La noticia la trajo Darío, el hijo del panadero. Supimos que algo había pasado en cuanto lo vimos parado en los pedales, acercándose bajo el sol del mediodía. Alguien dijo: “¿Y ese? ¡Si es Darío!”. Estábamos sentados en la terraza, agobiados por el aire caliente e inmóvil que se había instalado la última semana, y lo único que se oía era el murmullo a mar del ventilador. Frente a mí, Clara dormitaba con el vestido enrollado sobre los muslos huesudos y aquel pecho de pájaro embalsamado, raquítico, que se elevaba apenas lo suficiente para dejar entrar un poco de aire. Al lado estaba sentada mamá, toda de negro a pesar del bochorno de la canícula; tenía el pelo levantado con horquillas y su moño parecía una torre mal armada. Más lejos, la Gorda Teresa y su marido, Jesús. Los dos estrenaban ropa, como les gustaba hacer los días de fiesta patria; ella una solera y él una camisa que la Gorda le cosió con el resto de tela que le había sobrado. En eso pensaba yo, justo antes de que alguien, tal vez la propia Gorda, descubriera la bicicleta en el camino. “Sí, dijo Clara después, Darío”. Nos incorporamos un poco, sin fuerza para levantarnos de las reposeras. Mamá se persignó, y en la cara de todos se percibió el desasosiego de los malos augurios.

–Hilda, andá preparándole algo al pobre –dijo mi madre, y acompañó con un impulso de la cabeza.

Enganché los pies en las sandalias y me levanté con lentitud. Los huesos crujieron; había algo dentro del cuerpo que se resistía al movimiento, que amenazaba con quebrarse como una rama seca. Al pasar frente al ventilador, con su aire leve y tibio, me detuve un momento y dejé que el viento me golpeara la cara y empujara el pelo hacia atrás.

A medida que se fue acercando, pude oír el ruido de las llantas en el ripio. Yo lo esperaba en la puerta, con el vaso de limonada en la mano. Darío se detuvo a unos metros de la casa, apoyó un pie en el piso y saltó de la bicicleta, que cayó de lado levantando polvo. “Buenas, señora Hilda”, me dijo de lejos. Estaba hinchado de calor y los ojos se le perdían en la cara como dos orificios hechos a prepo. En la mano sostenía un paquete envuelto en papel marrón. El sol golpeaba con fuerza, y aunque me había resguardado en la línea de sombra que arrojaba el alero, volví a sentir el pelo pegado en la nuca y ese calor dañino que subía de la tierra.

–¿Qué traés ahí? –le pregunté.

Dio unos pasos hacia mí, como indeciso. No sabía si darme la noticia primero, el pobrecito.

–¿Tu madre no te dijo que te podés enfermar a estas horas?

No se animaba a acercarse del todo o bien no sabía qué decir, porque se quedó inmóvil bajo el rayo del sol, erguido y solemne como un soldado, mientras el sudor le chorreaba la cara y empapaba la camiseta.

–Traigo un pan dulce –dijo, y me ofreció el paquete con las dos manos.

Le hice una seña hacia el interior del porche:

–Vení, ¿no querés limonada?

Él asintió y se acercó con pasos temerosos. Me extendió el paquete y una vez que tuvo las manos libres se limpió la frente y los ojos con las palmas extendidas antes de aceptar el vaso. El paquete estaba hirviendo y a través del papel pude sentir el pan aplastado y pegajoso.

–Decile a tu madre que gracias –dije, pero no sé si me oyó, porque tenía la cara encajada hasta las cejas dentro del vaso y la garganta le hacía ruido al tragar.

Cuando terminó, levantó los ojos hacia mí y habló lento, todavía jadeante:

–Él está de vuelta –miró hacia abajo, dentro del vaso vacío, como si esperara algo. Luego revolvió la lengua, que yo imaginé fresca y húmeda, y pareció tomar impulso:–. Se lo dijo el señor Augusto a mi mamá y ella no le creyó pero él dice que lo vio todo el mundo, que está acá, y vivito y coleando. Eso fue lo que le dijo Augusto, y que viene para acá, y que mejor era avisarle a la señora Luisa o le podía dar un soponcio.

–Un soponcio.

–Sí, un soponcio –volvió a decir, y algo en los ojos le brilló, la fugaz ilusión de que una cosa terrible pudiera suceder.

–Bueno, yo le aviso. ¿Querés otro vaso?

Dudó, pero luego negó con la cabeza y miró en dirección de la bicicleta tirada en el camino.

–Gracias por el pan, decile a tu madre. Y vos no te preocupes que yo le aviso.

Eso pareció tranquilizarlo. Tal vez tuviera miedo de que lo arrastrara hasta la terraza y lo obligara a repetir esas mismas palabras frente a mi madre. Entonces el soponcio, un desmayo, un grito descontrolado de felicidad. Llanto, tal vez. Las manos alzadas al cielo, los ojos en blanco, la lengua dada vuelta, ahogando la garganta seca, descreída ya de milagros. Y Darío ahí, como un ángel con sus alas de metal calientes y herrumbradas.

A mí la noticia no me sorprendió; tampoco me había sorprendido la otra, la de su muerte lejana. Será porque desde chica me había acostumbrado a imaginarlo muerto, dentro de un cajón, no pálido ni frío, sino como dormido, con la cabeza rodeada de flores. Eso empezó el año en que a mi madre la internaron en el psiquiátrico de la Misericordia. Mi hermana y yo quedamos a cargo de Fabio. Clara era bebé; no se acuerda de nada. Pero yo sí recuerdo el frío, mi cuerpo tiritando bajo la sábana tensa y blanca. Tenía que bañarme antes de ir a la cama. Fabio dejaba que me enjabonara sola, pero se quedaba en el baño, vigilándome. Hasta ahora tengo que ducharme con la radio prendida para no recordar aquel silencio hecho solo de agua. Después él me envolvía en el toallón y me secaba. A veces, mientras intentaba dormirme, imaginaba a Fabio muerto con una corona de rosas; a veces el cajón era la bañera, a veces yo era la única que lo velaba.

Será por eso que no me sorprendió. Clara sí lo lloró de forma violenta, exagerando cada estertor de su pecho esquelético. Contó a quien quisiera oírla sobre el día en que Fabio la salvó del derrumbe en la cabaña de troncos y no sé cuántas veces la oí decir “Mi hermano era todo para mí”. Mamá, silenciosa y digna, se limitó a ponerse de luto, y todavía hoy, doce años después de aquel simulacro de entierro a distancia, la ropa negra y sufrida que se había impuesto seguía siendo su forma de mostrarle a todos que ella tenía una pena más profunda, más inolvidable que cualquier otra. Pero yo no; yo no me uní al coro de lamentos de las mujeres, la Gorda incluida, y en el fondo siempre pensé que lo único que mi hermano buscaba era librarse de nosotros, de mamá, más que nada, y que todos en el pueblo pensaran en él como en un ganador o un héroe. Ahora se convertía en algo mejor: un muerto resucitado que volvería cargado de grandes aventuras, de relatos sobre cómo la muerte casi lo toma desprevenido.

Me quedé parada en el zaguán mirando a Darío alejarse. En una mano tenía el paquete con el pan dulce, blando y apelmazado; en la otra, el vaso del chiquilín. Los hielos se habían derretido y aproveché para pasarme el vaso mojado por la frente y el escote. Esta vez le tocaba la bajada y apenas se lo veía, oculto tras una nube de polvo. Si pensé en algo, no lo recuerdo. A veces cuando se piensa en mucha cosa, da la sensación de no estar pensando en nada. Sólo sé que esperé ahí un buen rato. Esperé, digo, aun cuando no quedaban ni rastros de la bicicleta y la tierra comenzaba a asentarse, desprovista de misterio.

En la oscuridad fresca y enmohecida del comedor, temblaban las velas del altar. Las llamas habían manchado de tizne la pared y en medio de esas dos columnas negras colgaban rosarios, fotos de la Virgen, crucifijos, pequeños corazones sangrantes coronados de espinas. Más abajo, sobre el mueble, una colección de fotos de Fabio en casi todas las edades, rodeadas de flores de plástico, estampitas, oraciones que los parientes y amigos iban dejando. Si hasta era más lindo muerto que vivo. Si hasta podíamos quererlo más. ¿Cómo estaría ahora? Viejo. Tal vez herido, sin piernas, sin dedos, con un parche en el ojo. O ablandado por los años, desdentado, corroído por la intemperie y la mentira como una lata de arvejas abandonada. Pensé en la lata y me vi a mí misma disparándole en el pecho; tres agujeros bien redondos, mi puntería de antes. El rifle estaba guardado dentro del armario de caoba, abajo mismo del altar; sólo tenía que dar vuelta la llave y esperarlo en la entrada del potrero. Total nadie lo esperaba; nadie iría a buscarlo. Lo vi: una lata vieja y agujereada, y por los agujeros se iban los recuerdos, la posibilidad última de todo regreso.

Dejé el vaso en la cocina, pasé sin detenerme frente al ventilador, subí la escalera hacia la terraza, con la misma lentitud con la que había bajado, y volví a sentarme en la reposera. Con un pie empujé una sandalia que cayó seca sobre el piso; después la otra. Todos esperaron en silencio a que me descalzara.

–Nos mandan este pan –dije, y empecé a desenvolver el paquete sobre la falda.

–¡Hilda! –dijo mi madre.

A pesar del resplandor, tenía la cara tomada por la sombra.

El pan caliente y roto, surcado de grietas, parecía ahora un cerebro expuesto, una flor terrible y dolorosa.

–Que nos mandan este pan –repetí, firme– y me piden que vaya. Que la hija mayor se separó del marido y el tipo se llevó todo: los muebles, la plata, todo. Quedó arrasada.

–¿Y vos qué tenés que ver con eso?

Me encogí de hombros.

–No tienen a nadie más…

La Gorda fue a decir algo pero Jesús le hizo un gesto para que se callara. Levanté la vista. A lo lejos, en el extremo sur del camino, una figura negra, imperceptible aún para los demás, avanzaba lentamente hacia nosotros.

 

 

 

Montevideo, 2002

El gigante está comenzando a pudrirse y Minerval aún no tiene noticias del hombre que lo está soñando. El programador debe estar enfermo, piensa: si estuviera muerto se diluiría el bosque y luego el sueño entero, como aquella vez que se apagó el cerebro de un viejo con ella adentro. Pero sobre todo piensa que está enfermo porque los objetos que ella recolecta se almacenan sin ser impresos. El gigante se pudre y los objetos se desarman como si fueran también formas vivas.

Así se define el programador: Robo objetos de los sueños de las personas y los imprimo en tres dimensiones. Para eso programó a Minerval, como pescadora de perlas en un mar de cerebros. Geógrafa de los sueños, prefiere definirse ella: no puedo salir pero sí ampliar los límites de mi mundo. Cada noche es una exploración, como si saliera humo de los poros de la tierra caliente y sólo pudiera aclarar la bruma de un paso a la vez. Primero los sueños de las personas del edificio, luego de la cuadra, después del barrio, pero sobre todo de la cabeza de su propio creador. Ahora esa cabeza está fallando, y Minerval no sabe qué hacer.

Encontró al gigante por azar, hace dos noches, aunque en el terreno de los sueños el azar es discutible. Ahora lo encuentra gracias al olor. El gigante cayó de costado, en un claro del bosque cerca de un poblado de carpinteros. Las cuencas de los ojos están vacías y llenas de hormigas. Los ojos debieron haber tenido el tamaño de un panal de abejas excedido de peso, de los que quedó apenas una miel sanguinolenta. Un niño podría dormir dentro de esa cavidad. Minerval intenta escalar a lo alto del gigante, pero la carne está resbaladiza. Sería ideal imprimir esta calavera en tamaño natural, piensa, ¿pero cómo la recolecto, qué máquina titánica podría imprimirla? Luego recuerda: el programador está enfermo, quizás moribundo, y todo esto es resultado de la fiebre.

La asustan los momentos en que el sueño se vuelve inestable, como un rayo silencioso que durante unos segundos derrite a todos los participantes del sueño sin que lo noten. Se derriten las caras de los carpinteros, la carne pútrida del gigante, los árboles ennegrecidos. Durante medio segundo todo se confunde: el bosque, el poblado, los animales y las piedras. Luego todo vuelve a la normalidad sin que se hayan dado cuenta ni los vivos ni los muertos, sólo ella. Estas interrupciones ocurren cuando el soñador se despierta, y cuando se vuelve a dormir. Entretanto los soñadores y sus sueños siguen con sus vidas, cada cual por su lado, hasta que a la noche el soñador retorna al amplio mundo inexplorado de sus sueños. Por la frecuencia en la que estos cortes ocurren, Minerval sabe que el programador se sobresalta una y otra vez, sin lograr despertar del todo su fiebre pantanosa.

Ignorantes de su inestabilidad, un puñado de carpinteros se acerca a Minerval. Hicimos venir a un padrecito de otro pueblo, dicen, tardó varios días en llegar. Es un viejo sin piernas, que avanza a brazos de sus compañeros. La mira con curiosidad durante un instante (¿qué es lo que ven cuando me ven?, piensa Minerval) y luego torna su mirada al gigante. Déjenme tocarlo, pide el padrecito Niebla. Lo depositan en el suelo de pinochas, junto a la boca del gigante. Con una mano llena de talco toca la lengua hinchada que sobresale entre los dientes. Tenemos que enterrar al gigante antes de que sea tarde, le dice Minerval, se está pudriendo y los va a envenenar a todos. Es difícil, contesta el padrecito Niebla con lágrimas en los ojos, porque este gigante era el dios de este lugar. Fuera de él no hay nada, y si él muere nosotros morimos con él.

 

¿Adónde voy?, pregunta Minerval. A cualquier otro lado donde sepan qué tenemos que hacer, responde el padrecito Niebla. Antes de que se lo lleven en brazos saca cuchillos y tenazas de su delantal. Yo también soy carpintero, dice mientras arranca uno de los dientes del dios. Para que te crean, le dice. El diente ocupa la mano completa de Minerval y está picado por dentro. Una interferencia en el sueño licúa durante un segundo la pieza dental, su brazo y el padrecito, cuyo cráneo se derrite y se vuelve a componer un instante después sin que lo haya notado: le desea suerte. Para que no le pese tanto durante el viaje, en cuanto Minerval queda a solas almacena el diente junto a los objetos que recolecta para imprimir en tres dimensiones. Las manos le quedan manchadas del talco del padrecito Niebla, y con el paso de las horas se le manchan también la cara y el torso.

Los carpinteros la envían con los herreros y los herreros con los pescadores, y luego hacia donde el soñador nunca llegó a visitar. El bosque da lugar al desierto de piedra y la piedra finalmente se escarpa al encontrarse con el mar. Más allá, por intermedio de un bote cedido por los pescadores, crece una ciudad. En el bote encuentra una red hecha de espinas de pescado y también la almacena. El programador supo transmitirle el placer de encontrar un objeto hasta entonces inexistente. El que más le gusta es una manta hecha de abejas que se juntan y se separan, un enjambre cálido que protege a quien lo porta. Las abejas son doradas y se comunican entre sí, incluyendo a la propia Minerval. Cuando hace frío se lo calza, últimamente cada vez más agujereado. El clima dentro de cada sueño es aleatorio y no obedece reglas que pueda entender un programa como ella.

Su trabajo es desvalijar sueños. Los de los niños son los más fructíferos, como un torrente que lo arrastra hacia la cueva del tesoro. De ahí obtiene sus mejores trofeos: los más raros, los más peligrosos, los que conserva para ella. También explora a los animales, pero sus sueños son más confusos y le rompen el código. En esos casos regresa al sueño principal embarrada mentalmente y agotada físicamente, pero la exigencia rinde y la impresora fabrica piezas cada vez más sofisticadas.

Luego el programador vende los sueños impresos en tres dimensiones y los clientes compran sin saber qué les resultaba tan fascinante de esos objetos extraños. Son a la vez decoración, utensilio y arte. De vez en cuando, alguien compra el producto de su propio sueño y lo ubica, entre complacido y perturbado, en un sitio privilegiado del departamento. Cuando eso ocurre Minerval hace una especial guardia nocturna: sin excepciones el objeto vuelve a aparecer en los sueños de su creador, pero esta vez como visitante del mundo real. Ése es el mayor orgullo de Minerval, que se dice: yo lo volví real, yo lo tomé y lo introduje de regreso, yo soy la verdadera artífice.

Pero desde que enfermó el programador ya no puede visitar los mundos de otras personas: si se muere, como el gigante, ella se muere con él. Está encerrada por propia voluntad en ese mundo, inmenso pero fruto de una sola persona, su creador, y esa cercanía excesiva la termina asfixiando. El tiempo transcurre pero se le aplana en un presente constante, barroso, y con el olor a muerte que despide el diente cariado del dios.

 

¿Alguna vez soñaste una y otra vez con la misma ciudad, que no existe salvo en tus sueños? El programador sí, y a esa ciudad llega Minerval, en la hora azul en la que ya no es de noche y todavía no salió el sol, aunque las maderas del puerto están calientes como si fuera mediodía. El programador sueña tan seguido con esta ciudad que los bordes del sueño están desgastados y se ven a trasluz, mientras que las zonas que dejó inexploradas comienzan siendo un gris opaco que Minerval debe despejar con cada paso.

La ciudad está amurallada, y no logra encontrar una forma de entrar sin ser vista. Como programa carece bastante de flexibilidad para abandonar la forma humana, presumiblemente porque el programador quería privilegiar la búsqueda de objetos. El guardia de turno abre el portón con una llave cuyas muescas imitan una mano con la palma extendida. Está abombado por el calor sofocante y Minerval aprovecha para robarle la llave luego de cerrada la puerta. Es sorprendente la resistencia que ponen algunos sueños para defender sus objetos. Quizás lo despidan por ello, piensa, y después: es sólo un sueño. Le cuesta no sentir lástima por esas criaturas, sin lograr dilucidar si son más o menos reales que ella.

Sabe a quién buscar: un mercader de las orillas le recomendó antes de embarcarse que visitara a un experto en dioses que le solucionó un entuerto por una ofrenda fallida. A cambio del consejo Minerval le dejó uno de sus objetos más preciados: un peine con cerdas vegetales que limpian el pelo mientras lo desenredan; al fin y al cabo ella nunca lo usaba y las cedras comenzaban a desprenderse.

Las interrupciones del sueño suceden cada vez más seguido: mientras cruza una puerta Minerval deja de estar en la ciudad para aparecer en la selva, y para cuando la termina de cruzar está una vez más en la ciudad. En los últimos minutos antes de despertar el sueño entra en tal caos que todos sus elementos se entremezclan: el ala de un avión se transforma en un puente, la lluvia en pastizal, los animales en tus seres queridos. Pero el programador sigue sin despertarse y cada vez hace más calor, como un fuego que derrite los ladrillos del callejón y sume en un estado soporífero al teólogo, que cabecea embotado en su silla de cuero.

Minerval lo cachetea y de las mejillas del teólogo se desprende una nube de talco. Cómo hago para enterrar a un dios que murió en los sueños de su creador, le pregunta el programa. El teólogo la mira, los ojos transparentes: cada sueño tiene su propio dios. Pero éste se murió, le responde Minerval, yo lo vi pudrirse. Los dioses no mueren, dice el teólogo, sólo se reemplazan. Hay que juntar el alma del dios muerto y trasvasarla antes de que se pierda. Cómo hago eso, le pregunta Minerval. El teólogo señala un sagrario traslúcido, donde se exhibe una espátula labrada en plata: uno de sus lados es más hondo que el otro. Minerval la almacena junto con el resto de sus objetos. Una nueva interrupción del sueño disuelve el techo: no voy a llegar, piensa ella. ¿Esto significa que sos el Minerval?, pregunta el teólogo con la cara derretida, pero esta vez la interrupción continúa y los ojos de vidrio se caen de las cuencas.

 

Minerval se deshace de sí misma, rompiendo su forma humana. El calor ayuda a ablandar su cuerpo y recorre como un espíritu la superficie del agua y del desierto, las velas de los barcos y las copas de los árboles hasta llegar al corazón del bosque.

Para cuando llega Minerval el cadáver del gigante ya es un esqueleto cubierto de gusanos. Los sacude con la mano (se funden por momentos con el tronco y el esqueleto), despeja la osamenta de las arañas y las raíces. Desliza la espátula por los huesos divinos: el alma es untuosa y se acumula del lado hondo como crema. Las hojas se prenden fuego. Y ahora qué, se pregunta. Los árboles se derrumban, el costillar se clava en el suelo como si fueran colmillos. Minerval toma la crema y se la pasa por la cara que ya no tiene, por su pecho de paloma, por los brazos que ya no son exactamente brazos. Luego todo se calma, al fin, como la reverberación circular de una piedra en el agua.

