Carlos Rodríguez

Viejos trucos

Ahora que lo pienso, no sé por qué lo dije. Creo que la situación se le había ido a Erica de las manos. Era evidente que a los niños les hacía falta una presencia masculina. Rodrigo y Esteban parecían tener todo bien, bueno… Esteban es un poco introvertido, me recuerda a mí cuando era niño. A esa edad, Julio, Estela y yo no sabíamos hacer nada y, lo que sea de cada quien, Rodrigo y Esteban son bastante independientes, pero algo andaba mal.

Yo no estaba muy consciente de la situación pero la intuía, hay que escuchar a la intuición, creo que empecé a sospechar el día que los conocí. Se nos había hecho tarde, nos quedamos dormidos, qué puedo decir. Erica despertó y vio la hora, se levantó de prisa y se puso sólo una bata. Cuando se dio cuenta de que la estaba espiando, tiene una mirada muy expresiva, me dijo: ¿sigues aquí?; creo que estaba contenta, suspiró, luego susurró que me volviera a dormir, que ya regresaba, y salió del cuarto tratando de no hacer ruido. Era muy sospechoso, ¿por qué tanto sigilo? Traté de hacer lo que me había pedido pero no soy de esos hombres que pueden quedarse acostados sin hacer nada, así que después de un rato me vestí y fui a la cocina. Erica esperaba  a que hirviera el agua junto a la estufa, los niños estaban terminando de desayunar. Rodrigo se parecía a su mamá, aunque la mirada no era la misma. Les di los buenos días pero no me devolvieron la cortesía. Pensé: la próxima vez será mejor ignorarlos, psicología inversa. Y seguramente ese pensamiento negativo desató el pequeño desastre que siguió: la tetera chifló; Rodrigo se levantó y salió; Esteban hizo una mueca; Erica se quemó la mano y dejó caer la tetera, un estruendo de esos que siempre son menos graves de lo que uno piensa al escucharlos de lejos; Esteban comenzó a llorar, Erica se lanzó a abrazarlo… surtió efecto el clásico condicionamiento, ¿me explico?, como cuando un niño se cae y sorprendido mira alrededor, si nadie lo ha visto simplemente se levanta y sigue su camino, pero si la mamá corre a consolarlo, sana sana colita de rana, el niño suelta el alarido. ¿Qué pasa, mi amor?, preguntó Erica. Esteban la empujó y salió sin mirarme. Creo que esa es la razón por la que los padres no debemos correr a consolar a los hijos cuando lloran. Entonces supuse que Rodrigo le había hecho algo a su hermano menor, la mirada rabiosa, la huída… y Erica cubierta nada más con la batita, ¿se preguntará si eso tiene un efecto positivo en los niños? Definitivamente no fue el mejor de los primeros encuentros, me quedé con una mala impresión, pero siempre ha sido delicado decirle a una madre que sus hijos necesitan disciplina.

Creo que Erica se culpaba. También intuía que algo pasaba con los niños. Una vez, antes de que los conociera, estábamos en la cama y de pronto Erica se alejó de mí, le pregunté qué pasaba: Cállate, dijo, y me puso la mano en la boca. Se levantó y fue a pegar la oreja contra la pared.  ¿Qué haces, loca?… como respuesta se cruzó los labios. Después de un momento de silencio volvió a la cama. ¿Espías a tus hijos? No me lo esperaba de ti. No, dijo, sólo quiero saber qué piensan de mí. Entonces sacó un dibujo de su buró. Esto lo hizo Esteban, dijo. ¿Es de cuando Esteban iba al kinder?, pregunté. No, lo hizo el mes pasado para el examen psicológico de la escuela, ya sabes, una de esas representaciones familiares. ¿Y?, no quería juzgarla, por eso sólo le respondía con preguntas. Yo no estoy en el dibujo, ¿no ves? La sujeté de los hombros y le tuve que decir que esas pruebas eran absurdas y obsoletas, uno de esos paradigmas del sistema educativo que somete a los niños a  pruebas irracionales, como cuando pretenden que un elefante trepe un árbol o un chango toque el piano, no sé si me explico. Hoy en día son las neurociencias las que explican el comportamiento, no las especulaciones de una madre aprensiva. Eso no se lo dije, no ayudaría a saber qué era lo que pasaba con los niños.

