Rodrigo Rey Rosa | del:español

El agua quieta

En el fondo de cieno y guijas de la laguna descansaba el cuerpo de un hombre, los ojos abiertos, como si mirase el sol líquido de un cielo inferior. Un pequeño pez negro y amarillo nadaba al lado de la pierna; otro hurtaba mordiscos a la oreja. Hacía tiempo que yacía ahí, abajo, y su forma quieta era ya parte del paisaje de agua. El semblante parecía estar en paz, pero una curva de asco se borraba y volvía a dibujársele en los labios. El pelo y las algas se mecían al vaivén suave del oleaje. Mientras el fango lo cubría, el cuerpo fue cambiando poco a poco; los ojos, que al principio estaban ahuecados, resalían de la cara hinchada. No quedaba color en las pupilas, que sólo habrían visto oscuridad. El vientre se puso enorme y una noche, del fondo negro, subió el cuerpo lentamente; su huella se borró del fango, y la carne salió al aire y fue llevada por las olas hasta la orilla.

El comisario de la policía de Flores se inclinó sobre el cuerpo con un pañuelo apretado a la nariz. Pocas cosas le disgustaban tanto como una muerte sin motivo, y sus ojos inyectados buscaban, lentamente, algún indicio de violencia. Nada descubrió; sólo las huellas de las manos de los pescadores que lo hallaron y lo sacaron del agua, y las mordidas de los peces en la cara y las manos, cerradas en puño. El comisario ordenó que las abrieran: en una, no había nada; la otra tenía un poco de tierra y una piedra. Por la estatura parecía que era un extranjero. El comisario irguió la cabeza y dobló el pañuelo.

Richard Ward, norteamericano, de cincuenta años, había llegado hacía nueve meses al Petén. Había comprado un terreno a orillas de la laguna de Itzá, donde hizo construir una casita. Tenía la intención de retirarse a vivir allí con su mujer, Lucy, que aguardaba sus noticias en Wisconsin para reunirse con él. Dos semanas antes de que el cuerpo fuera encontrado, Richard Ward había sido visto en algún almacén de Flores, y después había desaparecido. Su sirviente, Rafael Colina, fue conducido a la comisaría, donde lo interrogaron inútilmente. En vano se registró su choza, en el terreno de Ward. Lo tuvieron preso algunas horas, y después de darle los palos rutinarios, le dejaron salir.

Lucy Ward llegó a Flores un húmedo domingo de septiembre. Era gorda, con cierta gracia en los miembros. En la comisaría le entregaron la cajita con las cenizas: «37», se leía en la tapa; «Sr. R. Ward». Un auto de la policía la llevó hasta el terreno, donde la esperaba Rafael.

Recorrió la propiedad, examinando el paisaje con los ojos atentos de quien mira un cuadro abstracto que no llega a comprender; se dio cuenta, con sorpresa, de que le gustaba. Entró a ver la casita, y decidió pasar allí la noche. Más tarde, antes de dormirse, pensó en su esposo, y le agradeció el haber encontrado ese lugar. Probaría a vivir allí algún tiempo.

Desde el principio fue como si la ausencia de compañía humana, que había temido extrañar, hubiera sido suplida por la vida febril de las plantas, por la actividad de los insectos, y por la presencia tenue de Rafael. Poco a poco iba descubriendo los pequeños milagros de la selva, y aprendió a aceptar las inconveniencias; las hormigas ubicuas, el sudor eterno, los mosquitos del crepúsculo y del amanecer.

Por las noches, después de la cena, salía a sentarse en la mecedora, y se quedaba oyendo las voces de la tierra con su metálico ritmo adormecedor. De día le gustaba andar entre los árboles por un sendero angosto que su esposo había abierto. Caminaba hasta cansarse, y se tendía entre las lianas para quedar respirando el olor suave de ramas y hojas muertas. A veces cogía alguna mariposa rara, o cortaba flores sin nombre.

Una noche de lluvia incesante, el ruido del agua en el techo de palma no le dejaba dormir, y por primera vez la inquietó la muerte de su esposo. El miedo fue entrando en ella como el agua que comenzaba a colarse en el cuarto. Una gota gruesa cayó junto a la almohada; empujó la cama al centro del cuarto. Relampagueaba. Poco antes de quedar por fin dormida vio, a la luz de un resplandor, a Rafael que la miraba desde la puerta. Abrió y cerró los ojos. Pensó en alargar la mano para encender un fósforo, pero comprendió con alivio que se había engañado; la cara era una mancha en la madera. Respiró profundamente y se hundió en el sueño.

Por la mañana, el sol ya en lo alto, abrió los ojos y oyó a Rafael que trabajaba en la cocina. El aire era dulce con el olor a maíz. Agujas de sol entraban por las rendijas, se oía una mosca que zumbaba. Hizo la cama y se vistió para salir.

Buenas, le dijo Rafael, enseñando los dientes amarillos. Lucy salió de la cocina y fue a sentarse al corredor.

Rafael puso la bandeja en la mesita al lado de la silla. Estaba sirviendo café cuando ella volvió la cabeza para mirar a lo lejos y dijo en voz baja: Estaba pensando en don Ricardo. Él la vio con sorpresa un instante; apartó los ojos e irguió la cabeza. Don Ricardo, dijo. La luz jugaba sobre la laguna. Lucy anduvo hasta la punta del muelle y se tendió sobre una toalla a tomar el sol. Pensaba en el pasado como en algo vacío e impreciso; la memoria se derretía en el calor.

