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Sharma Shields | del:inglés

Formípolis

El odio que yo sentía por Agnes llevó directamente a que nuestra familia apareciera en Oprah. Me dirán: pero no, no la odiabas; solo era tu hermana mayor. Pero no era mi hermana mayor. Parecía mayor, pero yo le llevaba dos años. No importaba. La gente la tomaba por la más guapa, la mayor, la más inteligente. Poco importaba que yo sacara las mejores notas, que fuera tres cursos por delante. Poco importaba, por ejemplo, que Formípolis fuese idea mía.

Todo el mundo le dio crédito a Agnes por Formípolis, incluidos mis padres y el tío Hayward, pero se me ocurrió una noche mientras leía Kid’s Life con una linterna debajo de las mantas. Levanté una punta de la manta para ver a Agnes, que estaba sentada con las piernas cruzadas en el suelo de mi habitación, haciéndose trenzas en el pelo largo. Le dije:  

—¿Sabes lo que sería una buena idea, Agnes?

—¿Qué, Hannah?

—Que fabricáramos colonias de hormigas y las vendiéramos al doble de lo que cuestan.

Arrugó la nariz, con disgusto.

—Las hormigas dan grima.

Grima. Esa fue su palabra, textual. Pero al día siguiente se lo contó al tío Hayward. El tío Hayward había llegado hacía poco de la ciudad para calmar sus «nervios alterados», según los llamó. Las hormigas le parecieron una excelente idea. Encargó los formicarios, que incluían tierra y alimento especiales, una colonia plástica delgada y unas veinticinco hormigas Pogonomyrmex occidentalis por cada compra. Abrió una de las cuatro puertas del garaje y pasamos varios días barriendo y ordenando. Nos leyó las instrucciones para cuidar de las hormigas, y, si bien yo las entendí desde el principio, Agnes le hizo repetir todo por lo menos tres veces.

—¿Pero por qué se mueren tan rápido? —se quejó Agnes.

No le gustaba que las hormigas sólo vivieran un mes en las colonias, y la verdad es que a mí tampoco, pero mientras que yo consideraba que aquel hecho era una simple realidad, Agnes por poco no se cortaba las venas.

—Sin una reina —dijo el tío Hayward— no viven mucho tiempo.

De pie junto al congelador del garaje, suspiré y me rasqué el codo. Hayward era mi tío favorito, pero me exasperaba la paciencia que le tenía a Agnes. Continuó:

—La empresa a la que le encargamos las hormigas no nos deja encargar reinas.

—¿Y por qué no? —continuó Agnes, aunque el tío Hayward ya se lo había explicado a principios de esa semana.

—Porque podrían escaparse y causar daños ecológicos graves —dije—. Si serás tonta. —Se me daba bien citar panfletos textualmente. Era una capacidad fotográfica que sacaba de las casillas a mis profesores y compañeros—. Como las hormigas coloradas, por ejemplo, o las abejas asesinas en Texas.

Hayward me dio unas palmaditas en la cabeza de un modo que me hizo sentir menos inteligente de lo que sonaban mis palabras.

—A lo mejor, chicas, si aprenden algo con estos formicarios, pueden empezar a desenterrar hormigas ustedes mismas y encontrar una reina.

Me gustó la idea. Imaginé signos de dólares enormes y brillantes.

—No encargues más hormigas —le dije a Hayward—. De ahora en adelante las conseguiré yo.

Al principio, nuestros padres no vieron con buenos ojos el asunto de las colonias de hormigas. Hayward intercedió en nuestro favor.

—Es un proyecto de verano fabuloso. Las chicas van a aprender un montón.

Aunque papá respetaba a Hayward como hombre de negocios, no lo consideraba muy racional.

—No quiero que se me llene el garaje de hormigas —refunfuñó.

—El garaje ya está lleno de hormigas. Pero estas hormigas están en cajas bien cerradas.

Papá negó con la cabeza.

Hayward insistió:

—¿No quieres que las niñas aprendan responsabilidad fiscal? ¿Atención al cliente? ¿Respeto por las criaturas del Señor?

