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Lusvin Oz

Alguien se robó tus alas

¿Y esa estuata quién es? pregunté mientras señalaba con mi mano izquierda, a lo que mi tía me respondió: «Él es Miguel Ángel Asturias, y no se dice estuata, se dice estatua, ¡es-ta-tua! y eso…es un momento». Me quedé esperando a que me explicara de quién se trataba, pero por cómo me miraba, así toda enojada, comprendí que no lo haría. La verdad es que yo todavía era muy pequeño para saber del único guatemalteco al que se le había otorgado el premio Nobel de Literatura. Todavía lo recuerdo bien. Andaba bajo las ordenes de mi tía Roberta; ella siempre fue muy reacia, estricta y regañona, creo que por eso nunca se casó, no la odiaba pero tampoco me caía muy bien que digamos. Y para mi desgracia ella era mi maestra de sexto primaria e íbamos a una excursión para conocer la Ciudad Capital. Para aquel tiempo, nosotros vivíamos en un pueblo que se llama Santa Lucía Cotz, ahí en Escuintla. Y de la Capital hacia el pueblo habían alrededor de noventa kilómetros, no parecía una gran hazaña recorrer esa distancia pero para mí que todavía era un patojo, era lo mejor que me podía pasar.

            Lo más chilero de ese viaje era ir con mis amigos de la escuela, siempre molestando en todo el camino, primero visitamos la topografía de Guatemala en el Mapa del Relieve, luego fuimos al centro en donde vimos un montón de vagabundos en el parque frente al Palacio Nacional, La Catedral también donde escuchamos la misa, luego fuimos a los museos de la zona 13, que por cierto me parecieron de lo más aburrido. Para la hora del almuerzo llegamos al Zoológico La Aurora, donde los animales no parecían estar tan animados de vernos como nosotros a ellos. Al final, ya entrada la tarde, llegamos a la Avenida Las Américas hasta terminar en la Avenida La Reforma, en donde conocí el monumento a Miguel Ángel Asturias. Cuando nosotros llegamos, no hacía mucho que lo acababan de inaugurar.

           Y ahí lo vi con su cuerpo de bronce, su corbata y saco parecían enfrentarse al viento, sus ojos almendrados miraban al cielo, sus brazos estaban abiertos y en las manos sujetaba unos libros que desplegaban unas páginas también de bronce, en esa posición a mi parecía como si él fuera un ave; un ave de bronce de una especie literaria, una que no existía más que en los libros de seres imaginarios. Mi tía nos reunió y nos explicó quien era Miguel Ángel Asturias, a lo cual no presté atención pues parecía que nos estaba regañando más que educando. Al finalizar y luego de que nadie quiso hacer preguntas acerca de él, nos tomaron la obligada foto grupal, y continuamos no sin antes darle un último vistazo a la estuata con sus páginas de bronce y me despedí sin saber que en el futuro nos volveríamos a encontrar. Recuerdo muy bien que anduvimos caminando sobre la Avenida observando a nuestro alrededor los edificios que brillaban con la luz del sol y otros monumentos en donde nos daban otra corta y desacertada explicación que terminada con más fotos del grupo. A decir verdad, a excepción de las maestras, nosotros no la pasamos muy bien.

        Después de terminar la primaria, me salté a un Colegio católico para los grados básicos. Y ahí las maestras (en su mayoría monjas) me obligaron a leer; porque no se lo podía llamar inculcar el hábito de leer, unos libros de los que tengo ganas de no volverlos a ver nunca jamás en mi vida. María de Jorge Isaacs, que me pareció demasiado triste y aburrido. El Rinoceronte, el cual es un libro extraño y también aburrido.  Azul de Rubén Darío, no recuerdo de qué trataba pero lo que sí recuerdo es que era tedioso para leer. La Calle donde tu Vives, ese si me gustó hasta miedo me dio leerlo. También uno que se llamaba La Celestina, que solo puedo decir: ¡qué libro tan malo y sin sentido! Y luego llegó El Señor Presidente de Miguel Ángel Asturias, la verdad les soy sincero, no le entendí nada. Ni sabía que Luzbel era el diablo menos iba a comprender de las tiranías ni señores omnipotentes y controladores. Incluso a los meses, un grupo teatral presentó la obra en nuestro Colegio y tampoco lo entendí, salvo las groserías que de vez en cuando decían los personajes y a nosotros nos hacían reír. Pues de niños se nos estaba prohibido decir malas palabras más al parecer a los adultos no. Creo que desde ese entonces no tenía la vocación ni el interés de leer. Lo mío según creí yo era convertirme en albañil o constructor, como había sido mi papá y mi abuelo, aunque con el tiempo, eso al igual que otros sueños de niño, se vaporizaron.

