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Aquella noche teníamos invitados en casa e Inés llevaba alterada toda la semana. Localizaba recetas innovadoras en Internet, las imprimía y me sepultaba la mesa de trabajo bajo montañas de folios. Soy psiquiatra y me gusta el orden y no soporto la invasión de mis espacios sin motivo justificado. No obstante, fui razonable e intenté que Inés se pusiese en la piel de uno de mis pacientes. ¿Cómo se sentiría si llegase a una consulta y encontrase un montón de papeles desperdigados por la sala? Yo sabía que mis tácticas persuasivas habían dejado de surtir efecto el día en el que dejó de ser mi paciente y se convirtió en mi esposa, pero al final conseguí que recogiese todo antes de iniciar la consulta con el paciente de los viernes, un adicto al trabajo en fase avanzada.

En los últimos años solíamos rehusar las invitaciones a las casas de nuestros amigos y, por ende, nuestros amigos dejaron de brindárnoslas y de aceptar las nuestras, cada vez más esporádicas. Desde que nacieron las gemelas disponíamos de poco tiempo para reuniones sociales. Pero hacía tres meses, cuando las niñas cumplieron siete mágicos años, decidimos que era hora de retomar los encuentros abandonados por el cuidado de las pequeñas. Empezamos a salir con más asiduidad. Éramos unos padres responsables, se podría decir.

Aquella noche habíamos invitado a una pareja algo mayor que nosotros, pero la diferencia de edad casi no se percibía. No tenían hijos. Manteníamos una cierta amistad desde hacía tanto tiempo que ya ni nos acordábamos. De hecho, Inés era medio prima de Eduardo, que había conocido a su esposa Adela en nuestra boda. Adela había sido compañera mía de facultad y de alguna juerga universitaria nunca más mencionada.

Dos semanas antes, Adela me había llamado por teléfono desde el hospital para invitarme a cenar con ellos en su nuevo adosado. Cuando se lo conté, Inés se puso como loca y solo pensaba en devolverles la invitación. Recuerdo que aquella vez, en casa de Adela y Eduardo, no paró de adular la comida y la decoración. Lo hacía de manera burda y como a trompicones, jurando que aquellos muebles estilo colonial, elegidos por nuestros amigos, no diferían ni un ápice de los auténticos que ella y yo habíamos visto en nuestro viaje de novios a Tailandia.

Durante la cena en su casa hablamos de muchas cosas poco trascendentes. A veces conversábamos solo los hombres. Otras veces le preguntaba a Adela por sus casos y ella se interesaba por los míos. Nos gustaba intercambiar experiencias y anécdotas de chiste en las que los pacientes salían muy mal parados. Luego acabábamos discutiendo sobre lo que Adela calificaba de privilegios feudales de la psiquiatría privada frente a la pública. Adela tenía una forma de hablar chispeante y afilada que me seguía atrayendo con fuerza a pesar del paso del tiempo. Eduardo, entretanto, se aburría. Lo pillé en más de una ocasión bostezando sin tapujos. Supongo que se creía con derecho. Miraba al reloj de pared y en el fondo deseaba que nos acabásemos el vino. Inés aprovechaba para levantarse y dirigirse sola a la cocina, acarreando los platos sucios como si se tratase de su propia casa. Adela la dejaba hacer, ni le prestaba atención. Inés parecía, más que mi mujer, una sirvienta.

Tardamos en marcharnos. Eduardo se había espabilado, pretendía enseñarme su colección de plumas estilográficas. Me aseguró que en la nueva casa por fin disponía del espacio suficiente para exponerlas en una vitrina encargada a medida. Sus colecciones no me interesaban lo más mínimo. El coleccionismo era para mí algo catalogable entre las tendencias obsesivas. Miré al suelo mientras me mostraba un ejemplar nacarado y me fijé en que el cordón de uno de sus zapatos estaba suelto, pero no se lo advertí.

Una vez en la puerta, las mujeres se besaron con ruido y Eduardo y yo nos dimos un fuerte apretón de manos que acabó en un amago de abrazo. Pensé que esa sería la despedida definitiva, sin embargo, en el último momento, Inés se volvió a mirar de cerca los geranios de una jardinera, cuyo color apenas se distinguía en la oscuridad de la madrugada. Hube de volver sobre mis pasos. Adela insistía en que Inés debía llevarse un esqueje e Inés insistía aún más en que por favor no se molestase, pero acabó aceptando la rama con todo género de aspavientos. Entretanto temí muchas veces que Eduardo volviera a la carga con sus plumas, pero en su expresión ya solo se manifestaba el deseo de ponerse el pijama y meterse en su gran cama de estilo colonial.

Soy consciente de que, desde aquella noche, Inés únicamente pensaba en la visita de Adela y Eduardo a nuestra casa. Cuando nos subimos al coche y arranqué, calculando por dónde convenía tomar la salida, la observé, allí, sentada a mi lado, cómo sonreía con los ojos muy abiertos pero sin distinguir nada. Parecía un beato esperanzado ante un pelotón de fusilamiento. Con la mano derecha se aferraba con fuerza al esqueje del geranio. Me percaté de que se había pillado la falda con la puerta del coche sin darse cuenta. No nos dirigimos la palabra en todo el trayecto de vuelta. Inés estaba como ensimismada, a pesar de no haber bebido demasiado vino, y yo solo conducía, intentando concentrar la atención en mis pacientes, a quienes cada vez tenía más abandonados.

Cuando aparqué frente a la verja de nuestra casa, Inés apoyó su cara en mi hombro, estalló en lágrimas y me dio muchas veces las gracias. Al principio me asusté, repasé mentalmente qué tipo de trastorno psicótico mal curado podía provocar esa actitud. Luego se calmó, paró de llorar y me pidió permiso para organizar una cena e invitar a Eduardo y a Adela. Accedí, más porque quería acabar con la escena que porque me hiciese ilusión. Me observó con los ojos enrojecidos y alucinados a un tiempo y dejó caer su mirada en el horizonte nocturno, como antes. Estuve unos segundos contemplando su perfil. Ya no lo recordaba. Cómo le caían los rizos sobre la frente. No quería salir del coche, ni irme a ninguna parte.

Los días siguientes todo fue como la seda. Los pacientes parecían estar dispuestos a abrazar de nuevo la cordura y dejar de contar desgracias. Quizás fuera porque las noches se acortaban y les daba menos tiempo a maquinar suicidios. Pensé que, si todos ellos se curaban, yo no ganaría mucho y me vería obligado a buscar otros clientes más tarados aún. O tal vez creciera mi fama a nivel mundial y me viera en la necesidad de empezar a estudiar inglés para atender a las celebridades de Hollywood, sus ataques de grandeza y sus depresiones. Cuando me imaginaba esas cosas, la consulta se pasaba volando.

Al mismo tiempo, las gemelas metían menos bulla porque el verano se aproximaba y cada vez salían más a jugar al jardín. Inés me aseguraba que ella se ocuparía de todo lo referente a la preparación de la cena, que yo no tendría que mover un dedo. Por mi parte, no se lo había preguntado ni tampoco me había ofrecido a hacer nada, pero ella no se cansaba de insistir. Cuando la consulta se vaciaba, Inés pasaba las horas muertas con los codos sobre la mesa, estudiando páginas en Internet sobre protocolo en las comidas o sobre cómo doblar las servilletas de manera que emulasen pájaros. Más tarde intentaba ponerlo en práctica con las mantelerías que guardábamos en los armarios del salón y las servilletas no se tenían en pie. Algunas noches yo apagaba la luz de la mesilla y ella seguía al otro lado del tabique, tecleando términos en Google, con diez pantallas abiertas al mismo tiempo. Llegué a pensar que se metía en páginas de contactos y conversaba con desconocidos ansiosos de darle sus teléfonos y de preguntarle por el color de su ropa interior. Me recordó a una paciente que, dos años después de creer superada su adicción a los chats, todavía aseguraba que el hombre de su vida estaba allí, esperándola al otro lado del portátil.

El día de la cena empezó mal. El esqueje que Adela le había regalado a Inés caía torcido y sin vida fuera del vaso. Al verlo, a Inés le entró un ataque de histeria y la tuve que obligar a echarse unos minutos sobre la butaca destinada a mis pacientes. El reposabrazos estaba desgastado. Me pareció penoso e indigno de una consulta de la categoría de la mía. Inés estaba convencida de que la muerte del esqueje era un mal presagio y yo le aseguraba que no, que no, pero tampoco la sacaba de ahí. Se empecinaba en la obligación de comprar un geranio sin falta y regalárselo a Adela. A mí los geranios me parecían de una vulgaridad total. En una de esas, me ofrecí a ayudarla en algo, a preparar algo juntos como si fuese un proyecto común, y a ella se le fue pasando el disgusto. Habría preferido administrarle un Tranxilium, pero me arriesgaba a correr la suerte contraria y destapar la caja de los truenos.

Mi plan de ayuda y cooperación se resumía en acercarme al centro, dejar el coche en doble fila con los intermitentes encendidos y comprar algo en alguna tienda de delicatessen, pero Inés dispuso en la cocina cuchillos, tablas y robots de los que yo ignoraba por completo la existencia y el funcionamiento, y me metió el delantal por la cabeza como se le coloca un collar a un perro. Mi idea de la comida precocinada era para ella una aberración ultrajante y una falta de respeto a nuestros amigos. A mí me dio un poco de vergüenza todo aquello, el delantal y las manos sucias. Me acordé de esos programas de cocina en los que un ama de casa con ansias maternales mal encauzadas intenta enseñar sin éxito a un soltero cómo se pela una patata. Por suerte, con aquellos estupendos robots me tocó hacer muy poco y lo que me resultaba más pesado o pringoso se lo acababa endosando a Inés.

En plena faena, las niñas entraron en la cocina y pidieron merienda. Me miraron, se miraron y rieron. Sus risas no hacían ruido. Sonaban a hojas secas que crujiesen al pisarlas. No sé si reían por verme con el delantal o si solo estaban contentas porque aquella noche se iban a dormir a casa de su tía.

Inés preparó unos bocadillos y las niñas se los comieron mientras yo les aleccionaba sobre la importancia de la amistad entre hermanas. Me parecía crucial que las niñas empezasen a tomar conciencia de sus estados anímicos y les hablaba mucho de esos temas con la intención de evitar males futuros. Además, me había aburrido de sacarle bolitas al melón. Las gemelas me escuchaban con atención, luego mordisqueaban el bocadillo, se miraban y se reían y se oía el ruido como de crujidos. Inés no me hacía ni caso. Estaba demasiado ocupada. Fregaba cacharros que al minuto siguiente volvía a manchar.

Aunque no llegaron a acabarse la merienda, a Inés le entró prisa por dejarlas en casa de mi hermana. Me quité el delantal y me fui a vestir. Tuve que peinarlas yo solo. La coleta de una se ladeaba hacia la izquierda. La coleta de la otra, hacia la derecha y, como se parecen tanto, mi falta de destreza me puso en evidencia. Las miré en el espejo y les acaricié sus coletas maltrechas. Ellas se escabulleron. Me miré yo al espejo y a continuación cerré los ojos. Me imaginé en otro lugar, uno remoto, y volví a abrir los ojos y seguía estando allí. Tiré del cajón de las medicinas y calculé si faltaban más de la cuenta. Luego salí de casa.

Metí a las gemelas a regañadientes en el coche. En el último momento habían decidido que no iban, que querían quedarse con papá y mamá y que no querían que los otros mayores (Eduardo y Adela, se entiende) entrasen en casa. A mí me dio la risa y me sentí satisfecho de haber formado semejantes personalidades con tal capacidad de aserción. Pensé en volver sobre mis pasos y anunciarle a Inés con gesto serio que, visto cómo se lo estaban tomando las niñas, lo más conveniente era anular la cena. Luego temí que reaccionase violentamente y acabase con sus propias hijas. Sonreí con maldad.

Conduje deprisa por la carretera. Las niñas no hablaban. Cada una miraba de forma simétrica a los coches que adelantábamos o que nos adelantaban. Al llegar, mi hermana se extrañó, me esperaba una hora más tarde según había quedado por teléfono con Inés. Pareció contrariada.

—Es igual —dijo luego.

Me propuso entrar y tomar algo con ella.

—Hace mucho que no hablamos —dijo mi hermana—. Hay café recién hecho en la cocina.

Dudé de si quería que pasase su hermano o un psiquiatra. Podría recomendarle varios muy buenos.

—He de irme —dije yo—. Inés me está esperando y aún queda mucho por preparar.

No me disculpé. Tampoco acordamos la hora en la que iría a buscar a las gemelas al día siguiente. Quise decir adiós a las niñas, pero antes de que me diese cuenta ya habían desaparecido y supuse que estarían en alguna habitación haciéndole trastadas a la gata.

A la vuelta me metí por unas calles desconocidas para mí. De hecho no recordaba mucho aquel barrio y empezaba a hacerse de noche. Pensé que me iba a perder y que, si me perdía, llegaría tarde a la cena y que, si llegaba tarde a la cena, Inés sería capaz de ponerse a llorar delante de nuestros invitados. En marcha, agarré el volante con la mano izquierda y abrí la guantera con la derecha. El GPS no estaba en su sitio. Solo paquetes de Kleenex que nunca se usaban y varios CD de canciones infantiles. Al cerrar la guantera perdí el equilibrio y di un giro brusco con el volante. No acabé subiéndome a la mediana de milagro.

En la calle no había nadie a quien preguntar. Al girar la esquina vi un bar abierto, aparqué y bajé del coche. Entré con intención de preguntarle a alguien cómo salir de aquel barrio, pero en vez de eso, pedí un vino y me senté en un taburete al lado de la barra. Miré el reloj y comprobé que tenía tiempo de sobra para tomarme otro vino más.

El camarero me sirvió el primero de los dos vinos que iba a pedir. Su cara me resultaba familiar. Conforme bebía mi copa, caí en la cuenta de que era clavado al número uno de mi promoción, un chico llamado Ignacio Alcalde, muy inteligente y trabajador, pero marcado por un tic desagradable en la boca. Con ese gesto incontrolado, nadie le auguraba un futuro en esta profesión en la que los pacientes no te quitan ojo y es obligado cuidar las apariencias. Yo había perdido la pista de Ignacio hacía muchos años, hasta que llegué, sin saber muy bien cómo, al bar y me topé con aquel camarero. Sin problemas podía ser él, el mejor médico de la promoción del 78, desde entonces extraviado.

Dejé el vino a medio beber y pregunté por la salida. Me asustaba pensar que Ignacio había acabado allí y quise marcharme de inmediato. Pedí la cuenta como si me encontrara en un restaurante y el camarero me miró extrañado, dudando de si le estaba preguntando por el importe o además quería el ticket de la máquina. Pagué y el camarero o Ignacio me dio las explicaciones pertinentes para tomar la salida. Tenía una voz grave y cascada, en todo distinta de la que yo recordaba y eso me tranquilizó por un momento. Luego pensé que el tabaco, entre otros factores, podía cambiar el tono de una voz.

Arranqué el coche y encontré la salida a la primera. Intenté visualizar el nombre del bar, por si alguna vez volvía a pasar por allí a la luz del día. Me había quedado unos segundos contemplando el rótulo iluminado antes de entrar, pero ahora era incapaz de acordarme. Se había levantado algo de viento y sobre uno de los parabrisas descansaba una hoja picuda, que no dejaba de brillar con un reflejo azul. El móvil sonó. Metí quinta y luego saqué a tientas el teléfono del bolsillo de la americana. La hoja picuda desapareció como una mariposa espantada por un cachorro. Era un mensaje de Inés. Decía dónde estás, date prisa o empezaremos sin ti.

Como por instinto, levanté el pie del acelerador y dejé de adelantar al coche que me precedía.

Caminando, caminando y ni te acuerdas: eso es lo que le dice siempre. Bueno, no exactamente en esos términos. Generalmente se trata de un reclamo más directo: no llamaste a Pacheco, no revisaste el contrato de Supercable, no llevaste el carro al taller, se te pasó la hora de la cena, te olvidaste de nuestro aniversario de bodas o de comprar el champú que te pedí. Ella no espera respuestas y Benjamín sabe que sería inútil contestar. También sabe que tras esa letanía de pequeños olvidos se alza, liso e implacable como un tepuy, el verdadero reproche, existencial, imperdonable. El de no recordar. Hay una enorme diferencia entre olvidar y no recordar.

Un reproche que, por supuesto, nunca ha sido pronunciado directamente. El peso acusador de lo que Benjamín no recuerda –o pretende no recordar– desencadenaría tamaño terremoto en todas las capas geológicas que amontonaron con paciencia durante años hasta formar un terreno estable donde pueden soportarse mutuamente. Benjamín no se acuerda del futuro que quedó en el pasado, de ese futuro glorioso, brillante como el sol, cuyos contornos desaparecían misteriosamente a medida que se adentraban en él. Treinta y cinco años es suficiente tiempo para comprobarlo.

Lo peor es no recordar, dice ella sin decirlo, pues habla tan solo del mecánico y del champú. Se te olvida todo, dice. La vida que me prometiste (eso no lo dice). Caminar y caminar no lo resuelve, dice, y últimamente es todo lo que haces.

Como si no supiera que Benjamín se puso a caminar por orden del médico. El santo remedio para la edad que tiene, el colesterol alto, el hígado perezoso, las arterias obstruidas y el corazón tan poco activo como el dueño de esos órganos estropeados. Así que se acostumbró a caminar. Ahora su mujer sospecha que le gusta hacerlo y esto no lo puede permitir; no es justo, mientras ella vive con la desdicha de acordarse a diario de ese luminoso futuro común que se desdibujó en el presente y nada más.

–Ya basta de caminar tanto, Benjamín. ¡Abre la puerta por favor! Mauricio viene hoy a cenar con tus nietos, nunca sabe qué hacer con los chicos cuando le toca cuidarlos, hay que decir que se volvieron insoportables desde el divorcio, se les nota la educación de su madre (mejor no hablo de ella) y Sandrita está durmiendo, así que tienes que dar un salto a la panadería. Y podrías poner la mesa también, ¿qué te parece? Siempre yo sola con todo. Y tú, ¡caminando y caminando!

Los guijarros crujen bajo sus pies y el aire de primavera rebosa del trinar de invisibles pájaros. Benjamín sube el volumen; desde muy lejos le llega el relincho de un caballo. Un sonido delicioso.

Le rodea un mundo verde y vegetal, ahora como al principio, cuando se dirigió a los sitios con derecho común a la caminata: la Autopista cerrada los domingos, Los Caobos, El Parque del Este. Se compró un walkman y por un tiempo metía la panza y erguía la cabeza, como corresponde a quien forma parte de una comunidad saludable y deportiva, donde los exitosos hombres de negocios se ponen democráticamente el mismo short que los fracasados; reino de piernas largas y musculosas preparándose para un maratón, ceñidas mallas, impecables traseros, cuerpos brillantes de crema y sudor. Hasta que llegó el día inevitable en que se dio cuenta de que los demás corrían o trotaban, y aun los que caminaban como él, lo pasaban con facilidad, una y otra vez. Pisando fuerte el cemento de umbrosos senderos parecían dirigirse apurados hacia algún destino importante, desconocido para él. Benjamín, en cambio, solo daba vueltas. Se quedaba atrás, como siempre. Y eso le recordaba de alguna manera el reproche nunca pronunciado por su mujer, implacable como un tepuy. De modo que guardó el walkman en la gaveta, (siempre compras cosas y después no las usas) y optó por cederle definitivamente el carro y caminar a su trabajo, de ida y de vuelta.

–Me oíste, Benjamín, ¡basta ya! –dice ella–. ¡Ábreme esta puerta! Van a cerrar la panadería.

Benjamín aprieta el paso. Aún le queda camino por recorrer.

Su oficina se encuentra en el mismo viejo edificio donde él la instaló cuando este era nuevo, mucho antes de que la ciudad le pasara por encima y lo dejara olvidado al final de una calle peatonal, hoy invadida por buhoneros y artesanos ambulantes.

Caminar por allí implicaba perderse entre los tenderetes y bandejas, en el abigarramiento de joyas de plástico, perfumes de Taiwán, bluyines de contrabando y pantaletas de lycra con encaje. Benjamín remoloneaba hojeando libros de segunda mano y manoseadas revistas pornográficas desplegadas sobre la acera; a veces compraba dulce de leche o un kilo mal pesado de mandarinas a una joven mulata, cuyo bebé color puro chocolate dormía entre chucherías. Ella le hablaba con amabilidad, decía que están dulcitas las mandarinas, le decía “mi amor”, y el vendedor de revistas, alemán de pelo blanco y acento colombiano, compartía con él profundas reflexiones acerca de la situación del país con las cuales Benjamín no podía discrepar.

Aquí no existía pasado ni futuro alguno, mucho menos un futuro que ya pasó. Era fácil vagar sin metas ni equipaje por ese presente instantáneo, efímero y eterno a la vez, que se deshacía en gritos y revoloteo de colchas apenas se asomaban los agentes uniformados en la esquina quedando la calle súbitamente vacía con sus fachadas desconchadas, pipotes atestados de basura y remiendos de asfalto entre los adoquines; pero nada de esto era trágico ni definitivo: minutos después reaparecían los colores y se reanudaba el bullicio.

Muy pronto el camino de ida y vuelta a su oficina se convirtió en el placer de cada día. Benjamín lo mantenía en secreto, por supuesto. Sabía bien que no tenía ese derecho, mientras a Mauricio lo limpiara la arpía de su ex, y Sandrita se metiera ese polvo en la nariz que la ponía incoherente y chillona. Y ella, pobrecita, en la casa: sola y recordando.

