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El cadáver

Jan Valk sobre:

El cadáver por Clemens J. Setz

El que ingresa a la prosa breve de Clemens J. Setz, se para con un pie en terreno familiar y con el otro en terreno extraño. Pero, y esto es lo digno de mención: siempre se para uno sobre suelo firme, todo parece estar sólidamente construido, solo de manera paulatina va apareciendo luego la sensación de mareo. Familiar es por un lado el inventario: uno se mueve aquí por lo general y en principio dentro del terreno de lo cotidiano, en espacios completamente normales. Y familiar es también el espacio de referencia que uno cree percibir: las alusiones a modelos de la historia de la literatura, virtuosamente cazados y traídos aquí desde todos los campos culturales posibles. Extraña — también podría decirse: maravillosamente nueva — es la composición, aquello que Setz hace con su material. Porque de una cosa podemos estar seguros: cada vez que uno cree haberle descubierto el truco y saber qué es lo próximo que va a pasar, lo que pasa es algo absolutamente distinto. “El cadáver” empieza de manera descarada con esa conjunción que tal vez sea la que peor fama tiene desde Kafka: als, cuando. Pero el personaje principal no despierta una mañana de sueños intranquilos, sino que vuelve una tarde — como es usual en el capitalismo tardío —  después del trabajo a su casa. Y tampoco se encuentra convertido en alguna cosa monstruosa, sino que encuentra a una mujer desnuda sobre la alfombra. A más tardar cuando queda claro que no es el hecho de que se trate de un cadáver lo que constituye para él un dolor de cabeza, sino más bien la circunstancia de que tiene que cerrar las cortinas y de ese modo expulsar la bella luz primaveral de la sala, a más tardar entonces todo se desliza hacia el terreno inestable en el que se mueve Setz: ahí es cuando el maravilloso tambaleo a través de la lógica dislocada del relato al fin puede empezar.

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