Rubén Darío H. Londoño

Continuidad de los parques vistos desde un bus

Había empezado a leer la novela en el bus, la abandonó mientras paseaba por la ciudad. Se imaginaba a los personajes de los que había leído en las primeras páginas caminando por los parques de la ciudad que estaba conociendo. La novela era un triángulo amoroso, una trama algo predecible pero entretenida, con tintes de novela policial. Cuando pasó un tiempo que consideró prudente volvió a la estación de buses, compró otro tíquet y abrió de nuevo la novela en la sala de espera. Se sintió cómoda en la silla de plástico recubierta en tela. Los personajes se separaban después de darse un beso. El bus la interrumpió en el párrafo en que el asesino atravesaba una sala azul.

El bus arranca y los parques con robles pasan junto a su ventana como escenarios vacíos en los que los personajes de la novela que tiene en las manos, alguna vez se besaron, rieron, se persiguieron o se burlaron de lo predecible que era estar inmersos en un triángulo amoroso; obligados a buscarse entre parques, intentando matarse con puñales.

Deja de mirar por la ventana y se concentra en el libro. El párrafo que lee muestra al asesino fallar, entrar en la sala vacía que antes ocupaba el lector, encontrar la novela abierta en el párrafo en que el asesino entra en la sala y ver unas hojas de roble volar bajo, caer de media altura. Cuando el bus toma la carretera principal, la novela se vuelve una persecusión. Los amantes corren hasta la estación de buses y toman rutas diferentes. Cuando el perseguidor llega a preguntar a dónde han ido la vendedora de tíquets que no ve otra opción que responder dice que se han ido, que venían juntos pero se fueron en buses diferentes hacia ciudades diferentes. El perseguidor agarra el cuchillo con fuerza y pide el tíquet que salga antes. Lo paga con amenazas y se sienta en la sala de espera. Es el único que no tiene nada para leer.

El lector que escapó de su asesino viaja tranquilo, leyendo como el asesino abre la puerta del salón para encontrar una novela atravesada por un puñal. El lector se ríe. Le agrada descubrir lo que el asesino descubre. Sonríe siempre que llega a ese párrafo en el que escucha la voz de la mujer describiendo las instrucciones para matarlo sin mencionar que el mayordomo volvería justo a tiempo para encontrar al asesino y los perros no ladraban nunca cuando alguien entraba en la estancia, pero se ponían como locos cuando alguien salía. El lector se acomoda en su silla y mira el mar en su ventana, piensa en el asesino descubierto, detenido y esposado en la sala de espera. Esa parte de la novela es su parte favorita. Decide dormir el resto del viaje, sabe que al llegar la encontrará.

En la ventana está el mar. El mar de un azul similar a las ventanas que la novela tiene como portada. No hay bañistas, no hay lectores, no hay asesinos ni triángulos amorosos, solo el mar repitiendo sus olas.

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