Larissa Bilevitch

La Princesa y la Monstruo

               A una niña le gustaba hurgarse la nariz.

—     ¡Yo conozco un millon de niñas y niños a quienes les gusta hacer esto! —dirán ustedes  y con toda la razon: hay muchos niñas y niños, hasta los adultos, a quienes les gusta hurgarse la nariz. Pero esta niña no era una niña cualquiera  — era una princesa y se llamaba Violeta.

A diferencia de los otros niños que tiran sus mocos secos a la basura, princesa Violeta los guardaba en una cajita de caramelos.

 

La princesa Violeta nunca contaba de su afición a nadie — estaba avergonzada. La unica criatura que sabía de su colección era su gata Sonía.

 

Una noche la princesa Violeta se despertó porque alguien estaba hurgando en su nariz.  La princesa abrió sus ojos y casi gritó del susto, pero no pudo:  una mano verde y pegajosa le cubrió su boca.

 

La mano era de una monstruo. La princesa podia verla bien, porque en su dormitorio siempre tenía una lámpara prendida. La princesa Violeta tenia miedo de oscuridad.

La monstruo era bajita — algunos sentimetros mas baja que Violeta.

 

—     ¡No te temas a mi! No te voy hacer daño! — susurró la monstruo, retirando su mano de la boca de la princesa,  — Sólo me falta el material para completer los cuatro dedos de mi mano izquierda.

—     ¿De qué tipo de material estas hablando? —preguntó la princesa Violeta.

—     ¡Adivina! —gritó la monstruo, mirando fijamente a la princesa con sus ojos pequenitos,—¿De qué material estoy hecha?

—     ¡Se me olvidó cerrar la cajita! —exclamó la princesa Violeta.

—     ¡Eres una niña muy inteligente! Lo adivinaste muy rápido! —le elogió la monstruo, —A propósito, no me presenté: me llamo Moquicita.

—     ¡Ya no tengo mas mocos! —dijo la princesa en una voz lastimosa.

—     Lo se, —contestó Moquicita, —Por eso, ya me voy para otro dormotorio.

—     ¡No, por favor, no lo hagas! —suplicó la princesa Violeta.

—     ¿Por qué no?

—     ¡Porque mi papá te va a tirar por la ventana! Mi papá es muy fuerte! —fanfarró la princesa. Pero la verdad era que la princesa Violeta tenia miedo de que sus papas se enterasen de su rara afición.

 

Parecía que la amenaza produjó el efecto deseado: Moquicita se asomó a la ventana y se pusó a llorar.

“Claro que esta asustada,” pensaba la princesa, — “Vivímos  en un castillo muy alto en la cima de la montaña.” Pero Moquicita no lloraba por esto.

—     ¡Mi poema! Mi poema genial! —chilló Moquicita en una voz gangosa.

—     ¿Qué poema? —preguntó la princesa en perplejidad.

—     ¡La que yo acabé de componer ahora! Si no la escribo ya, seguramente se me va a olvidar! —lloraba Moquicita histéricamente.

—     Entonces, escribela ya! Tu tienes todos los dedos en tu mano derecha! —la consolaba la princesa Violeta.

—     ¡ No puedo escribir con mi mano derecha! Soy surda! —aulló Moquicita, metiendo su nariz frontal en la almohada de la princesa.(Su nariz trasera estaba en la nuca).

—      ¡Soy tambíen surda! —gritó la princesa Violeta con alegría, —Pero puedo esribir con mi mano derecha. Aprendí hacerlo el año pasado, cuando me caí de un arbol y me fracture mi brazo izquierdo.

—     ¡Mientras esté aprendiendo, olvidaré todo! —dijo Moquicita, untando sus lágrimas sobre sus cachetes verdes.

—     ¿Si quieres, puedes dictarme tu poema y yo la escribo? —propusó la princesa Violeta.

—     ¡Sería genial! —contestó Moquicita calmandonse.

 

Ella se paró en el centro del cuarto y balanceando de un lado al otro, empezó a murmullar en su voz gangosa:

 

“Catorce moquitos muy bonitos se fueron a un río a nadar

En trajes de baño muy suavecitos se fueron a un río a nadar.

