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Recaredo Veredas | del:español

Las Corbatas de Mi Padre

 

Existe el destino de las corbatas, como existe el destino de los grandes elefantes asiáticos

Manuel Vilas

 

8 de enero de 2018

No las soporto. Las quemaría en una hoguera sucia, de gasoil, sin sándalo ni rituales. Sus estampados son dementes. Combinan unicornios y gallinas, enredaderas y rosas, diamantes y palos de golf. Sus fondos son siempre chillones: azul zafiro, amarillo pollito, naranja calabaza… Representan toda una época, los gloriosos 70 y 80 españoles, cuando los mejores restaurantes eran humo, vino, chuletón y carcajada. Las corbatas de mi padre empujan hacia los abrazos, la guasa, la camaradería y los güisquis. Hacia esa diversión masculina que tanto ayuda a cerrar buenos negocios. Por supuesto, son de seda italiana, tejidas en los más distinguidos talleres de Milán. Sus dibujos forman filigranas, simetrías infinitas dignas de Escher, cosidas por artistas que conocen la fina línea que separaba la originalidad del ridículo. Corbatas azules y lisas, como las mías, son propias de hombres con el alma congelada. El imaginario del sufrimiento solo nos interesa a los tarados.

Mi padre ama la luz y los focos: le encanta protagonizar las reuniones, convocar las cenas y, sobre todo, solucionar los problemas ajenos. Lo pidas o no te facilitará la mejor radioterapia si sufres un cáncer de pulmón o encontrará tus maletas si se pierden en Nueva York tras una ciclogénesis explosiva. Después, por supuesto, exigirá gratitud eterna. Un hombre así solo puede llevar corbatas que luzcan como un castillo de fuegos artificiales. Desde que cumplió 80 años las ha abandonado, va al despacho con camisas de cuadros y barbour, como si fuera a cazar gansos, y se ha empeñado en regalármelas. Lo hace, como todo en su vida, con orden y criterio: cada lunes a las ocho de la mañana, envueltas con mimo en papel de seda, deja dos sobre mi mesa. Son 244, acumuladas durante decenas de Navidades, cumpleaños y juntas de accionistas. A veces imagino sus cientos de dibujos y colores tendidos en el suelo, creando un mosaico cegador, digno de un museo del espanto.

Soy incapaz de llevarlas. Entrar a la oficina con una corbata amarilla me avergüenza tanto como ir en chándal. Me refiero a uno viejo, gris y ancho. A un chándal de yonki, no a unas mallas Nike pegadas a la piel, que en nuestros tiempos pueden vestirse hasta en los desayunos del Ritz. Por supuesto un macho alfa como él, pese a encontrarse en plena senectud, no puede callarse y siempre ha criticado mi timidez, que identifica con mi falta de espíritu comercial.

Es el fundador del bufete y su presidente honorario. Un hombre hecho a sí mismo desde el dolor de la posguerra. No sé si pasó hambre, tampoco si su padre llevó alguna vez corbata. Aunque yo dirija el negocio desde hace más de 10 años nunca me he atrevido a pedirle que me ceda su despacho. Sigo en mi cuartucho interior, lleno de papeles hasta el techo. Las reuniones ocurren en la sala de juntas que completa su estancia, bajo sus fotos con dos Reyes, cinco presidentes del gobierno y D. Alfredo Di Stéfano. No son complementos inútiles: los clientes confían en los abogados de rancio abolengo. Por ahora hemos soportado la crisis y hemos mantenido a sus mejores clientes, pese a la competencia salvaje. Trabajo un promedio de doce horas al día. He duplicado mis dioptrías y he abandonado a mis amigos, que solo me escriben en Navidades, pero por supuesto la cuenta de resultados brilla con esplendor gracias a mi padre.

He decidido esconder las corbatas a mi mujer, amontonándolas al fondo de mi armario, sin preocuparme de que su seda italiana se arrugue. No tengo coraje para, simplemente, tirarlas a la basura. Si hubieran sido de tergal lo habría hecho pero, ¿cómo iba a desperdiciar metros y metros de seda italiana, tan antigua y suave? Las corbatas no solo ocupan espacio en el armario, también en mi subconsciente. Ni siquiera me planteo colgarlas de mi cuello, pero me causan una ansiedad continua, instalada en el pecho, en el estómago, en los pulmones, hartos de tabaco.