Al fin terminaron por descubrirlo. Era inevitable. Tardaba en llegar al trabajo y le mentía a su vieja secretaria. Para colmo, atracaron a su cuñado allí mismo, en la salida de la Notaría. Le rompieron el saco, le quitaron la cartera y al parecer se enojaron bastante al abrirla, ya que fueron golpes y más golpes. De modo que su mujer y el doctor le prohibieron caminar por la calle: desde varios puntos de vista era malo para la salud.

Era un hecho indiscutible que su colesterol aumentó considerablemente y el ritmo cardíaco no se beneficiaba mucho con el inútil vagar de esas caminatas. De nada sirve, le decían, caminar con el paso tan lento. Ahora se preocupan: al parecer lo hace demasiado deprisa. A su edad, es peligroso; le puede dar un infarto.

–Benjamín, ¡abre ya la puerta! –voces de Sandra y de su mujer. Pero él se hace el loco, y camina, camina, camina, cada vez más rápido. Sus piernas se volvieron fuertes y la panza bajó de volumen; sin embargo, está sudado y jadeante, el corazón le retumba en el pecho. No importa, algún día tiene que llegar al final del recorrido. Por una vez en la vida está haciendo lo correcto: fijarse objetivos y alcanzarlos.

De hecho, todos ellos son responsables también. Le sugirieron esta solución y se mostraron complacidos cuando la Caminadora llegó a casa, aunque les extrañó un poco la inusual iniciativa que había demostrado al comprarla sin consultar a nadie. Años hacía que Benjamín, él solo, no se compraba ni una camisa. Él mismo no logra entender cómo descubrió aquel artefacto en una tienda por departamentos, ni cómo se dejó seducir de inmediato por las explicaciones del vendedor, quién –cosa rara–, ni cuenta se daba del poder de su propia mercancía. Casi sin proponérselo, Benjamín se hizo dueño de una máquina para caminar, la mejor del mercado, el último modelo. Menos mal que nunca sabrán cuánto le costó esta extravagancia.

Acto seguido convirtió al dormitorio de huéspedes (totalmente inútil, dicho sea de paso) en una especie de gimnasio privado. Allí, siguiendo penosamente las instrucciones del manual, instaló la Caminadora con su batería de altavoces y proyectores.

Comenzó a practicar con la velocidad más baja y desde el principio sintió una gran afinidad con ese ejercicio que parece haber sido diseñado especialmente para él. Hay un deje melancólicamente familiar en eso de caminar y caminar para quedarse siempre en el mismo sitio. Algo así había hecho durante toda su vida.

Con la salvedad de que ahora tiene algo más: la cinta de vídeo que vino con el paquete. Desde la primera proyección supo que algo nuevo e importante estaba irrumpiendo en su vida. La pared blanca frente a él se llenó de paisajes verdes que desfilaban de árbol en árbol entre fuentes cristalinas y parterres de flores, mientras los altavoces reproducían a la perfección el piar de los pájaros y el crujido de la grava bajo sus pasos. Estaba solo, maravillosamente solo, indiscutible rey de tanta belleza. Mandó instalar una cerradura Multilock a su improvisado gimnasio. Custodiaba la llave con recelo, hasta dormía con ella en el bolsillo de su pijama; tu padre se ha vuelto loco, dice ella, y la limpieza, ¿qué?

Él aclaraba con paciencia que encontró finalmente un sistema idóneo para caminar, y que necesitaba concentrarse para practicar. Estaba tan animado que su mujer frunció las cejas, sospechosa, pero se abstuvo de comentarios. Al fin y al cabo se trataba de una actividad saludable, aburrida y recomendada por el médico. No reconoció las señales de peligro.

Benjamín en cambio intuía que su vida adquiría una nueva dimensión, aunque tan sólo al cabo de dos o tres semanas advirtió ligeras alteraciones en el paisaje que recorría en el video. Al principio fueron ruidos inexplicables, sugiriendo apenas perceptibles presencias animales. Comenzó con aquella chicharra cuyo desagradable zumbido pertinaz lo acompañó durante un buen trecho del camino. Convencido de que ésta había encontrado una manera de escurrirse por la ventana, Benjamín interrumpió la sesión con el firme propósito de deshacerse del intruso y constató con asombro que el zumbido cesó en el mismo instante en que paró la cinta. Se trataba de una extraña coincidencia o de un insecto particularmente inteligente, pues reanudó su vuelo al reiniciarse el video. Nunca más había vuelto. Y Benjamín terminó por olvidarlo concentrándose en caminar –lo hacía cada vez más rápido y mejor– hasta el día en que se paró, pensativo, al borde del tercer estanque. Hubiese jurado que cada vez cuando pasaba por allí un imponente chorro cristalino brotaba en su centro; sin embargo, hoy la fuente estaba cerrada, el agua adquiría profundos tonos verdes y un pequeño pato silvestre jugueteaba en la orilla. Perplejo, Benjamín dejó que la cinta se rebobinara, luego la colocó desde el principio y volvió a sus propios pasos. Esta vez el chorro de agua brotaba a borbotones, no había duda sobre esto, pero el patito seguía en su sitio. Era extraño que nunca antes advirtiera su presencia.

Por primera vez se dio cuenta de que jamás había llegado más allá de aquel estanque, y sintió curiosidad. Prolongó la duración de sus caminatas, luego se empeñó en aumentar la velocidad. La cinta recompensó su esfuerzo: efectivamente, más lejos el paisaje cambiaba. Los árboles del parque comenzaron a rarificarse, y por ambos lados del camino aparecían ahora elaboradas verjas de hierro dejando entrever opulentas mansiones de dos y tres pisos en medio de sus jardines. Al tercer día llegó, jadeando de cansancio, a una casa particularmente hermosa, toda de madera recubierta de viña silvestre. Le pareció vagamente conocida. Deseó saber quien vivía allí, tocar el timbre y entrar, pero la ley de la Caminadora no permitía tales extravagancias. Sólo pudo seguir caminando lentamente, sin quitar los ojos de las ventanas que protegían su misterio con alegres cortinas amarillas y aguzaba el oído para captar la tenue risa de unos niños jugando en algún lugar del jardín. De pronto surgió el recuerdo: ella, joven y deslumbrante, recortando imágenes de revistas, el hogar soñado para su futuro común. En su fuero interno supo que no podía ser solamente una coincidencia, un azar del vídeo. Aquella casa estaba allí para él cual trampa divina.

Benjamín acusó el golpe. Tuvo que parar el ejercicio y la imagen se desvaneció, dejándolo sudado y resollando frente a la desoladora pared blanca del ex cuarto de huéspedes.

Aquella noche no pudo conciliar el sueño. Hasta los irregulares ronquidos de ella y los sonidos de parranda que se filtraban desde la habitación de Sandra aumentaban el estado de embeleso febril en el cual se encontraba sumido. No veía la hora de volver a ese lugar y a las cinco de la mañana ya estaba ataviado con su mono de gimnasia, ¿te caíste de la cama, o qué?

En un súbito impulso le propuso acompañarlo –ven conmigo, quiero mostrarte algo. Ella le dio la espalda, implacable con las extravagancias ¿A esta hora? Estás loco. De modo que Benjamín acarició brevemente los suaves rollos de goma espuma sobre la cabeza de su mujer y renunció a compartir su hallazgo con ella.

Menos mal: lo hubiera juzgado loco. De la tercera fuente brotaba con fuerza un chorro cristalino y en el estanque nadaba ahora toda una familia de patos, pero no hubo ni rastro de la casa cubierta de viña. En vano la buscó caminando rabiosamente. Atrás quedaron las verjas y las mansiones y una carretera de dos vías reemplazó al sendero en medio de un paisaje anodino y campestre. Suaves colinas azuladas ondulaban el horizonte. Sobre una de ellas estaba la ciudad, cual dibujo lejano. Al cabo de unos días desistió de buscar la casa y concentró todos sus esfuerzos en llegar allí.

Pero, ¿qué te pasa?, decía ella. Estás más distraído que nunca. Tienes la misma mirada vidriosa que Sandrita cuando estaba en esa institución. Y se te olvidó llamar al banco para mi tarjeta de crédito… Estás peor que nunca. Se te olvida todo. ¡Todo!

Esta vez era cierto: se le olvidaba todo. Pero estaba mejor que nunca. Con una secreta excitación Benjamín acariciaba la llave en el bolsillo de su pantalón y no veía la hora de reiniciar su sesión de ejercicios. Ahora caminaba varias veces al día y cada vez se encerraba más tiempo con la Caminadora. Por desgracia, la cinta de video estaba estudiada para promover un progresivo aumento del esfuerzo: no había manera de reiniciarla en cualquier punto del camino, de algún modo siempre se devolvía sola al inicio. Si quería llegar al final, donde la lejana ciudad se erguía sobre la colina o, ¿quién sabe? más lejos aún, tenía que volver cada vez al punto de partida, atravesar el parque, recorrer los estanques, el sendero, la urbanización de quintas… La carretera que seguía se le antojaba interminable.

Te has vuelto loco, decía ella. Mírate, como sales de allí. Pálido. Apenas puedes respirar del cansancio. El doctor dijo que es peligroso, no puedes hacer esto. Es peor que una prueba de esfuerzo. Nadie puede hacer pruebas de esfuerzo sin supervisión médica.

Era cierto. En algún lugar recóndito de la conciencia Benjamín sabe que debería bajar el ritmo. Sus piernas se han fortalecido pero el corazón reacciona bastante mal. Anoche sintió otro dolor en el pecho; tuvo que parar la máquina y se recostó, jadeante, al borde del camino, sin apartar la vista de las lejanas colinas hasta que estas se apagaron en la blancura del horizonte. La pared se le vino encima mientras trataba de incorporarse sobre la alfombra, en sus oídos el zumbido inexorable de la cinta que se rebobinaba otra vez hacia el inicio del trayecto.

Están aporreando la puerta ahora. Se oyen voces, la risita estúpida de Sandra, los gritos de los muchachos de Mauricio, sal papá, sal abuelo, ¡queremos comer!

–Benjamín, ¡ya basta! No importa la mesa, ya la puse yo misma, tan sólo sal. Viejo exagerado. Voy a vender esta maldita máquina, tan sólo te hace daño.

Benjamín acaba de llegar al pie de la primera colina e inicia la ansiada subida. El dolor vuelve, agudo, esta vez en el brazo izquierdo y le nubla un poco la vista, pero la ciudad no está tan lejos ya. Su última posibilidad de escape. Allí habrá otra calle donde los vendedores ambulantes desplegarán sobre la acera, sólo para él, sus efímeras maravillas. Tal vez otra oficina. Tal vez otra casa. Ojalá pase algún vehículo para darle un aventón, porque el tiempo apremia.

–Benjamín –ruega ella, ahora con voz de angustia– abre, Benjamín; Mauricio dice algo del cerrajero que ya está en camino. Benjamín anhela el asilo de la ciudad desconocida. Menuda sorpresa tendrán cuando terminen de tumbar la puerta.

Sabe que si llega a tiempo, no podrán quitarle la Caminadora. Ni nada más. Llegar al final es necesario, indispensable… Una meta, al fin. Si se ejercita lo suficiente, llegará. Es una mera cuestión de entrenamiento.

Con la vista fija en su meta, Benjamín aprieta el paso.

El otoño se parece más al verano que el verano. Era un día caluroso de otoño. Con mi vestido de seda azul y el perrito pequinés que me habían regalado para mi cumpleaños llegué a casa de mi novio. Recuerdo patente aquel día.

–Los celos rigen el mundo –decía la señora de Yapura, creyendo que yo no me casaba con Romirio por celos–. Mi hijo duerme solo con el gato.

Yo no me casaba o no me decidía a casarme con Romirio por otros motivos. A veces las palabras que las personas dicen dependen de la entonación de la voz con que las dicen. Parece que divago, pero hay una explicación. La voz de Romirio, mi novio, me repugnaba. Cualquier palabra que pronunciara, aunque tuviera mucho respeto por mí al decirla, aunque no me tocara ni un dedo del pie, me parecía obscena. No podía quererlo. Esta circunstancia me apenaba, no por él sino por su madre, que era generosa y buena. El único defecto que se le conocía eran los celos, pero ya era vieja y los habría perdido. ¿Y acaso hay que creer en las habladurías? La gente contaba que se casó muy joven con un muchacho que pronto la engañó con otra. Al sospechar la cosa, ella vivió un mes sin dormir tratando de descubrir el adulterio. Descubrirlo fue como una cuchillada que recibió en el corazón. No dijo nada, pero aquella misma noche, cuando su marido dormía a su lado, se le echó al cuello para estrangularlo. La madre de la víctima acudió para salvarlo; si no hubiera sido por ella habría muerto.

Mi noviazgo con Romirio se prolongaba demasiado. «¿Qué es una voz?», pensaba yo, «no es una mano que acaricia con insolencia, no es una boca repulsiva que intenta besarme, no es el sexo obsceno y protuberante que temo, no es material como las nalgas ni caliente como un vientre». Sin embargo, la voz de Romirio significaba algo mucho más desagradable que todo eso para mí. ¡Cómo soportaría que un hombre viviera a mi lado repartiendo esa voz a quien quisiera oírla! Esa voz visceral, impúdica, escatológica. ¿Pero quién se atreve a decir a su novio: «tu voz me desagrada, me repugna, me escandaliza, es como en el catecismo de mi infancia la palabra lujuria»?

Nuestro casamiento se postergaba indefinidamente, sin que existieran, aparentemente, verdaderos motivos para ello.

Romirio me visitaba todas las tardes. Rara vez yo iba a su oscura casa, porque su madre, que era enferma, se acostaba temprano. Asimismo, me gustaba mucho el jardincito, lleno de sombras, y Lamberti, el gato barcino de Romirio. Novios tan recatados como nosotros no existían en todo el vecindario. Si nos besamos una vez durante el verano de aquel año fue mucho. ¿Tomarnos de la mano? Ni por broma. ¿Abrazarnos? Ya no se usaba bailar abrazados. Este desusado comportamiento hacía sospechar que no nos casaríamos nunca.

Aquel día llevé a casa de Romirio el perrito pequinés que me habían regalado. Romirio lo tomó en brazos para acariciarlo. ¡Pobre Romirio, le gustaban tanto los animalitos! Estábamos sentados en la sala como de costumbre cuando el pelo de Lamberti se erizó y con un ruido de escupida huyó de nuestro lado volteando una maceta con flores. Llorando me llamó al día siguiente la señora de Yapura: aquella misma noche, como siempre, Romirio durmió con Lamberti en su cama, pero en medio de la noche el gato enfurecido le clavó las uñas a Romirio en el cuello. La madre acudió al oír los gritos. Logró arrancar el gato del cuello de su hijo y lo estranguló con una correa. Dicen que nada es tan terrible como un gato enfurecido. No me cuesta creerlo. Los detesto. Romirio quedó sin voz desde entonces y los médicos que lo vieron dijeron que no la recobraría jamás.

–No te casarás con Romirio –dijo llorando su madre–. ¡Por algo yo le decía a mi hijo que no durmiera con el gato!

–Me casaré –le respondí.

Amé a Romirio desde aquel día.  

Cuando yo era niña, mi madre tuvo un hongo en una uña del pie. En el pulgar izquierdo, más precisamente. Desde que lo descubrió, intentó cualquier cantidad de remedios para deshacerse de él. Cada mañana, al salir de la ducha vertía sobre su dedo, con ayuda de una brocha diminuta, una capa de yodo cuyo olor y tono sepia, casi rojizo, recuerdo muy bien. Visitó sin éxito a varios dermatólogos, incluidos los más prestigiosos y caros de la ciudad, que repetían sus diagnósticos y aconsejaban los mismos e inútiles tratamientos: desde las ortodoxas pomadas con clotrimazol hasta el vinagre de manzana. El más radical de ellos llegó a recetarle una dosis moderada de cortisona que tuvo como único efecto inflamar el dedo amarillento de mi madre. A pesar de sus esfuerzos por exterminarlo, el hongo permaneció ahí durante años, hasta que una medicina china, a la que nadie –ni ella– daba crédito, consiguió ahuyentarlo en pocos días. Algo tan inesperado que no pude dejar de preguntarme si no fue el parásito quien decidió marcharse a otro lugar.

Hasta ese momento, los hongos habían sido siempre –al menos para mí– objetos curiosos que aparecían en los dibujos para niños y que relacionaba con los bosques y los duendes. En todo caso, nada parecido a esa rugosidad que daba a la uña de mi madre la textura de una ostra. Sin embargo, más que el aspecto incierto y movedizo, más que su tenacidad y su aferramiento al dedo invadido, lo que recuerdo particularmente en todo ese asunto fue el asco y el rechazo que el parásito provocaba en ella. A lo largo de los años, he visto otras personas con micosis en diferentes partes del cuerpo. Micosis de todo tipo, desde las que producen una peladura áspera y seca en la planta de los pies, hasta los hongos rojos y circulares que suelen aparecer en las manos de los cocineros. La mayoría de la gente los lleva con resignación, otros con estoicismo, algunos con verdadera negligencia. Mi madre, en cambio, vivía la presencia de su hongo como si se tratara de una calamidad vergonzosa. Aterrada por la idea de que pudiera extenderse al resto del pie o, peor aún, a todo su cuerpo, separaba la uña afectada con un pedazo grueso de algodón para impedir que rozara el dedo contiguo. Nunca usaba sandalias y evitaba descalzarse frente a nadie que no fuera de mucha confianza. Si, por alguna razón, debía utilizar una ducha pública, lo hacía pisando siempre unas chancletas de plástico y, para bañarse en la piscina, se quitaba los zapatos en el borde, justo antes de zambullirse, para que los demás no miraran sus pies. Y era mejor así, pues cualquiera que hubiese descubierto ese dedo, sometido a tantos tratamientos, habría creído que, en vez de un simple hongo, lo que mi madre tenía era un comienzo de lepra.

Los niños, a diferencia de los adultos, se adaptan a todo y, poco a poco, a pesar del asco que ella le tenía, yo empecé a considerar ese hongo como una presencia cotidiana en mi vida de familia. No me inspiraba la misma aversión que le tenía mi madre, más bien todo lo contrario. Esa uña pintada de yodo que yo veía vulnerable me causaba una simpatía protectora parecida a la que habría sentido por una mascota tullida con problemas para desplazarse. El tiempo siguió pasando y mi madre dejó de formar tanta alharaca alrededor de su dolencia. Yo, por mi parte, al crecer lo olvidé por completo y no volví a pensar en los hongos hasta que conocí a Philippe Laval.

Para ese entonces, tenía treinta y cinco recién cumplidos. Estaba casada con un hombre paciente y generoso, diez años mayor que yo, director de la Escuela Nacional de Música en la que había realizado la primera parte de mis estudios como violinista. No tenía hijos. Lo había intentado durante un tiempo, sin éxito, pero, lejos de atormentarme por ello, me sentía afortunada de poder concentrarme en mi carrera. Había terminado una formación en Julliard y construido un pequeño prestigio internacional, suficiente para que dos o tres veces al año me invitaran a Europa o Estados Unidos a dar algún concierto. Acababa de grabar un disco en Dinamarca y estaba por viajar de nuevo a Copenhague para impartir un curso de seis semanas, en un palacio al que acudían cada verano los mejores estudiantes del mundo.

Recuerdo que un viernes por la tarde, poco antes de mi partida, recibí una lista con las fichas biográficas de los profesores que coincidiríamos aquel año en la residencia. Entre ellas la de Laval. No era la primera vez que leía su nombre. Se trataba de un violinista y director con mucho prestigio y, en más de una ocasión, había escuchado, en boca de mis amigos, comentarios muy elogiosos sobre su desempeño en escena y la naturalidad con la que dirigía la orquesta desde el violín. Por la ficha, me enteré de que era francés y que vivía en Bruselas, aunque con frecuencia viajaba a Vancouver, donde enseñaba en la Escuela de Artes. Ese fin de semana, Mauricio, mi marido, había salido de la ciudad para asistir a un congreso. No tenía planes para la noche y me puse a buscar en Internet qué conciertos de Laval se vendían en línea. Después de fisgonear un poco, terminé comprando el de Beethoven, grabado en vivo años atrás en el Carnegie Hall. Recuerdo la sensación de estupor que me produjo escucharlo. Hacía calor. Tenías las puertas del balcón abiertas para que entrara por la ventana el aire fresco y, aun así, la emoción me impidió respirar normalmente. Todo violinista conoce este concierto, muchos de memoria, pero la forma de interpretarlo fue un descubrimiento absoluto. Como si por fin pudiera comprenderlo en toda su profundidad. Sentí una mezcla de reverencia, de envidia y de agradecimiento. Lo escuché por lo menos tres veces y en todas se reprodujo el mismo escalofrío. Busqué después piezas interpretadas por otros músicos invitados a Copenhague y, aunque el nivel era sin duda muy alto, ninguno logró sorprenderme tanto como lo hizo Laval. Después cerré el archivo y, aunque pensé en él en varias ocasiones, no volví a escuchar el concierto durante las dos semanas siguientes.

No era la primera vez que me separaba por un par de meses de Mauricio pero la costumbre no eliminaba la tristeza de dejarlo. Como siempre que hacía un viaje largo, le insistí en que viniera conmigo. La residencia lo permitía y, aunque él se empeñaba en negarlo, estoy convencida de que su trabajo también. Al menos habría podido pasar dos de las seis semanas que duraba el curso o visitarme una vez al principio y otra al final de mi estancia. De haber aceptado, las cosas entre nosotros habrían tomado un rumbo distinto. Sin embargo, él no le veía sentido. Decía que el tiempo iba a pasar rápido para ambos y que lo más conveniente era que me concentrara en mi trabajo. Se trataba, en su opinión, de una gran oportunidad para sondear dentro de mí misma y compartir con otros músicos. No debía desaprovecharla y tampoco interrumpirla. Y lo fue, sólo que no del modo en que lo esperábamos.