            Crecí y crecí, bueno sinceramente no tanto, siempre fui algo chaparro, mejor digo que cumplí y cumplí más años. En ese lapso, mi papá y mi mamá se divorciaron. Mi hermano y yo nos quedamos con mamá y nos mudamos a la Capital. Mi mamá al cabo de unos años se volvió a casar. Yo me despedí de mi papá y de su hermana mayor, mi tía Roberta y nunca volví a regresar a Santa Lucía. Ya aquí en la gran ciudad, se me olvidó por completo la ruptura de mis papás, pues la emoción provocada por la pubertad me ganaba cada día más. Me hice de muchos amigos, por alguna razón era aquí extrovertido y popular, en cambio en Santa Lucía, tenía la sensación de que no me agradaba mucho la gente. Así que desde que llegué aquí no había día, tarde o noche que no anduviera por las calles con los amigos o subiéndonos a las burras, como les llamábamos a los buses, yendo y viniendo en las zonas de la ciudad sin pena y pepena de que mi mamá estuviera preocupada por donde anduviera. El tiempo pasó como cuando decía mi abuela que el tiempo volaba, inhalé para convertirme en adolescente, exhale para convertirme en adulto.

         A los diecisiete años empecé a trabajar vendiendo enciclopedias Océano, de esas de las que se pagaban en cuotas y que todos los papás querían para sus hijos, pues ahí estaba el conocimiento más actualizado del mundo. Siempre fui buen vendedor, aun sabiendo que no me gustaba leer, convencía hasta el que no tuviera hijos que estos paquetes de libros eran la mejor inversión a futuro. Iba pintando bien mi vida, sin embargo, como decía mi abuelo, todo cambia con el tiempo. Al cabo de unos años, el negocio de las enciclopedias se vino abajo con el internet, ahora hasta para cada tarea, ejercicio matemático, resumen y cuestionarios de un libro, hay videos y documentos de cómo se resuelven, luego los patojos lo copian en el cuaderno y se lo presentan al profesor, cien puntos seguros, así que ahora se sabe cómo colocar la respuesta y no saber cómo se llegó a ella. 

            Yo busqué otras opciones de trabajo, no podía quedarme esperando que me llovieran las oportunidades, fui de lugar en lugar, pasé de vendedor de útiles escolares a distribuidor de verduras en restaurantes. Trabajé diez meses con el tío de un amigo manejando un camión en una ferretería, fue la única vez que estuve cerca de algo relacionado con la construcción. Ahora, voy a cumplir diez años trabajando aquí en una heladería artesanal, estoy a cargo del control y distribución de los helados en las tiendas de barrio. El negocio es estable. Nunca competiremos con los grandes heladerías pero tenemos nuestro mercado. Con un sueldo seguro, la novia que más tiempo estuvo conmigo se convirtió en mi esposa y la estabilidad financiera la brindó el incentivo necesario para embarazarse. Me ganó la emoción cuando me lo dijo, y grité como loco cuando fuimos a hacerle el ultrasonido y la doctora nos confirmó que iba a ser una niña, hasta decidimos el nombre ese mismo día, se va a llamar Alejandra. A mediados de marzo, un par de semanas antes de que mi esposa cumpliera los ocho meses de embarazo, llamé a mi mamá para informarle que íbamos a celebrar el Baby Shower de Alejandra. Se celebraría a finales de ese mes y queríamos que viniera a la fiesta.

          Cuando le hablé, la escuché un tanto triste, ella se había quedado sola, ya que mi padrastro la dejó por otra mujer, una más joven para acabar de ajustar. Pensé que esa soledad obligada era el motivo para estar triste, así que la fui a visitar, le llevé sus Shucos que tanto le gustaban, y almorzamos. Mientras comíamos, hablamos de mi hermano que se había ido a los Estados Unidos. Poco sabíamos de él pues de vez en nunca llamaba para saber cómo estaba ella y yo, creo que lo hacía más por compromiso que por el mero interés de saber de nosotros. Luego de comer, nos sentamos en el patio a tomar café y le pregunté si estaba bien, no hubo respuesta, vi su papada arrugada tambalear, estaba seguro que iba a llorar, se hizo la fuerte como otras tantas veces. Tras unos segundos, le volví a preguntar y me contó que le había llamado mi papá. Esta vez, a mi me tembló la papada. Dijo que habían hablado por horas, de ellos, de nosotros sus hijos, de lo que pasó durante este tiempo y que él quería volver a verme.

