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Guido Trentadue

La resta de mis partes

No puedo contar. Así empiezo a describirme, a escribirme, a existir, y a contar. A contarles que no puedo contar. No puedo contar conmigo mismo, no es una cuestión de números o de historias o de historia. De histeria les puedo contar, pero no voy a empezar, es muy tarde desde muy temprano para eso.

El problema es que no puedo mantenerme andando por el camino que quiero aprender a andar. Con todo mi peso puesto en el soporte equivocado, el que no son mis propios pies, se depende de, obviamente, estándares ajenos. Entonces, sin mis propios pies, cuando esa roca se mueve de lugar, porque a veces las inmóviles, sólidas rocas se mueven de su lugar, se genera la caída, bien de golpe y de cara al piso. Y con ese golpe me parece que me doy cuenta de que no cuento, que no sé contar.

Bueno, así es, y yo sigo enumerando cuántos zapatos tengo puestos, a ver si no me olvido de alguno de mis pies de vuelta. Lo hago mientras espero al colectivo con este calor insoportable que me hace sudar después de caminar dos cuadras y media. Eso, chicos, chicas, señoras y señores, no es mucho donde estoy. Unos cuantos metros de calzada ahora asolada pero muy, muy, muy soleada. No vivo en, por ejemplo, Nueva York, donde no sólo eso podría significar muchísimos metros más de los que son, sino que también podría describir otro clima. De hecho, me estaría muriendo de frío ahí en este momento, con esta camisita de algodón barato, finita, cuyas mangas no tienen fin bajo el sol húmedo de Buenos Aires. Ahí estoy mientras pienso y aprendo a contar y me hago existencia.

El calor y la humedad y el dolor de la caída hacen un poco intolerante esta existencia, tengo que admitir. Sin embargo, acá estoy, a punto de subirme a un colectivo que va hacia un lado no tan lejos de acá, pero con un poco de aire acondicionado. Ya estoy viendo ese momento ahí mismo, entre esa cantidad de zapatos que tengo puestos, y sonrío. Pienso, en este momento, que todo ese asunto de que se tiene que disfrutar del camino y no solo pensar en el destino es pensamiento de un ser con aire acondicionado en su oficina. A mí no me vengan con pavadas, que el camino a cuarenta grados de térmica no lo disfruta ni el calor mismo. La felicidad es un aire acondicionado prendido justo cuando tu sudor te está terminando de borrar de la faz de la tierra donde estás parado. Miren cómo, mientras voy reflexionando, voy encontrando el significado de algunas cosas que llamamos ‘vida’. Hete aquí la definición de la felicidad. No hay de qué, por favor, naturalmente, de más está decir.

Ahí llega esa heladera con ruedas y me subo, antes dejando pasar a una señora. Pido a la choferesa que me cobre hasta mi destino (porque hay que disfrutar del camino, pero no te olvides de pagar, eso también tenés que disfrutarlo) y busco asiento. No hay. Sólo gente mirando sus teléfonos, con cara de concentración, o seriedad, o tristeza. Me doy cuenta de que eso es todo más o menos lo mismo porque ninguna de esas cosas es la felicidad. Y me doy cuenta de que el calor sigue agobiando porque no anda el aire acondicionado. Fantástico. Tanto como un libro de duendes y hadas. Duendes y hadas concentradasseriastristes. Y acaloradas. Y sudando. Nadie habla del sudor de las hadas y de los duendes, todos le mentimos y ocultamos al resto de todos nosotros y a nosotros mismos.

Mientras acomodo las piernas para evitar salir volando en alguna curva o aceleración de esas dignas de los autos eléctricos de hoy en día —aunque, permítanme decir, este colectivo es tan eléctrico como un ábaco, así que aprovecho para mostrar ni admiración a la choferesa-Tesla—, me pongo a mirar el camino. Hay cosas lindas acá que nunca vi antes. Veo fachadas de edificios viejos, todos esos estilos arquitectónicos tan disímiles uno al lado del otro como esa gente que anda caminando por Nueva York mientras se muere de frío. Es muy lindo todo y me doy cuenta entonces que tengo eso a mi favor ahora: veo cosas nuevas. También veo nuevos matices entre el negro y el gris, lo cual me hace pensar que en algún momento llega la vista en tecnicolor. Sonrío de vuelta y sigo mirando.

Se levanta una señora de uno de los asientos y me pongo a ver si hay alguien que pueda necesitarlo, aunque me parece mejor quedarme parado. Este no-acto tiene dos beneficios. Uno: deja lugar para alguien más necesitado. Dos: evita que tenga más opresión la zona media de mí anatomía proveniente del calor agobiante antes mencionado y del asiento de cuero falso sin ventilador propio. Me enorgullece doblemente la pasiva decisión de quedarme en mí lugar. Mientras, la señora me mira y desvía la mirada cuando me doy cuenta. Vaya uno a saber, en este caso yo siendo ese uno, si la señora está juzgando mi aspecto, o mis periódicas sonrisas, o nada en absoluto. Le doy un tercio de posibilidad a cada opción y cuatro cuartos a “todas las anteriores”. Sonrío una vez más y sigo mirando.