Papá siguió protestando.

Mamá le dijo:

—¿Qué más da, Brett? Total, nunca estás en casa.

Papá vendía equipamiento médico a hospitales en todo el país. Por su culpa nos estábamos volviendo «ricos pero insatisfechos», como a menudo decía mamá. En cuanto a ella, creía que criar hijos consistía en saludarnos cuando volvíamos del colegio y sentarse con nosotras en el sofá, done se quedaba mirando la televisión con los ojos vidriosos. Deseaba que sacáramos provecho del genio femenino de Oprah, la única persona negra a la que mamá se tomó en serio, con excepción de un niño llamado Eldridge que yo había conocido en el restaurante Jolly Cheezers y con el que había jugado en el pelotero. Durante todo el camino de vuelta a casa, mamá no dejó de felicitarse por no ser racista.

—Me dio mucha alegría que jugaras con ese niño —me dijo—. Me pareció fenomenal.

Durante la cena, se encendió como una bombilla y se lo contó a Papá. Él le dijo:

—Bien hecho, Marta, bien hecho.

Era la manera que tenía de alentarla cuando estaba pensando en otra cosa.

Pero sí, estaba Oprah, y mamá nos hablaba de las virtudes tratadas en el programa, y también estaba Springer, y mamá rechistaba y suspiraba y nos señalaba lo penosa que podía ser aquella gente de clase baja (los pobrecillos nunca han aprendido ni pizca de moral. En fin, no tienen tiempo para pensar en esas cosas). A pesar de su rechazo, no creo que mamá hubiera despegado los ojos de la brutalidad emitida por televisión si Agnes hubiera empezado a sangrar allí mismo por las orejas. También creo que, por entonces, Springer le parecía guapo. Una vez, Springer besó a una mujer no muy distinta de mamá, entrada en años y en carnes, que lloraba porque su marido había vuelto a engañarla. Con una inspiración apasionada, mamá me hundió los dedos en el antebrazo. Cuando me soltó, había largas marcas blancas de garras donde antes pasaba la sangre. Deseé que se convirtieran en moratones para poder contárselo al consejero escolar al día siguiente. Tal vez me invitaban al programa de Springer. O mejor, porque mi madre quedaría hecha polvo, me llamaba Oprah y me pedía que le contara mis terribles experiencias. Pero en pocos minutos mi brazo volvió a la normalidad.

Al principio, mamá dijo que la visita del tío Hayward sería «realmente fabulosa». Creo que supuso que él se pondría de su lado en todo, en particular en lo referente a su marido. Pero, aunque Hayward nos adoraba a Agnes y a mí, prestó poca atención a mis padres.

—Tus cosas son tus cosas —le dijo a mi madre, y cuando ella le contestó que su participación en la idea de Formípolis era «una muestra tremenda y estúpida de lo tremendamente inmaduro» que siempre había sido y seguía siendo, el tío Hayward solo se echó a reír. A papá no parecía molestarle la presencia de Hayward, aunque a veces murmuraba cosas como: «Hayward es un poco raro» y: «¿Pero a quién no le gusta la cerveza?». Esas declaraciones brotaban en momentos extraños, como cuando se estaba afeitando o se sentaba a leer el periódico. No se las decía a nadie en particular. Mamá afirmaba que el hecho de que papá hablara solo era la señal más clara de su megalomanía.

La semana antes del fin de curso, Agnes y yo recorrimos los pasillos pegando anuncios escritos a mano que ponían: “¡¡¡Formípolis!!!”. El nombre se me había ocurrido después de considerar muchísimas posibilidades: Formífico, Hormigas Amigas, Hormiguero Popular. A Agnes se le había ocurrido un nombre de cuarta, «Ciudad Hormiga», que Hayward fingió apreciar hasta que grité: ¡Formípolis! Agnes se echó a llorar. Hayward le dio una palmadita en la espalda y dijo cosas como: «A tu hermana no se le habría ocurrido si antes no decías “Ciudad Hormiga”», lo que era una mentira total, y «Los que tienen éxito se suben a los hombros de los gigantes», lo que la convirtió en una gigante y a mí en una enana total. Vi una hormiga que caminaba por el suelo frío. La pisé y, con el pie, dibujé una sonrisa con sus tripas.  

