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Alba Martorell

Luces de Navidad

Todo sucede rápido, demasiado rápido. Me despido de mi amiga después de intentar en vano conseguir que se venga a cenar pizza a casa. Le doy un último abrazo con la promesa de vernos al día siguiente. Y le digo adiós con la mano desde el otro lado de la calle. Me pongo los auriculares y dejo que la música envuelva mi mundo. Siempre me siento un poco triste cuando después de una tarde de risas y tonterías camino sola hasta casa. Me gusta ponerme canciones tristes y no pensar en nada.

No lo veo venir. Estoy demasiado absorta en mis pensamientos y en la letra de la canción. No escucho ni el claxon ni los gritos del conductor. No escucho el frenazo para intentar evitar la tragedia. No escucho nada más que los últimos compases de la música. Y de repente vuelo. Vuelo hasta estamparme contra el suelo del paso de peatones cuyo semáforo acaba de ponerse verde. Y veo las luces de Navidad colgando encima de mi cabeza antes de que todo se vuelva negro. No siento dolor.

Todo se queda en silencio. El coche está parado a mi lado con el parachoques destrozado. Hay cristales del parabrisas por todos lados. El conductor tiene la cabeza empotrada contra el volante y no está claro si respira. Mi cuerpo sigue en el suelo y, curiosamente, no tiene ningún rasguño visible más allá de un par de cortes en la cara. Mis gafas han salido disparadas y han quedado destrozadas al otro lado de la calle.

Me pregunto cuánto tardará alguien en venir alguien y trasladarnos al hospital o a la morgue. Pasa un viandante y se queda mirando el espectáculo en shock. Se ríe, hace una foto disimulada con su móvil y sigue su camino. “Qué gilipollas”, pienso. Alguien grita a lo lejos y todo a mi alrededor vibra mientras unos pasos se acercan corriendo hacia mí. Alguien me coge la mano y llora. Y yo no siento nada. Lo veo todo y no siento nada.

La ambulancia llega al cabo de unos cinco minutos y me trasladan al hospital más cercano. Quiero saber como está el conductor, pero se me llevan antes de poder verlo. El interior del ambulancia es un caos. Un enfermero intentando estabilizar mi ritmo cardíaco. Otro comprobando mis constantes vitales. Otro dándome oxígeno. Todos me intentan salvar y yo no puedo hacer otra cosa que mirar. Mirar y esperar. No soy más que una mera espectadora de mi propia vida.

Nunca me han gustado las luces del hospital. Son demasiado potentes y blancas: ciegan a cualquiera que ose mirarlas directamente. Pero no puedo hacer más que mirarlas mientras me transportan en camilla hasta el quirófano. A mi alrededor todos se mueven sin parar. Los enfermeros que me trasladan van gritando a todos que se aparten y dejen el camino despejado. Y, sorprendentemente, les hacen caso. No debe ser raro encontrarse enfermeros empujando una camilla a toda hostia por los pasillos de los hospitales. Es un ritmo frenético e imposible de entender si no formas parte de este mundo aparte. No sé si es porque estoy inconsciente y ya todo me da igual, pero me parece precioso ver cómo trabajan al unísono. Como forman un equipo en el que todos tienen como objetivo salvarte la vida. Es extraño pensar que toda esta gente quiere salvarme: me quieren salvar a mí, incluso cuando ni yo misma sé si quiero ser salvada. Me gustaría decirles que parasen y descansaran un momento. Me gustaría despertarme y que esta gente pudiera descansar. Pero no me voy a despertar, claro que no. A saber si algún día voy a poder volver a despertar.

 

Estaba sentada en un banco delante de la entrada del metro. La gente entraba y salía sin parar, sin advertir mi presencia. Todos me ignoraban, mientras que yo no podía hacer otra cosa que observarlos fijamente. No sabía dónde estaba ni qué hacía allí. De repente todos me miraron. Todo se paralizó.

—Llegas tarde —dijeron al unísono.

No entendí nada. Lo único que sé es que no me podía mover. Estaba como pegada al banco por una fuerza sobrehumana que me impedía la movilidad.

—Llegas tarde —repitieron.

Quise preguntar por qué decían eso. Quise preguntar a dónde llegaba tarde. Pero todo se volvió negro y mis dudas se desvanecieron entre un mar de oscuridad.

Una risa. Oí una risa proveniente de mi derecha. O quizás de mi izquierda. No lo sé. Intenté abrir los ojos, pero pesaban demasiado. Escuché una voz lejana. Eras tú. Creo que eras tú. Cantabas. Cantabas esa canción infantil. Si estás triste y te falta la alegría…

Abrí los ojos y la luz me cegó. Todo a mi alrededor quemaba. El dolor debería haber sido de ser prácticamente insoportable, pero la verdad es que no sentí absolutamente nada. Me pregunté si era el infierno. Hasta que el calor paró y llegó el frío. Un frío intenso que pareció matarlo todo a mi alrededor. Se sintió como si todo el calor y la alegría del mundo hubieran desaparecido. Como si nunca nadie pudiera volver a ser feliz. Y oí llantos a mi alrededor. Muchos llantos. Niños, adultos, abuelos. Todos lloraban. Todos excepto yo. O quizás era yo la que lloraba. No lo sé.

