaba, ¿y qué? Se habían ido a recoger cerezas y sueños, en vez de resolver las tareas de la escuela. No se fijaban en fórmulas ni versos, y le costaba mucho atender a cómo se manejaban correctamente las máquinas. O sí, algunos versos sí, los que escribía su Käthe.

En cambio, los trucos de magia los aprendía con la facilidad que sólo se puede aplicar a las cosas inútiles.

Estaba con la cabeza en otra parte, y el cuerpo en cierto modo también. Klingenreiter siempre supo comportarse con tal discreción que todo el mundo olvidaba su presencia. Felix tal vez envidiaría esa capacidad. Esa magia. Pero no sólo implicaba ventajas. Los padres de Klingenreiter se peleaban con mucha vehemencia estando él presente, como si no estuviera. A menudo los gritos continuaban después de que él pidiera intervenir. Eran los únicos momentos en que Klingenreiter deseaba tener a su hermano cerca. Cuando estaba Franz, nadie en el matrimonio daba tirones.

Klingenreiter tardó, tal vez hasta la muerte de Franzen el año pasado, en caer en que tal vez no tuviera talento para pasar desapercibido. A sus padres, a Franz, a la gente en general le daba igual si estaba presente o no. A lo mejor lo de dar igual a la gente también era una virtud.

Quizás a Käthe no. No, a Käthe seguro que no, a Käthe no le daba igual, en su presencia siempre gorjeaba con alegría, y, por supuesto, ahora podría decirse que, con él o sin él, Käthe habría gorjeado igual, pero no es verdad, Käthe también hacía alguna pregunta de vez en cuando a su marido y, aunque tal vez sólo lo hiciera para cerciorarse de que él la escuchaba, al hacerle una pregunta reconocía su presencia.

La puerta se abrió de golpe y entraron en la sala a paso ligero Thomas y la familia, es decir, todos salvo Felix. Lisa, los gemelos y el pequeño Max con un pequeño barril con unos puñitos en la boca, junto al gran barril que era su padre.

Algunos giraron la cabeza, otros se levantaron para saludar a Thomas, como debía ser: entraba el jefe. Klingenreiten saludó con la cabeza a su sobrino, que hizo un gesto de disculpa hacia el escenario y se sentó al lado de Felix en la mesa, a lo que el chico no hizo caso mientras daba un sorbo a la cola.

Thomas llevaba bien el aserradero, es decir, estaba informado y era inflexible. Incluso en ese momento, domingo al mediodía, sacó un montón de papeles del bolsillo, seguro que para el trabajo. Klingenreiter iba a continuar cuando su sobrino hizo un gesto circular de interrogación por encima del montón de papeles a la sala, como si quisiera decirle algo a Klingenreiter, y éste se encogió de hombros como si le diera permiso.

Acto seguido Thomas hizo correr el montón de papeles, «que cada uno coja sólo uno», y casi todo el mundo cogió una hoja o un folleto, o lo que fuera, pues ahí casi sólo había trabajadores con sus familias. Ahora se oía un susurro en todas las mesas, todos lo estaban leyendo. Al fondo del todo, en la salida, había un hombre sentado solo, era el viejo Stangl, que rechazó el papel.

Klintenreiter esperó, ¿qué iba a hacer? Al lado tenía su caja. Dos relámpagos amarillos y un signo de interrogación en rojo. De roble.

Stangl también había sido motivo de discusión para sus padres. Ese nombre, pronunciado a todo volumen, era uno de los primeros recuerdos de Klingenreiter. Le hacía remontarse a años atrás, hasta cuando su padre en algún momento lo echó.

A su madre le gustaba Stangl, era un hecho. Incluso se tuteaban, pero el aserradero era demasiado pequeño para ir a más. De haber ocurrido algo entre ellos, los extractores se habrían enterado y se lo habrían contado a una cuña de separación.