—¿Quedamos en Formípolis o no? —pregunté.

Hayward asintió con la cabeza, pero también se llevó un dedo a los labios. Entré a casa hecha una furia. Más tarde, por indicación de Hayward, mamá fue a verme a mi cuarto y me dijo que no debía molestarme porque Hayward le prestara más atención a Agnes.

—Es más pequeña y más sensible —dijo mamá. Pero lo que quería decir era: «Es más tonta y más bonita». Mandé a mamá a freír espárragos y quedé excluida de una cena de pollo frito. Papá me alcanzó un trozo a escondidas más tarde. Sabía que era mi plato favorito.

La semana siguiente al fin de curso, recibimos un montón de clientes. A las madres del barrio Hayward les parecía apuesto y les encantaba arrimársele, acariciarse las perlas que afloraban como tumores pálidos en sus cuellos y muñecas y ronronearle que había hecho algo «de lo más encantador» al ayudar a la divina Agnes y a («¿Cómo se llamaba? Ah, sí, claro») Hannah con aquel proyecto tan «adorable». No hice caso a esas distracciones. Con cada hora que pasaba me sentía más apegada a mis hormigas. Una cucharada de miel dispuesta en la entrada atrajo a una multitud de ellas desde el Triángulo de las Bermudas de nuestro césped. Los palitos de helado usados servían muy bien para transferirlas a unos frascos grandes. Les hice agujeros en las tapas con agujas, y a veces se veían las patitas que sobresalían por las hendiduras. «Puaj», dijo Agnes, «qué grima». A pesar de su estómago delicado, me ayudó a trasferir las hormigas a sus nuevos hogares. De vez en cuando las reventábamos con los dedos, o las aplastábamos con los palitos de helado, y luego guardábamos diez segundos en solemne silencio por cada pequeña muerte. Pero en general todo marchaba bien.

Durante uno de mis ensueños relacionados con las hormigas, al preguntarme qué cosas harían feliz a una hormiga y a otra perezosa, se me ocurrió lo de las Colonias Personalizadas. Se lo expliqué a un compañero de clase, un chico llamado Viktor que había venido en bicicleta desde el valle para ver qué estábamos haciendo.

—¿Y eso qué quiere decir? —me preguntó, agarrando un formicario y sacudiéndolo como si fuera una pizarra mágica.

—No hagas eso, por favor —dije—. Se ponen nerviosas.

—¿Qué significa “colonias personalizadas”?

—Bueno —le expliqué, feliz de encontrar un cliente interesado—, digamos que no quieres una colonia de hormigas cualquiera. Digamos que quieres una donde las hormigas estén más felices que las hormigas comunes y corrientes, como una especie de parque para las hormigas o algo por el estilo, o digamos que quieres una colonia con hormigas que trabajan a lo loco, tres veces más rápido o algo así. Me puedes hacer el pedido. En una semana te fabrico una colonia de hormigas feliz, o rápida, o nerviosa, o lo que sea.

A Viktor pareció gustarle la idea. Miró a mi hermana, que estaba sentada a mi lado, jugueteando con un lápiz y enfocándolo fijamente como si fuera de oro.

—¿Y hormigas cachondas? —dijo.

—Ay, Viktor —me reí— no digas esas cosas delante de Agnes.

Agnes se sonrojó y Viktor sonrió. Entonces me dijo:

—No me llamo Víctor. Me llamo Viktor.

—Fue lo que dije.

—No, no lo hiciste. Lo dices mal. Soy Vick-TOR, y tú dices VICK-tor.

Me quedé perpleja.

—¿Cuál es la diferencia?

—La diferencia —dijo Agnes— es TOR.

Empezaron a picarme los nudillos.

—Es ruso —dijo Viktor—. Soy descendiente directo del Zar.

—¿Qué zar? —le pregunté.

