Amy Gustine

Goldene Medene

Amy Gustine

Goldene Medene

El doctor Spencer levantó la vista con abatimiento y miró las colas largas y sinuosas —ojos oscuros, ropa marrón, cada tanto un traje autóctono rojo y amarillo—, y cada uno de los días anteriores y posteriores se le antojó de una monotonía penosa, como si en lugar de un sitio de acogida Ellis Island fuera una prisión y él fuese el recluso. La sensación le hizo preguntarse por primera vez si aquella gente justificaba tanto esfuerzo.

El doctor Hauss, situado más adelante, era nuevo, así que seguía tardando el doble de lo debido en sus revisiones —solo bocios y pies zambos—. A la espera de que terminara, Spencer se recostó contra la barandilla de metal y se apretó las orejas con las palmas, para luego frotarse suavemente las sienes con los dedos meñiques extendidos, consciente de que tenía un aspecto demacrado, pero sin darle importancia. Los murmullos de aquellas personas —una docena de idiomas diversos que rebotaban como una sinfonía de ignorancia contra las paredes de azulejos— retumbaban en su cabeza con más fuerza que la botella de brandy que había tomado la noche anterior. Nadie iba a venir a juzgarlo. Eran desechos humanos. Pecios desesperados. No tenían derecho. No lo conocían.

La siguiente fue una mujer de cuarenta y pico, luego un hombre de veinte y pico, y una familia cuyos miembros padecían todos conjuntivitis. Los fue haciendo pasar y al cabo se detuvo para mirarles la espalda. ¿De veras había pasado el dedo debajo de cada uno de sus párpados? Por supuesto. Era algo tan automático que lo hacía sin pensarlo.

Spencer hizo ademán de tocarse la cara, luego apartó con brusquedad la mano. ¡Joder!

Por poco no se había tocado el ojo sin desinfectarse. Sumergió las manos hasta las muñecas en la solución desinfectante, salpicando la mesa donde estaban los instrumentos. Bastaba un momento para poner en riesgo su vista, su vida entera.

Tal como a Laura le había bastado un momento para extirparlo de la suya. Cuatro palabras —no quiero casarme contigo— habían conseguido que treinta años de confianza, trabajo, amigos y buena apariencia quedaran reducidos al temor simple y ridículo de no merecer el amor de nadie. Era como si ella le hubiera estampado «indeseable» en la frente y él tuviera que andar por el resto de su vida tratando de ocultar la marca debajo del sombrero, mientras tropezaba con diversos obstáculos por llevar el ala estaba demasiado inclinada. Spencer no estaba seguro de si debía creer lo que le había dicho Laura —no estaba con nadie más—, pero tampoco importaba mucho. ¿Era mejor o peor de lo que le había dicho su hermana, que Laura pertenecía a otra clase de gente?

—Me sorprende que saliera contigo.

Mientras Hauss se demoraba con la siguiente familia numerosa, Spencer ordenó distraídamente las cosas que tenía en el puesto: una fila de tizas azules, un utensilio metálico similar a un abotonador para dar vuelta los párpados, un cuaderno para apuntar observaciones interesantes y una pluma nueva bañada en oro, con forma de bolígrafo, que le había regalado Laura. Abrió el cuaderno y miró su nombre, escrito con la pluma en la esquina superior izquierda de la portadilla. Las líneas nítidas de su firma, los puntos perfectamente redondos entre la M y la D, de repente le parecieron una burla. Decidió tirar la pluma tan pronto como pudiera comprarse otra.

Spencer había conseguido aquel trabajo en Ellis Island justo después de terminar sus prácticas y, hacía un año, había sido ascendido a especialista de ojos y cerebro, el responsable de diagnosticar el tracoma, una infección muy contagiosa que causaba ceguera y deficiencias mentales. Como los demás médicos, Spencer usaba tiza azul para marcar el diagnóstico en el hombro del paciente, en su caso CT para el tracoma y una X rodeada de un círculo para los trastornados y retardados. Después, los inspectores separaban a las personas en función de sus marcas. Las personas con CT pasaban a la enfermería para una segunda revisión. Si se confirmaba la presencia de tracoma, se sumaban a los que llevaban una X para subirse al barco y volver a sus lugares de origen, dondequiera que fuera. Por eso la posición de Spencer quedaba en manos de los más experimentados.