 

12 de enero de 2018

Mi padre no atacó  el primer día. Se limitó a observar, a esperar que me confiara, como un felino salvaje. Hoy, viernes, a las 12 de la mañana, dejando así tiempo para la culpa festiva, se ha plantado en el área de trabajo, ha agarrado mi corbata azul y, delante de todos los empleados, ha dicho:

-¿Qué? ¿Te avergüenzas de tu padre?

-No, estoy muy orgulloso de ti. ¿Por qué me dices eso, papá?

-Por nada, hombre, por nada. Regalaré las corbatas a quien las aprecie.

-Es la costumbre, siempre llevo las mismas. Las tuyas me encantan. Son muy originales.

-No mientas, siempre has sido un soso. Tienes casi cincuenta años y no sabes ni vender una escoba.  

 

17 de enero de 2018

Como una de las claves de mi vida ha sido evitar los conflictos, comprender a los demás, decidí llevar dos al despacho y ponérmelas en cuanto entro a la oficina. Son las más discretas: lunares amarillos sobre fondo azul y unas discretas locomotoras de vapor sobre un naranja desvaído. Tan noble empeño solo sirve para evidenciar mi falta de carácter. Me pongo tan nervioso que ni siquiera me escondo en el baño. Frente a los empleados deshago el nudo de mi corbata lisa y me planto la de mi padre, sin abrocharme el último botón ni enderezar la camisa. Queda colgando, como la corbata de un payaso. El primer día soltó una carcajada. Hoy me ha llamado al despacho y, mirándome a los ojos, ha dicho:

-Si no te gustan mis corbatas, no las lleves y asume las consecuencias, pero no me hagas quedar por tonto –mientras tanto la ansiedad recorría, con su velocidad habitual, la boca y los pulmones para plantarse en el estómago. He salido de su despacho en silencio, con las locomotoras echando un humo negro, que mancha su belleza infantil.

 

18 de enero de 2018

Ha llegado al mediodía y le ha regalado dos corbatas al viejo Tomás, un abogado insoportable que sestea por las tarde y solo sirve para hacer reverencias a clientes que cada día le desprecian más. Ya no besa las manos a las señoras, gracias a Dios. Sé que, como siempre, estoy perdido. Una de las causas del desvarío ha sido empeñarme en repetir exactamente los mismos hábitos, sin darme cuenta que los buenos propósitos nada pueden contra las inercias de un padre con proporciones bíblicas.

Acabo de tomar una decisión. No sé si se dirige hacia el futuro o hacia el pasado. Siempre creemos que progresamos, lo necesitamos para seguir viviendo. Debemos construir una épica, creer que avanzamos, aunque solo demos vueltas alrededor del vacío. Ese paso ha sido salir de casa sin corbata –es lo más moderno, en Sillicon Valley solo las llevan los paletos, le he dicho a mi mujer y a mi hijo-, esconder una de las suyas en la funda del ordenador y anudarla en el ascensor de la oficina, evitando así la vergüenza de pasear por mi barrio con una corbata estampada con margaritas azules. Los empleados murmuraron y ríeron los primeros días, o tal vez no, siempre he sido un poco paranoico. Lo más probable es que, como casi siempre, ni me miraran: para ellos el jefe sigue siendo el jefe. Si me respetan no es porque cada día 28 pago las nóminas. Me respetan porque soy su hijo. Sangre de su sangre, aunque menos roja, más aguada. Incluso le miran, buscando su asentimiento, cuando les pido que hagan horas extras.

5 de marzo de 2018

Uno de los negocios del despacho es la administración de comunidades de propietarios. Hoy he asistido a una junta que se ha alargado hasta las dos de la madrugada. ¿Alguien sabe lo que es aguantar a diez vecinos gritándose entre sí durante dos horas, sin descanso, desahogando toda la ira que les causa su familia, su trabajo y su vejez? No podéis saberlo, queridos lectores, aunque lo creáis no conocéis el auténtico horror. Creéis que los psicópatas son los asesinos gringos que veis en las series de Netflix, pero no. Los psicópatas auténticos son los presidentes de comunidades de propietarios. Mi padre nunca perdía la sonrisa: conocía al ser humano mejor que yo, sabía que no estaba regido por la razón sino por las emociones, que las goteras no tienen importancia porque busca cariño y reconocimiento. Sus corbatas multicolores, su eterna simpatía, se lo daban. Una contabilidad perfecta no regala el mismo amor que un trozo de trapo lleno de paramecios. Salí al frescor de la noche, estaba tan cansado que solo me apetecía meterme entre las sábanas. No me quité la corbata y regresé con ella a casa. Mi mujer no sabía nada. Él me las daba a escondidas, como si fuesen parte de un alijo de droga.

