Jose Sanchez

Mandarinas

‘Mandarinas’, decís y de inmediato retrocedo décadas; hacia las tardes de tuja dentro de la carpintería, hacia los años de la enorme puerta de madera, hacia el calor y los ladridos de Canela, hacia la noche del fatal incendio.

Aquí estamos, vos y yo, hermanas gemelas, dentro de esta sala de espera. El lugar es amplio y silencioso. Limpio y azul. Un oasis de tranquilidad en medio de esta ciudad tan ruidosa y sucia; tan desconocida. Las pantallas de los televisores muestran números y códigos. Indican los turnos, los respectivos consultorios. No estoy muy segura de la manera en que esto funciona. Enfrente, están los escritorios. Detrás de ellos, trabajan las enfermeras. Sus uniformes celestes, sus zapatitos blancos. Alguna vez, nosotras fuimos así de jóvenes. Una de ellas tiene los cabellos anaranjados y recogidos en un moño. Usa un par de lentes tan pequeños y redondos como su nariz. Es una mujer robusta y rígida. La otra es pálida y delgada. Apenas una muchacha. Parece demasiado débil para estar acá. Ellas llenan los informes y revisan las citas. Contestan los teléfonos y mantienen el orden. Reciben a cada uno de los enfermos. Les saludan, les sonríen. Ellas conocen todos los nombres. Se las ve tan tranquilas. Nada les molesta o inquieta. Tal vez, nada les enferma… Sobre una mesa, en medio de la sala, han colocado revistas de moda y vanidad, publicaciones de viajes, historietas, y además, una inusual edición del diario de Ana Frank. ¿Cómo llegó hasta acá?

A mi lado, vos sostenés tu pequeña cartera negra.

No hay nada allí dentro, lo sé. Los documentos, el dinero, las fotografías; nuestra vida entera la guardo yo. Todo lo que recordamos está en mi cabeza. En ningún otro lugar. Tu cartera vacía es una fachada, un engaño para la mente. Uno más, como todos los que invento desde que la enfermedad inició y trastocó tu ser y tus memorias. Primero ocurrieron esas confusiones, esos extraños olvidos. Luego llegaron los desvaríos y las sospechas. Los gritos y las pérdidas. Los llantos, los desesperos. Toda la violencia… Así, te me fuiste, te me desapareciste.

‘Mandarinas… mandarinas… mandarinas…’, repetís.

¿Te acordás, acaso, de la puerta? Esa puerta gruesa, pesada y dura. Ese armatoste de madera que Papá armó, lijó, pintó y colocó. Para mantenernos unidas, para mantenernos guardadas. ¿Te acordás? ¿Te acordás de sus manos? Esas manos grandes y fuertes. Esos dedos como tornillos sobre nosotras. Esos nudillos peludos. El tufo a alcohol, las caricias, sus palmas sobre nuestras pantorrillas. ¿Te acordás de sus ojos cuando dejaba de ser Papá y se convertía en ese otro hombre que se adueñaba la casa? ¿Te acordás de vos y de mí y de nuestros correteos, escapes y apuros para alcanzar la puerta y pegarla, por arriba y por abajo, mientras movíamos los pestillos y los picaportes, mientras gritábamos? Canela y sus patas al aire, el hocico hacia el frente, el pelaje brillante, sus ladridos protectores. ¿Te acordás del sol, las plantas altas, las tardes de lluvia dentro de la casa, los escondites en el cuarto y nosotras dos acurrucadas? ¿Te acordás cuando estábamos juntas, cuando aún existíamos? ¿Te acordás de vos misma y de lo que hiciste?

A tu lado, yo no abro la boca.

Las enfermeras detrás de los escritorios no se detienen. Escriben en sus computadores, ordenan y revisan los folios, anotan las recetas y los medicamentos, rellenan los nombres; todos los informes. A veces, cruzan algunas palabras entre ellas. Recomendaciones, confidencias, chismes. Nosotros, los que esperamos, somos cuerpos nada más. Carne inmóvil. Bultos sentados que aguardan, aguardan y aguardan.

Los enfermos entran… Cada cierto tiempo alguien abre la puerta que da a la calle e ingresa. Personas mayores y encorvadas, hijas que llevan a sus madres de la mano, hombres cuyas miradas imploran tregua.

Un paramédico empuja una camilla. Lo veo. Sobre ella hay un cuerpo tendido, un accidentado. El paramédico se acerca a los escritorios, a las enfermeras. Les pregunta algo. La piel del herido es dura y oscura. Tiene los ojos cerrados. Lanza gruñidos, gemidos de perro. Veo la sangre y las vendas en su mano derecha. La enfermera robusta habla, señala y ordena. Su voz es tosca, áspera. La camilla avanza.

A mi lado, vos mirás lo mismo que yo.

