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Luis Bernardo Perez Goodman

Septiembre 18, la última cena

19:05 p.m.

En alguna parte se dejan escuchar las campanadas. Apretar el paso hasta sentir el dolor en las piernas. Sí, habían sonado las siete de la noche, ya pasadas. Don Juanito, conductor de una combi color pistache, regresa de encerrar el vehículo en el patio de la casa de su patrón, en las calles de Clavijero. Camina apresurado, sabe que Mariana, su esposa, compañera de toda una vida, lo espera justo allí, donde siempre quedan de verse, debajo la marquesina del cine Atlas, de seguro impaciente, nerviosa, a causa de los varios minutos que ya lleva de retraso. Cosa nada común en él, que siempre se había distinguido por su intachable puntualidad, virtud heredada o aprendida de su padre, don Juan González, quien a lo largo de su fructífera, irreprochable vida, pudo jactarse de jamás haber faltado o llegado tarde a una cita…; aquellas costumbres de viejos, eso decía la gente.

Lo habían hecho aguardar para recibir indicaciones de la señora del patrón en cuanto a ciertas actividades que tendría que realizar a la mañana siguiente, sin falta, y a él no le agradaba la idea de hacer esperar a Mariana, ni por un momento, así que aprieta su andar hasta donde más puede, esquivando a los distraídos que se le atraviesan en el camino. Esta noche tiene planes para llevarla al cine —qué mejor entretenimiento que una buena película para pasar una noche lluviosa como esta… o tal vez ir a cenar, ambos (nunca lo hacían), quizá no a un restaurante caro o lujoso, que para eso no alcanza, pero sí a cualquiera de los muchos, decenas, de locales limpios y aceptablemente baratos que abundan en el centro—.

Están solos. Sus dos hijos, Marianita, de ocho y Juan, de siete, se encuentran de vacaciones, por así decirlo. Habían marchado a la casa de su hermano Jorge, en el estado de Veracruz, cerca de Poza Rica, de donde ambos eran originarios. Apenas reiniciadas las clases, pero eso no había sido impedimento para decidirse a mandarlos, después de todo, hacía tanto tiempo que ellos no se tomaban vacaciones, siempre abrumados con el trabajo, la «chamba», siempre las obligaciones cotidianas, siempre lo mismo. Y ellos ya se lo merecían; sí, al menos ellos, aunque su esposa y él tuvieran que quedarse. Ellos estarían bien, mucho mejor, eso era seguro.

 

19:12 p.m.

Atraviesa Fray Servando —la antigua Cuauhtemotzin— corriendo, casi con alas en los talones, eludiendo autos en la faena, ansioso por reunirse con ella. Ya le hormiguean las plantas de los pies. Y ahí, de pronto, de pie entre un nutrido grupo de personas curioseando distraídas los carteles, la mira: igual de bella que lo ha sido siempre, con su larga cabellera lacia amarrada a la espalda, lleva un vestidito gris de tela fresca, ribeteado de encaje y un suéter blanco y abierto que difícilmente la cubre en una noche tan atroz e impregnada de humedad como esta. Se le acerca y la mira de frente, ella le sonríe, sin atreverse a hablar, como si estuviera agradecida de verle llegar finalmente, con el rubor de una quinceañera que acude a la primera cita de amor. Se miran con ternura, casi con devoción; nadie habría dicho —nadie que hubiese podido observarles en ese instante— que aquella pareja llevaba ya más de diez años de formada, que, juntos, habían aprendido a sobrellevar las penas —esas cotidianas penas, recurrentes tristezas de las que está hecha la vida de las pobres gentes—, a aceptar la vida tal como era, con sus exigencias, sus urgencias, sus pocos placeres, sus muchas demandas. Y en ese discurrir, también aprendieron a amarse, a necesitarse, a procurar brindarse lo mejor de sí mismos, cada uno en sus capacidades y limitaciones, cada uno como cada cual.

Él la besa. La besa igual que se besa a la novia de los años mozos, con ansiedad incontenida, también con cautela, sin atreverse demasiado, temeroso de herirla o de ser excesivamente brusco o atrevido. Y la abraza, estrechándola fuerte contra su pecho.