—¿Pero tú eres tonta o qué? —dijo Viktor. Agnes se rio.

—¿Eres su hermana mayor? —le preguntó a ella.

—Es dos años más chica que yo, Vick-TOR.

Viktor soltó un silbido.

—Quién lo hubiera dicho.

Lo cierto es que siempre me había gustado Viktor. Me gustaba que no hablara mucho en clase, y que, al parecer, algunos de los demás niños lo consideraran molesto. Lo trataban como me trataban a mí, igual que si le creciera una cabeza de vaca del hombro. También éramos flacos y pálidos los dos. Bajo cierta luz parecíamos translúcidos. Yo fantaseaba con que nuestros hijos saldrían de nuestra mansión entrecerrando los ojos debido a la luz del día, con pinta de gusanos y color hueso, amargados y muy listos.

Agnes, por supuesto, tenía las mejillas rosadas y pechos de verdad. Ella había tenido la regla un año antes que yo. La situación la hizo sentirse incómoda en su curso, según noté, pero también le dio una especie de atractivo sobrenatural. La primavera pasada yo había padecido la máxima deshonra de mi vida cuando, al descubrir sangre durante un recreo escolar, tuve que pedirle a mi hermana pequeña una toallita higiénica. Ella se portó bastante bien con respecto a ese asunto, pero nunca pude evitar sentir que, en la carrera hacia la feminidad, yo ni siquiera había entrado entre los suplentes.

Los chicos adoraban a Agnes, por supuesto. Algunos de ellos, de su clase o mayores, frenaban las bicicletas de un patinazo en nuestra entrada y miraban con timidez el garaje. Durante algunas semanas, usaron nuestra casa como el estacionamiento que está delante de Jolly Cheezers: se reían a carcajadas y gastaban bromas y hacían como que no se fijaban en Agnes, aunque cualquier idiota sabía que solo pensaban en ella. Agnes metía tierra en las colonias de plástico y los ignoraba con la misma eficiencia. Una vez, un chico bajito y con pinta de malcriado dijo, sin tratar de ocultar su voz aguda:

—No pueden ser hermanas. Hannah es más fea que un caballo —y luego lanzó un cohete de moco tan grande sobre la acera que los otros chicos exclamaron:

—¡Tremendo!

La cabeza de Agnes se volvió hacia mí y dijo:

—Son unos cerdos. No le caen bien a nadie.

Pero yo sabía que era mentira. Eran los más populares de la escuela. El hecho de que la persiguieran como misiles sensibles al calor solo significaba una cosa: ella era la chica más popular. Aquel verano, la vergüenza, como el calor, siguió espesándose.

Después de las primeras semanas, los interesados empezaron a escasear. El tío Hayward no correspondió a los avances de las madres y amas de casa solitarias, así que al cabo estas se retiraron a sus costosas viviendas. Algunos chicos seguían haciendo un alto en bicicleta, pero, al haber menos personas tras las que esconderse, se volvieron temerosos como corderitos y se empezaron a quedarse períodos de tiempo cada vez más cortos. Agnes y yo pasábamos la mayor parte del día en el garaje o en la entrada. Me salieron moratones en las rodillas y en las palmas de las manos por buscar hormigas en la acera. Para entonces teníamos muchos tarros repletos de ellas. Seguía sin encontrar una reina.

A pesar de mis protestas, el tío Hayward nos obligó a ralentizar la producción. Podíamos buscar reinas, dijo, pero no nos hacían falta más hormigas. También sugirió que guardáramos las hormigas en un lugar con más sombra.

—Se van a freír como tocino —advirtió.

Puse carteles en los rincones más frescos del garaje. Decían, en orden alfabético: «Colonias ansiosas», «Colonias felices», «Colonias laboriosas», «Colonias maravillosas», «Supercolonias».

Hayward preguntó:

—¿Cuál es la diferencia? Son todos iguales.

Sabía que eso era una tontería.

—No te creas —le dije—. Cada hormiga tiene una personalidad distinta.

Hayward se rio y me desordenó el pelo.

