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Jorge Luis Cáceres

Episodio Infernal 

¿Es que acaso no se dan cuenta de lo que sucede a su alrededor?

 

Belcebú es nuestro señor, nuestro rey, nuestro dueño.

Mario Mendoza, Satanás.

 

Álvaro Ricter despertó al calor de una exigua luz que difuminaba los demonios y fantasmas que recorrían los pasillos y las paredes de su casa. Ellos forman una verdadera legión de espectros tan malignos como sus propios recuerdos. Los mismos recuerdos que lo trasladaban a su juventud, cuando trabajaba en el servicio de investigaciones de la Policía Nacional durante el gobierno de León Febres Cordero, en los años ochenta. Ricter tenía la fama de sádico hambriento de sangre y sesos reventados. Dominaba a los detenidos según la doctrina de “la disciplina del bate de béisbol”.

El primer fantasma en aparecer en la vida de Álvaro Ricter fue la mujer de la piscina. En esos días, Ricter fue promovido como jefe de uno de los escuadrones Volantes que circulaban por la ciudad vigilando entre otras cosas el toque de queda y las posibles asociaciones consideradas ilícitas. En una de aquellas rondas, los policías allanaron una fiesta universitaria con la excusa de buscar subversivos. Entre los detenidos figuraba una chicha de no más de veinte años que reclamaba, con tono amenazante, diciendo que su padre era un embajador y que si no la soltaban iban a tener serios problemas. Esas amenazas alteraron al sargento Sergio Soler, un serrano que se unió a las filas policiales, ni bien termino el colegio, alentado por un futuro prometedor dentro de la fuerza.Un futuro que lo alejaba de la pobreza del campo andino y de la dureza de un padre hosco y alcoólico que solo sabía criar a punta de acial y que, como todos en el pueblo intuían, había asesinado a uno de sus hermanos ahogándolo en el borde del río. Un padre alcoholizado es un taco de dinamita, una olla de presión que brama en el espacio y cuyo eco se agudiza ante la mirada de un niño que nunca podrá olvidar el castigo, ni sus consecuencias. Soler sabía de golpear, pero también sabía de recibir golpes, eso lo salvó en su niñez y en los primeros años de la academia policial donde se gano el apodo de “Máquina”, debido a su actitud inexpresiva ante los castigos de los instructores que de a poco le fueron tomando cariño a la máquina asesina que estaban formando.como todos en el pueblo intuían, había asesinado a uno de sus hermanos ahogándolo en el borde del río. Un padre alcoholizado es un taco de dinamita, una olla de presión que brama en el espacio y cuyo eco se agudiza ante la mirada de un niño que nunca podrá olvidar el castigo, ni sus consecuencias. Soler sabía de golpear, pero también sabía de recibir golpes, eso lo salvó en su niñez y en los primeros años de la academia policial donde se gano el apodo de “Máquina”, debido a su actitud inexpresiva ante los castigos de los instructores que de a poco le fueron tomando cariño a la máquina asesina que estaban formando. como todos en el pueblo intuían, había asesinado a uno de sus hermanos ahogándolo en el borde del río.Un padre alcoholizado es un taco de dinamita, una olla de presión que brama en el espacio y cuyo eco se agudiza ante la mirada de un niño que nunca podrá olvidar el castigo, ni sus consecuencias. Soler sabía de golpear, pero también sabía de recibir golpes, eso lo salvó en su niñez y en los primeros años de la academia policial donde se gano el apodo de “Máquina”, debido a su actitud inexpresiva ante los castigos de los instructores que de a poco le fueron tomando cariño a la máquina asesina que estaban formando. una olla de presión que brama en el espacio y cuyo eco se agudiza ante la mirada de un niño que nunca podrá olvidar el castigo, ni sus consecuencias.Soler sabía de golpear, pero también sabía de recibir golpes, eso lo salvó en su niñez y en los primeros años de la academia policial donde se gano el apodo de “Máquina”, debido a su actitud inexpresiva ante los castigos de los instructores que de a poco le fueron tomando cariño a la máquina asesina que estaban formando. una olla de presión que brama en el espacio y cuyo eco se agudiza ante la mirada de un niño que nunca podrá olvidar el castigo, ni sus consecuencias. Soler sabía de golpear, pero también sabía de recibir golpes, eso lo salvó en su niñez y en los primeros años de la academia policial donde se gano el apodo de “Máquina”, debido a su actitud inexpresiva ante los castigos de los instructores que de a poco le fueron tomando cariño a la máquina asesina que estaban formando.

