El Tamagotchi de mi hijo tenía sida. La mascota virtual aparecía reproducida en la pequeña pantalla LCD en no más de treinta píxeles, pero su enfermedad era evidente. Tenía ese aspecto de los enfermos de sida. Estaba más flaco que antes. Algunos de sus píxeles se habían apagado y las pupilas de sus ojos enormes eran más pequeñas, lo que le daba una mirada vacía.

Le había comprado a Luke el Tamagotchi, que se llamaba Meemoo, solo unas pocas semanas atrás. En realidad él había pedido un gatito, pero Gabby no quería un gato en la casa. “Un gato traerá pájaros muertos y toxoplasmosis”, dijo, apoyando protectoramente sus manos abiertas en su panza hinchada.

Un Tamagotchi parecía la mejor salida: algo que despertara empatía en Luke y que él pudiese cuidar, que le enseñara los rudimentos del cuidado de una mascota para cuando el bebé hubiera nacido. El libro decía que la empatía es una de las cosas que a Luke le resultarían difíciles. Le daría trabajo leer expresiones faciales. El Tamagotchi solo tenía tres caras distintas, así que sería una buena manera de practicar.

Juntos, Luke y yo miramos a Meemoo enroscado en un rincón de su pantalla. A veces Meemoo se levantaba, rengueaba hasta el rincón opuesto y dejaba un montoncito de algo. Ignoro qué era ese algo, o de qué orificio salía; la resolución no era tan buena como para distinguirlo.

—Lo estás alimentando demasiado —le dije a Luke. Él lo negó, aunque se había pasado horas sentado en el sillón apretando botones, así que estoy seguro de que lo había hecho.

No hay mucho más que hacer con un Tamagotchi.

Leí el manual de instrucciones que venía con Meemoo. Sus necesidades eran simples: comida, agua, sueño, juego. Se suponía que Meemoo daba señales cuando requería cualquiera de estas cosas. El trabajo de Luke como cuidador de Meemoo consistía en apretar el botón apropiado en el momento apropiado. El manual decía que la sobrealimentación, la subalimentación, la falta de ejercicio y la tristeza podían enfermar a un Tamagotchi. Una pequeña calavera negra con huesos cruzados aparecería en la pantalla cuando esto ocurriese, y apretando el botón A dos veces, luego B, se podría administrar un remedio. Las instrucciones advertían que a menudo sería necesario darle dos o tres dosis del remedio, dependiendo de cuán enfermo estuviese el Tamagotchi.

Volví a revisar la pantalla de Meemoo y no había ninguna calavera con huesos cruzados.

En las instrucciones se leía que si el Tamagotchi muere, uno puede resetearlo insertando un lápiz por el agujero que hay en el dorso. Una nueva criatura nacería.

Cuando por fin Luke se fue a dormir y ya no podía verme acosando a su mascota virtual, encontré el agujero en el dorso de Meemoo y le clavé la punta del lápiz. Pero cuando lo di vuelta Meemoo seguía ahí, tan enfermo como antes. Se lo clavé algunas veces más y después probé con un alfiler, por si no estaba llegando bien al fondo. Pero no se reseteaba.

Me pregunté qué pasaría si Meemoo se muriera, ahora que el botón de reseteo no funcionaba. ¿Una falla había despojado al Tamagotchi de Luke de su inmortalidad? ¿Tenía solo una oportunidad en la vida? Creo que eso lo hacía mucho más especial y en cierta manera me volvió más tenaz en la busca de una cura para Meemoo.

Conecté a Meemoo a mi computadora, una nueva característica que viene con esta generación de Tamagotchis. Esperaba que apareciera en pantalla un asistente que ayudara a hacer un diagnóstico y lo resolviera todo.

Una ventana de Tamagotchi surgió de pronto en mi computadora. Había muchas criaturas mutantes de grandes ojos y que se sacudían llamándome la atención, incluyendo a otro Meemoo, que aparecía como en el dibujo de la caja, antes de enfermarse. Una de las opciones en la pantalla era “sincronizar tu Tamagotchi”.

Cuando lo hice, el limitado mundo de Meemoo, con sus píxeles grises y cuadrados, se convirtió en mi pantalla en una animación tridimensional a todo color. El espacio vacío en el cual vivía Meemoo se reveló como un jardín de invierno lleno de plantas improbables que crecían bajo un sol Tamagotchi rosa pálido. En el medio de este mundo, recostado en la alfombra, estaba Meemoo.

Lucía terriblemente mal. En esta versión cabal de la habitación de Tamagotchi, Meemoo parecía una cosa arrugada. Tenía los pies resecos y despellejados. Sus ojos, antes de un blanco brillante y con nítidos reflejos, estaban amarillentos y opacos. Había costras alrededor de la nariz. Me pregunté qué clase de mente desquiciada podía haber creado un juguete para niños que fuese capaz de llegar a un deterioro tan abyecto.

Hice clic en cada botón disponible hasta encontrar el botiquín medico. Desde allí se podía arrastrar y soltar pastillas en el Tamagotchi. Supongo que Meemoo debía comerlas o absorberlas, pero simplemente se quedaban alrededor de él, como si Meemoo se negase a tomar el remedio.

Probé con Meemoo el mismo truco que hago con Luke para que tome el remedio. Lo mezclé con comida. Arrastré una pata de pollo de la tienda de alimentos y la coloqué encima del remedio, con la esperanza de que Meemoo se levantara y comiera las dos cosas. Pero se quedó echado allí, mirándome con la boca un poco abierta. Su aspecto de enfermo era tan convincente que me pareció sentir su mal aliento saliendo de la pantalla.

Envié un sarcástico correo electrónico a los creadores de Meemoo en el que describía su estado y preguntaba qué debía hacer para que recuperase la salud.

Una semana más tarde no había recibido respuesta y Meemoo estaba aún peor que antes. Le habían aparecido unas manchitas de un gris pálido en el cuerpo. Cuando lo conecté otra vez a mi computadora, esas manchitas se revelaron como profundas llagas rojas. Y por el modo en que el sol Tamagotchi se reflejaba en ellas, uno podía deducir que estaban húmedas.

Fui a una juguetería y les mostré el Tamagotchi.

—Nunca vi a uno que hiciera algo así —me dijo una muchacha desde el otro lado del mostrador—. Debe ser algo que hacen los nuevos.

Un día, al regresar del trabajo, me sorprendió que Luke hubiera invitado a una amiga a jugar. La amiga se llamaba Becky y también tenía un Tamagotchi. Gabby intentaba que Luke invitase a alguien al menos una vez por semana para ayudarlo a socializar.

El Tamagotchi de Becky me dio una idea.

Esta generación de Tamagotchis tenía la capacidad de conectarse con otros Tamagotchis. Si uno ponía su Tamagotchi a menos de un metro del de su amigo, las mascotas virtuales podían jugar o bailar juntas. A lo mejor, si yo conectaba los dos Tamagotchis, el botón de remedios en el de Becky podía curar a Meemoo.

Al principio Luke se resistió violentamente a darme a Meemoo, aunque yo insistía en que solo quería ayudarlo. Pero cuando soborné a Luke y a Becky con galletitas de chocolate y un paquete de papas fritas, ambos accedieron.

Cuando Gabby volvió de colgar la ropa limpia estaba furiosa.

—¿Por qué les diste a los niños papas fritas y chocolate? —me dijo, tirando al suelo la canasta vacía—. Estoy a punto de servir la cena.

—Déjame tranquilo un segundo —le dije. No había tiempo para explicaciones. Solo tenía unos minutos antes de que los niños reclamaran sus juguetes y me estaba dando trabajo hacer que los Tamagotchis se encontraran; quizás el virus había afectado la conexión Bluetooth de Meemoo.

Finalmente, cuando puse los conectores uno junto al otro, hicieron un sonido agudo al mismo tiempo y los dos personajes aparecieron en ambas pantallas. Me maravilla cuán gratificante fue eso.

Meemoo parecía enfermo también en la pantalla de Becky. Apreté A dos veces y después B para suministrar el remedio. No pasó nada.

Probé de nuevo. Pero los dos Tamagotchis seguían ahí parados. Uno sano, el otro enfermo. Sin hacer nada.

Luke y Becky volvieron con los dedos aceitosos y las caras marrones de chocolate. Les dije que se limpiaran las manos en los pantalones antes de jugar con los Tamagotchis. Estaba a punto de desconectarlos, pero cuando advirtieron que tenían el personaje del otro en su pantalla se entusiasmaron y fueron a la mesa de la cocina para jugar juntos.

Serví un vaso de cerveza para mí y media copa de vino para Gabby (su límite diario), y después, al descubrir a un costado las papas fritas, me agarré la bolsa.

Más tarde, cuando había terminado la cerveza y era hora de que la madre de Becky la pasara a buscar, Becky me extendió su Tamagotchi.

—¿Puedes arreglarme a Weebee? —preguntó.

El Tamagotchi rosa de Becky ya presentaba los primeros síntomas de la enfermedad de Meemoo: los rasgos macilentos y grisáceos, la postura encorvada, el letargo.

Mientras oía que la mamá de Becky estacionaba el auto, comencé a apretar los botones de remedio, sabiendo que no iban a funcionar.

—Solo necesita descansar un poco —le dije—. Déjalo tranquilo hasta mañana y todo estará bien.

Habían invitado a Luke a una fiesta de cumpleaños. Normalmente era Gabby quien lo llevaba a las fiestas, pero ella se sentía mal; estaba teniendo un primer trimestre particularmente malo esta vez. Entonces me convenció de que fuera yo, aunque odio las fiestas de niños.

Advertí que muchos otros niños de la fiesta tenían Tamagotchis abrochados a la trabilla de sus faldas y pantalones. A cada rato interrumpían el juego para levantar sus Tamagotchis y controlar que estuvieran bien, y de vez en cuando apretaban un botón para satisfacer alguna de sus necesidades.

—Estos Tamagotchis están locos, ¿no? —le comenté a otro papá que estaba parado al borde del jardín, de brazos cruzados.

—Sí —sonrió.

—El de mi hijo se enfermó —le dije—. Esta mañana se le cayó uno de los brazos. ¿Puedes creerlo?

El papá se me acercó, súbitamente serio.

—No serás el papá de Luke, ¿no?

—Sí, lo soy —le dije.

—Tuve que comprar un nuevo Tamagotchi gracias a ti.

Arrugué el ceño y sonreí, pensando que no podía estar diciéndomelo en serio, pero mi gesto pareció molestarle.

—Becky Willis estuvo en tu casa, ¿no es cierto? —continuó—. Su mascota contagió a la mascota de Matty porque se sientan juntos en clase. La mascota de mi hijo se murió. No sé si pedirte que me pagues el nuevo.

Lo miré fijo a los ojos buscando alguna señal de que estuviera bromeando, pero no la había.

—No sé qué decir —le dije. La verdad es que no lo sabía. Pensé que estaba loco, especialmente por la manera en que se refería a los Tamagotchis como “mascotas”, como si fueran mascotas reales, no solo treinta píxeles en una pantalla LCD con pocas más funciones que mi reloj de alarma—. A lo mejor, el tuyo tenía otra cosa. El de Luke no se murió.

El otro papá sacudió la cabeza y resopló, y después se volvió para mirarme de costado, formando un pliegue en su cuello regordete.

—No lo habrás traído, ¿no? —dijo.

—Bueno, Luke lo lleva a todos lados —dije.

—¡Por dios! —dijo y después literalmente pasó corriendo por encima de una partida de Twister para agarrar el Tamagotchi de su hijo y asegurarse de que estuviera a salvo. Tuvo una discusión con su hijo cuando se lo desprendió de la trabilla del pantalón, mientras le decía que lo iba a guardar en el auto por seguridad. Hacían tanto ruido que la madre del niño que cumplía años fue a calmarlos. El papá se acercó para hablarle en voz baja y, mientras él hablaba, ella dirigió la mirada al suelo, luego a mí, luego a Luke.

Ella atravesó el jardín hacia mí.

—Hola. No nos conocemos —dijo, mientras me ofrecía la mano con una sonrisa agradable—. Soy Lillian, la mamá de Jake. —Nos dimos la mano y le dije que era un gusto conocerla—. Estamos por hacer el juego del paquete —dijo.

—Ah, qué bien.

—Sí, y me preocupa que los otros niños se contagien de… —Abrió la boca, para mostrar sus dientes apretados, y asintió buscando mi comprensión, para evitar la vergüenza de decirlo en voz alta.

—Es un juguete nada más —le dije.

—De todos modos, preferiría…

—Haces que parezca…

 —Si no te molesta…

Sacudí la cabeza ante la locura de la situación, pero accedí a ocuparme del tema.

Cuando le dije a Luke que debía llevarme a Meemoo por un minuto, se puso como loco. Dio un pisotón y puso la mano en forma de garra y gritó: “¡Supertejón!”.

Cuando Luke se convierte en Supertejón, cualquiera en un radio de dos metros sale lastimado. Supertejón es feroz. Sus afiladas uñas rasgan antebrazos. Su pasión es sacarte los ojos.

—Bueno, bueno —dije, retrocediendo y levantando las manos para defenderme—. Puedes quedarte con Meemoo, pero entonces tendré que llevarte a casa.

Luke arrugó tanto la nariz y el ceño que apenas conseguía verle los ojos oscuros.

—Te vas a perder la torta de cumpleaños —agregué.

Luke relajó sus garras y me entregó a Meemoo con un gruñido. Meemoo estaba caliente y me pregunté si se debía a las manos transpiradas de Luke o a que el Tamagotchi había levantado fiebre.

Tomé a Luke de la mano y lo llevé hasta la ronda que algunas mamás preparaban para el juego del paquete, mientras hacía desaparecer a Meemoo en el bolsillo. Senté a Luke y le expliqué qué iba a ocurrir y qué debía hacer. Un niño delgado al que se le habían caído los dos dientes delanteros nos miró a mí y a Luke, preguntándose qué tramábamos.

Tuve que esperar hasta el lunes para revisar los correos electrónicos en el trabajo. No había noticias de los creadores de Tamagotchi. Durante el almuerzo, mientras salpicaba salsa boloñesa sobre el teclado, puse en el buscador de Google “Tamagotchi” junto con cada sinónimo de “virus”. No pude encontrar nada que no fuese las habituales indicaciones de darle los remedios cuando aparecía la calavera con los huesos cruzados.

A media tarde, cuando estaba en la penúltima reunión del día, un anuncio por altavoz me pidió que me comunicara con recepción. Cuando se oye un anuncio por altavoz todos saben que se trata de una emergencia, y cuando es para mí, todos saben que tiene que ver con Luke. Me fui del salón de reuniones y corrí hasta mi escritorio, esforzándome para no mirar todas las cabezas que se volvían hacia mí.

Gabby estaba en espera. Cuando recepción la comunicó, ella estaba llorando. Luke había tenido uno de sus episodios. Corto esta vez, para él, solo ocho minutos, pero desde que había recobrado el sentido el lado derecho de su cuerpo estaba paralizado. Esto era algo nuevo. Me aterraba que sus episodios estuvieran cambiando, que estuvieran evolucionando de algún modo. Le dije a Gabby que se calmara y que me iba para ahí enseguida.

Cuando llegué a casa la ambulancia seguía estacionada fuera, pero el equipo estaba guardando los instrumentos.

—Está bien —me dijo uno de los hombres de la ambulancia mientras yo corría por el camino de entrada.

La parálisis de Luke había durado quince minutos una vez terminado el episodio, pero ahora podía moverse de nuevo con normalidad, salvo por una flojera en el borde de la boca que le hacía arrastrar las palabras. El hombre de la ambulancia dijo que esto ocurre a veces y que no teníamos de qué preocuparnos.

Abracé a Luke, enterré mis labios en su cabello abundante y le di un beso en un costado de la cabeza, deseando que viviéramos en un mundo en que los besos arreglaran cerebros. Acaricié su espalda, esperando encontrar tal vez un pequeño botón de reseteo, hundido en un agujero, algo que pudiese apretar para empezar de nuevo, que borrase todos los garabatos de la pizarra y la dejara en blanco otra vez.

Gabby estaba sentada al borde de un sillón tomándose la panza.

—¿Estás bien? —le pregunté.

Ella asintió, sacó un pañuelo de la manga del cárdigan y se limpió la nariz. El mayor temor de Gabby era que los problemas de Luke no fueran solo de él, sino más bien de la fábrica que lo había hecho. ¿Y si todos los hijos que teníamos juntos venían con el mismo defecto de diseño?

Todos los médicos nos habían dicho que la probabilidad de que ocurriera dos veces era mínima, aunque imagino que nunca podríamos relajarnos por completo. Sabía que mucho después de que hubiera nacido nuestro segundo hijo, los dos seguiríamos buscando las señales del diagnóstico que al comienzo habían parecido tan inocentes en Luke.

Llegó a casa una carta del colegio en la que se prohibían los Tamagotchis. Se habían muerto los Tamagotchis de otros tres niños y no podían ser resucitados.

—La gente me señala cuando a la mañana dejo a Luke en el colegio —me dijo Gabby. Se frotaba las sienes con los dedos.

La situación había ido demasiado lejos. Meemoo se tenía que ir.

Cuando fui a decirle a Luke que tenía que despedirse de Meemoo, estaba sentado al borde del arenero dando inyecciones a la arena con una pajita amarilla.

—¡No! —me ladró y puso su cara disgusto. Aferró a Meemoo con el puño y se cruzó de brazos.

Gabby salió con su libro.

—¿Me puedes ayudar, por favor? —le pregunté.

—Te podrías ocupar tú esta vez, para variar —me dijo.

Traté de sobornar a Luke con una galletita pero se enojó todavía más. Traté de mentirle, le dije que necesitaba llevar a Meemoo al hospital para que lo curasen, pero había perdido su confianza. Al final solo me quedaba una opción. Le dije a Luke que tenía que ordenar los juguetes en el jardín o le iba a confiscar a Meemoo por dos días enteros. Sabía que Luke nunca iba a ordenar los juguetes. La parte del cerebro a cargo de ordenar debía de estar en la zona dañada. Pero cumplí mi papel y se lo volví a pedir un par de veces y, cuando se enfureció todavía más, dando pisotones y pateando cosas, comencé a contar.

—¡No cuentes! —dijo, reconociendo lo definitivo de una cuenta regresiva.

—Vamos —le dije—. Te quedan dos segundos. Recoge los juguetes y te puedes quedar con Meemoo.

Si hubiese ordenado los juguetes, me habría maravillado tanto como para permitirle conservar a Meemoo, con sida y todo.

—Tres… dos…

—¡Para de contar! —gritó Luke, y luego el temido—: ¡Supertejón!

Los dedos de Luke se curvaron hasta adoptar esa forma familiar y terrible y vino por mí. Yo logré esquivarlo, pero tropecé con un balde.

—Uno y medio… Uno… Vamos, te queda solo un segundo. —Una parte de mí debía de estar disfrutándolo, porque no podía contener la risa.

—Basta —dijo Gabby—. Eres cruel.

—Tiene que aprender —le dije—. Vamos, Luke, tienes todavía una fracción de segundo. Comienza a ordenar los juguetes ahora y podrás quedarte con Meemoo.

Luke rugió y arremetió con el Supertejón contra mí, contra mis brazos y mi cara. Lo agarré por la cintura y lo di vuelta como para tenerlo de espaldas. Supertejón me hundió las garras en los nudillos mientras yo luchaba por arrebatarle a Meemoo de su otra mano.

Para cuando conseguí sacarle a Meemoo, ya tenía tres cortes con forma de media luna en los nudillos y dolían una barbaridad.

—¡TE ODIO! —gritó Luke llorando. Entró corriendo en la casa como una tromba y cerró de un portazo.

—Te lo mereces —dijo Gabby, mirándome por encima de sus anteojos de sol.

No podía tirar a Meemoo sin más. Luke nunca me lo perdonaría. Podría convertirse en uno de esos momentos formativos, algo que podría torcerlo para siempre y ocasionarle toda clase de problemas de confianza en el futuro. En cambio, me propuse practicarle a Meemoo una eutanasia.

Si encerraba a Meemoo en el gabinete de medicinas del baño y le retiraba las cosas que lo ayudaban a sobrevivir (comida, juego, cariño y aseo), el sida se iría fortaleciendo cuanto más él se debilitara envuelto en sus emanaciones. El sida lo iba a derrotar. Y cuando Meemoo estuviera muerto, o bien se resetearía como un Tamagotchi saludable o bien moriría definitivamente. Si volvía a ser saludable, Luke podría conservarlo; si moría, Luke aprendería una lección valiosa sobre la mortalidad y yo le compraría otro para alegrarlo.

