Martín Felipe Castagnet | del:español

La próxima Unión Soviética

Mojito husmea a través de las rendijas del portón. Se distrae rápido y regresa a mí con las patas embarradas. Le acaricio el pelo. Color té con leche, dice Brenda mientras el perro me lame las manos.

Necesita que se lo cuide mientras esté de viaje. Tengo la esperanza de que me ofrezca vivir durante los dos meses en su casa, pero no lo dice y yo no lo sugiero. ¿Le espiaría las bombachas? Sí.

Pienso en cuántas cosas vivas tengo en mi departamento. Sin ficus ni mascotas, ni siquiera un cactus. Sólo las bacterias y las verduras rancias dentro de mi heladera.

Digo que sí. La bolsa de comida pesa más que el perro.

 

Los gimoteos y la necesidad de cariño no me permiten dormir, pero cuando logro hacerlo me hundo en una confusión elástica y sudorosa donde no hay formas de escapar.  

Mis sueños se parecen a los mapas del counter strike. El terrorismo de los amores viejos. Querés rescatar a tus rehenes pero ya es tarde.

Headshot y salir de la cama para ir a trabajar.

 

Ocho horas en la oficina equivalen a ocho horas en internet. No se puede hablar de eso.

Sí se puede hablar de las carcasas abiertas de las computadoras, el cuarto caliente con los servidores, la máquina de café que a veces escupe tierra, los timbres de cada llamada, mensaje y alarma que escucha una persona por día.

 

El guardia de seguridad me da la mano cuando hago pasar la tarjeta magnética. Aníbal pasa la noche en el edificio; dentro de poco le toca irse. Sé que esconde un colchón en el sótano, junto a los baños de serivicio.

En su netbook suele ver tutoriales para armar origamis. Más animales que flores.

Los arma con el envoltorio dorado de los cigarrillos que fuma tranquilo durante la noche o a escondidas durante el día. Cada tanto me los regala.

El humo se le pega a los dedos y después al papel y después a mí.

 

Ayudo con los sistemas. Hay muchos sistemas y mi mano entra en todos. Siempre con diferentes usuarios, como un único guante que cambia de color. Imagino mi trabajo como una mano atando cables dentro de un balde de gelatina.

También puedo decir que soy el encargado de controlar las búsquedas en google de mis compañeros de trabajo. Algunos le prestan atención a la ropa o al signo del zodíaco o al equipo de fútbol. Para mí la identidad individual se define por los términos de nuestras búsquedas.

Esta semana soy “cáscara de banana se puede comer?”, “pelirroja angelface al sol”, “canción que comienza con biribiribiribibí” y “carne blanca del ojo”.

 

También googleo mi nombre. Me tranquiliza. Me da certezas. Es algo objetivo: eso soy.

 

Mi jefe en cambio lee sobre pesas, pitos y pesca. También tiene aparatos en los dientes. Según el cv tiene un año menos que yo. Un viernes que nos quedamos trabajando hasta tarde me dijo que pensaba dejar todo y mudarse a Italia.

Pero eso nunca lo vi en sus búsquedas.

Hay gente que no se anima a escribir sus sueños ni siquiera en google.

 

La secretaria me pide por teléfono que suba a la privada en el último piso. Le respondo que sí. Es la versión vegetariana de Gatúbela, que guarda en un excel lo que se roba de la caja chica. A ella no le reviso las conversaciones. Una vez que fui al baño de la privada salía demasiado olor a pescado del tacho de basura. Tenía la tapa puesta.

Sólo me llama cuando al jefe se le taró la computadora o cuando expiró el antivirus; y también cuando quieren retarme por algo que hice bien pero que ellos creen que hice mal. Todos los sistemas gotean.

            Claro que sólo los peores se hunden.

 

El aire acondicionado siempre está encendido. Los empleados de limpieza rotan de aparato en aparato, baldes y bidones por todo el edificio. Miro un cuadro de Rosas hasta que la secretaria me da permiso para entrar en la privada.

