Realismo Archives | THE SHORT STORY Project

David se quedó mirando la foto que le habían sacado a Mimi en su bar mitzvah, veinticinco años atrás. Mimi era prima suya, una prima segunda, y ella y su familia habían viajado desde Brooklyn hasta Milwaukee para la ocasión. David recordaba que durante la ceremonia había caído rendido. Ella tenía el pelo largo, negro y sedoso y unos ojos grandes y marrones con motas doradas. Era alta y esbelta, con la cara ovalada de un retrato preciado y el cabello recogido detrás de unas orejas pequeñas y bien delineadas, como esculpidas en jabón. Con el cuello en una larga curva blanca, se mantuvo sentada muy quieta en la segunda fila de la sinagoga mientras él leía fragmentos de la Torah y guiaba a la congregación en las bendiciones. Al terminar el discurso de su bar mitzvah, David agradeció a sus padres por todo el apoyo que le habían dado y a sus familiares y amigos por asistir a la ceremonia. Miró a Mimi y dijo: «Y gracias». Le pareció un momento raro y espontáneo en una vida en la que hasta entonces había primado la diligencia tranquila, razonada y calculada. No obstante, ella lo siguió mirando impertérrita durante la bema. Pero él estaba entregado. Aquella fue su primera experiencia de deseo doloroso, un fervor que amenazaba con devorarle la carne. Y no le dolió el estar entrando en la pubertad, mientras que Mimi, con quince años, ya estuviera allí instalada.  

Durante la recepción, Mimi se apartó mientras él bailaba con las muchachitas flacuchas y poco desarrolladas de su clase de séptimo. El alejamiento y el misterio le conferían a Mimi una especie de altanería regia que no hacía sino ponerlo más frenético. Mimi se había negado a bailar con él, explicando:

—No soy buena partenaire. Me gusta guiar.

—Puedes hacerlo.

—Gracias, pero no.

En un momento, la vio sola junto a los regalos y se le acercó.

—Elije uno.

—¿Cómo?

—Te doy uno.

Mimi le sonrió, con los dientes blancos y derechos, sin aparatos.

—Si serás tonto.

—En serio.

Estaba desesperado por darle algo.

—No me puedo llevar tus regalos.

—Uno solo.

—¡Lo dices en serio!

Y entonces el padre de Mimi, el tío Irv, se había acercado para felicitar a David por lo bien que había leído la haftorah, y ahí había acabado la charla. Él estaba preparado para entregarle a Mimi sus tesoros recién obtenidos, la torre de regalos y dinero recibidos por convertirse en hombre. Mi reino por tu mano. Algún día me casaré contigo, pensó.

Volvió a verla un par de veces, en una boda y una fiesta de aniversario que daban los padres de Mimi, donde ella llevaba puesta una gorra a cuadros, como de taxista, y pantalones abolsados de corderoy, un atuendo que parecía poco apropiado para la ocasión. Aun así, David no podía negar que cada vez que la veía afloraban los mismos sentimientos, aunque no por parte de Mimi. Los ojos almendrados de la muchacha permanecían extrañamente distantes, sin trasuntar sus pensamientos. Y después no había vuelto a tener contacto con ella. Ahora David se dirigía en coche al Denver Hyatt. Mimi iba allí desde Nueva York para asistir a una conferencia de asistentes sociales. David era psicólogo con un consultorio en Denver, lo que les daría algo en común al cabo de todos los años transcurridos. Todo eso era bueno. David llevaba las fotos que le habían tomado a Mimi en su bar mitzvah. Por supuesto, aquello había ocurrido veinticinco años antes, y Mimi ahora era un hombre. Miles. Mimi había desaparecido hacía dos años.

Miles le dijo que llevaría una camisa de mangas cortas azul con una corbata amarilla, y David lo vio de inmediato de pie junto al bebedero. En ningún momento David habría pensado que destacaba entre los demás hombres, vestido con aire profesional y esperando a un compañero de almuerzo. Con el pelo oscuro bien corto, era más bajo de lo que David recordaba a Mimi, una chica altita, pero tirando a bajo como hombre. Sobre todo, parecía muy pulcro. Bien arreglado, con las uñas impecables y dueño de un apretón de manos firme en vez de un abrazo.

—Mi madre se lo ha tomado mucho mejor que mi padre —dijo Miles cuando se sentaron a almorzar. Había pedido un bistec en vez de la ensalada césar de David, y comía con grandes bocados—. Irv no me puede mirar a los ojos, pero mamá me pregunta cómo van las cosas. Nunca dice nada específico como: «¿qué tal el tratamiento hormonal?», o: «tienes la voz mucho más grave», pero se acuerda de llamarme Miles, algo a lo que mi padre se niega. Mi padre solo evita decir mi nombre. Supongo que a los padres les cuesta más abandonar a sus niñas. Una madre acepta a un hijo pase lo que pase.

David pensó en su propia hija, Leah, de doce años, y en efecto le costó imaginarla transformándose en Leon. Anhelaba su cualidad de hija.

—Aprendes a vivir con las reacciones de la gente que te conocía antes. En realidad, lo más confuso es la gente que conozco ahora. ¿Les cuento sobre el antes? ¿O el antes ya no soy yo? ¿Se sentirán engañados cuando lo descubran? O peor. Tuve una persona entre mis casos que se enteró de que había pasado por una reasignación de género. Ese individuo, que era un poco inestable, llegó a amenazarme.

—¿Y qué hiciste?

—Envié a la policía una copia de la carta, que decía unas cosas horribles sobre convertirme de nuevo en mujer. Mentiría si dijera que no me afectó. En cualquier caso, siempre tengo que considerar hasta qué punto puede ser relevante explicar mi pasado. Puede que eso sea lo más duro de la reasignación: los demás.

—Me imagino —dijo David. Buscó en la cara de Miles, con su delgada sombra de vello, para ver si sospechaba lo que tiempo atrás David había pensado en secreto sobre él cuando era ella. Mimi lo había fascinado con su elusiva belleza de sílfide, su mandíbula delgada y sus labios sinuosos que le recordaban el elegante alfabeto árabe. Incluso hoy podía ver una delicada belleza en el hombre.

—¿Y tú qué tal? —le preguntó Miles—. ¿Has traído fotos de tu familia?

—Sí —dijo David, y sacó un portafolios de cuero y le mostró fotos de su esposa, Rose, y de Leah.

—Tienes una familia preciosa.

—Llevamos un tiempo buscando el segundo —dijo David.

No supo por qué admitió aquello delante de Miles. Rara vez lo admitían delante de nadie. Al cabo de tanto tiempo, la búsqueda no parecía nueva ni prometedora. Y daban gracias por tener a Leah, cuando muchas parejas conocidas ni siquiera eran tan afortunadas. Al mismo tiempo, David sabía que Rose se sentía más frustrada que él. Para David, la personalidad fuerte e histriónica de Leah llenaba la casa. Con ella le alcanzaba. Del mismo modo que había elegido creer que él, hijo único, había sido suficiente para sus padres. Pero Rose siempre había hablado de las alegrías de una familia numerosa, y últimamente, al cumplir tanto ella como él treinta y ocho años, el tema se había convertido en una línea divisoria que señalaba sus posiciones a ambos lados de una marca pertinaz. Más de una vez él había dicho que le gustaría hacerse una vasectomía y terminar de una vez. Terminar, por supuesto, con la presión de encargar un bebé, que se había convertido en la presión de rendir en la cama.

—Un día me gustaría tener una familia —dijo Miles—. Esa fue la parte más difícil de mi decisión. Adiós a mis órganos reproductivos.

—Me imagino.

David se dio cuenta de que había pronunciado dos veces aquellas palabras y debía de parecer un observador aturdido en una feria. No debía sorprenderle tanto la franqueza de Miles. ¿Dónde estaba su formación profesional? Había atendido a hombres y mujeres homosexuales, incluso a travestis, si bien a ninguno que hubiera cambiado de sexo. Aun así, reaccionaba de manera personal a todo lo que se decía.

—Con gusto adoptaría, con la mujer adecuada. Por supuesto, ese es otro problema —dijo Miles con una ancha sonrisa—. Quiero decir, ¿soy un hombre heterosexual que sale con mujeres heterosexuales o un hombre, antes mujer, al que aún le gustan las lesbianas? ¿Y cuál de las dos me aceptaría?

—¿Antes tenías pareja?

—Helena —Miles se llevó la servilleta de lino a la boca, que se torció en una mueca—. Terminamos una relación de cinco años.

—El deseo del cambio debe de haber sido muy fuerte.

—Lo que me preguntas realmente es si me arrepiento de algo.

David sonrió y dijo:

—Veo que eres buen terapeuta.

—Lo soy, más de lo que me pagan. Pero para responder a tu pregunta, digámoslo de la siguiente manera. Miraba en el armario las medias que debía ponerme para trabajar en una corporación y me causaban rechazo. Nunca me sentí cómodo con ropa de mujer o en la piel de una mujer. Y la verdad es que siempre quise tener un pene. Ahora tengo uno. ¿Quieres que te lo muestre?

—¿Cómo? —dijo David, sonrojándose.

Miles estiró la mano para tocar la de David.

—Te estoy cargando, primo. Considéralo un chistecito transgénero.

Pero ¿lo era? Después del almuerzo, Miles propuso ir a nadar. En el hotel había una piscina cerrada de entrenamiento.

—Me encanta nadar —Miles informó a David—. Es el único deporte en el que alguna vez competí. ¿Te vienes conmigo?

—No tengo traje de baño.

—Siempre llevo uno de más. —Estaban de pie en el atrio del hotel bajo unos enormes paneles de cristal, rodeados de un bosque malva de sofás, sillas y cortinajes de pared—. A menos que tengas que volver de inmediato.

—No —dijo David, porque no quería parecer… ¿qué? ¿Maleducado? ¿Cohibido de nadar con un transexual?—. De acuerdo, vamos.

Fueron a la habitación de Miles, hablando de la conferencia por el camino. La presentación de Miles, programada para el día siguiente, formaba parte de un panel que se titulaba: «Vivir con tus padres (no) transgénero». Su propia experiencia con sus padres no era atípica, dijo.

—La verdad es que los entiendo —admitió—. ¿Qué sentirías si un hijo tuyo cambiara de género en mitad de la vida? Para empezar, estás pidiendo a tus padres que abandonen cualquier ilusión de continuar la línea familiar de un modo genético natural. Una cosa es no tener hijos; otra muy distinta es cancelar voluntariamente, como en mi caso, la propia capacidad para hacerlo. No es de sorprender que pocos médicos hagan operación. Se les pide que realicen una intervención irreversible que se basa por completo en un estado mental, algo llamado disforia de género en lo que se supone que deben creer, a fin de quitar los órganos sexuales o construir unos órganos estériles. Por cierto, tengo un pene respetable, gracias a las maravillas de la faloplastia, pero ni con toda la ayuda del cielo le sacas un solo espermatozoide. Entiendo a mis padres, claro, y a los médicos… A todo el mundo. ¿Quieres cambiarte en el baño? —dijo Miles, empezando a desvestirse. Le arrojó un traje de baño a David, que quería cambiarse en privado. Al fin y al cabo, no estaba preparado. No para la sinceridad de lo comentarios de Miles. Había pensado que, si acaso, debería sonsacarle las cosas a Miles, como haría con un paciente conflictuado, con preguntas delicadas para ganarse su confianza. Pero Miles era un tren sin frenos: tengo un pene respetable. ¿Alguna vez David le había dicho algo así a alguien? ¿Y de qué tamaño lo tenía Miles, en todo caso?

En el baño, David sostuvo en alto el traje de baño, pequeño, pero que le quedaba. Al menos no era un slip.

—¿Todo bien ahí dentro? —dijo Miles.

—Perfecto —dijo.

—¿Te queda el traje?

David le dio un tirón a la entrepierna del short de nylon color tostado.

—Impecable.

Cuando David abrió la puerta, Miles estaba allí de pie con unas chanclas, envuelto en la bata del hotel.

—Nada mal —comentó, mirando el traje de David. Era casi como si su primo hubiese estado esperando aquel momento.

Miles, como había dado a entender, resultó ser un excelente nadador. David lo miró deslizarse de ida y vuelta por la piscina, dando una impecable vuelta americana en cada punta para salir disparado con la musculatura sumergida hacia el otro lado, silencioso como una anguila. Mientras tanto, David se quedó en la parte honda sosteniéndose con los codos en el borde. Rose, que también era buena nadadora, había intentado convencerlo de que la acompañara a la piscina del barrio. David coincidía en que necesitaba hacer ejercicio y que a menudo se quedaba enfrascado en su mente, por deformación profesional, y debía seguir el consejo que le daba a sus pacientes y salir un poco para sacudir las endorfinas.

—¿Nos sentamos en el jacuzzi? —le gritó Miles desde la otra punta. Eran los únicos presentes en la piscina. Habían bajado en el ascensor y pasado entre una multitud de asistentes a la conferencia, que entonces se estaban registrando. David había seguido a Miles suponiendo que conocía el mejor camino al gimnasio, pero ahora se preguntaba si no había una ruta más directa y privada. En la jerga popular de la profesión, habría dicho que el comportamiento de su primo —su afán de cambiarse delante de él en una habitación de hotel, el paseo por el vestíbulo, el ofrecimiento de mostrarle su pene respetable— constituía una sobrecompensación exhibicionista por miedo a no ser considerado lo bastante masculino. La cuestión era que, compensara o no, David se estaba sintiendo menos hombre que Miles.

—Claro —dijo David, y salió del agua alzándose con fuerza. El short se adhirió a sus muslos. Era raro… Con aquel bañador pequeño, casi se sentía como si tuviera trece años una vez más, cohibido por los cambios de su cuerpo. Pero ahora su cuerpo estaba cambiando en contra de su voluntad —o falta de ella— para recibir con un saludo sedentario a la edad madura. Miles, en comparación, exhibía todas las señas del rejuvenecimiento, si no de la declarada juventud.

En el jacuzzi, David le echó un buen vistazo al pecho de Miles, que tenía un abultamiento añadido, como relleno con una capa de plumas, pero no lo bastante como para que se pensara: Estoy mirando el pecho de una exmujer. Los pezones parecían un poco asimétricos y más grandes de lo debido (aunque David debió preguntarse: ¿comparados con qué?). Cuando bajaban a la piscina en el ascensor, David había confesado en un momento de rara intimidad que antes había estado prendado de él, o sea, de Mimi. No lo había descrito en detalle ni desde la perspectiva del chico de trece años cuya psiquis hacía erupción durante un rito de pasaje supervisado por un Dios en el que había dejado de creer. Tampoco había dicho que mentalmente le había bajado la cremallera del vestido rosa y no se le había ocurrido que además debía abrir la cremallera de su piel para encontrar a la persona real. Simplemente había dicho:

—De adolescente me había encaprichado bastante contigo.

Y Miles, bien erguido y pensativo, vestido con la bata tostada con el bordado del Hyatt y un bañador azul marino largo hasta las rodillas, como un boxeador concentrado antes de subir al ring, se había vuelto a decirle:

—Acepto la admiración. Y la devuelvo.

Miles lo sorprendió mirándolo y sonrió. David desvió la vista rápidamente, avergonzado por su curiosidad y contemplación.

—¿Lo estás pasando bien? —preguntó Miles.

—¿A qué te refieres?

—A lo de nadar.

—Ah, sí, claro —dijo David. Tenía que achatarse una y otra vez el traje de baño, que flotaba hacia arriba.

—¿Te preocupa algo?

—No —dijo, aunque sabía por la experiencia con sus pacientes que había respondido demasiado rápidamente para resultar creíble.

Miles estiró una pierna —velluda, notó David— y le dio un golpecito en el pecho con el dedo gordo del pie.

—¿Seguro?

—Bueno, estamos pasando por un momento un poco difícil. Rose y yo. Pero no es nada serio.

—¿Quieres contarme?

—Es sobre la dirección que toman nuestras vidas.

—Suena a un problema de tráfico.

David se echó a reír.

—Por así decirlo. Rose quiere tener otro hijo, como te contaba.

—En realidad dijiste que los dos querían tener otro hijo. ¿No es así?

—Ella lo quiere más que yo. Me parece que ella cree que esa es la manera de seguir adelante. Yo no estoy tan seguro.

—¿Cuánto tiempo llevan casados? ¿Quince años?

—Sí.

—Es mucho tiempo juntos. Te envidio. Es una inversión que vale la pena cuidar.

—Así es —dijo David. Y luego pensó en lo extraño que era estar hablando en un jacuzzi sobre la intimidad de su matrimonio con su primo, un primo que acababa de decirle que tenía un pene respetable y con el cual, paradójicamente, podía hablar con total honestidad, de un modo que rara vez lo hacía últimamente—. Supongo que tendremos que esperar para ver qué pasa.

—Estoy totalmente de acuerdo —dijo Miles—. Yo soy el abanderado del esperar para ver qué pasa. ¿Y sabes una cosa? Siempre está todo en construcción. De alguna manera, la idea de que lo que va a pasar es definitivo, por mucho que cada vez me parezca permanente, siempre acaba cambiando.

Subieron a cambiarse, y una vez más David utilizó el baño, mientras Miles se vestía en el ámbito menos privado de su habitación. David se miró en el espejo el pene encogido, una constante en cualquier piscina y sobre todo con un bañador apretado. Se lo estiró, pero el apéndice volvió a retraerse rápidamente a la manera de un acordeón como la cara de un perro chino Shar-pei anormalmente arrugado. 

—¿Te molesta si me enjuago aquí? —gritó David para que Miles lo oyera al otro lado de la puerta.

—Adelante. Cuando termines también me daré una ducha.

Al abrir la cortina del baño vio el estuche de viaje de Miles. David sabía todo sobre la confidencialidad. ¿Había algo más importante en su profesión? Ibas a la cárcel, a fin de cuentas, para proteger la privacidad de un paciente. O te decías que lo harías, llegado el caso. Y sin embargo no pudo evitar abrir el estuche y echar un vistazo a los frascos de medicamentos. Lexapro, Trazodone, Ativan, Paxil… una batería de tratamientos para la depresión y la ansiedad. No le sorprendió. De hecho, sintió una punzada de empatía por Miles y sus vulnerabilidades. Recordó la primera vez que había visto a Mimi, y lo sola que parecía, quizá la chica más sola y preciosa que hubiera visto nunca, una combinación letal para alguien como él, a quien le atraían las heridas de los demás y se encaminaba a convertirse en psicólogo, ya germinada la semilla.

—Si necesitas algo, saca de mi estuche —dijo Miles, y David retiró aprisa la mano, como si Miles pudiera verlo—. Desodorante o lo que sea.

—Gracias.

—¿Nos duchamos juntos?

—¿Cómo?

—David, David —dijo Miles—. Es una broma.

—Sí, sí —dijo David—. El chistecito transgénero. Claro.

Se duchó y se vistió, y después de que Miles hiciera lo propio bajaron en el ascensor. Ya estaba planeando lo que les diría a sus padres, que querrían saber cómo había sido ver a Mimi, y se preguntó si les contaría la verdad. Le parecía increíble que el tío Irv no les hubiera contado nada. Aunque lo creía. La represión podía ser una fuerza poderosísima. Una vez había atendido a una paciente que, para demostrar el grado de negación que había en su familia, le había contado que a los quince años había tenido un aborto espontáneo literalmente delante de sus padres. Estaban todos en la sala mirando la televisión. Con un embarazo de cuatro meses y vestida con una camisa abolsada para esconder lo que empezaba a notarse, su paciente, casi desmayada, había expulsado un coágulo sangriento. Había corrido al baño, pero lo que había pasado era inconfundible: tenía el fondillo de los pantalones cortos empapados de sangre, bien a la vista de sus padres. No dijeron nada. Ella limpió en silencio «el lío», y eso fue lo último que se dijo sobre el tema. Así que no era de sorprender que Miles siguiera siendo invisible y Mimi continuara viva en el recuerdo de la familia hasta que la generación de los mayores se extinguiera. David no dejaba de pensar que lo suyo era una misión, una manera de corregir el secretismo de la familia. Y Miles parecía satisfecho. Le agradeció profusamente por tomarse el tiempo para encontrarse.

—Claro —dijo David—. Sigamos en contacto.

Miles inclinó la cabeza.

—Me gustaría.

Cuando llegó a casa, las luces de adentro estaban apagadas. Rose le había dejado una nota diciendo que Leah se había ido a pasar la noche en casa de una amiga y ella había subido a pensar: código para «dormir una siesta». A su esposa le encantaban las siestas. Aunque a él le causaban insomnio, Rose podía levantarse de un reposo profundo, estirarse alegremente, murmurar con indolencia y volver a dormirse cuatro horas más tarde sin problemas. Favor de molestar, decía la nota.

David entró en la habitación. El aparato de sonido zumbaba tranquilamente. Se habían enganchado al ruido blanco, un condicionante operativo: en cuando el aparato se encendía a los dos les daba sueño y se iban a sus sitios de dormir. Parecía todo muy normal después de ver a Miles.

Se acostó y se acurrucó contra ella, y ella reculó contra él. David sintió la tibieza de sus nalgas a través de la tela fina del camisón. Apretó los labios contra su nuca suave y luego la besó en el hombro, mordiendo ligeramente hasta que ella dijo «mmm». A continuación, Rose se volvió para mirarlo.

—¿Qué tal?

—Distinto.

—Llamó tu padre. Quería saber cómo te había ido con Mimi. Si está casada o si tiene, según dijo él, un pretendiente. No tiene ni idea, ¿no?

—No —dijo David—. Y no estoy seguro de que vaya a decírselo. Si el padre de Miles quiere mantenerlo en secreto, ¿por qué debería contárselo a mis padres? Es poco probable que vuelvan a ver a Miles alguna vez, y todos lo de la generación mayor se irán a la tumba contentos con el statu quo que creen conocer.

—¿Qué aspecto tiene? ¿Sigue pareciéndose a la foto?

David le había mostrado la fotografía de Mimi a los quince años y explicado su capricho adolescente. Rose había tenido sentimientos parecidos por uno de sus primos, pero tampoco había pasado nada… bueno, nada, excepto una partida de strip póker. Rose ganó, el primo perdió, ahí acabó la historia. Al menos en sus recuerdos. Era la primera vez, siendo de una familia de cuatro hermanas, que había visto un pene, lo cual atenuó su encaprichamiento. ¿La cara angelical de su primo venía con uno de esos?

—Aún la veo en su interior.

David pensó en cómo Miles había inclinado la cabeza cuando se despedían, de un modo muy parecido a cómo Mimi lo había mirado cuando él tenía trece años y el corazón, así como otro órgano, se le elevaba por ella, como si quisiera estudiar a David desde un ángulo inclinado y parecer bonita al hacerlo.

—Hueles a cloro.

—Fuimos a nadar. Supongo que no se me quitó del pelo.

—¿Fuiste a nadar? ¿Con Miles?

—Y después me duché en su habitación.

