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Steven Schwartz | del:inglés

La visión de Miles

Traducción : Martín Schifino

David se quedó mirando la foto que le habían sacado a Mimi en su bar mitzvah, veinticinco años atrás. Mimi era prima suya, una prima segunda, y ella y su familia habían viajado desde Brooklyn hasta Milwaukee para la ocasión. David recordaba que durante la ceremonia había caído rendido. Ella tenía el pelo largo, negro y sedoso y unos ojos grandes y marrones con motas doradas. Era alta y esbelta, con la cara ovalada de un retrato preciado y el cabello recogido detrás de unas orejas pequeñas y bien delineadas, como esculpidas en jabón. Con el cuello en una larga curva blanca, se mantuvo sentada muy quieta en la segunda fila de la sinagoga mientras él leía fragmentos de la Torah y guiaba a la congregación en las bendiciones. Al terminar el discurso de su bar mitzvah, David agradeció a sus padres por todo el apoyo que le habían dado y a sus familiares y amigos por asistir a la ceremonia. Miró a Mimi y dijo: «Y gracias». Le pareció un momento raro y espontáneo en una vida en la que hasta entonces había primado la diligencia tranquila, razonada y calculada. No obstante, ella lo siguió mirando impertérrita durante la bema. Pero él estaba entregado. Aquella fue su primera experiencia de deseo doloroso, un fervor que amenazaba con devorarle la carne. Y no le dolió el estar entrando en la pubertad, mientras que Mimi, con quince años, ya estuviera allí instalada.  

Durante la recepción, Mimi se apartó mientras él bailaba con las muchachitas flacuchas y poco desarrolladas de su clase de séptimo. El alejamiento y el misterio le conferían a Mimi una especie de altanería regia que no hacía sino ponerlo más frenético. Mimi se había negado a bailar con él, explicando:

—No soy buena partenaire. Me gusta guiar.

—Puedes hacerlo.

—Gracias, pero no.

En un momento, la vio sola junto a los regalos y se le acercó.

—Elije uno.

—¿Cómo?

—Te doy uno.

Mimi le sonrió, con los dientes blancos y derechos, sin aparatos.

—Si serás tonto.

—En serio.

Estaba desesperado por darle algo.

—No me puedo llevar tus regalos.

—Uno solo.

—¡Lo dices en serio!

Y entonces el padre de Mimi, el tío Irv, se había acercado para felicitar a David por lo bien que había leído la haftorah, y ahí había acabado la charla. Él estaba preparado para entregarle a Mimi sus tesoros recién obtenidos, la torre de regalos y dinero recibidos por convertirse en hombre. Mi reino por tu mano. Algún día me casaré contigo, pensó.

Volvió a verla un par de veces, en una boda y una fiesta de aniversario que daban los padres de Mimi, donde ella llevaba puesta una gorra a cuadros, como de taxista, y pantalones abolsados de corderoy, un atuendo que parecía poco apropiado para la ocasión. Aun así, David no podía negar que cada vez que la veía afloraban los mismos sentimientos, aunque no por parte de Mimi. Los ojos almendrados de la muchacha permanecían extrañamente distantes, sin trasuntar sus pensamientos. Y después no había vuelto a tener contacto con ella. Ahora David se dirigía en coche al Denver Hyatt. Mimi iba allí desde Nueva York para asistir a una conferencia de asistentes sociales. David era psicólogo con un consultorio en Denver, lo que les daría algo en común al cabo de todos los años transcurridos. Todo eso era bueno. David llevaba las fotos que le habían tomado a Mimi en su bar mitzvah. Por supuesto, aquello había ocurrido veinticinco años antes, y Mimi ahora era un hombre. Miles. Mimi había desaparecido hacía dos años.

Miles le dijo que llevaría una camisa de mangas cortas azul con una corbata amarilla, y David lo vio de inmediato de pie junto al bebedero. En ningún momento David habría pensado que destacaba entre los demás hombres, vestido con aire profesional y esperando a un compañero de almuerzo. Con el pelo oscuro bien corto, era más bajo de lo que David recordaba a Mimi, una chica altita, pero tirando a bajo como hombre. Sobre todo, parecía muy pulcro. Bien arreglado, con las uñas impecables y dueño de un apretón de manos firme en vez de un abrazo.