Era tentador espiar a Meemoo mientras estaba en el gabinete del baño, mirar sus momentos finales, pero el Tamagotchi tenía sensores que detectaban el movimiento. Podía interpretar mi atención como cuidado y ganar así un poder extra para resistir al virus que lo destruía. No, tenía que dejarlo solo, a pesar de las tentaciones.

La presencia de Meemoo dentro del gabinete del baño parecía transformar su apariencia externa. Pasó de ser un gabinete de medicinas a ser algo distinto… a ser otra cosa.

Después de dos días enteros, ya no pude resistir más. Estaba seguro de que Meemoo había sucumbido. Luke estaba determinado a presenciar el momento en que yo abriera el gabinete del baño y no tuve fuerzas para discutírselo.

—Está bien —le dije—. ¿Pero aprendiste que tienes que ordenar tus cosas?

—Devuélvemelo —dijo, malhumorado.

Abrí el gabinete y extraje el Tamagotchi. Meemoo estaba vivo.

Había perdido tres de sus miembros; solo le quedaba un brazo, que estaba extendido debajo de su cabeza. Un ojo se le había convertido en un puntito apenas visible. Su circunferencia pixelada estaba rota en algunos lugares, poros amplios a través de los cuales sin duda entraban y salían cosas invisibles.

—Esto es ridículo —dije—. Luke, lo lamento, pero vamos a tener que tirarlo.

Luke me arrebató el Tamagotchi y corrió gritando hacia Gabby. Estaba temblando, con la cara roja y transpirada.

—¿Qué hiciste ahora? —me reprochó Gabby.

Me sostuve la frente con las manos.

—Me rindo —dije y subí pesadamente las escaleras hasta el dormitorio.

Encendí el televisor y me puse a mirar un programa de cocina. Había algo tranquilizador en el modo en que el chef sellaba el atún sobre la sartén que permitió a mis pulsaciones aquietarse de a poco.

Gabby me llamó desde abajo.

—¿Puedes venir y traer a Luke? La cena está casi lista.

Bajé las escaleras rozando el borde de cada escalón, disfrutando de la presión en las plantas de mis pies. Salí de la casa en medias. Luke estaba enterrando una pelota de futbol en el arenero.

—Es hora de entrar, enanito —le dije—. La cena está lista. —Me ignoró.

—Vamos, entra, Luke —dijo Gabby a través de la ventana abierta. Y al oír  la voz de su madre, Luke se levantó, se sacudió la arena de los jeans y entró, evitándome cuidadosamente mientras pasaba.

Una gota de lluvia cayó en la punta de mi nariz. Las nubes estaban bajas y pesadas. Eran de esas nubes irregulares que tardan días en vaciarse. Cuando me di vuelta para entrar, advertí que Luke había dejado a Meemoo junto al arenero. Hice ademán de agacharme para buscarlo, pero me detuve, me paré, entré, y cerré la puerta.

Después de la cena, le tocaba a Gabby llevar a Luke a la cama. Preparé un té y me apoyé en la parte posterior del sillón, descansé los codos en el alféizar de la ventana e inhalé el vapor caliente de la taza. Afuera, la lluvia golpeaba el césped, hacía cráteres en el arenero y sacudía al Tamagotchi. Pensé cuán ridícula era la culpa que estaba sintiendo, pero por algún extraño sentido del deber seguí mirando, hasta que la lluvia lavó toda la luz del cielo.


*Corrección: Maximiliano Papandrea

El gigante está comenzando a pudrirse y Minerval aún no tiene noticias del hombre que lo está soñando. El programador debe estar enfermo, piensa: si estuviera muerto se diluiría el bosque y luego el sueño entero, como aquella vez que se apagó el cerebro de un viejo con ella adentro. Pero sobre todo piensa que está enfermo porque los objetos que ella recolecta se almacenan sin ser impresos. El gigante se pudre y los objetos se desarman como si fueran también formas vivas.

Así se define el programador: Robo objetos de los sueños de las personas y los imprimo en tres dimensiones. Para eso programó a Minerval, como pescadora de perlas en un mar de cerebros. Geógrafa de los sueños, prefiere definirse ella: no puedo salir pero sí ampliar los límites de mi mundo. Cada noche es una exploración, como si saliera humo de los poros de la tierra caliente y sólo pudiera aclarar la bruma de un paso a la vez. Primero los sueños de las personas del edificio, luego de la cuadra, después del barrio, pero sobre todo de la cabeza de su propio creador. Ahora esa cabeza está fallando, y Minerval no sabe qué hacer.

Encontró al gigante por azar, hace dos noches, aunque en el terreno de los sueños el azar es discutible. Ahora lo encuentra gracias al olor. El gigante cayó de costado, en un claro del bosque cerca de un poblado de carpinteros. Las cuencas de los ojos están vacías y llenas de hormigas. Los ojos debieron haber tenido el tamaño de un panal de abejas excedido de peso, de los que quedó apenas una miel sanguinolenta. Un niño podría dormir dentro de esa cavidad. Minerval intenta escalar a lo alto del gigante, pero la carne está resbaladiza. Sería ideal imprimir esta calavera en tamaño natural, piensa, ¿pero cómo la recolecto, qué máquina titánica podría imprimirla? Luego recuerda: el programador está enfermo, quizás moribundo, y todo esto es resultado de la fiebre.

La asustan los momentos en que el sueño se vuelve inestable, como un rayo silencioso que durante unos segundos derrite a todos los participantes del sueño sin que lo noten. Se derriten las caras de los carpinteros, la carne pútrida del gigante, los árboles ennegrecidos. Durante medio segundo todo se confunde: el bosque, el poblado, los animales y las piedras. Luego todo vuelve a la normalidad sin que se hayan dado cuenta ni los vivos ni los muertos, sólo ella. Estas interrupciones ocurren cuando el soñador se despierta, y cuando se vuelve a dormir. Entretanto los soñadores y sus sueños siguen con sus vidas, cada cual por su lado, hasta que a la noche el soñador retorna al amplio mundo inexplorado de sus sueños. Por la frecuencia en la que estos cortes ocurren, Minerval sabe que el programador se sobresalta una y otra vez, sin lograr despertar del todo su fiebre pantanosa.

Ignorantes de su inestabilidad, un puñado de carpinteros se acerca a Minerval. Hicimos venir a un padrecito de otro pueblo, dicen, tardó varios días en llegar. Es un viejo sin piernas, que avanza a brazos de sus compañeros. La mira con curiosidad durante un instante (¿qué es lo que ven cuando me ven?, piensa Minerval) y luego torna su mirada al gigante. Déjenme tocarlo, pide el padrecito Niebla. Lo depositan en el suelo de pinochas, junto a la boca del gigante. Con una mano llena de talco toca la lengua hinchada que sobresale entre los dientes. Tenemos que enterrar al gigante antes de que sea tarde, le dice Minerval, se está pudriendo y los va a envenenar a todos. Es difícil, contesta el padrecito Niebla con lágrimas en los ojos, porque este gigante era el dios de este lugar. Fuera de él no hay nada, y si él muere nosotros morimos con él.

 

¿Adónde voy?, pregunta Minerval. A cualquier otro lado donde sepan qué tenemos que hacer, responde el padrecito Niebla. Antes de que se lo lleven en brazos saca cuchillos y tenazas de su delantal. Yo también soy carpintero, dice mientras arranca uno de los dientes del dios. Para que te crean, le dice. El diente ocupa la mano completa de Minerval y está picado por dentro. Una interferencia en el sueño licúa durante un segundo la pieza dental, su brazo y el padrecito, cuyo cráneo se derrite y se vuelve a componer un instante después sin que lo haya notado: le desea suerte. Para que no le pese tanto durante el viaje, en cuanto Minerval queda a solas almacena el diente junto a los objetos que recolecta para imprimir en tres dimensiones. Las manos le quedan manchadas del talco del padrecito Niebla, y con el paso de las horas se le manchan también la cara y el torso.

Los carpinteros la envían con los herreros y los herreros con los pescadores, y luego hacia donde el soñador nunca llegó a visitar. El bosque da lugar al desierto de piedra y la piedra finalmente se escarpa al encontrarse con el mar. Más allá, por intermedio de un bote cedido por los pescadores, crece una ciudad. En el bote encuentra una red hecha de espinas de pescado y también la almacena. El programador supo transmitirle el placer de encontrar un objeto hasta entonces inexistente. El que más le gusta es una manta hecha de abejas que se juntan y se separan, un enjambre cálido que protege a quien lo porta. Las abejas son doradas y se comunican entre sí, incluyendo a la propia Minerval. Cuando hace frío se lo calza, últimamente cada vez más agujereado. El clima dentro de cada sueño es aleatorio y no obedece reglas que pueda entender un programa como ella.

Su trabajo es desvalijar sueños. Los de los niños son los más fructíferos, como un torrente que lo arrastra hacia la cueva del tesoro. De ahí obtiene sus mejores trofeos: los más raros, los más peligrosos, los que conserva para ella. También explora a los animales, pero sus sueños son más confusos y le rompen el código. En esos casos regresa al sueño principal embarrada mentalmente y agotada físicamente, pero la exigencia rinde y la impresora fabrica piezas cada vez más sofisticadas.

Luego el programador vende los sueños impresos en tres dimensiones y los clientes compran sin saber qué les resultaba tan fascinante de esos objetos extraños. Son a la vez decoración, utensilio y arte. De vez en cuando, alguien compra el producto de su propio sueño y lo ubica, entre complacido y perturbado, en un sitio privilegiado del departamento. Cuando eso ocurre Minerval hace una especial guardia nocturna: sin excepciones el objeto vuelve a aparecer en los sueños de su creador, pero esta vez como visitante del mundo real. Ése es el mayor orgullo de Minerval, que se dice: yo lo volví real, yo lo tomé y lo introduje de regreso, yo soy la verdadera artífice.

Pero desde que enfermó el programador ya no puede visitar los mundos de otras personas: si se muere, como el gigante, ella se muere con él. Está encerrada por propia voluntad en ese mundo, inmenso pero fruto de una sola persona, su creador, y esa cercanía excesiva la termina asfixiando. El tiempo transcurre pero se le aplana en un presente constante, barroso, y con el olor a muerte que despide el diente cariado del dios.

 

¿Alguna vez soñaste una y otra vez con la misma ciudad, que no existe salvo en tus sueños? El programador sí, y a esa ciudad llega Minerval, en la hora azul en la que ya no es de noche y todavía no salió el sol, aunque las maderas del puerto están calientes como si fuera mediodía. El programador sueña tan seguido con esta ciudad que los bordes del sueño están desgastados y se ven a trasluz, mientras que las zonas que dejó inexploradas comienzan siendo un gris opaco que Minerval debe despejar con cada paso.

La ciudad está amurallada, y no logra encontrar una forma de entrar sin ser vista. Como programa carece bastante de flexibilidad para abandonar la forma humana, presumiblemente porque el programador quería privilegiar la búsqueda de objetos. El guardia de turno abre el portón con una llave cuyas muescas imitan una mano con la palma extendida. Está abombado por el calor sofocante y Minerval aprovecha para robarle la llave luego de cerrada la puerta. Es sorprendente la resistencia que ponen algunos sueños para defender sus objetos. Quizás lo despidan por ello, piensa, y después: es sólo un sueño. Le cuesta no sentir lástima por esas criaturas, sin lograr dilucidar si son más o menos reales que ella.

Sabe a quién buscar: un mercader de las orillas le recomendó antes de embarcarse que visitara a un experto en dioses que le solucionó un entuerto por una ofrenda fallida. A cambio del consejo Minerval le dejó uno de sus objetos más preciados: un peine con cerdas vegetales que limpian el pelo mientras lo desenredan; al fin y al cabo ella nunca lo usaba y las cedras comenzaban a desprenderse.

Las interrupciones del sueño suceden cada vez más seguido: mientras cruza una puerta Minerval deja de estar en la ciudad para aparecer en la selva, y para cuando la termina de cruzar está una vez más en la ciudad. En los últimos minutos antes de despertar el sueño entra en tal caos que todos sus elementos se entremezclan: el ala de un avión se transforma en un puente, la lluvia en pastizal, los animales en tus seres queridos. Pero el programador sigue sin despertarse y cada vez hace más calor, como un fuego que derrite los ladrillos del callejón y sume en un estado soporífero al teólogo, que cabecea embotado en su silla de cuero.

Minerval lo cachetea y de las mejillas del teólogo se desprende una nube de talco. Cómo hago para enterrar a un dios que murió en los sueños de su creador, le pregunta el programa. El teólogo la mira, los ojos transparentes: cada sueño tiene su propio dios. Pero éste se murió, le responde Minerval, yo lo vi pudrirse. Los dioses no mueren, dice el teólogo, sólo se reemplazan. Hay que juntar el alma del dios muerto y trasvasarla antes de que se pierda. Cómo hago eso, le pregunta Minerval. El teólogo señala un sagrario traslúcido, donde se exhibe una espátula labrada en plata: uno de sus lados es más hondo que el otro. Minerval la almacena junto con el resto de sus objetos. Una nueva interrupción del sueño disuelve el techo: no voy a llegar, piensa ella. ¿Esto significa que sos el Minerval?, pregunta el teólogo con la cara derretida, pero esta vez la interrupción continúa y los ojos de vidrio se caen de las cuencas.

 

Minerval se deshace de sí misma, rompiendo su forma humana. El calor ayuda a ablandar su cuerpo y recorre como un espíritu la superficie del agua y del desierto, las velas de los barcos y las copas de los árboles hasta llegar al corazón del bosque.

Para cuando llega Minerval el cadáver del gigante ya es un esqueleto cubierto de gusanos. Los sacude con la mano (se funden por momentos con el tronco y el esqueleto), despeja la osamenta de las arañas y las raíces. Desliza la espátula por los huesos divinos: el alma es untuosa y se acumula del lado hondo como crema. Las hojas se prenden fuego. Y ahora qué, se pregunta. Los árboles se derrumban, el costillar se clava en el suelo como si fueran colmillos. Minerval toma la crema y se la pasa por la cara que ya no tiene, por su pecho de paloma, por los brazos que ya no son exactamente brazos. Luego todo se calma, al fin, como la reverberación circular de una piedra en el agua.

 

 Un domingo después del almuerzo una familia amenizaba el consabido, insulso intercambio de chismes de la sobremesa debatiendo cuál de las muchas viandas que acababan de zamparse los habría embotado tanto. Desde un rincón del comedor, en un sillón frente al pantallátor, el sectario tío Misio les daba la espalda. Sentada a los mal lavados pies de ese hombre escéptico, una nena pelirroja llamada Segal’Ena se tapaba la nariz. En el show que estaban mirando tío y sobrina, varias personas contaban novelas basadas en calamidades personales supuestamente propias; el torneo duraba meses y cada semana el público votaba, no el mejor episodio, el más logradamente doloroso, sino el que le parecía más verdadero. En ese momento de ese domingo, un ex ministro de educación describía con un virtuosismo truculento cómo el protagonista de su historia, es decir él, había decidido envenenar a su secretaria, una mujer senil, antes de que el masajista que la tenía seducida la esquilmase hasta dejarla sin un centavo. Rozando con un juanete el hombro de la nena, el tío Misio se preguntó cómo podía no haber en la cara de ese político algo que revelase si decía la verdad o cameleaba. En la otra parte de la sala, la familia era un collage de saciedad y aflicción. Segal’Ena aprovechó el silencio para susurrarle a su tío que para ella, estaba segura, el ex ministro estaba mintiendo. Aunque el tío subestimó el comentario con un bufido, un par de meses después los detectives del torneo aportaron un informe de autopsia según el cual la secretaria no había muerto envenenada sino por mera electrocución con una tostadora. Al poco tiempo nadie se acordaba de aquel narrador apasionante pero embustero, ni de la firmeza del dictamen de Segal’Ena, pero la nena empezaba a descubrir que no era de chiripa que ella había acertado. Y que, si bien no exactamente un don de adivina, tenía una inteligencia nata especializada en leer las caras como traducciones de un texto original de los sentimientos, las intenciones, las opiniones o lo que fuese que la gente guardaba en el alma. Pronto Segal’Ena empezó a usar su capacidad. En el educatorio, sabía cuándo la compañera que iba a dar una fiesta quería o no realmente que ella fuese, y cuándo un chico la asediaba por deseo de ella o para vengarse de otra chica por despecho. Más adelante, ya joven, con un tacto atinado, sin vacilaciones, iba a inducir a cada uno de sus íntimos a votar por el político de mejores intenciones o de intenciones más eficazmente disimuladas, según la idea que cada uno de los inducidos tuviera de la política.

 

Algunos años después Segal’Ena, ya una muchacha, se había hecho experta en traducción del alma. No es que hubiera desarrollado un diccionario de signos faciales físicos. Más que nada había puesto en claro un procedimiento. Descartaba tics repentinos o constantes, parpadeos, frunces, encogimientos, desvíos de la mirada, retracción de la piel del cráneo, mínimos corrimientos de las orejas, destellos o apagones de las pupilas y temblores o pausas de la enunciación para concentrarse en la atmósfera general de un semblante y a lo sumo el timbre de la voz del dueño, y daba en el clavo. No era semióloga sino dramaturga; comprendía qué obra estaba representando una persona, sin prejuzgar, sin sospechar, sin análisis de lenguaje muscular, convencida de que una cara no podía esconderle nada a una atención límpida. Tratándose de una especialista en fidelidad, no es raro que fuese fiel a su momento de iluminación. Terminó formándose en el funcionariado de isla Dórdica, eligió la rama de secretaría de ministerios y, en vez de rendir prueba de acceso a la administración de la Guardia o el complejo seguritario, se presentó al Centro de Mantenimiento de la Vida en Común. Le parecía útil para la comunidad determinar cuándo la persona que solicitaba un subsidio era honesta; y aunque le doliese practicar la denuncia, y más negar fondos públicos a individuos privados, era inflexible: a este no, que es un camelero. De vez en cuando la convocaban también para decidir en casos criminales difíciles; que no fallaba nunca venía corroborado por una ristra de reos que, minutos, días o semanas después de escucharlo de boca de ella, no habían podido soportar la exactitud del juicio lacónico, casi comedido, y habían quedado fulminados por el agobio o el júbilo de aceptarse por fin a sí mismos tal como crudamente eran. Claro que a veces Segal’Ena dictaminaba inocencia; pero la facultad de discriminar al inocente del culpable se pagaba cara: acrecentaba acerbamente la de conciencia de la responsabilidad. Todo el mundo tiene su deslizamiento tectónico del alma, su temblor, su pantano recóndito entre espesos bejucos. Segal’Ena pensaba en las debilidades y se torturaba. A veces, ante el espejo, su cara le mostraba engaños más flagrantes que los que había descubierto en años de terapia mentalista. Segal’Ena era un edificio sólido y expuesto al deterioro: una academia de corrección de sí misma; siempre había algún desperfecto que subsanar. Además no descartaba que pudiese equivocarse, y una vez realmente pifió. Una noche de otoño un actor secundario de pantallátor llamado Arlio Duruache se estaba entreteniendo con los fuegos excitantes de la Fiesta Estival del Anís cuando alguno de los borrachos que se divertían disparando al aire le metió un tiro en la cabeza. Como la bala era de poco calibre, y había perdido fuerza al perforar el hueso temporal, había pasado por detrás del ojo derecho para acomodarse en las fosas nasales. En el hospital, sangrando a chorros mientras esperaba que lo atendieran, Arlio había estornudado y la bala había salido volando. Un insoportable inspector de la Guardia quiso saber quién lo había herido. Arlio dijo que no conocía al sujeto; la justicia le pidió a Segal’Ena que colaborase en determinar si estaba siendo sincero. Entretanto habían operado a Arlio de la retina y de otras cosas; la erguida mitad derecha de la cara le relucía como puré de moras cubierto de resina en torno a un ojo azul fogoso; la mitad derecha, mejilla chupada, ojo reducido y opaco, había asimilado el dolor al costo de deslizarse hacia abajo. Segal’Ena escrutó esa cara, un diagrama de la desgracia y el prodigio, y supo que Arlio decía la verdad. Pero supo mal. Es un modo de decir. Porque Arlio, que tenía una conciencia inacallable, a la semana se presentó ante Segal’Ena para notificarle que no lo había baleado un julinfo ignoto sino el desquiciado padre de un chico al que él había provisto de fraghe en una época de desempleo en que se hacía unos bits vendiendo sustancias intoxicantes. Segal’Ena observó que nadie que no fuera un estúpido se estropeaba la vida por fumar un toscanito de fraghe. Sí, claro, contestó Arlio, pero yo vine a decirle que usted puede equivocarse. Me habrá confundido su cara martirizada, dijo ella. Sí, pero usted puede equivocarse; tiene que ser cuidadosa con sus presentimientos; lo digo porque la aprecio. Quién le dice que mis presentimientos no prefirieron colaborar con un hombre que perdona a su verdugo. Más bien colaboraron con mi remordimiento; pero en fin, Segal’Ena, ¿acepta que la invite a cenar? Como si el flechazo hubiese sido una orden de su tendencia a las copias fieles, y no sólo porque los dos eran pelirrojos, Segal’Ena se enamoró en el acto del amor que Arlio sentía ya por ella.