—Pero bueno…

Mientras lo decía, Rose le desabrochaba el cinturón y le metía la mano bajo el elástico de los calzoncillos. David se recordó de pie delante del espejo del baño de Miles, estudiándose a sí mismo y su hombría, tratando de descifrar qué significaba que Mimi hubiese sido objeto de sus primeras fantasías masturbatorias a los trece años. Y no habían sido las únicas. En la categoría conexa de sus fantasías de rescatador, la había salvado de edificios en llamas, asaltos, acosos sexuales e irónicamente, vista la capacidad de Miles como nadador, ahogamientos. Al morir recibía la gratitud eterna de Mimi. Sin aliento, sacrificándose, eyaculaba. La petite mort, como llamaban los franceses al orgasmo, muy bien dispuestos, por obra de su fatalismo filosófico, a mezclar el sexo y la muerte a la menor oportunidad.

¿Siempre había querido salvar a los demás?

—Ohhh —gimió Rose.

—¿Estás bien?

—Sí, sí, sigue… no pares.

Entró en ella con fuerza, salteándose el precalentamiento habitual, levantándole el camisón hasta el cuello y aplastándola contra el colchón con los dedos abiertos sobre su pecho. Los gemidos de Rose resonaban en la casa vacía. Rara vez la tenían toda para ellos. David oyó también sus propios quejidos, reverberando en su garganta, su respiración cada vez más acelerada, su deseo apresurado, inatento e imparable, y entonces Rose lo abofeteó en la cara, el retumbo picante de su mano le hizo arder la cara, y acabó al instante.

Se dejó caer al lado a Rose. Permanecieron así juntos, extenuados y mirando el techo. David no tenía ganas de hablar, y la respiración de Rose llenaba el cuarto. Al final, David preguntó:

—¿Y eso qué fue?

—Es que…

—¿Qué?

—Dijiste su nombre.

Rose nunca lo había abofeteado durante el sexo ni en ningún otro momento. Era muy atípico de su parte. Muy descontrolado. Él había acabado al tacto de su mano, pero ahora no sabía si la bofetada había sido simultánea a la eyaculación o la había precedido.

—Me parece que te lo imaginaste —dijo David—, solo porque acabábamos de hablar de él.

—No me lo imaginé. Dijiste su nombre. Y me molestó.

—No estaba pensando en él.

¿O sí? ¿Estaba pensando en que no le había contado a Rose que Miles se había jactado de su pene, ni del beso que de repente le había dado en la mejilla cuando se despedían, tomándolo completamente por sorpresa, y cómo no podía quitarse de la cabeza lo suave que había sido, el beso de Mimi, como si Miles se hubiera convertido adrede en ella por un minuto para confundirlo?

David se incorporó sobre un codo y miró a Rose, que tenía la cara y el pecho colorados, los pezones aún erectos, los ojos verdes en una nube de desconcierto.

—Bueno, si lo hice o no, lo siento.

—Yo también. ¿Te hice daño?

—No, solo me… sorprendiste.

Rose se besó la punta de los dedos y le tocó la mejilla.

—Quería que me prestaras atención. A mí.

Sonó el teléfono. David se levantó para atender por si era Leah. Algún día, cuando ella fuera mayor, no sentiría la necesidad de precipitarse al teléfono cada vez que sonara, pero ahora imaginaba situaciones terribles en milisegundos. Colgaron, el identificador de llamadas mostró un número de Denver y él se preguntó si sería Miles.

Cuando volvió a la cama, Rose estaba de espaldas con las rodillas presionadas contra el pecho. El doctor les había dicho que esa posición no ayudaba en nada. Si Rose quedaba embarazada, si concebían otro hijo después de tantos años de intentarlo, sería porque los nadadores harían su trabajo con independencia de la postura, había dicho el doctor. Pero Rose lo hacía por costumbre o superstición y David le consentía la práctica sin hacer comentarios.

—¿No sería irónico —dijo Rose, hablando contra sus rodillas— si después de ver a Miles acabara ocurriendo?

David se recostó a su lado y le apoyó la mano en el vientre chato cuando ella se estiró. Sintió una tibieza dentro, sintió algo que se movía, sintió, estaba seguro, que allí sucedía una transformación magnífica y misteriosa. Y también sintió los labios suaves de Miles contra su mejilla, la misma mejilla que Rosa había abofeteado, como para echar a andar una nueva vida, ni él ni ella, una creación sin rostro.

La luz del sol se deslizaba dentro del cuarto, formando un marco blanco alrededor de la cortina negra y corta que apenas cubría la ventana. El resplandor alrededor de la ventana oscurecida le recordaba al cuadrado negro de Malevich. Suspiró. Vera se hubiera reído de esta ridícula idea. Se sentó a la orilla de la cama, preocupado por sus planes. La caja se encontraba en la sala y él quería salir, abrirla y tener una experiencia mística.

Decidió que cubriría todas las ventanas de la casa. No quería que este momento se convirtiera en un momento para enfrentar la realidad, sino para huir de ella. ¿Quizá debería de cambiarse de ropa? Se había disculpado del trabajo el día de hoy y se había puesto su ropa de ocio por costumbre. Pero, ¿acaso era apropiado? Tal vez lo era. Después de todo, habían pasado la mayoría de su tiempo juntos en los días feriados y fines de semana.

Comenzó su tarea cubriendo cada espejo con un cuidado meticuloso. Una vez que terminó, desempolvó la otomana en la que le encantaba sentarse a Vera.

Tomó el paquete y lo depositó cuidadosamente a un lado de la otomana. Abrió la caja y encontró otra adentro. En el cartón más pequeño estaba una cabeza de unicel que mantenía a la peluca en su lugar. La tomó y respiró profundamente. No olía como ella, pero lucía perfecta. Colocó la peluca sobre su cabello cuidadosamente cepillado. Sentado en silencio leyó la nota escrita en la factura:

“De acuerdo a sus indicaciones, hemos arreglado el cabello de su esposa como en la fotografía que nos ha enviado.”

A pesar de que la mía es historia, no la empezaré por el arca de Noé y la genealogía de sus ascendientes como acostumbraban hacerlo los antiguos historiadores españoles de América, que deben ser nuestros prototipos. Tengo muchas razones para no seguir ese ejemplo, las que callo por no ser difuso. Diré solamente que los sucesos de mi narración pasaban por los años de Cristo de 183… Estábamos, a más, en cuaresma, época en que escasea la carne en Buenos Aires, porque la iglesia, adoptando el precepto de Epicteto, sustine, abstine (sufre, abstente), ordena vigilia y abstinencia a los estómagos de los fieles, a causa de que la carne es pecaminosa, y, como dice el proverbio, busca a la carne. Y como la iglesia tiene ab initio y por delegación directa de Dios el imperio inmaterial sobre las conciencias y estómagos, que en manera alguna pertenecen al individuo, nada más justo y racional que vede lo malo.

Los abastecedores, por otra parte, buenos federales, y por lo mismo buenos católicos, sabiendo que el pueblo de Buenos Aires atesora una docilidad singular para someterse a toda especie de mandamiento, sólo traen en días cuaresmales al matadero, los novillos necesarios para el sustento de los niños y de los enfermos dispensados de la abstinencia por la Bula, y no con el ánimo de que se harten algunos herejotes, que no faltan, dispuestos siempre a violar los mandamientos carnificinos de la iglesia, y a contaminar la sociedad con el mal ejemplo.

Sucedió, pues, en aquel tiempo, una lluvia muy copiosa. Los caminos se anegaron; los pantanos se pusieron a nado y las calles de entrada y salida a la ciudad rebosaban en acuoso barro. Una tremenda avenida se precipitó de repente por el Riachuelo de Barracas, y extendió majestuosamente sus turbias aguas hasta el pie de las barrancas del Alto. El Plata, creciendo embravecido, empujó esas aguas que venían buscando su cauce y las hizo correr hinchadas por sobre campos, terraplenes, arboledas, caseríos, y extenderse como un lago inmenso por todas las bajas tierras. La ciudad, circunvalada del norte al este por una cintura de agua y barro, y al sur por un piélago blanquecino en cuya superficie flotaban a la ventura algunos barquichuelos y negreaban las chimeneas y las copas de los árboles, echaba desde sus torres y barrancas atónitas miradas al horizonte como implorando misericordia al Altísimo. Parecía el amago de un nuevo diluvio. Los beatos y beatas gimoteaban haciendo novenarios y continuas plegarias. Los predicadores atronaban el templo y hacían crujir el púlpito a puñetazos. Es el día del juicio, decían, el fin del mundo está por venir. La cólera divina rebosando se derrama en inundación. ¡Ay de vosotros, pecadores! ¡Ay de vosotros, unitarios impíos que os mofáis de la iglesia, de los santos, y no escucháis con veneración la palabra de los ungidos del Señor! ¡Ay de vosotros si no imploráis misericordia al pie de los altares! Llegará la hora tremenda del vano crujir de dientes y de las frenéticas imprecaciones. Vuestra impiedad, vuestras herejías, vuestras blasfemias, vuestros crímenes horrendos, han traído sobre nuestra tierra las plagas del Señor. La justicia del Dios de la Federación os declarará malditos.

Las pobres mujeres salían sin aliento, anonadadas del templo, echando, como era natural, la culpa de aquella calamidad a los unitarios.

Continuaba, sin embargo, lloviendo a cántaros, y la inundación crecía acreditando el pronóstico de los predicadores. Las campanas comenzaron a tocar rogativas por orden del muy católico Restaurador, quien parece no las tenía todas consigo. Los libertinos, los incrédulos, es decir, los unitarios, empezaron a amedrentarse al ver tanta cara compungida, oír tanta batahola de imprecaciones. Se hablaba ya, como de cosa resuelta, de una procesión en que debía ir toda la población descalza y a cráneo descubierto, acompañando al Altísimo, llevado bajo palio por el Obispo, hasta la barranca de Balcarce, donde millares de voces, conjurando al demonio unitario de la inundación, debían implorar la misericordia divina.

Feliz, o mejor, desgraciadamente, pues la cosa habría sido de verse, no tuvo efecto la ceremonia, porque bajando el Plata, la inundación se fue poco a poco escurriendo en su inmenso lecho sin necesidad de conjuro ni plegarias.

Lo que hace principalmente a mi historia es que por causa de la inundación estuvo quince días el matadero de la Convalecencia sin ver una sola cabeza vacuna, y que en uno o dos, todos los bueyes de quinteros y aguateros se consumieron en el abasto de la ciudad. Los pobres niños y enfermos se alimentaban con huevos y gallinas, y los gringos y herejotes bramaban por el beef-steak y el asado. La abstinencia de carne era general en el pueblo, que nunca se hizo más digno de la bendición de la iglesia, y así fue que llovieron sobre él millones y millones de indulgencias plenarias. Las gallinas se pusieron a seis pesos, y los huevos a cuatro reales, y el pescado carísimo. No hubo en aquellos días cuaresmales promiscuaciones ni excesos de gula; pero en cambio se fueron derecho al cielo innumerables ánimas y acontecieron cosas que parecen soñadas.

No quedó en el matadero ni un solo ratón vivo de muchos millares que allí tenían albergue. Todos murieron o de hambre o ahogados en sus cuevas por la incesante lluvia. Multitud de negras rebusconas de achuras, como los caranchos de presa, se desbandaron por la ciudad como otras tantas harpías prontas a devorar cuanto hallaran comible. Las gaviotas y los perros, inseparables rivales suyos en el matadero, emigraron en busca de alimento animal. Porción de viejos achacosos cayeron en consunción por falta de nutritivo caldo; pero lo más notable que sucedió fue el fallecimiento casi repentino de unos cuantos gringos herejes que cometieron el desacato de darse un hartazgo de chorizos de Extremadura, jamón y bacalao, y se fueron al otro mundo a pagar el pecado cometido por tan abominable promiscuación.

Algunos médicos opinaron que si la carencia de carne continuaba, medio pueblo caería en síncope por estar los estómagos acostumbrados a su corroborante jugo; y era de notar el contraste entre estos tristes pronósticos de la ciencia y los anatemas lanzados desde el púlpito por los reverendos padres contra toda clase de nutrición animal y de promiscuación en aquellos días destinados por la iglesia al ayuno y la penitencia. Se originó de aquí una especie de guerra intestina entre los estómagos y las conciencias, atizada por el inexorable apetito y las no menos inexorables vociferaciones de los ministros de la iglesia, quienes, como es su deber, no transigen con vicio alguno que tienda a relajar las costumbres católicas; a lo que se agregaba el estado de flatulencia intestinal de los habitantes, producido por el pescado y los porotos y otros alimentos algo indigestos.

Esta guerra se manifestaba por sollozos y gritos descompasados en la peroración de los sermones y por rumores y estruendos subitáneos en las casas y calles de la ciudad o dondequiera concurrían gentes. Alarmóse un tanto el gobierno, tan paternal como previsor, el Restaurador, creyendo aquellos tumultos de origen revolucionario y atribuyéndolos a los mismos salvajes unitarios, cuyas impiedades, según los predicadores federales, habían traído sobre el país la inundación de la cólera divina; tomó activas providencias, desparramó sus esbirros por la población, y por último, bien informado, promulgó un decreto tranquilizador de las conciencias y de los estómagos, encabezado por un considerando muy sabio y piadoso para que a todo trance y arremetiendo por agua y todo se trajese ganado a los corrales.

En efecto, el decimosexto día de la carestía, víspera del día de Dolores, entró a nado por el paso de Burgos al matadero del Alto una tropa de cincuenta novillos gordos; cosa poca por cierto para una población acostumbrada a consumir diariamente de doscientos cincuenta a trescientos, y cuya tercera parte al menos gozaría del fuero eclesiástico de alimentarse con carne. ¡Cosa extraña que haya estómagos privilegiados y estómagos sujetos a leyes inviolables y que la iglesia tenga la llave de los estómagos!

Pero no es extraño, supuesto que el diablo con la carne suele meterse en el cuerpo y que la iglesia tiene el poder de conjurarlo: el caso es reducir al hombre a una máquina cuyo móvil principal no sea su voluntad sino la de la iglesia y el gobierno. Quizá llegue el día en que sea prohibido respirar aire libre, pasearse y hasta conversar con un amigo, sin permiso de autoridad competente. Así era, poco más o menos, en los felices tiempos de nuestros beatos abuelos que por desgracia vino a turbar la revolución de Mayo.

Sea como fuera, a la noticia de la providencia gubernativa, los corrales del Alto se llenaron, a pesar del barro, de carniceros, achuradores y curiosos, quienes recibieron con grandes vociferaciones y palmoteos los cincuenta novillos destinados al matadero.

—Chica, pero gorda —exclamaban—. ¡Viva la Federación! ¡Viva el Restaurador! Porque han de saber los lectores que en aquel tiempo la Federación estaba en todas partes, hasta entre las inmundicias del matadero y no había fiesta sin Restaurador como no hay sermón sin Agustín. Cuentan que al oír tan desaforados gritos las últimas ratas que agonizaban de hambre en sus cuevas, se reanimaron y echaron a correr desatentadas conociendo que volvían a aquellos lugares la acostumbrada alegría y la algazara precursora de abundancia.

El primer novillo que se mató fue todo entero de regalo al Restaurador, hombre muy amigo del asado. Una comisión de carniceros marchó a ofrecérselo a nombre de los federales del matadero, manifestándole in voce su agradecimiento por la acertada providencia del gobierno, su adhesión ilimitada al Restaurador y su odio entrañable a los salvajes unitarios, enemigos de Dios y de los hombres. El Restaurador contestó a la arenga rinforzando sobre el mismo tema y concluyó la ceremonia con los correspondientes vivas y vociferaciones de los espectadores y actores. Es de creer que el Restaurador tuviese permiso especial de su Ilustrísima para no abstenerse de carne, porque siendo tan buen observador de las leyes, tan buen católico y tan acérrimo protector de la religión, no hubiera dado mal ejemplo aceptando semejante regalo en día santo.

Siguió la matanza, y en un cuarto de hora cuarenta y nueve novillos se hallan tendidos en la playa del matadero, desollados unos, los otros por desollar. El espectáculo que ofrecía entonces era animado y pintoresco aunque reunía todo lo horriblemente feo, inmundo y deforme de una pequeña clase proletaria peculiar del Río de la Plata. Pero para que el lector pueda percibirlo a un golpe de ojo, preciso es hacer un croquis de la localidad.

El matadero de la Convalecencia o del Alto, sito en las quintas al sud de la ciudad, es una gran playa en forma rectangular colocada al extremo de dos calles, una de las cuales allí se termina y la otra se prolonga hacia el este. Esta playa, con declive al sud, está cortada por un zanjón labrado por la corriente de las aguas pluviales, en cuyos bordes laterales se muestran innumerables cuevas de ratones y cuyo cauce recoge, en tiempo de lluvia, toda la sangrasa seca o reciente del matadero. En la junción del ángulo recto hacia el oeste está lo que llaman la casilla, edificio bajo, de tres piezas de media agua con corredor al frente que da a la calle y palenque para atar caballos, a cuya espalda se notan varios corrales de palo a pique de ñandubay con sus fornidas puertas para encerrar el ganado.

Estos corrales son en tiempo de invierno un verdadero lodazal en el cual los animales apeñuscados se hunden hasta el encuentro y quedan como pegados y casi sin movimiento. En la casilla se hace la recaudación del impuesto de corrales, se cobran las multas por violación de reglamentos y se sienta el juez del matadero, personaje importante, caudillo de los carniceros y que ejerce la suma del poder en aquella pequeña república por delegación del Restaurador. Fácil es calcular qué clase de hombre se requiere para el desempeño de semejante cargo. La casilla, por otra parte, es un edificio tan ruin y pequeño que nadie lo notaría en los corrales a no estar asociado su nombre al del terrible juez y a no resaltar sobre su blanca cintura los siguientes letreros rojos: «Viva la Federación», «Viva el Restaurador y la heroína doña Encarnación Ezcurra», «Mueran los salvajes unitarios». Letreros muy significativos, símbolo de la fe política y religiosa de la gente del matadero. Pero algunos lectores no sabrán que la tal heroína es la difunta esposa del Restaurador, patrona muy querida de los carniceros quienes, ya muerta, la veneraban como viva por sus virtudes cristianas y su federal heroísmo en la revolución contra Balcarce. Es el caso que en un aniversario de aquella memorable hazaña de la mazorca, los carniceros festejaron con un espléndido banquete en la casilla a la heroína, banquete al que concurrió con su hija y otras señoras federales, y que allí, en presencia de un gran concurso, ofreció a los señores carniceros en un solemne brindis su federal patrocinio, por cuyo motivo ellos la proclamaron entusiasmados patrona del matadero, estampando su nombre en las paredes de la casilla donde se estará hasta que lo borre la mano del tiempo.

La perspectiva del matadero a la distancia era grotesca, llena de animación. Cuarenta y nueve reses estaban tendidas sobre sus cueros y cerca de doscientas personas hollaban aquel suelo de lodo regado con la sangre de sus arterias. En torno de cada res resaltaba un grupo de figuras humanas de tez y raza distintas. La figura más prominente de cada grupo era el carnicero con el cuchillo en mano, brazo y pecho desnudos, cabello largo y revuelto, camisa y chiripá y rostro embadurnado de sangre. A sus espaldas se rebullían, caracoleando y siguiendo los movimientos, una comparsa de muchachos, de negras y mulatas achuradoras, cuya fealdad trasuntaba las harpías de la fábula, y, entremezclados con ella, algunos enormes mastines olfateaban, gruñían o se daban de tarascones por la presa. Cuarenta y tantas carretas toldadas con negruzco y pelado cuero se escalonaban irregularmente a lo largo de la playa, y algunos jinetes, con el poncho calado y el lazo prendido al tiento, cruzaban por entre ellas al tranco o, reclinados sobre el pescuezo de los caballos, echaban ojo indolente sobre uno de aquellos animados grupos, al paso que más arriba, en el aire, un enjambre de gaviotas blanquiazules, que habían vuelto de la emigración al olor de carne, revoloteaban cubriendo con su disonante graznido todos los ruidos y voces del matadero y proyectando una sombra clara sobre aquel campo de horrible carnicería. Esto se notaba al principio de la matanza.

Pero a medida que adelantaba, la perspectiva variaba: los grupos se deshacían, venían a formarse tomando diversas actitudes y se desparramaban corriendo como si en medio de ellos cayese alguna bala perdida o asomase la quijada de algún encolerizado mastín. Esto era que, inter el carnicero en un grupo descuartizaba a golpe de hacha, colgaba en otro los cuartos en los ganchos a su carreta, despellejaba en éste, sacaba el sebo en aquél, de entre la chusma, que ojeaba y aguardaba la presa de achura, salía de cuando en cuando una mugrienta mano a dar un tarazcón con el cuchillo al sebo o a los cuartos de la res, lo que originaba gritos y explosión de cólera del carnicero y el continuo hervidero de los grupos, dichos y gritería descompasada de los muchachos.

—Ahí se mete el sebo en las tetas, la tía —gritaba uno.

—Aquél lo escondió en el alzapón —replicaba la negra.

—¡Che!, negra bruja, salí de aquí antes que te pegue un tajo —exclamaba el carnicero.

—¿Qué le hago, ño Juan? ¡No sea malo! Yo no quiero sino la panza y las tripas.

—Son para esa bruja: a la m…

—¡A la bruja! ¡A la bruja! —repitieron los muchachos—, ¡se lleva la riñonada y el tongorí!— y cayeron sobre su cabeza sendos cuajos de sangre y tremendas pelotas de barro.

Hacia otra parte, entre tanto, dos africanas llevaban arrastrando las entrañas de un animal; allá una mulata se alejaba con un ovillo de tripas y resbalando de repente sobre un charco de sangre, caía a plomo, cubriendo con su cuerpo la codiciada presa. Acullá se veían acurrucadas en hileras cuatrocientas negras destejiendo sobre las faldas el ovillo y arrancando uno a uno los sebitos que el avaro cuchillo del carnicero había dejado en la tripa como rezagados, al paso que otras vaciaban panzas y vejigas y las henchían de aire de sus pulmones para depositar en ellas, luego de secas, la achura.

Varios muchachos, gambeteando a pie y a caballo, se daban de vejigazos o se tiraban bolas de carne, desparramando con ellas y su algazara la nube de gaviotas que columpiándose en el aire celebraba chillando la matanza. Oíanse a menudo, a pesar del veto del Restaurador y de la santidad del día, palabras inmundas y obscenas, vociferaciones preñadas de todo el cinismo bestial que caracteriza a la chusma de nuestros mataderos, con las cuales no quiero regalar a los lectores.

De repente caía un bofe sangriento sobre la cabeza de alguno, que de allí pasaba a la de otro, hasta que algún deforme mastín lo hacía buena presa, y una cuadrilla de otros, por si estrujo o no estrujo, armaba una tremenda de gruñidos y mordiscones. Alguna tía vieja salía furiosa en persecución de un muchacho que le había embadurnado el rostro con sangre, y, acudiendo a sus gritos y puteadas, los compañeros del rapaz la rodeaban y azuzaban como los perros al toro y llovían sobre ella zoquetes de carne, bolas de estiércol, con groseras carcajadas y gritos frecuentes, hasta que el juez mandaba restablecer el orden y despejar el campo.

Por un lado, dos muchachos se adiestraban en el manejo del cuchillo tirándose horrendos tajos y reveses; por otro, cuatro, ya adolescentes, ventilaban a cuchilladas el derecho a una tripa gorda y un mondongo que habían robado a un carnicero; y no de ellos distante, porción de perros, flacos ya de la forzosa abstinencia, empleaban el mismo medio para saber quién se llevaría un hígado envuelto en barro. Simulacro en pequeño era éste del modo bárbaro con que se ventilan en nuestro país las cuestiones y los derechos individuales y sociales. En fin, la escena que se representaba en el matadero era para vista, no para escrita.

