El asesinato de Margaret Thatcher

Nir Baram sobre:

El asesinato de Margaret Thatcher por Hilary Mantel

Dos cosas sobresalen en el interesante relato de Hilary Mantel que describe el momento previo al asesinato de Margaret Thatcher (un texto perteneciente al género de ‘historia alternativa’, cuyo exponente más deslumbrante ha sido “El hombre en el castillo” de Philip K. Dick, en el que se configura un mundo donde los nazis han ganado la guerra). En primer término, la actitud hacia Thatcher; actitud que, por un lado, está imbuida del odio conocido y algo pedante de la izquierda hacia ella – la hija de un almacenero que supuestamente “traicionó” a los de su clase y devino objeto de culto de los ricos – “Y cómo se ufana de su papá el tendero y lo que le enseñó, aunque es evidente que si pudiese lo cambiaría todo para nacer de gente rica”. Y por otro lado, la consabida adoración a la fuerza de Thatcher, a sus gestos, la fascinación por esa figura enemiga a quien secretamente desearíamos tener a nuestro lado, y en quien no podemos dejar de pensar. En segundo término, el empleo de la violencia. Lo que le confiere potencia al texto es el contraste entre el lento movimiento del relato, sus descripciones y largos diálogos, y la cuestión política que se halla en su núcleo –la cuestión de la violencia dentro del juego democrático. Porque la violencia, verdaderamente, no se está presente en el relato. Por el contrario, ella se cierne por encima de él como un momento que próximamente tendrá lugar, cargando así de volatilidad cada diálogo político. Las discusiones no son lo más importante. ¿Por qué? Porque lo que cuenta son las acciones. La decisión acerca del uso de la violencia ya ha sido tomada. Y esta es la fuerza verdadera del relato: confrontar al lector con gente que ya ha tomado una decisión. No es éste otro relato acerca de reflexiones morales cargadas de angustia, sino acerca de personajes que han escogido a la violencia como una opción política. Y seguirlos de cerca a la luz de este conocimiento se convierte en una experiencia más y más fascinante a medida que se desarrolla la trama, puesto que el lector se da cuenta gradualmente de que el debate político-teórico debe realizarlo consigo mismo, ya que los personajes no muestran especial interés en él. El conocido debate, de hecho, se debilita; deviene incluso divertido, y finalmente queda anulado ante la fuerza de la acción –verdadera protagonista del relato–, plasmando así una maniobra que le confiere al texto toda su potencia.