 

Era una de esas fiestas de casamiento condenadas al fracaso, demasiado llenas de tías abuelas viejas y sordas, amigos del padre del novio que habían asistido por compromiso y no veían la hora de retirarse y de niños que no hacían otra cosa más que pelearse entre ellos y llorar. El encargado del banquete, además, no estaba poniendo a disposición de los invitados todo el vino que habían acordado previamente y que el padre de la novia había pagado por adelantado. Márgara tuvo dos crisis seguidas, una detrás de la otra, la primera porque la comida se retrasó más de lo esperable y el pollo  llegó completamente frío a las mesas, la segunda porque durante el vals los dejaron a ella y a su flamante marido solos en el medio de la pista, girando hasta marearse, sin que nadie fuera a rescatarlos. Después se enteraron de que su papá, que era quien debía reemplazar al novio justo en mitad del vals, en ese momento se encontraba afuera, en el patio del club, discutiendo con el encargado de la bebida y contando una y otra vez las cajas de vino y de champan que los mozos comenzaban a descorchar. Durante la primer crisis, Márgara se encerró en el baño y Edith tuvo que acompañarla, la tomó de la mano y le dijo que se tranquilizara, que nadie se había dado cuenta del percance con el pollo, que el del vino era un detalle menor, que esa era su noche y tenía que disfrutar. Después, cuando Márgara ya se había calmado, Edith la ayudó a retocarse el maquillaje, volvió a acomodarle la diadema sobre el peinado y la acompañó de nuevo hasta la mesa central. Para la segunda crisis, en cambio, Edith ya estaba cansada y aburrida y también un poco triste, así que se mantuvo a distancia y dejó que fueran las primas de Márgara las que se ocuparan de ayudar. Se quedó en su silla, arrancando pétalos de las flores del centro de mesa que ella misma había armado y amasándolos entre sus dedos hasta volverlos bolitas negras y gomosas. Márgara la había obligado a sentarse en la mesa de sus compañeras del secundario, un montón de mujeres que Edith apenas si conocía de vista y que no hacían más que hablar de viejas anécdotas que a nadie le interesaban, mientras sus maridos discutían sin ganas sobre fútbol y automovilismo. Para cuando llegó el momento en que los novios salieron a cumplir con la ronda de fotografías, Edith ya había agotado todos los posibles temas de conversación con sus compañeras de mesa, así que abandonó su bombón suizo a la mitad, dejó los zapatos y la cartera al cuidado de la vecina que le había tocado en suerte y descalza y con una copa de vino en la mano, corrió escaleras arriba, al entrepiso que balconeaba alrededor del salón. Fobono había instalado sus equipos de audio y propalación justo detrás de uno de los aros de básquet, en medio del palco central, y desde allí cumplía sus funciones de disc jockey, columpiándose hacia atrás en la silla y tomando cerveza del pico de una botella.

¿Qué hacés, milady?, ¿aburrida ya?, la saludó en cuanto la vio llegar.

Harta, dijo Edith y se acodó en la baranda, a su lado. Desde allí podía ver toda la fiesta: la gente clavando sus cucharitas en el helado, los manteles cubiertos de manchas y migas, los chicos que jugaban en la pista de baile, Márgara y Víctor, puras sonrisas y saludos, peregrinando de mesa en mesa, y el fotógrafo que daba instrucciones, la señora que se corra un poco hacia la izquierda, el muchacho de corbata roja me tapa a los de atrás, los chicos adelante, agachados.

¿A qué hora calculás vos que me puedo ir sin que Marga se enoje?, preguntó Edith.

Conociéndola, dijo Fobono, vas a tener que quedarte hasta el amanecer. O resignarte a que te lo reclame de por vida.

Es verdad, dijo Edith y suspiró.

Abajo, Márgara tironeaba de la nena que le sostenía la cola del vestido y de tanto en tanto, con preocupación mal disimulada, se acomodaba la diadema. Una mujer alta y flaquísima, enfundada en un vestido amarillo, la besó en la mejilla y enseguida le limpió el cachete con una servilleta. Otra mujer, vestida de rosa, le susurró algo al oído y Márgara pareció emocionarse, la abrazó un rato largo y después con las manos se hizo viento sobre los ojos, para que las lágrimas se secaran sin alterarle el maquillaje.

¿Vos sabías que Marga tiene un tío vidente?, dijo Edith

Fobono se encogió de hombros.

¿Vidente? ¿De verdad?

Qué se yo, ella nunca quiere hablar de eso. Supongo que le da vergüenza. Vive en un pueblo, cerca de Villa María. Creo que tiene un programa de radio, o algo por el estilo.

Quién hubiera dicho, dijo Fobono. ¿Y es bueno?

Según Marga, predijo el nacimiento de un ternero de dos cabezas y el fin de la guerra del Golfo.

A la flauta. ¿Está acá?

Estaba invitado, Marga no quería que viniera pero la madre insistió, así que supongo que estará.

¿Cuál es?, dijo Fobono y se levantó de su silla y se acodó junto a Edith, en la baranda. Tenía olor a cigarrillos negros y a transpiración.

¿Fobo, cuánto hace que no te bañás?, le preguntó Edith.

Él se largó a reír.

Ahora se usa así, dijo. A las pendejas les gusta.

Sos un asco, le respondió Edith y se concentró en los invitados. Cuando el fotógrafo y los novios terminaron la ronda por las mesas, había reducido el número de posibles candidatos a sólo tres. Se los señaló a Fobono, desde la baranda.

Opción uno, dijo, el viejito con el clavel en el ojal sentado al frente del padre de Víctor. Opción dos, el señor de negro, en la mesa al lado del baño.

¿Cuál?, preguntó Fobono esforzando la mirada.

El de bigotes con forma de manubrio, fíjate que tiene un pisacorbatas plateado. Estuvo toda la noche con la mina esa de rojo, la que se parece a Mahatma Gandhi pero con vestido.

¿La pelada?

Esa.

Son lo Suarez Masacho, los del show de tango, dijo Fobono. Marga los contrató, bailan en un rato, acá me trajeron el casete para que lo ponga.

Descartada la opción dos, entonces, dijo Edith. Me queda la opción tres, el señor de traje marrón y solapas anchas, el de lentes, que está en la mesa abajo del otro aro.

Fobono tardó un rato en ubicarlo.

Es buena elección, dijo. Hace un rato lo vi hablando con la hermana de Marga y para las fotos lo llamaron y lo pusieron junto a la mesa principal.

Tiene que ser ese, vos mirame desde acá, dijo Edith. Le dio un último trago a su copa y bajó las escaleras levantándose el ruedo del vestido. En su mesa, el señor de traje marrón dibujaba ochos con una cucharita sobre los restos de helado sobre el plato.

Edith cruzó el salón corriendo, se sentó en la silla libre, a su lado y, sin saludarlo, le preguntó si él era el tío vidente.

¿Vos sos el tío vidente?, le dijo.

El señor de traje marrón levantó la vista, la miró con desinterés y, sin soltar la cuchara, hizo que no con la cabeza.

El vidente es mi cuñado, dijo y señaló a un gordo de barba canosa que un par de mesas más allá hablaba con otro hombre, fumaba y se reía. Junto a él, una mujer pequeña y muy maquillada se guardaba el centro de mesa en la cartera.

¿Cuál, el gordo barbudo?, preguntó Edith.

Sí, ese.

Nunca me lo hubiera imaginado, dijo Edith y desde allí le hizo señas a Fobono, en el balcón, para indicarle que se habían equivocado de tío. Después se sirvió otra copa de vino, se acomodó el escote y cruzó la pista esquivando un amontonamiento de chicos que jugaban a la mancha.

 

El tío vidente tenía los cuatro primeros botones de la camisa desabrochados y usaba tiradores. Hablaba y el humo de su cigarrillo se le escapaba por la comisura de la boca y le teñía la barba alrededor de los labios.

Edith se paró frente a él.

Disculpame, ¿vos sos el tío vidente?, le preguntó.

Él mismo, mucho gusto, dijo el tío vidente. ¿Qué necesitás?

Nada, dijo Edith. Quería conocerte, me daba curiosidad. Márgara siempre habla de vos, yo soy su mejor amiga.

Margarita hablando de mí, qué raro, dijo el tío vidente. Pero bueno, cosas más extrañas se han visto. En fin, acá estoy, ya me conocés, yo soy el tío de Márgara, dijo el tío vidente y se quedó callado.

Mientras hablaba, miró brevemente a Edith a los ojos, pero sólo un instante. El hombre con el que el tío vidente había estado conversando esperaba un paso más atrás. Fobono, desde arriba, hacía señas con los dos pulgares en alto. Edith bajó la vista. 

En realidad me gustaría charlar un rato con vos, dijo enrulándose el pelo con la mano. Estoy medio perdida, no sé qué hacer con mi vida y quería ver si me podías dar algunas pistas sobre mi futuro. Te voy a pagar, claro.

El tío vidente se largó a reír. Se reía con toda la panza y como si tuviera un ataque de asma. Sobre el pelo de su pecho, gris y abundante, titilaban mil gotitas de sudor.

No funciona así, dijo mientras buscaba un pañuelo en el bolsillo y se secaba la frente y el cuello. Esto no es una cosa con bola de cristal ni nada por el estilo.

¿Entonces cómo funciona?, preguntó Edith.

De vez en cuando tengo visiones, pero no es nada que pueda prever y mucho menos puedo decidir sobre qué. Por más que quisiera tener una visión con vos, yo no controlo esas cosas, está más allá de mis posibilidades. Así que ha sido un gusto, pero lamento no ser de ayuda, dijo el tío vidente y se dio vuelta y volvió a hablar con el otro hombre.

Edith se alejó. Fobono, en el balcón, le hacía burla y se reía a las carcajadas, así que Edith evitó volver a subir y regresó a su mesa. Se sentó con las compañeras del secundario de Márgara y habló con ellas y hasta hizo de cuenta que le interesaba lo que decían. Después, cuando las parejas salieron a bailar, se quedó cuidando los chicos que se habían dormido sobre las sillas. A la madrugada, ayudó a Márgara a cambiarse para el viaje de bodas y salió con el resto a despedir a los novios en la vereda. Más tarde, mientras se iba, vio al tío vidente acomodando algo en el baúl de un Valiant rojo estacionado a mitad de cuadra. Pasó a su lado pero no lo saludó. La mujer que se había robado el centro de mesa esperaba en el asiento del acompañante, sentada con la espalda bien derecha y las manos cruzadas sobre la falda. Dos nenes dormían en el asiento de atrás.

 

Edith se olvidó del asunto hasta que, un mes y medio más tarde, una mañana en que se le hacía tarde y la enfermera de su padre no llegaba, sonó el teléfono. Era el tío vidente.

Márgara me pasó tu número, le explicó. En realidad, se lo pedí yo.

Está bien, dijo Edith. ¿Qué pasa?, ahora justo estoy apurada.

Tuve una visión donde aparecías vos, le dijo entonces el tío vidente. Detrás de su voz, en la línea del teléfono, se escuchaba a los hijos del tío vidente gritar lejos. Edith se los imaginó peleando en el patio de una casa con limonero y gallinas.

Me habrá quedado tu pregunta en el subconsciente y por eso afloró, dijo el tío vidente. Nunca me había pasado una cosa así.

Edith no supo qué contestar. Había atendido el teléfono de pie junto a la cocina, con los ojos fijos en la pava, esperando que hirviera para prepararle un te a su papá. Apagó la hornalla y se sentó.

¿Qué pasaba en la visión?, preguntó.

Estabas vestida de blanco y había viento, mucho viento, dijo el tío vidente. Vos te subías a un árbol grande, una especie de sauce y el viento movía las hojas. También había un molino y brotaba agua. Un hombre corría desnudo alrededor del árbol. Vos te caías. La visión se terminó antes de que golpearas la tierra.

¿Cómo era el hombre?, preguntó Edith.

Morocho, de piel blanca. Un tipo más o menos de tu edad.

Roberto, pensó Edith, pero no lo dijo.

¿Tenía un lunar en la espalda?, preguntó. 

Si tenía, no se lo vi, respondió el tío vidente.

Edith prendió un cigarrillo.

¿Y qué significa esa visión?, dijo.

No lo sé. Se me ocurrió que tenía que contártelo y que vos le encontrarías la clave. Para eso te llamé. ¿No te sugiere nada?

La última vez que me subí a un árbol era una nena, dijo Edith.

A lo mejor es cuestión de tiempo. Si se te ocurre algo, avisame, dijo el tío vidente y le pasó su número de teléfono.

Roberto, dijo Edith para sí, cuando el tío vidente ya había cortado. Cuánto hace que no sé nada de él.

 

Ese día, en la oficina, Edith no pensó en otra cosa que no fuera la visión: el viento, el árbol, la caída, el molino, el agua, Roberto desnudo, corriendo alrededor. No le encontraba ningún significado, pero tampoco podía sacarla de su cabeza. El domingo fue a visitar a Márgara y a conocer su nueva casa. La siguió por el pasillo mientras Márgara le mostrara las habitaciones, el televisor, los cerámicos que habían elegido para el baño y el lugar donde, más adelante, estaría la escalera hacia el cuarto del bebé y la planta alta que todavía no habían construido. Después,  mientras charlaban en el patio, a la orilla de la pileta, Márgara le preguntó si su tío se había comunicado con ella.

¿Qué quería?, le preguntó Márgara. Me pidió tu número, me explicó que necesitaba hablar con vos.

Edith se encogió de hombros.

Ni idea, dijo. A mí no me llamó.

 

Durante la semana que siguió, el tío vidente telefoneó tres veces más, siempre a la mañana, siempre justo antes de que Edith saliera hacia la oficina. Las visiones habían vuelto. El martes, Edith se le apareció convertida en una estatua de mármol y sumergida en las profundidades del mar, algas oscuras le amordazaban la boca. El jueves, Edith desnuda y sobre la nieve, abrazada a un animal que comía de su vientre, tal vez un lobo, cubierto de sangre. El viernes, Edith en un jardín, junto a un manantial, sus dedos tocaban el agua y de ellos brotaban largas raíces oscuras que subían hasta su cuello y la asfixiaban.

Necesito verte, dijo el tío vidente. Necesito verte pronto. Me están volviendo loco, si estoy con vos las voy a entender, dijo el tío vidente.

¿El hombre desnudo no volvió a aparecer?, preguntó Edith.

Ni una sola vez, dijo el tío vidente. Estás siempre sola.

Edith se largó a llorar.

No me llamés más, dijo y cortó.

 

Dos días después, de madrugada, el teléfono volvió a sonar. El tío vidente había tenido otra visión. Esperaba con el motor del auto encendido y una muda de ropa en un bolso de cuero.

Pasame tu dirección, le dijo. En cinco horas estoy allá.

Dejame en paz, le respondió Edith.

Es importante que te vea. Pasame tu dirección o se la pido a Márgara, dijo el tío vidente.

En mi casa no se puede, dijo Edith. Encontrémonos en un bar. 

Tiene que ser en un lugar privado y seguro. Tenemos que estar vos y yo solos, sin nadie que nos interrumpa, dijo el tío vidente.

No sé, hacé lo que quieras, a mi casa ni si te ocurra venir, dijo Edith y cortó. Apagó el velador, intentó volver a dormir pero no pudo. El árbol y las algas y Roberto y el lobo y las raíces que brotaban de sus manos. No quería pensar en eso. Las sábanas la sofocaban. Se levantó y fue a la cocina y se preparó una taza de café y se quedó mirando los azulejos. Su camisón, húmedo de sudor, se enfrió en el aire de la cocina y un espasmo le recorrió la piel.

Me tengo que ir. Me voy a ir a un lugar donde nunca más me encuentre, pensó.

Su padre la llamó desde la cama. Afuera todavía estaba oscuro, pero él siempre se despertaba muy temprano. Edith le preparó el desayuno y se lo llevó.

¿Quién era anoche al teléfono, a la madrugada?, preguntó el padre. 

Número equivocado, dijo Edith. 

 

El tío vidente le habló desde una estación de servicio, al costado de la ruta. Había tenido otra visión mientras manejaba. Edith se le había aparecido en el asiento del conductor, pálida y cubriéndose el pecho con una bolsa de consorcio.

El tío vidente le preguntó a Edith si estaba bien, si sentía algo raro.

Estoy bien, dijo Edith.

¿Estás sola? ¿Las puertas están con llave?, preguntó.

Estoy con mi papá, dijo Edith. Todo está bien, dijo Edith y miró por la ventana. Amanecía. Los edificios se recortaban como moles negras y rectangulares sobre el cielo de un naranja violento. Hacía frío. Empezaban a llegar los ruidos de la avenida. 

Al tío vidente le faltaban dos horas más de viaje. Le pidió a Edith que le reservara una habitación en algún hotel donde pudiera darse un baño y dormir la siesta. Edith no conocía ningún hotel barato.

Cualquiera, dijo el tío vidente. El que a vos te parezca.

Al final, Edith le indicó cómo llegar a uno cerca del aeropuerto. Era el hotel donde a veces la había llevado Roberto cuando decía que estaba de viaje de negocios.

¿Cuánto sale?, preguntó el tío vidente. 

Edith dijo que no era un hotel caro.

No sé si me va a alcanzar la plata, salí apurado, dijo el tío vidente.

Edith no dijo nada. Después, cuando se hizo la hora, pidió un taxi, se repasó el maquillaje frente al espejo del baño y controló su peinado.

Estoy bien, estoy perfecta, se convenció a sí misma antes de salir. Esto no es nada, va a ser una buena anécdota, Fobono se va a reír como loco cuando se lo cuente.

 

El tío vidente la esperaba en los sillones del hall, frente a la recepción. Ni bien Edith se bajó del taxi la tomó del brazo y la arrastró hacia el interior del hotel. Subieron en el ascensor sin decir una palabra. El tío vidente le cedió el paso y dejó que Edith entrara primera en la habitación. El empapelado era el mismo que cinco años atrás, que treinta años atrás: grandes flores naranja sobre un fondo amarillo. Una habitación pequeña, recalentada, una heladerita disfrazada de mesa de luz, el televisor colgando de un brazo de hierro, un ventana desde la que se podía ver la parte de atrás de una fábrica de barnices y pinturas y el sonido de los aviones haciendo temblar los vidrios tres o cuatro veces por día.

El tío vidente le señaló la cama.

Sentate, ponete cómoda, le pidió. Dame un minuto que voy al baño.

Edith se recostó y escuchó el agua correr y al tío vidente murmurar algo del otro lado de la puerta. El tío vidente salió del baño con una toalla blanca en las manos. Se secó la cara, la nuca, las orejas.

Ahora sí, dijo el tío vidente. Necesitaba refrescarme. Estoy sin dormir. Las visiones no paraban.

¿Alguna vez te pasó algo así?, le preguntó Edith.

Nunca, dijo el tío vidente.

Tengo miedo, dijo Edith.

Te entiendo, dijo el tío vidente y se sentó en el borde de la cama, los hombros caídos, la espalda encorvada. Edith se incorporó.

Quedate, no me molesta, dijo el tío vidente.

¿Qué es lo que viste? ¿Me voy a morir?, preguntó Edith. Sonreía, como disculpándose.

No sé, dijo el tío vidente.

Sería un pecado que te pasara algo, dijo. Sos tan linda. Sos más linda personalmente que en las visiones, dijo.

Gracias, dijo Edith y bajó la vista.

El tío vidente entrelazó las manos sobre su regazo y cerró los ojos. Se quedó muy quieto, allí, en la habitación de hotel. La respiración pesada, un silbido continuo que se intensificaba cada vez que el aire salía de su nariz. La barba húmeda, temblando.

¿Para esto me hiciste venir?, dijo Edith después de un rato.

Shhh, dijo el tío vidente y volvió a cerrar los ojos. 

Calláte, por favor, dijo el tío vidente.

Edith se levantó de la cama y buscó una botellita de whisky en el minibar. Se la sirvió en un vaso de papel.

¿Estás teniendo una ahora mismo? ¿Qué ves?, preguntó.

Hubo una explosión, dijo el tío vidente. Astillas por todos lados. Astillas mortales, como jabalinas. Hay un incendio. El fuego te consume. Sale humo. Mucho. Se te quema la carne. No querés escaparte. La piel se te pone negra, como el papel que arde y se quiebra. Se te ve la carne.