Quizá Esteban era el favorito de Erica y Rodrigo lo resentía. Pasa, generalmente, en las familias con más de un hijo. Hay un favorito, ni hablar. Mamá tuvo el complejo del primogénito y papá síndrome de Electra. Así que me quedé siempre entre Julio y Estela. Pero lo digo sin resentimiento, que conste. Lo agradezco porque eso me hizo más independiente. Por eso me cae mejor Rodrigo, es menos… débil, creo. Tal vez es muy subjetivo, pero por eso creo que la culpa de lo que pasaba no era de Rodrigo, tal vez Esteban le había hecho algo y por eso siempre que estuve con ellos en el desayuno no se hablaban y Esteban recurría al llanto como válvula de escape.

Era raro que se reprimieran tanto. Julio y yo siempre peleábamos. Cuando al fin me inmovilizaba y me daba por vencido pensaba que la siguiente vez le pegaría con el puño cerrado, justo en la nariz, y que la única manera de que me dejara en paz era haciéndolo sangrar. Y un día lo logré. Estela, tratando de separarnos, se llevó un manazo en la boca y salió volando hasta golpearse la cabeza contra el sillón, inmediatamente gritó, entonces aproveché la distracción de Julio para darle un puñetazo en la nariz. Mamá llegó corriendo con un puñado de cuchillos de cocina entre las manos y los dejó caer mientras gritaba: ¡¿Se quieren  matar?, pues órale, mátense! Por alguna razón quise atrapar los cuchillos al vuelo y me corté la mano. Mamá me miró, atónita, luego vio la nariz sangrante de Julio, a Estela sobándose la cabeza entre sollozos y por último los restos de la lámpara de mi abuela en el piso. Se acercó en silencio, juntó los restos de la porcelana, suspiró, agarró su bolsa y salió. Psicología inversa, se acabó el problema. Los viejos trucos siempre funcionan. Debí contarles la historia de la cicatriz en mi mano, lo que aprendí después de esa herida, tal vez hubieran aprendido algo, quien sabe. En las reuniones familiares a Julio le fascina contarles a sus hijos una y otra vez “cuando el tarado de su tío quiso atrapar unos cuchillos con las manos”.

Y me costó trabajo pero decidí que ignorar el problema no era la solución. Erica necesitaba apoyo. Un mes después de aquel primer encuentro por fin Erica tuvo tiempo y me invitó a quedarme con ella, estaba rara, continuamente me pedía que no gimiera. Más tarde me dijo que si no me molestaba prefería dormir sola, que debía levantarse temprano y no quería hacerme perder unas horas de sueño. Le dije que no me importaba, que quería estar con ella, apoyarla. Bueno, dijo. Entonces la besé, fue un lindo momento. En la mañana, todavía a oscuras, Erica me despertó y me dijo que tenía que irme. Todavía medio atontado me vestí, le di un beso en la frente, ella ya dormía de nuevo. Me quedé mirándola un tiempo. Luego salí y cuando estaba en la puerta pensé en hacer algo que la sorprendiera, algo que le demostrara que podía contar conmigo. Preparé el desayuno y me senté a esperarlos. Primero apareció Rodrigo, Esteban detrás de él, ambos ya bañados y listos echaron un ojo a la mesa. Buenos días, dije, mientras les llenaba los vasos con leche, siéntense, por favor, ¿cómo amanecieron? ¿Ya hicieron las paces o sigues enojado con tu hermano, Esteban? ¿Qué?, preguntó Rodrigo. ¡Mamá!, gritó Esteban. Les pedí de nuevo que se sentaran. Esteban empezó como a querer llorar. Su mamá necesita descansar, les dije, vengan, siéntense, necesito hablar con ustedes. ¡Mamá!, gritó, esta vez, Rodrigo. Por favor, confíen en mí, me pueden contar lo que sea, como si fuera su papá, siéntense. Esteban rompió en llanto, Rodrigo lo sacudió y le gritó que se callara. Entonces tuve que intervenir. Tomé un cuchillo de la barra y lo azoté sobre la mesa, tenía su atención. Hablando tranquilamente les dije que si querían hacerse daño de verdad que lo hicieran con eso. Listo, se acabó el problema. Erica entró cubierta sólo por la batita. Esteban la abrazó de golpe y empezó a llorar, otra vez. Erica me miró como si no entendiera que hacía yo ahí, yo le sonreí y le señale la mesa con el desayuno. Cerró los ojos, suspiró y comenzó a mimar a Esteban. Uno de sus senos se asomó entre los bordes de la bata.