Stangl debía de estar más cerca de los cien años que de los noventa. Había acudido expresamente desde el valle. En autobús. Klingenreiter en seguida lo buscó para saludarlo. En las relaciones personales, para que todo vaya bien basta con buscar a alguien para saludarlo. Pero Stangl no tenía ningún amigo ahí.

Thomas se sirvió un café. Klingenreiter tuvo la tentación de hacer un gesto de desaprobación al verlo, ¿pero qué impresión daría un mago negando con la cabeza?

Vio el pasillo, la nuca y la eterna ambición. Thomas era como Franz. La única gran discusión entre su padre y Franz fue por demasiada ambición.

Fue cuando Franz regresó con ideas de estudiar la carrera. Franz quería renovar, invertir, «desparasitar» el negocio. Carretillas elevadoras, trenes en bloque, instalaciones mecánicas de clasificación.

Su padre no quiso saber nada. No porque no estuviera de acuerdo, sino porque no le gustó que Franz empezara las frases con «yo en tu lugar haría». No le gustaba la presión. Las ideas bonitas y buenas están bien, pero su padre quería darle una lección en la ciencia de las ideas, a saber: había que dotarlas de un buen envoltorio.

Al final modernizaron el taller, también lo racionalizaron un poco, pero sólo cuando su padre vio que era el momento y que la fruta estaba madura.

Las únicas ideas que tenía Klingenreiter afectaban a la cantina y al programa durante las fiestas de Navidad. A Ferdinand Klingenreiter le encantaba el aserradero, además de la conversación, y no le importaba llevar toda una vida como empleado de su propio hermano, por mucho que hablara la gente.

Sólo se había pronunciado sobre un tema, el de los barriles de madera. Klingenreiter estaba en contra de abandonar la producción de barriles, como había propuesto Franz, sobre todo por motivos nostálgicos. ¡Con toda la cerveza que se había almacenado en los barriles de los Klingenreiter! ¡Y la que se podría almacenar en el futuro! Se opuso con insistencia a Franz y su padre, como si se tratara de algo importante.

En su familia los motivos nostálgicos nunca se habían considerado de peso. La nostalgia es la cómplice de los chiflados, no de los ganadores. La producción de barriles se detuvo en el momento justo. El descenso del valor productivo durante los años siguientes resultó ser enorme, por todas partes había sólo aluminio y plástico y otros trastos sin alma, y cada vez más gente bebía cerveza de botella y latas, horrible.

Käthe, y lo que Käthe le decía:

—Ay, alma de cántaro.

—¿Dónde estás otra vez, Freddie? Quédate conmigo.

—Mi Freddie.

Eso lo recordaba muy bien. De muchas cosas que le había dicho su Käthe. A veces sus pensamientos tenían la voz de Käthe, le tiraban de las orejas, le rebatía las decisiones, pues era lamentable decidiendo. A veces también hablaban claro, por desgracia con demasiada poca frecuencia.

Le temblaban las manos. Las cerró en un puño. Ferdinand Klingenreiter nunca había tenido mucho que decir, y ahora estaba trémulo sobre el escenario, mientras la gente esperaba a que dijera algo. Al mismo tiempo sabía y notaba que de todos modos les daba igual lo que tuviera que decir, lo importante era que se tomara su medicina y no se fuera de nuevo a pasear por la carretera en plena noche.

Tal vez Felix, tal vez a Felix no le daba igual.

Su caja aguardaba impávida a su lado. Los dos relámpagos parecían ojos. Quizás a la gente no le diera igual la magia.

Klingenreiter se aclaró la garganta para, incluso en ese momento mientras se hallaba sobre un escenario, recuperar los pensamientos que huían, y los bafles lo acompañaron con un tono agudo. Entonces atrajo su atención.

—Señoras y señores, queridos amigos, queridos niños —Klingenreiter esbozó una sonrisa más amplia. Estaba a punto de decir lo que llevaba toda una vida queriendo decir delante de un público, y todo lo que superaba las cuarenta personas podía considerarse sin duda público, más el coro de la iglesia detrás del escenario. «Dos antes del inicio del programa oficial, para un número de magia no está mal, carcamal», pensó Klingenreiter.