            ¿Volver a Santa Lucía? ¿Ir después de tanto tiempo? Quise decir no, pero por cumplir con mi mamá decidí ir ese fin de semana. Me debían unos días de vacaciones en el trabajo, llamé a mi jefe y me lo dio sin tanto problema. El viernes salí desde temprano. Casi quince años habían pasado, y yo creí que al llegar me iba a encontrar con caminos empolvados, carretas arrastradas por bueyes y casas en ruinas. No me tomé el tiempo de saber que aquí también el capitalismo se ha ido asentando. Apenas si recordaba cómo llegar a la casa, tras varios trayectos erróneos; logré ubicarme al toparme con la Gasolinera de don Checha, y a dos cuadras crucé y llegué al callejón donde viví. Ahora ya no había tierra con la que jugar, pues tanto el callejón como los patios de las casas estaban pavimentados.

            Los vecinos que conocía y los amigos que tenía ya no estaban, fueron sustituidos por caras largas y desconocidas de personas que se extrañaron al verme llegar. Vi el portón de la casa, todavía pintado con el mismo color vino tinto de siempre. Más adelante me estacioné como pude pues el callejón siempre ha sido y por lo visto será, angosto. Me bajé, toqué el portón varias veces y no salió nadie, pensé que mi tía Roberta estaría adentro, descansando en el esplendor de su jubilación. Mi mamá me dio el número de celular de papá para que le llamara al llegar. Llamé y no hubo respuesta. Me tocó que esperar, bajo el sol y el calor de siempre. ¡Santa Lucía por qué tenías que ser fundada en tierra caliente! Y tras dos horas de sudor continuo, papá llegó, siempre enérgico, con sus clásicos pantalones de lona negra, las botas viejas siempre manchadas de concreto, su camisa desabotonada denotando el sudor del pelo en pecho. Era evidente su vejez, con las inevitables arrugas que se ocultaban bajo los lentes de sol y una gorra con el logotipo de una ferretería local le cubrían los escasos cabellos que estaban al frente de batalla contra la calvicie.

            Papá lloró al abrazarme, «mijo…¿cómo estas mijo?» yo muy bien le dije mientras le daba palmadas a su espalda todavía fuerte, sentí su aroma de albañil trabajador y parte del polvo de cemento que traía en su camisa se impregnó en la mía. Nos alegramos de vernos, luego abrió el portón para que ingresara mi vehículo. Al bajarme noté en el patio que desde niño me gustaba jugar con mis carritos, ahora estaba sellado con concreto. Vi al costado de la pared una hilera de macetas de plástico, ya rajadas y descuidadas con rosales que ya solo eran un tallo lleno de espinas. Al ingresar a la casa, solicité permiso para ir al sanitario, lo encontré más pequeño, creo debido a que de niño me parecía una habitación entera, ahora ya no. La sala y el comedor seguían igual, aunque gracias a Dios, con muebles nuevos. Hacia el fondo, en donde habían dos habitaciones amplias, la principal que era de mis papás seguía intacta. Los mismos muebles, cuadros y el espejo ovalado que coronaba la cama, era como si mi papá siempre se hubiera dedicado a mantener el orden que el polvo y el tiempo desean arrebatar de su condición original. Por la segunda habitación, la mía y de mi hermano, supe de inmediato que ahora pertenecía a mi tía Roberta. Mi mamá me comentó cuando nos fuimos, que ella se iba a pasar a vivir aquí con mi papá para hacerse compañía. Así que omitimos pasar por ahí, por si acaso ella estuviera durmiendo, no quería arruinar el momento nostálgico con recibir un regaño de ella.

         Luego del tour de los recuerdos, nos sentamos en la sala para platicar. Y tras varias generalidades familiares y el muestreo obligatorio de las fotos de mi esposa, del ultrasonido de Alejandra y de cómo lucía mi mamá ahora, hablamos de cómo se encontraba. Le pregunté si se había vuelto a casar, dijo que no.  De cómo seguía el trabajo, si seguía construyendo casas, me respondió que sí aunque ya no con la misma intensidad de antes. Le pregunté en voz baja por mi tía viendo hacia su habitación. Esperó un momento y me respondió: «ella…ya hace tiempo que se murió». Noté que frunció las cejas cuando me lo dijo y luego su cara se entristeció por un instante. Tras un largo silencio, me hizo saber de sus dos razones para contactarnos. Lo primordial era para él volver a lanzar los lazos familiares deteriorados por la distancia y el descuido. Y lo segundo, fue que hace poco estaba limpiando la habitación de mi tía, y encontró un sobre mediano con mi nombre y el de mi hermano. Y era su responsabilidad entregármela.

