Martín Felipe Castagnet | del:español

El interior de la intemperie

El gigante está comenzando a pudrirse y Minerval aún no tiene noticias del hombre que lo está soñando. El programador debe estar enfermo, piensa: si estuviera muerto se diluiría el bosque y luego el sueño entero, como aquella vez que se apagó el cerebro de un viejo con ella adentro. Pero sobre todo piensa que está enfermo porque los objetos que ella recolecta se almacenan sin ser impresos. El gigante se pudre y los objetos se desarman como si fueran también formas vivas.

Así se define el programador: Robo objetos de los sueños de las personas y los imprimo en tres dimensiones. Para eso programó a Minerval, como pescadora de perlas en un mar de cerebros. Geógrafa de los sueños, prefiere definirse ella: no puedo salir pero sí ampliar los límites de mi mundo. Cada noche es una exploración, como si saliera humo de los poros de la tierra caliente y sólo pudiera aclarar la bruma de un paso a la vez. Primero los sueños de las personas del edificio, luego de la cuadra, después del barrio, pero sobre todo de la cabeza de su propio creador. Ahora esa cabeza está fallando, y Minerval no sabe qué hacer.

Encontró al gigante por azar, hace dos noches, aunque en el terreno de los sueños el azar es discutible. Ahora lo encuentra gracias al olor. El gigante cayó de costado, en un claro del bosque cerca de un poblado de carpinteros. Las cuencas de los ojos están vacías y llenas de hormigas. Los ojos debieron haber tenido el tamaño de un panal de abejas excedido de peso, de los que quedó apenas una miel sanguinolenta. Un niño podría dormir dentro de esa cavidad. Minerval intenta escalar a lo alto del gigante, pero la carne está resbaladiza. Sería ideal imprimir esta calavera en tamaño natural, piensa, ¿pero cómo la recolecto, qué máquina titánica podría imprimirla? Luego recuerda: el programador está enfermo, quizás moribundo, y todo esto es resultado de la fiebre.

La asustan los momentos en que el sueño se vuelve inestable, como un rayo silencioso que durante unos segundos derrite a todos los participantes del sueño sin que lo noten. Se derriten las caras de los carpinteros, la carne pútrida del gigante, los árboles ennegrecidos. Durante medio segundo todo se confunde: el bosque, el poblado, los animales y las piedras. Luego todo vuelve a la normalidad sin que se hayan dado cuenta ni los vivos ni los muertos, sólo ella. Estas interrupciones ocurren cuando el soñador se despierta, y cuando se vuelve a dormir. Entretanto los soñadores y sus sueños siguen con sus vidas, cada cual por su lado, hasta que a la noche el soñador retorna al amplio mundo inexplorado de sus sueños. Por la frecuencia en la que estos cortes ocurren, Minerval sabe que el programador se sobresalta una y otra vez, sin lograr despertar del todo su fiebre pantanosa.

Ignorantes de su inestabilidad, un puñado de carpinteros se acerca a Minerval. Hicimos venir a un padrecito de otro pueblo, dicen, tardó varios días en llegar. Es un viejo sin piernas, que avanza a brazos de sus compañeros. La mira con curiosidad durante un instante (¿qué es lo que ven cuando me ven?, piensa Minerval) y luego torna su mirada al gigante. Déjenme tocarlo, pide el padrecito Niebla. Lo depositan en el suelo de pinochas, junto a la boca del gigante. Con una mano llena de talco toca la lengua hinchada que sobresale entre los dientes. Tenemos que enterrar al gigante antes de que sea tarde, le dice Minerval, se está pudriendo y los va a envenenar a todos. Es difícil, contesta el padrecito Niebla con lágrimas en los ojos, porque este gigante era el dios de este lugar. Fuera de él no hay nada, y si él muere nosotros morimos con él.

 

¿Adónde voy?, pregunta Minerval. A cualquier otro lado donde sepan qué tenemos que hacer, responde el padrecito Niebla. Antes de que se lo lleven en brazos saca cuchillos y tenazas de su delantal. Yo también soy carpintero, dice mientras arranca uno de los dientes del dios. Para que te crean, le dice. El diente ocupa la mano completa de Minerval y está picado por dentro. Una interferencia en el sueño licúa durante un segundo la pieza dental, su brazo y el padrecito, cuyo cráneo se derrite y se vuelve a componer un instante después sin que lo haya notado: le desea suerte. Para que no le pese tanto durante el viaje, en cuanto Minerval queda a solas almacena el diente junto a los objetos que recolecta para imprimir en tres dimensiones. Las manos le quedan manchadas del talco del padrecito Niebla, y con el paso de las horas se le manchan también la cara y el torso.

Los carpinteros la envían con los herreros y los herreros con los pescadores, y luego hacia donde el soñador nunca llegó a visitar. El bosque da lugar al desierto de piedra y la piedra finalmente se escarpa al encontrarse con el mar. Más allá, por intermedio de un bote cedido por los pescadores, crece una ciudad. En el bote encuentra una red hecha de espinas de pescado y también la almacena. El programador supo transmitirle el placer de encontrar un objeto hasta entonces inexistente. El que más le gusta es una manta hecha de abejas que se juntan y se separan, un enjambre cálido que protege a quien lo porta. Las abejas son doradas y se comunican entre sí, incluyendo a la propia Minerval. Cuando hace frío se lo calza, últimamente cada vez más agujereado. El clima dentro de cada sueño es aleatorio y no obedece reglas que pueda entender un programa como ella.