—Mi madre se lo ha tomado mucho mejor que mi padre —dijo Miles cuando se sentaron a almorzar. Había pedido un bistec en vez de la ensalada césar de David, y comía con grandes bocados—. Irv no me puede mirar a los ojos, pero mamá me pregunta cómo van las cosas. Nunca dice nada específico como: «¿qué tal el tratamiento hormonal?», o: «tienes la voz mucho más grave», pero se acuerda de llamarme Miles, algo a lo que mi padre se niega. Mi padre solo evita decir mi nombre. Supongo que a los padres les cuesta más abandonar a sus niñas. Una madre acepta a un hijo pase lo que pase.

David pensó en su propia hija, Leah, de doce años, y en efecto le costó imaginarla transformándose en Leon. Anhelaba su cualidad de hija.

—Aprendes a vivir con las reacciones de la gente que te conocía antes. En realidad, lo más confuso es la gente que conozco ahora. ¿Les cuento sobre el antes? ¿O el antes ya no soy yo? ¿Se sentirán engañados cuando lo descubran? O peor. Tuve una persona entre mis casos que se enteró de que había pasado por una reasignación de género. Ese individuo, que era un poco inestable, llegó a amenazarme.

—¿Y qué hiciste?

—Envié a la policía una copia de la carta, que decía unas cosas horribles sobre convertirme de nuevo en mujer. Mentiría si dijera que no me afectó. En cualquier caso, siempre tengo que considerar hasta qué punto puede ser relevante explicar mi pasado. Puede que eso sea lo más duro de la reasignación: los demás.

—Me imagino —dijo David. Buscó en la cara de Miles, con su delgada sombra de vello, para ver si sospechaba lo que tiempo atrás David había pensado en secreto sobre él cuando era ella. Mimi lo había fascinado con su elusiva belleza de sílfide, su mandíbula delgada y sus labios sinuosos que le recordaban el elegante alfabeto árabe. Incluso hoy podía ver una delicada belleza en el hombre.

—¿Y tú qué tal? —le preguntó Miles—. ¿Has traído fotos de tu familia?

—Sí —dijo David, y sacó un portafolios de cuero y le mostró fotos de su esposa, Rose, y de Leah.

—Tienes una familia preciosa.

—Llevamos un tiempo buscando el segundo —dijo David.

No supo por qué admitió aquello delante de Miles. Rara vez lo admitían delante de nadie. Al cabo de tanto tiempo, la búsqueda no parecía nueva ni prometedora. Y daban gracias por tener a Leah, cuando muchas parejas conocidas ni siquiera eran tan afortunadas. Al mismo tiempo, David sabía que Rose se sentía más frustrada que él. Para David, la personalidad fuerte e histriónica de Leah llenaba la casa. Con ella le alcanzaba. Del mismo modo que había elegido creer que él, hijo único, había sido suficiente para sus padres. Pero Rose siempre había hablado de las alegrías de una familia numerosa, y últimamente, al cumplir tanto ella como él treinta y ocho años, el tema se había convertido en una línea divisoria que señalaba sus posiciones a ambos lados de una marca pertinaz. Más de una vez él había dicho que le gustaría hacerse una vasectomía y terminar de una vez. Terminar, por supuesto, con la presión de encargar un bebé, que se había convertido en la presión de rendir en la cama.

—Un día me gustaría tener una familia —dijo Miles—. Esa fue la parte más difícil de mi decisión. Adiós a mis órganos reproductivos.

—Me imagino.

David se dio cuenta de que había pronunciado dos veces aquellas palabras y debía de parecer un observador aturdido en una feria. No debía sorprenderle tanto la franqueza de Miles. ¿Dónde estaba su formación profesional? Había atendido a hombres y mujeres homosexuales, incluso a travestis, si bien a ninguno que hubiera cambiado de sexo. Aun así, reaccionaba de manera personal a todo lo que se decía.