            Tras la sorpresa del interés de mi tía por sus sobrinos. Nos levantamos e ingresamos a su habitación, está se encontraba divida en dos secciones, otra de las modificaciones a la casa que estaba descubriendo. Me hubiera gustado que cuando éramos niños, esa división ya existiera. Pues así mi hermano y yo hubiéramos tenido una pared entre nosotros para no estarnos peleándonos todas las noches. Al entrar, su habitación tenía una cama pequeña, un gavetero de madera para la poca ropa que usaba, una mesa de noche con un florero y una lámpara, y una silla de plástico. Simple, sencillo, minimalista se podría decir. En una de las paredes tenía unos cuadros en dónde habían fotos de ella con mi abuela, otro donde estaba ella conmigo en aquella excursión por la Capital y posábamos bajo los pies del monumento (no estuata, me sonreí al recordar eso) de Miguel Ángel Asturias. Luego hacia el fondo, iba a ingresar a la siguiente habitación de la que no conocía, me acerqué a abrirla pero estaba con llave. «¿Y ésta por qué está cerrada?» pregunté. No hubo respuesta, papá me dijo que mejor me sentara y me iba a explicar. Me dijo cómo murió mi tía Roberta, en su última noche estuvo tranquila y cómoda, ni siquiera mencionó sus últimas palabras, solo se le quedó viendo a él hasta su último suspiro. Me alegró saber que fue así. Hasta me dio un poco de remordimiento no haberme dado la oportunidad de conocerla. Papá me pasó el sobre que encontró, lo abrí rompiendo lentamente la pestaña sellada. Dentro habían dos hojas y una llave. La primer hoja descubierta era un poema, empecé a leerlo despacio y en voz alta:

 

«Dicen que no hablan las plantas, por Rosalía de Castro:

Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros,
Ni el onda con sus rumores, ni con su brillo los astros,
Lo dicen, pero no es cierto, pues siempre cuando yo paso,
De mí murmuran y exclaman:
—Ahí va la loca soñando
Con la eterna primavera de la vida y de los campos,
Y ya bien pronto, bien pronto, tendrá los cabellos canos,
Y ve temblando, aterida, que cubre la escarcha el prado.

Hay canas en mi cabeza, hay en los prados escarcha,
Mas yo prosigo soñando, pobre, incurable sonámbula,
Con la eterna primavera de la vida que se apaga
Y la perenne frescura de los campos y las almas,
Aunque los unos se agostan y aunque las otras se abrasan.

Astros y fuentes y flores, no murmuréis de mis sueños,
Sin ellos, ¿cómo admiraros ni cómo vivir sin ellos?»

 

            Al terminar, alcé la vista para ver a mi papá llorando, cuando me vio se avergonzó y sacó inmediatamente de su pantalón un pañuelo para limpiarse los ojos. Liberé un suspiro y buscando que él se sintiera más cómodo, le dije: «Qué bonito poema». Y luego pensé en cómo era realmente mi tía, si ella hubiera estado aquí me hubiera gustado oírla declamar el poema y que significado le daría. Ya que para mi papá hasta lo hizo llorar y a mí me hizo sentir vivo. Coloqué el poema a mi lado sobre la cama, la siguiente hoja era ya más personal, la empecé a leer y decía:

 

«Para mis sobrinos y sus futuros hijos:

            Ya no me quedan fuerzas, ni sueños por cumplir, aquello logrado y por obtener se alcanzó o sólo se quedó en deseo. Reflexiono y pienso que lo mejor que me pudo pasar es haber sido maestra, y tener la capacidad de leer. Con leer aprendí a viajar y conocer de otros mundos, me hubiera gustado que la persona en que me convertía al leer, se reflejara en la que fui allá afuera, con los otros, con la gente de éste pueblo, con ustedes. Aunque creo que nunca lo fui. Quise acercarme pero no sabía cómo hacerlo, de igual manera me sucedió con el amor que los libros me enseñaron, de ese no tuve la oportunidad de experimentarlo. Al parecer, dos aspectos de mi se forjaron, una ante esta realidad y la otra completamente distinta cuando me sumergía en los libros. No creo que te vuelva a ver a vos ni a tu hermano, pero una cosa si es segura. Te dejo mis tesoros para que los descubrás y sepás que algo hay que aprender cuando se lee un libro. Y si no has tenido la oportunidad de acercarte a este legado literario, hoy es cuando, tanto para ustedes como para sus hijos. Les dejo la llave de la habitación donde me dedicaba a leer y bordar, ni tu papá ni a nadie le tenía permitido entrar. Que él me perdone por eso. Abrí la puerta, entrá, y en total silencio dejá que las historias, los versos y las prosas se eleven, que te lleven hacia donde yo estuve y donde nos podemos conectar y recordar lo que somos y lo que no seremos pero entenderemos siempre.

