Funny Valentine

Martín Caamaño sobre:

Funny Valentine por Paulo Scott

Una noche con Paulo Scott hablábamos de lo llamativa y sofisticadas que eran las ediciones de los libros en Brasil. Estábamos en el Alfa Bar de Botafogo y ya habíamos liquidado varias cervezas. Él me miró serio y me dijo: “somos brasileños, tenemos que hacer buenas portadas porque sino nadie nos lee”.  Más allá de la ironía, se podría decir que en Brasil la literatura es una actividad que a veces pareciera lindar con lo marginal. No le interesa a casi nadie, no otorga ningún tipo de estatus, no ocupa un lugar destacado en la prensa, no tiene una función social determinada. Aunque parezca lo contrario esto para mí es una bendición. Algo absolutamente liberador. Se asemeja a la idea de arte inútil que pregonaba Oscar Wilde a fines del siglo XIX. A diferencia de lo que ocurre, por ejemplo en Argentina, los escritores brasileños no tienen la obligación de ser geniales. O sí. Pero será un esfuerzo vano. Por eso a la hora de sentarse a trabajar no cargan con la pesada mochila del prestigio en la espalda y pueden dedicarse a escribir como y sobre lo que les antoje teniendo muy claro que tal vez su lector esté ausente o simplemente no exista. Cuando esto se utiliza a favor se producen obras desprejuiciadas, desconcertantes, cargadas de riesgo. En todo caso, con lo único que debe luchar el autor brasileño es con el regionalismo y el exotismo for export al que se suele asociar cualquier expresión cultural venida del trópico. De los escritores surgidos en los últimos años, tal vez Scott sea uno de los más destacados exponentes de ese salto al abismo que es la literatura brasileña contemporánea. Uno de los más libres sin nunca dejar de lado la orfebrería de la precisión, de los más originales sin perder de vista los estertores de la tradición. Scott es un alquimista de las palabras -un don adquirido seguramente de su tarea como poeta- capaz de convertir la banalidad cotidiana en epifanías líricas. Sus personajes, completamente humanos, siempre padecen algún trastorno físico vulgar -gastritis, psoriasis- que no son muy frecuentes en la literatura. La novela Habitante irreal, su Do de pecho, es de las mejores escritas en lo que va de la década no solo en Brasil sino en toda  Latinoamérica. Funny Valentine -un relato perfecto sobre la soledad, que recuerda a la mejor Lucia Berlin aunque fue escrito antes de que la autora estadounidense fuese rescatada del olvido- es una buen ejemplo de su potencia.