De repente me tengo que rascar una ceja, como quien hace. En el momento de hacerlo la choferesa-Tesla da un giro intenso a una esquina que no conozco y que no miro muy bien mientras caigo, de cadera, al mugriento piso del colectivo. Me apena no poder conocer esa esquina. Pido disculpas al pasajero después de pegarle sin querer durante la caída, me sacudo el polvo, pero dejo un poco de vergüenza en mi cara (pienso en lavarla) y sigo como si nada. El pasajero no se inmuta, la gente no mira. Probablemente porque hay caídas más interesantes que leer o ver en sus teléfonos celulares. Me pregunto qué hubiese pensado la señora que se bajó antes si hubiera seguido el viaje un poco más. Qué espectáculo el del señor de peso generoso que cae al mismo tiempo que violenta a un extraño y pide perdón por el accidente, como si un accidente pudiese venir con una culpa que disculpar, pero el culposo es así, y pide perdón de todos modos. Y en este momento me pregunto si la señora no soy yo y los juicios que hace sobre mí no son más que un reflejo mío en la señora. Y por qué pienso en la señora que ya no está más, qué importa lo que la señora piensa, mira y hace. Así que sonrío, y sigo mirando.

Unas cuadras más pasan de largo y ahora toca esperar que el semáforo nos deje seguir. Veo que afuera una persona empieza a cruzar y se detiene al ver que un conductor de un auto lo mueve impacientemente para adelante, como si eso fuera a apurar al cambio de colores. La persona mira al conductor y señala, con reprobación, el semáforo en verde para peatones. Ninguna historia distópica o utópica tiene en sus argumentos el real hecho de que hace tiempo nos dejamos ordenar por robots en cada esquina de la mayor parte del mundo. El robot-semáforo dice que pares, y parás. Si no, es muy probable que mueras o mates. Agradezco al robot que apoya sutilmente haciendo su deber al peatón anónimo de los abusos de conductores impacientes y choferes-Tesla atropelladores. Sonrío, y sigo esperando que se mueva el colectivo para seguir viaje, que ya me impacienta no llegar a destino. Me doy cuenta de que no estoy en la felicidad, no hay aire acondicionado y me gustaría estar un poco más cómodo. Todavía me duele la cara y la cadera. La espera se hace eterna. Ya es tiempo de seguir andando por las calles porteñas, mirando el sol desde la sombra agobiante, la arquitectura dispar, las señales en el tránsito. Parecen años y me da sueño. Pienso que quizás es bueno caerse desprevenido de vez en cuando para sacudir después el polvo y sentir que la vergüenza te mancha la cara. Pero no sonrío y sigo esperando.

Aceleramos no del todo rápido por no ser los primeros en la esquina. Esperamos que el ansioso de adelante pueda doblar mientras lo que parecen millones de peatones cruzan la avenida que cruza nuestra calle. Veo muchas caras, algunas sonríen, están cerca de otras caras sonrientes y parece que el resto de sus cuerpos no existen, que son solo sonrisas flotadoras, que es lo único que importa. Alguna me recuerda a una sonrisa que tuve una vez, distinta de la que la señora juzga o no juzga arriba del colectivo. Las sonrisas se van y el colectivo sigue su viaje por un túnel de árboles verdes que dan respiro fotosintético con sus hojas y respiro del calor con su sombra. El verde separa la vereda del cielo y recibe al colectivo orgulloso de su lugar en la sociedad. Pienso en que personificar a los árboles es de alguna manera sentirme menos solo. Sonrío y sigo mirando.

Como me aburro después de un tiempo de mirar las plantas, vuelvo a dejar que mis ojos merodeen un poco para ver qué hacen los pasajeros. Mucho teléfono, mucha cara de nofelicidad. Pero me llama la atención una muchacha que no mira un teléfono o a la nada. Mira un libro abierto, presuntamente lo lee. Está cerca de mí, así que puedo ver que está leyendo un libro de teoría del apego, sobre el complejo de Medusa. La psicología me da un poco de escalofríos, lo cual es bueno en este momento porque tengo todavía tanto calor. Me sacudo y sigo mirando, para otro lado esta vez porque no quiero volverme yo una roca esta vez.

Finalmente, el túnel de hojas se hace túnel concreto de concreto. Ahí, con más oscuridad, pero no menos calor, trato de encontrarme en el reflejo de los ventanales del vehículo, a ver si sigo siendo el mismo, a ver si mi pelo está más o menos desordenado, o siquiera si lo sigo teniendo. No me encuentro, no me da tiempo al salir nuevamente a la luz, y ya me doy cuenta de que estoy llegando a la parada final. Mi destino me espera, probablemente ansioso por preguntarme cómo es el viaje. Miro el reloj y me fijo si todavía estoy a tiempo, porque a veces el tránsito hace que pierda la noción del tiempo de llegada. Estoy a tiempo, sí. Ya llego, a prepararse otra vez para el calor. Pero espero que esta vez pueda verlo con una mirada distinta, quizás llega el tecnicolor a mi mirada. Me estoy dando cuenta, en este preciso instante, que tengo algún tipo de esperanza, a diferencia de antes de subir a la fallida heladera móvil. Tener los pies firmemente sobre la tierra por miedo a caer de nuevo, hace que se pierda la habilidad de caminar libremente, me parece. Espero que el salto de escalón hacia la vereda sea una especie de gran salto para mi humanidad. Sonrío, muy orgulloso de mis pensamientos tan tan tan profundos, porque si no estoy orgulloso yo de mí mismo, nadie más lo va a estar. Sonrío y veo que dos chicos quieren bajarse en la misma parada. Los sigo hacia la puerta y espero que frene la choferesa. Esperamos, se abre la puerta y comienzo a bajar. Sonrío, pero me doy cuenta de que se viene una tormenta eléctrica y justo ahora, justo ahora empieza a llover. No tengo paraguas, pero cuento con mi falta de interés por mojarme. Me gusta, unos pasos refrescantes bajo la lluvia, es bueno para limpiarse la cara de la vergüenza también.

Pongo un pie sobre la vereda y me hago a

                                                                 g

                                                           u

                               a

                   .

         .

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