—No te lo tomes tan en serio, cariño.

Tuve que usar toda mi nueva benevolencia para apretar los dientes y sonreír.

Lo bueno, al principio, era que Viktor seguía pasando por casa. Un día le mostré la Colonia de Hormigas Cachondas que había creado (sin que Hayward lo supiera, claro). Cuando la levantó de mi puesto y miró a través de las paredes de plástico, se limitó a decir:

—Bah. No están cepillando.

Me reí, pese a mi orgullo herido. ¿Cómo iba a saber que debían cepillar? Le dije:

 —Llévatelo igual. Es un regalo.

Por primera vez, me miró directo a los ojos.

—Guau, ¿en serio? Gracias—. Agarró la colonia bajo el brazo y preguntó—: ¿Dónde está Agnes?

Fruncí el ceño.

—¿Qué más da?

Viktor chasqueó la lengua y miró a lo lejos.

—Estoy enamorado de ella —dijo con cara soñadora.

—Eres un imbécil —le grité, mucho más fuerte de lo necesario—. Ella es una imbécil y tú eres todavía más imbécil.

Viktor frunció el ceño.

—¿Pero qué te pasa? ¿Tienes envidia? ¿Tienes envidia de que tu hermana sea guapa? ¿Envidia por parecerte a una rata?

Hayward oyó los gritos y vino desde el jardín, donde estaba tomando el sol y escuchando la radio.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

—Ya me iba —dijo Viktor, y me devolvió la colonia de hormigas de un manotazo. La agarré; estaba punto de echarme a llorar.

—No quiero tu estúpida colonia. No son hormigas cachondas. Son hormigas estúpidas. Son las únicas hormigas que puedes hacer, Hannah.

Se alejó pedaleando.

Hayward dijo:

—¿Hormigas cachondas?

—Me odia —me lamenté. Hayward se sentó a mi lado y se dio una palmadita en la rodilla. Me senté encima y me limpié la cara. Era raro sentarse en las rodillas de un adulto. Llevaba años sin sentarme siquiera en las rodillas de mi padre.

—No te odia —dijo Hayward—. A lo mejor se ha encaprichado contigo. Así actúan los chicos.

Negué con la cabeza.

—A Viktor le gusta Agnes —dije—. A todos los chicos les gusta. Me dijo… —me eché a llorar de nuevo—… me dijo que era una rata.

Hayward me abrazó y me besó en la cabeza.

—Venga, vamos. No le crees, ¿no? No es verdad.

Su aliento olía a menta y cigarrillos.

—Le gusta Agnes —dije resueltamente—. Hayward me soltó y me levanté—. Es cierto. No tienes más que preguntarle a ella.

Hayward puso cara de preocupación.

—Agnes es muy pequeña —dijo.

—No para él.

—Tal vez debería decir algo.

Hayward me miró como si buscara mi aprobación.

—Claro que sí. Deberías.

Tenía la esperanza de que una conversación con el tío Hayward sobre chicos incomodara a Agnes. Al menos un poco.

Entonces Agnes apareció en su bicicleta y se puso a dar vueltas lentas por la entrada.

—¿Qué pasa? —me preguntó.

—Nada —dije.

—Busquemos una reina.

Desmontó y dejó que la bicicleta se estrellara contra la acera.

Me limpié la cara y asentí. Hasta Hayward ayudó. Me arrodillé delante de un hoyito del jardín por donde había visto salir hormigas y esperé. «Ahí abajo hay una reina», susurré. Iba a encontrarla, capturarla y crear una colonia de hormigas inmortal. Viktor leería sobre mí en los periódicos cuando me convirtiera en una entomóloga famosa y se arrepentiría de su horrible conducta. Me llamaría y yo me echaría a reír. Entonces le diría que… pero en ese momento vi una hormiga larga, rara y alada. Salía lentamente del pequeño agujero. Mi corazón dio un vuelco. Puse mi mano encima con cuidado.

—¡Tengo una! —grité—. ¡Tengo una reina!

Agnes estaba maravillada.