 

Segal’Ena y Arlio estuvieron juntos un año y medio. Salvo en dos casos de parálisis facial, ella seguía leyendo correctamente las caras de los extraños; pero empezó a alarmarla que muy de vez en cuando, primero con un hipo de risa, después con un asombro irritado, Arlio cuestionara lo que ella veía asomar en la cara de él. Tal vez los sentimientos amorosos no eran tan cortantes como los de muerte, codicia o poder para abrirse paso hasta las facciones; al menos cuando les faltaba la dosis de muerte, codicia o poder que tiene el amor más afilado. ¿Cuántos hombres no tienen sentimientos profundos y ligeros que no afloran porque se han agarrado a una piedra del fondo para no flotar a la deriva? Justamente por eso Segal’Ena y Arlio terminaron por separarse.

Para Segal’Ena pasó el tiempo, a su voluble modo, y fingiendo no ser tan caprichosos como el tiempo pasaron otros amores. Todos se volvían embarazosos; los truncaba un   desconcierto. Por suerte Segal’Ena empezó a notar que no sólo lo que ella encontraba en la expresión de sus hombres difería de lo que esos hombres aseguraban tener dentro y que conductas bastante buenas desaconsejaban cuestionar; notó que los hombres también la leían mal a ella. Este desequilibrio empeoraba las relaciones porque, al contrario que Segal’Ena, más que leerla, los hombres la interpretaban. Al cabo de una temporada ella y cada uno de ellos, sucesivamente, eran elementos radioactivos que, aunque no siempre nocivos, emitían funciones de onda defasadas: uno se lo dijo con esta frase: mi cara y la tuya, Segui, emiten funciones de onda defasadas. Y justamente cuando rompió con ese hombre Segal’Ena tuvo el segundo arrebato de lucidez de su vida, oportuno pero demoledor.

Lo que el trato íntimo ofuscado de deseo estaba denunciando era, no que ella leía mal, sino que sentía mal, y esto no sólo en la vida de pareja, no sólo con su familia y hasta en la amistad. Ella sentía al revés en todo tipo de circunstancias; de modo que cuando entraba a jugar el sentimiento se extraviaba. Entendió que siempre había sentido al revés que los demás; ahora palpaba la diferencia, y la aspereza atérmica que le recorría el torso como la mano de un médico cínico podía estar diciendo que la diferencia la palpaba a ella. Si en la ciudad campaba un ánimo atribulado, al borde de la amargura, ella estaba casi siempre alegre. La gente había aprendido de escritor Scarvel que la vida era un proceso de demolición; en cambio si a ella la preocupaba la muerte, a veces, era porque podía frustrarle el proceso de construcción permanente. Otros festejaban el poder refrescante del cóctel de fesbulot con hielo; a ella en cambio la angustiaba que el dolor de dientes le estropeara el  sabor de un fesbulot bien frío.  Todo esto Segal’Ena podría haberlo atribuído a un espíritu rebelde, y mejor aún a un ímpetu de libertad, pero se había ejercitado tanto en la atención desprejuiciada que no iba a responderse con generalidades. Andaba con las cejas siempre mojadas; y no porque sudase de inquietud: era por esa llovizna incesante de preguntas. La gente salía más afectada del teatron cuando una obra de criminales o intrigantes transcurría en su isla, y más si era de un dramaturgo local; en cambio a ella un drama violento la desazonaba más cuanto más lejos de su isla estaba ambientado. ¿Y por qué le parecían tristes películas que hacían reir a la gente de principio a fin? Ese desacuerdo de recepción se le hacía irreversible y la reventaba, porque en las películas tristes le gustaba llorar a moco tendido, y qué difícil era llorar entre espectadores que se descosían a carcajadas, por ejemplo si un personaje tropezaba en la calle, por más que la vergüenza de la caerse en la calle fuese un sufrimiento. En algunos casos los espectadores se reían viendo sufrir animales, como los pájaros decorativos guardados en jaulas sinfín; para esa gente los animales eran otra cosa, una subespecie; y Segal’Ena, que por su parte, no veía una diferencia tajante entre ella y un dirdul pinto; los habría acogotado. Tal vez su vida fuera una regresión constante al estado de niña rara. Al dirdul que tenía de chica y mimaba tanto le había puesto Sérkugo, como el apestoso Hombre Huraño de los cuentos de miedo del Delta de la Torcedura, para recalcar cuán poca gracia le hacía que la gente se riera de los monstruos. Sin embargo le costaba contener la risa frente a alguien que vomitaba, por muy enfermo que estuviese, frente a la constancia de una hipocresía entre hermanos, en la realidad o en películas, y hasta cuando una despedida incomprensible entre amantes partía los corazones. Le costaba tanto que al final se reía, y entonces otros espectadores la miraban de refilón y a ella le remordía la conciencia. 

 

Así ha seguido Segal’Ena, riéndose cuando no había motivo y llorando en medio de la algarabía. Fueron años difíciles de juicio a contramano; de fe en su mirada de trementina mantenida en base a una inmadurez constante. Y hoy,  después de varios romances pasajeros, después de haber sondeado acertadamente tantos fundamentos humanos, si algo no querría Segal’Ena es posar ante sí misma de rebelde; últimamente se pregunta todos los días si no será una niña perpetua. Es que además los consuelos no la tranquilizan: la sacan de quicio. El criado virtual de Segal’Ena prepara todas las mañanas una máxima para ofrecerle junto con la taza de cafeto. Un día la desayuna con esta: La vida es frágil como una telaraña y el viento sopla y sopla sin parar. Segal’Ena traga un sorbo de cafeto y se ilumina: se da cuenta de que el amor de ella por un hombre no va a durar, ni va a durar el amor de un hombre por ella, cualquier hombre, si ella no se las ingenia para manejar las reacciones.  Pero ella no cree que pueda manejarlas. ¿Y disciplinarlas? ¿Adornarlas? Otro día la invitan a que calibre las posibles verdades que se dicen en un debate entre candidatos a Réctor de la ciudad. Segal’Ena rechaza la invitación, porque una promesa electora de reducir  las emisiones de grodotexamina bien puede ser una mentira que, sin embargo, permita al candidato, cuando se encarame en el rectórato, erradicar la inescrupulosa industria de la cuasicarn. Detrás o debajo de una verdad escondida, de cualquier temperatura que sea, puede haber varias otras verdades glaciales o candentes. Debajo de la fidelidad a la niña que fue Segal’Ena puede haber un sabotaje a la Segal’Ena amante adulta. ¿Se está quemando Segal’Ena? ¿Va a chamuscarse? Le dan ganas de volverse del revés como un chaquetón,  mostrarse el forro, que caigan los bits perdidos en la entretela, pero no tiene de donde agarrarse: no hay bordes en ella, no hay mangas ni dobladillo, es un pellejo inasible y quizás impermeable. No es que el fracaso la frustre, porque al mismo tiempo descubre que todo el mundo es un poco así, una sola superficie continua, pero la entristece. Resignadamente, en vez de volverse del revés Segal’Ena se vuelve contemplativa.

 

Ahora, la contemplativa Segal’Ena mira las caras sin indagarlas ni entenderlas, los cuerpos sin oír murmullos soterrados, las laderas de los cerros de Lagrinach sin deseos de escalarlas, las cosas sin deseo de desarmarlas; mira cinco o siete minutos la esfera del reloj del cocinerillo, la hoja entre cientos de hojas hasta que deja de saber qué culinchas está mirando, y pasado un lapso de inocencia, sea lo que sea lo que tiene enfrente, la gana una especie de de despreocupación y en muchas de las cosas que mira empieza a ver formas que no son eso que supuestamente está mirando. En lugar de entorpecerle esta empresa entusiasta de lo sentidos, el trabajo ya burocrático de valorar sinceridades la estimula. Segal’Ena ve un demonio con un pipa en la humareda del incendio de una fábrica de tejidos, la cabecita de su canario en el peinado de la esposa del Réctor de la ciudad, el pie con juanete de su tío Misio en una mancha de aceite en el pavimento, la maravillosa asimetría de las facciones de Arlio en la costra de un pastel de requesón, una mujer alzando un brazo al cielo en un enjambre de abejas; ve la frase no está permitido abandonar la tarea en las escamas del lomo de un bagre, un contable dormido sobre su escritorio en el oleaje que levanta una lancha en la laguna Synnah. Ve una chica leyendo boca abajo en una alfombra enrollada, la figura flaca y algo rígida de su amiga Paghy en una lámpara de mesa. Se ve a sí misma en el blanco sucio de la pantalla de un cinema cuando termina la película. Días después el viejo tío Misio le va a decir que está somatizando; que alucinar formas en los objetos no es exactamente una enfermedad, pero es un síntoma y se llama Simidolia. En cuando el tío emite el diagnóstico la cabeza de Segal’Ena lee la denominación al revés, o bien la lee correctamente: lee el comienzo de una estrofa poética, Ay, Lodia…, y recuerda cómo seguía ese responso que le enseñaron en la escuela: la vida es frágil como una telaraña… Poco después, un día la penetra subrepticiamente un mensaje entretejido en la letra de una canción de moda; está en un dialecto que ella no conoce pero se le queda en la cabeza como una garrapata sonora. Esta invasión verbal es un suceso que no la conmueve ni se repite. Sobre todo porque con el paso del tiempo y el espacio mental que Segal’Ena obtiene privándose de juzgar, de tanto en tanto ve en una cara la forma de esa cara misma, una duplicación de los rasgos que no es una copia y no es perfecta, pero tampoco es una falsificación, sino el fruto natural de una actividad física espontánea, una escultura orgánica de un alma ávida de darse.

La fidelidad de esas caras a la información que difunde su forma la conmueve.

Una tarde de otoño, para darle a la mente el permiso de alisarse que viene pidiendo, se sienta a mirar cómo valsea el río entre las luces cambiantes de la bahía. En el mismo banco hay un hombre con un botello en la mano; bebe a sorbitos medidos, y entre un sorbo y otro saluda por fin a Segal’Ena, le advierte que va a molestarla muy poco, pero que no puede callarse, y le pregunta qué está viendo en el río, porque la nota muy atenta. Ella le contesta que francamente en este momento no ve nada; nada más que el oleaje apacible del río. El hombre dice que, si con tanta atención no ve nada más que lo que está viendo, quizá sea porque espera algo; ¿qué espera? Bueno, no es que espere, dice Segal’Ena, pero tengo la impresión de que un día de estos me voy a enamorar por un tiempo largo. El hombre le pregunta si quiere que brinden por el presagio. Ella le pregunta qué está tomando. Cerveza de hueso humano, dice el hombre: hecha de cebada y lúpulo, como tantas cervezas, más unas tazas de hueso molido de un pariente que uno quiera recordar antes de que lo entierren. O de que lo incineren, matiza Segal’Ena. El hombre, asintiendo, dice que el ingrediente le da a la cerveza una picantez incomparable, porque no hay nada más cierto que el hueso, ¿no? y su meollo. Segal’Ena pega un sorbo, deja que el amargor o la picantez la estremezca, pega un sorbo más y devuelve el botello.

Cerveza de hueso humano, dice el hombre; un invento mío.

Instantáneamente Segal’Ena sabe que una de las dos cosas no es verdad. Pero no le importa.

Un romance moral

Aparte de tenues luminarios de pared, una ancha luna artificial alumbra desde el techo este local de comidas sencillo y gustoso. El dueño en persona vigila desde la caja. En una mesa, ajenos al vaivén de los camareros y la concurrencia, un hombre y una mujer procuran disimular la efusividad de la charla desviando a veces la mirada hacia la ventana. Al otro lado del vidrio, hacia abajo, el río valseante refleja un festón de luces caseras. 

Han terminado de comer y beben licor de arropi a sorbos menudos. Flugo, un pelirrojo fortachón, está bastante afincado en su fealdad masculina. Otami es larga y deslumbrante: ojos azules de tamaño correcto, pelo corto del color de los dátiles, nariz  abrasadora, los incisivos laterales de arriba deliciosamente inclinados, y en el pleno labio de abajo un tic de esfuerzo por controlar cierto desequilibrio. Justo ahora ha embocado mal la copa y un chorrito le abrillanta el mentón. Se lo seca de un manotazo. Baja los párpados; se quita la chaqueta. Flugo consigue sorber virilmente la baba que le está por caer. Ella extiende los brazos para mostrarle las prestaciones que esconden sus brazaletes. En los peludos brazos de Flugo sólo hay juiciosos apéndices funcionales; los muestra. Están engranados e intranquilos como si algo se cociera entre los dos sin dar todavía un olor reconocible. La cuenta está sobre la mesa, Otami advierte que ella invitó y va a pagar ella. De golpe se oye un bramido no humano. El pelo de Flugo enrojece más, y se enciende también la espalda de Otami.

Por la boca de la cocina, al lado del mostrador donde el dueño monta guardia, ha irrumpido una llamarada y ya devora el separador de hiluveno. Perseguidos por otras llamas cada vez más grandes, chef y pinches salen a los piques mientras los robotios retroceden escupiendo sus reservas de agua. De nada sirve. Nuevos fulgores asoman a ras del suelo como boas de fuego. Mientras el dueño se aparta palmoteándose una botamanga, un tumulto de clientes corre a la salida. Viendo que Flugo activa su extintor pulsera, el hombre le pide que no se acerque. Flugo considera los restos de comida, la tarja con la cuenta; saca la faltriquera, toca el dinero mientras la barra se inflama, y entonces Otami lo agarra y tira de él, pero las manos sudadas se desprenden y ella sigue sola. El dueño duda como un capitán antes de meterse por una puerta trasera. Entre la hoguera y la noche Otami se da vuelta para insistir hasta que Flugo escapa tras ella. Desde la explanada, a cincuenta varas, miran cómo el incendio se come buena parte del local, la deflagración que revienta dos cristales, hasta que llegan los alademoscas matafuegos. Mediado el espectáculo tranquilizador, ya no hay nadie bajo las estrellas más que ellos. Flugo se debate entre la pesadumbre y los hombros incandescentes de Otami. Desaparecieron todos, dice ella. Sin pagar, dice Flugo. Todavía apretando el dinero, amaga dar la vuelta al local. Ella se le aprieta contra el flanco. Hace frío, dice. Picado por el susurro, él se da cuenta de que puede rodearla con el brazo. Bajan al malecón en busca de un taxi. Llegan a un alto icosaedro habitacional. En el estudio de ella, bello y desequilibrado como ella, se acoplan como evadidos. Todas las posiciones, todos los orificios, todos los líquidos. En la misma medida en que Otami emprende, Flugo se libera de sí mismo. Está desenfocado, como si no divisara los nuevos límites que apareja cualquier liberación sorpresiva. Se mira la trúmpana desmesuradamente tiesa que ella pide que le entierre, y después no sabe si atender a los dos dedos que ella le ha hundido en el culo, mientras lo abraza con desesperación, o al sonido que deja escapar, un zureo, una rogativa de amparo, el canturreo aterrado de una fórmula contra la extinción. Duermen plácidos pero no radiantes. A la mañana ella lo mima, aunque no se le aferra como en la noche; divaga. Él está concentrado. En esa pequeña diferencia Flugo encuentra espacio para que la incredulidad por lo que le ha tocado ceda a la aflicción. Una tragedia, dice; lo de ese hombre es una tragedia; y la gente cómo es…, y nosotros…, con una cena tan bien hecha… A ese hombre hay que pagarle. Ella le recuerda que todas las cuentas juntas no van a rendirle lo que el seguro; y que además invitaba ella. Él dice que no es tanto el dinero como, como, que pagar sería lo debido, lo responsable, incluso humanamente hablando. El silencio que se hace indica que no es un dilema trivial. Flugo no logra consumar un bostezo. Nunca había pensado en lo importantes que son cosas así. No dice que tampoco se había acostado nunca con una mujer como ella, pero se nota que está shockeado por partida doble. Ella se despereza restregándose contra él. Que sea capaz de hacer las dos cosas al mismo tiempo despabila el trúmpano de Flugo y se revuelcan de nuevo. Él culmina con rebuznos; ella con una imploración, como si zozobrara, pero en seguida salta al día, diáfana como una delfina. Lo besa, le palmea el culo y se sienta con un cuarnaclo sobre las piernas en un elegante diván sucio. Ya ha dicho que le cuesta mucho enfrentarse con gente, y que diseña imágenes de persuasión para enlaces neurales. Se enchufa a la Panconciencia. Flugo se queda mirando el único cuadro de la casa, un paisaje hecho de lugares muy distintos, cañaveral, laguna de alta montaña, pasillo de hotel barato y más. Después se va a su empleo. Resulta que es supervisor de calidad en una fábrica de inyectores de fluido. 

Deja pasar unos días antes de volver al restaurante. Dos ciborgues custodian unos muebles no tan chamuscados y un amasijo de ladrillina, maderata y metales arrimado a las dos paredes que resistieron. El aleteo de un mantel llama la atención sobre una mesa, no la que ocuparon Otami y Flugo, donde todavía reluce el cuadret de una cuenta impaga. Flugo entorna los ojos y el cuadret se desvanece. Lo real ahí es un muchacho que está apilando artículos sanos. Flugo le explica que ha ido a abonar lo que consumió esa noche. El chico le dice que no se preocupe, que don Mayome tiene otras prioridades, y Flugo se va a regañadientes, sin preguntar ni insistir más.

No va a perdonarse esa dilación. Sin embargo podría, porque para su sorpresa Otami lo llama y salen a pasear juntos, no una sino dos veces, y las dos veces pechulan como desalmados, una de ellas en un embarcadero desierto. Tres polvos ya son una relación, en general; pero en este caso no del todo. Están atados pero no unidos. Se estrechan con violencia, se muerden, se martirizan con caricias, mezclan aliento y saliva y semen y flujo, inundan los ojos con los ojos y se apretujan de codicia hasta lastimarse, y como es inútil, porque ninguno de los dos puede robar nada del cuerpo del otro, ni confundirse enteramente, que es lo que querrían en ese momento, cuando parece que el placer los hubiera rendido y estuvieran saciados, basta que un rato después se rocen para que, al contrario que en el incendio de la cocina, renazcan el fuego y el furor. Otami tiene tanta locura por el trúmpano y la boca de Flugo como por sus propias eminencias y agujeros y como él por cualquier parte de ella, hasta las uñas de los pies, pero a Flugo entero lo idolatra. Anida la frente en el pecho de él, le mece la cabeza, musita Me das todo, gime que si la suelta se va a ir volando o va a ahogarse, y él arremete, puja y chupa y entretanto atina a consolarla, aunque nunca ve que ella necesite consuelo después del climax. No es que el sexo sea el único lazo; más bien es como si cuando pechulan apareciera un vínculo que fuera del sexo no puede superar un obstáculo.

Flugo balbucea que hay que estar a la altura de lo que uno hizo. Ella sonríe a medias y se masajea las pantorrillas sin argumentar siquiera que lo que ellos hicieron fue ir a cenar, pero posiblemente es eso lo que piensa. ¿Y quién va a reparar la desaprensión, el egoísmo de los que se fueron?, dice él. Ella le echa una mirada de refilón, sin ironía, sin caridad, sin la menor molestia, sin repetir que la que debe la cuenta es ella.  