Por fin Hauss le envió un grupo de ocho personas y Spencer empezó a examinarlos, de menor a mayor: era la mejor manera de hacerlo, porque los niños se asustaban si lo veían utilizar el abotonador con los demás.

Al acabar, se inclinó sobre el tablero y se agarró la cabeza. ¡Por Dios, Hauss era una tortuga! Tal vez pudiera ir a la oficina del administrador y dar parte de enfermo. ¿Quién cuestionaría el autodiagnóstico de un médico? Pero con la lentitud de Hauss, si Spencer se marchaba, tendrían que clausurar la cola por el resto del día. Los pasajeros quedarían atascadas en los barcos, con todos sus parientes esperándolos afuera. Tal vez podía conseguir una maldita silla. ¿Ni siquiera tenía derecho a eso? ¿Una silla? ¡Al fin y al cabo él era médico!

Spencer se subió las gafas por su larga nariz y se frotó los ojos; después se miró rápidamente las manos. ¿Qué cuernos le pasaba? Nunca se tocaba los ojos en el trabajo. ¿Había recordado desinfectarse? Por supuesto, no había visto un caso de tracoma en todo el día. Pero igual.

Hundió las manos en el tazón de desinfectante situado en el estante inferior del puesto. Algunos de los médicos de la isla no tomaban esa precaución, como si carecieran del menor sentido común. A veces, en vista de ello, Spencer no sabía si debía sentirse orgulloso de su trabajo. ¿Era verdad lo que había insinuado Laura, que solo los desesperados aceptaban un trabajo en la isla? El padre de Spencer era almacenero. Spencer no tenía contactos médicos. ¿Y qué?

Se acercó un hombre con ojos rojos y llorosos. Spencer sacudió los instrumentos dentro del desinfectante, dio vuelta el párpado del hombre y pasó el dedo por el reverso. Solo tardó un segundo en sentir los gránulos blancos. El hombre cerró los ojos con fuerza, arrugando la cara de la indignación, y murmuró algo en yiddish. El tracoma y los judíos. Eran quienes peor lo tenían, sobre todo últimamente.

Spencer marcó CT en el hombro del hombre, luego sonrió amablemente para no alarmarlo —parecía capaz de ponerse difícil— y le indicó que avanzara.

En espera del siguiente grupo, pasó la vista por las colas, centrándose en las mujeres y preguntándose qué pensarían de él. ¿Se avergonzaban de que un desconocido las tocara? ¿O lo admiraban por ser médico, por ser norteamericano? ¿Le guardaban rencor porque las juzgaba o buscaban con gusto su aprobación, como un niño la de sus padres?

Volvió a lavarse las manos, se enderezó la corbata y levantó la vista. Laura estaba de pie delante de Hauss. ¿Laura? Idéntico pelo rojo crujiente, como hojas de otoño. Idéntico cuello blanco. ¿Y el lunar? ¿Estaría en su sitio? Hauss le palpaba el cuello en busca de bocio; la chica parecía asustada y enfadada. Spencer sintió su estómago anudarse como un torniquete sobre una herida. Entonces lo supo: eso había ido a buscar Laura la noche anterior. Las caricias de otro.

Hizo pasar a las dos personas siguientes sin hacer el examen mental —se las veía bastante bien, adelante—, tomó un nuevo trozo de tiza y lo hizo rodar entre las manos, mientras el polvillo dejaba un rastro azul en las puntas de sus dedos.

 

Fredek sostuvo en alto el libro para que diera la impresión de que leía mientras miraba a la chica guapa del barco. Su nombre era Macia, pero para sus adentros él la llamaba Goldene, porque ella le había contado que así era como los judíos se referían a Norteamérica: Goldene Medene.

La muchacha se acercó al primer hombre situado junto a la tubería y este le tocó la garganta. Pareció masajeársela, lo que Fredek se le antojó una forma extraña de saludar a alguien.

Fredek comenzó a rascarse la cabeza, pero la Vieja Mendrugo le quitó la mano de bofetón antes de que pudiera calmarse la picazón.

—¿Cuántas veces tengo que decírtelo? ¿Quieres que piensen que tienes piojos? ¿Eh?