El castillo en el que tuvo lugar la escuela de verano se encontraba en el barrio de Christiania, a las afueras de la ciudad. Estábamos a finales de julio y por la noche la temperatura exterior era muy agradable. No tardé casi nada en hacerme amiga de Laval. Al principio sus horarios eran más o menos similares a los míos: él era indiscutiblemente noctámbulo y yo todavía estaba acostumbrada al ritmo americano. Después de las clases, trabajábamos a la misma hora en cuartos insonorizados para no despertar a los demás y coincidíamos de cuando en cuando en la cocina o frente a la mesita del té. Éramos los primeros –y los únicos– en llegar al desayuno tan temprano, cuando el comedor comenzaba su servicio. De ser amable y en exceso cortés, la conversación se fue volviendo cada vez más personal. Muy rápido se dio entre nosotros un trato íntimo y una sensación de cercanía, distinta de la que me inspiraban los otros profesores.

Una escuela de verano es un lugar fuera de la realidad que nos deja dedicarnos a aquello que usualmente no nos permitimos. En las horas libres, uno puede otorgarse toda clase de licencias: visitar a fondo la ciudad a la que ha sido invitado, asistir a cenas o a espectáculos, socializar con sus habitantes o con otros residentes, entregarse a la pereza, a la bulimia o a algún comportamiento adictivo. Laval y yo caímos en la tentación del enamoramiento. Al parecer, todo un clásico en ese tipo de sitios. Durante las seis semanas que duró la residencia, paseamos juntos en autobús y en bicicleta por los parques de Copenhague, visitamos bares y museos, asistimos a la ópera y a varios conciertos, pero, sobre todo, nos dedicamos a conocernos, hasta donde fuera posible, en ese lapso reducido de tiempo. Cuando una relación se sabe condenada a una fecha precisa es más fácil dejar caer las barreras con las que uno suele protegerse. Somos más benignos, más indulgentes, con alguien que pronto dejará de estar ahí que frente a quienes se perfilan como parejas a largo plazo. Ningún defecto, ninguna tara resulta desalentadora, ya que no habremos de soportarla en el futuro. Cuando una relación tiene una fecha de caducidad tan clara como la nuestra, ni siquiera perdemos el tiempo en juzgar al otro. Lo único en lo que uno se concentra es en disfrutar sus cualidades a fondo, con premura, vorazmente, pues el tiempo corre en nuestra contra. Eso fue al menos lo que nos sucedió a Philippe y a mí durante aquella residencia. Sus incontables manías a la hora de trabajar, de dormir o de ordenar su habitación me parecían divertidas. Su miedo a la enfermedad y a todo tipo de contagio, su insomnio crónico, me enternecían y me llevaban a querer protegerlo. Lo mismo le pasaba a él con mis obsesiones, mis miedos, mi propio insomnio y mi frustración constante en lo que a la música se refería. Hay que decir, sin embargo, que esa fue una época de mucha creatividad. Si en el disco que había grabado meses antes en Copenhague yo misma notaba cierta rigidez, cierta precisión de relojería, ahora mi música tenía más soltura y mayor presencia. No la vigilancia estricta de quien teme equivocarse, sino la entrega y la espontaneidad de quien disfruta a fondo lo que está haciendo. Hay, por suerte, algunas evidencias de ese momento privilegiado en mi carrera. Además de las grabaciones a las que obliga la institución que nos había contratado, hice tres programas de radio que conservo entre los testimonios de mis mayores logros personales. Laval dirigió dos conciertos en el Teatro Real de Copenhague y ambos fueron sobrecogedores. El público lo ovacionó de pie durante varios minutos y, al final del evento, los músicos aseguraron que compartir la escena con él había sido un privilegio. Yo, que desde entonces he seguido de cerca todo su desarrollo, puedo decir que el mes y medio pasado en esa ciudad constituye uno de los mejores momentos –si no el mejor– de toda su carrera. Es verdad que desde entonces se ha estabilizado, pero basta escuchar las grabaciones realizadas en esas semanas para darse cuenta: hay en ellas una transparencia muy particular en cuanto a la emoción se refiere.

Como yo, Laval estaba casado. En un chalet situado en las afueras de Bruselas, lo esperaban su mujer y sus hijas, tres niñas rubias y de cara redonda, cuyas fotos atesoraba en su teléfono. De nuestras respectivas parejas preferíamos no hablar demasiado. A pesar de lo que pueda pensarse, en ese estado de alegría excepcional no había espacio para la culpa ni para el miedo de lo que sobrevendría después, cuando cada quien regresara a su mundo. No había otro tiempo salvo el presente. Era como vivir en una dimensión paralela. Quien no haya pasado por algo semejante pensará que pergeño estas malogradas metáforas para justificarme. Quien sí, sabrá exactamente de lo que estoy hablando. A finales de septiembre, la residencia terminó y volvimos a nuestros países. Al principio nos vino bien llegar a casa y recuperar la vida cotidiana, pero, al menos en lo que a mí respecta, no volví al mismo lugar del que me había ido. Para empezar, Mauricio no estaba en la ciudad. Un viaje de trabajo lo había llevado a Laredo. Esa ausencia no pudo haberme venido mejor. Me dio el tiempo perfecto para reencontrarme con el departamento y con mi vida cotidiana. Es verdad, por ejemplo, que en mi estudio las cosas estaban intactas: los libros y los discos en su lugar, mi atril y mis partituras cubiertas por una capa de polvo apenas más gruesa que antes de dejarlos. Sin embargo, la forma de estar en mi casa y en todos los espacios, incluido mi propio cuerpo, se había transformado y, aunque entonces no fuera consciente de ello, resultaba imposible dar vuelta atrás. Los primeros días, seguía llevando conmigo el olor y los sabores de Philippe. Con una frecuencia mayor de la que hubiera deseado, se me venían encima como oleadas abrumadoras. A pesar de mis esfuerzos por mantener la templanza, nada de esto me dejaba indiferente. Al acuse de las sensaciones descritas, seguía el sentimiento de pérdida, de añoranza y después la culpa por reaccionar así. Quería que mi vida siguiera siendo la misma, no porque fuera mi única alternativa, sino porque me gustaba. La elegía cada mañana al despertarme en mi habitación, en esa cama que durante más de diez años había compartido con mi esposo. Elegía eso y no los tsunamis sensoriales ni los recuerdos que, de haber podido, habría erradicado para siempre. Pero mi voluntad era un antídoto insuficiente contra la influencia de Philippe.

Mauricio volvió un sábado a mediodía, antes de que lograra poner orden en mis sentimientos. Lo recibí aliviada, como quien encuentra en medio de una tormenta el bote que lo salvará del naufragio. Pasamos juntos el fin de semana. Fuimos al cine y al supermercado. El domingo desayunamos en uno de nuestros restaurantes favoritos. Nos contamos los detalles de los viajes y los inconvenientes de nuestros respectivos vuelos. Durante esos días de reencuentro, me pregunté en varias ocasiones si debía explicarle lo sucedido con Laval. Me molestaba esconderle cosas, sobre todo tan serias como esa. Nunca lo había hecho. Me di cuenta de que necesitaba su absolución y, de ser posible, su consuelo. Sin embargo, preferí no decir nada por el momento. Mayor que mi necesidad de ser honesta, era el miedo a lastimarlo, a que algo se rompiera entre nosotros. El lunes, ambos retomamos el trabajo. Los recuerdos seguían asaltándome pero logré controlarlos con cierta destreza hasta que, dos semanas después, Laval volvió a aparecer.

Una tarde, recibí una llamada de larga distancia cuya clave no identifiqué en la pantalla. Antes de responder se aceleró mi ritmo cardiaco. Levanté el auricular y, después de un corto silencio, reconocí el Amati de Laval del otro lado del hilo. Escucharlo tocar a miles de kilómetros, estando en mi propia casa, consiguió que lo que empezaba a sanar con tanto esfuerzo, sufriera un nuevo desagarre. Esa llamada, en apariencia inofensiva, consiguió introducir a Philippe en un espacio al que no pertenecía. ¿Qué buscaba llamando de esa manera? Probablemente restablecer el contacto, mostrar que seguía pensando en mí y que el sentimiento no se había apagado. Nada en términos concretos y, al mismo tiempo, mucho más de lo que mi estabilidad emocional podía soportar. Hubo una segunda llamada, esta vez con su propia voz, hecha, según dijo, desde una cabina a dos cuadras de su casa. Me explicó lo que su música me había dicho antes: seguía pensando en nosotros y le estaba costando mucho desprenderse. Habló y habló durante varios minutos, hasta agotar el crédito que había puesto en el teléfono. Apenas tuve tiempo de aclararle dos puntos importantes. Primero: todo lo que él sentía era mutuo y, segundo, no quería que volviese a llamar a mi casa. Laval sustituyó las llamadas por correos electrónicos y mensajes al celular. Escribía por las mañanas y por las noches, contándome todo tipo de cosas, desde su estado de ánimo hasta el menú de sus comidas y cenas. Me hacía la reseña de sus salidas y de sus eventos de trabajo, las ocurrencias y las enfermedades de sus hijas y, sobre todo –esa era la parte más difícil–, la descripción detallada de su deseo. Así fue como la dimensión paralela, que creía cancelada para siempre, no sólo se abrió de nuevo sino que empezó a volverse cotidiana, robándole espacio a la realidad tangible de mi vida, en la que cada vez yo estaba menos presente. Poco a poco aprendí sus rutinas, las horas a las que llevaba a las niñas al colegio, los días en los que estaba en casa y aquellos en los que salía del pueblo. El intercambio de mensajes me daba acceso a su mundo y, a base de preguntas, Laval consiguió abrirse un espacio similar en mi propia existencia. Siempre he sido una persona con tendencias fantasiosas pero esa característica aumentó vertiginosamente por culpa suya. Si hasta entonces había vivido el setenta por ciento del tiempo en la realidad y el treinta en la imaginación, el porcentaje se invirtió por completo, al punto en que todas las personas que entraban en contacto conmigo empezaron a preocuparse, incluido Mauricio, quien, sospecho, ya albergaba alguna idea de lo que estaba pasando.

Me fui volviendo adicta a la correspondencia con Laval, a esa conversación interminable, y a considerarla como la parte más intensa e imprescindible de mi vida diaria. Cuando, por alguna razón, tardaba más de lo habitual en escribir o le era imposible responder pronto a mis mensajes, mi cuerpo daba señales claras de ansiedad: mandíbulas apretadas, sudor en las manos, movimiento involuntario de una pierna. Si antes, sobre todo en Copenhague, casi no hablábamos de nuestras respectivas parejas, en el diálogo a distancia, aquella restricción dejó de ser vigente. Nuestros matrimonios se convirtieron en objeto de voyerismo cotidiano. Primero, nos contábamos sólo las sospechas y las preocupaciones de nuestros cónyuges, luego las discusiones y los juicios que hacíamos sobre ellos pero también los gestos de ternura que tenían hacia nosotros, para justificar ante el otro, y ante nosotros mismos, la decisión de seguir casados. A diferencia de mí, que vivía en un matrimonio apacible y taciturno, Laval era infeliz con su mujer. Al menos eso me contaba. Su relación, que había durado ya más de dieciocho años, constituía la mayor parte del tiempo un verdadero infierno. Catherine, su esposa, no hacía sino exigirle atención y cuidados intensivos y descargaba sobre él su incontenible violencia. Era tristísimo pensar en Laval viviendo en semejantes condiciones. Era tristísimo imaginarlo un domingo, por ejemplo, encerrado en su casa, sometido a los gritos y a las recriminaciones, mientras en las ventanas caía la lluvia interminable de Bruselas. Pero Laval no pensaba dejar a su familia. Estaba resignado a vivir así hasta el final de sus días y debo decir que esa resignación, aunque incomprensible, me acomodaba. Tampoco yo tenía deseos de abandonar a Mauricio.

Tras más de dos meses de mensajes y eventuales llamadas al celular, se estableció por fin una rutina en la que me sentía más o menos cómoda. Aunque mi atención, o lo que quedaba de ella, estaba puesta en la presencia virtual de Laval, mi vida cotidiana empezó a resultarme llevadera, incluso disfrutable, hasta que se planteó la posibilidad de volver a vernos. Como he dicho, Laval viajaba cada trimestre a la ciudad de Vancouver y en su siguiente visita, después de Copenhague, se le ocurrió que lo alcanzara ahí. No le costó nada conseguir una invitación oficial de la escuela para que yo impartiera un taller, muy bien remunerado, en las mismas fechas en que él debía viajar aquel invierno. La idea, si bien peligrosa, no podía ser más tentadora y me fue imposible rechazarla, aun sabiendo que amenazaba el precario equilibrio que había alcanzado en ese momento.

Nos vimos, pues, en Canadá. Fue un viaje hermoso de tres días, rodeados otra vez de lagos y de bosques. Entre nosotros volvió a establecerse lo mismo que habíamos sentido durante la residencia pero de manera más urgente, más concentrada. Evitamos dentro de lo posible todos los compromisos sociales. El tiempo que no empleábamos trabajando, lo pasábamos solos en su habitación, reconociendo, de todas las maneras imaginables, el cuerpo del otro, sus reacciones y sus humores, como quien vuelve a un territorio conocido del que no quisiera salir jamás. También hablamos mucho de lo que nos estaba pasando, de la alegría y la novedad que ese encuentro había añadido a nuestras vidas. Concluimos que la felicidad podía encontrarse fuera de lo convencional, en el estrecho espacio al que nos condenaban tanto nuestra situación familiar como la distancia geográfica.

Después de Vancouver, nos vimos en los Hampton. Meses después, en el Festival de Música de Cámara de Berlín y luego en el de Música Antigua de Ambromay. Todos esos encuentros estuvieron orquestados por Philippe. Aun así, el tiempo pasado juntos nunca nos parecía suficiente. Cada regreso, al menos para mí, era más difícil que el anterior. Mi distracción era peor y mucho más evidente que al volver de Dinamarca: olvidaba las cosas con frecuencia, perdía las llaves dentro del departamento y, lo más terrible de todo, empezó a resultarme imposible convivir con mi marido. La realidad, que ya no me interesaba sostener, comenzó a derrumbarse como un edificio abandonado. Quizás no me hubiera dado cuenta nunca de no ser por una llamada de mi suegra que me sacó de mi letargo. Había hablado con Mauricio y estaba muy preocupada.

–Si estás enamorada de otro, se te está saliendo de las manos –me dijo con la actitud claridosa que siempre la ha caracterizado–. Deberías hacer todo por controlarlo.

Su comentario cayó en oídos ausentes pero no sordos. Una tarde, Mauricio llegó temprano del trabajo, mientras sonaba en casa un concierto de Chopin para piano y violín, interpretado por Laval diez años antes. Un disco que nunca habría puesto en su presencia. No sé si fue mi expresión de sorpresa al verlo llegar o si tenía la intención previa de hacerlo, pero aquel día me interrogó sobre mis sentimientos. Habría deseado dar una respuesta sincera a sus preguntas. Habría deseado explicar mis contradicciones y mis miedos. Habría deseado, sobre todo, contarle lo que estaba sufriendo. Sin embargo, lo único que pude hacer fue mentirle. ¿Por qué lo hice? Quizás porque me lastimaba traicionar a alguien a quien seguía queriendo profundamente, aunque de otra manera; quizás por miedo a su reacción o porque albergaba la esperanza de que, tarde o temprano, las cosas retomarían su curso original. La madre de Mauricio tenía razón: el asunto se me estaba saliendo de las manos. Después de darle muchas vueltas, decidí suspender el viaje siguiente y abocar toda mi energía a distanciarme de Laval. Le escribí explicándole el estado de las cosas y le pedí ayuda para recuperar esa vida que se estaba diluyendo en mis narices. Mi decisión lo afectó pero se mostró comprensivo.

Pasaron dos semanas en las que Laval y yo no mantuvimos ningún contacto. Sin embargo, cuando dos personas piensan constantemente la una en la otra, se establece entre ellas un vínculo que rebasa los medios ortodoxos de comunicación. Aunque estuviera determinada a olvidarlo, al menos a no pensar en él con la misma intensidad, mi cuerpo se reveló a ese designio y empezó a manifestar su voluntad por medio de sensaciones físicas y, por supuesto, incontrolables. Lo primero que sentí fue un ligero escozor en la entrepierna. Sin embargo, a pesar de que inspeccioné varias veces la zona, no pude encontrar nada visible y terminé por resignarme. Pasadas unas semanas, la comezón, al principio leve, casi imperceptible, se volvió intolerable. Sin importar la hora ni el lugar donde me encontrara, sentía mi sexo y hacerlo implicaba inevitablemente pensar también en el de Philippe. Fue entonces cuando llegó su primer mensaje al respecto. Un correo, escueto y alarmado, en el que aseguraba haber contraído algo grave, probablemente un herpes, una sífilis o cualquier otra enfermedad venérea, y quería advertirme de ello para que tomara mis precauciones. Ese era Philippe tout craché, como dicen en su lengua, y esa la reacción clásica de alguien propenso a la hipocondría. El mensaje cambió mi perspectiva: si los síntomas estaban presentes en ambos, lo más probable era que padeciéramos lo mismo. No una enfermedad grave, como pensaba él, pero quizás sí una micosis. Los hongos pican; si están muy arraigados, pueden incluso doler. Hacen que todo el tiempo estemos conscientes de la parte del cuerpo donde se han establecido y eso era exactamente lo que nos sucedía. Traté de tranquilizarlo con un par de mensajes cariñosos. Antes de retomar el silencio, acordamos ir al médico en nuestras respectivas ciudades.

El diagnóstico que recibí fue el que ya suponía. Según mi ginecólogo, un cambio en la acidez de mis mucosas había propiciado la aparición de los microorganismos y bastaría aplicar una crema durante cinco días para erradicarlos. Saberlo estuvo lejos de tranquilizarme. Pensar que algo vivo se había establecido en nuestros cuerpos, justo ahí donde la ausencia del otro era más evidente, me dejaba estupefacta y conmovida. Los hongos me unieron aún más a Philippe. Aunque al principio apliqué puntualmente y con diligencia la medicina prescrita, no tardé en interrumpir el tratamiento: había desarrollado apego por el hongo compartido y un sentido de pertenencia. Seguir envenenándolo era mutilar una parte importante de mí misma. La comezón llegó a resultarme, si no agradable, al menos tan tranquilizadora como un sucedáneo. Me permitía sentir a Philippe en mi propio cuerpo e imaginar con mucha exactitud lo que pasaba en el suyo. Por eso me decidí no sólo a conservarlos, sino a cuidar de ellos de la misma manera en que otras personas cultivan un pequeño huerto. Después de cierto tiempo, conforme cobraron fuerza, los hongos se fueron haciendo visibles. Lo primero que noté fueron unos puntos blancos que, alcanzada la fase de madurez, se convertían en pequeños bultos de consistencia suave y de una redondez perfecta. Llegué a tener decenas de aquellas cabecitas en mi cuerpo. Pasaba horas desnuda, mirando complacida como se habían extendido sobre la superficie de mis labios externos en su carrera hacia las ingles. Mientras tanto imaginaba a Philippe afanado sin descanso en su intento por exterminar a su propia cepa. Descubrí que me equivocaba el día en que recibí este mensaje en mi correo electrónico: «Mi hongo no desea más que una cosa: volver a verte».

El tiempo que antes dedicaba a dialogar con Laval lo invertí, durante esos días, en pensar en los hongos. Recordé el de mi madre, que había borrado casi por completo de mi memoria, y empecé a leer sobre esos seres extraños, semejantes, por su aspecto, al reino vegetal, pero con un aferramiento a la vida y al ser parasitado que no pueden sino acercarlos a nosotros. Averigüé, por ejemplo, que organismos con dinámicas vitales muy diversas pueden ser catalogados como hongos. Existen alrededor de un millón y medio de especies, de las cuales se han estudiado cien mil. Concluí que con las emociones ocurre algo semejante: muy distintos tipos de sentimientos (a menudo simbióticos) se definen con la palabra «amor». Los enamoramientos muchas veces nacen también de forma imprevista, por generación espontánea. Una tarde sospechamos de su existencia por un escozor apenas perceptible, y al día siguiente nos damos cuenta de que ya se han instalado de una manera que, si no es definitiva, al menos lo parece. Erradicar un hongo puede ser tan complicado como acabar con una relación indeseada. Mi madre sabe de ello. Su hongo amaba su cuerpo y lo necesitaba de la misma manera en que el organismo que había brotado entre Laval y yo reclamaba el territorio faltante.