Edith terminó el whisky de un solo trago.

Basta, dijo. Me voy. No quiero saber más nada. 

El tío vidente abrió los ojos muy grandes y se quedó mirándola.

Vos no entendés, dijo. No podés irte.

¿Por qué?

Porque no, dijo el tío vidente y volvió a cerrar los ojos. 

Edith protestó con un bufido y buscó el control remoto, para prender el televisor. Justo entonces oyeron ruidos afuera, gritos, un tropel de gente que corría. La explosión llegó casi enseguida y les destrozó los tímpanos. Se rompieron los vidrios y una viga de madera entró volando por la ventana y aterrizó sobre la cama. Edith gritó, asustada.

Está empezando, dijo el tío vidente.

De la fábrica de pintura brotaba una gran llamarada que se expandía rápido en el aire. Un viento cargado de éter y aguarrás ardiendo les golpeó las pupilas. Flameó hasta consumir las cortinas, la barba del tío vidente, el cubrecama, las flores sobre la pared.

Ya está acá, dijo el tío vidente, de pie, con los ojos cerrados y el fuego a su alrededor.

Edith gritaba y golpeaba la puerta, que estaba cerrada con llave.

¡Auxilio! ¡Ayuda! ¡Socorro!, decía.

El fuego envolvía al tío vidente. Se quemaba muy quieto, erguido y con los brazos al costado del cuerpo.

Edith volvió a aporrear la puerta, hasta que sintió que alguien, del otro lado, le pedía que se calmara.

Hágase a un lado, la voy a abrir, le dijeron y Edith se apoyó contra la pared. La habitación era una sola nube de gas traslúcido pero en llamas. Los bordes de las cosas se volvían oscuros y se derretían.

Ahí voy, gritaron en el pasillo y alguien, del otro lado, golpeó la puerta, hasta partirla. El tío vidente abrió los ojos. Su cabeza era una hoguera negra, la barba y el pelo reemplazados con fuego. Abrió la boca, intentó gritar y quiso abalanzarse sobre Edith, para retenerla, pero se le aflojaron las piernas y cayó de rodillas sobre la alfombra, en medio del incendio.

Edith se quedó mirándolo, horrorizada, hasta que alguien la tomó de un brazo y la arrastró fuera de la habitación. Una gran nube de humo negro bullía en el pasillo, contra el techo. Edith vio gente en cuclillas, tenían los ojos rojos y se tapaban la boca con toallas mojadas. Sin soltarla, el hombre que la había rescatado corrió hacia las escaleras. Bajaron a los salto y cuando llegaron a la recepción se encontraron con un gran hueco que se abría al cielo azul del día. Toda un ala del hotel había desaparecido.

Fue un avión, balbuceaba una mujer herida mientras caminaba por sobre los escombros. Se nos cayó un avión encima, decía.

Fue la fábrica, explotó la fábrica, dijo el hombre, todavía sosteniendo a Edith por el brazo. Tenía puesto un uniforme azul, tal vez fuera el conserje, o uno de los recepcionistas.

Afuera, váyase afuera, le gritó a Edith y la empujó por el hueco en la pared, hacia el jardín. Después volvió a internarse en la humareda.

Edith saltó por encima de los cascotes y las montañas de mampostería y corrió atravesando el césped y la playa de estacionamiento. A lo lejos se escuchaba un avanzar de sirenas y detrás, en el hotel, más explosiones y el calor del fuego.

Edith siguió corriendo.

En el fondo de cieno y guijas de la laguna descansaba el cuerpo de un hombre, los ojos abiertos, como si mirase el sol líquido de un cielo inferior. Un pequeño pez negro y amarillo nadaba al lado de la pierna; otro hurtaba mordiscos a la oreja. Hacía tiempo que yacía ahí, abajo, y su forma quieta era ya parte del paisaje de agua. El semblante parecía estar en paz, pero una curva de asco se borraba y volvía a dibujársele en los labios. El pelo y las algas se mecían al vaivén suave del oleaje. Mientras el fango lo cubría, el cuerpo fue cambiando poco a poco; los ojos, que al principio estaban ahuecados, resalían de la cara hinchada. No quedaba color en las pupilas, que sólo habrían visto oscuridad. El vientre se puso enorme y una noche, del fondo negro, subió el cuerpo lentamente; su huella se borró del fango, y la carne salió al aire y fue llevada por las olas hasta la orilla.

El comisario de la policía de Flores se inclinó sobre el cuerpo con un pañuelo apretado a la nariz. Pocas cosas le disgustaban tanto como una muerte sin motivo, y sus ojos inyectados buscaban, lentamente, algún indicio de violencia. Nada descubrió; sólo las huellas de las manos de los pescadores que lo hallaron y lo sacaron del agua, y las mordidas de los peces en la cara y las manos, cerradas en puño. El comisario ordenó que las abrieran: en una, no había nada; la otra tenía un poco de tierra y una piedra. Por la estatura parecía que era un extranjero. El comisario irguió la cabeza y dobló el pañuelo.

Richard Ward, norteamericano, de cincuenta años, había llegado hacía nueve meses al Petén. Había comprado un terreno a orillas de la laguna de Itzá, donde hizo construir una casita. Tenía la intención de retirarse a vivir allí con su mujer, Lucy, que aguardaba sus noticias en Wisconsin para reunirse con él. Dos semanas antes de que el cuerpo fuera encontrado, Richard Ward había sido visto en algún almacén de Flores, y después había desaparecido. Su sirviente, Rafael Colina, fue conducido a la comisaría, donde lo interrogaron inútilmente. En vano se registró su choza, en el terreno de Ward. Lo tuvieron preso algunas horas, y después de darle los palos rutinarios, le dejaron salir.

Lucy Ward llegó a Flores un húmedo domingo de septiembre. Era gorda, con cierta gracia en los miembros. En la comisaría le entregaron la cajita con las cenizas: «37», se leía en la tapa; «Sr. R. Ward». Un auto de la policía la llevó hasta el terreno, donde la esperaba Rafael.

Recorrió la propiedad, examinando el paisaje con los ojos atentos de quien mira un cuadro abstracto que no llega a comprender; se dio cuenta, con sorpresa, de que le gustaba. Entró a ver la casita, y decidió pasar allí la noche. Más tarde, antes de dormirse, pensó en su esposo, y le agradeció el haber encontrado ese lugar. Probaría a vivir allí algún tiempo.

Desde el principio fue como si la ausencia de compañía humana, que había temido extrañar, hubiera sido suplida por la vida febril de las plantas, por la actividad de los insectos, y por la presencia tenue de Rafael. Poco a poco iba descubriendo los pequeños milagros de la selva, y aprendió a aceptar las inconveniencias; las hormigas ubicuas, el sudor eterno, los mosquitos del crepúsculo y del amanecer.

Por las noches, después de la cena, salía a sentarse en la mecedora, y se quedaba oyendo las voces de la tierra con su metálico ritmo adormecedor. De día le gustaba andar entre los árboles por un sendero angosto que su esposo había abierto. Caminaba hasta cansarse, y se tendía entre las lianas para quedar respirando el olor suave de ramas y hojas muertas. A veces cogía alguna mariposa rara, o cortaba flores sin nombre.

Una noche de lluvia incesante, el ruido del agua en el techo de palma no le dejaba dormir, y por primera vez la inquietó la muerte de su esposo. El miedo fue entrando en ella como el agua que comenzaba a colarse en el cuarto. Una gota gruesa cayó junto a la almohada; empujó la cama al centro del cuarto. Relampagueaba. Poco antes de quedar por fin dormida vio, a la luz de un resplandor, a Rafael que la miraba desde la puerta. Abrió y cerró los ojos. Pensó en alargar la mano para encender un fósforo, pero comprendió con alivio que se había engañado; la cara era una mancha en la madera. Respiró profundamente y se hundió en el sueño.

Por la mañana, el sol ya en lo alto, abrió los ojos y oyó a Rafael que trabajaba en la cocina. El aire era dulce con el olor a maíz. Agujas de sol entraban por las rendijas, se oía una mosca que zumbaba. Hizo la cama y se vistió para salir.

Buenas, le dijo Rafael, enseñando los dientes amarillos. Lucy salió de la cocina y fue a sentarse al corredor.

Rafael puso la bandeja en la mesita al lado de la silla. Estaba sirviendo café cuando ella volvió la cabeza para mirar a lo lejos y dijo en voz baja: Estaba pensando en don Ricardo. Él la vio con sorpresa un instante; apartó los ojos e irguió la cabeza. Don Ricardo, dijo. La luz jugaba sobre la laguna. Lucy anduvo hasta la punta del muelle y se tendió sobre una toalla a tomar el sol. Pensaba en el pasado como en algo vacío e impreciso; la memoria se derretía en el calor.

El sol le quemaba la cara. Oyó a Rafael que empujaba su cayuco al agua, y se incorporó para verle remar junto al muelle.

Voy a ver si hay pescado, le dijo, y siguió remando hacia la otra orilla.

Se acostó de bruces. Estuvo mirando las flores blancas bajo el agua, y después cerró los ojos para dejar de pensar. El calor se hizo intenso. Se tiró al agua y nadó de arriba abajo frente al muelle. Volvió a salir y dejó que la secara el sol. Se dirigía a la casa, cuando la puerta abierta en la choza entre los plátanos le llamó la atención. Miró para atrás –el agua quieta– y anduvo a pasos rápidos hasta la puerta. Asomó la cabeza a la sombra interior.

En una esquina descubrió una gran olla de barro, elevada del suelo por algunas piedras; debajo había cenizas y ascuas muertas. Se detuvo helada en el centro del cuarto. Cerca de su cara, suspendido en el aire, un enorme sapo la observaba. Abrió la boca, y Lucy distinguió el bote de vidrio y el hilo que pendía de lo alto. El sapo se movió, apoyando cuatro dedos en el vidrio. El miedo se convertía en lástima. Tocó el bote con la uña, y el sapo subió y bajó los párpados. La tapa había sido agujereada con un clavo, y en el fondo había briznas verdes y una mosca. Lo hizo girar, y acercó la cara para examinar las manchas en la piel del sapo.

Se oyó un lejano ruido hueco de madera. Miró por la puerta el cayuco a media laguna. Rafael remaba de pie, un golpe a la derecha, uno a la izquierda, sin quitar la vista de la orilla. Lucy sintió un hilo que le corrió por la espalda, y vio que el pelo le escurría. Salió de la choza; en el suelo de tierra quedó una figura de gotas de agua.

Esa tarde Rafael le sirvió un cocido de pescado. Ella lo probó sin gusto, y dejó el plato casi intacto. Rafael le preguntó si algo estaba mal con la comida. No, la comida estaba bien; el sol le había arruinado el apetito. En cuanto Rafael se retiró a la choza a dormir la siesta, Lucy entró en la cocina a arreglarse un plato de fruta.

Tendría que hablar con Rafael. Era una crueldad lo que hacía con el sapo. Recordó la piel tortuosa, los ojos tristes tras el vidrio. Sentada en el corredor, estuvo mirando la laguna; pensaba en las cenizas de su esposo.

Dejó la mecedora y anduvo en silencio –había silencio en la tarde– hasta la puerta entreabierta de la choza. Rafael, en cuclillas de espaldas a ella, jugaba con el sapo que había sacado del bote, acosándolo con una vara. El sapo, arrinconado, se hinchaba en amenaza; sobre sus ojos saltaban puntas negras como cuernos.

Retrocedió algunos pasos y llamó con voz fuerte:

¡Rafael!

Rafael se levantó de un salto y sacó la cabeza.

Disculpa, le dijo ella. Necesitaba unos limones. ¿Tal vez podrías ir a la tienda?

Cuando Rafael desapareció por el camino de la aldea, Lucy descorrió el pasador y empujó la puerta. El sapo estaba otra vez en el bote. Desenroscó la tapa, puso el bote en el suelo, y, con el pie, hizo salir al sapo por la puerta. Echó el cerrojo y regresó al corredor. El sol se acercaba al horizonte.

Rafael volvió al oscurecer. No había limones, dijo al pasar frente a ella, y siguió andando hacia la choza. Lucy se quedó mirándolo, meciéndose en la silla. Lo vio abrir la puerta, entrar, y de pronto volver a salir, como si alguien lo hubiera empujado. Buscó de parte a parte por el suelo; tras las matas que rodeaban la choza, al pie de los plátanos, en el arriate del sendero, entre las cañas. Volvió a buscar en la choza, y después se detuvo a la puerta, mirando hacia afuera.

¿Qué pasa?, le gritó Lucy. Lo vio acercarse, baja la cabeza.

 Alguien se metió en mi casa.

Los mosquitos le picaban. ¿Alguien? ¿Cuándo? Rafael miró para atrás. ¿No vio a nadie?

La luna estaba llena, el aire no se movía. Antes de la cena, Lucy salió a mirar el cielo desde la orilla. Sabía que Rafael se resentía por la mentira. Por un momento tuvo el deseo de confesar la culpa, pero por lo pronto el silencio le pareció lo mejor.

La mesa estaba servida. Se terminó el pescado, aunque sin ganas; quería complacerlo. (Ahora sentía lástima por él). Le pidió perdón, en voz baja. Rafael se sirvió su plato y le dio las buenas noches. Cuando la vela se apagó en la choza, Lucy entró en su cuarto.

A media noche un peso en el vientre le hizo despertarse.

Lo sintió subir por el pecho. Era algo frío; ahora andaba por el cuello, y se detuvo en la boca. No podía moverse; sus miembros eran pesados. Y entonces vio al sapo que se hinchaba…

Arrojó las sábanas y saltó de la cama. Un líquido amargo le raspaba el paladar; quería sacarlo. Encendió una linterna y corrió al baño. Se arqueó. Dejó correr el agua y se mojó la cabeza. Se sentó en la alfombra, y después no pudo levantarse. Miraba en el espejo la luz de la linterna.


*El agua quieta by Rodrigo Rey Rosa. Copyright © 1989, Rodrigo Rey Rosa.

Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Ella lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.

Durante tres meses —se habían casado en abril— vivieron una dicha especial. Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.

La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso —frisos, columnas y estatuas de mármol— producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.

En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.

No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.

Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.

—No sé —le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja—. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada… Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.

Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada

El Almohadón De Plumas Y Otros Relatos Horacio Quiroga vez que caminaba en su dirección.

Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.

—¡Jordán! ¡Jordán! —clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.

Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.

—¡Soy yo, Alicia, soy yo!

Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.

Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.

Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.

—Pst… —se encogió de hombros desalentado su médico—. Es un caso serio… poco hay que hacer…

—¡Sólo eso me faltaba! —resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.

Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.

Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.

Alicia murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.

—¡Señor! —llamó a Jordán en voz baja—. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.

Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.

—Parecen picaduras —murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.

—Levántelo a la luz —le dijo Jordán.

El Almohadón De Plumas Y Otros Relatos Horacio Quiroga

La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.

—¿Qué hay? —murmuró con la voz ronca.

—Pesa mucho —articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.

Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandós. Sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.

Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca —su trompa, mejor dicho— a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin duda su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa.

En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.

Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.

Con qué manos podría Edgardo haber cazado un animal, si él no tenía manos ni para el amor, mucho menos para la muerte. Se había vuelto un nulo mequetrefe, sentado todo el día frente a la televisión o en la computadora criando vacas, armando ciudades, conquistando pueblos, robando oro, alimentando a zoológicos enteros mientras al jardín se lo comía la maleza. Con qué manos podría haber matado un animal si sólo mataba monstruos y demás engendros, cables y teclado de por medio. Pero así, en la realidad, ¿matar un bicho duro como ese? Era increíble.

Entró a la cocina muerto de sudor aquella mañana bien temprano y lo tiró sobre la mesa. El caparazón resbaló en la fórmica vieja, y él, cambiando la voz, imitando no sé bien a quién, me dijo:

–Mujer: toma, prepáralo.

El animal tenía los ojos cerrados, yo lo creí vivo y grité no más de verlo sobre la mesa de la cocina, llenándolo todo con la tierra que todavía le quedaba en las pezuñas.

–Saca ese bicho de ahí –dije enfurecida, pero Edgardo, triunfal, en su papel de cazador, no hizo más que reírse con las manos puestas a cada lado de la cadera, como si llevara un par de pistolas de plata, un vaquero de esos que tanto admiraba en su infancia. O uno de sus avatares electrónicos con los que solía disfrazarse para salir a matar en los pasillos de ciudades virtuales. Estaba metido en su papel. –Ja, ja, ja –reía falsamente. Yo ya había dejado de gritar cuando se dio media vuelta, vaquero que acaba de ganar un duelo, y regresó al jardín a seguir luchando contra la maleza. Por fin había decidido limpiar el terreno, abandonar momentáneamente sus juegos.

En este juego yo era su contrincante y había perdido. Mi castigo era ese animal duro como un tanque de guerra que descansaba sobre la mesa. Era como si me hubiese dicho: Ah, ¿no querías campo, pues? Como si me hubiese gritado: ¿No querías volver al pueblo donde naciste? Entonces me dije que el duelo no había terminado y recordé los cuentos de Antonia mientras preparaba los animales que papá traía del monte, hacía tantos años en esta misma casa. Las manos grandes de Antonia degollándolos, sacándoles la piel, arrancándoles los intestinos largos como un chicle infinito. Yo jugaba con ese chicle, y con los pequeños corazones hasta que de pronto todo comenzó a darme asco. A cierta edad fuimos conscientes de que eran las entrañas de los animales, esos que antes papá había matado a fuerza de balas, cuchillos o palazos. Desde entonces me dije que sólo comería pechugas cortadas por otros, puestas en bandejas blancas y separadas la una de la otra con hojas de plástico transparentes. Pechugas rosadas, delgadas, blandas, donde todo vestigio de sangre o vísceras hubiese sido borrado a fuerza de limpieza y agua hirviendo. Toda huella de salvajismo, borrada a fuerza de cloro y hormonas. Mi vida en la ciudad fue vida de pechugas hasta que dejaron de venderlas; o hasta que ya no pudimos comprarlas, da igual. Edgardo se quedó sin trabajo y yo ya estaba demasiado gorda para desfiles o fotos, nadie recordaba que estuve a punto de ganar el Miss Venezuela. Entonces comenzó nuestro declive. El castigo por haberme empeñado en volver a este pueblo era tener que abandonar los filetes cortados por otros o la macrobiótica forzada. Enfrentarme a ese animal acorazado.

«El duelo no había terminado», me dije. Por eso llevé a ese animal horrible hasta la batea. Dispuesta a ganar, le clavé el cuchillo más grande que había en aquella cocina con lo cual me fue imposible comprobar si antes de mi cuchillada, el pobre bicho presentaba algún otro signo de violencia. ¿Cómo lo habría matado, Edgardo, que no tenía pistolas, ni cuchillos, ni palos, tan sólo un rastrillo oxidado y un machete que apenas sabía usar para cortar el monte?

Lo había visto regresar al fondo del jardín, junto al barranco. Lo había visto desde la ventana abandonar su papel de cazador machista y retomar el de granjero, rastrillo y machete en mano. Desapareció de mi vista en ese punto en el que se suponía que debíamos construir las casuchas para los champiñones o cualquier cosa que se pudiera vender. La idea había sido cultivar y vender, pero los días pasaban entre el sopor de mis pastillas y la letanía de sus eternos juegos. Pastillas para dormir, para despertarme, para no comer, laxantes, anticonceptivos. Juegos para construir, para destruir, para arrasar y matar. La sangre saltó espesa como aceite, recuerdo. Negra. El caparazón se quebró mucho más fácil de lo que pensaba. Los ojitos seguían cerrados como si nada. Mis manos eran guiadas por mi memoria, por mis recuerdos de Antonia desollando animales. Lo demás, no lo recuerdo. Las vísceras y todo eso… Sólo el placer, la húmeda sensación de la carne por dentro. Un calorcito en las manos que me llevó directo a los días de mi infancia. No era sangre, no, eran los corazoncitos que vibraban en mis palmas de niña.

Miré la batea salpicada de un rojo casi negro y pensé que con qué manos, por dios, podría Edgardo haber cazado un animal como ese, si él no tenía manos ni para limpiar la maleza que amenazaba con tragarnos, incluso a su hijo que aquel fin de semana había venido a pasarlo con nosotros. Había venido obligado, Toño. Luego de un viaje de dos horas, la madre lo había traído hasta acá con un pequeño morral. Bajó del carro con su eterna mala cara y sus audífonos. Edgardo le pidió que al menos se quitara los audífonos para saludarlo. Tenía 13 años y no le hacía ninguna gracia venir a internarse en este campo con nosotros. Se aburría.