No se daban la cuenta que un pez hambriente detras de ellos empezó a andar.

Les dijó pez gigante en voz elegante:

—¡Moquitos pobrecitos, en sólo un bocado los voy a tragar!

—¡Pez-pecesito, —suplicaron moquitos, —pero no somos ricos para tu paladar.  

—¡No me mientan, moquitos, son bien sabrocitos, ya nada les puede ayudar!”

 

—¿Ya lo escribiste todo? —le preguntó Moquicita a la princesa.

—Sí, — le contestó la princesa Violeta, muriendo de risa.

—¡No te ríes! —le dijo Moquicita con resentimiento, — es una poema muy trágica.

Pero la princesa Violeta no paraba de reirse.

—Escuchame, —avisó Moquicita en una voz triste, —Son las dos y media de la noche, estoy muy cansada y me voy a dormir.

—Buenas noches, Moquicita, —dijo la princesa Violeta.

Pero Moquicita no le contestó. Ella se acurrucó en el tapete, frente de la cama de la princesa y en unos segundos ya estaba roncando.

“Esta profunda,” —pensó la princesa Violeta, sonriendo.

El despertador timbró a las cinco. La princesa siempre se despertaba a las cinco para ir a pescar antes de ir a colegio.

En la mesa, al lado del despertador había un cuaderno de matemáticas abierto en la página con la poema de Moquicita.

“No era un sueño,” suspiró la princesa Violeta, metiendo el cuaderno en su maleta, “Pero donde esta la poeta?”

La princesa miró debajo de la cama y abrió el closet, pero Moquicita no estaba allí.

“¿Será possible que ella se fue a donde mis padres?” pensó la princesa en pánico.

Violeta salió de su cuatro y subió al tercer piso y se paró cerca a la puerta del dormitorio del Rey y la Reina. No se escuchaba nada sospechoso por allí, solo los ronquidos de sus papas: el bajo del Rey y el agudo de la Reina.

“Moquita no los visitó,” entendió la princesa y tranquila se fue a pescar.

Una hora despues, con un balde lleno de pescado Violeta volvió al castillo para desayunar. Su desayuno favorito era el bocadillo de trucha.

Mas tarde la princesa Violeta salió del castillo. Afuera la estaba esperando una ruta escolar. En veinte minutos la princesa ya estaba en el colegio donde estudiaban casi todos los niños y niñas del reino.

Su primera clase era de Arte. La profesora les dijo a sus alumnos dibujar una mascota. La princesa Violeta quería dibujar a su gata Sonía, pero le salió una monstruo muy fea y muy parecida a Moquicita.

Violeta usó cinco hojas intentando a dibujar su gata, pero en vano — la maldita monstruo aparecía en el papel otra y otra vez.

En la clase de matemáticas la princesa Violeta en lugar de hacer sumas y restas llenaba el cuaderno con garabatos de monstruos, todos muy parecidos a Moquicita.

En la clase de musica, cuando los niños cantaban “Estrellita, donde estas?” la princesa Violeta cantaba “Moquicita, donde estas?”

En la clase de inglés la princesa Violeta se sentió tan agotada, que se durmió mientras leía un cuento.

Cuando la princesa Violeta llegó al castillo, el Rey y la Reina la regañaron mucho. Ellos ya sabían todo porque todos los profesores de Violeta les habian llamado para quejarse del compartamiento “muy raro” de su hija.

El Rey y la Reina la obligaron a hacer diez páginas de sumas y restas, dibujar a Sonía cinco vecez y cantar “Estrellita” hasta que la princesa casi se quedó sin voz. Le prohibieron ver sus peliculas y le mandaron a la cama temprano.

 

El el dormitorio Violeta se sentó en el escritorio y se pusó a llorar. Para consolarse  decidió a revisar su colleción. Ella siempre lo hacía cuando estaba triste y este día Violeta estaba mas triste que nunca. Pero recordó que la cajita de caramelos estaba vacía.

“Hay que empezar todo de nuevo,” pensó la princesa, abriendo la caja.