Un puñetazo basto para noquear a la hija del embajador. Cayó despatarrada al piso provocando el murmullo de los asistentes. Máquina increpó al resto de los amigos de la joven para que cerraran “la puta boca” mientras que la someía con una lluvia de patadas en el abdomen. “A mí qué chucha que seas hija de embajador o político, aniñada de mierda”, gritaba Máquina encolerizado como si se tratara de una proyección de su propio padre golpeándolo a él. Luego con la ayuda de dos policías subieron el cuerpo maltrecho de la joven al balde de la camioneta para trasladarla al Regimiento Olmos en Conocoto.

Un método de tortura aprendido de la policía argentina decía que la mejor forma para quebrantar la moral de los detenidos era aislándolos en una especie de zulos sin las mínimas consideraciones para un ser humano. En definitiva, se trataba de arrebatar todo rastro de humanidad por medio de las vejaciones más crueles y denigrantes avaladas por el gobierno de turno. En la celda número 42, permaneció encerrada 1.095 días la que fuera hija del embajador Medardo Altares, funcionario de carrera del Ministerio de Relaciones Exteriores. 1.095 días en los cuales fue violada sistemáticamente por Máquina, así como por los guardias de turno y algunos detenidos que eran obligados a sodomizarla por simple diversión de los gendarmes. El morbo de Máquina no tenía límite:llegó a secuestrar a veinte mujeres y mandó a empotrar grilletes en las paredes para neutralizar cualquier intento de defensa de las detenidas. Las obligó a cubrir sus rostros con máscaras de animales como cerdos, monos, conejos, burros o venados para deleitarse con la cara de horror que ponían los policías iniciados en los Escuadrones Volantes. Aquella práctica hizo que la celda fuera bautizada como “la antesala del infierno”. ¡Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza!

La navidad de 1988, a escasos meses de concluir el mandato de Febres Cordero, el crimen rebasó lo inimaginable pues toda acción conlleva una secuencia de actos asociados y –en este caso– las innumerables violaciones sexuales sin control dejaron un poblado cementerio de fetos y recién nacidos, que fueron sepultados en los potreros colindantes al bosque de Olmos. Algunas de las detenidas que sobrevivieron a las torturas y los abortos criaron a sus bebés durante los tres años de cautiverio, sin sospechar que aquellos últimos días del mes de diciembre encontraron los últimos de sus vidas. La mañana del 23 de diciembre, Álvaro Ricter, ya como Director del Regimiento Olmos, recibió un telegrama proveniente de la Comandancia en la que le ordenaban deshacerse de toda evidencia tanto material como “humana”.Así que dispuso que a todos los detenidos de los pabellones intermedios, con excepción de la celda 42, sean llevados a las profundidades del bosque para desaparecerlos sin dejar rastro. Luego mandó llamar a Máquina y le ordenó encargase personalmente de las detenidas y de sus niños. Lo sucedido en aquella celda fue un misterio incluso para Ricter, quien muchos años después se enteraría de algunos macabros detalles que, en parte, explicarían la razón por la cual el cuerpo sin vida de la hija del embajador flotaba en la piscina del Regimiento Olmos. La joven portaba una máscara de simio que le daba un aire aún más siniestro al cadáver. Ricter nunca se atrevió a preguntar sobre el destino que tuvieron las otras detenidas y sus niños.Intuía que sería una fosa común o un horno para calcinar huesos. Conociendo la depravación de Máquina,