Los enfermos entran pero no salen; o al menos yo no lo noto. Sus ojos son una negrura insondable y solitaria. Vienen desde fuera, desde los barrios, desde la ciudad. Desde el tráfico, las avenidas, los edificios, los mercados y los hogares. Vienen desde los lugares en los que no se habla acerca de enfermedades. Todos ocultan un terror muy hondo dentro de ellos. Traen sobres manila en sus manos. Caminan con demasiada lentitud como para estar vivos. No desean llegar al sitio al que se dirigen. No desean conocer las verdades, los resultados.

A mi lado, vos tenés los dedos de las manos entrelazados.

No era el sol que entraba por la ventana de la habitación ni tampoco el ruido de las máquinas lo que nos despertaba. Era la enorme Canela. Sus olfateos y lengüetazos, su caminar torpe sobre el colchón, sus cortos e inquietos ladridos. Era ella la que anunciaba el inicio del día, la que nos informaba que estábamos a salvo.

Fuera de casa, bajo el tinglado, trabajaban los hombres. Desde la madrugaba, trabajaban con las máquinas. Encendían las sierras, las tronzadoras, las planchas y los cepillos. Convertían la madera en sillas, mesas, espaldares y roperos. Lo que se respiraba era aserrín y polvo.

¿Te acordás?

No, de eso vos no te acordás.

En medio de todo, enorme y basto, con sus grandes brazos y voz profunda, siempre Papá. Con sus camisas holgadas y blancas y su pecho amplio, siempre Papá. Con esas carcajadas que sonaban a rugido de león, siempre Papá. ¿Te acordás cuando dormía, cuando lo espiábamos? Nuestros atisbos desde fuera de su cuarto, vos y yo juntitas, como queriendo hacernos una sola; las manos unidas y apretadas. ¿Te acordás de su cuerpo tirado de espaldas sobre la cama? Un hombre pesado, muy pesado sobre nosotras. Esa piel arrugada y curtida. Esa boca abierta y hambrienta. Esos labios húmedos, bestiales. El retumbar de sus ronquidos en los muros, en los pasillos. Un animal agreste dentro de la casa, dentro de las camas, dentro de nuestras entrañas. Su panza era una enorme y alta loma. Algunas tardes, mientras dormía, nosotras nos acercábamos hasta él, en puntillas y en silencio. Pellizcábamos las plantas de sus pies. Papá se movía, se quejaba. Por momentos, se ahogaba. Jamás despertaba. Al lado de su cama, sobre la mesa de noche, la foto de Mamá. La imagen en blanco y negro de esa mujer tan adulta y tan desconocida. Su cabello lacio y apretujado, sus ojos abiertos y oscuros, la sonrisa rígida y estirada. El recordatorio de nuestra culpa, de nuestro pecado original, de lo que provocamos al nacer. La desgarramos, la deshicimos desde dentro.

¿Acaso te acordás?

No, eso no lo podríamos recordar.

Día tras día, bajo el tinglado y entre las máquinas; nosotras existíamos. Bañadas en aserrín y sin salir de casa. Descalzas y vestidas con nuestras ligeras batas blancas. Los rostros ocultos detrás de nuestras melenas lacias, negras y prolongadas. Canela siempre al lado, con las patas al aire y los saltos desesperados; con los lengüetazos. Nuestra hermosa compañera, nuestra confidente. La única capaz de diferenciarnos.

A tu lado, yo te miro y me reconozco.

Pronto llamarán tu nombre. Una de las enfermeras, tal vez la de los lentes, la de los cabellos anaranjados, se pondrá de pie y gritará tu nombre. Sé que no responderás. Sé que tendré que ser yo la que se incorpore y se coloque frente a vos. Mientras tanto, permanecerás sentada y pensarás en las mandarinas o en las muñecas de la casa o en cualquier otra cosa que con seguridad no serán las llamaradas. Cuando llamen tu nombre tendré que extender mis brazos y ofrecerte las palmas abiertas de mis manos y esperar que entiendas, que comprendas, que me mires y me reconozcas. Lo harás: me mirarás, me reconocerás, me sonreirás. Nuestros ojos se encontrarán y veré otra vez las llamaradas de siempre, aquellas que yo recuerdo y que vos tenés tan olvidadas. Veré el rojo dentro de tus ojos y mi mente se sumergirá en ellos, hacia esa noche fatal en la que el fuego devoró la carpintería y el pueblo entero. La noche en la que todas las familias terminaron abrazadas en medio de la carretera. La noche en la que vimos, desde la calle, al humo negro elevarse y volar, volar muy alto. Un humo liberado. Sin celda, sin forma. Un humo sin puerta de madera… La noche en que escuchamos los gritos de Papá. Recordaré el sonido del techo mientras caía. Los correteos desesperados de los vecinos y los bomberos. El quejido de las cosas al calcinarse. Veré el rojo dentro de vos y te recordaré a mi lado, la noche del incendio; vos y yo y Canela con sus ladridos y sus saltos, con su pelaje más brillante aún. Nosotras tres fuera de casa, frente a las llamaradas y vos con tus labios cerrados y la mirada clavada en la destrucción. En tu destrucción. La noche en que supe que nos habías salvado y que jamás hablaríamos sobre las llamaradas y las manos de Papá.

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