Maestoso

Nir Baram sobre:

Maestoso por Jorge Volpi

Hace aproximadamente un año leí, y me deslumbró, la novela “En busca de Klingsor”, de Jorge Volpi, uno de los escritores latinoamericanos más fascinantes de la actualidad. Es una brillante novela detectivesca y metafísica cuya trama ocurre al final de la Segunda Guerra Mundial y se centra en la búsqueda de un científico de Hitler. En realidad, se trata de un juego con el género detectivesco, ya que la novela está construida en base a perspectivas divergentes, un movimiento caótico del tiempo y del espacio, y el tratamiento abstracto de cuestiones filosóficas. La novela, en particular, muestra de qué modo el interrogante central de la obra detectivesca –por ejemplo, “¿dónde está Klingsor?”– puede convertirse en una pregunta metafísica concerniente a la posibilidad misma de conocer algo respecto del mundo. El cuento que sigue a continuación, “Maestoso”, tiene como protagonista a una ejecutante de arpa que se enamoró de la música a temprana edad, pero que a medida que crecía, se vio a sí misma presionada por las leyes del mundo de la música –la prensa, las relaciones públicas, los conciertos, las fiestas– hasta perder el contacto con el objeto que tanto amaba. El relato trata sobre un músico –una arpista–, pero pareciera que atañe a los artistas de cualquier disciplina de la actualidad. Al menos en mi opinión, el interrogante que emerge en este relato es el mismo que ha abordado Volpi en su novela “En busca de Klingsor”: ¿Es posible una vida total, una vida en la que el hombre se entregue por completo a la única cosa que está en el centro mismo de su ser? En un mundo en el que entran en juego poderes diversos y antagónicos –poderes burocráticos, ideológicos, comerciales–, ¿puede el hombre retirarse a un sitio en el que dichos poderes no “actúan sobre él”? ¿Existe ese sitio? Gradualmente, el retiro de la protagonista en su retorno a la música –y sólo a la música– irá adquiriendo la forma extremada de su separación de todo cuanto ella sienta que la está deteniendo, incluso de sí misma: “Dispuesta a que nada la perturbara, al despertar detuvo todos los relojes y cubrió todas las ventanas con pesados cortinajes, de modo que no le fuera posible saber la hora que era: debía permanecer todo el tiempo bajo el turbio consuelo de la luz eléctrica. Anhelaba que su cuerpo también detuviese su ritmo y sus necesidades… Casi sin pensarlo se desnudó completamente: hasta la ropa era una traba en su unión con el arte…”. Y así, la pregunta respecto de “si existe ese sitio” adquiere gradualmente una forma radical. No se trata ya de retirarse del mundo, sino también de retirarte de tus costumbres, de tu cuerpo, de tus necesidades, quizás de una especie de retiro de ti misma en aras de la sola y única cosa que tú crees que es ti misma. El relato no ofrece respuestas; como toda obra de Volpi, también ésta te hace pensar.