–Que te ayude en el jardín –le dije.

–¿Cómo se te ocurre? –me dijo como si fuese algo antinatural, como si más lógico fuera que Toño se internara en sus juegos o sus mensajes– Ya conseguiré a alguien de los alrededores –continuó antes de irse al fondo del terreno, allí dónde nacía el abismo del valle. ¿A qué había venido ese niño? Seguía en su rutina de juegos y correos como si no estuviera aquí, mientras el padre se partía el lomo limpiando.

El duelo no había terminado, me decía yo al tiempo que limpiaba la carne púrpura. Sí, yo había querido venirme, abandonar la mediocridad de Maturín, esa ciudad lluviosa que no nos ofrecía nada, me decía mientras ponía la carne en un nido blanco de sal y trataba de recordar la receta. Edgardo había aceptado sin reparos: cultivar champiñones le parecía el negocio del siglo, sólo hacía falta mierda y unas casuchas húmedas y frías. Lo demás lo haría el clima, el aire frío que daba vueltas entre la montaña y el valle. No lo pensó dos veces, cuando le propuse venirnos y enseguida se le ocurrió lo de los champiñones. El pueblo nunca le había gustado, era verdad. En la farmacia donde me compraba las pastillas siempre tenían a Pink Floyd como música de fondo y eso a Edgardo le parecía una mala señal. En la película que se iba armando en su cabeza éramos una pareja de citadinos que llegan a un pueblo maldito. Pronto comenzaría a salir sangre de los grifos o cosas por el estilo. No es normal, había dicho, esa música en medio de frascos y aspirinas. Sólo por Pink Floyd en la farmacia y la cara del farmaceuta dispuesto a vender cualquier tipo de pastillas sin récipes, ya Edgardo preveía nuestra ruina. Postergaba los champiñones. Sin embargo, no se fijó en aquel animal que había encontrado mientras limpiaba las hojas y el monte. No percibió sus ojitos ya cerrados. Estoy segura que no lo mataron las manos de Edgardo, delicadas, acostumbradas tan sólo a manipular teclados y el control remoto del televisor.

Asar al animal en el grill del horno y no como lo hubiese hecho papá, allá afuera, en la parrilla que ahora estaba tejida de enredaderas.

En la película que yo comenzaba a armarme en la cabeza, las enredaderas nos tejerían piernas y brazos hasta impedirnos salir de esta casa, tejida también en verde. No moriríamos de inanición, sino de abstinencia. Al lexotanil o cualquier otro ansiolítico; a Ages of Empires o cualquier otro videojuego. Tejidos. Toño ni se daría cuenta por los audífonos, por estar ocupado con los mensajes que enviaba y recibía a cada rato, porque era capaz de llegar a un estado de abstracción en el que el hambre o cualquier otra necesidad podían pasar desapercibidas e incluso desaparecer. Sin embargo, apenas lo llamé a comer aquel mediodía, vino corriendo.

–Se fue la luz –dijo como de paso y eso lo explicó todo.

El lugar en que debían ser construidas las casuchas para los champiñones había sido despejado a medias, pero Edgardo tenía el aspecto de quien había limpiado una hectárea completa a pulmón. Estaba sentado en una piedra y se secaba continuamente el sudor con la manga de la camisa, la espalda encorvada y la mirada perdida. El vaquero solitario se había quedado sin vaquero y ahora era sólo solitario. No le dije nada y él tampoco me habló, parecía que la extenuación le impedía hablar. Le di una botella de agua y preparé el terreno para mi victoria: un mantel sobre la tierra, los cubiertos, una botella de jugo y en el centro el trofeo. La carne sobre el plato reluciente, acompañada de arroz y plátano. Con las manos a cada lado de la cadera, como si en lugar de estas caderas inmensas tuviera un par de pistolas de plata, triunfal, le dije:

–Hombre: toma, cómetelo.

Yo quería campo, sí. Quería volver al pueblo en el que nací.

El granjero, es decir, Edgardo, se secó el sudor de la frente, puso una sonrisita avara en los labios y se sentó. Parecíamos una pareja graciosa y compenetrada metida en el juego de la granja. Él comenzó a comer con el hambre que da el trabajo físico. Nunca había comido así, ni en sus días de contador, ni en sus noches de estratega constructor de civilizaciones. Nunca había cocinado yo con mejor sazón, ni en mis días de bulímica ni en mis noches de anoréxica.

Me senté en su piedra mientras él se comía los primeros bocados. Lo miraba sin mirarlo porque en verdad mis ojos estaban en las manos de Antonia, en su figura grande dando vueltas por este mismo terreno, tendiendo la ropa, descuartizando los animales de papá, echándonos cuentos todo el tiempo. Sus cuentos no eran de aparecidos sino de muertes, envenenamientos, abortos. Mamá nos prohibía escucharla, pero era imposible despegarnos de su falda. Antonia, sus manos, sus cuentos y sus recetas. Cuando pudo hablar, Edgardo me preguntó si yo no comería.

–Estoy en dieta –le dije.

–Tú y tus eternas dietas –me dijo y continuó comiendo.

Preferí irme antes de que la ilusión de la pareja graciosa se viniese otra vez abajo con alguno de mis gritos. Quise decir «Y tú, que te conformas con esa barriga que te cuelga», pero en cambio dije:

–Me voy, tengo que servirle la comida a Toño.

Quiso decirme: «¿De qué te sirvieron tus dietas?», pero en cambio dijo:

–Ya viene un muchacho que contraté para que me ayude a terminar de limpiar el terreno –O probablemente sólo quiso decir lo que dijo. Tal vez era verdad que yo todo el tiempo ponía palabras en su boca, frases que él ni siquiera pensaba decir. Lo cierto es que sin las gesticulaciones del vaquero, Edgardo parecía un actor de pacotilla y cualquier cosa que hubiese dicho sonaba a falsedad.

De regreso, le serví un plato repleto a Toño. Se había ido la luz, había dicho antes de sentarse a la mesa y dedicarse a almorzar calladamente. En la mesa sólo estaba su plato. Edgardo comía en el fondo del jardín, seguramente ya había terminado, y yo no pretendía probar ni un pedacito de ese bicho. Toño comió sin preguntar qué era lo que comía. Tan enajenado, seguro pensó que era cochino y apuró los bocados para poder sumergirse nuevamente en su mundo. Había traído un cargamento de baterías por si acaso, dijo.

La batea todavía tenía sangre, pequeñas goticas que habían salpicado aquí o allá y que no habían desaparecido con la primera limpieza. No saldría sangre de los grifos, pero sí de animales encontrados al azar. Con un pañito lleno de cloro me dediqué a borrar la sangre negra y dura. El tiempo también era una gota de sangre coagulada, todo estaba detenido aquel mediodía con cierto aire de acecho, pero a mí no me pareció extraño porque así era el tiempo en el campo, yo lo sabía desde siempre.

Ya le había ganado a Edgardo y a su animal. Ya lo había destripado y cocinado, ya había borrado las manchas de la batea, ya había puesto la armadura del bicho a secarse bajo el sol como lo hubiese hecho Antonia. Toño terminó de comer y se internó en sus juegos o en sus mensajes, en sus audífonos o en sus libros. Y yo me debatía entre servirme de aquella carne o acabar con un paquete de galletas de chocolate chips que tenía escondidas al fondo de la despensa, cuando entró un desconocido a la cocina por la puerta de atrás, que siempre estaba entre abierta. Bañado en sudor, con olor a palo quemado, gritó que se estaba muriendo Edgardo, que había que llevarlo a la medicatura, que corriera. Apenas hacía pausas entre las palabras, apenas podía respirar, el pecho le subía y le bajaba con violencia. Durante un minuto no pude precisar qué era lo que estaba oyendo, sólo me preguntaba que quién era ese hombre, que si sería un asalto, que seguro Toño con sus audífonos no estaba escuchando nada, que me matarían en esta cocina, que se llevarían todo lo que teníamos, pero Toño y Edgardo no escucharían nada. Un portazo, tal vez.

El desconocido me estremeció el antebrazo y repitió la estrofa apresurada. De pronto, la quietud del mediodía se quebró, mi estómago se cerró como un puño: ni carne ni galletas de chocolate chips. Correr.

Corrimos hacia el terreno desmalezado. Estaba cerca de la casa y sin embargo parecía tan lejos. Piedras, ramas, las manos de Antonia frenaban mi paso. Palabras, advertencias, la enredadera que se me tejía rápidamente entre las piernas. El desconocido era mucho más veloz, era ágil y brincaba por sobre los desniveles, las ramas, las matas. Una vez cerca de la piedra al lado de la cual el cuerpo de Edgardo se había desplomado, comenzó a gritar. Está muerto, me dije y detuve la carrera. Bajé la vista hacia el valle. Un barranco verde, un sembradío de naranjos desordenados, la maraña de unas ramas secas.

El muchacho me hacía señas para que lo ayudara a levantar el cuerpo, gritaba que había que llevarlo rápido, que parecía envenenado, que corriera.

–Vamos, corre –gritaba y agitaba las manos.

Yo no podía acercarme al soldado caído, al vaquero asesinado por la punta de una flecha emponzoñada, al granjero atacado por animales salvajes. Su cuerpo tirado en el campo limpio para los champiñones y la voz de Antonia dando una advertencia a mi padre: Comer sólo lo que uno mismo caza. No aprovecharse de la muerte ni de la cacería de los otros.

Con que manos podría Edgardo haber cazado un animal, si él no tenía manos ni para el amor, mucho menos para la muerte. Nunca debí pedirle que se saliera de su vida digital y entrara en ésta de tierra, mierda, serpientes y maleza. Me devolví en lugar de seguir corriendo hasta él. Pensé en Toño, en que nadie lo echaría de menos ni lo buscaría en la casa. Seguro no había escuchado los gritos, metido en su mundo. Quise buscarlo, sacarlo de su cuarto para que me ayudara con Edgardo, salvarlo a él también, pero mi pie trastabilló y caí ladera abajo, hacia el abismo, empujada por el peso de pistolas de plata.

Ella es una señora de barrio, uno se la encuentra en el supermercado, en la cola del correo. Como el lunes, cuando trae al niño, como el martes, cuando nada sus largos en la piscina pública, como el miércoles, cuando busca al niño, como el jueves, cuando hace las compras, y como el viernes, cuando llega con el paquete de la torta desde la panadería. Como tiradas por una cuerda se cruzan las vecinas del barrio con sus vecinas del barrio, y así podría haber seguido hasta el fin de los tiempos, hasta que sucede otra cosa y durante la inauguración de Cindy Sherman en la Galería Sprüth Magers de Berlín la pintora Uta Päffgen dice: ¿Fantasmas son lo que buscas? Pregúntale a Anne, esa mujer puede convocar fantasmas, tiene una conexión increíble con su método. Y así es como arreglamos una cita con la desconocida Anne, ella abre y nos encontramos nada menos que con dicha vecina de barrio. Esos largos pelos rojo oscuro, la mirada brutalmente divertida, el gran corazón en el pecho amplio y el aroma de la mesa del café ascendiendo a sus espaldas. Esta historia es un regalo de la escritora Anne Hahn, la bruja del vino tinto del barrio berlinés de Mitte, la castellana de Goseck, la médium de Magdeburg. Gracias.

Una mujer dotada de poderes sobrenaturales percibe sus facultades ya de joven y juega con ellas. Un día llega al punto en que la invade un miedo infernal y decide abandonar esa tontería para siempre. Y sin embargo vuelve a convocar a los espíritus una y otra vez, porque no puede dejar de hacerlo. Anne nació en 1966 en Magdeburg. Cuando tenía veintiún años y estaba mortalmente aburrida de todo, decidió huir del país. No sabía que los días de la República Democrática Alemana estaban contados, porque casi nunca consultaba a los espíritus acerca de su propio futuro. Era algo demasiado delicado. Tampoco era ella la única de su círculo de amigos que le daba vueltas a la idea de escaparse. Otros habían pedido permisos de viaje y temían recibir malas noticias. Además de que siempre había que contar con los espías. Imagínate que el espíritu dice en una sesión de güija ante todos los presentes que Anne H. ejecutará la semana siguiente un intento de escape exitoso. Por eso es que no podía arriesgarse a echar una mirada a su propio futuro. Anne y sus amigos estaban fascinados por las sofisticadas y maravillosas historias de los espíritus. Una vez hubo un espíritu que había conocido a Bertolt Brecht, y en otra ocasión se les apareció un niño que siempre estaba sentado sobre la rodilla derecha del santo Dios. Todo eso era entretenido y divertido. Mientras que la realidad y el futuro cercano para los jóvenes ciudadanos de la RDA no era ninguna de las dos cosas, ni entretenida ni divertida. De ahí viene que Anne no les preguntara a los espíritus por su propio porvenir, de lo contrario tal vez se hubiera ahorrado la fuga, la detención y la cárcel de la RDA.

Por aquel entonces, Anne no tenía ningún trabajo en Magdeburg, pero tenía amigos. Los amigos tenían vino tinto y el vino tinto tenía una vela y la vela tenía una copa. Formaban un círculo, daban vuelta la copa y la ponían en el medio de una mesa. Luego colocaban muchos papelitos alrededor de la copa: las palabras “sí” y “no” y todas las letras del alfabeto y los números del uno al cien, ordenados de diez en diez. Cada cual apoyaba suavemente un dedo sobre la copa, luego empezaban. Y qué genial cómo hormigueaba, se movía y vibraba, no bien Anne llamaba a los espíritus. Ahí la copa se ponía a bailar.

Una vez tuvieron a alguien de inmediato adentro de la copa, que decía: SOS, SOS, SOS.

—¿Quién necesita un SOS?

Reciben un número, otro número más, una y otra vez los mismos números. Alguien busca un atlas, comprueba los números en los grados de longitud y latitud. Era un punto en el Atlántico sur. La pandilla de güijeros bebedores de vino tinto de la fase final de la RDA en Magdeburg oyó al otro día en las noticias que ante las costas de las islas Malvinas un barco había sido hundido y toda la tripulación murió ahogada.

Una vez convocaron a un espíritu y no pasó nada. Luego golpearon a la puerta. Uno se puso de pie y abrió, no se veía a nadie y sin embargo alguien entró. Todos estaban sentados en círculo con las piernas cruzadas sobre unas tablas finísimas, viejas y torcidas, y notaron cómo las tablas se elevaban y hundían bajo los pasos del huésped invisible salvo de peso, escuchando crujir las maderas. El huésped rodeó varias veces a los magdeburguenses, infundiéndoles un miedo infernal, y luego volvió a irse. Todos sabían que era Anne la que tenía esa fuerza capaz de provocar a un espíritu tan descarado. Sin Anne no funcionaba nunca, y con Anne era siempre maravilloso y terrible. Pero después de esta experiencia, Anne juró dar por terminado el asunto. La visita de un espíritu en su propia casa era algo demasiado fuerte, y no había que volver a convocar a ningún espíritu en absoluto, porque uno nunca sabía quién era el que venía y qué era lo que traía consigo. Al fin había entendido que, si bien podía convocarlos, no los podía controlar. Así que era una cosa acabada, basta para siempre de invocar espíritus. Pero luego ocurrió esa historia con la señora rara, que al igual que Anne vendía ropa en el mercado de pulgas y que se le vino encima. Fue tal la exagerada amabilidad, tamaña la artificialidad y tan extraordinariamente sospechosa la manera en que invitó a Anne y a su pandilla a su casa que Anne no pudo negarse, además de que quería a toda costa mostrar su fortaleza, así que reunió a sus amigos y con una botella de vino se le apareció a la rara en su casa. La señora rara quiso alegrarse por la inesperada visita, pero le interrumpieron su verborrea para decirle que limpiara la mesa porque la necesitaban ya mismo. La copa dada vuelta se colocó en el centro, con el alfabeto y los números alrededor, habían traído todo. Cada cual apoyó suavemente un dedo sobre el vidrio. La rara no quiso participar, le agarró un terrible cagazo frente a lo sobrenatural, pero le dijeron que no fuera tan aburrida. Anne convocó a los espíritus. Y enseguida tuvo a uno en la copa. Primero cada uno le fue haciendo por turno preguntas sobre cuestiones intrascendentes.

—Gran espíritu, ¿quieres hablar con nosotros?

—Sí.

—¿Eres un espíritu bueno?

—Sí.

—¿Es un lugar bonito ahí donde estás?

—Frío.

—¿Cómo te llamas?

—Ludwig Brenndecker.

—¿Desde cuándo estás muerto?

—1952.

—¿Cuántos años tenías cuando falleciste?

—57.

—¿Cuál era tu profesión?

—Tullido.

No bien la rara empieza a reírse por lo bajo, Anne pasa a hablar de lo que realmente le interesa.

—¿Hay aquí en esta pieza alguien que trabaje para la Stasi?

—Sí.

—¿La pieza está vigilada por micrófonos?

—Sí.

—¿Puedes mostrarme dónde?

—Sí.

—Si voy al rincón donde está el micrófono, di sí.

Anne se pone de pie y camina por la habitación. Cuando se para en la esquina que tiene una vitrina, el espíritu vuelve a comunicarse:

—Sí.

Sobre la vitrina hay una radio. Anne toma la radio y la sacude.

—¿Aquí dentro?

—Sí.

Anne vuelve a sentarse a la mesa. La rara está pálida.

—¡Fuera de mi casa! —grita—. ¡Ya mismo!

Pero ellos no se van, siguen.

—¿Sabes el número de teléfono de la gente que nos está escuchando en este momento?

—Sí.

—¿Puedes dármelo?

El número que les da el espíritu tiene cinco cifras y empieza con un tres. Los números que empezaban con tres eran los de la policía secreta en Magdeburg. ¡Qué triunfo para Anne! Tenía capacidades para las cuales la RDA no estaba preparada. ¡Qué jolgorio! Por esto es que creyó, aunque la muerte seguía rondando sus pensamientos, que lograría fugarse con éxito. Le esperaba otra vida, una sin rejas. Solo era cuestión de marcharse.

Antes de la fuga, Anne realizó dos viajes. Uno de ellos la llevó a Praga, a la tumba de Franz Kafka, y el otro al castillo de Goseck en Thuringia. Aquí quería pasar un último rato con sus amigos. La idea era salir de excursión, beber, reír. Hacía años ya que se estaba despidiendo, un proceso tortuosamente lento y opresivo, sin poder comunicarlo de manera abierta. La despedida en Goseck debía ser diferente, brindar fuerzas. Ahora el castillo de Goseck ha sido restaurado, se le agregaron instalaciones sanitarias acordes a un monumento histórico, se organiza una primavera de tango, se hacen excavaciones arqueológicas y conciertos. Pero en aquel entonces, en los años ochenta de la RDA, el castillo estaba medio derruido y abandonado a la corrosión del tiempo. La mayor parte del castillo estaba cerrada y llena de polvo, yacía allí como en un sueño de bella durmiente. En un ala lateral había un pequeño albergue juvenil, donde se alojaron Anne y sus amigos. Del equipamiento de este albergue Anne guarda un recuerdo desconsolador. Moqueta, muebles de madera liviana y superficies de plástico lavable que no transmitían ninguna sensación de castillo. Una vez, el grupo dio una vuelta en secreto por la parte clausurada. La mayoría de las habitaciones estaba cerrada, pero con una ganzúa y algo de maña pudieron abrir las puertas. Anne armó un juego con eso. Antes de abrir una puerta, describía la pieza que estaba detrás. Parada delante de la puerta cerrada, hacía la lista: a la izquierda el hogar, el hierro está sobre la repisa y la empuñadura se encuentra gastada, la ventana es verde, en el medio hay una columna. O bien: un cuarto oscuro y largo, al fondo a la derecha una ventana diminuta, una mesa grande en el medio, un candelabro de velas fundido en hierro colgando encima a muy baja altura. Y cada vez, las descripciones de Anne quedaban confirmadas. Como si conociera a la perfección estas piezas muertas con sus cortinas deshilachadas y los sucios herrajes de sus puertas, con los muebles medio podridos y los empapelados borroneados. Una vez encontraron durante sus expediciones una botella de vino tinto sin etiqueta en una montaña de escombros. La botella estaba cubierta por una gruesa capa de polvo y tanto el vidrio como el corcho eran de una hechura tan especial que parecían provenir de una época remota. Era una botella que podía tener tal vez sesenta, tal vez cien años. Los amigos abrieron la botella, pero ninguno se animó a probar el vino. Al final lo terminó probando Anne. El vino le gustó tanto que se bebió la botella entera. Luego se acostó en la cama del albergue juvenil. Esa noche soñó que caminaba por el castillo de Goseck. Debía llegar, según la orden que le habían dado, a la capilla del castillo. En camino hacia ese lugar podía atravesar paredes. Meter partes del cuerpo a través de gruesos muros, la cabeza, un brazo, una pierna. Eso le resultaba divertido. De pronto, dejó de avanzar. El sueño había llegado a su fin. Al día siguiente, Anne se enteró de que la noche anterior había muerto en el castillo de Goseck una mujer vieja que tenía allí derecho de habitación vitalicio. La vieja chiflada, según se contaba, era una mujer noble, una condesa, cuya familia había habitado en este castillo largo tiempo. Pero esta historia solo llegó a su fin medio año más tarde, en mayo de 1989. Anne estaba en una celda en la cárcel de Hohenschönhausen, luego de fracasar en su intento de fuga. En esta celda, de repente, el sueño continuó. Anne volvió a estar parada en el mismo sitio del castillo, camino a la capilla, del cual no había podido pasar. Ahora ve también el paisaje, además de un perro de San Bernardo y a sí misma en un vestido blanco con un niño pequeño a su lado, de unos cinco años. De pronto sabe que esa mujer y este niño han sido asesinados por el propio marido de la mujer. El hombre había pasado años en las Cruzadas y ella no se había mantenido casta. El niño es asesinado debido a la infamia que representa y se lo sepulta ante el altar, mientras que a la mujer la emparedan viva. Pero, ¿qué tiene que ver esto con la vieja condesa?, pregunta ella en el sueño, y hasta recibe una respuesta: “La vieja señora del castillo de Goseck era la última de su sangre y solo pudo morir cuando tú llegaste”. Esa mujer era entonces yo misma, pensó Anne cuando volvió a despertar en su celda de Hohenschönhausen. Esa era mi vida anterior. Es algo que hoy ya no tiene nada que ver conmigo.

