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De otro planeta

Conocí un chico que era de otro planeta. Él no lo sabía. Pero yo lo identifiqué enseguida cuando lo vi venir por primera vez caminando por los pasillos del subsuelo de la FADU. 
Llevaba un corte de pelo taza, que en los dos mil ya no se usaba. Tenía unos lentes culo de botella que le hacían ver sus ojos verde esmeralda muy grandes y separados. La mirada siempre iba perdida en el horizonte. Usaba unos pantalones beige muy largos que los iba arrastrando por el suelo, y cada tanto se llevaba un papel de alfajor o acarreaba una caja de tabaco con ellos. 
Con mis amigas lo llamábamos “El niño rata”. Parecía de laboratorio. Muy pocas veces me dirigió la palabra mirándome a los ojos. Mi personalidad extrovertida se sentía afectada por la falta de empatía de este ser único. 
Un día cualquiera, cuando ya había pasado más de un semestre compartido, paseaba yo por los pasillos del segundo piso y tomé un papel de una cartelera de corcho donde dejaban avisos a los estudiantes, para escribirle una nota al niño rata. Decía: ¿Vamos a ver a Kinky? Una banda mexicana que estaba de gira por Buenos Aires, y a mi adolescencia alternativa le fascinaba. Nunca llegamos a escuchar a Kinky juntos. Sólo recuerdo que el niño rata dio vuelta el papel donde yo había escrito la nota. Era el teléfono de un psicólogo lacaniano a quien gracias descubrió su pertenencia a otro planeta. 
Una tarde de primavera ya en el mes de diciembre. Las clases habían terminado. Recibí un email de mi niño de otro planeta. El asunto era Arrivederci. Me contaba que no había tenido tiempo de despedirse porque la nave lo había venido a buscar muy de prisa. Pero que nunca se olvidaría de la chica que lo había mandado al psicólogo.

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