-Qué corbata tan bonita –dijo desde la cama, medio dormida. Como encendió la lámpara de la mesilla, se levantó, empezó a preguntarme sobre la junta e incluso me preparó un vaso de leche caliente con miel, decidí confiar en ella y le enseñé el fondo de mi armario, lleno de colores destellantes, inmunes al polvo.   

-Son preciosas, obras de arte. ¿Por qué están aquí, escondidas? –dijo mientras las alisaba sobre nuestra cama. Mañana las planchamos.

-No me agobies, por favor. Ya sabes que el estilo de mi padre no es el mío…

-Tienes que alegrarte la vida. Llévalas, quien renuncia a su padre renuncia a sí mismo –dijo en voz baja, mirándome a los ojos-. Además tu padre es mucho mejor comercial que tú. Tal vez aprendas, hombre. Ya es hora de que asumas tu responsabilidad y le dejes disfrutar de sus nietos.

Me puse el pijama, tomé un lexatin y dormí dos horas, repletas de pesadillas. Al día siguiente no fui a trabajar. Llamé a mi padre y le dije, con los nervios en la boca, que estaba enfermo. Pasé el día caminando por la Gran Vía, arriba y abajo, con la cabeza gacha y las manos en el bolsillo de la gabardina. Solo pensaba en un tema: mi padre, mi padre, mi padre, mi padre. A las cinco de la tarde entré en el museo del jamón. Pedí un montado y una clara con limón. Frente al espejo manchado de grasa vi mi rostro de cuarenta y siete años comido por las arrugas. No podía seguir así. O le aceptaba o me iba del despacho, tal vez a un templo budista de Nepal, porque no podía permitirme la pobreza al borde de la cincuentena. De repente, como caída del cielo, vino la respuesta. Soy mi padre, no puedo evitarlo, la lucha no tiene sentido. Soy mi padre, soy mi padre, me repetía mientras bajaba las escaleras del metro, sacaba la tarjeta de transporte y esperaba la llegada del tren. En el vagón decidí llevarlas todos los días. Incluso la amarilla con flores de lis azules, digna de un heredero al trono de Francia pasado de cocaína. No se puede luchar contra la genética.

12 de marzo de 2018

El inicio ha sido difícil, pero la costumbre ayuda. Mi padre se hizo el despistado durante los primeros días, pero cuando vio que la progresión se consolidaba se acercó a mi despacho y señaló su corbata con la mayor sonrisa de su vida:

-Preciosa, una de mis favoritas.

Me ha convocado a una comida con D. Fermín, un aristócrata dueño de cotos de caza donde matan perdices las mejores escopetas de España. Hasta entonces para él yo era una especie de gerente, carente del alma que se necesita para las auténticas decisiones. No dijo nada sobre la preciosa corbata morada con bolas de navidad, pese a estar en primavera, que llevaba. Pero mi padre me dejó hablar, permitió que Fermín se interesara por los avances del despacho y dijo que a la próxima comida iría yo solo. Fue el inicio del cambio. Incluso viene menos a la oficina. Se ha apuntado a un taller de pintura y anteayer dijo que el despacho le venía grande, que tal vez habría que pensar en un cambio. Todo ha mejorado en mi vida: he vuelto al gimnasio, mi mujer me toca el paquete por la mañana y mi hijo me dice cuánto me quiere cada noche. Por supuesto sigo llevando cada día sus corbatas. Cada mañana, mientras me lavo los dientes, repito el mantra: soy mi padre, no puedo evitarlo. Los superhéroes, antes de tomar conciencia de sus poderes, suelen vivir un periodo de penurias, compuesto por trompazos y lamentos. Ese periodo ha durado cuarenta y siete años. Soy el primero con sienes plateadas.

Mis corbatas lisas, o con leves estampados geométricos, están en el fondo del armario, arrugadas. Nadie pregunta por ellas. La asistenta un día las planchó y las colocó junto a las de mi padre, pero volví a tirarlas al fondo. Me encantaría regalárselas a mi hijo, pero prefiero que se quede las de mi padre. Incluso en su mundo poshumano, dominado por los robots y la noche eterna de la contaminación, triunfará quien asume su pasado.

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