Cuando al día siguiente Flugo vuelve a la colina el muchacho le cuenta que don Mayome murió. Él es el ahijado. Flugo se muerde los labios. Claro, con semejante calamidad, murmura. No señor, murió de algo que ya tenía. ¿Y vos…? Yo lo ayudé a morir, y él me dejó esto, a ver si puedo venderlo. Flugo dice que no le va a ser difícil. El ahijado le dice que oyó mal: no es que vaya a ver si puede venderlo, como decía Mayome, sino que no va a poder venderlo. Claro, dice Flugo, habrá deudas pendientes. Explica que aquella noche no alcanzó a pagar; saca la faltriquera. El ahijado le corta el intento: me ofende. No, no, es un deber. Señor, usted no entiende nada de estos negocios. A punto de protestar, Flugo asiente. Baja la suave cuesta tocándose el costado, como si le doliera el bazo en medio de una subida escabrosa y no avanzase una pulgada. Una mañana, después del lascivo polvo de duermevela, le pregunta a Otami por qué nunca hacen eso en la casa de él. Ella sólo responde después de un rato: Acá, me siento mejor. Él estudia el único cuadro de la pared; se diría que hoy el paisaje está hecho de otros lugares, palafrenos al galope por una tundra, morgue, aldea en la niebla, pero puede ser un desperfecto visual de Flugo. Como siempre, el desayuno es té, pan con aceite y unas lonjas de pernil de bunasta. Lo comen sin que Flugo pregunte cómo sabe ella dónde se siente mejor si no conoce la casa de él. Otami se acomoda en su sillón laboral, tan lánguida, lustrosa y piernilarga en su robe de glapén que intimida. De repente él se levanta dándose una palmada exultante en la cabeza. El ruido saca a Otami de la Panconciencia. Le dice que se cuide un poco, que va a hacerse daño: hay que administrar la hiperproducción de endorfinas.

En el ex restaurante, el ahijado del dueño ya ha despejado la ruina. Se está despidiendo de una señora  de aire profesional que parte en su cocheciño. En cuanto ve aparecer a Flugo resopla, aunque no necesariamente por incomodidad sino tal vez por cansancio. Le pide que entienda que él tiene que reconstruir. Flugo sonríe con una suerte de astucia que el filme no mostró hasta ahora. Observa a los tres ciborgues que no consiguen arreglárselas con un cargamento de varios materiales. Le aclara al muchacho que él es muy bueno  organizando equipos de producción, entre otras cosas porque trabaja a la par de los que trabajan. Está tan expectante que el ahijado se resigna a permitir que le dé una mano. Será una mano de peso.     

Tres tardes a la semana, Flugo deja su sangróvil en el malecón y sube a la colina para colaborar con el ahijado de Mayome. Chequea presupuestos, conversa con proveedores, negocia con abogadios, se encarga de las proporciones para la mezcla de adoblástice, pugna vanamente por apremiar a la aseguradora, mejora planos de una instalación que por ahora tendrá que esperar, carga bloques de ladrillina y ayuda al muchacho a administrar el dinero que el previsor Mayome había reservado para dos años de la renta del que alquilaba antes de que el muchacho lo ayudase a morir. Flugo le pregunta en qué consiste esa ayuda. Es un quehacer que yo tenía antes, dice el muchacho.

Las mañanas siguientes a esas jornadas Flugo aprovecha para desayunar cafeto y galletas con cremé y confitura. El resto de las tardes se acicala en su casa antes de ir a comerse mutuamente con Otami, a veces después de un paseo callado, una cena expeditiva y un prólogo de palabrotas droláticas . Aun con lo poco que el filme ha contado de Flugo, no cuesta sospechar que esta regla lo intranquiliza. Una medianoche, mirando el cuadro de muchos paisajes, dice a mediavoz: Tengo que investigar. ¿Qué, cuti?, dice ella. ¿Qué trabajo será ayudar a morir? Otami se duerme, pero él no se percata. Del no muy audible monólogo que despacha se desprende que estar pagando tan solo una falta de muchos lo está abatiendo, salvo cuando pechula con Otami. Pero se plantea si lo abate pensar y repensar si el pago de las cenas es una obligación tan general, o sólo lo entristece estar abatido y por eso se ha inventado una manera de eludir el dilema. Uno diría que el trabajo de eludir el dilema empieza a aburrirlo. Es estar aburrido lo que lo entristece. Se despierta con Otami mojándole la oreja y del olvido del sueño cae en el olvido que le ofrece ella. Como una isla por un sismo, el semblante de Flugo se parte entre la tristeza y la plenitud. Mientras se pone una camisete sin mirarlo, ella le dedica un piropo: Cuti, cómo me divierto con vos; sos lo más divertido que conozco. Flugo parpadea, se le iluminan los ojos. Yo tenía muchas esperanzas en lo nuestro. Ella se levanta y por casi medio minuto da pasos alternativos hacia el baño y la cocina, como si no supiera qué hacer primero o no fuese dueña de sí misma. Decide sentarse en el sofá y la decisión la contenta. Él se demora en el masaje del colchón. Dos minutos después, desde la cocina, la voz de Otami llega a la cama como una publicidad neural entre borborigmos de cafetera: Tenés que estar menos cansado; a ver si de cansarte tanto te vas a cansar de lo nuestro.

Como una pastilla de efecto paradojal, la frase realimenta el mecanismo de Flugo. Tres tardes por semana, a la salida de la planta, cumple en resolver por la acción el dilema social de la evasión de una deuda. El resto de las noches se refocila en la avidez de Otami. Sudada, abierta al caos, ella lo estruja, se enrosca, lo oprime, con la voz bronca y agrietada le pide que no la suelte, que ate bien el cabo, que esté, pero después del climax es siempre ella la primera en desanudarse y fuera de la cama nunca hace una pregunta. Tampoco parece que busque respuestas. Así que entre el amarre y la flotación, parece que el desorientado Flugo sólo encuentra un anclaje cuando pone el hombro para la obra del ahijado. Así va venciendo la desorientación y la inquietud. El filme tiende a concretarse en una historia terapéutica de vidas paralelas de un hombre y él mismo.

Pero no es que Flugo se felicite de haber llegado a un arreglo tan bueno entre deber y placer. Una tarde, cuando ya sería hora de despedirse, el ahijado de Mayome, mientras se higieniza en el fregadero que acaban de instalar, lo observa: Usted, Flugo, trabaja como un penado. Él no se sorprende: Bueno, contesta; me veo como como un investigador. ¿Y qué quiere investigar? Eeh, me gustaría adueñarme de mí mismo. Al muchacho no se le ocurre más que cerrar el grifo y secarse, hasta que pregunta: ¿Para? A Flugo se le escapa una sonrisa que enseguida recae en la seriedad. No sé, para poder tener una relación. También el muchacho se pone serio: ¿Una relación cómo? Una relación como, como cuando se intercambian los alientos, dice Flugo y lo que dice lo deja alelado. Al muchacho no menos. Baja la voz: ¿De pareja? Podría ser, dice Flugo; una mano lava a la otra y las dos lavan la cara.        

Esa noche está mirando el pantallátor, tratando de unificarse en un solo sentimiento, cuando le suena el farphone. Es Otami. Sin ayuda de él, la cara se le resuelve en una sorpresa homogénea. La brumosa voz de ella no expresa nada más que lo que dice: Mañana a la noche, ¿me invitás mañana a tu casa? Claro, dice Flugo. Chunqui, dice ella; tenemos una novedad. Flugo corta y se apura a revisar el apartamento, pero no hay mucho que hacer. Está todo en orden, limpio, agradable. Lo último que se ve en el film es a Flugo en el súper comprando unas lonjas de pernil de bunasta.

La historia siguiente es tan verdadera como solo puede serlo para nosotros algo que proviene del mundo del saber, que proviene del reino de los muertos. Aunque no es el mismo biombo, un biombo del mismo tipo se encuentra en el museo de medicina y sanidad en Viena. A los correspondientes timbres se los puede hallar aún hoy, después de más de ocho décadas, y se los puede incluso comprar por poco dinero en negocios de trastos electrónicos, no solo en Austria sino en varios lugares de nuestra felizmente resurgida Europa Central.

Detrás del biombo, detrás del hule y de la madera de sauce barnizada de blanco, el cráneo de pelo gris a un brazo de distancia del botón del timbre, yace, en la noche en que tiene lugar la anécdota, un hombre de más de sesenta años, ya por entonces renombrado y que en breve será célebre, un hombre que hoy, mucho tiempo después de su muerte, sigue cosechando múltiples elogios, uno que en esta templada tarde de la primavera vienesa acaba de ser operado. Respira con un ronquido bajito. Sabe que durante el curso de esta misma noche, después de tres o cuatro horas de reposo, lo darán de alta para entregarlo al cuidado de su familia.

No le preocupa ni le molesta que lo hayan estacionado allí de manera provisoria, que esté acostado en un cuarto para trastos. Sabe, por su propio trabajo, cómo son las cosas en los hospitales, y lo poco que a veces valen allí los privilegios, cuando se trata de solucionar algo de manera rápida y práctica. Que lo hayan dejado ahí debe atribuirse sencillamente a las circunstancias de la intervención ambulatoria. Él mismo ha insistido de antemano para que lo trasladen con el automóvil lo más rápido posible a su casa.  

Respira con dificultad, tose y traga sangre fresca. Es la sangre de la profunda incisión que le han hecho en su boca. Un profesor al que lo unen lazos de amistad, un hombre de su confianza, un experto en cirugía general, le ha extraído un tumor, que se formó debido a sus queridos cigarros. El tumor se internaba en los tejidos más de lo que se había supuesto en un principio. El maestro del escalpelo tampoco ha calculado correctamente las consecuencias de haber cortado cada vez más profundo. Calamitosamente debilitado por la pérdida de sangre, en peligro de desmayarse, el operado, el abandonado comprende allí, de manera paulatina, la gravedad de la situación. Pues él mismo es médico, él mismo es profesor.

La hemorragia amenaza con matarlo. En un verdadero acto de voluntad, con un último esfuerzo, el hombre levanta tortuosamente el brazo derecho, hurga por la pared lisa pintada al aceite, encuentra el botón del timbre y presiona su baquelita. Pero el botón está muerto. La lengüeta de chapa que debe establecer el contacto entre los cables se partió en dos el día anterior cuando tocó la alarma otra persona también estacionada aquí. Aquel, desconocido para nosotros, fue atendido en menos de un minuto; a nuestra muda gran emergencia, en cambio, el jugo vital se le derrama entretanto mortíferamente faringe arriba. La garganta, demasiado débil para llamar, apenas si da abasto tragando. Ahogarse o desangrarse. El mareado doctor, el otrora médico que hace tiempo ha huido hacia una ciencia de su propia invención, intenta en vano incorporarse y luego, igual de vanamente, darse vuelta. Al músculo respectivo le faltan las fuerzas. Solo sus ojos se mueven aún obedientes por el oscuro cielo raso y luego por el biombo, hasta ver a Jodi asomando detrás del borde de hule.         

Jodi babea. Jodi babea como siempre, el pequeño Jodi babea –¡no puede evitarlo!– más que solo un poquito. Jodi se rasca, porque le gusta hacerlo, su gran cabeza meticulosamente pelada al ras. Deja que el hilo de baba se haga más largo y mira y escucha. La sangre borbotea en el paladar. Quién sabe en qué piensa Jodi. En fin, a lo sumo hoy podemos saber: hace tiempo ya que Jodi, el enano de pecho angosto, tiene un trato íntimo con las prácticas cardiológicas de la ciencia moderna, con su quehacer en el cuerpo. En toda su vida hasta el momento, los treinta y tres años enteros, no ha salido del Hospital General de Viena. Las monjas se hicieron cargo de él cuando era un bebé de pecho, luego de que su madre, una equilibrista húngara extraordinariamente grácil –y apenas más grande que sus colegas del reino de Liliput–, muriera sin pena ni gloria en medio de las fatigas del parto y del ser parido. 

El profesor que está tragando sangre, nuestro atragantado psicólogo vienés, reconoce por supuesto a primera vista el tipo de enanismo que tiene ante sus ojos. Piensa en imbecilidad, piensa “cretino”, se ve como forzado a pensar en una debilidad mental sin remedio y en estúpidos balbuceos mudos y al mismo tiempo en el progreso del espíritu, que aquí, en este cuarto para trastos, como si se tratara de destrozar un chiste de exquisitez pesadillesca, contiene la respiración en sincronía con él.

La pieza es el reino de Jodi. Desde que puede vestirse y desvestirse por sí solo, el delgado Jodi de cráneo gordo tiene aquí su camita, detrás de uno de los biombos plegables, en medio de un revoltijo de bártulos abandonados. Aquí está la silla sobre cuyo respaldo están apoyados la camisa y el pantalón de Jodi. Aquí descansa, sobre un armazón bonitamente arqueado, la fuente con cuya agua se lava por las noches los mocos de la naricita y la baba de los labios mudos. Aquí Jodi dormita y sueña los sueños de Jodi, luego de haber ayudado –con infantil solicitud e incansable aplicación, pasillo arriba y pasillo abajo– a limpiar, ordenar y hacer las camas.

Quién sabe lo que piensa nuestro Jodi. El viejo de la cabellera gris piensa otra vez, en un jadeante razonamiento circular, en el timbre roto y en la muy especial burla que su avería representa ahora para él y para su joven teoría, cuando ya la mano izquierda de Jodi se desliza por entre el pelo pegado de sudor, cuando ya la mano derecha de Jodi se mete por debajo de una axila, agarra con firmeza una camisa mojada y los diez dedos de Jodi –¡la boca de Jodi salpica saliva!– tiran una cabeza y un torso hasta dejarlos en posición lateral. El descubridor, el intérprete, el fundador de un longevo culto vomita aliviado su sangre por sobre el borde de la camilla hacia el linóleo de la pieza de los trastos. Se escucha un plaf. Un plaf tan maravilloso, que todos oímos el plaf.

Ahí es cuando nuestro Jodi sale corriendo. Arranca directo en busca de ayuda. La espuma le vuela de la boca trazando un arco alto y bello. Jodi se apresura a salir, corre por el pasillo, enseguida le tirará de la manga a una de sus enfermeras de cofia blanca y, como ella no captará qué es lo que quiere, tirará de su manga reforzada para arrastrarla hasta su pieza, donde ambos se quedarán parados en el charco pegajoso delante del hombre ya felizmente despreocupado ahora que se desmayó.

El doctor Sigmund Freud fue salvado, operado varias veces más en el paladar y en la mandíbula y vivió, con prótesis cambiantes en la boca y en la garganta y chupando innumerables cigarros, otra década y media en pro del crecimiento y del éxito de sus obras. Mientras que las palabras de estas obras generen verdad, nuestro pequeño Jodi ha de correr, las piernitas curvas de Jodi han de tambalearse y el cuero de sus suelas relucientes por el uso ha de tamborilear sobre piedra, parquet, linóleo: no más tiempo que eso, pero al menos la misma cantidad de tiempo los hilos de baba de Jodi, su burbujeante huella ha de perlar todas las oraciones de esta anécdota del enano.


*This story is taken from: Die Logik der Süße by Georg Klein. Copyright © 2010 Rowohlt Verlag GmbH, Reinbek bei Hamburg.

Lo encontré el otro día, mientras buscaba las aletas de buceo en el depósito. Ni siquiera me acordaba que lo había dejado allí. Estaba cubierto de polvo y tenía una telaraña delgada en el pelo. Se la quité. Seguía vestido con el pantalón azul y la chaqueta café con orejas de oso en la capucha. Los ojos cerrados, los brazos extendidos, buscaba un abrazo tal vez. O que lo alzara, siempre quería que lo llevara cargado. No recuerdo bien.

De lo que sí me acuerdo es que lo único que pedí fue que tuviera un botón para prender y apagar. Mientras sostenía la prueba de embarazo en mis manos, imaginé aquel cuerpo que se formaba dentro de mi cuerpo con un interruptor en el pecho. Algo sencillo, como con el que se prende y apaga la luz. De su mismo color de piel, para que no fuera una deformidad demasiado evidente, no quería que cualquiera pudiera hacer uso de él. Solo yo.

Aunque estábamos buscando tener un bebé el embarazó me tomó por sorpresa. ¿Feliz? Algo. Debo aceptar que la idea de tener un hijo no me era del todo desagradable. Desde que nos casamos supimos que esa era una de las metas de nuestra unión: formar una familia. Eso lo dijo el cura durante la ceremonia, eso nos repetían nuestros padres. Ellos nos pedían desde hacía tiempo los hiciéramos abuelos. Así que después de seis años decidimos dejar las pastillas anticonceptivas. Gracioso me suena hoy el “decidimos”, cuando realmente era yo la que me las tomaba, era yo la que sangraba cada mes, era yo la que iba a parir a la criatura. Pero estábamos juntos, porque éramos una pareja, y lo que estaba de moda entonces era que decir: “nosotros estamos embarazados”. Sonaba tan ridículo como decir: “nosotros tenemos una infección vaginal”. Pero bueno, nosotros estábamos embarazados y entusiasmados, aunque sorprendidos por lo rápido que había resultado todo.

Los libros que leí decían que un embarazo planeado podía tardar hasta un año en darse, así ambos estuvieran sanos. Entonces pensé: “Va, un año está bien. Quizás en un año logre convencerme por completo de querer ser mamá”.

Pero no tuve un año. No tuve ni dos meses. Apenas habíamos tirado, qué, ¿tres? ¿cuatro veces? Mientras miraba la prueba positiva solo deseaba desde lo más profundo de mi corazón que tuviera un botoncito. Porque cuando veía a otros niños y a otras mamás, muchas de ellas ojerosas y cansadas, pensaba que esa sería la solución a todo.

Ahí estaba, todo empolvado, metido en una caja con cobijas y su muñeco favorito. No quería que se sintiera solo. ¿Hace cuánto estaba en el depósito?

Al principio, cuando descubrí que podía apagarlo lo acomodaba en su cuna, como si estuviera durmiendo. Lo hacía por un par de horas, dos si mucho. Aprovechaba ese rato para dormir un poco. Todos te dicen que descanses mientras duerme el bebé, porque se supone que todos los bebés solo comen, cagan y duermen. Pero él era distinto. Lloraba mucho, hacía siestas de solo media hora y pedía comida todo el tiempo. La energía se me agotó rápido. A las dos semanas de nacido ya estaba más cansada que en toda mi vida.

El parto fue lo más fácil. De verdad no entiendo cual es toda la alharaca alrededor del parto. Sí, duele, claro. Pero lo pude manejar. Me concentré en respirar. Fue rápido. Había llegado hacía apenas unas cuantas horas a la clínica cuando la doctora me avisó que ya tenía diez centímetros de dilatación. No me alcanzaron a inyectar la anestesia. Yo la quería, por supuesto, pero todo fue tan de prisa que no llegó el anestesiólogo a tiempo. Cuando entró a mi cuarto la ginecóloga le dijo: “ya no”. Él me miró, se disculpó con una sonrisa rápida y se fue. Sentí ganas de pujar y pujé. Volví a pujar y entonces la doctora me avisó que ya estaba afuera la cabeza, que me aguantara las ganas de volver a pujar, que el resto lo hacían entre él y ella.

Lloró. Lloré. Lloramos. Mi marido estuvo al lado mío todo el rato. Me entregaron al niño para que lo pusiera contra mi pecho, lo que llaman contacto piel con piel. Era pequeño, estaba muy arrugado y envuelto en una gelatina blancuzca que lo hacía ver aún más extraterrestre. Todo fue muy rápido. Era mi hijo. ¿Era mi hijo? Era mi hijo, eso decían todos. “Mire ese bebé tan lindo”. Se lo llevaron, el papá fue detrás de él.

El niño tenía un mes cuando descubrí el botón. Fue accidental. No pensé que mis deseos se cumplieran con tanta facilidad. Nunca había escuchado hablar de un bebé que se pudiera apagar. Por eso la primera vez que ocurrió me asusté. Acababa de sacarlo de la tina y estaba secando sus axilas con la toalla cuando sentí que mi dedo gordo hundió una especie de bulto pequeño y escuché un click y él quedó cómo congelado. Me asusté, pero supe de inmediato que algo, alguien, había cumplido mi deseo. Volví a buscar la pequeña protuberancia debajo del brazo y la apreté de nuevo. Se volvió a mover, como siempre. A hacer los mismos ruidos pequeños con su boquita, a mover sus minúsculas manos. Terminé de vestirlo, lo acomodé en el moisés, le puse una cobija encima y volví a buscar el botón. Lo apagué y dormí un poco más de dos horas. Fui feliz.