Hice mal en creer que, con dejar de escribirle, me desharía de Laval. Hice mal asimismo en pensar que ese sacrificio bastaría para recuperar a mi marido. Nuestra relación nunca resucitó. Mauricio se fue de casa discretamente, sin ningún tipo de aspaviento. Empezó por ausentarse una noche de tres y luego extendió sus periodos desertores. Era tal mi falta de presencia en nuestro espacio común que, aunque no pude dejar de notarlo, tampoco logré hacer nada por impedirlo. Todavía hoy me pregunto si, de intentarlo con más ahínco, habría sido posible restablecer los lazos diluidos entre nosotros. Estoy segura de que Mauricio comentó con un número reducido de amigos las circunstancias de nuestro divorcio. Sin embargo, esas personas hablaron con otras y la información se fue extendiendo a nuestros allegados. Hubo incluso personas que se sintieron autorizadas a expresarme su aprobación o su rechazo, lo cual no dejaba de indignarme. Unos decían, para darme consuelo, que las cosas «siempre pasan por algo», que lo habían visto venir y que la separación era necesaria tanto para mi crecimiento como para el de Mauricio. Otros me aseguraron que mi esposo mantenía, desde hacía varios años, una relación con una joven musicóloga y que no debía sentirme culpable. Lo último no se comprobó jamás. Lejos de serenarme, lo único que consiguieron estos comentarios fue aumentar mi sensación de desamparo y de aislamiento. Mi vida no sólo había dejado de pertenecerme sino que se había vuelto materia de discusión de terceros. Por esa razón, no soportaba ver a nadie pero tampoco me gustaba estar sola. Si hubiese tenido hijos, probablemente habría sido diferente. Un niño hubiera representado un ancla muy poderosa al mundo tangible y cotidiano. Habría estado pendiente de su persona y de sus necesidades. Me habría alegrado la vida con ese cariño incondicional que tanto necesitaba. Pero fuera de mi madre, ocupada casi siempre en su actividad profesional, en mi vida sólo tenía el violín y el violín era Laval. Cuando por fin me decidí a buscarlo, Philippe no sólo retomó el contacto con el entusiasmo de siempre, sino que fue más solidario que nunca. Llamaba y escribía varias veces al día, escuchaba todas mis dudas, me daba aliento y consejos. Nadie se implicó tanto en mi recuperación anímica como lo hizo él durante los primeros meses. Sus llamadas y nuestras conversaciones virtuales se volvieron mi único contacto disfrutable con otro ser humano.

Al contrario de lo que hizo mi madre durante mi infancia, yo había decidido quedarme con los hongos indefinidamente. Vivir con un parásito es aceptar la ocupación. Cualquier parásito, por inofensivo que sea, tiene una necesidad incontenible de avanzar. Es imperativo ponerle límites, de lo contrario lo hará hasta invadirnos. Yo, por ejemplo, nunca he permitido que el mío llegue hasta las ingles ni a ningún otro lugar fuera de mi entrepierna. Philippe tiene conmigo una actitud similar a la mía con los hongos. No me permite jamás salir de mi territorio. Me llama a casa cuando lo necesita pero yo no puedo, bajo ninguna circunstancia, telefonear a la suya. Él es quien decide el lugar y las fechas de nuestros encuentros y quien los cancela siempre que su mujer o sus hijas interrumpen nuestros planes. En su vida, soy un fantasma que puede invocar infaliblemente. Él, en la mía, es un espectro que a veces se manifiesta sin ningún compromiso. Los parásitos –ahora lo sé– somos seres insatisfechos por naturaleza. Nunca son suficientes ni el alimento ni la atención que recibimos. La clandestinidad que asegura nuestra supervivencia también nos frustra en muchas ocasiones. Vivimos en un estado de constante tristeza. Dicen que para el cerebro el olor de la humedad y el de la depresión son muy semejantes. No dudo que sea verdad. Cada vez que la angustia se me acumula en el pecho, me refugio en Laval como uno recurre a un psicólogo o a un ansiolítico. Y aunque no siempre de inmediato, casi nunca se niega a responderme. No obstante, como es de esperar, Philippe no soporta esta demanda. A nadie le gusta vivir invadido. Ya suficiente presión tiene en su casa como para tolerar a esa mujer asustada y adolorida en la que me he convertido, tan distinta de aquella que conoció en Copenhague. Nos hemos vuelto a ver en varias ocasiones, pero los encuentros ya no son como antes. Él también está asustado. Le pesa su responsabilidad en mi nueva vida y lee, hasta en mis comentarios más inocuos, la exigencia de que deje a su esposa para vivir conmigo. Yo me doy cuenta. Por eso he disminuido, a costa de la salud, mi demanda de contacto, pero mi necesidad sigue siendo insondable.

Hace más de dos años que asumí esta condición de ser invisible, con apenas vida propia, que se alimenta de recuerdos, de encuentros fugaces en cualquier lugar del mundo, o de lo que consigo robar a un organismo ajeno que se me antoja como mío y que de ninguna manera lo es. Sigo haciendo música, pero todo lo que toco se parece a Laval, suena a él, como una copia distorsionada que a nadie interesa. No sé cuánto tiempo se pueda vivir así. Sé, en cambio, que hay personas que lo hacen durante años y que, en esa dimensión, logran fundar familias, colonias enteras de hongos sumamente extendidas que viven en la clandestinidad y, un buen día, a menudo cuando el ser parasitado fallece, asoman la cabeza durante el velorio y se dan a conocer. No será mi caso. Mi cuerpo es infértil. Laval no tendrá conmigo ninguna descendencia. A veces, me parece notar en su rostro o en el tono de su voz, cierto fastidio semejante al rechazo que mi madre sentía por su uña amarillenta. Por eso, a pesar de mi enorme necesidad de atención, hago todo lo posible para resultar discreta, para que recuerde mi presencia sólo cuando le apetece o cuando la necesita. No me quejo. Mi vida es tenue pero no me falta alimento, aunque sea a cuentagotas. El resto del tiempo vivo encerrada e inmóvil en mi departamento, en el que desde hace varios meses no levanto casi nunca las persianas. Disfruto la penumbra y la humedad de los muros. Paso muchas horas tocando la cavidad de mi sexo –esa mascota tullida que vislumbré en la infancia–, donde mis dedos despiertan las notas que Laval ha dejado en él. Permaneceré así hasta que él me lo permita, acotada siempre a un pedazo de su vida o hasta que logre dar con la medicina que por fin, y de una vez por todas, nos libere a ambos.


*Este cuento fue publicado en: El matrimonio de los peces rojos, Editorial Páginas de Espuma, 2013. © Guadalupe Nettel, 2013.

Con qué manos podría Edgardo haber cazado un animal, si él no tenía manos ni para el amor, mucho menos para la muerte. Se había vuelto un nulo mequetrefe, sentado todo el día frente a la televisión o en la computadora criando vacas, armando ciudades, conquistando pueblos, robando oro, alimentando a zoológicos enteros mientras al jardín se lo comía la maleza. Con qué manos podría haber matado un animal si sólo mataba monstruos y demás engendros, cables y teclado de por medio. Pero así, en la realidad, ¿matar un bicho duro como ese? Era increíble.

Entró a la cocina muerto de sudor aquella mañana bien temprano y lo tiró sobre la mesa. El caparazón resbaló en la fórmica vieja, y él, cambiando la voz, imitando no sé bien a quién, me dijo:

–Mujer: toma, prepáralo.

El animal tenía los ojos cerrados, yo lo creí vivo y grité no más de verlo sobre la mesa de la cocina, llenándolo todo con la tierra que todavía le quedaba en las pezuñas.

–Saca ese bicho de ahí –dije enfurecida, pero Edgardo, triunfal, en su papel de cazador, no hizo más que reírse con las manos puestas a cada lado de la cadera, como si llevara un par de pistolas de plata, un vaquero de esos que tanto admiraba en su infancia. O uno de sus avatares electrónicos con los que solía disfrazarse para salir a matar en los pasillos de ciudades virtuales. Estaba metido en su papel. –Ja, ja, ja –reía falsamente. Yo ya había dejado de gritar cuando se dio media vuelta, vaquero que acaba de ganar un duelo, y regresó al jardín a seguir luchando contra la maleza. Por fin había decidido limpiar el terreno, abandonar momentáneamente sus juegos.

En este juego yo era su contrincante y había perdido. Mi castigo era ese animal duro como un tanque de guerra que descansaba sobre la mesa. Era como si me hubiese dicho: Ah, ¿no querías campo, pues? Como si me hubiese gritado: ¿No querías volver al pueblo donde naciste? Entonces me dije que el duelo no había terminado y recordé los cuentos de Antonia mientras preparaba los animales que papá traía del monte, hacía tantos años en esta misma casa. Las manos grandes de Antonia degollándolos, sacándoles la piel, arrancándoles los intestinos largos como un chicle infinito. Yo jugaba con ese chicle, y con los pequeños corazones hasta que de pronto todo comenzó a darme asco. A cierta edad fuimos conscientes de que eran las entrañas de los animales, esos que antes papá había matado a fuerza de balas, cuchillos o palazos. Desde entonces me dije que sólo comería pechugas cortadas por otros, puestas en bandejas blancas y separadas la una de la otra con hojas de plástico transparentes. Pechugas rosadas, delgadas, blandas, donde todo vestigio de sangre o vísceras hubiese sido borrado a fuerza de limpieza y agua hirviendo. Toda huella de salvajismo, borrada a fuerza de cloro y hormonas. Mi vida en la ciudad fue vida de pechugas hasta que dejaron de venderlas; o hasta que ya no pudimos comprarlas, da igual. Edgardo se quedó sin trabajo y yo ya estaba demasiado gorda para desfiles o fotos, nadie recordaba que estuve a punto de ganar el Miss Venezuela. Entonces comenzó nuestro declive. El castigo por haberme empeñado en volver a este pueblo era tener que abandonar los filetes cortados por otros o la macrobiótica forzada. Enfrentarme a ese animal acorazado.

«El duelo no había terminado», me dije. Por eso llevé a ese animal horrible hasta la batea. Dispuesta a ganar, le clavé el cuchillo más grande que había en aquella cocina con lo cual me fue imposible comprobar si antes de mi cuchillada, el pobre bicho presentaba algún otro signo de violencia. ¿Cómo lo habría matado, Edgardo, que no tenía pistolas, ni cuchillos, ni palos, tan sólo un rastrillo oxidado y un machete que apenas sabía usar para cortar el monte?

Lo había visto regresar al fondo del jardín, junto al barranco. Lo había visto desde la ventana abandonar su papel de cazador machista y retomar el de granjero, rastrillo y machete en mano. Desapareció de mi vista en ese punto en el que se suponía que debíamos construir las casuchas para los champiñones o cualquier cosa que se pudiera vender. La idea había sido cultivar y vender, pero los días pasaban entre el sopor de mis pastillas y la letanía de sus eternos juegos. Pastillas para dormir, para despertarme, para no comer, laxantes, anticonceptivos. Juegos para construir, para destruir, para arrasar y matar. La sangre saltó espesa como aceite, recuerdo. Negra. El caparazón se quebró mucho más fácil de lo que pensaba. Los ojitos seguían cerrados como si nada. Mis manos eran guiadas por mi memoria, por mis recuerdos de Antonia desollando animales. Lo demás, no lo recuerdo. Las vísceras y todo eso… Sólo el placer, la húmeda sensación de la carne por dentro. Un calorcito en las manos que me llevó directo a los días de mi infancia. No era sangre, no, eran los corazoncitos que vibraban en mis palmas de niña.

Miré la batea salpicada de un rojo casi negro y pensé que con qué manos, por dios, podría Edgardo haber cazado un animal como ese, si él no tenía manos ni para limpiar la maleza que amenazaba con tragarnos, incluso a su hijo que aquel fin de semana había venido a pasarlo con nosotros. Había venido obligado, Toño. Luego de un viaje de dos horas, la madre lo había traído hasta acá con un pequeño morral. Bajó del carro con su eterna mala cara y sus audífonos. Edgardo le pidió que al menos se quitara los audífonos para saludarlo. Tenía 13 años y no le hacía ninguna gracia venir a internarse en este campo con nosotros. Se aburría.

–Que te ayude en el jardín –le dije.

–¿Cómo se te ocurre? –me dijo como si fuese algo antinatural, como si más lógico fuera que Toño se internara en sus juegos o sus mensajes– Ya conseguiré a alguien de los alrededores –continuó antes de irse al fondo del terreno, allí dónde nacía el abismo del valle. ¿A qué había venido ese niño? Seguía en su rutina de juegos y correos como si no estuviera aquí, mientras el padre se partía el lomo limpiando.

El duelo no había terminado, me decía yo al tiempo que limpiaba la carne púrpura. Sí, yo había querido venirme, abandonar la mediocridad de Maturín, esa ciudad lluviosa que no nos ofrecía nada, me decía mientras ponía la carne en un nido blanco de sal y trataba de recordar la receta. Edgardo había aceptado sin reparos: cultivar champiñones le parecía el negocio del siglo, sólo hacía falta mierda y unas casuchas húmedas y frías. Lo demás lo haría el clima, el aire frío que daba vueltas entre la montaña y el valle. No lo pensó dos veces, cuando le propuse venirnos y enseguida se le ocurrió lo de los champiñones. El pueblo nunca le había gustado, era verdad. En la farmacia donde me compraba las pastillas siempre tenían a Pink Floyd como música de fondo y eso a Edgardo le parecía una mala señal. En la película que se iba armando en su cabeza éramos una pareja de citadinos que llegan a un pueblo maldito. Pronto comenzaría a salir sangre de los grifos o cosas por el estilo. No es normal, había dicho, esa música en medio de frascos y aspirinas. Sólo por Pink Floyd en la farmacia y la cara del farmaceuta dispuesto a vender cualquier tipo de pastillas sin récipes, ya Edgardo preveía nuestra ruina. Postergaba los champiñones. Sin embargo, no se fijó en aquel animal que había encontrado mientras limpiaba las hojas y el monte. No percibió sus ojitos ya cerrados. Estoy segura que no lo mataron las manos de Edgardo, delicadas, acostumbradas tan sólo a manipular teclados y el control remoto del televisor.

Asar al animal en el grill del horno y no como lo hubiese hecho papá, allá afuera, en la parrilla que ahora estaba tejida de enredaderas.

En la película que yo comenzaba a armarme en la cabeza, las enredaderas nos tejerían piernas y brazos hasta impedirnos salir de esta casa, tejida también en verde. No moriríamos de inanición, sino de abstinencia. Al lexotanil o cualquier otro ansiolítico; a Ages of Empires o cualquier otro videojuego. Tejidos. Toño ni se daría cuenta por los audífonos, por estar ocupado con los mensajes que enviaba y recibía a cada rato, porque era capaz de llegar a un estado de abstracción en el que el hambre o cualquier otra necesidad podían pasar desapercibidas e incluso desaparecer. Sin embargo, apenas lo llamé a comer aquel mediodía, vino corriendo.

–Se fue la luz –dijo como de paso y eso lo explicó todo.

El lugar en que debían ser construidas las casuchas para los champiñones había sido despejado a medias, pero Edgardo tenía el aspecto de quien había limpiado una hectárea completa a pulmón. Estaba sentado en una piedra y se secaba continuamente el sudor con la manga de la camisa, la espalda encorvada y la mirada perdida. El vaquero solitario se había quedado sin vaquero y ahora era sólo solitario. No le dije nada y él tampoco me habló, parecía que la extenuación le impedía hablar. Le di una botella de agua y preparé el terreno para mi victoria: un mantel sobre la tierra, los cubiertos, una botella de jugo y en el centro el trofeo. La carne sobre el plato reluciente, acompañada de arroz y plátano. Con las manos a cada lado de la cadera, como si en lugar de estas caderas inmensas tuviera un par de pistolas de plata, triunfal, le dije:

–Hombre: toma, cómetelo.

Yo quería campo, sí. Quería volver al pueblo en el que nací.

El granjero, es decir, Edgardo, se secó el sudor de la frente, puso una sonrisita avara en los labios y se sentó. Parecíamos una pareja graciosa y compenetrada metida en el juego de la granja. Él comenzó a comer con el hambre que da el trabajo físico. Nunca había comido así, ni en sus días de contador, ni en sus noches de estratega constructor de civilizaciones. Nunca había cocinado yo con mejor sazón, ni en mis días de bulímica ni en mis noches de anoréxica.

Me senté en su piedra mientras él se comía los primeros bocados. Lo miraba sin mirarlo porque en verdad mis ojos estaban en las manos de Antonia, en su figura grande dando vueltas por este mismo terreno, tendiendo la ropa, descuartizando los animales de papá, echándonos cuentos todo el tiempo. Sus cuentos no eran de aparecidos sino de muertes, envenenamientos, abortos. Mamá nos prohibía escucharla, pero era imposible despegarnos de su falda. Antonia, sus manos, sus cuentos y sus recetas. Cuando pudo hablar, Edgardo me preguntó si yo no comería.

–Estoy en dieta –le dije.

–Tú y tus eternas dietas –me dijo y continuó comiendo.

Preferí irme antes de que la ilusión de la pareja graciosa se viniese otra vez abajo con alguno de mis gritos. Quise decir «Y tú, que te conformas con esa barriga que te cuelga», pero en cambio dije:

–Me voy, tengo que servirle la comida a Toño.

Quiso decirme: «¿De qué te sirvieron tus dietas?», pero en cambio dijo:

–Ya viene un muchacho que contraté para que me ayude a terminar de limpiar el terreno –O probablemente sólo quiso decir lo que dijo. Tal vez era verdad que yo todo el tiempo ponía palabras en su boca, frases que él ni siquiera pensaba decir. Lo cierto es que sin las gesticulaciones del vaquero, Edgardo parecía un actor de pacotilla y cualquier cosa que hubiese dicho sonaba a falsedad.

De regreso, le serví un plato repleto a Toño. Se había ido la luz, había dicho antes de sentarse a la mesa y dedicarse a almorzar calladamente. En la mesa sólo estaba su plato. Edgardo comía en el fondo del jardín, seguramente ya había terminado, y yo no pretendía probar ni un pedacito de ese bicho. Toño comió sin preguntar qué era lo que comía. Tan enajenado, seguro pensó que era cochino y apuró los bocados para poder sumergirse nuevamente en su mundo. Había traído un cargamento de baterías por si acaso, dijo.

La batea todavía tenía sangre, pequeñas goticas que habían salpicado aquí o allá y que no habían desaparecido con la primera limpieza. No saldría sangre de los grifos, pero sí de animales encontrados al azar. Con un pañito lleno de cloro me dediqué a borrar la sangre negra y dura. El tiempo también era una gota de sangre coagulada, todo estaba detenido aquel mediodía con cierto aire de acecho, pero a mí no me pareció extraño porque así era el tiempo en el campo, yo lo sabía desde siempre.

Ya le había ganado a Edgardo y a su animal. Ya lo había destripado y cocinado, ya había borrado las manchas de la batea, ya había puesto la armadura del bicho a secarse bajo el sol como lo hubiese hecho Antonia. Toño terminó de comer y se internó en sus juegos o en sus mensajes, en sus audífonos o en sus libros. Y yo me debatía entre servirme de aquella carne o acabar con un paquete de galletas de chocolate chips que tenía escondidas al fondo de la despensa, cuando entró un desconocido a la cocina por la puerta de atrás, que siempre estaba entre abierta. Bañado en sudor, con olor a palo quemado, gritó que se estaba muriendo Edgardo, que había que llevarlo a la medicatura, que corriera. Apenas hacía pausas entre las palabras, apenas podía respirar, el pecho le subía y le bajaba con violencia. Durante un minuto no pude precisar qué era lo que estaba oyendo, sólo me preguntaba que quién era ese hombre, que si sería un asalto, que seguro Toño con sus audífonos no estaba escuchando nada, que me matarían en esta cocina, que se llevarían todo lo que teníamos, pero Toño y Edgardo no escucharían nada. Un portazo, tal vez.

El desconocido me estremeció el antebrazo y repitió la estrofa apresurada. De pronto, la quietud del mediodía se quebró, mi estómago se cerró como un puño: ni carne ni galletas de chocolate chips. Correr.

Corrimos hacia el terreno desmalezado. Estaba cerca de la casa y sin embargo parecía tan lejos. Piedras, ramas, las manos de Antonia frenaban mi paso. Palabras, advertencias, la enredadera que se me tejía rápidamente entre las piernas. El desconocido era mucho más veloz, era ágil y brincaba por sobre los desniveles, las ramas, las matas. Una vez cerca de la piedra al lado de la cual el cuerpo de Edgardo se había desplomado, comenzó a gritar. Está muerto, me dije y detuve la carrera. Bajé la vista hacia el valle. Un barranco verde, un sembradío de naranjos desordenados, la maraña de unas ramas secas.

El muchacho me hacía señas para que lo ayudara a levantar el cuerpo, gritaba que había que llevarlo rápido, que parecía envenenado, que corriera.

–Vamos, corre –gritaba y agitaba las manos.

Yo no podía acercarme al soldado caído, al vaquero asesinado por la punta de una flecha emponzoñada, al granjero atacado por animales salvajes. Su cuerpo tirado en el campo limpio para los champiñones y la voz de Antonia dando una advertencia a mi padre: Comer sólo lo que uno mismo caza. No aprovecharse de la muerte ni de la cacería de los otros.

Con que manos podría Edgardo haber cazado un animal, si él no tenía manos ni para el amor, mucho menos para la muerte. Nunca debí pedirle que se saliera de su vida digital y entrara en ésta de tierra, mierda, serpientes y maleza. Me devolví en lugar de seguir corriendo hasta él. Pensé en Toño, en que nadie lo echaría de menos ni lo buscaría en la casa. Seguro no había escuchado los gritos, metido en su mundo. Quise buscarlo, sacarlo de su cuarto para que me ayudara con Edgardo, salvarlo a él también, pero mi pie trastabilló y caí ladera abajo, hacia el abismo, empujada por el peso de pistolas de plata.

Miriam les cuenta que la casa la construyó él con sus propias manos. Les cuenta que apilaba las piedras los días de lluvia, para que se empapasen bien antes de soldarlas al cemento. Les cuenta que está en el límite entre dos regiones, un lugar mágico, habitado de espíritus, de meigas. Les explica lo que son las meigas, usando la palabra original, ellos la repiten frenando en cada sílaba, con el respeto con el que se pronuncia una plegaria.