—Con gusto adoptaría, con la mujer adecuada. Por supuesto, ese es otro problema —dijo Miles con una ancha sonrisa—. Quiero decir, ¿soy un hombre heterosexual que sale con mujeres heterosexuales o un hombre, antes mujer, al que aún le gustan las lesbianas? ¿Y cuál de las dos me aceptaría?

—¿Antes tenías pareja?

—Helena —Miles se llevó la servilleta de lino a la boca, que se torció en una mueca—. Terminamos una relación de cinco años.

—El deseo del cambio debe de haber sido muy fuerte.

—Lo que me preguntas realmente es si me arrepiento de algo.

David sonrió y dijo:

—Veo que eres buen terapeuta.

—Lo soy, más de lo que me pagan. Pero para responder a tu pregunta, digámoslo de la siguiente manera. Miraba en el armario las medias que debía ponerme para trabajar en una corporación y me causaban rechazo. Nunca me sentí cómodo con ropa de mujer o en la piel de una mujer. Y la verdad es que siempre quise tener un pene. Ahora tengo uno. ¿Quieres que te lo muestre?

—¿Cómo? —dijo David, sonrojándose.

Miles estiró la mano para tocar la de David.

—Te estoy cargando, primo. Considéralo un chistecito transgénero.

Pero ¿lo era? Después del almuerzo, Miles propuso ir a nadar. En el hotel había una piscina cerrada de entrenamiento.

—Me encanta nadar —Miles informó a David—. Es el único deporte en el que alguna vez competí. ¿Te vienes conmigo?

—No tengo traje de baño.

—Siempre llevo uno de más. —Estaban de pie en el atrio del hotel bajo unos enormes paneles de cristal, rodeados de un bosque malva de sofás, sillas y cortinajes de pared—. A menos que tengas que volver de inmediato.

—No —dijo David, porque no quería parecer… ¿qué? ¿Maleducado? ¿Cohibido de nadar con un transexual?—. De acuerdo, vamos.

Fueron a la habitación de Miles, hablando de la conferencia por el camino. La presentación de Miles, programada para el día siguiente, formaba parte de un panel que se titulaba: «Vivir con tus padres (no) transgénero». Su propia experiencia con sus padres no era atípica, dijo.

—La verdad es que los entiendo —admitió—. ¿Qué sentirías si un hijo tuyo cambiara de género en mitad de la vida? Para empezar, estás pidiendo a tus padres que abandonen cualquier ilusión de continuar la línea familiar de un modo genético natural. Una cosa es no tener hijos; otra muy distinta es cancelar voluntariamente, como en mi caso, la propia capacidad para hacerlo. No es de sorprender que pocos médicos hagan operación. Se les pide que realicen una intervención irreversible que se basa por completo en un estado mental, algo llamado disforia de género en lo que se supone que deben creer, a fin de quitar los órganos sexuales o construir unos órganos estériles. Por cierto, tengo un pene respetable, gracias a las maravillas de la faloplastia, pero ni con toda la ayuda del cielo le sacas un solo espermatozoide. Entiendo a mis padres, claro, y a los médicos… A todo el mundo. ¿Quieres cambiarte en el baño? —dijo Miles, empezando a desvestirse. Le arrojó un traje de baño a David, que quería cambiarse en privado. Al fin y al cabo, no estaba preparado. No para la sinceridad de lo comentarios de Miles. Había pensado que, si acaso, debería sonsacarle las cosas a Miles, como haría con un paciente conflictuado, con preguntas delicadas para ganarse su confianza. Pero Miles era un tren sin frenos: tengo un pene respetable. ¿Alguna vez David le había dicho algo así a alguien? ¿Y de qué tamaño lo tenía Miles, en todo caso?

En el baño, David sostuvo en alto el traje de baño, pequeño, pero que le quedaba. Al menos no era un slip.

—¿Todo bien ahí dentro? —dijo Miles.

—Perfecto —dijo.