Al principio no quise contarle a nadie acerca de mi descubrimiento. Solo lo usaba cuando estaba sola en la casa. Me permití dos horas diarias para dormir la primera semana. La segunda comencé a apagarlo también a la hora del almuerzo, así podía prepárame algo más que un sándwich de jamón y queso.

La tercera comencé a hacer uso del botón apenas mi esposo se iba a la oficina, para poder correr un rato en el parque. Regresaba, prendía al bebé, le daba de comer y lo bañaba, lo volvía a apagar para bañarme y dormir un rato. Luego lo prendía, le daba de comer y lo ponía bocarriba en su gimnasio para bebés un rato y después bocabajo, sobre la barriga, para que ejercitara los músculos. Lo volvía a apagar para almorzar y dormía otro rato. Luego lo prendía para montarlo en el coche y sacarlo a dar una vuelta. Esa rutina se me dio bien durante los primeros meses.

Levanté la caja. Olvidé las aletas. Decidí subirla al apartamento. Se veía apacible, pero estaba muy sucio y algo en mi corazón se sintió al verlo en ese estado. Con los cachetes negros de tierra, las manos cubiertas de polvo. La ropa olía a humedad. Pero él se veía bien. Agarré la aspiradora y se la pasé por todas partes. Lo saqué de la caja y sacudí las cobijas, también aspiré el interior de la caja y al perro de peluche. Busqué un trapo y lo humedecí para limpiarle la cara y las manos. Me quedé mirándolo un rato. Cómo me gustaba vestirlo con chaquetas que tuvieran orejas de oso redondas en la capucha. Se veía lindísimo así.

Un día mi marido llegó temprano de trabajar y me encontró dormida y con el bebé apagado en la cuna. Apenas lo vio, tan quieto, congelado, se aterró. Comenzó a sacudirme y a gritar: “¡Algo le pasó al bebé!”. Me asusté. Me senté en la cama y miré la cuna. Me calmé de inmediato. “Tranquilo, amor. Está apagado. Ya lo prendo”. Parecía que se le fueran a salir los ojos de las orbitas. Yo solo tomé al niño en brazos, apreté el botón y él comenzó a moverse tranquilo y a buscar mi seno. “Tiene hambre”. Mi esposo se sentó al borde de nuestra cama. Se agarraba la cabeza con incredulidad. Alimenté al bebé, le cambié el pañal y le puse la piyama. Mi marido no se movía aún. Esperé otro rato. El niño se durmió. Entonces por fin volteó a mirarme y me dijo: “¿O sea que el niño se pude prender y apagar?”. Esperaba que le dijera que lo que vio era mentira, que se lo había soñado, qué sé yo. “Sí, exacto. Tiene un botón en la axila. Lo apago cuando necesito descansar o comer. Pero no lo afecta. Él está divinamente. Míralo, es un bebé feliz”.

Pensé que me iba a reprochar, a decir que era una madre irresponsable, una loca. “¿Será que podemos dejarlo apagado el próximo fin de semana para ir a cine?”, preguntó con una sonrisa tímida.

Las cobijas y el muñeco estaban muy sucios y olían mal. A humedad. Decidí meterlos a la lavadora. Al fondo del gabinete donde guardo los detergentes encontré el jabón hipoalergénico con el que lavaba toda la ropa del bebé. Todavía tenía suficiente para un par de cargas. La ropa estaba igual de sucia, así que se la quité con cuidado y la eché a lavar también. Lo cubrí con el cobertor de la cama mientras tanto.

Comenzamos a apagarlo para salir a comer, ir a cine, visitar amigos, asistir a fiestas. En un principio acordamos que solo lo haríamos para casos especiales. De resto el bebé debía permanecer prendido. Después de hablar al respecto decidimos que el botón solo sería usado para ayudarnos como pareja. Para librarnos un poco de la falta de intimidad que sufrimos después de tenerlo, para unirnos más y darnos espacios para los dos.

La verdad es que yo seguí haciéndolo un par de veces al día sin contarle a nadie, para tener tiempo para cosas básicas como hacer ejercicio, arreglarme las uñas, ver una que otra serie, leer un libro, trabajar.

Cuando cumplió un año fuimos más osados. Lo dejamos apagado tres días y nos escapamos de vacaciones a la playa. Pasamos felices, como si nada hubiera cambiado. Al regresar comenzamos a hacer un uso más libre del botón. A veces desconectábamos a nuestro hijo por un par de días y dejábamos que la vida transcurriera como antes de que llegara él.

De la renovada diversión aparecieron los cuestionamientos. Mi esposo decidió que quería ver el mundo. Después de mucho analizar su vida, en las noches que yacíamos uno al lado del otro sin dormir ni hablar y con el pequeño apagado en el otro cuarto, descubrió que su más íntimo deseo era convertirse en un viajero porfesional, sin hogar ni rumbo fijo. Así que sin mayor preaviso un día me informó que planeaba irse a tener aventuras por el planeta durante dos años. Me dijo que me amaba, pero no quería que me quedara esperándolo, me pidió que rehiciera mi vida y encontrara mi felicidad.

Quedé tan devastada que se me olvidó volver a prender al niño. Después de unos cuantos meses decidí guardarlo en el closet y transformar su cuarto en un estudio. Colgué un televisor inmenso en la pared y conseguí un computador de pantalla gigante para el escritorio, puse una elíptica al lado de la ventana para hacer ejercicio todas las mañanas mientras veía algún programa por Netflix. En algún momento pasé al niño a la caja y la bajé al depósito. Pero ya no recuerdo hace cuánto. ¿Un par de años?

Apenas terminó el ciclo de la secadora procedí a volver a tender la caja con las cobijas y a vestir al chiquitín. Cuando ya estaba listo, con el pantalón azul y la chaqueta pensé que quizás ahora sería un buen momento para volver a encenderlo. Y eso hice. Busqué el botón. Oí el click. De inmediato mi hijo buscó abrazarme. Lo envolví con mis brazos. Se me había olvidado lo rico y caliente que se sentía su cuerpo contra el mío. Le puse la capucha del saco, como hacía cuando íbamos a salir al parque. Qué lindo se veía con esas orejas de oso. Cómo me gustaba vestirlo así.

“Mama”, dijo. “Mamamamamamamama”, repitió. Lo abracé de nuevo. Le besé las mejillas rosadas, regordetas. Busqué el botón. Lo apagué y lo volví a acomodar en su caja. Con el muñeco, por supuesto, para que no se sienta solo.

Later in the night he saw, strangely, the picture of himself as he had been before she came.  

He thought: ‘She has the power to wake the dead.’  – Tanja Blixen, Tempests

Aeropuerto, hoy, noche

En el Este cada día es distinto, dicen los libros antiguos. Está hecho de islas, cada isla es distinta, en cada una vive una bruja, y yo conocí a una de ella.

Se hacía llamar Gabriela Sloane, somos viejos ladrones y nos habíamos encontrado en un parque de Roma mientras se llevaban a cabo las indagaciones de un robo grandioso, sin saber enseguida que tampoco el otro tenía otra intención, ni dominaba otra cosa, que robar. Yo ya me había manifestado criminalmente una vez en su isla del Este, sin sospechar que ella había nacido allí en el año 5502 (bajo el nombre de Pesach Slabosky) y que había pasado allí su infancia de bruja. Mientras que ella estaba metida en su sótano como una zarigüeya, engrasando su Desert Eagle y mordisqueando un pancito mohoso y reseco, yo cenaba y me emborrachaba en el penthouse con Frobart, nuestra víctima. Ella venía desde abajo, cavando túneles, pasando a la fuerza por caños, pernoctando en sótanos, mientras que yo empezaba a trabajar directamente arriba, con cascadas de palabras cultas, halagos, una fingida nobleza de carácter. Desde siempre que he querido dominar el mundo, derramándome sobre él como agua de baño perfumada. Ella, en cambio, lo único que quería era robar y asesinar con toda tranquilidad y practicar sus sangrientas venganzas; hasta hoy no he descubierto para qué, nuestros modos de proceder eran muy diferentes. Pero a veces, en nuestras horas de gloria, ambos éramos jóvenes juntos y estábamos enamorados de la eternidad, porque nos separaban una y otra vez.

Gabriela Sloane, aquí estaba ahora con su conjunto verde en la sala de embarque del Leonardo da Vinci, no se le notaban los sótanos cuando emergía de ellos, ahora andaba quizá llegando a los treinta años, engañosamente joven, engañosamente pequeña, tensa como un resorte, el pelo y los ojos de un negro luminoso, y si yo guardaba aún alguna duda de si esta ladrona y asesina de una hora de gloria estaba capacitada y era mi amante, la mujer odiada, perdida y vuelta a encontrar, sus ojos desvergonzados no dejaban ni que surgiera esa duda. Cada una de sus miradas llegaba profundo; incluso el que a su lado succionaba ávidamente un periódico, y al que ella examinó con desconfianza, perdió de inmediato el dominio sobre su desconsolado interior y percibió los pensamientos asesinos de ella como una tinta negra que se expande en el agua. ¿Veía ella en él un peligro, un perseguidor? Nadie me puede haber seguido, seguirme a mí es completamente imposible, leí en su triste sonrisa del Este, que es tan antigua como los libros. Dos cadáveres, Frobart y señora, la Piazza Bologna en estado de agitación policial, con su furia pistolera me había puesto también a mí en gran peligro, apenas si lograron salvarme mi traje de noche y la nube de severa Eau de Toilette en la que estaba envuelto. Un killer no se pone un Terre d’Hermes cuando sale a hacer su trabajo, dedujeron los uniformados tras largas deliberaciones.

La seguí hasta el Duty Free Shop, oscurecido por sentimientos antiguos y poderosos como telones negros. Al fin quedamos enfrentados entre Baci di Dama Nocciola y Romantica Seifen. Pero ella se apartó para oler los jabones.

– Hola, Pesach.

­– ¿Lo conozco?

Entendí. Era más divertido si volvíamos a no creerlo, a no querer comprenderlo, si recelábamos el uno del otro y negábamos la alegría. Es que no solo somos ladrones, sino que por supuesto también somos mentirosos y soñadores, que se aceptan mutuamente como tales (pero nunca, hasta donde recuerdan mis sentimientos, estuvimos casados, como es práctica común entre mentirosos).

– Nos vimos en el parque que está delante de la casa de Frobart – dije – disfrazados de transeúntes. Tú tenías un visor nocturno, yo no.

Ahora ya no olía los jabones, sino sus negros mechones de pelo, toda inocente y absorta, como si el aquí y ahora en el Duty Free de un aeropuerto de noche excediera su imaginación. Desde siempre que ha sabido cómo transformar su así llamada “conciencia” en narcótico de un momento para el otro (sufría con frecuencia de pesadillas).

– ¿Dónde se consigue uno así?

– ¿Qué cosa?

– Visores nocturnos. Ya sabes que de tecnología no entiendo nada.

Se río con su risa perlas blancas y lengua roja.

– ¿Como los míos? Usted no está bien de la testa, señor pisaverde.

Qué encantadora la elección de vocabulario ligeramente anticuado, el hálito de los siglos que rodeaba a la bruja. Que ya quería irse a buen paso. Encontré su dedo meñique, del cual la retuve con mi propio dedo meñique.

– Te extrañé.

Ella observó nuestros dedos, se tomó tiempo para eso. ¿Iba a acordarse, al fin? Sin alzar la vista dijo despacio:

– Si no me suelta de inmediato, lo mataré aquí mismo junto a los jabones, pero nadie lo notará y tampoco para la humanidad será una pérdida.

Se lo creí a pie juntillas. Y dije:

– Pues bien, Gabriela. Hablemos de negocios.

– ¿De dónde sabe mi nombre?

– Porque te he robado el pasaporte.

Con satisfacción la miré revolver su cartera amarilla y sacar tironeando documentos de identificación cuya existencia jamás pudo comprender.

– Tres veces – sonreí – Pero siempre lo devolví.

Se quedó meditando frente a su pasaporte, como si la propia falsificación, la propia leyenda le resultaran ajenas, incomprensibles, un acertijo.

– ¿Quién es usted?

Je suis le poinçonneur des Lilas. Je fais des trous, des petits trous, encore des petits trous…

Y agregué:

– Y tengo la piedra preciosa de Frobart.

Desde el rabillo del ojo ella observaba todos los movimientos de unos niños llamativamente horribles, viajeritos frecuentes y malcriados, que irrumpieron en la sala apuntándose los unos a los otros con pistolas de agua. ¿Perseguidores? ¿O verdaderos niños? ¿Cómo haría para defenderse aquí de unos perseguidores en superioridad numérica? ¿Tenía un plan? ¿Algún arma invisible? ¿Cómplices que yo no hubiera visto hasta el momento? ¿Tenía un amante? La conocía lo suficiente como para saber que estaba tramando alguna cosa. Ahora además empezó a perforarme el zapato de charol con su taco.

– ¿Así que eso es lo que cree usted? Su piedra es falsa. La cambié por otra mía.

– ¿Reconoces entonces que nos conocemos? Fue hace mucho, es estremecedor, Pesach, debo pellizcarme.

Clavó su taco aun más profundamente.

– Y tú estás más bella que nunca. Por lo demás, he vuelto a cambiar tu piedra, la tuya es la falsa.

– Pero yo volví a cambiarla otra vez.

– ¿Crees que soy un amateur? Yo por supuesto que también.

– Pero yo otra vez más.

– ¿Cómo? ¿La mía no es auténtica?

– O quizá la mía. Usted me vuelve completamente meshigue.

– Gabriela, mírame, dime la verdad, ¿eres ?

Sacudió en silencio sus rizos negros. Hizo desaparecer un par de jabones en su ropa, el poder de la costumbre. Uno cayó al suelo. Ambos nos quedamos mirándolo fijo, como si hubiéramos perdido algo de valor incalculable.

De pronto Rosh Hashana

Mi nombre es Simone Frobart. He cenado con Pablo, en la Rue Gabrielle, ha hecho un bosquejo de mí, pero no me ha pintado. Tengo planeado un periodo azul, ha dicho, y tú de alguna manera no me pareces lo suficientemente azul. O sea que no es posible que haya robado el cuadro, pues no había ningún cuadro de mí, ¿entiende? Además, era el seis de octubre. ¿Usted no entiende? Se lo diré así: usted, Monsieur, anhela el nuevo siglo, mientras que nosotros no, pues ningún siglo ha sostenido jamás lo que había prometido. David y yo tenemos un hijo pequeño, un hijo bastardo, cuando sea grande quiere ser guarda de tren y hacerles agujeritos a los pasajes, más allá de eso no quiero pensar, más conversaciones sobre el futuro no quiero entablar, solo traen desgracia, siempre siento miedo, un miedo muy antiguo. A David nunca lo va a atrapar usted, hace tiempo que ya está en Biarritz o en algún otro sitio. Nosotros mismos ideamos y armamos los buscapiés, queríamos hacer un pequeño espectáculo de fuegos artificiales, solo para nosotros, es que de pronto era Rosh Hashana, la festividad. ¿No la conoce? ¿No viene a cuento? Lamento que hayamos volado por los aires el urinario público, en serio. No, no me río; sí, soy consciente de la seriedad de mi situación. David dijo: nosotros miramos el cielo nocturno, la oscuridad, pero las estrellas vencerán. Dice ese tipo de cosas. Lo admito, yo le enseñé a robar; por cierto, en una hija de alta alcurnia como yo no se llama robo, sino cleptomanía, un trastorno mental aceptado en mis círculos, es probable que de origen libidinoso. David se hacía muy el tonto al robar, y además siempre sentía compasión por las víctimas. No es cierto, por lo demás, que la compasión no sea amor, a menudo es el amor mismo. ¿No le parece gracioso que yo esté sentada aquí y que justo el que logró salvarse sea David, que es ciego? ¿Dice usted que solo se hace el ciego? Hm, ¡y tiene pruebas! Pero usted tiene pruebas para todo. Entonces David es más inteligente de lo que yo creía, pues en cuatro años no me di cuenta de nada. Iba tanteando la calle y la vida de manera tan tonta y encantadora que no quedaba más opción que amarlo, después él se enamoró de mi amor, cosas que pasan. Por lo demás, no le creo a usted ni una palabra, Monsieur, usted quiere separarnos, es algo que ya ha intentado mi padre, que es un traidor y que últimamente se persigna todas las tardes en Sacré-Coeur. David no me envió ningún billet doux, nunca tiene dinero. Nos escondimos un año entero en el sótano de mi padre, allí nuestro hijo vio la luz del mundo, fueron tiempos salvajemente románticos. Con gusto admito que fuimos vendiendo por migajas el mobiliario de mi padre, una a una de sus horribles piezas, él creía que era obra de fantasmas. Entonces, a modo de venganza, se volvió católico. Non, je ne regrette rien.

Una hora antes de su temprana muerte (la mató a golpes su padre), Simone le escribió una carta a David, con la letra vertical y oblicua, ilegible y hermosa, que había aprendido a los cuatro años, bajo un sol grande y muy querido, en otra vida, durante el exilio babilónico.

Queridísimo, me han liberado. El cuadro de Pablo está en un escondite seguro, ni siquiera a ti te revelaré dónde. Padre me ha desheredado, pero algún día venderemos el cuadro, y entonces nuestro pequeño Claude no tendrá que ser guarda de tren. Hoy, el resto del mundo celebra bailando alrededor de los faroles de gas, en el Bois de Vincennes hay fuegos de artificio, falsas estrellas de fuego que olisquean el cielo, no son nuestras estrellas, pero igual brillan. Todos gritan ¡que viva el siglo veinte!, y arrojan sus sombreros al aire. Aun cuando no estés ciego, te extraño. Nous allons changer le monde. Contéstame.

Entretanto en el Leonardo da Vinci

Gabriela Sloane y yo seguimos mirando fijo el jabón caído. El tiempo oscila un instante, como si se hubiera movido en círculos hasta sufrir un desmayo. ¿Cuándo había empezado todo esto? Yo no lo sabía. Ella tampoco lo sabía, o lo ocultaba. Nos golpeamos las cabezas al agacharnos al mismo tiempo para recoger el jabón. En el café de la sala de embarque, donde está todo prohibido menos respirar (quien nunca haya visto a las dos de la mañana el café de una sala de embarque en la que todo está prohibido no conoce los cansancios contra los cuales se mueve el planeta), nos tratamos con amabilidad. Breaking news en las pantallas, la mansión de Frobart, Frobart y su mujer como cadáveres, cada uno de ellos tiene adentro un cargador entero del Desert Eagle de Gabriela, se los llevan envueltos en lonas. Gente que opina, Frobart no era ningún desconocido, vieja familia, banco del Vaticano (una novedad para mí), de chico le había dado la mano al Duce. Bravo, digo yo, no vamos a salir de este lugar jamás en la vida. ¿Por qué nuestro avión está atrasado? Ya te han descubierto, enseguida estarán aquí. ¿Nuestro vuelo?, dice ella con esa mirada desvergonzada, con esa mirada de ¿volamos juntos? Le doy un beso. Tiene gusto a ruibarbo. ¿Creerá que voy a volver a perderla de vista ni una sola vez más? Me da un beso ensimismado que me pasa por el costado, un beso al aire.

En el Este, ruibarbo

El arte, el crimen, también el robo, se basan en (y son impensables sin) una atención y un somnolencia medio deliberadas, medio no deliberadas, una suerte de desmayada sensación temporal. Cada artista sabe cuán angosto es el borde entre la obra informe que aún dormita en la penumbra y el momento en que ya es demasiado tarde como para mejorar nada. La mayoría de los artistas y de los criminales oscilan entre estos dos estadios, pese a todas las buenas intenciones, y eso porque son demasiado haraganes, demasiado indiferentes, demasiados autocomplacientes, demasiado desatentos, demasiado vanidosos. Claro que este es un problema moral, pues todo arte y todo crimen son, en cierto modo, una lucha por la honradez, y hasta diría que por la inocencia…

Así habló Pauline, la modesta señorita de… (no se podía pronunciar su nombre, en rigor sus clases de estética no estaban permitidas, eran solo horas de tejido junto a la estufa).