Un animal había quedado en los corrales, de corta y ancha cerviz, de mirar fiero, sobre cuyos órganos genitales no estaban conformes los pareceres porque tenía apariencias de toro y de novillo. Llególe su hora. Dos enlazadores a caballo penetraron al corral en cuyo contorno hervía la chusma a pie, a caballo y horquetada sobre sus ñudosos palos. Formaban en la puerta el más grotesco y sobresaliente grupo varios pialadores y enlazadores de a pie con el brazo desnudo y armados del certero lazo, la cabeza cubierta con un pañuelo punzó y chaleco y chiripá colorado, teniendo a sus espaldas varios jinetes y espectadores de ojo escrutador y anhelante.

El animal, prendido ya al lazo por las astas, bramaba echando espuma, furibundo, y no había demonio que lo hiciera salir del pegajoso barro donde estaba corno clavado y era imposible pialarlo. Gritábanlo, lo azuzaban en vano con las mantas y pañuelos los muchachos prendidos sobre las horquetas del corral, y era de oír la disonante batahola de silbidos, palmadas y voces tiples y roncas que se desprendía de aquella singular orquesta.

Los dicharachos, las exclamaciones chistosas y obscenas rodaban de boca en boca y, cada cual hacía alarde espontáneamente de su ingenio y de su agudeza excitado por el espectáculo o picado por el aguijón de alguna lengua locuaz.

—Hi de p… en el toro.

—Al diablo los torunos del Azul.

—Mal haya el tropero que nos da gato por liebre.

—Si es novillo.

—¿No está viendo que es toro viejo?

—Como toro le ha de quedar. ¡Muéstreme los c…, si le parece, c… o!

—Ahí los tiene entre las piernas. No los ve, amigo, más grandes que la cabeza de su castaño; ¿o se ha quedado ciego en el camino?

—Su madre sería la ciega, pues que tal hijo ha parido. ¿No ve que todo ese bulto es barro?

—Es emperrado y arisco como un unitario —y al oír esta mágica palabra todos a una voz exclamaron:

—¡Mueran los salvajes unitarios!

—Para el tuerto los h…

—Sí, para el tuerto, que es hombre de e…, para pelear con los unitarios.

—El matahambre a ¡Matasiete, degollador de unitarios. ¡Viva Matasiete!

—¡A Matasiete el matahambre!

—Allá va —gritó una voz ronca interrumpiendo aquellos desahogos de la cobardía feroz—. ¡Allá va el toro!

—¡Alerta! Guarda los de la puerta. ¡Allá va furioso como un demonio!

Y, en efecto, el animal acosado por los gritos y sobre todo por dos picanas agudas que le espoleaban la cola, sintiendo flojo el lazo, arremetió bufando a la puerta, lanzando a entrambos lados una rojiza y fosfórica mirada. Diole el tirón el enlazador sentando su caballo, desprendió el lazo de la asta, crujió por el aire un áspero zumbido y al mismo tiempo se vio rodar desde lo alto de una horqueta del corral, como si un golpe de hacha la hubiese dividido a cercén, una cabeza de niño cuyo tronco permaneció inmóvil sobre su caballo de palo, lanzando por cada arteria un largo chorro de sangre.

—Se cortó el lazo —gritaron unos—, allá va el toro —pero otros, deslumbrados y atónitos, guardaron silencio porque todo fue como un relámpago.

Desparramóse un tanto el grupo de la puerta. Una parte se agolpó sobre la cabeza y el cadáver palpitante del muchacho degollado por el lazo, manifestando horror en su atónito semblante, y la otra parte, compuesta de jinetes que no vieron la catástrofe, se escurrió en distintas direcciones en pos del toro, vociferando y gritando: —¡Allá va el toro! ¡Atajen! ¡Guarda! —Enlaza, Sietepelos. —¡Que te agarra, Botija! —Va furioso; no se le pongan delante. —¡Ataja, ataja, morado! —Dele espuela al mancarrón. —Ya se metió en la calle sola. —¡Qué lo ataje el diablo!

El tropel y vocería era infernal. Unas cuantas negras achuradoras, sentadas en hilera al borde del zanjón, oyendo el tumulto se acogieron y agazaparon entre las panzas y tripas que desenredaban y devanaban con la paciencia de Penélope, lo que sin duda las salvó, porque el animal lanzó al mirarlas un bufido aterrador, dio un brinco sesgado y siguió adelante perseguido por los jinetes. Cuentan que una de ellas se fue de cámaras, otra rezó diez salves en dos minutos, y dos prometieron a San Benito no volver jamás a aquellos malditos corrales y abandonar el oficio de achuradoras. No se sabe si cumplieron la promesa.

El toro, entre tanto, tomó hacia la ciudad por una larga y angosta calle que parte de la punta más aguda del rectángulo anteriormente descripto, calle encerrada por una zanja y un cerco de tunas, que llaman sola por no tener más de dos casas laterales y en cuyo apozado centro había un profundo pantano que tomaba de zanja a zanja. Cierto inglés, de vuelta de su saladero, vadeaba este pantano a la sazón, paso a paso, en un caballo algo arisco, y sin duda iba tan absorto en sus cálculos que no oyó el tropel de jinetes ni la gritería sino cuando el toro arremetía al pantano. Azoróse de repente su caballo dando un brinco al sesgo y echó a correr dejando al pobre hombre hundido media vara en el fango. Este accidente, sin embargo, no detuvo ni refrenó la carrera de los perseguidores del toro, antes al contrario, soltando carcajadas sarcásticas: —Se amoló el gringo; levántate, gringo —exclamaron, y, cruzando el pantano, amasaron con barro bajo las patas de sus caballos su miserable cuerpo. Salió el gringo, como pudo, después, a la orilla, más con la apariencia de un demonio tostado por las llamas del infierno que de un hombre blanco pelirrubio. Más adelante al grito de: ¡Al toro! ¡Al toro!, cuatro negras achuradoras que se retiraban con su presa se zambulleron en la zanja llena de agua, único refugio que les quedaba.

El animal, entre tanto, después de haber corrido unas veinte cuadras en distintas direcciones, azorando con su presencia a todo viviente, se metió por la tranquera de una quinta donde halló su perdición. Aunque cansado, manifestaba bríos y colérico ceño; pero rodeábalo una zanja profunda y un tupido cerco de pitas, y no había escape. Juntáronse luego sus perseguidores que se hallaban desbandados y resolvieron llevarlo en un señuelo de bueyes para que expiase su atentado en el lugar mismo donde lo había cometido.

Una hora después de su fuga el toro estaba otra vez en el matadero, donde la poca chusma que había quedado no hablaba sino de sus fechorías. La aventura del gringo en el pantano excitaba principalmente la risa y el sarcasmo. Del niño degollado por el lazo no quedaba sino un charco de sangre: su cadáver estaba en el cementerio.

Enlazaron muy luego por las astas al animal que brincaba haciendo hincapié y lanzando roncos bramidos. Echáronle uno, dos, tres piales; pero infructuosos: al cuarto quedó prendido de una pata; su brío y su furia redoblaron; su lengua, estirándose convulsiva, arrojaba espuma, su nariz, humo, sus ojos, miradas encendidas. —¡Desgarreten ese animal! exclamó una voz imperiosa. Matasiete se tiró al punto del caballo, cortóle el garrón de una cuchillada y gambeteando en torno de él con su enorme daga en mano, se la hundió al cabo hasta el puño en la garganta, mostrándola enseguida humeante y roja a los espectadores. Brotó un torrente de la herida, exhaló algunos bramidos roncos, vaciló y cayó el soberbio animal entre los gritos de la chusma que proclamaba a Matasiete vencedor y le adjudicaba en premio el matambre. Matasiete extendió, como orgulloso, por segunda vez el brazo y, el cuchillo ensangrentado y se agachó a desollarle con otros compañeros.

Faltaba que resolver la duda sobre los órganos genitales del muerto, clasificado provisoriamente de toro por su indominable fiereza; pero estaban todos tan fatigados de la larga tarea que la echaron por lo pronto en olvido. Mas de repente una voz ruda exclamó: —Aquí están los huevos —sacando de la barriga del animal y mostrando a los espectadores, dos enormes testículos, signo inequívoco de su dignidad de toro. La risa y la charla fue grande; todos los incidentes desgraciados pudieron fácilmente explicarse. Un toro en el matadero era cosa muy rara, y aun vedada. Aquél, según reglas de buena policía, debió arrojarse a los perros; pero había tanta escasez de carne y tantos hambrientos en la población, que el señor juez tuvo a bien hacer ojo lerdo.

En dos por tres estuvo desollado, descuartizado y colgado en la carreta el maldito toro. Matasiete colocó el matambre bajo el pellón de su recado y se preparaba a partir. La matanza estaba concluida a las doce, y, la poca chusma que había presenciado hasta el fin, se retiraba en grupos de a pie y de a caballo, o tirando a la cincha algunas carretas cargadas de carne.

Mas de repente la ronca voz de un carnicero gritó: —¡Allí viene un unitario! —y al oír tan significativa palabra toda aquella chusma se detuvo como herida de una impresión subitánea.

—¿No le ven la patilla en forma de U?. No trae divisa en el fraque ni luto en el sombrero.

—Perro unitario.

—Es un cajetilla.

—Monta en silla como los gringos.

—La Mazorca con él.

—¡La tijera!

—Es preciso sobarlo.

—Trae pistoleras por pintar.

—Todos estos cajetillas unitarios son pintores como el diablo.

—¿A que no te le animas, Matasiete?

—¿A que no?

—A que sí.

Matasiete era hombre de pocas palabras y de mucha acción. Tratándose de violencia, de agilidad, de destreza en el hacha, el cuchillo o el caballo, no hablaba y obraba. Lo habían picado: prendió la espuela a su caballo y se lanzó a brida suelta al encuentro del unitario.

Era éste un joven como de veinticinco años, de gallarda y bien apuesta persona, que mientras salían en borbotón de aquellas desaforadas bocas las anteriores exclamaciones, trotaba hacia Barracas, muy ajeno de temer peligro alguno. Notando, empero, las significativas miradas de aquel grupo de dogos de matadero, echa maquinalmente la diestra sobre las pistoleras de su silla inglesa, cuando una pechada al sesgo del caballo de Matasiete lo arroja de los lomos del suyo tendiéndolo a la distancia boca arriba y sin movimiento alguno.

—¡Viva ¡Matasiete! exclamó toda aquella chusma cayendo en tropel sobre la víctima como los caranchos rapaces sobre la osamenta de un buey devorado por el tigre.

Atolondrado todavía, el joven fue, lanzando una mirada de fuego sobre aquellos hombres feroces, hacia su caballo que permanecía inmóvil no muy distante, a buscar en sus pistolas el desagravio y la venganza. Matasiete, dando un salto le salió al encuentro, y con fornido brazo asiéndolo de la corbata lo tendió en el suelo tirando al mismo tiempo la daga de la cintura y llevándola a su garganta.

Una tremenda carcajada y un nuevo viva estertorio volvió a victoriarlo.

¡Qué nobleza de alma! ¡Qué bravura en los federales! Siempre en pandilla cayendo como buitres sobre la víctima inerte.

—Degüéllalo, Matasiete: quiso sacar las pistolas. Degüéllalo como al toro.

—Pícaro unitario. Es preciso tusarlo.

—Tiene buen pescuezo para el violín.

—Tocale el violín.

—Mejor es resbalosa.

—Probemos —dijo Matasiete, y empezó sonriendo a pasar el filo de su daga por la garganta del caído, mientras con la rodilla izquierda le comprimía el pecho y con la siniestra mano le sujetaba por los cabellos.

—No, no le degüellen exclamó de lejos la voz imponente del juez del matadero, que se acercaba a caballo.

—A la casilla con él, a la casilla. Preparen la mashorca y las tijeras. ¡Mueran los salvajes unitarios! ¡Viva el Restaurador de las leyes!

—¡Viva Matasiete!

—¡Mueran! ¡Vivan! —repitieron en coro los espectadores y atándole codo con codo, entre moquetes y tirones, entre vociferaciones e injurias, arrastraron al infeliz joven al banco del tormento como los sayones al Cristo.

La sala de la casilla tenía en su centro una grande y fornida mesa de la cual no salían los vasos de bebida y los naipes sino para dar lugar a las ejecuciones y torturas de los sayones federales del matadero. Notábase, además, en un rincón, otra mesa chica con recado de escribir y un cuaderno de apuntes y porción de sillas entre las que resaltaba un sillón de brazos destinado para el juez. Un hombre, soldado en apariencia, sentado en una de ellas, cantaba al son de la guitarra la resbalosa, tonada de inmensa popularidad entre los federales, cuando la chusma, llegando en tropel al corredor de la casilla, lanzó a empellones al joven unitario hacia el centro de la sala.

—A ti te toca la resbalosa —gritó uno.

—Encomienda tu alma al diablo.

—Está furioso como toro montaraz.

—Ya le amansará el palo.

—Es preciso sobarlo.

—Por ahora verga y tijera.

—Si no, la vela.

—Mejor será la mazorca.

—Silencio y sentarse exclamó el juez, dejándose caer sobre su sillón. Todos obedecieron, mientras el joven, de pie, encarando al juez, exclamó con voz preñada de indignación:

—Infames sayones, ¿qué intentan hacer de mí?

—¡Calma! —dijo sonriendo el juez—, no hay, que encolerizarse. Ya lo verás.

El joven, en efecto, estaba fuera de sí de cólera. Todo su cuerpo parecía estar en convulsión. Su pálido y amoratado rostro, su voz, su labio trémulo, mostraban el movimiento convulsivo de su corazón, la agitación de sus nervios. Sus ojos de fuego parecían salirse de la órbita, su negro y lacio cabello se levantaba erizado. Su cuello desnudo y la pechera de su camisa dejaban entrever el latido violento de sus arterias y, la respiración anhelante de sus pulmones.

—¿Tiemblas? —le dijo el juez.

—De rabia, porque no puedo sofocarte entre mis brazos.

—¿Tendrías fuerzas y valor para eso?

—Tengo de sobra voluntad y coraje para ti, infame.

—A ver las tijeras de tusar mi caballo: túsenlo a la federala. Dos hombres le asieron, uno de la ligadura del brazo, otro de la cabeza, y en un minuto cortáronle la patilla que poblaba toda su barba por bajo, con risa estrepitosa de sus espectadores.

—A ver —dijo el juez—, un vaso de agua para que se refresque.

—Uno de hiel te haría yo beber, infame.

Un negro petizo púsosele al punto delante con un vaso de agua en la mano. Diole el joven un puntapié en el brazo y el vaso fue a estrellarse en el techo, salpicando el asombrado rostro de los espectadores.

—Este es incorregible.

—Ya lo domaremos.

—Silencio —dijo el juez—, ya estás afeitado a la federala, sólo te falta el bigote. Cuidado con olvidarlo. Ahora vamos a cuentas.

—¿Por qué no traes divisa?

—Porque no quiero.

—¿No sabes que lo manda el Restaurador?

—La librea es para vosotros, esclavos, no para los hombres libres.

—A los libres se les hace llevar a la fuerza.

—Sí, la fuerza y la violencia bestial. Esas son vuestras armas, infames. El lobo, el tigre, la pantera también son fuertes como vosotros. Deberíais andar como ellos en cuatro patas.

—¿No temes que el tigre te despedace?

—Lo prefiero a que, maniatado, me arranquen como el cuervo, una a una las entrañas.

—¿Por qué no llevas luto en el sombrero por la heroína?

—¡Porque lo llevo en el corazón por la Patria, por la Patria que vosotros habéis asesinado, infames!

—¿No sabes que así lo dispuso el Restaurador?

—Lo dispusisteis vosotros, esclavos, para lisonjear el orgullo de vuestro señor y tributarle vasallaje infame.

—¡Insolente!, te has embravecido mucho. Te haré cortar la lengua si chistas.

—Abajo los calzones a ese mentecato cajetilla y a nalga pelada denle verga, bien atado sobre la mesa. Apenas articuló esto el juez, cuatro sayones, salpicados de sangre, suspendieron al joven y lo tendieron largó a largo sobre la mesa comprimiéndole todos sus miembros.

—Primero degollarme que desnudarme, infame canalla.

Atáronle un pañuelo por la boca y empezaron a tironear sus vestidos. Encogíase el joven, pateaba, hacía rechinar los dientes. Tomaban ora sus miembros la fl exibilidad del junco, ora la dureza del fi erro y su espina dorsal era el eje de un movimiento parecido al de la serpiente. Gotas de sudor fl uían por su rostro, grandes como perlas; echaban fuego sus pupilas, su boca espuma, y las venas de su cuello y frente negreaban en relieve sobre su blanco cutis como si estuvieran repletas de sangre.

—Átenlo primero —exclamó el juez.

—Está rugiendo de rabia —articuló un sayón.

En un momento liaron sus piernas en ángulo a los cuatro pies de la mesa volcando su cuerpo boca abajo. Era preciso hacer igual operación con las manos, para lo cual soltaron las ataduras que las comprimían en la espalda. Sintiéndolas libres el joven, por un movimiento brusco en el cual pareció agotarse toda su fuerza y vitalidad, se incorporó primero sobre sus brazos, después sobre sus rodillas y se desplomó al momento murmurando: —Primero degollarme que desnudarme, infame canalla.

Sus fuerzas se habían agotado; inmediatamente quedó atado en cruz y empezaron la obra de desnudarlo. Entonces un torrente de sangre brotó borbolloneando de la boca y, las narices del joven, y extendiéndose empezó a caer a chorros por entrambos lados de la mesa. Los sayones quedaron inmóviles y los espectadores estupefactos.

—Reventó de rabia el salvaje unitario —dijo uno.

—Tenía un río de sangre en las venas —articuló otro.

—Pobre diablo: queríamos únicamente divertirnos con él y tomó la cosa demasiado a lo serio exclamó el juez frunciendo el ceño de tigre. Es preciso dar parte, desátenlo y vamos.

 Verificaron la orden; echaron llave a la puerta y en un momento se escurrió la chusma en pos del caballo del juez cabizbajo y taciturno.

Los federales habían dado fi n a una de sus innumerables proezas.

En aquel tiempo los carniceros degolladores del matadero eran los apóstoles que propagaban a verga y puñal la federación rosina, y no es difícil imaginarse qué federación saldría de sus cabezas y cuchillas. Llamaban ellos salvaje unitario, conforme a la jerga inventada por el Restaurador, patrón de la cofradía, a todo el que no era degollador, carnicero, ni salvaje, ni ladrón; a todo hombre decente y de corazón bien puesto, a todo patriota ilustrado amigo de las luces y de la libertad; y por el suceso anterior puede verse a las claras que el foco de la federación estaba en el matadero.

1

Conocí a Olegario y a su hijo William en la cantina del pueblo. Yo llevaba semanas huyendo. Viajaba de un lugar a otro, ebrio. Dormía en el coche, comía cuando me daba hambre. Me daba igual a qué pueblo llegaba; en el fondo todos me parecían iguales: una plaza con kiosco, una iglesia, una cantina, calles empedradas.

Olegario me habló en inglés. No soy gringo, le dije. Tenía unos cincuenta años, llevaba sombrero, bigote zapatista y botas vaqueras, pero vestía una camiseta sin mangas de los Raiders de Oakland. ¿Puedo invitarle un trago?, dijo. Le respondí que sí y llamó al Labios, un muchacho de unos quince años que tenía una rajada rosa que le partía en dos la boca y el paladar. Tráele otra copa al amigo, ordenó. ¿Qué está tomando?, me dijo. Lo que sea.

El Labios miró al dueño, un anciano flaco que jugaba dominó en la esquina y que se llamaba Cristino. El viejo aprobó con la cabeza y apuntó mi trago en un cartón que también usaba para llevar las cuentas del juego.

Yo no quería hablar, pero eso no desanimó a Olegario. Me contó que había nacido en ese pueblo pero que desde muy joven se había ido a California. Había regresado para presentar a su primer nieto con la Virgen de Talpa. Decía que le había hecho el milagro. Dos milagros, en realidad: le había dado un nieto y había regresado sano a su hijo de Irak.

Milagros, pensé. Diego, pensé. Luego me acabé la cuba y mordí los hielos.

El hijo entró poco después. Tenía una botella de cerveza en la mano y ya se tambaleaba. Lo reconocí: era el cholo que había visto en la plaza persiguiendo muchachas en una moto. Se subía a las banquetas, las embestía y se reía de ellas cuando corrían. Como si tuviera gracia. Es mi Willy, dijo el padre, apretándole el cuello y la cabeza con el antebrazo. El hijo se zafó del abrazo, me dijo mucho gusto y se carcajeó cuando golpeó su cerveza contra mi vaso y la espuma se derramó sobre mi mano.

El Labios llegó de inmediato a trapear.

Willy tenía los tics de un cocainómano: fruncía la nariz al beber, parpadeaba, interrumpía las conversaciones de los demás. Cuando se acabó su cerveza, sacó cincuenta dólares y le ordenó al Labios que sirviera una ronda a todos. Déjalo, dijo el padre, yo pago, y le guardó el billete en el bolsillo, pero Willy gritó en inglés yo hago con mi dinero lo que me da la puta gana. Estaba rojo y una vena le punzaba en la cabeza. Me lo gané con mi trabajo, ¿no?

El Labios recogió del suelo el billete arrugado y se lo llevó a Cristino.

No sé cuánto bebimos. Sólo recuerdo que se hizo de noche. Y que Cristino giraba un foco, trepado en una silla, y que la habitación se iluminaba se oscurecía se iluminaba se oscurecía, hasta que todo era luz, y que alguien pateaba una cerveza, no sé si yo, y el Labios trapeaba y Olegario decía no importa amigo, no llore, por dentro todo se me oscurecía, en el cielo solo había grises y negros y la luz amarilla de un puesto de tacos, y yo solo pensaba en Diego.

Tampoco recuerdo cuánto conté, pero Olegario me decía confía en la Virgen, ella cuidó a mi hijo en Irak. Yo llamé a William y le pregunté cómo había sobrevivido, porque los hijos siempre se nos mueren, y él me dijo que primero había estado en Australia y en la costa de África, y que luego regresó dos semanas a los States, así dijo, y que luego se fueron a echar bala, y que entraron a Bagdad a buscar a Sadam y que las cosas fueron más fáciles de lo que pensaban, porque el cabrón se había ido, y que entonces se dedicaron a buscarlo en todas partes y a matar cabrones.

Olegario empezó a incomodarse con las cosas que contaba su hijo, y en un momento le dijo que no exagerara. Will se rio: No dad, we were just picking flowers. Luego se fue a orinar y Olegario se disculpó conmigo. Está viendo a una psicóloga del ejército, me dijo. Es algo muy normal.

Will me preguntó después si había visto en YouTube los videos que graban los terroristas cuando explotan los tanques del ejército americano. Yo le dije que sí, y él se puso a hablar de esos videos, no entendía cómo alguien podía planear algo así y grabarlo con toda tranquilidad, y me dijo que lo peor de todo eran los momentos previos. En la pantalla aparece un tanque sobre un descampado y uno ya sabe lo que pasará, yo he visto cómo termina, dijo con los ojos hundidos, el tanque avanza como si fuera un recorrido rutinario, los de adentro no se imaginan que alguien los graba, y mucho menos que nosotros lo vemos, nadie sabe en qué momento pasará. Eso es lo peor de todo, dijo, y luego emuló el ruido de una explosión que hizo que todos en la cantina voltearan.