Buscó de nuevo la mirada de su sobrino nieto, y esta vez vislumbró una caída de las pupilas azules, pero Felix bajó la cabeza. Klingenreiter no se lo tomó mal, sabía que el chico estaba ahí, que prestaba atención, pero no quería que lo vieran prestando atención.

—Lo que están a punto de ver cambiará para siempre su visión de la magia. Pero para que lo vean necesito un voluntario —Klingenreiter abrió los brazos en un gesto de invitación, la camisa emitía destellos, y la cafetera un pitido. Nadie se inmutó.

La gran ilusionista Halima dijo algo muy distinto en el momento álgido de su espectáculo, una impertinencia, pero Klingenreiter no se atrevió: «La magia no es lo que hago. La magia es lo que vosotros no veis que hago». Halima, con su melena negra y los brazos largos que agitaba arriba y abajo mientras saltaba, bailaba, volaba sobre el escenario.

Halima tenía música dramática de fondo para sus trucos e ilusiones, Klingenreiter la cafetera. El coro de la iglesia podría haberse ofrecido, habían ensayado antes de su número para la velada, a Klingenreiter le habría encantado primero What if God was One of Us, luego una canción muy triste, Wir sind nur Gäste auf Erden, y una salida muy alegre con Always Look on the Bright Side of Life, todo muy aceptable, Fichtner apenas habría tenido que intervenir.

Sin embargo, Klingenreiter no había podido acordar con Fichtner ninguna canción para acompañar la magia. Le habría encantado que el coro simplemente tarareara, en concreto The Final Countdown, como primera opción, o esa que todo el mundo conoce, Carmina Burana, como segunda elección. Sin embargo, el director del coro no quiso saber nada de tararear.

—Por supuesto que no, tío, Freddie —Felix también tenía su opinión al respecto.

La excusa oficial de Fichtner era que el escenario era demasiado pequeño para el coro y Klingenreiter y su caja, que aún esperaba su entrada con los brazos extendidos de Klingenreiter.

Klingenreiter reservó dos entradas VIP para el espectáculo de magia de Halima, para él y Felix en segunda fila. Fue exactamente un mes antes, poco después de que Felix cumpliera catorce años, la entrada era un regalo de Klingenreiter al chico, su primer gran espectáculo de magia. Para alguien que adoraba la magia desde que tenía uso de razón, que había leído Harry Potter a los sesenta y cinco años y nunca salía de casa sin una baraja de cartas, realmente ya era hora.

Klingenreiter esperaba con mucha ilusión la visita a la capital con Felix. Había buscado un restaurante turco para la cena, la idea surgía porque en su pueblo no había ningún turco. Al chico no pareció importarle, preguntó si podía pedir una cola.

—Pero no hace falta que pidas permiso —Klingenreiter se echó a reír.

Felix dijo «Vale» y pidió una cerveza.

Klingenreiter hizo un gesto exagerado de sorpresa, y Felix sonrió, aburrido.

Catorce años ya eran unos cuantos, pensó Klingenreiter, que pidió una rubia y dos vasos y le sirvió un poco a Felix, que no la tocó, se bebió su refresco y Klingenreiter bebió sólo la mitad por el medicamento.

—¿Qué te gusta hacer? —No se le ocurría nada que no fuera algo en el ordenador.

—¿Por qué yo? —preguntó Felix.

Klingenreiter no le entendió.

—¿Por qué no has traído a los gemelos? También fue su cumpleaños. ¿O a Max? Tiene cuatro años, seguro que le gustan estas cosas.

Klingenreiter sonrió y odió haber sonreído. Siempre esbozaba una media sonrisa cuando se encontraba en apuros. De la pared de baldosas colgaba un tapiz, la barra era de cristal y metal. Klingenreiter buscó madera y no la encontró. El chico parecía relajado, como los vencedores. Como si se alegrara de que no lograran mantener una conversación sencilla.

