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Evie

MI VECINO Y EL CALCETÍN ROJO

Contemplo desconcertada el calcetín rojo que sale de la lavadora. ¿Desde cuándo tengo yo calcetines rojos? Mezclado con el resto de la ropa, diferentes tonos de gris, negro y blanco, destaca aún más.

Hago malabarismos con el montón húmedo y lo meto casi todo a la primera en la secadora.  No vuelvo a pensar en él hasta que rescato la ropa, cinco horas más tarde. Si no fuera porque los ignoro sistemáticamente, debería ponerme avisos en el móvil.

Reviso el cajón por si descubro algún par de calcetines que no recuerdo. Negativo. No he llevado ese color en los pies jamás. Bueno, quizá de niña, mamá es mucho más amiga de los tonos alegres. «Pareces una cucaracha», repite arrugando la nariz cuando me ve vestir, una vez más, de negro.  Como si la hubiera invocado, el teléfono suena.

—Mamá, pensaba en ti.

—¿Ah sí, hija? ¿A qué debo tan gran honor? —contesta con sorna.

—Te parecerá una pregunta rara, pero ¿tú no me has regalado unos calcetines rojos últimamente? ¿O me los has dejado en casa? O… ni yo misma sé cómo formular la pregunta con coherencia.

—Emma, verás —no abandona el tono sarcástico —jamás de los jamases se me ocurriría regalarte algo de color, mucho menos rojo. Y que conste que sigo sin entender esa manía tuya de ir vestida como una cuc…

—Vale, vale —la corto, no quiero otro discurso sobre la poca variedad Pantone de mi armario—. Entendido. Es que ha aparecido un calcetín rojo en la lavadora. ¡Ya me dirás cómo es posible! Que desaparezcan me parece hasta normal, pero que aparezca uno de la nada, no le encuentro explicación.

 —Oye, hija, no te habrás echado novio, ¿verdad? —No sé qué le emociona más, si la posibilidad de haberme emparejado por fin, o el hecho de que el susodicho sea capaz de llevar calcetines rojos.

—No, mamá. Hace tiempo que no salgo con nadie, ni ha pisado esta casa más que Nirvana —mi gato—, y te aseguro que no lleva calcetines de ningún color.

Noto que quiere pasar a la razón de su llamada, así que abandono las elucubraciones sobre mi poltergeist cromático. Cuando por fin consigo colgar, el calcetín hace rato que ha abandonado mis pensamientos.

A la mañana siguiente, coincido en el ascensor con el vecino de enfrente. Suelo ser callada, y poco dada a convencionalismos sociales, él parece bastante cortante y serio, por lo que nuestras conversaciones se han limitado a un escueto hola, o un simple gesto con la cabeza.  Hoy está concentrado en el móvil, así que aprovecho para darle un repaso disimuladamente.  Es moreno y lleva el pelo muy corto, con barbita descuidada, no fingidamente descuidada, ya le hace falta arreglarla. Combina unos tejanos desgastados con una camiseta amarillo chillón, que haría las delicias de mi madre.  Una alarma se abre paso en mi mente y bajo la vista hacia sus pies: zapatillas con calcetines grises. ¿Qué esperaba encontrar, un calcetín rojo desemparejado? No soy consciente, pero estoy sonriendo. El ascensor llega a la planta baja y mi vecino abre la puerta mientras me mira arqueando una ceja. Salgo lo más deprisa que puedo, murmurando un hasta luego, y desaparezco por la puerta principal, más roja que el dichoso calcetín.

Me tropiezo literalmente con mi madre, que ha venido a recogerme para llevarme al trabajo, Renfe está en huelga una vez más. Me mira sin entender mi expresión compungida. Se hace a un lado para dejar pasar al vecino y me pongo aún más colorada.

—Emma, acabo de acordarme —me tira del brazo para que le haga caso—.  ¡Coincidí con este chico en el ascensor el otro día, y llevaba calcetines rojos! —Levanta los brazos para enfatizar más, al tiempo que la palabra rojos suena innecesariamente aguda. Debe creerse Ángela Lansbury resolviendo el caso del año.

—¡Mamá, no digas tonterías! No hay forma humana de que, por mucho que sea del vecino, ese calcetín llegara a casa. Vamos, llego tarde.

No es hasta el fin de semana, cuando al abrir el cajón, el calcetín parece retarme. ¿Y si…? En un arranque de valentía lo cojo y cruzo el rellano. Si tengo que ser sincera, el vecinito me ha llamado la atención desde la primera vez que le vi, al mudarme el año pasado, pero mi introversión y su seriedad no han propiciado una conexión.

Toco el timbre y me arrepiento inmediatamente, pero la puerta se abre antes de que pueda esfumarme.

—Hola, Emma ¿Qué necesitas?

El corazón me da un vuelco, sabe mi nombre, esto sí que no lo esperaba. Yo conozco el suyo, por supuesto he fisgado la placa del buzón y, a veces, alguna revista que sobresalía. Pero no pensaba que él hubiera hecho lo mismo. Abro la boca y emito un sonido inarticulado, Héctor repara en mi mano y el calcetín rojo.

—Hombre, ¿es mi calcetín? Lo daba por perdido. ¿Dónde lo has encontrado?

Balbuceo, explicándole que se manifestó dentro de mi lavadora. Espero su incredulidad, cuando veo que vacila, echa un paso atrás y gira el cuerpo hacia el interior de su piso. Duda y vuelve a dar un paso adelante, hacia mí, finalmente, entra en su casa.

—Entonces… —su voz se pierde en la cocina, al cabo de unos segundos reaparece, llevando colgadas en el dedo índice lo que reconozco como mis braguitas preferidas de print animal— ¿Esto es tuyo? —chispea en sus ojos un brillo burlón, y en la comisura de sus labios asoma una sonrisa divertida, aunque igual de desconcertada que la mía.

Abro los ojos como platos, lo último que esperaba hoy era ver a Héctor sosteniendo mis bragas, y menos sin haber tenido un acercamiento físico previo. Esto sí que es romper el hielo rápidamente. Respira, Emma.

Mantengo la compostura y levanto la cabeza aparentando desenfado. Extiendo la mano para intercambiar nuestros respectivos rehenes, y nos echamos a reír al unísono.

Días después, cuando Héctor ya ha pasado a sostener mis bragas con total confianza, y después de una sobremesa bastante caliente, abro los ojos y veo en el suelo mis braguitas de print animal junto a uno de sus calcetines rojos. Parecen descansar orgullosos después de un trabajo bien hecho.

¿Hemos sido víctimas de una conspiración textil?

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