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Juan Francisco Hernández

Saïd

Mientras miraba el mapa de América, Saïd lanzó un dilatado suspiro. Lo había recortado en una revista de viajes de una peluquería del Boulevard Annessens. Enseguida volvió a pegarlo con un imán sobre la nevera. Luego puso el dedo índice sobre el punto donde estaba Chicago. Abrió la puerta del frigorífico para ver si hallaba algo de comer. Sólo encontró un poco de humus lleno de moho. Mientras tanto, Haroun tenía la mirada puesta en el televisor. Saïd no podía saber en dónde estaba su padre. «Así es la enfermedad —pensó—, un remplazo de uno mismo por uno mismo». Visto de espaldas, su padre seguía  emanando ese viejo sentimiento de soledad. De seguir las cosas así, en poco tiempo, Saïd terminaría siendo un anciano también. El sonido del televisor estaba demasiado alto. Un canal francés transmitía imágenes de multitudes de jóvenes destruyendo monumentos, bustos y banderas en Libia.

A Saïd le gustaba mirar escenas televisadas de la guerra, sobre todo en Medio Oriente. Pero no porque tuviese un espíritu bélico, sino porque le gustaba contemplar la belleza de los paisajes montañosos donde sucedían esas guerras.

―¿Qué está pasando ahí? ―preguntó Haroun.

―Quieren derrocar a Gadafi ―respondió Saïd y, enseguida, apagó el televisor y regresó al mutismo de antes.

―¿A quién quieren derrocar?

―Papá, ¿te acuerdas de que vamos a salir de viaje?

―¿De viaje? ¿Adónde vamos?

―A pasar un día libre, tú y yo; solos.

―¿Que hoy no trabajas? ¿Qué día es?

―No, papá, hoy no trabajo. Hoy es sábado.

En realidad, Saïd tenía dos años sin trabajar, se lo había repetido a Haroun casi todos los días desde que lo habían despedido.

―¿Vamos a ir a ala mezquita?

―No, papá, tú no has ido a un alminar en muchos años.

―Entonces, ¿dónde vamos a orar? ¿En la mezquita?

―Tú también dejaste de orar hace algún tiempo.

―Eso no es posible ―respondió Haroun contrariado.

Saïd puso una bolsa con pañales, dos frazadas, calcetines, un sombrero, un pequeño paraguas y el Corán, dentro de la maleta de Haroun. Después, le echó encima un grueso jersey y una bufanda. El abrigo lo llevaría en la mano.

―¿Y todo esto para qué? ―preguntó Haroun―. Ni siquiera hace tanto frío. ¿En qué estación del año estamos?

―En otoño.

―¿Otoño?

Saïd recordó el calendario que le habían regalado en aquel restaurante chino. Tenía algunas imágenes otoñales. Le habló despacio, abriendo muy grande la boca. Y le mostró una imagen que incorporaba un lugar común del otoño, miles de veces representado en todo el mundo. Haroun asintió y esbozó una sonrisa. Saïd no lo había visto sonreír de esa manera desde hacía mucho tiempo.

Cuando terminó de hablar, le descubrió un bulto en los pantalones.

―¿Qué tienes ahí, papá?

Haroun se atemorizó y, por un instante, Saïd temió que se pusiera agresivo.

―¡Ponte de pie, papá!

Al desabrocharle los pantalones le encontró un montón de envolturas de comida y servilletas sucias dentro. Revisó debajo del cojín del sillón donde estaba sentado Haroun. También estaba lleno de basura. Saïd echó todo en el bote. Cogió el dinero que había guardado dentro de una vasija de cerámica, y algunas viejas fotografías donde aparecían su madre y su hermano Gassane y Saïd cuando eran niños. Su padre había roto las imágenes donde salía Ipek. Colocó todo dentro del abrigo de su padre.

De último momento había vacilado en hacer aquel viaje, pero todavía percibía el tufo que Haroun había dejado la semana pasada, tras defecar en la alfombra.

En el corredor se encontraron con una vecina. Ella le dijo a Saïd que había encontrado a su padre en la madrugada, exánime como un espectro, en pijama y a mitad del corredor.

―¡Me llevé un susto! ―dijo.

Saïd no dijo nada, sólo pensó en el sobresalto que él se llevaría también si viera a la vecina, a esas mismas horas, envuelta en la penumbra, con el velo negro que llevaba puesto en la cabeza.

Entraron en un local de pitas. Pero Saïd no logró que su padre comiera. Haroun no quiso hablar más.

―¿Quieres hablarme de Estambul, papá? De Es-tam-bul ―le repitió más despacio.

―¿Adónde vamos? Quiero ir a casa ―dijo Haroun.

―Vamos a visitar a Ipek.

―¿A quién?

―A Ipek, tu hija.

―Ah, sí, a mi Ipek, mi bella flor. Pero ¿es que hoy no trabajas?

―No, papá, hoy es sábado.

Desde que empezara a actuar de manera tan estrambótica, Ipek había vuelto a cobrar un lugar importante en la mente de Haroun.

 

Subieron al tranvía en Lemonnier, descendieron cerca de Les Marolles y, maleta en mano, entraron en un café. Saïd contó el dinero que le quedaba y pensó que tendría que cuidarlo. El dinero del paro se había terminado, ya no recibiría más. Era ahora o nunca. Con lo que quedaba no podrían comer los dos.

Ordenó dos cafés turcos y dos baklavas.

―Papá, ¿por qué no me hablas de Estambul?

Haroun se había ido otra vez, aunque su cuerpo siguiera ahí. La ausencia estaba en su mirada, hueca, vacía de todo contenido. 