—¿Te queda el traje?

David le dio un tirón a la entrepierna del short de nylon color tostado.

—Impecable.

Cuando David abrió la puerta, Miles estaba allí de pie con unas chanclas, envuelto en la bata del hotel.

—Nada mal —comentó, mirando el traje de David. Era casi como si su primo hubiese estado esperando aquel momento.

Miles, como había dado a entender, resultó ser un excelente nadador. David lo miró deslizarse de ida y vuelta por la piscina, dando una impecable vuelta americana en cada punta para salir disparado con la musculatura sumergida hacia el otro lado, silencioso como una anguila. Mientras tanto, David se quedó en la parte honda sosteniéndose con los codos en el borde. Rose, que también era buena nadadora, había intentado convencerlo de que la acompañara a la piscina del barrio. David coincidía en que necesitaba hacer ejercicio y que a menudo se quedaba enfrascado en su mente, por deformación profesional, y debía seguir el consejo que le daba a sus pacientes y salir un poco para sacudir las endorfinas.

—¿Nos sentamos en el jacuzzi? —le gritó Miles desde la otra punta. Eran los únicos presentes en la piscina. Habían bajado en el ascensor y pasado entre una multitud de asistentes a la conferencia, que entonces se estaban registrando. David había seguido a Miles suponiendo que conocía el mejor camino al gimnasio, pero ahora se preguntaba si no había una ruta más directa y privada. En la jerga popular de la profesión, habría dicho que el comportamiento de su primo —su afán de cambiarse delante de él en una habitación de hotel, el paseo por el vestíbulo, el ofrecimiento de mostrarle su pene respetable— constituía una sobrecompensación exhibicionista por miedo a no ser considerado lo bastante masculino. La cuestión era que, compensara o no, David se estaba sintiendo menos hombre que Miles.

—Claro —dijo David, y salió del agua alzándose con fuerza. El short se adhirió a sus muslos. Era raro… Con aquel bañador pequeño, casi se sentía como si tuviera trece años una vez más, cohibido por los cambios de su cuerpo. Pero ahora su cuerpo estaba cambiando en contra de su voluntad —o falta de ella— para recibir con un saludo sedentario a la edad madura. Miles, en comparación, exhibía todas las señas del rejuvenecimiento, si no de la declarada juventud.

En el jacuzzi, David le echó un buen vistazo al pecho de Miles, que tenía un abultamiento añadido, como relleno con una capa de plumas, pero no lo bastante como para que se pensara: Estoy mirando el pecho de una exmujer. Los pezones parecían un poco asimétricos y más grandes de lo debido (aunque David debió preguntarse: ¿comparados con qué?). Cuando bajaban a la piscina en el ascensor, David había confesado en un momento de rara intimidad que antes había estado prendado de él, o sea, de Mimi. No lo había descrito en detalle ni desde la perspectiva del chico de trece años cuya psiquis hacía erupción durante un rito de pasaje supervisado por un Dios en el que había dejado de creer. Tampoco había dicho que mentalmente le había bajado la cremallera del vestido rosa y no se le había ocurrido que además debía abrir la cremallera de su piel para encontrar a la persona real. Simplemente había dicho:

—De adolescente me había encaprichado bastante contigo.

Y Miles, bien erguido y pensativo, vestido con la bata tostada con el bordado del Hyatt y un bañador azul marino largo hasta las rodillas, como un boxeador concentrado antes de subir al ring, se había vuelto a decirle:

—Acepto la admiración. Y la devuelvo.

Miles lo sorprendió mirándolo y sonrió. David desvió la vista rápidamente, avergonzado por su curiosidad y contemplación.

—¿Lo estás pasando bien? —preguntó Miles.

—¿A qué te refieres?

—A lo de nadar.

—Ah, sí, claro —dijo David. Tenía que achatarse una y otra vez el traje de baño, que flotaba hacia arriba.

—¿Te preocupa algo?

—No —dijo, aunque sabía por la experiencia con sus pacientes que había respondido demasiado rápidamente para resultar creíble.

