Nicolás Dávila

El río

A mi bisabuelo

 

Los aguaceros en la sierra son de tener cuidado. El agua se desploma de las nubes, primero lentamente, muy suave, acariciando levemente las hojas más altas de los árboles, los techos de paja o de tejas de barro, escurriendo a gotas por las columnas de madera o las paredes de adobe. De repente, un rayo rompe el ritmo y comienza la tormenta. El agua comienza a desparramarse por todos lados, a chorros, sin escrúpulos, llevándose por delante todo lo que se atreva a ponerse en su camino. Y el río se envalentona y se crece, arrasando con todo, irrespetando la naturaleza y revolviendo la tierra, para arrastrar semillas y remover las entrañas, renovar la esperanza o terminar de matarla.

Así fue la tormenta de esa tarde. Los truenos venían desde lejos cuando la llovizna alcanzó la casa de la hacienda. El esposo de la hija del patrón ya había ensillado su caballo, e iba a salir a dar vuelta por la finca. La tormenta se asomaba detrás de la casa y avisaba que la tarde iba a estar pasada por agua y que se llenaría con el olor de la tierra anegada.

-Tenga cuidado patroncito-, le dijo el capataz de la finca, un mestizo grande y bonachón, como esos serranos que ayudan en las fincas y que parte de su pago está en la casa y la alimentación que reciben del hacendado. – Con estas tormentas que bajan de la sierra hay crecida y no respeta nada.

Él era un jinete diestro. Sabía manejar muy bien el caballo, un moro de un metro setenta de alzada, fuerte y brioso. Lo había amansado él, lo había montado solo él, y era, después de sus hijos y su esposa, lo que más consentía. Confiaba en su animal y sabía que le iba a responder.

-Doy la vueltita rapidito y vuelvo, antes de que se desgaje la tormenta-, le dijo al capataz mientras cruzaba la pierna derecha sobre la silla de montar. -Tengo alrededor de una hora para ir y volver.

Salió trotando por la puerta de enfrente. Los dos hijos mayores, un niño y una niña, alcanzaron a correr hasta el portón y despedirse. Él los miró de vuelta, les sonrió y con un chiflido puso al caballo a galopar.

La tormenta, como buena tormenta de la sierra, sorprendió adelantándose. Apenas alcanzaron los niños a entrar de nuevo en la casa cuando el primer rayo aviso que el cielo se caería sobre sus cabezas. El capataz se resguardó en el corredor externo de la casa, esperando a ver entre la densa cortina de agua al patrón que volvía para renunciar a la cabalgata de ese día.

La tarde pasó con el ruido del agua al estrellarse con las hojas de los sauces, con el de las tejas de barro del techo de la casa y con el de las piedras del solar interno. De vez en cuando un relámpago iluminaba la casa y los niños jugaban a contar cuánto se demoraba en sonar el trueno.

La esposa esperaba impaciente. Con ese aire que tienen las mujeres de saberlo todo, de adivinarlo todo, de pitonisas inexpertas que saben leer los signos de la desgracia. Sentada en una mecedora, al pie de una chimenea grande que toteaba la madera seca de tanto en tanto, observaba angustiada a los niños que, inocentes, jugaban alrededor de ella, corriendo a asomarse a las ventanas y a volver riendo con esa risa que revela el miedo y el coraje. Ella trataba de tejer algo –la mortaja del cuerpo de su marido, como si reviviera la leyenda-, pero sus pensamientos no la dejaban hilar con claridad.

El aguacero no terminó hasta bien entrada la noche. Solo el ruido de algunas chicharras y grillos arrulló el desvelo de la mujer. El capataz esperó con una lámpara de kerosene hasta que sus ojos no pudieron más, a pesar del frío.

Al día siguiente, salió con el primer rayo del sol, montando la bestia de trabajo que él montaba siempre que salía a dar la vuelta solo o con el patrón. La mujer lo despidió desde la ventana, con un gesto frío y resignado.

El hombre trató de buscar las huellas del caballo de su patrón entre el barro. El aguacero había borrado cualquier rastro.

El río, que pasaba a unos cuatrocientos pasos de la entrada de la finca, estaba crecido y revuelto. Vio ramas, troncos, y piedras que flotaban a la deriva entre la corriente. La fuerza de la crecida había roto las barandas del puente. El río, que generalmente pasaba a unos dos brazos por debajo del piso del mismo, en ese momento estaba apenas al ras de la parte de abajo.

Se acercó con cuidado, y cuando apretó los talones en las carnes de su caballo, este se alteró y estuvo a punto de tumbarlo. No quería cruzar el puente. Logró dominar al animal. Se alejó un poco de la orilla, desmontó, desamarró el cabestro y quiso guiar al animal sobre la tarima de madera húmeda, embarrada y resbalosa. Solo había avanzado dos pasos cuando perdió el equilibro. Lo salvó el rejo con el que llevaba al caballo. La bestia se frenó antes de entrar en el puente, y con fuerza lo haló de vuelta. Alcanzó a mojarse hasta las rodillas en el río y quedó sentado a la entrada del puente, desamparado y solo. El desasosiego lo congeló durante una eternidad. Se quedó allí, sentado sobre el barro, mirando el río; despidiéndose de su patrón. Pensando sin razonar. Cuatrocientos pasos atrás estaba la viuda esperando que le confirmara su presentimiento.

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Enrique Patiño
Enrique Patiño

Qué bella factura tiene este cuento. Impecable en su estilo, es una historia que captura por la calidez y desolación que va creando la atmósfera de las palabras

Laura davila
Laura davila

Muy lindo!impresionante como con las palabras lo lleva a uno a sentir, ver y oler lo que esta pasando

Romeo Alterio
Romeo Alterio

Corta pero enorme en su dramatismo y en el uso de las palabras y semejanzas. Felicitaciones

ROOSEVELT HOTTINGER
ROOSEVELT HOTTINGER

Excelente me hace recordar tantas cosas de mis años de infante una trama interesante que te deja con deseos de una pagina mas.