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Marcelo Cohen | del:español

Hay que pagar

Un romance moral

Aparte de tenues luminarios de pared, una ancha luna artificial alumbra desde el techo este local de comidas sencillo y gustoso. El dueño en persona vigila desde la caja. En una mesa, ajenos al vaivén de los camareros y la concurrencia, un hombre y una mujer procuran disimular la efusividad de la charla desviando a veces la mirada hacia la ventana. Al otro lado del vidrio, hacia abajo, el río valseante refleja un festón de luces caseras. 

Han terminado de comer y beben licor de arropi a sorbos menudos. Flugo, un pelirrojo fortachón, está bastante afincado en su fealdad masculina. Otami es larga y deslumbrante: ojos azules de tamaño correcto, pelo corto del color de los dátiles, nariz  abrasadora, los incisivos laterales de arriba deliciosamente inclinados, y en el pleno labio de abajo un tic de esfuerzo por controlar cierto desequilibrio. Justo ahora ha embocado mal la copa y un chorrito le abrillanta el mentón. Se lo seca de un manotazo. Baja los párpados; se quita la chaqueta. Flugo consigue sorber virilmente la baba que le está por caer. Ella extiende los brazos para mostrarle las prestaciones que esconden sus brazaletes. En los peludos brazos de Flugo sólo hay juiciosos apéndices funcionales; los muestra. Están engranados e intranquilos como si algo se cociera entre los dos sin dar todavía un olor reconocible. La cuenta está sobre la mesa, Otami advierte que ella invitó y va a pagar ella. De golpe se oye un bramido no humano. El pelo de Flugo enrojece más, y se enciende también la espalda de Otami.

Por la boca de la cocina, al lado del mostrador donde el dueño monta guardia, ha irrumpido una llamarada y ya devora el separador de hiluveno. Perseguidos por otras llamas cada vez más grandes, chef y pinches salen a los piques mientras los robotios retroceden escupiendo sus reservas de agua. De nada sirve. Nuevos fulgores asoman a ras del suelo como boas de fuego. Mientras el dueño se aparta palmoteándose una botamanga, un tumulto de clientes corre a la salida. Viendo que Flugo activa su extintor pulsera, el hombre le pide que no se acerque. Flugo considera los restos de comida, la tarja con la cuenta; saca la faltriquera, toca el dinero mientras la barra se inflama, y entonces Otami lo agarra y tira de él, pero las manos sudadas se desprenden y ella sigue sola. El dueño duda como un capitán antes de meterse por una puerta trasera. Entre la hoguera y la noche Otami se da vuelta para insistir hasta que Flugo escapa tras ella. Desde la explanada, a cincuenta varas, miran cómo el incendio se come buena parte del local, la deflagración que revienta dos cristales, hasta que llegan los alademoscas matafuegos. Mediado el espectáculo tranquilizador, ya no hay nadie bajo las estrellas más que ellos. Flugo se debate entre la pesadumbre y los hombros incandescentes de Otami. Desaparecieron todos, dice ella. Sin pagar, dice Flugo. Todavía apretando el dinero, amaga dar la vuelta al local. Ella se le aprieta contra el flanco. Hace frío, dice. Picado por el susurro, él se da cuenta de que puede rodearla con el brazo. Bajan al malecón en busca de un taxi. Llegan a un alto icosaedro habitacional. En el estudio de ella, bello y desequilibrado como ella, se acoplan como evadidos. Todas las posiciones, todos los orificios, todos los líquidos. En la misma medida en que Otami emprende, Flugo se libera de sí mismo. Está desenfocado, como si no divisara los nuevos límites que apareja cualquier liberación sorpresiva. Se mira la trúmpana desmesuradamente tiesa que ella pide que le entierre, y después no sabe si atender a los dos dedos que ella le ha hundido en el culo, mientras lo abraza con desesperación, o al sonido que deja escapar, un zureo, una rogativa de amparo, el canturreo aterrado de una fórmula contra la extinción. Duermen plácidos pero no radiantes. A la mañana ella lo mima, aunque no se le aferra como en la noche; divaga. Él está concentrado. En esa pequeña diferencia Flugo encuentra espacio para que la incredulidad por lo que le ha tocado ceda a la aflicción. Una tragedia, dice; lo de ese hombre es una tragedia; y la gente cómo es…, y nosotros…, con una cena tan bien hecha… A ese hombre hay que pagarle. Ella le recuerda que todas las cuentas juntas no van a rendirle lo que el seguro; y que además invitaba ella. Él dice que no es tanto el dinero como, como, que pagar sería lo debido, lo responsable, incluso humanamente hablando. El silencio que se hace indica que no es un dilema trivial. Flugo no logra consumar un bostezo. Nunca había pensado en lo importantes que son cosas así. No dice que tampoco se había acostado nunca con una mujer como ella, pero se nota que está shockeado por partida doble. Ella se despereza restregándose contra él. Que sea capaz de hacer las dos cosas al mismo tiempo despabila el trúmpano de Flugo y se revuelcan de nuevo. Él culmina con rebuznos; ella con una imploración, como si zozobrara, pero en seguida salta al día, diáfana como una delfina. Lo besa, le palmea el culo y se sienta con un cuarnaclo sobre las piernas en un elegante diván sucio. Ya ha dicho que le cuesta mucho enfrentarse con gente, y que diseña imágenes de persuasión para enlaces neurales. Se enchufa a la Panconciencia. Flugo se queda mirando el único cuadro de la casa, un paisaje hecho de lugares muy distintos, cañaveral, laguna de alta montaña, pasillo de hotel barato y más. Después se va a su empleo. Resulta que es supervisor de calidad en una fábrica de inyectores de fluido. 