Miriam se inventa toda esa historia, va saltando de una frase a otra de puntillas, como se posarían unos pies ingrávidos sobre las piedras de un río, y modula la voz suave, de tal manera que hasta él acabaría creyéndoselo todo, toda esa desorientación de la verdad. Miriam hace un silencio, la pausa suficiente como para que Rafael mire sus manos, libres ahora de la aspereza de entonces. Luego arquea su espalda, menos flexible, y piensa que ahora todo se acaba, esa casa, todo envuelto por la cháchara despreocupada de Miriam, que no ha callado desde su llegada.

—Salgo a tomar el aire.

Para cuando Rafael dice eso, ella ya está gesticulando ante los ingleses. Se pone a fumar un cigarrillo invisible y saca un humo que nadie percibe. Se da aires de cabaretera. Rafael espera a estar fuera para encenderlo. En el recibidor, se distrae mirando el papel pintado, que puso de cualquier manera una mañana de domingo, solo para ver cómo quedaba, solo para probar. Una esquina quiere despegarse. Pasa las yemas de los dedos por encima, lo acaricia. El papel se desprende como virutas de la corteza de un haya.

Le sorprende el frío. Se enciende el cigarrillo andando en círculos, observa el ascua anaranjada en su punta. Se gira y mira a su espalda. Toma perspectiva. La finca está en una ladera. Hay una parte en la que la loma se corta. Los días de lluvia intensa, el agua cae por ese costado, como perseguida por una rapaz. En el interior, alguien descorcha otra botella y enseguida se oyen unas risas. Piensa que son de Miriam. Después piensa que pueden pertenecer a cualquier otra mujer.

—Dentro de un año, tal vez dos, ni siquiera te acordarás de este sitio —le había dicho ella.

Habían quedado con los ingleses para cerrar la venta. Por la mañana ha ido solo. La autopista se le antoja más vacía de coches, más hueca. Los campos segados se difuminan deprisa en el espejo retrovisor.

—Voy a echar un vistazo —había dicho cogiendo las llaves del coche—. Seguro que nos hemos dejado algo sin recoger.

Cierra la puerta. No espera respuesta.

Cuando llega, sube al piso de arriba. El fluorescente del baño tiembla. Se mira en el espejo, abre más las hojas laterales y observa su rostro triplicado. Es la última vez que me afeito en este lavabo, piensa, y no sabe muy bien si esa es la razón para hacerlo con parsimonia, deslizando la cuchilla varias veces sobre los mismos surcos. Antes de quitar el tapón cromado, busca la desconchadura detrás del grifo del agua caliente. Solo tiene que tantear unos segundos. Allí está. Un cuarto de vuelta de llave inglesa hizo saltar el esmalte al instalarlo. Se acerca un poco más, alza la barbilla para afeitarse un hueco en la mandíbula, a continuación se aclara. Recoge todos los enseres con la minuciosidad de un asesino y sale al exterior.

Necesita la escalera del garaje para descolgar el columpio. Recuerda cuando las niñas se subían a él, una foto en la que Miriam se mecía, con la más pequeña en brazos. Se pregunta dónde estará aquella foto, si se habrá extraviado también en la última de las mudanzas. Ahora no tiene sentido. Las niñas han crecido, se preocupan por otras cosas. Intenta sacar los clavos, pero llevan tanto tiempo incrustados en el árbol que la rama los ha hecho suyos. Busca las tenazas de podar y corta las cuerdas. El tablón golpea el suelo haciendo un ruido sordo.

Tras el esfuerzo se siente cansado. El pecho le late con fuerza, ahora con una pulsión distinta de la de entonces, un sonido más lejano, como salido del fondo de un pozo.

La tumbona de playa está en el jardín. Se sienta a horcajadas y mira al bosque, enfrente. Alguien se ha dejado olvidado un cuaderno de autodefinidos, abierto por la mitad. Será de Miriam. Nunca acaba lo que una vez empezó con desaforado entusiasmo, se dice. Lo coge por el borde, del mismo modo en que se agarra del pescuezo a un cachorro, e intenta completar las tres casillas horizontales que faltan. Río de Mesopotamia, seis letras. Emperador romano, siete. C-L-A-U-D-I-O. Claudio cabe, pero no tiene bolígrafo. Sería preciso entrar en la casa y revolver los cajones hasta encontrar uno. Arruga el cuaderno y lo lanza contra el árbol. El viento revuelve con perversidad las páginas más superficiales.

—Lo meteré todo en el coche y fuera —dice en voz alta.

Permanece unos segundos en esa posición. Acaricia la tela a rayas de la tumbona, los agujeros que el tiempo y el uso han dejado sobre su superficie. Sería necesario plegarla, pero tal vez no se acuerde de cómo. La meterá de cualquier manera, aunque tenga que dejar la puerta del maletero semiabierta, y la lanzará a la escombrera. Acabará en ese lugar, junto con los tresillos raídos, sobre los chasis de lavadoras. Para sellar la despedida, saca las llaves del bolsillo del vaquero y deja que la más alargada se hunda en la espuma. Un agujero más, nuevo, reciente, provocado, separa una franja azul de otra blanca. Ya nadie se molestará en coserlo.

Se levanta arrastrando el cuerpo y sale del terreno acotado del jardín, la mirada fija en el río. Lo puede ver detrás de los árboles que el verano ha vuelto más tupidos. Le da la impresión de estar acechando los pasos de alguien, un guía, hasta más allá de la verja de la propiedad. A sus pies, la tierra está húmeda. En la copa del árbol más alto se oye un pájaro cantando sin descanso. Presta atención. Se pregunta si seguirá allí posado cuando ese lugar no le pertenezca y le parece que así será, por mucho tiempo, al menos hasta la próxima estación fría. Más tarde se vuelve, contempla el agreste césped alcanzando los pies de la casa, el leve tono amarillento, la pared de piedra gris. Sigue avanzando. Aparta algunas ramas que no existían los años pasados, ni tampoco los anteriores. Es como ir descorriendo un frondoso telón. Entonces puede ver, de lejos, sin necesidad de aproximarse a la orilla, la silueta de Ruth saliendo del agua, sus piernas, sus hombros redondeados, su melena empapada de bañista, con el tambaleo inseguro de quien pisa sobre cantos rodados.

—Quítate esa americana anticuada —le gritaba desde el agua, los brazos en cruz.

Miriam los ha recibido hoy con los brazos extendidos.

Welcome to your home —ha dicho de un tirón, pero la pronunciación era mejor durante los ensayos.

Miriam tiene un inglés rudimentario y los ingleses no hablan nada de español. No importa, el albariño que Rafael guarda en la despensa les gusta mucho.

—Bueno, muy bueno —dicen a coro. Eso sí saben decirlo.

Rafael entra precedido por la bocanada de humo que no se molesta en ocultar. Frente a él, Miriam ha cogido otra botella por el gollete. La limpia con un paño antes de quitarle el corcho. Los ingleses comienzan a estar algo borrachos, hablan entre ellos muy deprisa y Miriam no los puede seguir. Se han sentado en el sillón con las copas en la mano. Se diría que llevan viviendo allí toda la vida. Miriam ha encendido la televisión e intenta explicarles el funcionamiento de un concurso transmitido por el segundo canal. Se muestran interesados, pero quizás es pura cortesía y no están entendiendo nada.

—Ven, siéntate con nosotros —dice Miriam.

Pero él se queda de pie junto a la ventana, deseando que acaben con todas las botellas que quedan, no llevarse nada de aquel lugar.

Más allá de los cristales, al otro lado del jardín, la ladera ondula suavemente, como una inmensa alfombra que alguien estuviese sacudiendo y que, durante un instante, hubiera detenido el viento.

Ruth trabajaba en la empresa, lo cual hacía bastante fáciles sus encuentros. Salían a la misma hora, quedaban en el segundo piso del subterráneo. Nadie aparcaba en ese lugar si podía hacerlo en la planta baja y ahorrarse así un par de tramos de escalera. Ruth tenía veinticinco años, los ojos turbios y una nariz regia. Siempre la precedía el retumbar de sus tacones sobre el asfalto parcelado del aparcamiento.

No la había llevado a la casa la primera vez. Para entonces, habían pasado por unos cuantos hostales de las afueras, intentando no repetir demasiado. Era la propia Ruth la que se encargaba de reservar la habitación. La recordaba intrépida, estaba siempre dispuesta a jugar. En una ocasión, habían acabado incluso en uno de los hoteles del aeropuerto. Los aviones rugían como elefantes furiosos y luego ya no se oía nada más. Un aterrador silencio. Al mirar por la ventana, como en ese instante pero en otro lugar, se podía divisar el extremo acristalado de una terminal.

Mientras conducía, Ruth iba a su lado, su cuello esbelto de bailarina, sus mejillas, su perfume mezclado con el sudor de despacho, acumulado detrás de la nuca.

—Me gusta tu coche —decía—. ¿Te he dicho alguna vez que me gusta tu coche?

Se sentaban a tomar café en la mesa de forja del jardín. Ruth dejaba que la blusa se humedeciese bajo la melena. Se echaba a veces en la tumbona a rayas, por entonces recién comprada, y cerraba los ojos, pero no llegaba a dormirse. Sin maquillar o con los restos de sombra desdibujados bajo sus párpados era todavía más atractiva. Rafael iba descalzo y no pensaba en ella, pensaba en los días venideros, en todos los viernes de su vida que serían minuciosos, por completo iguales que aquel.

—¿Queda queso en la nevera? —preguntaba Ruth.

En una ocasión comieron tarta los dos, él de pie, ella aupada sobre la encimera. Ni siquiera utilizaban platos. Rafael no quiere recordar si se trataba de las sobras de alguna fiesta infantil, del cumpleaños de alguna de las niñas.

—¿Queda vino en la cocina? —pregunta Miriam—.Creo que esta gente ha acabado con todo.

—Si no hay más en la despensa, no queda nada.

Mira a Miriam a los ojos. Su cara le recuerda a todas las fotografías que han ido guardando en los álbumes.

Los ingleses entienden el funcionamiento del concurso y los invade una especie de euforia. Consiste en adivinar los lugares cuyas imágenes aparecen por unos segundos en pantalla. Aseguran que hay un programa similar en la televisión de su país. Se quedan mudos ante la imagen de una torre altísima en forma de hongo.

—Toronto, Canada —dice el inglés acentuando la primera de las aes.

La presentadora confirma la respuesta. Miriam da palmaditas al aire.

—Muy bien, muy bueno.

Lo dice en español. Eso lo entienden y el inglés responde levantando los pulgares en señal de triunfo.

Rafael se sienta en una de las sillas de la mesa donde han cenado, a una distancia prudencial de los demás. Sobre el mantel quedan aún unas servilletas de papel arrugadas, migas de pan y restos de paté reseco sobre los platos de postre. Se toca la barbilla, afeitada esa mañana. El vidrio de la ventana le devuelve una imagen traslúcida y deforme, su pelo canoso y demasiado largo, el abdomen abultado que ahora le molesta en determinadas posturas, como al atarse los zapatos o al abonar las hortensias.

—Seremos buenos amigos mucho tiempo —había prometido Ruth.

De repente, le sobreviene una sensación de alivio, de profundo alivio y tristeza. Trata de acordarse del nombre del chico rubio, Julián o Jaime, por el que Ruth no volvió a meterse en el río. Cuando la empresa lo prejubiló, pasó muchas veces por delante de las nuevas oficinas. En ocasiones estuvo tentado de bajar al aparcamiento, buscar el Golf rojo de ella. Nunca se atrevió. Probablemente se había comprado uno nuevo, uno descapotable. Incluso podría ser que tuviera un hijo.

Los ingleses duermen en lo que ahora ya es su antiguo dormitorio. A Rafael le cuesta conciliar el sueño. Oye ruidos lejanos durante la noche, un aleteo intermitente. El desvelo lo lleva con el pensamiento a la cisterna del váter de la planta baja, al lado de la cocina. Se imagina el reguero de agua, la cal solidificándose con morosidad en las paredes del inodoro. Miriam ha bebido más de la cuenta y su respiración es cadenciosa, en una cama de ochenta centímetros. Se abraza con fuerza a la almohada.

Ambos pasan la noche en el cuarto que ocupaban las niñas. Hay un cielo de estrellas fluorescentes encima de sus cabezas, en el que los planetas más pesados se despegaron con el deterioro del pegamento. Rafael se duerme en algún punto incierto entre la Luna y Orión.

Por la mañana entra una luz percuciente por las rendijas verticales de las contraventanas. Nota cómo alguien le zarandea el hombro.

—Vamos, hombre, levanta.

Le pesa la cabeza. Ha dormido poco, a trompicones, despertándose a ratos y preguntándose dónde se encuentra. Lo recuerda todo de forma súbita. Las últimas horas de luz, unas tejas sueltas del cobertizo que ha arreglado aquella mañana, las manos del inglés aferradas al volante a la derecha, la punta del bolígrafo firmando el cheque. Nota un imperceptible vuelco en el corazón, que desaparece casi al instante.

—Vamos, a qué esperas, larguémonos de aquí.

Es la primera vez que escucha esa palabra en la boca de Miriam. Se incorpora aturdido, se pone la chaqueta. Ha dormido vestido. Su cuerpo deja una hendidura profunda sobre la colcha. Pasa la mano por la superficie, pero los pliegues no desaparecen. Es Miriam quien cierra la puerta de la entrada, pero antes coloca el manojo de llaves encima de la cómoda del recibidor.

—¿Tú crees que las verán? —pregunta cuando ya están fuera.

Rafael se encoge de hombros. Mira hacia el seto con expresión de aburrimiento, suspira. Recuerda por un instante el rostro desdibujado de Ruth y solo puede asegurar que una ventana de su nariz era más pequeña que la otra.

—Verán las llaves, ¿verdad? —insiste Miriam. Miriam alza la vista hacia las ventanas del piso superior. En el cielo, de un azul intenso, unas nubes ligeras se persiguen. Rafael tiene la clara impresión de que Miriam le va a decir algo, de que va a pedirle que fuerce la puerta para escribirles una nota y pegarla en el frigorífico o algo así, pero entonces ella se mete en el coche y dice con voz de niña:

—¿Me llevas a la ciudad?

La gravilla cruje por la presión de los neumáticos. Rafael da marcha atrás. Siempre teme atropellar al perro en esa maniobra y abre la puerta para ver mejor, pero el perro murió de viejo y está enterrado junto al roble. Le vienen a la cabeza las lágrimas calientes de las niñas mientras él echaba paladas de tierra sobre el animal.

Bajo las ruedas traseras no hay más que una suave pendiente y las piedras blancas marcando el camino de salida.


*Este cuento fue publicado en: Segunda residencia, Tropo Editores S. L., 2011, © Margarita Leoz.

Conmigo, en mi piso, en estas tres habitaciones ordenadas y bonitamente arregladas que son exclusivamente de mi propiedad, vive un niño pequeño que me tortura. No logro sacármelo de encima, a tal punto que a esta altura hemos quedado unidos. Pero bien que me gustaría tomarlo, a este pequeño niño demasiado liviano, que casi desaparece de tan ínfimo, bien que me gustaría tomarlo y sentarlo delante de la puerta, o mejor arrojarlo con toda mi fuerza contra mi pared blanca, para ver y asegurarme del todo que se haga añicos contra ella.

Pero no tengo el coraje. Desde que el niño vive conmigo, bebe de mis tazas, se mete hasta en el último rincón de mi cama o se sienta en mi cocina sobre el vano de la ventana a sorber leche y me mira, mientras bambolea las piernas y no hace más que mirarme sin decir nada, ni una palabra que aclare la situación, y yo entonces –con demasiada frecuencia, lamentablemente ocurrió con demasiada frecuencia, deben haber sido como cuatro o cinco veces– y yo entonces de pura desesperación le grito, quiero llegar hasta él bramando “¡vete, desaparece, déjame de una buena vez en paz!”, y él se queda tranquilamente sentado y apenas si hace algún gesto, a lo sumo se ríe para sí: desde entonces que me torturo y no junto el coraje de desterrar a este horrible niño de mi piso. Lo cual tiene sus motivos.

El niño apareció un día de manera repentina y se sentó detrás de la puerta de la sala de estar. Retorcía sin cesar su pelo negro y desgreñado, que ocultaba grandes partes de la piel traslúcida de su rostro. Enseguida vi que necesitaba ayuda y no quise demorarnos con preguntas innecesarias. Todo su cuerpo temblaba y tenía la ropa raída. Lo alcé y enseguida las manos de ese cuerpo subalimentado me tomaron buscando mis hombros, me dejó perpleja la fuerza que estaba en condiciones de desplegar con sus enflaquecidas extremidades. Los grandes ojos negros no se apartaban ni un segundo de mí, me miraban fijo, por un breve instante sentí como si el niño quisiera treparse y meterse dentro de mi cuerpo, pero no había tiempo para mayores reflexiones o interrogatorios, pues a fin de cuentas el niño debía ser atendido.

En serio, mi temor era que el niño se descompensara en cualquier momento delante de mis ojos. El pequeño cuerpo estaba frío, la camisa gastada en los hombros, debajo de ella pude ver piel excoriada, que estaba roja y abierta frente a mí. Lo llevé a mi baño, y en todo el trayecto me estuvo mirando sin decir palabra, al tiempo que con el dedo índice y el pulgar de su mano izquierda tiraba del hilo suelto de un botón del bolsillo de mi camisa.

Lo senté sobre un taburete y puse a llenar la bañera. Subió el vapor hasta empañar los azulejos. El niño había plegado las piernas, mantenía la cabeza agachada y miraba mis preparativos. Era necesario bañarlo. Me daban pena las heridas, que debían arderle de manera horrible, realmente me daban pena, casi diría que me dolían a mí, apenas si podía sostenerle la mirada al niño. Por eso evité mirarlo y me apresuré después a atenderle las heridas con una pomada, para luego vendarlas. Ahora el niño debía dormir.

Le tendí en la sala una cama realmente confortable y abrigada. Mientras extendía las sábanas, decidí que a la mañana siguiente tendríamos oportunidad de conversar sobre todas las cuestiones importantes. El niño estuvo parado durante todo ese tiempo detrás de mí, inclinándose ligeramente para asomarse desde atrás de mi pierna, a la que se mantenía casi aferrado. Tomé al niño, lo metí en la cama y lo tapé con la frazada. Antes de abandonar la habitación, me aseguré de que no entraran corrientes de aire frío por ningún ángulo, para lo cual recorrí varias veces la pieza de un lado al otro. Había algo de todo punto bonito en tener ahora compañía, pensé para mis adentros, y me fui a fijar si el niño no necesitaba más frazadas, tal vez incluso una bolsa de agua caliente. Pero el niño permanecía sentado allí, con la espalda derecha y apoyado contra la pared fría.

―¿Qué te pasa? ¿Necesitas alguna otra cosa? ¿Quieres tal vez ir de nuevo al baño? Solo debes decirlo, voy a intentar ayudarte todo lo que pueda en tus necesidades. Pero por favor, dime qué es lo que tienes. ¿Por qué me miras así? ¿Qué es lo que ocurre?

El niño seguía sentado en silencio. Alrededor de las comisuras de su boca se formó una pequeña sonrisa. Me seguía con los ojos, bajaba las pestañas a cada segundo y así pasaron minutos enteros. Empecé a entender.         

Entendí que evidentemente este niño miraba con desprecio todos mis esfuerzos. Ese pequeño paquete que me había hecho responsable de él sin que yo se lo pidiera, que realmente había tenido el descaro de usurparme a mí, a mi tiempo y a mi piso –o mejor dicho: de ocuparlos, precisamente porque era un paquete de aspecto tan desamparado– me miraba con desprecio y se reía de mí. No se reía del todo con la cara, ahí solo sonreía. Pero en su interior se reía de mí, de eso no cabía absolutamente ninguna duda. El niño reía con todo el desprecio que puede reunir una persona que ha padecido ese mismo desprecio desde siempre. Le deseé las buenas noches y me fui lo más rápido que pude de la pieza. Pero el niño no se durmió.

El niño no duerme nunca. Solo mira.

Me acosté entonces en mi cama, apagué la luz y quería cerrar los ojos y dormirme, como tengo la costumbre de hacer al final de cada día. Pero daba vueltas de un lado al otro, sudaba y corría las frazadas hacia un costado. La sangre daba vueltas en mis piernas. Luego me puse boca abajo, cosa que no hago nunca. Abrí los ojos y me quedé mirando la frazada. Después miré hacia un costado y ahí estaba el niño.

Estaba parado al lado de mi cama y me miraba con desprecio. Me enderecé.

―¿Qué es lo que pasa ahora de nuevo? Ya veo que no puedes conciliar el sueño. ¡Pero yo necesito dormir! ¡Al menos de noche debes dejarme en paz! Me imagino que entenderás que para mí es imposible cerrar siquiera un ojo si estás parado al lado mío y me miras con desprecio. ¿Qué es lo que pretendes con eso? Dime, ¿qué es lo que te causa risa? Te ríes de mi costumbre de acostarme tan temprano y de solo poder dormirme boca arriba, ¿tengo razón? Sobre eso solo puedo y quiero decir que me da completamente lo mismo lo que pienses acerca del asunto. Ocurre que tengo a mi cargo un puesto de mucha responsabilidad, para ejercer el cual debo descansar bien, a fin de no cometer errores. ¡Nunca! Nunca, ¿me oyes? Nunca en toda mi carrera hasta el presente, en estos quince años que llevo al servicio de la empresa, cometí ni un solo error de gravedad, y eso es algo que tengo todos los motivos para atribuir a la vida sana que llevo. Por lo tanto: ¡ahora realmente tengo que dormir!