Sin saludarme, mi jefe me pregunta si quiero crecer. A él también le respondo que sí. Perfecto, sonríe, genial. La ortodoncia le brilla como una estrella enana blanca. Me entrega un blackberry y dice que soy un buen chico. Eso es todo.

Necesito una aplicación que desinstale mis expectativas por completo.

 

El resto del día laboral se escurre. Quiero configurar mi cuenta de gmail en el teléfono, pero me muestra cartel de error. Reinicio y parece haber instalado con éxito, pero de nuevo error. Saco la batería, pongo la batería y enciendo.

Error. No debería ilusionarme. En sistemas nunca hay hacia donde ascender.

Al menos logro instalar la música del Tetris como ringtone.

 

Salgo cansado, pero mientras camino ya siento mis energías de regreso. Un poco de aire, frío inesperado, visita rápida al almacén donde hago el tour por los objetos de siempre. Pago con cambio. Me hace feliz abrir la cerradura al primer intento.

Lo primero que hago al entrar a casa es prender la zapatilla de la computadora. Después enciendo la luz, giro la llave del gas, abro el mozilla, pongo el winamp, busco un yogurt en el fondo de la heladera y el shuffle me lleva directamente a la canción favorita de Brenda. Ya debe estar en la ruta, manejando de noche, el último cd dando vueltas infinitas dentro del reproductor.

Mojito duerme debajo de mi campera.

 

Gmail facebook twitter tumblr. Gmail facebook twitter tumblr. La repetición se descuajeringa hasta que todas las actualizaciones son agotadas. Y de nuevo. Y de nuevo. 

Diarios, torrents, pronóstico del tiempo, subtítulos, farmacias de turno, cartelera. Música. Gmail facebook twitter tumblr. Actualizar. Eliminar. Compartir. Enviar.

Navegar en internet es seguir la rutina de un entrenamiento deportivo. 

A veces de un entrenamiento militar.

 

Antes de irme a dormir recibo un mail. No el esperado; nunca el esperado. Un compañero me bardea por algo que supuestamente dije que estoy seguro que no dije.

Lo marco como spam.

 

Saquitos de té secos sobre el escritorio de la oficina. Gotas para los ojos. Pendrives. Origamis. Lapiceras reventadas. Un tenedor de plástico que venía con la comida china dulce y aceitosa. La caja donde vinieron los parlantes llena con no sé qué. Migas de pan.

Los sistemas se ven tan limpios en comparación, incluso cuando no funcionan.

Pero nunca no funcionan como hoy no funcionan.

Las ventanas de mi gtalk se escriben solas con frases que yo no tipeo.

“TE GUSTA METERTE EL DEDO EN EL CULO Y OLERLO. PUTO. GORDO DE GRASA DE AVIÓN”. Etcétera.

 

Intento evitarlo pero es inútil: por más que mueva el cursor o cierre sesión el fantasma continúa escribiendo desde mi usuario. La mayoría de mis contactos responde a las agresiones.

            Algunos se dan cuenta que no soy yo.

                        Otros no.

 

Intento explicarle a mis amigos lo que está pasando, sin que yo sepa qué es lo que está pasando. La mayoría me dice que sí. No mucho más: sí. Alguno me sugiere que avise en el muro de facebook; lo hago. Otro me sugiere que me cambie de cuenta; eso no.

El almuerzo es tan tardío que me cuesta conseguir una casa de comidas abierta. Mientras mastico un sanguche de milanesa y queso caigo en la cuenta que en mi pedido masivo de disculpas debo haberle escrito también a la persona responsable de los mensajes. Un compañero de trabajo, lo más probable.

Examino los historiales hasta la última limpieza, pero ya es tarde. Suele suceder. Los links se rompen. Los servidores se rompen. Los usuarios se rompen.

Internet prevalece.