Fredek sonrió y se metió la mano en el bolsillo. Al menos su abuela había vuelto a moverse. Había pasado las semanas a bordo instalada en la litera como un pan de muestra, duro desde hacía tiempo en el escaparate. Fredek ni siquiera recordaba que se levantara para ir al baño. Ahora que estaban en tierra, el cuerpo de su abuela había empezado a expandirse hasta recuperar su forma normal, que a él le parecía un paczki dulce, grueso y blando.

Si Fredek le hubiera preguntado, Wicktoria le habría dicho que se parecía más a un panecillo, con la corteza dura y un buen tajo en la parte superior para abrirse. Le habría explicado que, en realidad, no había de qué preocuparse. Era natural que, después de semanas sentada en estaciones de ferrocarril, haciendo colas para comprar boletos, montada en carromatos extraños, andando por caminos desconocidos y durmiendo en camas comunes se hubiera aplastado, como un pan sin levadura. Lo cual estaba bien. Ese pan duraba más.

Y ella tenía que durar. La travesía se había prolongado una semana adicional por el mar agitado, y después tuvieron que permanecer a bordo tres días, justo frente a la costa, en espera de que la Isla se despejara. Al segundo día se corrió la voz de que no iban a dejarlos desembarcar, que el buque debería dar la vuelta y regresar. En la oscuridad temblorosa de la tercera clase, Wicktoria había oído los cuchicheos en magiar y ruso, yiddish y alemán, y trató de quedarse chata. Sin esperanza. Sin miedo. Esas eran las dos puntas de lo inútil.

Sabía que su nieto solo fingía leer. Vio que sus ojos apuntaban a la judía pelirroja que estaba delante en la cola. En el barco la chica tenía su litera justo enfrente de la de ellos, y Wicktoria le había advertido a Fredek que no se le acercara. Todo el mundo sabía que los judíos estaban infectados con una enfermedad de los ojos que impedía entrar en los Estados Unidos.

—Yo la veo sana —había dicho Fredek cientos de veces en las últimas semanas, pero Wicktoria no estaba dispuesta a correr riesgos.

Mientras el hombre que la examinaba tomaba notas, la chica se apretó los ojos y Wicktoria le dio un pequeño codazo a Fredek.

—Ves, te lo dije.

—Está llorando, Babcia, por las bolsas.

Cuando habían entrado en la planta baja, los hombres de azul les habían obligado a dejar el equipaje en pilas antes de poder hacer cola. Así la gente avanzaba con más facilidad, menos atascos. La Vieja Mendrugo había oído hablar de esa política en el barco y había tomado la precaución de ocultar sus objetos de valor —dinero en efectivo, el reloj de bolsillo de su difunto esposo, algunas galletas secas, su Biblia y el rosario de su madre— debajo de su tejido de punto, en una pequeña bolsa que podía cargar con facilidad. El tejido también la mantenía ocupada en la cola.

Goldene había discutido con uno de los hombres de azul y Fredek había intentado ayudarla, haciendo de traductor, hasta que la Vieja Mendrugo lo había apartado.

—¿Quieres que volvamos al barco? ¿Quieres ir a prisión por hablar como tu padre?

Era la primera vez desde la partida que Fredek detectaba miedo en su voz.

A Goldene se le cayó el pañuelo. Fredek lo recogió y se lo dio antes de que la Vieja Mendrugo tuviera tiempo de interferir.

—Ánimo —le dijo—. No son más que objetos.

La chica le sonrió y le tocó la mejilla a Fredek. Wicktoria le quitó la mano de una palmada.

—¡No toques!

Ya le había dicho a la chica por qué no querían hacer sociales.

—Hace bien —susurró Goldene en polaco— saber que un joven piensa en mí.

Después se volvió hacia el hombre apostado junto a la tubería, que le indicó por señas que se quitara los zapatos. Cuando la muchacha se inclinó para desatarse las botas, Fredek disfrutó de la vista de sus caderas anchas y su pelo, como arcilla al rojo, caído sobre su cara.

La Vieja Mendrugo le susurró:

—No seas maleducado.

Con vergüenza —¿nada se le pasaba por alto?—, Fredek se concentró en su libro, un pequeño volumen encuadernado en cuero azul rugoso. Las letras doradas y amarronadas por el uso decían: «Guía para el emigrante a los Estados Unidos de América». Leía el libro lentamente, deduciendo muchas palabras del contexto, gracias al inglés que le había enseñado su padre. Marcaba los pasajes que parecían más importantes con un puntito en lápiz.