El sol le quemaba la cara. Oyó a Rafael que empujaba su cayuco al agua, y se incorporó para verle remar junto al muelle.

Voy a ver si hay pescado, le dijo, y siguió remando hacia la otra orilla.

Se acostó de bruces. Estuvo mirando las flores blancas bajo el agua, y después cerró los ojos para dejar de pensar. El calor se hizo intenso. Se tiró al agua y nadó de arriba abajo frente al muelle. Volvió a salir y dejó que la secara el sol. Se dirigía a la casa, cuando la puerta abierta en la choza entre los plátanos le llamó la atención. Miró para atrás –el agua quieta– y anduvo a pasos rápidos hasta la puerta. Asomó la cabeza a la sombra interior.

En una esquina descubrió una gran olla de barro, elevada del suelo por algunas piedras; debajo había cenizas y ascuas muertas. Se detuvo helada en el centro del cuarto. Cerca de su cara, suspendido en el aire, un enorme sapo la observaba. Abrió la boca, y Lucy distinguió el bote de vidrio y el hilo que pendía de lo alto. El sapo se movió, apoyando cuatro dedos en el vidrio. El miedo se convertía en lástima. Tocó el bote con la uña, y el sapo subió y bajó los párpados. La tapa había sido agujereada con un clavo, y en el fondo había briznas verdes y una mosca. Lo hizo girar, y acercó la cara para examinar las manchas en la piel del sapo.

Se oyó un lejano ruido hueco de madera. Miró por la puerta el cayuco a media laguna. Rafael remaba de pie, un golpe a la derecha, uno a la izquierda, sin quitar la vista de la orilla. Lucy sintió un hilo que le corrió por la espalda, y vio que el pelo le escurría. Salió de la choza; en el suelo de tierra quedó una figura de gotas de agua.

Esa tarde Rafael le sirvió un cocido de pescado. Ella lo probó sin gusto, y dejó el plato casi intacto. Rafael le preguntó si algo estaba mal con la comida. No, la comida estaba bien; el sol le había arruinado el apetito. En cuanto Rafael se retiró a la choza a dormir la siesta, Lucy entró en la cocina a arreglarse un plato de fruta.

Tendría que hablar con Rafael. Era una crueldad lo que hacía con el sapo. Recordó la piel tortuosa, los ojos tristes tras el vidrio. Sentada en el corredor, estuvo mirando la laguna; pensaba en las cenizas de su esposo.

Dejó la mecedora y anduvo en silencio –había silencio en la tarde– hasta la puerta entreabierta de la choza. Rafael, en cuclillas de espaldas a ella, jugaba con el sapo que había sacado del bote, acosándolo con una vara. El sapo, arrinconado, se hinchaba en amenaza; sobre sus ojos saltaban puntas negras como cuernos.

Retrocedió algunos pasos y llamó con voz fuerte:

¡Rafael!

Rafael se levantó de un salto y sacó la cabeza.

Disculpa, le dijo ella. Necesitaba unos limones. ¿Tal vez podrías ir a la tienda?

Cuando Rafael desapareció por el camino de la aldea, Lucy descorrió el pasador y empujó la puerta. El sapo estaba otra vez en el bote. Desenroscó la tapa, puso el bote en el suelo, y, con el pie, hizo salir al sapo por la puerta. Echó el cerrojo y regresó al corredor. El sol se acercaba al horizonte.

Rafael volvió al oscurecer. No había limones, dijo al pasar frente a ella, y siguió andando hacia la choza. Lucy se quedó mirándolo, meciéndose en la silla. Lo vio abrir la puerta, entrar, y de pronto volver a salir, como si alguien lo hubiera empujado. Buscó de parte a parte por el suelo; tras las matas que rodeaban la choza, al pie de los plátanos, en el arriate del sendero, entre las cañas. Volvió a buscar en la choza, y después se detuvo a la puerta, mirando hacia afuera.

¿Qué pasa?, le gritó Lucy. Lo vio acercarse, baja la cabeza.

 Alguien se metió en mi casa.

Los mosquitos le picaban. ¿Alguien? ¿Cuándo? Rafael miró para atrás. ¿No vio a nadie?

La luna estaba llena, el aire no se movía. Antes de la cena, Lucy salió a mirar el cielo desde la orilla. Sabía que Rafael se resentía por la mentira. Por un momento tuvo el deseo de confesar la culpa, pero por lo pronto el silencio le pareció lo mejor.

La mesa estaba servida. Se terminó el pescado, aunque sin ganas; quería complacerlo. (Ahora sentía lástima por él). Le pidió perdón, en voz baja. Rafael se sirvió su plato y le dio las buenas noches. Cuando la vela se apagó en la choza, Lucy entró en su cuarto.

A media noche un peso en el vientre le hizo despertarse.

Lo sintió subir por el pecho. Era algo frío; ahora andaba por el cuello, y se detuvo en la boca. No podía moverse; sus miembros eran pesados. Y entonces vio al sapo que se hinchaba…

Arrojó las sábanas y saltó de la cama. Un líquido amargo le raspaba el paladar; quería sacarlo. Encendió una linterna y corrió al baño. Se arqueó. Dejó correr el agua y se mojó la cabeza. Se sentó en la alfombra, y después no pudo levantarse. Miraba en el espejo la luz de la linterna.


*El agua quieta by Rodrigo Rey Rosa. Copyright © 1989, Rodrigo Rey Rosa.

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