Cuando salió de prisión y la RDA dejó de ser un país cerrado, Anne viajó al Mediterráneo y se trajo de allí una piedra. Con ella viajó por segunda vez en su vida a la tumba de Franz Kafka, en Praga. Colocó la piedra sobre la tumba y se disculpó ampliamente ante él por haber sustraído de allí una pequeña piedra el año anterior. Le explicó por qué lo había hecho. Había querido llevarse la piedra, que estaba bien arriba sobre la tumba, con el fin de que le trajera suerte, tanto para su fuga del país como para todos los peligros que le esperaban. Le dijo que había querido poseer una parte de él, a quien tanto admiraba, pero que no había tenido en cuenta que había sido otra persona la que le había ofrendado esa piedra. Desde entonces que solo había tenido mala suerte, todo un año de castigo y desdicha. Y si la RDA no se hubiera derrumbado, aún seguiría pudriéndose en la cárcel. Por eso, le dijo, es que ahora le traía de nuevo la piedra. No era la misma piedra que aquella vez, a la que había terminado perdiendo en los revuelos de ese año, pero era una bonita piedra del Mediterráneo, y ella esperaba que él fuera tan amable de tomarla, aceptarle las disculpas y perdonarla.

Anne se mudó a Berlín, estudió Historia del Arte, trabajó de clasificadora de cartas y por un tiempo fue algo así como la presidenta honoraria de la barra del bar Kommandantur. Una vez volvió a oír hablar del castillo de Goseck. Dos años después del sueño, es decir en 1991, conoció a un joven que venía de Weißenfels, una localidad vecina de Goseck. Los amigos de Anne le hablaron sobre los eventos terroríficos en el castillo y sobre el sueño de Anne, en el que se le habían aparecido una mujer y un niño, la noche en que murió la vieja condesa. Y que desde entonces Anne sostenía con toda firmeza que había un niño enterrado delante del altar de la capilla del castillo de Goseck. El joven palideció y contó que en la capilla del castillo se había encontrado una placa de mármol blanco, debajo de la cual estaba el esqueleto de un niño.

—Ese era mi niño —dijo Anne—, durante la época de las Cruzadas. Ese niño era el que iba conmigo.

En Berlín, esto de la güija y de ver espíritus se acabó casi por completo, lo cual es por supuesto curioso, si consideramos que Berlín está lleno de fantasmas, y estos no tienen ningún motivo para evitar a Anne. De cuando en cuando se le paraba un espíritu a un costado, pero ella a veces ni lo notaba. Una vez confundió a un fantasma con su compañero de piso vestido con ropa oscura. Entró despacio y miró sobre el hombre de ella y leyó con interés el texto que estaba escribiendo sentada a su escritorio. Ella conversó con él. Una conversación muy unilateral, ya que él no contestaba. Cuando ella se dio vuelta, no había nadie. Como si el hombre nunca hubiera estado allí.

A fines de los años noventa, Anne vivió por unos años en un piso derruido de la calle Invaliden 104, en diagonal al Museo de Historia Natural. Más tarde, el dueño del edificio le dio mucho dinero para que se fuera y él pudiera sanear la casa. Era parte de un complejo de edificios en forma de herradura, edificado en el Gründerzeit, muy próximo al hospital de la Charité y de diversas instituciones militares. La novela breve Stine, de Theodor Fontane, ocurre durante aquella época —alrededor de 1890— precisamente en este tramo de la calle Invaliden, que tiene un total de tres kilómetros de largo. No es casualidad que Fontane eligiera justo la Invalidenstraße para su Stine. En esta calle, con sus edificios e instituciones de lo más diversos, fue donde esa época llamada Gründerzeit se vio reflejada con mayor esmero; la calle Invaliden era sangre, sudor, mugre y velocidad: tres estaciones de ferrocarriles de larga distancia (la estación de Lehrter, la de Stettiner y la Hamburger), fábricas de maquinarias de construcción, explanadas para maniobras militares, cuarteles, la Casa de los Inválidos, más allá de eso una cárcel y el hospital Charité; a lo que se añadían algunos edificios de viviendas y un par de cementerios. Fontane describe la difícil vida social de las hermanas Ernestine Rehbein y Pauline Pittelkow en la Invalidenstraße 98e, entre relaciones amorosas y promesas de matrimonio, entre la esperanza de subir en la escala social y conseguir al mismo tiempo la felicidad en el amor. La apocada sociedad de aquel entonces, organizada según los oficios de cada cual, hace que todos los sueños queden frustrados y que solo triunfe la muerte.

Stine miró a su hermana.

—Sí, tú me miras, chica. Estás imaginando milagros si crees que me tranquilizas al decir: “No es un amorío”. Ay, mi querida Stine, con eso no me tranquilizas ná; lo opuesto, por el contrario. Amorío, amorío. Por Dio’, el amorío no es ni por lejos lo peor. Hoy está y mañana ya no, y él va hacía allí y ella hacía allá, y al tercer día vuelven a cantar los dos juntos: “Vete tú, mi parte yo ya la tengo”. Ay, Stine, ¡amorío! Créeme que de eso no se muere naides, ni siquiera cuando termina mal. No, no, Stine, un amorío no es gran cosa, un amorío en realidad no es ná. Pero, cuando se mete aquí —y señaló el corazón—, entonces se vuelve algo, entonces se vuelve asqueroso.

En aquella casa con el número 104, Anne volvió a empezar con la güija. Era tarde en la noche y estaban de a cinco y todo había sido planeado de antemano. Un amigo trajo una botella bien grande de vino, con las gotas más inusuales y delicadas que Anne hubiera bebido jamás; más tarde escribió un cuento corto sobre él, sobre el vino. La sesión empezó como siempre: “Gran espíritu, te invocamos”. En la copa apareció una mujer joven que con tan solo veintitrés años había muerto de tuberculosis. A las preguntas “¿Dónde estás?” y “¿De dónde vienes?”, respondió diciendo “Estoy en el patio” y “Estoy enterrada en el patio”. Anne había escuchado entre los vecinos el rumor de que detrás del complejo de edificios en herradura había estado alguna vez el cementerio de pobres del Charité, donde se enterraba sin demasiadas ceremonias los pacientes muertos, víctimas de pestes y hepatitis C. En esos rumores y conversaciones se hablaba sobre todo de las ratas que provenían del viejo campus del hospital universitario y que insistían en conquistar los sótanos y en revolver los contenedores de basura. Tras esos atracos, se replegaban a través de sus túneles otra vez hacia el parque del hospital. ¿De ahí era entonces que había venido el espíritu? A la pregunta “¿Qué tienes?”, el espíritu de la joven respondió “Odio” y “Furia”. Con las preguntas siguientes apareció la palabra “Oficier”, escrita así, con una f y una c, en lugar de Offizier (oficial de ejército). Con el correr de la sesión, la historia se fue componiendo: el espíritu de la copa era la criada de un “Oficier”, que en algún momento había vivido junto a su mujer en el piso que ahora ocupaba Anne. La muchacha habitaba la diminuta despensa que daba al patio. Pero era también la amante del oficial, y estaba realmente enamorada. Sin embargo, cuando ella enfermó de tuberculosis, al hombre le importó poco y nada. La muchacha fue enterrada en el cementerio para pobres del Charité, no lejos del edificio. El hombre siguió imperturbable con su vida, solo a ella le habían quitado todo lo bello. De ahí la furia. Luego de oír esto, los amigos decidieron hacer algo. La joven mujer les daba por supuesto una pena tremenda, una del grupo incluso lloró de la emoción. Pero Anne quería ante todo que esa furia desenfrenada se alejara de su casa. Descorchó otra botella del extraordinario vino tinto y le dio una charla a la joven. Le habló sobre la breve vida que le había sido concedida a la pobre y sobre las experiencias, peores imposibles, que había hecho con el hombre insensible. Con un minuto de silencio honraron su amargo destino y le desearon a su corazón herido que encontrase la paz eterna. La copa se aquietó. Sí, también este es un conmovedor destino femenino de la Calle de los Inválidos, y si bien no es de Fontane, pertenece al reino de los espíritus. Claro que la reportera de fantasmas no puede dejar la cosa ahí y se dedica a mirar viejos planos de la ciudad, de fines del siglo XIX. Y hete aquí que en ellos encuentra el viejo cementerio del Charité, que pasaba precisamente por detrás de la casa 104. Se extendía a lo largo de la calle Hessische hasta la lavandería del hospital. Casi no queda información sobre este pequeño camposanto, ni siquiera sabe nada al respecto la señora Beer, la empleada del Charité especializada en ese tipo de preguntas y que ofrece visitas históricas por el predio.

—Tendría que bucear muy profundo —dijo—. Tendría que bucear muy profundo.

El cementerio existía desde 1726. Hoy se yergue en su lugar el nuevo vidriado comedor para estudiantes ala norte y el Instituto de Desarrollo Rural. No es imposible creer que los rústicos muros y los canteros de hiedra silvestre con sus oscuros zarcillos de cien metros sean restos del cementerio. Pero en el lugar mismo, nada parece recordar las tumbas para pobres y enfermos, solo lo siguen haciendo viejos mapas, los espíritus de las criadas y los rumores que corren entre los habitantes invadidos por las ratas. Y en lo que se refiere al “oficier”: en la casa con el número 104 vivía efectivamente un militar, según se deduce de las guías de direcciones de Berlín, en especial del “Índice de todas las casas de Berlín con la indicación de sus dueños e inquilinos”. A partir de 1893 vivió allí un tal Müller, que en todas las guías de direcciones de los años siguientes está inscripto alternativamente como sargento mayor y como teniente, y desde 1904 como “teniente (r)”; después de lo cual no vuelve a aparecer. En el ejército del Imperio Alemán, los “sargentos tenientes” eran considerados oficiales u oficiales subalternos y tenían derecho a las correspondientes insignias de rango y a ser llamados en esos términos. Si este sargento Müller era el dicho amante bribón, y si era guapo y si la historia con la criada tuberculosa es cierta, nada de eso pueden revelarnos las guías de direcciones de Berlín. Se trata de un episodio que ha de permanecer en la esfera de lo tenebroso.

Antes de dar por zanjado este asunto, una última reflexión general acerca del talento especial que acompaña a la vida de Anne: durante su juventud en la RDA, fueron muchos más los espíritus que se le manifestaron. Ella les aportaba fuerza e interés a sus historias. Este interés fue disminuyendo a medida que pasaron los años. Porque también con el vino tinto y con las propias fuerzas llega en algún momento la hora de economizar. Sobre todo cuando hay que ocuparse de un niño, amar a un hombre y llevar adelante una vida laboral. El camino de la sabiduría, cuando pasa por el vino, es demasiado arduo. Anne no fue en Berlín el médium que supo ser en Magdeburg. Ahora ya no era el terror de la Stasi, la que vencía a los micrófonos que vigilaban tiempo y espacio. Pero lo que pasó en Berlín: se dio cuenta de que los espíritus y los fantasmas son abastecidos por mucha gente. Anne se topa constantemente con personas que pueden hablar de sus encuentros con espíritus. Como su vecino, el pintor. Ella lo visitó, y fue como si hubiera alguien más en la vivienda, tal vez eran solo ruidos. Miró en derredor.

—¿Ay, ahora también escuchaste algo? —dijo el pintor—. Tengo una subinquilina, pero quién sabe, tal vez sea solo un sueño.

—¡Cuéntalo! —le pidió Anne.

El pintor se mostró escéptico.

—Fue tan solo un sueño.

Pero luego contó:

—Estaba tirado en el sofá y me dormí. Apareció una mujer, llevaba un vestido cubierto por un delantal, largas trenzas. Nos miramos asombrados. Sentí un malestar, no sabía qué hubiera podido decirle. Entonces pensé de repente: ¡pero si estoy durmiendo! Cerré los ojos y volví a despertarme.

Le mostró a Anne un cuadro que había dibujado inmediatamente después de despertar. La mujer llevaba puestas botas de cordones con tacos, parecía pequeña y seria y sobrepasada de trabajo. Una mujer como las de hacía cien años. Su subinquilina.


*This story is taken from: Die Gespenster von Berlin – Wahre Geschichten by Sarah Khan. © Suhrkamp Verlag Berlin 2013.

Alguien más le dijo, probablemente el revisor: la suya es la única maleta, nadie quiere ir hoy a Alquila, no hay manera en que se pierda. Pero Hernández insistió en llevarla arriba: me gusta ver mis cosas.

En el andén, Hernández se comió unas galletas, compró una botella de agua y se fumó, ansioso, dos o tres cigarros. Luego abrieron las puertas del autobús y entró desbocado, como si hubiera más gente esperando.

Necesito traerla junto, le explicó al chofer en la pequeña escalera, alzando su maleta: traigo aquí mis medicinas. Sin voltearlo a ver, el chofer del autobús asintió con la cabeza pero apretó el volante entre sus manos.

Hombre de supersticiones, Padilla temía que algo le pasara a su camión si hablaba antes de marcharse, igual que temía que algo le pasara a su pasaje. Por eso nunca decía nada hasta llegar a las montañas.

Para entonces, Hernández se había adueñado de una línea de asientos, empotrando su maleta en el pasillo. Le emocionaba ser el único viajero que aquel día hubiera tomado el autobús rumbo a Alquila.

No entorpezca el pasillo, solicitó Padilla saliendo de una curva. Sorprendido, Hernández irguió el cuerpo, buscó los ojos del chofer en el espejo que comunicaba ambas cabinas y sonriendo preguntó: ¿está diciéndomelo en serio?

Es peligroso para el resto del pasaje, respondió Padilla, observando él también a Hernández. Las reglas son las reglas, añadió callándose el motivo de su orden: si dejaba que invadieran el pasillo sufrirían un accidente; en el mejor caso, un retraso.

Señalando los asientos que había en torno suyo, Hernández se dispuso a defenderse pero el chofer, experto en estas discusiones, encendió la radio, subió el volumen y retiró sus ojos del espejo. Meneando la cabeza, Hernández decidió no hacerle caso y recostarse nuevamente.

Minutos después, con el chofer vuelto una furia, Hernández sacó el mapa que guardaba en un bolsillo de su saco: se lo había mandado ella por correo. Emocionado, lo desdobló con cuidado y lo estuvo contemplando un largo rato. Finalmente estaba yendo a verla.

Hernández conoció a Romina tres semanas antes, en una fiesta de la facultad de arquitectura que por poco termina con ellos dos metidos en la cama. Me encantaría verte en Alquila, le dijo ella, sin embargo, ante el portal de su edificio: cuando tú quieras, por supuesto.

Desde entonces, Hernández no había pensado en otra cosa. A sus veinte años, era el único de sus amigos que seguía siendo virgen. Y Romina la única opción real que él tenía para olvidar esa palabra que lo había martirizado tanto tiempo.

Por eso los nervios amenazaban con no dejarlo descansar durante el viaje, un viaje que, para colmo, duraría la noche entera. ¿Y si me vengo antes de tiempo?, se torturaba Hernández en silencio: ¿si no aguanto ni un minuto, si me vengo apenas ver cómo se encuera?

Doblando el mapa y guardándolo de nuevo, Hernández alcanzó su maleta, sacó de ésta una bolsita y revisó que no faltara ni una compra: cuatro paquetes de condones: a ver cuántos echan a perder mis putos nervios; una caja de viagra: por si tengo que imponerme al ridículo, y las pastillas que le habían recomendado, otro cliente en la farmacia, para dormir durante el viaje.

Aunque la caja de somníferos decía que dos bastaban, Hernández, que para entonces ya no era capaz de echar de su cabeza la forma de Romina ni el miedo a que su propio cuerpo le fallara, decidió tomar cuatro tabletas. Al fin que quedan muchas horas, murmuró y dándole un trago a su botella volvió a recostarse, suplicando que el efecto fuera inmediato.

En ese mismo instante, el chofer hizo bajar las diez pantallas que habían permanecido escondidas y la voz de una azafata sonó a todo volumen. Me estás buscando, soltó Hernández dando un brinco y subiendo el tono añadió: ¡no quiero verla! Pero Padilla fingió no escuchar nada y apenas terminar el comercial de la línea que pagaba su salario subió al máximo el volumen que emergía de las bocinas.

Tapándose los oídos y apretando la quijada, Hernández admitió lo absurdo de aquella situación en la que estaba, se levantó dando un salto, apresuró su andar por el pasillo y llegó hasta Padilla: ¿por favor, podría quitarla? Le prometo que no hay nadie que esté viendo la película, sumó instantes después, esbozando una sonrisa que de honesta no tenía ni medio pliegue.

No se puede, respondió Padilla tras dejar pasar, él también, un breve instante: son las reglas. Y ya vi que usted no las respeta, pero yo las sigo a rajatabla, agregó el chofer volviendo el rostro y observando a Hernández fijamente, cuya sonrisa se había erosionado, remató: regrésese a su asiento, aquí no puede estar parado. Está prohibido.

Aguantándose las ganas de insultarlo, Hernández se tragó su frustración, dio media vuelta, empezó a desandar el pasillo que recién había cruzado y en voz baja preguntó: ¿podría aunque sea bajarle un poquitito? No se puede, repitió Padilla acelerando, convencido de que así igual y caería su pasajero sobre el suelo: ni un poquito más ni un poquito menos, nos obliga el reglamento.

Manteniendo el equilibrio, apurando su avanzar y sonriendo nuevamente, esta vez más de impotencia que de burla, Hernández sacudió la cabeza con coraje, masticó un par de palabras que ni él mismo entendió y humillado alcanzó sus cuatro asientos. Por fortuna, pensó, empezaba a sentir la somnolencia que las pastillas dispersaban por su cuerpo.

Así que muy pronto ni el ruido ni aún menos la luz que vomitaban las pantallas ni tampoco los frenazos y arrancones que siguió dando Padilla parecieron importarle a la consciencia de Hernández, quien apenas recostarse se entregó a la nada negra.

Tan profundo durmió Hernández, tan desconectado, que no volvió a saber de sí ni del planeta hasta no estar en Alquila. Cuando Padilla, que se había esforzado por hacer de su trayecto un calvario, lo sacudió del brazo aseverando: ándale, cabrón, que ya llegamos.

Párate, que no me toca estarte despertando, insistió Padilla empujando las piernas de Hernández con la suela del zapato: tampoco tengo que esperarte. O te bajas o te bajo, amenazó el chofer pateando a Hernández nuevamente, quien, tras sentir el golpe de sus talones contra el suelo terminó de espabilarse: órale pues, que ya te oí. Ahorita bajo.