En ese mismo café, Haroun les había hablado decenas de veces a sus dos hijos de la hermosa Estambul. De la primavera descendiendo bruscamente sobre la ciudad; de los días soleados y de las repentinas e inexplicables lluvias torrenciales; o de la sensación de estar en Oriente y Occidente al mismo tiempo, algo que sólo en Turquía te podía suceder; del aroma de las flores de azafrán; del Ramadán, de todo eso que formaba parte de su esencia. En uno de sus paseos por el Bósforo había conocido a Dhuha, la madre de Saïd. Cuando Saïd y su hermano eran muy jóvenes, sus padres los enviaron a Bélgica, a buscar un futuro mejor. Al cabo de un tiempo, obtuvieron los documentos de su residencia legal. Ipek, su hermana, se había casado con Jâlal y se había quedado cerca de Kars, una región donde las nevadas eran muy intensas. Pero algunos años después de la boda, Jâlal la acusó de adulterio y no volvieron a saber de ella. El adulterio en Turquía era algo que aislaba y sumía en la vergüenza y la soledad a las mujeres. Sus padres no la habían vuelto a buscar. Haroun prohibió que se hablara de ella en casa. Saïd había soñado muchas veces con viajar a Turquía para verla. La extrañaba y le dolía recordarla. Mucho tiempo después, llegaron Dhuha y Haroun a Bélgica, pero no consiguieron legalizar su situación migratoria. Pasaron mucho tiempo en ese país europeo. Dhuha había muerto hacía cuatro años y, a partir de entonces, Haroun se había ido para abajo con rapidez. Entonces, Gassane se fue a América y ahora trabajaba como DJ en el Bar Ahab, en Chicago, un café lounge muy exclusivo, donde mezclaba música. A Gassane le gustaban DJ Zoru, DJ Müzik y DJ Dream; quería llegar a ser como ellos. Saïd y Gassane se hablaban por teléfono una vez a la semana. Las cosas que le decía de la windy city, a Saïd le parecían fantásticas. Gassane y Saïd habían crecido en un mundo libre, en una cultura cosmopolita, a pesar de haber heredado la tradición de sus padres. Gassane vivía con una mujer americana, una mujer rubia y anodina, de alguna pequeña ciudad de Illinois. Sherryl, se llamaba.

Enseguida, Saïd extrajo de la maleta de su padre el Corán, le dio un trago a su café y leyó un párrafo a Haroun. Eligió la parte del libro sagrado que habla del «Hüzün» o la «amargura». Pero mientras le leía, podía ver que su padre no estaba. Parecía no percatarse de que él estaba ahí.

Era como estar en presencia de la ausencia.

Haroun parecía tranquilo, y en sus facciones no se percibía ningún rastro de sufrimiento.

Al salir del metro Art Loi, Haroun se negó a continuar caminando. Saïd le pasó el brazo por detrás y lo ayudó a desplazarse.

―Anda, papá, anda. ¿Es que no sabes adónde vamos?

Haroun se detuvo y lo miró, intrigado.

―¿Adónde?

―A Estambul, papá. A la bella Estambul.

A Haroun le brillaron los profundos ojos grises.

Pero en Turquía no quedaba nadie. Ni familia ni amigos; los habían perdido a todos.

Cuando cruzaron las puertas de los Jardines Reales ya pasaba del medio día. Caminaron por uno de los senderos de la periferia, hasta que pudieron ver las doradas puntas de lanza que sobresalían del enrejado de la rue Royale.

―Aquí, papá, aquí. Vamos a descansar un poco en este banco.

Se sentaron. Saïd colocó la maleta de Haroun entre los dos. Sólo entonces recordó que era la misma maleta vieja y raída con la que sus padres habían llegado al país muchos años atrás. Haroun y Dhuha nunca aprendieron a hablar francés como él y Gassane, que lo hacían con fluidez. En todos esos años, Haroun casi nunca había salido del Quartier Midi, trabajó como empleado de comercios  árabes, pasaba las tardes en aquellos establecimientos donde se puede beber café o té de manzana y se puede fumar narguile. Locales donde es raro ver a una mujer sentada en alguna de las mesas. Con Dhuha iba a orar cada semana a la mezquita de la rue de la Buanderie. Saïd y Gassane fueron a la escuela, luego trabajaron en la construcción. Hasta que Gassane encontró trabajo de portero y camorrista en los bares de Mont des Arts, donde aprendió a mezclar música house.

 

 

Cuando llegaron al parque, Saïd miró hacia arriba. «El cielo cae sobre nosotros —pensó—, al menos no creo que vaya a llover». Sentó a su padre en una banca y se sentó junto a él.

―¡Karpuz! ―dijo Haroun inesperadamente.

«Para saber qué es lo que está pensando…», se dijo Saïd. Tal vez, a su padre solo se le había antojado comer una sandía.

Saïd miró en derredor. El lugar estaba vacío. Esperó a que pasaran algunas personas que corrían con ropa deportiva.  Se puso de pie y se colocó un gorro negro de tela, tipo rapero, con un escudo de los Raiders, en el frente. Se encorvó para estar casi a la altura del rostro de Haroun. Le tomó la cara con las dos manos y le acarició la vieja piel del rostro. Lo miró a los ojos claros. Luego tomó sus manos rollizas y envejecidas. Las acarició y las soltó. «Te quiero, papá —le dijo sintiendo cada palabra—. Te quiero», repitió.

Mientras Saïd se alejaba por Art Loi trataba de no pensar. De no pensar en nada. Se concentraba solo en el suelo y en seguir caminando. O en pensar en ese futuro que le esperaba en la maravillosa ciudad de Chicago.

Algunas veces iba por la calle, y otras, subía a la acera, dando pequeños brincos.

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