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Bernardo Pérez-Goodman

Cine Chapultepec, una noche cualquiera

Es la noche del 10 de agosto de 1942. Un Ford del 39 se estaciona a un par de cuadras del Cine Chapultepec, sobre la avenida concurrida y luminosa.

De él desciende un hombre moreno, alto, vestido con elegancia, a la usanza de la época, sobre su cabeza un sombrero tardan que ladea con ademán distinguido antes de encaminarse hacia la sala de espectáculos. Las manos en los bolsillos del amplio pantalón.

La marquesina iluminada, los foquitos giran y giran sin parar, proyectando sombras chinescas contra el pavimento. Algunas gentes deambulan por ahí a la distraída. El hombre está recargado contra un muro fuera de un cafetín. Fuma un cigarro con descuido y juega con algo en sus manos.

La mariposilla ronda el lugar, mira al hombre, que ha llamado su atención. Espera a que él le haga alguna seña, algún guiño. No sucede. Dos veces pasa frente de él antes que éste repare en ella. Le sonríe. Él la mira. Ella se acerca. Intercambian algunas palabras imposibles de escucharse. Ella ríe de buena gana. Él parece conforme. Le indica con la mano la dirección en que ha dejado aparcado el automóvil. Ella afirma con la cabeza. Lo toma del brazo, se van caminando lento, riendo y charlando animadamente.

Ya alejados de la zona iluminada se detienen. Él saca su billetera y le extiende un billete que ella recibe con una mueca como sonrisa. Llegan a donde el Ford. Él aborda y, caballeroso, le abre la portezuela a la dama. El motor arranca en medio de un estrépito que se pierde en el silencio nocturno.

De nada le habría valido a ella el haber preguntado su nombre. Ni el tener en sus manos la cartera del hombre, en la que llevaba una credencial de papel, arrugada y carcomida en las orillas, expedida por la facultad de Química de la Universidad Nacional Autónoma de México a nombre de Gregorio Cárdenas Hernández.

El firmamento sin luna se ennegreció, abiertas las fauces de la noche y agudos colmillos de estrellas.

 

 

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