 

Empieza con mails que yo nunca envié y sigue con avatares nuevos en facebook. No me decido a borrarlos; incluso muchos les han dado me gusta. Las imágenes pertenecen a mi tumblr, pero con un usuario que nadie conoce. En internet siempre quedan las huellas para que te puedan seguir quienes no te conocen.

Cambio todas las contraseñas. Las anoto en un cuaderno para no olvidarlas, en una letra manuscrita que me parece tan ajena como lo que escriben en mi gtalk.

Los primeros días olvido que las cambié y me rebota el inicio de sesión.

 

Brenda tarda varios días en conectarse, o al menos en conectarse al chat. Me cuesta esperar en el mismo lugar que secuestran de vez en cuando, conmigo adentro. Muchos falsos arranques: cuando la máquina hace un ruido, como un hipo, y parece que alguien que querés te está hablando. Esta vez mi estado no es invisible, y Brenda me habla cuando al fin se conecta. Pregunta por el perro; igual me pone contento.

Me cuenta que sí, que recibió un mensaje mío bastante raro en el celular, pero no lo quiso contestar. De alguna manera me entristece. ¿Cómo podía saber ella que realmente no era mío? Después se explaya sobre su viaje y el tema se olvida, aunque yo en secreto temo que se apropien de la cuenta en la mitad de la conversación.

Mientras me manda fotos pienso que cada vez que nos vemos ella me presta su computadora; sin claves, sin protestas, sin borrar el historial. Si me hubiera quedado en su casa estaría a salvo, pienso.

A ella le gusta buscar sobre tartas de zanahoria. Lo demás queda en su imaginación. Quisiera algún día poder googlear “en qué piensa Brenda cuando se pajea” y que aparezcan los resultados.

 

Cada tanto el jefe me contacta vía blackberry para apurarme con respecto a los sistemas que administro. Todavía nadie ni nada le escribió, aunque es posible que la secretaria ya le haya contado. Sé que en la oficina hablan de mí porque cada día me hablan menos.

Al menos Mojito me ladra cuando llego del trabajo.

Después me acuerdo que debe tener hambre.

 

A veces me cuesta recordar que esto me pasa a mí, y no a un desconocido que cuenta su historia en una página de secretos. Pienso si el excesivo brillo de los monitores no me estará desquiciando.

Necesito una aplicación que impida escribir esto de noche.

Necesito una aplicación que impida leer esto de día.

 

Mientras me baño pienso: yo también puedo rastrear a quien me persigue. Siempre algo se filtra. Transcribo todos los mails, todos los chats y todos los mensajes a un único documento. Sintetizo en una tabla de excel la procedencia y el contenido del mensaje.

Tendría que ser un grupo de personas, que me odian en secreto. Miro las caras de mis compañeros y los imagino armando, entre todos, los mensajes.

Incluso a los que también son víctimas de la burla.

 

Algunos son sólo insultos a mis contactos, gratuitos pero bien razonados, en alguna medida justos.  Pero también están las miserias. Como si mi cuenta estuviera ebria y con crédito infinito durante una noche de resentimiento.

El que tomó agua de una botella que estaba tirada en el tacho de basura. La que meó en otro tacho de basura porque todos los baños estaban ocupados. El que tiene que proponer telos porque todavía vive con la madre. La que está inquieta todo el día porque tiene parásitos intestinales que se le quedan pegados a la bombacha. El que tiene marcas violetas en la mano porque se muerde cuando está angustiado.

Admití que no gusta de vos. Le parecés feo. Lo único que ve es tu pelada. A ella le gusta la pija, chiquito, ¿sabés qué hace con los regalitos que le hacés? ¿De verdad pensaste que te lo podías levantar con mails ingeniosos? Sos tan corta que no podés ver lo patética que sos. Cuando te reís parecés down. Hasta tu mamá está más buena que vos. A vos te da besitos pero con él mira películas donde se meten cosas en el culo. Todos saben que estás tan desesperado por caer bien que vas a los mismos boliches y decís que fue casualidad. Mirate en el espejo, los ojos bizcos y las manos del tamaño de los pies. Tenés los dientes tan amarillos que seguro desayunás sarro. No nos reímos de tus chistes, nos reímos de vos.