Deja pasar unos días antes de volver al restaurante. Dos ciborgues custodian unos muebles no tan chamuscados y un amasijo de ladrillina, maderata y metales arrimado a las dos paredes que resistieron. El aleteo de un mantel llama la atención sobre una mesa, no la que ocuparon Otami y Flugo, donde todavía reluce el cuadret de una cuenta impaga. Flugo entorna los ojos y el cuadret se desvanece. Lo real ahí es un muchacho que está apilando artículos sanos. Flugo le explica que ha ido a abonar lo que consumió esa noche. El chico le dice que no se preocupe, que don Mayome tiene otras prioridades, y Flugo se va a regañadientes, sin preguntar ni insistir más.

No va a perdonarse esa dilación. Sin embargo podría, porque para su sorpresa Otami lo llama y salen a pasear juntos, no una sino dos veces, y las dos veces pechulan como desalmados, una de ellas en un embarcadero desierto. Tres polvos ya son una relación, en general; pero en este caso no del todo. Están atados pero no unidos. Se estrechan con violencia, se muerden, se martirizan con caricias, mezclan aliento y saliva y semen y flujo, inundan los ojos con los ojos y se apretujan de codicia hasta lastimarse, y como es inútil, porque ninguno de los dos puede robar nada del cuerpo del otro, ni confundirse enteramente, que es lo que querrían en ese momento, cuando parece que el placer los hubiera rendido y estuvieran saciados, basta que un rato después se rocen para que, al contrario que en el incendio de la cocina, renazcan el fuego y el furor. Otami tiene tanta locura por el trúmpano y la boca de Flugo como por sus propias eminencias y agujeros y como él por cualquier parte de ella, hasta las uñas de los pies, pero a Flugo entero lo idolatra. Anida la frente en el pecho de él, le mece la cabeza, musita Me das todo, gime que si la suelta se va a ir volando o va a ahogarse, y él arremete, puja y chupa y entretanto atina a consolarla, aunque nunca ve que ella necesite consuelo después del climax. No es que el sexo sea el único lazo; más bien es como si cuando pechulan apareciera un vínculo que fuera del sexo no puede superar un obstáculo.