Ahora ya jubilado, Álvaro Ricter procuraba caminar por las mañanas para alejarse de su casa y de los fantasmas que lo aquejaban. Todos sus intentos eran en vano, ya que en todas partes ya toda hora sintió la presencia de extraños seres casi corpóreos, de apariencia humanoide, que vestían unas harapientas túnicas manchadas con lodo y probablemente sangre y que cubrían sus rostros con máscaras de animales que adquirían según su humor aspectos deformes, volviéndolos obscenos. Ricter había aprendido a convivir con ellos desde la llegada del primer espectro que portaba una mascará de simio. Aquel demonio había vuelto para buscar a su verdugo. En las sombras el espectro esperado para deslizarse entre las sabanas de la cama de Ricter y rasguñar su espalda provocando profundas heridas.Otras veces dejaba partes de su cuerpo putrefacto en el baño o en la cocina solo por deleite. Ricter sabía que la intención del espectro no era asesinarle, de lo contrario ya lo habría hecho. Ella prefiere la tortura psicológica y física, buscaba el dolor como redención. Buscaba al verdadero demonio para cobrar venganza.   

En los años noventa, en plena etapa de transición de un gobierno de derecha a uno de izquierda, los fantasmas e llegado a ser veinte espectros que deambulaban por la casa, que trepaban a su espalda, que dormían junto al antiguo torturador, y que le susurraban al oído frases demoniacas alentándolo a lanzarse desde la cima de un edificio para acabar con su vida.

En esos años el discurso conciliador del nuevo gobierno suavizó y mimetizó a los torturadores y asesinos en sórdidos puestos administrativos alejados de la capital. Ricter, cumpliendo órdenes, prestó sus servicios como Director del Instituto de Estudios Superiores de la Policía Nacional en Riobamba, guardando una aparente pasividad que disimulaba el tormento que estaba viviendo; si hubiera dependido de él, a los cadetes que incurrían en faltas disciplinarias los habría descuartizado mientras les daba por el culo.

Ricter nunca se casó ni tuvo familia, siempre prefirió la vida solitaria; sin amigos y sin familiares a quienes visitar, se convirtió en un ermitaño ensimismado en sus propias culpas y remordimientos que nunca lo dejaban en paz. Cuando se jubiló compró una casa alejada de la ciudad y solo una vez por semana manejaba cerca de dos horas desde Puembo hacía Quito, generalmente los días jueves, para comprar provisiones de todo tipo: desde alimentos, objetos de aseo, libros y cualquier cosa que le hiciera falta a fin de evitar alguna salida inoportuna de su encierro voluntario. También los jueves aprovechaba para visitar en la tarde el Café Dublín en Plaza Gabriela Mistral, donde varios veteranos se reunían a conversar y jugar ajedrez. El juego predilecto de Ricter.En el Café Dublín permanecía hasta las nueve de la noche, luego se marchaba rumbo al Club Capitol, un local clandestino que ofrecía servicios de swith y sadomasoquismo. La propietaria del Club, Estela Olivares, había heredado una vieja casona colonial ubicada en la calle Francisco Robles. En principio intentó abrir un restaurante exclusivo de comida mediterránea, pero la mala fortuna y las deudas le impidieron progresar. Así que transformo la idea y comenzó a ofrecer servicios para parejas deseosas de tener nuevas experiencias como: orgías, esclavismo, fetichismo y todas aquellas perversiones no consentidas en la vida cotidiana, que necesitan imperiosamente de la clandestinidad y del anonimato como regla de oro. Ningún cliente podría revelar su nombre a los empleados;esta regla permitía sostener un contacto pleno y liberador entre el castigador y el sometido. Las relaciones sexuales no estaban prohibidas, pero, por obvias razones, debían ser previamente consentidas para evitar contratiempos. A Ricter le gustaba intercalar roles; cuando castigaba, lo hacía vistiendo traje de cuero y cubría su rostro con un pañuelo dibujado con una sonrisa de calavera. Casi siempre torturaba a mujeres, quizás por un sentido misógino o porque la violencia desmesurada le permitía excitarse y recordar los años en que se sintió vital y útil. Todo depende de su estado de ánimo, pues en los días de depresión, cuando los fantasmas lo asediaban con más intensidad, prefería ser sometido y humillado por los castigadores. Golpe tras golpe, purgaban su cuerpo por medio del dolor, acallando su alma atormentada por las voces de los espectros que le incitaban a quitarse la vida. “Córtate el cuello, córtale el cuello”, “mátate, mátate”,    