Entretanto me había erguido en la cama y había apoyado mis manos en las caderas, con la idea de dejarle en claro al niño mi posición de una vez y para siempre. Delante de la ventana pasó un auto, la luz de los faros se quebró en la persiana y cayó en forma de rayas dentro de mi dormitorio, iluminando al niño por un breve momento. En esa luz vi que, al igual que yo, también él apoyaba ahora las manos en las caderas, sacaba la panza hacia adelante y la balanceaba ridículamente con el fin –y en esto estoy segura– de imitarme de la manera más infame y traicionera.

―Eso te parece ahora muy gracioso, ¿no es cierto? Te crees que con eso me darás inseguridad, pero no es el caso. No tengo nada que reprocharme bajo ningún aspecto y no tengo ni por lejos motivo alguno para asumir que tú pudieras tener el derecho a hacerme reproches. No es para nada así como tú lo piensas. Yo soy una persona muy distinta a lo que tú supones de mí. ¡Solo tienes que esperar! Ahora te irás a toda prisa a tu cama en la sala de estar, mientras que yo me preparo un té para después al fin poder acostarme a dormir. ¡Vamos, a la cama!

Me bajé de la cama y caminé a grandes pasos hacia la cocina. El niño saltó detrás de mí y se prendió a los pantalones de mi pijama, que por eso casi pierdo mientras seguí avanzando. Cuando volví a mirar hacia atrás, vi que el niño ya se había sentado sobre el vano de la ventana.

Aquella noche, el niño no volvió a dejarme en paz ni un segundo. La pasamos juntos en la cocina revolviendo en las tazas, caminamos de una punta a la otra del angosto pasillo, hicimos ambos lo mismo hasta que se hizo de día y más allá también. El niño no se apartó de mi lado.

En los días sucesivos, aprendí a conocerlo en todo su horror y maldad. La posibilidad de recibir visitas quedó descartada, porque el niño no las hubiera tolerado. A este niño, pensaba yo, y así lo expresaba cada una de sus miradas, le falta algo en los ojos, que estaban metidos bien adentro de su cabeza, ese delgado cráneo, y que siguen allí. La boca estaba casi siempre abierta, pues el niño sufría un hambre constante. Engullía todo lo que caía entre sus dedos huesudos. Nunca quedaba satisfecho y tampoco aumentaba de peso, aunque eso hubiera sido lo más urgente. No me quedó más opción que darle abundante alimento y me esforcé todo lo que pude en hacerlo. Le preparé cada una de las comidas que supuse que podrían gustarle y sobre todo que pudieran calmar su hambre. El niño consumía todo a la máxima velocidad. Absorbía el resto de los huesos, lamía los platos, nunca quedaba nada y jamás era suficiente. Si no lo miraba, si por el término de un instante dejaba de prestarle atención, enseguida quería vaciarme por completo todos los armarios. Una vez llegué a la cocina y lo encontré sentado prácticamente adentro de la caja para guardar el pan. Estaba a la espera y vi en sus ojos, esos agujeros de pura negrura, que lo que más hubiera querido era saltarme encima. Como un pequeño mono, quería subirse de un salto a mi cabeza y quedarse allí abrazado.

Desde que el niño vivía conmigo y simplemente no se iba, yo me preguntaba una y otra vez qué era lo que había tenido que ocurrirle para que estuviera tan famélico. Me preguntaba qué podía ser lo que le faltaba a ese niño.

Por qué estás tan famélico, le preguntaba entonces sin ninguna mala intención. El niño no respondía. Se limitaba a sonreír socarronamente y se acurrucaba más en sí mismo, abriendo y cerrando los ojos. Una y otra vez le preguntaba y cada vez me daba más la impresión como si yo –del que sin dudas se burlaba desvergonzadamente desde el inicio– como si yo cargara con toda la culpa por el estado famélico del niño y como si por eso fuera mi deber supremo, y más aún mi culpa, ocuparme de ese niño.

―Por favor, no hago otra cosa que ocuparme de ti y a fin de cuentas tengo derecho a saber cuál es la causa. Es incluso tu deber informarme sobre estas cosas. ¿Qué es lo que te hace reír de nuevo? ―le pregunté.

El niño se colocó sobre el vano de la ventana e imitaba mis gestos de manera pérfida y absolutamente humillante para mí. Si yo me agarraba la frente, él hacía lo mismo. Si yo respiraba fuerte, el niño respiraba fuerte. Tuve entonces que probar si realmente lo hacía adrede y me paré a modo de prueba sobre la pierna izquierda. Con cuidado, las tupidas cejas crispadas y en general juntando toda la fuerza que albergaba ese cuerpo flaco como un palo, el niño alzó su pierna izquierda hasta quedar parado solo sobre ella. Luego se rio, me miró lleno de orgullo y expresó su alegría, incluso su triunfo, por medio de un grito agudo.

Yo le grité:

– Deja ya. ¡Basta con eso!

El niño, con la cabeza enrojecida, mantuvo la posición por unos minutos. Apretaba los puños y parecía usar toda su energía para quedarse parado en una pierna, como yo antes. Sacudí la cabeza. Finalmente bajó la otra pierna, sacudiendo la cabeza él también, y me miró mal. Tan mal que tuve que retroceder un paso, pues de sus ojos salía punzante toda la carencia que había en ese niño para meterse dentro de mí, de modo que no me quedó más opción que alejarme, intuyendo en ese instante que el niño, con esa mala y espantosa carencia en el cuerpo, no podía hacer más que treparse dentro de mí y buscar allí lo que necesitaba, al menos para poder sobrevivir. Mi deber era buscar protección, pero también proteger al niño. De verdad, pues de lo contrario se hubiera muerto de inmediato.

Luego de alejarme por un breve espacio de tiempo encerrándome en el baño, el niño me rechazó por primera vez durante la cena la comida que yo le había preparado. Pero había sido solo un truco de su parte. Bien entrada la noche lo descubrí en un rincón, entre la puerta y el armario de la cocina. Agachado allí comía un trozo de carne cruda que había tomado de mi refrigerador. Al darse cuenta de mi presencia, alzó sus ojos negros, aún hambrientos, y me miró como si yo estuviera poniendo en peligro su vida y por eso quisiera quedarse con la mía. Otra vez pensé que quería entrar en mí a través de mis ojos. Pensé que ese niño quería ser mi vida, para al fin estar seguro. Corrí hacia el dormitorio, me acosté en la cama y me tapé la cabeza con la frazada. La presencia de ese niño se me hacía cada vez más intolerable. No solo que me seguía todo el tiempo, que reclamaba de manera constante mi atención y que enseguida estaba de nuevo parado junto a mi cama para desde allí mirarme con desprecio, no, al final ese niño logró incluso dormir únicamente cuando yo velaba por él, de modo que yo solo velaba.

Aquella tarde en que por el desconcierto me tapé con la frazada para al fin estar un poco a solas, el niño me sacudió la cabeza y tiró la frazada hacia un costado. Le grité y –tampoco quiero negarlo– en ese momento perdí la paciencia.

―¡A ver si desapareces de una buena vez! ¡Vete ya! Tengo que dormir, de lo contrario no puedo cumplir mis tareas con precisión. ¡Esfúmate ya mismo de mi pieza!

Bramé mi ruego hasta quedar sin voz. El niño me miraba. Me observaba en silencio, mientras que yo me aliviaba a los gritos. Gritaba con los ojos cerrados, de la bronca, pero también para rehuir las miradas del niño. Cuando volví a abrir los ojos, aun gritando, vi que el niño estaba tirado en el suelo y se había dormido. Enseguida me callé. Por un rato lo estuve observando. Luego, en silencio para no despertarlo, lo tomé en brazos y lo llevé a su cama. Lo puse bajo la frazada y le acaricié su pequeña frente blanca. Dormía. Con infinito alivio y alegrándome de antemano por poder dormir, giré y me fui a mi cuarto. Tras dar el primer paso, oí al niño respirando a mis espaldas, estaba parado descalzo sobre el suelo. Lo llevé de vuelta a su cama, lo cubrí con la frazada y me senté al borde del colchón hasta que se quedó dormido. No sé cuántas veces lo llevé de vuelta a su cama durante esa noche, lo tapé y me senté al borde del colchón hasta que se durmiera. No las conté, porque fueron incontables. Anduve toda la noche yendo de una habitación a la otra, pues no bien me ponía de pie, con el fin de alejarme del niño dormido y retirarme a hurtadillas hacia mi cama, volvía a tenerlo detrás de mí.

Esa noche quedó en evidencia que el niño solo podía dormir si yo velaba por él a su lado sin dejar de mirarlo, y que desde que vivía conmigo efectivamente no había dormido de verdad ni una sola vez. ¿Qué otra opción tenía más que velar por el niño?

En serio, de lo contrario hacía tiempo que se hubiera muerto.

Yo sacaba mis conclusiones. El niño no aumentaba de peso y solo dormía mediante mi intercesión. Por eso decidí pedirles ayuda a diferentes médicos. Porque el niño se negaba a ir conmigo (prefería vigilar la cocina y las provisiones) fui yo por mi cuenta y les expliqué el problema a los médicos. Con el cuerpo trasnochado, el ánimo sombrío y el rostro pálido, me senté en diferentes sillas frente a diversos escritorios y dije las palabras que traía preparadas, a sabiendas de que este caso no era fácil y que siempre existía la posibilidad de que los médicos no me entendieran. Decía:

―Vengo a verlo porque vive conmigo un niño que me está dando muchas preocupaciones. Está claro que este niño tiene algún tipo de insuficiencia muy básica y urgente. Tiene dificultades para dormir y por mucho que coma, no sube de peso. Puede creerme que he probado todo y no he ahorrado en esfuerzos. Por eso temo que pueda morirse. Me preocupa mucho y espero que usted pueda ayudarme.

Por el agotamiento que sentía, susurraba cada palabra por separado, inclinándome sobre el escritorio hacia los médicos por miedo a que se pudiera perder alguna de mis palabras. Los médicos asentían y hacían preguntas. Tomaban algunas notas, y mientras escribían alzaban una y otra vez la mirada hacia mí. Me preguntaban por mis hábitos alimenticios y de sueño. Primero pensé que se trataba de preguntas de rutina, pero seguían interrogándome sin necesidad alguna por mis hábitos. Desde mi punto de vista, se ocupaban demasiado poco del niño, que era a fin de cuentas la razón por la que había venido. Por eso no me quedó más opción que asumir que ponían en duda mi capacidad para ocuparme de él de la manera adecuada. Un médico, que además era un médico de aspecto muy desaliñado, que hacía por lo menos tres días que no se afeitaba, cuyo delantal no estaba almidonado y colgaba de su cuerpo descuidadamente y que exhibía con toda claridad orlas grises de mugre en su cuello, ese médico quiso incluso prescribirme una cura. De la indignación, pero también porque no veía escapatoria, me golpeé la frente contra la mesa, la alcé de nuevo y le espeté:

―¿Qué es lo que se imagina usted? ¿Quién se va a ocupar del niño si me voy a hacer una cura y por eso no puedo estar a su lado? Por favor, usted no parece entenderme. ¡No he venido por mí, sino porque me preocupa el niño!

El médico asintió y me recomendó tranquilizarme. Pero mi rabia frente a su incapacidad para darme un consejo competente era grande, de veras que me preguntaba cómo era posible que ese médico se presentase ante mí en tal estado de desaseo. Abandoné sin más el consultorio y me volví a toda prisa a casa a través del tránsito vespertino para estar con mi niño, con mucha furia por todas estas visitas a médicos que no habían arrojado resultado alguno.

Poco después de entrar en la vivienda, en rigor ya cuando estaba abriendo la puerta, supe que había pasado algo. En el pasillo, después de dar tan solo el primer paso, me tropecé con una lata de conservas vacía, una lata de hongos en conserva, como comprobé con fastidio. Si hubiera sido solo eso, seguro que lo hubiera dejado pasar. Pero todo el pasillo estaba lleno de paquetes, paquetes de comida vacíos, y entremedio había platos, cubiertos tirados en los rincones, y cuanto más iba avanzando tomándome de las paredes, aun sin poder creerlo, más cosas encontraba en mi camino. Al dormitorio ni quise entrar, tan alto era el obstáculo que formaba la pila de restos de paquetes. El corazón golpeaba en mi pecho, me golpeaba a mí, debajo el estómago se convulsionó y tuve que correr, tropezándome, hasta el baño. Noté que también aquí todo estaba lleno de basura, me abalancé sobre el inodoro y vomité. Desde el rabillo del ojo vi al niño sentado en el taburete. Los ojos bien abiertos y las piernas plegadas contra la panza, que con toda seguridad se había llenado poco antes, pensé, mientras que mi cuerpo me sacudía. Luego de recuperarme un poco, sentada entre jadeos sobre el borde de la bañera, pasé por delante del niño sin decir palabra y sorteando todo el desorden llegué a la cocina. Solo allí la catástrofe se hizo evidente en toda su dimensión. Los armarios estaban abiertos, los restos de paquetes se acumulaban hasta la altura de las rodillas. El niño había vaciado todos los armarios, los había vaciado y comido hasta la última provisión. Ahora sí que habíamos llegado a un límite. El niño se comportaba en mi casa como un ladrón y devoraba sin que nadie se lo pidiera mis provisiones de alimentos, además de dejar detrás de sí un desorden que no había habido nunca y que tampoco habría habido jamás, si este niño espantoso y malo no se hubiera colado entre las paredes de mi piso. Di algunas vueltas maldiciendo en voz alta y hasta pensé en mudarme en ese mismo momento. El niño me seguía mudo, sin que yo le prestara atención. Ni siquiera miraba en su dirección y empecé a ordenar, porque ya se había hecho tarde. Después de horas, en las que estuve levantando la basura habitación por habitación y limpié hasta el último rincón, al fin logré reestablecer el orden. Me dejé caer sobre la cama. El niño se paró al lado y empezó a retorcerse el cabello negro. De castigo hoy no recibiría comida. De mí no recibiría absolutamente nada más. Ni siquiera le deseé las buenas noches, sino que me metí debajo de la frazada y cerré fuerte los ojos. De veras supuse que me sería posible dormir.

Era un goteo, escuché claramente que goteaba. Me enderecé y miré a mi alrededor. El niño seguía inmóvil en el mismo lugar, junto al pie de mi cama. A pesar de que me insté a no hacerlo, no pude dejar de observarlo. Además, quería saber de dónde venía ese goteo, que golpeaba más rápido contra el suelo que mi corazón dentro de mí. Entonces vi que provenía de los ojos del niño. El niño permanecía allí impasible, derramando grandes lágrimas que goteaban sobre el suelo. Rápidamente me di vuelta hacia un lado e intenté dormir.

Cuando empezó a amanecer escuché un ruido nuevo. Venía de la puerta de entrada de la vivienda. Me levanté de un salto, avancé rápido por el pasillo y vi al niño estirándose para alcanzar el picaporte. El niño quería irse. Debajo del brazo sostenía su almohada y las sábanas que yo le había tendido sobre su cama. Sus ojos seguían goteando. Me apresuré a llegar a su lado y lo alcé en brazos. Así lo sostuve y aún lo sigo sosteniendo. Porque este niño será para siempre mi niño. Sea donde sea que vaya con el objetivo de compensar su carencia y al fin quedar satisfecho, jamás encontrará aquello que busca. Se queda aquí. Ya no me dejará dormir y comerá para siempre de mis provisiones.

Otoño de 2009

Se acordó de aquella noche por el asunto de los regalos. Cuando se peleaban y él la echaba de la casa, siempre la obligaba a devolver lo que le había regalado. Las botas, sobre todo, que fueron su primer regalo de cumpleaños. Y se acordó también porque aquella noche, antes de encerrarse en el balcón, Iván había tirado una de las botas por la ventana, y porque a la mañana siguiente cuando sonó el timbre y él pensó que eran los de inmigración que venían a buscarlo, ella recibió de manos de un vecino una bota roja, larga, que parecía una de esas medias de Navidad que se cuelgan de la chimenea y se llenan de caramelos. “¿Esto es suyo?”, dijo el hombre, y levantó la bota, sosteniéndola apenas con dos dedos, como si la locura pudiera contagiarse en ese mínimo contacto. Ella agradeció. Ni siquiera recordaba el momento en que él había abierto la ventana del living. Después, cuando fue al supermercado, encontró un corpiño discretamente colgado de la verja del edificio. Un corpiño blanco, empapado por la última nevada.

No es que la manta que ahora tenía sobre la mesa fuese estrictamente un regalo, pero igual se acordó de aquella noche e intentó reconstruir la pelea. Todas empezaban más o menos igual, aunque no terminaban del mismo modo. Se vio a sí misma, más bien se oyó, gritando a través de la puerta de vidrio que daba al balcón:

—La última vez que lo vieron estaba corriendo desnudo por la calle y tirándose sobre los autos. No quiso matarse, pero terminó muerto. Neumonía y paro cardíaco. Dale, Iván, entrá. ¡La neumonía no es pavada!

Él se lleva el dedo a la sien y le hace señas de que está loca. Por un momento ella piensa que es cierto, que no puede estar cuerda si hace meses que vive con una valija armada junto a la puerta, si ya ha subido y bajado incontables veces los tres pisos por escalera con esa misma valija donde caben todas sus pertenencias (mentira: sus pertenencias caben en dos valijas; en la segunda tiene lo menos importante, lo que no le molestaría abandonar si él volviera a echarla, o si volviera a romper, a arrasar y a pisotear todo lo que encuentra a su paso mientras grita que cada tornillo de esa casa le pertenece porque lo ganó con su talento. “Talento” es su palabra favorita. Talento y “mediocre”. Él tiene talento, ella es una mediocre), no puede estar cuerda, no, si ya arrastró esa valija incontables veces por la vereda tupida de nieve, entre los charcos negros de barro y de mugre líquida que salpican los autos. La nieve después de la nieve; lo que pasa cuando lo inmaculado se mancha, se gasta. ¿Y será que todo termina así, escupido, pisoteado? Hace una semana nomás bajó los tres pisos con la valija, tiró de ella hasta el subte —donde también hay escaleras—, se sentó en el banco de metal y dejó pasar tres o cuatro trenes mientras el frío del banco empezaba a traspasarle el saco de piel y ella seguía llorando, no por tristeza, sino por la rabia de que sus ojos se obstinaran en mirar hacia el puente, esperando que él viniera a buscarla. Cuento hasta diez y me voy. Pero después contó hasta veinte, volvió a mirar el reloj de agujas fluorescentes y dejó pasar un tren más, el último, porque ya estaba oscureciendo y el viento helado le había dormido las mejillas.

Al final siempre subía a algún tren. Pasaba la noche en un hotel o daba una vuelta en redondo en el subte —la vuelta completa tardaba una hora y quince— y volvía a la casa. Él demoraba en abrirle, le decía “andate” hasta que ella se cansaba de repetir que no tenía adonde ir y le pedía por favor. Otras veces, cuando le abría, estaba borracho y desnudo, picando chiles rojos, de los que anestesian la boca. Si ella trataba de sacarle la botella, él le apuntaba con el cuchillo, pero no como apuntaría un delincuente, no, sólo sin querer, moviéndolo distraídamente en su dirección, mientras decía que ésa era su casa y que en su casa tenía derecho a tomar todo el whisky que se le antojara.

Tiene razón, estoy loca. Entonces recuerda que es él el que está desnudo en el balcón y que afuera hace cinco grados bajo cero. Ella está del otro lado de la puerta ventana, con un edredón de plumas en la mano, mostrándoselo como si fueran las alas esponjosas de un ángel. Él hace que no con la cabeza, tironea del picaporte, grita:

—¡Quiero agarrarme una neumonía!

Ella amenaza con irse. Sabe que él está descalzo sobre una fina capa de hielo, la nieve endurecida y resbalosa que no llegará a derretirse hasta la primavera. Cuando por fin abre la puerta, ella aprovecha para tirarle el edredón encima como a un hombre en llamas. Lo envuelve y él se deja guiar hasta la cama. Tirita. Tiene la piel roja, no blanca como uno pensaría, sino roja y seca. Sos loco, Iván, repite ella, mientras traba la ventana e intenta recordar cómo fue que terminaron con él desnudo en el balcón y ella sintiendo, otra vez, que debía protegerlo. La escritora francesa. ¿No fue eso? Él dijo que ser bisexual era una imbecilidad a la moda. Que ahora todas las minitas eran tortilleras. A ella le irritaba su forma de hablar y él sabía usar las palabras exactas que servirían de disparador para una nueva pelea. A menudo sus discusiones empezaban por matices del lenguaje. Todas las feministas son unas amargadas. Aunque al rato ese ataque se volvía contra ella: “Vos te hacés la moderna, pero el hombre y la mujer no son lo mismo”.

Y sin embargo el día había empezado bien. Ella llegó contenta de la caminata en el parque; él la estaba esperando con el almuerzo; se emocionaron juntos mirando el documental de Pulqui; le sacaron punta a los lápices y los ordenaron sobre el escritorio. A fin de cuentas qué importaba si ella tenía razón, por qué se encarnizaba tanto en cambiarlo si podían ser felices así, comiendo mango y chocolate belga en un sillón, él sin camisa, ella recostada en su pecho, aspirando ese olor ácido, de cierto modo desagradable, pero tan concreto que hasta podía existir por fuera de él, como sus zapatos o su ropa. Así y todo, no pudo contenerse: citó a esa escritora francesa, bisexual en el mil novecientos. Él dijo que ésa era otra imbécil. ¿Pero vos la leíste? No, él no necesitaba leerla para saber que era una imbécil. Imbécil y mediocre como tu ex, y como ese amigo tuyo, el muerto. De ahí a lo otro —cosas rotas, insultos, valija por la escalera—, había solo un paso.