Olegario se puso rojo. Volteaba a ver a los demás, especialmente a Cristino, que miraba todo desde su partida de dominó. No te hace bien estar pensando en eso, Willy, dijo el padre. Eso ya pasó. Cumpliste con tu deber.

Hablas como los hombres de traje, gritó Will. Manoteaba con la botella de cerveza entre los dedos. Quieren decirme cómo comportarme pero nunca se ensucian las manos, gritó. La cerveza escupía espuma y se chorreaba y caía sobre el piso de madera de Cristino. ¿Tú qué sabes, papá?, decía a centímetros de su cara. Olegario se fue encorvando, cada vez más avergonzado. Gracias a Dios estás bien, dijo. La Virgen te cuidó. Cuál pinche Virgen, gritó Will, y luego dijo en español la Virgen vale para una chingada, o la Virgen mis huevos o la Virgen me pela la verga.

Entonces Cristino, que había dejado las fichas de dominó, dijo más respeto muchacho, y William dijo pinche viejo jodido, usted no se meta, y Cristino dijo ustedes no pueden venir a hacer lo que quieran, aprendan a respetar, y Will comenzó a insultarlo en inglés, dijo tantos fuck you que Cristino ordenó que lo sacaran, y los compañeros de dominó del viejo, tres rancheros gordos, se acercaron al soldado y él les aventó una botella en la cabeza.

2

En un blog encontré el testimonio de Raymond Cross, otro soldado en Irak. La traducción es mía:

“Después de la operación en el campo de entrenamiento de los terroristas, hicimos una misión de reconocimiento. Entre los cadáveres de los hijos de puta que se estaban preparando para explotar nuestros tanques y aviones, incluso para volar trenes y autobuses con civiles inocentes, reconocí a un hombre.

Lo moví con la bota; no se movió. Entonces me agaché y le toqué el cuello.

Lo había visto dos o tres semanas antes, durante una misión después del bombardeo a una aldea de terroristas. Cuando entramos aún había humo y pequeños fuegos, todavía flotaba el polvillo blanco que queda después de los bombardeos. El hombre apareció entre los escombros, con la barba y la cara sucias. Buscaba a gritos a alguien y quiso acercarse a Panda, pero le apuntamos a la cabeza y el cabrón se detuvo. Amigo, amigo, repitió con las manos levantadas. Danny lo revisó y comprobó que no estaba limpio.

Se acercó al sargento y empezó a hablarle en iraquí. No entendíamos qué decía, y el traductor no venía con nosotros, pero parecía realmente desesperado. Después empezó a llorar y a jalarse el pelo y a gritar y dijo varias veces niños niños, en inglés. Luego empezó a dar vueltas entre los escombros y se perdió.

Cuando terminó la misión —no había nadie en lo que quedaba de la aldea— y regresábamos a la tanqueta, lo volvimos a ver. Estaba llorando sobre el cuerpo de un niño pequeño, quizá de ocho o nueve años, que yacía sobre una carreta con melones destripados de los que salía el único olor dulce de la tarde. El niño tenía una camiseta de Ronaldinho, el futbolista del Barcelona, y unas chancletas azules que colgaban entre los pequeños dedos de sus pies.

Entonces nos vio y comenzó a insultarnos.”

3

Después del entierro, Amalia se fue con su hermana. Se encerró en un cuarto oscuro y no quiso verme. Yo no podía dormir en nuestra cama. Me despertaba a las horas acostumbradas —doce, tres y cinco de la mañana—, como si aún tuviera que voltear a Diego para que le circulara la sangre. Fui a su cuarto y vi su cama vacía, con el barandal que impedía que se cayera. La gravedad pesaba más sobre su cuerpo. Entre las sombras vi la silla en la que Amalia se sentaba a platicarle cosas aunque él no pudiera entenderle. Vi la grúa y el arnés que usábamos para moverlo cuando creció, la silla de ruedas, plegada e inmóvil, la percha de la que colgaban el suero y la sonda nasogástrica.

Pensé que con los días se le pasaría, pero Amalia se negaba a verme. Su hermana me decía que no quería comer y que pasaba todo el día llorando y viendo fotografías de Diego. Yo intenté sacarla de ese cuarto, hacerla comer, pero ella me acusó, desde el otro lado de la puerta, de no sufrir lo suficiente. Hasta parece que querías deshacerte de él, dijo.

Durante años soñé que Amalia y yo íbamos a una playa o a una montaña, y que no necesitábamos pedir una respuesta que nadie podía darnos, soñé que podíamos dormir todo lo que quisiéramos sin temer que la muerte se metiera al sueño; que estábamos solos otra vez y que ella quedaba embarazaba. Y ahí estaba yo, llorando a media noche en esa habitación vacía que aún olía a medicinas, temiendo que ella se volviera loca, y sin terminar de entender lo que nunca entenderé: quién era nuestro hijo, ese extraño por el que nos desvivimos durante doce años, por qué logró sobrevivir tanto tiempo y por qué ahora nos hacía tanta falta alguien que quizá nunca supo que existíamos.

4

No creo en Dios, pero la Biblia me sigue pareciendo un libro a la altura de mis dudas.

Hay una escena en el Génesis, no sé si costumbrista o celestial, en la que tres desconocidos visitan a Abrahán y Sara, nómadas en el desierto. Después de refrescarse bajo una sombra y de tomar cuajada y leche de cabra, una voz que por efecto milagroso es al mismo tiempo la de Yahvé, el único, y la de los tres hombres, dice: Sara tendrá un hijo.

Sara, que está escuchando la conversación a sus espaldas, piensa que ya tiene 99 años, ya ni le baja la regla, y solo puede reírse. ¿De qué se ríe Sara?, pregunta Yahvé (o los tres huéspedes). No me estaba riendo, dice Sara, y en el texto se abre un paréntesis explicativo, uno de esos paréntesis que son como bombas de succión:

 (“Es que tuvo miedo”.)

Hay algo de esta parquedad que me hiere. ¿Es lo único que puede decirse de una mujer marchita que por fin puede tener un hijo? Como si no supiéramos que ser padre significa esencialmente vivir con miedo: ¿Y si le pasa algo? ¿Y si me muero?

¿Cómo sobrevivirá?

La historia bíblica sigue, y después de una vida tan breve o tan larga como 105 versículos, Dios pide a Abrahán que mate a su hijo. Con un cuchillo. En un monte.

Dios pide que queme su cadáver.

(Y el narrador, otra vez, apenas dice que estuvieron así tres días: tres días en tres palabras).

El final ya lo sabemos, porque en las buenas narraciones, especialmente en las bíblicas, el final está anunciado en la primera frase: era una prueba de Dios.

Yo podría decir que tengo una enfermedad congénita. La primera vez no lo sabía y ya conocemos el final: Diego, mi hijo. Amalia y yo nos hicimos pruebas y los médicos dijeron adelante, pueden embarazarse otra vez, pero a las quince semanas se confirmó que el bebé también venía mal. Una prueba de Yahvé, diría el narrador del Génesis, y después callaría. No, dije yo mirando a mi hijo inmóvil, pensando en mis genes envenenados. Y después de visitar a un médico para que lo matara, Amalia se encerró en una habitación oscura y no quiso hablarme.

Fue la primera vez.

5

Tres años después regresé al pueblo. Durante ese tiempo soñé varias veces que estaba en la cantina de Cristino. Soñaba con William, sobre todo soñaba con su voz. Insolente. Violenta. Rencorosa. Y sus palabras se mezclaban con mis dolores y con imágenes de dunas frías en el desierto de Irak y con el silencio de Amalia, y con un tanque que se convertía en ataúd.

El único hotel del pueblo estaba ocupado por un grupo de gringos. Mientras buscaba hospedaje en una casa, vi a Olegario en una carnicería. Estaba con otros dos hombres, parientes seguramente, que intentaban filetear un trozo de carne o un hígado o un páncreas o un riñón de vaca.

Me acerqué a saludarlo y no me reconoció. Le recordé cómo nos habíamos conocido. Él sonrió un momento y asintió con la cabeza. ¿Cómo está Willy?, dije. ¡Te acuerdas!, dijo, y luego agachó la cabeza. Con una mano aplastó el trozo de carne. Le encajó un enorme cuchillo y lo abrió por la mitad. Era muy roja pero no sangraba.

Imaginé que sobrellevaba tres juicios por violencia doméstica y dos más por conducir ebrio, que padecía insomnio recurrente, que las pastillas no le quitaban las sombras de sus amigos muertos. O quizá una noche tropezó en las escaleras de un edificio en llamas y mató a su bebé, o se estrelló en moto contra el muro de una escuela, o se volvió yonqui, o esperaba la muerte en una cárcel del condado de Orange por traficar órganos de niños guatemaltecos.

Regresó a Irak y lo mataron, dijo Olegario.

Después de un rato en silencio, le invité una cerveza. Cruzamos la plaza y entramos a la cantina. Cristino, que estaba en su lugar habitual, saludó a Olegario con la cabeza. A mí me miró sin reconocerme. Luego dio la orden de que nos sirvieran.

El Labios ya no estaba.

¿Por qué no comprarles a Mike, Robert o Knosi? Pero los muchachos dicen que Mike, Robert y Knosi no tienen tiempo y que no hay otra opción, así que tenemos que volver a subir, de nuevo tenemos que ir al cuarto apestoso de Watan en el décimo piso, que huele a perro aunque no tiene ninguno, y donde las persianas están siempre bajas, cosa nada agradable. Sentado a la mesa, Watan pesa la hierba con su ridícula romana, agrega un poco y vuelve a pesar, y lo único que uno puede esperar es que no empiece de nuevo a recitar poemas persas, aunque por otro lado da lo mismo porque igual se pone a hablar. Y sabemos perfectamente lo que se viene, me refiero a la cuestión con las astillas de madera que le clavaron a su tío debajo de las uñas, y la cuestión con el huevo caliente que le introdujeron a su tío por atrás. Y después asiente de pronto, como si ahora viniera un chiste, pero solo nos cuenta que su padre era muy valiente, igual de valiente que él, Watan, pesando y pesando y contándonos sobre los panfletos que tenía que repartir en la escuela, pero también eso es algo que ya contó mil veces. Mil veces nos dibujó el símbolo con el alambre de púa y el clavel, y ahora nos pregunta si queremos que nos dibuje el símbolo del partido comunista. Le repreguntamos si no se acuerda del dibujo de ayer, pero él ni nos escucha. Ahora describe la película que estaba viendo en el cine cuando le dispararon a su padre, y eso es algo que conocemos en detalle, así como conocemos la repentina sensación que lo empujó a salir del cine, sabemos que su padre luego se desangró y que era un hombre valiente, esto es algo que mencionó por última vez hace dos minutos. Le decimos: queremos ir a una fiesta, Watan, no tenemos tanto tiempo.

Pregunta si queremos tomar un té.

Y nos hace un té y habla de mujeres, y uno casi podría pensar: ahora se va a poner bueno, pero enseguida notamos adónde lleva esto, y es rumbo a sus tías del Mar Caspio, en donde se alojó junto a su padre muerto, esas eran mujeres de verdad, como ya sabíamos, diez mujeres gordas que se golpeaban la cabeza de la tristeza.

Y Watan se ríe.

Watan se ríe solo, mientras trae el té y otra vez describe a su padre tendido en el sótano ya lavado y maquillado, y cómo lo enterraron luego en el jardín, es algo que sabemos de memoria. Le decimos: Watan, has enterrado a tu padre, y luego anduviste dando vueltas por el Mar Caspio, donde las mujeres se meten cubiertas al agua, y conociste a la pequeña Asfael, que era completamente distinta con su pelo corto. La seguiste por los campos, pasando los árboles de granadas y las chatarras de heladeras, y ella era casi como un muchacho y se sentaba sobre los muros, y cuando besaba, mordía. Pero ¿queremos escuchar todo eso de nuevo, Watan? ¿Queremos escuchar de nuevo cómo de pronto Asfael se fue y vinieron los policías y te pegaron en el estómago porque los habían visto juntos? ¿Y que pensaste que te iban a colgar de una grúa en el depósito de chatarra, y que los policías luego se fueron y al final no te colgaron de una grúa, y que Asfael salió de una heladera y se rio como si no hubiera tenido miedo? Más bien no, Watan, más bien no queremos oír eso de nuevo, no al menos por enésima vez, y por qué traes entonces hojas de parra rellenas y vuelves a hacer el viejo chiste llamando a las hojas de parra las bombachas de Eva. Mejor pesa la hierba, Watan, pesa la hierba.

Y Watan pesa y calla y luego dice: la guerra, y nosotros decimos: no, Watan, ahora menos guerra y más hierba, pues ¿qué es lo que nos falta saber? ¿Es que no sabemos que fuiste llamado a filas y te escapaste y tuviste que esperar tres días en una cueva a los traficantes de personas? ¿No sabemos que vino Asfael, que también quería huir, aun cuando los traficantes estaban en contra, y que al final estuvieron de acuerdo porque ella sacó dinero de su bolsillo? Y que los traficantes se presentaron todos como “Ali”, ¿no lo sabemos? ¿No sabemos que atravesaron las montañas nevadas a caballo y que de tanta nieve que había ya no podías ver nada? Le decimos: sí, Watan, lo sabemos bien, ya cabalgamos mil veces contigo a través de esas montañas, y mil veces nos preguntamos contigo si el caballo está yendo para adelante o para atrás, y si ya estaremos en el más allá. Hemos visto la nieve azulada y las grúas y el alambre de espino, que en realidad no eran eso, y sabemos que el más fuerte de los Ali te pegó, Watan, porque tenías tan poca fuerza. Hemos visto los helicópteros sobre los pueblitos montañeses, y cómo tuvieron que esconderse ustedes entre las cabras, y que tocaste tres veces el mojón de la frontera con Turquía para convencerte de que existía de verdad. Lo podemos recitar dormidos, Watan: eran veinte iraníes y se escondieron en un camión, detrás de unas alfombras, y a tu muchacha le sangró el pulgar y tuviste que besárselo, y ella quería oír todo el tiempo cuánto la amabas, pero tú ya no tenías fuerza para eso. Y alguien volcó el bidón en el que habían orinado y había sido el levantador de pesas de Zahedán, al que ya de todos modos no soportabas, pues siempre andaba mostrando el artículo de periódico con su foto y hablaba en voz muy alta de los premios que había ganado, incluso cuando se detenían en los restaurantes de la ruta, donde no tenían permitido hablar bajo ninguna circunstancia, ¿lo sabías? ¡Déjanos contártelo, Watan, porque lo sabemos muy bien! Asfael se acurrucó contra ti, dejándote sin aliento, y luego había un agujero en la lona y por primera vez volviste a ver casas, Watan, nosotros mismos las vemos.

Aahh, dice Watan, está bien, está bien, entiendo, pero ¿no quieren quizá un huevo caliente? ¿Quieren que les introduzcan un huevo caliente por atrás, como hicieron con mi tío? Y se pone de pie y hace como si fuera a hervir un huevo, pero después arquea una ceja, lo decía en broma, a lo que todos nosotros sonreímos al mismo tiempo, sí, ahora sonreímos casi un poco, pero en realidad no sonreímos, le decimos: por favor, Watan, pesa la hierba. Y él pesa la hierba, pero la charla le brota de adentro, viene desde su labio inferior. Hay una cosa que aún no nos ha contado, que es cómo se pescó sarna, tenía que rascarse el pecho con una cuchara hasta hacerse sangrar, ahí ya estaban en Estambul, Asfael y él, el invierno entero en una pieza diminuta esperando los pasaportes. Y se había tenido que dejar crecer la barba, para solo volver a afeitársela cuando llegara el momento de la foto, porque entonces la piel de abajo quedaba muy blanca y lisa y servía para simular que era más joven, pero a él le picaba también la barba y todo era un solo picor. Y además estaba Asfael, que calentaba el armario, aun cuando Ali había dicho que no había que calentar el armario, y que se habían peleado y que él quería dormir con ella pero ella solo dormiría con él si él la amaba, y que él no podía decir que la amaba. Y que le dijéramos cómo se podía amar a alguien de verdad cuando las persianas están siempre cerradas y el Ali del pan viene solo de vez en cuando, y cuando la única distracción es la televisión turca que solo emite de seis a nueve y principalmente películas de amor de las que uno no entiende nada, solo rababababab, que probablemente significaba te amo. Cómo amar a alguien ahí, que se lo dijéramos. Cómo amarla cuando al fin aparece el Ali mayor con el fotógrafo y dos mujeres dándoselas de rey en su tapado de piel, y aunque le toca a Asfael sus pechos casi inexistentes ella le sonríe amable porque quiere tener sus leños para la calefacción. Y ahí el Ali mayor dice que no usaban suficiente alcohol de quemar y que los iraníes no saben manejar el fuego, y quiere demostrar cómo se usa la estufa. Lo cual era en realidad gracioso, dice Watan, ¿no nos parecía gracioso? El Ali mayor salpicó la estufa con alcohol y tiró dentro un fósforo, se oyó una explosión y una nube gigantesca de hollín tiñó de negro el cuarto entero. Aunque lo que no fue muy gracioso es que el Ali mayor volvió a desaparecer, como castigo por su propia estupidez, y solo apareció con los pasaportes seis semanas más tarde, pero eso no quería contárnoslo, su intención no era ponerse pesado. Tampoco quería contar cómo ese Ali mayor lo siguió jodiendo y le dijo que en el aeropuerto debía decir que tenía un daño cerebral y que se quería hacer operar en Alemania. Y que de hecho dijo eso en el aeropuerto y que voló como turco a Alemania y que ahora se llamaba Amir Huschang Rahbarsare, lo cual sí era gracioso. Pero no quería contarnos eso, tampoco que el funcionario en la ventanilla frotó la fotografía de Asfael y comprobó que la habían cambiado, y que él, Watan, no pudo ayudarla y se quedó mirando el pulgar del funcionario y trató de decir alguna cosa sobre el clima, pero ella ya se había escapado y desapareció para siempre. Y lo que tampoco quería contarnos era que de pronto la amó de verdad, a no ser que quisiéramos escucharlo.

Y nosotros decimos: en el fondo, sinceramente, no, sobre todo no, porque ya nos da pesadillas, Watan, ¡pesa de una vez esa hierba! Y él pesa la hierba y dice: Uf, esta balanza está loca, se las doy así. Ahora sí nos entendemos, y le damos las gracias. Nos levantamos y por fin nos ponemos en marcha hacia la fiesta, aunque claro que antes Watan pregunta si puede venir con nosotros. Pero le decimos que desgraciadamente no, Watan, es una fiesta privada, lo lamentamos, pero seguro que lo entiendes, ¿no es cierto? Y él dice que lo entiende, y sin embargo se viene con nosotros, tiene que ir al quiosco y queda en la misma dirección, pero luego de habernos despedido en el quiosco notamos que no sigue atrás. Siempre que nos damos vuelta, se mueve en alguna sombra, y es muy rara la sensación que tenemos cuando finalmente llegamos a la fiesta. Delante de la puerta están las chicas a las que debíamos traerle la hierba, nos miran pero no parecen interesarse por nosotros, solo alzan la cabeza y preguntan: ¿qué es lo que viene ahí detrás de ustedes?

Y nosotros decimos: es Watan, le compramos su hierba.


*© Andreas Stichmann, 2013. 

Tiene las piernas largas como si fueran dos ríos que se tocan al nacer, en la profunda laguna: oscura, húmeda, misteriosa. Pero también tiene dos palabras que repite siempre, y un tatuaje en la espalda, y unas manos que acarician como si hicieran pan.

Y dice que mató al tío. Y camina descalza porque siente a la tierra creciéndole por dentro: dice que la tierra se le mete por los talones, y que le crece al costado de las venas, como los cables, o las rutas, crecieron a los costados de las vías del tren.

La tierra la vuelve fuerte, dice, le permite enfrentar los ojos de la gente. Que si no fuera por la tierra, ella, ahora, estaría quebrada como un ombú: loca, dice. 

Y dice que dejó un hijo recién nacido en un campito de Benítez, hace como cinco años. Las marcas del tiempo las tiene claras. También tiene claras las notas de la cumbia que silba por el medio de la avenida Güemes, cuando la avenida Güemes entra en un declive que parece enterrarse, y no sólo deja de estar asfaltada sino además se llena de recortes de ladrillos, que se supone deben emparejar los pozos de los alrededores de la Cerámica.

Entonces ahora me contás un cuento vos, me pide siempre, cuando termina de narrar su historia. Siempre me cuenta su historia. Y después se pone un tronquito de pasto en la boca, sentada junto al arroyo que lleva los desperdicios de los chiqueros y de la Cerámica, que está atrás nuestro, y que en esta tardecita calurosa, la Cerámica, parece un imperio derrumbándose. Y le invento una historia. Le gustan las aventuras de los guerreros y de las princesas. Le gustan los castillos y las brujas. Le gustan los paisajes que, más lejos de estas ruinas, la transporten. Le gustan los tigres.

2

No es de acá, dicen los remiseros de la curva. Vino con los bolitas que levantaron los edificios de la Federación, y se quedó. Vive atrás de la Cerámica, en una tapera impenetrable. Se la ve con perros (les habla a los perros), y se junta con los chicos del monte, que son mucho más chicos que ella, dicen. Ella seguro hijos todavía no debe tener, pero en cualquier momento, de seguir así, ligera, alguien la emboca, dicen los remiseros, sentados en los sillones de mimbre en la vereda de la curva, ignorando la verdadera historia de la chica; ni siquiera pueden imaginar la escena entre las chapas del rancho, en una quinta de Castilla, el tío agarrándola de los pelos, arrancándole la ropa, penetrándola con un oscuro placer en los ojos, y un susurro áspero, constante entre los labios; no pueden imaginar, por ejemplo, los remiseros, cómo fue que, a los seis meses, embarazada, una noche de lluvia en que el tío reincidió, ella, certera, le enterró una cuchilla en el abdomen, con la frialdad con que cualquiera corta un pan al medio; no pueden, tampoco, los remiseros, ver en la cara de la chica, la imagen que la persigue cada vez que cierra los ojos en ese colchón viejo de la tapera, dejando a su hijo – porque le parecía que no era de ella, que había nacido sucio – entre fardos secos en un campito de Benítez; no pueden imaginarla, aunque digan, inventen otras historias, aunque la vean perderse, ahora, silbando por el medio de la avenida Güemes, mientras se bambolea sobre esas piernas largas, como si fueran dos ríos que se tocan al nacer.