Un jueves, después de jugar una partida de ajedrez en el Café Dublín, Ricter fue hacia el Club Capitol como era su costumbre. La falta de sueño y descanso había ocurrido un episodio psicótico en él; las visiones eran cada vez más intensas y enfermizas, así como las voces que lo insultaban y lo alentaban a quitarse la vida, insistiendo en la venganza y en la humillación como acto de tributo. Cuando llegó al Club Capitol, se vistió con su traje de cuero negro y cubrió su rostro con una máscara de simio, similar a la utilizada por el espectro que más lo acosaba.En el cuarto de castigo, un hombre de piel trigueña, estatura compacta y con grandes hombros, esperaba vestido con pantalón negro muy apretado y con una máscara de cierres de metal que le cubría la parte inferior del rostro, dejando a la vista solo sus ojos . No traía camisa y su abdomen colgaba por su cintura ataviada por la correa de su pantalón. Sin mediar palabra alguna, el sujeto soltó el primer golpe seco en la espalda de Ricter, quien disfrutó el castigo. Tres latigazos cortos vinieron en seguidilla antes de ponerle unas esposas para inmovilizar sus manos y pies, y dejarlo en una posición de extrema sumisión, tan vulnerable como lo fueron sus víctimas en el pasado. El castigo continuó durante una hora, los espectros presenciaron el desfile de una serie de herramientas. Según palabras del castigador, se trataban de unas “cosillas” que permitían doblegar el cuerpo y el alma, asimilando diversas formas, como pinzas para arrancar uñas, tenazas para alar pezones o testículos, puñales para cortar por ahí y por allá. Varas de metal para causar un dolor intenso en los muslos y entrepiernas,

Terminada la sesión, Álvaro Ricter agradeció por la golpiza recibida que acallaba las voces y complacía a los fantasmas, pero esto último se lo guardo para sí mismo; total, sus demonios no le interesaban a nadie más. O al menos eso pensaba, hasta que el castigador, sin quitarle las esposas, lo tomó por los cabellos y elevó su cabeza hasta quedar frente con frente. Acto seguido, el castigador se quitó la máscara y cerró sus párpados, dejando ver dibujados sobre ellos unos temibles ojos de color amarillo como los de una serpiente. Álvaro Ricter no sucumbió ante la temible visión que suponía un hombre fuera de sus cabales sosteniendo una presa maniatada ya merced de sus deseos. Muchos hombres en el pasado intentado mostrarle el miedo,pero ¿qué clase de miedo se le podía mostrar un sujeto que convivía con demonios y que alguna vez fue el guardián de las llaves de las puertas del infierno? Por un momento pensó en gritar por ayuda, luego pensó que sería mejor que aquel sujeto le torciera el cuello y acabara con su vida de una vez; así, solo le restaría saber si con la muerte también los fantasmas se irían. Una voz áspera lo arrancó de sus pensamientos, era la voz del castigador que hablaba por primera vez, sonando tan familiar… como si aquella voz cascada y un tanto gutural le perteneciera a un recuerdo de su pasado. “Soy Máquina –dijo el castigador–, y gracias a usted yo ahora soy el demonio”. luego pensó que sería mejor que aquel sujeto le torciera el cuello y acabara con su vida de una vez;así, solo le restaría saber si con la muerte también los fantasmas se irían. Una voz áspera lo arrancó de sus pensamientos, era la voz del castigador que hablaba por primera vez, sonando tan familiar… como si aquella voz cascada y un tanto gutural le perteneciera a un recuerdo de su pasado. “Soy Máquina –dijo el castigador–, y gracias a usted yo ahora soy el demonio”. luego pensó que sería mejor que aquel sujeto le torciera el cuello y acabara con su vida de una vez; así, solo le restaría saber si con la muerte también los fantasmas se irían. Una voz áspera lo arrancó de sus pensamientos, era la voz del castigador que hablaba por primera vez, sonando tan familiar… como si aquella voz cascada y un tanto gutural le perteneciera a un recuerdo de su pasado.“Soy Máquina –dijo el castigador–, y gracias a usted yo ahora soy el demonio”.

