El rojo entra en los ojos

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El rojo entra en los ojos por Jane Rogers

Jane Rogers es una virtuosa de la narrativa en primera persona. Así se trate de una novela o de los muy premiados radioteatros que ha escrito, ella es una maestra del monólogo. Sin embargo, esta habilidad que Rogers posee es especialmente visible en su narrativa breve: los cuentos cortos le ofrecen a la autora el tiempo exacto para configurar rápidamente un mundo entero en torno a la narradora, y otro poco de tiempo –un resto– que permite que la duda se instale en la mente del lector, de modo que ese mundo no sea tal como se lo habían presentado. Rogers sabe que el elemento de la duda, para que sea efectivo, debe ser sutil, cambiante, difícil de detectar. No puede “aterrizar” en el cuento bajo la forma de la ironía dramática –ese instrumento usado hasta el cansancio en los melodramas para adular al público. La duda debe trabajar, paradójicamente, al servicio de la narradora, de modo que nosotros –los lectores– nos pongamos de su lado aún mas. Jane Rogers lleva esto a cabo confiriéndole a sus personajes un alto grado de convicción y de robusta fe en sí mismos, a pesar de todo. En el presente relato, Julie, una joven y talentosa diseñadora textil, abandona Gran Bretaña para ir a trabajar a un refugio de mujeres golpeadas en Nigeria: ella cree fervientemente que esta es su oportunidad para efectuar cambios. Tras ciertos titubeos para que no piensen que ella desea imponerse por sobre las mujeres, Julie ganará confianza y pondrá su plan en marcha: enseñar a coser a las mujeres del refugio y brindarles así la posibilidad de independencia económica. Como tantos otros personajes de Rogers, también Julie sobresale por su confianza en sí misma, por su entusiasmo, por los calculados riesgos que asume, y por no amedrentarse ante los obstáculos que aparecen en su camino (por ejemplo, Fran, la disidente regenta del refugio). Pero al mismo tiempo que desarrollamos una identificación con la causa de Julie, sentimos que en el refugio está ocurriendo otra cosa, y a pesar de que lo sentimos antes que Julie, le perdonamos absolutamente que ella no se haya dado cuenta a tiempo. La potencia de Jane Rogers, en tanto autora de cuentos cortos, reside en mostrar que todo punto de vista es, en definitiva, falible. Hay ángulos muertos –y siempre habrá ángulos muertos– en cada punto de vista, independientemente de cuán inteligente o cauto sea quien está viendo. No es que Julie sea una narradora no-confiable, sino que es humana –contradictoria, apasionada, incluso crédula. Pero es en virtud de esas fallas, precisamente, que nosotros tanto simpatizamos con ella.