            Adiós por ahora. Atentamente, tu tía Roberta Martínez»

 

            Esta vez, aunque me cueste confesarlo, yo lloré. Papá me prestó su pañuelo, y le di un abrazo. Tras un silencio que supo a oración dedicada a ella, me levanté y con la llave abrí la puerta de la otra habitación. La puerta abrió sin hacer ruido. Di un paso, a mi lado izquierdo estaba la ventana que tenía una cortina blanca que ya estaba amarillenta, la corrí para dejar entrar la luz, el polvo voló con sus partículas que parecían diamantes flotando en el aire. Ya con el reflejo del sol iluminando la habitación, a mi derecha me develó en la pared al fondo, un tesoro que nos dejó con la boca abierta. Mi papá se sostuvo en la perilla de la puerta como si las piernas se le hubieran partido. Yo lo vi directamente a los ojos y luego regresé la vista a la pared. Eran dos alas que cubrían casi todo el espacio de esa pared, calculé unos tres metros de ancho por otros tres metros de largo, eran gigantes; de no ser porque mi vista no necesita lentes, habría jurado (e hincado al verlas), que eran las alas de un ángel. Paso a paso, me acerqué y supe que estaban confeccionadas por ella. Mi tía Roberta ¿Es tu otro yo el que se sumergía en los libros que hizo esto? Las palpé con ambas manos, y las que debían ser las plumas, eran hojas de papel cuya textura era como el pergamino. Hojas de varios tamaños que se traslapaban, más bien, páginas de varios tamaños entretejidas. La mayoría de color blanco que todavía conservaban su color original, pues mi tía tuvo la brillante idea de sellarlas con tape transparente para que no se dañaran.

            Me acerqué a una de las páginas al alcance de mi vista, y vi que tenía algo escrito a mano, al instante supe que era su letra, tenía una caligrafía magistral, letra de carta. Ella todavía alcanzó a ser de esa generación que le enseñaron a escribir con una precisión y cursiva que embellecía las palabras. La página tenía la frase de un libro, y decía: “Conocer y no obstante pensar que no conocemos es el más alto logro; no conocer y sin embargo pensar que conocemos es una enfermedad. Erich Fromm, en El arte de Amar”. Encontré otra que decía “Taciturno, silencioso, insensible al nuevo soplo de vitalidad que estremecía la casa, el coronel Aureliano Buendía apenas si comprendió que el secreto de de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad. Gabriel García Marquez, en Cien Años de Soledad”; “Ama a los animales. Dios les ha dado los rudimentos del pensamiento y la alegría serena. No los perturbes, no los molestes, no los prives de su felicidad, no trabajes contra el designio de Dios. Dostoievski, en Los Hermanos Karamazov”; “La esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose. Julio Cortázar en Rayuela”;  “La ignorancia mata a los pueblos, y es preciso matar a la ignorancia, por José Martí”.

          Y conforme continuaba explorando, descubría frases, pensamientos adornados con dibujos de flores, fragmentos enteros de libros, poemas, canciones, fotografías de obras de arte enmarcadas con lana de colores. Cada capa de estas alas brindaba un nuevo descubrimiento y reflexiones que me hacían asentir con la cabeza. Y por un instante pensé como si estas alas fabricadas de historias y anhelos, debían de usarse, no sé…tal vez para un museo, o en una escuela, algo por el estilo. Sonreí y me enorgullecí de ella, no sé cómo decirlo, es como cuando uno de niño uno se emociona por lo novedoso y solo eso lo hace feliz, algo que ya de adulto es difícil que me suceda. Mi papá se acercó y al ver mi tranquilidad en el rostro, se sonrió conmigo. Y le pregunté: ¿y dónde es que están estos libros de donde se inspiró ella?, «creo que son los que están ahí» me respondió y señaló la otra esquina de la habitación. Eran unas cajas, les juro que no las vi al entrar, ha de ver sido por las alas que me distrajeron de todo lo que había ahí. Eran dos pilares de cinco cajas cada uno. Estaban fabricadas de cartón duro (forradas con tape transparente) y en cada tapa estaba escrito con un marcador “AÑO 01”, “AÑO 02” y así sucesivamente hasta llegar a la caja número diez.

            Siguiendo el orden numérico, abrí la primer caja correspondiente al año uno y encontré quince libros.  «Creo que estos son para vos también, hay que leer lo que este ahí adentro por cada año» concluyó mi papá quien estaba ya a mi espaldas, todavía admirando las alas. Y yo pensé: ¿quince libros por un año? Son demasiados para mí, no tengo tiempo ni para leer uno por año y ahora ¿quince? Me detuve a reflexionar, lo mejor sería inspeccionar de qué se trataban. El primero que estaba al remover la tapa fue El Principito de Antoine de Saint-Exupéry. Me impresionó lo fácil que era leerlo, tras unas cuantas páginas no podía detenerme. Tomé la caja y salimos de la habitación para sentarnos en la sala. Continué leyendo solo que ahora en voz alta para que mi papá lo entendiera. Al principio yo como narrador me escuchaba pésimo, como cuando de niño nos ponían a leer enfrente de la clase y decíamos las palabras sílaba por sílaba, temeroso de cometer errores. Luego ya me fui acomodando, al igual que la historia, mis palabras fluían con facilidad.

