1/3 1/3 1/3

Thomas Morris sobre:

1/3 1/3 1/3 por Richard Brautigan

En mi opinión, “1/3, 1/3, 1/3” es el cuento norteamericano más perfecto. El breve párrafo inicial te cuenta inmediatamente cuál será “el asunto” que será desarrollado, pero el propio relato –así como el ardiente resplandor que deja atrás de sí– rechaza cualquier sinopsis. Estamos hablando aquí de un verdadero Big Bang – un universo que estalla a partir de lo que fue una experiencia pequeña y comprimida.
En los primeros cinco párrafos hay algo de lo que luego se convertiría en un procedimiento distintivo del “realismo sucio”: encontramos al narrador viviendo en una “casucha revestida de cartón”; la madre soltera que recibe asistencia y vive en una ‘casa destartalada’; y el “novelista” que vive en una caravana apostada junto al estanque de un aserradero – y todo esto narrado con una prosa por demás escueta. En tanto lectores, ingresamos al relato en un momento de lisa y llana arrogancia: esta rara banda de personajes ha pergeñado conjuntamente un plan con el cual piensan ganar algo de dinero. A medida que el relato progresa, sin embargo, el humor poético y triste de Brautigan asoma levemente a la superficie, y el cuento suscita así una extraña sensación de autenticidad que no es habitual en la mayoría de los relatos.
Yo, por mi parte, no puedo dejar de pensar que todo esto ha ocurrido de verdad. Que Brautigan es el “yo” que ha vivido en la casucha cubierta de cartones, y que él está narrando una historia verídica de hechos reales, sobre personas que realmente han existido. Es difícil señalar de qué modo lo hace, pero pienso que tiene que ver con la sensación imperante, incisiva, de que ésta es una historia de la cual el propio autor aún está tratando de producir un sentido.
La mirada tragicómica de Brautigan –su sentido del absurdo, y su predisposición a que las cosas permanezcan irresueltas y confusas– es lo que sustenta la enorme potencia de su escritura. Cuando Brautigan te invita a ingresar a su “caravana de escritor”, te está solicitando que mires en determinada dirección y te distrae con su leve risa, mientras que él está hurgando dentro del armario y preparando algo silencioso y contundente con lo cual habrá de partirte la cabeza.
Y a través de esta elegante aproximación al pathos (aunque en el caso de Brautigan uno siente que no es una ‘aproximación’, sino más bien su modo natural) él reviste de dignidad a sus personajes. En manos de otro escritor, la historia pudo haberse convertido en un condescendiente ejercicio de superioridad autorial, pero el majestuoso desenlace de este relato –su carácter inclusivo– es tan generoso y tan desesperado que el lector termina sintiendo una simpatía genuina hacia todos los involucrados.
Pensar que Brautigan consigue todo esto en un relato que tiene apenas 1700 palabras…; bien, no sé lo que decir, pero diré lo siguiente: he leído y releído este relato durante casi una década, y aún sigo sintiendo escalofríos cada vez que leo esas atronadoras líneas finales.