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Juan Francisco Hernández

Justicia (basado en un suceso real)

De noche, en una angosta carretera veracruzana, cuatro hombres armados con pistolas calibre 9mm asaltaron a los pasajeros de un autobús que acababa de salir de una curva. Detuvieron el paso del vehículo colocando piedras sobre el pavimento. Al ver las armas, el conductor abrió la puerta. Los delincuentes lo insultaron y lo amenazaron. Después, con largos pasos, recorrieron el autobús e hicieron lo mismo con los pasajeros:

         —¡Al que haga alguna pendejada o se guarde algo se lo lleva la chingada!

Les arrebataron los relojes, las cadenas, las pulseras, el dinero en efectivo y las tarjetas bancarias. Uno de los asaltantes cogió un mechón de pelo gris de una anciana y le dio tres violentos tirones; la mujer había intentado esconder una medalla de San Benito. Otra de las lacras, sorrajó una trompada sobre la nariz de un adolescente, sólo porque sí. Y el último, a mitad del autobús, azotó la cabeza de una joven contra el cristal de una de las ventanillas.

         —¡Si no cooperan… Nos los vamos a putear a todos! ¿Oyeron? ¿Oyeron, culeros?

Una vez que habían despojado a los pasajeros de todas sus pertenencias, le quitaron al conductor las llaves, le pegaron un cachazo en la sien y lo dejaron tirado sobre el volante, medio inconsciente. Acto seguido, se dispusieron a bajar del autobús para huir.

Cuando todavía quedaban dos hombres por bajar, una bala fue disparada desde la última fila de los asientos del vehículo y alcanzó al malhechor que estaba más cerca de la puerta del autobús. La bala le reventó el cráneo y cayó muerto al instante, con los pies cerca de la puerta y la cabeza junto al chofer, al lado de la palanca de velocidades (una gran bola azul, con la imagen de la virgen de Guadalupe). El asaltante que todavía quedaba arriba giró bruscamente y trató de jalar el gatillo a su pistola, apuntando hacia el sitio desde donde había salido la bala que mató a su camarada, pero antes de que pudiera disparar, un tiro le pegó en el pecho y otro en el vientre. Cayó de espaldas y su cuerpo quedó extendido y apretujado sobre el angosto pasillo. Uno de los pasajeros se le quedó mirando a los ojos abiertos y enseguida descubrió que no tenía mirada, por eso supo que ya estaba muerto. El hombre que acababa de matar a los dos malhechores abandonó su asiento al lado del baño y, surgiendo de la penumbra, caminó a toda prisa, aplastó el cuerpo del muerto del pasillo, llegó hasta el segundo hombre, que estaba completamente destrozado junto al chofer qu en ese momento despertaba y, evadiendo el otro cadáver, qdio un ágil brinco, que lo llevó hasta el exterior del autobús. A partir de ese momento ya no se sabe a ciencia cierta qué pasó, Adentro sólo escucharon pisadas y disparos. Muchos disparos seguidos de un silencio absoluto. 

Entonces comenzaron a escuchar los sonidos del interior que ya estaban ahí. Un intermitente pitido que provenía de un indicador de luz y que señalaba que la puerta del conductor estaba abierta. También se percibían, muy bajitos, los diálogos de la película “La noche en el museo”, desde los aparatos de televisión que estaban empotrados arriba, cerca de los portaequipajes. Hasta que alguien, ante el miedo y el asombro de los pasajeros, subió otra vez al vehículo. Era el mismo hombre que hacía unos minutos acababa de salir de él. El que había masacrado a los asaltantes. Empezó a devolver, una a una, sus pertenencias a los pasajeros. Había enfundado su escuadra y la llevaba en la parte trasera de la cintura, entre la camiseta blanca y el pantalón de mezclilla.

        —Estaba muy oscuro y todo pasó muy rápido —dijo a los pasajeros, ordenándoles lo que tenían que decir—. Nadie me vio. ¿Está claro?

Los pasajeros asintieron, sincronizados, como si formaran parte de una orquesta. 

         —Ta bueno, pues.

Bajó del autobús, cruzó la carretera, se internó en la maleza y fue tragado por la oscuridad.

Al cabo de un rato llegaron al lugar tres patrullas de la Policía Federal Preventiva y, poco tiempo después, dos ambulancias que retiraron los cadáveres de los asaltantes e interrogaron a los pasajeros.

Luego de la vaga descripción que hizo uno de los testigos, describiendo vagamente la complexión física y los rasgos del sujeto que había perforado a balazos los cuerpos de los asaltantes («Creo que era delgado y estaba correoso, tenía el pelo a rape, a los lados, aunque un poco más largo en la parte de arriba, pero no estoy seguro»), y luego de hacer una rápida reconstrucción de los hechos, los policías empezaron a sospechar que se había tratado de un militar entrenado. Tal vez, de un destacado miembro de alguna fuerza de élite del Ejército. Uno de los oficiales se atrevió a decir que tal vez había sido entrenado en los Estados Unidos. De otra manera, no conseguían explicarse que hubiera podido disparar desde un sitio tan poco iluminado y con aquella precisión, rapidez y sangre fría. Y todavía bajarse de un salto, esquivar las balas de los asaltantes que emprendían la huida, y darles alcance con sus balas.

Por más que intentaron obtener más detalles del sujeto, no consiguieron hacer que los pasajeros hablaran. Estos últimos guiados, seguramente, por un sentimiento de gratitud, prefirieron guardar un absoluto hermetismo.

La mayoría dijo que se había ido por la barranca (exactamente el lado opuesto de donde realmente había huido). Una mujer aseguró que lo vio subirse en un coche y desaparecer en la próxima curva de la sombría carretera.

El hecho ocupó un par de notas en algunos periódicos y una rápida mención en un canal de televisión nacional. No se volvió a hablar del tema y el justiciero jamás fue encontrado.

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