—Vaya, mujer —le dice—, pero ¡¿cómo vienes así, tan ligera y con tanto frío que hace?! —Se quita la chamarra, gruesa y con forro, y se la coloca pasando su brazo por los hombros de ella. Echan a andar, lento, sin la certeza de hacia dónde se dirigen. En el Atlas se exhibe en esta ocasión, según la sala, el Asesino de Shangai, Emmanuel Negra y una de Bruce Lee junto con otro churro por completo olvidable. Miran. A ninguno de los dos llama la atención el tal programa. Pasos adelante, en la marquesina del Nacional se anuncia Ni Chana, ni Juana junto con el nombre de la India María. Él se detiene para preguntarle. Ella se niega. Vamos a ver que pasan en el Colonial, ¿sí? Y siguen adelante, por la calle oscura pero llena de vida.

 

19:20 p.m.

Se detienen frente al Colonial, que esa noche proyecta por última ocasión Mexicano, tú Puedes, con Carmen Salinas, ya que grandes cartelones  a la vista de la avenida, así como las letras luminosas en la marquesina, bajo el letrero-bandera pocos años atrás colocado en sustitución del  original que ostentaba en letras rojas el nombre de la sala, anuncia, con bombo y platillo, el estreno esperado de Gavilán o paloma, con la estrella del momento, José-José, justo para el día siguiente, 19 de septiembre.

Vaya  que esa tarde había llovido y todo en derredor aparecía aún impregnado del aroma y la humedad dejada por el aguacero. El asfalto brillaba mojado y ocasionales gotas caían desde los raquíticos árboles sacudidos por el viento a la orilla de la acera. Incesante el ronroneo de los neumáticos sobre el pavimento al surgir de los autos por el desnivel en desenfrenada carrera.

—¿Qué te ocurre, mujer?, que no consigues estarte tranquila, ¿verdad?

—Ay, viejo… que no dejo de extrañar a los niños… es que no me puedo conformar… a veces pienso… ay, no me hagas caso, soy una tonta y ridícula, ya lo sé… —refugiándose en el hombro de él.

—Mejor me traes mañana, ¿sí?… Esa sí me encantaría verla, sus canciones me gustan mucho —le dijo ella, sujetándose con ambas manos de su brazo. Quiso volver a sonreír.

—Como tú prefieras, mujer —respondió él, frotándoselas al apercibirse de lo frías que las tenía—. Como calaca, ¡eh! Un café caliente y una buena cena y te sentirás mejor… anda, vamos.

 

19: 30 p.m.

El apetito apremia, la marcha no se detiene. Solamente unas cuantas cuadras hasta el remanso apetecido. No sin antes cruzar las dos avenidas grandes. Van adentrándose en la oscuridad reinante, aunque iluminados, un solo segundo, por los resplandores proyectados a la calle desde el interior del bar-cantina Santander, mientras allá arriba, en el firmamento tupido de nubes negras y por entre las moles ennegrecidas de las torres que parecían querer rasguñarlo, un relámpago lejano, sordo y macilento, baña un instante el cielo de púrpura, anunciando la noche de tormenta.   

 

Septiembre 19, 7:17 A.M.

 

Despertar violento. Voces que se vuelven gritos. Gritos que tornan en llanto y horror. Crujidos, algo se quiebra, el estrépito crece, no cesa. Olor inconfundible a gas que escapa. Imposible ponerse en pie, intentar llegar a la puerta que da a la escalera… pero la escalera ya no está en su sitio.

—Juan, ¿¿dónde estás??

 

8:00 A.M.

El edificio de Jesús María 16 —o 20, algunos afirman que era el 40, en realidad nadie lo sabe y ya a nadie le importa— donde Juan y Mariana vivían junto con otras treintaipico familias, igual que sucedió con otros muchos de los alrededores, se vino abajo.

 

Cuatro meses después:

Dicen quienes vivían —todavía vivían—, tal vez sólo trabajaban o llegaban a pasar por ahí, afirmaban que no paraba, ni por un momento, que todavía olía a muerto.

 

 

Imagen: Lucila Rousset

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