Flugo balbucea que hay que estar a la altura de lo que uno hizo. Ella sonríe a medias y se masajea las pantorrillas sin argumentar siquiera que lo que ellos hicieron fue ir a cenar, pero posiblemente es eso lo que piensa. ¿Y quién va a reparar la desaprensión, el egoísmo de los que se fueron?, dice él. Ella le echa una mirada de refilón, sin ironía, sin caridad, sin la menor molestia, sin repetir que la que debe la cuenta es ella.  

Cuando al día siguiente Flugo vuelve a la colina el muchacho le cuenta que don Mayome murió. Él es el ahijado. Flugo se muerde los labios. Claro, con semejante calamidad, murmura. No señor, murió de algo que ya tenía. ¿Y vos…? Yo lo ayudé a morir, y él me dejó esto, a ver si puedo venderlo. Flugo dice que no le va a ser difícil. El ahijado le dice que oyó mal: no es que vaya a ver si puede venderlo, como decía Mayome, sino que no va a poder venderlo. Claro, dice Flugo, habrá deudas pendientes. Explica que aquella noche no alcanzó a pagar; saca la faltriquera. El ahijado le corta el intento: me ofende. No, no, es un deber. Señor, usted no entiende nada de estos negocios. A punto de protestar, Flugo asiente. Baja la suave cuesta tocándose el costado, como si le doliera el bazo en medio de una subida escabrosa y no avanzase una pulgada. Una mañana, después del lascivo polvo de duermevela, le pregunta a Otami por qué nunca hacen eso en la casa de él. Ella sólo responde después de un rato: Acá, me siento mejor. Él estudia el único cuadro de la pared; se diría que hoy el paisaje está hecho de otros lugares, palafrenos al galope por una tundra, morgue, aldea en la niebla, pero puede ser un desperfecto visual de Flugo. Como siempre, el desayuno es té, pan con aceite y unas lonjas de pernil de bunasta. Lo comen sin que Flugo pregunte cómo sabe ella dónde se siente mejor si no conoce la casa de él. Otami se acomoda en su sillón laboral, tan lánguida, lustrosa y piernilarga en su robe de glapén que intimida. De repente él se levanta dándose una palmada exultante en la cabeza. El ruido saca a Otami de la Panconciencia. Le dice que se cuide un poco, que va a hacerse daño: hay que administrar la hiperproducción de endorfinas.

En el ex restaurante, el ahijado del dueño ya ha despejado la ruina. Se está despidiendo de una señora  de aire profesional que parte en su cocheciño. En cuanto ve aparecer a Flugo resopla, aunque no necesariamente por incomodidad sino tal vez por cansancio. Le pide que entienda que él tiene que reconstruir. Flugo sonríe con una suerte de astucia que el filme no mostró hasta ahora. Observa a los tres ciborgues que no consiguen arreglárselas con un cargamento de varios materiales. Le aclara al muchacho que él es muy bueno  organizando equipos de producción, entre otras cosas porque trabaja a la par de los que trabajan. Está tan expectante que el ahijado se resigna a permitir que le dé una mano. Será una mano de peso.     

Tres tardes a la semana, Flugo deja su sangróvil en el malecón y sube a la colina para colaborar con el ahijado de Mayome. Chequea presupuestos, conversa con proveedores, negocia con abogadios, se encarga de las proporciones para la mezcla de adoblástice, pugna vanamente por apremiar a la aseguradora, mejora planos de una instalación que por ahora tendrá que esperar, carga bloques de ladrillina y ayuda al muchacho a administrar el dinero que el previsor Mayome había reservado para dos años de la renta del que alquilaba antes de que el muchacho lo ayudase a morir. Flugo le pregunta en qué consiste esa ayuda. Es un quehacer que yo tenía antes, dice el muchacho.