Con Thomas y la familia había cuarenta y ocho personas en la sala. Ya estaban todos en silencio, pero aún no habían encontrado un voluntario para Klingenreiter.

Klingenreiter agitó los brazos con fuerza en su pretendido abrazo. Tal vez la gente estuviera callada porque su propio silencio era demasiado imponente. Porque es incómodo que haya alguien sobre un escenario sin decir nada. O tal vez se había vuelto a confundir y el silencio era de perplejidad.

Felix lamió la sal de un palito salado.

De la pared de enfrente colgaba la eterna pancarta: «El Verbo se hizo carne».

Junto a él yacía su caja. Los relámpagos eran como reproches, y el signo de interrogación como una sonrisa maliciosa.

La caja la había ideado él. Casi cincuenta años trabajando en un aserradero, y a los setenta y siete hace su primera elaboración propia, desde el diseño hasta la fabricación.

Bueno, Holger Schwarzmann le prestó sus manos no trémulas para el corte fino y Theo Schwarzmann la fuerza del músculo para el sistema de conexión. El corte, en cambio, lo hizo él. Cuando llegó a las mallas y los detalles, a lo esencial de cada utensilio mágico, tuvo que convencer varias veces a Schwarzmann hijo, pues lo desconcertaba del todo que el viejo Klingenreiter le llevara la contraria, y eso que Klingenreiter se había reprimido porque entendía que de alguien que llevaba toda la vida fabricando cajas para transportar patatas no se podía esperar que de golpe lograra crear una caja para una Gran Ilusión, una caja para el arte.

Las superficies de corte debían estar limpias, inmaculadas, y Schwarzmann pasaba con un serrucho de calar, directamente de la mano al corte libre. ¡Pero cada milímetro era importante! Así que Klingenreiter le dio la pequeña sierra japonesa que le había regalado a Franz hace años. Dondequiera que estuviera, fuera el cielo o el infierno, ya no necesitaba sierras.

La sierra se llamaba Hon Dozuki Deluxe. Mango de mimbre. Un utensilio fantástico, bello; de nuestras sierras no puede decirse que sean bonitas.

Sí, entonces pasó por ahí Felix, en realidad fue lo mejor que el chico preguntara qué llevaba en la caja.

—Es para un truco de magia —contestó Klingenreiter.

—¿Cómo?

—Estoy practicando las desapariciones.

—¿Es un truco?

—Depende de si eres el que desaparece o el que observa.

Felix escupió.

—Yo pintaría la caja.

—Lo tenía pensado.

—No, me refiero a que yo podría pintarla. Si puedo.

Por supuesto que podía. Klingenreiter apenas podía disimular su alegría, y Käthe se preguntó en sus pensamientos por qué había que disimular la alegría.

Esa misma tarde se encontraron en la sala de producción. Klingenreiter había comprado pinturas, pinceles, una lámpara. También música y un tentempié, aunque el chico no lo quería, prefería tranquilidad y un refresco de cola.

Estuvieron cuatro horas en la sala por lo demás vacía. Después de cuatro horas uno ya no huele la madera, ni los productos contra el moho.

Aquella tarde sería la respuesta de Klingenreiter a la pregunta de Felix de por qué lo había llevado precisamente a él. El tío abuelo y el sobrino pintaron una caja para un truco de magia, en la sala de producción de 900 m2 del aserradero familiar, rodeados de tableros, marcos, vigas y máquinas de madera, rodeados de los difuntos Klingenreitern convertidos en espíritus de astillas y serrín que escupían con ambición, como era propio en la familia.

—¿Freddie? ¿Puedo un momento…? —Era Thomas. Le hizo una señal con los papeles y se dirigió hacia el escenario sin esperar respuesta. Para entonces Klingenreiter ya se sentía bastante a gusto ahí arriba. También sentía los brazos más ligeros a medida que Thomas se acercaba. Por la manera de agarrar los papeles en la mano y la energía con la que se dirigía al escenario, seguro que quería hacer un anuncio.