—Llegas tarde —repitieron.

 

Abro los ojos y vuelvo a ver las luces blancas cegándome los ojos. Estoy en el hospital. Pero no soy yo. Hay algo que falla. Mi cuerpo no es mi cuerpo. No entiendo nada. ¿Me he olvidado de quién soy? Alguien entra en la habitación y se acerca al cuerpo que no es el mío. Coge la mano que no es mía y suspira.

—Lo siento mucho, cariño.

La persona llora. No le veo la cara, pero por la voz diría que es un hombre.

—Ojalá hubiera otra solución… —susurra mientras besa la mano que no es mi mano.

No sé quien es este hombre ni quien soy yo, pero aun así soy capaz de sentir su dolor y compartirlo. Quiero poder moverme y decirle a este hombre destrozado que todo irá bien. Pero no puedo. Ojalá pudiera.

El hombre sujeta la mano que no es mi mano hasta que entra una enfermera y le dice que ya es la hora. Él asiente. Da un último beso a la mano y abandona la sala, dejándome de nuevo a solas con mis pensamientos y dudas.

 

Cuando él se va descubro que me puedo mover si me concentro mucho. Sucede inesperadamente. Estoy intentando recordar qué ha pasado. Quién soy. Recuerdo gritos. Luces de Navidad amarillas y azules. El frío de la calle. El silencio. La camisa azul del conductor. Y es justamente la camisa lo que me hace mover. Todo se vuelve negro y siento un frío helado. No dura más que un segundo, creo. Cuando abro los ojos sé que hay algo diferente. La habitación está vacía, y no parece que nadie haya venido a visitar. Siento un poco de pena. Su cuerpo se siente extraño, pero no tan extraño como el anterior. Hay algo familiar en él, como si nuestras existencias se hubieran entrelazado.

—¿Quién eres? —pregunta una voz dentro de la cabeza que no es mi cabeza.

—¿Quién eres tú?

—No, no, no, yo soy yo. Tú eres la intrusa… ¿Quién eres? —insiste.

—Creo que soy la chica a la que has atropellado.

Algo en su interior hace clic. Lo siento, porque algo en mi interior hace clic también. Los dos lo hemos sentido.

—Lo siento —dice.

—Ha sido culpa mía.

—Iba demasiado rápido…

—He cruzado sin mirar.

Discutimos durante lo que parecen horas, pero bien podrían ser solo minutos, sin llegar a ningún acuerdo sobre la culpabilidad. Me cuenta su vida. Resulta que es padre de dos niños pequeños a los que quiere mucho. Resulta que hoy era el cumpleaños del mayor y que llegaba tarde a la fiesta. Tenía que pararse a recoger un último regalo que había comprado in extremis. Y por eso iba rápido. Para poder comprar el último regalo de su hijo mayor. Mientras me habla sobre el crío es como si lo viera. Como si de alguna manera yo también lo conociera. Oigo su risa y sus llantos. Veo sus ojos color caramelo y su cabello rizado. El niño nos une. Llego a duda sobre si es mi hijo mientras sigue hablándome sobre él durante toda la eternidad. Habla sobre él, sobre la vida, sobre filosofía, sobre ingeniería espacial. Me cuenta cosas durante un tiempo indefinido y, a cada palabra que dice me siento más unida a él. Llega un punto en el que sé lo que me va a decir incluso antes de que lo diga. Llega un punto en el que su cuerpo deja de parecerme extraño. Veo sus piernas y las siento como mías. Cierro el puño y lo siento. Y, así, sin darme cuenta me voy olvidando de por qué estoy aquí. Sé toda su vida, pero ya no sé nada de la mía. ¿Tengo vida? Todo es confuso. Sus pensamientos ahogan los míos. Pero creo que aún hay algo dentro de mí que sigue siendo solo mío. Algo a lo que él no puede acceder. Aun queda una chispa de lo que alguna vez fui.

—¿Soy tú? —le pregunto.

—No.

—¿Quién soy? —pregunto.

—La chica del accidente.

—¿Qué accidente?

—No lo sé.

Tengo la sensación de que no estoy donde tengo que estar. Creo que hay alguien que me espera, pero no recuerdo quién. Él me habla, pero ya no lo escucho. Siento el peso de la vida sobre mi cabeza. Sería tan fácil dejarse llevar. Sin un cuerpo es tan simple dejar que suceda. Cerrar los ojos. Dejarlo ir. Pero no.

—Llegas tarde —dice alguien.

—¿Qué? —pregunto.

—¿Qué de qué? —responde él.

—Has dicho algo.

—No…

 

Y entonces recuerdo. Recuerdo a dónde llego tarde. Oscuridad y frío. Abro los ojos y te veo. Y sé que esta vez no me he equivocado.

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