A Ricter lo encontraron las empleadas de la limpieza del Club. Estaba inconsciente y respiraba con dificultad por la boca. Se atragantaba por la sangre que caía de la mutilada nariz que Máquina había cercenado utilizando una especie de anestésico local para evitar los gritos de dolor.

La noche en que Álvaro Ricter fue abandonado en la puerta de emergencias del Hospital Eugenio Espejo por orden de Estela Olivares, caía un torrencial aguacero que lavaba las culpas de todos los demonios y de los ángeles que presenciaban en primera fila, sin hacer nada para evitar las falacias de esta ciudad corroída por la fornicación, el desamor, el asesinato y la lujuria. En el sur de la ciudad, Máquina llegaba a su casa como un apacible hombre de hogar que visita a sus hijos antes de ir a dormir y los besa en sus frentes (algo que su padre nunca hizo), para luego tomar un reconfortante vaso de leche tibia con galletas en la mesita de la cocina con la compañía de su esposa. La vida es como un retrato de Dorian Gray para algunas personas que prefieren guardar sus traumas tras múltiples máscaras.

Álvaro Ricter permaneció tres meses en terapia intensiva, la cantidad de sangre que había tragado fue suficiente para provocarle un paro respiratorio. Durante este período, ninguna persona se acercó a preguntar por su estado, ni siquiera hubo una llamada de preocupación de algún familiar o vecino. Solo los espectros lo acosaban con sus murmullos:

– Entréganos al asesino, entréganos al asesino… ¡córtate el cuello!

En cuanto le dieron el alta, Ricter visitó un cirujano plástico especialista en reconstrucción facial. Quería tener un segundo criterio sobre el estado de su nariz y si cabía la posibilidad de una operación para corregir su deformidad. Para los médicos el cuadro era crítico, la mutilación había extraído el tabique nasal y los cartílagos en su totalidad, haciendo que cualquier intento de operación solo afectara más los nervios lesionados, lo que provocaría una grave infección que incluso podría ocasionarle la muerte. La única salida que los médicos brindaron a Ricter fue la de utilizar una prótesis hecha de un material similar a la silicona para evitar las infecciones y el dolor, así como el trauma de mirarse mutilado.

Si antes del ataque Álvaro Ricter era una persona retraída y solitaria, con su nuevo estado se volvió aún más grave su hermetismo, solo motivado por un pensamiento de revancha: sabía que Máquina estaba vivo y que el tiempo de saldar viejas cuentas había llegado para ambos .