—Es genial —dijo, después de transferirla a una colonia. Yo estaba radiante. El tío Hayward me dio una palmadita en la espalda.

—¿Ves? —dijo—. La vida no es tan mala.

Me encogí de hombros. Pero, en ese momento, la vida parecía estupenda.

Esa noche, el teléfono sonó durante la cena. Papá odiaba que sonara el teléfono.

—Por el amor de Christopher —dijo, poniéndose de pie—. ¿Es que nadie puede cenar en paz sin que lo interrumpan?

—Podrías cancelar el sonido —sugirió mamá. Siempre sugería lo mismo.

—Podría ser Elías. —Esa era siempre la respuesta de papá. Elias era su jefe. Momentos después, papá regresó de la sala de estar—. Era un niño con voz de presumido que quería hablar con Agnes. Víctor o algo así.

—Viktor, papá —corrigió Agnes.

—¿No tienes diez años? —dijo papá—. ¿Qué es eso de las llamadas del sexo opuesto?

Agnes pareció cohibida.

—No lo sé. Nunca me habían llamado—. Me vio mirándola con enfado y dijo por encima de su tenedor cargado de guisantes—: ¿Qué pasa, Hannah? Para mí es un tonto.

—Ja —dije—. Para mí también. Lástima que esté enamorado de ti.

Mamá dijo:

—¿Es el niño ruso de tu clase, Hannah? Los rusos son fascinantes.

—No es ruso, mamá. Es un mentiroso.

—Hannah —me regañó—, no está bien negarle a alguien su herencia cultural.

Durante todo ese tiempo, Hayward permaneció sentado mirando a Agnes con la cara arrugada. Su preocupación aumentó cuando papá le entregó a Agnes una tarjeta con el nombre mal escrito de Viktor y su número de teléfono.

—¿Es una buena idea? —preguntó Hayward a la mesa—. Agnes tiene diez años. No sé si es muy buena idea. Sobre todo si este chico anda detrás de ella.

Adoré a Hayward por decir eso.

—Pero, por favor, Hayward —dijo papá—, ¿qué clase de niño de doce años podría siquiera reconocerse la polla en una rueda de identificación?

Mamá tomó aire.

—¡Brett, por favor! —Luego se acercó la ficha a los ojos—. ¡Oh! —jadeó encantada—. Es un número del centro. Deberías llamarlo, Agnes, e invitarlo a casa mañana. El pobre no respira ni una gota de aire fresco en ese barrio.

Hayward se cubrió la cara con las manos. Me di cuenta de que estaba de mi lado.

Más tarde esa noche, mientras papá roncaba delante del televisor y mamá se daba uno de sus largos baños con olor a melocotón, fui al garaje para leer cómics con mi linterna, sentada en el sofá viejo que Hayward había arrumbado en un rincón. Acababa de llegar a una gran escena en la que Formizilla aplastaba a todos los que han intentado hacerle daño, cuando la luz de la cocina cayó en un rectángulo amarillo sobre el capó del coche de papá. Hayward y Agnes entraron, y Hayward cerró suavemente la puerta. Me oculté de un salto con el cómic detrás del sofá y me quedé cruzada de piernas contra su armazón mohoso. Apagué la linterna. Por alguna razón, Hayward no encendió la lámpara del techo.

De camino al sofá, tropezaron con algunas cosas. Agnes dijo:

—Tengo miedo de la oscuridad.

El tío Hayward respondió en un susurro:

—No te preocupes, ya casi llegamos.

Se sentaron. Olí el polvo que se levantaba.

Al principio, me impresionó lo que Hayward le decía a Agnes:

—No está bien que ese muchacho te siga. Para nada.

—¿Porque está en la clase de Hannah?

—Bueno, por eso y porque quiere aprovecharse de ti.

Imaginé que Agnes estaba, como siempre, confundida por los comentarios de Hayward.

—Mira —dijo Hayward—, algunos chicos son buenos chicos. Algunos son malos. Viktor no es trigo limpio. No quiere tratarte bien, ¿me entiendes? Creo que tiene malas intenciones.

