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Ley de atracción

Bajé con delicadeza la tapa. Puse ambas manos sobre ella, cerré con fuerza los ojos, sin querer también apreté los labios, y pedí desde lo más profundo de mí que esa muñeca se duplicará. Era la Barbie que hablaba, si tocabas un botón que tenía a la altura de la cintura hablaba. Le pertenecía a Dona, mi amiga del jardín de infantes. Su habitación olía a plástico nuevo. 

Dona repetía que la habían nombrado así porque sus padres eran fanáticos de Donna Summer. Pero que su nombre solo llevaba una n. Ni siquiera sabíamos escribir, y ella repetía eso porque lo había escuchado de algún mayor. Yo no tenía idea que significaba. Dona era perpetuamente dueña del último juguete que se promocionaba en The Big Channel. Vivía enfrente de mi casa, en una casa moderna, con el frente de piedras, y un tejado negro, una escalera que ascendía a la puerta, un piso más arriba que el resto de las casas. Según mi mamá, la mamá de Dona tenía muy buen gusto, se notaba en los cortinados que se veían en los ventanales, y también en su marido.

Dona había entrado en sala de cinco al jardín. El primer día de clases no habló con nadie, aunque los que siguieron casi que tampoco. Estaba bronceada y tenía una remera de Minnie que acaparó toda mi atención. Ese día de regreso a casa mientras mi madre abría la puerta, la mamá de Dona gritó desde enfrente: “Hola vecinas”. Y durante ese año fuimos “las vecinas”. Como ella era hija única y yo la última de cuatro varones, nuestras madres pensaron que era buena idea juntarnos a jugar. Era más idea de la madre que de Dona, yo podía estar toda la tarde jugando en su casa con sus chiches, y ella apenas mosquearse. Pasaba horas mirando tele, y todo juguete nuevo que aterrizaba en su habitación caía a la repisa de lo viejo en menos de una semana. A mi no me importaba que Dona no jugará porque mientras, yo utilizaba las instalaciones de su cuarto como si fuese el mío. 

La primera vez que entré en su cuarto no llegué a jugar con nada, sólo pude dedicarme a inspeccionar. Estaba en la última planta de la casa, y medía más que mi cuarto y el de mis padres juntos. Tenía un entrepiso donde estaba su cama que llevaba colgando un tul rosa como de princesa de Disney. Cajas forradas de distintos colores clasificaban el tipo de juego que contenía. Estantes con libros de cuentos y un equipo de audio rosa con pilas de Cd´s. El piso de abajo estaba alfombrado como los cines, con estrellas de colores. Cada pared colgaba, de suelo a techo, repisas que habitaban muñecos y juegos de mesa, baúles con piezas para armar, rompecabezas, masas de colores, plastilinas, cualquier objeto que existiese en una juguetería estaba allí. En el centro una mesa redonda con cuatro sillas pequeñas a su alrededor, con una especie de Tupperware enorme que servía de contenedor de lápices y crayones. Parecía un decorado de televisión de programa infantil. Y en general siempre todo estaba impecable, porque Dona no se interesaba en disfrutarlo, ni siquiera sabía lo que tenía. Yo me aprovechaba de eso, y me llevaba, de tanto en tanto, algún marcador que dibujaba en forma de estrella, o masas de colores que olían a chicle, en el bolsillo. Guardaba eso préstamos en mi mesa de luz como mis tesoros, y si mi mamá me preguntaba algo, decía que Dona me lo había regalado. Una vez me guardé en la mochila el oso cariñoso Lubby durante toda una tarde, pero antes de volver a mi casa lo regrese a en la repisa a la que correspondía, sentía que lo estaba secuestrando. 

”Sos divina, sos genial, te re quiero” decía la Barbie en el anuncio, en las tandas de dibujos animados de The Big Channel. Cada noche cuando rezaba al Ángel de la guarda antes de dormir le pedía: Angelito, te pido que me traigas la Barbie que habla, prometo ser buena con mis hermanos y acomodar mis juguetes. Había escuchado alguna vez a mi papá contando que había leído que la gente podía atraer lo que deseaba, y que había casos estudiados que lo comprobaban, como un hombre que había anotado en un papel lo que deseaba y que todas las noches antes de dormir lo miraba. De alguna forma te llegaba, quizás no la que vos esperabas. Entonces una noche escribí en un papel Barbie habladora. Y la dibujé y pinté con el vestido fucsia que llevaba. 