Esa noche, en casa, le pregunté a mi mamá si se acordaba de aquella vez que hice sangrar a Julio. Sí, dijo, recordaba que cuando regresó a casa yo le prometí que nunca volvería a golpear a mi hermano, con el puño cerrado. Nunca supimos lo que hiciste durante esos meses que nos dejaste, le dije. “¿Esos meses?, Héctor, no digas tonterías”, y además me dijo que otra vez estaba inventando recuerdos y que la dejara en paz… como si a un niño se le pudiera olvidar cuando lo abandonan.

No pasó tanto tiempo para que nos volviéramos a ver. Después de no contestar mis mensajes por unos días, está bien, necesita estar sola, pensé, reflexionar sobre cómo está criando a sus hijos, Erica me llamó y me pidió que la acompañara a una reunión en la escuela de Esteban. Me dio mucho gusto, eso quería decir que por fin se estaba abriendo a algo nuevo, que me estaba dejando formar parte de su vida… Esteban había lastimado a un compañero con un lápiz y para salir del problema les contó lo del cuchillo, siempre supe que era débil, desde que lo vi la primera vez. La psicóloga nos dijo que iban a levantar una denuncia contra nosotros, que cómo era posible que una pareja de padres, aparentemente responsables, motiváramos a los niños a que usaran la violencia, con un cuchillo, además. Él no es el padre, dijo Erica. ¿Perdón?, inquirió la psicóloga, ¿pero es el tutor legal de Esteban, cierto? No, dijo Erica. Disculpa, Erica, esto no me incumbe pero ¿cuánto tiempo llevan juntos?, supongo que este señor conoce bien a tus hijos, ¿no? Perdone, licenciada, dije, ya era suficiente, pero no entiendo por qué está tan enojada ni por qué nos habla de esa manera… Soy doctora, señor, dijo, la muy arrogante, y siguió: por dios, Erica, cómo se te ocurre permitir que alguien que ni siquiera… Entonces la tuve que interrumpir, estaba yendo demasiado lejos, le dije que cómo era posible que una maestra de primaria usara esa clase de escotes, que si no sabía el impacto que eso podría provocar en un niño de ocho años, también le tuve que decir que el hecho de que no conociera a los padres de sus alumnos hablaba muy mal de esa institución, que cómo era posible que ni siquiera se hubieran enterado de que al esposo de Erica le había dado un infarto. Listo, psicología inversa, la Doctora no supo ni qué decir, pero después lo quiso arreglar tomando de la mano a Erica: perdona, Erica, dijo, señor, ¿nos puede dar un momento? Yo estaba ahí para apoyarla, creí que Erica quería dejar atrás viejos patrones y que estaba dispuesta a que lo trabajáramos juntos, qué lástima… Ya vete, fue lo que me dijo.

Todavía no entiendo por qué se puso del lado de la supuesta doctora. Cuando yo iba a la primaria las maestras se cubrían casi completamente y usaban la ropa holgada: suéteres abotonados, sacos con hombreras, faldas a las pantorrillas y medias oscuras, algunas ni parecían civiles, eso si se puede diferenciar entre monjas y laicas como si se tratara de mujeres militares y mujeres comunes; es curioso, parece como si eso hubiera sido ayer. Bueno, había una maestra que no podía esconder su figura pese a la ropa, acabó tirándose a un seminarista que daba clases de matemáticas y música, esos eran los rumores. Los músicos siempre se quedan con las más guapas. ¿Qué habrá sido de él? Todavía guardo con nostalgia esa estampita de Jesús que nos regaló a todos con una dedicatoria, bueno, se le había olvidado darme una, así que le dije que faltaba yo, entonces me la dio pero le dije que si no me iba a escribir algo, fue un momento muy emotivo, tomó la estampa de mis manos y escribió: “Buena suerte, Julio”. Era mi maestro favorito.

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