Su trabajo es desvalijar sueños. Los de los niños son los más fructíferos, como un torrente que lo arrastra hacia la cueva del tesoro. De ahí obtiene sus mejores trofeos: los más raros, los más peligrosos, los que conserva para ella. También explora a los animales, pero sus sueños son más confusos y le rompen el código. En esos casos regresa al sueño principal embarrada mentalmente y agotada físicamente, pero la exigencia rinde y la impresora fabrica piezas cada vez más sofisticadas.

Luego el programador vende los sueños impresos en tres dimensiones y los clientes compran sin saber qué les resultaba tan fascinante de esos objetos extraños. Son a la vez decoración, utensilio y arte. De vez en cuando, alguien compra el producto de su propio sueño y lo ubica, entre complacido y perturbado, en un sitio privilegiado del departamento. Cuando eso ocurre Minerval hace una especial guardia nocturna: sin excepciones el objeto vuelve a aparecer en los sueños de su creador, pero esta vez como visitante del mundo real. Ése es el mayor orgullo de Minerval, que se dice: yo lo volví real, yo lo tomé y lo introduje de regreso, yo soy la verdadera artífice.

Pero desde que enfermó el programador ya no puede visitar los mundos de otras personas: si se muere, como el gigante, ella se muere con él. Está encerrada por propia voluntad en ese mundo, inmenso pero fruto de una sola persona, su creador, y esa cercanía excesiva la termina asfixiando. El tiempo transcurre pero se le aplana en un presente constante, barroso, y con el olor a muerte que despide el diente cariado del dios.

 

¿Alguna vez soñaste una y otra vez con la misma ciudad, que no existe salvo en tus sueños? El programador sí, y a esa ciudad llega Minerval, en la hora azul en la que ya no es de noche y todavía no salió el sol, aunque las maderas del puerto están calientes como si fuera mediodía. El programador sueña tan seguido con esta ciudad que los bordes del sueño están desgastados y se ven a trasluz, mientras que las zonas que dejó inexploradas comienzan siendo un gris opaco que Minerval debe despejar con cada paso.

La ciudad está amurallada, y no logra encontrar una forma de entrar sin ser vista. Como programa carece bastante de flexibilidad para abandonar la forma humana, presumiblemente porque el programador quería privilegiar la búsqueda de objetos. El guardia de turno abre el portón con una llave cuyas muescas imitan una mano con la palma extendida. Está abombado por el calor sofocante y Minerval aprovecha para robarle la llave luego de cerrada la puerta. Es sorprendente la resistencia que ponen algunos sueños para defender sus objetos. Quizás lo despidan por ello, piensa, y después: es sólo un sueño. Le cuesta no sentir lástima por esas criaturas, sin lograr dilucidar si son más o menos reales que ella.

Sabe a quién buscar: un mercader de las orillas le recomendó antes de embarcarse que visitara a un experto en dioses que le solucionó un entuerto por una ofrenda fallida. A cambio del consejo Minerval le dejó uno de sus objetos más preciados: un peine con cerdas vegetales que limpian el pelo mientras lo desenredan; al fin y al cabo ella nunca lo usaba y las cedras comenzaban a desprenderse.

Las interrupciones del sueño suceden cada vez más seguido: mientras cruza una puerta Minerval deja de estar en la ciudad para aparecer en la selva, y para cuando la termina de cruzar está una vez más en la ciudad. En los últimos minutos antes de despertar el sueño entra en tal caos que todos sus elementos se entremezclan: el ala de un avión se transforma en un puente, la lluvia en pastizal, los animales en tus seres queridos. Pero el programador sigue sin despertarse y cada vez hace más calor, como un fuego que derrite los ladrillos del callejón y sume en un estado soporífero al teólogo, que cabecea embotado en su silla de cuero.

Minerval lo cachetea y de las mejillas del teólogo se desprende una nube de talco. Cómo hago para enterrar a un dios que murió en los sueños de su creador, le pregunta el programa. El teólogo la mira, los ojos transparentes: cada sueño tiene su propio dios. Pero éste se murió, le responde Minerval, yo lo vi pudrirse. Los dioses no mueren, dice el teólogo, sólo se reemplazan. Hay que juntar el alma del dios muerto y trasvasarla antes de que se pierda. Cómo hago eso, le pregunta Minerval. El teólogo señala un sagrario traslúcido, donde se exhibe una espátula labrada en plata: uno de sus lados es más hondo que el otro. Minerval la almacena junto con el resto de sus objetos. Una nueva interrupción del sueño disuelve el techo: no voy a llegar, piensa ella. ¿Esto significa que sos el Minerval?, pregunta el teólogo con la cara derretida, pero esta vez la interrupción continúa y los ojos de vidrio se caen de las cuencas.

 

Minerval se deshace de sí misma, rompiendo su forma humana. El calor ayuda a ablandar su cuerpo y recorre como un espíritu la superficie del agua y del desierto, las velas de los barcos y las copas de los árboles hasta llegar al corazón del bosque.

Para cuando llega Minerval el cadáver del gigante ya es un esqueleto cubierto de gusanos. Los sacude con la mano (se funden por momentos con el tronco y el esqueleto), despeja la osamenta de las arañas y las raíces. Desliza la espátula por los huesos divinos: el alma es untuosa y se acumula del lado hondo como crema. Las hojas se prenden fuego. Y ahora qué, se pregunta. Los árboles se derrumban, el costillar se clava en el suelo como si fueran colmillos. Minerval toma la crema y se la pasa por la cara que ya no tiene, por su pecho de paloma, por los brazos que ya no son exactamente brazos. Luego todo se calma, al fin, como la reverberación circular de una piedra en el agua.

 

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