¿Ahora? Klingenreiter sintió calor en el rostro, pero le salió un tono amable:

—Damas y caballeros, ¡tenemos nuestro voluntario! ¡Por favor, un aplauso para Thomas Klingenreiter!

Thomas no entendió que el aplauso era para él. En seguida estiró los brazos hacia delante, como si apartara algo pesado, y retrocedió.

—¿Eres un cobarde? —Klingenreiter no sabía si lo había dicho o lo había pensado. Le daba igual. Miró a Felix, que se había incorporado y se había apartado el pelo de la frente.

Durante hora y media, Halima, la primera dama de la magia, lo dio todo en el escenario. Durante cuarenta y cinco minutos Felix no dio muestras de qué le parecía. Estaba hundido en su asiento, con las manos en los bolsillos. Justo antes de la pausa el chico se hizo visible, por así decirlo, y se sentó como si tuviera columna vertebral.

Los artistas invitados de Halima, una pareja ucraniana, bailaron un número loco de cambios de trajes, el único requisito era tener una cabina telefónica. Al principio el hombre entró en la cabina con unos calzoncillos de Micky Mouse, y al cabo de un instante salió con traje. Así continuaron, bailando y cambiándose de ropa durante minutos.

Quickchange —susurró Klingenreiter—. Necesitas sobre todo un buen sastre.

Felix no pareció oírle, y se inclinó hacia delante.

El número terminó con grandes aplausos, el chico también aplaudió, y Klingenreiter aplaudió al chico.

En la pausa estuvieron en el foyer con un brezel y un refresco de cola, y Klingenreiter observó cómo Felix miraba a dos chicas de su edad.

—Dibujo cosas —dijo Felix, con la mirada aún fija en las chicas.

—¿Perdona?

—Querías saber qué me gusta hacer.

—¡Sí! Sí, eso quería saber. Eso está bien, me parece bien —dijo Klingenreiter, y se sintió estúpido.

—Me da igual lo que te parezca. No tiene que gustarle a nadie. A mí me gusta.

En el segundo acto bajaron la luz, desaparecieron los tonos cálidos y sonaron campanas. Halima salió al escenario vestida de negro. La sala estaba completamente a oscuras. El ambiente estaba impregnado del olor a iglesia los domingos.

Halima bailó sobre cuerdas negras, las hizo desaparecer, bailó en el aire despacio, como si estuviera afligida. Se metió en una jaula y salió como un hombre y un ratón, que subieron a una cama que ardió en llamas, y cuando las llamas se extinguieron salió Halima entre el humo. Se metió una espada en el esófago, caminó sobre puntas de dardos y recitó un poema entero de Edgar Allan Poe.

Como todo el que se toma algo en serio, quedó agotada, tenía el maquillaje corrido. El público aplaudió poco y aún así estaba atrapado en su hechizo. Halima no quería sorprender, quería la ilusión perfecta, tenía el semblante frío, casi crispado.

Klingenreiter lo entendió todo. Por qué ese giro, por qué cada posición. Cada construcción y cada final tenían una explicación mecánica, visual o artesanal. Sin embargo, él no disfrutaba con la explicación, sino con lo inexplicable: Halima no cometió ningún error, no tuvo ningún punto débil para que cada una de sus explicaciones al final no fuera más que una suposición.

Halima citó a los grandes magos, cuyas ilusiones y leyendas habían acompañado a Klingenreiter durante toda su vida. Podía huir con ellos cuando el despacho, la madera y la familia eran ya demasiado.

Halima citó a Houdini y atravesó una pared, mientras cantaba a dos voces en un idioma extranjero.

