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Mercedes Soledad Moresco

Un arreglo floral

 

Le gustaba escuchar. Especialmente a los hombres. Se sentaba en su silla favorita, la del respaldo alto con apoyabrazos curvos, cruzaba las piernas, siempre la izquierda sobre la derecha, inclinaba ligeramente la espalda, apoyaba el mentón sobre el brazo derecho, y escuchaba.

No es que tuviera profesión de terapeuta, antes bien le hubiera gustado seguir alguna carrera de grado, pero su padre había sido tajante: las mujeres a la cocina. En realidad, la frase textual nunca salió de la boca de su progenitor pero no hacía falta. En su familia las mujeres conquistaban a los hombres por el estómago, y así les había ido muy bien a todas. Tenía tres hermanas. Todas eran excelentes esposas y madres, familias ejemplares con maridos correctos que hacían todo lo necesario para que la foto del portarretrato fuera perfecta. Qué bien.

Pero Soledad era distinta. Hasta el momento no había encontrado a ningún hombre que apreciara sus estofados pasados de sal, o los buñuelos de arroz, ni siquiera el budín de manzana había convencido al último. Definitivamente la cocina no era lo suyo.

En cambio Cristina, ay sí, Cristina era una perfecta ama de casa, todo lo que le pedían le salía bien y además se arreglaba cuando llegaba el marido para que no la viera toda zaparrastrosa. Se ataba el pelo corto para cocinar, y cuando llegaba la veía con vestidito corto y hasta sombrerito a tono. Le faltaba la carterita, que no hacía falta porque mucho no salían. En una época a ella se le ocurrió hacer un curso de cocina gourmet. Estaba feliz. Pero al marido no le gustó mucho que ella saliera tanto de la casa, así que de buenos modos la convenció y Cristina siguió amasando riquísimos pastelitos para toda la familia. Qué bien.

Clarisa y Amanda eran mellizas. Debe haber sido extraño para ellas eso de mirar a otra persona y verse como en un espejo. Eran idénticas. La gente, de hecho, las confundía, y ellas aprovechaban para divertirse a costa de todos. Esas chicas eran terribles de jóvenes. Una vez hasta se intercambiaron los novios. Es que eran las dos altas y flacas, los ojos verdes, el rostro anguloso y la misma mirada perdida, cierta desfachatez al vestirse, cierto descuido que insinúa el ombligo, o un hombro, o el tatuaje de la espalda. Resultó que Clarisa salía con un jugador de rugby y Amanda con un banquero muy serio. Y las dos estaban un poco aburridas. Clarisa de ese grandote un poco tierno y un poco bruto que pensaba con la pelota, literalmente, y Amanda de la cabeza matemática de su novio donde dos más dos siempre daban cuatro. Una vez salieron las dos parejas a cenar. Fueron a una de esas pizzerías de moda que te sirven una masa que parece una suela de zapato de tan finita y dura, pero a ellas les encantaba.  Esa noche se les dio por vestirse idénticas. La misma pollera azul a la rodilla y el top casi corpiño de tan chiquito. Una casaca corta las cubría un poco. Cuando Amanda salió al baño, Clarisa fue tras ella. Nadie supo si lo planearon o no, pero lo cierto es que al volver Amanda se sentó en la silla de Clarissa y le sonrió amorosamente al rugbier. Hubo un instante en que Marcelo dudó, pero la mano urgente de su novia bajo la mesa lo sacó de dudas y le devolvió la sonrisa y hasta un beso. Cuando Clarisa se sentó en el lugar de Amanda lo hizo con tanta naturalidad que a nadie se le hubiera ocurrido pensar en que se hubieran invertido las mellizas. Y así siguieron toda la noche y hasta más, pero el resto solo eran relatos escuetos y hasta contradictorios. Clarisa dijo que pasó una velada memorable con el banquero, pero Amanda sentenció al rugbier de mal amante. Parece que ellos nunca se enteraron del cambiazo, pero tampoco anduvieron mucho más tiempo juntos. Al banquero le ofrecieron un trabajo en España y se fue a los pocos meses. El rugbier se fracturó la clavícula en una final contra Hindú club y nunca más volvió a la cancha. Sin la pelota la relación se hizo insoportable así que la chica lo dejó sin pena ni gloria.

