El peluquero envidioso

Dana Caspi sobre:

El peluquero envidioso por Lars Saabye Christensen

Hace unos años me topé con una extraña noticia en un periódico local: un célebre peluquero, o “diseñador de peinados” según se los suele llamar, había cortado la larga cabellera de una dama sin su consentimiento. La noticia me perturbó por el grado de violencia que ella contenía, pero rápidamente la olvidé, quizás porque la descripción breve y lacónica no permitía vislumbrar a los personajes involucrados. En cambio Lars Saabye Christensen, el artista de los pequeños momentos –esos momentos en los que las emociones realmente grandes se ponen de manifiesto– ha tomado en “El peluquero envidioso” una situación de aquel mismo mundo –supuestamente trivial– donde se forjan relaciones entre los peluqueros y sus clientas, para construir un emotivo drama sobre la soledad, el sentimiento de culpa, y la envidia. El personaje de Bent es típico en la escritura de Saabye Christensen: un muchacho pueblerino solitario en la gran ciudad cuyo trabajo le impide establecer relaciones sociales; una persona rutinaria que siempre camina por el mismo trayecto por su gran miedo a cambiar. En cambio Frank, el peluquero, parece un personaje tomado de un relato del gran maestro noruego Knut Hamsun, quien suele poblar sus libros con excéntricos personajes que no siempre son conscientes de sus acciones y suscitan en los lectores una mezcla de identificación y desdén. Y de trasfondo: la amada Oslo de Saabye Christensen, la ciudad provinciana en la que creció y que se ha convertido ante sus ojos en un reducto yuppie con prestigiosos salones de peluquerías. La sensación de extrañeza, sobre la cual él se lamenta en casi todos los cuentos y novelas que ha escrito sobre Oslo, es el precio que Noruega ha pagado por su enriquecimiento a causa del célebre oro negro.