Aquí un hombre puede hacer todo lo correcto, y nadie puede hacerle nada malo con impunidad. Si no se endeuda, una eventualidad que solo es necesaria en caso de enfermedad o desmejora, será en todo sentido su propio amo, así como el amo de todas sus posesiones.

Fredek no conocía el significado de «impunidad» o «desmejora», pero sí el de la frase «su propio amo»: sería libre, como le había prometido su padre.

Sólo los sobrios, los honestos y los industriosos tienen éxito. Fredek marcó la palabra «industrioso» para buscarla cuando comprara un diccionario inglés/polaco.

A pesar de regañarlo, Wicktoria no culpaba al chico por mirar con gusto el trasero de la niña bonita. De hecho, estaba orgullosa de él, contenta de que pese todas las pérdidas que había sufrido —ambos padres fallecidos, la casa, los amigos, todo en el pasado— pudiera deleitarse con las creaciones del Señor. Aun así, había que velar por el decoro.

La última noche a bordo del barco, cuando Fredek se durmió y se apagaron las luces, Wicktoria había decidido ponerse su mejor vestido. Sabía que en la isla la tratarían mejor si estaba más presentable. Todavía le molestaba no saber si había tomado la decisión correcta al viajar en tercera clase y ahorrarse el dinero de un billete en segunda. Tras comprar los billetes, había oído decir que los pasajeros de segunda recibían una inspección más superficial.

Cuando Wicktoria se pasó el vestido por la cabeza y giró el cuello para liberar su cabellera, lo vio: al otro lado del pasillo, una litera debajo de la suya. Lo había creído dormido, pero no: claramente su globo ocular húmedo había brillado, abierto, clavado en ella. Wicktoria se detuvo con el vestido en la mano. ¿Qué interés podría tener en una anciana como ella?

Interrogó al hombre con la mirada y se quitó la blusa, dejando que sus pechos caídos se bambolearan casi desnudos, cubiertos solo por la tela delgada de su ropa interior. El hombre sonrió y asintió agradecido. A continuación, ella se quitó las medias viejas —de lana negra y gruesa con pequeños agujeros de polillas dispersos— y se puso unas medias limpias —blancas con amapolas rojas bordadas sobre las espinillas—, para subírselas hasta los muslos llenos de hoyuelos y venas finas, y sujetárselas con ligas.

El hombre le sonrió, luego cerró el ojo y el brillo desapareció.

Finalmente, a la tercera mañana, las puertas se abrieron y la oscuridad comenzó a moverse, con las faldas largas y anchas, los bolsos de cuero atados con una cuerda, las fundas de almohada llenas de cosas sin ningún valor, pero que no debían perderse.

En el ferry, Wicktoria se sentó junto a la ventanilla, con la cara contra el cristal frío y los ojos cerrados, mientras Fredek intentaba mirar afuera por encima de ella. Wicktoria trató de imaginar un momento de total descanso, de completa soledad, en el que pudiera soltar las maletas, quitarse el abrigo y el vestido, tirar los papeles con su nombre falso y su marido ficticio, arrugar la maldita etiqueta que le habían prendido en el cuello de la blusa y regresar a un mundo en el que fuera posible acostarse sin que ningunos ojos la observaran dormirse.

Miró al segundo hombre que tenía delante, a la altura del recodo en la tubería. Trataba a cada persona como una madre que estuviera harta: les tomaba la cara y les miraba los ojos como si fueran mirillas, hacía preguntas, escribía directamente sobre su ropa. ¿Allí acababa la cosa? Wicktoria lo dudaba. Al menos el ambiente estaba templado.

La anciana inspiró muy hondo. El tórax se le hinchó y sus pechos presionaron los papeles con su nombre falso, su marido ficticio esperando en América. Levantó la mirada hacia las ventanas altas y sintió un intenso deseo de volar, a fin de poder elevarse muy lejos, ella sola, sin siquiera Fredek, hacia el enorme espacio abierto, el imponente arco del techo, donde pudiera tocar los azulejos frescos de la parte superior de la pared, acurrucarse entre los inmensos candelabros bajo la suave calidez de la luz eléctrica.