—Pero a Hannah le gusta —dijo Agnes. Después de una pausa, sugirió—: A lo mejor ella debería salir con él.

—Claro, claro. Hannah debería salir con él. Pero tú eres demasiado bonita para esos chicos.

Escuché, entonces, el sonido de un cuerpo que se acurrucaba contra el otro. A continuación, Hayward gruñó como si estuviera levantando algo. Mis ojos se iban ajustando a la oscuridad. Tardé un momento en darme cuenta de que Agnes estaba sentada en el regazo de Hayward; los dos tenían la cabeza vuelta hacia el otro lado.

En la oscuridad, la cabeza de Agnes parecía crecer en el hombro derecho de Hayward.

—Yo quiero tratarte bien —dijo.

—Siempre me tratas bien, tío Hayward.

—¿Quieres que te trate bien?

—Claro.

Para entonces la voz de Agnes sonaba más tensa, casi molesta. Luego ella dijo, como si quisiera cambiar rápidamente de tema:

—¿No es genial que Hannah haya encontrado una reina?

La voz de Hayward sonó amortiguada, como por el pelo de Agnes.

—No era una reina. No quería decírselo, pobrecita, pero no era más que una joven hormiga macho. A la reina hay que desenterrarla. Supongo que se parecen, pero no vas a encontrar a una reina dando vueltas por ahí.

—Oh —dijo Agnes—. Qué asco.

—Pero es nuestro pequeño secreto, ¿no? —susurró Hayward. Pude oír cómo la toqueteaba.

Los lóbulos de mis orejas se calentaron. Pensé en la hormiga alada, que parecía especial, pero no lo era. Me mordí el labio para no llorar a gritos. Quería creer que Hayward se equivocaba, pero una parte oscura de mí sabía que tenía razón.

—Eres una hermosura —dijo Hayward, y comenzó a besarle la nuca. No lo hacía de la misma forma que me había besado en la cabeza. No con los labios secos y juntos. Los arrugaba y succionaba, como cuando mamá presionaba una esponja húmeda sobre un plato.

—Me haces cosquillas —dijo Agnes. Pude ver que se retorcía.

—Quédate quietita un momento. Déjame que te trate bien—. Volvió a estirarse en el sofá—. Una hermosura. Una preciosidad.

Lo odié a más no poder. Una hermosura. Una preciosidad. Busqué algo a tientas, cualquier cosa, para herirlo, y lo que único encontré fue uno de mis frascos, lleno con unas trescientas hormigas. Abrí el frasco. La tapa chirrió y el aire se escapó con una especie de suspiro, mientras se extendía un olor amargo como de pis. Agnes dijo:

—¿Qué ha sido eso?

El tío Hayward jadeaba en su oído:

—Debería parar. Realmente debería parar.

Y ella dijo, como aburrida:

—Es un poco raro. Quiero volver a casa, tío Hayward.

Me agaché detrás de ellos y volteé el frasco justo encima de la oscura y pesada línea de los hombros del tío Hayward. Al segundo siguiente, los dos se pusieron de pie, y él empezó a gritar. El garaje se inundó de luz. Papá estaba parado en la cima de las escaleras, con la boca abierta. Cuando mis ojos se ajustaron a la luz, vi a Agnes de pie en su sitio, muy tranquila y parpadeando, con una parte de la camiseta levantada sobre su pecho derecho. Hayward se sacudía, se arrancaba la camisa y pedía ayuda.

—¿Qué está pasando aquí? —rugió papá.

—Hayward me estaba tratando bien —dijo Agnes, no sin asco. Las hormigas salían del frasco abierto hasta mis dedos y mi brazo. Papá se nos quedó mirando, en silencio. Hayward empezó a llorar y a retorcerse. Apareció mamá y los ruidos se hicieron fuertes y agudos. De alguna manera nos llevaron a Agnes y a mí adentro. Nos sentamos sin decir nada en el suelo de mi habitación. Agnes me quitó una hormiga del pelo y me preguntó si quería jugar a las cartas. Le dije que de acuerdo.