Desde mi terraza puedo ver a Georges al borde de la piscina, unos treinta metros colina abajo. Nos separa un montecito, que cubre una cuesta de tierra roja y agrietada, bordeado a ambos lados por muros de piedra seca. Georges está en bañador y sandalias y lleva puestas unas gafas de sol de los años setenta, sobre las cuales sé, porque las compramos juntos, que le tapan la parte superior de las mejillas, como dos grandes gotas de agua a puntos de soltarse, y que no le quedan bien. La piscina tiene la forma de una alubia y recuerda la de esas gafas. Si bien todas las mañanas sale a analizar el pH del agua y pasa un buen rato un bichero por la superficie para sacar la suciedad, Georges no se mete en el agua nunca, ni lo hace de hecho nadie, a excepción de las avispas. Las avispas lo ponen nervioso: para librarse de ellas lo ha intentado casi todo en materia de trampas, pero se siguen amontonando en el borde de la piscina. A veces lo veo aplastar una con el pie e ir a limpiarse la suela en la hierba rala del jardín. Ya nunca alza la vista en dirección a mi terraza, de manera que puedo observarlo todo lo que me dé la gana mientras se ocupa de la piscina; todas las mañanas el mismo ritual. A menudo me adormezco bajo la sombrilla, hasta que Louis me trae el almuerzo con el correo y dos periódicos. Después hago algunas llamadas telefónicas rápidas e impersonales. A esa hora, Georges ya ha abandonado la piscina para, imagino, entrar en la casa, de la que solo veo una punta del techo. De ese lado del panorama, unos árboles bastante altos me tapan la vista que podría tener de la terraza de Georges, unas cuantas baldosas feas y rústicas cubiertas por un toldo de rayas naranja con bordes grisáceos, bajo el que lo imagino sentado e inmóvil como yo. A lo mejor se ha puesto una camisa y servido una copa de algo: ignoro si ha renunciado por completo al alcohol. Nuestras respectivas casas son las más bajas y modestas de la propiedad, edificadas en los años cincuenta, la una y la otra bastante feas, aunque la de Georges es especialmente fea: todos sus intentos por mejorarla solo han empeorado las cosas, y no es raro que algún visitante desorientado se acerque a llamar a su puerta, convencido de que están llamando a la puerta de un guardián.

Bajo el sol de mediodía, la piscina de Georges es una mancha centellante que no volverá a ponerse azul hasta bien entrada la tarde. También centellea el enorme cartel rojo del supermercado Champion, que ahora cuenta entre sus clientes con los residentes más influyentes de la colina, los mismos que en un principio se movilizaron vigorosamente para que lo echaran abajo. Según tengo entendido, la carne de Champion, en especial la ternera de Champion, es notable, y el carnicero del Champion sabe de una mirada con quién está tratando. Por aquí, siempre que hay una cena se sirve ternera de Champion, cocida en todo tipo de salsas y con fama de ser tan tierna que ya casi nadie se ofusca por el cartel, que, iluminado día y noche, se ve desde todas las terrazas, incluida la de los Klausen, la más alta de todas, donde, vencida por la insistencia de Susi Klausen, que no ha dejado de llamarme desde junio, acabé por cenar anoche. Ayer al caer la noche, después de resistir durante más de un mes a sus peticiones, me infligí la casa de los Klausen, el champán de los Klausen y la conversación de los Klausen; y, mientras Louis me llevaba hasta allí, pensé en lo que me esperaba: Rolf Klausen vestido de yachtsman, apoyado en la barandilla de su balcón como en el antepecho de un buque, Susi Klausen saliendo como un bólido para despedir a Louis con un gesto, tomar el manillar de mi silla de ruedas y, con la destreza de la enfermera que fue antes de echarle mano a Rolf Klausen, hacerla girar en dirección del rectángulo de césped dedicado a los aperitivos. Allí, bajo la luz de los spots diminutos, habría una mezcla de especies botánicas, esculturas e invitados que daban fe de cómo emplea Susi Klausen los millones de Rolf Klausen, quien, invariablemente amable, haría alarde de una bonhomía forzada, mientras esperara el momento de poder ir a acostarse. Y ayer me encontré estrechando la mano de Rolf Klausen, como si estrechase la mano del buen hombre alborozado que parecía, sin ignorar en absoluto que estrechaba la mano de un canalla. Al estrechar la mano de Rolf Kaufman primero y de los invitados después, no dejaba de oír la voz de Georges, una voz que echo de menos, afirmando que en esta colina son todos una pandilla de canallas especuladores. En cada una de las casas de la colina, decía Georges cuando éramos amigos, hay un criminal especulador que ha vivido en toda legalidad su existencia de criminal, enteramente dedicada a la especulación. Y el dinero que eso les ha reportado está en las fundaciones de arte y las galerías de arte y los museos de todo mundo que lo reciclan; allí donde hay arte, decía Georges, hay un canalla que se compra mediante el arte una conciencia artística, aun cuando no entienda nada de arte o cuando el arte le dé fastidio, pues desde luego ha comprendido y evaluado el beneficio en materia de respetabilidad que puede reportarle del arte. Cuando los Klausen se instalaron en la colina, Georges era crítico de arte, y fue en calidad de crítico de arte que lo invitaron a cenar los Klausen, una sola vez, después de lo cual los Klausen no quisieron saber nada de Georges: bien porque ejerció sus facultades críticas ante las pinturas con que los Klausen cubrieron las paredes de su casa nueva, bien porque pasó alegremente delante de ellas sin decir palabra, o bien porque le levantó la falta a Susi Klausen en el momento en el que ella le pasaba un plato con bocaditos, lo cierto es que de un modo u otro Georges se las arregló para que no volvieran a invitarlo.  

Y mientras Susi Klausen, después de orientar el respaldo de mi silla hacia un estanque que proyectaba su humedad sobre mis riñones, contaba el robo del que habían sido víctimas esa misma tarde —un pequeño bronce del renacimiento que estaba en el salón cuando ella había bajado de la primera planta a las cinco y media en punto para ir a la cocina, pero había desaparecido cuando salió unos diez minutos más tarde— pensé que yo no había tenido la suerte de terminar con las invitaciones de los Klausen. Habría sido muy fácil, decía Susi Klausen, descolgar también tal o cual cuadro de las paredes del salón, porque obviamente el sistema de alarma al que estaba conectado cada uno de ellos no se activaba durante el día. Pero, desdeñando los cuadros, solo se habían llevado el pequeño bronce del renacimiento, así como un mechero de mesa que estaba a su lado, por lo que la policía se inclinaba a pensar que se trataba de un robo de aficionados, el primero de la temporada, según ellos. En ese momento, cuando cada uno de los invitados, fingiendo interesarse en el robo de los Klausen, sin duda empezaba a inquietarse por su propia casa y las puertas y ventanas que acaso habían olvidado de cerrar con llave, Susi Klausen declaró, espero que todos hayan sido precavidos, pero, vamos a ver, dijo con calma Rolf Klausen, a fin de cuentas, aquí tenemos buena vigilancia, pues para muestra un botón, replicó Susi Klausen de manera cortante. No me lo van a creer, agregó, pero lo que más extraño es el mechero, lo utilizábamos desde hace años, un mechero de mesa que funciona más de veinticuatro horas seguidas, todos sabemos que no tiene precio. La mujer que estaba sentada a mi lado se volvió hacia mí, me miró con la cabeza ligeramente ladeada y una vez más debí aceptar la extraña atracción que ejerce en estas personas la silla en la que me desplazo desde hace menos de un año, cuando salí eyectada del coche de Georges. La mujer había apoyado la mano en la rueda de la silla y la acariciaba lentamente con el dedo índice, etc. Su marido, o al menos quien al cabo juzgué su marido, era sumamente viejo. Debía se ser el famoso filósofo ginebrino cuya presencia me había mencionado Susi Klausen. La mujer, unos treinta años más joven, tenía el cabello esponjoso, un poco pelirrojo, un vestido escotado y flojo, y hablaba aprisa, con la alegría falsa de los melancólicos: habían alquilado por el verano una de las casas de la colina, probablemente la única de todas que no tenía piscina, declaró la mujer con una sonrisa, y yo no la saqué de su error, si bien yo nunca he tenido piscina, siempre me las he arreglado con la piscina de George, pero ¿qué esperamos para pasar a la mesa?   

Observé a los invitados silenciosos de los Klausen —éramos catorce— que formaban un pequeño racimo confuso en la noche, iluminado aquí y allá por los spots de jardín, entre los que destacaban Rolf y Susi Klausen, así como el filósofo viejo y su mujer demasiado joven, dos parejas a las que podía imaginarme en la intimidad a la hora en que tocara a su fin aquella cena, la ceremonia muda de acostarse en el silencio de las habitaciones, los somníferos que se tragaban, la amargura de Susi Klausen al ponerse tapones en los oídos, la solicitud impotentes del filósofo viejo, las lámparas apagadas sin que se hiciera el menor intento de acercamiento, una vez que habían pasado de la desafección al rechazo, del desencanto al odio. Mi vecina, aunque seguía inclinada hacia mí, se había callado, no me había preguntado nada sobre la silla de ruedas, sin duda informada por Susi Klausen sobre el accidente espantoso, sin ignorar tampoco la manea en la que, hace un año, Georges, completamente borracho, había acabado empotrando el coche contra el guardarraíl de la carretera que da al mar, y cómo había salido totalmente ileso, mientras que yo, proyectada a través del parabrisas, había iniciado un vuelo libre sobre aquel mismo guardarraíl. Es Susi Klausen quien, al mencionar el accidente, emplea el término de vuelo libre, una acrobacia que yo no recuerdo haber realizado, ningún testigo ha confirmado y, por el modo en que ella la describe, me causa en cada ocasión el efecto medio burlesco de un plano cinematográfico que se rebobina y se vuelve a pasar eternamente en cámara rápida. Supe después que no me dieron muchas esperanzas de vida al recogerme al otro lado del guardarraíl, tirada entre dos vides, pero las cosas son lo que son y aquí sigo, comportándome como una inválida razonable, dotada de un equipo excelente y armada del fatalismo necesario. Sin embargo, Georges no es otra cosa que mi asesino a ojos de Susi Klausen, a quien le reconozco que vino a verme a diario al hospital, recuperando de inmediato sus reflejos de enfermera, hasta el punto de que se encargó ella misma del tema delicado de anunciarme con qué partes del cuerpo podía seguir contando. Pero, por más que Susi Klausen sin duda me resultó de mucho valor en el marco del hospital, en el marco actual Susi Klausen me resulta insoportable, por un lado una excelente exenfermera, por el otro una compañía absurda a la que me he esforzado, desde que regresé a casa, de tener lejos. Mi ingratitud ante Susi Klausen es inigualable en la descortesía que demuestro al mandarla a paseo cada vez que me llama por teléfono, es decir, al menos dos veces por semana, cuando no le encargo a Louis que se libre de ella. Louis me lo proporcionó Susi Klausen cuando salí del hospital; el día en que regresé a casa me esperaba en la puerta Louis, un tipo alto y flaco con pinta sombría, impasible, a quien desde entonces nada le ha hecho perder el aplomo. A ojos de Susi Klausen, Georges no es solo mi asesino, sino además el de su mujer. La mujer de Georges murió el verano pasado, en la piscina de Georges, algunas semanas después de mi regreso del hospital, sin que haya podido establecerse si se había metido para bañarse o para ahogarse. Nadie de aquí la conocía muy bien —era italiana, la boda había tenido lugar seis meses antes en Italia—, pero Susi Klausen, como da a entender claramente, tiene motivos de sobra para pensar que Georges, de un modo u otro, es responsable de la muerte de su mujer, de quien se ha averiguado que nunca se bañaba en la piscina, siempre en el mar. Excelente nadadora, precisa Susi Klausen. Casada, para su desdicha, con ese ser destructor, que solo ha podido, afirma, llevarla hasta el límite, destruirla como destruye todo. Yo la dejo hablar, por más que sepa lo mucho que se querían y lo inconsolable que está ahora Georges, mientras hace todas las mañanas los mismos gestos ridículos en torno a la piscina. A Georges le retiraron el permiso de conducir (Georges está impedido de conducir de por vida como yo estoy impedida de caminar de por vida), de manera que le resulta muy difícil ir a visitar la tumba de su mujer, sepultada en la cripta italiana de su familia. Por un tiempo pensé que Georges iría a instalarse allá, cerca de la tumba de su mujer, pero no, se ha quedado aquí, cerca de la piscina en la que la encontró y de la que la sacó él mismo, y de la que se ocupa día a día bajo mi mirada, con una diligencia espantosa, sin poder ignorar, por más que nunca levante la vista, que lo observo desde mi terraza. Ese hombre no es otra cosa que un criminal, repite Susi Klausen y, por el movimiento del brazo con el que acompaña sus palabras, no se me escapa que estas engloban no solo la silla de ruedas y la piscina en la que apareció su mujer, sino también los cuadros y las esculturas con que ella ha llenado su casa, la famosa colección Klausen, a la que sin duda Georges, la única vez que lo invitaron, solo le echó un vistazo distraído, si no pasó delante sin verla. El crimen más grande de Georges fue no haber admirado y por lo tanto validado, según las expectativas de Susi Klausen, la supuestamente audaz colección Klausen, un revoltijo de bagatelas, por cuanto se limitó a comentarme más tarde el propio Georges. Solo una tela muy pequeña, colgada al pie de la escalera en un rincón, despertó vagamente su interés, una obra que Susi Klausen, precisamente, le dijo haber comprado en un rapto de inconsciencia y en la que le suplicó que no se fijara. Por lo demás, es evidente, a decir de Georges, que todos los vendedores de arte del planeta se aprovecharon de los Klausen, incapaces de albergar el menor sentimiento artístico. Que echen en falta cultura artística a Georges poco le importa, pero semejante falta de sensibilidad, no. Compraron lo más insignificante que se hace hoy en día, lo más vulgar y lo más caro, me dijo Georges de los Klausen. Los artistas me dan pena, dijo, por mediocres que sean, cuando están obligados a frecuentar a estos individuos, los Klausen que conocemos y todos los demás Klausen, incapaces de comportarse delante de un artista sino de manera insultante, porque al ver sus obras no piensan ni siente nada que no esté dictado por la vanidad o la falta de sensibilidad. Muchas personas, y no solo idiotas, viene todos los veranos para admirar la colección Klausen y las últimas adquisiciones de los Klausen, pero lo que en realidad les fascina son los millones de los Klausen, en cuya otra casa, a la que se retiran a comienzos del otoño para pasar, según Susi Klausen, el invierno como ermitaños, bien se sabe que no hay una sola obra de arte similar a las que exponen aquí. El invierno, los Klausen lo pasan en una casa antigua de varios siglos, en medio de los valores seguros de lo antiguo; lo pasan, como le ha oído Georges decir a Susi Klausen, rodeados de sus apacibles antigüedades.

¿Y qué es de su amigo Georges?, me preguntó en voz alta Rolf Klausen, después de cruzar el césped con una botella en la mano y acercárseme, un poco demasiado, hasta que tuve a la altura de mis ojos los botones de su chaqueta, relucientes como dos ojos exorbitados. Me pareció que vacilaba un poco. Un tipo bastante divertido, si no recuerdo mal, me dijo. Vi a Susi Klausen dirigirse derecha a mí con su vestido multicolor, para apartar a su marido con un gesto brusco y, haciendo tintinear las pulseras, volver a agarrar los puños de la silla, después de lo cual los invitados se levantaron y fuimos la terraza donde estaba preparada la mesa para la cena, con las sillas ligeramente más espaciadas en el sitio que se me había asignado, entre la mujer del filósofo viejo y la hermana de Susi Klausen, Laure, según se presentó sin más, desplegando una servilleta con su manos delgadas. Hasta ese momento no me había fijado en ella, y enseguida me pregunté cómo podía ser la hermana de Susi Klausen, al tiempo que notaba que la esposa del filósofo viejo sentada a mi derecha —luego venía Rolf Klausen— llevaba un perfume sumamente empalagoso que, cada vez que movía el tenedor o agarraba su copa, se difundía hacia mí, quitándome las ganas de comer. La hermana de Susi Klausen tampoco parecía tener mucho apetito, y cuando se lo hice notar sonrió y me dijo que en efecto no, quizá porque había preparado ella misma esa parte de la comida, de manera que hice el esfuerzo por tragarme todo lo que había en mi plato. El cabello de Laure era sumamente lacio y sedoso y le caía sobre la cara de una manera enternecedora sin que ella le prestara atención, contrariamente a la mujer del filósofo viejo que no dejaba de sacudir y zarandear el suyo y a la que le volví decididamente la espalda para orientarme hacia Laure, con un movimiento resuelto que al parecer la desconcertó un poco. Enfrente de ella, desplomado en una silla, el filósofo viejo, con los ojos saltones y una barba corta apelmazada que le comía las mejillas, observaba un punto del mantel con una mirada carente de expresión, como dormitando. Nos trajeron otros platos y Laure me preguntó cortésmente si vivía allí todo el año. Le respondí en el mismo tono que sí y agregué que me había instalado allí hacía tiempo, mucho antes de que se construyeran todas las demás casas. Un lugar aterrador, tronó el filósofo viejo bruscamente, recién salido de su ensimismamiento. Y tenedor en mano golpeó la mesa. Alguien se rio un instante y luego las conservaciones se reanudaron. No sabía que Susi tenía una hermana, le dije a Laure. Nos vemos poco, dijo, vivo en el extranjero, en Bombay, de momento en Bombay. En Bombay, dije. Sí, dijo. Lejos, pensé. ¿Conoce la India?, me preguntó Laure. No, dije, imaginándome de pronto recorriendo las calles de Bombay, llenas de tullidos, siempre he sido bastante sedentaria. Sonreí. Ha tenido usted un año difícil, me dijo Laure. Me voy acostumbrando, dije, lo que era casi cierto. Con los meses, había llegado a pensar que, en el fondo, el accidente no me había cambiado demasiado la vida; nunca había vivido realmente a lo grande, le dije a Laure, me encantaba la soledad, cierto silencio a mi alrededor y, cuando me hartaba de estar sola, tenía a Georges, le dije, me bastaba con hacer unos pocos metros y estaba en casa de Georges, no sé por qué le cuento a usted todo esto. Echarlo todo abajo, berreó súbitamente el filósofo viejo clavándole los ojos redondos a Laure. ¿Georges?, retomó Laure. El que iba al volante. Laure agachó la cabeza lentamente y pensé que a lo mejor creía que había muerto, como lo había creído yo al despertar en el hospital, hasta que Georges entró en la habitación, con su mujer, y se quedaron los dos al lado de mi cama tomados de la mano. Durante semanas, le habría podido decir a Laure, vi a Georges y a su mujer entrar en mi habitación y quedarse tomados de la mano al lado de la cama, y, cuando pude acercarme a la ventana, pude ver el brazo de Georges sobre los hombros de su mujer, mientras iban juntos al coche aparcado en el estacionamiento del hospital. Una vez, habría podido decirle a Laure, la mujer de Georges vino de visita sola. Yo no estaba en un buen día y me dio miedo de que viniera para hablarme del accidente, lo que habría sido completamente inútil, pero ella solo había venido, me dijo, para sentarse un momento conmigo, porque como era obvio siempre pensaban en mí y, añadió con una gran naturalidad, había tenido necesidad de venir, había venido por ella. Le dije admitamos, después, un poco más tarde, que me gustaba mucho su sonrisa, y pensé que, si en el futuro había otros momentos como aquel, a lo mejor la cosa funcionaba, al final. Y hubo algunos, si bien nunca idénticos a aquel, porque la mujer de Georges se ahogó, una mañana en que yo estaba en mi terraza y Louis en alguna parte a mis espaldas, ocupado en podar unos macetas, y me hubiera bastado con llamarlo cuando la vi de pronto, justo después de que me hiciera gesto con la mano, vacilar al borde de la piscina que estaba regando, sin duda para ahuyentar a las avispas y, como sorprendida, soltar la manguera y caerse lentamente al agua, con las gafas de sol puestas. Sin moverme de mi silla, me quedé mirando a la mujer de Georges hundirse, con el único ruido de fondo de las tijeras de Louis, y cuando el ruido se interrumpió y Louis soltó las tijeras y echó a correr, alertado por los alaridos de Georges, yo ya no podía ver nada por haber mirado la superficie centellante de la piscina. Recuerdo el cuerpo tendido en el borde, le habría podido decir también a Laure, la cara estupefacta que Georges, de rodillas, levantó para mirarme, el silencio extraordinario de ese momento. Usted se había dormido, me dijo Louis más tarde, con un tono que no admitía ninguna otra versión. Y ahora que servían el postre en la mesa de los Klausen, pensé en que Louis pronto iría a buscarme, que me llevaría de vuelta a casa y me ayudaría a acostarme, luego me oí preguntarle a Laure, cuya respuesta no escuché, cuánto tiempo tenía previsto quedarse.

Madre desapareció el veinte de agosto de mil novecientos noventa y ocho a eso de las veintitrés horas y cincuenta minutos. El veintiuno de agosto de mil novecientos noventa y ocho a eso de las ocho de la noche y treinta minutos llamó Padre y me lo comunicó: “Madre ha muerto a eso de las veintitrés horas y cincuenta minutos de anoche”. Regresé a la cama y proseguí con la lectura del comic de los patos, interrumpida la noche anterior. Desde hace tiempo que contábamos con la desaparición de Madre. A mediados de abril del año mil novecientos noventa y siete llamó Padre y dijo que a partir de ahora los órganos podían fallar en cualquier momento. El diecinueve de agosto de mil novecientos noventa y ocho Madre cayó por última vez en estado vegetativo, luego de no haber comido nada en los días anteriores y de no haber caminado es decir definitivamente ya no haber caminado más. Solo estar acostada en la cama observándose los pies de manera aparentemente ininterrumpida. Tenía vista al parque, pero ya no lo miraba. ¡Mi Madre sin ventanas! Tras recriminarle a Padre durante semanas enteras que nunca regresaba con puntualidad a casa y que los niños no se portaban bien en la mesa, pasó de pronto a decir de vez en cuando “ah, ahí estás”, o simplemente “Padre”, o “Padre” también en tono de pregunta, cuando Padre pisaba la habitación del hospital y con su entrada a la habitación la visitaba. Ahora estaba delgada y hundida en la cama. Ahora tenía manchas por todas partes. Cuando dos días antes del entierro Padre me preguntó si quería verla una vez más, le contesté por la negativa.

Enterramos a Madre el veintiocho de agosto de mil novecientos noventa y ocho a eso de las diez de la mañana. Yo arrojé una rosa amarilla en el foso. La rosa estaba dispuesta en algo así como una caja. Uno mete la mano en la caja y extrae una rosa. Luego tira la rosa en el foso, que ya está preparado. No es que uno piense en una vida lanzada allí dentro, se tira la rosa en el foso y se llora. Retengo a Madre con buenos ojos. Sentada derecha sobre la cama con una chaqueta de punto blanca contra el frío. Me pregunta si me va bien, a lo que respondo por la afirmativa. Me dice que es probable que ella ya no vuelva a casa. En líneas generales es ahora sorprendentemente clara. Es de una claridad sorprendente. De pronto se ha convertido en una mujer vieja, que nunca fue. Ahora envejece a diario. Se acuerda de que hace mucho de que ya no vivo en casa. Tampoco ella vive en casa, dice, pero no sabe bien dónde vive ahora en realidad, si es que tiene una vivienda, aún. Vive aquí y allí.

Cuando Madre desapareció y Padre llamó para decir que Madre había muerto esa noche, regresé a la cama y regresé a la lectura y a los ratones los patos el avaro Tío Rico. El Tío Rico está de nuevo ocupado en acrecentar su riqueza hasta lo inconmensurable. La logística que aplica para ello es de lo más lastimosa. También sus sobrinos forman parte de esa logística. Una y otra vez la salvan en el momento decisivo. Donald siempre está definitivamente harto cuando el Tío Rico lo hace trabajar gratis. Así es. ¿Es Donald la vida y el Tío Rico la muerte?