           Estaba fascinado con el explorador estancado en el desierto, con sus dibujos del elefante dentro de la serpiente y a este niño que se encuentra con su traje de príncipe, y de donde provenía, y los micro mundos que visitó antes de llegar al desierto. No podía de dejar de pensar en lo original que era esta historia. Me emocioné porque el amor de padre que nace del explorador por el Principito, lo relacionaba con que pronto yo me convertiría en padre de mi princesita. Mientras continuaba leyendo, mi papá me interrumpió y dijo que recordó que una vez mi tía le comentó de que Antoine de Saint-Exupéry estuvo en Guatemala y se cree que se inspiró en nuestros paisajes y montañas para terminar de escribir la historia. Cerré por un momento el libro, y por curiosidad saqué mi celular y lo googlié, al encontrar y leer su biografía yo me quedé con la boca abierta, y me pregunté ¿por qué nunca supe de éste libro antes?

            Estaba emocionado con lo que había descubierto. Nunca nos enseñaron a leer de esta manera, con historias que uno pudiera imaginar y que fueran fáciles de leer. Y entonces comprendí lo que había hecho mi tía, nos había puesto libros que se pudieran comprender, imaginar sin tanta complicación y que fueran historias que incluso yo podría leer con mi hija. Cada caja estaba diseñada para que yo fuera aprendiendo, descubriendo, encontrando el placer más que la obligación de leer. Este regalo que ella nos dejó era de lo mejor que podía recibir, y qué mejor tiempo que ahora para tomarlo.

            La tarde pronto llegó, se oscureció y llegó la hora de la cena. Mientras papá se fue a bañar, pedí comida a domicilio y mientras esperaba, inspeccioné los otros libros en la caja “AÑO 01”. Ahí encontré uno que se llamaba El Alquimista de Paulo Coelho. Debajo estaba Juan Salvador Gaviota de Richard Bach, no sé cómo, pero recordé que alguno de mis amigos mencionó haberlo leído hace tiempo. Uno de Mitos Griegos que estaba cocido por mi tía pues ya tenía sueltas algunas hojas. Ahí estaba también El Popol Vuh. Encontré una colección de cuentos de Juan Rulfo y otros varios más. Por curiosidad, me adentré nuevamente a la habitación con las alas, me senté en el suelo cerca de las cajas y mi entusiasmé por los libros que había en ellas, pensé en abrirlas, decidí no hacerlo porque quería dejar que cada caja me sorprendiera, supuse que si ahora no podía comprender lo que esos libros tendrían, llegaría el día (o el año correspondiente) en que yo los leería y aprendería tanto para mí como para mi hija. Media hora después, llamaron a la puerta, era el repartidor de comida. Me levanté y cerré la cortina, vi a las alas y antes de apagar la luz y cerrar con llave la habitación, dije “Gracias tía y a tu memoria te juro que estas alas van a volar”. 

               Cené con mi papá, y conversamos ya con más soltura, acerca de mi vida con mi esposa y lo que queríamos hacer con nuestra casa, es decir construir otra habitación y modificar la sala, en lo cual él me asesoró lo que debía de hacer y de cuanto iba a costar. Conversamos incluso de la historia del Principito, y cómo nos imaginábamos el desierto y qué significa la amistad con el zorro, la rosa en su planeta, el cordero en la caja. Hojeamos de vez en cuando el libro y hablamos de las frases resaltadas que había dejado mi tía, como la que decía: “Sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible a los ojos”. Hablamos de esa frase y el valor que tenía su significado. Al final de la cena, mi papá me confesó que le daba gusto habernos vuelto a ver y lo que habíamos descubierto en la habitación de mi tía. Luego se fue a dormir y yo me recosté en el sillón de la sala. Me dio la medianoche pensando en mi hija y en los libros que leeríamos año con año, hasta que logré dormirme. A la mañana siguiente después del desayuno, a pesar de ser domingo, papá se tuvo que ir a trabajar, me dejó una copia de la llave para que cuando me fuera dejara cerrada la casa. Nos despedimos no sin antes invitarlo al Baby Shower que tendríamos el próximo fin de semana. Al cual aceptó con una sonrisa humilde y cálida. Después de que se fue, me bañé y alisté, entré a la habitación de mi tía con un plan en mente. Y sin prisas preparé todo, lo metí al vehículo y regresé a la capital.