Lo que vió allá la sorprendió mucho:

El el fondo de la cajita estaba Moquicita, durmiendo enroscada. Era muy pequeña, del tamaño de un botón.

La princesa Violeta intentó cerrar la caja pero no lo alcanzó: Moquicita se despertó y empezó a crecer, y crecía muy rápido! Ya en un minuto tenía la misma altura de ayer y en dos minutos ya estaba diez centimetros mas alta que Violeta!

A Violeta no le gustó esto para nada.

—¿Cómo puedes meterte en una caja tan pequeña? —le preguntó Violeta.

—Me vuelvo pequeña en el sueño, —le respondió Moquicita.

La princesa todavía no pudo entender cómo la monstruo se metió en la caja de caramelos —Pues, cuando se durmió, estaba grande, pero ella estaba demasiado cansada para estar preguntando.

—¿Me regalas el material para mis dedos? —pidió Moquicita.

Violeta sacó de la nariz todos los mocos que tenía y los entregó a la monstruo.

—¡Gracias! —agradeció Moquicita, —¡Esto sería suficiente para dos o tres dedos!

Violeta se acostó en la cama y volteó su cabeza hacia la pared. Cerró sus ojos, pero Moquicita no la dejaba dormir.

—¡Escucha a mi poema nueva! La escribí ahora mismo!

Moquicita empezó a recitar justo en el oído de Violeta lo seguiente:

“Una princesita, niña muy bonita,

a su gata favorita quería dibujar,

Pero en todas las hojitas le salía Moquicita

Con su linda poesía que tu vas a recordar.”

—¡Cállate! —gritó la princesa Violeta tapando sus oídos con las manos.

—¿No te gustó? —le preguntó Moquicita.

—¡No! —chilló la princesa, —¿Cómo tu sabes que me pasó hoy en la clase de Arte?

—Yo sé todo de ti! —contestó la monstruo, ríendo a carcajadas.

—¿Me estás persiguiendo?

—La verdad que sí, —dijo la monstruo, —Y sabes por qué lo hago?

La princesa negó con la cabeza.

—¡Porque estoy muy aburrida! —confesó la monstruo, —¡Tu estás todo el día en el colegio y me siento muy sola!

—Pero tu puedes leer libros, dibujar, escribir tus poemas, jugar con mi gata, —le aconsejó la princesa en una voz muy adulta.

—Libros, gatos, poemas estan bien, pero necesito otra cosa, —dijo la monstruo.

—¿Qué quieres?

—¡Necesito un ser querido, alguien que siempre va a estar a mi lado — un hermanito, o mejor una hermanita! —suplicó la monstruo.

—¡Te volviste loca! Nunca vas a tener hermanos! Nunca!

Violeta pretendió que estaba durmiendo, pero estaba tan furiosa que no podia dormir.

“¡Qué monstruo tan malvada!” pensaba Violeta, sacudiendo con indignación.

Por fin la princesa se durmió. Tuvo una pesadilla. Soñaba qué su cuarto se llenaba con monstruos, las hermanas de Moquicita. Cada una era mas alta, mas gorda y mas fea que la otra.

La princesa se despertó en plena noche con un dolor de garganta terrible.  Su nariz estaba congestionada. Se le tocó la frente —era muy caliente.

—Por lo menos treinta y ocho, —pensó Violeta.

Muy arriba en el cielo pasó un avión.

Violeta tenia mucha envidia a sus pasajeros. De repente tenía muchas ganas de estar entre ellos.

Pero sabía que esto era imposible.

Despues Violeta decidió que si ella no puede viajar, ella todavía puede mandar a Moquicita a un viaje.

La princesa se levantó y se acercó a su escritorio donde ella encontró la hoja con la nueva poema de Moquicita y la usó para hacer un avioncito. Con sus dedos, muy cuidadosamente, Violeta sacó Moquicita, que seguía durmiendo, de la cajita. Luego, la princesa pegó Moquicita al avioncito con la cinta adhesiva y abrió la ventana.

—¡Adios, Moquicita! —dijo la princesa, lanzando al avión de papel al aire nocturno frio.

La princesa cerró la ventana y nunca mas se hurgaba la nariz.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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