Secándose la baba que escurría por su barbilla y sobándose el rostro con las palmas de las manos, Hernández irguió el cuerpo, se puso en pie aceptando que seguía un tanto mareado, desempotró su maleta como pudo y echó a andar tras el chofer, que en voz baja iba diciendo: ojalá y te trate este lugar como mereces.

En la calle, combatiendo el mareo que las pastillas olvidaran en su cuerpo, Hernández volvió a tallarse el rostro, sacudió de nuevo la cabeza y contempló el sitio al que recién había llegado. Justo estaba amaneciendo y no podía creer que Alquila fuera aún más feo que en las fotos de Romina.

Instantes después alguien le dijo, quizás el chofer que tomaría el autobús que había traído Padilla, hacia dónde dirigirse para llegar hasta la plaza: pero a qué va a ese sitio, no hay nada que ver en esa parte. Sin atender las últimas palabras del extraño, Hernández echó a andar y pronto dejó atrás las seis o siete cuadras que mediaban entre él y su destino. En torno suyo, la luz se fue adueñando del espacio.

No son horas de llamarla, se dijo Hernández en la plaza, y en voz baja, dejándose caer sobre una banca y abrazando su mochila, insistió: es muy temprano y vaya a ser que la despierte. Peor aún, que los despierte ahora a sus padres, murmuró engañándose a sí mismo: lo que en verdad le estaba sucediendo era que habían vuelto los nervios a agarrarle todo el cuerpo: ¿qué chingados le diré cuando conteste?

Mejor no voy a llamarla. Qué si ya ni quiere… si ya se ha arrepentido, soltó observando el ajetreo que empezó de pronto en la plaza, donde la gente apresuraba sus andares de un lado a otro. Alzando el rostro y observando el sol aparecer tras la torre de la iglesia color verde, Hernández añadió, elevando el tono y permitiendo que su propia ambivalencia se mostrara: ¿qué chingados estoy pensando… cómo no voy a llamarla?

¿Por qué iba a arrepentirse?, exclamó elevando aún más el tono y levantándose de un salto: me lo habría dicho desde antes. Pero antes me como algo, que se haga un poco más tarde, añadió echando a andar sobre la plaza, en busca de un lugar donde poder desayunar, sin darse cuenta de que aquello no era más que otro pretexto y sin tampoco darse cuenta de lo extraña que era aquella prisa con que andaban las personas a su lado.

Alguien le dijo entonces, tal vez el señor del puesto de revistas, que no existía mejor lugar que el restorán de doña Eumelia: ése que está del otro lado, donde también está la papelera. Pero apúrese que no le va a dar tiempo. No creo que vaya a estar abierto mucho rato, sumó el periodiquero pero Hernández había echado a andar y no escuchó esta advertencia.

Apenas entrar al sitio que le habían recomendado, Hernández sonrió pensando que habría, sin planearlo, de resolver allí un par de problemas: comer algo, ganando así un poco de tiempo, y comprar de a una el papel con el que habría de envolverle a Romina su regalo. Si al final se arrepiente, con el regalo igual y cede, pensó ordenando unos huevos. Luego se sentó observando, en la vitrina que ocupaba el otro lado del local, los rollos de papel para envoltorio.

Fue uno azul el que al final hizo que Hernández se parara, se acercara al mostrador y le hablara a la encargada, cuya atención yacía petrificada en una tele: ¿me vendería un metro de éste? No se puede, respondió la dependienta, prima hermana y sobrina de doña Eumelia al mismo tiempo, sin mirar apenas a Hernández: estos papeles son para los niños.

Además estoy mirando las noticias. Y usted no es de estas partes, no me gusta comerciar con los de fuera, se entercó la vendedora, sin dejar de ver la tele un solo instante. Para los niños, qué cagada, soltó Hernández sonriendo: los de fuera… deme pues un metro de éste. No se puede, ya le dije, repitió molesta la encargada, volviendo por primera vez a Hernández su semblante.

¿Y si traigo un niño a que lo compre?, preguntó Hernández entonces, volviendo el rostro hacia la plaza, sonriendo incrédulo y buscando el sentido oculto de aquella situación en la que estaba. ¿Lo usaría usted o el niño?, inquirió la dependienta acercándose al mostrador pero regresando la mirada hacia la tele, donde el conductor del noticiero local advertía: será otro día complicado. Es para mí, no para un niño, se lo decía nomás de broma, explicó Hernández: necesito envolver.

Pues no me esté insistiendo entonces, mentiroso, interrumpió la papelera a Hernández: llegan de fuera y traen sus malos modos, añadió la mujer dándose la vuelta y regresando a su asiento remató: no le voy a vender nada. Incapaz de molestarse a pesar de la incredulidad, Hernández pensó en insistir pero la dependienta volvió a pararse de su silla, regresó apurada al mostrador, lo ahuyentó con un leve movimiento de las manos, asomó la cabeza y dirigiéndose a la parte del local que era restaurante exclamó: otra vez están viniendo.

Derrotado, Hernández echó a andar hacia su mesa, donde doña Eumelia servía justo los huevos que ya no habrían de ser comidos. Están diciendo que ahora mismo, lanzó la papelera a espaldas de Hernández, quien justo entonces observó cómo doña Eumelia avanzaba un par de pasos, se paraba bajo el marco de la puerta y paseaba su mirada por la calle: más bien ya otra vez llegaron.

En un par de segundos, la dependienta y doña Eumelia bajaron la cortina del local que compartían, apagaron las luces interiores, se acercaron apuradas a Hernández, lo tomaron de los brazos, le dijeron, con sus voces vueltas coro: lo sentimos pero no puedes quedarte, lo arrastraron sin violencia a la trastienda y lo lanzaron a la calle.

Alguien le dijo a Hernández, quizás uno de los hombres que corría en sentido opuesto al de la plaza: ¿qué estás haciendo ahí parado? Y alguien más sumó después: córrele que están ellos viniendo… se bajaron y andan revisando en todas partes.

Incapaz de comprender qué estaba sucediendo, Hernández echó a correr tras los hombres que recién le habían hablado y que apuraban a unos metros sus escapes. Un par de cuadras después escuchó las primeras explosiones y el estallar de las metrallas. El miedo encogió sus entrañas, amenazó paralizarlo e hizo crujir sus juntas ateridas de repente.

Romina, pensó Hernández, sin dejar de apresurar el ritmo de su marcha: tengo que llamarla, añadió para sí mismo, sacando su teléfono en medio de la calle y escondiéndose después en un portal se dispuso a marcar pero alguien, quizás una mujer que iba corriendo con dos niños en los brazos, le dijo: no te canses… ellos cortan el servicio.

Completamente extraviado, Hernández guardó su teléfono, sacó el mapa en el que Romina también le había escrito su dirección y echó a correr enfebrecido, escuchando, aun así, los disparos y estallidos cada vez más cerca. Un par de pasos por delante de su cuerpo, la mujer tropezó con una grieta, cayó al suelo de boca y sus dos hijos rodaron por el suelo.

Ayudándola a pararse, echándose a uno de los niños a los brazos y corriendo como nunca había corrido antes, Hernández preguntó a la mujer si no sabía cómo llegar de ahí a Arteaga 17. Tienes suerte… estamos cerca… da la vuelta aquí nomás y síguete derecho… cinco… no… deben ser como unas cuatro cuadras. O acompáñame y me ayudas con mi niño… en mi casa puedes esconderte.

Lo siento… de verdad, soltó Hernández deteniéndose un segundo, observando a la mujer y dejando al pequeño sobre el suelo: era incapaz de imaginar que esa decisión que estaba tomando justo ahí, sin dudarlo ni siquiera demasiado, podría terminar siendo la decisión más importante de su vida. Pero él quería llegar a casa de Romina. Y en la distancia se seguían acercando las metrallas y explosiones.

Doblando en la calle que la mujer le había indicado, Hernández apuró sus piernas más allá de lo posible y a pesar de que su pecho amenazaba con partirse encontró fuerzas donde no había ni siquiera sospechado que tuviera. Así fue como llegó a la casa que buscaba, cuya puerta aporreó desesperado, gritando una y otra vez el nombre de Romina.

Pero del otro lado de la puerta no se oyó ninguna voz que preguntara, dijera algo o tan siquiera murmurara. La familia de Romina yacía escondida en el baño de su casa. Y aunque escuchaban el escándalo de Hernández, antes habían oído también las advertencias del jefe de familia: no quiero escucharlos… ni siquiera quiero oírlos que respiran.

No sabemos quiénes son los que hoy vinieron, los que andan en la calle, había añadido el padre de Romina, observando fijamente a su hija, quien se echó a llorar en silencio y quien al oír a Hernández a lo lejos fue sumiendo de a poco la cabeza entre los brazos. Si supiéramos al menos si son ellos, susurró entonces el jefe de familia: pero esta vez no lo sabemos, no podemos arriesgarnos.

Cuando finalmente aceptó que no abrirían la puerta que pateaba y que aporreaba con los puños apretados, Hernández recordó a la mujer y a los dos niños que dejara abandonados. Tan perdido como ansioso, echó a correr encima de sus pasos pero alguien le gritó, tal vez la mujer que había subido hasta su techo: al otro lado… mejor corre al otro lado… por allá están viniendo.

Antes de que Hernández procesara esta advertencia, estalló en algún lugar el llanto de otro hombre y en la esquina aparecieron los que hacían correr a todo el pueblo. Dándose la vuelta, Hernández puso a andar sus pies en sentido contrario pero de golpe se detuvo: también en esa esquina estaban ellos.

Paralizado, sintiendo cómo su vejiga amenazaba su aguante, Hernández esperó a que aquellos hombres se acercaran al lugar donde él estaba. Cuando finalmente llegaron, quiso decir algo pero alguien más volvió a adelantarse a sus palabras: quizás el hombre que después partió su boca en dos con la culata de su arma.

Antes de que sus ojos se cerraran y su consciencia se entregara a la nada nuevamente, Hernández vio alejarse a ese hombre que recién lo había castigado y luego oyó las risotadas de dos niños pequeños, quienes también venían armados.

Aferrándose al mundo con un delgado hilo de asombro, Hernández alcanzó a escuchar la voz de una mujer que ordenaba: súbanlo con todo y esas cosas… no debe ser de aquí del pueblo.

Hernández ya no supo cómo lo arrastraron, cómo lo amarraron de los pies y de las manos ni cómo lo aventaron dentro de una camioneta.

Volvió en sí dos horas más tarde, cuando alguien, quizás alguno de los niños que se habían reído antes, le echó encima un cubetazo. Pero cuando por fin abrió los ojos no había nadie enfrente suyo.

Ante Hernández había sólo un tiradero: habían vaciado su maleta en el solar donde él estaba. Alzando la mirada, contempló el sol un breve instante y sintió que el cuerpo entero le escocía. Así descubrió que no traía su camiseta, que le habían quitado los zapatos y que le ardían las muñecas y los tobillos.

Un par de minutos más tarde, la mujer que había ordenado traerlo apareció en el solar. Escupiendo las semillas de una mandarina, brincó la ropa, se inclinó ante Hernández y en voz baja murmuró: tú no eres de estas partes. Luego se colocó tras él y utilizando una navaja cortó las cuerdas que lo ataban.

Párate y sígueme allá dentro, ordenó y fue así, escuchando otra vez aquella voz, que Hernández comprendió que aquel hablar le recordaba a otra persona o que ese hablar lo había escuchado antes. Quizá sea esa mujer que, pensó Hernández: no… más bien habla idéntico a Romina. O a su madre.

Antes de que pudiera dar más vueltas a esa tontería, ese absurdo al que intentaba aferrarse para no pensar en otra cosa, para no estar donde estaba, Hernández se encontró dentro de un cuarto. Además de él y la mujer a quien seguía, allí lo estaban esperando una docena de adultos y unos tres o cuatro niños.

Un nuevo golpe impactó a Hernández en la boca del estómago y doblando las rodillas cayó al suelo. Arañando la tierra, intentó recuperar el aire que recién había perdido, tragarse luego la saliva que escurría entre sus labios y secar después sus ojos empapados. En torno a él revoloteaban varias risas.

Alguien dijo, quizás el hombre que hacía de jefe en aquel oscuro cuarto: así que vienes a cogerte a nuestras viejas.

Sorprendido y aterrado, Hernández pensó, sin saber por qué lo hacía ni tratar tampoco de explicárselo a sí mismo, que esa voz que ahora le hablaba ya también la conocía, ya también la había escuchado.

Quizá sea la de ese hombre que me dio antes en la calle, se dijo Hernández escuchando cómo iban callándose, una detrás de otra, aquellas carcajadas que en torno a él revoloteaban: no… es el chofer… el que me trajo… o no… es el padre de Romina, insistió en su mutismo: lo he escuchado en el teléfono.

¡Te estoy hablando, hijo de puta!, gritó la voz y esta vez, en lugar de golpear a Hernández, el hombre alzó su rostro y blandiendo ante sus ojos varios paquetes de condones y una caja de viagra repitió: ¿vienes o no vienes a cogerte a nuestras niñas?

Antes de que Hernández atinara a decir algo, el hombre le dio un par de cachetadas: ¡pues cómo ves que no se puede! ¡Aquí tenemos otras reglas!, añadió repitiendo su castigo, esta vez con las dos manos vueltas puños: ¡aquí somos nosotros los que todo lo mandamos!

¿Y sabes qué mando ahora?, preguntó el hombre alejando al fin el rostro de Hernández y observando al resto de presentes: que alguien pida ser primero.

Alguien, entonces, quizás el que había amarrado a Hernández, se adelantó al resto de las voces.

Y los que estaban ahí sobrando fueron dejando de a una el cuarto.


*Este cuento fue publicado en: La superficie más honda © 2016, Emiliano Monge, Penguin Random House Grupo Editorial.

En febrero de 2001 encontramos exactamente lo que buscábamos: una casa de madera en las afueras de Miami con amplias ventanas junto a un canal que vertía sus aguas verdes en el Atlántico. Nos creíamos afortunados. Era una casa a buen precio en un lugar apacible y lejos de la ciudad. No teníamos vecinos excepto por los gatos. Tampoco insectos. La pintamos de amarillo, igual que el buzón de correos de lata que pusimos en la entrada, y reemplazamos todos los cristales de las ventanas: algunos estaban rotos; otros, simplemente rayados. Los sistemas eléctrico e hidráulico estaban impecables y también los pisos de madera; el trabajo de restauración fue en realidad muy poco. Yo misma pulí y barnicé los muebles de segunda mano que compramos, hice las cortinas y los visillos y bordé los almohadones. Allí vivimos unos siete meses hasta la muerte de Philip.

Mi Philip, todo sucedió tan rápido. Sin embargo, cuando pienso en ello, vuelvo a ver la precisión de los cortes, la sangre, lo correoso de la carne abierta. Todo regresa a mi memoria con espantosa pulcritud.

No era feliz, pero mis días por entonces eran tranquilos.

Mi marido se iba temprano por las mañanas y yo me pasaba las horas sentada en el porche mirando a los gatos con un libro sin abrir en el regazo. Deambulaban con desparpajo y las patas siempre enfangadas a causa de la tierra pantanosa de la zona. Quizá sea un modo tonto de expresarlo, pero eran para mí como hombrecitos paseándose al sol. Su curiosidad y su holgazanería me acompañaban. Eran unos siete (a veces, venían menos) y yo velaba por ellos.

Cuando nos mudamos, planté flores en el terreno y traté de organizar una pequeña huerta, pero nada prendía en esa tierra de arcilla mojada. Todo se pudrió al poco tiempo en nuestro pedazo de terreno en la península de la Florida. Nuestro jardín era un útero de barro infértil con un buzón de lata amarilla lleno de propaganda y cupones. Saboree el arco iris: caramelos Skittles. Cupón de descuento por U$D 0,99 válido hasta 1.04.2001.

‒Con razón estaba a buen precio, Jaime ‒dije mientras cargaba una bolsa con tierra fértil: estaba decidida a llenar nuestro jardín de plantas, aunque fuera en macetas‒; quiero decir, si se la compara con las otras casas de la zona, estaba muy bien.

Jaime era el dueño de la tienda. Era cubano y todavía atractivo, con su piel dorada y sus cabellos largos, a sus casi sesenta años. Le gustaba presentarse diciendo que había escapado del corazón del fucking Diablo para vivir in the very ass de uno de sus súcubos.

‒Ahora lo entiendo, Jaime; muy pocos querrían vivir en esa casa, en medio de esa tierra arcillosa.

Puede que mis palabras sonaran como una queja pero no lo eran. Solo hablaba por el gusto de conversar con alguien.

‒Oiga, ponga una hamaca y un juego de jardín de hierro forjado ‒me sugirió‒; ya verá cómo mejora y alegra. El jardín, quiero decir.

Sonreí un poco.

‒Y llévese un par de antorchas con citronella para las tardes.

‒No tenemos mosquitos.

Damn, están todos aquí, igual que esos muchachos.

Con Jaime hablábamos en castellano, salvo cuando se volvía hosco o grosero. Las malas palabras y los insultos los decía invariablemente en inglés. Era su modo de distanciarse de lo que creía que no correspondía a su carácter o a su posición social. Se consideraba a sí mismo como un caballero, aun cuando despotricaba a los gritos contra Fidel y mi compatriota desvergonzado, el Che.

‒Es que cuando me pongo con lo de la revolución cubana… Disculpe mi mal genio; soy de Cienfuegos, Miss.

«Soy de Cienfuegos», era su excusa, monolítica, invariable. Algún día tendré que conocer Cienfuegos para entender a este hombre, me decía a mí misma.

Jaime, los gatos y una pandilla de adolescentes ‒casi un decorado en el parking del almacén‒ eran lo único vivo en el paisaje de mis días. Los gatos eran siete; los adolescentes, unos nueve o diez. Había distinguido dos hembras entre los animales; en la pandilla de adolescentes había una sola. A los gatos les puse nombres: Nevermore, que era completamente negro, y Gondoliere, que tenía el pelaje rayado. Recuerdo también a Phileas Fogg, un perfecto sir ingles que sabía esperar a que se liberara la escudilla con la leche, y a Franky «Frankestein», el más viejo de todos. Tenía el labio leporino y artrosis. Y por supuesto, Philip. Mi Philip. En cambio, nunca supe el nombre de uno solo de esos muchachos. Tampoco el de ella: una rubia oxigenada de ojos grandes que no me quitaba la vista de encima. Su forma de mirar era casi un alarido. Sé que no es fácil comprender lo que digo. Pero no puedo, ni hubiera podido explicar más ni mejor a la chica. En cambio, ellos, los muchachos, eran ‒eso creía entonces‒ más fáciles de leer. Tenían la misma pinta que los chicos que dan problemas en las películas: jeans sucios y rotos, remeras con eslogan, zapatillas y gorras de béisbol, mucho olor a búfalo; siempre estaban mascando chicle y bebiendo cerveza a deshoras. Se movían en moto; el que yo creía que hacía las veces de líder tenía una Harley Davidson impecablemente cuidada en la que brillaba todo el sol del mediodía. Yo tenía un Focus rojo con tapizado de cuero color beige con el que iba y venía del almacén de Jaime. Era la primera vez que tenía un auto con cambios automáticos. Me gustaba conducir hasta lo de Jaime sin pensar demasiado, escuchando música country. Me sentía tan americana como cualquiera; más aún cuando cargaba las provisiones para nosotros y para los gatos en las bolsas de papel madera. El coche tenía la patente blanca LUK 620 con la inscripción en letras verdes «Florida, a sunny state», lo que es parcialmente cierto, porque en el sur de Florida suele llover y mucho. De hecho, ese lunes por la mañana Seguridad Civil había alertado de la proximidad de una tormenta tropical que podía convertirse en huracán.

Por temor al huracán, fui hasta el almacén e hice una compra como para una semana completa. Mientras Jaime leía el código de barra de los artículos, calculé que necesitaría hacer al menos tres viajes para cargar todas las provisiones en el baúl del coche. El cubano trabajaba solo, estaba de pésimo humor y tampoco tendría ganas de ayudarme. Le alcancé mi tarjeta de crédito.

‒Alguna vez le ofrecí dinero a esos fucking kids para que me ayudasen con las provisiones de los clientes ‒Jaime sacó las bolsas de debajo de la caja registradora‒. Pero, ¿usted cree que esa garbage tiene ganas de trabajar, Miss?

Unas diez veces le había dicho que era casada y otras veinte, le había recordado mi nombre. Pero Jaime seguía con su terco «Miss» y a secas.

Assholes, eso es lo que son; la chica, la peor de ellos, Miss.