Durante meses investigó el destino que tuvo Sergio Soler después de aquel fatídico día que signó sus vidas. En antiguos documentos del Ministerio de Gobierno que le proporcionó un viejo amigo que trabajaba como asesor jurídico, pudo encontrar algunos vestigios para completar el rompecabezas que lo llevaría al paradero de Máquina. A principios de los noventa, Máquina había sido transferido al puesto de Huaquillas para vigilancia del tráfico de gas en la frontera con el Perú. Dos años más tarde, el cabo Soler, según telegrama fechado 9 de marzo de 1993 y suscrito por el capitán Roberto Mendieta, dio parte a la superioridad que: el cabo Sergio Segundo Soler Malitagsi no retornó a la base luego de haber salido franco el 5 de marzo del año en curso.Motivo por el cual se presume que puedo haber sido víctima de los confortamientos armados que existen en la frontera. Fin del comunicado. Con este documento el gobierno del Ecuador puso punto final a uno de los agentes más sanguinarios que recorrió los destacamentos del país. Con una simple firma del Comandante General de aquel entonces y la sumilla del Ministro se enterraba la figura de un tal Machine, que empezaba a reconocerse, entre los grupos de derechos humanos que reclamaban por sus víctimas, como el brazo torturador. Este dato llevó a Ricter hacía un nombre Alfredo Quezada, un comerciante oriundo de Babahoyo, de cuarenta y tres años, casado y con dos hijos, con residencia en el barrio de San Bartolo, al sur de Quito.El nombre de Quezada se repetía en varias denuncias de Amnistía Internacional y Verdad por nuestros hijos,

Ricter espero pacientemente la llegada de la línea 12 en la estación de buses de El Recreo, al sur de la ciudad. Lo hizo agazapado entre los rincones para evitar las burlas sobre su aspecto. Los niños especialmente podrían ser crueles con sus palabras hirientes. Alrededor de la media noche, Máquina desembarcó del bus; traía consigo una mochila estampada con figuras animadas y caminaba con una seguridad espasmódica, como si la ciudad le perteneciera a pesar de su anonimato. Apurando el paso y procurando la penumbra, Ricter persiguió a Máquina por la Av. Pedro Vicente Maldonado hasta llegar a una vieja residencia de tres pisos en San Bartolo.Desde el bordillo alcanzó a divisar cómo la luz del tercer piso se encendía y apagaba conforme Máquina avanzaba hacía su dormitorio. Cuando la residencia quedó a oscuras, Ricter decidió irrumpir en su interior en busca de su anhelada venganza. En la calle solo corría un viento espeso y la primera capa de neblina se mimetizaba con los fantasmas que murmuraban “entréganos al asesino”, “entréganos al asesino”, “córtate el cuello”, “córtate el cuello”.

Máquina sintió que el filo de una navaja le punzaba la mejilla, obligándolo a despertar. “Teniente, hace meses que lo espero, quería preguntarle ¿cómo sigue su nariz?”, Dijo Máquina en tono jocoso mientras descendía de la cama con tranquilidad para no exasperar su captor y no despertar a su mujer. Ricter, haciendo caso omiso de la ofensa, le ordenó caminar por el pasillo en dirección a la sala. Saboreando la oscuridad, tomaron asiento uno frente al otro en busca de respuestas a ciertas incógnitas que había dejado el pasado. El primero en hablar fue Máquina.

–Si busca arrepentimiento está en el lugar equivocado, Teniente. Usted sabe mejor que nadie cuánto disfruto torturando y haciendo daño a la gente. Es algo heredado. Mi padre fue un cabrón que arruinó mi niñez y eso deja marcas.

–No es por eso que estoy aquí. No busco disculpas. Sé que eres un animal y que razonar contigo sería imposible. Pero necesito aclarar un hecho del pasado. Quiero saber qué sucedió con la hija del embajador Altares, la mañana del 23 de diciembre de 1988.

–¿Para qué quiere desenterrar viejas historias? Los desaparecidos están bien así y es mejor que continúen desaparecidos. Ni muertos, ni vivos. Solo desaparecidos.  

–Anda, cuéntame qué sucedió, hazlo por puro placer, sé que te gusta recordar tus hazañas.