El 5 de noviembre, el día del cumpleaños número 6 de Dona, se hizo un gran festejo en el parque de su casa. Un mimo, una torta con la cara de Lisa Simpson , chicos jugando a ponerle la cola al chancho, chicos comiendo golosinas, chicos saltando en una cama elástica, chicos jugando a la carrera de bolsas, chicos aquí y allá, y Dona sentada en su hamaca. El año escolar ya casi se terminaba y la mayoría empezaríamos la primaria en colegios distintos. Los papás de Dona le habían dicho a mi mamá que la iban a mandar al bilingüe, para que aprendiera inglés de chiquita. Y además como ellos trabajaban todo el día les convenía que ella fuese doble turno. 

Todos los niños de la sala de cinco color naranja, que era la nuestra, y los de la color amarilla estaban invitados. Muchos niños en el parque de Dona. Muchos regalos nuevos que iban a ir a parar a la juguetería que tenía por cuarto.

Una tabla con caballetes exhibía los paquetes, con papeles estampados y moños plateados, dorados y rojos. Con dolor de panza de comer tanto dulce me senté frente a la tabla a inspeccionar la cantidad de nuevos integrantes que pasarían ser parte de mi diversión. Entre medio de todos esos estaba la Barbie. La habladora. De un saltó me puse de pie. Se me llenaron los ojos de lágrimas. La sonrisa se me dibujo. El dolor de estómago pasó de golpe, y el viento me refrescó la cara. El ángel me había traído a Barbie a mis manos. Mientras estaba momificada frente al tesoro, alguien llamó a todos a la mesa a soplar las velas. Escuché mi nombre, pero no podía moverme. De pronto la angustia emergió desde mi estómago, nuevamente dolorido, y llegó hasta mi garganta hecha un nudo. La Barbie era propiedad de Dona. Si bien algún día en su casa podía tomarla prestada y cepillar su pelo lacio y platinado, nunca podría dormir con ella ni llevarla a pasear en mi mochila con carrito. Mucho menos morderle los pies con gusto a plástico nuevo como me gustaba hacerle a mis muñecas para identificar luego que eran mías. Sentí frío y casi caigo desplomada en la silla pero con las manos me sostuve de la tabla y vi un peluche que tenía forma de oveja. En ese momento recordé que al mediodía durante el almuerzo en la tele habían contado la historia de Dolly, una oveja que había sido “clonada”. Como yo no sabía que significaba le había preguntado a mi madre, que me dijo que con un poco de lana de la oveja habían hecho otra igualita. Y ahí pensé que si yo deseaba con fuerza que Barbie habladora se duplicara,  podría conseguir llevarme la verdadera a mi casa y dejarle el clon a Dona. 

El feliz cumpleaños sonaba, yo subí al cuarto de Dona con Barbie habladora en mano. Entré al cuarto, tomé una caja dorada que estaba vacía. Con una tijera de plástico le corté un mechón de pelo a Barbie habladora. Luego, la acomodé recostada dentro de la caja dorada, y junto a ella el mechón recién cortado. Tapé la caja. Imploré al Angel de la Guarda que se hiciera presente, y le supliqué con lágrimas en los ojos que clonara a Barbie. Miré al cielo primero, luego volví la vista a la caja y la abrí esperanzada. Pero nada había pasado. La bronca asomó poco a poco en mí, empecé a sentir envidia por todo lo que yacía en ese cuarto, y enojó por la falta de interés de Dona. Intenté concentrarme nuevamente en la misión y volví a cerrar lentamente la tapa. Puse ambas manos sobe la misma. Cerré con fuerza los ojos, apreté los labios, y con todo mi corazón rogué que habladora se duplicara. En un suspiro y con los ojos entrecerrados abrí la tapa. 

Ví dos Barbies. Una al lado de la otra. Las dos con el mismo olor a plástico nuevo, ambas con el botón de la frase halagadora. Apreté la una y la otra al mismo tiempo, y me dijeron casi en coro: “Sos divina. Sos genial. Te re quiero”. 

Nunca más volví a ver a Dona. Durante el resto de Noviembre falté al jardín porque tuve una neumonía que me dejó en cama hasta la Navidad. La familia de Dona se mudó a los Polvorines, a un barrio cerrado con colegio, al cual la habían inscripto. Su madre dejó cariños a la mía. Dormí con mi Barbie habladora hasta los ocho años, que mi hermano la tiro abajo de un camión porque decía que tenía olor a “mierda”. A veces recuerdo la caja dorada con el mechón dentro, y siento culpa, pero eso ya es pasado. 

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