Ahora ya no puedes llamar y preguntar por Madre, compruebo. Y nunca has ido con Madre al cine y nunca has ido con Madre al teatro, compruebo. En general siempre has ido con ella a ninguna parte. Hay tantas últimas miradas que ya ni sé con precisión cuándo fue que la vi por última vez. En todo caso vi a Madre por última vez el dieciséis de julio de mil novecientos noventa y ocho a eso de las diez de la mañana. Me doy vuelta para saludarla con la mano una vez más y la puerta pesada y gris de picaporte acariciante se desliza despacio en la segura cerradura. En esta unidad, el pie quebrado yace junto a la muerte. Afuera todo marcha a lo largo del pasillo. Madre tiene dificultades con la lengua, pero su voz no está tomada. Traga mal y debe beber saliva de manera asistida.

La primera vez luego de su internación, en principio voluntaria y al mismo tiempo definitiva, la visitamos en el feriado de Pentecostés de mil novecientos noventa y ocho. Se encuentra en un estado tan deplorable que no estoy en condiciones de hacer otra cosa que estar sentado junto a ella horas enteras sin decir ni una palabra. Incluso mirar resulta imposible. También apoyar la mano furtivamente sobre la manta de lana azul resulta imposible. Barbara volvió a salir directo de la habitación bañada en lágrimas, no bien vio a Madre así acostada y en estado tan deplorable y acostada así casi desaparecida demacrada reseca y huesuda enseguida salió de nuevo de la habitación. ¿Qué debería haberle dicho yo a Madre? Constantemente señala con el dedo huidizo figuras curiosas ahí en la pared o aquí sobre la mesa. Al hacerlo levanta un poco la cabeza lo mejor que puede y mira intensamente con ojos pequeños al centro de su mundo sobrenatural. ¿Tenía sentido decirle que eso no era más que una flor, un suministrador de jabón un bicho color piel de madera que siempre estaba junto a ella? Ella no quería creerlo. Ella ve pájaros volando y rostros. Cuando Barbara vuelve a entrar en la habitación, Madre acababa de beber algo de té del pistero y tuvo que vomitar. Barbara limpia la mancha marrón, el té para la bilis, de su boca y de su saquito blanco. Es una grosería, se avergüenza Madre. No puede soportarlo, ella que toda su vida fue tan tiquismiquis. Y que la chaquetita blanca haya quedado inutilizable, en realidad no podía tolerar nada de todo esto, y que por la noche se celebraran encima de ella fiestas licenciosas con acosos sexuales, y así. Admira en silencio mi anillo plateado, con el que le gustaría quedarse. Pero seguro que su dedo era demasiado delgado. Entre las frases sufre momentáneas ausencias, rigidez facial, perspectiva. En Pentecostés, el estado de Madre era tan deplorable que yo sentía todo mi cuerpo sedente como vertido a su lado y con algo así como un entumecimiento de los sentidos. Madre no parecía tener miedo.

De a poco se ve que voy envejeciendo, dijo de pronto hace años. O dijo voy envejeciendo, hasta que un día dijo hemos envejecido. Está sentada en casa sobre el sillón. Hay algo que no le viene a la memoria. Se acuerda perfectamente de que hay un nombre que no le viene a la memoria. Sí, dice, siento perfectamente que he envejecido. No le viene a la memoria. En Pentecostés, Madre habló de encuentros nocturnos con su padre, de exploraciones nocturnas y de dudas sobre si todo aquí corría por vías legales, divisaba de vez en cuando una figura extraña en la habitación, contra el techo o bien cerca de la cama, de vez en cuando quería que le alcanzaran su crema preferida y que según decía le había costado un ojo de la cara para frotarse las manos que se iban resecando cada vez más pero que en contraposición aún podía mover aceptablemente sus piernas, al menos eso. Y lo que no la dejaba en paz era la pérdida de su anillo de diamantes plateado que según decía le había costado un ojo de la cara y que se le había extraviado sin dejar rastros. Eso solo podía deberse a sus dedos, es que se le habían vuelto tan delgados, ahora se le caía todo, lo que durante años no le había entrado al final se caía. Ahora al fin apoyo mi mano sin hacer presión sobre la manta, debajo están metidas sus piernas completamente escuálidas. Barruntar las piernas. Está tan flaca que los tendones del cuello crecen como ramas secas desde su cuerpo así de flacos. La nuez le sobresale como si quisiera estar a solas. Los brazos amenazan con quebrarse de repente, su cuerpo entero es una marioneta sin gobierno a la que alguien le enredó los hilos. Me muestra sus revistas, que aún sigue queriendo que le traigan, aunque ya no puede leer, solo mirar los dibujos. Esa era la moda que se venía, y me preguntó si me gustaba. A ella no, me dice. Sus pies le pican, pero no puede hacer nada contra eso, es que ya no puede levantar las piernas y hace tiempo que ya tampoco lo ha intentado. Tras algunos minutos de solo estar ahí sentada acostada abstraída la invade la sospecha de tener que cagar y vomitar al mismo tiempo, cosa que no dice de esta manera. De pronto me siento mal de una manera indefinible, le sale decir. Llamamos a la enfermera, caminamos aparatosamente de un lado al otro del pasillo, hasta que Madre vuelve a sentirse bien. Me doy cuenta de que su pelo descolorido yace ahora aún más desgajado junto a la cabeza. No se preocupen, había dicho Madre cuando volví a verla después de su primera operación. Ahora no dice ese tipo de cosas. Todo le resulta vergonzoso. Sin ayuda de un tercero no puede ir al baño. Cada vez la sientan sobre una silla. Antes todo eso era muy distinto. Ella sabe que está totalmente reacia. En su vida no se había imaginado que algo así pudiera pasar. Nos desea todo lo mejor. ¿Podríamos abrir un poco la puerta del balcón, que el aire está insoportablemente estancado? ¿No lo sentíamos nosotros también? Por un breve lapso de tiempo se hunde en el sueño o el ocaso. Tiene puestos sus grandes anteojos, a través de los cuales se le puede ver una mancha bajo su ojo izquierdo. Se ve claramente una mancha rojo oscuro. Nunca le he preguntado por qué esa mancha está ahí debajo de su ojo. Si se le pregunta directamente cómo le va, siempre dice que le va bien. A todos les dice que le va bien. Me va bien, les dice a todos los que le preguntan. Nunca le pregunté si pensaba en morirse pronto.

Una vez que la enfermedad llegó al hígado, ya no hubo más esperanza. A nadie le dijo que entonces eso había sido seguramente todo. Ningún anuncio sobre la muerte. Ni una palabra. A veces estallaba en llanto y luego hacía como que se había atragantado o tenía la boca seca o algo raro en la garganta. Padre dice que ella nunca habló sobre la muerte. Se alegraba cuando veníamos a visitarla. No se quejaba cuando debíamos irnos. Solo de Padre se quejaba, de manera interrumpida le reprochaba a él y a todos que no estuviera allí para ella, que viniera y se fuera cuándo y a dónde él quería, que la dejara allí abandonada, que siempre fuera impuntual, eso antes no era así, no se estaba ateniendo a lo acordado y simplemente estaba lejos la mayor parte del tiempo. Padre siempre aguantaba estos reproches con paciente mansedumbre. Su alegre chaqueta a cuadros, y ella enfundada en su camisón. Carrera caries. Andar del caballo, galope rápido. Destrucción de las partes óseas. Aparecer desde allí a toda carrera. Podredumbre putrefacción. Así como antes iba él a la oficina pública, iba al trabajo, así como ella desaparece tangiblemente. Una tercera cosa queda excluida. Antes lloraba en público. En público era en casa. Según mi estimación, se trataba de un llanto de amargura. Rara vez tenía gripe o “historias del corazón”, como se le decía a ese cuento de viejas, yacía de día y noches enteras durante días en la cama con las cortinas cerradas o abiertas y estaba intratable de una manera benevolente pero algo así como susceptible de darle a veces los buenos días dados antes por Padre y yacía ahí en camisón en la cama días enteros con esta fea palabra que no existía en aquel entonces, con depresiones. Madre, en cama, ya entonces hojeando revistas, tan secreta como misteriosa. Pero no había nada ahí salvo negación. Absorción de la moda. Y salió al exterior. Y volvió a entrar en otro sitio. En la habitación del hospital. En la cámara de cadáveres. En el cementerio. En la dispersión lejanía. Fue sustraída de nuestro centro. Dónde será que queda eso. Anotaciones. Lenguaje de cebos. Hablar de Madre como de algo inédito. Fragmento, glosa al margen. Allanar, desgarro y tirón. Forma y quiebre, cortafuego y raya.

Una enfermedad es siempre también una enfermedad de la consciencia. Aquello hacia lo que se encamina todo. Resumen de la vida como aviso de que ahí hay cáncer en los intestinos. Pero que ahí ya existe un avance es algo que bajo ningún concepto se le hace saber a Madre de manera directa. Hasta su muerte solo tuvo un aviso interno de lo que presentía con tanto horror cuando no pudo cagar durante semanas enteras. Tenía dolores indecibles que localizaba con precisión en la zona de los intestinos. Un día va al médico y dice, ahí hay algo. Que sentía hacía meses. El médico le toma placas. Se ubica delante de mi Madre y dice, ahí hay algo. ¿Puede que exista algo así como una consciencia de que ahí hay algo?, le pregunta mi Madre al médico. Es absolutamente no imposible que usted haya sabido antes lo que yo ahora le afirmo. Y si era malo. Que era realmente malo. Luego siempre resumen resumen resumen. Un hacer patente. Una porción diaria de despedida.

La noche del diez de enero de mil novecientos noventa y cuatro estoy invitado a comer. Pato ocho tesoros. Sobre la mesa iluminada por las velas la anfitriona se ha tendido a sí misma. De inmediato quiero alcanzarla con la lengua entre los muslos. Teléfono. Aquí Padre. Madre está gravemente enferma. Cierre de emisión. Esto fue en mil novecientos noventa y cuatro. La comida terminó ahí. Gravemente enferma suena aún hoy a final de la vida. Para no decir que ya está agonizando. Ocho fríos tesoros. No más comida. Desde mil novecientos noventa y cuatro no he vuelto a comer. “¡Incluso más que devastados!”1. El propio empático saber es un tumor maligno y ha consumido todo el sudor y el tesón y las provisiones. ¿Qué es eso que uno piensa? ¿Adónde van todos esos pensamientos, una vez borrado el sistema operativo? ¿Gira eso incesantemente en sí mismo? ¿Son reales nuestros pensamientos, carecen nuestros pensamientos realmente de ventanas? ¿Tiene el amor la solución, ahora que ya es mora y ramo ya es?2 Preguntas que no tocan a Madre. ¡No tocar a Madre! La Madre, pensar ajeno. ¡Nunca lo alcanzas! Posiblemente sea así, que todo pensar es igual: e igualmente extinguido.

Hubo bellas conversaciones en nuestra vida. Pero de qué trataban. Es importante hablar de cosas como la comida y el clima. A Madre le gustaba hablar del clima y de la comida. Tomen asiento y no hablen tanto de cosas que no se pueden comer. Podría haber sido de ella. Pero el clima era algo que estaba dentro de ella, a eso podía sentirlo, eso la desmoralizaba o la alegraba. Madre no pertenecía a esta sociedad. Creo que pertenecía a la guerra, y comparaba todo con lo de la guerra. Y ahí claro que había pocas coincidencias. No crió a sus hijos a la altura de la sociedad, me refiero a que esta sociedad siempre le resultaba un obstáculo en su educación, me refiero a que esta sociedad le resultaba siempre un obstáculo, es decir existían como prejuicios, como ángulos muertos mutuos, prometimientos invivibles, ella tomaba su fatigosa senda para bicicletas camino a la escuela, aprendió cosas farmacéuticas después, y luego aparecieron como quiebres, un presente que irrumpía de pronto tan repentinamente, una proporcionada posición en el mundo, en rigor ella continuaba yendo a la escuela por su senda para bicicletas. Me gustaría saber si llevaba una economía hogareña de pensamientos, tal como llevaba una economía hogareña de la economía hogareña, en la que todo estaba protocolado y anotado, pero seguro que no anotaba más que las cosas de la casa, los frascos de fruta, las recetas, las pocas cartas con su bella letra azul, con su hogar. Su matrimonio hogareño, la letra más bella que se pueda concebir. Riachuelo grácilmente trazado. Al final ya no podía telefonear por sí sola, aunque sí hablaba, cuando había alguien en la línea. Su voz su letra. Al final dejó de entender el alfabeto de los números, se le fue extraviando todo lo que establece una conexión hacia afuera, donde creen que todavía entiende ese lenguaje.

En su pieza ahora abandonada abro el armario de par en par y pesco una última nota con su letra temblorosa rugosa. Ahí está de nuevo ese ligero cálido trazo ese alfabeto finalmente desaprendido con huellas de ser niño en el coto conocido cuando leer aún era recolectar. Alguien le decía un nombre una calle algo que aún quedaba por hacer o ella recordaba algo y lo anotaba. Una boya una ubicación una oportunidad atrapada furtivamente. Lo que queda es una letra. Ella intenta descifrar la nota. Ya no puede leer ningún paisaje. Lo que repite una y otra vez, eso no debe ni puede ser otra cosa que no ser más que suficiente. Hace años que se olvida, como cae en la cuenta semanas antes de su muerte, de remendar un calcetín. Ahora que está sentada con comodidad o con relativa comodidad en su sillón quiere remendar ese olvidado calcetín. También la aguja que fluye resulta grosera. No lleva a nada. Puesto que nota que esto no lleva a nada más que a tiempo y nada más que a tiempo derrochado, simplemente se queda sentada ahí y si llegara alguien con la barbaluz de este patriarca3 impuntual y atemporal, ella también se avergonzaría enseguida por él. ¿No tienes nada mejor que hacer? Sangría. Ahora que está muerta es una extraña. Cómo es que, ahora que alguien está muerto, es un extraño. Ahora que alguien está muerto es un extraño. Qué ahora es ese ahora que. Será su vida un recuerdo que resulta ajeno, se pregunta ahora lo que resta. Todo brota. Hay un gran asombro en el mundo de que todo igual brote, ahora que ella está muerta. La Madre aflojada por la guerra, que se perdió en el camino. Adónde se marcha un pensamiento cuando es pensado. Si no es un museo directo cuando uno deja atrás sus armarios y sus puertas, sus escaleras y calabozos, su documento confidencial. Ella abre el cajón de su secreter y nada más que llaves y papel fotográfico. Siempre revolvió ahí adentro de ese modo. Mina de oro al tiempo que arca del tesoro cerrada. Allí el instante temporal es un rostro infantil. Allí hace rato que ya no hay ninguna cerradura para. ¿Quién por todos los cielos ha de pensar/vivir todo esto en conjunto? Una nota llena de nombres un paquete de nombres en blanco. Recetas fotos recetas. Y la foto con el abue en delantal de médico y pequeñas cosas no utilizadas que ya nadie necesita. Reserva de gomitas elásticas estiletes jamás usados. Un mundo una sala de improducción. Un pasaporte. Una palabra. Un ya no regresar. Un caerse. Fotos de Padre en todos los años. Sistemas de ordenamiento registros. Porque aquello que nunca pierdes has de llorarlo por siempre.4 Eso podría haber sido de ella. Ella no perdía nada. Todo lo archivaba. Ni siquiera podía decir, mi orden se ve siempre tan desordenado. Su orden se veía como todo orden. Un mero enumerar. Un meter ahí. Sistema de llaves. Cerraduras inhallables. Barras de metal con las que abrir la tapa del secreter. Madre una vez demostró cómo se hacía y me dejó impresionado. Habilidades manuales, abrir el piso del medio. Iluminación, a todas luces. Hace años que no lo consigo. Hace años que intuyo detrás de las cosas y en las cosas arcas cajas recámaras un tesoro una familiaridad una fotográfica anestesia total que me rapte hacia el país de mi Madre, que por un instante de respiración paralizada me deje pararme valientemente en su paisaje Düsseldorf Bitburg Nonnenwerth y Neuerburg allí estuvo una vez con nosotros, hacia allí afuera señaló alguna vez desde el auto en el que pasábamos sentados, que una vez había estado ahí, bien ella misma. De sus acentos el que más me gustaba era el que ya era luxemburgués. Lo escuchaba durante horas, sin entender ni una palabra. Podía cantarlo cuando íbamos a Geichlingen en la frontera luxemburguesa a visitar a Grete, la ama de llaves de los abuelos. Un día Grete hizo blanquear de nuevo su granja. Creí hacerle un favor aplastando las moscas de a cientos con el matamoscas contra los muros exteriores recientemente pintados a la cal. La blanqueada fachada parecía como infectada de sarampión. Luego volé de allí. Somos jóvenes y fue bonito, como dijo alguien alguna vez.5

En su última foto, Madre ya tiene puesto el vestido con el que más tarde será enterrada. Siempre le quedó bien, y porque esa es su última foto, dice Padre. Marcada por la muerte, como se dice comúnmente, así se ve Madre de manera biunívoca nueve meses antes de su muerte. Como si tuviera que tomar posición a la desprevenida mayor brevedad, cuando la mera presencia le significaba el más ingente de los esfuerzos. Todo cuaja hacia un así llamado. Parada a diario delante de mí. Si sueño, no está muerta. Lo sé en mis membranas y en mis remembranzas. No llego hasta allí. Precisamente no olvidar a Bas Jan Ader, que el nuevo de julio de mil novecientos setenta y cinco se hizo a la mar con un pequeño velero desde Cape Cod para cruzar el Atlántico con rumbo a Inglaterra. ¡Nada ahí! Un barquito medio podrido. Eso fue. Boyando con la quilla al sol. Tan al oeste de Irlanda. Él mismo, desaparecido. Sangría. “Mi cuerpo, practicando ahogarse”, anotó una vez. Y luego: “I’m too sad to tell you”, aquella maravillosa película en dieciséis milímetros de llanto desenfrenado. Eso es. Un universo de llanto. Y si después habrá un momento de tranquilidad. Si después de este universo todo queda afuera. Es que a veces pasa con el propio llanto que uno mismo no lo puede distinguir de un llanto filmado. Se aprende y se llora la vida entera.

Aceite. Una líquida luz de vela una ración de cinco días de luz eterna. Y regresar otra vez. Y pensar otra vez. La memoria es un árbol. Un ramo de flores. Un rezo asaltado y de inmediato interrumpido otra vez. Un aniversario de fallecimiento como un anillo conmemorativo. Una germinante floración primaveral con raíz. Una cáscara. Y regresar. Dar vuelta la tierra. Y de vuelta el invierno. Y quedarse al lado. Siempre acercarse hasta ahí hasta que alguien venga a ti. Haciendo contacto con el césped con rumbo turístico. Tal vez también con esta imagen indecible en los labios con esta rigidez o movimiento de cabeza ya no realizable. Ahí tal cual yace ella. Tal cual solo poco puede hacer. Darse vuelta por ejemplo una imposibilidad. Despedida imposible. Miope sin devolver el saludo. Miope y llena de espacio en el rostro. Entrar. Pararse de un lado. Del otro. La vida es un desacostumbrarse. Y una muerte como esta también ayuda en eso. Yace solita y sola sobre el catre de muerte. A Padre ya se le cierran los ojos. La muerte que se aguarda hace horas pero que hace días se demora en llegar. Comatosa con la cabeza estirada hacia atrás. Tiene puesta una camiseta. Ninguna frase postrera que haya trascendido. Ha estado se ha ido. Desnudez. Y adónde lleva eso. A Padre se le cierran los ojos. Se va a casa ahora. Un desierto solito y solo la sala en la que Madre desaparece. Ella no dice vete entonces a casa, ahora debo morir. Pasar al más allá. Estirar la pata. Dormir afuera. Hacer lugar. Haber oído mal la vida entera. Preguntarse la vida entera ¿lo entendí bien? Y un día querer dejar en claro algo. El sistema operativo de Madre chequeaba por así decirlo perpetuamente sus interfaces. Tal vez no había ninguna. Una cocina que se va a apagando a sí misma. Lo que es bello brilla bienaventurado en sí mismo.6 Lo que se extingue tan seco ahí en la sábana. Tan apolítico el veinte de agosto de mil novecientos noventa y ocho. De cómo entramos a la habitación y nos quedamos helados. De cómo todo queda repentinamente en silencio. De cómo escuchamos el escuchar en lo escuchado. Tal vez sea esto algo que no acaba nunca, este morir que no acaba nunca. Ese delgado bracito que brota desde la sábana. Esa mano sin anillos que anhela un anillo. Ese cuerpo completamente subterráneo que ni él mismo puede creerlo. Si ayer mismo estaba más completo, se vuelve a decir este cuerpo con gusto. Qué es lo grave de pronto como para que esto no pueda seguir así.

Repetidamente contabiliza algunas cosas mal. Por ejemplo el haber recibido la negativa vehemente siquiera de algún hijo. “¡Pero si mi hijo me visitó!”. Hasta lo último hubo de parte de Padre para Madre almuerzos elegidos y de hecho elegidos con una semana de anticipación, a saber en esta ocasión alguna cosa con sopa al vapor carne y pío-pío. Debido a la dieta muy tediosamente digerible y digno de marcharse. Pero qué se le va a hacer. Todo en el mundo encuentra en algún lugar del mundo una comprensión catastrófica. Cuando Padre preguntó dos días antes del entierro si yo quería verla de nuevo, respondí por la negativa. Me hubiera gustado desarrollar por una vez una comprensión sobre lo que ocurre ahí en términos del organismo, sobre lo que cae y cesa en términos del organismo. Lo cierto es que con mucho gusto habría penetrado con este teclado en las vísceras, pero lo cierto es que no era algo que hubiese podido ni lograr bien en vida. La gramática alemana emana siempre como un destacado hedor a descomposición. Este idioma alemán permanentemente bendecido por el Papa. Este idioma del ahorro. Este idioma de filósofos. Esta botella retornable. Este cristianismo mortuorio. Este ente transportado. Este orgullo: “Será injusto conmigo / aquel que llore mi muerte”.7 La muerte de ella. Una muerte un tiempo real y en derredor algo así como hermenéutica o carnaval de Karlsruhe. Leí “Será la pálida muerte con su fría mano”8, pero no me asusté.

