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Alexandra Jiménez

QUEMANDO VIDAS

 

Los terrenos en donde vivía y  que habían visto nacer a sus padres,  eran relativamente extensos y aquello era una excusa para interactuar poco con todos los habitantes del sector. Todos lo conocían como Ernesto y cuando los veía conversando, los escuchaba murmurar sobre su familia y sobre la extraña forma en la que cada vez iban desapareciendo. Había escuchado de madres que habían salido con sus hijos, y de pronto el bosque se los había tragado. Nadie sabía qué les había sucedido o al menos, él nunca había escuchado algo que explicara su paulatina disminución. 

Aquella noche, salió a recorrer los parajes que le eran tan familiares. El aire estaba impregnado de olor a ramas recién cortadas y el zumbido de unos mosquitos lo acompañaban. Trató de no alimentar ilusiones recordando a familiares de los cuales casi ya no se acordaba, y se concentró en buscar a un pájaro del que había escuchado hablar a sus vecinos. Decían que era un pájaro que parecía un fantasma,  que se mimetizaba con los troncos de árboles viejos, que tenía unos misteriosos ojos grandes y amarillos y que podía pasar horas sin moverse, hasta que emitía un singular canto que les helaba los huesos.

Por supuesto, a él estos dimes y diretes no lo asustaban, pero sí le intrigaban. Quería demostrarles a todos que tenía mejor vista que nadie,  que su inteligencia era incomparable y que su valor era infinito. Empezó a caminar y caminar, rodeado de sonidos peculiares  que al punto supo que eran cantos de murciélagos. Supuso entonces que alguna cueva, árboles viejos o cultivos de frutas se encontraban cerca. Se subió entonces con agilidad a un árbol, y miró y miró sin distinguir  nada. Luego inhaló profundamente. Una y otra vez.  Un olor dulzón reinaba en el ambiente.¿Qué era?, ¿de dónde venía?.  El viento soplaba con escasa fuerza y quizás por ello, no lograba identificar su origen.

No sentía miedo, sino más bien curiosidad, por lo que movido por ella, se introdujo en el espeso follaje, hasta llegar hacia un lugar dominado por unas plantas de inmensos tallos y hojas largas, casi gigantes, a través de las cuales, pequeños roedores huyeron despavoridos. Los miró magnánimo, porque estaba acostumbrado al efecto que producía en los animales, pero también pensó que quizás era su día de suerte, porque si bien antes había escuchado murciélagos, ahora había visto ratones, lo que significaba que  tal vez ese raro pájaro estaba cerca, en algún viejo árbol. Miró hacia arriba y abajo. Hacia los lados. ¡Qué extraño!- pensó-. Todo se veía borroso y aquel olor dulzón del inicio era ahora más intenso. Escuchó  pequeños pasos moviéndose agitadamente y en forma desordenada en la hojarasca. 

El viento cambió de súbito la dirección y empezó a soplar con fuerza. Sin embargo, no era el viento fresco y calmado de la mayoría de las noches, sino tibio y angustiante. Pequeños trozos negros de hojas viajaban suspendidas en el aire y se introdujeron en sus ojos, cegándolo por un momento. Identificó por el movimiento y la temperatura que percibió en sus extremidades, la carrera de una culebra que pasó reptando a su lado con agilidad extrema. Ernesto empezó a sentir miedo y por primera vez, se sintió perdido. El aire cargado de hojas secas quemadas, empezó a dificultarle la visión y la respiración. -¿Qué está pasando?, ¿en dónde estoy?- se preguntó. De súbito,  lenguas de fuego envolvieron a  las plantas de hojas gigantes del sitio donde se encontraba.  Enceguecido y desorientado, empezó  a correr pero el fuego rápidamente lo alcanzó, avivado por el viento. En su desenfrenada carrera, se adentró entre los matorrales de largas hojas que como sables ardientes, se introducían en su piel, lastimándolo y escociendo todo su cuerpo. Tallos ardientes se introdujeron en sus ojos cegándolo. Gritó de dolor y de terror, pero estaba solo. 

Siguió corriendo mecánicamente, totalmente desorientado,  perdiendo velocidad, mientras la sensación de calor, ardor y dolor eran insoportables. En su mente pensó que si se esforzaba y atravesaba el muro de fuego que lo rodeaba a toda velocidad, tal vez podía escapar de una muerte segura, pero su cuerpo estaba débil y sangrante. Decidíó sin embargo arriesgarse, y cruzó aquel cerco de fuego con toda su entereza y las fuerzas que aún guardaba, luego de lo cual, se dejó caer exánime sobre un colchón humeante de troncos secos carbonizados.  Escuchó entonces decenas de pasos aproximarse. Quiso ponerse de pie, pero su cuerpo estaba lleno de extensas quemaduras dolorosas. Quiso  gritar, pero el calor y el humo, habían quemado por completo su nariz, su garganta  y sus pulmones. Los pasos se detuvieron a su alrededor. Por el ruido que hacían, eran muchos, muchos hombres que gritaban y hablaban desaforadamente. Risas y gritos. Respiraciones agitadas. Dolor….Oscuridad…. De pronto, un pedazo de metal se incrustó en su pecho, perdiendo noción de la vida y del tiempo.

– Otro ocelote calcinado- dijo uno de los hombres.

En ese momento, Ernesto, en medio de la tibieza de su vida escapándose de su cuerpo,  escuchó un canto lastimero que parecía terminar en una cruel risa. Era el pájaro fantasma, que encaramado en un viejo tronco de pijío, había observado  toda la noche a Ernesto desde lejos.

 

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