Citó a Hofzinser y transformó el escenario en un salón donde se servía té a los espectadores y caminaban cuervos entre ellos como sirvientes con librea. La maga como anfitriona: ahora susurraba una palabra, acariciaba una sien, ahora un juego de cartas en la mano, ahora un pañuelo, luego una paloma negra. Cuando el escenario volvió a pertenecerle sólo a ella, en los carritos de té, en la alfombra, había relojes, joyas, monederos, teléfonos. El público estalló de júbilo.

Antes de su última y mayor ilusión, un número de liberación, Halima buscó un ayudante. Miró hacia Klingenreiter, señaló detrás de él, negó con la cabeza y entonces se encontraron sus miradas, él señaló a Felix pero lo vio, y se sintió halagado de que lo hubiera escogido entre cientos de personas.

Ya estaba arriba, se inclinó ante la maga. Estallaron los aplausos, amainaron, las ayudantes de Halima lo rodearon como mariposas negras y sonó un clarinete.

El anciano pensó que sería bonita una muerte así.

Halima explicó a Klingenreiter qué esperaba de él, él no la escuchó pero sabía qué tenía que hacer, le interesaban los dedos de Halima, siempre en movimiento, ¿qué señal hacía y a quién? ¿A él?

En medio del escenario un complejo aparato enseñaba los dientes con cuchillas y llamas, con una cuerda colgada encima. Las mariposas entregaron a Klingenreiter una camisa de fuerza para que comprobara que funcionaba y él ayudó a Halima a ponérsela, a apretar las correas con todas sus fuerzas.

Tocó las mangas y en seguida descubrió el cordón con el que se soltaba el forro para tener más espacio. Él también lo sabía: la cuerda en llamas de la que Halima estaba a punto de colgarse tenía el interior de hierro, así que el fuego no la iba a abrasar, un técnico la separaría con un mando a distancia en cuanto Halima se hubiera liberado, no corría peligro.

¿Y si Klingenreiter se volviera y le explicara el truco a Felix? Klingenreiter se volvió, con la camisa de fuerza en las manos, Felix tenía el rostro hacia el parquet y Thomas dijo:

—Tengo que dar un aviso para los chicos del turno de mañana.

Por desgracia, lo de llamarle cobarde sólo se lo había imaginado. Entonces vio que Felix se acercaba a él. «Ahora me quitará el micrófono», pensó, «va a decir que yo soy el cobarde porque no me atrevo a hacer nada contra la insolencia de su padre, ni contra esa vida, contra ser durante toda la vida un payaso en el mejor de los casos».

Ferdinand Klingenreiter tenía el poder con la camisa de fuerza en las manos. La sala estaba a oscuras y a la espera.

—Es auténtica, pueden creerme —Una sonrisa de satisfacción—. Lo sé por propia experiencia —Se oyeron algunas risas. Devolvió la camisa a las mariposas, Halima le envió un beso con la mano, sus dedos le dieron las gracias y Klingenreiter se retiró. En la salida del escenario le esperaba Felix para ayudarle a bajar.

—Ya lo hago yo —Felix se colocó junto a su tío abuelo.

Klingenreiter tragó saliva.

—Damas y caballeros, ¡otro Klingenreiter! —Hizo un guiño a la sala—. Pero este es más valiente.

La gente aplaudió, Thomas regresó a su sitio, Felix susurró un nombre de chica en el micrófono y al cabo de unos segundos cuatro cantantes del coro salieron revoloteando de detrás del telón, de la edad de Felix, se colocaron en el borde del escenario y cuando él les hizo una señal empezaron a tararear un fragmento de Carmina Burana.

Freddie el Fantástico abrió su caja y enseñó al público que estaba vacía. Le pidió a su sobrino nieto que se metiera dentro. Tapó la caja con un pañuelo negro y levantó los brazos por encima de la cabeza como un director de orquesta, como un gran ilusionista.


*Copyright © 2016, Luchterhand Literaturverlag, München.

*La traducción de este relato contó con el apoyo del Instituto Goethe.

 *Imagen: Liu Bolin.

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