Tamagotchi

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Tamagotchi por Adam Marek

Originalmente yo había encargado el cuento de Adam –”Tamagotchi”– para una antología de relatos que exploraba la noción freudiana de ‘lo ominoso’ o ‘lo siniestro’ (Das Unheimlich). Para dicha antología, yo le había solicitado a varios autores que intentaran poner al día la lista de ‘motivadores siniestros’ que Freud había postulado –cosas que nos perturban e incomodan de manera irracional – y que escribieran cuentos que los situaran dentro de un contexto moderno. En su ensayo de 1919, Freud había destacado las siguientes causas como típicas productoras de la sensación de lo ominoso: muñecas, hermanos gemelos, robots, coincidencias, etc. Los escritores se entusiasmaron con mi encargo; sin embargo, todas las ‘actualizaciones’ trajeron lo ominoso directamente hasta el siglo 21. Lo peculiar del relato de Adam fue que él, contrariamente, pensó qué es lo que la modernidad podía aportar a lo ominoso, y se sumergió en lo más hondo de sus materiales personales.
En el núcleo de la idea de Freud se hallaba el siguiente interrogante: qué ocurre cuando el modo que nos permite distinguir entre ‘vive’ y ‘no-vive’ se apaga. Los hermanos gemelos perturban nuestro esquema de percepción ya que en el mundo vivo estamos acostumbrados a ver únicamente “diferencias”; lo idéntico pertenece al mundo de las cosas manufacturadas, replicadas, artificiales. Similarmente, los robots nos perturban porque sabemos que no están vivos, y sin embargo imitan la apariencia y la conducta de los seres vivos. Freud también incluyó en su lista la experiencia de observar a una persona en estado de trance o con un ataque epiléptico. En este caso, el cuerpo de alguien que sabemos que está vivo se comporta repentinamente como una máquina, aparentemente sin una conciencia viva que la controle. Esto nos provoca miedo puesto que nos hace tomar conciencia de que también nosotros, al menos en parte, somos máquinas.
Adam se dio cuenta de que él tenía un vínculo muy personal con este último ejemplo. El hijo de Adam, Max, nació con un extraño síndrome que combina autismo con epilepsia. Las necesidades de Max y los temores e incertidumbres propios de esta condición definieron la vida de Adam en tanto padre. Hasta “Tamagotchi” Adam no había escrito nunca acerca de la condición de Max, pero este cuento le permitió forjarse un camino interior y fue el disparador de su segunda colección de cuentos, “El arrojador de piedras”, que trata en su totalidad acerca de ser padre de un niño vulnerable. Como en muchos otros relatos de Adam, un componente surrealista o tecnológico-futurista funciona como metáfora de situaciones humanas cotidianas y domésticas. Aquí el componente mágico de Adam es la idea de que el Tamagotchi posee una enfermedad contagiosa, un virus que puede atacar a otros Tamagotchis.
Adam crea, con un golpe maestro, un recurso que le permite explorar un tema de su vida cotidiana: de qué modo reaccionan otros padres ante la situación de su propio hijo. En el relato, los otros padres están preocupados de que los Tamagotchis de sus hijos se contagien del Tamagotchi de su hijo. A través de la creación de un portador de la enfermedad que no es propiamente el hijo, este simple ‘aparato’ le ha permitido a los personajes del relato confesar algunas cosas que muy probablemente no se habrían animado a confesar si hubiesen tenido que referirse a la enfermedad de un niño real (aunque seguramente sentían esas cosas). De igual modo, la relación entre el padre y el hijo se refleja en, y se desplaza a la relación del niño con su mascota electrónica, lo cual nos permite observar al padre en el hijo, y viceversa. Es una impresionante obra metafórica. Por supuesto, yo no debería estar analizando el relato de este modo, reduciendo la magia de la historia a sus partes constitutivas, asesinando al fantasma que hay en su máquina… aunque quizás, en este caso, sabrán disculparme.