Las mañanas siguientes a esas jornadas Flugo aprovecha para desayunar cafeto y galletas con cremé y confitura. El resto de las tardes se acicala en su casa antes de ir a comerse mutuamente con Otami, a veces después de un paseo callado, una cena expeditiva y un prólogo de palabrotas droláticas . Aun con lo poco que el filme ha contado de Flugo, no cuesta sospechar que esta regla lo intranquiliza. Una medianoche, mirando el cuadro de muchos paisajes, dice a mediavoz: Tengo que investigar. ¿Qué, cuti?, dice ella. ¿Qué trabajo será ayudar a morir? Otami se duerme, pero él no se percata. Del no muy audible monólogo que despacha se desprende que estar pagando tan solo una falta de muchos lo está abatiendo, salvo cuando pechula con Otami. Pero se plantea si lo abate pensar y repensar si el pago de las cenas es una obligación tan general, o sólo lo entristece estar abatido y por eso se ha inventado una manera de eludir el dilema. Uno diría que el trabajo de eludir el dilema empieza a aburrirlo. Es estar aburrido lo que lo entristece. Se despierta con Otami mojándole la oreja y del olvido del sueño cae en el olvido que le ofrece ella. Como una isla por un sismo, el semblante de Flugo se parte entre la tristeza y la plenitud. Mientras se pone una camisete sin mirarlo, ella le dedica un piropo: Cuti, cómo me divierto con vos; sos lo más divertido que conozco. Flugo parpadea, se le iluminan los ojos. Yo tenía muchas esperanzas en lo nuestro. Ella se levanta y por casi medio minuto da pasos alternativos hacia el baño y la cocina, como si no supiera qué hacer primero o no fuese dueña de sí misma. Decide sentarse en el sofá y la decisión la contenta. Él se demora en el masaje del colchón. Dos minutos después, desde la cocina, la voz de Otami llega a la cama como una publicidad neural entre borborigmos de cafetera: Tenés que estar menos cansado; a ver si de cansarte tanto te vas a cansar de lo nuestro.

Como una pastilla de efecto paradojal, la frase realimenta el mecanismo de Flugo. Tres tardes por semana, a la salida de la planta, cumple en resolver por la acción el dilema social de la evasión de una deuda. El resto de las noches se refocila en la avidez de Otami. Sudada, abierta al caos, ella lo estruja, se enrosca, lo oprime, con la voz bronca y agrietada le pide que no la suelte, que ate bien el cabo, que esté, pero después del climax es siempre ella la primera en desanudarse y fuera de la cama nunca hace una pregunta. Tampoco parece que busque respuestas. Así que entre el amarre y la flotación, parece que el desorientado Flugo sólo encuentra un anclaje cuando pone el hombro para la obra del ahijado. Así va venciendo la desorientación y la inquietud. El filme tiende a concretarse en una historia terapéutica de vidas paralelas de un hombre y él mismo.

Pero no es que Flugo se felicite de haber llegado a un arreglo tan bueno entre deber y placer. Una tarde, cuando ya sería hora de despedirse, el ahijado de Mayome, mientras se higieniza en el fregadero que acaban de instalar, lo observa: Usted, Flugo, trabaja como un penado. Él no se sorprende: Bueno, contesta; me veo como como un investigador. ¿Y qué quiere investigar? Eeh, me gustaría adueñarme de mí mismo. Al muchacho no se le ocurre más que cerrar el grifo y secarse, hasta que pregunta: ¿Para? A Flugo se le escapa una sonrisa que enseguida recae en la seriedad. No sé, para poder tener una relación. También el muchacho se pone serio: ¿Una relación cómo? Una relación como, como cuando se intercambian los alientos, dice Flugo y lo que dice lo deja alelado. Al muchacho no menos. Baja la voz: ¿De pareja? Podría ser, dice Flugo; una mano lava a la otra y las dos lavan la cara.        

Esa noche está mirando el pantallátor, tratando de unificarse en un solo sentimiento, cuando le suena el farphone. Es Otami. Sin ayuda de él, la cara se le resuelve en una sorpresa homogénea. La brumosa voz de ella no expresa nada más que lo que dice: Mañana a la noche, ¿me invitás mañana a tu casa? Claro, dice Flugo. Chunqui, dice ella; tenemos una novedad. Flugo corta y se apura a revisar el apartamento, pero no hay mucho que hacer. Está todo en orden, limpio, agradable. Lo último que se ve en el film es a Flugo en el súper comprando unas lonjas de pernil de bunasta.

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