Pero un beso puede cambiar el mundo, objeté con descaro.

No queremos saber lo que hacemos, respondió ella, hasta que es demasiado tarde como para cambiar alguna cosa. El espíritu humano, prosiguió, es un saco de harapos. El cuerpo, los objetos del mundo exterior, los recuerdos calientes, las fantasías cálidas, la culpa, el miedo, la vacilación, la duda, las mentiras, las pequeñas alegrías, los grandes dolores y mil cosas que casi no se pueden expresar con palabras coexisten en nosotros, coexistente también en usted, señor Frobart.

Nos hallábamos en una isla del Este llamada Weimar, donde la gente competía sin pausa por ver quién componía más poemas. La isla no era grande, estaba ubicada en un mar helado que todo el tiempo roía la isla, de modo que al final acabaría por lavarla, por disolverla, y tal vez solo quedara de ella un cristal de hielo. Me sentía incómodo en mi papel de haragán. ¿No estaba llamado a cosas superiores? ¿No llevaba en mí a un Nathan Frobart completamente distinto? A veces me arrodillaba y rezaba y pensaba: ha llegado el momento.

Luego besé a Pauline de… bajo las lilas. Ella tenía gusto a ruibarbo, que cocinaba en secreto y engullía en grandes cantidades por las noches en el sótano del castillo. Me enteré de que también ella se sentía ajena en Weimar y en su cuerpo y en el mundo. Ya habíamos estado aquí en una ocasión, creíamos, ya nos habíamos besado alguna vez bajo las lilas, en otra era. En aquel entonces éramos distintos (creíamos), intercambiábamos miradas desde ojos negros con forma almendrada, olíamos a cardamomo y mirra, a naranjas. Éramos como más azules, dijo Pauline. Como más viejos, dije yo. ¿Tenemos permitido hablar así, Nathan?, susurró ella, así hablan las brujas. No, así hablan los que aman, respondí.

Un beso cambia el mundo. De golpe el saco de harapos se ordena, todo lo interior se organiza, no hay ningún miedo, ningún temor, adentro solo hay sitio para ti.

Nos hicimos poetas, pero no escribíamos nosotros mismos. Nos servíamos de los otros, les quitábamos los manuscritos de debajo de las almohadas, les robábamos sus borradores y sus manojos de papeles. Tomábamos luego tijeras y recortábamos el conjunto en lonjas como si fuera carne curada, volvíamos a componerlo de nuevo y lo hacíamos imprimir bajo un nom de plume que he olvidado. Siempre llevábamos con nosotros una moneda para el barquero, yo en el monedero que me colgaba del cuello, ella en sus enaguas. Nuestra ansia, nuestro presentimiento de que con nosotros ocurriría algo grande, algo que conmovería al mundo, el reconocimiento universal probablemente, el sentido para el rumbo que tomarían nuestras vidas, se revelaron como correctos. Pero el camino era más largo de lo que habíamos imaginado.

En otra parte

Ahí no podíamos robar, porque estábamos muertos (asfixiados).

Retrato

Hoy es domingo. Nuestra casa no es más que escombros y ceniza, thank you, Mr. Wernher von Braun. En la Muswell Hill Broadway lloran los huérfanos. El padre está muerto, la madre no habló una palabra en siete días, hablaba con su corazón hasta que este se detuvo. Pensábamos que estaríamos a resguardo en Londres, las mujeres en colores rosados como mazapán tenían un efecto tranquilizador sobre nuestros nervios, los hombres de cuero suave y claro y levemente fruncido sonreían divertidos a veces, levantando una ceja, todo tranquilizador, también la vieja lengua del bardo, que tal vez conoce lo fuerte y estridente, pero no el ladrido. El rey Lear nunca va a ladrar, por más de que en Berlín vociferen todo lo que quieran. La tienda de mi padre, el viejo y querido Frobat’s Bookshop, puro escombros. Hurgando entre los tristes restos encuentro un viejo libro sobre la patria, las islas encantadas y las brujas maravillosas que habitan en ellas. Eran una posibilidad, estas brujas, pero mi patria no quería esta posibilidad. El retrato de una bruja sin edad, pequeña y de pelo negro azabache, con ojos que han visto muchas cosas y conocen secretos, me lleva a otra época, de cuando las islas aún estaban emplazadas bajo el sol cálido y a veces emergían del mar y paseaban por la tierra hasta establecerse en otra parte. Una mujer joven como yo, muerta hacía siglos, su nombre era Pesach.

El vuelo 0913 está listo para embarcar

De nuevo en el maldito Duty Free, escenario de los sentimientos reprimidos. Gabriela recordó que necesitaba urgentemente esto y lo otro, por ejemplo Toblerone. Pequeña competencia por ver quién podía hacer desaparecer como por hechizo más Toblerones bajo las cámaras giratorias.

– Cada vez somos mejores – dije.

– ¿Ah, sí? Escúcheme, en la caja se separan nuestros caminos. Y usted paga.

Tomó un cuadrito en miniatura, Roma bajo la lluvia, y me lo aplastó en la mano.

– Esto.

Me puse el cuadro a la altura de la cara.

– Estuviste a punto de besarme…

– …

– Es tarde, Gabriela Sloane. Usted está en peligro.

– ¿No fue siempre tarde?

– No en aquel entonces, en Babilonia – dije.

– …

– Podríamos ir a Londres y jubilarnos. Tengo un piso en Muswell Hill. O a París, ahí soy propietario de un pequeño hotel en la Rue…

– En ese parque – me interrumpió – delante de la casa de Frobart, cuando te sentaste descaradamente al lado mío sobre el banco, ¿te percataste de las palomas?

– ¿Palomas?

– ¿Te das cuenta? Todo el tiempo estás durmiendo, andas sonámbulo a través de nuestra vida, estoy podrida, tengo que liberarme de ti, me haces daño.

– ¿Palomas?

– Sí, palomas. Se paraban en semicírculo alrededor de nosotros, eran palomas bastante viejas que nos clavaban sus ojos duros. Y el cielo estaba tan azul y frío, ¿tampoco te diste cuenta? Él no nos ha perdonado. Y con esto anuncio el final irrevocable.

Ahora al fin me tocó, sus dedos (que también asesinaban) trazaron un pequeño círculo sobre mi mano, y dejó descansar su negra cabellera sobre mi hombro. Parecía como si buscara mi perdón. Por ser joven y bonita e incorrupta y por tener un futuro, mientras que yo era viejo y feo y un pecador y no tenía ninguno.

Lufthansa Flight 0913 now boarding… – la voz incorpórea.

Ay, Berlín, pensamos al unísono. Una ciudad que el destino nos había ahorrado misericordiosamente, alrededor de la cual nos había estado llevando en grandes círculos. ¿Qué buscaba ella en Berlín? A Diamond as big as the Adlon?

– ¿Eso fue Dios? – dije.

– ¿Como el mío?

– La voz.

– No lo aprendes nunca. Nosotros. Somos nosotros – se levantó – Por favor, no me sigas. Vuela a alguna otra parte, vuela a París, donde alguna vez fuimos felices, vive en nuestros recuerdos, necesito una interrupción, una pausa, de al menos un siglo, déjame simplemente sola.

– Sola… – seguí cavilando yo.

Y ella ya se había ido corriendo. Había olvidado lo rápido que podía correr, parecía como si hubiera pasado un pequeño relámpago por la sala de embarque. El resto del mundo hizo lugar, se apartó saltando, qué orgulloso estaba yo de ella. ¿Tenía razón en que necesitábamos una pausa? Primero debía convencerla de suspender los asesinatos, era algo que no estaba en nuestra naturaleza, el robo como una forma del arte era nuestra naturaleza, las palabras y las miradas eran nuestra naturaleza.

Durante el vuelo conversamos sobre visores nocturnos. Son estupendos, dijo ella, si por ejemplo trabajas en una casa con muchos sótanos, ves todo verde, es fantástico, como un sueño. La amaba cuando hablaba de cosas de la profesión, y ella lo sabía, éramos maestros de la distancia, entendíamos y honrábamos la distancia entre las estrellas en sus alojamientos nocturnos en el cielo. Tomó mi rostro en sus manos. Esta su beso no me pasó por el costado. Un beso puede cambiar el mundo, no hay momentos atemporales, aislados, encapsulados, inadvertidos, en los que podemos actuar a voluntad, para luego seguir con nuestras vidas como si no hubiera pasado nada. Hay besos de consecuencias graves. A veces hay que robarlos. Las almas que deambulan intranquilas lo saben. Y los ladrones ni hablar.

Al empezar el aterrizaje en la ciudad de Berlín, el avión empezó a bambolearse, luego a temblar peligrosamente, luego a barrenar, y todo se fue al diablo.

– Esto no puede ser cierto, Pesach, nos caemos. En medio de Europa.

– En efecto – dijo ella.

Me sacó la lengua y extrajo su moneda para el barquero de la cartera amarilla.

– Mejor que tengas tu moneda lista – dijo.

– ¿Has metido mano en esto?

– Tal vez.

– Pesach, Pesach…

– Tengo que decirte algo: también hay una bomba.

– Vamos a destruir medio Berlín.

– Puede ser.

– ¿Es realmente necesario?

Nous allons changer le monde. ¿Tienes miedo?

– Bien que te gustaría.

– Nunca hemos muerto juntos – dijo.

Yo quería decir: sí, oh sí. Pero guardé silencio. Siempre guardo silencio. No soy el único, pienso, y el otro también lo piensa, y así es como todos guardamos silencio.

– ¿Sabes por casualidad qué ha sido de nuestro pequeño Claude? – preguntó.

– Lo que siempre quiso ser, le poinçonneur des Lilas.

Je fais des trous

Des petits trous

Suspiré. Habría sido tan bello. Ella tomó mi mano.

– Baruch, por aquel entonces en Babilonia, el sol sobre nuestras cabezas, qué nuevos que éramos.

Después el avión cayó en picada con ciento veintinueve almas a bordo y explotó en lo profundo de la ciudad y extinguió muchas historias, pero solo de manera fugaz.

¿Tenemos solo una vida? Presumiblemente. ¿Podemos tejer alguna realidad cualquiera a partir de nuestros sueños y de nuestras nostalgias como en su tiempo hacían las parcas, una alfombra encantada y eterna que nos lleve volando por los aires y por los tiempos? Concluido, desaprendido. Y sin embargo, en nuestras horas de gloria somos dioses. Amamos en otra forma, bajo otro aspecto, a las personas que ya amábamos desde siempre, nada se pierde, solo cantamos una canción.

Éramos dioses. Ahora estoy solo en este sótano, sin luz, sin estrellas, sin visor nocturno, solo el pasado, que es un país extranjero. Pesach, ¿estás ahí aún? ¿O ya estás aquí? Contéstame.

Para Hanna


 

*Copyright © Martin Kluger, 2015.

*Traducido con el apoyo del Instituto Goethe.

Estas notas fueron encontradas en una carpeta de cuero, escritas en papeles sueltos de buena calidad. La carpeta estaba dentro de un viejo baúl, debajo de un tapado de piel de zorro comido por polillas, pequeños discos negros, varias agujas rotas, retazos de tela cosida hecha jirones y frascos medicinales vacíos, en un edificio declarado en ruinas, el último de varios que serían demolidos para dar lugar a viviendas modernas e higiénicas.

No pude haber nacido en ninguna otra ciudad más que en esta, una gran capital europea de arquitectura hermosa y llena de detalles: un castillo sobre el río, una extensión de cúpulas doradas y cobrizas con forma de cabezas de ajo, gárgolas, campanarios, trenes, postes de luz que parecen lunas atrapadas en vides negras, claraboyas como rocío sobre los edificios, fábricas, talleres, cabarets, un bosque de hierro, piedra, vidrio. Desde luego, no puedo imaginarme existiendo en un pueblo americano o siberiano, en un desierto, un valle. Sólo he visto lugares así en los libros, nunca he abandonado la ciudad en la que nací. Recibo muchas invitaciones para visitar casas de campo en países extranjeros, castillos, la costa, pero me asusta pensar que podría desaparecer al instante tras poner un pie fuera de esta ciudad, como una nube de smog.

Me siento en parte hierro forjado, en parte humano y, no voy a mentir, en parte alimaña.

Tengo ocho piernas, y la parte superior del cuerpo de un hombre normal. Cabello negro, nariz elegante y melancólicos ojos verdes, unos buenos dientes falsos hechos de colmillos de elefante; me hice extraer los verdaderos, como muchos caballeros de mi ciudad, para poder disfrutar de ricas comidas y bebidas sin visitas continuas al dentista. Hice que diseñaran mis dientes falsos para que fueran más afilados que los originales, más parecidos a colmillos. Muchos hombres, jóvenes y viejos, copiaron mi estilo.

Mi aspecto hace pensar en una araña, un paraguas, una marioneta.

Por cómo me muevo, parezco una mano grande con algunos dedos de más. Gracias a dios, sólo tengo un juego de genitales. La delicadeza y la sensación de tener uno entre cada pierna sería insoportable.

Los espacios entre mis otras piernas parecen axilas, pero un poco más firmes. Son peludos. Me saco el pelo con cera, para que haya menos ambigüedad al observar mi cuerpo desnudo. Cuido mucho de mis pies, cada uña está cubierta de esmalte brillante y transparente, cada planta bañada en polvo perfumado.

Mi ano está justo debajo de mí, mis nalgas son un círculo en el centro de mis piernas, como un sanitario sobre el que se sienta permanentemente mi torso. Me resulta mucho más fácil usar un orinal que un inodoro moderno, y los cafés que frecuento me proveen siempre de uno. Luego me limpio con una tela húmeda. Cuido mucho mi apariencia. Tengo trajes hechos especialmente a la medida de las proporciones de mi cuerpo, aunque algunos, incluyendo a mi doctor, han sugerido que me resultaría más cómodo usar una bata.

Nunca uso zapatos que no combinen, aunque algunos deben pensar que me gustaría, para exhibir mi vasta colección de calzado. Compro cuatro pares de cada zapato que quiero, y los uso todos a la vez.

Podría ser un arabesco de piedra que sale reptando de un edificio, o el artilugio complejo de un barbero, un fotógrafo o un matemático. Podría ser una de las tantas cosas que existen en la ciudad moderna, desempeño varios papeles en muchas fantasías.

Es imposible imaginar a mis padres, creo que simplemente surgí de la ciudad, salí de una rejilla humeante como Venus del océano. Hay muchos hombres en la ciudad, deformados por las armas y los cañones de la última guerra, a los que solo les quedan uno o dos miembros, o ninguno; de alguna manera son mis padres. Si no hay nada escandaloso en un hombre con un solo miembro, ¿qué hay de escandaloso en un hombre con ocho?

Cerca de mi departamento, en un pequeño vagón de madera afuera del metro, vive un soldado con un solo brazo y sin ningún otro miembro.  Siempre le daba monedas hasta que un día me preguntó si, en cambio, podía darle dos de mis piernas. Se rió, pero en sus ojos había tanta envidia, tanta avidez, que nunca más me detuve a darle nada. Me escapé corriendo sobre mis ocho pies, infinitamente valiosos, una abundancia de carne.

Según me contaron, me dejaron en la puerta de una iglesia, como una gárgola que se hubiera caído de la fachada. Me llevaron a un orfanato, pero yo era demasiado excepcional para estar mucho tiempo en un orfanato, pronto se corrió la voz sobre mí. Un puñado de mecenas amables y curiosos contrataron a una niñera para que me criara, tutores que me educaran, un doctor que velara por mi salud. Yo era el favorito entre las mujeres ricas. Nadie me poseía, me consideraban un hijo de la ciudad. Toda la gente importante me visitaba, me traía juguetes, libros, instrumentos musicales.

A pesar de que no estaba obligado a aprender alguna habilidad específica, o a resaltar mi diferencia con trucos extraños, como el enano de circo al que se le enseñan malabares y bailes, yo tocaba un poco el piano, tenía una bella voz y sabía aritmética. Pero sabía, desde muy temprana edad, que me dedicaría más que nada a placeres menos esforzados: comer, beber, leer, amar.

Mis piernas son algo débiles, largas pero un poco infantiles, a pesar de los ejercicios especialmente concebidos por mi doctor. Es necesario que camine con un bastón. Tengo uno con una araña plateada en el mango.

Muchas veces obligo a las mujeres a sentarse sobre mí a horcajadas, para no debilitarme demasiado. Duermo como lo hacen las flores, cerrado como un paraguas.

Tengo muchas amigas mujeres, y muchas me cortejan. Una de ellas, la esposa rica de un barón, mandó hacer para mí un tapado de piel de insectos. Hizo matar a cientos de abejas y tarántulas con la intención de seducirme, pero yo nunca había sentido tanta repulsión. Me importan profundamente las criaturas que otros desprecian: las arañas, las polillas, las ratas, los ratones, toda clase de insectos. Son mi especie.

Tengo dos ratas como mascotas, una blanca y una negra. Odilon y Claude, a quienes llevo conmigo a todas partes en una jaula de cuero y oro. Las alimento con almendras confitadas, pedazos de salchicha y naranjas. Me aprecian, les gusta trepar por mis numerosas extremidades, y yo mando hacer los trajes con algunos centímetros extra de género suelto para que puedan sentarse cómodamente entre mis piernas y la tela. La gente suele confundir sus contornos abultados con deformaciones adicionales de mi cuerpo, y se horrorizan cuando se mueven.

Soy la musa de la ciudad. Muchos artistas me han pintado, y hay una escultura de mi cuerpo –desnudo, excepto por un sombrero hongo– en un jardín público, sobre un pedestal que tiene tallado un poema escrito en mi honor.

Un arquitecto diseñó un pabellón de acero y cristal lleno de palmeras donde se puede tomar el té, que tiene una imagen en bronce de mi cabeza en la parte superior, y un teatro circular de mármol blanco y negro, donde el diseño de los arcos de mármol negro emula la forma de mis piernas.

También gano sumas considerables haciendo anuncios de absenta, loción para afeitar, obleas, agua con gas, botas, corbatas de moño, jabón, plumeros, joyas, trufas, seda, dulces de almendras, regaliz, máquinas de escribir, estudios de fotografía, pintura, hilo, té, perfume, café, aceite de bergamota, elásticos para las medias, galochas, ostras enlatadas, paraguas, cera para bigotes, medias de red, bastones, sombreros hongo y turrones.

Me niego a hacer anuncios de insecticida, aunque me lo han pedido varias veces. Cómo odio esos horribles negocios con ratas clavadas a la fachada, cajas de veneno, trampas para criaturas de todos los tamaños, algunas tan grandes que podrían atrapar a un niño desafortunado.

Cómo me gustan las cucarachas, los piojos, las pulgas, las palomas, las polillas, las ratas, los ratones, las arañas, los gorriones y, por supuesto, los cimex lectularius. Es gracias a mí que estos moradores de la ciudad tienen un lugar seguro. Usando mis amplios fondos creé un zoológico donde una selección de estas criaturas a las que llaman alimañas puede existir en fascinante proliferación, en un área cercada de la ciudad donde se construyeron túneles de vidrio para que los ciudadanos humanos puedan pasar sin molestias ni picaduras. Los visitantes les traen carne podrida, pan rancio, ropa y sábanas viejas. Para algunos es relajante, incluso adictivo, mirar a las criaturas propagarse, consumirse, morir; verlas existir en un espacio donde pueden vivir sin restricciones, sin veneno, sin escobas, trampas, felinos o perros.

Visto de lejos, mi zoológico parece una gran galería o una estación de tren. Tiene muchos techos de vidrio, y grandes frontones con frescos que muestran roedores o insectos. En la entrada hay una estatua de bronce de mí, con una rata en una mano y una polilla en la otra.

Me encanta el pabellón de las polillas, porque esas criaturas lo consumen todo. Las polillas están encerradas en una estructura que parece un invernadero. Cada mañana, un hombre con un traje como de apicultor abre uno de los paneles de vidrio y tira una bolsa de pan rancio y una pila de tapados. En esa profusión, los enjambres de polillas parecen franjas de tela marrón, o árboles tropicales extraños y siniestros, que se mecen con una brisa desconocida.