No lo volvería a corregir. Ni ese lunes por la mañana ni nunca. Yo también estaba de pésimo humor. Mi marido estaría fuera toda la semana. Una convención de negocios para él en Las Vegas y la amenaza de un huracán para mí al sur de la soleada península de Florida.

‒¿No la podían hacer en Tampa u Orlando? ‒le había preguntado esa mañana.

‒Decisiones de la casa matriz.

Mi marido me dio un beso, cargó la valija en el baúl del coche y se fue. Simplemente. Se iría desde la oficina al aeropuerto. Una semana en Nevada y yo en la casa amarilla con los gatos, un libro sin abrir en el porche y las provisiones que tendría que recoger de la tienda de Jaime. Que si Castro, que si mi compatriota, el Che. El exilio, el triste exilio cubano en Miami, Miss. Todas las veces, como si él fuera el único exiliado latinoamericano en todo Estados Unidos. Cada vez que iba al almacén a comprar, ya fuera por fertilizantes o alimento balanceado para gatos, era igual. Yo tenía la impresión de que Jaime hablaba ‒mucho y mal‒ de la revolución cubana y, por supuesto, de los muchachos para callar algo. También ese lunes por la mañana, mientras facturaba los productos de mi compra.

‒Están practicando para maleantes. Loco debía estar el día aquel que quise emplear a alguno de ellos, porque… ‒Se mordió los labios y miró por la ventana: uno de los chicos se acercaba a la tienda‒. Son treinta y cinco dólares, Miss.

Ahora no solo repetía el Miss sino el precio cuando yo ya había pagado. Guardé mis provisiones sin hablar. Sentía la mirada del muchacho en la nuca, el silencio sospechoso de Jaime. Me fui con un par de bolsas al auto.

‒Hey, Miss; mire lo que se dejó aquí. ‒Me había olvidado una lata de atún y otra de merluza para mis hombrecitos junto a la caja‒. Está usted un poco distraída hoy. Ándese con cuidado, porque esto no es bueno.

Thanks, Jaime.

Regresé a la casa a darle de comer a mis gatos. Había hecho la compra, la había acomodado. Había llenado dos escudillas con leche y otras dos, con alimento balanceado. Todo listo y eran solo las once de la mañana del lunes.

Me senté con el libro en el regazo. No tenía ningún plan; excepto ver, luego de la cena, un documental de caza o pesca del canal Wild Life tumbada en el sofá.

Pero la lluvia se anticipó. El pronóstico había anunciado tormenta tropical a partir de las cinco de la tarde; comenzó a llover sobre el mediodía. El agua estuvo toda la tarde estallando arriba, afuera y sobre nuestra casa de madera. Había algo íntimo y extraño, de queja en ese ruido, como si la madera recordara el bosque al que había pertenecido.

La televisión no funcionaba. Tenía luz pero las señales del cable y del teléfono celular estaban caídas. También nuestro buzón de lata amarilla había sido derribado por el viento en algún momento de la tarde, y sobre el barro yacían desperdigados una decena de volantes con publicidades. Saboree el arco iris y esas cosas. ¿Qué otros desastres nos dejaría la tormenta? Nada me preocupaba más que los gatos ‒creo que no llegué ni siquiera a pensar en el vuelo de mi marido que salía hacia Las Vegas poco antes de la medianoche‒. ¿Dónde se guarecerían mis pobrecitos? ¿Y mi Philip? Era el más gordo y el más astuto. El pelo amarillento, los ojos azulados y su carácter histriónico me recordaron desde el primer día a Philip Seymour Hoffman, ¿dónde estabas esa noche, mi Philip? ¿Dónde te encontraron ellos? Cuando nos mudamos, quise tenerlo con nosotros en la casa. Compré una cesta y bordé una almohadilla celeste con sus iniciales ‒PSH‒, pero mi marido, no, que los gatos afuera. Philip nunca vivió con nosotros. Yo pensaba en mi Philip y en Nevermore y Gondoliere, en cada uno de ellos esa noche de tormenta, y también en las dos gatas hembras a quienes jamás bauticé, pero más que nada en Philip.

La monotonía del agua hizo que la noche llegara pronto.

Las ráfagas caían transparentes en la oscuridad. Para mí todo aquello era real e irreal a la vez. Como si mi cabeza hubiese estado cubierta por un tul y a través de la tela oyera las gotas y el viento. Con que esto era una tormenta tropical, pensaba desde mi cama con un libro ‒siempre el mismo‒ sin abrir. Todo a mí alrededor susurraba, igual que si muchas mujeres ancianas se contaran cosas horribles.

Yo pensaba estas cosas sin entender muy bien por qué. Y afuera, el viento, que a ochenta kilómetros por hora aceleraba hasta la sangre en mis venas.

Sobre las diez de la noche parecía que la tormenta iba a calmarse. El viento soplaba blando, un ruido como de naipes arrojados al aire. O quizá no. Quizá fuera solo mi imaginación de algún modo extrañamente vinculada a mi marido, a su convención de trabajo en Las Vegas –toda una semana fuera de casa para hablar de las estrategias en la comercialización de la fibra de vidrio entre máquinas tragamonedas y mesas de ruleta‒. Me levanté y fui a la cocina para hacerme un té caliente. Afuera todo era oscuro, y la oscuridad lo era todo hasta que la luz de algún relámpago ‒eran como largos colmillos brillantes que fulguraban en la boca de la noche‒ permitía entrever la constancia del agua sobre el barro. Abrí apenas la ventana de la cocina. El aire traía el olor salado del mar, de hierbas húmedas, de flores de hibiscos. El aire traía vida revuelta y aplastada en abundantes ráfagas frescas.

Y entonces los vi.

Primero solo a ella. Había levantado nuestro buzón de lata amarilla del suelo y lo traía en la mano, como quien sujeta un cetro. Caminaba en dirección del porche vestida de blanco. Los pies y el bajo del vestido embarrados. Parecía una sacerdotisa preparada para la ejecución del sacrificio. También una reina loca. Luego la seguía, él. Era un chico nuevo y cargaba una enorme mochila. Jamás lo había visto en el parking de Jaime. Definitivamente no era como los otros. No solo porque no parecía sacado de la misma película de chicos malos, sino porque había algo en la forma de caminar, en el modo de cargar la mochila que lo ablandaba. Él, sin lugar a dudas, no cuajaba en ese casting de malos, sucios y locos. Finalmente, cerrando filas, estaban ellos ‒los mugrientos de siempre, con sus gorras de béisbol y su olor a búfalo‒. Se abrieron en dos grupos. Luego se apostarían en los flancos de mi casa, contra los ventanales que daban a nuestra cocina. A mirar embobados y en silencio.

Cerré rápidamente la ventana.

En un instante, verifiqué que todas las ventanas y las puertas estuviesen aseguradas. Apagué las luces. Corrí a mi cuarto. El teléfono celular seguía sin señal. Si, al menos, hubiera podido llegar al coche y escapar. Estaba calculando mis posibilidades de salida por la ventana trasera cuando ella dijo:

‒Sabemos que está ahí, Miss.

EI miedo me recorrió el cuerpo como otra sangre. No respondí. Me quedé inmóvil unos segundos hasta que ella volvió a hablar.

‒Es que esta casa es nuestra. ¿A que sí?

El «a que sí» no fue para mí sino para el chico de la mochila y el resto de los muchachos; al menos, eso creo ahora. Regresé a la cocina y busqué el cuchillo más grande. Luego recordé que, lo habían dicho en un documental de caza del Wild Life Channel a propósito de la desolladura de las presas, un cuchillo más pequeño y más afilado puede ser más efectivo y es, sin lugar a dudas, más fácil de manejar.

Cambié de arma.

Otra vez silencio. Solo conseguía oír mi respiración agitada.

Ya no llovía, una luz tenue de estrellas me permitió ver a los chicos a ambos flancos de la casa contra los cristales de mis ventanas: las caras blancas, las bocas entreabiertas, las narices aplastadas contra los vidrios. Sus alientos empanaban los cristales. Sus ojos de perro mojado. Me pregunté qué verían ellos del interior de la casa desde esa oscuridad nocturna. Y luego, el golpe inesperado que hizo estallar el vidrio de la ventana de la cocina.

La Reina Loca, enmarcada en mi ventana de madera amarilla. El agua le había corrido el rímel y los ojos eran aún más grandes y más agónicos. Tenía el pelo largo suelto y los mechones delanteros, sujetos detrás de las orejas.

Recogió el vestido con modos de dama sureña para ingresar a mi casa por la ventana, como si siempre hubiese sido la suya. Detrás de ella, el nuevo, su fiel monaguillo con mochila de alpinista.

Volví a empuñar el cuchillo grande que había descartado en primer lugar. Ahora tenía dos cuchillos y estaba parapetada detrás de una silla. Era obvio, aunque en el momento me negaba a pensarlo, que si todos se decidían a entrar y atacarme no habría cuchillo ni parapeto posibles. Deseé como nunca, yo que he sido siempre cordero manso, una pistola.

Todo sucedió tan rápido.

Sin embargo, ahora cuando pienso en ello, vuelvo a ver la precisión de los cortes, la sangre, lo correoso de la carne abierta, las vísceras que escapan de las membranas, los huesos como husos. Todo regresa a mi memoria con lentitud. También las luces del coche, los gritos. Siempre acabo vomitando o con el estómago revuelto ante el recuerdo de esa noche. Me destroza los nervios pensar en Miami, en esos chicos, en mi marido, en todo lo que sucedió entonces.

Ya dentro de la casa, la chica encendió las luces. Conocía el lugar donde estaban las llaves; podía moverse con los ojos cerrados por el interior de mi casa. Sin decir palabra, el chico nuevo abrió la mochila. Extrajo: dos cuchillos grandes, un par de guantes descartables, dos bolsas de residuos, un gancho como los que usan los carniceros para colgar las medias reses en las cámaras. Y a Philip dentro de una tercer bolsa. Todo lo dispuso prolijamente sobre la mesa. Pensé que el gato estaba muerto. Me habría tapado la boca ‒quiero decir, ese fue mi impulso‒ pero tenía las manos ocupadas con los cuchillos. Además Philip no estaba muerto. Estaba drogado, supongo, como el resto de esos chicos tontos. Las bocas entreabiertas del gato y de esos muchachos que aplastaban sus narices en mis ventanas respiraban casi al unísono. ¿Por qué no entraron todos juntos a la casa? ¿Por qué se quedaron afuera? ¿Cuántas veces habían repetido esa idéntica ceremonia? Ella, la Reina Loca, adentro con algún novato y los otros, afuera, contemplando la escena con los ojos bovinos.

‒Enhébrale la pata al gancho y lo cuelgas en ese barral ‒ordenó la chica. Por su inglés supe que era sureña.

Hubiera querido gritar: «no lo hagas», pero las palabras no acudieron a mi boca. Solo di un par de pasos con los cuchillos hacia adelante, como una sonámbula armada. No me atreví a más que eso; no hubiera podido hacer más que eso. La Reina Loca decidió ahorrarse cualquier imprevisto. Hizo una seña a sus muchachos afuera y unos segundos después, todos estaban dentro de la casa.

‒Deje los cuchillos, Miss, y tengamos la noche en paz. Dos de los chicos me tomaron por las muñecas y un tercero me los quitó.

‒Así está mejor. ¿A que sí, Miss?‒ dijo la chica (también ella me llamaba «Miss», qué locura).

Me acarició. Tenía las manos ásperas y frías; olían a lluvia, pero el aliento era de alcohol y cigarrillo.

Hubiera querido insultarla o escupirle la cara. Tampoco pude.

‒Ahora, a lo nuestro; a trabajar ‒ordenó al chico nuevo‒. Tampoco vamos a estar aquí toda la noche. ¿A que no, chicos?

Las manos del nuevo temblaron un poco. ¿Podría contar con él? ¿Se rebelaría en el último minuto? ¿Tenía alguna posibilidad de escapar mi Philip? Las manos del nuevo temblaban ahora más. Eran manos comunes. Ni gruesas ni flacas, ni lampiñas ni velludas. Pero sí se notaba –era evidente‒ que eran manos blandas, como de estudiante, poco habituadas a las tareas manuales. ¿Cuánto pesaría Philip? Unos siete y ocho kilos, quizá diez –últimamente había engordado‒. Para el nuevo pesaba igual o más que un reno. No se atrevía con él. Herir o matar ‒un animal o un hombre, da igual‒ con tus propias manos no es lo mismo que hacerlo de un disparo, como esos soberbios cazadores del Wild Life Channel. Ahora lo sé: la carne se opone, se resiste. Los músculos son elásticos y fuertes. Él tenía que encontrar el modo de ensartar un gancho en la carne viva y peluda de un gato. Evitar el hueso, buscar las fibras debajo de la pelambre. La cabellera rubia de mi Philip.

No era una tarea fácil.

Philip luchaba cabeza abajo, todo lo que le permitían los efectos del narcótico, mientras el chico nuevo batallaba contra el miedo y el asco. Yo también debo de haber forcejeado con los muchachos que me sujetaban, porque luego, cuando todo hubo terminado, comprobé que tenía las muñecas con moretones. El nuevo, después de varios intentos, de arcadas contenidas y de gemidos de Philip, consiguió agujerear la carne del gato. En el muslo izquierdo.

Philip colgaba de una pierna y un hilo de sangre iba manchándole el pelaje lentamente. Como una bandera española invertida: amarillo, rojo y amarillo.

Lo peor no era estar indefensa. Lo peor no era estar en una casa alejada con unos chicos enajenados que, quién sabe por qué, estaban practicando un rito de iniciación sobre mi gato preferido. Lo peor era la incertidumbre, el miedo de saberse a merced de La Reina Loca y de quién sabe qué drogas y cuánto alcohol llevaría en sangre. ¿Para qué me querían a mí de testigo? ¿Por qué, de todos los lugares del mundo, tuvieron que elegir mi casa? ¿Era eso lo que sabía Jaime, que mi casa había sido el cuartel permanente de operaciones de estos chicos? Cuántas preguntas acudían a mí y ninguna tendría respuesta.

La Reina Loca ordenó al nuevo lamer un poco de la sangre que goteaba del animal. Ella misma puso el dedo en la herida del gato y se lo llevó a la boca. Se pintó los labios con la sangre. Luego dio varios giros, puso los ojos en blanco y todos esos muchachones oliendo a búfalo la celebraron con un extraño cántico y aplausos.

Nunca sabré qué pruebas suponía el rito de iniciación completo.

En mi interior, tenía la certeza de que el nuevo no las habría superado. Lo intuía porque sus ojos no tenían el brillo húmedo que tenían los ojos del resto de los secuaces, ni la furia de la Reina Loca. Yo quería creer que, a pesar de la sed de reconocimiento que tenía, todavía le quedaba un destello de bondad en los ojos. El nuevo era el único del grupo que era capaz de dudar ‒por miedo, asco, por lo que fuera‒, y la duda hace que uno conserve un dejo de humanidad. No, el nuevo no pasaría las pruebas. Confirmé mis sospechas cuando vi que era el primero en escapar.

Los faros de un coche brillaron en la cocina.

Era mi marido que regresaba. Se había dejado los documentos en casa. Olvidar su documento fue su forma inconsciente de dejar atrás su identidad. Él no era quien decía ser hacía ya mucho tiempo. Por supuesto, no iba a una convención de negocios; por supuesto, no iba solo. Lo único verdadero era que partía una semana a Las Vegas y que sin documentos no pudo comenzar su viaje. Y regresó a casa con ella ‒rubia oxigenada, de ojos grandes, casi una réplica envejecida de la Reina Loca‒ sentada con desparpajo en el asiento del acompañante. Yo no sé por qué a veces la vida hace ese juego de espejos deformados. Pero nada de eso pertenece a esta historia. O casi. Lo único que importa es decir que la luz de dos faros alcanzó para ahuyentarlos. Todos huyeron de pronto, desbandados como aves nocturnas con los primeros rayos del día; y el nuevo, el primero. Solo quedó Philip a medio morir en nuestra cocina y la mochila de alpinista.

Descolgué la pata de Philip del gancho y lo puse sobre nuestra mesa. No quedaba nada de su histrionismo, de la vivacidad de sus ojos azulados. Todo el pelaje amarillo ensangrentado. No tenía fuerzas ni para gemir, el pobrecito. Mi marido entró en la casa con los ojos turbios y los pies llenos de barro. ¿Que teníamos para decirnos que no fuera ya sabido por los dos?

Tomé el cuchillo, el pequeño y filoso como recomendaban en ese documental de caza. Mi marido no alcanzó a preguntar nada. Ni quiénes eran los chicos que seguramente vio correr, ni qué hacían allí, ni qué le había sucedido al gato. Ni siquiera pudo preguntar por la maldita mochila de alpinista con la que había tropezado. Di dos pasos hacia adelante y él retrocedió cuatro. Sin mediar palabra y sin dejar de mirarlo a los ojos y de una sola puñalada, abrí por completo el vientre del gato. Lo hice con tal fiereza que rayé también la madera de la mesa.

Además de las vísceras y la sangre, del vientre del animal salieron tres fetos mojados y de ojos fruncidos. Resultó que Philip tampoco era quien yo pensaba. Nadie lo es.

Mi marido contuvo la arcada. Luego se derrumbó sobre una silla. La mujer que lo esperaba en el coche hizo sonar dos veces la bocina. De algún modo, había dejado de importarnos. Fue como si la sangre de la gata se adueñara de nosotros: seguía escurriéndose desde la herida hasta el borde de la mesa y de allí hasta el suelo. ¿Cuántos minutos fueron necesarios para que Philip se convirtiera en un felpudo machucado? ¿En cuánto tiempo se habían perdido la vida de la gata y de sus fetos? Me miré las manos ensangrentadas y el cuchillo‒ ya no llovía, yo no sé qué olores traería entonces el viento, ni cuántos árboles o plantas la tormenta había arrancado de cuajo‒. La rubia seguía tocando la bocina del coche a intervalos rítmicos cada vez más apremiantes. Mi matrimonio no era lo que yo creía sino exactamente lo contrario. Y yo me decía a mí misma que lo único fértil y vivo de esa casa había sido arrasado por mis manos.


*Este cuento fue publicado en: La condición animal © 2016, Valeria Correa Fiz , Editorial Páginas de Espuma. 

Por las funciones que me tocó desempeñar en cierto momento de mi vida, debía cruzar regularmente varias veces por semana a una hora determinada el puente pequeño (por entonces no se había construido aún el Pont neuf) y al hacerlo me reconocían y me saludaban por lo general algunos obreros o gente del pueblo, aunque ninguno de manera más llamativa y constante que una vendedora muy bonita, cuya tienda se reconocía por un cartel que tenía dos ángeles; durante cinco o seis meses, cada vez que pasaba por allí, ella se inclinaba profundamente y me seguía con la vista todo lo que podía. Su comportamiento no me pasaba desapercibido, y yo también la miraba y me esmeraba por agradecerle. Una vez, hacia el final del invierno, cabalgué desde Fontainebleau a París, y cuando volví a atravesar el puente pequeño, la vendedora se asomó a la puerta de su tienda y me dijo mientras yo pasaba:

– ¡Señor mío, su servidora!

Respondí a su saludo y, dándome vuelta varias veces, vi que se había inclinado hacia adelante para seguirme con la mirada hasta donde pudiera. Detrás de mí venía un criado y un coche de correo, que planeaba enviar esa misma tarde de nuevo a Fontainebleau con cartas para determinadas damas. Siguiendo mis órdenes, el criado desmontó y fue hacia la joven mujer, con el objetivo de decirle en mi nombre que había notado su afición por mirarme y saludarme y que quería, si ella deseaba conocerme mejor, visitarla donde ella dijera.

Ella le respondió al criado que no podría haberle traído un mensaje más deseado y que iría donde yo la citara.

Mientras proseguíamos con la cabalgata, le pregunté al criado si conocía un sitio donde pudiera encontrarme con la mujer. Me respondió que él la llevaría a lo de cierta alcahueta, pero como este criado mío, Wilhelm de Courtral, era una persona muy aprensiva y escrupulosa, enseguida añadió que la peste ya se manifestaba en distintos sitios y que no solo mataba a personas del populacho más bajo y sucio, sino que ya habían muerto también un doctor y un canónigo, por lo que me aconsejaba hacer llevar el colchón, las frazadas y las sábanas desde mi propia casa. Tomé su consejo y me prometió prepararme una buena cama. Antes de apearnos, le dije que también llevara un buen lavabo, una pequeña botella con esencias aromáticas y algunos bollos y manzanas, además de ocuparse de que la pieza estuviera bien caliente, pues hacía tanto frío que los pies se me habían congelado en el estribo, y el cielo estaba cargado de nubes de nieve.

