El desentierro de la angelita

Dvora Negbi sobre:

El desentierro de la angelita por Mariana Enríquez

Yo le creo a Mariana Enriquez. Ella me abre una puerta a mundos que ha creado y me mete directamente en su interior, sin antes haber construido senderos de ingreso, accesos ni pasillos, sin que yo sienta que ella configuró un orden para mí, o que ha escondido algo. Su escritura es exhibicionista, pero no se trata de un exhibicionismo de tipo confesional, emocional, verborrágico. Sus palabras son medidas, poseen valor y belleza; ellas revelan las profunidades del alma con un rayo láser de cirujano, de poeta. Sus descripciones no son un ornamento palabresco y convencional al que dan ganas de saltear. En este relato, “El desentierro de la angelita”, son precisamente las descripciones aquello que me ha atraído hacia su interior.
A la narradora cuya voz narra el relato le he dado crédito inmediato. ¿Cómo no creer en alguien que describe su alma durante su niñez de manera tan persuasiva? ¿Cómo no creer en alguien que, como yo, creyó en su niñez –o quiso creer– que las cosas pequeñas e insignificantes que había encontrado en el jardín eran tesoros del pasado; en alguien que, como yo, recuerda aún en su adultez la materialidad de esos tesoros –su textura, su color, su transparencia?
Dénle a la narradora la mano de un niño crédulo, y ella los llevará hacia más allá de la niñez y les mostrará el horror de un puñado de tierra, como promete hacer el hablante de “La tierra baldía” [The Waste Land], el poema de T.S.Elliot. Ella les mostrará muertos que no conocen sus respectivos lugares, como el cadáver en el poema de Elliot, que fue plantado el año pasado y este año quizás brote o florezca. A lo largo del relato la narradora pondrá a prueba vuestra capacidad de creer. ¿Acaso ustedes conseguirán dejar de pensar, como dice la narradora, “en términos de qué era posible y qué no”? No estoy segura de ello, pero estoy suficientemente segura de que se enamorarán.