Desde abajo del edredón, Iván le pide que cierre la cortina. Ya no tirita, pero su voz se hunde en las almohadas.

—Male, vos sos mía, ¿no?

Ella le dice que sí y camina hacia la ventana.

—Nunca nos vamos a separar porque sos mía, ¿no?

Ella se detiene un momento antes de cerrar la cortina y mira hacia afuera. Otra vez el cielo tiene ese resplandor sucio de los inviernos del norte.

—Nieva —dice, y se queda ahí, de espaldas a él, buscando con la mirada los copos débiles que sólo se ven a contraluz, bajo los focos de la calle.

Una iglesia barroca en una plaza principal de una ciudad de provincia. Una plaza como tantas en el sur. En el norte del sur, debería decir. Es que ahora ya no viven en otro continente, ni siquiera viven juntos. Ahora ella está en la terraza de un bar, la noche instalada ya, las estrellas arremolinadas tras la torre de la iglesia, y tal vez por eso piense en la nieve. Porque la nieve mansa de las noches sin viento no cae, sino que parece surgir del aire y quedar suspendida igual que esas estrellas de verano.

¿La había mirado raro el mozo cuando le tomó el pedido? Raro, ¿con pena? Una mujer con la muñeca vendada, la cara seca pero tirante de llanto viejo, el brazo amoratado. ¿La había mirado por eso o simplemente porque era una mujer que tomaba cerveza sola? De las mesas vecinas se escapaban risas, alguien hablaba sobre un partido de fútbol; de vez en cuando pasaba un grupo apurado con vinchas de plumas y tambores. Un auto negro, casi funerario, paró al frente y de él bajaron tres novias. Dos con un vestido blanco tan inflado y barroco como las molduras de la iglesia; la tercera con un vestido lila. Lila el vestido, lila la tiara, lila los zapatos forrados de raso. Un charter de novias, pensó. No le daban envidia, tampoco le daban pena. Sí se dio cuenta de que estaba pensando para qué. ¿Para qué todo? Pero tal vez sólo fuera un pensamiento dirigido a los zapatos de taco y a esos vestidos feos, probablemente alquilados, a ese despilfarro en fotógrafos y sueños. Miró su plato manchado de salsa blanca. La etiqueta de la botella se había humedecido y casi pudo arrancarla entera. Quería pedir otra cerveza pero le daba miedo la mirada del mozo. También le dolía el brazo, ahí donde Iván la había agarrado para arrastrarla fuera de la casa. Siempre le sorprendían los moretones; casi podía decir que le fascinaban. En el momento no sentía dolor. Humillación, sí, impotencia, también, pero no dolor. Después se sorprendía al verlos tan grandes: la sangre acumulada debajo de la piel como los paisajes de la luna.

Otra vez se estaba mirando de afuera. En los peores momentos, tenía la sensación de que la vida era una especie de videojuego. No una película con un guión demasiado elaborado, sino un Pacman, algo absurdo que se manejaba con una palanquita y cuatro botones. La novia de lila estaba recostada contra un farol. El fotógrafo le decía: “¡Más sonrisa, más sonrisa!”. ¿Cuántas cerecitas habría comido ya? ¿Cuántas vidas le quedaban?

Un chico se acercó a su mesa y le mostró algo, una tela. Ella se sobresaltó, se había quedado absorta mirando las latas atadas al guardabarros de la limusina, latas de arvejas sin etiqueta, comunes y corrientes, ahora mudas sobre la calle de adoquines. No oyó lo que el chico dijo, pero hizo un gesto automático de rechazo, no al chico flaquito de cara indígena o a lo que él tuviera para vender, sino a una imagen de sí misma. A mil kilómetros de su casa, mirando novias frente a una iglesia, machucada, imbécil, y hasta con vergüenza de llamar al mozo; los últimos ahorros gastados en un coche cama, un hostal sucio y las empanadas más caras de la ciudad. Así era: un impulso, un solo momento de estupidez, y game over.

¿Qué le había dicho el chico? “Andá a cantarle a tu abuela”, eso es lo primero que entendió. Él se había alejado un poco y la miraba, medio inclinado sobre una mesa vacía, con una expresión que ella interpretó de desprecio. ¿O le había dicho “la concha de tu abuela”?

—¿Cómo? —preguntó.

—Que las hace mi abuela.

Hacía apenas tres horas había arriesgado la vida en una moto manejada por un loco sin casco que gritaba contra el viento: “Hija de puta, te odio, nos vamos a matar. Nos vamos a matar, hija de puta”. A ese loco, una vez, ella lo había querido, y una vez hasta casi lo salva de la neumonía; le calentó la espalda con un secador para aliviarle las contracturas, le calculó la hora de los remedios. En la moto, el viento caliente arrastra las palabras y a ella le pegan en la cara como granizo, reza el Ave María, los guiones de la ruta se disparan junto a las ruedas casi en una línea continua, un camión con zorra toca bocina. Más despacio, dice ella, y se agarra con fuerza a su cintura. Le da asco tocarlo, no lo conoce, no lo recuerda. Y él: “Callate, hija de puta, callate. ¿A qué viniste? ¿A cagarme la vida?”. Él fue caballero; le dio el casco a ella, casi la obligó a subirse a la moto con la mochila en la espalda y el bolso entre las piernas, antes de dejarla en una parada de micros sobre la ruta. ¿Y todo para qué? ¿Para temerle a un chico de siete años con una colcha de hilo en la mano?

—A ver, vení —le dice—, mostrame.

El chico se acerca; dice que hay de otros colores.

—Es muy linda. Mostrame las otras.

Él las va desplegando una a una. Lo hace con ilusión, como si no supiera lo que va a encontrar adentro, como si cada manta fuera una galera de la que va a salir algo mágico. “Mariposa, flores”, dice él bajito.

—También hay una de panda.

Tiene la sonrisa más linda que ha visto, los ojos bien negros. Ella le pregunta si no va esa noche al carnaval. Él dice que no, que nunca fue a un corso. Le habla de sus hermanos que esperan en la plaza; quiere saber cuándo vuelve a Buenos Aires y cuántas horas tarda el viaje. A lo lejos suenan los tambores de otra tierra. Al final ella dice: “Me llevo la de flores”.

—Es para el viaje, ¿sabés?

Él asiente:

—Así viaja calentita.

Ella le paga y por nada del mundo se le habría ocurrido regatearle el precio. Acaba de decidir que comprará todo lo que le ofrezcan de ahí hasta que se tome el ómnibus de regreso la tarde siguiente. De todos modos ya no tiene nada: ni computadora ni ahorros ni muchas otras cosas que se fueron quebrando en los últimos años. Y quiere tener menos. Quiere llegar al fondo de este asunto. Va a gastarse todo lo que le queda —incluso el almuerzo y el alquiler de la toalla— en regalos. Regalos, piensa, y ahí recuerda las botas. La colcha de flores no es lo que le interesa, sino la sonrisa del chico, la forma amable en que sus ojos la tocaron. “Gracias”, dice ella, y él parece entender algo, porque todavía le ofrece un momento más y la deja que lo ayude a doblar las mantas, cada uno agarrando dos puntas y juntándose en el medio como en la danza de los pañuelos.

Las novias ya se fueron, no las vio entrar al coche ni oyó las latas en los adoquines. La luna subió y el resplandor no deja ver las estrellas. Sobre la mesa se fueron acumulando algunas cosas más: una estampita de la Virgen de los Milagros, una cuchara de algarrobo, una bolsa de caramelos, un cactus hecho de fósforos, una bombilla de alpaca. El bar está cerrando; las sillas dadas vuelta sobre las mesas vacías parecen flores del desierto. Llama al mozo y pide la cuenta. Mientras le cobra, el mozo le dice que es una linda noche.

—Linda noche, ¿no?

—Sí, preciosa.

Antes de volver al hostal se sienta en un banco de la plaza. En el mismo banco, dos amigas hablan sobre una tercera que acaba de mandarles un mensaje de texto. No quiere mirarlas abiertamente pero ve que son muy jóvenes. Les falta poco para ser una de esas novias de lila, y tal vez hasta alquilen juntas el charter del fotógrafo.

—La culpa es de ella —dice una—. Se la chuponeó toda y ella lo dejó. Ahora que no llore.

—Igual, ¿qué le importa? —responde la otra—. Si al tipo no lo va a ver más.

Por un momento delirante, un momento de videojuego, Malena consideró la posibilidad de que ese tipo fuera Iván. Miró las piernas bronceadas de una de las muchachas, la más joven, la que tenía la minifalda, y se preguntó si Iván podría acostarse con ella. Enseguida se preguntó si acaso ella podría hacerlo. La interrumpió una mujer que vendía medias artesanales. Casi no intercambiaron palabra, pero le compró un par de medias gruesas, hechas con lana de llama.

Volvió caminando al hostal. Era sábado y ya no quedaba nadie excepto dos chicas que se estaban maquillando frente a un espejo con luz a pila apoyado sobre una de las cuchetas. Las dos revolvían dentro del mismo neceser lleno de pinturas rotas. Que estaban rotas ella lo sabía sin necesidad de mirar adentro, sólo porque veía el plástico sucio de sombra gris y brillantina. Desde su cama podía oler la sombra hecha picadillo, el labial de Maybelline y el agua de colonia. Era el mismo olor que tenía el neceser de su madre.

No se preocupó por guardar la computadora bajo llave, igual estaba rota; en la mochila se veía la huella del zapato de Iván y unas manchas de pasto. Ella estaba sucia, y se sentía sucia, pero le faltaban los dos pesos para la toalla y de todos modos no quería mojar la venda. Después de comprar las medias, el último cambio se lo dio a un cuidacoches que también se llevó la bolsa de caramelos. Sólo le quedaba un peso veinte para el colectivo desde Retiro hasta su casa, pero tenía la extraña sensación de que, recién ahora, podría empezar a tener algo.

La recepcionista golpeó la puerta y la invitó a mirar una película de terror en la sala. Ella se excusó. La caída (eso fue lo que dijo cuando le preguntaron) y la espera en el hospital la dejaron cansada. Antes de acostarse, sin embargo, miró el correo en la computadora del hall. Cinco mensajes nuevos. Todos de Iván. El último recibido a las 00:37.

Pasó una noche mala, sin poder dormir sobre el lado derecho, su lado. Cada vez que giraba en el sueño, pegaba un salto de dolor. Había pensado dormir hasta tarde pero a las siete ya empezaron a levantarse los demás: puertas que se golpeaban, conversaciones, armado de bolsos. A las nueve se levantó a desayunar. Lo último que quería era verle la cara a un grupo de adolescentes mochileros trasnochados, con sus ojeras de fiesta y alcohol y ese cansancio blancuzco que es el resultado de la alegría. Se sentía cien años más vieja que ellos, y se habría ido a desayunar a otra parte si no fuera porque sólo le quedaba un peso veinte.

Café con leche y dos medialunas con manteca y mermelada. Come con la vista perdida en el patio donde hay un futbolito y unas cuerdas de colgar ropa. No se puso los lentes de contacto sino sus lentes viejos, torcidos de tanto habérseles sentado encima. Tiene el pelo recogido de cualquier manera, un torniquete que se hizo al despertar, sin siquiera mirarse al espejo; tampoco se lavó la cara y se siente transpirada. No debe ser un gran espectáculo, pero igual nota que alguien la mira. En la mesa de enfrente, en diagonal, un morocho de bermudas verdes y pinta de G.I. Joe, la observa. La observa, sí, porque “mirar” no sería la palabra.

—¿Qué te pasó en la muñeca? —le pregunta, serio, la cara totalmente limpia, el pelo perfecto con gel, los ojos penetrantes. Si bailó hasta las seis de la mañana, nadie podría notarlo. Se lo ve fresco como una lechuga, totalmente despabilado. ¿No puede dejarla en paz? Le da fastidio hablar en el desayuno.

—Estupidez —dice ella.

Espera un poco, toma otro sorbo de café, lo mira.

 —Atravesé un vidrio con la mano. Fue sin querer.

Lo que de verdad quiso fue empujar la ventana del living, la que daba justo sobre el escritorio de Iván, y arrasar con todo, lápices, computadora, vasos. Lo que de verdad quería era convertirse en Iván, romper por fin, romperse: abandonar todo intento de cordura. Sólo que calculó mal y su mano atravesó el vidrio sin esfuerzo, como si se hundiera en el agua.

—Ni siquiera lo sentí —le dice al extraño.

Él no duda; hay algo tan incisivo y terrenal en su aplomo, en su forma de pronunciar las palabras, que parece dar órdenes en lugar de hacer preguntas.

—¿Tan enojada estabas?

Ella sonríe, también sin querer, y esa risa improbable, malhumorada, es como un hilito que le tira de la lengua y que le hace decir, por primera vez, la verdad. Las palabras exactas no las recuerda. Sólo la expresión de ese desconocido con brazos fuertes, anguloso, más joven que ella, y la manera en que enarca las cejas. Tamaña confesión para escuchar a las nueve de la mañana en un hostal de mochileros. Y ella cree, cree, que incluso llegó a contarle lo que Iván le dijo una vez: “Yo nunca te pegué con el puño cerrado. Es que vos te marcás de nada”.

Se quedan un rato conversando. Él tiene que dejar el hostal; sale en dos horas para Humahuaca, pero ella le pide que la espere, quiere mostrarle los regalos que compró la noche anterior. Vuelve a su habitación y aprovecha para ponerse los lentes de contacto y soltarse el pelo. De pronto tiene una imagen: ve al desconocido entrar a la habitación y arrinconarla contra la pared. La agarra de la muñeca sana pero no apoya el cuerpo contra el de ella. Va a lamerle la mano, el pliegue flexible entre los dedos; la lengua ancha como un molusco o una cuchara tibia. El pensamiento la asusta. Saca rápido la bolsa de la mochila, vuelve a la sala y desparrama los regalos sobre la mesa. “¿Todo esto compraste?”, dice él. Se ríen. Ella le mira las manos mientras él inspecciona las medias de llama. ¿Soy yo, entonces? ¿Está bien desear este dolor?

—Te regalo las medias —dice de golpe—. Para que te acuerdes de mí en la montaña. Él vuelve a su habitación y regresa cargando una mochila gigante, casi de su misma altura. Ella no siente nada cuando por fin lo abraza, torpemente, por encima de las correas y las cantimploras colgantes. Le hace adiós con la mano hasta que el último trozo de mochila desaparece por la puerta. La sala va quedando vacía, pero ella espera a estar sola antes de sentarse frente a la computadora y mirar el correo. Un nuevo mensaje. De Iván. ¿No ves que este odio es la medida de mi amor? Recibido a las 4:23 a.m.

Cierra el correo enseguida pero no se levanta de la silla. La bolsa con los regalos, menos las medias, quedó sobre la mesa donde desayunaron. Ni siquiera es mediodía, pero el sol ya entra con fuerza al rectángulo del patio interno y las paredes encaladas resplandecen. Al mirar hacia ahí ve algo que cae del cielo. Lento, blanco, liviano. ¿Y eso? Sale al patio y, entre las cuerdas sin ropa, mira hacia arriba, al cielo brillante y sin nubes. Una lluvia de polvo, una lluvia seca. Barre el piso con el pie y el zapato deja una huella alargada.

—Ceniza —dice, y tiene ganas de contárselo a alguien. A Iván, al hombre rumbo a Humahuaca.

Mira alrededor, mira con asombro las habitaciones vacías. Después abre los brazos, espera, deja que las motas blancas se vayan depositando suavemente sobre sus hombros desnudos. Ceniza, no, piensa. Ceniza, no, nieve.


*Este cuento fue publicado en: No soñarás flores, Lagua Libros, 2016.

Era finales de enero, poco después de Navidad, cuando la niña gorda vino a verme. Ese invierno había empezado a prestar libros a los niños del barrio, que debían recogerlos y devolverlos un día concreto de la semana. Yo conocía a la mayoría de los niños, claro, pero a veces también venían desconocidos que no vivían en nuestra calle. La mayoría sólo se quedaba el tiempo que duraba el intercambio, pero también había algunos que se sentaban y empezaban a leer allí mismo. Entonces yo me sentaba en mi escritorio a trabajar, los niños se quedaban sentados en la mesita junto a la pared de libros y su presencia me resultaba agradable y no me molestaba. La niña gorda vino un viernes o un sábado, en todo caso no era el día de préstamo. Yo tenía pensado salir y me había hecho a la idea de llevarme al despacho un tentempié que me había preparado. Poco antes había tenido una visita, que seguramente había olvidado cerrar la puerta de entrada. Así que la niña gorda se plantó de pronto delante de mí, justo cuando dejé la bandeja en el escritorio y me di la vuelta para ir a buscar algo a la cocina. Era una niña de unos doce años, con un abrigo tirolés anticuado, unas polainas de rayas y unos patines colgados del cinturón; me sonaba pero no del todo, y como entró con tanto sigilo me asustó:

—¿Te conozco? —pregunté, sorprendido.

La niña gorda no dijo nada. Se quedó ahí plantada, juntó las manos sobre la barriga redonda y me miró con sus ojos claros del color del agua.

—¿Quieres un libro? —pregunté.

La niña gorda no contestó, pero no me sorprendió mucho. Estaba acostumbrado a que los niños fueran tímidos y había que ayudarlos. Así que saqué unos cuantos libros y los dejé delante de la niña desconocida. Luego me dispuse a rellenar las fichas en las que se apuntaban los libros prestados.

—¿Cómo te llamas? —pregunté.

—Me llaman la Gorda —dijo la niña.

—¿Entonces te llamo así? —pregunté.

—Me da igual —dijo la niña. No me devolvió la sonrisa, y ahora creo recordar que en ese momento hizo una mueca de dolor. Pero no me fijé.

—¿Cuándo naciste? —le pregunté de nuevo.

—En Acuario —contestó la niña con calma.

La respuesta me hizo gracia, la apunté en la tarjeta, como en broma, y luego me volví hacia los libros.

—¿Quieres algo en concreto? —pregunté.

Entonces vi que la niña desconocida no miraba en absoluto los libros, sino que tenía la mirada clavada en la bandeja donde estaban mi té y mis bocadillos.

—A lo mejor quieres comer algo —me apresuré a decir.

La niña asintió, y en ese asentimiento había cierto asombro ofendido porque no se me hubiera ocurrido hasta ahora. Se puso a engullir un bocadillo tras otro, y lo hizo de una forma peculiar en la que no pensé hasta más tarde. Luego se volvió a sentar y deslizó la mirada inerte y fría por la habitación; esa criatura tenía algo que me irritaba y me provocaba rechazo. Sin duda, odié a esa niña desde el principio. Todo en ella me resultaba repulsivo: las extremidades apáticas, el rostro bonito y graso, la manera de hablar, entre amodorrada y arrogante. Y aunque había renunciado a mi paseo por ella, no la traté con amabilidad, sino de manera cruel y fría.

¿O acaso podría considerarse amable sentarme en mi escritorio a dedicarme a mi trabajo y decirle por encima del hombro: «lee», aunque sabía perfectamente que esa niña desconocida no quería leer? Luego me quedé ahí sentado, quería escribir y no conseguí nada porque tenía una extraña sensación de tormento, como cuando uno quiere adivinar algo y hasta que no lo consigue nada puede ser como antes. Lo aguanté un rato, pero no mucho, luego me di la vuelta para iniciar una conversación, aunque sólo se me ocurrían las preguntas más disparatadas.

—¿Tienes hermanos? —pregunté.

—Sí —dijo la niña.

—¿Te gusta ir al colegio? —pregunté.

—Sí —dijo la niña.

—¿Qué es lo que más te gusta hacer?

—¿Perdón? —preguntó la niña.

—¿Qué asignatura? —pregunté, desesperado.

—No lo sé —dijo la niña.

—¿Lengua? —pregunté.

—No lo sé —dijo la niña.

Yo daba vueltas al lápiz entre los dedos, y sentí que se despertaba algo en mi interior, un horror que no tenía relación alguna con la aparición de la niña.

—¿Tienes amigas? —pregunté, tembloroso.

—Sí —dijo la niña.

—Seguro que una es tu preferida —dije.

—No lo sé —dijo la niña, y la vi ahí sentada con su abrigo lanudo, como una oruga gorda, también había comido como una oruga y ahora husmeaba como una oruga.

«Ya no recibirás nada más», pensé, invadido por una peculiar sed de venganza. Pero luego salí a buscar pan y salchichas, y la niña se los quedó mirando con su rostro impertérrito, y luego se puso a comer como una oruga, lenta y constante, como impulsada por una fuerza interior, y yo la observé con animadversión y en silencio. Habíamos llegado a un punto en que todo en esa niña empezaba a alterarme y enojarme. Qué niña más boba y blanca, qué cuello más ridículo, pensé cuando la niña se desabrochó el abrigo después de comer. Volví a sentarme a trabajar, pero luego oí a la niña haciendo ruido al comer detrás de mí, era como el sonido pesado de un estanque negro en algún lugar del bosque, me parecía todo seco y acuoso, lo duro y turbio de la naturaleza humana y me contrariaba mucho. ¿Qué quieres de mí?, pensaba, vete, vete. Me daban ganas de echar a la niña de la habitación con mis manos, como se expulsa a un animal pesado. Pero no la eché de la habitación, me limité a seguir hablando con ella, de la misma manera cruel.

—¿Vas a la pista de hielo? —pregunté.

—Sí —dijo la niña gorda.

—¿Sabes patinar bien? —pregunté, al tiempo que señalaba los patines que la niña llevaba aún colgados del brazo.

—Mi hermana sí sabe —dijo la niña, y de nuevo apareció en su rostro una expresión de dolor y tristeza, y de nuevo no me di cuenta.