Por la noche fui al lugar y encontré a una mujer muy bonita de alrededor de veinte años sentada sobre la cama, mientras que la alcahueta, que llevaba la cabeza y su redonda espalda abrigadas con un manto negro, le hablaba afanosamente. La puerta estaba entornada, en el hogar ardía con mucho ruido una gran pila de leños nuevos, no me escucharon llegar y me quedé un momento parado en la puerta. La joven miraba tranquilamente las llamas con los ojos bien abiertos; había hecho un movimiento de cabeza como para alejar de sí a la vieja repugnante a millas de distancia, con lo que había provocado que brotara desde abajo de su pequeña cofia de dormir una parte de su oscura y densa cabellera, que ahora caía, ensortijándose en un par de rizos naturales, entre los hombros y el pecho sobre su camisón. Llevaba también unas enaguas cortas de lana verdosa y pantuflas en los pies. En ese instante, algún ruido me debe haber delatado, pues ella dio vuelta la cabeza y me ofreció su rostro, al que la tensión desmesurada de los rasgos le confería una expresión casi salvaje, sin la esplendorosa entrega que manaba de los ojos casi desorbitados y que brotaba a borbotones como llamas invisibles desde su boca muda. Me gustó en grado sumo; más rápido de lo que pudiera pensarse, la vieja se fue de la habitación y yo me senté junto a mi amiga. Cuando en la primera embriaguez de la sorpresiva posesión quise tomarme algunas libertades, ella se me sustrajo con una vehemencia indescriptiblemente vívida, tanto de la mirada como de su voz oscura. Pero al instante siguiente sentí que me abrazaba, aferrándose a mí menos fervorosamente con los labios y los brazos que con la mirada cada vez más perdida de sus ojos inagotables; enseguida pareció otra vez como si quisiera hablar, pero los labios estremecidos de besos no formaron ninguna palabra y la garganta temblorosa no dejó subir ningún sonido nítido, más allá de un sollozo entrecortado.

Ahora bien, yo había pasado una gran parte de ese día cabalgando por caminos helados, luego en la antecámara del rey había tenido un altercado muy enojoso y fuerte y más tarde, para mitigar mi mal humor, había no solo bebido sino también practicado vigorosamente esgrima con el mandoble, y así sucedió que en medio de esta encantadora y misteriosa aventura, cuando yacía con suaves brazos alrededor de la nuca y rociado de una aromática cabellera, me invadió un cansancio y casi un aturdimiento tan repentinos y fuertes que ya no pude recordar cómo había llegado a esa habitación, y por un momento hasta confundí a esa persona cuyo corazón latía tan cerca del mío con una muy distinta de tiempos pasados, para de inmediato caer en un sueño profundo.

Cuando volví a despertar, seguía siendo noche cerrada, pero de inmediato me di cuenta de que mi amiga no estaba conmigo. Alcé la cabeza y al débil brillo de los leños desmoronados y sin llama la vi parada junto a la ventana; había abierto uno de los postigos y miraba hacia afuera a través de la rendija. Luego se dio vuelta, notó que yo me había despertado y exclamó (aun puedo ver cómo sube el puño de su mano izquierda hasta la mejilla para echarse hacia atrás del hombro el pelo que se le había caído hacia adelante):

– ¡Falta mucho para que se haga de día, falta mucho!

Solo ahora noté bien lo grande y bonita que era, y no podía esperar el momento en que estuviera de vuelta a mi lado dando unos pocos pasos tranquilos y grandes con sus bellos pies, por los que subía resplandeciendo el brillo rojizo. Pero antes de eso se acercó de nuevo al hogar, se agachó hasta el suelo, tomó con sus radiantes brazos desnudos el último y pesado haz de leña que había quedado fuera y lo arrojó rápido sobre las brasas. Luego se dio vuelta, su rostro brillaba de llamas y alegría, tomó al pasar una manzana de la mesa y ya estaba a mi lado, con sus miembros aun revueltos por el fresco soplo del fuego, que enseguida quedó disipado por el estremecimiento de las llamas aun más potentes que brotaban desde su interior, y tomándome con la mano derecha al tiempo que sostenía con la izquierda la fruta mordida y fría, le ofreció a mi boca sus mejillas, sus labios y sus ojos. El último leño en el hogar ardió más fuerte que todos los otros. La llama lo aspiraba en su interior echando chispas, para luego dejarlo arder hacia las alturas violentamente, de modo que el brillo del fuego nos golpeaba como una ola que luego rompía contra la pared, haciendo que nuestras sombras abrazadas se precipitaran hacia las alturas y después volvieran a bajar. Una y otra vez chisporroteaba la dura madera, alimentando desde sus entrañas siempre nuevas llamas, que crecían ondulantes y desplazaban la pesada oscuridad con chorros y ráfagas de claridad rojiza. Pero de pronto la llama se hundió y una fría corriente de aire, silenciosa como una mano, abrió el postigo y dejó al desnudo el pálido y repugnante amanecer.

Nos sentamos, sabiendo que ya se había hecho de día. Pero lo de ahí afuera no se parecía a un día. No se parecía al despertar del mundo. Lo que había allí no tenía el aspecto de una calle. Ninguna cosa en particular resultaba reconocible: era un caos descolorido e inmaterial, en el que parecían moverse unas larvas atemporales en una determinada dirección. Desde algún lugar cualquiera y lejano, como salido del recuerdo, sonó un reloj de torre, y una brisa fría y húmeda, que no correspondía a ninguna hora, empezó a ingresar cada vez con mayor fuerza, de modo que nos apretamos el uno contra el otro, temblando. Ella se echó hacia atrás y fijó los ojos con toda su fuerza en mi cara; su garganta trepidaba, algo urgía por subir a través de ella y emergió hasta el borde de los labios, pero no salió ninguna palabra, ningún suspiro y ningún beso, sino algo no nacido que se parecía a esas tres cosas. La claridad iba en aumento a cada instante y la expresión múltiple de su rostro crispado se hacía cada vez más elocuente; de pronto unos pasos arrastrándose y unas voces se acercaron tanto a la ventana desde el exterior que ella se agachó y giró la cabeza hacia la pared. Eran dos hombres que pasaban; por un instante entró el brillo del pequeño farol que llevaba uno de ellos; el otro arrastraba un carro, cuya rueda chirriaba y crujía. Una vez que pasaron, me puse de pie, cerré el postigo y encendí una luz. Todavía quedaba media manzana: la comimos entre los dos, y luego le pregunté si podría verla una vez más, pues me iba de viaje el domingo. Esta pasada había sido la noche del jueves al viernes.

Me contestó que sin dudas lo deseaba con mayor anhelo que yo, pero que si no me quedaba todo el domingo, le sería imposible, pues solo podía verme en la noche del domingo al lunes.

Primero se me ocurrieron diversos impedimentos, de modo que esgrimí algunas dificultades que ella escuchó sin decir palabra, pero con una mirada indagadora sumamente dolorosa, al tiempo que su rostro se volvía tenebrosamente rígido y oscuro. Enseguida le prometí que por supuesto me quedaría el domingo, agregando que me presentaría ese día por la noche otra vez en este mismo sitio. Tras esta promesa me miró fijo y me dijo con una voz completamente ronca y entrecortada:

– Sé muy bien que por ti he venido a una casa de mala fama, pero lo he hecho por propia voluntad, porque quería estar contigo y para ello habría aceptado cualquier condición. Pero me sentiría como la última y más vil de las prostitutas callejeras si tuviera que regresar a este sitio una segunda vez. Lo he hecho por ti, porque eres para mí el que eres, porque eres Bassompierre, porque eres ese hombre en el mundo que mediante su presencia vuelve honorable esta casa para mí.

Había dicho “casa”, y por un momento fue como si hubiera tenido una palabra despreciable en la lengua; al pronunciarla, arrojó tal mirada a esas cuatro paredes, a esa cama y a la frazada que se había deslizado hasta el suelo, que bajo la ráfaga de luz que salió disparada de sus ojos todas esas cosas horribles y vulgares parecieron estremecerse y retroceder agachadas, como si la mísera pieza realmente se hubiera agrandado por un instante.

Luego agregó con un tono indeciblemente suave y festivo:

– ¡Que muera yo de manera miserable si además de mi marido y de ti le he pertenecido jamás a ningún otro y sienta deseo de cualquier otro en el mundo!

Ligeramente volcada hacia adelante con los labios semi abiertos y exhalando vida, pareció esperar algún tipo de respuesta, alguna confirmación de mi fe en ella, pero al no leer en mi rostro aquello que quería, su mirada indagadora y tensa se enturbió, sus pestañas batieron algunas veces y de pronto estaba junto a la ventana, dándome la espalda, la frente apretada con toda la fuerza contra el postigo, el cuerpo entero sacudido por un llanto silencioso pero tan espantosamente violento que las palabras se me murieron en la boca y no me animé a tocarla. Al final tomé una de sus manos, que colgaban como inánimes, y con las palabras más enfáticas que me inspiró la situación, logré después de un largo rato tranquilizarla lo suficiente como para que volviera a girar hacia mí su rostro bañado en lágrimas, hasta que de repente una sonrisa, brotando como una luz desde sus ojos y al mismo tiempo alrededor de los labios, consumió en un instante todas las huellas del llanto e inundó de brillo toda su cara. Ahora pasó a ser el juego más encantador que empezara de nuevo a hablar conmigo jugueteando infinitamente con la frase “¿Quieres verme otra vez? ¡Entonces te recibiré en lo de mi tía!”; diez veces repitió la primera parte, ya con dulce impertinencia, ya con desconfianza puerilmente fingida, para luego susurrarme la segunda parte al oído como si se tratase del mayor secreto y enseguida decírmela por sobre el hombro como si fuera la cita más natural del mundo, mientras encogía sus propios hombros y ponía la boca en punta, y finalmente repetirla pegándose a mi cuerpo, lisonjeándome y riéndose en mi cara. Me describió la casa con toda exactitud, tal como se le describe el camino a un niño que debe cruzar solo por primera la calle para ir a la panadería. Luego se irguió, se puso seria – y todo el poder de sus ojos relucientes se clavó en mí con tal fuerza, que fue como si también estuvieran en condiciones de atraer a una criatura muerta – y prosiguió:

– Te voy a esperar desde las diez hasta la medianoche y también más tarde y siempre, y la puerta de abajo estará abierta. Primero encontrarás un pequeño pasillo, no te detengas allí, pues a ese pasillo da la puerta de mi tía. Luego te vas a topar con una escalera, esa te llevará al primer piso, donde estaré yo.

Y cerrando los ojos, como si se hubiera mareado, echó la cabeza hacia atrás, abrió los brazos y me rodeó con ellos, enseguida se desprendió de mí y se envolvió en sus ropas, extraña y severa, y salió de la habitación, pues ya era pleno día.

Yo cumplí con mis tareas, envié por adelantado a una parte de mi gente con las cosas y ya a la tarde del día siguiente mi impaciencia era tan grande que poco después de las campanas nocturnas crucé el puente pequeño con mi criado Wilhelm, al que no le dejé llevar ninguna luz, para ver si al menos podía observar a mi amiga en su tienda o en la vivienda lindante y darle en el mejor de los casos una señal de mi presencia, aun cuando no me hiciera esperanzas de poder intercambiar con ella más que algunas palabras.

Para no llamar la atención, me quedé parado en el puente y mandé al criado a que se adelantase y estudiara la situación. Estuvo ausente un largo rato y al regresar tenía el gesto abatido y caviloso que yo le conocía de siempre a ese buen hombre cuando no había podido cumplir con éxito alguna de mis órdenes.

– La tienda está cerrada – dijo – y no parece haber nadie adentro. Tampoco se puede oír o ver a nadie en las habitaciones que dan hacia la calle. Al patio solo se puede entrar escalando un muro alto, y en su interior gruñe además un perro grande. Pero de las habitaciones del frente hay una que tiene luz, y por un resquicio se puede observar la parte interna de la tienda, solo que lamentablemente está vacía.

Malhumorado, quería ya emprender el regreso, pero igual pasé lentamente por delante de la casa una vez más; mi diligente criado volvió a echar un ojo a través de la rendija por la que afloraba el brillo de una luz y me susurró que en la pieza no estaba la mujer, pero sí el marido. Curioso por ver a ese tendero, al que no podía recordar haber visto siquiera una única vez en su tienda, y al que me imaginaba alternativamente como una persona gorda hasta la deformidad o como un viejito escuálido y decrépito, me acerqué a la ventana y cuál no sería mi asombro al ver que en la habitación bien amueblada y revestida en madera iba y venía un hombre de estatura inusual y muy buen porte que me llevaba sin duda una cabeza y que al darse vuelta me mostró una cara muy bella y grave, con una barba marrón que contenía algunas pocas hebras plateadas y una frente de una nobleza casi única, en la que las sienes formaban una superficie más amplia que la que jamás había visto en una persona. Aunque estaba solo en la pieza, su mirada igual cambiaba, los labios se movían y, deteniéndose aquí y allí en su deambular, parecía estar conversando en su imaginación con otra persona; una vez incluso movió un brazo, como para despachar una réplica con una superioridad un poco indulgente. Cada uno de sus gestos era de una gran desenvoltura y de un orgullo casi despreciativo, y mirando su solitario ir y venir no pude dejar de recordar con toda vivacidad la imagen de un prisionero muy distinguido que tuve que vigilar, al servicio del rey, durante su arresto en una de las torres del castillo de Blois. El paralelo me pareció aun más acabado cuando el hombre alzó su mano derecha y bajó la vista hacia los dedos curvados hacia arriba para observarlos con atención, y hasta con una severidad sombría. Pues casi con el mismo gesto había visto a menudo a aquel ilustre prisionero contemplando un anillo que llevaba en el índice de la mano derecha, del que nunca se separaba. El hombre en la habitación se acercó luego a la mesa, deslizó la esfera de cristal con agua delante de la luz de la vela y puso sus manos dentro del círculo de luz con los dedos estirados, como para examinarse las uñas. Luego sopló la vela y salió de la habitación, no sin dejarme un sentimiento vago y furioso de celos, porque mi deseo de su mujer siguió creciendo sin cesar, alimentándose como un fuego expansivo de todo lo que me salía al encuentro, incluyendo de manera confusa también esta aparición inesperada, que lo intensificó tanto como cada uno de los copos de nieve que ahora esparcía un viento húmedo y frío y que se me quedaban colgados de a uno en las pestañas y en las mejillas para luego derretirse.

El día siguiente transcurrió de la manera más inservible, no podía concentrarme bien en ningún negocio, compré un caballo que en realidad no me gustaba, me presenté después de la comida en lo del duque de Nemours y pasé algún tiempo allí jugando y conversando de las cosas más pueriles y desagradables. No se charló de otra cosa que no fuera la peste, que se expandía cada vez con mayor ímpetu por la ciudad, y a todos esos nobles no se les podía sacar más que relatos similares sobre el rápido enterramiento de los cadáveres, la paja que había que hacer quemar en las piezas de los difuntos a fin de disipar los vahos venenosos, y así; el más tonto de todos me pareció sin embargo el canónigo de Chandieu, que a pesar de estar gordo y sano como siempre, no podía contenerse y todo el tiempo bajaba su mirada bizca para contemplarse las uñas de los dedos, a ver si ya se observaba en ellas el sospechoso azulado con que suele anunciarse la enfermedad.

Todo esto me provocaba rechazo, me fui temprano a casa y me acosté en la cama, pero no me podía dormir, de la impaciencia volví a vestirme y me propuse ir a ver a mi amiga costara lo que costara, aun cuando tuviera que entrar por la fuerza con mi gente. Me acerqué a la ventana con la idea de despertar a mis criados, pero el helado aire nocturno me devolvió la sensatez y me di cuenta que este era el camino más seguro para arruinarlo todo. Aún vestido me arrojé a la cama y al final terminé durmiéndome.

El domingo transcurrió de modo similar hasta que se hizo de tarde; como llegué demasiado temprano a la calle indicada, me obligué a caminar de un lado al otro por una calleja aledaña, hasta que dieron las diez. Enseguida encontré la casa y la puerta que ella me había indicado, la puerta estaba abierta y detrás estaba el pasillo y la escalera. Pero la segunda puerta, arriba, a la que llevaba la escalera, estaba cerrada, si bien por debajo se veía una delgada franja de luz. De modo que ella estaba adentro y esperaba y acaso estuviera escuchando junto a la puerta del lado de adentro, tal como yo estaba del de afuera. Rasqué la madera con las uñas y entonces escuché pasos en el interior, que me parecieron los pasos vacilantes e inseguros de un pie descalzo. Por un rato contuve la respiración, luego empecé a golpear, pero escuché la voz de un hombre que preguntaba quién andaba ahí afuera. Me acurruqué en lo oscuro de la jamba de la puerta, sin emitir sonido alguno; la puerta permaneció cerrada y yo me deslicé en el mayor de los silencios, peldaño por peldaño, escaleras abajo, avancé a hurtadillas por el pasillo hasta el exterior y anduve yendo y viniendo por algunas calles con las sienes que me latían y los dientes apretados, ardiendo de impaciencia. Al final, volví a verme arrastrado hacia el frente de la casa, pero aún no quería entrar; sentía, sabía que ella alejaría al hombre, tenía que lograrlo, enseguida podríamos estar juntos. El callejón era estrecho; enfrente no había ninguna casa, sino el muro del jardín de un convento; me apoyé contra él y traté de adivinar desde enfrente cuál sería la ventana. En una de las ventanas del piso superior, que estaba abierta, se encendió de pronto el brillo como de una llama, que enseguida volvió a apagarse. Ahora creí verlo todo ante mí: ella había arrojado un leño grande en el hogar como aquella vez, y también como aquella vez estaba ahora parada en medio de la habitación, los miembros reluciendo por las llamas, o sentada en la cama escuchando y esperando. Desde la puerta la vería a ella, y a la sombra de su cuello y de sus hombros elevándose y hundiéndose en la parte translúcida de la pared. Enseguida estuve en el pasillo, llegué a la escalera: ahora tampoco la puerta estaba cerrada, sino entornada, y dejaba pasar el brillo oscilante también hacia un costado. Estiraba mi mano hacia el picaporte cuando creí escuchar en el interior los pasos y las voces de varios. Pero no quise creerlo, lo tomé por el trabajo de mi sangre en las sienes, en el cuello, y por el ardor del fuego en el interior. También en aquella ocasión las llamas habían hecho mucho ruido. Ahora ya había agarrado el picaporte, y tuve que comprender que adentro había personas, varias personas. Pero ya me daba lo mismo, pues sentía, sabía, que también ella estaba allí dentro, y que no bien abriera la puerta, podría verla, agarrarla y con mi brazo arrancarla tal vez de las manos de otros para atraerla hacia mí, ¡aun cuando tuviera que extirpar esa habitación para ella y para mí con mi espada y con mi puñal, recortándola de una multitud de gente que grita! Lo único que me parecía absolutamente intolerable era seguir esperando más tiempo.

Abrí la puerta de un golpe y vi, en medio de la habitación vacía, a un par de personas quemando paja que había sido usada como cama; a la luz de las llamas que iluminaban toda la habitación también vi paredes rasgadas, cuyos escombros yacían en el suelo, y, contra una pared, una mesa sobre la que había dos cuerpos desnudos, uno grande, con la cabeza cubierta, el otro más pequeño, extendido recto contra la pared, y al lado la sombra negra de unas formas finas, que subía juguetona y volvía a caer.

Bajé las escaleras a los tumbos y delante de la casa me choqué con dos sepultureros. Uno de ellos me puso su pequeño farol en la cara y me preguntó qué estaba buscando allí, el otro empujó su carro chirriante y crujiente contra la puerta de entrada. Saqué la espada, a fin de mantenerlos a distancia, y llegué a mi casa. De inmediato bebí tres o cuatro copas grandes de denso vino; tras haber descansado, emprendí al día siguiente el viaje a Lothringen.

Todos los esfuerzos que invertí tras mi regreso para averiguar algo sobre esta mujer fueron en vano. Incluso me dirigí a la tienda de los dos ángeles, pero la gente que ahora la ocupaba no sabía quiénes habían estado allí antes que ellos.

Basado en M. de Bassompierre, Journal de ma vie (Colonia, 1663) y Goethe, Conversaciones de emigrantes alemanes.


*Traducido con el apoyo del Instituto Goethe.