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Lucas Gosende

No estoy.

Me tomé un remises. Calculé mal el tiempo que tardaba en llegar desde mi casa hasta el lugar y llegué un poco antes. Bastante antes. Había dejado de fumar, tenía ganas de volver a hacerlo, dude de preguntarle al remisero si tenía un cigarrillo para convidarme. Me resistí. Me baje, la calle estaba amarilla, desolada. Cerca estaba el río, no se veía bien por dónde, pero el río estaba escondido por ahí. Caminé unos metros, la vereda era ancha, tan ancha que había autos estacionados sobre ella. Llegué al frente del bar, tenía unos grandes ventanales, donde uno podía ver que estaba sucediendo en una parte de adentro. La puerta del bar tenía dos hojas que estaban detenida a centímetros una de la otra.
Entré sabiendo que nadie me esperaba, que era yo el que iba a esperar y no iba a ser la primera vez. Elegí la barra. Me senté cerca del televisor. A mi cabeza volvió la idea de tener un bar amigo, un lugar al que se pueda ir solo, que el barman ya te conozca que varios televisores estén dando deportes en vivo. En esos años de soltería mis amigos se estaban empezando a casar, a juntarse en familia y necesitaba un lugar para ir de noche solo. La idea del bar siempre me había gustado, siempre me rondo poder ser un habitué de alguno. Nunca lo fui. El bar en el que estaba era un galpón lleno de telas. Adelante había unas mesas con sillas tradicionales. Atrás de esa zona de mesas había otras más bajas que estaban rodeadas por muchos y diversos sillones. Algunas parejas ocupaban los sillones tomando algo, charlando, comiendo. Sentí que era el único que estaba esperando. Sobre la barra había unos vasos con gajos de limón, naranja y lima. Muchos vasos de distintos estilos, un puñado de pajitas negras. Había una inmensa heladera marrón, con puertas cuadradas de la que sacaban las bebidas frías. En el fondo del bar, en una pantalla no muy bien estirada, se proyectaban videoclips. Era 24 de febrero de 2015.
Ayer mi hija se levantó en medio de la noche. Con su peluche del rey león vino a reclamar a nuestra cama. En sombras compuse una mamadera: 7 cucharadas por 240 ml de agua. La agite fuerte, la noche en silencio hizo que sonara más fuerte. Fui con la mamadera y ella a su cama, se la di y la tomo con sus dos manos. Yo me acosté en el piso cerca de ella.
El televisor del bar trasmitía un partido de fútbol. No me acuerdo bien. Creo que era un amistoso, y creo que jugaba Gimnasia y Esgrima de la Plata. Me acuerdo que para el encuentro me puse mi mejor jean, siempre tuve un jean de cabecera, que era el que usaba para salir, para estar elegante. Lo había comprado en una tienda barata en Londres en 2011. Tenía una remera gris de Nike relativamente nueva. Pedí un porrón de cerveza, podía haber pedido un litro pero no quería emborracharme tan rápido. Miré para la puerta entendiendo que no iba a llegar nadie todavía, había llegado demasiado pronto. Tomé un trago. Levanté la vista y dos mozos discutían de algo atrás de la barra, en la cocina se freía algo. El barman acomodo dos comandas y se puso a batir un trago rojo. La gente a mi espalda hablaba.
Volví a mi cama, no sé cuánto tiempo estuve tirado en el piso. Mi hija tiene un año y hace unos meses duerme en esta modalidad de cama a la altura del suelo. Es para que ella se crié de manera más independiente. En realidad, no se mucho porque le hicimos la cama a la altura del piso. Pero está ahí, y cuando ella no se puede dormir yo me acuesto cerca de ella, uso su colchón de almohada y la alfombra de colchón. Al principio incomoda, con el tiempo sigue incomodando, después te acostumbras a estar incómodo. Volví a mi cama. Concilie el sueño bastante rápido.
Estaba por terminar el porrón, cuando me di cuenta que faltaba media hora para que llegue. Tenía tiempo. Pedí otra cerveza, mira a mi alrededor y nada había cambiado. Un mozo levantó de la cocina dos hamburguesas caseras rebalsando de queso chédar y unas papas fritas grandes con piel. En la tele el partido de fútbol había terminado. Algunas parejas de los sillones pagaban la cuenta. La cita era a las 11 hs, tarde para un jueves, pero ella tenía un compromiso. Tomé un trago y me enganché con el noticiero deportivo. En febrero no tienen mucho material para pasar, pero se las arreglaron para completar la hora. Primero pasaron el resumen del amistoso que había terminado hacia minutos. Luego los testimonios que poco aportan en general, pero que ocupan minutos sanos dentro del programa. El barman hizo un fernet. Una moza entregó la cuenta a la cajera, en esos cuadernos negros en donde ponen la cuenta para cuidarla al final de la comida.
Entre las 6.30 y 7.00 suele despertarse nuestra hija, viene con su oveja bajo el brazo. También trae su sonrisa. Se escucha primero el ruido de las maderas de su cama. Se incorpora de pie, calculo que sujetara a sus peluches y encara hacia nuestro cuarto. Su cara está dormida y seria apenas entra, pero cuando conecta con mis ojos que esperan verla, ella sonríe, como nadie me sonrió antes.
Son las 11. Terminé mi segunda cerveza. Miré mi celular, no había mensajes. Nada anunciaba nada. Uno de los mozos esperaba que la cajera le dé el cambio. No sabía nada de la otra persona. Se hicieron las 11.15 y me contuve de pedir otra cerveza porque iba a ser demasiado. Me contuve de escribirle. Me estaba conteniendo bastante. Era la primera vez que nos íbamos a ver. En la tele repetían los goles de un argentino que jugaba en la liga ucraniana. Cambiaron de canal, pusieron Mtv. Empezaron a mostrar un reality donde una chica de 15 años organiza junto a sus padres su fiesta. El mozo abría una heladera de donde sacaba cervezas. La cocina ya no chillaba tanto, todo estaba calmándose. Miré hacia la puerta porque vi una sombra moverse, pero no era. Entro una pareja por la misma puerta que yo. No tenía novedades de la otra persona. Solo quedaría esperar. Vi movimiento en la calle una chica pintada de amarillo por la luz estaba parada, inerte, mirando su teléfono. No sabía si era, porque nunca la había visto. Tenía una camisa a rayas blanca y celeste, un short de jean y unas zapatillas converse negras. Su teléfono le iluminaba tibiamente la cara.

Lucas Gosende

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