La visitamos en Pentecostés de mil novecientos noventa y ocho. Incluso mirar era imposible. ¡ESO te expulsaba hacia el exterior como si no hubiera lugar! Pero poco antes de su muerte se había comprado en cantidades industriales ropa interior en una tienda de ropa interior y siempre quería ir de compras. Ir de compras era para Madre siempre un acto de estado. El padre director de la parte alta de la ciudad, y Madre sale ahora de compras para la familia del director de la parte alta de la ciudad. Ir de compras en este Düren cagado. Ir de compras en este Düren totalmente venido abajo en lo espiritual. ¡Con excepción del museo urge que por favor se clausure esta ciudad! Una ciudad que durante la guerra fue destruida en un noventa y ocho por ciento habría sido mejor que no fuese reconstruida. Se debería haber dejado todo como estaba o como yacía, pudriéndose. Entonces se podría haber conducido por allí a hombres y mujeres de todos los rincones del mundo incluso cincuenta años después de la guerra diciéndoles: ESTO es la guerra. Por favor todos cierren Düren. Una ciudad con pretensiones como de queso suizo. Poca forma y mucha nada. La nada resplandece al través. Siempre esta representación del ir siendo menos. Y despertarse asustado por la noche porque en el sueño Madre aún sigue sentada allí, y se habla de un milagro. Se habla de que para ella es probable que ya haya pasado lo peor. Que ahora no es mucho lo que puede sucederle. Y ahí está sentada Madre entonces, y la pasa bien. No hay quien le pueda. Abstraída ahí en su asiento. Una visita de otro mundo. Habla de pronto de una manera completamente distinta que en persona. Otra vez despertar del susto, tras notar la treta. Clarificar de inmediato que Madre ha pasado al otro lado. Tranquiliza saberlo, por así decirlo. Todo como antes. También ella le tenía miedo a las noches. En realidad ya no quería tener más noches. Solo estar acostada en la cama observándose los pies de manera aparentemente ininterrumpida. Tenía vista al parque, pero ya no lo miraba. Allí en el parque del hospital hay una escultura. Una vez mi Madre miró por la ventana hacia el parque y vio exactamente esa cosa. Que le gustó. Después de que Madre desapareció el veinte de agosto de mil novecientos noventa y ocho a eso de las veintitrés horas y cincuenta minutos, Padre le encarga al escultor que confeccione una bonita estela para la tumba. Acabó siendo un objeto de piedra gris muy firme, enroscado o retorcido alrededor del centro. Entretanto ya se ha enmohecido. No, mi Madre no me llamó personalmente para decirme “tengo cáncer”. Unas semanas después de recibir por parte de Padre la noticia de que Madre estaba gravemente enferma recibí por intermedio de ese mismo Padre un número de teléfono con el cual podía visitar a Madre, que ya había sido operada y aún estaba convaleciente en la cama del hospital. Ninguno de nosotros tenía desarrollado un buen criterio de conversación. Su voz era una fuerte debilidad. Solo llamadas cortas, había dicho Padre. Una vida es siempre un deseo de uno a otro. No, esas son frases gastadas. Esa no es ninguna salida. Mejorar el estilo significa mejorar los pensamientos, dijo alguien alguna vez.9 Uno marca este número no una sola vez no del todo, sino siempre solo hasta el tope, siempre solo hasta el anteúltimo número, siempre solo hasta a lo sumo el último número, pero que ya no pasa del todo, antes bien empieza a sonar como mucho un poco, luego rápido el tubo sobre la horquilla. Se le rehúye al primer amor como a la primera muerte. Todo está comunicado y numerado. Tomar de nuevo el tubo, puesto que se trata de la única voz que cuenta.

Existe una única carta de ella. Allí anuncia que tiene guardado el pantalón que me olvidé en mi última visita luego de la mudanza y que me podría enviar, en principio. De esto hace años. Amablemente me envió dentro de una caja el pantalón, que entretanto hace tiempo que ya está fuera de la así llamada moda. Es que yo le había escrito una carta, por favor mándame el dicho pantalón, porque se está poniendo frío y me falta ese pantalón. El pantalón entretanto se ha podrido, la caja la conservé. Adentro hay tirado todo tipo de cosas insensatas. Conservé la caja, pues, pero no volví a mirar adentro. El pantalón ya era desde el principio demasiado corto, yo igual me encajaba dentro y siempre llamaba a este pantalón “calza”. Entre que estire la pata una persona cercana y que estire la pata una persona casi idéntica solo está el acto de ponerse un pantalón. O el alfabeto. Tú te pones un pantalón y Franz Papaver habla de identidad, que solo es variada repetición.

Como sea, la cuestión es que vi a Madre por última vez el dieciséis de julio de mil novecientos noventa y ocho a eso de las diez de la mañana. Madre justo había desayunado, lo que al contrario que en días anteriores parecía haberla alegrado esta vez, dijo Padre. Para mí estaba completamente claro que era la última vez que la había visto. Con una renovada entrada a la habitación esta consciencia podría haberse convertido es una distinta. Pero no había absolutamente ninguna excusa ningún pretexto para entrar de nuevo a la habitación. Me tengo que ir, exclamé, saludándola una vez más con la mano, y la puerta pesada y gris con el picaporte acariciante se desliza despacio en la segura cerradura. Pero, ¿adónde ir? Abandonar la habitación, abandonar la unidad, abandonar el edificio. Tomar una vez más noticia de este aislamiento. De este lugar de reparación, sanación y finalización. Decir con toda firmeza, aquí no quieres volver a entrar hasta el fin de tus días. Hacer como si no hubiera pasado nada. Pensar en otra cosa, por así decirlo. ¿Pero adónde, entonces? Pasar de largo por delante de la vieja y demolida piscina pública, por delante de todos estos sobreesfuerzos como sacados de una galera llamados Düren. Por delante de este conjunto completo de la necesidad. Por delante de esta ciudad mediana. Por delante de ti mismo beber un café en esos establecimientos venidos a menos del centro de la ciudad. Esta es una pequeña ciudad digna de ser olvidada de punta a punta. Se yergue de pronto en la cama, luego de horas sin haber emitido ningún sonido. Acaso esté persiguiendo otra vez un fantasma. Preguntas que ella plantea. Si escuché lo que dice el abue. Le causa un profundo asombro que el abue diga algo aquí delante de toda la gente. El abue solo le dice cosas siempre a ella sola y por las mañanas en el baño. Por favor que me ocupe de echar a la gente. Que no es cierto lo que digo. Que no estoy solo con ella en esta habitación. Que esas otras personas traman algo malo. Que a veces ella no está del todo atenta. Ella tiene según dice en sus momentos de lucidez la sensación de realmente estar entregada al envejecimiento desde hace tiempo pero todo esto aquí y que dios la disculpase ya no tenía nada que ver con envejecer, esto era algo completamente distinto, y si yo podía facilitarle un indicio de qué era lo que podía ser esto ahora exactamente, ella por su parte tal vez había oído algo sobre el asunto, pero entretanto se lo había olvidado, o en todo caso tenía otras cosas que hacer. Además, aunque esto no era urgente, no se acordaba de esa única palabra. Que algo así fuera definitivo. Vuelve a caer sobre la cama como muerta. Así entonces se verá cuando esté muerta tal vez. Ahora hace diez minutos que está muerta. Su piel sobre las mejillas. Su frente brillante, que se frota más y más con un ungüento digamos de alta gradación. Qué es lo que ha sido de nosotros. Esta pregunta cotidiana este dolor ungido. Las venas de sus sienes que se precipitan como un riachuelo por la montaña. Su sueño, que es una montaña. Y desde la montaña alza de pronto la vista con una sonrisa ya casi conciliadora que parece abarcarlo todo. ¿Estamos aún a tiempo aquí? ¿Está todo aún en hora?

El dieciocho de agosto de dos mil, Padre me comunica que volvió a encontrar las cartas de amor de Madre. Habían estado dentro de una lata de galletas. En todo caso en una lata de metal. Madre y él habían acordado en aquel entonces destruir sus cartas de amor. A las cartas de amor de él ella las había quemado de manera impecable. Ahora encontraba como por casualidad en una caja marrón, y aunque fuera una vieja caja sin importancia, estas cartas de amor de ella, que entonces él no había quemado tal y como habían acordado hacer. Se asombraba como por sí solo. Estaban metidas aquí dentro de una lata en esta caja marrón. Madre había quemado todas las cartas de amor de él, dice Padre. Esto quedaba demostrado, dice Padre. Había sacado del armario esta canasta y en vez de la presumida decoración del árbol navideño lo que había adentro eran estas cartas. Durante todos estos años tuvo entonces que haber estado guardando y por último en este lugar las cartas de amor de ella dirigidas a él, mientras que ella según lo acordado había quemado como era debido las cartas de amor de él, supone. Encuentra entonces en esta lata de galletas las cartas de amor de Madre retira en el acto todos los sobres que quedaban con las cambiantes direcciones y señas y los arroja de inmediato al tacho de la basura, dice Padre. Me muestra un archivador con hojas de papel manuscritas pulcramente agujereadas. Las cartas de amor de Madre. No puede ser verdad, le respondo. A la pregunta de por qué agujereó las cartas y tiró los sobres en vez de conservarlas intactas dentro de la lata en la caja, Padre contesta que solo le interesaban las cartas. Ciertamente tenía ahora cada una dos agujeros, pero él había prestado especial atención a no tocar ninguna parte de texto.

Ni bien escuchó el grito, ya que al tiro no lo había oído, o no lo había interpretado como tal, se sabe que para convivir con el manantial incansable de alboroto de un patio interno no hay que ni siquiera preocuparse por decodificarlo, de ahí que ese sitio tan público sea paradójicamente el mejor lugar para cometer un asesinato sin que nadie se entere; ni bien escuchó el grito e interpretó retrospectivamente el tiro que lo precedió y estuvo en condiciones de concluir que el golpe inmediatamente posterior sólo podía provenir de un cuerpo cayendo al suelo, Lichi se levantó del sofá y asomó la cabeza por la única ventana de su monoambiente. El silencio era tan perfecto que lo asustó: por primera vez desde que se mudara con su padre a ese departamentito del Once no sonaba una sola radio ni ladraba un solo perro, no chocaban entre sí los platos ni se oía a nadie discutir por teléfono con su ex pareja. Semejante derroche de mutismo sólo se daba en los lugares donde acababa de ocurrir una tragedia espantosa.

Eran las tres de la tarde de un domingo gris, al igual que todos los días en ese edificio sin verdadero frente, sólo dos patios internos no mucho más amplios que un aireluz, como se denominaba en esa ciudad a los huecos de tufo y penumbra hacia donde ventilaban los ambientes más infectos de la convivencia urbana. Lo natural hubiera sido hacerse el boludo, el deporte más popular en ese país luego del otro que también se jugaba con una pelota, pero Lichi no había elegido la profesión de policía para escaparle a una responsabilidad que le hubiera cabido incluso como civil, acá y en la China. Así como estaba, que era menos de civil que de entrecasa, salió del departamento y tocó timbre en el de enfrente. Si lo impulsaba además algún afán de gloria, de resolver por sí solo un crimen y así trepar abruptamente en el escalafón, una fantasía de boludo importante, diplomado, ni él tuvo tiempo de darse cuenta.

Enfrente lo atendió una señora menuda, casi tan joven como él, que sostenía a un nene de una mano y un revólver en la otra. Si hubiera salido en calzones, Lichi se habría sentido menos desnudo que ahora sin su reglamentaria. Lo que más lo asustó fue que se tratara de un revolver muy antiguo, casi una pieza de museo, de esos que la gente hereda cargados y no sabe usar. 

–Perdón, pensé que era mi ex marido –dijo la mujer guardando el arma en un bolsillo– Pase. 

En el medio año que llevaba en el edificio, Lichi no había pasado con esa mujer del saludo casual, siempre saliendo o llegando del trabajo, por lo que tuvo que concluir que inspiraba más confianza así que con el uniforme de policía, uno de los más desprestigiados en un país donde no se salvaba casi ninguno, salvo tal vez el guardapolvo blanco, y sólo el de una maestra de primaria (de escuela rural). 

Aceptó el convite impulsado menos por su improvisada investigación que por curiosidad lisa y llana, de ese departamento entraban y salían más niños que los que debían caber de pie y sentía intriga por saber cuántos eran en total. 

Contó siete, cada cual algunos centímetros más alto que el de al lado, como muñecas rusas desplegadas, pero tan quietitos y silenciosos que parecían uno solo, y no argentino. Tampoco lo eran, sino de Perú, a juzgar por la banderita plantada sobre el televisor, clavado a su vez en un canal musical de aquel país. Lo que explicaba que siendo tantos casi no hicieran ruido, que era lo que a Lichi más lo sorprendía de su vecina, era que el departamento, además de pequeño, estaba atestado de mercadería. Ni el más endiablado de los purretes hubiera podido corretear por ese espacio. Fardos y fardos de todo tipo de productos se apilaban contra las paredes, obstruyendo incluso la única ventana del monoambiente. Según su tamaño y consistencia, los paquetes de paquetes ocupaban el lugar de los diversos muebles faltantes, mesa y sillas, repisas, sillón y aun camas. El olor a film adherente sobrepasaba al del picante, y de una comida para ocho personas. 

–Justo estaba necesitando mondadientes –dijo Lichi al toparse con el bulto que no dejaba abrir del todo la puerta, mientras trataba de establecer, no si esa mercadería era legal o ilegal, sino a qué estrato de la ilegalidad pertenecía, para de ahí deducir si al ladrón de ladrones le tocaba el perdón o ya nuevamente la cárcel. 

–¿No me ayudaría a ponerlo allí arriba? –le señaló la otra un hueco entre el techo y un par de torres de trapos de piso. 

A Lichi no le molestó, más bien le resultó un alivio, que la vecina hubiese demorado tan poco en dejar en claro por qué lo había hecho pasar. Caballerosamente se agachó, hinchando el pecho como un levantador de pesas y pidiéndole ayuda con un guiño al más grande de los enanitos, que no debía tener más de seis años. Y mal no le hubiera venido que le dieran una mano, pues la suma de esos elementos sin peso específico individual daban un inesperado y casi inmanejable peso muerto. Llevarlo hasta el sitio indicado le costó más que la noche anterior arrastrar a su padre borracho hasta la cama, por muy flaco que fuera. 

–¿No escuchó nada anómalo hace un momento? –preguntó con voz agitada por el esfuerzo, en parte también para recuperar el aire antes de irse. 

–Oí un grito –asintió la Blancanieves morena tras un momento de vacilación, tal vez generada por la anómala palabra que había elegido él para referirse a un ruido raro o extraño– Debe haber sido la tarada del segundo. Parecía que la estaban matando. Por eso pensé que podía ser mi ex marido que se había confundido de piso. 

Lichi se despidió tocándose la gorra que no tenía puesta y subió el piso de diferencia por las escaleras. Eran tres los departamentos que daban hacia el lugar del crimen (acústicamente hablando) y no supo por cuál empezar. Recién cuando tuvo que prender por segunda vez la luz, le llegó la iluminación: si la peruana había dicho que su marido se podría haber confundido, el departamento sólo podía ser el inmediatamente superior. Tocó el timbre.

Enseguida oyó un gemido que era sofocado con corrimiento de cosas. En un departamento contiguo empezó a ladrar un perro. Volvió a tocar, acercándose instintivamente a la mirilla, como si por ella se pudiera ver el interior. Por eso quizá no se sorprendió tanto de que ese fuera el caso: la habían colocado al revés (¿o estaría al revés la puerta?). Igual no vio mucho, apenas un pasillo y al fondo las piernas de una persona en silla de ruedas. Las piernas desaparecieron y en su lugar se fue acercando un hombre calvo de barba abundante. 

Cuando al fin le abrieron, se había vuelto a apagar la luz (más que un timer le habían colocado la próstata de un anciano, imaginó pensando en su padre, que acaso en ese mismo momento estuviera levantándose a orinar, si es que la borrachera se lo permitía). La luz que venía del otro lado del departamento, aunque tenue, no le dejó ver la cara que puso su vecino cuando le explicó que había escuchado gritos y venía a cerciorarse de que no hubiera ocurrido ninguna desdicha (la palabra correcta habría sido desgracia, pero era de las que le costaban pronunciar). Habría sido importante poder verle la cara porque el hombre no contestó. 

–¿Puedo? –exigió Lichi, olvidándose de que no tenía el uniforme puesto, por ni hablar del encargo de allanar un domicilio o el permiso de un juez para hacerlo (pero eso sí que hubiera sido buscarle lo que se dice el pelo al huevo… del boludo). 

Demoró unos segundos más en entender que el otro no entendía castellano y le dio una primera lección, tanto del idioma del país como de su idiosincrasia, abriéndose paso sin más formalidades. A diferencia del departamento de arriba, éste se encontraba casi vacío, apenas si tenía unas telas colgando de las paredes y un par de alfombras en la base de mueblecitos endebles, como hechos de escarbadientes. Sin embargo, la opresión que reinaba en el ambiente era mucho mayor, casi insoportable. Lichi la sintió en el estómago y en el pecho, antes aun de que se potenciara al asomarse a la cocina y ver la silla de ruedas, embutida ahora entre la heladera y una mesa rebatible de fórmica descascarada. Las piernas flacas y desnudas hasta los muslos que en Lichi habían despertado algún ramalazo de fantasía erótica (que jamás confesaría, ni siquiera a sí mismo) pertenecían a una muchacha con los miembros y el rostro desfigurados por una horrible enfermedad, de esas que Lichi se congratulaba de ni siquiera saber el nombre. Tenía el pelo cortado de cualquier manera, la mirada perdida en el techo, la boca babeante y como único rasgo vivaz un aro verde que le colgaba de un lóbulo horriblemente inflamado. Lo que a primera vista parecía un cinto, ciñéndole casi a la altura del escuálido pecho su túnica también verde, enseguida se reveló como una faja que la mantenía atada a su silla precaria, de obra social. No había forma de dudar, en cambio, de que eso que le tapaba la boca era una mordaza casera. 

–Ella quería –apareció de pronto una mujer, que aun cubierta por un velo delataba ser la madre de la muchacha. 

Conmovido por el hecho de que los rasgos parentales sobrevivieran a una enfermedad tan deformante (¿sería también por eso que se las llamaba genéticas?) Lichi tardó unos segundos en entender que la señora sí sabía el idioma, no como su marido, y que le estaba dando explicaciones antes de que él se las pidiera. Estuvo tentado de preguntar qué era lo que había querido la pobre muchacha, si que la ataran o que la amordazaran o ambas cosas, pero la formulación volvió a provocarle una puntada de goce oscuro, infame, y calló avergonzado. 

–Ella quería –repitió la madre como un mantra, o como se llamara en su país a los rezos repetidos–. Ella insistió.

Mientras procedía a desatar la tela que le cruzaba la boca a su hija, despacio y como midiendo si ella entendía que debía comportarse porque había visitas, el padre le ofreció té en una tacita diminuta que parecía haber sacado del bolsillo, como ciertos mozos el plato de ñoquis o milanesas con fritas casi antes de que uno termine de pedirlos. Parecían sentir tanta culpa por el estado de su hija que Lichi empezó a sentirla también, pero aplicada a su propia presencia en el lugar. Habría huido de inmediato si el gentil tecito no lo hubiese amarrado a la situación con lazo más insalvable, a su sutil modo, que la faja para los débiles y retorcidos brazos de la gritona. 

–¿No les llamó la atención accionándose hace un momento un sonido como de pistola? –aprovechó entonces para interrogar a los posibles testigos. 

–La que tiene un arma es la loca de abajo –dijo la madre, casi con el mismo desprecio con que la otra había hablado de su hija. 

En ese momento volvió a escucharse un tiro, mucho más fuerte que el anterior, por lo que Lichi dedujo que debía venir de más arriba todavía (aunque es el sonido el que sube). Apuró la tacita (dejar a medio consumir un recipiente tan pequeño se le antojó que podía ser tomado por una afrenta imperdonable en la cultura de esa gente) y se despidió de la familia. La seguridad de que se toparía con varios vecinos, todos preguntándose qué había pasado o incluso parados alrededor de un cadáver, intensificó la oscuridad y el vacío con que se encontró en el pasillo. Frente a la disyuntiva de la escalera pensó por un instante en olvidar el asunto y volver a su departamento, al menos para cerciorarse de que su padre llegara al baño y no le manchara la cama. 

Fueron más bien las piernas las que les dieron al cerebro la orden de seguir subiendo y llevar el asunto hasta sus últimas consecuencias, como se dice, aunque el verdadero extremo era más bien el origen de toda esa insensatez. ¿Quién quedaba, no digamos en el rubro policial, sino en cualquier otro, excluyendo al de las maestras rurales, que aún actuase lo que se dice de oficio? Lo más parecido que conocía Lichi a hacer lo que se debe hacer sin que nadie te lo exija ni te vaya a reclamar en caso de abstenerte era el así llamado trabajo a reglamento, al que acudía sobre todo el gremio de los choferes a modo de protesta cuando pedían aumentos de salario. Cumplir con las propias obligaciones era en ese país una paradójica manera de hacer huelga. 

En el tercer piso, la lamparita del pasillo no trabajaba ni a reglamento. La única luz era la que proporcionaban los visillos, tal vez estuvieran todos al revés. Todos menos uno, notó Lichi, y no porque estuviera en la posición correcta, sino porque la que estaba ladeada era la puerta misma. Se acercó y la empujó como para entrar, pero cuando bajó la vista vio un hilo de sangre corriendo por el piso. Siguiendo el hilo hacia afuera notó que enseguida se espaciaba hasta transformarse en gotas en fila y concluyó que esa debía ser la dirección que había tomado el acuchillado, luego de taparse la herida. 

El caminito conducía a las escaleras nuevamente, no del lado que había emergido él sino del que seguía hacia arriba. Terra incognita para Lichi, que nunca había pasado de su primer piso, de ahí que tendiera naturalmente hacia las escaleras y no hacia el ascensor, como cualquier hijo de vecina (del segundo piso para arriba). De ahí también que al llegar a la terraza y no ver a nadie, pero sí la ropa recién colgada y goteando, se sorprendiera de no haberse cruzado con ninguna persona en la escalera. Siguiendo el impulso que lo había hecho ascender los tres pisos al trote, revisó la terraza de punta a punta, lo que tampoco era tanto decir, pues el tamaño de los seis departamentos más el pasillo debía equivaler al de un solo departamento de familia en un barrio más acomodado, es decir casi cualquier otro de la capital. 

Se reclinó a descansar sobre una de las barandas, sacó un cigarrillo, buscó encendedor, no encontró pero igual se lo puso en los labios, succionó por acto reflejo y hasta llegó a sentir el humo entrando en los pulmones. Era el colmo de la sugestión, luego de haber buscado al dueño de la ropa como si colgarla en la terraza fuera un delito (lo era, en cierta forma, o en todo caso se había discutido ya varias veces en las reuniones de consorcio la posibilidad de clausurarla, debido a que los vecinos subían con tacos o elementos punzantes y agujereaban la membrana, pero aun así no se justificaba actuar de oficio en este caso). Y no le podía echar la culpa de su sugestión a la sangre, pues a más tardar bajo la luz externa se había revelado como agua ennegrecida por alguna prenda de mala tintura. 

Haciendo como que fumaba, Lichi se quedó un momento más a contemplar la calle de su edificio, tanto más desolada y gris un día domingo si se tenía en cuenta que durante la semana era un colorido caos de tráfico, mercadería, changarines y clientes. El bullicio diurno era tal que de alguna manera reverberaba aún en los grafitis de las cortinas metálicas, en los carteles gritones proyectándose como lanzas hacia el asfalto, en las veredas sucias y rotas por el uso. Bien mirada, la calle no estaba vacía sino llena de vacío, tumultuosamente solitaria, como un teatro horas antes o después de la función. ¡Esa calle era un cigarrillo sin encender! O un cigarrillo electrónico trucho, de los que vendían precisamente en esos locales. 