Dentro del pabellón de las ratas hay una maqueta en miniatura de nuestra ciudad, con los mismos edificios y calles, para que uno pueda mirar a las ratas, tan parecidas a los hombres, con sus manos y sus bigotes, hacer sus cosas: reproducirse, comer y digerir. Las cucarachas y los ratones se mantienen escondidos debajo de viejos colchones y sillones. Si uno golpea el vidrio de su jaula con un bastón o con el puño, se mueven de un escondite a otro, como tormentas de marrón y gris. Siempre llevo conmigo un par de prismáticos, para mirar las pulgas y las chinches.

El pabellón de las arañas es silencioso. Tiene tantas telarañas que, por su blancura, parece un paisaje ártico. Está siempre quieto, salvo por la comida de la mañana, cuando se sacrifican moscas y otras criaturas pequeñas. Para mí hay una gran diferencia entre una araña que necesita sangre, y por lo tanto debe matar, y el aplastamiento innecesario de arañas simplemente porque no nos gusta la apariencia de sus telarañas en nuestros alféizares. En el zoológico, el hilado de las telarañas es apenas perceptible para el observador, pero las arañas se comunican entre sí tocando sus telas como las cuerdas de un instrumento, una música armónica que se puede oír cuando todo lo demás está en silencio. Son arañas domésticas comunes, de los alféizares y las esquinas de mi ciudad. Algunas mujeres que creen en los augurios visitan el zoológico específicamente por las arañas, les rezan casi, les cuentan sus secretos y sus penas, como si sus palabras fueran a ser absorbidas por las telas. He oído que algunas mujeres jóvenes traen en estuches preciosos la pulpa de su menstruación para dársela a las arañas, creyendo que hacerlo les traerá amor, matrimonio, hijos, incluso la muerte. El cuidador del zoológico me ha mostrado esos estuches, parecidos a los que contienen anillos, pero manchados de sangre. Los guarda en su oficina, después de tirar los coágulos de sangre al pabellón de las arañas.

Yo también genero atenciones de ese estilo. Mujeres insatisfechas con sus maridos e incapaces de concebir vienen suplicando a mi departamento. A veces las ayudo, si los regalos que me traen son lo suficientemente exquisitos: una estola de piel, o un cajón de granadas o naranjas rojas envueltas en papel de oro, por ejemplo. Todos los niños que resultan de ello tienen mi rostro distinguido, pero ninguno tiene mis piernas múltiples. Algunas mujeres se ponían demasiado nerviosas o inquietas al verme desnudo, con mi falo extendido como una novena pierna. Las mujeres más capaces de tratar con una variedad de cuerpos diferentes eran las prostitutas. Me contaban sobre cientos de deformidades escondidas debajo de la ropa de los hombres. Nunca se sorprendían ni se escandalizaban. En público, yo pasaba la mayor parte del tiempo con actrices y cantantes de ópera. Tenía mi propio palco en todos los teatros y salas de ópera de la ciudad. Siempre usaba una capa negra y me sentaba al fondo del palco, escondido a medias en las sombras, para no desviar la atención de la obra. Era el hombre más famoso de mi ciudad, mi rostro estaba en todas partes. Era como un monumento tan grande que es visible desde cualquier lugar donde uno esté parado. Incluso habían escrito una ópera y un ballet sobre mí. El ballet se llamaba Hijo de Aracné. La ópera, La araña negra.

Me han pedido que suba al escenario, pero mi salud no me lo permite. Sería demasiado agotador, además de todas mis otras actividades.

Sin embargo, fue luego del estreno de Hijo de Aracné que caí en la desesperación. Para el pas de deux, un hombre y una mujer vestían tutús diseñados para parecer piernas múltiples (¡ah, ese equivalente femenino de mí que no existe!). ¡Cómo bailaban juntos, mientras yo afronto la vida solo! Compré una tarántula hembra en una casa de animales exóticos y la puse en una caja de cristal con forma de palacio, me acosté con cuatro prostitutas a la vez para estar inmerso en un revoltijo de piernas femeninas, y luego tomé prestado el traje de ballet e hice que una de las mujeres se lo pusiera, pero nada me satisfacía. Daba largos paseos nocturnos en mi carruaje. El carruaje mismo parecía una araña, e hice que diseñaran las cortinas de encaje para que parecieran telarañas. Yo seguía buscando; me parecía imposible que esta ciudad de fábricas, de tiendas especializadas –esta ciudad que podía producir cualquier cosa en grandes cantidades–, solo hubiera producido uno sólo de mi especie. Me detuve frente a las catedrales góticas y los balcones ornamentados, esperando que una amante parecida a mí bajara reptando de sus alturas.

Una de esas noches, conduciendo por un boulevard comercial donde las luces de las vidrieras permanecían encendidas toda la noche, divisé un muslo hermoso pero inhumano y le pedí a mi chofer que se detuviera. Era una tienda de máquinas de coser. La máquina de la vidriera tenía cuatro piernas, como plantas de hierro, un cuerpo de madera, un cuello curvado de metal como de cisne, una plataforma circular que hacía correr la tela, no muy diferente de la bandeja de un gramófono donde se coloca el disco, y una boca pequeña con un único diente de plata. Era una criatura moderna, inusual. ¡Qué hermosa música debía hacer! Su nombre era Florence, estaba escrito en la vidriera de la tienda. Florence. Me quedé ahí sentado en mi carruaje hasta que amaneció y abrió la tienda. Compré apresurado la máquina de la vidriera. Me preguntaron si quería que la desarmaran para llevar, pero hice que la colocaran así como estaba en mi carruaje. Conduje por la ciudad, mis piernas entrelazadas con las suyas, dos de mis pies apoyados en sus pedales con silueta de horma.

Los dueños de la tienda me dieron un catálogo de máquinas de coser; todos sus nombres eran cautivantes: Cleopatra, Condesa, Dolly Varden, Daisy, Elsa, Alexandra, Diamante, Gloria, Pequeña Joya, Godiva, Jennie June, Perla, Victoria, Titania, Princesa Beatrice, Penelope, Reina Mab, Emperatriz, Anita, Bernina, Pequeña Maravilla, pero ninguna lo era más que mi Florence, que iba sentada frente a mí.

De vuelta en mi departamento, intenté traerla a la vida. Puse un pañuelo de mi bolsillo debajo de su boca, le di de comer hilo de la mejor calidad, apreté el pedal, pero ella era terca. Me insultó con largas puntadas irregulares, líneas toscas sobre mi pañuelo. Lloré, la abracé con desesperación, besando el cuerpo metálico, pero ella estaba quieta y glacial.

Florence quería decirme que necesitaba una mujer que la asistiera, una dama de compañía. Le pedí a uno de mis sirvientes que llamara a una de las prostitutas que yo solía frecuentar y que la trajera en mi carruaje lo antes posible. Se llamaba Polina y su cabello negro y enrulado me recordaba a las piernas de Florence.

Luego de desnudarse, le dije que se sentara a la máquina y cosiera.

Ella apretó el pedal y se rió, tirándome un beso. Se levantó y trató de venir a sentarse conmigo en la otomana, pero le exigí que volviera a sentarse junto a Florence. Hizo una mueca de enojo y se quejó: qué utilidad tenía que supiera cómo usar una máquina de coser. Su Madama le arreglaba la ropa interior cuando esta se rasgaba. ¡No servía! Necesitaba una profesional, una costurera. Le dije a Polina que se fuera. Inmediatamente escribí un aviso para el diario y lo envié por telégrafo para que se publicara la mañana siguiente.

SE BUSCA

COSTURERA

Ay, aquellas pobres criaturas con gafas, que vivían en sótanos y áticos, alimentándose de sopas aguadas y latas abolladas de pescado, con las espaldas jorobadas, los dedos flacos y callosos. Sí, había algo de insecto en ellas. Entrevisté a muchas, y me decidí por una joven criatura, aún no deformada por su profesión. Su cabello era del mismo color castaño que el torso de madera de Florence. Hice que la midieran, y le encargué un vestido de encaje negro que tenía el mismo estampado que las piernas de Florence. Compré rollos de seda blanca, negra y dorada, para que Florence me hablara a través de ellos.

La chica se ruborizó cuando se puso el vestido, se veían sus pechos y su trasero a través de la tela. Me senté cerca y le pedí que se sentara con Florence y comenzara.

Ah, esas puntadas como marcas de lápiz labial sobre servilletas de papel, dulces poemas. La chica trabajó y trabajó, acariciando a Florence en una hermosa danza. Apreté las telas terminadas sobre mi pecho. No quería que la chica se detuviera, cerré las cortinas. Ambos nos hipnotizamos; no sé cuánto tiempo pasó, pero miré y miré, mientras le decía a la chica, respirando rápido, “¡No pares, no te detengas!”, hasta que ella colapsó, la tela se enredó y la boca de Florence se fue deteniendo hasta quedar inmóvil.

Florence, mi amante, había matado a la costurera. Mi estufa era más decorativa que utilitaria, una caja verde y negra con tantas figuras ornamentales y rostros como una sala de ópera. Yo comía en restaurantes, y no usaba la estufa más que para calentar azúcar, así que me llevó todo el día quemar los restos de la costurera, a la que corté en pequeños pedazos del tamaño de un mejillón, no sin antes quitarle el vestido, por supuesto, y colocarlo con cuidado sobre Florence, que era su verdadera dueña.

Muchas veces estuve tentado de llevar el cuerpo de la costurera a mi zoológico. ¡Ah, cómo la consumirían en un instante las ratas, las polillas y las pulgas!

Había pasado días, noches, en compañía de Florence y la costurera, sin noción del tiempo. Cuando el cuerpo de la costurera se quemó por completo, yo estaba hambriento, enormemente debilitado. Besé a Florence y fui a un restaurante. Comí mi comida rápido, estaba impaciente por volver junto a Florence, pero necesitaba otra costurera. No podía usar el mismo diario.

Esperé en mi carruaje cerca de una fábrica de ropa y cuando las chicas salieron para volver a casa, me acerqué y hablé con una que me atrajo; el mismo pelo castaño, el mismo tamaño que mi primera costurera, para poder reutilizar el vestido. Antes de empezar, le di a la chica una comida traída desde el restaurante, para que durara más tiempo, pero no tan pesada como para ponerla letárgica.

Leí los listones de tela, sus puntadas finas, rectas, un lenguaje misterioso y vigorizante, una gran novela de amor para mí. Me envolví en ella, sólo dejaba el departamento para comer, para buscar más costureras, para comprar más tela.

En honor a Florence, abrí un museo de máquinas de coser que, además, me proveería de un flujo constante de costureras. Lo llamé Museo Florentina, y era un edificio de hierro y cristal que parecía una magnífica telaraña. A mis mecenas les encantó la idea, aunque nunca habían cosido. Sería un reconocimiento al trabajo de las mujeres, y me dieron el dinero que necesitaba. El museo se planificó bajo mi dirección, y los fabricantes de máquinas de coser donaron modelos y aportaron más fondos.

Las costureras venían al museo los fines de semana de a montones, por la extraña curiosidad de ver máquinas diferentes de las que ellas usaban o porque tenían miedo de estar lejos de ellas. Nadie las amaba, de modo que dirigían su afecto hacia las mismas máquinas que las destruían. No tenían máquinas de coser en casa, no podían pagarlas. El simple hilo y aguja no les bastaba, así que venían a mi museo en sus horas libres, con sus corazones solitarios deseosos de ver un pedal, una rueda. Las máquinas habían desfigurado a las costureras, estas ponían toda su juventud y belleza en vestidos, cortinas y trajes. Era fácil reconocerlas: la piel pálida; los ojos cansados sobre semicírculos violeta, como anteojos de un color violento; la bizquera; los dedos consumidos, casi como agujas, escondidos en guantes baratos; las piernas temblorosas que habrían sido musculosas de tanto pedalear si hubieran tenido más carne para comer.

El museo tenía un café al que yo iba todos los fines de semana para tomar anís y pasteles de crema de pistacho y café en pequeñas tazas negras y doradas. Las costureras se sentaban a las mesas de hierro forjado con arabescos, balanceando las piernas. Usaban sombreros y zapatos hechos de cartón negro, y llevaban bolsitos llenos de pastillas de hierro y tónicos, que solían darles en la fábrica para mantenerlas con vida, y que ellas tomaban con el café.

–Si pudieras hacerme un corto trabajo de costura, tengo una máquina, unos pijamas de seda que se rasgaron, qué dedos tan finos tienes, te pagaré, por supuesto, y también te daré la cena, un buen filete, un pollo asado.

Perdían la noción del tiempo, no había relojes en mi departamento con este fin, las cortinas estaban cerradas, el aire era denso a causa de la estufa y las lámparas de gas. Las hacía trabajar durante días, y se hipnotizaban, al igual que yo, mirando cómo se movían las hermosas extremidades de hierro de Florence.

Pero llegó un punto en que mirar a las chicas languidecer de cansancio, ver cómo la máquina las consumía, sentir la tela cubierta de puntadas doradas, negras, verdes y rojas ya no fue suficiente. Quería estar involucrado en el proceso, ser tocado por Florence.

Me abrí la pierna con una navaja y le dije a la costurera que estaba sentada frente a Florence, una criatura débil con una fina trenza negra:

–Cóselo, querida. No, no hay necesidad de llamar a un médico, sólo cóselo, querida, en la máquina.

Sin limpiarme la sangre, coloqué una de mis piernas debajo, pálida y cubierta de vello negro, como un rollo de tela aplastado por el peso de alguien dormido, y le ordené a la costurera que cosiera, con la carne fría y metálica de Florence suspendida sobre mí. ¡Qué alivio, qué dicha, qué dolor con esa primera puntada!

Para mí, eran pinchazos de amor. No eran tan legibles ni tan parejas como las puntadas sobre la tela, pero eran igual de hermosas.

Enseguida mis ocho piernas estaban cubiertas de puntadas y cicatrices, como un muñeco de trapo. Los besos de Florence. La pérdida de sangre me debilitó en extremo.  Empecé a caminar con dos bastones en lugar de uno y empecé a tomar pastillas de hierro y tónicos, igual que las costureras. Casi no tenía apetito por la comida, estaba demasiado enamorado. Para mis visitas al zoológico compré una silla de ruedas que empujaba uno de mis sirvientes, pero más allá de eso, no salía de mi departamento, rechazaba invitaciones, ya no modelaba. Sólo mis criaturas del zoológico, pensé, entendían mi deseo ardiente de Florence, mi hambre interminable de la tela cubierta de sus puntadas, de sus puntadas sobre mi piel. Compré una bolsa de pelucas para las polillas, salchichas para las ratas y una jaula llena de gatitos para las pulgas. Las miré comer, y luego volví a casa.

Las pocas veces que recibía visitas entre medio de las costureras –para no levantar demasiadas sospechas, ya que antes había sido tan sociable– cubría a Florence con una tela. No quería que vieran algo que para mí era tan íntimo.

Deshacerme de las costureras usadas era agotador, compré una estufa más grande, con el argumento de que sufría el frío cada vez más. Ni siquiera podía pedir ayuda a mis sirvientes. Despedí a todos menos a uno, el que conducía mi carruaje. Cuando fui a ver al doctor, me rehusé a que me mirara las piernas; le dije que me había atacado el perro de una amiga. El doctor me respondió que tenía que dejar de verla de inmediato y mantenerme alejado de los perros. No podía permitirme perder más sangre, necesitaba más que el común de las personas a causa de mis miembros extra; mi corazón estaba sobreexigido.

Ay, sí que lo estaba, pero él no sabía hasta cuánto. Le dieron asco mis puntadas. ¿A qué horrible cirujano clandestino había acudido, y por qué? ¿Por qué no había ido a verlo a él, mi doctor de cabecera desde la infancia? Me dio un frasco de líquido antiséptico para ponerme en las heridas. Me juré no volver a visitarlo.

Tenía pilas de telegramas, invitaciones, cartas, diarios, pero lo único que leía era la tela de Florence, sí, y sus pinchazos de amor, creo que está empezando a amarme; yo la alimento, ella escribe y escribe

La última página termina con una mancha borrosa, es demasiado vieja para que el ojo desnudo pueda determinar si se trata de sangre, tinta o alcohol.

Me llamo Tomás, tengo treinta años, vivo con mi padre. Somos dos solitarios en una casa grande que se cruzan a horas insólitas y se tratan con respeto, pero podemos pasar días enteros sin vernos. Los jueves viene una señora que barre los pisos, lava los platos acumulados y deja brillantes los muebles. Tengo un hermano mayor, ingeniero en sistemas, que vive en las sierras con su familia, y a veces los vamos a visitar. Nos turnamos al volante, porque a mi padre se le cansa la vista. Salimos el sábado temprano y volvemos el domingo después del almuerzo, para no agarrar la ruta congestionada.

Pero lo que quiero contar es otra cosa. Algo que no le conté nunca a nadie.

Mi hermano, el de las sierras, no es el original. Es algo en el cuerpo de mi hermano, algo que lo reemplazó. Hace muchos años desapareció en el “bosquecito” y nunca volvió. Quiero decir: volvió, pero ya no era él. No es que estuviera distinto, o cambiado. Era otro, directamente. Otro que se metió en nuestra familia y la devoró por dentro.

Fue un 13 de abril. Me acuerdo bien de la fecha porque coincide con el cumpleaños de mi madre. Esa vez cayó domingo y comimos un asado en un parador, al borde de la ruta 9, yendo para Zenón Pereyra. Los domingos los asadores se llenaban de gente que estacionaba bajo los árboles y se pasaba el día entero ahí, oyendo el partido con la puerta del auto abierta, pero en ese domingo en particular no había casi nadie. Una pareja sola, que comió y se fue temprano.

Bueno, detrás de los asadores, cruzando un alambrado, estaba el bosquecito. Era un monte de esos árboles que se llaman siempreverdes, que habían nacido regados por la desembocadura del canal y cuyas hojas podridas formaban un colchón en el piso. Si uno se metía cien metros el lugar se ponía feo, con pedazos de vidrio emergiendo del barro, chapas podridas, perros muertos inflados por la descomposición y ratas del tamaño de un gato saliendo entre los escombros. De ahí vino lo que ocupó el cuerpo de mi hermano.

Hay una foto de esa tarde. La tengo cerca mientras escribo, porque marca el momento exacto en el que todo comenzó a deteriorarse. Ahí estamos los cuatro, frente los árboles, a un costado asoma la cola celeste del Dodge. Mi madre todavía es joven y tiene un ojo cerrado porque el sol le da en la cara. Un cigarrillo humea entre los dedos de mi padre. Mi hermano sonríe, con los auriculares del walkman colgados del cuello. Es una sonrisa maravillosa, una sonrisa que dice: mírenme, tengo diecisiete años, soy nuevo en el mundo, estoy lleno de brasas. Su sonrisa está congelada en esa foto: es la última vez que la vamos a ver.

Después de esa foto comimos la torta y mis padres se tiraron en las reposeras y se quedaron dormidos. Yo me senté contra un árbol y me puse a leer una revista de historietas. No vi lo que hacía mi hermano. Pasaron, no sé, diez o quince minutos. Entonces mi madre abrió los ojos y me preguntó por él, con las cejas fruncidas por la preocupación. A lo mejor había tenido una pesadilla, uno de sus “pálpitos”. Levanté los hombros: no sabía. Mi madre se acercó al alambrado y lo llamó. Gritó varias veces su nombre. Despertó a mi padre y lo llamamos entre los tres. Después oímos el chasquido de una rama al quebrarse y mi hermano salió de entre los árboles con los walkmans puestos. Se quedó mirándonos. Recuerdo esa expresión y me da frío.

­Sacate eso de las orejas haceme el favor­ lo retó mi madre.

Mi hermano tardó en reaccionar. Cuando lo hizo, movió la mano para sacarse los auriculares con un gesto que no era para nada suyo. Entonces sospeché que algo andaba mal, algo difícil de definir. Pero no dije nada, ¿qué iba a decir? Nos subimos al auto y volvimos a casa.

Al mes lo llevaron a un médico, el primero: el doctor Ferro. Le hizo radiografías de la cabeza y algunos exámenes, después habló con mis padres. Físicamente, dijo, mi hermano estaba bien, a lo mejor el problema tenía que ver con la adolescencia, la efervescencia hormonal, el rechazo del mundo, incluso la depresión, ¿quién no se deprime a los diecisiete años?

Así que les dio el número de un sicólogo, que habló con mi hermano y les repitió a mis padres el diagnóstico de Ferro: era un chico sano, perfectamente sano. Un poco callado, un poco retraído, pero sano.