—¿Cómo es tu hermana? —pregunté—. ¿Se parece a ti?

—Ah, no —dijo la niña gorda—. Mi hermana es muy delgada y tiene el pelo negro y rizado. En verano, cuando estamos en el campo, se despierta por la noche cuando se acerca una tormenta, se sienta arriba, en la galería, en la barandilla, y canta.

—¿Y tú? —pregunté.

—Yo me quedo en la cama —dijo la niña—. Tengo miedo.

—Y tu hermana no tiene miedo, ¿verdad? —dije.

—No —dijo la niña—. Ella nunca tiene miedo. También salta desde el trampolín más alto. Se tira de cabeza, y luego nada muy lejos…

—¿Y qué canta tu hermana? —pregunté, intrigado.

—Canta lo que quiere —dijo la niña gorda, triste—. Escribe poemas.

—¿Y tú? —pregunté.

—Yo no hago nada —dijo la niña. Luego se levantó y dijo—: Tengo que irme.

Le tendí la mano, ella posó sus dedos gordos en ella, y no sé exactamente qué sentí, una especie de orden de seguirla, un grito inaudible y penetrante. «Vuelve algún día», dije, pero no iba en serio, la niña no dijo nada y me miró con sus ojos fríos. Luego se marchó, y en realidad debería haber sentido alivio. Sin embargo, en cuanto se cerró la puerta de un golpe salí corriendo al pasillo y me puse el abrigo. Bajé la escalera a toda prisa y llegué a la calle en el momento en que la niña desaparecía por la esquina.

«Tengo que ver cómo va en patines esa oruga», pensé. «Tengo que ver cómo se mueve en el hielo esa bola de grasa». Aceleré el paso para no perder de vista a la niña.

Era primera hora de la tarde cuando la niña gorda entró en mi despacho, y ahora empezaba a oscurecer. Aunque pasé unos años de mi infancia en esta ciudad, ya no la conocía bien, y aunque me esforzaba por seguir a la niña, al poco ya no sabía qué camino seguíamos, y las calles y plazas que aparecían ante mí me resultaban completamente desconocidas. De pronto también noté un cambio en el aire. Hacía mucho frío, pero sin duda ahora había empezado el deshielo, y con tanta fuerza que la nieve ya goteaba desde los tejados y en el cielo unas grandes nubes de foehn se abrían camino. Salimos de la ciudad, donde las casas están rodeadas de grandes jardines, luego ya no habían casas y la niña desapareció de repente y emergió una pendiente. Si esperaba ver una pista de hielo, con puestos iluminados, lámparas de arco y una superficie reluciente llena de gritos y música, la imagen que apareció ante mí era totalmente distinta. Abajo se encontraba el lago cuya orilla creía totalmente construida: ahí estaba, solitario, rodeado de bosques negros, exactamente igual que en mi infancia.

Esta inesperada imagen me ilusionó tanto que estuve a punto de perder de vista a la niña. Pero luego la volví a ver, agachada en la orilla, intentando poner una pierna encima de la otra y agarrarse el pie con una mano en el patín, mientras con el otro giraba la llave. La llave se cayó unas cuantas veces, luego la niña gorda se puso en cuatro patas, se resbaló en el hielo dando vueltas y buscaba y miraba como un sapo extraño. Cada vez estaba más oscuro, la pasarela que avanzaba en el lago a sólo unos metros de ella destacaba negra azabache sobre la amplia superficie, con su brillo plateado, pero no igual en todas partes, era un poco más oscuro aquí y allá, y en esas manchas turbias se anunciaba el deshielo. «Rápido», grité, impaciente, y la gorda se apresuraba de verdad, pero no porque yo la apremiara, sino porque fuera, frente al extremo de la pasarela alguien hizo una señal y gritó: «Ven, gorda», alguien que dibujaba sus círculos, una silueta ligera, clara. Se me ocurrió que debía de ser su hermana, la bailarina, la que cantaba a la tormenta, la niña de mi corazón, y enseguida supe que lo que me había llevado hasta allí no era otra cosa que el deseo de ver a esa grácil criatura. No obstante, al mismo tiempo era consciente del peligro que corrían las niñas. De pronto empezó ese peculiar gemido, esos suspiros profundos que parecían surgir del lago antes de que se rompiera la capa de hielo. Esos gemidos corrían por el fondo como un espeluznante lamento, y yo los oía, y las niñas no.

Seguro que no, no los oían. De lo contrario la gorda, esa criatura miedosa, no habría ido hasta allí, no habría seguido avanzando con sus golpes bruscos y desmañados, y la hermana no le habría hecho una señal ni se habría reído, ni habría girado como una bailarina sobre la punta de los patines para luego dibujar unos ochos bonitos, y la gorda habría evitado los lugares negros ante los que ahora se asustaba para luego atravesarlos igualmente, y la hermana no se habría enderezado de repente y no habría resbalado, lejos, lejos, hacia una de las pequeñas ensenadas aisladas.

Lo vi todo con claridad porque había empezado a avanzar por la pasarela, sin parar, paso a paso. Pese a que los tablones estaban helados, avancé más rápido que la niña gorda abajo, y cuando me di la vuelta le vi la cara, con una expresión imprecisa y ansiosa. También vi las grietas que ahora se abrían por todas partes y de las que salía un poco de agua espumosa, como espuma que sale de labios de una persona enfurecida. Y luego también vi, claro, cómo se rompía el hielo debajo de la niña gorda. Ocurrió en el lugar donde antes bailaba la hermana y sólo a unas brazadas del final de la pasarela.

Debo decir que esa quebradura del hielo no era de vida o muerte. El lago se congela en unas cuantas capas, y la segunda se encontraba sólo unos metros por debajo de la primera y aún era firme. Lo que ocurrió fue que la gorda se hundió un metro en el agua helada, claro está, y rodeada de témpanos que se rompían, pero si caminaba unos pasos en el agua podía llegar a la pasarela y subirse, y en eso yo podría ayudarla. Aun así, de inmediato pensé que no lo conseguiría, y parecía que no lo fuera a lograr, viéndola ahí, con un susto de muerte, haciendo sólo algunos movimientos torpes, con el agua creando una corriente alrededor y el hielo rompiéndose bajo las manos. Acuario, pensé yo, ahora se hundirá, y no sentí nada, ni la más mínima compasión, y no me moví.

Sin embargo, la gorda de pronto levantó la cabeza y, como ya era noche cerrada y apareció la luna tras las nubes, vi claramente que algo había cambiado en su rostro. Eran los mismos rasgos y aun así no eran iguales, marcados por la voluntad y la pasión, como si ahora, al enfrentarse a la muerte, se bebieran toda la vida, toda la vida incandescente. Sí, eso creí, se acercaba la muerte y era lo último, me incliné sobre la barandilla y miré el semblante blanco debajo, y ella me miró como un espejo desde la marea negra. Pero la niña había llegado al poste. Estiró las manos y empezó a subir, se agarró muy decidida a los tornillos y ganchos que sobresalían de la madera. El cuerpo pesaba demasiado, le sangraban los dedos, se cayó de nuevo, pero sólo para volver a empezar. Fue una larga lucha, lo que presencié fue un forcejeo horrible, una liberación y una transformación, como cuando se rompe una cáscara o una hilaza, ahora podría ayudar a la niña, pero sabía que ya no necesitaba ayuda, lo entendí…

No recuerdo el camino de regreso a casa aquella noche. Sólo sé que en nuestra escalera le conté a una vecina que aún quedaba un tramo de la orilla del lago con prados y bosques, pero me dijo que no, no los había. Y que luego encontré los papeles de mi escritorio revueltos y en algún lugar una fotografía antigua de mí, con un traje de lana blanco con el cuello Mao, con los ojos claros, acuosos y muy gorda.


*Este cuento fue publicado en: Marie Luise Kaschnitz, Gesammelte Werke in sieben Bänden. Vierter Band. Die Erzählungen. © Insel Verlag Frankfurt am Main 1983.

*Traducido con el apoyo del Instituto Goethe.

1

Me pusiste en la mano el anillo con un sello de tu abuelo nazi y me pediste que lo lanzara al mar. O a algunas aguas. Porque no podías con él. Entonces te dije: «No lo voy a hacer, no es mi pariente cabrón, yo también tengo basura bajo la alfombra, está llena, ya no caben los tuyos».

Puse el anillo en mi caja de los horrores con arañas de plástico y otras atrocidades y lo guardé para ti. Ahí sigue hoy en día. Ahora hay uno más.

2

Pese a tener nombres, incluso muy normales, nada de nombres ultraestúpidos como Babsi, Horst o esas cosas, no los utilizamos entre nosotros. Tenemos apelativos cariñosos. Tú dices «Krasívaya». Yo «Líbero». Líbero porque te imagino libre. Y no en el fútbol y algunas excusas, como siempre dices. Te imagino italiano, aunque seas medio rumano. Italiano y libre, un partisano en la montaña o algo así. De vez en cuando compartimos pan y queso en la cresta de la montaña, sin usar cuchillos, y nos tiramos delante de las nubes con el abrigo. Detrás se oyen explosiones. No nos atraparán. Ni en mil años.

«Krasívaya», ni idea de por qué. Porque tengo la cabeza en el espacio y los pies apenas rozando el suelo. Mi mirada siempre es ingrávida.

Quería ser cosmonauta y conozco bien los paracaídas, pues en algún momento se me rompieron las alas por el camino. Por entonces debía de tener entre once y doce años.

3

Cuando mientras caminábamos, empapados por la lluvia, encontramos una cueva en medio del bosque, a punto de anochecer, teníamos frío y el siguiente alojamiento estaba recién a quince kilómetros, propuse pasar la noche en esa cueva. Y tú dijiste: «No», porque te daba miedo encontrar un oso durmiendo dentro. Entonces deseaba que fueras más valiente, como un guerrero, un vaquero, un indio que destruyera a flechazos mi propio miedo. Así que tuve que pasar delante y luchar con los osos hasta que tú te quedaste dormido entre estalagmitas y estalactitas en el cenagoso suelo de la cueva.

4

Todos los viernes de verano entre las cinco y las ocho y media de la tarde bombardeamos el parque con bolas de petanca.

5

Cuando pasamos con nuestras bicicletas de hombre por delante de Sugar, la fulana más guapa de Straßenstrich, nos paramos haciendo chirriar los frenos y le preguntamos por sus callos. Los tiene por las plataformas rojas y hace semanas que la atormentaban. Sugar es maravillosa. En realidad se llama Satwan y antes era un hombre. Hoy en día tiene un clítoris de diseño de un cirujano estrella de Bangkok y hace las mejores mamadas de la ciudad. Eso dice ella. Nosotros le creemos y no queremos pruebas.

6

«Gitanillo», decía tu abuelo sin anillo de sello, y se refería a ti. Tejemos las guirnaldas heroicas de ganchillo más bonitas para la fotografía de tu padre, del que nadie habla. Pensamos que navega por el mar desde que dejó a tu madre. Y no que se ha colgado de un árbol de bosque, como dice ella. «Una tumba, una tumba, qué es una tumba. Un nombre en una piedra, nada más». Bebemos a su salud y por tus raíces y lanzamos las copas contra la pared hasta que el compañero de piso grita que somos imbéciles. «Fulanas de mierda», decía el abuelo nazi a sus propias hijas. Entonces cogiste impulso, apuntaste, le diste y al día siguiente abandonaste el pueblo. Por ello te hice un documento de honor a toro pasado y te pegué un nadador en la camiseta roja.

7

El primer día ya te dije que no debías enamorarte de mí. Y cuando tú lo hiciste de todas formas, te di una bofetada.

8

Habíamos calculado que con tu Vespa tardaríamos 21,3 días en llegar al Mar Negro. Si íbamos despacio. Al final necesitamos 43 días y acabamos durmiendo boca abajo. En Hungría había conflicto, y yo habría dado media vuelta. Pero entonces llegó la luna llena y el Danubio, y tú con los músicos: «Mesečina, Mesečina» y ya no pude más y me lancé a tus brazos.

9

Cinta de varios

Cara A (tu cara)

Francoise Hardy / «Oh, Oh Cheri»

Ernst Busch / «Heimlicher Aufmarsch»

Bregović / «Mesečina» y «Edelezi»

Jacques Brel / «Ne me quitte pas»

Danzig / «Mother»

D. A. D. / «Sleeping my day away»

The The / «Love is stronger than Death»

Tu coreografía en zig zag me mareaba.

Cara B (mi cara)

Nouvelle Vague / «This is not a Lovesong»

Kim Wilde / «Cambodia»

Dead Kennedys / «Holiday in Cambodia»

Lard / «They’re coming to take me away (haha)»

Fugazi / «Waiting Room»

Pixies / «Debaser»

The Notwist / «Moron»

Nouvelle Vague / «Too drunk to Fuck»

10

«¿Cuándo os casaréis por fin?»

Preguntan unos.

«¿Por qué no os casáis?»

Preguntan otros.

11

Nos bebimos una botella de Jameson entre los dos y echamos pestes del mundo. Luego te sentaste en la cabecera, yo tomé el micrófono y canté con peluca y gafas de sol para ti y a tu ritmo, y luego a la videocámara, hasta que me enredé con el cable del micro y acabé en el suelo junto con la cámara, de donde ya no me levanté de la risa. Cuando al día siguiente vi las imágenes vi que nos habíamos besado, antes de quedarme dormida y de que tú apretaras el Stop.

12

El teléfono:

Ring. Ring. Ring. Ring. Ring. Ring.

Tú, muy cabreado:

—¿Sí?

Yo:

—Soy yo.

—Mmmm.

—¿Aún estás en la cama?

Cinco segundos después vuelves a hablar:

—Mierda. ¿Qué hora es?

—No me digas que aún estás en la cama.

—¿Por qué no?

—Porque son otra vez las tres y media de la tarde, joder. Por eso.

—Joder. ¿En serio?

—Sí.

—Mierda.

Oigo cómo te enciendes un cigarrillo.

—¿Se me ha pasado una cita?

—Sí.

—¿Algo importante?

—¿Cuándo te largaste esta noche?

—No lo sé, en algún momento esta mañana.

Fumas, te oigo, luego digo:

—¿Me prestas tu bicicleta? Me han robado la mía.

—Pasa por aquí.

—Ayer nos besamos.

—Sí.

—¿Estuvo bien? En realidad no me acuerdo.

—Estuviste genial, baby.

—Imbécil.

—Hasta ahora.

13

Mi cumpleaños siempre cae en invierno. Todos los años. No me gusta. Siempre había querido celebrar una gran fiesta con todos mis amigos en el parque o en un lago con una hoguera y dormir al aire libre y todas esas cosas. El año pasado me llamaste en verano, me convenciste para ir a bañarnos y me llevaste en la Vespa. Desde el aparcamiento hasta el lago me tuviste por encima de tu hombro, mientras yo cantaba una canción infantil. Cuando vi una mesa junto al lago con nuestros amigos sentados y todos me cantaron Cumpleaños feliz, supe que estabas loco y salí corriendo. Qué suerte que seas más rápido que yo.

14

Sólo discutimos mediante nuestra máquina de discutir, una vieja Olympia, y las reglas funcionan así:

Sólo puede haber una persona cada vez en el teclado.

Sólo se puede escribir, no hablar.

Sólo se puede escribir una frase, luego le toca al otro.

Las actas de las discusiones estaban archivadas en carpetas, marcadas con los años.

15

«¡Manos arriba!», grité cuando atraqué la cafetería donde trabajabas detrás del mostrador. Tenía la pistola de agua apuntándote con firmeza. Miraste a tu jefe, que hacía tiempo que tenía todos los dedos en el aire, luego sonreíste, dejaste el pañuelo y despacio, muy despacio, levantaste las manos.

—¡Esto es un secuestro! —le dije a tu jefe y te guiñé el ojo, vi tu mirada confusa, apreté el gatillo, te di en la frente y te ordené que salieras de detrás del mostrador. Afuera te vendé los ojos, te puse un walkman y te di un par de vueltas delante de la cafetería para que te desorientaras. Te llevé en zigzag hasta la estación, luego fuimos en tren al mar, donde llegamos por la tarde.

16

Navidad con tu madre. Tu abuelo ya estaba muerto y tu madre sola, así que la invitamos a celebrarlo con nosotros. Nochebuena en tu casa con pava y col lombarda, y bolas de patata y abeto y vino y canciones. El primer día de Navidad en mi casa en el sofá con restos del día anterior con galletas y El padrino I-III. Al día siguiente os dejé y me sentí sola.

17

Estábamos de pie medio congelados en el puente sobre los andenes del tranvía. Tú con tu viejo equipo de pescador en las manos. Cada uno con una caña. Hacía tiempo que el cielo se había calmado de los grandes estruendos, entonces pusimos unos cohetes en botellas vacías y atamos nuestras cuerdas de pescar al borde de madera de los misiles. «Commencing countdown, engines on.» Sujetamos los fuegos artificiales por la mecha a la vez. En seguida agarramos las cañas. Tres. Dos. Uno. Los cohetes salieron zumbando hacia el cielo, atados por las cuerdas, y estallaron encima de nuestras cabezas. Pescábamos cohetes. Fue el último fin de año.

18

Los «top 10» de «por qué no puedo estar contigo»:

  1. Sólo tienes un libro
  2. El título del libro es Excel para tontos
  3. Siempre bebes
  4. Hueles como mi padre
  5. No tienes objetivos
  6. Todos tus calcetines tienen agujeros
  7. Siempre dejas las cerraduras abiertas
  8. No vas a votar
  9. Tus besos saben a ceniza
  10. Me dejarás

19

Ayer llamó tu madre. Desde el hospital. Con tu móvil. Pensé que eras tú y contesté con un: «¿Dónde te has metido, idiota?», y tu madre rompió a llorar.

Me dijo que tenía una carta para mí y que estabas en el hospital con el estómago hecho polvo, en cuidados intensivos, y que te encontró tu compañero de piso. Entonces supe por qué no habías ido por la mañana al sitio donde habíamos quedado y fui a verte.

20

Miles de tubos en el cuerpo. Monitores. Pitidos. Hidráulicos. Tú en coma. El médico jefe de turno me ha dicho que te habías intoxicado con pastillas. Se interrumpió la respiración, tu cerebro estuvo varios minutos sin oxígeno, por eso ahora estás en coma, con respiración y alimentación artificial. La pregunta era si volverías a estar normal. Había pocas probabilidades. Me dio las siguientes indicaciones:

– Hable con él en un tono calmado de confianza.

– Explique cosas bonitas.

– Anímele.

– Acaríciele la piel con suavidad.

– Mencione nombres y situaciones conocidas.

Eso puede influir, según el médico, en que tú te inclines por la vida y tal vez vuelvas, no como eras antes, pero podría ser que, tras una rehabilitación intensiva, si bien con una discapacidad mental y en silla de ruedas, podrías vivir unos cuantos años bonitos. Te acaricié la mano y el brazo. En el punto donde llegaba a la piel, entre cánulas y vendas. Te puse recuerdos sobre la mesa, te hablé en un tono calmado, te canté, me inventé un cuento para ti y luego te insulté durante una hora más o menos. Me llevé a casa la carta sin leer.

21

Tu carta de despedida:

«Krasívaya,

lo siento.

Líbero»

22

Gilipollas cobarde.

Ya basta.

23

Hoy es viernes.

¿Quién bombardea el parque conmigo hoy?

¿Y la semana que viene?

¿Y luego?

Ya sé los nombres de todas las enfermeras.

24

Ahora sé qué es el reflejo vestíbulo-ocular. Y dónde está el tallo del cerebro. No has vuelto. Tu madre quería una tumba cerca. Le dije: «¡Un entierro en el mar, él pertenece al mar!» y le dio igual. Han dado tu corazón porque tenías un carnet que lo decía. No soporto la idea de que ahora haya alguien por ahí con un corazón de Líbero.

25

Tu entierro en el mar fue un desastre. Juntos nos habríamos reído a carcajadas de tu madre vomitando y el cura recitando a bordo. Pero yo estaba ahí sola pensando en lo banal que es todo. Me sentía fatal porque pensaba que tenía que ser algo festivo. La urna hizo «plaf» y yo torcí el gesto.

Me siento amputada. ¿No podrías ser como Jesús y resucitar? Un viernes, sí, me parece correcto.

26

El tiempo es como un chicle que va perdiendo el sabor.

27

Lo he vendido todo, también la batería, perdona. Tu Vespa va perfecta, me la quedo. Aún están tus guantes bajo el asiento. Mañana viene el camión de mudanzas. Todos preguntan: «¿Por qué Flensburgo?». Yo me encojo de hombros y me quedo callada.

28

Se llama Simone Michalski. No fue fácil averiguarlo.

Mi piso está en el mismo barrio. Suele ir a una tienda biológica a comprar. Imagínate: el próximo día uno empiezo, de dependienta. Media jornada.

29

Voy todos los días a pasear junto al mar. Se ve Dinamarca. A veces voy con la Vespa, compro regaliz salado y me como un perrito caliente con una salchicha de color rosa dentro. Te encantaría Røde Pølser. El día de tu muerte encendí una luz en el agua y le grité al mar.

30

La veo y busco una pista. Una chispa. Lo peor es que Simone no te gustaría, estoy segura. Hace unos meses que nos vemos una vez por semana. Es una pésima jugadora de petanca. Tampoco sabe jugar al ajedrez. Hace poco que practica macha nórdica, con palos y todo. De hecho es un milagro que no haya tenido un rechazo.

31

Estoy sentada en la máquina de discutir, rompiendo todas las normas.


*Copyright © Carl Hanser Verlag München 2014.

*Este cuento fue traducido con el apoyo del Instituto Goethe.