En ese tupido silencio Lichi fue testigo cenital de un robo a mano armada. Una chica que pasaba caminando era sorprendida de pronto por dos delincuentes que se materializaron de la nada (por muchas similitudes que en ese país se le viera a la policía y a sus contrincantes, en eso sí que eran lo opuesto, pensó Lichi, pues la ley se anuncia con sus patrulleros ya desde lejos, como ahuyentando cualquier peligro, y después nunca termina de llegar). Mientras uno de los jovencitos le apuntaba con una 22 menos verosímil, incluso a la distancia, que las que se ofertaban en plástico detrás de las cortinas metálicas, el otro le quitó el celular y la cartera, que revisó con la velocidad de un agente aduanero sin ganas de trabajar, pero encontrando enseguida todo lo que quería. Quince segundos más tarde se habían evaporado y la muchacha, con la boca abierta aún para un grito que nunca atinó a dar, tropezó con una baldosa levantada y casi cae a la calle. Pero ni siquiera ese peligroso tambaleo despertó en Lichi el impulso de ir en su ayuda, tal vez porque todo se había desarrollado en el mayor de los silencios, como en una película vista sin volumen. Vio alejarse a la víctima como si nada hubiese interrumpido su paseo y tiró el cigarrillo por la borda de la terraza como si realmente se lo hubiera fumado. 

Bajó las escaleras asombrándose con cada peldaño un poquito más por su pasividad ante un delito concreto, a ojos vistas, en medio de su insensata prosecución de uno ilusorio, de oídas. La materialidad de lo que acababa de ver al menos influyó en su interpretación del tercer disparo que escuchaba ese domingo, justo cuando daba la vuelta a la escalera en el quinto piso. Tocó el timbre del departamento respectivo sabiendo que ese ruido no provenía de un arma sino a lo sumo de alguien queriendo imitar su sonido. Le abrieron enseguida, como si lo hubieran estado esperando. 

–¿Vienes por los disparos? –preguntó entusiasmado un joven cubierto con la camiseta del seleccionado colombiano varios talles más grande que su torso–. ¡No sabes la alegría que me das! Estoy haciendo una serie de tutoriales para Youtube de cómo fabricar efectos caseros de sonido, pero caseros en serio, sólo con cosas que hay en cualquier casa. Ya hice lluvia, truenos, carreta, chirrido de gomas y nave espacial, pero no encontraba la manera de hacer un disparo. Porque lo de reventar un globo o hacer rebotar un listón contra una mesa no sirve. Tampoco lo del Zippo o la engrampadora me terminan de convencer para los gatillamientos. Además de quién tiene globos en su casa, ¿verdad? Después de mucho buscar encontré una receta excelente. Pero no me iba a dar por conforme hasta que algún vecino no se asustara y viniera a ver a quién estaba matando. 

Lichi, al que le zumbaban los oídos por la cháchara del caribeño (para él, el caribe empezaba en Rio), puso su mejor cara de boludo (la normal, según le decían) y sacando el paquete de cigarrillos dijo que no venía por ningún ruido, sino por fuego. 

–En la azotea me di cuenta de que me faltaba llama pal fumo –gozó al menos de ese pequeño triunfo que implica hacer que otro se sienta más boludo de lo que se siente uno mismo.

Azorado, pero sin dudar ni por un momento de que le decían la verdad, el youtuber sonidista metió la mano en el bolsillo de su short y extrajo un Zippo. Al chasquearlo un par de veces antes de conseguir la llama ambos se dieron cuenta de que el sonido era exactamente igual que el de gatillar un arma. ¿No eran acaso los encendedores del ejército norteamericano en Vietnam?, recordó Lichi. Con el pretexto de hacerlos resistentes al viento habían creado un arma sonora que debía poner muy nerviosos a los prisioneros de guerra en las sesiones de tortura. Pensó en transmitirle este saber al moreno, pero prefirió trocarlo por uno más cercano a sus intereses. 

–La imitación más acabada del sonido de una pistola es el sonido de una pistola, y acá todo el mundo tiene una en su casa –impartió a modo de agradecimiento una nueva lección de civilidad argentina, justo él, aunque tal vez fuera el más indicado, cada cual tiene a fin de cuentas el maestro que se merece. 

Desistió de subir de nuevo a la terraza y bajó con deliberada lentitud, para aprovechar al máximo el tabaco antes de llegar a su departamento, donde su padre no le permitía fumar. Tampoco le permitía hacer ninguna otra cosa, en rigor, salvo claro está cumplir con su deber filial de cuidarlo, y tampoco a esa tarea se la hacía fácil, más bien lo contrario. Por eso lo había dejado emborracharse una vez más, cansado de buscar y tirar las botellas de Sake que él traía a escondidas a la casa. 

El lento descenso le sirvió además para pensar en el caso del aireluz y terminar de resolverlo. Cuando pasó por el piso de los árabes entendió que lo que quería la hija era ese adorno que le vio colgando de la oreja y que le había dejado el lóbulo como un tomate. Lichi prefería ni imaginar con qué le habrían hecho el agujero, en todo caso estaba claro que a eso se debía el grito desgarrador que había sido castigado con la mordaza. Y cuando llegó al piso de Blancanieves y los siete peruanitos entendió que el bulto que había levantado era seguramente el que se había caído luego del grito, y luego del tiro también. Así tenía que haber ocurrido el crimen, cuyo escenario no era otro que el patio interno de su mente. Él era el culpable y el detective, y bien pensado incluso la víctima. 

Frente a la puerta de su departamento se acordó de mirar por el visillo, no tanto para comprobar que estuviera invertido como para terminar el pucho. Pero estaba invertido, y lo que vio fue espeluznante: su padre se había caído de la cama y la cabeza parecía haber dado contra la silla de hierro que hacía de mesita de luz, en todo caso sangraba copiosamente, tiñendo la alfombra. Por la posición del brazo derecho se podía deducir que invertía sus últimas fuerzas en llegar al celular de su hijo, vaya uno a saber para llamar a quién. 

Lichi, que había estado a punto de tirar la colilla y aplastarla con el pie, la aprovechó para encenderse un nuevo cigarrillo y seguir camino a la calle. De pronto se había acordado que tenía que comprar algunas cosas y supuso que el chino de la vuelta estaría abierto (sus paisanos eran los únicos que trabajaban en serio en ese país). Luego pensó que mejor iba a la comisaría, a ofrecerse como testigo del hurto presenciado desde la terraza. De paso podía contar la historia del patio interno, seguro que sus col, “Red Rug and Gun” (1981 – 1982)egas se la iban a festejar, aunque después lo trataran de boludo (ya le decían Lichi, como si fuera una fruta, así que le daba igual). Lo importante era demorar la vuelta a casa lo máximo posible y que todos supieran que si la había abandonado por un rato sólo había sido para cumplir con su deber. 

    

Natalia llegó tarde al bar pero nos trajo una historia, lo cual fue aceptado como salvoconducto por todos. Esta vez mi hermana no se disculpó por el desajuste horario, sabía que gozaba de nuestra indulgencia hacía ya un par de horas. Al fin y al cabo, todos somos gente de prensa y, en el bar de la esquina, la espera nunca es un problema. Se sentó y comenzó a hablar, cosa muy rara pues usualmente escucha lo que dice Gabriel, cuya gran inteligencia lo ocupa todo. Me gusta mucho oírla. No sé qué hay en su timbre tenue y frío que me adormece. Pero esta vez su voz no era serena, acababa de dejar el periódico y todavía palpitaba en la urgencia de la tinta y la medianoche. Han apresado a un hombre, se le escapó y, por su ansiedad, preguntamos si era inocente. Pero ella respondió casi con una disculpa: Es que no lo sé, dijo y enlazó su mano a la de Gabriel.

Expuso los únicos datos exactos que poseía: la muerte de Rebeca, tan verídica como su proclamación de Reina del Carnaval. Le habían proporcionado las fotografías de ambos sucesos. Pudimos reconstruir entonces un carnaval de baratija, con un corso de extramuro, perdido entre el arenal y la basura, que Rebeca no había alcanzado a protagonizar pues fue asesinada antes. Natalia nos contó de su reinado fugaz y, por su exposición, adivinamos un pueblo aborigen de pobreza infame que, igual que la chica, se dirigía inexorablemente hacia la desaparición. Gabriel la besó en la cabeza, un segundo antes de que mi hermana le soltara la mano y dijera, no sin cierto suspenso: Nadie podía prever lo que tenía preparado el destino para la Reina, menos aún cuando la eligieron.

Aquel día se había presentado luminosa con el cabello suelto y liso, la risa fácil y un clavel rojo atado a la pretina de los pantaloncitos cortos que destacaban sus caderas evidentes. Rebeca tenía catorce pero hacía mucho que había dejado de ser una niña. Quizás no había tenido niñez alguna y había nacido directamente en la vida adulta, pensé, mientras Natalia explicaba, según le habían dicho los expertos, que la chica provenía de una cultura originalmente concupiscente. Tratamos de desentrañar que querían decir los expertos con “concupiscente” y tradujimos así: un pueblo amazónico de cazadores, nómada, tejedor, en el que las virtudes carnales son virtudes cardinales. Todavía era muy abstracto. Un seno materno, acompañado de cantos femeninos, en el que los placeres del cuerpo son inculcados a las niñas desde muy pronto. Un tiempo y un espacio narrados oralmente, dijo Natalia, donde la lascivia y el placer no son un pecado sino algo natural, vital. Su aclaración nos llevó por unos segundos al Paraíso y en seguida al Infierno, al recrear este mismo ecosistema en la ciudad, en donde la libertad se vuelve un yugo y se encamina a la más antigua moledora de carne. La pobreza puede molerlo todo: las niñas indias se entregan por exiguas cantidades de monedas, desde edades impronunciables, en los márgenes urbanos. ¿Y cuánto es una cantidad exigua?, pregunté. Natalia contestó sin poesía: Son dos pesos.

Su voz fatigada me hizo pensar en la nieve, en el dolor de mi piel congelada y en la desaparición del hielo convertido en agua. En La Paz. Al contrario que Rebeca, yo había salido de la infancia tarde, cuando me fui a estudiar con mi hermana a La Paz. Es verdad que no era precisamente una niña; lo mío era, en realidad, una adolescencia aniñada de pueblo que yo padecía como una enfermedad. Diecisiete años es un poco tarde para un chica citadina, pero no para una muchacha de provincia, demasiado cuidada y demasiado apurada por saltar.

No podría decir que abrí las alas como lo hacen los pichones cuando están listos. El mío no iba a ser un vuelo a favor del viento y sin batir alas. Cautela es algo que nunca tuve y menos en aquellos días en los que cualquier precaución hubiera sido una afrenta a mi lustrosa libertad. Lo mío iba a ser un vuelo feroz, aerodinámico, en picada; un salto violento hacia lo desconocido, un vuelo rasante por la ciudad, por todo aquello que moría no sólo por ver sino por probar. Sí, los demonios no se los debo a nadie. No hay más responsables que yo en todo esto. Y aunque Natalia se culpe a menudo por haberme llevado a ese lugar, la verdad es que la decisión fue sólo mía. De lo único que he podido acusarla, cuando he tenido ganas de estar muerta, es de salvarme, de haberme puesto la nieve que cogió del techo de un auto en las mejillas para que no me desmayara. La nieve y su voz cada vez más lejana: ¿Qué tienes, nena? ¿Qué te han hecho? ¿Qué les voy a decir a papá y a mamá? Y yo: Nada, no les dirás nada, júramelo.

Natalia prosiguió: Rebeca había sido levantada por el conductor de un taxi que la llevó con la promesa de ir de paseo. Todo esto se supo por boca de otra chica, Angélica, testigo del último momento en que Rebeca fuera vista con vida. Ambas querían subir al auto, pero Angélica no fue porque se le veía ya muy avanzada la barriguita preñada y el taxista no la había querido. ¿Embarazada?, preguntó alguien, como si no pudiera creerlo, no me acuerdo quién. Yo miré instintivamente hacia otra parte. Natalia confirmó: Sí, el taxista no la quiso, a pesar de que días antes sí la había querido. Era asiduo de la Pampa. ¿Y cómo era?, requerimos. Gordo, dijo Natalia, en realidad más barrigón que gordo; grande, en edad y estatura. Angélica había sido precisa: como un abuelo; blanco, igual que el taxi. Casi tierno. Daba más de dos monedas, seguramente, porque las muchachas se pelearon un poquito por subir, además siempre las devolvía con un helado. Pero aquella tarde o noche, fue a eso de las siete y todavía estaba claro, eligió a la Reina por ser la más linda. Rebeca no sólo era más linda, se le había escapado al fotógrafo que iba con Natalia, era el corazón de una sandía muy roja y jugosa; a cuarenta grados de calor, dijo Gabriel.

Gabriel me esquivaba, como cuando cambias de vereda para no saludar a alguien que sabes que te ha visto y que no te quieres cruzar; seguía de reojo mis manos, remachaba mis intervenciones con apostillas de silencio que nadie notaba, excepto Natalia y yo. Desde niña, él veía en mí a una criatura mimada, a una mocosa que le provocaba irritación y ternura. Tendría yo unos cuatro o tal vez cinco años, cuando Gabriel ya venía a casa a buscar a Natalia. No eran todavía novios, pero nos era tan natural que estuvieran juntos como ahora. Gabriel llegaba por las tardes, disparando chistes con la honda venenosa de su humor. Natalia me daba en las manos, a escondidas: ¡Deja ya de sacarte los mocos, cochina! Pero yo no lo podía resistir y me introducía el dedo por la nariz hasta las alturas. El pasatiempo preferido de mi hermana era atraparme y el mío, saborear aquella cosa prohibida e inconfesable. Gabriel no tenía como imaginarlo porque Natalia no me iba a vender jamás; pero entonces yo no lo sabía. Ignoraba muchas cosas, entre ellas, el poder de la lengua. Él había llegado a la hora de la siesta, mientras yo jugaba sentada en el piso de la galería, absorta conmigo misma. Hola mocosa, dijo y yo, al ver sus ojos en la punta de mi dedo, me eché a llorar. Natalia no podía contenerse. Mala, mala, eres muy mala, grité. Gabriel no entendía y mi hermana, hincada de la risa: Que te lo dice de cariño, tonta, no por los mocos.

Alguien preguntó de nuevo por Rebeca y quiso hacer una aproximación sicológica. En esto Natalia dejó que teorizáramos. Cómo describir sin aplanar con lo obtuso de un adjetivo. Alegre y extrovertida, dijimos, no habría podido ser coronada de otra manera. Pero concordamos en que se puede ser alegre de distintas formas. Poseer una alegría corporal que se traduce en un temperamento eléctrico y, por momentos, agresivo, que sin embargo se agota con el esfuerzo de la vida; o una alegría más racional, inoculada rutinariamente, que es más determinante­ que el destino y a la que denominamos vagamente como optimismo. Acordamos que la alegría de Rebeca debía ser un poco intransigente, es decir estaba allí a pesar de todo, y todo era ya un horror en su vida; en cuyo caso, estábamos hablando de una alegría inconsistente y, entonces quién sabe, lo extrovertido en el carácter de Rebeca era una máscara, una defensa. Parecía más adecuado para su edad poseer un temperamento tímido, alegre, sensible a lo inesperado. Para ella inesperado podría haber sido casi cualquier cosa, hasta lo más insignificante: un vestido nuevo, una mesa con mantel, agua caliente, ir al colegio, que le regalaran algo sin que ella tuviera que entregarse a cambio. Callamos.

Natalia dijo que no la echaron en falta hasta que la Policía la encontró en un monte a la vera del camino. Nadie la extrañó porque Rebeca era como un gato, dijo la abuela, siempre se iba y así también regresaba. A Rebeca le gustaba viajar, contó Angélica, perderse. ¿A quién no le hace bien perderse?, pensé, doblada por el frío del aire acondicionado. Por eso tenía sus latitas de pega Hércules en el bolso y se iba lejos. Cuando la reconocieron en la morgue, Rebeca ya no parecía una reina, sin los pantaloncitos cortos ni el clavel rojo, sin el cabello lacio, que en esta hora era una masa; estaba tapada con una bolsa de yute que debió haber contenido papas. La abuela le había pasado las manos ritualmente por todo el cuerpo, sin llorarla. Admitía seguramente que la muerte no necesitaba explicaciones, a pesar de que el sargento se esmeraba en una definición de asfixia y estrangulamiento, dado que no podía asegurarse una violación. Angélica le contó a Natalia que el cuerpo de su amiga tenía la piel pringada de pegamento, el mismo de las latitas, pero en grandes cantidades y que, por eso, apenas pudieron distinguir sus tatuajes, de corazón, de lagartija, de estrella. La carne es triste, susurré, era tan cierto el poema de Mallarmé.

Gabriel esperaba que Natalia entendiera su señal para que cambiara de tema en el momento en que el relato se había vuelto procaz. Pero nuestro silencio absoluto la alentó a continuar.El periodismo puede llegar a ser una enfermedad inmunológica, se había excusado él. Unas veces es sencillo inmunizarse, añadió ella con sarcasmo, pero otras, otras sencillamente te contaminas. Natalia no podía dejar de guerrear con Gabriel, aunque las suyas fueran victorias insignificantes como tener la última palabra en una charla, cerrar con ingenio una frase o ser, de manera general, mucho más atractiva y encantadora que él. De pronto la vi muy cansada. No había dormido bien durante los últimos días y Gabriel, en consecuencia, tampoco. En su insomnio repetido, ella trataba de recomponer el asesinato de Rebeca en su cabeza, pero no lo conseguía. Él, que al inicio la había acompañado, al final le había pedido resignación: duérmete, duérmete ya, mujer. Gabriel se rió. Todos reímos, incluso Natalia, que a esas alturas también estaba congelada.

Aprovechando que destapaban un par de botellas de cerveza nuevas y que llenaban los vasos, escapé al baño. Me senté en el inodoro, aliviada por el tibio y sofocante microclima del excusado, adonde no llegaba el invierno artificial del bar. Sólo en una raza como la nuestra era posible esa curiosidad científica, acaso morbosa, con la que podíamos hablar de una violación, de una muerte, y sin perder el apetito; me pellizqué las mejillas frente al espejo, tras mojarme la cara. Natalia era fuerte para este tipo de historias. Si alguien lo sabía era yo. Allí había estado ella, cargándome en su espalda, arrastrándome prácticamente hasta la parada del bus, porque no teníamos plata, y luego bajándome la fiebre con trapos mojados y mascullando entre rezos: Loca, locas de mierda… Dios te salve… Dios te salve María… Volví a la mesa.

Por lo que estaban explicando cuando me senté –y visto desde el tiempo formal e investigativo–, fue realmente poco lo que había transcurrido desde el hallazgo del cuerpo de Rebeca hasta que la Policía tuvo que acudir a las puertas de la comunidad para apresar al culpable. Unas quince horas como mucho, dijo Natalia. Y el uso del verbo no era accidental: la Policía realmente “tuvo” que acudir porque la comunidad no estaba dispuesta a esperar los tiempos “formales” e “investigativos”. Quince horas nada más, en un país donde la justicia puede tardar siglos. Pero claro, dijo Natalia, el tiempo nunca es perfecto para los condenados… Tampoco lo fue para mi: fue el paso de las horas, dijeron los médicos, lo que le dio a los acontecimientos un curso trágico. Unas horas que Natalia no ha podido olvidar porque perdió la noción del tiempo y fue Gabriel quien la obligó a dejar el cuarto, cogió un taxi y nos arrastró a las dos al hospital. A mí, desvaída, perdida, yerta; y a mi hermana desdibujada y temblorosa, con los ojos vacíos por el cansancio y por el horror de la sangre.

A las tres de la madrugada ya no quedábamos más que nosotros en la barra. El fotógrafo abrió la boca, a manera de epílogo: acostumbrados como estamos a la mierda, dijo, a nadie tendría que sorprenderle el tiempo, sino el modo en que las mujeres encontraron al supuesto asesino. Pero a nadie le llamó la atención. Según le contaron a Natalia algunos testigos que no quisieron ser identificados, ellas estaban echadas sobre los cordones de acera derruidos, cuando vieron venir a un muchacho hacia los márgenes de su territorio. Estaba recién bañado, la camisa dentro del pantalón y una tabla entre las manos. Sin decirse una palabra, guiadas por su saber, se habían mirado en sesgo, como aves. El chico incluso les había sonreído antes de preguntar por Rebeca; y ellas le habían respondido en bandada, con un griterío violento que al poco ya era jauría y al que acudieron los hombres ebrios, ciegos de alcohol, y en ánimo de somanta. Natalia abrevió, condensando el drama: Lo colgaron de un poste, cuya luz amarilla lo dibujaba con si estuviera bajo el reflector de un escenario. Lo demás fue, efectivamente, teatral: hombres, mujeres y niños rodearon al crucificado, exorcizándose la furia, igual que en el Carnaval, mas no bailando sino golpeando aquel cuerpo con piedras, palos y cinturones, en nombre de la Reina muerta.

 Gabriel contó que la Policía había bajado al muchacho cuando ya estaba medio muerto, con la cabeza y el cuerpo vencidos y la ropa hecha jirones. Natalia agregó un dato sentimental: Angélica conservaba la tabla de madera que él había traído como regalo para Rebeca, una tabla de cortar para la cocina de su abuela. Era carpintero, precisó, tenía dieciocho años y medía 1,70. En su declaración, confesó haber pagado por Rebeca dos veces. Cuando estaban acoplados Gabriel y Natalia parecían un dúo de presentadores de televisión. Su ensambladura era perfecta. Por algo habían procreado tres niños. Tres, a falta de uno. Y en cada embarazo, mi hermana y sus ojos infractores, que me miraban como si quisieran evitar hacerme un daño, aunque yo me esforzara en pedirle que no se preocupara, que igual estaba feliz por ella.

En el corazón de un periódico late un reloj, dijo Natalia. Lo dijo avejentada por la hora de cierre, esa noche en que debió escribir el perfil de un asesino y lo hizo sin tener algo en lo que creyera. Es que podría ser un chico que sólo pasaba, le había dicho a su editor; pero no lo sé, nos había confesado a nosotros. Había en su semblante una nube de remordimiento, muy a pesar de que pusiera en sus palabras cierta resignación. Tenía todos los resguardos. Isaac Chingano, Saúl Rosales, Roque Pando, Juan Bustos, Juana Nomine, el Fiscal, el investigador, el cacique, la abuela, todos a quienes había consultado le habían dicho que el caso estaba cerrado, que la comunidad se había pronunciado, que se había hecho justicia porque habían atrapado al culpable. Cómo no va a ser bienvenido alguien que tranquilice, dijo Gabriel, alguien que calme y que permita seguir viviendo. Alguien que te salve, pensé, como siempre había hecho Natalia conmigo; como quería hacer ahora, tratando de convencerlo de que la dejara ser un vientre para mí.

Apagaron por fin el aire acondicionado y al hacerlo se instaló en el ambiente un silencio nítido, casi con eco. Tuve la sensación de que se hubiesen encendido los focos de una habitación en penumbra. Entonces, Gabriel preguntó: ¿Pero cómo supieron que fue él? ¿Qué razón te dieron? Y Natalia respondió con una mueca amarga: Lo supieron porque le ataron a Rebeca una cinta roja en el pie izquierdo, para que trajera al asesino y él fue el primero que llegó, preguntando por ella. ¿Y entonces tú que hiciste?, requerí injustamente, como si mi hermana tuviera que resolverlo todo. Lo escribí, se disculpó Natalia, lo mejor que pude.


*Este cuento fue traducido en: La composición de la sal, Plurar Editores, 2014 © Magela Baudoin c/o Schavelzon Graham Agencia Literaria.