Miles estiró una pierna —velluda, notó David— y le dio un golpecito en el pecho con el dedo gordo del pie.

—¿Seguro?

—Bueno, estamos pasando por un momento un poco difícil. Rose y yo. Pero no es nada serio.

—¿Quieres contarme?

—Es sobre la dirección que toman nuestras vidas.

—Suena a un problema de tráfico.

David se echó a reír.

—Por así decirlo. Rose quiere tener otro hijo, como te contaba.

—En realidad dijiste que los dos querían tener otro hijo. ¿No es así?

—Ella lo quiere más que yo. Me parece que ella cree que esa es la manera de seguir adelante. Yo no estoy tan seguro.

—¿Cuánto tiempo llevan casados? ¿Quince años?

—Sí.

—Es mucho tiempo juntos. Te envidio. Es una inversión que vale la pena cuidar.

—Así es —dijo David. Y luego pensó en lo extraño que era estar hablando en un jacuzzi sobre la intimidad de su matrimonio con su primo, un primo que acababa de decirle que tenía un pene respetable y con el cual, paradójicamente, podía hablar con total honestidad, de un modo que rara vez lo hacía últimamente—. Supongo que tendremos que esperar para ver qué pasa.

—Estoy totalmente de acuerdo —dijo Miles—. Yo soy el abanderado del esperar para ver qué pasa. ¿Y sabes una cosa? Siempre está todo en construcción. De alguna manera, la idea de que lo que va a pasar es definitivo, por mucho que cada vez me parezca permanente, siempre acaba cambiando.

Subieron a cambiarse, y una vez más David utilizó el baño, mientras Miles se vestía en el ámbito menos privado de su habitación. David se miró en el espejo el pene encogido, una constante en cualquier piscina y sobre todo con un bañador apretado. Se lo estiró, pero el apéndice volvió a retraerse rápidamente a la manera de un acordeón como la cara de un perro chino Shar-pei anormalmente arrugado. 

—¿Te molesta si me enjuago aquí? —gritó David para que Miles lo oyera al otro lado de la puerta.

—Adelante. Cuando termines también me daré una ducha.

Al abrir la cortina del baño vio el estuche de viaje de Miles. David sabía todo sobre la confidencialidad. ¿Había algo más importante en su profesión? Ibas a la cárcel, a fin de cuentas, para proteger la privacidad de un paciente. O te decías que lo harías, llegado el caso. Y sin embargo no pudo evitar abrir el estuche y echar un vistazo a los frascos de medicamentos. Lexapro, Trazodone, Ativan, Paxil… una batería de tratamientos para la depresión y la ansiedad. No le sorprendió. De hecho, sintió una punzada de empatía por Miles y sus vulnerabilidades. Recordó la primera vez que había visto a Mimi, y lo sola que parecía, quizá la chica más sola y preciosa que hubiera visto nunca, una combinación letal para alguien como él, a quien le atraían las heridas de los demás y se encaminaba a convertirse en psicólogo, ya germinada la semilla.

—Si necesitas algo, saca de mi estuche —dijo Miles, y David retiró aprisa la mano, como si Miles pudiera verlo—. Desodorante o lo que sea.

—Gracias.

—¿Nos duchamos juntos?

—¿Cómo?

—David, David —dijo Miles—. Es una broma.

—Sí, sí —dijo David—. El chistecito transgénero. Claro.