El hombre indicó a Goldene que pasara al puesto situado junto al recodo en la tubería y volvió a consultar su carpeta sujetapapeles. Fredek miró a la Vieja Mendrugo para preguntarle si debía avanzar, pero ella tenía la vista clavada en el techo y giraba la cabeza cana en círculos. Fredek miró también las ventanas arqueadas, por las que se veía una fina nevada contra la luz gris. También él pensó en salir volando por la ventana a un nuevo mundo de normas, leyes, lenguas, y solo temió dejar atrás a la Vieja Mendrugo. Sus padres habían muerto, pero ella lo había salvado. Le miró la mano arrugada y manchada. Tenía los nudillos muy anchos y planos, como los de un hombre. Llevaba una alianza dorada que le había quedado chica hacía algún tiempo y se le había incrustado en una concavidad permanente, que sugería que para quitársela habría que amputarle el dedo. Fredek le tomó la mano y se la apretó.

 

Espantosamente lento, Hauss pareció ocuparse de la pobre chica durante horas. Al final le indicó que prosiguiera hasta el puesto de Spencer.

—¿Nombre? —preguntó Spencer, casi en un susurro. El cuello alto de la blusa de la chica impedía ver si tenía un lunar como el de Laura, una mancha marrón claro, perfectamente redonda, justo encima de la clavícula.

Ella no respondió, así que Spencer le preguntó en voz alta si sabía inglés.

—No —gritó ella en yiddish.

Otra judía. Spencer se preguntó si estaba tratando de escapar de la Zona de Asentamiento que habían delimitado los rusos.

Luego le preguntó en su limitado yiddish de dónde era. La chica se lo quedó mirando con la misma expresión que adoptaban todos, una expresión desafiante y vacía, resentida, que daba por sentado que tenías algo en su contra, lo cual no era cierto.

—Por el amor de Dios, no perdamos el tiempo.

Le quitó unos papeles de las manos. Macia. Estaba bastante seguro de que en inglés el nombre correspondiente era Miriam.

—¿Dónde está tu marido, Miriam?

Hacer preguntas así no formaba parte de su trabajo, pero ¿cómo era posible que una mujer de su edad llegara sola a los Estados Unidos?

La chica dijo algo que él no entendió, esta vez en polaco. ¿Por qué cambiaba a ese idioma horrible? ¿Lo tomaba por idiota? ¿Pensaba que así la entendería mejor que en yiddish?

La anciana que estaba detrás de Miriam se adelantó varios pasos, se detuvo ante la mirada de Spencer y le habló en polaco a la chica.

—Todavía no le toca —dijo Spencer con aspereza, esperando que su tono, si no sus palabras, transmitieran el mensaje.

Un chico tomó la mano de la anciana y, murmurando «lo siento» en inglés, la apartó. Spencer frunció el ceño en señal de advertencia y volvió a centrarse en Miriam. Estaba por indicarle que pasara —obviamente, no estaba loca— cuando se fijó en sus ojos. Rojos, hinchados. Se limpió lentamente las manos, enjuagándose de nuevo los dedos llenos de tiza. Luego le puso la mano bajo la mandíbula. Parecía asustada.

—No pasa nada —susurró Spencer—. Solo te tengo que revisar los ojos.

En lugar de usar el abotonador, tomó el delgado párpado de venas azules entre el pulgar y el índice. La chica murmuró algo en yiddish. Spencer pilló la palabra «no».

—Tranquila —murmuró Spencer, pero ella se apartó, moviendo la cabeza y parpadeando.

—¡Sana! —dijo ella en inglés.

Y así era. Ni gránulos ni pérdidas. Como mucho, tendría conjuntivitis viral. Con toda probabilidad, solo había estado llorando.

—Creí que no hablabas inglés —dijo Spencer sin emoción.

—Un poco —contestó la niña.

Si le marcaba CT y la retenían para examinarla, Spencer tendría la oportunidad de hablar con ella. Miró la ventana que tenía detrás: el día gris tormentoso, la Estatua de la Libertad a lo lejos. Si estuviera soleado, podrían sentarse en las sillas plegables del muelle y ver llegar los barcos. Le enseñaría inglés; le explicaría cosas sobre los Estados Unidos, dónde vivir, cómo conseguir empleo; le advertiría de los charlatanes que merodeaban en los trenes y las estaciones de autobuses. Ella acabaría confiando en él. En la junta de investigación, la defendería, explicaría que su diagnóstico había pecado de cauteloso. Ella estaría en deuda.