Fue la última vez que vimos a Hayward. Al día siguiente, mientras mamá, presa del pánico, hacía una cita tras otra con médicos para que atendieran a Agnes, papá tiró a la basura nuestras colonias de hormigas. Le pregunté si podía quedarme con una, la de la hormiga alada, y me dijo que no. Agnes intentó salir en mi defensa.

—Pero las hormigas me salvaron —dijo. Pero ni siquiera fue suficiente con su perfecto encanto. Papá no quería saber nada.

Agnes, por supuesto, estaba bien.

—Solo me besó el cuello y me tocó una teta —dijo.

—A mí también me besó —le conté, y también a mamá.

Mamá no parecía muy preocupada por mí. Escribió una carta a Oprah, describiendo que su hermano había abusado de su hija pequeña sin que ella se diera cuenta. «¡Y bajo mi propio techo, Oprah!». Uno de los representantes de Oprah llamó un par de semanas después y preguntó si acudiría a un programa especial: «Madres cegadas, hijas abusadas». Mamá estaba extática. Le pregunté si yo también iba salir en el programa. Me dijo que no.

En cualquier caso, papá y yo las acompañamos en avión a Chicago. Miramos el programa en un hotel elegante. Papá parecía avergonzado al verlas en la pantalla. Mamá estaba tan emocionada que no podía dejar de sonreír, incluso cuando Agnes le dijo a Oprah: «Después me tocó una teta y me besó el cuello».

Papá dijo:

—Tu madre parece psicótica.

Cuando regresaron, salimos a dar un paseo por el lago. Mamá y papá se sentaron en un banco del parque y se nos quedaron mirando desde lejos.

—¿Viste el programa? —me preguntó Agnes. Estaba de mal humor.

—Sí.

—¿Oíste lo que dije sobre ti?

Negué con la cabeza.

—A lo mejor lo cortaron. Les dije que me salvaste. Tú y las hormigas.

—¿En serio?

—Sí.

Seguimos caminando en silencio y pateando piedras.

—Supongo que para ti ha sido una mierda —le dije.

—No es para tanto. Me dio pena una de las chicas del programa. Un tipo le metió la salchicha.

—Puaj —dije. Nos reímos un poco.

—No puedo creer que hayan cortado lo que conté sobre ti —dijo.

No me fiaba completamente de mi ella, pero lo que dijo me hizo sentir más cariño. Aunque no le hubiera dicho a Oprah que yo era su heroína, al menos lo había admitido delante de mí. Siempre estaría en deuda por eso.

Nos paramos en el borde y dejamos que el agua nos lamiera las puntas de las sandalias.

—El agua huele a caca de pájaro —dije.

—Ojalá pudiera cortármelos y tirarlos a las olas.

Se estaba mirando los pechos.

No dije nada. No sabía si estaba actuando o no.

Volvimos al hotel y pedimos Coca-Cola y tiritas de pollo y patatas fritas con mucho kétchup al servicio de habitaciones. Cuando nos hartamos, Agnes y yo nos pusimos el pijama y nos lavamos los dientes. Mamá y papá fueron al bar de abajo, diciendo que volverían pronto.

—No le abran a nadie —advirtió mamá. La pesada puerta se cerró tras ellos.

Cuando nos quedamos solas, nos pusimos a pasar todos los canales que supuestamente no debíamos ver. En el gris áspero de uno de ellos, con la pantalla llena de una multitud de hormigas negras, se oían gemidos y se detectaban muslos por aquí, pechos por allá, piezas poco familiares de cuerpos temblorosos.

—Apágalo —dijo Agnes. Y lo hice.

No pensaba mosquearme porque a veces me diera órdenes. El hecho de que yo fuese su heroína significaba que ella merecía ser rescatada. En ese momento, no fue difícil aceptar la capitulación. Pero hubo otros, después, en que el enfado o la pena casi me movieron a admitir: Oye, te salvé pero por las razones equivocadas.


 

Este cuento está tomado de Sharma Shields, Favorite Monster, 2012, Autumn House Press.

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