            El sábado siguiente, el día del Baby Shower, mi papá llegó en su Pick Up, se dieron un gran abrazo con mi mamá y fue como si la familia se hubiera reunido y lo que se deterioró se recuperó para este momento. La fiesta transcurrió entre el almuerzo, el pastel y dinámicas de un payaso que contratamos, nos la pasamos muy bien. A eso de las cuatro de la tarde, mi mamá y mi mujer se quedaron conversando y limpiando la casa. Le dije a mi papá que antes de irse, me prestara su Pick Up para cargar una escalera metálica y trasladar unas cajas que debía llevar a la casa de un compañero del trabajo. Él accedió y subimos las cosas a la palangana y yo conduje, él no sospechaba que lo llevaba a otro lugar para una sorpresa. Tras un trayecto en donde la ansiedad crecía cada vez que nos topábamos con un semáforo, llegamos a la Avenida La Reforma. Giré para entrar por la catorce calle, en esa esquina, hay un parqueo y ahí nos estacionamos, pagamos la tarifa, bajamos la escalera y las cajas. Le dije que teníamos que caminar unas cuadras, mi papá estaba extrañado, estaba como queriendo decir algo pero solo se quedaba callado esperando indicaciones. Así al cruzar la calle, llegamos a los pies del Monumento a Miguel Ángel Asturias.

            Me le acerqué con la lentitud que el respeto y la condecoración se merecen. Pobre amigo escritor, pobre Miguel Ángel, aquí estas olvidado, tu traje y tu rostro desgastado, manchado y escurrido. Miras al cielo pero nadie te voltea a ver por aquí. Tus alas, tus páginas de bronce, me hubiera gustado decir virtualmente que el viento fuerte se las llevó, pero fueron los ladrones las que las arrancaron. Tu bronce tenía más valor monetario que tu legado.  Amigo mío, estoy seguro que mi tía Roberta me dejó si no uno, varios de tus libros, lo cual me entusiasma y de cierta manera me entristece. Un silencio encubrió la atmosfera alrededor del monumento, miré a papá, le sonreí y al acercarme le dije: «Para esto te traje, para que las alas que fabricó mi tía se las pongamos a él —señalando a Miguel Ángel—, así se elevará otra vez, aunque sea por un instante o tal vez para siempre». Podría haber jurado que papá pensó que me estaba volviendo loco, sin embargo, su ceño fruncido cambió por una mirada relajada y hasta creo que sonreía para sus adentros. Abrió la escalera y dijo «¡Entrémosle pues!». De las dos cajas que llevaba, saqué las páginas que mi tía había transformado en plumas, también traía conmigo tres rollos de cordel blanco y grueso. Me había tomado la molestia durante la semana, de perforar las páginas por la parte superior para poder pasar el cordel. Así que ya solo nos quedaba traspasarlas para armar unas nuevas alas. 

            Bajo la cálida luz del atardecer, nos dimos a la tarea de ser buenos tejedores atravesando el cordel por cada página. Con el metro de mi papá (que portaba como siempre en su cintura), medimos desde las manos de Miguel Ángel hacia los árboles que estaban detrás del monumento, y cortamos los cordeles tomando como referencia esas distancias. Luego colocamos la escalera, me subí para atarle a sus muñecas de bronce el extremo de los cordeles y desde ahí salieron como líneas divergentes hacia los árboles, en donde atamos el otro extremo de los cordeles en similar altura. Me bajé, papá y yo nos colocamos de frente a Miguel Ángel Asturias para verle sus nuevas alas. El cielo ya pintaba tonos naranjas y azulados. Y el viento, el amigo eterno de las aves, soplo fuerte, escuchamos como las alas crujían, y con esto, como una especie de conjuro, Miguel Ángel Asturias cobró vida. Lentamente alzó el pie derecho para romper la base donde había estado por tanto tiempo, luego el pie izquierdo. Se escuchaba como el hierro que se retuerce para romper su forma original. Al liberarse, parpadeó y bajó la vista hacia nosotros, vio sus muñecas y vio hacia atrás para ver sus alas. Con ello sonrió, regresó su mirada a nosotros y comenzó a reírse, nosotros le seguimos aunque un tanto nerviosos por verlo revivir. Al cabo de unos segundos un viento fuerte le llegó ondeando su traje y su corbata, supe así que era el momento de despegar. Miguel Ángel abrió y cerró lentamente los ojos, movió los brazos de arriba hacia abajo. Poco a poco, alzando los brazos y bien pronto se elevó, y nosotros lo vimos subir, con sus alas. Y mientras más aleteaba, los árboles a nuestro alrededor agitaban sus ramas como si estuvieran aplaudiendo con sus palmas verdes. Y subió, hacia el cielo, hacia la eternidad azul. «¡Vuela Amigo, Vuela! y saludáme a mi tía» le grité. Y mi papá aplaudió y silbó como si estuviera en un partido de futbol. Cuando Miguel Ángel desapareció, bajamos la mirada y nos miramos, entre lágrimas de felicidad sellamos el momento con un abrazo.

