the short story project

search
Verano en Samarcanda

Yonatan Raz Portugali sobre:

Verano en Samarcanda por Elif Batuman

La lectura de «Verano en Samarcanda» hace ya cuatro años ha sido para mí una auténtica revelación. Inmediatamente me gustaron muchas cosas del relato: su tono refrescante, irónico pero simultáneamente lleno de amor por el tema; su maravilloso ritmo; el humor. Pero lo que especialmente me cautivó fue el modo en que Batuman se relaciona con el saber y su conexión con la escritura y la vida en general. En uno de los primeros párrafos, Batuman escribe que la cadena de eventos que describirá en el relato fue motivada por su decisión de estudiar literatura rusa. Así, en el inicio mismo del texto, la narradora sitúa su relato en contradicción con la instrucción reductora «escribe sobre lo que sabes», la cual debe ser internalizada por todo aquel que haya pasado alguna vez por un taller de escritura o haya leído una lista de recomendaciones para escritores principiantes. El cuento de Batuman describe un trayecto entretenido y extraño, lleno de encuentros excéntricos y discernimientos sensibles, en busca de algo que la escritora aún no sabe. Y este trayecto tras el saber, tras la lengua y la literatura rusas, también dicta la estructura del relato – tres breves excursiones, de la academia al territorio de los idiomas ruso y uzbeco, y de regreso a la academia.

No menos excitante, en mi opinión, es el modo «nonchalant», cómico y atractivo con el cual Batuman describe el rico saber literario que ella sí posee, en tanto aplicada doctorando de literatura rusa en la Universidad de Stanford. En mi condición de escritor y estudiante de doctorado, conozco perfectamente el presupuesto romántico según el cual la universidad y «el exceso» de conocimientos «arruinan» la escritura. La lectura de «Verano en Samarcanda» acaba con dicha premisa de un plumazo. Ella ha reforzado una sensación que yo tenía pero que nunca supe cómo enunciar: que toda realidad en la que vive una persona sensible e interesante, es una realidad sobre la que vale la pena escribir literatura, aun si esa persona ama leer. El amor a la lectura constituye para Batuman un potencial inagotable de interacciones con personas y lugares de todo el mundo, en clara contraposición a ese otro ideal romántico: el del lector (o el escritor) que se aísla entre los estantes de libros. Quizás la sensación más potente que me ha dejado la lectura de «Verano en Samarcanda», y de todo el brillante primer libro de Batuman, «Los poseídos» (del cual ha sido extraído el relato que aquí presentamos), sea la siguiente: la alegría de descubrir una literatura contemporánea tan relevante y tan próxima a mi vida.

0