–Está bien, lo haré por pura diversión. Aquel día, después de recibir sus órdenes, me dirigí hacia la oficina de prevención en busca de dos agentes para que me ayudarán a cumplir la misión. Llevamos picos y palas para cavar una fosa común cerca del bosque de Olmos. En principio pensé en asesinar a todas las mujeres y dejar vivos a los bebés. Hasta los demonios tenemos sentimientos y ese día no me apetecía comportarme como un auténtico cabronazo. Uno de los agentes me dijo, antes de entrar a la esposa, que él y su podría hacerse cargo de un bebé y que tal vez sus primos podrían quedarse con otro. Cuando entramos, la celda tenía un olor nauseabundo. Cuatro de las mujeres que colgaban de los grilletes. Muerto de inanición.Las otras cargaban a sus hijos sobre sus brazos, pero tenían una expresión cadavérica en sus cuerpos provocada por la tuberculosis. Juro que la muerte llegó antes que nosotros, pero también juro que nosotros fuimos quienes la aceleramos un poquito y que fue por culpa de la huevona de la hija de Altares, que siempre daba berrinches. Fue por ella y solo por ella que todo se salió de control. Yo no quise matar a ningún bebé, con violar a las putas de sus madres me bastaba, pero aquella huevona me forzó cuando intentó escapar con su hijo. Usted me conoce, Teniente, sabe lo temperamental que puedo llegar a ser en un momento así. La perseguí hasta la piscina y ambos resbalamos, el bebé también cayó y se golpeó contra el filo, desnucándose de contado.Aquella estúpida gritaba tan fuerte que no tuve más remedio que clavarle el cuchillo en la espalda para luego cortarle el cuello. Los otros agentes presenciaron todo y me ayudaron a enterrar el resto de las mujeres con sus bebés aún vivos. Después de ese día nunca más supe de los agentes que me acompañaron, ni de usted, hasta aquel encuentro en el Club Capitol. ¿Y a qué viene tanta nostalgia? Si, al fin al cabo, nadie puede resucitar a los muertos, ni reaparecer a los desaparecidos, ni nosotros podemos dejar de ser quienes somos.

Ricter interrumpió la letanía existencialista que Machine estaba predicando sobre la necesidad de justificar su presencia en el mundo como un ser que purifica mediante los actos más crueles.

–Es verdad que no podemos dejar de ser quienes somos –dijo Ricter–. Pero en eso de resucitar a los muertos no estoy de acuerdo. Y ahora, después de veinte años, por fin puedo decir que por primera vez estoy feliz de escuchar el murmullo demoniaco de los espectros en mi cabeza.

–¡Usted es un puto loco, Teniente !. ¡Un puto loco como lo fue mi padre! –dijo Máquina riendo–. ¿Y qué le dicen las voces? –añadió.

Ricter se incorporó, caminó en dirección a la puerta y abrió la cerradura dejando entrar un halo de luz que los deslumbró. De pronto decenas de espectros ocuparon las paredes, el techo y las ventanas. Caminaban como arañas, descuartizando sus extremidades, arañando con sus uñas carcomidas la piel de su verdugo confeso.

–¿Qué le dicen, Teniente? ¡Dígame! –exclamó–. Y yo también le diré lo que me han dicho, o cree que usted es tan especial como para sufrir en solitario.

Ricter, cubriendo su rostro con una máscara de simio, dio la vuelta para desaparecer en el espesor de la noche, abandonando a Machine que vociferaba “¡vengan !, No les tengo miedo, putas de mierda”. Mientras los espectros bramaban “aquí está el asesino”, “despedácenlo”, “despedácenlo”. “Córtate el cuello”.

Ya lejos, Ricter creyó escuchar los lamentos de Máquina y vio cómo varias casas de la cuadra encendían las luces, alertados por los gritos demenciales. Descomplicado silbaba una melodía y repasaba en su cabeza una frase iniciada por Máquina el día en que lo mutiló y lo creyó muerto: –Soy Máquina y gracias a usted, yo soy el demonio ”. Ricter rió y dijo en voz alta. “A mierda con el demonio, pues todos somos el infierno”.

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