            Abrimos los ojos y vimos a nuestro alrededor a varias personas que detuvieron su caminar para acercarse al monumento. Ahí estaba Miguel Ángel Asturias otra vez, sin moverse, eso sí, con nuestras alas que bailaban con la suavidad del viento. Una señora con su hijo adolescente cruzaron la calle, paso a paso, leían lo que decían las páginas/plumas. Una pareja de novios se acercó para tomarse fotos. Un anciano con el bastón en mano que daba un paseo vespertino, llegó a nuestro lado y rodeó el monumento, admirado y entusiasmado de lo que veía. La atención se volcaba no solo al monumento sino a nosotros por tener las herramientas en las manos. «¿Ustedes hicieron eso?» nos preguntó una señorita que al verla me dieron ganas de volverme infiel. «Sí» dijimos con tímido orgullo. «¡Ahh! ¿ustedes son artistas?», nos miramos atónitos. «No» respondimos agitando la cabeza y sonriendo con cierta extrañeza. La señorita iba a hacernos otra pregunta, cuando a nuestras espaldas nos interrumpió la conversación un policía de EMETRA.

            —Buenas tardes—dijo con voz grave viendo la escalera y las cajas—. Me pueden decir ¿qué están haciendo?—preguntó con severidad, y la señorita a nuestro lado se fue sin decir mayor cosa.

            —Buenas tardes —dije y agité su mano con cierto nerviosismo—. Pues mi papá y yo solo queríamos hacer un homenaje….pues para Miguel Ángel Asturias y la memoria de una mi tía que hace años nos dejó estas páginas de libros…fue idea mía que se me ocurrió cuando…

            El policía interrumpió mi explicación porque alguien le llamaba por el radio. Papá no dijo nada, giraba los ojos como queriendo darme señas de que huyéramos en ese momento. Le negué con la cabeza, para que se calmara. Mientras tanto, sobre la avenida vimos una patrulla de la PNC llegar al instante. El policía de EMETRA se reunió con los tres policías de la PNC que llegaron, nos miraban como un perro observando a su presa. Se alejaron un poco para murmurar. ¿Estarían poniéndose de acuerdo para pedirnos un soborno?¿Qué habíamos hecho mal? Tras unos minutos, regresaron.

            —Señores, vengan conmigo por favor—dijo uno de los policías de la PNC, dirigiéndonos hacia la patrulla estacionada en plena avenida, mientras los otros se quedaban tomando fotografías de lo que habíamos elaborado—. Me permiten sus documentos, su DPI o la licencia de conducir por favor—dijo al llegar a la patrulla, lo dijo con cierta calma que contrastaba con el nerviosismo que yo tenía—.

            —Disculpe oficial —le dije mientras le pasaba mi DPI—. ¿Hicimos algo malo?

            No respondió, se dedicó a escribir nuestros datos en su libreta. Al finalizar, su celular sonó, por su mirada al ver quien le llamaba, estaba seguro que estaba esperando en recibirla. El oficial habló muy poco, «si claro….ajá…si licenciado, claro yo les informo». Terminó la llamada y le gritó a los otros policías que se acercaran. Ya agrupados nos dijeron:

            —Muy bien señores, lamento informarles que los vamos a tener que arrestar—lanzó la mirada a uno de sus compañeros para que preparara las esposas—. Acabo de recibir la llamada de un Licenciado que trabaja en el Ministerio de Cultura y Deportes. Y ustedes dos cometieron un delito—nos señaló—. Cuando lleguemos con el juez de turno les van a informar a detalle—al vernos asustados y considerando que no parecíamos criminales les hizo señas a los policías que no sería necesario las esposas—.

            —Pero oficial—dije con calma—. ¿Cuál es el delito?           

            —Me dijeron es el artículo 47 de la Protección Jurídica del Patrimonio Cultural. Está prohibido la colocación ilícita de rótulos sobre monumentos, o cualquier clase de publicidad comercial. ¿Díganme para qué empresa trabajan?¿Quien les dijo que podían hacer esto?¿Se dan cuenta que van a tener que pagar una multa de Diez Mil quetzales?

            Nos quedamos helados. ¡Me lleva la gran pu…!, papá y yo no nos negamos, asumiríamos las consecuencias. Llamaría al banco para transferir unos ahorros que tengo por ahí y pediría un adelanto a mi jefe, pero lo resolvería. Nos subimos a la patrulla, bastante avergonzados. Y recorriendo el final de la Avenida La Reforma, yo me cuestioné: ¿Es mi otro yo, el que se está apasionando por leer libros, el culpable de éste delito?