Spencer le hizo señas al chico que estaba detrás de Miriam para que se acercara. La anciana lo acompañó.

—¿Hablas inglés?

—Un poco —dijo el chico.

—¿Nombre?

—Fredek.

Spencer asintió.

—Frederick —dijo a continuación, modificando inmediatamente el nombre con una sílaba adicional —dile lo que yo digo, ¿de acuerdo? ¿Puedes hacerlo?

Frederick asintió.

—Pregúntale cuántos años tiene.

—Veintitrés —tradujo Frederick.

Un año más joven que Laura. El Dr. Spencer sonrió.

—Pregúntale si está sola.

—Sí —dijo Frederick.

—¿Entonces no está casada?

—No, señor.

—¿Cómo piensa ganarse la vida?

Frederick negó con la cabeza.

—Dinero —dijo Spencer— cómo va a ganar dinero, vivir, pagar el alquiler, comprar comida.

Frederick asintió y le preguntó a Miriam. Ella dijo que era costurera y que iba a reunirse con su hermano, que había llegado el año anterior.

Spencer extendió la mano lentamente y le tocó el cabello, ensortijando un mechón con el dedo. Idéntico al de Laura. Incluso sucio, era igual al tacto, hojas otoñales crujientes en grandes montones. Miriam se echó atrás, pidiéndole a Frederick una explicación con la mirada. Frederick se encogió de hombros. La anciana se dirigió al chico, que le contestó en una palabra.

Spencer dijo claramente:

—Aún no les toca a ustedes. Dile a tu madre que haga silencio.

Hauss había revisado a dos personas más, que se quedaron esperando respetuosamente su turno a varios metros de distancia.

El chico le dijo algo a la anciana. Ella contestó y Frederick comenzó a traducir, pero Spencer le indicó que se callara y volvió a centrarse en Miriam.

—Dile que se desabroche la blusa.

Estaba seguro de que tenía el mismo lunar y quería verlo.

Frederick tradujo, pero Miriam se apretó el chal gris con más fuerza sobre los hombros y miró a la anciana, que se adelantó y empezó a hablar. Frederick tradujo.

—Señor, es problema, jovencita —dijo, indicando con la cabeza a Miriam— ella es… —Se trabó—. No quiere abrir blusa, no con hombres.

—Es un examen médico. Tiene que consentir —dijo Spencer. Frederick no tradujo. Spencer le dio una palmada en el brazo.

—Muchacho, dile lo que acabo de decir. ¡Hay gente esperando!

Frederick les dijo algo a las dos mujeres. Spencer empezaba a dudar de su capacidad para hablar inglés.

—Necesito revisarla —dijo—. Voy a llevarla a la enfermería. Dile que me acompañe.

Cuando Frederick se lo explicó, Miriam dio un paso atrás, hasta donde estaba la anciana. La mujer la abrazó y le dijo algo al chico. Frederick vaciló y le susurró a la anciana.

Spencer buscó el brazo de Miriam.

—Ven conmigo.

Ella intentó apartarse.

—No —dijo en inglés.

El chico dijo:

—Es mi hermana. ¿Adónde llevas? Viene con nosotros.

—Dijiste que estaba sola. ¿Cómo que es tu hermana?

—Es que… —Frederick volvió a trabarse y escuchó un momento a la anciana. Para Spencer Estaba claro que había gato encerrado.

—Es mi hermana —repitió el chico.

Spencer le exigió ver sus documentos.

—No tienes el mismo apellido. Ahora déjanos en paz, hazte a un lado.

Apartó de un empujón a Frederick, que cayó contra la anciana. Acto seguido la anciana le habló bruscamente a Spencer, sin duda reprendiéndolo por empujar al chico.

Spencer intentó hablar por encima de sus protestas.

—Necesito llevar a esta chica a la enfermería. Tienen que examinarla.

Spencer agarró el brazo de Miriam. Ella lo apartó de un tirón. Spencer volvió a agarrárselo y trató de avanzar con ella a la zaga.