Se duchó y se vistió, y después de que Miles hiciera lo propio bajaron en el ascensor. Ya estaba planeando lo que les diría a sus padres, que querrían saber cómo había sido ver a Mimi, y se preguntó si les contaría la verdad. Le parecía increíble que el tío Irv no les hubiera contado nada. Aunque lo creía. La represión podía ser una fuerza poderosísima. Una vez había atendido a una paciente que, para demostrar el grado de negación que había en su familia, le había contado que a los quince años había tenido un aborto espontáneo literalmente delante de sus padres. Estaban todos en la sala mirando la televisión. Con un embarazo de cuatro meses y vestida con una camisa abolsada para esconder lo que empezaba a notarse, su paciente, casi desmayada, había expulsado un coágulo sangriento. Había corrido al baño, pero lo que había pasado era inconfundible: tenía el fondillo de los pantalones cortos empapados de sangre, bien a la vista de sus padres. No dijeron nada. Ella limpió en silencio «el lío», y eso fue lo último que se dijo sobre el tema. Así que no era de sorprender que Miles siguiera siendo invisible y Mimi continuara viva en el recuerdo de la familia hasta que la generación de los mayores se extinguiera. David no dejaba de pensar que lo suyo era una misión, una manera de corregir el secretismo de la familia. Y Miles parecía satisfecho. Le agradeció profusamente por tomarse el tiempo para encontrarse.

—Claro —dijo David—. Sigamos en contacto.

Miles inclinó la cabeza.

—Me gustaría.

Cuando llegó a casa, las luces de adentro estaban apagadas. Rose le había dejado una nota diciendo que Leah se había ido a pasar la noche en casa de una amiga y ella había subido a pensar: código para «dormir una siesta». A su esposa le encantaban las siestas. Aunque a él le causaban insomnio, Rose podía levantarse de un reposo profundo, estirarse alegremente, murmurar con indolencia y volver a dormirse cuatro horas más tarde sin problemas. Favor de molestar, decía la nota.

David entró en la habitación. El aparato de sonido zumbaba tranquilamente. Se habían enganchado al ruido blanco, un condicionante operativo: en cuando el aparato se encendía a los dos les daba sueño y se iban a sus sitios de dormir. Parecía todo muy normal después de ver a Miles.

Se acostó y se acurrucó contra ella, y ella reculó contra él. David sintió la tibieza de sus nalgas a través de la tela fina del camisón. Apretó los labios contra su nuca suave y luego la besó en el hombro, mordiendo ligeramente hasta que ella dijo «mmm». A continuación, Rose se volvió para mirarlo.

—¿Qué tal?

—Distinto.

—Llamó tu padre. Quería saber cómo te había ido con Mimi. Si está casada o si tiene, según dijo él, un pretendiente. No tiene ni idea, ¿no?

—No —dijo David—. Y no estoy seguro de que vaya a decírselo. Si el padre de Miles quiere mantenerlo en secreto, ¿por qué debería contárselo a mis padres? Es poco probable que vuelvan a ver a Miles alguna vez, y todos lo de la generación mayor se irán a la tumba contentos con el statu quo que creen conocer.

—¿Qué aspecto tiene? ¿Sigue pareciéndose a la foto?

David le había mostrado la fotografía de Mimi a los quince años y explicado su capricho adolescente. Rose había tenido sentimientos parecidos por uno de sus primos, pero tampoco había pasado nada… bueno, nada, excepto una partida de strip póker. Rose ganó, el primo perdió, ahí acabó la historia. Al menos en sus recuerdos. Era la primera vez, siendo de una familia de cuatro hermanas, que había visto un pene, lo cual atenuó su encaprichamiento. ¿La cara angelical de su primo venía con uno de esos?

—Aún la veo en su interior.

David pensó en cómo Miles había inclinado la cabeza cuando se despedían, de un modo muy parecido a cómo Mimi lo había mirado cuando él tenía trece años y el corazón, así como otro órgano, se le elevaba por ella, como si quisiera estudiar a David desde un ángulo inclinado y parecer bonita al hacerlo.

—Hueles a cloro.

—Fuimos a nadar. Supongo que no se me quitó del pelo.

—¿Fuiste a nadar? ¿Con Miles?

—Y después me duché en su habitación.

