El empapelado amarillo

Anna Kelly sobre:

El empapelado amarillo por Charlotte Perkins Gilman

La frase inaugural constituye un comienzo perfecto para un cuento de fantasmas tradicional. No obstante, “El empapelado amarillo” es mucho más que eso: a casi 125 años de su publicación, es la obra que le ha otorgado más fama a Charlotte Perkins-Gilman, y es más recordada que muchos de sus relatos de mayor extensión. La narradora en primera persona del cuento ha dado a luz recientemente, y está padeciendo de una misteriosa enfermedad. Su esposo, que es médico, la denomina “temporaria depresión nerviosa –una ligera tendencia histérica”. El diagnóstico al que llegaría un lector del siglo 21 es depresión posparto. El esposo la lleva a una mansión alejada para pasar allí el verano, creyendo que ella se curará si no hace otra cosa que descansar y comer, y si evita realizar cualquier tipo de trabajo, especialmente escribir. Sin embargo, ella desobedece, en secreto, y las palabras que estamos leyendo son su diario prohibido. La casa es hermosa, y ella intenta recuperarse aplicadamente; pero las paredes de la habitación en la que duerme están cubiertas de un extraño papel amarillo, con raro diseño, que comienza a ocupar su atención, a inquietar sus pensamientos, y finalmente a obsesionarla. Esta mínima historia claustrofóbica –apenas 6000 palabras; todas transcurren en una única habitación– explora grandes temas: esa  institución asfixiante que fue el matrimonio victoriano; la prisión de la división de roles de género en el siglo 19; la enfermedad mental, la escritura y la imaginación. Hay en este relato pequeños detalles aterradores; la habilidad para mostrarle al lector tanto lo que la narradora está observando como aquello que se halla más allá; y el ingenioso y sutil desarrollo de su voz, desde la contenida claridad de las primeras frases hasta la unidad final, que es tan temible como lo había sugerido la frase inaugural, pero que también –y esto es más importante aún– invita a la reflexión.