Eso sí, después de esas aventuras el padre habló seriamente con ellas. Ya era hora de que dejaran de jugar y buscaran un marido de verdad. Y así lo hicieron, tan obedientes como nunca lo había sido. Se casaron con hombres buenos que las mantuvieron mientras ellas cuidaban de sus hijos. Qué bien.

Pero Soledad no se había casado aun, ni tenía hijos, ni una profesión seria. Era, para toda la familia, un reverendo fracaso de mujer. No es que le faltara inteligencia o atractivos. Tal vez el problema era que su personalidad. Tímida y callada, deseosa de agradar a los demás, y de sentarse a escucharlos.  Por eso le había gustado tanto Patricio. Lo conoció en una reunión casual en casa de Fabiana, una amiga. A él le encantaba hablar, virtud no tan común en hombres, al menos no en los que Soledad había conocido hasta el momento. Le fascinó su cabeza y esa suerte de ver la realidad desde un lugar intransigente y romántico. Es cierto que algunas de sus ideas eran un poco utópicas pero ella disfrutaba escuchiano.  ajenos al quehacer cotidfr cotidfiano.  demasiado utgigente aportaba estas ideas femeninas que tanta falta hacta de empezándolo hablar apasionadamente de asuntos tan lejanos. Cuando discutían, los ojos verdes se le ahuecaban en dos ojeras pronunciadas y algunas canas tempranas le daban más edad de la que en realidad tenía. Patricio le contó de su infancia en Bragado , de sus padres humildes y de cómo había llegado a estudiar en Buenos Aires a costa de un sostenido empeño, y aunque no había terminado la carrera de abogacía, trabajaba en una revista de poca tirada como redactor. Desde allí, decía él, hacía una resistencia pacífica. Era su forma de mostrarle al mundo y a sí mismo cómo debían ser las cosas. Si Soledad se entusiasmaba podía ayudarlo, aunque él no estaba solo. Había otros que pensaban como él, que no se sometían al orden establecido y menos a esos oligarcas que detentaban el poder público y se creían con derecho a decirnos qué tenemos que leer o cómo debemos hablar, si querés te los presento uno de estos días, estoy seguro que te vas a enganchar.

No tardó mucho Soledad en idealizar a Patricio. Dejó de frecuentar sus propias amistades porque  él decía que eran demasiado frívolas. A sus hermanas las veía poco. Esa vida burguesa y acomodada no coincidía con sus ideales. Su padre era demasiado estricto. Nunca la había entendido. Solo Patricio contaba para ella, lo que él pensaba, decía o sentía. Nada más. Por eso no dudó cuando él le hizo la propuesta. Creía ella también que ya era hora de hacer algo más que quejarse de la realidad.

Ese día se levantó más tarde. Se preparó el té de manzanilla que Patricio le había dejado en la cocina. El siempre decía que la calma era la mejor de las virtudes. Después se alisó el pelo y se lo ató con una cola de caballo bien tirante. Tenía el rostro pálido esa mañana. Se acercó al placard. Eligió la camiseta blanca ajustada al cuerpo y el jean oscuro. Las zapatillas más cómodas por si tenía que correr. La mochila negra bien amplia donde ocultar la dinamita y el fósforo que Patricio le había conseguido. Ella fue la que pensó en disimularlos dentro del arreglo floral. Se sentía tan orgullosa de su iniciativa, a fin de cuentas les venía bien en el movimiento tener a una mujer que, aunque no cocinara, aportaba estas ideas femeninas que tanta falta hacían. Y ahora solamente tenía que entregarlos.  Salió a la calle y una brisa algo fresca para enero le sacudió el rostro crispado. La calle Gelly y Obes estaba apenas a unas cuadras de su departamento. Entrevió el edificio lujoso y apretó el paquete para la familia Perriaux que seguramente recibiría la empleada doméstica sin sospechar su contenido. Sintió que la respiración se le entrecortaba por los latidos acelerados de su corazón. Caminar despacio le haría mejor, habría que ver la cara que pondría su padre si supiera lo que estaba punto de hacer, seguramente la misma cara que pondría el ex ministro cuando recibiera el arreglo floral. Qué bien.

 

 

 

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