—Pero bueno…

Mientras lo decía, Rose le desabrochaba el cinturón y le metía la mano bajo el elástico de los calzoncillos. David se recordó de pie delante del espejo del baño de Miles, estudiándose a sí mismo y su hombría, tratando de descifrar qué significaba que Mimi hubiese sido objeto de sus primeras fantasías masturbatorias a los trece años. Y no habían sido las únicas. En la categoría conexa de sus fantasías de rescatador, la había salvado de edificios en llamas, asaltos, acosos sexuales e irónicamente, vista la capacidad de Miles como nadador, ahogamientos. Al morir recibía la gratitud eterna de Mimi. Sin aliento, sacrificándose, eyaculaba. La petite mort, como llamaban los franceses al orgasmo, muy bien dispuestos, por obra de su fatalismo filosófico, a mezclar el sexo y la muerte a la menor oportunidad.

¿Siempre había querido salvar a los demás?

—Ohhh —gimió Rose.

—¿Estás bien?

—Sí, sí, sigue… no pares.

Entró en ella con fuerza, salteándose el precalentamiento habitual, levantándole el camisón hasta el cuello y aplastándola contra el colchón con los dedos abiertos sobre su pecho. Los gemidos de Rose resonaban en la casa vacía. Rara vez la tenían toda para ellos. David oyó también sus propios quejidos, reverberando en su garganta, su respiración cada vez más acelerada, su deseo apresurado, inatento e imparable, y entonces Rose lo abofeteó en la cara, el retumbo picante de su mano le hizo arder la cara, y acabó al instante.

Se dejó caer al lado a Rose. Permanecieron así juntos, extenuados y mirando el techo. David no tenía ganas de hablar, y la respiración de Rose llenaba el cuarto. Al final, David preguntó:

—¿Y eso qué fue?

—Es que…

—¿Qué?

—Dijiste su nombre.

Rose nunca lo había abofeteado durante el sexo ni en ningún otro momento. Era muy atípico de su parte. Muy descontrolado. Él había acabado al tacto de su mano, pero ahora no sabía si la bofetada había sido simultánea a la eyaculación o la había precedido.

—Me parece que te lo imaginaste —dijo David—, solo porque acabábamos de hablar de él.

—No me lo imaginé. Dijiste su nombre. Y me molestó.

—No estaba pensando en él.

¿O sí? ¿Estaba pensando en que no le había contado a Rose que Miles se había jactado de su pene, ni del beso que de repente le había dado en la mejilla cuando se despedían, tomándolo completamente por sorpresa, y cómo no podía quitarse de la cabeza lo suave que había sido, el beso de Mimi, como si Miles se hubiera convertido adrede en ella por un minuto para confundirlo?

David se incorporó sobre un codo y miró a Rose, que tenía la cara y el pecho colorados, los pezones aún erectos, los ojos verdes en una nube de desconcierto.

—Bueno, si lo hice o no, lo siento.

—Yo también. ¿Te hice daño?

—No, solo me… sorprendiste.

Rose se besó la punta de los dedos y le tocó la mejilla.

—Quería que me prestaras atención. A mí.

Sonó el teléfono. David se levantó para atender por si era Leah. Algún día, cuando ella fuera mayor, no sentiría la necesidad de precipitarse al teléfono cada vez que sonara, pero ahora imaginaba situaciones terribles en milisegundos. Colgaron, el identificador de llamadas mostró un número de Denver y él se preguntó si sería Miles.

Cuando volvió a la cama, Rose estaba de espaldas con las rodillas presionadas contra el pecho. El doctor les había dicho que esa posición no ayudaba en nada. Si Rose quedaba embarazada, si concebían otro hijo después de tantos años de intentarlo, sería porque los nadadores harían su trabajo con independencia de la postura, había dicho el doctor. Pero Rose lo hacía por costumbre o superstición y David le consentía la práctica sin hacer comentarios.

—¿No sería irónico —dijo Rose, hablando contra sus rodillas— si después de ver a Miles acabara ocurriendo?

David se recostó a su lado y le apoyó la mano en el vientre chato cuando ella se estiró. Sintió una tibieza dentro, sintió algo que se movía, sintió, estaba seguro, que allí sucedía una transformación magnífica y misteriosa. Y también sintió los labios suaves de Miles contra su mejilla, la misma mejilla que Rosa había abofeteado, como para echar a andar una nueva vida, ni él ni ella, una creación sin rostro.

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