 

Cuando me despierto siento postes telefónicos clavados en la espalda. Ya no sé cómo levantarme, pero me levanto. Le sirvo comida a Mojito y descarto hacerme el desayuno.

A la noche dejé un libro sobre el modem y ahora está caliente como una tostada.

                        Me lo paso por la cara. Cuando lo abro, las páginas del libro están frías.

 

El guardia me ofrece el origami de un gato en papel verde flúo. No logro hacerle los bigotes, se disculpa. Aníbal es el único empleado de la oficina que todavía me habla.

No quiero poner celoso al perro. Dejo el gato sobre el inodoro de la privada.

Necesito una aplicación que me impida aceptar animales ajenos.

 

Brenda me recomienda que abandone la red.

No puedo, le digo, es parte de mi trabajo. Y cómo haríamos para hablar mientras dura tu viaje, pienso.

Lo cierto es que no puedo, no sé cómo. ¿Hay algún lugar adonde no pueda traspasar la wifi? No sabría dónde refugiarme. Internet es la próxima Unión Soviética. Algún día se va a desplomar, pero mientras tanto estamos encerrados en sus caprichos.

 

Ahora los mails me humillan a mí. La precisión de los detalles me sacude el estómago, como si el enchufe del módem estuviera adherido a mi tubo digestivo. Nadie podría saber tanto sobre mí; no hay nadie que sepa la versión exacta de todas mis humillaciones.

La computadora me exhibe frente a mis contactos, al igual que un nervio al descubierto, como si de golpe el buscador empezara a mostrar todas nuestras conversaciones y pensamientos cuando alguien ingresa nuestro nombre.

Las cosas que emergen sin que yo supiera que existían, las cosas que pensé que ya no existían pero aún existen, las cosas que quedan en el caché incluso cuando yo sé que ya no existen.

 

El perro hizo pis en mis películas piratas, en el canasto de la ropa sucia, en las fotocopias; también en la computadora. Debería encerrarlo en el patio, pero en el fondo me alegra estar con alguien que desconozca qué es el amor, el comunismo o la internet.

            Necesito una aplicación que limpie el pis de este teclado.

 

Intento disolver todas mis cuentas, las que tienen mi nombre y las que no. Las que son de trabajo y las que eran por placer. Tarjetas de crédito, diarios, revistas, juegos, porno.

Las páginas o están en mantenimiento o tiran error al finalizar la configuración o simplemente no encuentro la opción.

 

Dejo de ir a trabajar. El ruido del cooler se parece al viento, o a una tormenta de nieve cuando trabaja mucho. Estoy cansado como una computadora que cada tanto se reinicia pero hace demasiado que no se desenchufa. Por primera vez, le hago un lugar a Mojito bajo las frazadas de mi cama. El hocico está frío y el pelo té con leche está caliente.

Mi jefe me llama por blackberry. ¿Seguirán funcionando los sistemas sin mí?

Dejo que suene la música del Tetris.

 

Decido apagar la computadora. Antes quiero leer una vez más la última conversación que tuve con Brenda, pero la conexión está caída. Intento durante las siguientes horas.

Cuando internet regresa ya es de noche y todos mis compañeros están conectados. Se viraliza desde mi cuenta de facebook un video grabado por cámara web. Mientras termina de cargar observo la imagen congelada, donde aparezco sentado frente a la computadora; sobre mi escritorio hay un origami que todavía no tengo.

Me escucho a mí mismo gemir como una nena hasta acabar. “Mirá, tenés las manos enlechadas”, escucho la voz de Brenda en el video. Apago el parlante pero sé lo que ella me va a ordenar: “Lametelas”.

Cuando cierro la pestaña con el video las notificaciones de facebook crecen exponencialmente.

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