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Silencio

     “De lo que no se puede hablar, es mejor callarse.”

                                               Ludwig Wittgenstein

¿Cuántas cosas se pueden entender en el silencio?

A. es un hombre de pocas palabras. Lo conocí hace más de diez años. Cuando me contó esta historia, me dejó claro que él conocía al protagonista.

Pero el lector debe ser conciente, mientras conoce este relato, de que no necesita saber el nombre: que cualquier persona encaja.

El señor debía de tener alrededor de unos setenta años. Un pensionado común y corriente. Había logrado ahorrar y vivía cómodo en una casa al norte de la ciudad. Era un hombre de  familia y vivía muy alejado, física y emocionalmente, del lugar donde nació.

Todo empezó, me dijo A., con una fotografía. Un campo. Una cerca. Una puerta forjada en hierro. Un letrero: “Arbeit macht frei!”

Reconoció de inmediato el lugar. Estaban en una exposición fotográfica que conmemoraba los sesenta años del exterminio. Caminaban entre los pasillos del museo, observando detalles, fotografías, frascos llenos de tierra de los campos, prendas, libros encuandernados con piel humana. Durante el recorrido, A. y el hombre no cruzaron palabras. Al terminar, cargado con toda esa miseria que se adentra al descubrir la miserableza de la condición humana, A. lo invitó a tomarse un café. Se conocían desde niños, desde el colegio. Se sentaron en uno de los cafés del centro, pidieron dos tintos y unas almojábanas, y comenzaron a charlar. Ahí fue cuando A. supo con quién estaba hablando.

Era uno de los tantos que nacieron en esos campos que los nazis construyeron a lo largo y ancho de Europa. Sus primeros años, o para ser más precisos, el tiempo anterior a su niñez, vivió allí. Sobrevivió a la guerra. Sin memoria de ese tiempo. ¿Sabían sus padres todo lo que sucedía en ese lugar? Sin embargo, pudieron tenerlo, cuidarlo y, una vez terminada la guerra, llevarlo a otro lugar para criarlo.

Él es uno más, vive entre nosotros, trabaja, camina por la calle… Si usted se lo cruza en el camino simplemente lo ve como un hombre común y corriente, una persona como usted, con sueños, anhelos, preocupaciones. Usted lo mira a la cara y no logra identificar el dolor y sufrimiento que él carga.

Sus padres lograron sacarlo adelante, llevarlo a un lugar seguro. Fueron capaces de sobreponerse al horror, solo para ofrecerle suficiente esperanza en un mundo cargado de desasosiego.  

Después de la Guerra, cuando todavía era un niño, muy lejos de Europa, de la muerte, se paró al frente de sus compañeros de clase y con orgullo e inocencia habló de los números que sus padres tenían tatuados en sus antebrazos. Simplemente se limitó a repetir lo que siempre les había oído contar: que en el lugar donde habían vivido antes no había documentos; que la forma de identificarlos era a través de ese número: por eso se los tatuaban, así era más fácil identificarlos. Nunca dijeron algo más. Nunca hablaron con él, y no recordaba alguien con quien hubiesen podido contar algo de lo que vieron, de lo que sufrieron, de lo que perdieron.

Años después, cuando ya no era tan inocente, supo del Holocausto. Le llamó la atención, y en su casa empezó a hacer muchas preguntas que siempre quedaban sin respuesta. Hasta un día: ese día. Su padre entró temprano a su cuarto, lo llevó al ático y le señaló una maleta. Una maleta café; una maleta de cuero café. Su padre se quedó a su lado mientras él la abría, para encontrar algunas páginas viejas, un libro escrito en hebreo y dos trajes de rayas. Para encontrar unos sobres marcados con sus nombres, y unos remitentes de los que conocía muchas historias, muchas fotografías, y nada más. 

Quedó absorto. No sabía qué decir. Cuando pudo mirar a su padre lo encontró llorando. No sacó nada de la maleta. Simplemente la cerró, la guardó y salió del lugar detrás de su papá, sin saber qué decir o qué hacer.

No volvió a preguntar. Había entendido el mensaje. No necesitaba pensar en eso, ni tratar de averiguar más. Él estaba vivo. Él había sido la esperanza y la fuerza que sus padres necesitaron para sobrevivir al Tercer Reich. Cuando no hay nada más que decir, el silencio se convierte en la mejor manera de dar a conocer algo a los demás.

 “Ese día le prometí lo mismo que él le había prometido a su padre en silencio en aquel ático: que iba a contar su historia a todo el que llegara y quisiera saber más acerca de él. A todo el que viniera y preguntara acerca de su pasado. A todo el que no pudiera entender su silencio, el silencio de su padre: el horror indescriptible.”

Con A. nos volvimos a encontrar varias veces antes de que me lo presentara. Cuando por fin lo conocí, nos volvimos amigos. Hablamos de libros, de política, de fútbol. Cenamos varias veces y tomamos vino.

Sobre las diez de la noche de uno de esos tantos días en que vino a visitarme, se levantó y, mientras se alistaba para irse, la manga derecha de la camisa se arrugó un poco y reveló un par de tatuajes en su brazo: dos hileras de números. Se quedó mirándome fijamente. No sabía qué decir ni qué hacer. Simplemente sentenció: “Me los mandé tatuar. Son los números de mis padres. Sobrevivieron a Sobibor.” Se puso su abrigo, se despidió y salió de mi casa. Me quedé sentado, ahí, mirando la puerta, en silencio.

Fue esa única vez, de las muchas en las que nos encontramos, que reveló algo sobre su pasado. Varias veces fui a su casa, conocí a su esposa, a sus hijos, a sus nietos. Varias veces me mostró algunas fotos de sus padres, en una casa de esta ciudad. Una familia normal. Una familia como cualquier otra.

Murió el año pasado.

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Enrique Patiño

Gran cuento: contenido, lleno de silencios que cuentan más que las palabras. Tan sutil y bien escrito como elegante en su construcción.

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