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El hombre que no quería saber nada más

Tilman Rammstedt sobre:

El hombre que no quería saber nada más por Peter Bichsel

Mis padres seguro que no tenían ni la menor idea de lo que iban a ocasionar en mí cuando a mis ocho años me regalaron un LP con las “Historias para niños” de Peter Bichsel. A fin de cuentas, se llamaban “Historias para niños”, y el hombre que estaba en la tapa del disco tenía un aspecto simpático, apenas extravagante. No sabían lo hipnóticas que resultarían esas historias, esa suave tonalidad suiza, las cascadas de frases, enumeraciones y comparaciones que siempre terminaban en oraciones sobrias de lo más desengañadoras. Solo cuando volví a leerlas años más tarde, ya con veinte, me di cuenta yo mismo de lo profunda y existencialmente tristes que son estas historias. Pero siempre estaba ahí también la esperanza, siempre ese breve momento en el que todo parecía posible: dar la vuelta al mundo a pie, descubrir un país desconocido o incluso olvidarse de todo lo que uno ha aprendido en su vida, como ocurre en “El hombre que no quería saber nada más”. Estas esperanzas quedaban siempre frustradas, porque ocurre que el mundo es demasiado grande, demasiado desparejo, demasiado conocido y demasiado agobiante. Pero siempre quedaba también un resto: un resto de esperanza, o un resto de consuelo, o al menos un resto como para seguir adelante. Siempre quedaba la pequeña duda de si lo imposible no era tal vez posible. “’Quisiera ser un rinoceronte – dijo el hombre –, pero probablemente ya sea demasiado tarde para eso’”, se lee en “El hombre que no quería saber nada más”. Y sí, ya es demasiado tarde, pero queda el “probablemente”, el resto de una posibilidad, de una esperanza, y hay que proteger este “probablemente” y elogiarlo y cuidarlo y buscarlo una y otra vez. Como escritor, le he robado a Peter Bichsel desvergonzadamente, pero es mucho más lo que le agradezco como lector.

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