La cara de la chica se había hinchado. La anciana y el niño se precipitaron hacia delante. Spencer trató de esquivarlos, pero la mujer lo golpeó con su bolsa de lona mientras el chico agarraba el brazo libre de la chica y las agujas de tejer retintineaban contra las baldosas. La anciana se puso a gritar. A oídos de Spencer sus palabras sonaban como el lenguaje universal de las blasfemias. El chal de Miriam cayó al suelo. La gente estaba mirando. El niño gritó:

—¡Hizo daño!

Spencer se dio cuenta de que podía sentir el húmero de Miriam. La soltó. Hauss lo estaba mirando. Las caras desaliñadas de los que esperaban en la cola lo estaban mirando. La maldita anciana y su hijo se negaron a apartar la mirada.

Spencer volvió a su puesto y agarró un trozo de tiza. Escribió CT en la blusa plisada de Miriam, y le indicó a la anciana que diera un paso al frente. Sobre el hombro derecho le dibujó una gran X azul con un círculo alrededor.

Un inspector había subido a ver qué era aquel alboroto.

—¿Mentalmente defectuoso? —preguntó, viendo a la anciana avanzar con Miriam y el chico.

—Sí —dijo Spencer—. Se le notaba en los ojos. No está en sus cabales.

No se había molestado con el chico. Regresaría con ella de inmediato y, más tarde, Spencer se reuniría con Miriam en la enfermería y la consolaría.

El inspector se alejó. Spencer acomodó sus tizas en hileras pulcras y ordenadas. Hauss había vuelto al trabajo, pero parecía distraído y no paraba de revisar su maldita carpeta sujetapapeles. ¡Se les iba hacer la noche! Spencer se alisó la camisa y la corbata. Todo en orden. La anciana y su hijo se irían pronto. Llamó con el dedo a la siguiente persona. Se adelantó un hombre, Spencer lo examinó rápidamente —iba siendo hora de apresurarse— y le indicó que siguiera. Luego una mujer y su hija, una pareja joven.

Spencer los despachó a toda prisa y buscó a Miriam en la cola con la mirada. Ella, el chico y la anciana seguían estando a varias personas de distancia del siguiente puesto, donde los inspectores comprobaban las marcas de tiza y colocaban a las personas que debían regresar en una zona aislada con malla de alambre y a las que recibirían tratamiento en otra. Los tres conversaban acaloradamente. Entonces Miriam sonrió y se dio la vuelta, adelantándose en la cola como él sabía que haría. No tenía nada que ver con aquel crío molesto y con su madre. Spencer estaba por apartar la mirada cuando vio a Frederick señalar el hombro de la anciana, que se quitó el abrigo, estudió la marca y le dijo algo al niño.

—Ponte el abrigo de una vez y márchate —murmuró Spencer. Miró la cola. Hauss seguía nervioso. Lo notaba en sus manos, en cómo revisaba las páginas de la carpeta sujetapapeles.

 

Miró hacia atrás. La anciana y el niño cuchicheaban encorvados. A continuación, ella empezó a hacer un rollo con su abrigo. Sacó una madeja de lana de su bolsita, metió el abrigo en el fondo y volvió a poner la lana encima.

Spencer comenzó a salir de entre las tuberías de hierro, casi soltando unas palabras —«¿Qué demonios está haciendo?»—, pero entonces se detuvo. El chico tocaba a Miriam en el hombro y le decía algo. Al cabo de un momento, ella se frotó con fuerza la marca de su blusa, y luego se cubrió la mancha azul con el chal.

En tres años, nadie había pensado en hacer nada con respecto a las marcas que les había dibujado con tiza. De todos los diagnosticados por él —debían ascender a miles—, la anciana y su hijo fueron los primeros en entender: no es bueno que te señalen.

Spencer los miró pasar delante de los compartimentos de alambre y continuar hasta las colas de inspección generales, donde les pedirían los papeles, que como bien había visto estaban en regla. Después recuperarían el resto del equipaje y saldrían al frío y la extrañeza de una tierra que nunca habían visto, que desconocían, con la que no podían comunicarse. Para los que salían de allí no había idioma, sino sonido. No había conocimiento, sino esperanza. Cuando dejabas la isla, las marcas que llevabas no se podían meter en una bolsa o borrar de una prenda. Spencer quería llamarlos para decirles que lo sentía. Para gritarles: «¡Buena suerte!». Pero se había acercado alguien, otra anciana, esta vez con dos niños y un anciano. Spencer dejó la tiza y tendió lentamente la mano hacia sus ojos.

 

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