Usted no entiende ­ dijo mi madre. ­ Ese chico es otra persona. No es mi hijo. El sicólogo levantó los hombros.

La personalidad de su hijo está fluctuando por la edad. Va a tener que aceptarlo así.

Pero mi madre no lo aceptó. Lo llevó a otros médicos, a un homeópata, a un parasicólogo, a curanderas. La idea la obsesionaba. Con el tiempo comenzaría a perder el control de su vida: a fumar en exceso, a descuidar su aspecto personal, a sufrir largos períodos de insomnio en los que la idea rebotaba en su cabeza como una pelotita de pinball. Mi hermano era otro y ella no podía estar cerca. No soportaba su presencia. Antes era una pesada que lo despeinaba y le decía que estaba cada día más churro, cosas que hacen las madres con sus hijos, pero desde la tarde en el bosquecito no lo tocaba. Incluso le costaba estar cerca suyo: enseguida se ponía nerviosa. Lo mismo nos pasaba a mi padre y a mí: una parte de tu cuerpo sentía una repulsión instintiva hacia él. Ganas de irse lejos y no volver nunca.

No hablamos mucho del tema. Con mi padre recuerdo haberlo hablado una sola vez. Estábamos sentados en el auto, frente al pabellón de deportes donde yo tenía mi hora de gimnasia. Él había insistido en llevarme, aunque siempre me iba caminando o en bicicleta, y cuando me estaba por bajar me dijo que quería preguntarme algo. Pensó un rato:

­¿Vos te diste cuenta? Hice que sí con la cabeza. ­Respira distinto­ dije.

Yo compartía habitación con él y lo oía de noche. ­¿Cómo distinto?

­Distinto, raro. Respira como si fuera otra persona. Y a veces prendo la luz y está sentado en la cama, con los ojos abiertos. Me da miedo.

Mi padre se quedó callado un rato y al final dijo:

­ Tu mamá está deprimida. Ayudala, no la hagas renegar, portate bien, ¿sí? Estuve a punto de contarle de los sueños. Del sueño que había tenido la noche anterior. Pero preferí no hacerlo.

­Sí­ le dije, y me bajé del auto.

Los sueños eran todos más o menos parecidos. Mi hermano andaba por la casa sin prender la luz ni hacer ruido. Se acercaba a las fotos colgadas en la pared y las miraba. Se acercaba a mi cama, se acercaba a la cama de mis padres, nos miraba. Sus ojos eran completamente negros. Después volvía a acostarse.

Mi madre también soñaba, pero no lo supe hasta mucho después. Soñaba con ­como lo llamó­ tu “verdadero hermano”. Mi verdadero hermano, me dijo, estaba en el interior de un pozo, en la tierra. Era un pozo muy profundo, la salida se veía como una moneda de luz en lo alto, y él se había roto las uñas tratando de trepar. Estaba flaco, se le notaban las costillas. Gritaba y gritaba.

­Me despierto angustiada, y le pido a Dios no soñar de nuevo con eso ­ me contó mi madre. ­A veces Dios me escucha.

Un día mi madre lo miró y le dijo: ­¿Por qué no te vas?

­Tranquila­ dijo mi padre.

Estábamos almorzando con la televisión prendida, era un sábado o un domingo. Mi hermano pinchó un raviol, se lo llevó a la boca y masticó sin quitar los ojos de la televisión.

­Yo sé quien sos. Lo sé muy bien ­ dijo mi madre, asintiendo. ­Tranquila­ repitió mi padre.

Mi madre se levantó y fue a fumar al patio.

En ese entonces ya éramos una familia solitaria. Unos meses después del incidente del bosquecito los amigos de mi hermano dejaron de venir. No dieron explicaciones. Después mi madre se encontró con uno en la calle, que le dijo que quedarse solo con él le ponía la piel de gallina, y le mostró el brazo: recordarlo también le ponía la piel de gallina. Con los parientes pasó lo mismo. Incluso con algunos vecinos que antes siempre andaban dando vueltas por casa. Mi hermano los incomodaba. Así que también ellos dejaron de venir.

Yo me despertaba gritando por las noches y mi padre prendía la luz. ­¿Le hiciste algo?­ le preguntaba a mi hermano.

Hablaba con violencia, como si estuviera a punto de pegarle una trompada.

Mi hermano se daba vuelta y se hacía el dormido.

No sé cuánto duró esta situación. Meses probablemente. Meses de comidas tensas, meses de mi madre llorando a escondidas en el lavadero, meses en los que todos preferíamos estar en cualquier parte menos en casa. Una mañana la portera vino al aula y habló con la maestra en voz baja, mirándome. Después la maestra me pidió que guardara los útiles. Mi padre me esperaba en la entrada. En su cara advertí que algo había pasado, algo feo.

­Tu mamá tuvo un ataque de nervios­ me explicó en el auto, negando con la cabeza. ­Quiso cortar a tu hermano con un cuchillo.

Después supe que mi madre había cometido el error de contarles, primero a la policía y después a un sicólogo su teoría sobre el cambio de mi hermano. Les explicó que había sido reemplazado por un espíritu que vive en la madera de los árboles, algo que había leído en alguna revista. El espíritu viviría en su cuerpo hasta desgastarlo, y luego saltaría a otro, y a otro, y a otro. Era como un parásito. Y lo que ella había hecho fue intentar liberarlo. Eso les dijo.

La llevaron a un hospital siquiátrico y por quince días no nos dejaron verla. Se estaba estabilizando, le explicó el siquiatra a mi padre. Fuimos por primera vez un domingo a la tarde. Mi hermano tenía gasas pegadas con cinta en la cara y los brazos, porque en algunos cortes debieron hacerle puntos. Nos sentamos en una mesa de cemento, en el patio, mirando a las internas que recibían las visitas de sus familias.

Al rato una enfermera la trajo. Era una mujer corpulenta y llevaba a mi madre del brazo. Mi madre caminaba arrastrando los pies, con un equipo de jogging celeste y las manos extendidas, como si estuviera ciega. Cuando reconoció a mi hermano, a lo lejos, empezó a gritar y luchar en los brazos de la mujer. Tuvo que acercarse otra y entre las dos la sujetaron y le pusieron una inyección.

Desde entonces, sólo vamos mi padre y yo.

Vamos los domingos, y hace más de veinte años que repetimos el ritual. Le llevamos cigarrillos, chocolate, revistas. Mi madre está cada vez más ausente, más abandonada: cuando se inclina para hablarme al oído puedo oler la fetidez de su aliento, un olor denso, pesado. Siempre me dice lo mismo.

­ No te vayas a quedar solo con ese. Es malo, está lleno de odio. Nos odia a los tres. Nos odia porque somos distintos. ¿Vos me entendés, mi amor?

Yo le digo que sí. Que entiendo.

Cada familia tiene su canción, la canción que canta todos los días. Una canción hecha de pequeños gestos que les permite vivir juntos, dejar pasar el tiempo, no pensar. Mientras se canta esa canción, el fuego arderá en alguna parte. Y si la canción se calla, la familia explota como una gran bomba y sus miembros son esparcidos como esquirlas en cualquier dirección. Por eso cantamos todos los días lo mismo: para permanecer juntos. Para que el fuego siga encendido.

Hace unos meses tuve que hacer un viaje en uno de esos colectivos lecheros. Fue desastroso: las luces individuales estaban rotas, el asiento no se inclinaba, la calefacción era excesiva. En algún momento desperté, ofuscado: el ómnibus estaba detenido en la terminal de un pequeño pueblo. Tenía tres plataformas y estaba casi a oscuras. En el piso grasiento había un perro dormido, y contra una columna un hombre de pie, con un gran bolso Adidas al hombro. Me acuerdo que pensé: qué deprimente vivir en un pueblo así. Y entonces volví a mirar al tipo y era mi hermano. Sentí una aguja helada en la columna vertebral: era mi hermano, era mi hermano, era el verdadero, con algunas hebras grises en el pelo y algunos kilos extra, pero era él, Dios y la Virgen Santa. Tendría que haberme puesto de pie, haber detenido el colectivo, haber gritado como loco, pero la verdad es que me quedé clavado al asiento. El colectivo empezó a retirarse de las plataformas y no pude hacer nada. Me tapé la cara y estuve así un buen rato, hasta que las luces del pueblo quedaron atrás y nos sumergimos en la oscuridad monstruosa de la ruta.

Ahora estamos sentados en el patio de su casa de las sierras, mi hermano y yo. Es un domingo cualquiera, un domingo cálido que anuncia la cercanía del verano. Hace un rato que mi padre, la mujer de mi hermano y su hijo duermen la siesta adentro. Pero nosotros nos quedamos acá, bajo los árboles, mirando las montañas y oyendo el rumor de un arroyo que pasa cerca. Disfrutando de la tranquilidad. No hemos dicho una palabra en veinte minutos.

Miro a mi hermano. Él me mira.

¿Quién sos?, tendría que preguntarle. ¿Qué sos?

Pero prefiero no saberlo. Después de todo, es mi familia.


*Este cuento fue publicado en: El loro que podía adivinar el futuro, editorial Nudista, 2014.

Llegamos a Martingdale a mediados de noviembre, y el lugar nos pareció de todo menos romántico o agradable. Los senderos estaban húmedos y enlodados, los árboles carecían de hojas y no había flores salvo unas rosas que florecían tarde en el jardín. Había llovido mucho en los últimos meses, y la propiedad daba pena. Clare no quiso invitar a Alice para que le hiciese compañía durante los meses de invierno, como había sido su intención; y en cuanto a mí, los Cronson seguían sin aparecer por New Norfolk, donde se suponía que pasarían Navidad con la vieja señora Cronson, por fin recuperada.

En general, Martingdale presentaba un aspecto bastante inhóspito, y los cuentos de fantasmas con los que nos habíamos entretenido mientras el sol bañaba las salas se volvían cada vez menos irreales cuando lo único con lo que contábamos, para disipar la oscuridad, eran chimeneas encendidas y velas de sebo. Cobraron más realidad cuando un criado tras otros nos abandonó para buscar empleo en otros sitios, los ruidos se hicieron más frecuentes en la casa y Clare y yo empezamos a oír con nuestros propios oídos los pasos, los golpes y la cháchara que se nos habían descrito.

Estimado lector, sin duda usted está libre de supersticiones. Niega la existencia de fantasmas y “solo desea hallar una casa encantada donde pasar la noche”, lo cual es muy valiente y loable de su parte; pero ya quisiera verlo en una vieja mansión de campo desolada e inhóspita, donde resuenan los sonidos más inexplicables, sin un solo criado a excepción de un viejo conserje y su mujer que, al vivir en un extremo de la residencia, no oyen los pasos y el pum, pum, pum que tiene lugar a todas horas de la noche.

En un principio creí que los ruidos eran producto de gente malintencionada que buscaba, por motivos personales, mantener la casa deshabitada; pero poco a poco Clare y yo llegamos a la conclusión de que las visitas debían ser sobrenaturales y que, en consecuencia, Martingdale era imposible de alquilar. No obstante, dado que éramos personas prácticas y que, a diferencia de nuestros predecesores, no teníamos dinero para vivir dónde y cómo nos pluguiera, decidimos esperar a ver si era posible determinar una influencia humana en el asunto. Si no, convenimos que derribaríamos el ala derecha de la casa, así como la escalera principal.

Durante unas cuantas noches nos quedamos despiertos hasta las dos o las tres de la madrugada, Clare ocupada con sus labores y yo leyendo, con un revólver en la mesa que se hallaba a mi lado; pero nada, ni un sonido ni una aparición, recompensó el esfuerzo de la vigilia. Aquello confirmó mis primeras sospechas de que los sonidos no eran sobrenaturales; pero a fin de asegurarme decidí que, en nochebuena, en el aniversario de la desaparición del señor Jeremy Lester, haría guardia yo mismo en la habitación roja. Ni siquiera comuniqué mis intenciones a Clare.

A eso de las 10.00, cansados de las noches que habíamos pasado en vela, los dos nos retiramos a descansar. Con cierta ostentación, quizá, cerré sonoramente la puerta de mi habitación y, cuando la abrí media hora más tarde, salí por el pasillo en mayor silencio y con mayor cautela de lo que habría podido hacerlo un ratón. Me senté a oscuras en la habitación roja. Durante más de una hora no vi en ella más de lo que habría podido ver en mi tumba; pero al final de ese periodo salió la luna y proyectó un extraño relumbre en el suelo y en la pared de la habitación encantada.

Hasta entonces había hecho guardia frente a la ventana, pero en ese momento me situé en un rincón cercano a la puerta, donde me ocultaban las pesadas colgaduras de la cama y un antiguo guardarropas. Continué allí sentado, pero siguió sin oírse nada. Me pesaba la fatiga de tantas noches y, cansado de hacer guardia solo, al cabo me quedé dormido, para despertar al oír la puerta que se abría con delicadeza.

—John —dijo mi hermana, casi en un susurro—. John, ¿estás aquí?

—Sí, Clare —contesté—. ¿Qué haces levantadas a estas horas?

—Ven abajo —contestó—. Están en el salón revestido de encina.

No tuvo que explicarme a quién se refería; la seguí escaleras abajo, avisado por su mano alzada de que era necesario hacer silencio y andar con cautela. Junto a la puerta abierta del salón, Clare se detuvo y los dos miramos dentro.

En esa habitación que por la noche dejábamos a oscuras, había un fuego de leña chispeante encendido en el hogar, velas sobre el estante de la chimenea, una mesita movida de su rincón habitual y dos hombres sentados ante ella, jugando a las cartas. Logramos ver la cara del jugador más joven: era de un hombre de unos 25 años, que había llevado una vida dura y disipada, que había echado a perder su sustancia y su salud, que en vida había sido Jeremy Lester.

Me costaría decir cómo lo supe, cómo en un momento identifiqué los rasgos del jugador con los de un hombre que llevaba 41 años desaparecido: 41 años esa misma noche.

Iba vestido con un traje de otra época; tenía el pelo empolvado y, alrededor de las muñecas, llevaba unos puños de puntillas. Parecía una persona que, de regreso de una gran fiesta, se hubiera sentado en su casa con un amigo íntimo a jugar a las cartas. En el dedo meñique brillaba un anillo, en la pechera de la camisa destellaba un valioso diamante. Tenía hebillas con diamantes en sus zapatos y, de acuerdo con la moda de su época, vestía unas calzas que le llegaban hasta las rodillas y medias de seda, que dejaban al descubierto la forma de una pierna y un tobillo notablemente bien proporcionados. Estaba sentado enfrente de la puerta, pero no levantó la vista para mirarnos. Su atención parecía concentrada en las cartas.

Por un momento la habitación permaneció en completo silencio, interrumpido por los puntos importantes de la partida. Nos quedamos en la puerta, aguantando la respiración, aterrados y al mismo tiempo fascinados por la escena que se desarrollaba ante nosotros. Las cenizas caían en el hogar suavemente, como nieve; oíamos el roce de las cartas que se repartían y golpeaban en la mesa; oímos la cuenta de los puntos —15-2, 15-4 y así sucesivamente—, pero no se pronunció palabra alguna hasta que el jugador cuya cara no veíamos exclamó: «Yo gano; el juego es mío».

A continuación, su oponente tomó las cartas, las mezcló con incuria, las juntó en la mano y se las arrojó a su invitado a la cara, exclamado: «Tramposo, mentiroso, ahí tienes».

Sobrevino el alboroto y la confusión: cayeron las sillas, hubo gestos de furia y el ruido de las voces agitadas se mezcló hasta tal punto que no entendimos una sola frase de lo que decían. De inmediato, sin embargo, Jeremy Lester salió del salón con tanta prisa que por poco no nos llevó por delante; se alejó dando pasos ruidosos escaleras arriba, para entrar en la habitación roja, de donde bajó al cabo de pocos minutos con un par de estoques bajo el brazo. Cuando entró en el salón, nos dio la impresión, le dio al otro hombre a elegir entre distintas armas, luego abrió la ventana de un golpe, dejó pasar a su adversario con ceremonia y salió al aire nocturno. Clare y yo los seguimos.  

Atravesamos el jardín y recorrimos un sendero sinuoso hasta llegar a un llano, protegido en el norte por una plantación de abetos jóvenes. Para entonces la luna brillaba en el cielo, y vimos claramente cómo Jeremy Lester calculaba las distancias.

«A la cuenta de tres», le dijo por fin al hombre que seguía dándonos la espalda.

Habían echado la cuenta a la suerte, y el señor Lester había perdido. Se quedó quieto iluminado por la luz de la luna, y no quisiera contemplar a un hombre más apuesto.

«Uno», empezó el otro, «dos», y, antes de que nuestro antepasado sospechara siquiera de sus intenciones, se abalanzó y atravesó el pecho de Jeremy Lester con el estoque.

Al ver aquella cobarde traición, Clare dejó escapar un grito. Al instante los combatientes desaparecieron, la luna se ocultó tras una nube y nos quedamos de pie en la plantación de abetos, temblando de frío y de terror. Pero por fin sabíamos qué le había ocurrido al difunto propietario de Martingdale: no había caído muerto en un duelo justo, sino que lo había asesinado vilmente un falso amigo.

Cuando desperté entrada la mañana de Navidad, me encontré con un mundo blanco, cuya tierra, árboles y arbustos estaban cubiertos de nieve. Había nieve por doquier, como nadie recordaba haber visto en 41 años.

—En una Navidad como esta desapareció el señor Jeremy —comentó el viejo sacristán a mi hermana, que había insistido en que fuéramos a la iglesia a través de la nieve, y al oírlo ella perdió el conocimiento y tuvo que ser llevada a la sacristía, donde le confesé al párroco todo lo que habíamos visto la noche anterior.

Al principio aquel noble individuo quiso tomarse la cuestión a la ligera, pero dos semanas más tarde, cuando la nieve se hubo derretido y pudo examinarse la plantación de abetos, debió aceptar que sin duda había más cosas en el cielo y en la tierra de las que su limitada filosofía había soñado. En un pequeño espacio a la entrada de la plantación se halló el cuerpo de Jeremy Lester. Lo reconocimos por el anillo, las hebillas de diamante y el reluciente prendedor que llevaba en el pecho; y el señor Cronson, que vino a examinar los vestigios en calidad de magistrado, quedó visiblemente perturbado por la narración.

—Por favor, señor Lester, ¿vio usted en su sueño la cara del… del caballero… del oponente de su antepasado?

—No —contesté—, en la casa y en el campo, nos dio la espalda todo el tiempo.

—Pues, obviamente, no hay nada más que hacer —comentó el señor Cronson.

—Nada —contesté.

Y sin duda en ese punto habría acabado el asunto, si no fuera porque unos días más tarde, mientras cenábamos en Cronson Park, de repente Clare dejó caer la copa de agua que se estaba llevando a los labios, y exclamó:

—¡Mira, John, ahí está! —para luego alzarse de su asiento y, con la cara más blanca que el mantel, señalar un retrato que colgaba de la pared—: Lo vi un segundo cuando volvió la cabeza hacia la puerta mientras salía Jeremy Lester —explicó—. Es él.

De lo que ocurrió a continuación del reconocimiento tengo un recuerdo sumamente vago. Los criados empezaron a correr de acá para allá; la señora Cronson se cayó de su silla, presa de un ataque de histeria; las señoritas acudieron al lado de su madre; el señor Cronson, temblando como si lo consumiera la fiebre, intentó dar alguna explicación, mientras Clare rogaba sin parar que la sacaran de allí, como de hecho se hizo. Me la llevé no solo de Cronson Park, sino de Martingdale.

Antes de marcharnos de este sitio, sin embargo, me entrevisté con el señor Cronson, según el cual el retrato que había identificado Clare era el del padre de su esposa, el último hombre que había visto a Jeremy Lester con vida.

—Ahora es un anciano —concluyó el señor Cronson—, un hombre de más de 80 años, que me ha confesado todo. ¿Sería mucho pedir que nos ahorrara más tristeza y vergüenza cuidando de no hacer público este asunto?

Le prometí que guardaría silencio, pero la historia acabó saliendo a la luz, y los Cronson abandonaron la comarca. Mi hermana nunca regresó a Martingdale; se casó y en la actualidad vive en Londres. Aunque le aseguro que en casa no hay ruidos raros, se niega a visitarme en Bedforshire, donde la «muchachita» que otrora me recomendaba «tomar en serio» es ahora mi esposa y la madre de mis hijos.